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>La falsa panacea de la flexibilidad del mercado laboral

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Por Heleen Mees, economista y abogada holandesa. Su libro más reciente, Weg met het deeltijdfeminisme!, examina el feminismo de tercera generación. También es autora de un libro sobre derecho de la Unión Europea y fundadora del comité de acción de mujeres Women on Top (Project Syndicate, 22/03/11):
La competitividad se ha convertido en una de las palabras económicas de moda en nuestros tiempos. Barack Obama la pregonó a los cuatro vientos durante su discurso sobre el Estado de la Unión en enero, y los líderes europeos desde el conservador David Cameron en Gran Bretaña hasta el socialista José Luis Zapatero en España y el nuevo ministro de Economía de Japón Kaoru Yosano la abrazaron como una prioridad. Ahora bien, ¿qué tipo de competitividad tienen en mente?
Cuando se le preguntó durante una entrevista en septiembre de 2007 si los gobiernos europeos deberían liberalizar los códigos laborales de sus países, Alan Greenspan, el ex presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos, respondió que las leyes de protección del empleo de Europa inhibían significativamente el desempeño económico y resultaban en un desempleo crónicamente alto en todo el continente. En Estados Unidos, a la gente se la puede despedir más fácilmente que en cualquier otro país, y la tasa de desempleo en aquel momento estaba entre las más bajas del mundo.
Pero ya no estamos en septiembre de 2007 y el desempleo estadounidense es del 9,4%, no del 4,5%. Y, según el sucesor de Greenspan, Ben Bernanke, no hay motivos para suponer que la tasa de desempleo alcance el 5% -normalmente considerada la tasa de desempleo natural- en el futuro cercano.
En los años 2000, Estados Unidos perdió dos millones de empleos en el sector privado en general -el total cayó de 110 millones en diciembre de 1999 a 108 millones en diciembre de 2009, a pesar del gasto masivo del consumidor-. Esa caída del 1,4% se produjo en una década en la que la población de Estados Unidos creció aproximadamente el 9,8%.
Para entender lo que está sucediendo, consideremos el caso de Evergreen Solar, el tercer fabricante más grande de paneles solares en Estados Unidos, que anunció en enero que cerraría su principal fábrica estadounidense, despediría a sus 800 empleados en el lapso de dos meses y trasladaría la producción a China. La gerencia de Evergreen mencionó el mayor respaldo gubernamental que existe en China como su razón para el traslado.
Evergreen es sólo uno de muchos casos que sugieren que Estados Unidos podría encontrarse en medio de lo que el economista de Princeton Alan Blinder en 2005 definió como la Tercera Revolución Industrial. Según Blinder, entre 42 y 56 millones de empleos estadounidenses –aproximadamente un tercio de todos los empleos en los sectores privado y público en el país- son vulnerables de terminar en el exterior. Blinder también predijo que el mercado laboral flexible y fluido de Estados Unidos se adaptaría mejor y más rápido a la globalización que los mercados laborales europeos.
En todo caso, recién estamos en las primeras etapas de esa revolución, y el resultado sigue siendo incierto. Pero una comparación preliminar entre Alemania, la mayor economía de Europa, y Estados Unidos sugiere que la primera está mejor equipada para arreglárselas en la era de la globalización.
Multinacionales alemanas como Siemens y Daimler están aumentando la inversión para satisfacer la demanda tanto de los mercados emergentes como del mercado interno. Las compañías planean incorporar cientos de miles de empleos en todo el mundo sólo este año. Mientras que muchos de estos empleos estarán en Asia, ambas compañías dicen que también sumarán empleos altamente calificados en Alemania.
¿Hay que agradecerle por esto a la rigidez del mercado laboral de Alemania? En realidad, podría ser parte de la explicación. Un estudio reciente de la Oficina de Planificación Central en Holanda muestra que los trabajadores con un contrato permanente reciben más capacitación financiada por el empleador que los trabajadores con un contrato temporario.
A los empleadores estadounidenses les resulta mucho más fácil eliminar trabajadores de su plantilla –o, como dice Robert Gordon de la Northwestern University, desechar todas las sillas de playa- que a los empleadores alemanes. El código laboral de Alemania prohíbe este tipo de despidos, pero los empleadores alemanes, a su vez, supuestamente son menos proclives que los empleadores estadounidenses a despedir empleados, porque han invertido más en el capital humano de sus compañías. Con menos capacidades específicas vinculadas a la empresa que sus pares alemanes, los trabajadores norteamericanos son más susceptibles a los despidos.
De hecho, Siemens, aparentemente consciente de los beneficios de la rigidez del mercado laboral, adoptó la medida inusual de prometerles a sus empleados un trabajo de por vida. El año pasado, la compañía selló un acuerdo con el sindicato IG Metall que incluye una promesa de no despido para su fuerza laboral alemana compuesta por 128.000 trabajadores.
Una explicación más importante para el actual éxito económico de Alemania tal vez sea el sustancial apoyo del gobierno que las industrias alemanas reciben sobre una base estructural, especialmente la industria automotriz. La economía estadounidense, por otra parte, está empantanada en el persistente énfasis que ponen sus responsables de políticas en el consumo y los recortes impositivos (muy notablemente para los súper ricos) por sobre la inversión.
Estados Unidos necesita cambiar el curso de su política económica. Una década de tasas de interés históricamente bajas derivó en desequilibrios económicos a favor de sectores que están altamente apalancados: el sector financiero, el mercado inmobiliario y el capital riesgo. Esto se produjo a expensas de sectores que son más dependientes de la financiación mediante la emisión de acciones. Ahora que la burbuja inmobiliaria estalló, Estados Unidos se encuentra falto de capacitación, falto de educación y falto de maniobra en la competencia global por empleo.
Ahora sabemos que la desregulación del mercado laboral no asegura una resiliencia económica y una rápida creación de empleos. Por el contrario, la mejor solución probablemente sea una diversidad de contratos laborales. Una cierta dosis de rigidez del mercado laboral puede tener sentido económico para aquellos empleos que requieren capacidades y capacitación específicas vinculadas a la empresa, junto con una mayor flexibilidad para los empleos que requieren menos capacidades.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

marzo 26, 2011 Publicado por | mercado laboral | Dejar un comentario

>Salarios contra competitividad

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Por Joan Carles Gallego, secretario general de CCOO de Catalunya (EL PERIÓDICO, 21/03/11):
La irrupción de la cancillera Angela Merkel en el debate abierto en relación con la negociación colectiva, reclamando un cambio en el mecanismo de fijación de salarios, ha abierto una discusión que de nuevo obvia los problemas reales de nuestra economía, que no radican en el coste del factor trabajo, sino en la estructura económica sectorialmente desequilibrada y en la débil dotación de capital físico y de conocimiento disponible.
De nuevo los grupos de presión que representan intereses de sectores importantes de la economía, por poderosos, que se proyectan bajo el título de expertos economistas, manifiesto de los 100, etcétera, aprovechan para satanizar la fijación del salario en la negociación colectiva en base a la referencia del IPC, y reclaman adaptar el incremento salarial a la evolución de la productividad de la empresa. Una posición que olvida el papel que juegan los salarios en la economía de mercado y desconoce las dificultades de usar la productividad como variable de referencia.
Los sueldos son la principal, y mayoritariamente única, fuente de ingresos de la población asalariada del país. Por lo tanto, el salario representa el nivel adquisitivo y de bienestar de la mayor parte de la población. Los incrementos anuales de los sueldos, y de la ocupación, son determinantes en la evolución del consumo y, por lo tanto, de la demanda interna del país, un factor decisivo en el crecimiento económico. Los salarios son un componente importante de la estructura de costes de la empresa y, si bien los costes de personal no pueden crecer de manera continuada por encima de los incrementos de productividad, aquellos no son la única variable que actúa en la estructura del gasto.
Por todas estas razones, en la negociación colectiva se pactan incrementos de los salarios nominales que garantizan el mantenimiento del poder adquisitivo de la población asalariada. Y para hacerlo hasta ahora venimos utilizando la previsión de inflación, ajustando a posteriori las posibles desviaciones con las cláusulas automáticas de revisión salarial, que actúan cuando la inflación real supera la prevista. Y es también en la negociación colectiva donde se tienen que establecer los mecanismos para repartir parte de los incrementos de productividad para mejorar el poder adquisitivo de los salarios.
Esta secuencia permite mantener el potencial de compra de los trabajadores y, por lo tanto, el nivel de consumo agregado del sistema. También posibilita mejorar la capacidad adquisitiva del salario al aplicar una parte de los incrementos de la productividad, y otras partes a reinversión productiva o a retribución de los accionistas, lo que debe permitir el incremento de la demanda interna, vía consumo e inversión, contribuyendo así al crecimiento económico.
Este mecanismo funciona a nivel agregado, mientras que a escala de empresa puede necesitar de algún elemento corrector en función del contexto que hay que prever en la propia negociación colectiva. Pero pretender como única fórmula la adaptación salarial a la evolución de la productividad, como quieren determinados grupos de presión, comportará ineficiencias económicas y no mejorará la competitividad. A las dificultades para medir la productividad a nivel general, sectorial o de empresa, tenemos que añadir el carácter anticíclico del propio concepto de productividad, puesto que constatamos que en momentos de crisis hay incrementos de productividad y, por el contrario, en momentos de crecimiento la evolución de la productividad es más templada. Lo vemos estos últimos años en los que la crisis ha provocado una destrucción de ocupación proporcionalmente superior a la que ha representado la disminución del producto interior bruto (PIB), lo que da como resultado un crecimiento importante de la productividad aparente del trabajo: un 7,3% acumulado en tres años. Estos datos nos llevarían a la contradicción de fomentar un crecimiento mayor de los salarios en años recesivos y a bajar los salarios en la fase expansiva del ciclo.
Quizá sería más fácil hablar de beneficios que de productividad para medir la evolución de los sueldos. En cualquier caso, se necesitará mejorar los mecanismos de información y participación de los trabajadores si queremos que la negociación funcione, pero desgraciadamente la cultura empresarial de nuestro país es todavía reticente a abordar un aspecto que en la Unión Europea hace años que se ha superado.
Curiosamente, entre las propuestas de estos grupos ninguna hace referencia a limitar el abanico de remuneraciones salariales, que hoy llega a superar el múltiplo de 100, o a mejorar los mecanismos de cohesión social. Los estudios sobre las economías escandinavas demuestran que la competitividad más alta se registra en las sociedades más sindicalizadas, con menores desigualdades sociales y retributivas y con mayores prestaciones de servicios; garantizan la cohesión social, sin olvidar las inversiones en calificación, investigación e innovación.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

marzo 25, 2011 Publicado por | mercado laboral, salarios | Dejar un comentario

>Quemado por el trabajo

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Por Ricardo Cayuela Dalmau, profesor de Psicología del Trabajo, facultad de Psicología Blanquerna (LA VANGUARDIA, 25/04/10):
La creciente incidencia en el entorno laboral de la psicopatología conocida como burn-out (“quemado por el trabajo”) recomienda orientar su difusión, incidiendo en los aspectos de prevención. Mas allá del tratamiento individual, analizando el origen de un síndrome individual, pero que implica a dos componentes; al trabajador y a la organización. En consecuencia podremos establecer criterios compartidos de intervención para prevenir esta patología desde la doble vertiente de responsabilidad.
De entre las dos decenas de definiciones de burn-out existentes, la de Gil Monte – “todo trabajador que se enciende con su trabajo, puede llegar a acabar quemándose en él”- nos permite ubicar el origen de este síndrome en la decepción que siente el trabajador al no ver logradas sus expectativas, ni compensados sus esfuerzos laborales… En cambio debe de enfrentarse a una realidad laboral muy diferente a la imaginada, lo que le desimplica progresivamente de la tarea, provocándole un intenso agotamiento emocional, en el que se mezcla la impotencia para alcanzar sus objetivos y la falta de recursos para lograrlo. Se genera así un desajuste laboral que se alarga en el tiempo controlándose de forma tardía y con mayor coste de remisión.
Un psiquiatra norteamericano, Freudenberg, buscando respuestas sobre el estrés crónico, define en el año 1974 el burn-out como una vivencia de agotamiento emocional y pérdida de interés por la actividad laboral. En 1976 Malasch se refiere al burn-out como una sobrecarga emocional en un proceso gradual de pérdida de responsabilidad profesional y desinterés por la tarea.
El burn-outes una forma de acoso psicosocial, que no se debe confundir con el mobbing. En el burn-out, el sentimiento de acoso lo constituye la propia tarea que desborda y paraliza al trabajador, quien se autopercibe sin recursos ni capacidad suficiente para reaccionar. En el mobbing el trabajador es acosado específicamente por terceros. Tampoco hay que confundir burn-out con boreout, en la medida en que una cosa es estrés en el trabajo y otra aburrimiento en el trabajo. El boreout se caracterizaría por una respuesta más controlada y adaptativa que conduciría inicialmente a contrarrestar el aburrimiento, con unas posiciones de fingimiento, engaño o disimulo. Esta desmotivación prolongada podría llegar a derivar en síntomas psicosomáticos menos controlables.
Lo que estaría ocurriendo en los episodios de burn-out se referiría a unas exigencias laborales que para el afectado no se corresponderían con el acuerdo laboral pactado entre trabajador y empresario. Los trabajadores con síndrome de burn-out se caracterizarían por una tendencia inicial a entregarse plenamente a su trabajo incluso en clave de cierto comportamiento adictivo (workaholic)que ante la progresiva decepción se suprimiría para enquistarse, dejando paso a un sentimiento de impotencia, frustración y parálisis.
Estaríamos por tanto ante un importante desnivel entre contratante y contratado, al producirse una evolución irregular entre las demandas del puesto de trabajo y las expectativas ante el mismo. Por lo tanto el burn-out además de un abordaje individual requeriría de una intervención conjunta (puesta en común de los desajustes y voluntad mutua de su revisión) en un proceso de mediación y equilibrio tutelado por un experto.
La decepción que llevaría al burn-out se evidenciaría más en periodos en los que se inicia un nuevo proyecto profesional, momento de expectativas idealizadas y promesas que luego no se materializarían. Se detectaría mayor incidencia del burnout en la asunción de turnos horarios irregulares, en los sectores de salud o de servicios, en los procesos bruscos de cambio organizativo, siendo la mujer nuevamente el colectivo mas vulnerable.
Culturas tan diferentes como la de Europa y Japón nos muestran unos parecidos efectos devastadores del que finalmente constituye un estrés agudo. En el caso de Francia, sociedad muy jerarquizada, con los recientes suicidios (24) en una misma empresa, Télécom, y en el caso de Japón, territorio marcado por el confucionismo, con la muerte súbita por karoshi (derrame cerebral o ataque al corazón) de numerosos trabajadores, en muchos casos en su mismo puesto de trabajo (media de 3.000 muertes anuales).
Vemos finalmente como el estrés laboral extremo preside dos escenarios de trabajo que, aunque diferentes, desembocan igualmente en la muerte de los afectados. Se pone en evidencia que, a pesar de las diferencias, la coincidencia en la progresiva y absoluta intolerancia ante un trabajo que resulta tan angustiante como agotador llega hasta el extremo de morir por él. Al parecer nadie podría intervenir con efectividad para prevenir y evitar esta pérdida de vidas, ni siquiera en una sociedad aparentemente tan avanzada y preocupada por los trabajadores como la nuestra.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

mayo 2, 2010 Publicado por | mercado laboral, salud | Dejar un comentario

>Las mujeres en el cambio de modelo productivo

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Por María Pazos Morán, investigadora del Instituto de Estudios Fiscales y autora del libro Economía e Igualdad de Género: Retos de la Hacienda Pública en el Siglo XXI (EL PAÍS, 01/09/09):

Este otoño podría tener como protagonista, por fin, el gran debate pendiente sobre el cambio de modelo productivo, pues su necesidad parece ser el único acuerdo unánime entre todos los agentes sociales. Tras muchos meses de medidas dispersas y cortoplacistas, la sociedad española parece haberse convencido de que esta crisis es una oportunidad para abordar los problemas estructurales que aquejan a nuestra economía. Así pues, no puede ser más pertinente la propuesta de una Ley de Economía Sostenible por parte del Gobierno.

¿Estará la igualdad de género presente en este debate? A juzgar por las declaraciones, debería tener un lugar central. Todos los políticos relevantes (y por supuesto las políticas) han afirmado ya que la desigualdad es socialmente injusta y económicamente ineficiente.

Tenemos una población femenina altamente formada cuyo capital humano se despilfarra en precariedad, subempleo, contratos a tiempo parcial, inactividad, economía sumergida y desempleo, fenómenos que lastran el funcionamiento del mercado de trabajo y merman la productividad. Para pasar del ladrillo al ordenador, podríamos empezar por no seguir despilfarrando el capital humano existente. La pobreza infantil, los problemas demográficos o la violencia machista también están intrínsecamente relacionados con la marginación y la falta de autonomía de las mujeres, así en España como en Afganistán. En definitiva, como repiten todos los organismos internacionales aunque sólo cuando de estos temas se trata, la eliminación de las desigualdades de género es necesaria para un desarrollo humano, social y económico sostenible a nivel mundial.

Una vez reconocidos los problemas, hay que identificar cuál es el modelo de sociedad al que queremos dirigirnos a medio/largo plazo, para así planificar las reformas estructurales necesarias. Resulta aquí imprescindible preguntarse si es posible hoy una sociedad que integre a las mujeres (incluyendo muy especialmente a las mujeres inmigrantes y a las mujeres jóvenes) sin eliminar la división sexual del trabajo.

En otro momento histórico quizás fuera comprensible el sueño de una sociedad en la que las mujeres siguieran siendo las principales responsables del trabajo doméstico y de cuidados, aunque con normas rígidas para proteger sus empleos y con generosas prestaciones compensatorias a cargo de los presupuestos públicos.

Este modelo (denominado por Diane Sainsbury de separación de roles de género) ha demostrado su fracaso aún en países como Noruega, con un mercado de trabajo altamente regulado y con un elevadísimo gastopúblico, pues no ha conseguido ni compensar a las mujeres ni evitar la segregación horizontal y vertical del empleo. Pero es que la configuración actual de los mercados de trabajo hace que esa vía sea hoy inimaginable. Al contrario, el intento de blindar los empleos de las mujeres provoca aún más segregación, ya que se traduce para los empresarios en costes extra-salariales que se unen a la ya mayor probabilidad de ausencias femeninas para tareas de cuidados. Así, sobre todo en presencia de un exceso de oferta masculina más flexible, la aversión al riesgo aconsejará contratar hombres para los puestos estables y de responsabilidad.

Intentar mantener al 50% de la mano de obra a golpe de subvención no solamente resulta ineficiente sino que es imposible. En lugar de ello, basta con eliminar la causa de su vulnerabilidad, que no es ni más ni menos que su mayor dedicación al cuidado.

Esta eliminación de los roles de género, antes impensable, está ya en el imaginario colectivo. La incorporación de los hombres a las tareas domésticas, junto con buenos servicios públicos y horarios más cortos a tiempo completo, se perfila como una condición sine-qua-non para la incorporación de las mujeres al empleo de calidad por su propio pie, sin que ni ellas ni nadie tengan que sacrificar su carrera profesional ni su vida personal.

De paso, pero muy importante, no viene nada mal que la otra mitad arrime el hombro por igual en lugar de despilfarrar su capital cuidador, y más en tiempos de crisis económica y demográfica.

Por último, hay que computar las externalidades positivas de un cambio en el modelo actual de comportamiento masculino, pues este comportamiento diferencial provoca enormes problemas humanos y económicos en ámbitos tan variados como el fracaso escolar, la conducción temeraria o la violencia de género.

Afortunadamente, la división sexual del trabajo está deslegitimada y hoy la mayoría de la ciudadanía española se identificaría con un modelo de sociedad de personas sustentadoras/cuidadoras en igualdad (individual earner/carer según Sainsbury). Así pues, basta con orientar las políticas públicas a ese modelo de sociedad. Para ello disponemos de muchos estudios sobre los efectos de unas y otras medidas, pues en las últimas décadas se ha acumulado una gran experiencia internacional y se ha desarrollado enormemente la investigación sobre el impacto de las políticas públicas.

El problema no es que se alcen voces contra estos objetivos, sino que se ignoran cuando se trata de política económica. Y ese olvido no sólo puede llevarnos a retrasar el cambio sino, lo que es mucho más grave, a caminar irreversiblemente en sentido contrario. Por ejemplo, la promoción del contrato a tiempo parcial es una causa de precariedad femenina y de ineficiencias en el mercado de trabajo, pero además establece una norma muy difícil de revertir.

Cuando Holanda o Suecia están luchando contra esta lacra social y económica, no parece muy razonable caer en ella. Igualmente, ya se está estableciendo la norma de que el cuidado de dependientes se resuelve por la vía de la “paguita” a las cuidadoras familiares, inicialmente prevista como excepcional en la Ley de Dependencia. La crisis, que es una oportunidad para cambiar el modelo, también puede acentuar el impacto de estas medidas perjudiciales para las mujeres y para la economía.

El programa de reformas necesario para el cambio de modelo está esencialmente contenido en el manifiesto Feminismo ante la crisis, promovido por 28 entidades y 400 personas a título individual (www.feminismoantelacrisis.com). No todas las propuestas suponen un aumento del gasto público. Al contrario, se propone la eliminación de figuras regresivas como la tributación conjunta en el IRPF, lo que ya aconseja hacer la propia Exposición de Motivos de la vigente Ley 35/2006 del IRPF, y lo que supondría un considerable ahorro fiscal. Otras medidas han sido ya promesas electorales, como la universalización de la educación infantil desde los cero años; y otras, como los permisos de maternidad y paternidad iguales e intransferibles, responden a una demanda a la que ningún agente social se opone explícitamente.

Pero el mayor enemigo de las reformas estructurales es, junto al cortoplacismo, el de las resistencias no declaradas, de las que ya se lamentaba Clara Campoamor en su libro Mi pecado mortal, recordando cómo sus razones en pro del voto femenino ni se rebatían ni se apoyaban sino que simplemente se acallaban.

Por ello, el mejor escenario imaginable es el que avanza la vicepresidenta Económica al declarar que “todas, absolutamente todas las figuras tributarias están en revisión”. Ojalá sea así y, por fin, se configure el pacto social para el New Deal inclusivo, feminista, ecológico y demográficamente viable que tantas personas estamos reclamando.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

septiembre 10, 2009 Publicado por | Igualdad de género, mercado laboral | Dejar un comentario

>Los rostros femeninos de la crisis

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Por Emma Riverola es creativa publicitaria y novelista, autora de Cartas desde la ausencia (EL PAÍS, 08/05/09):

Tranquila, así podrás dedicarte un poco más a los niños. Una frase parecida es la que suele saludar a una mujer recién incorporada al paro, si su sueldo no era el único de la unidad familiar. Generalmente es pronunciada por otra mujer que, como ella, lleva años tratando de conciliar la vida profesional y la familiar sin más resultado que frustración, al observar que sus compañeros masculinos disfrutan de mejor sueldo que el suyo, y remordimiento, por el convencimiento de que no presta a sus hijos toda la atención que debiera.

Después de años de esfuerzo, de demostrar que somos tan válidas como los hombres, de prepararnos mejor y obtener mejores resultados académicos, seguimos ocupando los puestos más precarios y peor retribuidos del mercado laboral.

Ahora la crisis nos sorprende, como siempre, en inferioridad de condiciones. ¿Quién se atreve a reclamar jornada reducida cuando es el puesto de trabajo lo que está en juego? ¿Cómo exigir un sueldo más justo cuando cada noche se ruega por mantenerlo?

El miedo se adueña de la escena para paralizar nuestras reivindicaciones. El mismo temor que debemos vencer para plantar cara a los abusos empresariales, a las mezquindades y la miopía de los directivos o a la feroz competencia de los compañeros, sin tantas prisas por regresar a casa a tiempo para bañar a los niños o prepararles la cena.

Y así seguimos manteniendo nuestra guerra particular entre el rol de madre y el de profesional. Dilema desquiciante que los genes han tenido la gentileza de regalarnos y que nuestros hijos se encargan, cada día, de recordarnos. ¿Por qué tú nunca vienes a buscarme al cole?

Ella, la mujer que acompaña a los hijos al colegio, tampoco duerme bien últimamente. Cada noche, cuando su pareja llega de trabajar, le pregunta cómo le ha ido el día. Teme que mañana sea él quien pase a engrosar las cifras de los titulares de los diarios. Entonces ella buscará un empleo. Lo ha pensado infinidad de veces. No cree que consiga gran cosa, hace años que dejó de trabajar, cuando los críos eran pequeños y todo lo que ganaba se le iba en canguros y guarderías. Ahora, se conformaría con cualquier cosa. Un sueldo, sólo quiere un sueldo.

Conjurando el fantasma de la vida en la calle, se aferra a su mísera paga la mujer de 40 años, sola, en paro y con hijos a su cargo. Así la definen las estadísticas. Es el perfil medio de los perceptores de la renta mínima de inserción. Y aún se sabe con suerte, porque al menos no depende totalmente de la buena voluntad de familiares o amigos.

¿Se acordará mi marido de dar la merienda a los críos? La duda asalta a la mujer que ha ampliado la jornada reducida desde que su pareja perdió el empleo en la obra. Él no lleva bien esto de encargarse de los pequeños. No está acostumbrado. Y eso que ella, cada noche, les prepara la comida del día siguiente. Pero son demasiados cambios para asimilarlos en tan poco tiempo.

Todas ellas son, somos, múltiples caras femeninas de esta crisis. Y lo peor está por venir. Cuando arrecie la destrucción de empleo en el sector servicios, mayoritariamente femenino, o cuando la batalla por un puesto de trabajo sea tan brutal que arroje más mujeres a la cuneta, tradicionalmente menos competitivas que sus compañeros de profesión.

Hay quienes reconocen el papel de la mujer en la resolución de anteriores crisis. Como en la de los años 90, cuando la economía de muchos hogares logró sostenerse gracias a los empleos femeninos en el sector servicios o con la incorporación de la mujer a trabajos irregulares. Debe de ser cierto, aunque yo no recuerdo que nadie nos diera las gracias por el esfuerzo. Tampoco se las dieron a nuestras abuelas cuando salieron de casa para trabajar en las fábricas mientras los hombres luchaban en el frente. La guerra acabó, los hombres volvieron y ellas fueron condenadas, de nuevo, al ostracismo.

Esta crisis es una sacudida al sistema socioeconómico actual. Quizás, con tanto zarandeo, se abra una brecha para los conocimientos, la capacidad de resistencia y la inteligencia emocional de la mujer. Entonces podríamos, por el bien de todos, cambiar las normas del juego y no perpetuar para nuestros hijos los males de una sociedad que inocula el virus de la desigualdad desde la cuna.

Hay muchos modos de librar esta lucha. El hombre que no ayuda, sino que comparte las tareas del hogar. El jefe que premia la eficacia, no las horas. La mujer que cuando llega al poder, se exige no renunciar a su papel de madre. O el político que impulsa, con valentía y creatividad, medidas en favor de la conciliación.

Estas líneas no están escritas ni publicadas un 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

mayo 9, 2009 Publicado por | Igualdad de género, mercado laboral | Dejar un comentario

>Trabajo decente

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Por Ramón Jáuregui Atondo, secretario general del Grupo Parlamentario Socialista (EL CORREO DIGITAL, 01/05/09):

Desde la Revolución Francesa, y el nacimiento de los centros fabriles de finales del siglo XVIII, la historia de lo que luego llamaríamos movimiento obrero ha estado marcada por una constante: el progreso en la mejora de las condiciones de trabajo de quienes sólo podían ofrecer su mano de obra, su fuerza laboral. Esa historia está jalonada de luchas gloriosas, de pactos y conflictos, de batallas heroicas con victorias históricas y derrotas aleccionadoras. Las huelgas de Chicago de finales del siglo XIX nos dejaron las ocho horas de jornada máxima, pero la derrota de los mineros ingleses frente al Gobierno de la señora Thatcher, cien años después, arrastraron a los sindicatos británicos y anunciaron la crisis del sindicalismo local frente a la economía global. La dialéctica entre capital y trabajo está en el origen y en el eje de los debates ideológicos de estos dos últimos siglos. El marxismo, las experiencias comunistas, la socialdemocracia y hasta la doctrina social de la Iglesia beben de sus fuentes y se han nutrido de las fuertes pulsiones y de los grandes antagonismos que la caracterizan.

La aparición de los sindicatos aumentó considerablemente la capacidad de negociación y favoreció la mejora progresiva de las condiciones laborales. Mirando aquí cerca, bastaría recordar la importancia de la creación de UGT en las minas del hierro vizcaíno y su influencia en las grandes conquistas laborales de hace un siglo. Desde entonces, hasta finales del siglo XX, el mundo del trabajo ha conocido una progresión evidente. Desde el nacimiento de la Seguridad Social, que protege al trabajador «desde la cuna hasta la tumba» como decía Beveridge (enfermedad, invalidez, paro, jubilación), hasta el nacimiento de una rama del Derecho (el Derecho Laboral), nacida y desarrollada bajo el principio ‘pro-operario’, todo en el mundo laboral ha ido progresando hacia valores de justicia y de dignidad.

¿Sigue siendo cierto este progreso hoy en día? ¿De verdad podemos afirmar que esta constante de conquistas sociales y de mejora en las condiciones de trabajo se sigue produciendo? Hace sólo unos días, la OCDE publicó un informe deprimente. El 60% de los trabajadores en el mundo carece de un marco legal que los proteja. La organización cifra en 1.800 millones el número de trabajadores que se desenvuelven en la economía informal, un nivel récord. Lejos de disminuir, el peso de los trabajadores ‘en negro’ crecerá hasta representar dos tercios en 2020. El informe alerta sobre las desventajas que tiene el alza del empleo sumergido. La principal es la caída de los salarios en países pobres sin red de protección social. Las mujeres, que ocupan mayoritariamente los trabajos menos cualificados, son las más afectadas por este fenómeno, así como los jóvenes y los trabajadores de mayor edad. El empleo sumergido representa tres cuartas partes del total en el África subsahariana, más de dos tercios en el sur y sureste de Asia y la mitad en Latinoamérica, Oriente Próximo y el norte de África.

No, no es sólo una imagen del mundo en desarrollo. No se trata de un fenómeno de los países emergentes. La devaluación de las condiciones del trabajo es una incesante consecuencia de la globalización económica y afecta también a nuestro mundo occidental. La externalización productiva, es decir, la producción subcontratada en todo el mundo, arrastra a la baja los marcos laborales bajo los rigores de una competencia salvaje en los costes. Europa y el mundo occidental en general que habían logrado un equilibrio entre justicia y eficiencia competitiva, ven peligrar su futuro y sus propios Estados del bienestar económico si no se rinden y aceptan los nuevos paradigmas de la economía globalizada y de la competencia planetaria. Éstos, los nuevos paradigmas del mundo laboral en concreto, son tres palabras cargadas de significados económicos que han penetrado como caballos de Troya en el delicado universo de los equilibrios laborales: flexibilidad, desregulación e individualización.

Los mercados exigen flexibilidad y las empresas trasladan este concepto -irrebatible en términos económicos y competitivos- a las relaciones laborales. Flexibilidad para entrar y salir del empleo, flexibilidad en los horarios y en las jornadas laborales, flexibilidad o movilidad laboral, profesional o geográfica. En el reino de la flexibilidad, los derechos de los trabajadores resultan un obstáculo para la competitividad. Lo mismo ocurre con la fuerte presión desregulatoria que se ejerce desde las empresas, en beneficio -dicen- del empleo. Cuanto más desregulado sea el trabajo, más empleo se crea. Ésta es la ley maldita con la que nos marcan el camino las sociedades del pleno empleo. Traducido, desregular es liberalizar la relación laboral y dejarla libre de salarios mínimos, convenios colectivos, leyes de Derecho necesario, etcétera. Por último, la individualización de las relaciones laborales es una tendencia creciente en un modelo de producción cada vez más atomizado en pequeñas empresas que, en una cadena infinita de subcontratación, han fragmentado las grandes empresas y los viejos centros fabriles. En la nueva economía ‘de pymes y oficinas urbanas’ la contratación se individualiza y se procura evitar la interlocución colectiva.

Es un mundo laboral devaluado. Es una quiebra crecientemente preocupante de las tendencias sobre las que habíamos construido nuestro mundo laboral a lo largo del pasado siglo que exige, a mi juicio, un replanteamiento profundo de este espacio vital que es el trabajo. Las cifras de paro que está provocando la peor crisis económica que hemos conocido en los últimos setenta años no ayudan a esta reconquista. El paro, principalmente en sectores de poca cualificación profesional, precisamente en los que la presión de la inmigración laboral es más frecuente e intensa, se convierte en una nueva palanca hacia la degradación de salarios y condiciones de trabajo en general.

Este preocupante panorama no es definitivo ni irreversible. La conciencia mundial hacia la justicia sociolaboral no para de crecer, tanto en los países desarrollados como en los emergentes. En el corazón de las gentes, desde Lima hasta Bangkok, desde la Patagonia hasta el río Bravo, sigue latiendo una irresistible pulsión de dignidad y justicia en el trabajo, y el capitalismo no podrá refundarse si no es sobre estas bases elementales de relación laboral. Si la sostenibilidad es una exigencia de cualquier negocio, si la responsabilidad social de las empresas es una condición de competitividad, si los expertos y los dirigentes máximos de los grandes países están redefiniendo las reglas de los mercados financieros, si se habla incluso de la reformulación del capitalismo, la revisión de los mercados laborales hacia la dignidad laboral, el trabajo decente y la justicia social no podrá ser olvidada. No por casualidad, la OIT ha establecido como bandera de sus reivindicaciones frente a la economía global una expresión que cobra actualidad en plena crisis del empleo: el trabajo decente.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

mayo 4, 2009 Publicado por | mercado laboral | Dejar un comentario

>Voy al paro, pero secuestro al jefe

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Por ANTONIO JIMÉNEZ BARCA – París – (ElPais.com, 13/04/2009)

El martes, el presidente francés, Nicolas Sarkozy, decidió ya entrar en la polémica y se preguntó en voz alta en una alocución pública: “¿Pero qué es esto de ir por ahí secuestrando gente? No dejaré que pasen cosas así”, señaló. Sarkozy se refería a la nueva forma de protestar de determinados trabajadores cuando les cerca el paro o el despido: secuestrar a los dirigentes de la empresa como medida de presión, como medio para alcanzar más repercusión o, simplemente, como mero ejercicio del derecho al pataleo.

Todo empezó en marzo, cuando un grupo de trabajadores retuvo contra su voluntad al presidente de la fábrica de Pontonx-sur-Adour (Landes) de Sony Francia toda una noche. Protestaban contra lo que consideraban una indemnización insuficiente del plan de despidos que se iba a producir en la factoría. “No tenemos mucho que perder: ya hemos perdido el trabajo”, se justificó uno de los trabajadores. La moda se extendió rápidamente en un país que cuenta con más de un 8% rampante de paro y donde el goteo de fábricas que cierran o que ajustan su plantilla es constante.

Hace unas dos semanas, ante un despido de 110 empleados, los trabajadores del grupo estadounidense 3M en Pithievers (Loiret) retuvieron al director. A otro ejecutivo de otra empresa los empleados le obligaron a desfilar junto a ellos en una manifestación.

El caso más sonado se produjo cuando un sector de la plantilla de Caterpillar en Grenoble secuestró durante un día en sus despachos a cuatro directivos para obligarles a desbloquear las negociaciones por el despido de 733 trabajadores. El mismo Sarkozy intervino para anunciar que velaría para solucionar el asunto. Esto pareció calmar a los obreros, que liberaron a los directivos. “Nosotros somos humanos”, dijo uno de ellos.

Otro de los empleados que participaron en el secuestro, Patrick Martínez, aseguraba hace días en televisión con toda la resignación y la amargura de la crisis pintada en su cara de cincuentón de inminente parado sin porvenir:

-Yo no quiero secuestrar a los jefes. Yo sólo quiero salvar mi puesto de trabajo. Eso es todo.

Según se extendían los casos de empresarios-rehenes y la polémica saltaba a la calle, los políticos se pronunciaban sobre el asunto. El domingo pasado, la ex-candidata socialista a presidir la República, Ségolène Royal, manifestó: “No es agradable que te secuestren, y es ilegal privar a alguien de su libertad de movimientos, pero los trabajadores deben romper por algún lado esta injusticia”. Martine Aubry, secretaria general del Partido Socialista francés (PS), añadió: “Ninguna violencia que atente contra la libertad de las personas está justificada, pero la violencia social se está ejerciendo con tal brutalidad que puede llegar a explicar casos como los que vemos”. Sarkozy no había dicho nada hasta el martes, cuando lanzó su pregunta retórica: “¿Pero qué es esto de ir secuestrando a la gente…?”.

La respuesta le llegó ese mismo martes por la noche: la plantilla de la empresa británica de adhesivos Scapa en Ballegarde-sur Valserine (Ain) secuestró en un despacho a cuatro de sus dirigentes, tres ingleses y un francés, para obligarles a renegociar los despidos. Les retuvieron una noche. Al día siguiente, los jefes y los trabajadores se reunían en el Ayuntamiento del pueblo, después de que liberaran a los directivos y éstos se comprometieran a seguir discutiendo.

Hay sociólogos que creen que “el pueblo se está divorciando de las élites”, como afirmaba Denis Muzet, al comentar estos secuestros en Les Echos. Las distintas asociaciones patronales han señalado con mucha preocupación la escalada del fenómeno, y recuerdan: “Afecte a quien afecte la crisis, nunca se puede vulnerar la ley”.

Con todo, hasta ahora, ningún empresario o ejecutivo ha denunciado la agresión, por lo que nadie ha sido detenido.

abril 14, 2009 Publicado por | Francia, mercado laboral | Dejar un comentario

>La OIT y las ruinas de la economía mundial

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Por Daniel Reboredo, historiador (EL CORREO DIGITAL, 10/04/09):

Las naciones victoriosas de la Gran Guerra se empeñaron en beneficiarse de su triunfo bélico, de la eliminación temporal de las potencias rusa y alemana y de la desaparición de los imperios austrohúngaro y turco para consolidar su dominio sobre el mundo, redistribuir las colonias y territorios de ultramar que habían conquistado y establecer en Europa una organización que perpetuaría la impotencia de los vencidos y haría imposible una guerra de revancha. La Conferencia de Paz de París y los tratados de 1919-1920 (Versalles, Saint-Germain-en-Laye, Neully-sur-Seine, Trianon y Sèvres) fueron un compromiso entre los principios wilsonianos y la antigua diplomacia europea representada por sus interlocutores. En la esfera política y territorial los mencionados principios sufrieron grandes reveses, aunque gran parte de los tratados de paz que debían impedir una nueva guerra se confeccionaron acorde a los mismos.
El Pacto de la Sociedad de Naciones que confirió a un consejo de 9 miembros, cinco de ellos permanentes (Francia, Gran Bretaña, Italia, Japón y EE UU), la tarea de resolver los conflictos que surgieran entre ellas; el desarme de los países vencidos; la revisión de los tratados que ya no eran aplicables; el control de las antiguas colonias alemanas y la administración de algunos territorios turcos que los vencedores asumieron y, finalmente, la creación de una Oficina Internacional del Trabajo recogían lo más destacable de los citados tratados.

Un 11 de abril de 1919 nacía de las ruinas de la Europa decimonónica una de las organizaciones más longevas del planeta, la Organización Internacional del Trabajo (OIT), cuyos noventa años serán conmemorados con múltiples actividades en todos los continentes y cuyos precedentes encontramos en las ideas de Robert Owen y Daniel Legrand y en la Asociación Internacional para la Protección Legal de los Trabajadores fundada en Basilea en 1901. El aniversario de su creación, de los cuarenta artículos de su Constitución redactados por la Comisión de Legislación Internacional del Trabajo (presidida por el, a su vez, presidente de la Federación Estadounidense del Trabajo, Samuel Gompers) y de la celebración de la Primera Conferencia Internacional del Trabajo (Washington, 29 de octubre de 1919), durante la que se aprobaron los primeros seis convenios en la historia de las normas laborales internacionales con la presencia de cuarenta delegaciones de otros tantos países, coincide con la peor crisis económica y financiera de la Historia de la Humanidad. Preocupaciones humanitarias (explotación de los trabajadores y miseria, injusticia y privaciones de los mismos y sus familias), políticas (posibilidad de conflictos sociales e incluso de una revolución) y económicas dieron forma a la OIT. La frase inicial de la Constitución («la paz universal y permanente sólo puede basarse en la justicia social») incorporaba una cuarta razón, la que agradecía a los trabajadores su esfuerzo en la guerra y la que pretendía evitar otro conflicto bélico de las mismas dimensiones. El texto constitucional se convirtió en la Parte XIII del Tratado de Versalles y de ella emanó una organización tripartita, única en su género, que reunía en sus órganos ejecutivos a los representantes de los trabajadores, de los empresarios y de los gobiernos.

La OIT se estableció en Ginebra en el verano de 1920 y lamentablemente en pocos años, a pesar del interés de muchos de sus miembros, el entusiasmo inicial se atenuó ante los múltiples frentes en que se movía. Desde su primer director, el francés Albert Thomas, hasta el último, el chileno Juan Somavia, la Organización ha evolucionado hasta las posiciones actuales que no pierden la referencia de la promoción del trabajo decente como medio para generar y preservar el empleo y los ingresos de los ciudadanos. Los primeros seis convenios son ahora ciento ochenta y ocho y los cuarenta países se han convertido en ciento ochenta y dos. Noventa años han obrado el milagro. Pero como en tantas ocasiones acaece, los deseos no se corresponden con la realidad. Los sueños se limitan y constriñen cuando se llevan a la práctica, lo que no debe impedirnos reconocer su labor y la necesidad de su existencia. Recordemos que la Organización formula normas internacionales del trabajo (convenios y recomendaciones) fijando condiciones mínimas en materia de derechos laborales fundamentales (libertad sindical, derecho de sindicación, derecho de negociación colectiva, abolición del trabajo forzoso, etcétera), presta asistencia técnica (política de empleo, legislación del trabajo y relaciones laborales, condiciones de trabajo, etcétera) y fomenta el desarrollo de organizaciones independientes de trabajadores y de empresarios y les facilita formación y asesoramiento técnico.La ingente labor de la OIT es una pequeña gota en el océano de los derechos laborales y del trabajo digno y más en estos momentos en los que el desempleo mundial ha subido hasta cotas desconocidas y en los que el empleo debe ser el centro de las políticas económicas y sociales. La reciente reunión del G-20 ha servido para constatar y reconocer, por primera vez, el fracaso de las políticas neoliberales que han destrozado el sistema financiero mundial y la necesidad de que la economía mundial se asiente en otros principios y valores que, junto con controles exhaustivos, disciplinen el capital especulativo y eliminen los paraísos fiscales.

Pero lo acordado en Londres es insuficiente para poner fin a la crisis, para evitar otras de la misma naturaleza y para acabar con el sufrimiento humano que genera la actual organización de las relaciones económicas internacionales. De ahí que la OIT plantee la necesidad de un pacto mundial por el empleo que contrarreste las conclusiones del estudio denominado ‘La crisis financiera y económica’ y, sobre todo, las de su informe anual titulado ‘Tendencias mundiales del empleo’. En ambos constatan las pocas medidas adoptadas para la economía real (creación de empleo y protección social) y las numerosas dirigidas al rescate del mundo financiero, así como que la crisis económica mundial aumentará el desempleo a nivel mundial en 2009, con respecto a 2007, en una cantidad comprendida entre los 18 y los 30 millones de trabajadores, llegando a más de 50 millones si el contexto internacional continúa empeorando. La principal, y única, lectura positiva de un panorama tan desolador como el que nos rodea quizás se encuentre en la propia crisis financiera y en la oportunidad que ofrece de desarrollar un orden económico más justo, democrático y descentralizado. Las resistencias son muchas pero la coyuntura para conseguirlo es inmejorable.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

abril 10, 2009 Publicado por | mercado laboral | Dejar un comentario

>Salir de la crisis exige coherencia

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Por Guillem López-Casasnovas, catedrático de Economia de la UPF (EL PERIÓDICO, 23/03/09):

Es discutible que el debate de la crisis deba centrarse con tanta intensidad como se hace hoy en día en el mercado de trabajo. Su flexibilización, los cambios en la regulación, los ajustes en los convenios, las prácticas de revisarlos y las cláusulas de indexación salarial están en la picota. Pero, en realidad, lo que hace buena una economía es la productividad y no la presión ejercida sobre los salarios. Y la productividad se basa en los costes unitarios, es decir los costes por unidad producida (de output), no solo de los elementos necesarios para hacerla (inputs). En este sentido, es de sobras conocido que la evolución de los costes y del output no solo depende de lo que ocurra con los salarios.

Para la competitividad, el coste laboral es, sin duda, importante, pero también lo son la retribución del capital, los márgenes de intermediación, los costes financieros y del resto de consumo, y la fiscalidad. Si hoy tenemos un modelo con una productividad tan pobre, seguro que no es atribuible exclusivamente a los trabajadores. Me pregunto qué se ha hecho de las plusvalías tan exageradas que han tenido las rentas del capital durante casi dos décadas. ¿Quizá se han reinvertido para hacer posibles cambios en la estructura productiva y en la renovación necesaria de los equipamientos que apuntalaron mejor la economía?

LAS RENTAS que han surgido del esfuerzo productivo, ¿a qué se han dedicado? ¿No tienen algunos empresarios parte también de responsabilidad? Si el rendimiento del capital tuviera que subir al ritmo de la productividad financiera, ¿cuál debería ser el tipo de interés hoy vigente? ¿Guardaron proporción los dividendos y los márgenes con los incrementos de los costes salariales unitarios? ¿Cuándo veremos a un empresario de banca que se comprometa a trabajar por un euro y participación futura de beneficios, si los hay? ¿Es aceptable continuar inyectando liquidez a las entidades financieras sin garantizar el crédito a las empresas? ¿Es coherente pedir, desde la protección que ofrece la función pública, el libre despido? ¿Es legítimo pedir esfuerzos adicionales a los trabajadores cuando el Estado no acaba de ejercer el suficiente control fiscal sobre los que guardan fuera del país (en paraísos fiscales) el capital que aquí amasaron?

Para que las propuestas de política económica sean efectivas deben fundamentarse en un discurso creíble. Las confusiones son, en este sentido, varias. Que se destruyan puestos de trabajo quizá sea necesario, y cuanto más pronto, mejor. A menudo, lo que se entiende en Europa por rigidez del mercado de trabajo es lo contrario: la resistencia a ir al paro, retrasar los ajustes de plantillas. Esta es, además, la actuación más practicada ante una crisis de oferta, cuando sobra producción, tal como hemos tenido en el sector de la construcción en nuestro país. Intentar ralentizar el desempleo en este u otro sector puede ser tan difícil como inútil. Si el argumento de la ayuda pública es no perder empleo, el subsidio será injusto (premiará a los peores), ineficiente (porque no es selectivo) y de un coste prohibitivo (alguien tendrá que pagar tarde o temprano). Pan para hoy, hambre para mañana.

Parece lógico, por lo tanto, que quien pide ayudas tenga que ofrecer algo más que salvar el empleo a corto plazo: un programa de reestructuración viable, mayor eficiencia energética, compromisos de reinversión futura, etcétera. Además, en una crisis también de demanda (consumo) como la actual, no debería preocupar tanto el nivel de paro en sí mismo, sino de dónde procede. Si las indemnizaciones son demasiado elevadas, puede provocar que una reconversión, que por otra parte busca hacer viable la empresa, termine en concurso de acreedores, con el cierre irreversible de la empresa. Para evitar esto sí deberán dedicarse todos los esfuerzos necesarios. Si este no es el caso, probablemente, no.

Es cierto que todos estos procesos de destrucción de empleo afectarán a la demanda. Pero fomentar el consumo puede hacerse más razonablemente desde los subsidios de desempleo (ampliándolo, si cabe) que manteniendo salarios en empresas que no tienen futuro. Si lo que queremos es mantener el consumo, valdrá la pena subsidiar a parados y no erosionar excesivamente el poder adquisitivo de los trabajadores. En este sentido, es muy discutible que, si hasta hace poco se proponía que los aumentos de sueldos no tuvieran en cuenta las variaciones de los precios energéticos (es decir, que solo se computara la inflación subyacente), no se haga ahora, cuando, si se detraen las variaciones del precio del petróleo en la inflación, aún estamos con un IPC positivo.

POR OTRO lado, la garantía de una cláusula de revisión salarial a finales de año tampoco debería dar miedo. Otra cosa es que, en las actuales circunstancias, estas salvaguardas deba soportarlas exclusivamente la empresa. Hay que evitar que, por una circunstancia como esta, la reconversión de una empresa viable termine en cierre, lo que supondría la pérdida definitiva de una parte del mercado, es decir, la capacidad de la empresa (know how) para estar presente en él y, acto seguido, el deterioro del capital humano del trabajador y social del país.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

marzo 24, 2009 Publicado por | mercado laboral | Dejar un comentario

>Slim se compromete a crear empleo en México

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EFE – Madrid – 04/03/2009

El magnate Carlos Slim, segundo en la lista de los hombres más ricos del mundo que elabora la revista Forbes, ha anunciado este miércoles que tiene previsto invertir 516 millones de dólares (412 millones de euros) en México y crear 34.000 nuevos puestos de trabajo entre 2009 y 2010. El empresario hizo estas declaraciones en Ciudad de México, al recibir el premio “Hombre del año” que entrega el Consejo Mundial de Boxeo.

Si bien Slim ha reconocido que México atraviesa por un “momento difícil”, ha precisado que su grupo invertirá en “muchas de las partes donde se ha frenado la inversión”, como en infraestructura y desarrollos inmobilarios. El multimillonario no especificó cuáles serán los proyectos que recibirán las inversiones, aunque anticipó que destinará parte de los fondos a su fundación que promueve programas en materia de salud, educación, cultura y medio ambiente.

El anuncio de Slim llega después de que el Gobierno mexicano le exigiese realizar mayores aportes para el desarrollo del país. El mes pasado, el magnate había afirmado que en la actual recesión económica iba a registrarse el mayor índice de desempleo desde la década de 1930. En respuesta, el ministro de Trabajo, Javier Lozano, replicó que en “estos momentos todos estamos obligados a poner de nuestra parte” y exigió al empresario una aportación directa en favor de los mexicanos. Por su parte, el presidente Felipe Calderón le reclamó menos pronósticos catastrofistas y más apoyo al país en tiempos de crisis.

marzo 4, 2009 Publicado por | México, mercado laboral | Dejar un comentario

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