>La muerte, en directo
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Jade Goody es una chica inglesa de 27 años. Sufre cáncer y tiene mal pronóstico. Se está muriendo. Jade se hizo tremendamente popular en su país después de protagonizar una de las primeras ediciones de Big Brother. Un programa que, como es sabido, no busca a gente anónima, sino más bien a gente que no sea nadie. Les pagan por no hacer nada y por relacionarse entre ellos. Si lo hacen bien, pueden llegar a pagarles por ir a exhibirse a discotecas y por asistir a programas de televisión en los que hablan de todo aquello que no han hecho. Al final del proceso, que más tarde o más temprano siempre acaba igual, vuelven inevitablemente a no ser nadie.
Jade se resistía a repetir el mismo guión que han seguido muchas de esas estrellas efímeras. Su personalidad original y una trayectoria vital peculiar parecían perfectas para desafiar este destino. Se hizo famosa porque en su vida todo era un despropósito. Nació en uno de los barrios más pobres de Londres, su padre, que la había abandonado a los dos años, murió de sobredosis, y su madre, adicta al crack, tiene una minusvalía grave por un accidente de coche. El modo en el que combinaba la sabiduría de la calle y la ignorancia académica –casi no pisó la escuela– contribuía a aumentar su popularidad. Jade no sabía lo que era un espárrago y creía que Río de Janeiro era una persona. En el cénit de su carrera mediática, Jade llegó a escribir una autobiografía, abrió una peluquería y lanzó al mercado un perfume que fue un éxito de ventas.
Todo se torció el día en que Jade, en un programa de televisión, insultó a Shilpa Shetty, una actriz de Bollywood. Hizo comentarios racistas y se rió del acento y los hábitos higiénicos de la actriz india. La reacción fue inmediata: dejaron de llamar a Jade para participar en programas, su perfume fue retirado del mercado y su biografía dejó de venderse. Meses después, para intentar enderezar la situación, Jade viajó hasta la India para participar en un programa conducido por Shilpa Shetty y pedirle perdón. La ironía del destino es que fue allí, en la India, donde le detectaron el cáncer que está acabando con su vida, y la mala noticia, como todo lo que ha hecho hasta ahora, la compartió casi en directo con los telespectadores.
JADE, asesorada por Max Clifford, uno de los mejores relaciones públicas de Gran Bretaña, ha decidido vender al mejor postor su agonía. Tiene dos hijos y dice que debe velar por su futuro. Un periódico y la cadena temática Living TV han pagado más de un millón de euros por diferentes exclusivas que van desde acompañar a Jade en sus sesiones de quimioterapia hasta las imágenes de su boda o, más recientemente, el pasado 7 de marzo, la ceremonia de su bautizo, acompañada de sus dos hijos, que también se bautizaron con ella. La historia de Jade Goody ha dado la vuelta al mundo sin dejar a nadie indiferente. La polémica está servida y muchas voces se han levantado para criticar la morbosidad de esta nueva frontera macabra del exhibicionismo. La respuesta de Jade a la reacción internacional ante su caso ha sido clara y contundente: “He pasado toda mi vida adulta hablando sobre mi vida –ha dicho–. La única diferencia es que ahora hablo sobre mi muerte”.
Jade tiene razón. ¿Cuál es la diferencia? Tan moral o inmoral es hablar de la vida como de la muerte. Lo que ocurre es que la muerte sigue siendo un tabú terrible en nuestra sociedad. La escondemos pensando en que, al ocultarla, podremos evitarla. Cuando Jade Goody, sin pelo y postrada en una silla de ruedas, dice que no entiende lo que hay de malo en lo que hace, pone en evidencia la hipocresía y la impostación de nuestra sociedad. La telerrealidad y la proliferación de las redes sociales en internet nos obligan a revisar el concepto de intimidad, un valor urbano y moderno que evoluciona y se transforma. Nuevos tiempos, nuevas costumbres, nuevos términos. Hay quien, para definir la tendencia a exhibir de manera pública vida, sentimientos y emociones, ha empezado a utilizar el término extimidad, un neologismo psicoanalítico propuesto por Lacan que, seguro, tendrá larga vida mediática.
LA DECISIÓN de Jade resulta difícil de entender y, por respeto, no puedo ni quiero juzgarla. Ahora bien, lo que es totalmente cuestionable es la actitud de todos aquellos que aprovechan su situación para sacar partido de ella. La muerte, a pesar de ser un tabú, o precisamente por ello, causa tanto rechazo como atracción. La forma en la que algunos medios de comunicación explotan estas historias para vender más o para conseguir más audiencia no puede dejarnos indiferentes. Pensando en Jade Goody no podemos olvidar a Marta del Castillo, la chica sevillana asesinada y desaparecida, y en todo el circo despreciable que se ha montado sobre su vida y sobre su muerte.
Hace unos años vivimos un espectáculo parecido en la cobertura que algunos medios hicieron del crimen de Alcàsser. Como entonces, también ahora se han traspasado todos los límites deontológicos. En el caso de Alcàsser, como reacción al tratamiento mediático de aquel suceso, el Institut de Ràdio i Televisió y el Institut de la Dona elaboraron un informe para sacudir conciencias. La primera recomendación que hacía a los profesionales era muy clara: “Trata esos temas como si los protagonizara tu hijo”. Ojalá se cumpliera.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
La inmortalidad y los cumpleaños
A la memoria de Maria-Mercè Marçal
Hay gente que dispara su tristeza contra todo lo que se mueve, al igual que hay personas que regalan su amargura con generosidad, sin preocuparse gran cosa por los destinatarios de su regalo. Me ocurrió hace algún tiempo, al terminar eso que en la jerga profesional se suele denominar un almuerzo de trabajo. Llegado el momento del café, y una vez despachadas las cuestiones laborales que nos habían convocado, mi interlocutor, a quien acababa de conocer ese mismo día, me formuló, distraídamente, la pregunta: “Oye, y tú ¿cuántos años tienes?”. El diálogo continuó por donde suele ser habitual: tras mi respuesta, él comentó, cortés, “ah, pues no los aparentas en absoluto; yo te hubiera echado unos cuantos menos”. A lo que añadió la apostilla: “A ti te pasa como a Enrique, que también aparentaba ser más joven”. Enrique era un amigo común, fallecido prematuramente -para las expectativas de vida que empiezan a ser hoy habituales- algunos años atrás. Ya es mala pata, pensé para mis adentros, que no haya encontrado este hombre nadie mejor con quien compararme al respecto de la edad que con un difunto.
Pero la apostilla de mi comensal -inocente o malévola: tanto da a los efectos de lo que pretendo plantear- me siguió persiguiendo durante un rato. No pude evitar que viniera a mi mente la obviedad: nuestro amigo común había muerto antes de tiempo pero, eso sí, aparentando juventud. Escaso consuelo, debió de pensar él en sus horas finales: sin duda, si le hubieran dado la oportunidad de escoger, hubiera cambiado con gusto su envidiada apariencia por longevidad real. No cabe engaño al respecto: la promesa de vida que parece venir avalada por un buen aspecto a menudo no deja de ser otra cosa que una piadosa proyección estadística.
Pero hasta las obviedades tienen su recorrido discursivo si uno es capaz de analizarlas con el necesario detenimiento. Y la pregunta que me surgía, al analizar mi propia obviedad, era: ¿tan evidente resulta que constituya un valor en sí mismo ese extendidísimo anhelo por permanecer aquí -en el mundo de los vivos- a cualquier precio, hasta el extremo de que se ha convertido en la fantasía generalizada de nuestra época la inminencia de la inmortalidad? ¿Es obvio que la fuente, el origen de nuestra infelicidad, se encuentra en nuestra finitud, en nuestra -al menos hasta ahora- insoslayable limitación temporal?
Repárese en que el vínculo entre ambos planos -en definitiva: la confianza en que, sorteando la muerte, alcancemos la felicidad- viene indisociablemente ligada a una determinada expectativa de futuro, de signo optimista-progresista. Si, en efecto, los tiempos venideros están llamados a depararnos todo tipo de alegrías y satisfacciones, superando dolores, injusticias y cualquier forma de sufrimiento o incluso malestar concebibles, se encuentra plenamente justificada la esperanza en que, aguantando todo lo posible en este mundo, alcanzaremos por fin ese añorado horizonte de plenitud. Ahora bien, la contrapartida de semejante planteamiento va de suyo: en un momento como el actual, en el que, tras el final del sueño emancipatorio, también parece haber entrado en crisis el de los que creían que la actual organización del mundo representa el final, insuperable, de la historia, ¿qué contenido atribuirle a aquella esperanza?
Pero la hipótesis de que pudiéramos estar viviendo el fin no de éste o de aquél, sino de todos los sueños -de cualquier expectativa de paraíso en la tierra bajo cualquier de los formatos concebibles- acaso introduzca una modificación sustantiva en la estructura del imaginario colectivo del que nos hemos venido sirviendo durante largo tiempo. Los trazos mayores con los que cada vez más tendemos a dibujar nuestra realidad vienen representados por una gradación de temores, miedos y pavores de diverso tipo, cuya relación resulta de todo punto innecesario -por reiterada- evocar aquí (terrorismos, catástrofes medioambientales, guerras totales…). Poco a poco, la expectativa, antes tan acariciada, de inmortalidad habría cambiado de signo: no nos colocaría a salvo de los males del presente, sino que nos condenaría sin remedio a padecerlos en el futuro. El sueño habría ido virando, de esta forma, en dirección hacia la pesadilla: de una situación en la que la muerte constituía una amenaza de inexorable cumplimiento habríamos ido transitando a otra, en la que la vida habría terminado por ser concebida como una condena. Una condena a cadena perpetua, para ser exactos.
Pero no se trata de anticipar el detalle de lo que se nos avecina. Tal vez (¿cómo saberlo?) en ese hipotético mundo infeliz aumente espectacularmente la tasa de suicidios y -de manera análoga a lo que sucedía en la novela de Henrik Stangerup El hombre que quería ser culpable- los individuos se vean obligados a organizarse clandestinamente para acabar con sus propias vidas. O tal vez simplemente suceda que se extienda como una mancha de aceite el sentimiento de decepción ante la expectativa insatisfecha: ahora que podíamos empezar a pensar en prolongar de manera indefinida nuestra estancia aquí, se dirán muchos, resulta que ya no vale la pena quedarse.
En cualquiera de los casos, se impone volver sobre los propios pasos y reconsiderar aquella identificación, a la que al comenzar hicimos referencia, entre inmortalidad y felicidad. Quizá el breve experimento mental esbozado en los párrafos anteriores baste para comprobar que el anhelo de inmortalidad, la fantasía de una vida sin fin, si no va acompañado de una idea lo más clara posible de lo que se quiere hacer con esa vida sólo puede ser fuente de insatisfacción y malestar, en la medida en que deja sin pensar lo que realmente importa.
Acaso lo que esté en juego aquí sea algo, en el fondo, muy simple, extremadamente simple: una de esas verdades imposibles de aceptar sin sentirse requerido a estar a su altura. Lo afirma el protagonista de la fascinante y perturbadora novela de Philip Roth, El animal moribundo: “Uno es inmortal mientras está vivo” (afirmación muy próxima, por cierto, a aquella otra del poeta simbolista francés Henri de Régnier: “El amor es eterno mientras dura”). El contenido de la felicidad -el recurrente vivir la vida en el que nunca dejamos de estar enredados- pasa por afrontar esa inmortalidad que tenemos a nuestra disposición, no por aplazar su cumplimiento a la espera de un hipotético futuro sin dolor ni límite. Lo que es como decir: si hay algo que celebrar es la vida misma. No porque sea todo lo que tenemos, sino porque es lo más importante de lo que tenemos (el auténtico trascendental, como diría un filósofo con ínfulas kantianas). En cuanto a las velas y las tartas evocadas en el título, despreocúpense de ellas: nunca merecieron la pena. Definitivamente, vivir no es durar. Aunque, eso sí, por si acaso cuídense.
>La inmortalidad y los cumpleaños
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A la memoria de Maria-Mercè Marçal
Hay gente que dispara su tristeza contra todo lo que se mueve, al igual que hay personas que regalan su amargura con generosidad, sin preocuparse gran cosa por los destinatarios de su regalo. Me ocurrió hace algún tiempo, al terminar eso que en la jerga profesional se suele denominar un almuerzo de trabajo. Llegado el momento del café, y una vez despachadas las cuestiones laborales que nos habían convocado, mi interlocutor, a quien acababa de conocer ese mismo día, me formuló, distraídamente, la pregunta: “Oye, y tú ¿cuántos años tienes?”. El diálogo continuó por donde suele ser habitual: tras mi respuesta, él comentó, cortés, “ah, pues no los aparentas en absoluto; yo te hubiera echado unos cuantos menos”. A lo que añadió la apostilla: “A ti te pasa como a Enrique, que también aparentaba ser más joven”. Enrique era un amigo común, fallecido prematuramente -para las expectativas de vida que empiezan a ser hoy habituales- algunos años atrás. Ya es mala pata, pensé para mis adentros, que no haya encontrado este hombre nadie mejor con quien compararme al respecto de la edad que con un difunto.
Pero la apostilla de mi comensal -inocente o malévola: tanto da a los efectos de lo que pretendo plantear- me siguió persiguiendo durante un rato. No pude evitar que viniera a mi mente la obviedad: nuestro amigo común había muerto antes de tiempo pero, eso sí, aparentando juventud. Escaso consuelo, debió de pensar él en sus horas finales: sin duda, si le hubieran dado la oportunidad de escoger, hubiera cambiado con gusto su envidiada apariencia por longevidad real. No cabe engaño al respecto: la promesa de vida que parece venir avalada por un buen aspecto a menudo no deja de ser otra cosa que una piadosa proyección estadística.
Pero hasta las obviedades tienen su recorrido discursivo si uno es capaz de analizarlas con el necesario detenimiento. Y la pregunta que me surgía, al analizar mi propia obviedad, era: ¿tan evidente resulta que constituya un valor en sí mismo ese extendidísimo anhelo por permanecer aquí -en el mundo de los vivos- a cualquier precio, hasta el extremo de que se ha convertido en la fantasía generalizada de nuestra época la inminencia de la inmortalidad? ¿Es obvio que la fuente, el origen de nuestra infelicidad, se encuentra en nuestra finitud, en nuestra -al menos hasta ahora- insoslayable limitación temporal?
Repárese en que el vínculo entre ambos planos -en definitiva: la confianza en que, sorteando la muerte, alcancemos la felicidad- viene indisociablemente ligada a una determinada expectativa de futuro, de signo optimista-progresista. Si, en efecto, los tiempos venideros están llamados a depararnos todo tipo de alegrías y satisfacciones, superando dolores, injusticias y cualquier forma de sufrimiento o incluso malestar concebibles, se encuentra plenamente justificada la esperanza en que, aguantando todo lo posible en este mundo, alcanzaremos por fin ese añorado horizonte de plenitud. Ahora bien, la contrapartida de semejante planteamiento va de suyo: en un momento como el actual, en el que, tras el final del sueño emancipatorio, también parece haber entrado en crisis el de los que creían que la actual organización del mundo representa el final, insuperable, de la historia, ¿qué contenido atribuirle a aquella esperanza?
Pero la hipótesis de que pudiéramos estar viviendo el fin no de éste o de aquél, sino de todos los sueños -de cualquier expectativa de paraíso en la tierra bajo cualquier de los formatos concebibles- acaso introduzca una modificación sustantiva en la estructura del imaginario colectivo del que nos hemos venido sirviendo durante largo tiempo. Los trazos mayores con los que cada vez más tendemos a dibujar nuestra realidad vienen representados por una gradación de temores, miedos y pavores de diverso tipo, cuya relación resulta de todo punto innecesario -por reiterada- evocar aquí (terrorismos, catástrofes medioambientales, guerras totales…). Poco a poco, la expectativa, antes tan acariciada, de inmortalidad habría cambiado de signo: no nos colocaría a salvo de los males del presente, sino que nos condenaría sin remedio a padecerlos en el futuro. El sueño habría ido virando, de esta forma, en dirección hacia la pesadilla: de una situación en la que la muerte constituía una amenaza de inexorable cumplimiento habríamos ido transitando a otra, en la que la vida habría terminado por ser concebida como una condena. Una condena a cadena perpetua, para ser exactos.
Pero no se trata de anticipar el detalle de lo que se nos avecina. Tal vez (¿cómo saberlo?) en ese hipotético mundo infeliz aumente espectacularmente la tasa de suicidios y -de manera análoga a lo que sucedía en la novela de Henrik Stangerup El hombre que quería ser culpable- los individuos se vean obligados a organizarse clandestinamente para acabar con sus propias vidas. O tal vez simplemente suceda que se extienda como una mancha de aceite el sentimiento de decepción ante la expectativa insatisfecha: ahora que podíamos empezar a pensar en prolongar de manera indefinida nuestra estancia aquí, se dirán muchos, resulta que ya no vale la pena quedarse.
En cualquiera de los casos, se impone volver sobre los propios pasos y reconsiderar aquella identificación, a la que al comenzar hicimos referencia, entre inmortalidad y felicidad. Quizá el breve experimento mental esbozado en los párrafos anteriores baste para comprobar que el anhelo de inmortalidad, la fantasía de una vida sin fin, si no va acompañado de una idea lo más clara posible de lo que se quiere hacer con esa vida sólo puede ser fuente de insatisfacción y malestar, en la medida en que deja sin pensar lo que realmente importa.
Acaso lo que esté en juego aquí sea algo, en el fondo, muy simple, extremadamente simple: una de esas verdades imposibles de aceptar sin sentirse requerido a estar a su altura. Lo afirma el protagonista de la fascinante y perturbadora novela de Philip Roth, El animal moribundo: “Uno es inmortal mientras está vivo” (afirmación muy próxima, por cierto, a aquella otra del poeta simbolista francés Henri de Régnier: “El amor es eterno mientras dura”). El contenido de la felicidad -el recurrente vivir la vida en el que nunca dejamos de estar enredados- pasa por afrontar esa inmortalidad que tenemos a nuestra disposición, no por aplazar su cumplimiento a la espera de un hipotético futuro sin dolor ni límite. Lo que es como decir: si hay algo que celebrar es la vida misma. No porque sea todo lo que tenemos, sino porque es lo más importante de lo que tenemos (el auténtico trascendental, como diría un filósofo con ínfulas kantianas). En cuanto a las velas y las tartas evocadas en el título, despreocúpense de ellas: nunca merecieron la pena. Definitivamente, vivir no es durar. Aunque, eso sí, por si acaso cuídense.
El dolor ajeno, espectáculo nuestro
Juan Javier Pérez, el juez que dirige la investigación del accidente del avión de Spanair, se indignó al enterarse de que había imágenes grabadas de los cuerpos calcinados y de algunos supervivientes. Calificó el hecho de bochornoso, sopesa acusar a sus autores de delito contra el honor y, de entrada, ordenó confiscar cuantos móviles o cámaras fotográficas grabaron el accidente. La Guardia Civil de momento ha identificado a 18 autores de imágenes robadas. La contundente reacción del juez es quizá la expresión de un temor bien fundado. A saber: utilizar el sufrimiento ajeno como espectáculo. Algunas de esas fotos han sido vendidas y es razonable pensar que el destino de muchas de ellas no era engordar precisamente el álbum familiar.
Seguro que el juez Pérez no ignora el derecho a la información, pero si se lo ha puesto tan difícil a los medios, prohibiendo incluso que los servicios de socorro o bomberos ofrezcan imágenes oficiales que pudieran luego ser distribuidas con todas las garantías, es porque no quiere satisfacer la sed de espectáculo de una sociedad de voyeurs. El sufrimiento colectivo que provoca la muerte brutal de más de 150 personas es muy goloso y eso parece que lo han entendido, de forma muy espontánea, algunos miembros de los equipos de socorro que acudieron en el primer momento al lugar del siniestro.
Y NO LE FALTA razón al juez al ser prevenido. Nuestra sociedad, en efecto, mantiene con la muerte una relación esquizofrénica. Por un lado, la oculta y privatiza. Ha dejado de ser un momento de la vida, por eso se muere lejos, en los hospitales, y no se velan los cuerpos en la casa del difunto, sino en los tanatorios. Parece como si las funerarias solo viajaran de noche. Pero, por otro, estamos dispuestos a pasar horas ante el televisor consumiendo los fastos de un Papa muerto, las lágrimas de famosos cuando fallece uno de los suyos o la tragedia de una muerte colectiva, como la del avión de Spanair. Una variante de la excitación que produce la tragedia de los demás es la predisposición de los po- líticos a aprovecharse de la situación. Cuando Rajoy dice que no quiere pagar al Gobierno con la misma moneda del Yak 42, apenas puede disimular el gusto de equiparar las chapuzas del Gobierno Aznar en la identificación de los cadáveres con las lógicas dificultades que tiene cualquier identificación rigurosa de los mismos.
Lo que esta esquizofrenia revela es que hemos desaprendido cómo comportarnos ante el sufrimiento que provoca la muerte. La sabiduría popular y secular resumía el buen comportamiento con una frase muy contenida: “Te acompaño en el sentimiento”. Es el sobrio gesto de colocarse al lado, tanto física como espiritualmente, guardando silencio. Es verdad que ese gesto vale para esas muertes que son el resultado de una vida. El poeta Rilke hablaba del morir como “la maduración de la muerte que llevamos dentro”.
Pero ¿qué pasa con esas muertes en las que no se da “maduración” alguna porque son una interrupción brutal de la vida? Aquí es donde la sociedad que ha privatizado la muerte se moviliza para conjurar el miedo colectivo y la fragilidad de la existencia. Al fin y al cabo, cualquiera puede volar o viajar. El avión puede ser el medio más seguro de viajar, pero la noticia del accidente nos descubre a todos vulnerables. Ante una situación así, no basta la sobria reacción de un “te acompaño en el sentimiento”.
Aquí hay que hablar, analizar las causas del accidente, hacer comisiones, tomar declaración a los testigos e informar a la opinión pública. No basta evidentemente el gesto de guardar silencio, pero sí que hay que guardar al silencio. Todo lo que se diga e informe no puede traspasar la línea roja del respeto al sufrimiento de los demás; al contrario, debe servir para aliviarle, sea ofreciéndoles una explicación correcta de las causas del accidente, sea respetando su intimidad, sea expresando realmente la solidaridad.
Esa es la zona del silencio que la palabra tiene que proteger. A nadie se le oculta que esa templanza es difícilmente sostenible cuando hay tantos programas televisivos o radiofónicos y tanto papel impreso ávidos de satisfacer la angustia colectiva por el miedo a la propia muerte. Nada mejor que convertir la tragedia en espectáculo: que no se sepa si la sangre es real o pintada, si es realidad o ficción, y, en cualquier caso, señalar bien la distancia entre ellos, que padecen, y nosotros, que lo miramos.
ALGUIEN definió el fascismo como la “estetización de la política”: es decir, confundir el sufrimiento que causa la guerra con la simulación que tiene lugar en una película sobre la guerra. Cuando el pueblo llega a pensar que la guerra es una película, el fascismo está servido. El mismo juego, a escala modesta, se produce cuando el sufrimiento de una catástrofe se convierte en espectáculo.
La decisión del juez de no dar pábulo a esa perversión de la comunicación es, por muy loable que sea, insuficiente. Es un asunto que afecta a toda la sociedad. No solo a los medios, sino también a los lectores o televidentes. Y no hay razón para ser optimista, pues no ha servido de mucho el código ético pactado entre los medios de comunicación ni disminuye la ansiedad del público, a juzgar por las cuotas de pantalla.
>El dolor ajeno, espectáculo nuestro
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Juan Javier Pérez, el juez que dirige la investigación del accidente del avión de Spanair, se indignó al enterarse de que había imágenes grabadas de los cuerpos calcinados y de algunos supervivientes. Calificó el hecho de bochornoso, sopesa acusar a sus autores de delito contra el honor y, de entrada, ordenó confiscar cuantos móviles o cámaras fotográficas grabaron el accidente. La Guardia Civil de momento ha identificado a 18 autores de imágenes robadas. La contundente reacción del juez es quizá la expresión de un temor bien fundado. A saber: utilizar el sufrimiento ajeno como espectáculo. Algunas de esas fotos han sido vendidas y es razonable pensar que el destino de muchas de ellas no era engordar precisamente el álbum familiar.
Seguro que el juez Pérez no ignora el derecho a la información, pero si se lo ha puesto tan difícil a los medios, prohibiendo incluso que los servicios de socorro o bomberos ofrezcan imágenes oficiales que pudieran luego ser distribuidas con todas las garantías, es porque no quiere satisfacer la sed de espectáculo de una sociedad de voyeurs. El sufrimiento colectivo que provoca la muerte brutal de más de 150 personas es muy goloso y eso parece que lo han entendido, de forma muy espontánea, algunos miembros de los equipos de socorro que acudieron en el primer momento al lugar del siniestro.
Y NO LE FALTA razón al juez al ser prevenido. Nuestra sociedad, en efecto, mantiene con la muerte una relación esquizofrénica. Por un lado, la oculta y privatiza. Ha dejado de ser un momento de la vida, por eso se muere lejos, en los hospitales, y no se velan los cuerpos en la casa del difunto, sino en los tanatorios. Parece como si las funerarias solo viajaran de noche. Pero, por otro, estamos dispuestos a pasar horas ante el televisor consumiendo los fastos de un Papa muerto, las lágrimas de famosos cuando fallece uno de los suyos o la tragedia de una muerte colectiva, como la del avión de Spanair. Una variante de la excitación que produce la tragedia de los demás es la predisposición de los po- líticos a aprovecharse de la situación. Cuando Rajoy dice que no quiere pagar al Gobierno con la misma moneda del Yak 42, apenas puede disimular el gusto de equiparar las chapuzas del Gobierno Aznar en la identificación de los cadáveres con las lógicas dificultades que tiene cualquier identificación rigurosa de los mismos.
Lo que esta esquizofrenia revela es que hemos desaprendido cómo comportarnos ante el sufrimiento que provoca la muerte. La sabiduría popular y secular resumía el buen comportamiento con una frase muy contenida: “Te acompaño en el sentimiento”. Es el sobrio gesto de colocarse al lado, tanto física como espiritualmente, guardando silencio. Es verdad que ese gesto vale para esas muertes que son el resultado de una vida. El poeta Rilke hablaba del morir como “la maduración de la muerte que llevamos dentro”.
Pero ¿qué pasa con esas muertes en las que no se da “maduración” alguna porque son una interrupción brutal de la vida? Aquí es donde la sociedad que ha privatizado la muerte se moviliza para conjurar el miedo colectivo y la fragilidad de la existencia. Al fin y al cabo, cualquiera puede volar o viajar. El avión puede ser el medio más seguro de viajar, pero la noticia del accidente nos descubre a todos vulnerables. Ante una situación así, no basta la sobria reacción de un “te acompaño en el sentimiento”.
Aquí hay que hablar, analizar las causas del accidente, hacer comisiones, tomar declaración a los testigos e informar a la opinión pública. No basta evidentemente el gesto de guardar silencio, pero sí que hay que guardar al silencio. Todo lo que se diga e informe no puede traspasar la línea roja del respeto al sufrimiento de los demás; al contrario, debe servir para aliviarle, sea ofreciéndoles una explicación correcta de las causas del accidente, sea respetando su intimidad, sea expresando realmente la solidaridad.
Esa es la zona del silencio que la palabra tiene que proteger. A nadie se le oculta que esa templanza es difícilmente sostenible cuando hay tantos programas televisivos o radiofónicos y tanto papel impreso ávidos de satisfacer la angustia colectiva por el miedo a la propia muerte. Nada mejor que convertir la tragedia en espectáculo: que no se sepa si la sangre es real o pintada, si es realidad o ficción, y, en cualquier caso, señalar bien la distancia entre ellos, que padecen, y nosotros, que lo miramos.
ALGUIEN definió el fascismo como la “estetización de la política”: es decir, confundir el sufrimiento que causa la guerra con la simulación que tiene lugar en una película sobre la guerra. Cuando el pueblo llega a pensar que la guerra es una película, el fascismo está servido. El mismo juego, a escala modesta, se produce cuando el sufrimiento de una catástrofe se convierte en espectáculo.
La decisión del juez de no dar pábulo a esa perversión de la comunicación es, por muy loable que sea, insuficiente. Es un asunto que afecta a toda la sociedad. No solo a los medios, sino también a los lectores o televidentes. Y no hay razón para ser optimista, pues no ha servido de mucho el código ético pactado entre los medios de comunicación ni disminuye la ansiedad del público, a juzgar por las cuotas de pantalla.
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