>La construcción colectiva de un narco
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>Mexico beyond the drug violence
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>Sarkozy: ‘Liberté, égalité, frivolité’
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>Charles Bowden habla sobre su artículo “La guerra en la casa del vecino"
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>México: responsabilidad y estoicismo
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México ha refutado ante el mundo la versión de ser un “Estado fallido”, pero el mundo, al parecer, no se ha enterado. Aunque el virus ha cobrado decenas de vidas y tiene ya un efecto devastador sobre nuestra lastimada economía, su estela destructora pudo haber sido mucho mayor si el Gobierno federal y los Gobiernos estatales (en particular los del centro del país, correspondientes a los tres partidos mayoritarios) no hubiesen reaccionado de manera coordinada.
Esa cooperación entre gobernantes de filiaciones diversas dio credibilidad a la acción estatal y contribuyó a que las instituciones de salud (con todas sus limitaciones presupuestales y técnicas, y sus rémoras burocráticas y sindicales) pasaran decorosamente esta prueba de fuego. La comunicación sobre la peligrosidad del virus no estuvo a la zaga: movilizó a decenas de millones de personas que respondieron atendiendo los lineamientos de las autoridades. Esa mayoría silenciosa fue la verdadera heroína en estos días aciagos.
Lo sigue siendo, como debería ser evidente para cualquier observador de buena fe. ¿Qué habría visto ese testigo en la semana álgida de fines de abril a principios de mayo? ¿Y qué vería ahora? Entonces habría visto el cierre pacífico y ordenado de escuelas, iglesias, restaurantes, partidos de futbol. Y ahora vería que en los restaurantes los meseros utilizan tapabocas, guardan su distancia de los comensales, se abstienen de tocar el pan que sirven, proveen sustancias desinfectantes y se comportan con precaución y diligencia; vería maestros y padres de familia ejecutando con buen ánimo labores de limpieza en los salones de clase; vería a las doctoras en el Aeropuerto Benito Juárez sometiendo, con delicadeza y celeridad, cuestionarios y pruebas pertinentes a los viajeros; vería “caravanas de la salud” recorriendo la ciudad con sus servicios; vería a las parejas abrazarse con tapabocas. En suma, habría visto y vería un despliegue notable de solidaridad y madurez cívica.
A pesar de estas evidencias, el balance general en la prensa mundial ha sido de reprobación. La razón es simple: sospecho que el sesgo tiene menos que ver con las carencias profesionales o editoriales de los reporteros que con el contagioso virus que se respira en la política nacional, un virus compuesto de radicalismo, distorsión ideológica y amnesia histórica.
Las facciones de los partidos han envenenado la atmósfera política mexicana. En plena esquizofrenia, mientras en el caso de la epidemia los gobernantes colaboraban entre sí, los jerarcas de esos mismos partidos se destrozaban en una escalada de calumnias. Otro elemento constante de discordia es la presunción nunca probada del fraudede 2006 y la consecuente fidelidad al ex candidato presidencial López Obrador, cuyo designio explícito es “salvar a México”. Esta “salvación” no se aplicó en el caso de la gripe. Su grupo compacto y sus muchos simpatizantes han negado casi la existencia misma del virus y sostienen la idea de que se trató de una maquinación del Gobierno para imponerse en las próximas elecciones legislativas de julio. Aunque carece de sustento, esta visión condiciona el tratamiento del tema: reconocer que, en este caso, se actuó con relativo acierto es “hacer el juego” a un Gobierno de “derechas”, es ir contra las pautas elementales de la “corrección política”.
La distorsión ideológica es una manía muy difundida en ciertos círculos académicos (ciencias sociales y políticas, economía), mucho más que en ámbitos técnicos y científicos.
En aquéllos se han propagado las más extrañas teorías de conspiración y se ha manifestado una reprobación total hacia las acciones del Gobierno federal.
Los cargos son muchos, las pruebas pocas: reaccionar tardíamente (algo quizá hubo de esto), confundir las cifras, esconder la información, “atomizar” y desmovilizar a la población, exhibir “patrioterismo” y hasta “discriminar” a los chinos y suramericanos. En cambio, los científicos han visto con mejores ojos el desempeño oficial, tanto de Calderón como de Ebrard. El problema es que los reporteros internacionales suelen entrevistar sobre todo a los intelectuales académicos (con frecuencia a los mismos, algunos con obras respetables, otros sin obra alguna) y no a los científicos, ni siquiera a doctores de gran autoridad en este tema como Jesús Kumate y Adolfo Martínez Palomo. Sensible a ese sesgo, al menos The New York Times tuvo el acierto de pedir una colaboración a Julio Frenk, que dirige actualmente un instituto internacional de salud pública en Harvard.
El tercer factor es la ignorancia de la historia. Tras el terremoto de 1985, el Gobierno reaccionó con estupefacción y retraso, y puso trabas a la ayuda internacional.
Fue la sociedad civil la que salió a las calles devastadas de la Ciudad de México, en un acto masivo de solidaridad que rescató muchas vidas. Casi 25 años más tarde, gobiernos y sociedad actuaron juntos ante una contingencia casi tan sorpresiva como aquella y potencialmente más letal. Este progreso tangible fue reconocido por un solo reportero internacional: Larry Rother, corresponsal del New York Times en México en los años ochenta y noventa.
Amartya Sen ha argumentado convincentemente que los desastres naturales en India se han manejado con mayor eficiencia y menor costo gracias a la democracia: la intensidad permanente del debate público (que no existe en China) mejora el desempeño gubernamental. La tesis de Sen se ha comprobado en México.
El debate público (aun con las diatribas más irracionales) contribuyó a que las instituciones del Estado hayan cumplido con razonable eficacia su tarea. Pero la prensa internacional no ha reconocido ese esfuerzo ni ha tenido ojos para la verdadera noticia de estas semanas: la hazaña de una sociedad responsable y estoica, una sociedad que no tiene quien la describa.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
>Fidel Castro acusa a México de ocultar la epidemia de la nueva gripe
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La nueva gripe amenaza con provocar el primer incidente diplomático entre el Gobierno de Raúl Castro y el presidente mexicano Felipe Calderón. Fidel Castro, sin cargos ejecutivos en su país pero con un peso político considerable, acusó el lunes a las autoridades mexicanas de haber ocultado el brote del virus H1N1 debido a la visita que realizó a México el presidente de EE UU, Barack Obama, a mediados de abril, cuando ya se habían diagnosticado los primeros casos. La denuncia es dura, y coincide con el informe del primer enfermo de gripe A confirmado en la isla. Se trata de un joven mexicano que estudia medicina en la provincia de Matanzas, a unos 100 kilómetros de La Habana.
Las acusaciones del ex mandatario cubano fueron rechazadas de inmediato por el ministro de Salud mexicano, José Ángel Córdova, quien negó tajantemente que su país hubiera ocultado información de ningún tipo sobre la epidemia. “Creo que hemos insistido, relatado hasta con lujo de detalles, toda la historia de los casos a la Organización Mundial de la salud”, dijo el funcionario, que agregó que las valoraciones políticas a los comentarios de Castro correspondían a la cancillería mexicana.
El pasado 30 de abril Cuba canceló todos los vuelos con México -alrededor de cinco diarios-, lo que incrementó las tensiones bilaterales en momentos en que ambos países preparaban un viaje de Calderón a la isla, después de años de desencuentros.
Hace días, el presidente mexicano declaró irónicamente que su viaje a Cuba era todavía incierto debido a la suspensión de los vuelos. Y en un artículo publicado el lunes, Castro recordó las palabras de Calderón y dijo no saber “de qué se quejaba”. “Las autoridades mexicanas no le informaron al mundo la presencia [del brote] esperando la visita de Obama”, dijo el líder comunista, y añadió: “ahora nos amenazan con suspender la del presidente Calderón, que ya había sido suspendida con anterioridad por otras causas”.
Castro, en el pasado protagonista de desencuentros y crisis con otros presidentes mexicanos, a duras penas superadas, opinó que “en estos momentos” Cuba “y decenas de otros países” pagan “los platos rotos” y encima son acusados “de medidas lesivas a México”. Y dice con sorna: “lo único que puede afirmarse ahora es que [el virus] no lo introdujo la CIA. Vino de México”.
El ex gobernante cubano no menciona la suspensión de los vuelos, pero expresa su molestia por la reacción de las autoridades mexicanas a las medidas preventivas de su país: “ahora quedamos como injustos, sin fundamentos técnicos y país hostil al pueblo de México”. Según Castro, las medidas cubanas han sido adoptadas “de acuerdo con las normas establecidas y sin la menor intención de afectar al hermano pueblo de México”.
Poco antes de conocerse el artículo de Castro, las autoridades cubanas confirmaban el primer caso del virus de la nueva gripe en la isla. Se trata de un estudiante mexicano que regresó recientemente de su país después de pasar unos días de vacaciones. Otros 13 jóvenes de la misma nacionalidad han sido puestos en cuarentena al considerarse sospechosos de ser portadores del virus.
>Palabra de México
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Agradezco al prestigiado diario EL PAÍS la gentileza de otorgar este espacio a un Embajador que, orgullosamente, representa a México ante el Reino de España. No es ajeno para nadie el momento por el que atraviesa México y el inmenso reto que representa una amenaza sanitaria global. En mi país, se manifestó en días pasados un virus nuevo, desconocido, que ha cobrado la vida de 42 personas. Desde el inicio de la alerta sanitaria, el Presidente Felipe Calderón ha encabezado un esfuerzo nacional, en beneficio no sólo de los mexicanos, sino de toda la Humanidad.
La Organización Mundial de la Salud y diversas naciones como España o los Estados Unidos de América han reconocido la forma en que México enfrenta la adversidad, apelando a la entereza de su sociedad y a las medidas atinadas de autoridades federales y locales, actuando con la premisa de la transparencia. Además, es de subrayar que el Gobierno de México ha privilegiado -en todo momento- la salud y la vida de los mexicanos, por encima de cualquier interés político, económico o de otra índole.
Desde el inicio de la contingencia sanitaria, el Gobierno mexicano lanzó una alerta epidemiológica a todas las autoridades médicas del país y a los hospitales, a fin de extremar precauciones ante diversas señales de riesgo. Desde el momento en que se detectaron en la región patrones atípicos en el comportamiento de la influenza estacional, los tres países de América del Norte han colaborado permanentemente con la OMS, reforzando los protocolos sanitarios ante la presencia del virus denominado H1N1.
De manera responsable ante la comunidad internacional, México ha proporcionado toda la información de la que dispone a los expertos de la OMS, y ha adoptado las medidas necesarias para responder a esta contingencia.
Cuando el Gobierno de México tuvo la certeza en el diagnóstico, de inmediato informó a la población sobre un nuevo virus de influenza. México tomó entonces medidas urgentes para evitar su propagación, entre otras, la suspensión de clases en todas las escuelas y universidades del Distrito Federal y del Estado de México, informando, asimismo, sobre las medidas preventivas a seguir para disminuir la posibilidad de contagio.
Una vez comprobado el inminente riesgo de propagación, se tomó la determinación de poner en marcha acciones tendentes a prevenir, detectar, estabilizar y sanar cualquier manifestación de este virus, el cual, cabe señalar, no tiene nacionalidad. Para ello, se ampliaron las medidas cautelares a todo el territorio nacional. Es importante comprender que los cambios de fase establecidos por la OMS, han permitido consolidar y elevar la capacidad de movilización, de cooperación internacional y de acción coordinada entre los Gobiernos del mundo.
La Organización Mundial de la Salud recomendó el pasado viernes no imponer restricciones de viaje relacionadas con el brote del nuevo virus A(H1N1). Explicó que limitar el movimiento de las personas tendría muy poco impacto en detener la propagación de la enfermedad y, por el contrario, sería altamente perjudicial para la comunidad global. Es por ello que nos lastima que algunos países hayan cancelado vuelos a México de manera unilateral, ignorando postulados de la OMS. Más aún, que algunos países muestren actitudes discriminatorias en contra de ciudadanos mexicanos.
Poco a poco, México está construyendo un proceso que le permitirá restituir la normalidad. Trabajamos desde ahora para enfrentar, además, los daños colaterales que -de manera inevitable- han afectado a la economía nacional. Los mexicanos estamos convencidos de que, ante esta adversidad, la solidaridad y responsabilidad ciudadana son las herramientas que forjan los caminos para recuperar el rumbo y salir -además- fortalecidos frente a nosotros mismos y frente al mundo. Hoy podemos señalar que, gracias a la efectiva acción gubernamental y al ejemplar comportamiento de la sociedad, gradualmente hemos logrado estabilizar la contingencia y, paulatinamente, restableciendo la normalidad en todos los ámbitos de la vida nacional.
Considero que el mundo no debe detenerse en debates inútiles o en opiniones sin documentación plena. Creo que pocas veces en la historia de la Humanidad se ha debatido un tema de manera tan absolutamente globalizada. Ése es el signo de nuestros tiempos. Estamos frente a un virus sin nacionalidad y que es curable. Gracias al esfuerzo de todos los países, en algunos meses se contará con la vacuna que prevenga esta enfermedad. Por ello, resulta recomendable que los medios informativos privilegien la difusión de las opiniones y recomendaciones de los científicos y expertos en la materia.
Nuestras sociedades no merecen confusión ni alarmismos irresponsables. Frente a una amenaza global, este tiempo es -más que nunca- de colaboración entre todos los países del mundo. Nuestras comunidades reclaman claridad e información precisa, para que esta contingencia pueda llegar a ser una prueba superada, gracias a la serenidad y a la corresponsabilidad universal a la que todos estamos obligados.
“Un amigo es con quien se puede pensar en voz alta”.
En este sentido, debemos comprender que hoy, la Humanidad se enfrenta a un nuevo reto global que sólo podrá superarse si nadie, repito nadie, se queda al margen de la cooperación.
Gracias a la Comunidad internacional que nos ha brindado su afecto y que ha ofrecido su apoyo incondicional.
Gracias España, en lo particular, por la solidaridad demostrada.
Una vez más, ha quedado probado que sólo nos divide el mar. Nuestros lazos históricos en tiempos de adversidad, siempre han dado cuenta de nuestra fraternal cercanía.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
>"I love DF"
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En el año 1996 me inscribí en un posgrado de Literatura Mexicana en la universidad más grande de América: la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México). Y durante cuatro años estudié en una universidad en la que se habían graduado tres premios Nobel y donde trabajaban 11 maestros vinculados con este galardón. Entre las filas de profesores y egresados había también ocho premios Cervantes, infinidad de premios nacionales y los científicos, artistas, escritores, humanistas, filósofos y políticos que han construido el México contemporáneo. Teníamos orquesta filarmónica, equipo de fútbol, televisión, radio, institutos de investigación, teatros, salas de cine y el acervo bibliotecario más importante del país. Y pagué, por todo, el equivalente de dos euros por semestre.
Credencial aparte.
En 1999 la asamblea estudiantil universitaria decretó una huelga que duró casi dos años y mantuvo a miles de estudiantes sin clases. Pero ni siquiera así la UNAM cerró sus puertas. Se cancelaron las clases oficiales pero el oasis que es la Universidad Nacional dentro de la Ciudad de México permaneció intacto.
En estos días no. En estos días la ciudad de México ha sido casi un fantasma. Han cerrado las taquerías, los restaurantes, las cantinas y los antros. No ha habido papelerías, mecánicos, plomeros o expendios de tortillas. Han desaparecido las mujeres que hacían quesadillas en las esquinas, los vendedores de tamales y pan dulce en bicicleta, los puestos de jugo de toldo naranja, los músicos que se detenían bajo las ventanas a esperar que alguien les tire una moneda y los vendedores ambulantes de cordones, utensilios de limpieza y flores. No ha habido cines, teatros, museos ni bibliotecas. No ha habido reuniones, bailes, festivales ni encuentros. Tampoco ha habido iglesias. Y además han cerrado las escuelas primarias, secundarias y universitarias, como la UNAM.
Y ese es, para muchos de nosotros, el faro. Si la UNAM ha cerrado sus puertas, en verdad, algo debe haber pasado.
Encerrados en sus casas durante días, los habitantes de la Ciudad de México han escuchado teorías sobre las conspiraciones políticas, la subida en la bolsa de los laboratorios que tienen por accionistas a personajes maquiavélicos como Donald Rumsfeld o el plan de bloquear a todo el mundo en sus casas para llevar a cabo algún acto terrorista. Pero no nos han convencido.
PORQUE SI BIEN sabemos que algunos estamentos de gobierno han actuado de manera irresponsable y sabemos también que el sistema sanitario de México es insuficiente y la reacción tal vez desmesurada, nadie duda de las instituciones como la UNAM o el gobierno de la ciudad. No estamos ante organismos irresponsables y escandalosos que actúan a ciegas. Sino frente a la reacción con voluntad de cautela de las autoridades de una megalópolis que ha cumplido con un protocolo internacional –más allá de acuerdos económicos, de desencuentros con países que habían sido amigos nuestros y mucho, mucho más allá del escándalo internacional que parece seguir girando, últimamente, alrededor de México–.
Aunque pasará. Porque la Ciudad de México ha soportado con estoicismo e incluso buen humor momentos igualmente difíciles, como el terremoto de 1985 en el que murieron cientos de personas. En aquel entonces ya nos maravillamos con nosotros mismos: las adolescentes de los barrios altos bajaban a repartir bocadillos entre los supervivientes y se dice que los niños de la calle se pusieron a dirigir el tráfico. Hubo quien se robó los perros pastores que habían mandado de Alemania y sin duda más de uno sacó tajada del desastre. Pero la Ciudad de México resurgió orgullosa gracias a su comportamiento cívico y calmado y a su capacidad de resistencia y organización civil.
Lo vimos entonces y deberíamos recordarlo ahora. Porque parece que el mundo lo ha olvidado.
Así quiso hacerlo, recientemente, Marcelo Ebrard, alcalde de una ciudad, dijo, “generosa, que ha otorgado asilo, ha apoyado a todo mundo con graves problemas sanitarios”. Y recalcó: “No tiene sentido esta reacción xenofóbica. Los virus no tienen nacionalidad, solo estructura genómica”.
De modo que si ahora que las cosas comienzan a calmarse cambiamos el prisma con el que estamos observando la Ciudad de México, podremos darnos cuenta de que el esfuerzo y la solidaridad que han demostrado los chilangos, que es como se les llama a los habitantes de la capital mexicana, ha puesto de manifiesto, una vez más, su paciencia, su generosidad y su capacidad para superar los golpes y fortalecerse. Sin duda.
Y en estas últimas semanas esto me ha llevado a recordar, de nuevo, la huelga de la UNAM. Porque aquel fue otro momento detenido. Y en aquellos días de hace 10 años, con tanto tiempo libre, caminaba a menudo por la ciudad.
FUE EN UNA de esas excursiones cuando descubrí una nueva tienda cerca de mi casa. Vendían libretas con las figuras de la lotería mexicana, almohadones con vírgenes bordadas en lentejuelas, disfraces infantiles del Chapulín Colorado y unas discretas pulseras de color negro con unas letras estampadas en rojo: I love DF.
Y me compré una. Y en estos días en que no podría comprarla porque las tiendas han estado cerradas, la ciudad se ha quedado vacía, el ánimo ha decaído y la gente ha permanecido encerrada en sus casas, he vuelto a ponérmela. Porque de verdad pienso que todos deberíamos mostrar nuestro agradecimiento a los chilangos, que han sido orillados a seguir un protocolo internacional para controlar esta epidemia y evitar que se convirtiera en un desastre mundial sin precedentes.
Desde aquí: muchas gracias.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
>Vivir en México
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Mientras la Organización Mundial de la Salud elevaba la alerta mundial por la fiebre porcina que surgió en México, ocho policías eran ejecutados en Tijuana. En otras palabras, la emergencia sanitaria no ahuyenta la inseguridad que carcome esa visión color de rosa con la cual algunos describen la gestión del presidente Felipe Calderón.
Para entender lo que sucede en México debe partirse de un hecho: son muy pocas las instituciones gubernamentales eficientes y preocupadas por el interés general. El aparato de seguridad es un desastre del cual sólo se salvan unas fuerzas armadas estiradas al límite de sus capacidades. Y a esa situación han contribuido los errores, ineficiencias y corrupciones de todas las fuerzas políticas, y eso incluye al presidente Calderón y a su partido.
Vivir en México es padecer la incertidumbre de la inseguridad. En la modernidad del siglo XXI es rutinario visitar, a cualquier hora del día y la noche, los cajeros automáticos para obtener efectivo. En México es peligroso hacerlo por un incremento de los asaltos y por la indefensión en que nos encontramos. La capital está dividida en delegaciones, una de las cuales, la Benito Juárez, es gobernada por el derechista Partido Acción Nacional. Uno de sus funcionarios, Jaime Slomianki, hizo la siguiente recomendación: “Por seguridad de los ciudadanos, sería muy conveniente no hacer retiros en efectivo de los bancos. Es mejor pagar la comisión
[que cobran los bancos por hacer los pagos por vía electrónica] que correr riesgos de sacar dinero” (25 de febrero, Reforma). ¿Hace falta agregar algo a tan flagrante capitulación de la obligación del Estado de darnos seguridad?
Atrincherarse en casa tampoco garantiza tranquilidad. Cuando alboreaba abril recibí una llamada telefónica. Con la voz recia de los mexicanos del Norte, alguien se presentó como mi primo Víctor, hijo del finado tío Pancho, quien emigró y murió en Estados Unidos. Entre exclamaciones de alborozo, el primo me anunció su llegada para el siguiente día; venía de Estados Unidos cargado de dólares, quería poner un negocio y necesitaba mi consejo. Me expresó su deseo de hospedarse en casa -”ya tengo la dirección, primo, ahí nos vemos mañana”-. Como la familia es sagrada, hasta me sentí mal cuando le dije que era imposible darle albergue, pero lo compensé poniéndole hora al reencuentro de primos.
Vivir en México exige estar en alerta permanente. En consecuencia, me comuniqué con la tía Lola, quien desposó un veterano de guerra americano hace medio siglo y se fue a vivir a California. La tía conoce los ires y venires de los centenares de Quezadas que se hacen la vida en el otro lado. Nadie mejor que ella para esclarecer identidades. Después del obligado relato de tragedias y enfermedades, me dio una triste noticia: el primo Víctor había muerto de diabetes hacía un par de años porque “no se cuidaba nada”.
Así pues, o el primo Víctor estaba comunicándose desde el más allá o, lo más probable, estábamos frente a un simulador que preparaba un robo, una estafa o un secuestro. Se inició un larguísimo intercambio de opiniones con mi esposa catalana, la cual inmediatamente recordó otra llamada recibida hace algunos meses en la cual nos informaban, entre insultos y amenazas, que habían secuestrado a nuestro hijo varón. El intento se desinfló porque nuestro descendiente vive en Madrid. En cuanto a la visita del presunto primo Víctor, nos inquietó porque ignorábamos la información que tenía. Desechamos dar aviso a la policía, pese a que el Gobierno federal (conservador) publicita un programa especial contra extorsiones por vía telefónica. Cuando está en juego la seguridad, los mexicanos no llamamos a la policía porque o son cómplices de los delincuentes o son de una ineficiencia sublime.
Sé de lo que hablo. Hace seis meses saquearon el piso donde vivimos en una capital gobernada, desde hace 11 años, por el principal partido de izquierda. Destrozaron a mazazos una puerta blindada, dejaron sembrado el piso del contenido de cajones y armarios y se llevaron lo que quisieron. El procurador capitalino tomó un interés personal en el asunto, y al hogar llegaron oleadas de solícitos peritos y policías. Obtuvieron las huellas digitales de los presuntos responsables, pero hasta ahí llegaron, porque la policía capitalina no está coordinada con el Gobierno central y no tiene acceso a las bases de datos nacionales.
Este tipo de vivencias no son extraordinarias. Forman parte de la existencia en este maravilloso país tan lleno de contrastes y extremos. Después del asalto, nos resignamos a unirnos a los millones de ciudadanos que compensan la incapacidad del Estado reforzando puertas y ventanas, poniendo alarmas e intercambiando anécdotas de impotencia y miedo.
El colapso de las instituciones mexicanas de seguridad tiene muchas causas. Una de las principales es la ineptitud de buena parte de los altos mandos burocráticos. Según un estudio realizado por el organismo Gestión Social y Cooperación (Gesoc), pese a los generosos salarios y privilegios pagados, alrededor del 40% de la alta burocracia federal no está capacitada para ocupar el cargo. La razón es muy simple: quienes gobiernan entregan esos puestos a sus amigos o cómplices. Felipe Calderón ha participado, como presidente, de manera consciente y deliberada en este juego.
El Sistema Nacional de Seguridad Pública (SNSP) tiene la responsabilidad de coordinar las acciones de los gobiernos federal, estatales y municipales. Ocupa, por tanto, un lugar central en el combate contra la inseguridad y en la guerra contra el narco. Si funcionara el Sistema, la policía capitalina tal vez hubiera podido conocer la identidad de quienes asaltaron mi piso, y seguramente iría mejor el combate al crimen organizado. Desafortunadamente, ha sido una burocracia inútil porque Felipe Calderón nombró como su titular a un tal Roberto Campa Cifrían, quien carecía de experiencia en temas de seguridad. Eso sí, en su larga carrera político-burocrática uno debe reconocerle la gallardía con la cual ha defendido sus ingresos y privilegios como funcionario de alto nivel. Si Calderón lo nombró zar de la seguridad es porque Campa es un protegido de la lideresa magisterial Elba Esther Gordillo, quien hizo grandes favores al actual presidente durante la polémica elección del 2006. El presidente usó nuestra seguridad para pagar una deuda política.
Campa estuvo en el cargo de 2006 a 2008 y manejó unos 1.000 millones de euros, sin que la seguridad mejorara. Acorralado por la falta de resultados, Calderón se vio forzado a destituirlo en septiembre del 2008, y no fue hasta marzo de 2009 cuando nombró a Jorge Tello Peón como el nuevo titular del SNSP. Finalmente, llegó al cargo un profesional, y a lo mejor y tal vez las fuerzas federales finalmente se coordinan mejor entre sí y con las policías de los otros niveles.
Así pues, ni todas las instituciones funcionan ni el Gobierno de Felipe Calderón es un cruzado enfrentado a la delincuencia. A Calderón le pone obstáculos la oposición, es cierto, pero él toma decisiones que sabotean su gestión. No es un estadista, sino un gobernante débil e incapaz de liberarse de los grilletes impuestos por los poderes fácticos que le ayudaron a ser presidente.
Quienes vivimos en México estamos urgidos de un Estado fuerte que nos defienda. La emergencia sanitaria que padecemos es una anécdota menor si se piensa en que cargamos, como losa gigantesca, a una clase gobernante que, en términos generales, se distingue por su mezquindad y mediocridad. La supervivencia diaria termina dependiendo, en esencia, de cada ciudadano.
Postdata. La amenaza creada por el primo Víctor la resolvimos a la mexicana. En lugar de confrontarlo y encararlo optamos por evadirlo. Dejamos de contestar el teléfono por unos días y se dio por enterado. O al menos eso deseamos creer…
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
>Don’t Blame Mexico
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Every year approximately 10,000 Mexicans die from the effects of seasonal flu. Usually they are the elderly and the very young, people whose immune systems are not robust enough to fight off the virus. But this year has been different. The Mexican disease surveillance system, a network of more than 11,000 hospitals, clinics and doctors’ offices, picked up a minor but troubling trend in April. Across this nation of 110 million people, a handful of young adults had apparently died from influenza. An immediate investigation led, within a few hectic weeks, to the isolation and full genetic sequencing of the microbe causing the illness. The experts’ worst fear was confirmed: it was a new kind of influenza virus.
Some have complained that the Mexican government did not act fast enough to identify this new bug and sound the alarm. But such criticism fails to take into account the real-life complexity of recognizing and responding to an unexpected public health emergency.
As a former minister of health for Mexico, I met with Mexican officials this week to consult with them on their response to the influenza, and I was impressed by how medical scientists in the country quickly perceived the unusual trend of illness against a background of standard flu and then analyzed the virus and alerted global health authorities. Their fast action gave other countries the warning they needed to screen for the new virus, which is why cases of swine flu have already been discovered in a dozen other countries — cases that might otherwise have long gone unnoticed.
The number of confirmed deaths in Mexico from this new virus is still uncertain and may be only several score. Further epidemiologic detective work will tell us whether the virus had been circulating throughout the seasonal flu period in Mexico, beginning as early as last fall, making thousands only mildly ill, and alerting us to its presence only with the unexpected deaths of young adults.
From the moment this so-called swine flu was identified, the Mexican government worked vigorously to contain the contagion — closing all schools across the country, limiting public gatherings and instructing people to wear masks and refrain from greetings involving physical contact. President Felipe Calderón himself led the response, underlining the seriousness of the situation, and that may explain why so many Mexicans have complied. Already, the number of deaths seems to be stabilizing, perhaps indicating that the first wave of this influenza has peaked.
It’s still not known why this flu seems to have been deadly only in Mexico. It stands to reason that for the entire winter flu season, Mexican doctors, not knowing that a new virus was afoot, saw any instances of it as ordinary seasonal flu, and thus did not give patients the antiviral drugs that could have saved their lives. These medicines are effective only if given within 48 hours of the onset of symptoms.
Like many other countries, Mexico had been preparing for an outbreak like this. The deadly 2003 epidemic of SARS and the 2005 outbreak of avian flu taught the world to expect that another microbial agent from animals would one day again infect humans. Over the past six years, Mexico bolstered its disease surveillance systems, built up public health laboratories, cooperated in developing international networks for information sharing and devised response plans. At the same time, the international community was stockpiling antiviral drugs, and scientists were improving their ability to understand new viruses. Most important, the World Health Organization’s International Health Regulations were written to hold countries accountable for monitoring disease outbreaks, publicly reporting all information and cooperating with other countries.
Since the 1980s, Mexico has been strengthening its epidemiologic intelligence service, in cooperation with the United States Centers for Disease Control and Prevention. Hundreds of Mexican doctors and other health professionals have received advanced training in epidemiology. In recent years, Mexico has worked with Canada, Japan, the United States and several European countries to establish the Global Health Security Action Group, a tight public health communications network. Unknown to most people, an army of epidemiologists operates around the clock to defend against microbial threats. Whether this system might have worked even more quickly in the present outbreak can be examined later; for now we must move forward with the knowledge we have in hand.
We don’t have a lot of time. Viruses are sensitive to seasonal temperature change, and this one, like the 1918 influenza, may reappear more robustly in the fall. It is critical to ascertain, from blood tests, the true number of swine flu cases worldwide, both mild and severe. Also, a sound epidemic curve needs to be established, which would reveal how the virus blossomed outward from initial cases and make it possible to quantify its transmissibility. And while we wait as much as six months for a vaccine to be readied, we need to pinpoint the best treatment strategies.
Sadly, it takes a cluster of casualties to alert the world that humans are once more under attack and that we need to marshal our scientific forces. This is, as it must be, a global challenge. With international cooperation, we have reason to hope that casualties will be fewer in this outbreak than they were in the last one, and fewer still when the inevitable next virus arises.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
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