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>Relaciones internacionales del Golfo: intereses, alianzas, dilemas y paradojas

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Por Haizam Amirah Fernández, investigador principal de Mediterráneo y Mundo Árabe del Real Instituto Elcano (REAL INSTITUTO ELCANO, 08/03/11):
Tema: La política exterior de los países del Golfo tiene como ejes centrales la seguridad y la intervención de potencias externas.
Resumen: La fuerte dependencia del sistema internacional de los recursos energéticos del Golfo ha condicionado sus relaciones internacionales, dotándolas de un alto grado de complejidad, unas alianzas para defender o cuestionar el statu quo y unos dilemas de seguridad que, con frecuencia, generan paradojas y contradicciones. Los países árabes del Golfo –y en su momento el Irán del Shah– han optado por externalizar su seguridad mediante el recurso a la protección de potencias externas, principalmente EEUU, abriendo así las puertas a la presencia militar extranjera en la región. Una paradoja es que esos lazos de dependencia externos minan la legitimidad interna de las petromonarquías y fomentan movimientos de oposición local.
Análisis: El mundo que conocemos no sería el mismo sin los ocho países que asoman al golfo Pérsico. El modelo de desarrollo basado en los hidrocarburos sería inconcebible sin los recursos extraídos durante cerca de un siglo de la región que abarca Arabia Saudí, Bahrein, Emiratos Árabes Unidos (EAU), Irak, Irán, Kuwait, Omán y Qatar. Tampoco podría mantenerse sin sus depósitos de petróleo y gas natural. Con unas reservas probadas de petróleo cercanas a los 750.000 millones de barriles (equivalentes a más del 60% del total mundial) y más del 40% del total de reservas mundiales de gas natural, estos ocho países son la principal fuente de energía del mundo. A través de la única puerta de salida del Golfo, el estrecho de Ormuz, pasa aproximadamente el 40% del comercio marítimo mundial de petróleo y el 25% del consumo mundial diario.
Las enormes transformaciones vividas por estos países en los últimos años debido al rápido desarrollo económico y de sus infraestructuras, así como a los cambios sociales y culturales provocados por la globalización y el uso de las nuevas tecnologías, influyen en sus relaciones internacionales. Más allá de los hidrocarburos, la importancia del Golfo ha aumentado con la aparición de grandes centros financieros y de comercio internacional, así como por su capacidad inversora y la creciente presencia de potencias emergentes (China y la India). A lo que hay que añadir el auge del poder regional de Irán tras el derrocamiento de Saddam Husein y las tensiones que sus ambiciones regionales generan, sobre todo con EEUU e Israel.
La fuerte dependencia del sistema internacional de los recursos del Golfo ha condicionado sus relaciones internacionales, dotándolas de un alto grado de complejidad, unas alianzas para defender o cuestionar el statu quo y unos dilemas de seguridad que, con frecuencia, generan paradojas y contradicciones.
Relaciones centradas en la seguridad
Las relaciones internacionales del Golfo tienen, entre otras características, el que están centradas en la seguridad. Debido a razones internas, tales como la naturaleza autoritaria de sus sistemas políticos y el carácter rentista de sus economías, como a las rivalidades y tensiones regionales, la política internacional –e interna– de los regímenes del Golfo se ha guiado tradicionalmente por consideraciones condicionadas, en gran medida, por la seguridad. Las potencias internacionales, ya desde los comienzos del Imperio Británico, han dado un valor estratégico a esta región, primero como zona de paso hacia las colonias británicas en la India y, más tarde, tras el descubrimiento del petróleo a principios del siglo XX, como fuente de los cada vez más imprescindibles hidrocarburos.
Un elemento en común de los dirigentes de los países del Golfo, fundamental para explicar sus comportamientos y decisiones, es su objetivo de retener el poder en el frente interno. Por ello, sus cálculos políticos a la hora de establecer alianzas dependen, ante todo, de su percepción de cómo los acontecimientos regionales y los movimientos de sus rivales pueden poner en peligro su propia seguridad y permanencia en el poder. Numerosas decisiones que afectan a las libertades individuales y colectivas y a la distribución de recursos se toman en nombre de la “seguridad nacional”, cuando en realidad se refieren a la “seguridad del régimen” y de sus representantes.
Una historia de intereses, alianzas y consecuencias inesperadas
La presencia británica en el Golfo continuó más allá de su retirada de la India en 1947, llegando a su fin formalmente en 1971. Ese año obtuvieron su independencia los pequeños Estados de Bahrein, EAU y Qatar tras décadas de protectorado británico (Kuwait se había independizado una década antes y Omán dos). Esto dio paso a que las grandes potencias regionales (Arabia Saudí, Irak, Irán) tuvieran más incentivos para competir por una mayor influencia dentro de ese sistema regional tripolar. Las sucesivas crisis del petróleo de los años 70 permitieron a estos países disponer de abundantes recursos para aumentar su proyección regional por distintas vías.
El año 1979 marcó un punto de inflexión en las relaciones internacionales del Golfo Pérsico y su vecindario debido a cinco acontecimientos de gran trascendencia: (1) el triunfo de la Revolución Islámica en Irán y la caída del Shah; (2) la aparición de Saddam Husein como hombre fuerte en Irak; (3) la invasión soviética de Afganistán; (3) el asalto a la Gran Mezquita de La Meca por parte de militantes islamistas contrarios al régimen saudí; y (4) la firma del tratado de paz entre Egipto e Israel. Cada uno de esos acontecimientos supuso un reto para los intereses estratégicos de las grandes potencias del Golfo, alterando los equilibrios regionales y provocando reajustes siempre violentos.
En diciembre de 1979, con el fin de garantizar sus intereses estratégicos, EEUU –con la ayuda de Arabia Saudí, Pakistán y otros países– brindó apoyo a militantes islamistas cuyo objetivo era expulsar al ejército soviético de Afganistán. Sin embargo, la derrota de la Unión Soviética y su posterior colapso no sólo no trajo seguridad para Afganistán y sus vecinos, sino que dejó un Estado fallido en manos de militantes radicales dispuestos a imponer su versión extremista y puritana del islam mediante el uso de la fuerza. Esa misma misión y métodos llevaron consigo de vuelta a sus sociedades miles de muyahidín originarios de países árabes y musulmanes (muchos de ellos de Oriente Medio), contribuyendo al auge del islamismo radical militante. Una consecuencia inesperada del apoyo estadounidense-árabe a esos “luchadores” contra el imperialismo soviético en Afganistán ha sido la propagación de redes transnacionales de ideología yihadista dispuestas a utilizar métodos terroristas contra EEUU y sus aliados y clientes, dentro y fuera de la región.
Unos meses antes, en julio de 1979, Saddam logró consolidar su poder personalista en Irak. Entre sus planes estaba asumir el liderazgo del mundo árabe tras el ostracismo al que fue sometido Egipto por su decisión unilateral de firmar una paz con Israel en marzo de ese año. La riqueza de Irak y las ambiciones megalomaníacas de su líder le llevaron a atacar al vecino Irán pocos meses más tarde. EEUU, al igual que las monarquías del Golfo, sintió sus intereses amenazados por el triunfo de la Revolución Islámica, pero prefirió evitar el enfrentamiento directo con Irán y optó por apoyar a Saddam Husein durante la primera guerra del Golfo (1980-1988). Sin embargo, el fortalecimiento militar de Irak y las ambiciones desmesuradas de su presidente, puestas de manifiesto una vez más con la invasión de Kuwait en agosto de 1990, provocaron la primera gran acción militar de EEUU en el mundo árabe para liberar al pequeño emirato y poner a salvo su petróleo. Como era de esperar, esa no sería la última intervención militar estadounidense en la región.
El golpe de Estado llevado a cabo en Irán en 1953 para derrocar al gobierno del primer ministro Mohamed Mosaddeq, con el apoyo de EEUU y el Reino Unido, aupó al poder al Shah Muhamad Reza Pahlavi con el fin de garantizar los intereses occidentales en ese país. Sin embargo, su régimen recurrió con demasiada frecuencia a métodos violentos contra una población cuyo aguante llegó a su límite a comienzos de 1979, cuando la amplia movilización popular llevó al poder al ayatolá Jomeini. Durante la primera década de la Revolución Islámica –coincidiendo con la guerra Irak-Irán y hasta la muerte de Jomeini– Irán lanzó una campaña ideológica contra las monarquías petroleras árabes y pro-estadounidenses del Golfo.
A esta lista de intervenciones extranjeras para transformar la geopolítica de la región, cuyas consecuencias han generado dinámicas a largo plazo contrarias a las previstas, hay que añadir la invasión de Irak liderada por EEUU en 2003 con el objetivo declarado de llevar la democracia al “Gran Oriente Medio” y erradicar el terrorismo. Más de siete años después, la ocupación militar ha generado mayores focos de inestabilidad en la región y ha dado alas a los movimientos yihadistas cuya narrativa antioccidental se ha visto fortalecida. A día de hoy, no hay signos de que los regímenes árabes vayan a adoptar la democracia de forma voluntaria.
A pesar de la importancia de los lazos económicos y comerciales entre la UE y el Consejo de Cooperación del Golfo (CCG), los países europeos se han limitado a desempeñar un papel secundario en las relaciones internacionales del Golfo que rara vez se ha salido de la línea marcada por Washington. Los intentos de la UE de aplicar una lógica “interregional” a sus relaciones con las petromonarquías como forma de favorecer la estabilidad mediante las reformas políticas y la liberalización económica han tenido escaso éxito. De hecho, las negociaciones para establecer un Área de Libre Comercio, iniciadas en 1990, aún no han dado frutos debido a desacuerdos tanto comerciales como relacionados con las violaciones de los derechos humanos. Los principales países europeos mantienen estrechas relaciones con las monarquías del Golfo, lo que puede explicar sus preferencias por fortalecer las políticas bilaterales frente a las comunitarias. Un ejemplo fue la inauguración por parte de Nicolás Sarkozy en mayo de 2009 de la primera base militar permanente francesa en la región, en Abu Dhabi.
Dilemas de seguridad
El Golfo Pérsico es una región muy dada a los conflictos. Desde 1980 ha sido testigo de tres grandes guerras a escala internacional: la guerra Irak-Irán de 1980-88, la (segunda) guerra del Golfo de 1991 y la invasión anglo-norteamericana de Irak a partir de 2003. Una consecuencia y causa de esa realidad regional es que los principales países del Golfo destinan, desde hace décadas, enormes recursos para dotarse de todo tipo de armamento convencional y mantener unos ejércitos sobredimensionados, tanto por el número de efectivos como por el porcentaje del PIB que se les dedica. Esta realidad, no obstante, en lugar de aumentar la seguridad individual de los países, ha generado un clima de desconfianza mutua constante y ha profundizado las rivalidades entre los vecinos ribereños del Golfo, al tiempo que aumenta la probabilidad de que una disputa menor pueda desencadenar un enfrentamiento bélico no deseado.
En sus esfuerzos por garantizar su seguridad, los regímenes del Golfo se enfrentan a una serie de “dilemas de seguridad” para los cuales no existen soluciones permanentes. El primero consiste en la elección entre invertir en programas que buscan mejorar su capacidad defensiva, a riesgo de que los vecinos se sientan amenazados y decidan hacer lo mismo, o destinar sus recursos a otros fines, aunque eso les haga más vulnerables ante las amenazas externas. Un segundo dilema, asociado al anterior, surge de la elección entre desarrollar fuerzas armadas propias o “contratar” su defensa con las grandes potencias internacionales. Estas dos elecciones generan necesariamente otros dilemas propios de tener que relacionarse a la vez con aliados y adversarios, cuyos papeles pueden cambiar con el tiempo (véase, por ejemplo, la relación de las monarquías árabes del Golfo con Saddam antes y después de 1990). Al mismo tiempo, tienen que optar entre mantener la región lo más inmunizada posible ante las rivalidades y enfrentamientos internacionales o atraer la intervención directa de potencias externas para proporcionarles seguridad.
En la práctica, los países árabes del Golfo –y en su momento el Irán del Shah– han optado por externalizar su seguridad mediante el recurso a la protección de potencias externas, principalmente EEUU, abriendo así las puertas a la presencia militar extranjera en la región. Una paradoja es que esos lazos de dependencia externos minan la legitimidad interna de las petromonarquías y fomentan movimientos de oposición local. Los opositores suelen criticar que sus gobernantes sean incapaces de defender a sus países a pesar de los miles de millones de dólares que dedican anualmente a la compra de armamento. Estos movimientos son vistos por los regímenes locales y las potencias internacionales como amenazas a la estabilidad de la región, por lo que esos propios regímenes no dudan en recurrir a métodos represivos. A su vez, esa espiral de oposición-represión hace que permanezca activa la corriente yihadista violenta, cuyas actividades traspasan las fronteras de sus países de origen (en los atentados del 11-S, 17 de los 19 secuestradores aéreos procedían de países árabes del Golfo).
Las amenazas a la “seguridad del régimen” en los países de Golfo van más allá de los riesgos convencionales asociados al uso de la fuerza militar, e incluyen amenazas de tipo ideológico, ligadas a las identidades transnacionales que existen en la región, de tipo religioso (diversas interpretaciones del islam, algunas opuestas a la versión oficial de cada país) y etnosectario (divisiones entre suníes y chiíes, y entre árabes, kurdos y persas). Dichas identidades han demostrado ser útiles como motores de movilizaciones sociales transfronterizas por parte de dirigentes e ideólogos, lo que genera recelos entre vecinos y maniobras para anticiparse o contraatacar en las luchas ideológicas.
CCG: regionalización a medio gas
El CCG engloba a Arabia Saudí, Bahrein, EAU, Kuwait, Omán y Qatar. Se creó en mayo de 1981 como respuesta de las petromonarquías árabes del Golfo a las ambiciones regionales del Irán revolucionario de Jomeini, así como a la irrupción de la guerra entre Irak e Irán unos meses antes. EE UU patrocinó su puesta en marcha bajo el liderazgo de Arabia Saudí, el país más grande y con mayores recursos de sus seis miembros. De esa forma, Riad se aseguraba el apoyo de sus pequeños vecinos y aumentaba su influencia dentro del sistema regional tripolar frente a Irak e Irán. Sin embargo, las grandes sacudidas ocurridas en la región desde entonces han demostrado las limitaciones del CCG como organización de cooperación regional, dejando patente la preferencia de sus miembros por hacer prevalecer sus relaciones bilaterales con EEUU por encima de cualquier acuerdo regional.
Los países del CCG han optado por no desarrollar un marco regional de cooperación en materia de seguridad, prefiriendo mantener a cambio cierto grado de coordinación en cuanto a percepciones de riesgos y respuestas a éstos. Desde la creación del CCG, la seguridad de sus miembros ha dependido de tres factores: (1) la protección que les proporciona EEUU; (2) la diplomacia que ejercen para evitar y desactivar conflictos; y (3) la creación de alianzas internas. Sin embargo, esos tres niveles reflejan las limitaciones de la organización. A pesar de la necesidad evidente de crear una alianza estratégica, numerosos problemas estructurales han hecho imposible alcanzar ese objetivo. La naturaleza de los regímenes regionales, el temor de los miembros menores del CCG hacia el enorme poder de su socio saudí, así como la desconfianza generalizada de su propia capacidad de autodefensa, han hecho que no existan aún unas políticas comunes dentro del Consejo. Su función es la de acomodar intereses comunes, al tiempo que se preserva la seguridad individual de cada familia gobernante.
Arabia Saudí, país líder del CCG, ha encabezado una política exterior basada en mantener relaciones cordiales con distintos actores, algunos de ellos enfrentados entre sí (por ejemplo, en conflictos inter-árabes o en las negociaciones árabe-israelíes). Para ello, Riad recurre a constantes actos de equilibrio, a una intensa actividad diplomática, así como a la movilización de su enorme poder financiero y sus redes afines basadas en la ideología islamista salafí. Al igual que el resto de sus socios, para Arabia Saudí mantener el statu quo es una forma de garantizar la perpetuación de la familia gobernante en el poder. La pregunta es si esta fórmula será sostenible en el tiempo, a la vista de los crecientes retos a los que se enfrenta la región.
La presencia estadounidense en el Golfo
Ya en 1943 el presidente Franklin D. Roosevelt declaró que “la defensa de Arabia Saudí es vital para la defensa de EEUU”. En esa misma línea de apoyo a sus aliados en el Golfo se expresaron otros presidentes como Truman, Eisenhower y Nixon. Sin embargo, no fue hasta los acontecimientos de 1979 cuando Washington anunció la llamada “doctrina Carter”, por la cual EEUU se decía dispuesto a utilizar la fuerza militar, en caso de necesidad, para defender sus intereses nacionales en el golfo Pérsico. El llamado “corolario Reagan” a dicha doctrina, anunciado a finales de 1981 como consecuencia de la irrupción de la guerra Irak-Irán, establecía que Washington intervendría militarmente para defender Arabia Saudí ante cualquier amenaza, lejana o cercana. De esa forma, EEUU dejaba claro que consideraba el Golfo como un área de importancia vital para sus intereses estratégicos, con todo lo que eso implica diplomática, e incluso, militarmente.
Las crecientes ambiciones estadounidenses tras el fin de la Guerra Fría, junto con la percepción de amenaza terrorista proveniente de Oriente Próximo y el Golfo han llevado a EEUU a una cada vez mayor y más costosa presencia militar en la región, culminando con la invasión y ocupación de Irak en 2003. Hasta entonces, la política estadounidense en la zona se guiaba por una máxima: preservar la estabilidad por encima de todo. Ese apoyo incondicional a regímenes vistos como garantes de la estabilidad ha sido un cheque en blanco para cometer todo tipo de excesos contra sus poblaciones y mantener sistemas autoritarios y profundamente patriarcales, lo que ha distorsionado la evolución sociopolítica natural de estos países y ha generado descontentos entre sus poblaciones. Uno de los primeros damnificados ha sido la imagen de EEUU en el conjunto del mundo árabe-islámico.
Antes de 2003, cualquier ruptura del statu quo regional había sido vista por EEUU como una amenaza que ponía en peligro su dominio. Sin embargo, los neoconservadores en la administración de George W. Bush optaron por alterar el enfoque tradicional con el fin de “rehacer” la región a través de la transformación de sus sistemas políticos. Mediante la guerra preventiva y el cambio de regímenes hostiles, Bush pretendía hacer que toda la zona fuera más favorable a los intereses estadounidenses, aun a riesgo de alterar la estabilidad regional y los equilibrios de fuerzas. El tiempo está demostrando que el enfoque neoconservador ha sido exitoso para conseguir lo contrario de lo esperado.
EEUU ha pasado de utilizar a países de la región durante los años 70 y 80 para proteger sus intereses, a intervenir directamente y de forma repetida a partir de los 90. De esa forma, ha pasado de ser el garante del equilibrio regional desde la distancia a convertirse en el hegemón militar, aunque para ello se haya empantanado en los conflictos de Afganistán e Irak, para los que no encuentra salidas satisfactorias, aunque el presidente Obama trate de recuperar el enfoque tradicional –y, seguramente, obsoleto– de poner la estabilidad por encima de otras consideraciones.
Irán: el vecino incómodo
Los sucesivos líderes de Irán desde tiempos lejanos han considerado que el papel natural que le corresponde a su país es el de hegemón regional. Ese deseo se entremezcla con un sentimiento de inseguridad constante y de sospecha de las intenciones de los demás. Desde el triunfo de la Revolución Islámica, los dirigentes iraníes han tratado de buscar un equilibrio entre la visión revolucionaria de Jomeini y un enfoque pragmático de las relaciones internacionales basado en cálculos políticos y la defensa de los intereses nacionales. Con frecuencia, la búsqueda de ese equilibrio ha producido contradicciones e incoherencias en su política exterior. Donde más pragmatismo ha mostrado, ha sido en sus relaciones con los vecinos de Asia Central, donde su objetivo es preservar un equilibrio estable, y con Rusia y China, con las que mantiene intercambios militares, comerciales y tecnológicos, además de recibir su apoyo diplomático. Algo distinto ocurre en las relaciones de Irán con Oriente Próximo, marcadas por su antagonismo ideológico y su oposición a la existencia del Estado de Israel.
Irán pretende que sus vecinos y los actores externos reconozcan su papel de potencia regional cuya capacidad de influencia va en aumento. Para ello se hace valer de sus recursos energéticos y la concesión de contratos a empresas de potencias emergentes. También presta apoyo a Hezbolá en Líbano y a Hamás en los Territorios Palestinos, vistos por muchos en la región como movimientos de resistencia a la ocupación israelí. Asimismo, Irán prosigue con sus planes para aumentar su capacidad de disuasión ante las amenazas que percibe en su vecindario (despliegue militar estadounidense en Irak y en bases repartidas por el Golfo, tropas de la OTAN en Afganistán, posesión de armas nucleares por parte de Israel, Pakistán, la India, China y Corea del Norte, etc.). Resulta llamativo que la mayoría de las poblaciones de Oriente Medio, incluida la turca, se sientan mucho menos preocupadas por un posible Irán dotado de capacidad nuclear que EEUU o Israel, o que los regímenes que las gobiernan.
Conclusiones: Desde la creación del CCG en 1981, la seguridad de sus miembros ha dependido de tres factores: (1) la protección que les proporciona EEUU; (2) la diplomacia que ejercen para evitar y desactivar conflictos; y (3) la creación de alianzas internas. Sin embargo, esos tres niveles reflejan las limitaciones de la organización. Las enormes transformaciones vividas por estos países en los últimos años debido al rápido desarrollo económico y de sus infraestructuras, así como a los cambios sociales y culturales provocados por la globalización y el uso de las nuevas tecnologías, influyen profundamente en sus relaciones internacionales.
Debido a razones internas, tales como la naturaleza autoritaria de sus sistemas políticos y el carácter rentista de sus economías, como a las rivalidades y tensiones regionales, la política internacional –e interna– de los regímenes del Golfo se ha guiado tradicionalmente por consideraciones condicionadas, en gran medida, por la seguridad. Un elemento en común de los dirigentes de los países del Golfo es su objetivo de retener el poder en el frente interno. Por ello, sus cálculos políticos dependen, ante todo, de su percepción de cómo los acontecimientos regionales y los movimientos de sus rivales pueden poner en peligro su propia seguridad y permanencia en el poder. Numerosas decisiones que afectan a las libertades individuales y colectivas y a la distribución de recursos se toman en nombre de la “seguridad nacional”, cuando en realidad se refieren a la “seguridad del régimen” y de sus representantes.
Parece claro que, mientras no exista la voluntad recíproca para que Irán forme parte de un sistema de seguridad regional autóctono en la región del Golfo, junto a un Irak pacificado, la desconfianza seguirá guiando las políticas de los países vecinos y de las potencias internacionales, con la consiguiente defensa de los intereses de cada uno por separado. De continuar así, los dilemas de seguridad seguirán alimentando posiciones antagónicas en el Golfo y fomentando las mismas dinámicas que en el pasado han llevado a guerras e inestabilidad en esta parte del mundo, imprescindible para el modelo de desarrollo actual y, previsiblemente, futuro.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

marzo 17, 2011 Publicado por | energía, Medio Oriente | Dejar un comentario

>Why the Mideast revolts will help al-Qaeda

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By Michael Scheuer, chief of the CIA’s Osama bin Laden unit from 1996 to 1999 and an adjunct professor of security studies at Georgetown University. He is the author of the new biography Osama bin Laden (THE WASHINGTON POST, 06/03/11):
The rush in the West to proclaim the advance of democracy in the Arab world has led to the propagation of an ill-conceived and dangerous corollary: that the revolts in the Middle East and North Africa also mark the irrelevance of al-Qaeda and other Islamist militant groups.
Al Qaeda Sees History Fly By,” declared the New York Times. “Uprisings Put al Qaeda on Sidelines,” asserted the Wall Street Journal. And Western politicians, academics and even intelligence specialists appear to agree that, with peaceful and pro-democratic change afoot in the Middle East, the world has moved beyond al-Qaeda, leaving Osama bin Laden writhing in the dust.
If only that were true. Since bin Laden declared war against the United States in 1996, al-Qaeda’s main goals have included the destruction of the Arab world’s tyrannies and of Israel. The events of recent weeks only move al-Qaeda closer to those objectives.
Today, the dictatorships of Zine el-Abidine Ben Ali in Tunisia and Hosni Mubarak in Egypt are gone. Yemen’s President Ali Abdullah Saleh is little more than the mayor of his capital city of Sanaa. And Col. Moammar Gaddafi may be on his way out in Libya, unless some knee-jerk U.S.-led intervention saves him by refocusing Libyan and other North African Islamists on what they consider an infidel threat greater than Gaddafi.
As for Israel, the fall of Mubarak – and the unsealing of Egypt’s border with Gaza – pose a security disaster equal to the destruction of Saddam Hussein’s regime in Iraq. Israel’s two anti-Islamist shields to the east and to the west are now history.
All of this amounts to an enormous strategic step forward for al-Qaeda. That these victories have come with virtually no investment of manpower or money by the terrorist network, and with self-defeating applause from the Facebook-obsessed, Twitter-addled West, only makes them all the sweeter for bin Laden.
Peering into the future, the autocrats’ probable successors likewise offer abundant good news for al-Qaeda and kindred groups. In Egypt, Tunisia, Libya, Yemen and any other nation with a U.S.-supported tyranny that sinks in the weeks and months ahead, the role of Islamist groups will become larger – and over time perhaps dominant – if only because the populations in play are almost entirely Muslim and because Islamist groups have the most effective nationwide infrastructures to replace the old guard. And most do and will receive funding, openly or covertly, from always generous donors in Saudi Arabia and other oil-rich Sunni gulf states.
Each new regime is likely to host a more open, religion-friendly environment for speech, assembly and press freedoms than did Mubarak and his ilk. So it will be easier for media-savvy Islamist groups – whether peaceful or militant – to proselytize, publish and foment without immediate threat of arrest and incarceration. Indeed, Washington and its Western allies will dogmatically urge the new governments to maintain such freedoms, even as the Islamists capitalize on them.
The Islamists will follow the formulas for gaining power and then governing that are detailed in the Koran and the Sunnah, the prophet Muhammad’s sayings and traditions. Western experts have long failed to recognize these documents as Islam’s equivalent to the Declaration of Independence, the Constitution and the Federalist Papers. In Egypt, for example, governance based on them would be far more familiar, comfortable and culturally appropriate than anything opposition leader Mohamed El Baradei and his followers could offer.
The blessing of the Arab revolts for al-Qaeda and its allies also can be seen in the opening of prisons across Egypt, Tunisia and Libya. In Egypt alone, the news media are reporting that at least 17,000 prisoners have been freed. Many of those released are not thieves and murderers, but Islamist firebrands that the regimes had jailed to protect their internal security – at times even at the request and with the funding of Washington and its allies. Indeed, many were incarcerated as a result of quiet cooperation between Western and Arab intelligence services; their release is a major setback for these efforts.
So al-Qaeda and like-minded groups are now being replenished by a steady flow of pious, veteran mujaheddin, each of whom will never forget that U.S. and other Western funds helped keep them jailed by Arab tyrants.
The revolts also mean that the United States and its Western allies must take on a far greater share of the counterterrorism operations that they previously conducted with the help of Arab regimes. The days of Mubarak, Saleh, Gaddafi and Ben Ali doing the dirty work for American, European and Israeli counterterrorism efforts are over. Soon it will be U.S. and Western special forces and intelligence services that will be ordered to capture or kill militants in Muslim lands – individuals that our tyrannical friends used to dispose of for us.
How tragic that in the war being waged against the United States by al-Qaeda and its allies precisely because of Washington’s relentless intervention in the Islamic world, the U.S. government will now be forced to intervene even more – or sit on the sidelines and watch al-Qaeda build or expand bases from which to threaten U.S. security.
Of course, open and vociferous participation by Islamists in the demonstrations in Cairo, Tunis, Tripoli and elsewhere would have earned a lethal and Western-supported response from Mubarak, Ben Ali and Gaddafi. So al-Qaeda, the Muslim Brotherhood and other groups simply used a talent that long ago atrophied in the West – the ability to keep their mouths shut. As usual, the West wrongly concluded that silence connotes not strategy, but impotence and irrelevance.
Bin Laden and his peers are counting on the fact that the uprisings’ secular, pro-democracy Facebookers and tweeters – so beloved of reality-averse Western journalists and politicians – are a thin veneer across a deeply pious Arab world. They are confident that these revolts are not about democratic change but about who, in societies where peaceful transfers of power are rare, will fill the vacuum left by the dictators and consolidate power. These men also know that the answer to that question will ultimately come out of the barrel of a Kalashnikov, of which they have many, along with the old tyrants’ weapons stockpiles, on which they are now feasting.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

marzo 11, 2011 Publicado por | Al Qaeda, Medio Oriente | Dejar un comentario

>Los peligros de la estrategia palestina

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Por Shlomo Ben Ami, ex ministro israelí de Asuntos Exteriores y en la actualidad vicepresidente del Centro Internacional Toledo por la Paz. Es autor de Scars of War, Wounds of Peace: The Israeli-Arab Tragedy (Cicatrices de guerra, heridas de paz: la tragedia árabe-israelí.) Traducido del inglés por David Meléndez Tormen (Project Syndicate, 02/02/11):
A estas alturas, todos deberían dar por entendido que las conversaciones entre el presidente palestino Mahmoud Abbas y el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu no pueden producir un acuerdo de paz. Sin embargo, sería erróneo insistir demasiado en las debilidades de los actuales dirigentes, ya que hacerlo supone que con líderes diferentes se podría alcanzar un acuerdo entre israelíes y palestinos a través de negociaciones bilaterales.
Por desgracia, como una reciente filtración de documentos oficiales palestinos demuestra, este no es el caso. La situación es típica de los disonantes ritmos históricos de Oriente Medio. En el pasado, las ofertas de Israel fueron rechazadas por los palestinos; ahora parece que Israel rechazó posiciones palestinas particularmente flexibles. Por supuesto, las personalidades son importantes en la historia, pero el proceso de paz entre israelíes y palestinos ha sido un rehén por décadas de las impersonales fuerzas de la historia.
En efecto, el que no se llegara a un acuerdo en el pasado no fue resultado de la mala fe o una inadecuada capacidad de negociación. Por el contrario, derivó de la incapacidad inherente de cada una de partes de reconciliarse con los requisitos fundamentales que la otra tenía para arribar a una solución. Dejados a nuestra propia suerte, nos hemos mostrado trágicamente incapaces de romper el código genético de nuestra disputa.
Abbas, pues, tiene derecho a optar por un nuevo paradigma de paz, pero su plan de declaración unilateral de independencia palestina podría ser la opción equivocada. Espera que una declaración unilateral, aunque reconocida por la comunidad internacional, de un Estado palestino a lo largo de las fronteras de 1967 supondría una presión insoportable sobre un Israel acosado por el fantasma de la deslegitimación en todo el mundo.
No se pueden negar los efectos devastadores de la nueva estrategia palestina sobre la reputación internacional de Israel. La actual ola de reconocimiento internacional de un Estado palestino es, de hecho, un gran golpe a las relaciones exteriores de Israel. Resultas especialmente doloroso el que los principales países de América Latina, donde antes Israel disfrutaba de un estatus casi mitológico, se hayan unido a ella.
Abbas parte del supuesto que, desde el momento en que su estado sea reconocido por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas , Israel se convertirá en el ocupante ilegal de un estado soberano (y miembro de pleno derecho de la ONU). En ese momento, sería objeto de sanciones internacionales que destruirían su economía y socavarían aún más su imagen, condenando al país a la condición de paria internacional.
Pero, a pesar de los daños que la estrategia palestina está infligiendo a la cada vez más frágil posición internacional de Israel, Abbas podría embarcarse en lo que podría llegar a ser un ejercicio de auto-derrota diplomática. Sintiendo ya el calor de una debacle diplomática importante, pronto Israel podría adelantarse a la ofensiva diplomática palestina con un “plan de paz” por su cuenta. Inevitablemente inadecuado -una idea que se ha considerado es el reconocimiento de un Estado palestino con fronteras provisionales que podrían abarcar cerca del 50% de Cisjordania – atraería sin embargo la atención de la comunidad internacional y quizás hasta haría fracasar la nueva estrategia palestina.
Por otra parte, en caso de que Abbas no logre reunir el apoyo de los Estados Unidos y Europa, Netanyahu podría sentirse libre de cancelar los acuerdos existentes y adoptar medidas unilaterales por su cuenta. Tampoco el apoyo de EE.UU. y Europa produciría necesariamente los resultados que Abbas espera. Si se lo presionara demasiado, Israel podría tratar de librarse de una situación insostenible a nivel internacional, retirándose de manera unilateral de Cisjordania hasta su “valla de seguridad”.
Entonces emergería automáticamente un estado palestino hostil del otro lado de ese enorme muro: un estado que no necesariamente estaría gobernado por la OLP. La retirada violenta de Israel y, por lo tanto, el final de la cooperación entre israelíes y palestinos en materia de seguridad, podría desatar tal inestabilidad que Hamás surgiría como un serio contendor por el poder en Cisjordania. Esto, a su vez, podría arrastrar a Jordania a los asuntos de esa área, al igual que Egipto lo está siendo, contra su voluntad, en los de Gaza.
Otro riesgo que implica una campaña unilateral palestina para lograr la condición de estado nacional es que puede hacer que el conflicto con Israel termine por reducirse a una banal disputa fronteriza entre estados soberanos. Cualquier gobierno que reconozca el Estado palestino inevitablemente vería ese hecho como el final del proceso de paz, y ni Europa ni los EE.UU. incluirían el reconocimiento del derecho de los palestinos de regresar a las zonas perdidas ante Israel en 1948. En efecto, al declarar unilateralmente un Estado palestino a lo largo de la línea de alto el fuego de 1967, Abbas pondría en práctica la visión de Israel de “dos estados para dos pueblos”.
De hecho, algunos en el lado israelí sostienen que, en lugar de luchar contra una declaración de un estado palestino, Israel debe aprovechar la oportunidad para convertir el conflicto en una disputa territorial manejable entre estados. A continuación, podría negociar con los EE.UU. la redacción del texto de la resolución de la ONU de forma que acabara creando un estado palestino dentro de las fronteras de 1967, con ajustes territoriales de común acuerdo. Dicha resolución neutralizaría problemas de “narrativa” difíciles, como el derecho de retorno, que han destrozado todo intento de acuerdo.
De cualquier manera, nos encontramos en el final del proceso de paz como lo hemos conocido hasta la fecha. Este nudo gordiano no se puede desatar: debe ser cortado por la sólida mediación de terceros. Sin embargo, un plan de paz de EE.UU. que apunte a cerrar las brechas entre las partes tendrá posibilidades solo si se basa en una fuerte alianza internacional para una paz entre israelíes y palestinos. Incluso entonces, dicho plan requeriría de una ingeniería diplomática especialmente laboriosa y compleja.
No importa lo enamorados de la “comunidad internacional” que se encuentren los palestinos: no estarán satisfechos con un plan que provenga de una alianza internacional liderada por Estados Unidos. Un plan que con casi total certidumbre tendría que satisfacer las inquietudes de seguridad de Israel y se inclinaría a reconocer su judaísmo – de un modo que podría neutralizar por completo el espíritu de retorno de los palestinos- podría resultarles especialmente indigerible.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

febrero 4, 2011 Publicado por | Medio Oriente | Dejar un comentario

>Gaza, sobre aguas pútridas

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Por Sara Roy, investigadora del Centro de Estudios sobre Oriente Medio de la Universidad de Harvard. Traducción: JoséMaría Puig de la Bellacasa (LA VANGUARDIA, 15/04/10):
Viajé a Gaza en agosto del año pasado, en mi primera visita al territorio desde el anterior ataque de Israel. Me abrumó lo que presencié en un lugar que he conocido íntimamente a lo largo de casi un cuarto de siglo: una tierra desgarrada y plagada de cicatrices cuyos habitantes viven una existencia hecha trizas. Gaza se despeña por la pendiente bajo el peso de la ruina y desolación permanentes que se abaten sobre ella, incapaz de funcionar con normalidad. No obstante, me impactó más si cabe la ausencia de culpa de estas personas, más de la mitad niños, como también la dimensión criminal del maltrato permanente a la población.
La franja de Gaza muestra una economía y sociedad cuya decadencia y discapacidad actuales han sido provocadas y cuyas privaciones y penurias conforman una política de Estado; es decir, políticas planificadas y ejecutadas. Aunque Israel carga con la mayor parte de responsabilidad, Estados Unidos y la UE, entre otros, también son culpables, como la Autoridad Palestina en Cisjordania. Todos son cómplices de la destrucción de este antaño apacible paraje.
La desolación de la franja adopta numerosas formas. El comercio, en su forma acostumbrada (del que la frágil economía de Gaza depende de modo apremiante), sigue prohibido, y las importaciones y exportaciones tradicionales han desaparecido prácticamente. De hecho, con algunas excepciones, no se ha permitido la entrada en Gaza de materiales de construcción o materias primas desde el 14 de junio del 2007.
Incluso antes del ataque de Israel del invierno del 2008, el cierre prolongado de Gaza ha dado lugar a la contracción del sector privado, motor del crecimiento económico. Entre junio del 2005 y septiembre del 2008, por ejemplo, el número de centros fabriles y talleres en activo se redujo de 3.900 a 23, con una pérdida de al menos 100.000 puestos de trabajo.
Las tremendas cortapisas al comercio han contribuido también al deterioro constante del sector agrícola de Gaza, agravado por la destrucción de unas 5.000 hectáreas de suelo agrícola – incluyendo más de 310.000 árboles frutales-y de 305 pozos durante el ataque israelí. El sector agrícola de Gaza se ha visto aún más dañado por la existencia de la zona de interposición (espacio tampón) impuesta por Israel en los perímetros norte y este de la franja (y por Egipto en la frontera sur de Gaza), que alberga algunas de las tierras más fértiles de Gaza. La zona tiene, oficialmente, 300 metros de anchura por 55 kilómetros de longitud, pero, según las Naciones Unidas, los agricultores situados en un tramo de 1.000 metros de distancia de la frontera con Israel han sido tiroteados en ocasiones por el ejército israelí. Aproximadamente, el 30%-40% del total de las tierras agrícolas de Gaza se encuentra en la citada zona de interposición. El sector agrícola, efectivamente, se ha ido al traste.
Tales factores, entre otros, explican las profundas distorsiones que afligen a la economía de Gaza y a su población, cuyo cambio de signo en caso de producirse exigirá la inversión de miles de millones de dólares y el esfuerzo de generaciones de palestinos. En los últimos años, la economía en su día relativamente productiva (aunque cautiva) de Gaza se ha convertido en una economía ampliamente dependiente del empleo en el sector público, de la ayuda humanitaria y del contrabando, realidades que ilustran claramente la tendencia a la economía sumergida. Una convincente expresión de tal situación es el floreciente tránsito de artículos a través de los túneles existentes en la franja, fenómeno que representaba un cordón umbilical vital para una población en estado de sitio. Según economistas locales, un 80% como mínimo de las importaciones de Gaza llega a través de estos túneles. Sin embargo, es posible que incluso este cordón umbilical se rompa pronto, dado que Egipto, con el concurso de ingenieros del Gobierno estadounidense, está a punto de dar fin a la construcción de una impenetrable barrera metálica a lo largo de su frontera con Gaza en un intento de reducir la práctica del contrabando. La barrera tendrá aproximadamente 10 kilómetros de largo y estará situada a unos 18 metros bajo tierra. Los túneles, que Israel tolera a fin de mantener intacto el asedio en sus términos actuales, se han convertido también en una fuente importante de ingresos para el gobierno de Hamas y sus empresas filiales, factor que debilita una actividad empresarial normal y dificulta el fomento de un sector empresarial viable. De esta manera, el asedio de Gaza ha llevado a la lenta pero constante sustitución del sector empresarial habitual por otro que opera fundamentalmente en un mercado negro sin registro, regulación ni transparencia.
La economía de Gaza carece ahora en buena parte de una actividad productiva, sustituida por la práctica del consumo entre pobres y ricos por igual, aunque son los primeros quienes a duras penas pueden satisfacer sus necesidades. Pese a los miles de millones de dólares prometidos a escala internacional que aún están por llegar, la gran mayoría de los habitantes de Gaza siguen en la pobreza. La combinación de un sector privado paralizado y una economía estancada ha provocado altos niveles de paro, sumiendo en la pobreza a la mayoría de la población. Oficialmente, el índice de paro oscila entre un 31,6% y un 44,1%, aunque, de hecho, se acerca al 65%. Un problema crucial es la falta de poder adquisitivo. En consecuencia, al menos el 75% de los 1,5 millones de habitantes de Gaza precisa ayuda humanitaria para satisfacer sus necesidades de alimentos.
Además, el acceso a cantidades suficientes de alimento sigue constituyendo un problema vital. Datos internos correspondientes al periodo de septiembre del 2009 a principios de enero del 2010, por ejemplo, revelan que Israel permite a los habitantes de Gaza recibir no más (y, a veces, menos) de un 25% de los suministros alimentarios precisos, con niveles que han descendido incluso hasta un 16%. Durante las últimas dos semanas de enero, estos niveles se redujeron aún más. Entre el 16 y el 29 de enero del 2010 entró una media de 24,5 camiones de alimentos y suministros diariamente en Gaza. Pese a que la franja precisa 400 camiones de alimentos diarios para mantener a la población, Israel sólo permitió una entrada no superior a un 6% de suministros alimentarios necesarios durante este periodo.
Y, sin embargo, el sufrimiento de Gaza no acaba aquí. El 90%-95% del agua suministrada por los acuíferos de Gaza es “no apta para el consumo” y Gaza ya no posee ninguna fuente regular de agua limpia. La mayoría de los suministros procedentes de aguas subterráneas de Gaza están contaminados por nitratos muy por encima de los niveles aceptables según la Organización Mundial de la Salud o presentan excesiva salinización para el uso humano.
Tal vez los altos niveles de nitratos han contribuido a un cambio escandaloso del índice de mortalidad infantil entre la población palestina de la franja de Gaza y de Cisjordania. Tal índice muestra ahora signos de hallarse de hecho en aumento. Ello obedece a que las principales causas de mortalidad infantil han evolucionado de las enfermedades infecciosas y diarreicas a la prematuridad, bajo peso al nacer y malformaciones congénitas.
La población de Gaza merma ante nuestros ojos mientras la comunidad internacional sigue consintiendo esta situación. Si a los palestinos se les niega lo que todos queremos para nosotros mismos – la dignidad, una vida normal, el sustento, la seguridad y un hogar donde criar a los hijos-,la consecuencia inevitable consistirá en una mayor y más extrema violencia. Y si esto sucede – tal vez ya ha sucedido-, todos habremos de correr con los gastos.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

abril 28, 2010 Publicado por | Medio Oriente | Dejar un comentario

>"Declararemos el Estado palestino a mediados de 2011"

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Por JUAN MIGUEL MUÑOZ – Ramala – (El Pais.com,04/04/2010)

Salam Fayad (1952) es un político palestino que soporta el acoso de tres incisivos rivales: Israel, Hamás y algunos prebostes de Fatah descontentos con la pérdida de su cuota de poder. El cuarto actor relevante en Oriente Próximo -Estados Unidos- respalda sin medias tintas al primer ministro de la Autoridad Palestina. Fayad recibe en su despacho de Ramala, donde cuelga la fotografía de un imponente olivo, “de 2.000 años”, puntualiza. Su tarea es descomunal y plagada de retos, y a veces da la impresión de que minimiza algunos escollos a la vista en su camino. Pero este ex economista del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional tiene un plan, y ha decidido, con una actitud muy estadounidense, que no perderá un segundo. Construye las instituciones palestinas y promueve obras públicas en toda Cisjordania, también en la zona totalmente controlada por Israel y sin permiso del poder ocupante. “Pienso declarar el Estado a mediados de 2011. Esto es como un embarazo, que tiene su tiempo. El niño puede nacer un día antes o después, pero nacerá”. No parece contemplar un aborto.

Salam Fayad, primer ministro de la Autoridad Palestina.- EFE

Pregunta. ¿Por qué su política de hechos consumados en la zona de Cisjordania bajo dominio israelí?

Respuesta. Porque es parte del territorio ocupado en 1967. Supone un 60% de la tierra de Cisjordania y tenemos que desarrollarla. Como se declaró bajo la jurisdicción israelí, la gente empezó a considerar esta área como una tierra en disputa, que no nos pertenece. Rechazo eso tajantemente.

P. ¿Por qué ahora y no antes?

R. Muchas cosas no han ocurrido como tenían que haber ocurrido ni cuando deberían haber ocurrido. El proceso de paz [nacido de los Acuerdos de Oslo, en 1993] tenía que haber acabado en mayo de 1999. Eso no ocurrió. Luego estalló la segunda Intifada, en 2000, y hubo años de caos, sin ley. Por eso este programa de acabar con la ocupación y declarar un Estado es muy importante, porque establece un calendario. Para mediados de 2011 deberíamos estar preparados para un Estado con instituciones básicas de gobierno, infraestructuras básicas en todo el territorio ocupado en 1967.

P. ¿Cree usted que llegará a tiempo?

R. Sí. Bajo la ocupación, en la adversidad, es un desafío. Vamos a tener que trabajar muy duro. Claro que es ambicioso, pero se puede hacer. Por varias razones. Primero, mire lo que hemos logrado desde mediados de 2007. Hemos dado la vuelta a la situación. Entonces, Cisjordania estaba en proceso de desintegración institucional. Este edificio fue asaltado por hombres encapuchados y armados. En ningún lugar imperaba la ley. Ni en Ramala, ni Nablús, ni Jenin, ni Hebrón. Gaza estaba también en esa situación. Después ocurrió su separación, que fue consecuencia directa de ese estado sin ley que prevalecía. No había mucho tiempo para pararse a pensar. Literalmente, la casa estaba en llamas y había que apagar el fuego cuanto antes, aunque la casa se inundara. Estoy muy alentado por lo que hemos conseguido en Cisjordania en materia de seguridad. Si hemos logrado esto, creo que podemos llegar a la meta.

P. ¿Y Gaza?

R. Gaza es diferente porque allí no podemos hacer lo que en Cisjordania. Gaza está sellada completamente por los israelíes. El otro gran problema es que la Autoridad Palestina no está allí. Eso no quiere decir que no hagamos nada. Pagamos regularmente salarios y ayudas sociales. Hamás, aunque ganó las elecciones de 2006, tomó Gaza de forma violenta. Era inconcebible que las fuerzas de seguridad trabajaran para Hamás. El 50% de nuestro gasto corriente se invierte en Gaza. El problema es que no podemos hacer proyectos por el asedio. Si se levanta el bloqueo y somos capaces de reunificar nuestro país, que es un deber… Si no lo conseguimos, no tendremos Estado.

P. Pero usted sabe lo que Hamás dice de usted.

R. De eso hablaremos luego. La ventaja de Gaza es que es pequeño. Por eso lo que hemos hecho en Cisjordania, donde moverse es difícil por los controles militares y los asentamientos israelíes, lo podemos hacer allí y mucho más rápido.

P. Veo muy difícil que la reconciliación pueda llegar pronto. Hamás dice que es usted una marioneta de Estados Unidos, que su Gobierno lo dirige el general estadounidense Keith Dayton, que entrena a sus fuerzas de seguridad…

R. Si para Hamás el problema es el Gobierno, no hay problema. Porque este Gobierno no es para siempre. Si para Hamás este Gobierno es un impedimento para la reconciliación, nos vamos mañana. Es una simplificación deliberada.

P. ¿Cómo puede haber reconciliación si Hamás parece desaparecida en Cisjordania, y Fatah en Gaza?

R. Claro que es difícil lograr la reconciliación por la polarización y la división. Los miembros de Hamás están ahí, y no los perseguimos por ser de Hamás, sino por estar implicados en actividades que desde el punto de vista de la seguridad son inaceptables. Hamás no es ilegal en absoluto.

P. ¿También son difíciles sus relaciones con Fatah?

R. Mi Gobierno, por el programa que aplica, no puede tener un problema con Fatah. Pero hay algunos [dirigentes] de Fatah que tienen problemas conmigo, aunque existe un número sustancial de ministros de Fatah en mi Gobierno. Ningún Gobierno tiene un apoyo unánime. En este negocio no puedes mirar a la izquierda ni a la derecha. Hay que seguir adelante, y un poco de suerte de vez en cuando no viene mal.

P. Dice usted que quienes alientan una Intifada no conocen el significado de esa palabra.

R. Significa algo que ocurre de abajo arriba, desde la base. Por eso no se puede ordenar una Intifada, es algo que hace la gente, y que ocurre porque refleja su frustración. Quien llama a la Intifada está desconectado de la realidad. La resistencia es la gente que sigue aquí un día y otro, comprometida con las vías pacíficas. Llamar a la Intifada es ofensivo para todos los que estamos implicados en la lucha cotidiana por nuestro derecho a vivir en nuestra tierra. La mayor rebeldía es seguir aquí. La ocupación es devastadora, hace que la gente quiera buscarse la vida en otro sitio. Pero lo que realmente hace que se vayan es la violencia interna. Hay una desconexión entre los eslóganes y la realidad. Ayer estuve en un pueblo que visité por primera vez en abril de 2008. Desde entonces hemos hecho nueve proyectos. Ahora hay agua, luz, una escuela de niños y una de niñas, y tres pozos que funcionaban con diésel ahora tienen electricidad. La población ha aumentado. La gente está contenta. Esa es mi visión: hechos sobre el terreno. ¡Para mí es tan obvio! Estoy decidido a construir un Estado pese a la ocupación, con el objetivo de acelerar el fin de la ocupación. Los palestinos, cuando estamos felices, trabajamos. Cuando estamos tristes, y aquí hay muchos días para estarlo, tenemos que trabajar con más empeño. La gente está aceptando que este camino puede llevar a la libertad.

abril 4, 2010 Publicado por | Medio Oriente | Dejar un comentario

>Jerusalén: realidad, mito y tragedia

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Por Alfonso S. Palomares, periodista (EL PERIÓDICO, 01/04/10):

Estos días el nombre de Jerusalén se repite en plegarias y cánticos en todas las geografías de la cristiandad. Desde las grandiosas catedrales a las modestas capillas, pasando por plazas y calles, se recuerdan los trágicos días de la pasión y la muerte de Jesús. En Jerusalén las celebraciones se limitan a los Santos Lugares cristianos, especialmente a la iglesia del Santo Sepulcro y a su laberinto de capillas, donde cinco confesiones cristianas se disputan los horarios para ofrecer la brillantez de sus cultos. El olor a incienso lo inunda todo. Hay menos peregrinos porque el encarnizado conflicto judeo-palestino ha llenado el aire de violencia. Las abigarradas tiendas de los árabes se resienten y los hoteles judíos lo acusan. Jerusalén es una ciudad llena de paradojas y contradicciones, es la ciudad donde más se ha rezado y donde más se ha odiado desde hace 3.000 años. El lugar donde más sangre se ha derramado en el nombre de Dios, cada uno por el suyo.

Ahora los cristianos no son actores en el conflicto como lo fueron en otras épocas históricas. Los cristianos apenas llegan al 3% y la mayoría son extranjeros y de órdenes religiosas. El patriarca de Jerusalén, Fuad Twal, de origen jordano, cristiano y beduino, formado y curtido en la diplomacia vaticana, tiene como lema sembrar la alegría de vivir, misión difícil en una zona donde los disparos forman parte sustantiva de los ruidos cotidianos. A pesar de sus habilidades diplomáticas, aquí apenas tiene espacio para practicarlas, y por eso recomienda rezar por la paz. La verdad es que hasta ahora las oraciones han sido tan inútiles como las negociaciones. Al menos en el espacio visual, no entro en los territorios del misterio.

Sobre Jerusalén se han dicho las cosas más hermosas y se profetizaron las desventuras más terribles. Las desventuras se cumplieron todas, entre ellas la de Jesús que nos cuenta el Evangelio de Lucas: «Te llegará un día en que tus enemigos te rodearán de trincheras, te sitiarán y te cercarán por todas partes. Te derribarán por tierra a ti y a tus hijos dentro de ti, y no te dejarán piedra sobre piedra». Lo que profetizó Jesús no se cumplió una sola vez, sino cinco veces a lo largo de la historia, y otras 15 la ciudad fue conquistada con apasionadas violencias. El nombre de Jerusalén, Yerushaláyin en hebreo, que significa casa de la paz, está en contradicción con su historia. Tal vez para evitar esa contradicción, uno de los más importantes padres de la Iglesia, Orígenes, a principios del siglo III formuló lo de la Jerusalén Celestial basándose principalmente en el Apocalipsis y en textos de san Pablo. La expresión Jerusalén Celestial (o Celeste) tuvo tanta fortuna que ha pasado a ser un lugar común de la literatura cristiana e incluso de la alta teología.

En el presente, Jerusalén, Al-Quds para árabes y musulmanes, es el corazón del
conflicto entre israelís y palestinos. Uno de los escollos más difíciles de salvar y que envenena permanentemente las negociaciones para la paz. En 1980, el Parlamento israelí proclamó Jerusalén como capital única, eterna e indivisible de Israel. En 1998 tuve ocasión de entrevistar al entonces, y de nuevo ahora, primer ministro de Israel, Binyamin Netanyahu. Le pregunté qué significaba la palabra indivisible referida a Jerusalén, y respondió que nunca podría compartirse con ningún otro pueblo. La razón de la pregunta, y creo que de la respuesta, la motivó el hecho de que Arafat y la Autoridad Palestina hablaban con cierta frecuencia de Jerusalén Este como capital del futuro Estado palestino. Netanyahu no contemplaba la posibilidad de un verdadero Estado palestino y le repelía la sola idea de compartir la capital de Jerusalén. Netanyahu piensa hoy lo mismo que entonces y encabeza un Gobierno de halcones que sigue encallado en el principio: hemos regresado al más sagrado de nuestros lugares santos y jamás nos separaremos de él. Jerusalén sale citada casi 700 veces en la Biblia y una corriente rabínica defiende que fue fundada directamente por Yavé sobre las colinas de Judea. Al hablar de Jerusalén no hablamos de una ciudad ni de una geografía. Hablamos de unos territorios teológicos. No solo para los judíos, también Al-Quds es una ciudad santa para los musulmanes. Capital irrenunciable de Palestina. Al asesinado jeque Yassin le oí decir en una entrevista en su casa de Gaza: «Al-Quds es el territorio que conecta la tierra con el cielo y no conviene que este territorio consagrado se convierta en un objeto de negociación y rendición». Después he leído la misma o parecida frase en boca de varios líderes de Hamás.

Netanyahu tiene el poder y la fuerza, quiere echar a los palestinos de Jerusalén Este ampliando los asentamientos israelís como está haciendo en el barrio de Ramat Shlomo. donde construye 1.600 viviendas. El gran objetivo de dos estados compartiendo Jerusalén como capital parece una empresa imposible. La expresión de capital eterna e indivisible por una parte y la de irrenunciable por la otra, pronunciadas con fonética teológica, convierten la negociación en un imposible.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

abril 3, 2010 Publicado por | Medio Oriente | Dejar un comentario

>¿Tiene Obama un plan?

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Por Ignacio Álvarez-Ossorio, profesor de Estudios Árabes de la Universidad de Alicante, colaborador de Bakeaz y autor de Siria contemporánea, Madrid, 2009 (EL CORREO DIGITAL, 17/05/09):

Las próximas fechas serán determinantes para el futuro de Palestina. Barack Obama recibirá en la Casa Blanca tanto al primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, como al presidente palestino, Mahmud Abbas, con los que valorará la posibilidad de resucitar el moribundo proceso de paz. En las últimas semanas, el mandatario estadounidense ha remarcado su compromiso con la fórmula de dos Estados -uno israelí y otro palestino- que convivan en paz y con seguridad. También el responsable del Consejo de Seguridad Nacional, el general James Jones, ha advertido ante el AIPAC, la cara más visible del lobby pro-israelí en Washington, que EE UU no permitirá a Israel seguir construyendo asentamientos sobre los territorios palestinos. La nueva actitud norteamericana es acorde con las promesas realizadas durante la campaña presidencial, cuando Obama abogó por «el retorno de la diplomacia» a Oriente Medio.

Estos primeros movimientos han cogido desprevenido al nuevo Gobierno israelí, formado por una heterogénea coalición de partidos de corte ultranacionalista y ultraortodoxo, partidarios de la profundización de la colonización para dar la puntilla definitiva al proyecto nacional palestino. El reciente anuncio de que el Ejecutivo israelí construirá 73.000 nuevas unidades familiares sobre la Cisjordania ocupada, así como los planes para desarrollar la zona E-1 (un proyecto que completaría el cerco a Jerusalén Este por su franco oriental) y proseguir la construcción del muro, muestran la voluntad de Netanyahu de acelerar, aún más si cabe, la política de hechos consumados, lo que representa una flagrante violación del Derecho Internacional.

Como ha destacado un reciente informe del Ministerio de Defensa israelí, casi una cuarta parte del territorio palestino queda dentro de los límites de los asentamientos (a los que ha de sumarse otra cuarta parte catalogada como zona militar y, por ello, cerrada a los palestinos), hecho que supone un obstáculo infranqueable para la aparición de un Estado viable. La instalación de cientos de miles de colonos en los Territorios Ocupados no representa un mero ‘obstáculo’ para la paz, como es descrita por EE UU, sino que implica la renuncia a la solución de los dos Estados, dado que trunca la continuidad territorial de un eventual Estado palestino, cada vez más fragmentado por centenares de asentamientos, carreteras de circunvalación, controles militares y muros de hormigón.

Benjamín Netanyahu, el nuevo primer ministro, es un acérrimo defensor del Gran Israel y se opone frontalmente a la creación de un Estado palestino. Suya fue la estrategia puesta en marcha en 1996 para desacreditar internacionalmente a la Autoridad Palestina y aislar a su presidente Yasir Arafat. El principal beneficiado de dicha política no fue otro que Hamás, que supo atraer hacia sus filas a los descontentos con el proceso de paz. No sería de extrañar que, en el corto plazo, Netanyahu opte por tratar de cuestionar la legitimidad de Fatah y de su presidente Mahmud Abbas, recurriendo al ya conocido «no tenemos interlocutores con los que negociar». En un horizonte cercano tampoco debería descartarse que el primer ministro israelí autorice un nuevo ataque contra la Franja de Gaza para dar un nuevo escarmiento a Hamás, tal y como reclaman varios miembros de su gabinete, lo que serviría de cortina humo para proseguir su política anexionista en Cisjordania. Tal posibilidad aceleraría la descomposición de Fatah y reafirmaría a Hamás, partidaria de congelar indefinidamente las negociaciones con Israel antes que alcanzar un compromiso perjudicial para los intereses palestinos.

El único actor internacional capaz de evitar que se cumpla este escenario es precisamente EE UU, el principal aliado de Israel, habida cuenta que la UE, a pesar de ser su principal socio comercial, no parece dispuesta a replantearse sus privilegiadas relaciones con el Estado hebreo a pesar de sus constantes violaciones de los derechos humanos palestinos. De hecho, no sería la primera vez que un presidente norteamericano se enfrenta a los dirigentes israelíes. En 1956, Dwight Eisenhower presionó a David Ben Gurion para que las tropas israelíes se retirasen de la Franja de Gaza, ocupada en el curso de la guerra de Suez. En 1991 George Bush congeló una serie de préstamos para obligar a Isaac Shamir a acudir a la Conferencia de Paz de Madrid y tomar parte en el proceso de paz de Oriente Medio. Si quiere evitar un nuevo estallido de violencia en la región, Obama debe dejar claro a Israel que debe renunciar de una vez por todas a su sueño de erigir el Gran Israel sobre los despojos de la Palestina ocupada.

En lo que respecta al frente palestino, el presidente estadounidense debe defender la creación de un Estado con continuidad territorial, con los menores retoques posibles a las fronteras del 5 de junio de 1967 y siempre que se produzca un intercambio de tierras parejo entre ambos Estados. Una medida que sería bien recibida por la calle palestina sería el levantamiento del veto de Washington a la creación de un gobierno de unidad nacional en el que, además de Fatah y Hamás, participen otras formaciones que representan las diferentes sensibilidades políticas de la población palestina. Este paso no sólo es imprescindible para la reconciliación entre las dos principales formaciones nacionalistas palestinas, sino también una condición indispensable para la firma de un eventual acuerdo de paz con Israel, ya que cualquier documento que fuese únicamente rubricado por Fatah estaría irremediablemente condenado al fracaso.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

mayo 27, 2009 Publicado por | Medio Oriente | Dejar un comentario

>Obama y la alianza con Israel

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Por Mateo Madridejos, periodista e historiador (EL PERIÓDICO, 17/05/09):

“Si Obama es serio, debería actuar con energía ante Israel”, escribió Aaron David Miller, en la revista Newsweek, en enero último, pocos días antes de que el nuevo presidente se instalara en la Casa Blanca. El análisis de Miller estaba inspirado por un concienzudo estudio del Council of Foreign Relations (CFR), titulado precisamente Restoring the balance (Restableciendo el equilibrio), que había preconizado una nueva estrategia de EEUU en Oriente Próximo para dar al traste con la hiriente parcialidad o desequilibrio en favor de Israel de los últimos 16 años, cuyos resultados más visibles son la ebullición y la cólera en el mundo árabe y el debilitamiento irremediable de los intereses norteamericanos e israelís.

Ahora asistimos a grandes maniobras entre bastidores sobre el endémico conflicto de Palestina porque EEUU trata de reavivar el proceso de paz estancado desde el 2000. En Jerusalén reconocen que la coordinación con la Casa Blanca se halla en franco declive, hasta el punto de que el enlace con Washington aún no contactó con el general James L. Jones, consejero jefe de Seguridad de Obama. Los últimos incidentes se produjeron cuando el departamento de Estado exigió a Israel la firma del Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP) y anunció tratos directos con Damasco sin consultar con los israelís.

¿A QUÉ SE DEBE este brusco viraje en las relaciones de EEUU con el país que tiene que defender en cualquier circunstancia de la hostilidad de sus vecinos? En primer lugar, a la existencia de un Gobierno de coalición ultranacionalista de derecha y extrema derecha, poco sensible al carisma de Obama, dirigido por Benyamín Netanyahu, que rechaza la creación de un Estado palestino, y cuya figura más controvertida es el ministro de Exteriores, Avigdor Lieberman, de origen ruso, gorila de discoteca en su Moldavia natal, notorio por su xenofobia y su bravuconería, que amenaza a diario con la deportación de los palestinos de Israel.

Lieberman acaba de realizar una gira europea, sin que se conozca ninguna protesta o algún escrúpulo de sus interlocutores, para vender la estrategia de “primero Irán”, a fin de impedir por todos los medios que el régimen de los ayatolás se dote del arma nuclear. Esa prioridad entrañaría el aplazamiento indefinido de la cuestión del Estado palestino por el que abogan tanto la Unión Europa como EEUU y Rusia. Le Monde se atreve a sospechar que el plan de Lieberman puede estar destinado a “ocultar el objetivo realmente perseguido: impedir para siempre, por la colonización, la posibilidad de un Estado palestino”.

EL FAMOSO American Israel Public Affairs Committee (AIPAC), potente grupo de presión proisraelí en el Congreso norteamericano, cuyos tentáculos llegan a más de la mitad de los parlamentarios, se reunió en Washington y manifestó su obsesión por los progresos nucleares de Teherán, pero se inquietó también tanto por el clima enrarecido de las relaciones con el Gobierno israelí como por el trasfondo intelectual y estratégico que presiona a favor de una corrección del rumbo en cuyo horizonte se perfilan la reconciliación de las facciones palestinas y un Estado en Cisjordania y Gaza. “¿Acaso esta Administración se va a comportar como la de Carter?”, preguntó retóricamente alarmado un congresista de Nueva York.

En vísperas de una crucial visita de Netanyahu a Washington, tras una atenta lectura de la prensa norteamericana y de los análisis de las grandes lumbreras (Gelb, Kissinger, Haass, Brzezinski, Zakaria), cabe preguntarse, como hace el especialista Michael Hirsch, si se va a producir el descarrilamiento del tren blindado de los vínculos inquebrantables entre EEUU e Israel, aunque concluye que ningún político israelí que pretenda seguir en el poder puede perder el respaldo de la superpotencia que garantiza la seguridad de su país. Queda por saber, sin embargo, hasta dónde llegará Obama en su intento de persuasión.

Las conclusiones en las esferas de poder apuntan a que los norteamericanos deben equilibrar su política, de manera que la seguridad de Israel sea compatible con el juego limpio hacia los árabes. EEUU debe actuar más como un mediador que como un ciego y parcial escudero de Israel. Cualquier impulso pacificador pasa por detener la colonización judía en los territorios palestinos, derribar la muralla y acabar con la visión quimérica de un Gran Israel, como dejó dicho James Baker en 1991. Obama tiene que evitar tanto los graves errores de Bush cuanto la prolongada pasividad de Clinton. La herencia es devastadora: progreso incesante del islamismo radical entre los palestinos y creciente intransigencia y militarización de la sociedad israelí, como se refleja en el Gobierno de Netanyahu-Lieberman.

NETANYAHU preconiza la guerra contra Irán mientras reduce la cuestión palestina a un problemático plan de desarrollo para que todo siga igual. Tiene aliados poderosos en Washington, pero los sectores del establishment que rodean a Obama están persuadidos de que el statu quo en Palestina –expansión colonial y violencia endémica– envenena o liquida las perspectivas de la solución de los dos estados, ensombrece a largo plazo el judaísmo de Israel y perjudica los intereses de la superpotencia en declive. El desenlace de esta batalla de estrategias es incierto porque la alianza de EEUU e Israel no está en entredicho.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

mayo 27, 2009 Publicado por | Medio Oriente | Dejar un comentario

>¿Bombardear o no?

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Por Walter Laqueur, director del Centro de Estudios Internacionales y Estratégicosde Washington (LA VANGUARDIA, 14/05/09):

En los últimos tiempos Washington ha estado preocupado por Pakistán y Afganistán; ahora le toca a Oriente Medio. El primer ministro israelí tiene prevista su visita y otras personalidades destacadas han venido o van a venir a la capital. Los israelíes quieren hablar sobre Irán, Obama y sus asesores quieren que los israelíes estén de acuerdo con la creación de un Estado árabe palestino tan pronto como sea posible. ¿Se producirá la coincidencia de puntos de vista? Probablemente, no, y las estrechas relaciones entre ambos países se aflojarán un tanto. No de manera espectacular, sino de forma gradual. Para los israelíes, la amenaza de la bomba nuclear iraní es una cuestión primordial, y juzgan que podrían eliminar este peligro mediante un ataque militar, al menos por un tiempo y si no hay oposición por parte de EE. UU. Pero los estadounidenses son muy contrarios a una acción militar en este momento… y tal vez en cualquier momento.

Probablemente, exageran la magnitud de la reacción que un ataque israelí provocaría en el mundo musulmán. Por supuesto, habría manifestaciones violentas, pero también es verdad que muchos árabes temen la bomba iraní, un instrumento para sentar la hegemonía iraní en todo Oriente Medio, por más que Teherán niegue categóricamente tal inicua intención.

No obstante, existen otras razones – y probablemente de mayor peso-contrarias a un ataque israelí, muy distintas de la cuestión del suministro de petróleo, que probablemente resultaría afectado. Un ataque israelí sería un mero paliativo, no detendría la marea de la proliferación. Las instalaciones destruidas podrían reconstruirse en pocos años; la bomba atómica podría comprarse o robarse, dada la semianarquía imperante en Pakistán.

Washington quiere entablar negociaciones con Teherán y las capitales árabes, y para que tales conversaciones tengan éxito necesita concesiones israelíes tales como la aceptación de un Estado palestino con fronteras viables. Los israelíes argumentan que ambas cuestiones no deberían mezclarse, y evidentemente es cierto que los iraníes continuarían fabricando su bomba incluso aunque Israel no existiera. Por otra parte, la miopía israelí desde 1967, su escasa disposición a entregar los territorios ocupados ese año (o al menos la mayor parte de ellos), imposibilita que los estadounidenses articulen una respuesta estratégica árabe frente a Irán.

En pocas palabras, los intereses estadounidenses e israelíes están divergiendo y resulta difícil entrever cómo se superarán tales discrepancias. Indudablemente, va en interés de los intereses israelíes no aferrarse a los territorios ocupados, debido a razones demográficas; es decir, para preservar el carácter israelí de Israel. El ex primer ministro israelí lo comprendió, como también el nuevo embajador en Washington, pero el actual Gobierno recientemente elegido no lo acepta. Será menester que pasen algunos años para que estas verdades básicas sean más aceptadas. Queda la duda de si resta mucho tiempo.

La cualidad del liderazgo en Israel no es la que solía en su hora fundacional; cabría oponer que el liderazgo en general se ha deteriorado en todo el mundo, pero, siendo Israel un país pequeño y amenazado, está claro que precisa un liderazgo con visión de futuro en mayor medida que otros países mayores y más poderosos que no viven rodeados de enemigos.

¿Qué pasará en Washington? Obama dirá a los israelíes que no pueden contar con ningún apoyo estadounidense (ni siquiera tolerancia) a un ataque contra instalaciones nucleares iraníes en la actualidad, que tal acción pondría en peligro los intereses estadounidenses en Oriente Medio, que Washington quiere agotar todas las bazas diplomáticas en el futuro inmediato. ¿Darán paso las próximas elecciones iraníes a la sustitución de Ahmadineyad por un líder más moderado?

Los israelíes no tienen otra opción más que la de aceptar la postura estadounidense; consideran, en todo caso, que la diplomacia será estéril porque los iraníes están persuadidos – acertada o equivocadamente-de que no tienen nada que temer porque nadie se atreverá a atacarlos. Aunque los estadounidenses se disculparan por todos los crímenes cometidos contra el pueblo iraní durante muchos años (dice Teherán), el hecho es que no desean detener, ni siquiera demorar, sus trabajos en el terreno de la energía nuclear destinados exclusivamente a fines pacíficos.

Próxima cuestión: ¿cuánto tiempo desean invertir los estadounidenses en las negociaciones diplomáticas y qué pasará si caen en la cuenta de que la diplomacia no les acerca a su objetivo? Según rumores que circulan en Washington, la Casa Blanca quiere emplear alrededor de cuatro meses en las negociaciones. ¿Qué pasará a partir de ahí? “Veremos…”. Sobre esta cuestión, Obama no puede dar una respuesta porque los estadounidenses no tienen ahora una idea clara. Algunos asesores consideran que Washington habrá de admitir que la bomba nuclear iraní no será una amenaza para EE. UU. Otros juzgan que será una amenaza no sólo para Israel sino para los aliados árabes de Estados Unidos en Oriente Medio, que podría conducir a una guerra susceptible de afectar a la producción y exportación de petróleo procedente del golfo Pérsico.

En suma, no se adoptará ninguna decisión. Washington irá dando largas sobre Irán, los israelíes irán dando largas a la hora de hacer concesiones a propósito de un Estado palestino y nadie echará las campanas al vuelo.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

mayo 19, 2009 Publicado por | Medio Oriente | Dejar un comentario

>La prueba judía de Obama

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Por Jean Daniel, director de Le Nouvel Observateur. Traducción de José Luis Sánchez-Silva (EL PAÍS, 11/05/09):

El embarazo que la visita del señor Avigdor Lieberman, nuevo ministro israelí de Asuntos Exteriores, parece haber causado en el Elíseo es comprensible. ¿Era necesario que Nicolas Sarkozy aceptase recibir a alguien de cuyo nombramiento un ex ministro también israelí, Shlomo Ben Ami, declaró que constituye una “provocación” para todos los implicados en los acuerdos de paz (es decir, para el grupo conocido como el “quinteto”: la ONU, la Unión Europea, Rusia, Reino Unido y Estados Unidos)? El señor Lieberman, cuyas declaraciones han sido comparadas a menudo con las de Jean Marie Le Pen, y cuyas groserías hacia los árabes han sido severamente juzgadas, sólo tiene una obsesión: renunciar a todos los acuerdos concluidos anteriormente y trabajar para hacer de Israel un Estado de judíos, para los judíos y poblado únicamente por ciudadanos judíos.

Nicolas Sarkozy decidió ceñirse al protocolo: sólo le recibiría Bernard Kouchner, homólogo del ministro israelí. Aunque alguna vez se haya proclamado con entusiasmo “el mejor amigo de Israel”, Kouchner ha recordado en repetidas ocasiones que tanto Francia como la Unión Europea son partidarias del establecimiento de dos Estados soberanos, uno palestino y otro israelí. Ahora bien, el jefe del Gobierno israelí, Benjamín Netanyahu, ha decretado que esa solución ya no es pertinente y le ha encargado a su ministro que abogue por su causa ante distintos gobiernos europeos, antes de hacerlo él mismo en Washington. Un portavoz del Elíseo ha observado que ahora existe una “estrategia francoestadounidense” para Oriente Próximo, lo que, dicho sea de paso, significa que, tras dos años en el poder, el presidente francés reniega de su patética inclinación en favor de George Bush para sumarse a la política de Barack Obama, que le inspira unos sentimientos mucho menos evidentes. Por otra parte, todo lo que los comentaristas políticos y los especialistas universitarios escribieron sobre el atlantismo de unos y el antiamericanismo de otros ha quedado obsoleto.Según nuestros colegas israelíes, Avigdor Lieberman tiene instrucciones de recuperar la argumentación que Ariel Sharon puso a punto durante la cruzada contra el terrorismo. Esta vez, sin embargo, ya no se trata de Irak, sino del diabólico Irán, que blande sobre Occidente y el denominado “mundo árabe moderado” una amenaza nuclear. Convendría, por tanto, persuadir a los países que se alejaron de Israel a raíz de la trágica expedición de Gaza de que deberían revisar la urgencia de sus prioridades con realismo. Sólo hay un enemigo y es Irán. Cualquier muestra de debilidad ante él constituiría una capitulación similar a la que protagonizaron los europeos ante Hitler en 1938. La negociación con los palestinos bien puede esperar.

Cuando abrazaba con tanto ardor la cruzada de George Bush contra Irak y el “eje del mal”, Ariel Sharon sabía el partido que podía sacarle a la hora de evitar negociar con Yaser Arafat. Bastaba con presentar (olvidando repentinamente a Hamás) al líder palestino como el mejor aliado de Sadam Husein. “Combatamos al enemigo número uno: Irak. Ya veremos luego qué hacemos con los palestinos”.

Es una maniobra que ya no puede sorprender a Barack Obama. Esta estrategia, que le hacía el juego a un George Bush deseoso de vérselas con Irak, no puede seducir a un Barack Obama preocupado por hacer la paz con Irán. Tras 100 días de mandato, el presidente norteamericano mantiene la visión sobre Oriente Próximo, los árabes y el islam que se formó durante la campaña presidencial. Ya he hablado de ella antes, pero la resumiré: la lucha contra el terrorismo no debe adoptar bajo ningún concepto la apariencia de una cruzada contra el islam ni agrupar sólo a unos cuantos occidentales que ignoran a la ONU. Por otra parte, la incorporación de árabes y musulmanes a una coalición antiterrorista sólo sería posible tras un acuerdo de paz entre palestinos e israelíes.

Pese a que la supervivencia de tales convicciones podía ser motivo de cierto escepticismo -y más aún cuando implicaban una unidad entre los palestinos que no ha sido posible-, hay que convenir en que Barack Obama confirmó su firmeza inmediatamente después de la conferencia internacional de la ONU contra el racismo (Durban II) celebrada en Ginebra el pasado abril. Vale la pena detenerse en este punto.

La decisión de Estados Unidos de boicotear esta conferencia -había sido organizada por los libios y los cubanos y los textos que se proponían someter a discusión prácticamente sólo incriminaban a Israel- ha dado lugar a diversas interpretaciones. Tras escuchar el discurso, siempre exagerado, del presidente Ahmadineyad, nos preguntábamos si Barack Obama atenuaría su política de apertura.

Sin embargo, aún no había terminado la cumbre de Ginebra cuando un portavoz de la Casa Blanca declaraba que Estados Unidos ratificaba su “deseo de iniciar conversaciones con las autoridades iraníes”. Es más, ese mismo día, Barack Obama anunció su decisión de invitar a Washington sucesivamente a los presidentes egipcio, palestino e israelí. Finalmente, para coronarlo todo, algunos comentarios oficiosos subrayan que, por inaceptables que fuesen, las declaraciones del presidente iraní traslucían cierta suavización de las posturas, pues ni negaba la realidad del Holocausto ni estigmatizaba al conjunto de los judíos. Respecto al destino reservado al Estado de Israel, cuya creación pretendía ser una solución para el sufrimiento de los judíos, les correspondía decidir a los palestinos.

A través de una evocación de los profetas bíblicos, Ahmadineyad incluso llegó a manifestar un relativo respeto por la religión judía. Eso sí, persistía en una explicación, acorde a la del fundador de la república de los mulás, según la cual la explotación del sufrimiento de los judíos durante el genocidio condujo a los extranjeros de todos los países a instalarse en una tierra que pertenecía a los palestinos. Las circunstancias se encargarían de hacer desaparecer esa operación de usurpación. Seguramente esto no supone un gran cambio para los israelíes, ni para los judíos, ni para los partidarios del respeto a las leyes internacionales, pero para los diplomáticos expertos en iranología no carece de significación.

Tanto es así que pese al problema, ya de proporciones gigantescas, de un Pakistán talibanizado, pese a la crisis económica mundial, que conduce a las industrias al desastre y a una progresión exponencial del paro, y dando la espalda a los dramáticos debates sobre la oportunidad de una operación bélica contra Irán, Barack Obama mantiene intacta su visión, sus convicciones y su estrategia.

Una prueba de fuerza parece inevitable. No ante los judíos norteamericanos en su conjunto -el 72% de ellos votaron a Barack Obama-, sino ante el American Israel Public Affairs Committee (AIPAC), el lobby más poderoso después del American Riffle Association, que, desde hace una década, viene prestando un apoyo incondicional al Likud, el partido de Netanyahu. Sencillamente, resulta que, desde hace dos años, hay otros lobbies mucho más liberales en lo que respecta a la cuestión israelí y hoy parecen dispuestos a ayudar a Barack Obama.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

mayo 13, 2009 Publicado por | Medio Oriente | Dejar un comentario

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