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>El Estado marroquí ante sus emigrantes y la ciudadanía marroquí en la diáspora

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Por Ana I. Planet Contreras, profesora de Sociología del Mundo Árabe Contemporáneo, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Autónoma de Madrid (REAL INSTITUTO ELCANO, 23/03/11):
Tema: El Estado marroquí se esfuerza desde hace años para mantener el vínculo y la identificación de sus emigrantes con el país de origen y por aumentar su influencia internacional a través de ellos.
Resumen: Un elemento esencial para entender las sociedades árabes del siglo XXI, y especialmente las magrebíes, es la existencia de importantes comunidades de emigrantes instalados en otros países de la región y fuera de ella, sobre todo en Europa. Estas migraciones constituyen la base de vínculos económicos y políticos entre los Estados implicados. El esfuerzo del Estado marroquí para garantizar la vinculación de sus emigrantes con el país plantea en los últimos años nuevos escenarios de participación y pretende modernizar los términos de debate. Frente a ello reaccionan las asociaciones ya existentes, generando a su vez nuevas iniciativas y discursos. Estas migraciones suponen a medio plazo la generación de dinámicas de construcción ciudadana transnacional que plantean numerosos retos no sólo para los individuos que las protagonizan y sus familias sino también para los Estados y sus sociedades civiles.
Análisis: La creación en 2007 del Consejo Consultivo de los Marroquíes Residentes en el Extranjero ha puesto de manifiesto la importancia otorgada por el régimen marroquí y por el monarca a la cuestión migratoria y a las condiciones de integración de los emigrantes. Los esfuerzos de Mohamed VI desde su llegada al trono se vienen dirigiendo a diseñar un marco institucional con el que asegurar una vinculación de los marroquíes residentes en el exterior con el país de nacimiento que no se reduzca a los lazos familiares, a la inversión de sus ahorros en la adquisición de inmuebles o la dinamización estacional de ciertas economías locales, sino que –como otros países emisores de emigración han hecho a lo largo del siglo XX– incluya el mantenimiento de vínculos estrechos con el país. Reconocer la autoridad religiosa y política del monarca o mostrar el compromiso con la integridad territorial del Reino son elementos constantes en los discursos referidos a los marroquíes en el exterior.
Como sucediera con iniciativas anteriores, la creación del Consejo no ha sido recibida con entusiasmo por las numerosas asociaciones de inmigrantes marroquíes de Europa, abriéndose con ello, una vez más, el debate sobre la compleja cuestión de la ciudadanía marroquí en la diáspora. Si bien la estructura del Consejo asegura la participación de los emigrantes y parte con amplitud de miras a la hora de definir su ámbito de interés, también es cierto que su creación resulta para muchos insuficiente en la medida en que no da respuesta a la cuestión de la participación política de los marroquíes que residen en el exterior en las dinámicas internas del país, tantas veces reclamada. Sobre todo, su creación ha sido un jarro de agua fría para los partidos políticos, sindicatos y asociaciones que esperaban algo más tras el discurso real de noviembre de 2006 en el que Mohamed VI había anunciado su intención de conceder derechos de plena ciudadanía a los ciudadanos marroquíes residentes en el exterior. Por decirlo de otro modo, pese a las novedades institucionales que suponía el nuevo órgano y la capacidad de los encargados de llevar adelante el proyecto –con larga trayectoria en el ámbito de los derechos humanos y de la migración–, se perdía la ocasión que muchos esperaban de poner en funcionamiento los mecanismos que garantizaran la representación parlamentaria de los marroquíes residentes fuera del país por medio de elecciones.
La experiencia electoral con la que cuenta Marruecos en este ámbito es muy escasa pues las urnas sólo se han utilizado para elegir a los representantes de los marroquíes residentes en el extranjero entre 1984 y 1992. Durante esos años, cinco de los 204 diputados en el entonces Parlamento monocameral eran elegidos en las cinco grandes circunscripciones exteriores del Reino. La enorme extensión territorial de las circunscripciones (España quedaba integrada en una circunscripción junto con Italia, Portugal, el Reino Unido, EEUU y Canadá, América del Sur y el continente africano, salvo el mundo árabe), la imposibilidad de que los electos pudieran participar efectivamente en las tareas del Parlamento y en su circunscripción, lo magro de su aportación a los debates parlamentarios y, cabe señalarlo, el trasfuguismo entre partidos de algunos de ellos, no facilitaron en absoluto la continuación de la experiencia.
Con todo, hacer partícipes a los marroquíes del exterior de las experiencias de reforma y apertura política que Marruecos ha vivido “en dosis homeopáticas”, por emplear el término acuñado por Bernabé López García, no ha sido una tarea fácil. De hecho, no son pocos los que señalan que los emigrantes no están informados de lo que sucede en el interior del país ni de la dimensión real de las transformaciones sociales y políticas que vive.
Una larga historia de iniciativas
Si efectivamente el voto en el exterior no es una experiencia exitosa hasta la fecha, tampoco debe considerarse su inexistencia como resultado de una falta de interés o incompetencia por parte de Marruecos para gestionar la cuestión. Si hiciésemos un balance de las iniciativas del país referidas a la gestión de la emigración bien podríamos afirmar que son muchas las propuestas lanzadas, en las que se combinan a partes iguales la imaginación en el desarrollo institucional con la voluntad de controlar a los emigrantes desde Palacio.
El discurso de Hasán II de marzo de 1990 es quizá el primer momento en el que se plantea el nuevo modo de abordar la cuestión migratoria que viene durando hasta hoy. Es el inicio de la superación –todavía hoy no conseguida del todo– de una visión anticuada de la gestión de la emigración centrada exclusivamente en lo laboral y en lo asistencial y que restringía la participación de los marroquíes en la vida política o asociativa de los países de residencia. La creación de un Ministerio para ocuparse de esos asuntos y de la Fundación Hassan II para los marroquíes en el extranjero, nacida para ayudar a mantener la identidad cultural y religiosa de los marroquíes que vivían fuera del país, así lo ponían de manifiesto. Pese a que el Ministerio tuvo en esa ocasión una corta vida, la Fundación ha seguido funcionando hasta la fecha con propuestas estimables centradas en la atención educativa y cultural de las nuevas generaciones de marroquíes nacidos entre dos mundos, apoyando el mantenimiento de su identidad cultural y religiosa.
La vieja idea de “sed marroquíes” que Hasán II proponía a los emigrantes en el exterior necesitaba, sin duda, ser renovada por Mohamed VI. Reincorporada la competencia de la emigración al Ministerio de Exteriores, la ministra delegada publicaba en 2003 un documento de trabajo que recogía los objetivos de participación en los países de acogida. Sin duda, las dinámicas de integración de los marroquíes en el exterior y su capacidad creciente de generar asociaciones de interés general y su mayor visibilidad en la vida pública de los países de residencia aconsejaron reconocer desde Palacio el valor de tal participación, yendo incluso un paso más adelante al proponerles que se organizaran como grupo de presión con capacidad de influencia en las opciones estratégicas nacionales e internacionales de los países respectivos.
Para el rey Mohamed VI y su gabinete, no se trata sólo de garantizar el derecho a la ciudadanía plena por medio de la participación política en el interior –difícil de ejecutar hoy en día para los que residen en el exterior– sino que, bajo el nuevo reinado, se conmina a los emigrantes a tomar posiciones fuera del país y a participar en la defensa de las causas nacionales estratégicas también desde los países de instalación. En este sentido, la aparición de un discurso claro por parte de algunas asociaciones en torno a la regionalización como posible salida al conflicto del Sáhara Occidental es paradigmática y tiene especial relevancia en el caso de los marroquíes instalados en España.
Más allá de lo novedoso en el discurso y en las dinámicas de gobierno y participación en los primeros años de reinado de Mohamed VI, la gestión de la emigración se encuentra entre los temas controlados desde el entorno del rey y sus asesores, que centralizan propuestas y acciones en detrimento de una gestión desde el gobierno, los Ministerios y el Parlamento.
La creación del Consejo para la Comunidad Marroquí en el Extranjero
El Consejo, cuya creación ha generado intenso debate en el seno de la comunidad, es una institución consultiva con autonomía administrativa creada para garantizar el control y la evaluación de las políticas públicas del Reino de Marruecos hacia sus nacionales emigrantes e incluye en su composición miembros deliberantes y miembros observadores. Éstos últimos forman un álbum de familia de las instituciones que se han ido creando en tiempos pasados –incluyendo otras recién nacidas– para dinamizar la sociedad marroquí en el exterior y en el interior del país: la Fundación Hasán II ya mencionada, la Fundación Mohamed V para la solidaridad, el Consejo consultivo de los derechos humanos, el Diwan Al Madhalim o gabinete de reclamaciones (una suerte de Ombudsman o Defensor del Pueblo) y tres instituciones cuya inclusión es muestra de la importancia que la religión y las identidades culturales/lingüísticas tienen en un contexto migratorio: el Consejo superior de los Ulemas, el Consejo superior de los Ulemas de Europa y el Instituto Real de la Cultura Amazigh. Junto a ellos se sientan representantes de diez Ministerios o departamentos Ministeriales. Miembros deliberantes son el presidente y el secretario general (Driss El Yazami y Abdellah Boussouf, el primero de los cuales ha sido nombrado el pasado 4 de marzo presidente del Consejo Nacional de Derechos Humanos) y 50 marroquíes elegidos por el Rey y nombrados por él de entre los marroquíes residentes en el exterior.
Como era de esperar, el nombramiento de estos miembros propuesto desde Rabat ha herido susceptibilidades entre los marroquíes “de la diáspora” que, como sucede también en el interior del país, se muestran indecisos entre la colaboración con instituciones de tipo consultivo que no incorporan principios democráticos en la elección de sus miembros pero que cuentan con indudable capacidad de interlocución con las altas instancias gubernamentales y el apego a su independencia, en muchas ocasiones difícil de mantener y estéril en sus frutos por su alejamiento de los canales de participación existentes.
Los analistas dedicados a estudiar la lógica de creación de los Consejos como órganos consultivos que convocan a una sociedad civil cada vez más articulada y deseosa de transparencia democrática señalan a su favor que el Consejo es un órgano de consulta sin capacidad ejecutiva. Como sucede con otros consejos de reciente creación, cuenta con un elevado presupuesto y autonomía financiera al servicio –en apariencia– de un mejor análisis de la situación de los marroquíes en el exterior desde el que proponer líneas de actuación.
La andadura del Consejo no está siendo fácil. Su creación ha traído consigo también cambios en las estrategias de la comunidad marroquí en el exterior que podrían resumirse en crítica y resistencia, de un lado, y aceptación de la agenda propuesta de debate y participación, de otro.
Las respuestas de la comunidad y las dinámicas de organización
Como decíamos, no han sido pocos los líderes de asociaciones y sindicatos residentes en el exterior que han hecho pública su desconfianza ante la creación del Consejo, centrando sus críticas en el procedimiento de elección de sus miembros. Su creación ha desencadenado un proceso de reorganización de las asociaciones, cuyas líneas de acción actuales se están decantando por elevar el tono de las demandas de participación de los marroquíes residentes en el exterior y por mostrar su disposición para asumir en paralelo mayores compromisos con Marruecos y su futuro.
De entre todas las nuevas iniciativas de representación de los marroquíes residentes en el exterior podrían destacarse tres: (1) Daba 2012 pour tous; (2) el Movimiento de Demócratas Residentes en Europa; y (3) el Foro Civil de Marroquíes en Europa. Daba 2012, creada en agosto de 2009, articula sus reivindicaciones en torno a la idea de “compromiso de participación ciudadana” tantas veces enunciado por el Monarca, y se plantea, como objetivo compartido de las más de 450 asociaciones que lo constituyen, conseguir que las elecciones de 2012 sean “elecciones para todos”, incluyendo los marroquíes en el exterior, pidiendo mayor transparencia y democracia en la elección de representantes en el Consejo como primer paso. Tres meses después de constituirse la plataforma, sus peticiones fueron escuchadas en el Parlamento marroquí en una jornada de debate en la que denunciaron el cortocircuito que, a su juicio, suponía para los intereses de los marroquíes en el exterior la existencia del Consejo como único órgano de representación.
Daba 2012 apuesta por la parlamentarización de todo lo referido a la emigración y por una mayor implicación de los Ministerios. Su objetivo es conseguir las reformas necesarias para hacer posible el voto desde el exterior. La reforma de la ley electoral y del artículo 38 de la Constitución sobre la composición de la Cámara de Consejeros tiene que ser discutida en el Parlamento y ello precisa, sin duda, de la implicación de los partidos políticos allí representados. Sin embargo, cuando en octubre de 2010 se celebró una gran reunión de la plataforma en Casablanca –tras varias celebradas en las principales ciudades europeas– algunos de los Ministerios afectados no acudieron a la cita y, contrariamente a las previsiones de los promotores, tampoco todos los partidos se hicieron eco de la convocatoria, con significativas ausencias. En la reunión de Casablanca, Daba 2012 reivindicaba una mayor presencia de los representantes de los emigrantes en el resto de Consejos –el Consejo Económico y Social, el Consejo Superior de lo Audiovisual, el Consejo Consultivo de Asuntos Saharauis, el Consejo Consultivo de Derechos Humanos y el Instituto Real de Cultura Amazigh–. Daba 2012 insiste además en la necesidad de una mayor formación y conocimiento por parte de los emigrantes de los numerosos cambios institucionales y legislativos del país para que su participación política sea eficaz.
Por su parte, el Movimiento de los Demócratas Residentes en el Exterior, cuya rama española celebró su reunión constituyente en octubre de 2009, apuesta por la democratización de todo lo relacionado con los marroquíes residentes fuera del país. Lo más original de su propuesta es que no se ciñe sólo al futuro de Marruecos sino que reclaman para sí mayor capacidad de acción en los países de acogida. Así, cuando este Movimiento –al cual se adhieren individuos y no asociaciones– enumera sus principales preocupaciones, incluye cuestiones centrales en la vida de los emigrantes como son la trasparencia en las aduanas, la mejora de las reglas de inversión o la gestión consular y otras de carácter más amplio como la violencia contra la mujer, la revisión de los asuntos religiosos y educativos o la creación de centros culturales marroquíes en las principales ciudades de instalación.
Por último, en marzo de 2010, al tiempo que se celebraba en Granada la cumbre UE-Marruecos, se reunía en la ciudad el Primer Foro Civil de Marroquíes de Europa, con el objetivo de exigir el reconocimiento de su papel como ciudadanos de las dos orillas y con la voluntad de constituirse en movimiento capaz de influir en la política interior de los países de la UE y en los cambios deseables en Marruecos. El Foro se comprometía con la agenda propuesta desde Marruecos para cuestiones cruciales, como la resolución del conflicto del Sáhara, tema para el que insistían en la necesidad de que los marroquíes residentes en Europa difundiesen entre la opinión pública de sus países de acogida las propuestas marroquíes sobre la cuestión, haciendo suyas las propuestas de construcción de un Estado marroquí basado en la descentralización, la democracia local y la diversidad lingüística y cultural.
En estas iniciativas recientes, nacidas como respuesta a la actual política de Rabat, participan algunas de las asociaciones de inmigrantes marroquíes más antiguas a las que se unen actores recién llegados a escena, incluyendo un sector creciente de jóvenes marroquíes estudiantes universitarios o profesionales.
En el territorio español desarrolla sus actividades desde 1989 un sindicato de marroquíes –la Asociación de Trabajadores Inmigrantes Marroquíes en España, ATIME–, que nació tras la publicación de la primera ley de extranjería en España de 1985. También funcionan, con capacidad de convocatoria limitada a día de hoy, algunos partidos políticos marroquíes, destacando la presencia del Partido Socialista Marroquí entre los jóvenes instalados en Andalucía. Estos partidos se preparan para el hipotético caso de que las reformas demandadas acaben haciendo posible el voto emigrante en una circunscripción en el exterior. También cabría destacar el papel reciente, pero muy activo, de la asociación ONDA, afín al movimiento Justicia y Espiritualidad, con presencia en buena parte del territorio español y centrada en la acción social, especialmente con mujeres, niños y jóvenes. El trabajo de este movimiento se desarrolla en las asociaciones, en los centros de culto y en las federaciones de entidades religiosas. Para completar el panorama asociativo de marroquíes en el exterior, hay que tener también en cuenta las numerosas asociaciones culturales –muchas de ellas de marcado carácter berberista– que, pese a centrar su trabajo en cuestiones culturales, no son ajenas a los debates sociales y políticos del interior del país y participan en los movimientos citados. Y, por último, hay que mencionar la presencia de marroquíes al frente de las numerosas entidades religiosas de musulmanes en España, incluida la dirección de la FEERI, una de las dos federaciones que componen la Comisión Islámica de España, órgano de interlocución del Estado con la comunidad musulmana a efectos de seguimiento del Acuerdo de Cooperación del Estado español con los musulmanes del país. Estas entidades constituyen auténticos centros de “marroquinidad” en el exterior, donde se demandan servicios y articulan discursos sobre buena parte de los temas que afectan a los marroquíes.
Conclusión: Los marroquíes que viven fuera de Marruecos han ido constituyendo a lo largo de las dos últimas décadas un buen número de asociaciones ciudadanas que participan tanto en las iniciativas propuestas por el régimen marroquí como en las generadas por las necesidades que surgen en los países de residencia.
La creación por Mohamed VI del Consejo de la Comunidad Marroquí en el Extranjero, concebido como un órgano elaborador de propuestas para mejorar la situación de los emigrantes marroquíes, no dio respuesta a las demandas de participación en los asuntos del interior del país que los emigrantes venían formulando. No se trataba sólo del tipo de institución –miembros elegidos por el monarca– y de su funcionamiento –estrictamente consultivo– sino que, además, dejaba sin resolver las demandas de participación desde el exterior a través del voto.
Desde 2009 las asociaciones de los marroquíes en el exterior reclaman con mayor claridad el derecho a participar y a conseguir una ciudadanía que les permita participar en los procesos sociales, políticos y económicos del interior. Pese al descontento con las instituciones existentes en Marruecos, las diferentes iniciativas apuestan por la asunción de compromisos con el país al tiempo que demandan una parlamentarización efectiva de todo lo referido a la emigración.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

marzo 26, 2011 Publicado por | Marruecos, migración | Dejar un comentario

>Migraciones intrarregionales en Sudamérica

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Por Julieta Nicolao, licenciada en Relaciones Internacionales e investigadora del Centro de Estudios Interdisciplinarios en Problemáticas Internacionales y Locales, UNCPBA, Argentina (REAL INSTITUTO ELCANO, 14/03/11):
Tema: Las migraciones internacionales en el interior de América del Sur han sido hasta ahora poco estudiadas y reguladas pero están adquiriendo una fuerza creciente.
Resumen: La explosión de la emigración hacia EEUU y Europa en los últimos decenios ha dejado en un segundo plano la migración que se produce entre los propios países sudamericanos, pese a que ésta ha existido de forma ininterrumpida a lo largo de los siglos. Se trata de corrientes migratorias que cuentan con una consolidada estructura geográfica de orígenes y destinos y que presentan un renovado dinamismo en la actualidad, involucrando a más de 2 millones de personas. Su relevancia se acrecienta porque las restricciones a la migración que aplican los países desarrollados fortalecen la alternativa de los destinos más cercanos y accesibles.
A pesar de la cercanía cultural entre los pueblos, la inserción de estos inmigrantes en los lugares de destino se encuentra con dificultades. El hecho de que un importante porcentaje de emigrantes lo sean de forma irregular constituye el motor de muchos abusos y violaciones a los derechos humanos de esta población. Su localización en los principales centros urbanos de los países de destino ha causado una mayor visibilidad de estos inmigrantes, que en gran medida es acompañada de reacciones de discriminación, xenofobia y estigmatización por parte de la sociedad receptora.
Análisis
(1) Las migraciones intrarregionales en Sudamérica: algunas cifras [1]
Los procesos migratorios internacionales siempre han tenido un fuerte protagonismo en los países sudamericanos y de Latinoamérica en general, desde la etapa colonial hasta nuestros días. Basta recordar que entre mediados del siglo XIX y 1914, Argentina y Brasil recibieron 4.600.000 y 3.300.000 inmigrantes internacionales respectivamente.[2] Desde mediados del siglo XX, las tendencias migratorias internacionales en la subregión se modificaron considerablemente. Por un lado, la inmigración de ultramar comenzó a decaer, hasta llegar a la ínfima relevancia demográfica de este patrón migratorio en la actualidad. En las últimas décadas varios de los países de la zona han modificado su tradicional papel de Estados receptores, pasando a constituir países de emisión, o que combinan ambas condiciones. En la actualidad, el principal patrón migratorio del área es la emigración extrarregional, que tiene como primer destino a EEUU, seguido por España, Canadá, Japón e Israel. Para comprender la dimensión de estos movimientos, vale citar que en el año 2010 estaban empadronados en España 2.103.000 inmigrantes sudamericanos.
Como consecuencia del acelerado crecimiento de la emigración de sudamericanos y latinoamericanos al exterior en los últimos decenios, ha quedado en un segundo plano el patrón migratorio histórico que se desarrolla en Sudamérica, conocido habitualmente como “migraciones intrarregionales” y que en la actualidad afecta a más de 2 millones de personas.
Algunas de estas corrientes existían antes de que fueran trazados los límites de los Estados actuales al acceder a su independencia durante el siglo XIX. De ahí que algunos sugieran que estas migraciones representan el testimonio histórico de una unidad económico-política artificialmente desarticulada y, al mismo tiempo, una avanzada de los procesos de integración regional en este terreno.[3] El fenómeno es la consecuencia natural de una historia compartida de relaciones económicas, políticas, sociales y culturales. Además, la antigüedad que poseen muchos de estos flujos ha favorecido la formación y consolidación de redes y circuitos migratorios que permiten su perpetuación fortaleciendo las conexiones, independientemente de los cambiantes contextos económicos de mayor o menor prosperidad.
Dentro del patrón migratorio intrarregional sudamericano se identifican dos subsistemas migratorios: (1) el del Cono Sur, que tiene a la República Argentina como el receptor histórico de corrientes procedentes de los países limítrofes (Paraguay, Bolivia, Chile, Uruguay y, en menor medida, Brasil), a los que se ha sumado Perú en los últimos dos decenios; y (2) el de los países andinos, que tiene a Venezuela como el tradicional destino migratorio y a Colombia como el emisor central, haciendo Ecuador y Perú mínimos aportes.
Según datos aportados por la OIM, Argentina y Venezuela seguían siendo en 2010 los dos principales países de destino no sólo de Sudamérica, sino también de toda América Latina y el Caribe, con 1,4 millones y 1 millón de inmigrantes residiendo en sus territorios, respectivamente. A su vez, constituyen los únicos dos Estados de la región en los que el porcentaje de población inmigrante supera al de emigrantes, ya que el resto de los países sudamericanos constituyen países de emigración neta.[4]
La escasez de datos disponibles sobre las migraciones internacionales en el interior de América del Sur obliga a utilizar como indicadores datos ya antiguos, recogidos en los censos que suelen realizarse cada 10 años en muchos de los países de la zona. En este momento varios de ellos están actualizando sus censos pero no existen por ahora datos disponibles ni proyecciones fiables.
Según los datos de los últimos censos de los principales países receptores (véanse las Tablas 1 y 2), el peso de las migraciones intrarregionales entre los países del Cono Sur es mayor que en el subsistema andino. Argentina contenía un stock de inmigrantes intrarregionales que superó el millón de personas en el año 2001 y Venezuela acogía aproximadamente a 670.000 inmigrantes de origen subregional en el año 2000. La particularidad de este segundo caso es que de esos 670.000 inmigrantes, más del 90% (alrededor de 608.000) era de origen colombiano, mientras el aporte de inmigrantes ecuatorianos y peruanos resultó, en términos relativos, insignificante.[5] Por el contrario, en el Cono Sur, Argentina está consolidado como el principal destino migratorio, pero el origen de los movimientos es mucho más diversificado: según el último censo, la migración a Argentina se dividía entre un 35% de paraguayos (325.046), un 25% de bolivianos (233.464), un 23% de chilenos (212.429), un 13% de uruguayos (117.564) y un 4% de brasileños (34.712).
Tabla 1. Inmigrantes y emigrantes intrarregionales entre países del Cono Sur: censos de los decenios de 1990 y 2000.
Fuente: Jorge Gurrieri (2005), basado en estimaciones del CELADE-IMILA
Tabla 2. inmigrantes y emigrantes intrarregionales entre países del área andina: censos de los decenios de 1990 y 2000.
Fuente: Jorge Gurrieri (2005), basado en estimaciones del CELADE-IMILA
Desde el punto de vista de los principales emisores, según cifras estimadas por el Banco Mundial, en el año 2005 el 4,6% de la población boliviana residía en el exterior y de ellos el 55% en Argentina; en el caso de Paraguay, cerca del 7% de su población total era emigrante en el año 2002 (alrededor de 368.000 personas), ubicándose el 66% en Argentina. Por su parte, la proporción total de población emigrante en Colombia, según datos del Censo General de 2005, asciende a 3,3 millones de personas, lo que supone el 8% de la población de este país. Por tanto, Colombia es el principal país de emigración de toda América del Sur y el segundo de América Latina después de México. Según este último censo, Venezuela es, en orden de importancia, el tercer país de destino de estos flujos, después de EEUU y España.[6] Hay que recordar además que, debido al importante porcentaje de migración forzada que existe dentro de esta corriente, y con ella, de migración irregular, existe un grupo no desdeñable de emigrantes colombianos no registrados.
Finalmente, cabe señalar que el caso de Brasil es singular, puesto que recibe más migrantes extrarregionales que regionales, en su gran mayoría de origen japonés. Del mismo modo, Paraguay, que desde hace décadas es el principal emisor de migrantes hacia Argentina, está fortaleciendo cada vez más su papel de receptor de migraciones de países vecinos, principalmente brasileños, como consecuencia de la construcción de grandes obras hidroeléctricas y de la ampliación de sus terrenos agrícolas.[7] Chile también ha visto acrecentarse el porcentaje de población extranjera sudamericana –especialmente de origen peruano– desde los años 90 como consecuencia de las condiciones de mayor estabilidad democrática y económica. No obstante, la incidencia relativa de la inmigración sigue siendo mínima (1% de la población nacional).
(2) Inserción en la sociedad receptora
En el caso del Cono Sur, las migraciones de países limítrofes hacia Argentina han sido siempre de carácter predominantemente laboral, vinculadas desde una etapa temprana (fines del siglo XIX) a la demanda estacional de mano de obra para actividades agrícolas en las zonas de frontera, y luego, en el marco de los procesos de urbanización, a la industrialización de los nuevos centros urbanos (con mayor desarrollo durante el período 1943-1955), y a la necesidad de sustituir en las zonas agrarias a la población local que se desplazaba a las grandes ciudades. Esta migración ha pasado de ser temporal a convertirse en permanente, aunque siguen existiendo circuitos estacionales de movimientos de trabajadores, sobre todo en las áreas limítrofes, lo que muestra una articulación de los mercados de trabajo entre países vecinos.
En el caso del subsistema andino, la situación es más diversificada. Un importante porcentaje de las migraciones de colombianos a Venezuela son de naturaleza forzada. Como es sabido, Colombia vive en un contexto de conflicto armado interno en el que confluyen grupos armados ilegales y narcotraficantes, que han penetrado fuertemente en las estructuras políticas de este país. Los ataques y amenazas de estos grupos generan un alto índice de refugiados y asilados, así como masivos desplazamientos forzados, que en buen porcentaje finalizan en migración hacia países fronterizos. Así, a la búsqueda de mejores oportunidades laborales y salariales y la influencia de las redes sociales, se le suma en este país el contexto de violencia generalizada, produciendo una combinación de migración forzada y migración económica hacia Venezuela, Ecuador y Panamá.
Al igual que en el Cono Sur, en los países andinos el intercambio de población en las regiones fronterizas ha sido intenso y de larga data. Según ACNUR, los colombianos siempre han constituido una población flotante en las zonas fronterizas, hecho agudizado por la intensificación de la violencia, que también produce importantes desplazamientos internos que involucran a más del 6% de la población.[8]
Exceptuando la producida por causas de conflicto armado, la realidad de la migración intrarregional en América del Sur está constituida en gran medida por trabajadores que huyen de las economías más débiles de sus lugares de origen, insertándose en el país de destino en mercados de trabajo precarios, con condiciones laborales que no resultan sustancialmente mejores que las de sus países de origen, pero que presentan diferencias salariales que devienen en el atractivo central. No obstante, existen algunas diferencias por subregión. En Argentina, los inmigrantes sudamericanos desempeñan un papel complementario o adicional a la mano de obra nativa. Su participación en nichos específicos (servicio doméstico, construcción, comercio e industria manufacturera) muestra una inserción segmentada en los mercados de trabajo, en una posición de desventaja en relación a los nativos, y de alta precariedad, fundamentalmente para los irregulares. Muchos inmigrantes irregulares en Argentina se encuentran en una situación de alta vulnerabilidad y son víctimas de distintos abusos que van desde el tráfico y la trata de personas al sometimiento a condiciones de esclavitud en talleres textiles clandestinos en las grandes urbes –un delito que ha tenido como especial víctima a la población boliviana en los últimos años–, especialmente en el Área Metropolitana de Buenos Aires.[9]
Los años 90 fueron un período adverso para los inmigrantes residentes en Argentina. En el marco del malestar social generado por el incremento del paro y de la pobreza, aparecieron discursos antiinmigratorios: los extranjeros sudamericanos comenzaron a ser calificados tanto por las elites como por las clases populares y por algunos medios de comunicación como un factor de competencia con la mano de obra nativa, como responsables del incremento de los niveles de delincuencia o como causantes de la saturación de los servicios sociales. Esto se tradujo en un claro endurecimiento de la política migratoria nacional, que incrementó los números de inmigrantes irregulares y por ende, su situación de vulnerabilidad. Sin embargo, la situación se ha modificado sustancialmente en Argentina a partir del año 2003, especialmente en lo que respecta a la inmigración sudamericana, priorizándose la regularización de esta inmigración.[10]
El caso de las corrientes migratorias de colombianos que se dirigen tanto a Venezuela como a Ecuador es peculiar en cuanto a su inserción. Sólo una fracción minoritaria de las personas que se desplazan forzosamente hacia los países vecinos adquiere el estatus de refugiado, lo que dificulta su integración. El tráfico y la trata de migrantes figuran entre los delitos más frecuentes que padece esta población, no sólo la que se desplaza hacia países vecinos, sino también la que lo hace en el interior de Colombia. Por otra parte, el marco de violencia en que se produce esta migración genera una mirada negativa sobre los emigrantes colombianos, a los que se señala como una amenaza a la seguridad nacional de los países de acogida. Las reacciones xenófobas devienen, como en el caso anterior, en incremento de los controles fronterizos y mayores exigencias para obtener visados y permisos de tránsito en los países de destino. La lucha contra las guerrillas ha generado también importantes conflictos con los países limítrofes, que han militarizado fuertemente sus fronteras, incrementando la vulnerabilidad de los potenciales emigrantes desde Colombia.
Una de las principales características sociodemográficas de la migración intrarregional en Sudamérica, que muestra una tendencia que se presenta a escala global, es el predominio femenino registrado a partir de los años 80, generalizado con la sola excepción de los bolivianos que migran a Argentina. Así, puede citarse el flujo de paraguayos (73 hombres migrantes por cada 100 mujeres) y chilenos (92 hombres por cada 100 mujeres) a Argentina, de colombianos a Venezuela (91 hombres por cada 100 mujeres migrantes) y de peruanos a Chile (67 hombres por cada 100 mujeres).[11] Sin lugar a dudas, el servicio doméstico es una de las principales puertas de entrada al mercado laboral de los países receptores, junto con todas aquellas labores asociadas al cuidado de niños, ancianos y enfermos, la limpieza de calles y negocios, la cocina en restaurantes o la venta callejera. En cuanto a las condiciones generales de inserción laboral de las mujeres migrantes, la sujeción a salarios bajos, largas jornadas laborales, contratación informal y nulas oportunidades de movilidad ocupacional, constituyen el común denominador.[12]
Otro rasgo sobresaliente es la concentración de la población inmigrante en las zonas urbanas. De acuerdo con los datos aportados por la CELADE, este es el caso del el 93% de los inmigrantes procedentes de la región latinoamericana que residen en Argentina, y del 87% de los localizados en Venezuela.[13] La concentración en áreas urbanas, generalmente apareja una mayor exposición y visibilidad de las minorías migrantes y, con ellas, un incremento de la xenofobia por parte de la sociedad receptora.
(3) La migración intrarregional en Sudamérica y los bloques de integración subregional: el Mercado Común del Sur (MERCOSUR) y la Comunidad Andina de Naciones (CAN)
En Sudamérica, los procesos de integración regional constituyen los espacios centrales para el tratamiento político de las migraciones intrarregionales. En el marco de tales procesos, el abordaje de la variable migratoria se centra en la libre circulación de personas: una situación característica de una integración plena y avanzada, en la cual la libre movilidad de las personas coexistiría con la libre circulación de capitales, bienes y servicios, y en la que los territorios de los Estados asociados conformarían un espacio común en el que los migrantes podrían moverse libremente manteniendo sus derechos de ciudadano. Así, los trabajadores de los distintos Estados asociados pasarían a constituir un mercado único de trabajo.[14] Sin embargo, en el caso del Mercosur,[15] la libre circulación de personas no es todavía un horizonte cercano. El tratamiento de esta variable ha ido modificándose en el transcurso de su breve historia, experimentando avances y retrocesos, relacionados con las dificultades que ha atravesado el proceso de institucionalización de este espacio. Las migraciones intrarregionales no se han abordado directamente, sino de forma indirecta y lateral, y se han debatido en órganos no dedicados específicamente a los asuntos migratorios o de libre circulación de personas, sino a cuestiones tales como fronteras, seguridad, trabajo y previsión social.[16]
En los orígenes de la formación del Mercosur la propuesta de implementación de la libre circulación de personas estuvo en la agenda del grupo de trabajo sobre relaciones laborales. Aunque entonces era un objetivo inalcanzable a corto plazo, existía la intención política de llevarlo adelante. Pero el panorama cambió radicalmente con la firma del Protocolo de Ouro Preto en 1994, en plena etapa de implementación de políticas económicas neoliberales en los países miembros, que dispuso la reestructuración institucional del Mercosur a partir de su redefinición como unión aduanera imperfecta, lo que dejó sin sentido el objetivo de la libre circulación de personas, propia de un mercado común. El tratamiento de la migración se modificó en el año 2002, a raíz de la firma del Acuerdo de Residencia para Nacionales de los Estados Partes del Mercosur, Bolivia y Chile.[17] Este convenio, que entró en vigor siete años después, en 2009, establece reglas comunes para la tramitación de la residencia legal de los nacionales de los países firmantes que se encuentren en cualquiera de los otros, acreditando su nacionalidad y cumpliendo una serie de requisitos (pasaporte válido, partida de nacimiento, certificado que acredite la carencia de antecedentes penales y pago de una tasa), lo que les permite acceder a una residencia temporal, que puede convertirse en permanente después de dos años de estancia mostrando estar en posesión de medios de vida propios. Los que superan este procedimiento, pueden entrar, salir y permanecer libremente en el territorio de cualquiera de los países asociados, gozando de un trato igualitario con los nacionales y de los mismos derechos y libertades civiles, sociales, culturales, económicas y laborales. Este instrumento constituye la más importante norma intergubernamental en la materia, y se presenta como el primer intento de establecer una política diferenciada para los ciudadanos pertenecientes al Mercosur en comparación con los ciudadanos de terceros países.[18] También relevante ha sido la creación en el año 2004 del Foro Especializado Migratorio, dependiente de la Reunión de Ministros del Interior, el primer espacio en la historia del Mercosur dedicado exclusivamente al tratamiento de la migración.[19] En el marco de este Foro se produjo la aprobación del Plan de Acción para la lucha contra la Trata de Personas.
A diferencia del Mercosur, en la Comunidad Andina de Naciones,[20] el abordaje político y normativo de la migración depende todavía de forma exclusiva de su tratamiento en los ámbitos nacionales de los Estados miembros. No obstante, en los últimos años, se han producido una serie de decisiones relacionadas con la libre circulación de personas, que resultan avances de capital importancia. Entre éstas pueden citarse: la Decisión nº 397 (1996), que regula la Tarjeta Andina de Migración,[21] un documento uniforme de control migratorio y estadístico de uso obligatorio en la entrada y salida de personas de los países del bloque; la Decisión nº 503 (2001), que reconoce los documentos nacionales de identidad como único requisito para que los nacionales y extranjeros residentes en los países miembros puedan viajar por la subregión en calidad de turistas; la Decisión nº 504 (2001), por la que se crea el Pasaporte Andino; la Decisión nº 545 (2003), que crea el Instrumento Andino de Migración Laboral,[22] normativa para la progresiva y gradual circulación y permanencia de nacionales andinos en la subregión con fines laborales bajo relación de dependencia, en condiciones de igualdad de trato y de oportunidades (uno de los avances más destacables); y las Decisiones nº 583 y 584 (2004), que adoptan el Instrumento Andino de Seguridad Social y el Instrumento Andino de Seguridad y Salud en el trabajo, respectivamente. No obstante, algunas de estas decisiones no han venido seguidas de una reglamentación (583 y 545), por lo que no puede garantizarse el cumplimiento de los derechos y obligaciones que emanan de las mismas. Es también destacable la adecuación de la normativa de la región a los instrumentos internacionales vigentes sobre trata de personas y tráfico ilícito de migrantes, así como el impulso de proyectos de cooperación en este terreno.
En conjunto el abordaje del fenómeno migratorio en ambos bloques está aún en plena construcción y es claro un creciente interés político hacia el fenómeno derivado de varios factores. Entre los más importantes destaca el nuevo clima político que se vive en gran parte de la región desde los primeros años del nuevo milenio, vinculado a la quiebra del neoliberalismo en varios de estos Estados, el consenso alcanzado sobre el valor estratégico de la integración regional para los países de la región y la importancia de los aspectos sociales en esa integración; otro factor de importancia es el cambio en los perfiles migratorios. El incremento de la emigración de nacionales hacia países desarrollados con políticas migratorias restrictivas ha unido a los gobiernos de la región para el diseño e implementación de estrategias de acción conjunta, como se observó con ocasión de la aprobación de la Directiva de Retorno europea y la reacción de rechazo compartida que mostraron los países latinoamericanos. Esto ha contribuido paralelamente a una mayor conciencia sobre la migración regional y una mayor predisposición de los gobiernos a los compromisos en este terreno.
En este contexto, durante los últimos 10 años, compartiendo una tendencia que se presenta a escala internacional, han proliferado en América Latina instancias de consulta, diálogo y cooperación regional en materia migratoria, como la Conferencia Suramericana de Migraciones (CSM) creada en 2000, en la que participan 12 países de la subregión[23] y que se reúne todos los años desde entonces. La CSM se orienta a promover y desarrollar políticas sobre las migraciones internacionales y su relación con el desarrollo y la integración regionales.[24] Cuenta con la participación de las organizaciones de la sociedad civil, como organizaciones de derechos humanos, asociaciones de inmigrantes o instituciones eclesiásticas, que adoptan un gran protagonismo en este plano y trabajan de forma paralela a la Conferencia, ofreciendo propuestas vinculadas a la protección de los derechos humanos de los migrantes, la lucha contra el tráfico y la trata de migrantes, la asistencia legal y humanitaria a grupos en situación de alta vulnerabilidad, etc.
Conclusión: Aunque la emigración extra-regional se ha convertido en la tendencia migratoria prevaleciente, las poblaciones de muchos de los países del área siguen escogiendo un Estado vecino para emigrar: unos 2 millones de personas están participando en este tipo de movimientos intrarregionales. Las crecientes restricciones que aplican los países del norte a las migraciones internacionales probablemente seguirán incrementando estos movimientos sur-sur.
A pesar de la proximidad cultural, idiomática e histórica entre los lugares de emisión y recepción, la inserción de esta migración en los lugares de destino plantea dificultades. La inserción laboral precaria, la migración irregular, la naturaleza forzada de los desplazamientos o las políticas migratorias restrictivas constituyen elementos que sitúan a esta población en un estado de vulnerabilidad.
El hecho de que un importante número de sudamericanos se enfrente a situaciones de debilidad en países desarrollados con políticas migratorias restrictivas, ha influido notablemente en un cambio de actitud de los gobiernos de la región en lo que concierne a la gestión de la migración intrarregional. Podría decirse que se está instalando de forma lenta pero progresiva la idea de la gobernabilidad compartida de las migraciones y la importancia de lograr consensos a nivel regional, en contraposición a la lógica unilateral que ha caracterizado tradicionalmente el abordaje de la cuestión migratoria. No obstante, en muchas ocasiones los avances en materia de acuerdos en los bloques regionales tardan demasiado en ser llevados a la práctica, y esto amenaza con convertir los logros en un mero avance retórico. Por ello, el principal desafío a la política migratoria sudamericana es que los compromisos asumidos se materialicen en transformaciones concretas.
Notas:
[1] Entre las limitaciones más importantes, destaca que el registro de las entradas y salidas de migrantes no se explota estadísticamente y presenta graves inconvenientes, como la falta de identificación de los migrantes como tales o la heterogeneidad en la recogida de datos. Por otra parte, el número de encuestas sobre migración es muy reducido y el potencial de las encuestas a hogares no se ha explotado del todo. Debido a estas limitaciones, los censos nacionales de población y vivienda se han convertido en la alternativa más sólida para conocer las tendencias migratorias.
[2] Fernando Devoto (2009), Historia de la inmigración en la Argentina, Suramericana, Buenos Aires, 3ª edición.
[3] Mármora en S. Novick et al. (2005), “El proceso de integración Mercosur: de las políticas migratorias y de seguridad a las trayectorias de los inmigrantes”, Documentos de Trabajo nº 46, Instituto de Investigaciones Gino Germani, Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires.
[4] OIM (2010), Informe sobre las migraciones en el mundo 2010. El futuro de la migración: creación de capacidades para el cambio, OIM, Ginebra.
[5] De hecho, los peruanos se están dirigiendo cada vez más a Argentina y Chile (pertenecientes al otro circuito migratorio).
[6] Datos extraídos de J. Martínez Pizarro (2008), América Latina y el Caribe: migración internacional, derechos humanos y desarrollo, CELADE-CEPAL, Santiago de Chile.
[7] Ibid.
[8] OIM (2010), op. cit.
[9] Capital Federal y Gran Buenos Aires.
[10] Véase Julieta Nicolao (2010), “El Estado argentino ante el reto de las migraciones internacionales: reflexiones del reciente cambio de rumbo en la política migratoria argentina”, en Revista de Ciencias Sociales Convergencia, vol. 17, nº 53, Universidad Autónoma del Estado de México, Toluca, mayo-agosto, pp. 205-228.
[11] María Nieves Rico (2006), Las mujeres latinoamericanas en la migración internacional, Naciones Unidas-CEPAL, Madrid.
[12] Ibid.
[13] Martínez Pizarro (2008), op cit.
[14] Nora Pérez Vichich (2000), “Fundamentos teóricos del tratamiento de la movilidad de personas en el MERCOSUR”, Centro Argentino de Estudios Internacionales, Programa Integración Regional.
[15] Proceso de integración subregional, creado el 26 de marzo de 1991 con la firma del Tratado de Asunción. Está conformado por Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay como miembros plenos, y Bolivia, Chile, Colombia, Ecuador y Perú como miembros asociados. En el año 2006 se suscribió un Protocolo de Adhesión mediante el cual Venezuela se constituyó como miembro pleno. No obstante, este instrumento aún no ha entrado en vigor debido a que hasta la fecha no ha sido ratificado por todos los parlamentos de los firmantes, por lo que la vinculación de Venezuela al bloque sigue siendo la de Estado Asociado.
[16] Novick et al. (2005), op. cit.
[17] Firmado en el marco de la XII Reunión de Ministros del Interior, realizada en la ciudad de Salvador de Bahía los días 9-11 de noviembre de 2002, y refrendado en la Cumbre de Presidentes del MERCOSUR el 6 de diciembre del mismo año.
[18] Pérez Vichich (2000), op. cit.
[19] Véase la Declaración de Santiago sobre Principios Migratorios, uno de los primeros documentos que lanzó este Foro, en el cuál se plasma el espíritu con el que los gobiernos encaran la política migratoria. Entre ellos destacan una concepción de las migraciones que hace hincapié en el aporte que significan para los Estados de la región, la necesidad de asistencia y protección a los inmigrantes en situaciones de desprotección y la lucha por el reconocimiento de distintos derechos a estas poblaciones (http://www.migraciones.gov.ar/foro_migratorio/).
[20] Es uno de los procesos de integración más antiguos de América Latina, creado en 1969 a través del Acuerdo de Cartagena. Está actualmente conformado por cuatro países miembros plenos (Bolivia, Colombia, Ecuador y Perú). Venezuela fue miembro pleno hasta 2006 y Chile también lo fue desde su origen, pero se retiró durante la dictadura de Pinochet; luego volvió a incorporarse pero en carácter de Estado asociado.
[21] Mediante resolución nº 527 de la Secretaría General de la CAN.
[22] Tiene como antecedente la Decisión nº 116.
[23] Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Ecuador, Guyana, Paraguay, Perú, Surinam, Uruguay y Venezuela.
[24] Para acceder a las declaraciones de cada reunión anual, véase aquí.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

marzo 20, 2011 Publicado por | América Latina, migración | Dejar un comentario

>Why Arizona Drew a Line

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By Kris W. Kobach, a law professor at the University of Missouri at Kansas City and Attorney General John Ashcroft’s chief adviser on immigration law and border security from 2001 to 2003 (THE NEW YORK TIMES, 29/04/10):
On Friday, Gov. Jan Brewer of Arizona signed a law — SB 1070 — that prohibits the harboring of illegal aliens and makes it a state crime for an alien to commit certain federal immigration crimes. It also requires police officers who, in the course of a traffic stop or other law-enforcement action, come to a “reasonable suspicion” that a person is an illegal alien verify the person’s immigration status with the federal government.
Predictably, groups that favor relaxed enforcement of immigration laws, including the American Civil Liberties Union and the Mexican American Legal Defense and Education Fund, insist the law is unconstitutional. Less predictably, President Obama declared it “misguided” and said the Justice Department would take a look.
Presumably, the government lawyers who do so will actually read the law, something its critics don’t seem to have done. The arguments we’ve heard against it either misrepresent its text or are otherwise inaccurate. As someone who helped draft the statute, I will rebut the major criticisms individually:
It is unfair to demand that aliens carry their documents with them. It is true that the Arizona law makes it a misdemeanor for an alien to fail to carry certain documents. “Now, suddenly, if you don’t have your papers … you’re going to be harassed,” the president said. “That’s not the right way to go.” But since 1940, it has been a federal crime for aliens to fail to keep such registration documents with them. The Arizona law simply adds a state penalty to what was already a federal crime. Moreover, as anyone who has traveled abroad knows, other nations have similar documentation requirements.
“Reasonable suspicion” is a meaningless term that will permit police misconduct. Over the past four decades, federal courts have issued hundreds of opinions defining those two words. The Arizona law didn’t invent the concept: Precedents list the factors that can contribute to reasonable suspicion; when several are combined, the “totality of circumstances” that results may create reasonable suspicion that a crime has been committed.
For example, the Arizona law is most likely to come into play after a traffic stop. A police officer pulls a minivan over for speeding. A dozen passengers are crammed in. None has identification. The highway is a known alien-smuggling corridor. The driver is acting evasively. Those factors combine to create reasonable suspicion that the occupants are not in the country legally.
The law will allow police to engage in racial profiling. Actually, Section 2 provides that a law enforcement official “may not solely consider race, color or national origin” in making any stops or determining immigration status. In addition, all normal Fourth Amendment protections against profiling will continue to apply. In fact, the Arizona law actually reduces the likelihood of race-based harassment by compelling police officers to contact the federal government as soon as is practicable when they suspect a person is an illegal alien, as opposed to letting them make arrests on their own assessment.
It is unfair to demand that people carry a driver’s license. Arizona’s law does not require anyone, alien or otherwise, to carry a driver’s license. Rather, it gives any alien with a license a free pass if his immigration status is in doubt. Because Arizona allows only lawful residents to obtain licenses, an officer must presume that someone who produces one is legally in the country.
State governments aren’t allowed to get involved in immigration, which is a federal matter. While it is true that Washington holds primary authority in immigration, the Supreme Court since 1976 has recognized that states may enact laws to discourage illegal immigration without being pre-empted by federal law. As long as Congress hasn’t expressly forbidden the state law in question, the statute doesn’t conflict with federal law and Congress has not displaced all state laws from the field, it is permitted. That’s why Arizona’s 2007 law making it illegal to knowingly employ unauthorized aliens was sustained by the United States Court of Appeals for the Ninth Circuit.
In sum, the Arizona law hardly creates a police state. It takes a measured, reasonable step to give Arizona police officers another tool when they come into contact with illegal aliens during their normal law enforcement duties.
And it’s very necessary: Arizona is the ground zero of illegal immigration. Phoenix is the hub of human smuggling and the kidnapping capital of America, with more than 240 incidents reported in 2008. It’s no surprise that Arizona’s police associations favored the bill, along with 70 percent of Arizonans.
President Obama and the Beltway crowd feel these problems can be taken care of with “comprehensive immigration reform” — meaning amnesty and a few other new laws. But we already have plenty of federal immigration laws on the books, and the typical illegal alien is guilty of breaking many of them. What we need is for the executive branch to enforce the laws that we already have.
Unfortunately, the Obama administration has scaled back work-site enforcement and otherwise shown it does not consider immigration laws to be a high priority. It is any wonder the Arizona Legislature, at the front line of the immigration issue, sees things differently?
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

mayo 2, 2010 Publicado por | Estados Unidos, migración | Dejar un comentario

>Una responsabilidad compartida

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Por Cecilia Malmström, comisaria europea de Asuntos de Interior (EL PERIÓDICO, 15/04/10):
La migración es un fenómeno muy antiguo y no parece probable que vaya a disminuir en la era de la globalización. Aquí llega gente de otros países que trae consigo su cultura, sus ideas, su capacidad emprendedora y sus habilidades y contribuye de esta manera a crear sociedades multiculturales y más ricas. Históricamente, eso ha sido y todavía es muy positivo para Europa. Además, para hacer frente al actual envejecimiento demográfico de la UE, la contribución de los inmigrantes resulta fundamental. El mes pasado, el Consejo Europeo aprobó una serie de objetivos emblemáticos en consonancia con la comunicación de la Comisión Europa 2020. Entre ellos cabe citar el de incrementar hasta el 75% la tasa de empleo de mujeres y hombres entre los 20 y los 64 años mediante la incorporación de los jóvenes, de los trabajadores de más edad y de los trabajadores menos cualificados y mediante la integración de los inmigrantes legales.
Con casi 23 millones de desempleados en la Unión Europea, uno podría pensar que ya no son necesarios los inmigrantes. Sin embargo, las sociedades europeas se enfrentan a un desafío demográfico que nada tiene que ver con la crisis económica. Una Europa menos abierta simplemente haría insostenible nuestro sistema social.
Según Eurostat, en los próximos 50 años la población de la UE crecerá en unos 10 millones de personas, mientras que su población activa disminuirá en unos 50 millones incluso contando a los 58 millones de inmigrantes que se espera que lleguen a Europa durante ese periodo. Para mantener a una persona no activa habrá dos personas activas en vez de cuatro como ocurre hoy. Además, en unos años el número de fallecimientos superará al de nacimientos y el único modo de contribuir al crecimiento neto de la población europea será mediante la inmigración.
Pero por muy convincentes que resulten estos argumentos, a muchos no les bastan para aceptar la inmigración como un fenómeno natural y necesario. El racismo y la xenofobia encuentran un buen abono en la recesión. La inmigración supone un enriquecimiento cultural y económico para nuestras sociedades siempre que fomentemos la integración de todos aquellos que viven y trabajan entre nosotros. Para que la integración tenga éxito, hay que defender la igualdad de derechos, obligaciones y oportunidades de todos los residentes. Ello implica una convergencia de las políticas independientemente del país de origen. En la práctica, ello significa que, por ejemplo, las tasas de empleo y de educación de los ciudadanos de la UE no debieran ser muy diferentes de las de los nacionales de terceros países que vivan en Europa.
La integración es un proceso a largo plazo y una responsabilidad compartida por los propios inmigrantes y por los ciudadanos y las administraciones de los países de acogida. La integración tiene una dimensión transversal que hay que tener en cuenta a la hora de tomar decisiones en ámbitos como el empleo, la educación y la inclusión social. Consciente de ello, la presidencia española de la UE ha convocado para hoy en Zaragoza una conferencia ministerial sobre integración de inmigrantes, en la que se van a reunir representantes de los 27 estados miembros junto con la Comisión Europea para hablar de la integración como motor de desarrollo y cohesión social e intercambiar puntos de vista sobre sus políticas nacionales y posibles maneras de hacerlas converger.
La integración forma parte de la agenda de la UE desde 1999, cuando el Consejo Europeo aprobó en Tampere que el estatus jurídico y los derechos de los nacionales de terceros países que gozaran de permisos de residencia de larga duración se aproximasen a los de los nacionales de los estados miembros. Ello supone, entre otras cosas, acceso al sistema educativo y al sistema sanitario, derecho a trabajar como asalariado o como autónomo y derecho a la igualdad de trato. También implica que hay que ofrecer a los inmigrantes la oportunidad de obtener la nacionalidad del Estado miembro en el que residan.
Gracias al Tratado de Lisboa disponemos ahora de un fundamento jurídico para que la UE pueda fomentar la integración de los nacionales de terceros países que residan legalmente en un Estado miembro. El tratado excluye acertadamente la armonización de las políticas nacionales de integración. La UE no fomentará la creación de una política única de integración. Hay que respetar las diferencias no solo entre estados miembros, sino también entre las personas que viven allí.
Y ya que hablamos de respeto de las diferencias y de las competencias nacionales, permítanme que insista en el hecho de que la Comisión Europea no debe pronunciarse en el debate que está teniendo lugar actualmente en España sobre la posibilidad de empadronar o no a los extranjeros en situación irregular ni en el debate sobre qué Administración es competente para gestionar la inmigración irregular. Estos son asuntos de la competencia de las autoridades nacionales y son por lo tanto los estados miembros quienes mejor pueden tomar decisiones sobre estas cuestiones.
Volviendo a la integración, la Comisión Europea cree firmemente que tanto inmigrantes como ciudadanos de la UE tienen que ser conscientes de las oportunidades y de los retos que plantea la integración. Uno de los objetivos de la Comisión en Zaragoza es por lo tanto la publicación de la tercera edición del Manual sobre la integración para responsables de la formulación de políticas y profesionales.
Por su parte, la Comisión viene publicando desde el 2009 en su web (http://ec.europa.eu/ewsi/en/index.cfm) información sobre buenas prácticas y eventos relativos a la integración. Como las organizaciones de la sociedad civil son el primer punto de contacto entre los inmigrantes y la sociedad de acogida, la Comisión ha creado un Foro Europeo sobre Integración con carácter bianual. Me gustaría que este foro se convirtiera en una fuente permanente de ideas procedentes de la gente que trabaja en la integración en barrios y ciudades, personas con diferentes bagajes decididas a hacer que la integración funcione.
La integración no se conseguirá por sí sola. Es algo en lo que hay que trabajar. La Comisión Europea seguirá promocionando activamente las buenas prácticas y propondrá el año que viene una nueva estrategia sobre integración. Ahora tenemos que evitar que la recesión económica se convierta en un pretexto para restringir la inmigración. Nuestras perspectivas demográficas no son halagüeñas. Hay que fomentar la integración de los inmigrantes y la diversidad no solo porque racionalmente resulta beneficiosa, sino también porque enriquece a nuestras sociedades y crea oportunidades para todos.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

abril 28, 2010 Publicado por | migración | Dejar un comentario

>Perspectivas italianas de otoño

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Por Shukri Said, secretaria de la Asociación Migrare. Traducción de Carlos Gumpert (EL PAÍS, 09/09/09):

El año en Italia empieza realmente en septiembre. Dos son los temas dominantes para este otoño: Berlusconi y la inmigración en sus relaciones con la Iglesia. Berlusconi, rey de las televisiones privadas, que ha construido su imperio basándose en programas de entretenimiento ligero, ha conseguido convertir también la política en un escenario que los italianos contemplan como espectadores pasivos. Esa confusión entre ficción y realidad tal vez pueda ser la explicación de que la mayoría de los italianos siga estando a su favor.

Hace algunos meses se descubrió que el jefe del Gobierno visitaba a una muchacha menor de edad, Noemi Leticia, con la asiduidad que sus impelentes compromisos políticos le consentían, y se descubrió asimismo que se distraía también con fiestas en sus residencias privadas a las que eran invitadas veline (azafatas televisivas), aspirantes a actrices y prostitutas de lujo, la más famosa de las cuales, Patrizia d’Addario, confió en unas hilarantes grabaciones sus veladas con Berlusconi. Veronica Lario, mujer del primer ministro, solicitó el divorcio, y Vittorio Feltri, director del periódico Libero, de propiedad berlusconiana, la definió como una “velina ingrata”, asociándola a esas hordas de soubrettes, a pesar de décadas de convivencia tolerante y de haberle dado tres hijos.

Feltri, gracias a esta ofensa, fue ascendido recientemente a director del periódico Il Giornale, propiedad asimismo de Berlusconi, y desde allí ha arremetido también -hasta el punto de forzar su dimisión- contra Dino Boffo, director de Avvenire, el periódico de los obispos, que había reprochado en repetidas ocasiones al primer ministro su licenciosa vida. Feltri desempolvó los pormenores de un proceso penal por molestias reiteradas contra una mujer casada a cargo de Boffo, quien mantenía una relación homosexual con su marido. Al aludir a la vida privada de Boffo, se negaba a los obispos el derecho de criticar la vida privada de Berlusconi, quien había insistido en no querer pedir perdón a nadie.

Este ataque ha supuesto la brusca interrupción de los contactos de acercamiento de Berlusconi con la Iglesia, que hubieran debido culminar a finales de agosto con una cena entre el secretario de Estado vaticano, el cardenal Bertone, y el primer ministro durante la celebración de la fiesta religiosa de la Perdonanza (Perdón o Indulgencia). Hubiera supuesto una especie de reedición del perdón que el emperador Enrique IV pidió al papa Gregorio VII el año 1077 en Canossa. En definitiva: excusas ante la Iglesia, sí; ante el resto del mundo, no.

Sin embargo, no tardó en descubrirse que la noticia de Il Giornale era en parte verdad y en parte se derivaba de una carta anónima. La condena por el delito de amenazas era cierta; los detalles del asunto pertenecían al anónimo. Entre los interrogantes que el asunto plantea y que únicamente el examen de las actas procesales podría resolver, destaca la ofensiva intimidatoria contra cualquier crítica al primer ministro, sin consideración alguna ante nadie.

En estos momentos, las relaciones con la Iglesia resultan muy problemáticas y se teme que no baste con las supuestas promesas de una ley del testamento biológico que anule las disposiciones personales sobre la muerte digna, la prohibición de la píldora RU 486 -fármaco abortivo que en Europa lleva ya décadas en uso- o la financiación de los colegios religiosos, que parecían estar en la base de las tímidas reacciones del Vaticano ante la disoluta vida del primer ministro. Se impone una pregunta: la reconciliación de Berlusconi con la Iglesia, ¿cuánto costará al progreso de los derechos civiles in Italia?

Debe recordarse que los parlamentarios italianos no son elegidos directamente por el pueblo, sino nombrados por los partidos gracias a una ley electoral que ha sido llamada porcellum. Más del 90% de las leyes promulgadas desde mayo de 2008, cuando Berlusconi ganó las elecciones, provienen del Consejo de Ministros. Casi todas han sido aprobadas porque el Gobierno ha planteado mociones de confianza, bloqueando así su discusión en el Parlamento. De esta forma, la democracia “guiada” se ha ido consolidando: los parlamentarios nombrados por los partidos responden ante el Gobierno y no ante el pueblo, de manera que cualquier clase de ley resulta posible. La única esperanza es que se pueda reforzarse el ala del PDL (la coalición de Berlusconi) que lidera el presidente del Congreso, Gianfranco Fini, defensor de la fuerza laica de las instituciones.

Las relaciones son también muy tensas en el frente de la inmigración, cuestión para la que la Iglesia exige algo más de tolerancia. Pero en este tema se ha impuesto el programa electoral de la Liga, potente aliado desconocido en el sur, pero que en el norte del país llega a alcanzar incluso un 30% de votos. La Liga Norte se caracteriza por sus escasas pero combativas ideas, entre las que destaca la lucha contra la inmigración. Con una ley, votada también por la oposición, ha sido aprobado hace poco un tratado con Libia cuya reciente ejecución, sin embargo, lleva a devolver al mar a todos los inmigrados, sin selección previa de quienes tienen derecho al asilo.

Los efectos han sido devastadores: hace unos días se localizó en el Mediterráneo una lancha que llevaba 23 días a la deriva, con sólo cinco eritreos que habían sobrevivido de los 78 que embarcaron. Pues bien, a los supervivientes se les imputó el delito de clandestinidad, a pesar de la ola de compasión que despertó el asunto.

Si a Libia le ha sido reconocida en dicho tratado una indemnización de cinco billones de dólares por los perjuicios coloniales causados por Italia, a otras antiguas colonias italianas como Eritrea o Somalia hubiera debido corresponderles un tratamiento muy distinto a la devolución de sus ciudadanos al mar.

Contra esta violación de las leyes internacionales, es de esperar la intervención de los jueces y se han oído ya voces de protesta tanto de Europa como de la ONU ante las que el Gobierno de Berlusconi se encoge de hombros, sin que deje de quedar la sospecha de que Gaddafi se haya erigido como protector de todas las antiguas colonias italianas, sobre las que pretenda extender su influencia como presidente de la Unión Africana, poniendo en jaque a Italia, ante quien puede ejercitar el poder que le proporcionan sus fuentes energéticas y los capitales de los que dispone. Éste sería el enésimo fruto de la aproximativa política con la que Italia está siendo gobernada por quien no tiene inconveniente en desatender las reglas internacionales, en perjuicio de los más pobres del mundo, por un cálculo electoral limitado al valle del Po.

¿Cómo podría condenarse a Gaddafi si quisiera convertirse hoy en el paladín de Somalia, Eritrea y Etiopía contra Italia a causa de las mismas reivindicaciones compensatorias ya reconocidas en el caso de Libia?

Y, con todo, los italianos siguen contemplando todas estas vicisitudes políticas como si de otro episodio de una serie televisiva se tratara. Debería encargarse de despertarles la oposición, pero el Partito Democrático, nacido de la unión entre los católicos del antiguo partido de la Margarita y los Demócratas de Izquierda, herederos del Partido Comunista, es un experimento nuevo con demasiados elementos viejos: una oveja Dolly que cada vez apasiona menos a causa de su indecisión. El PD se ha visto obligado a recurrir a la elección anticipada de un nuevo secretario con votaciones primarias a la americana que absorberán todas sus energías durante seis meses. Hasta la votación de octubre, con una segunda vuelta en noviembre, carecerá de una dirección con autoridad para exigir la dimisión de este jefe de gobierno.

La ausencia de una oposición eficaz no resulta ya tolerable: no podemos seguir concentrándonos en quién dirigirá a los bomberos mientras la casa arde por los cuatro costados. Es necesario eliminar esos mecanismos electorales bizantinos para un solo partido, organizando de forma inmediata un congreso que, ante la urgencia del momento, supere las negligencias del pasado. El otoño político en Italia va a resultar ardiente y no falta quien prevé un giro hacia un régimen cada vez más intolerante ante la libertad, ya reconocible en que hayan sido citados a juicio algunos periódicos extranjeros así como La Repubblica, la máxima voz de disenso en Italia, todos ellos considerados culpables de difamación por sus legítimas críticas a las cuestiones hormonales de Berlusconi.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

septiembre 13, 2009 Publicado por | Italia, migración | Dejar un comentario

>Una política inútil

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Por Gonzalo Fanjul, investigador de Intermón Oxfam, Kennedy School of Governmentt, Universidad de Harvard (EL CORREO DIGITAL, 11/05/09):

La idea de que una persona pueda ser multada por ofrecer ayuda a un inmigrante ilegal es miserable. Pero suponer que esta medida va a contribuir de algún modo a frenar la inmigración irregular va más allá de la ingenuidad. En contra de los hechos y de sus principios, Europa insiste una y otra vez en las mismas políticas inútiles. Hemos manoseado los derechos de los extranjeros hasta crear lo que en la práctica supone una sociedad de ciudadanos de primera y segunda clase. Hemos castigado a los trabajadores y a sus familias con interminables y arbitrarios procesos burocráticos. Hemos dejado el control de nuestras fronteras en manos de países limítrofes que violan de forma abierta el derecho de asilo y refugio. Y, cuando éstos han fallado, hemos aceptado la reclusión de miles de personas decentes en centros de internamiento que sólo se distinguen de un presidio en el nombre.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

Todo con un único propósito: sostener la ilusión de que éste es un fenómeno que podemos elegir; que podemos abrir y cerrar el flujo de inmigrantes de acuerdo con nuestros intereses políticos y económicos. Pero no es así. Nada de lo que ha ocurrido en los últimos 25 años sugiere que los países ricos tengan la capacidad de determinar quién cruza nuestras fronteras, cuánto tiempo permanece o en qué momento decide marcharse. En vez de enfrentar lo que constituye un colosal fracaso de las políticas públicas, los dirigentes de Europa y Estados Unidos se limitan a capear el temporal. Cuanto más tardemos en reconocer la necesidad de un modelo migratorio más flexible, que incorpore a los países de origen, más complicado será resolver los problemas que el modelo actual está generando.

Los primeros meses de la crisis económica nos han ofrecido valiosas lecciones en este ámbito. La restricción férrea del movimiento internacional de trabajadores fracasa durante los años de prosperidad porque impide a la economía absorber la mano de obra que necesita, y eso genera verdaderos imanes para la inmigración irregular. Pero fracasa también durante los años de recesión. A pesar de no encontrar trabajo, los inmigrantes indocumentados que han pasado por un infierno para llegar a nuestros países difícilmente se arriesgarán a dar marcha atrás, porque nadie les garantiza una nueva oportunidad en el futuro. Según los datos del Gobierno, sólo 4.000 trabajadores extranjeros se han acogido a las medidas de retorno, cuando el número previsto era de un millón.

Necesitamos soluciones más justas e imaginativas que adapten las políticas públicas a la realidad y no a la miopía electoral de uno u otro gobierno. Aunque una parte de los que llegan de fuera busca establecerse de forma permanente en nuestros países, la mayoría de los trabajadores extranjeros viene con la intención de ahorrar lo suficiente para retornar y comenzar una nueva vida. Es esa inmigración temporal la que ofrece hoy mayores posibilidades. La consideración de una migración circular flexible no sólo permitiría a los mercados laborales adaptarse con naturalidad a la situación económica, sino que abriría la puerta a la colaboración activa de los países de origen, imprescindible para garantizar una emigración segura y ejercer un verdadero control sobre el sistema.

El primer paso es abandonar el dirigismo soviético que ha caracterizado la política migratoria hasta este momento. El modelo de contratos en origen es equivalente a producir sólo el número de automóviles que tenga previamente asignado un comprador. En un sistema racional, los flujos de inmigrantes deberían ser establecidos de acuerdo a la evolución prevista de los mercados de trabajo, y ajustados según las circunstancias. Se ofrece al trabajador y a sus países de origen la oportunidad de una emigración segura durante varios años, y la posibilidad de repetir la experiencia en el futuro. Combinadas con políticas activas de desarrollo que potencien el uso de las remesas y el dinamismo económico de los retornados, estas medidas permitirían hacer de la emigración una herramienta eficaz de lucha contra la pobreza.

A cambio, los emigrantes y sus países de origen tendrían que aceptar algunas condiciones. Las más evidentes están relacionadas con el compromiso de retorno, el cumplimiento de las leyes y el control de la emigración irregular. Pero también habrá que considerar otras medidas más delicadas, orientadas a gestionar el impacto de los nuevos trabajadores en los sistemas de protección social. No es perfecto y exigirá ajustes, pero se trata de dar un primer paso en la dirección correcta.

Como recordaba hace pocos días ‘The New York Times’, el sufrimiento y la indefensión de millones de inmigrantes es posiblemente la mayor crisis de los derechos humanos a la que se enfrenta la nueva Administración estadounidense. No creo que se pueda decir nada menos del caso europeo. Hay que cuestionar abiertamente la idea de que la inmigración irregular es un crimen que desposee a los individuos de sus derechos más básicos. En un mundo marcado por diferencias obscenas de ingreso y desarrollo, nuestros empleos y nuestro bienestar no nos pertenecen, y la libre movilidad de los trabajadores constituye un derecho fundamental.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

mayo 13, 2009 Publicado por | migración | Dejar un comentario

>El caso del matrimonio forzoso

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Por Marc Carrillo, catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Pompeu Fabra (EL PAÍS, 29/04/09):

La forma democrática de Gobierno se basa en el respeto a los derechos humanos y la dignidad de la persona como requisitos ineludibles. El valor constitucional del pluralismo demanda que nadie pueda ser discriminado, como establece el artículo 14 de la Constitución española, por razón de nacimiento, raza, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal.

Una consecuencia de ello es, por ejemplo, que el Estado democrático se funda en la tolerancia hacia la diversidad cultural que expresan los ciudadanos, como titulares de derechos fundamentales. Pero la tolerancia no es indiferencia. Y el respeto a las tradiciones que se cristalizan en los comportamientos humanos en una sociedad multicultural no es ni puede ser ilimitado. La garantía de los derechos humanos es una frontera infranqueable, de lo contrario el Estado democrático perdería su identidad.

El tema es de actualidad. Una mujer mauritana ha sido condenada por un tribunal español por haber casado a su hija a los 14 años y haberla forzado a mantener relaciones sexuales con un hombre de 40 años. La joven denunció a sus padres, residentes en España, por haberla obligado a ir a Mauritania para casarse y después, de vuelta a su domicilio en Cádiz, repetir la experiencia con un marido 26 años mayor que ella. La condena ha sido por la comisión de los delitos de agresión sexual, coacciones y amenazas. La mujer mauritana ha pedido respeto para sus tradiciones. Y sus compatriotas han reclamado lo mismo ante la puerta del órgano judicial, afirmando que: “Os respetamos en nuestra tierra. Respetadnos en vuestra tierra”.

Pero resulta que obligar a una menor de edad a casarse y mantener relaciones sexuales, en el Estado democrático es una vulneración de un derecho humano básico, es un atentado flagrante a la libertad de la persona, es un delito. Y ante ello no hay tradición que pueda oponerse. El Estado no puede permanecer indiferente a lo que ocurre en su territorio, sino que ha de ser beligerante en defensa de la dignidad de las personas. En este sentido, las reglas privadas de la comunidad familiar nunca pueden prevalecer si la libertad del individuo está en peligro.

Este caso y otros, como la ablación del clítoris, o la negativa de ciertas familias inmigrantes a escolarizar a sus hijas adolescentes, o el reciente ocurrido en Francia de no alimentar por razones religiosas a los hijos para purificarlos, plantean la cuestión de cuál ha de ser la respuesta de los poderes públicos ante estos comportamientos o, más aún, cuál ha de ser el grado de tolerancia del Estado ante determinadas tradiciones.

Es evidente que tradiciones culturales o religiosas como las descritas colisionan con los valores de libertad e igualdad, que el Estado en una sociedad democrática ha de amparar sin distinción de nacionalidades. El hecho de que los ejemplos expuestos sean protagonizados por personas procedentes de la inmigración, como consecuencia de ciertas singularidades culturales, no puede suponer para los poderes públicos el establecimiento de distinción alguna respecto de otros comportamientos igualmente lesivos para la dignidad humana. Por ejemplo, en nuestro contexto más próximo, los lacerantes casos de violencia doméstica, la oposición de sectas religiosas a las transfusiones de sangre, o el sectarismo moral del que hacen gala otras sectas más sibilinas con los enfermos terminales.

La inmigración que viene a la Unión Europea y a Estados Unidos en busca de un lugar en el sol es esencialmente económica. Un sol, el de los países desarrollados, estructuralmente hegemónico y no siempre justo, pero donde los derechos de las minorías han de ser en todo caso respetados, en un contexto de integración a valores y principios democráticos básicos. Un contexto que ha de ayudar a superar situaciones de injusticia social y rémora moral. Por esta razón, el respeto que el Estado democrático de acogida debe garantizar a las señas de identidad de las minorías religiosas o culturales no puede hacerse sacrificando valores democráticos intangibles como la dignidad o la libertad de la persona.

El Estado no puede caer en una especie de paternalismo que, por mor de un exacerbado respeto a la multiculturalidad o la singularidad identitaria, permita comportamientos como los descritos. La democracia ha de servir para liberar personal y socialmente al individuo, no para explotarlo económicamente y mantenerlo ligado a referentes morales retrógrados.

El caso de la mujer mauritana y el respeto que sus compatriotas demandaban a sus tradiciones es un supuesto de diversidad cultural que el Estado democrático no puede tolerar. La necesaria garantía de la diversidad no alcanza a legitimar el establecimiento de un sistema jurídico alternativo, que proteja supuestos derechos naturales incontrovertibles fruto de la tradición.

El Estado no puede cobijar una diversidad moral en beneficio de valores que solamente procuren la subordinación y la alienación social. Frente a ello, los valores que son expresión de la racionalidad democrática han de ser un perímetro insuperable.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

mayo 4, 2009 Publicado por | migración, multiculturalismo | Dejar un comentario

>Objeción de conciencia

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Por Juan Goytisolo, escritor (EL PAÍS, 12/04/09):

La actual crisis económica mundial se ceba con mayor crueldad con los sectores sociales más vulnerables, y a su cabeza, con los inmigrantes indocumentados, convertidos gradualmente en los últimos años en seres “ilegales”, sin patria, trabajo ni futuro. El drama no se desenvuelve sólo en las fronteras de la Fortaleza Europea, ya sean las de la cuenca mediterránea, ya del trayecto África occidental a Canarias. Los sospechosos por el color de la piel o sus características “étnicas” viven atrapados en un laberinto invisible, sin salida alguna. Nos cruzamos con ellos en el metro, por las calles de Madrid, París o Roma, en la ignorancia de la inquietud que les embarga, de su aprensión a una vida sin horizonte, en precario equilibrio en el filo mellado de una navaja. ¿Van a encontrar algún empleo no declarado, a someterse, como en sus países de origen, a unas condiciones draconianas de algún explotador sin escrúpulos? La posibilidad de acogerse a esta nueva forma de servidumbre resulta, no obstante, cada vez más ardua. Los diferentes Estados de la Unión Europea endurecen las leyes y, por temor de las sanciones previstas en ellas, el número de empresarios o patronos que se arriesgan es cada vez menor. Queda, ¡cuán aleatoria y frágil!, la tabla de salvación de la solidaridad.

En mi reciente estancia en París asistí a la exposición fotográfica de la novelista Carole Achache en el vestíbulo de la alcaldía del distrito undécimo de la capital: la de una cuarentena de manos anónimas con una breve, casi telegráfica, historia de las mujeres y hombres que firman o sostienen los expedientes de sus recursos de amparo contra la expulsión. Vidas colgantes de un hilo: el del impulso humano más noble, de una fraternidad condigna a la igualdad radical con nuestros semejantes cualesquiera que sean sus orígenes, etnia, cultura o religión. La pequeña asociación organizadora del acto es un hermoso ejemplo de ello: sus miembros asumen la defensa legal de los amenazados en su lucha silenciosa por la existencia en el país en donde se refugiaron huyendo de una lobreguez carente de perspectivas. La Red Educativa Sin Fronteras -tal es el nombre de la asociación- infringe a sabiendas la normativa que extiende hasta dos años el periodo de detención de los irregulares, reos del flagrante delito de aspirar a una vida mejor. Carole Achache me presentó a una de las familias pendientes del papeleo administrativo, en el limbo de la ilegalidad. Los “ilegales” -¿puede ser ilegal un ser humano?-, oriundos de la región marroquí de Uxda, hablaban correctamente el francés, y sus hijos seguían con éxito los cursos del año escolar. En el dédalo kafkiano de una burocracia ajena a sentimiento alguno, la mano hospitalaria que les conducía ante jueces, procuradores y abogados era la de alguien consciente de que facilitar alojamiento, comida o asistencia jurídica la sitúa al margen de las leyes vigentes en el ámbito de la casa común europea.

Quince días antes de este emotivo encuentro -conozco bien el mundo de los Beni Snasen, y la conversación con el matrimonio y sus hijos me conmovió- había vivido una experiencia similar en los invernaderos de los campos de Níjar, adonde fui con motivo del cincuentenario del librillo homónimo. Un vehículo de la asociación Almería Acoge nos guió -a mí y al equipo de televisión que me acompañaba- por los pasillos abiertos entre aquéllos hasta el modesto centro de asistencia a los inmigrantes edificado sobre las ruinas de una alquería como las que moteaban de blanco el paisaje, tan bello como árido, de hace medio siglo. Una construcción de una sola planta con duchas, sanitarios y una habitación con sillas y una mesa donde se imparten clases de español, sirve de punto de reunión para los magrebíes y subsaharianos varados, tras una azarosa y potencialmente mortal travesía, en aquel otro mar refulgente, en cuya superficie de plástico el sol reverbera y ciega la vista. A menos de un kilómetro di con unas casuchas abandonadas en las que se amadrigaban una docena de inmigrantes sin trabajo ni papeles a la espera improbable de una baraka que les redimiera de la fatalidad del destino. Desde la crisis y el ascenso imparable del número de operarios sin empleo, los empresarios agrícolas que se enriquecieron a costa de ellos actúan con mayor cautela. La nueva Ley de Extranjería castiga con multas de 500 a 10.000 euros a quienes no den de alta al trabajador extranjero en la Seguridad Social o incumplan las normas de la contratación laboral. Pero esta ley que sustituye la dictada por Aznar en 2001 -modificada posteriormente tras su derrota electoral- no establece diferencias, sino en el grado de la pena impuesta entre empresarios negreros y quienes, como Almería Acoge, obedece al imperativo ético de la hospitalidad. Sus voluntarios, como los de la pequeña asociación parisiense, profesan, no obstante, los principios formulados en la Declaración de Derechos Humanos de Naciones Unidas, unos principios de validez universal. El que la Unión Europea les vuelva la espalda como sucede desde hace algún tiempo, sobre todo desde el desplome financiero del casino global y el pinchazo de la monstruosa burbuja inmobiliaria, no es razón suficiente para renunciar a ellos: la ayuda a nuestros semejantes libres de toda culpa no es ni puede constituir delito alguno.

Escribo esto mientras leo a diario en la prensa cuanto acaece en las fronteras marítimas de nuestra Fortaleza. El bello y estremecedor testimonio de mi amigo Daniel Rondeau (’Boat people d’Aujord’hui’, Le Monde, 26-3-2009), embajador francés en Malta, nos informa puntualmente de las incidencias de la travesía cruel de Sur a Norte de decenas de millares de mujeres, hombres y niños exangües que tienen la suerte de orillar en la isla, en Pantelaria o en las costas italianas -”obligados a trabajar para pagar su viaje, robados siempre, a veces abandonados a una muerte segura en pleno Sáhara y sujetos en cada etapa de su periplo a su extorsión por policías, aduaneros y traficantes”- para ser “acogidos” en un centro de retención y devueltos en la mayoría de los casos a sus países de origen. Con las actuales leyes, muchos pesqueros temen socorrerlos de un inminente naufragio por las complicaciones legales que ello acarrea y se limitan a señalar su presencia, a veces demasiado tarde, al Centro de Control Marítimo y Salvamento. La antigua y noble solidaridad resulta hoy conflictiva.

El retroceso cívico y social del Viejo Continente en los últimos años es un indicativo de los tiempos peores que nos aguardan si no tomamos la iniciativa de denunciarlo. El censo gitano de Berlusconi, azuzado por los clamores racistas de una jauría movilizada por la Camorra napolitana; el proyectado en Francia por Sarkozy, cuyo doble filo -menos proteccionista que discriminador- inquieta con razón a quienes guardan el recuerdo del impuesto por Vichy a los judíos; los cupos de expulsión de “irregulares” aplicados ya en Francia, Italia y en nuestro país, pese a los desmentidos oficiales, acrecientan los temores a una deriva xenófoba contra las etnias sospechosas de ser la causa de cuantos males nos abruman. Las pegatinas con el lema “español parado, inmigrante expulsado”, de una inquietante Alianza Nacional que salpicaban las paredes de algunos barrios sevillanos resumen el sentimiento de rechazo y demonización de quienes emigraron como nosotros hace cincuenta años.

El manifiesto para la reforma de la ley, Salvemos la hospitalidad, promovido por Soledad Gallego-Díaz en su magnifico artículo de Opinión en estas mismas páginas (8-3-2009) merece el apoyo de todos. La solidaridad y el respeto de los derechos humanos no pueden ser delito ni infracción como lo fueron en un pasado difícil de olvidar. Vayamos a la raíz de los males: a los países expoliados por el colonialismo y las satrapías que le sucedieron. Habría que devolver allí los millones robados por sus cleptocracias y las nuestras, y evitar así el peaje de vida o de muerte de quienes convierten el Mediterráneo, como leí recientemente, en tumba abierta. La objeción de conciencia a una ley injusta es un derecho inalienable de todo ciudadano.

Recordaré por enésima vez las palabras de Sahrazad en las Mil y una noches, palabras cuya nítida desnudez desmonta las argucias de los Berlusconi que hoy medran y gobiernan: “El mundo es la casa de quienes carecen de ella”.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

abril 13, 2009 Publicado por | migración | Dejar un comentario

>Movilidad humana en el Mediterráneo

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Por Ricard Zapata-Barrero, profesor titular de Ciencia Política en la UPF (EL PERIÓDICO, 20/02/09):

Con la concesión de la sede de la Unión por el Mediterráneo a Barcelona, es tiempo de diagnósticos para conformar una nueva agenda relacionada con la movilidad humana. De momento, la movilidad se está interpretando en el marco de las relaciones internacionales como un instrumento de poder entre dos estados, usando a los ciudadanos como moneda de cambio. Esta situación es insostenible en tiempos de derechos humanos. Asimismo, los estados de recepción son los que tienen el control de la movilidad, fundamentada en los efectos que tiene sobre su sistema de bienestar, democrático y liberal, y su capacidad de gobernabilidad en términos no solo socioeconómicos, sino también de gestión de la diversidad cultural y religiosa. La movilidad se interpreta básicamente también como un acto individual (no familiar) y voluntario (no movido por la necesidad). Asimismo, no se puede tener un contexto de unión en un marco de unilateralidad política, que implica en términos conceptuales la unidimensionalidad con la que se definen los conflictos debidos a la movilidad. El principal reto es, pues, conseguir un contexto de interpretación que fomente una visión compartida mediterránea de la movilidad humana. Desde esta óptica, existen dos premisas que deben tenerse en cuenta.

EN PRIMER lugar, el movimiento de personas no es problemático en sí ni debería ser materia de discusión, salvo si tiene tres dimensiones que generalmente van juntas: una dimensión política (la mayoría de personas se mueven de estados no democráticos o con dificultades de consolidación democrática a democracias consolidadas), una económica (es un movimiento entre el tercer mundo y/o países en vías de desarrollo a países consolidados económicamente), y una social evidente (es un movimiento de personas atraídas por nuestros sistemas de bienestar y derechos sociales). Dicho de otro modo, el movimiento de personas entre democracias avanzadas, economías similares y derechos sociales mínimos, no forma parte de la problemática (pensemos en la movilidad humana dentro del espacio interior europeo o área Schengen).

Teniendo en cuenta esta primera premisa, nos podemos plantear una pregunta: ¿quién hace un problema del movimiento de personas? La respuesta nos invita a entrar en la segunda premisa: los países de acogida, que interpretan el movimiento en términos de efectos porque velan particularmente por mantener consolidadas las tres dimensiones: política, económica y social. Además, se añade en los argumentos de las consecuencias otra dimensión fundamental: la identitaria, que se vincula no ya tanto a temas de estabilidad como de cohesión social. Esto es, el hecho de que no solo se mueven personas, sino culturas y religiones, sirve a la mayoría de los estados de recepción como coartada para sus políticas de seguridad.

Estos dos puntos que forman parte del diagnóstico nos llevan a formular el siguiente argumento: hasta que no desaparezcan estas relaciones de poder claramente unilaterales (el norte controla el proceso político y tiene el monopolio de la interpretación de la movilidad humana), no se podrá tener un contexto adecuado apto para la innovación en la búsqueda de unión en el Mediterráneo. Esta unilateralidad tiene mucho que ver con el prefijo euro que se antepone siempre a mediterráneo y que debe desaparecer de una vez. En esta nueva etapa, unión implica corresponsabilidad e interdependencia, sobre todo en la interpretación de la movilidad humana. Como resultado de la unión se pueden llegar a compartir enfoques, preguntas, respuestas, conceptos. ¿Qué estrategias seguir para fomentar un contexto de unión?

Es un hecho cada vez más evidente que hasta que no se considere que la frontera de Europa empieza en el desierto sahariano y no en el Mediterráneo, algún engranaje del proceso de construcción de un enfoque mediterráneo compartido continuará sin funcionar. Esto también nos lleva a proponer el concepto de acervo mediterráneo en general, y en materia de inmigración en particular. Esto significa crear un directorio donde se engloben todos los vínculos creados y compromisos adquiridos hasta ahora a través de otros procesos anteriores, como el Proceso de Barcelona. ¿Hasta dónde se llegó en la etapa anterior? A la voluntad de cambiar el discurso de seguridad y estrictamente de control que existe por otro más centrado en el codesarrollo, en los derechos humanos, de cooperación y de corresponsabilidad entre países receptores y países de origen. Esta nueva orientación política debe convertirse en el signo de identidad de la Unión del Mediterráneo, que ha de desvincular de entrada la gestión de flujos y la gestión de fronteras.

EN DEFINITIVA, una visión mediterránea de la movilidad humana debe empezar a descargar a los países del sur de la presión que ejerce la UE del siglo XX. La UE del siglo XXI deber ser considerada un agente más que ayude a crear una red de interdependencia debido a la movilidad humana, donde nociones como inmigrante, situación irregular del inmigrante, tráfico, asentamiento, integración, codesarrollo, etcétera, se comparten y pierden todo significado que evoque fractura. Si la movilidad humana en el Mediterráneo forma parte de la fractura o de la solución es una asunto que también debe formar parte del enfoque compartido a construir. La forma como la Unión por el Mediterráneo comience a trabajar el tema de la movilidad humana decidirá el futuro de su éxito o fracaso.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

febrero 22, 2009 Publicado por | Mediterráneo, migración | Dejar un comentario

>La excepcionalidad española

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Por David Reher, catedrático de la Universidad Complutense, y Blanca Sánchez Alonso, catedrática de Historia Económica. Ambos son investigadores del Grupo de Estudios de Población y Sociedad, GEPS (EL PAÍS, 18/02/09):

En los últimos años, España ha sido un país excepcional en Europa por la intensidad y volumen de la corriente migratoria recibida. Esa excepcionalidad tiene una fecha y un lugar de nacimiento: el año 2000 en el Congreso de los Diputados. Desde ese año, España pasó de tener una intensidad migratoria muy inferior a la media de la Europa Occidental a tener una marcadamente superior. De acuerdo con datos de Eurostat, la intensidad de la migración internacional con destino a España (estimado como el número de inmigrantes llegados en un año sobre el total de la población), que se situaba a poco más de un tercio del nivel medio de los países europeos desarrollados, pasó a superar la media en más del 60% desde el año 2000. De hecho, en los años 2005 y 2006 la intensidad de la inmigración a España sólo fue superada por la de Irlanda y fue más del doble de lo que se dio en las economías más fuertes de la zona (Alemania y Reino Unido). No cabe duda alguna acerca de esta excepcionalidad a partir del año 2000.

Esta situación no puede ser explicada por los determinantes últimos de los procesos migratorios. Hubo un intenso crecimiento económico en España, muy marcado en el sector de la construcción que absorbe generalmente a la mano de obra inmigrante, pero el crecimiento fue también notable en otros países europeos y sin embargo no se correspondió con una llegada de inmigrantes tan intensa. España adolece de una estructura por edades de la población muy sesgada y que conduce a una importante reducción de la oferta de trabajo nativo en edades jóvenes. Sin embargo, otros países con los mismos desajustes demográficos no han atraído ni la tercera parte de inmigrantes que España en los últimos años. Italia es un buen ejemplo de ello. Tampoco diferimos mucho de nuestros vecinos de la Europa del Sur en el intenso cambio social que ha terminado provocando el abandono por parte de los trabajadores españoles de segmentos del mercado de trabajo que en otras épocas nos parecían atractivos. Todos estos factores, incluida la ventaja que España presenta para inmigrantes con un idioma común, explican de manera conocida el aumento de la llegada de inmigrantes a España, pero ninguno de ellos puede explicar la excepcionalidad del caso español desde al año 2000, entre otras cosas porque muchos de los factores mencionados ya existían antes de ese año

¿Cómo podemos, entonces, explicar esta excepcionalidad española? Pensamos que cabe buscar su origen en las consecuencias no anticipadas de las dos leyes orgánicas de Extranjería del año 2000 (04/2000 y 08/2000). En el artículo 12 (nunca retocado a pesar de las sucesivas reformas de la ley) se dice textualmente: “Los extranjeros que se encuentren en España inscritos en el padrón del municipio en el que residen habitualmente tienen derecho a la asistencia sanitaria en las mismas condiciones que los españoles”. En similares términos se expresa el artículo referido a la educación obligatoria. A partir de esta ley se articula en España un sistema mediante el cual los inmigrantes, legales e irregulares, pueden acceder a derechos fundamentales (sanidad y educación) de manera muy sencilla: por el mero hecho de inscribirse en el padrón municipal. La inscripción en el padrón municipal es tan fácil, además, que no se exige ni siquiera la presencia física de todos los miembros del hogar a la hora de empadronarse. Es cierto que posteriormente hay que salvar algunas trabas burocráticas para contar con, por ejemplo, la tarjeta sanitaria, pero en líneas generales España se convierte desde el año 2000 en un país excepcional en Europa, en el país más “amigable” para los inmigrantes que, de manera sencilla, gozan de codiciados derechos sociales sin parangón en sus países de origen ni en otros países europeos. En la mayoría de estos países los inmigrantes irregulares tienen derecho sólo a la asistencia sanitaria de urgencias y a la atención médica a los menores de edad y mujeres embarazadas. La gran mayoría de los grupos políticos en España apoyaron esta ley, bien en su versión original, bien en la versión corregida que no cambió el artículo aquí mencionado, siendo todos, por tanto, responsables de sus efectos.

A tenor de los datos existentes, el efecto de la ley parece haber sido inmediato. Tan sólo en el año 2000, el número total de personas nacidas en el extranjero aumentó en 50% (sin incluir personas de la UE-15). Esta reacción, indicio de un muy eficaz flujo de información, llegó a afectar a algunos grupos de forma realmente espectacular (ecuatorianos o rumanos, por ejemplo, cuyo número aumentó en 6,5 y 4,4 veces, respectivamente, a lo largo del mismo año). Los ritmos de aumento continuaron siendo elevadísimos hasta el año 2003, a partir del cual la progresiva imposición de la exigencia de visado para la inmigración de latinoamericanos empezó a moderar el aumento, pero siempre a niveles considerables de inmigración.

¿Actúan los inmigrantes de forma tan racional como para diferenciar entre los distintos sistemas sanitarios y educativos a la hora de elegir su país de destino? Parece ser que sí, pues si sumamos este factor diferencial a todos los señalados anteriormente para explicar la atracción de inmigrantes en España, los derechos concedidos en la Ley de Extranjería (y sobre todo la facilidad con que se accede a ellos) serían como ese ingrediente de la receta que convierte un apetitoso plato en irresistible. Una encuesta reciente de Médicos del Mundo muestra cómo España es el país de la Unión Europea donde mayor es el porcentaje de inmigrantes (más del 78%) que conoce sus derechos en el sistema de salud público. La evidencia muestra, además, que en España no hay diferencias entre los inmigrantes irregulares e inmigrantes legales en el grado de utilización de los servicios sanitarios. El español es, pues, un servicio sanitario universal.

No entramos aquí a valorar argumentos a favor o en contra de la concesión de esos derechos; es indudable que fue una legislación muy avanzada desde el punto de vista del progreso social y los derechos fundamentales de las personas. El que no ocasionara polémica ni rifirrafe político entonces ni tampoco tras las sucesivas reformas de la ley, parece muestra de un consenso amplio. Tampoco entramos en la controversia acerca de si se debería haber previsto un mayor esfuerzo de financiación de servicios que aumentan el número de usuarios de manera exponencial. Parece obvio y las actuales estrecheces del sistema sanitario y educativo en muchas comunidades autónomas indican la existencia de desajustes profundos. Nos limitamos a señalar que nadie anticipó que esa concesión de derechos ha resultado ser el elemento definitivo para convertir a España en un país totalmente excepcional desde una perspectiva migratoria. El verdadero “efecto llamada”, sobre el que tanto se ha polemizado, parece ser esa generosa concesión de derechos.

Ahora que el Gobierno plantea, cada vez más abiertamente, el endurecimiento de la política migratoria (la reducción del catálogo de ocupaciones de difícil cobertura y las restricciones a la reagrupación familiar de inmigrantes van en ese sentido), la pregunta es: ¿debemos homologarnos al resto de los países de la Unión Europea y reformar los requisitos de empadronamiento que otorgan amplios derechos a los inmigrantes por el mero hecho de dicha inscripción? Suena duro, antisocial e injusto, pero esa reforma pondría fin a la excepcionalidad española en materia de inmigración. ¿Aceptaría la sociedad española un endurecimiento de los derechos de los inmigrantes en ese sentido? Si la respuesta es no, todos debemos ser conscientes de lo que ello implica.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

febrero 18, 2009 Publicado por | migración | Dejar un comentario

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