>Imaginar un nuevo mundo mediterráneo
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>Movilidad humana en el Mediterráneo
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Con la concesión de la sede de la Unión por el Mediterráneo a Barcelona, es tiempo de diagnósticos para conformar una nueva agenda relacionada con la movilidad humana. De momento, la movilidad se está interpretando en el marco de las relaciones internacionales como un instrumento de poder entre dos estados, usando a los ciudadanos como moneda de cambio. Esta situación es insostenible en tiempos de derechos humanos. Asimismo, los estados de recepción son los que tienen el control de la movilidad, fundamentada en los efectos que tiene sobre su sistema de bienestar, democrático y liberal, y su capacidad de gobernabilidad en términos no solo socioeconómicos, sino también de gestión de la diversidad cultural y religiosa. La movilidad se interpreta básicamente también como un acto individual (no familiar) y voluntario (no movido por la necesidad). Asimismo, no se puede tener un contexto de unión en un marco de unilateralidad política, que implica en términos conceptuales la unidimensionalidad con la que se definen los conflictos debidos a la movilidad. El principal reto es, pues, conseguir un contexto de interpretación que fomente una visión compartida mediterránea de la movilidad humana. Desde esta óptica, existen dos premisas que deben tenerse en cuenta.
EN PRIMER lugar, el movimiento de personas no es problemático en sí ni debería ser materia de discusión, salvo si tiene tres dimensiones que generalmente van juntas: una dimensión política (la mayoría de personas se mueven de estados no democráticos o con dificultades de consolidación democrática a democracias consolidadas), una económica (es un movimiento entre el tercer mundo y/o países en vías de desarrollo a países consolidados económicamente), y una social evidente (es un movimiento de personas atraídas por nuestros sistemas de bienestar y derechos sociales). Dicho de otro modo, el movimiento de personas entre democracias avanzadas, economías similares y derechos sociales mínimos, no forma parte de la problemática (pensemos en la movilidad humana dentro del espacio interior europeo o área Schengen).
Teniendo en cuenta esta primera premisa, nos podemos plantear una pregunta: ¿quién hace un problema del movimiento de personas? La respuesta nos invita a entrar en la segunda premisa: los países de acogida, que interpretan el movimiento en términos de efectos porque velan particularmente por mantener consolidadas las tres dimensiones: política, económica y social. Además, se añade en los argumentos de las consecuencias otra dimensión fundamental: la identitaria, que se vincula no ya tanto a temas de estabilidad como de cohesión social. Esto es, el hecho de que no solo se mueven personas, sino culturas y religiones, sirve a la mayoría de los estados de recepción como coartada para sus políticas de seguridad.
Estos dos puntos que forman parte del diagnóstico nos llevan a formular el siguiente argumento: hasta que no desaparezcan estas relaciones de poder claramente unilaterales (el norte controla el proceso político y tiene el monopolio de la interpretación de la movilidad humana), no se podrá tener un contexto adecuado apto para la innovación en la búsqueda de unión en el Mediterráneo. Esta unilateralidad tiene mucho que ver con el prefijo euro que se antepone siempre a mediterráneo y que debe desaparecer de una vez. En esta nueva etapa, unión implica corresponsabilidad e interdependencia, sobre todo en la interpretación de la movilidad humana. Como resultado de la unión se pueden llegar a compartir enfoques, preguntas, respuestas, conceptos. ¿Qué estrategias seguir para fomentar un contexto de unión?
Es un hecho cada vez más evidente que hasta que no se considere que la frontera de Europa empieza en el desierto sahariano y no en el Mediterráneo, algún engranaje del proceso de construcción de un enfoque mediterráneo compartido continuará sin funcionar. Esto también nos lleva a proponer el concepto de acervo mediterráneo en general, y en materia de inmigración en particular. Esto significa crear un directorio donde se engloben todos los vínculos creados y compromisos adquiridos hasta ahora a través de otros procesos anteriores, como el Proceso de Barcelona. ¿Hasta dónde se llegó en la etapa anterior? A la voluntad de cambiar el discurso de seguridad y estrictamente de control que existe por otro más centrado en el codesarrollo, en los derechos humanos, de cooperación y de corresponsabilidad entre países receptores y países de origen. Esta nueva orientación política debe convertirse en el signo de identidad de la Unión del Mediterráneo, que ha de desvincular de entrada la gestión de flujos y la gestión de fronteras.
EN DEFINITIVA, una visión mediterránea de la movilidad humana debe empezar a descargar a los países del sur de la presión que ejerce la UE del siglo XX. La UE del siglo XXI deber ser considerada un agente más que ayude a crear una red de interdependencia debido a la movilidad humana, donde nociones como inmigrante, situación irregular del inmigrante, tráfico, asentamiento, integración, codesarrollo, etcétera, se comparten y pierden todo significado que evoque fractura. Si la movilidad humana en el Mediterráneo forma parte de la fractura o de la solución es una asunto que también debe formar parte del enfoque compartido a construir. La forma como la Unión por el Mediterráneo comience a trabajar el tema de la movilidad humana decidirá el futuro de su éxito o fracaso.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
>Barcelona, capital euromediterránea
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Por Sami Naïr, catedrático de Ciencias Políticas (EL PAÍS, 16/10/08): La crisis económica y financiera mundial tiene ya efectos devastadores en las sociedades desarrolladas (crisis del sistema bancario, recesión, desempleo…), y sus consecuencias serán más duras todavía en los países africanos y mediterráneos del sur. El 13 de julio de 2008, al mismo tiempo que la recesión norteamericana se dejaba sentir sobre el resto del mundo, se anunciaba en París, coincidiendo con el inicio de la Presidencia francesa de la UE, el nacimiento oficial del Proceso de Barcelona: Unión por el Mediterráneo. Dicho proyecto era el resultado de la voluntad, en principio francesa, pero más tarde asumida de manera conjunta por la UE, de inyectar un nuevo y vigoroso impulso al proceso iniciado en Barcelona en 1995. Más allá del debate político y diplomático que suscitó en un principio su significado, la iniciativa francesa era necesaria por varias razones. En primer lugar, implicaba una toma de conciencia de la ralentización y el estancamiento del proyecto estratégico de Barcelona. Éste pretendía no solamente crear las condiciones para la puesta en marcha de una zona de libre comercio entre las dos riberas del Mediterráneo en el 2010, sino también desarrollar una cooperación estructural en los campos de la seguridad y de la paz, así como, last but not least, favorecer de manera significativa las relaciones entre las sociedades civiles de ambas riberas. La iniciativa francesa respondía también a la preocupación de que el Mediterráneo pasara a un segundo plano, en un momento en el que la UE se enfrentaba a los desafíos que conlleva su ampliación hacia el este. Más aún, Francia -al igual que España e Italia- era consciente de que había llegado el momento de pasar a una fase superior en las relaciones euromediterráneas, después de la creación de un espacio común de intercambios y de la conclusión de acuerdos de asociación con todos los países de la región de la ribera sur (salvo Libia y Siria). La iniciativa francesa, sin duda debido a la confusión que generó cómo fue lanzada, fue recibida de varias maneras: con reticencia por ciertos países, con perplejidad por Bruselas, pero también con clarividencia y críticas positivas por algunos socios como España e Italia y algunos países árabes. En cualquier caso, ya está en la agenda política europea como una continuación del Proceso de Barcelona. Todos los países europeos y mediterráneos del sur han afirmado su voluntad de reorientar dicho proceso y profundizarlo. ¡Reorientar y profundizar! No es todavía posible definir de manera precisa el contenido exacto de estas palabras. Las propuestas avanzadas por la presidencia francesa están en fase de elaboración. Pero una cosa está clara: se seguirá trabajando dentro del marco estratégico establecido por el acuerdo de 1995. Todos los participantes en la reunión de París se felicitaron por la excelencia del trabajo realizado desde 1995 por la ciudad de Barcelona. Efectivamente, esa ciudad se ha volcado en el proyecto y se ha convertido en un centro ineludible de las relaciones mediterráneas. Y ahora, después de que la copresidencia del Proceso de Barcelona: Unión por el Mediterráneo haya recaído en los presidentes Nicolas Sarkozy y Hosni Mubarak, Barcelona presenta su candidatura para acoger la secretaría del nuevo proceso. No está de más insistir en el significado de esta candidatura. ¿Por qué debe Barcelona, en nuestra opinión, acoger esta institución? Por muchas razones, que se pueden resumir en tres: eficacia, coherencia política de la UE, simbolismo. Para empezar, eficacia: no insistiremos nunca lo suficiente en la oferta material que supone la candidatura de Barcelona. Infraestructuras ya existentes, disponibilidad del magnífico Palacio de Pedralbes, asunción de los gastos de instalación y mantenimiento por las autoridades locales, capacidad comercial y económica en el campo de las relaciones entre las dos riberas, experiencia en los contactos euro-árabes, banco de datos para las redes de cooperación en el Mediterráneo, etc. Es difícil encontrar, en el Mediterráneo, un lugar dotado de tantos atributos a la vez. En segundo lugar, por coherencia política de la UE. Todas las candidaturas son, desde luego, legítimas. Pero no se puede obviar que hablamos de una opción estratégica: si de lo que se trata es de profundizar en los Acuerdos de 1995 (y no hay otra aproximación posible dado que la UE se ha decantado claramente por esta vía), es preciso valerse de la experiencia histórica que posee Barcelona para liderar tal reorientación. Su amplia experiencia euromediterránea le permite entrever algunos de los obstáculos que aparecerán en el futuro. Así que, como sede de la secretaría, la elección de Barcelona se presenta como un asunto de coherencia estratégica, puesto que implica la continuidad del proyecto de 1995 y su renovación al mismo tiempo. Ahora bien, tanto el Gobierno español como las autoridades catalanas deberán demostrar que no quieren la secretaría por el mero hecho de tenerla. Y trabajando en el marco conceptual de 1995, deberán aportar un plus. Barcelona puede ayudar a reorientar el contenido de los acuerdos de 1995 teniendo en cuenta, entre otros, los siguientes retos: 1) rechazar la marginalización del sur a la hora de ampliar hacia el este: es necesario multiplicar las relaciones institucionales (hermanamientos, cooperación descentralizada, etc.); 2) crear un cuadro de reflexión y de propuestas para una gran política de cooperación económica entre las dos riberas, particularmente en los sectores industriales y de las pequeñas y medianas empresas; 3) ayudar a cambiar la mirada europea sobre las migraciones destacando el aspecto positivo de las mismas. Es preciso abogar por una gran política de codesarrollo ligada a las migraciones, especialmente mediante proyectos de inversión en las regiones con un fuerte potencial migratorio en los países del sur para estabilizar allí las poblaciones. Para ello, es necesario potenciar la reflexión sobre la movilidad de las personas entre las dos riberas, proponer estrategias flexibles de control de las fronteras y de gestión ordenada de los flujos migratorios (somos conscientes de que este punto es una demanda constante de los Gobiernos de los países del sur); 4) contribuir, finalmente, a acercar a las sociedades civiles: este reto, que es la asignatura pendiente de 1995, debe ser afrontado de manera imperativa. Es que no todo puede reducirse a la organización de reuniones rituales entre los actores socioculturales de las dos riberas. El encuentro de las sociedades civiles no puede limitarse a la organización de coloquios -que por muy interesantes que sean, también son fácilmente olvidables. Hace falta, sobre todo, favorecer proyectos comunes entre las poblaciones de los dos lados mediterráneos para conocerse mejor y afrontar conjuntamente los desafíos del futuro (intercambios de estudiantes, interuniversitarios, formaciones culturales, intercambios entre las Administraciones, voluntariados para el desarrollo, etc.). También la secretaría podrá beneficiarse de apoyos importantes por parte de las comunidades ya involucradas en el proyecto mediterráneo: Junta de Andalucía, Comunidad Valenciana… ¡Hay tantas cosas que se pueden hacer para acercar conciencias y enriquecer las mentes! Es aquí donde se encuentra el punto neurálgico de la batalla contra todos aquellos que pretenden alejar y oponer, en nombre de un eurocentrismo dominador o de un integrismo fanático, a los pueblos del Mediterráneo. Finalmente, valor simbólico: más allá de su vinculación con el proceso inaugurado en 1995, Barcelona encarna también, por la presencia de una fuerte población inmigrante árabo-musulmana, la viva imagen de las grandes ciudades mediterráneas de hoy día. Al igual que Marsella o Nápoles, es una ciudad profundamente mestiza y que se acepta como tal. Simboliza una cultura de intercambios que permite a mujeres y hombres venidos de todas las partes del mundo asociarse, vivir juntos, mezclarse y tejer así esa unión de mediterráneos con la cual han soñado desde siempre los mejores espíritus. Eficacia, coherencia estratégica, simbolismo humano y cultural. He aquí las razones a favor de que la secretaría de la política mediterránea se ubique en Barcelona. Y, por encima todo, no debemos perder de vista el objetivo final de todo el proceso: crear un espacio mediterráneo de paz y solidaridad.
La Unión del Mediterráneo… sí, pero…
Los motivos del presidente Sarkozy para querer que la Unión del Mediterráneo (UM) viera la luz el 13 de julio de 2008 son complejos. Se le puede achacar tanto una voluntad de poder personal como el deseo de que Europa sostenga a la orilla sur del mar común para que tenga más peso en el nuevo despliegue de fuerza inevitable tras la aparición de socios como China, India y Brasil.
Dicho esto, no cabe duda de que se trata de un proyecto que, si triunfa, sería un paso adelante gigantesco en la construcción de un mundo más estable y más justo. El problema es que no todos los buenos proyectos son posibles o realizables. La UM es una de esas buenas-malas ideas cuyo resplandor exterior oculta un interior hueco.
En todo matrimonio, de amor o de conveniencia, el consentimiento de las dos partes es la base fundamental. Lo mismo ocurre con las uniones políticas. Cuando se trata de estructuras de cooperación a gran escala y de larga duración histórica, estas uniones no pueden funcionar sin el consentimiento y la participación de los pueblos.
Pues bien, los pueblos de la orilla norte no han mostrado más que un gran desinterés por el proyecto de Sarkozy. Y los de la orilla sur parecen rechazarlo por completo. Los foros del sitio aljazeera.net, los debates en los periódicos y las cadenas por satélite muestran un rechazo unánime por motivos, a veces, contrarios.
La corriente de identidad islamo-nacionalista, hoy predominante en el mundo árabe, ve con malos ojos un proyecto al que se acusa de querer sustituir a los proyectos estancados -pero todavía ardientemente deseados- de una Unión del Magreb árabe, es decir, islámica. Todavía más criticable le parece el hecho de que obligaría a los árabes a vivir bajo el mismo techo que Israel y constituiría una forma de obtener el reconocimiento árabe del Estado judío sin que éste hubiera cedido nada respecto a los derechos inalienables del pueblo palestino.
La corriente laica y democrática tiene aún más reservas, pero por motivos totalmente diferentes. Sus reparos destacan varios puntos clave.
1. La historia nos enseña de forma irrefutable que sólo es posible fraguar uniones políticas viables entre democracias. El derrumbamiento de uniones creadas por dictaduras como la URSS y Yugoslavia, el dinamismo de la Unión India y la Unión Europea, para no hablar de Estados Unidos, son pruebas de la validez de esa ley. Sin embargo, la UM pretende unir las primeras democracias del planeta con sus últimas dictaduras. Peor aún, el proyecto, tal como está, no puede sino reforzar a las dictaduras de la orilla sur.
2. Dictadores corruptos sin ninguna legitimidad electoral y con un balance catastrófico, como Mubarak, Bel Ali y Assad, se han apresurado a acudir a París para encontrar allí la legitimidad internacional y un apoyo diplomático y en materia de seguridad contra sus adversarios, entre ellos, los demócratas y los activistas de los derechos humanos.
A los tunecinos no les gustaron la visita que Sarkozy hizo a Ben Ali en junio ni su discurso ditirámbico sobre los logros de la dictadura…, sobre todo en cuanto al progreso de las libertades. El presidente francés expresó en voz alta lo que piensan muchos líderes occidentales: a cambio de vuestra lucha contra el islamismo, se os perdona todo, incluida vuestra lucha contra la democracia.
En 2009, el dictador se dispone a ser “elegido” por quinta vez, con el 90% de los votos. El establecimiento de la secretaría de la UM en Túnez habría sido un regalo espléndido. Pero qué símbolo tan negativo habría sido la apertura de esa sede en una ciudad en la que han desaparecido todas las libertades públicas y privadas. Por lo visto, el intento era demasiado burdo y la resistencia demasiado firme, y Ben Ali tuvo que regresar de París de vacío y furioso.
3. Los jefes de Estado árabes firmantes no se han consultado más que a sí mismos al respecto, como en todas las demás cosas. Como son presidentes vitalicios, autoelegidos y, por tanto, ilegítimos, no cuentan más que consigo mismos, y no con nuestras poblaciones.
¿Qué posibilidades de sobrevivir tiene, en estas condiciones, esta nueva estructura, aparte de una serie de colaboraciones entre vagas burocracias policiales? En el mejor de los casos, pocas; en el peor, ninguna…, salvo si…
Si se recupera el espíritu de Barcelona, en el que la promoción de la democracia y los derechos humanos en la orilla sur eran las condiciones indispensables de la cooperación entre Estados… Si se convirtiera en un asunto de sociedades civiles que organicen sus propias relaciones internacionales y sus propias políticas de acercamiento, ¡eso sí que sería un logro!
Hay que ser muy conscientes de que una agrupación así sería la única unión política existente de tipo multicultural, y que ésa sería la mejor prueba de lo estúpida que es la teoría del choque “inevitable” de civilizaciones. Sólo por eso, ya valdría la pena que todos nos comprometamos a contribuir a hacerla realidad: un regalo maravilloso que podremos hacer a las generaciones futuras.
>La Unión del Mediterráneo… sí, pero…
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Los motivos del presidente Sarkozy para querer que la Unión del Mediterráneo (UM) viera la luz el 13 de julio de 2008 son complejos. Se le puede achacar tanto una voluntad de poder personal como el deseo de que Europa sostenga a la orilla sur del mar común para que tenga más peso en el nuevo despliegue de fuerza inevitable tras la aparición de socios como China, India y Brasil.
Dicho esto, no cabe duda de que se trata de un proyecto que, si triunfa, sería un paso adelante gigantesco en la construcción de un mundo más estable y más justo. El problema es que no todos los buenos proyectos son posibles o realizables. La UM es una de esas buenas-malas ideas cuyo resplandor exterior oculta un interior hueco.
En todo matrimonio, de amor o de conveniencia, el consentimiento de las dos partes es la base fundamental. Lo mismo ocurre con las uniones políticas. Cuando se trata de estructuras de cooperación a gran escala y de larga duración histórica, estas uniones no pueden funcionar sin el consentimiento y la participación de los pueblos.
Pues bien, los pueblos de la orilla norte no han mostrado más que un gran desinterés por el proyecto de Sarkozy. Y los de la orilla sur parecen rechazarlo por completo. Los foros del sitio aljazeera.net, los debates en los periódicos y las cadenas por satélite muestran un rechazo unánime por motivos, a veces, contrarios.
La corriente de identidad islamo-nacionalista, hoy predominante en el mundo árabe, ve con malos ojos un proyecto al que se acusa de querer sustituir a los proyectos estancados -pero todavía ardientemente deseados- de una Unión del Magreb árabe, es decir, islámica. Todavía más criticable le parece el hecho de que obligaría a los árabes a vivir bajo el mismo techo que Israel y constituiría una forma de obtener el reconocimiento árabe del Estado judío sin que éste hubiera cedido nada respecto a los derechos inalienables del pueblo palestino.
La corriente laica y democrática tiene aún más reservas, pero por motivos totalmente diferentes. Sus reparos destacan varios puntos clave.
1. La historia nos enseña de forma irrefutable que sólo es posible fraguar uniones políticas viables entre democracias. El derrumbamiento de uniones creadas por dictaduras como la URSS y Yugoslavia, el dinamismo de la Unión India y la Unión Europea, para no hablar de Estados Unidos, son pruebas de la validez de esa ley. Sin embargo, la UM pretende unir las primeras democracias del planeta con sus últimas dictaduras. Peor aún, el proyecto, tal como está, no puede sino reforzar a las dictaduras de la orilla sur.
2. Dictadores corruptos sin ninguna legitimidad electoral y con un balance catastrófico, como Mubarak, Bel Ali y Assad, se han apresurado a acudir a París para encontrar allí la legitimidad internacional y un apoyo diplomático y en materia de seguridad contra sus adversarios, entre ellos, los demócratas y los activistas de los derechos humanos.
A los tunecinos no les gustaron la visita que Sarkozy hizo a Ben Ali en junio ni su discurso ditirámbico sobre los logros de la dictadura…, sobre todo en cuanto al progreso de las libertades. El presidente francés expresó en voz alta lo que piensan muchos líderes occidentales: a cambio de vuestra lucha contra el islamismo, se os perdona todo, incluida vuestra lucha contra la democracia.
En 2009, el dictador se dispone a ser “elegido” por quinta vez, con el 90% de los votos. El establecimiento de la secretaría de la UM en Túnez habría sido un regalo espléndido. Pero qué símbolo tan negativo habría sido la apertura de esa sede en una ciudad en la que han desaparecido todas las libertades públicas y privadas. Por lo visto, el intento era demasiado burdo y la resistencia demasiado firme, y Ben Ali tuvo que regresar de París de vacío y furioso.
3. Los jefes de Estado árabes firmantes no se han consultado más que a sí mismos al respecto, como en todas las demás cosas. Como son presidentes vitalicios, autoelegidos y, por tanto, ilegítimos, no cuentan más que consigo mismos, y no con nuestras poblaciones.
¿Qué posibilidades de sobrevivir tiene, en estas condiciones, esta nueva estructura, aparte de una serie de colaboraciones entre vagas burocracias policiales? En el mejor de los casos, pocas; en el peor, ninguna…, salvo si…
Si se recupera el espíritu de Barcelona, en el que la promoción de la democracia y los derechos humanos en la orilla sur eran las condiciones indispensables de la cooperación entre Estados… Si se convirtiera en un asunto de sociedades civiles que organicen sus propias relaciones internacionales y sus propias políticas de acercamiento, ¡eso sí que sería un logro!
Hay que ser muy conscientes de que una agrupación así sería la única unión política existente de tipo multicultural, y que ésa sería la mejor prueba de lo estúpida que es la teoría del choque “inevitable” de civilizaciones. Sólo por eso, ya valdría la pena que todos nos comprometamos a contribuir a hacerla realidad: un regalo maravilloso que podremos hacer a las generaciones futuras.
¿El fin de las guerras en el Mediterráneo?
Somos muchos los convencidos de que la creación de un Estado palestino independiente que reconociese a Israel sería clave para resolver muchos de los conflictos entre los países ribereños del Mediterráneo. Por eso es positivo que este asunto estuviera muy presente en la reciente reunión organizada en París por Nicolas Sarkozy de casi todos los jefes de Estado y de Gobierno de los países mediterráneos y de la Unión Europea. Como también fue positiva la presencia de Turquía en esa cumbre, celebrada en la víspera del 14 de julio, y ello pese a todas las conocidas reticencias de Sarkozy sobre el ingreso futuro de ese país en la Unión Europea.
Sin embargo, es posible ir más allá. Hace varios años que palestinos e israelíes parecen estar a punto de encontrar una solución al conflicto, pero sus intentos fracasan una y otra vez, y, sin duda, el actual debilitamiento de la Autoridad Palestina y la fuerza electoral de Hamás complican aún más la situación. De modo que, sin llegar a pensar en sustituir a Estados Unidos en la búsqueda de una solución al conflicto israelo-palestino, la Unión Europea puede y debe hacer más en este asunto. Europa se ha visto reducida en el curso de los últimos años a una impotencia difícilmente compatible con el activo papel que ha desempeñado en la aportación de recursos financieros a la zona, en particular para paliar los sufrimientos de los palestinos. Por esta última y por otras razones, creo que Europa podría llegar a ser un garante colectivo de la formación de un Estado palestino independiente.
En el momento actual, la hegemonía y la influencia de Estados Unidos están, como consecuencia de la guerra de Irak, en claro retroceso en Oriente Próximo, lo que dificulta cualquier nuevo acuerdo entre Israel y los palestinos. Y por otro lado, cada día es más difícil saber lo que designa la palabra “palestinos”. ¿Hamás o la Autoridad Palestina?
Si es cierto que no resulta fácil imaginar qué podría empujar a los palestinos a unirse para defender una solución precisa y viable, no lo es menos que la intervención del conjunto de los países mediterráneos podría cambiar las cosas. Puede que ésta fuera la idea de varios de los participantes en la cumbre de París, entre ellos Nicolas Sarkozy y Hosni Mubarak. Y de ser así podría producirse una situación completamente nueva, en la que, mientras un Estados Unidos en plena transición presidencial se ocupa de elaborar su nueva política, se alcanzase un principio de acuerdo que reflejase lo que han venido anunciando diferentes interlocutores. Ese acuerdo podría dibujar dos etapas correspondientes a una duración de seis meses y otra de dos años a partir de hoy.
Si es evidente que las partes implicadas no pueden ponerse de acuerdo, si también lo es que Estados Unidos ya no tiene capacidad para imponer o promover una solución, ¿no le corresponde ahora no tanto a Europa como a un conjunto más amplio -formado por países miembros de la Unión Europea y por otros países mediterráneos- servir de garantía y apoyo a unas negociaciones cada vez más indispensables, en particular para los palestinos, divididos, hambrientos y sometidos a la presión siempre creciente de Israel?
Al menos, tenemos derecho a formular esta hipótesis. Y en este sentido, es a todas luces necesario incluir a Siria en una negociación de conjunto, aunque las opiniones sobre el dictador sirio sean muy negativas en todos los países.
Por otra parte, las señales que nos han llegado en los últimos tiempos sobre la posibilidad de que Estados Unidos cambie su política respecto a Irán pueden anunciar el comienzo de la solución de uno de los aspectos más peligrosos de la situación en Oriente Próximo. Dados los vínculos de Hamás y Hezbolá con Irán, un preacuerdo entre Washington y Teherán podría favorecer de modo decisivo la formación de un amplio grupo de apoyo a todos los intentos de acuerdo y de paz, es decir, los intentos que aspiran a la construcción de un Estado nacional palestino.
Si estas hipótesis fuesen confirmadas durante los próximos meses, habría que reconocer el éxito de la iniciativa impulsada por Nicolas Sarkozy, y cuyo primer logro, la realidad del encuentro en París entre países europeos y mediterráneos, ha demostrado que se pueden hacer más cosas de las que se pensaban.
En todo caso, es difícil negar que en un momento en el que hasta los más optimistas se desanimaban y en el que ya nadie osaba imaginar una solución al problema del que dependen todos los demás, el de las relaciones entre Israel y los palestinos, la situación ha vuelto a evolucionar.
>¿El fin de las guerras en el Mediterráneo?
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Somos muchos los convencidos de que la creación de un Estado palestino independiente que reconociese a Israel sería clave para resolver muchos de los conflictos entre los países ribereños del Mediterráneo. Por eso es positivo que este asunto estuviera muy presente en la reciente reunión organizada en París por Nicolas Sarkozy de casi todos los jefes de Estado y de Gobierno de los países mediterráneos y de la Unión Europea. Como también fue positiva la presencia de Turquía en esa cumbre, celebrada en la víspera del 14 de julio, y ello pese a todas las conocidas reticencias de Sarkozy sobre el ingreso futuro de ese país en la Unión Europea.
Sin embargo, es posible ir más allá. Hace varios años que palestinos e israelíes parecen estar a punto de encontrar una solución al conflicto, pero sus intentos fracasan una y otra vez, y, sin duda, el actual debilitamiento de la Autoridad Palestina y la fuerza electoral de Hamás complican aún más la situación. De modo que, sin llegar a pensar en sustituir a Estados Unidos en la búsqueda de una solución al conflicto israelo-palestino, la Unión Europea puede y debe hacer más en este asunto. Europa se ha visto reducida en el curso de los últimos años a una impotencia difícilmente compatible con el activo papel que ha desempeñado en la aportación de recursos financieros a la zona, en particular para paliar los sufrimientos de los palestinos. Por esta última y por otras razones, creo que Europa podría llegar a ser un garante colectivo de la formación de un Estado palestino independiente.
En el momento actual, la hegemonía y la influencia de Estados Unidos están, como consecuencia de la guerra de Irak, en claro retroceso en Oriente Próximo, lo que dificulta cualquier nuevo acuerdo entre Israel y los palestinos. Y por otro lado, cada día es más difícil saber lo que designa la palabra “palestinos”. ¿Hamás o la Autoridad Palestina?
Si es cierto que no resulta fácil imaginar qué podría empujar a los palestinos a unirse para defender una solución precisa y viable, no lo es menos que la intervención del conjunto de los países mediterráneos podría cambiar las cosas. Puede que ésta fuera la idea de varios de los participantes en la cumbre de París, entre ellos Nicolas Sarkozy y Hosni Mubarak. Y de ser así podría producirse una situación completamente nueva, en la que, mientras un Estados Unidos en plena transición presidencial se ocupa de elaborar su nueva política, se alcanzase un principio de acuerdo que reflejase lo que han venido anunciando diferentes interlocutores. Ese acuerdo podría dibujar dos etapas correspondientes a una duración de seis meses y otra de dos años a partir de hoy.
Si es evidente que las partes implicadas no pueden ponerse de acuerdo, si también lo es que Estados Unidos ya no tiene capacidad para imponer o promover una solución, ¿no le corresponde ahora no tanto a Europa como a un conjunto más amplio -formado por países miembros de la Unión Europea y por otros países mediterráneos- servir de garantía y apoyo a unas negociaciones cada vez más indispensables, en particular para los palestinos, divididos, hambrientos y sometidos a la presión siempre creciente de Israel?
Al menos, tenemos derecho a formular esta hipótesis. Y en este sentido, es a todas luces necesario incluir a Siria en una negociación de conjunto, aunque las opiniones sobre el dictador sirio sean muy negativas en todos los países.
Por otra parte, las señales que nos han llegado en los últimos tiempos sobre la posibilidad de que Estados Unidos cambie su política respecto a Irán pueden anunciar el comienzo de la solución de uno de los aspectos más peligrosos de la situación en Oriente Próximo. Dados los vínculos de Hamás y Hezbolá con Irán, un preacuerdo entre Washington y Teherán podría favorecer de modo decisivo la formación de un amplio grupo de apoyo a todos los intentos de acuerdo y de paz, es decir, los intentos que aspiran a la construcción de un Estado nacional palestino.
Si estas hipótesis fuesen confirmadas durante los próximos meses, habría que reconocer el éxito de la iniciativa impulsada por Nicolas Sarkozy, y cuyo primer logro, la realidad del encuentro en París entre países europeos y mediterráneos, ha demostrado que se pueden hacer más cosas de las que se pensaban.
En todo caso, es difícil negar que en un momento en el que hasta los más optimistas se desanimaban y en el que ya nadie osaba imaginar una solución al problema del que dependen todos los demás, el de las relaciones entre Israel y los palestinos, la situación ha vuelto a evolucionar.
El Mediterráneo, ¿al día?
Cuarenta y dos jefes de Estado y de Gobierno de toda la ribera mediterránea presentes en la cumbre de París; proclamación del nacimiento de la Unión por el Mediterráneo (UPM); propuesta de seis proyectos de cooperación concretos aprobados por unanimidad y de un acuerdo sobre el establecimiento en Oriente Próximo de “una zona exenta de armas de destrucción masiva, nucleares, químicas y biológicas” para lograr “un espacio de paz y estabilidad en el Mediterráneo” y condena del “terrorismo bajo todas sus formas y en todas sus manifestaciones”; compromiso de los presidentes de Siria y el Líbano de restablecer plenas relaciones diplomáticas, y, por fin, seguimiento de los contactos entre Israel y Siria a través de Turquía. ¡Éxito!
Lo dice sin vacilar uno de los principales comparsas del encuentro: para Hosni Mubarak, presidente democrático de Egipto y copresidente de la reunión, es un “paso de gigante” que abre “una nueva página en la cooperación euromediterránea”, y este nuevo marco llevará “más paz y más estabilidad”. Según Manuel Barroso, siempre contento, la UPM abre la vía a “una auténtica integración regional” y pone el Mediterráneo en el centro de la geopolítica europea. Nada menos. Y para el Sarkozy de siempre, cuya visión superlativa de lo que él mismo propone es legendaria y nunca desmentida, se trata de un éxito total: “Todos lo habíamos soñado. Ahora la UPM es una realidad”. Por favor.
Pero ahora que las trompetas mediáticas se han acallado, ¿qué hay más allá de esta retórica casi rococó sobre el pobre Mediterráneo? Primero, los proyectos: descontaminar el Mediterráneo; desarrollar las llamadas autopistas del mar para facilitar los intercambios comerciales e “incrementar el flujo y la libertad de circulación de las personas”; poner en marcha un programa común de protección civil en contra de las catástrofes naturales; un plan de desarrollo de la energía solar; crear una universidad euromediterránea en Portoroz (Eslovenia) y desarrollar los intercambios de estudiantes en la región (Erasmus euromediterráneo); finalmente, una iniciativa mediterránea de desarrollo de las empresas, abanderada por España e Italia, y que consiste en planes de ayuda a las pymes. Pero ¿no existe esto en los programas de la UE?
TODO ESO parece mucho, pero en la práctica es más complejo, pues los proyectos son vagos, limitados en su alcance y de poco efecto sobre los retos actuales de los países del sur del Mediterráneo. Hay una imprecisión total en cuanto a los medios de financiación. Aunque Sarkozy y Hosni Mubarak coinciden en decir que “no falta dinero” y que “el problema no es de financiación, sino de confianza y estabilidad”, la Unión Europea ha dejado claro que no financiará más que algunos de estos proyectos, iniciados hace años, como el plan solar, la lucha en contra de la contaminación y el plan de ayuda a las pymes, y solo de manera limitada.
¿Quién va a financiar estos proyectos en su conjunto? El sector privado, dice Sarkozy. Pero ¿por qué este sector no ha movido el dedo hasta la fecha y por qué va a cambiar de papel? Esperamos la repuesta, que, según los augurios, vendrá con la próxima reunión del secretariado permanente de la UPM.
En realidad, hemos asistido a una demostración diplomática en torno a un proyecto desgraciadamente confuso y vacío de contenido. La UPM evita con cautela los graves problemas que se plantean al Mediterráneo hoy en día. No contesta a los grandes retos, que son:
1) La paz en Oriente Próximo: a pesar de los compromisos retóricos, la UPM no lleva soluciones o adelantos, porque tanto los israelís como los árabes saben que todo depende de los Estados Unidos y nada se podrá hacer antes de la llegada de la nueva Administración.
2) La organización de la circulación migratoria, queja permanente del Sur y más estancada que nunca con la adopción por el Parlamento Europeo de la directiva de retorno.
3) Por fin, el desarrollo económico, social y democrático de los países de la ribera sur: todo el mundo sabe que la situación actual es muy crítica. Si las inversiones privadas, aunque ridículamente escasas, han aumentado estos últimos años es porque proceden de los países árabes del Golfo o de los países asiáticos. Además, se centran en Oriente Próximo y se relacionan con sectores poco creadores de empleo. De manera general, Europa invierte en los países del sur del Mediterráneo menos del 5% de sus inversiones directas en el extranjero (IDE) mundiales. La señora Merkel lo dijo: nada se cambiará en este marco. Y no hablemos de la situación social y política en el sur: sin democracia, no habrá desarrollo.
EN REALIDAD, esta demostración mediática aparece como el resultado forzado de una iniciativa improvisada, sin coherencia estratégica y que desemboca en una cortina de humo para esconder el fracaso de la primera versión de la iniciativa francesa, pues Sarkozy quería una UPM para arrinconar a Turquía en la esquina de la UE y, a la vez, dar a los países árabes la impresión de que Francia se ocupa de ellos en el contexto de la ampliación al este. Pero ni los alemanes, ni los españoles, ni los italianos aceptaron entrar en el juego. Es muy fácil decir que el proceso de Barcelona ha fallecido cuando los países más importantes de Europa –Francia, Alemania y el Reino Unido–, que nunca hicieron nada para que este proceso tuviera una proyección más amplia, dan finalmente el visto bueno para una ¡Unión por el Mediterráneo en el contexto de los Acuerdos de Barcelona! Y dejaron en el aire la articulación jurídica entre dicha unión y la UE. Esperemos que, sin embargo, se concrete en algo, pues lo necesita el Mediterráneo. Aun así, los escépticos pueden volver a leer la magnífica obra de teatro de Shakespeare Much ado for nothing (Mucho ruido y pocas nueces).
>El Mediterráneo, ¿al día?
>
Cuarenta y dos jefes de Estado y de Gobierno de toda la ribera mediterránea presentes en la cumbre de París; proclamación del nacimiento de la Unión por el Mediterráneo (UPM); propuesta de seis proyectos de cooperación concretos aprobados por unanimidad y de un acuerdo sobre el establecimiento en Oriente Próximo de “una zona exenta de armas de destrucción masiva, nucleares, químicas y biológicas” para lograr “un espacio de paz y estabilidad en el Mediterráneo” y condena del “terrorismo bajo todas sus formas y en todas sus manifestaciones”; compromiso de los presidentes de Siria y el Líbano de restablecer plenas relaciones diplomáticas, y, por fin, seguimiento de los contactos entre Israel y Siria a través de Turquía. ¡Éxito!
Lo dice sin vacilar uno de los principales comparsas del encuentro: para Hosni Mubarak, presidente democrático de Egipto y copresidente de la reunión, es un “paso de gigante” que abre “una nueva página en la cooperación euromediterránea”, y este nuevo marco llevará “más paz y más estabilidad”. Según Manuel Barroso, siempre contento, la UPM abre la vía a “una auténtica integración regional” y pone el Mediterráneo en el centro de la geopolítica europea. Nada menos. Y para el Sarkozy de siempre, cuya visión superlativa de lo que él mismo propone es legendaria y nunca desmentida, se trata de un éxito total: “Todos lo habíamos soñado. Ahora la UPM es una realidad”. Por favor.
Pero ahora que las trompetas mediáticas se han acallado, ¿qué hay más allá de esta retórica casi rococó sobre el pobre Mediterráneo? Primero, los proyectos: descontaminar el Mediterráneo; desarrollar las llamadas autopistas del mar para facilitar los intercambios comerciales e “incrementar el flujo y la libertad de circulación de las personas”; poner en marcha un programa común de protección civil en contra de las catástrofes naturales; un plan de desarrollo de la energía solar; crear una universidad euromediterránea en Portoroz (Eslovenia) y desarrollar los intercambios de estudiantes en la región (Erasmus euromediterráneo); finalmente, una iniciativa mediterránea de desarrollo de las empresas, abanderada por España e Italia, y que consiste en planes de ayuda a las pymes. Pero ¿no existe esto en los programas de la UE?
TODO ESO parece mucho, pero en la práctica es más complejo, pues los proyectos son vagos, limitados en su alcance y de poco efecto sobre los retos actuales de los países del sur del Mediterráneo. Hay una imprecisión total en cuanto a los medios de financiación. Aunque Sarkozy y Hosni Mubarak coinciden en decir que “no falta dinero” y que “el problema no es de financiación, sino de confianza y estabilidad”, la Unión Europea ha dejado claro que no financiará más que algunos de estos proyectos, iniciados hace años, como el plan solar, la lucha en contra de la contaminación y el plan de ayuda a las pymes, y solo de manera limitada.
¿Quién va a financiar estos proyectos en su conjunto? El sector privado, dice Sarkozy. Pero ¿por qué este sector no ha movido el dedo hasta la fecha y por qué va a cambiar de papel? Esperamos la repuesta, que, según los augurios, vendrá con la próxima reunión del secretariado permanente de la UPM.
En realidad, hemos asistido a una demostración diplomática en torno a un proyecto desgraciadamente confuso y vacío de contenido. La UPM evita con cautela los graves problemas que se plantean al Mediterráneo hoy en día. No contesta a los grandes retos, que son:
1) La paz en Oriente Próximo: a pesar de los compromisos retóricos, la UPM no lleva soluciones o adelantos, porque tanto los israelís como los árabes saben que todo depende de los Estados Unidos y nada se podrá hacer antes de la llegada de la nueva Administración.
2) La organización de la circulación migratoria, queja permanente del Sur y más estancada que nunca con la adopción por el Parlamento Europeo de la directiva de retorno.
3) Por fin, el desarrollo económico, social y democrático de los países de la ribera sur: todo el mundo sabe que la situación actual es muy crítica. Si las inversiones privadas, aunque ridículamente escasas, han aumentado estos últimos años es porque proceden de los países árabes del Golfo o de los países asiáticos. Además, se centran en Oriente Próximo y se relacionan con sectores poco creadores de empleo. De manera general, Europa invierte en los países del sur del Mediterráneo menos del 5% de sus inversiones directas en el extranjero (IDE) mundiales. La señora Merkel lo dijo: nada se cambiará en este marco. Y no hablemos de la situación social y política en el sur: sin democracia, no habrá desarrollo.
EN REALIDAD, esta demostración mediática aparece como el resultado forzado de una iniciativa improvisada, sin coherencia estratégica y que desemboca en una cortina de humo para esconder el fracaso de la primera versión de la iniciativa francesa, pues Sarkozy quería una UPM para arrinconar a Turquía en la esquina de la UE y, a la vez, dar a los países árabes la impresión de que Francia se ocupa de ellos en el contexto de la ampliación al este. Pero ni los alemanes, ni los españoles, ni los italianos aceptaron entrar en el juego. Es muy fácil decir que el proceso de Barcelona ha fallecido cuando los países más importantes de Europa –Francia, Alemania y el Reino Unido–, que nunca hicieron nada para que este proceso tuviera una proyección más amplia, dan finalmente el visto bueno para una ¡Unión por el Mediterráneo en el contexto de los Acuerdos de Barcelona! Y dejaron en el aire la articulación jurídica entre dicha unión y la UE. Esperemos que, sin embargo, se concrete en algo, pues lo necesita el Mediterráneo. Aun así, los escépticos pueden volver a leer la magnífica obra de teatro de Shakespeare Much ado for nothing (Mucho ruido y pocas nueces).
Mediterráneo, ‘déjà vu’
El empeño de Nicolas Sarkozy por revolucionar las relaciones con nuestros vecinos del sur y del este del Mediterráneo se ha convertido en uno de los temas estrella de este año. A lo largo de estos últimos meses se ha debatido mucho sobre las motivaciones del presidente francés al lanzar esta iniciativa, sobre los puntos fuertes y débiles de su propuesta, y sobre qué países acudían o se ausentaban de la cumbre celebrada en París el pasado domingo, 13 de julio.
A esa cumbre se llegó con la intención declarada de dar un nuevo aliento al Proceso de Barcelona, tan criticado al principio por el presidente francés y tan defendido por la diplomacia española y alemana. Ahora ha llegado el momento de preguntarnos si se consiguió este objetivo, en otras palabras, si la cumbre fue un éxito.
Lo fue en parte. Reunir a 43 líderes del espacio euromediterráneo constituye en sí un éxito y un claro golpe de efecto. Sin embargo, el documento aprobado en la cumbre de París no va mucho más lejos de lo que se ha venido adoptando en el marco del Proceso de Barcelona y, especialmente, de la declaración fundacional de 1995. La declaración de París no es ni más ambiciosa ni más detallada que la de Barcelona; simplemente, incorpora temas consolidados en años anteriores y añade algún aspecto nuevo en materia de flexibilidad y, sobre todo, de estructura institucional. Tal constatación no es una crítica a lo conseguido en 2008 -seguramente, era difícil avanzar más-, pero sí un elogioso reconocimiento de lo que se logró en 1995.
Los seis proyectos en ámbitos como infraestructuras, educación superior, medio ambiente, energía, inversiones o protección civil aprobados en París, tampoco suponen un salto cualitativo. Por un lado, porque algunos ya estaban en funcionamiento o se hubieran podido desarrollar en el marco tradicional del Proceso de Barcelona; por otro, porque no abordan aspectos mucho más fundamentales para el desarrollo humano como la educación primaria y secundaria, el desarrollo rural, la seguridad alimentaria o la sanidad.
Finalmente, tenemos la dimensión institucional. Ahí sí que se han producido algunos avances sustanciales, aunque pendientes de concreción en la conferencia de ministros de Asuntos Exteriores que se reunirá en Marsella el próximo noviembre. Los cambios introducidos (cumbres regulares, secretariado, co-presidencia y comité permanente de altos funcionarios) van en la dirección de alcanzar cuatro objetivos: más visibilidad, más impulso político, más igualdad entre norte y sur, y mayor agilidad en la toma de decisiones.
La puesta en marcha de estas estructuras no será sencilla -deberá vencer egoísmos nacionales y enemistades seculares-, pero supone un paso en la buena dirección. Con todo, tales innovaciones podrían haberse producido en el marco tradicional de Barcelona sin necesidad de cambiar el nombre del proyecto ni provocar el revuelo de estos meses.
Así pues, el principal fruto del encuentro parisiense del pasado domingo no son ni la declaración política, ni la renovada estructura institucional, ni los seis proyectos. El principal éxito son los encuentros que esta cumbre propició -entre los presidentes de Siria y el Líbano, entre Abbas y Olmert- y, sobre todo, las negociaciones que de manera indirecta prosiguen Tel Aviv y Damasco. Una vez más, se ha puesto de relieve que la principal contribución del diálogo euromediterráneo, también en la etapa que ahora empieza, es reunir a enemigos a priori irreconciliables. En este punto, cabe reconocer la dedicación y perseverancia de la diplomacia francesa, ayudada por el trabajo que Turquía lleva haciendo por acercar posiciones entre sirios e israelíes.
En suma, la cumbre de París tiene algo de déjà vu. Porque ni hay tantos cambios, ni los que se han realizado tendrán un impacto tan significativo. Porque se presentan como nuevos proyectos algunos que ya están en marcha. Porque hay grandes declaraciones, pero sin compromisos financieros firmes. Y, sobre todo, porque el mayor éxito de la cumbre de París es lo que el Proceso de Barcelona viene cosechando desde su creación: reunir de forma regular a Israel y a sus vecinos árabes alrededor de una misma mesa. Aunque sin duda el particular estilo de Sarkozy y la grandeur de la diplomacia francesa han conferido a esta cumbre un lustre especial.
Cabe esperar que en los próximos meses no se produzca otro déjà vu. Es decir, que tal y como sucedió en 1995, el entusiasmo inicial venga seguido de la frustración. En esta ocasión, sería especialmente grave, porque el revuelo causado por Sarkozy ha hecho que las expectativas generadas en ambas orillas del Mediterráneo sean hoy más elevadas todavía. Para romper ese círculo vicioso necesitaremos voluntad política, creatividad y generosidad.
En 2010 se celebrarán 15 años de la primera conferencia euromediterránea de Barcelona y España asumirá la presidencia de la UE. Qué mejor oportunidad para que nuestro país recupere protagonismo y capacidad de propuesta, para que se aprueben proyectos que incidan en el desarrollo humano y para que se consolide la estructura institucional que se ha adoptado en París.
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