>Relaciones internacionales del Golfo: intereses, alianzas, dilemas y paradojas
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>Why the Mideast revolts will help al-Qaeda
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>Los peligros de la estrategia palestina
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>Gaza, sobre aguas pútridas
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>"Declararemos el Estado palestino a mediados de 2011"
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Salam Fayad (1952) es un político palestino que soporta el acoso de tres incisivos rivales: Israel, Hamás y algunos prebostes de Fatah descontentos con la pérdida de su cuota de poder. El cuarto actor relevante en Oriente Próximo -Estados Unidos- respalda sin medias tintas al primer ministro de la Autoridad Palestina. Fayad recibe en su despacho de Ramala, donde cuelga la fotografía de un imponente olivo, “de 2.000 años”, puntualiza. Su tarea es descomunal y plagada de retos, y a veces da la impresión de que minimiza algunos escollos a la vista en su camino. Pero este ex economista del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional tiene un plan, y ha decidido, con una actitud muy estadounidense, que no perderá un segundo. Construye las instituciones palestinas y promueve obras públicas en toda Cisjordania, también en la zona totalmente controlada por Israel y sin permiso del poder ocupante. “Pienso declarar el Estado a mediados de 2011. Esto es como un embarazo, que tiene su tiempo. El niño puede nacer un día antes o después, pero nacerá”. No parece contemplar un aborto.
Salam Fayad, primer ministro de la Autoridad Palestina.- EFE
Pregunta. ¿Por qué su política de hechos consumados en la zona de Cisjordania bajo dominio israelí?
Respuesta. Porque es parte del territorio ocupado en 1967. Supone un 60% de la tierra de Cisjordania y tenemos que desarrollarla. Como se declaró bajo la jurisdicción israelí, la gente empezó a considerar esta área como una tierra en disputa, que no nos pertenece. Rechazo eso tajantemente.
P. ¿Por qué ahora y no antes?
R. Muchas cosas no han ocurrido como tenían que haber ocurrido ni cuando deberían haber ocurrido. El proceso de paz [nacido de los Acuerdos de Oslo, en 1993] tenía que haber acabado en mayo de 1999. Eso no ocurrió. Luego estalló la segunda Intifada, en 2000, y hubo años de caos, sin ley. Por eso este programa de acabar con la ocupación y declarar un Estado es muy importante, porque establece un calendario. Para mediados de 2011 deberíamos estar preparados para un Estado con instituciones básicas de gobierno, infraestructuras básicas en todo el territorio ocupado en 1967.
P. ¿Cree usted que llegará a tiempo?
R. Sí. Bajo la ocupación, en la adversidad, es un desafío. Vamos a tener que trabajar muy duro. Claro que es ambicioso, pero se puede hacer. Por varias razones. Primero, mire lo que hemos logrado desde mediados de 2007. Hemos dado la vuelta a la situación. Entonces, Cisjordania estaba en proceso de desintegración institucional. Este edificio fue asaltado por hombres encapuchados y armados. En ningún lugar imperaba la ley. Ni en Ramala, ni Nablús, ni Jenin, ni Hebrón. Gaza estaba también en esa situación. Después ocurrió su separación, que fue consecuencia directa de ese estado sin ley que prevalecía. No había mucho tiempo para pararse a pensar. Literalmente, la casa estaba en llamas y había que apagar el fuego cuanto antes, aunque la casa se inundara. Estoy muy alentado por lo que hemos conseguido en Cisjordania en materia de seguridad. Si hemos logrado esto, creo que podemos llegar a la meta.
P. ¿Y Gaza?
R. Gaza es diferente porque allí no podemos hacer lo que en Cisjordania. Gaza está sellada completamente por los israelíes. El otro gran problema es que la Autoridad Palestina no está allí. Eso no quiere decir que no hagamos nada. Pagamos regularmente salarios y ayudas sociales. Hamás, aunque ganó las elecciones de 2006, tomó Gaza de forma violenta. Era inconcebible que las fuerzas de seguridad trabajaran para Hamás. El 50% de nuestro gasto corriente se invierte en Gaza. El problema es que no podemos hacer proyectos por el asedio. Si se levanta el bloqueo y somos capaces de reunificar nuestro país, que es un deber… Si no lo conseguimos, no tendremos Estado.
P. Pero usted sabe lo que Hamás dice de usted.
R. De eso hablaremos luego. La ventaja de Gaza es que es pequeño. Por eso lo que hemos hecho en Cisjordania, donde moverse es difícil por los controles militares y los asentamientos israelíes, lo podemos hacer allí y mucho más rápido.
P. Veo muy difícil que la reconciliación pueda llegar pronto. Hamás dice que es usted una marioneta de Estados Unidos, que su Gobierno lo dirige el general estadounidense Keith Dayton, que entrena a sus fuerzas de seguridad…
R. Si para Hamás el problema es el Gobierno, no hay problema. Porque este Gobierno no es para siempre. Si para Hamás este Gobierno es un impedimento para la reconciliación, nos vamos mañana. Es una simplificación deliberada.
P. ¿Cómo puede haber reconciliación si Hamás parece desaparecida en Cisjordania, y Fatah en Gaza?
R. Claro que es difícil lograr la reconciliación por la polarización y la división. Los miembros de Hamás están ahí, y no los perseguimos por ser de Hamás, sino por estar implicados en actividades que desde el punto de vista de la seguridad son inaceptables. Hamás no es ilegal en absoluto.
P. ¿También son difíciles sus relaciones con Fatah?
R. Mi Gobierno, por el programa que aplica, no puede tener un problema con Fatah. Pero hay algunos [dirigentes] de Fatah que tienen problemas conmigo, aunque existe un número sustancial de ministros de Fatah en mi Gobierno. Ningún Gobierno tiene un apoyo unánime. En este negocio no puedes mirar a la izquierda ni a la derecha. Hay que seguir adelante, y un poco de suerte de vez en cuando no viene mal.
P. Dice usted que quienes alientan una Intifada no conocen el significado de esa palabra.
R. Significa algo que ocurre de abajo arriba, desde la base. Por eso no se puede ordenar una Intifada, es algo que hace la gente, y que ocurre porque refleja su frustración. Quien llama a la Intifada está desconectado de la realidad. La resistencia es la gente que sigue aquí un día y otro, comprometida con las vías pacíficas. Llamar a la Intifada es ofensivo para todos los que estamos implicados en la lucha cotidiana por nuestro derecho a vivir en nuestra tierra. La mayor rebeldía es seguir aquí. La ocupación es devastadora, hace que la gente quiera buscarse la vida en otro sitio. Pero lo que realmente hace que se vayan es la violencia interna. Hay una desconexión entre los eslóganes y la realidad. Ayer estuve en un pueblo que visité por primera vez en abril de 2008. Desde entonces hemos hecho nueve proyectos. Ahora hay agua, luz, una escuela de niños y una de niñas, y tres pozos que funcionaban con diésel ahora tienen electricidad. La población ha aumentado. La gente está contenta. Esa es mi visión: hechos sobre el terreno. ¡Para mí es tan obvio! Estoy decidido a construir un Estado pese a la ocupación, con el objetivo de acelerar el fin de la ocupación. Los palestinos, cuando estamos felices, trabajamos. Cuando estamos tristes, y aquí hay muchos días para estarlo, tenemos que trabajar con más empeño. La gente está aceptando que este camino puede llevar a la libertad.
>Jerusalén: realidad, mito y tragedia
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Estos días el nombre de Jerusalén se repite en plegarias y cánticos en todas las geografías de la cristiandad. Desde las grandiosas catedrales a las modestas capillas, pasando por plazas y calles, se recuerdan los trágicos días de la pasión y la muerte de Jesús. En Jerusalén las celebraciones se limitan a los Santos Lugares cristianos, especialmente a la iglesia del Santo Sepulcro y a su laberinto de capillas, donde cinco confesiones cristianas se disputan los horarios para ofrecer la brillantez de sus cultos. El olor a incienso lo inunda todo. Hay menos peregrinos porque el encarnizado conflicto judeo-palestino ha llenado el aire de violencia. Las abigarradas tiendas de los árabes se resienten y los hoteles judíos lo acusan. Jerusalén es una ciudad llena de paradojas y contradicciones, es la ciudad donde más se ha rezado y donde más se ha odiado desde hace 3.000 años. El lugar donde más sangre se ha derramado en el nombre de Dios, cada uno por el suyo.
Ahora los cristianos no son actores en el conflicto como lo fueron en otras épocas históricas. Los cristianos apenas llegan al 3% y la mayoría son extranjeros y de órdenes religiosas. El patriarca de Jerusalén, Fuad Twal, de origen jordano, cristiano y beduino, formado y curtido en la diplomacia vaticana, tiene como lema sembrar la alegría de vivir, misión difícil en una zona donde los disparos forman parte sustantiva de los ruidos cotidianos. A pesar de sus habilidades diplomáticas, aquí apenas tiene espacio para practicarlas, y por eso recomienda rezar por la paz. La verdad es que hasta ahora las oraciones han sido tan inútiles como las negociaciones. Al menos en el espacio visual, no entro en los territorios del misterio.
Sobre Jerusalén se han dicho las cosas más hermosas y se profetizaron las desventuras más terribles. Las desventuras se cumplieron todas, entre ellas la de Jesús que nos cuenta el Evangelio de Lucas: «Te llegará un día en que tus enemigos te rodearán de trincheras, te sitiarán y te cercarán por todas partes. Te derribarán por tierra a ti y a tus hijos dentro de ti, y no te dejarán piedra sobre piedra». Lo que profetizó Jesús no se cumplió una sola vez, sino cinco veces a lo largo de la historia, y otras 15 la ciudad fue conquistada con apasionadas violencias. El nombre de Jerusalén, Yerushaláyin en hebreo, que significa casa de la paz, está en contradicción con su historia. Tal vez para evitar esa contradicción, uno de los más importantes padres de la Iglesia, Orígenes, a principios del siglo III formuló lo de la Jerusalén Celestial basándose principalmente en el Apocalipsis y en textos de san Pablo. La expresión Jerusalén Celestial (o Celeste) tuvo tanta fortuna que ha pasado a ser un lugar común de la literatura cristiana e incluso de la alta teología.
En el presente, Jerusalén, Al-Quds para árabes y musulmanes, es el corazón del
conflicto entre israelís y palestinos. Uno de los escollos más difíciles de salvar y que envenena permanentemente las negociaciones para la paz. En 1980, el Parlamento israelí proclamó Jerusalén como capital única, eterna e indivisible de Israel. En 1998 tuve ocasión de entrevistar al entonces, y de nuevo ahora, primer ministro de Israel, Binyamin Netanyahu. Le pregunté qué significaba la palabra indivisible referida a Jerusalén, y respondió que nunca podría compartirse con ningún otro pueblo. La razón de la pregunta, y creo que de la respuesta, la motivó el hecho de que Arafat y la Autoridad Palestina hablaban con cierta frecuencia de Jerusalén Este como capital del futuro Estado palestino. Netanyahu no contemplaba la posibilidad de un verdadero Estado palestino y le repelía la sola idea de compartir la capital de Jerusalén. Netanyahu piensa hoy lo mismo que entonces y encabeza un Gobierno de halcones que sigue encallado en el principio: hemos regresado al más sagrado de nuestros lugares santos y jamás nos separaremos de él. Jerusalén sale citada casi 700 veces en la Biblia y una corriente rabínica defiende que fue fundada directamente por Yavé sobre las colinas de Judea. Al hablar de Jerusalén no hablamos de una ciudad ni de una geografía. Hablamos de unos territorios teológicos. No solo para los judíos, también Al-Quds es una ciudad santa para los musulmanes. Capital irrenunciable de Palestina. Al asesinado jeque Yassin le oí decir en una entrevista en su casa de Gaza: «Al-Quds es el territorio que conecta la tierra con el cielo y no conviene que este territorio consagrado se convierta en un objeto de negociación y rendición». Después he leído la misma o parecida frase en boca de varios líderes de Hamás.
Netanyahu tiene el poder y la fuerza, quiere echar a los palestinos de Jerusalén Este ampliando los asentamientos israelís como está haciendo en el barrio de Ramat Shlomo. donde construye 1.600 viviendas. El gran objetivo de dos estados compartiendo Jerusalén como capital parece una empresa imposible. La expresión de capital eterna e indivisible por una parte y la de irrenunciable por la otra, pronunciadas con fonética teológica, convierten la negociación en un imposible.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
>¿Tiene Obama un plan?
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Las próximas fechas serán determinantes para el futuro de Palestina. Barack Obama recibirá en la Casa Blanca tanto al primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, como al presidente palestino, Mahmud Abbas, con los que valorará la posibilidad de resucitar el moribundo proceso de paz. En las últimas semanas, el mandatario estadounidense ha remarcado su compromiso con la fórmula de dos Estados -uno israelí y otro palestino- que convivan en paz y con seguridad. También el responsable del Consejo de Seguridad Nacional, el general James Jones, ha advertido ante el AIPAC, la cara más visible del lobby pro-israelí en Washington, que EE UU no permitirá a Israel seguir construyendo asentamientos sobre los territorios palestinos. La nueva actitud norteamericana es acorde con las promesas realizadas durante la campaña presidencial, cuando Obama abogó por «el retorno de la diplomacia» a Oriente Medio.
Estos primeros movimientos han cogido desprevenido al nuevo Gobierno israelí, formado por una heterogénea coalición de partidos de corte ultranacionalista y ultraortodoxo, partidarios de la profundización de la colonización para dar la puntilla definitiva al proyecto nacional palestino. El reciente anuncio de que el Ejecutivo israelí construirá 73.000 nuevas unidades familiares sobre la Cisjordania ocupada, así como los planes para desarrollar la zona E-1 (un proyecto que completaría el cerco a Jerusalén Este por su franco oriental) y proseguir la construcción del muro, muestran la voluntad de Netanyahu de acelerar, aún más si cabe, la política de hechos consumados, lo que representa una flagrante violación del Derecho Internacional.
Como ha destacado un reciente informe del Ministerio de Defensa israelí, casi una cuarta parte del territorio palestino queda dentro de los límites de los asentamientos (a los que ha de sumarse otra cuarta parte catalogada como zona militar y, por ello, cerrada a los palestinos), hecho que supone un obstáculo infranqueable para la aparición de un Estado viable. La instalación de cientos de miles de colonos en los Territorios Ocupados no representa un mero ‘obstáculo’ para la paz, como es descrita por EE UU, sino que implica la renuncia a la solución de los dos Estados, dado que trunca la continuidad territorial de un eventual Estado palestino, cada vez más fragmentado por centenares de asentamientos, carreteras de circunvalación, controles militares y muros de hormigón.
Benjamín Netanyahu, el nuevo primer ministro, es un acérrimo defensor del Gran Israel y se opone frontalmente a la creación de un Estado palestino. Suya fue la estrategia puesta en marcha en 1996 para desacreditar internacionalmente a la Autoridad Palestina y aislar a su presidente Yasir Arafat. El principal beneficiado de dicha política no fue otro que Hamás, que supo atraer hacia sus filas a los descontentos con el proceso de paz. No sería de extrañar que, en el corto plazo, Netanyahu opte por tratar de cuestionar la legitimidad de Fatah y de su presidente Mahmud Abbas, recurriendo al ya conocido «no tenemos interlocutores con los que negociar». En un horizonte cercano tampoco debería descartarse que el primer ministro israelí autorice un nuevo ataque contra la Franja de Gaza para dar un nuevo escarmiento a Hamás, tal y como reclaman varios miembros de su gabinete, lo que serviría de cortina humo para proseguir su política anexionista en Cisjordania. Tal posibilidad aceleraría la descomposición de Fatah y reafirmaría a Hamás, partidaria de congelar indefinidamente las negociaciones con Israel antes que alcanzar un compromiso perjudicial para los intereses palestinos.
El único actor internacional capaz de evitar que se cumpla este escenario es precisamente EE UU, el principal aliado de Israel, habida cuenta que la UE, a pesar de ser su principal socio comercial, no parece dispuesta a replantearse sus privilegiadas relaciones con el Estado hebreo a pesar de sus constantes violaciones de los derechos humanos palestinos. De hecho, no sería la primera vez que un presidente norteamericano se enfrenta a los dirigentes israelíes. En 1956, Dwight Eisenhower presionó a David Ben Gurion para que las tropas israelíes se retirasen de la Franja de Gaza, ocupada en el curso de la guerra de Suez. En 1991 George Bush congeló una serie de préstamos para obligar a Isaac Shamir a acudir a la Conferencia de Paz de Madrid y tomar parte en el proceso de paz de Oriente Medio. Si quiere evitar un nuevo estallido de violencia en la región, Obama debe dejar claro a Israel que debe renunciar de una vez por todas a su sueño de erigir el Gran Israel sobre los despojos de la Palestina ocupada.
En lo que respecta al frente palestino, el presidente estadounidense debe defender la creación de un Estado con continuidad territorial, con los menores retoques posibles a las fronteras del 5 de junio de 1967 y siempre que se produzca un intercambio de tierras parejo entre ambos Estados. Una medida que sería bien recibida por la calle palestina sería el levantamiento del veto de Washington a la creación de un gobierno de unidad nacional en el que, además de Fatah y Hamás, participen otras formaciones que representan las diferentes sensibilidades políticas de la población palestina. Este paso no sólo es imprescindible para la reconciliación entre las dos principales formaciones nacionalistas palestinas, sino también una condición indispensable para la firma de un eventual acuerdo de paz con Israel, ya que cualquier documento que fuese únicamente rubricado por Fatah estaría irremediablemente condenado al fracaso.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
>Obama y la alianza con Israel
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“Si Obama es serio, debería actuar con energía ante Israel”, escribió Aaron David Miller, en la revista Newsweek, en enero último, pocos días antes de que el nuevo presidente se instalara en la Casa Blanca. El análisis de Miller estaba inspirado por un concienzudo estudio del Council of Foreign Relations (CFR), titulado precisamente Restoring the balance (Restableciendo el equilibrio), que había preconizado una nueva estrategia de EEUU en Oriente Próximo para dar al traste con la hiriente parcialidad o desequilibrio en favor de Israel de los últimos 16 años, cuyos resultados más visibles son la ebullición y la cólera en el mundo árabe y el debilitamiento irremediable de los intereses norteamericanos e israelís.
Ahora asistimos a grandes maniobras entre bastidores sobre el endémico conflicto de Palestina porque EEUU trata de reavivar el proceso de paz estancado desde el 2000. En Jerusalén reconocen que la coordinación con la Casa Blanca se halla en franco declive, hasta el punto de que el enlace con Washington aún no contactó con el general James L. Jones, consejero jefe de Seguridad de Obama. Los últimos incidentes se produjeron cuando el departamento de Estado exigió a Israel la firma del Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP) y anunció tratos directos con Damasco sin consultar con los israelís.
¿A QUÉ SE DEBE este brusco viraje en las relaciones de EEUU con el país que tiene que defender en cualquier circunstancia de la hostilidad de sus vecinos? En primer lugar, a la existencia de un Gobierno de coalición ultranacionalista de derecha y extrema derecha, poco sensible al carisma de Obama, dirigido por Benyamín Netanyahu, que rechaza la creación de un Estado palestino, y cuya figura más controvertida es el ministro de Exteriores, Avigdor Lieberman, de origen ruso, gorila de discoteca en su Moldavia natal, notorio por su xenofobia y su bravuconería, que amenaza a diario con la deportación de los palestinos de Israel.
Lieberman acaba de realizar una gira europea, sin que se conozca ninguna protesta o algún escrúpulo de sus interlocutores, para vender la estrategia de “primero Irán”, a fin de impedir por todos los medios que el régimen de los ayatolás se dote del arma nuclear. Esa prioridad entrañaría el aplazamiento indefinido de la cuestión del Estado palestino por el que abogan tanto la Unión Europa como EEUU y Rusia. Le Monde se atreve a sospechar que el plan de Lieberman puede estar destinado a “ocultar el objetivo realmente perseguido: impedir para siempre, por la colonización, la posibilidad de un Estado palestino”.
EL FAMOSO American Israel Public Affairs Committee (AIPAC), potente grupo de presión proisraelí en el Congreso norteamericano, cuyos tentáculos llegan a más de la mitad de los parlamentarios, se reunió en Washington y manifestó su obsesión por los progresos nucleares de Teherán, pero se inquietó también tanto por el clima enrarecido de las relaciones con el Gobierno israelí como por el trasfondo intelectual y estratégico que presiona a favor de una corrección del rumbo en cuyo horizonte se perfilan la reconciliación de las facciones palestinas y un Estado en Cisjordania y Gaza. “¿Acaso esta Administración se va a comportar como la de Carter?”, preguntó retóricamente alarmado un congresista de Nueva York.
En vísperas de una crucial visita de Netanyahu a Washington, tras una atenta lectura de la prensa norteamericana y de los análisis de las grandes lumbreras (Gelb, Kissinger, Haass, Brzezinski, Zakaria), cabe preguntarse, como hace el especialista Michael Hirsch, si se va a producir el descarrilamiento del tren blindado de los vínculos inquebrantables entre EEUU e Israel, aunque concluye que ningún político israelí que pretenda seguir en el poder puede perder el respaldo de la superpotencia que garantiza la seguridad de su país. Queda por saber, sin embargo, hasta dónde llegará Obama en su intento de persuasión.
Las conclusiones en las esferas de poder apuntan a que los norteamericanos deben equilibrar su política, de manera que la seguridad de Israel sea compatible con el juego limpio hacia los árabes. EEUU debe actuar más como un mediador que como un ciego y parcial escudero de Israel. Cualquier impulso pacificador pasa por detener la colonización judía en los territorios palestinos, derribar la muralla y acabar con la visión quimérica de un Gran Israel, como dejó dicho James Baker en 1991. Obama tiene que evitar tanto los graves errores de Bush cuanto la prolongada pasividad de Clinton. La herencia es devastadora: progreso incesante del islamismo radical entre los palestinos y creciente intransigencia y militarización de la sociedad israelí, como se refleja en el Gobierno de Netanyahu-Lieberman.
NETANYAHU preconiza la guerra contra Irán mientras reduce la cuestión palestina a un problemático plan de desarrollo para que todo siga igual. Tiene aliados poderosos en Washington, pero los sectores del establishment que rodean a Obama están persuadidos de que el statu quo en Palestina –expansión colonial y violencia endémica– envenena o liquida las perspectivas de la solución de los dos estados, ensombrece a largo plazo el judaísmo de Israel y perjudica los intereses de la superpotencia en declive. El desenlace de esta batalla de estrategias es incierto porque la alianza de EEUU e Israel no está en entredicho.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
>¿Bombardear o no?
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En los últimos tiempos Washington ha estado preocupado por Pakistán y Afganistán; ahora le toca a Oriente Medio. El primer ministro israelí tiene prevista su visita y otras personalidades destacadas han venido o van a venir a la capital. Los israelíes quieren hablar sobre Irán, Obama y sus asesores quieren que los israelíes estén de acuerdo con la creación de un Estado árabe palestino tan pronto como sea posible. ¿Se producirá la coincidencia de puntos de vista? Probablemente, no, y las estrechas relaciones entre ambos países se aflojarán un tanto. No de manera espectacular, sino de forma gradual. Para los israelíes, la amenaza de la bomba nuclear iraní es una cuestión primordial, y juzgan que podrían eliminar este peligro mediante un ataque militar, al menos por un tiempo y si no hay oposición por parte de EE. UU. Pero los estadounidenses son muy contrarios a una acción militar en este momento… y tal vez en cualquier momento.
Probablemente, exageran la magnitud de la reacción que un ataque israelí provocaría en el mundo musulmán. Por supuesto, habría manifestaciones violentas, pero también es verdad que muchos árabes temen la bomba iraní, un instrumento para sentar la hegemonía iraní en todo Oriente Medio, por más que Teherán niegue categóricamente tal inicua intención.
No obstante, existen otras razones – y probablemente de mayor peso-contrarias a un ataque israelí, muy distintas de la cuestión del suministro de petróleo, que probablemente resultaría afectado. Un ataque israelí sería un mero paliativo, no detendría la marea de la proliferación. Las instalaciones destruidas podrían reconstruirse en pocos años; la bomba atómica podría comprarse o robarse, dada la semianarquía imperante en Pakistán.
Washington quiere entablar negociaciones con Teherán y las capitales árabes, y para que tales conversaciones tengan éxito necesita concesiones israelíes tales como la aceptación de un Estado palestino con fronteras viables. Los israelíes argumentan que ambas cuestiones no deberían mezclarse, y evidentemente es cierto que los iraníes continuarían fabricando su bomba incluso aunque Israel no existiera. Por otra parte, la miopía israelí desde 1967, su escasa disposición a entregar los territorios ocupados ese año (o al menos la mayor parte de ellos), imposibilita que los estadounidenses articulen una respuesta estratégica árabe frente a Irán.
En pocas palabras, los intereses estadounidenses e israelíes están divergiendo y resulta difícil entrever cómo se superarán tales discrepancias. Indudablemente, va en interés de los intereses israelíes no aferrarse a los territorios ocupados, debido a razones demográficas; es decir, para preservar el carácter israelí de Israel. El ex primer ministro israelí lo comprendió, como también el nuevo embajador en Washington, pero el actual Gobierno recientemente elegido no lo acepta. Será menester que pasen algunos años para que estas verdades básicas sean más aceptadas. Queda la duda de si resta mucho tiempo.
La cualidad del liderazgo en Israel no es la que solía en su hora fundacional; cabría oponer que el liderazgo en general se ha deteriorado en todo el mundo, pero, siendo Israel un país pequeño y amenazado, está claro que precisa un liderazgo con visión de futuro en mayor medida que otros países mayores y más poderosos que no viven rodeados de enemigos.
¿Qué pasará en Washington? Obama dirá a los israelíes que no pueden contar con ningún apoyo estadounidense (ni siquiera tolerancia) a un ataque contra instalaciones nucleares iraníes en la actualidad, que tal acción pondría en peligro los intereses estadounidenses en Oriente Medio, que Washington quiere agotar todas las bazas diplomáticas en el futuro inmediato. ¿Darán paso las próximas elecciones iraníes a la sustitución de Ahmadineyad por un líder más moderado?
Los israelíes no tienen otra opción más que la de aceptar la postura estadounidense; consideran, en todo caso, que la diplomacia será estéril porque los iraníes están persuadidos – acertada o equivocadamente-de que no tienen nada que temer porque nadie se atreverá a atacarlos. Aunque los estadounidenses se disculparan por todos los crímenes cometidos contra el pueblo iraní durante muchos años (dice Teherán), el hecho es que no desean detener, ni siquiera demorar, sus trabajos en el terreno de la energía nuclear destinados exclusivamente a fines pacíficos.
Próxima cuestión: ¿cuánto tiempo desean invertir los estadounidenses en las negociaciones diplomáticas y qué pasará si caen en la cuenta de que la diplomacia no les acerca a su objetivo? Según rumores que circulan en Washington, la Casa Blanca quiere emplear alrededor de cuatro meses en las negociaciones. ¿Qué pasará a partir de ahí? “Veremos…”. Sobre esta cuestión, Obama no puede dar una respuesta porque los estadounidenses no tienen ahora una idea clara. Algunos asesores consideran que Washington habrá de admitir que la bomba nuclear iraní no será una amenaza para EE. UU. Otros juzgan que será una amenaza no sólo para Israel sino para los aliados árabes de Estados Unidos en Oriente Medio, que podría conducir a una guerra susceptible de afectar a la producción y exportación de petróleo procedente del golfo Pérsico.
En suma, no se adoptará ninguna decisión. Washington irá dando largas sobre Irán, los israelíes irán dando largas a la hora de hacer concesiones a propósito de un Estado palestino y nadie echará las campanas al vuelo.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
>La prueba judía de Obama
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El embarazo que la visita del señor Avigdor Lieberman, nuevo ministro israelí de Asuntos Exteriores, parece haber causado en el Elíseo es comprensible. ¿Era necesario que Nicolas Sarkozy aceptase recibir a alguien de cuyo nombramiento un ex ministro también israelí, Shlomo Ben Ami, declaró que constituye una “provocación” para todos los implicados en los acuerdos de paz (es decir, para el grupo conocido como el “quinteto”: la ONU, la Unión Europea, Rusia, Reino Unido y Estados Unidos)? El señor Lieberman, cuyas declaraciones han sido comparadas a menudo con las de Jean Marie Le Pen, y cuyas groserías hacia los árabes han sido severamente juzgadas, sólo tiene una obsesión: renunciar a todos los acuerdos concluidos anteriormente y trabajar para hacer de Israel un Estado de judíos, para los judíos y poblado únicamente por ciudadanos judíos.
Nicolas Sarkozy decidió ceñirse al protocolo: sólo le recibiría Bernard Kouchner, homólogo del ministro israelí. Aunque alguna vez se haya proclamado con entusiasmo “el mejor amigo de Israel”, Kouchner ha recordado en repetidas ocasiones que tanto Francia como la Unión Europea son partidarias del establecimiento de dos Estados soberanos, uno palestino y otro israelí. Ahora bien, el jefe del Gobierno israelí, Benjamín Netanyahu, ha decretado que esa solución ya no es pertinente y le ha encargado a su ministro que abogue por su causa ante distintos gobiernos europeos, antes de hacerlo él mismo en Washington. Un portavoz del Elíseo ha observado que ahora existe una “estrategia francoestadounidense” para Oriente Próximo, lo que, dicho sea de paso, significa que, tras dos años en el poder, el presidente francés reniega de su patética inclinación en favor de George Bush para sumarse a la política de Barack Obama, que le inspira unos sentimientos mucho menos evidentes. Por otra parte, todo lo que los comentaristas políticos y los especialistas universitarios escribieron sobre el atlantismo de unos y el antiamericanismo de otros ha quedado obsoleto.Según nuestros colegas israelíes, Avigdor Lieberman tiene instrucciones de recuperar la argumentación que Ariel Sharon puso a punto durante la cruzada contra el terrorismo. Esta vez, sin embargo, ya no se trata de Irak, sino del diabólico Irán, que blande sobre Occidente y el denominado “mundo árabe moderado” una amenaza nuclear. Convendría, por tanto, persuadir a los países que se alejaron de Israel a raíz de la trágica expedición de Gaza de que deberían revisar la urgencia de sus prioridades con realismo. Sólo hay un enemigo y es Irán. Cualquier muestra de debilidad ante él constituiría una capitulación similar a la que protagonizaron los europeos ante Hitler en 1938. La negociación con los palestinos bien puede esperar.
Cuando abrazaba con tanto ardor la cruzada de George Bush contra Irak y el “eje del mal”, Ariel Sharon sabía el partido que podía sacarle a la hora de evitar negociar con Yaser Arafat. Bastaba con presentar (olvidando repentinamente a Hamás) al líder palestino como el mejor aliado de Sadam Husein. “Combatamos al enemigo número uno: Irak. Ya veremos luego qué hacemos con los palestinos”.
Es una maniobra que ya no puede sorprender a Barack Obama. Esta estrategia, que le hacía el juego a un George Bush deseoso de vérselas con Irak, no puede seducir a un Barack Obama preocupado por hacer la paz con Irán. Tras 100 días de mandato, el presidente norteamericano mantiene la visión sobre Oriente Próximo, los árabes y el islam que se formó durante la campaña presidencial. Ya he hablado de ella antes, pero la resumiré: la lucha contra el terrorismo no debe adoptar bajo ningún concepto la apariencia de una cruzada contra el islam ni agrupar sólo a unos cuantos occidentales que ignoran a la ONU. Por otra parte, la incorporación de árabes y musulmanes a una coalición antiterrorista sólo sería posible tras un acuerdo de paz entre palestinos e israelíes.
Pese a que la supervivencia de tales convicciones podía ser motivo de cierto escepticismo -y más aún cuando implicaban una unidad entre los palestinos que no ha sido posible-, hay que convenir en que Barack Obama confirmó su firmeza inmediatamente después de la conferencia internacional de la ONU contra el racismo (Durban II) celebrada en Ginebra el pasado abril. Vale la pena detenerse en este punto.
La decisión de Estados Unidos de boicotear esta conferencia -había sido organizada por los libios y los cubanos y los textos que se proponían someter a discusión prácticamente sólo incriminaban a Israel- ha dado lugar a diversas interpretaciones. Tras escuchar el discurso, siempre exagerado, del presidente Ahmadineyad, nos preguntábamos si Barack Obama atenuaría su política de apertura.
Sin embargo, aún no había terminado la cumbre de Ginebra cuando un portavoz de la Casa Blanca declaraba que Estados Unidos ratificaba su “deseo de iniciar conversaciones con las autoridades iraníes”. Es más, ese mismo día, Barack Obama anunció su decisión de invitar a Washington sucesivamente a los presidentes egipcio, palestino e israelí. Finalmente, para coronarlo todo, algunos comentarios oficiosos subrayan que, por inaceptables que fuesen, las declaraciones del presidente iraní traslucían cierta suavización de las posturas, pues ni negaba la realidad del Holocausto ni estigmatizaba al conjunto de los judíos. Respecto al destino reservado al Estado de Israel, cuya creación pretendía ser una solución para el sufrimiento de los judíos, les correspondía decidir a los palestinos.
A través de una evocación de los profetas bíblicos, Ahmadineyad incluso llegó a manifestar un relativo respeto por la religión judía. Eso sí, persistía en una explicación, acorde a la del fundador de la república de los mulás, según la cual la explotación del sufrimiento de los judíos durante el genocidio condujo a los extranjeros de todos los países a instalarse en una tierra que pertenecía a los palestinos. Las circunstancias se encargarían de hacer desaparecer esa operación de usurpación. Seguramente esto no supone un gran cambio para los israelíes, ni para los judíos, ni para los partidarios del respeto a las leyes internacionales, pero para los diplomáticos expertos en iranología no carece de significación.
Tanto es así que pese al problema, ya de proporciones gigantescas, de un Pakistán talibanizado, pese a la crisis económica mundial, que conduce a las industrias al desastre y a una progresión exponencial del paro, y dando la espalda a los dramáticos debates sobre la oportunidad de una operación bélica contra Irán, Barack Obama mantiene intacta su visión, sus convicciones y su estrategia.
Una prueba de fuerza parece inevitable. No ante los judíos norteamericanos en su conjunto -el 72% de ellos votaron a Barack Obama-, sino ante el American Israel Public Affairs Committee (AIPAC), el lobby más poderoso después del American Riffle Association, que, desde hace una década, viene prestando un apoyo incondicional al Likud, el partido de Netanyahu. Sencillamente, resulta que, desde hace dos años, hay otros lobbies mucho más liberales en lo que respecta a la cuestión israelí y hoy parecen dispuestos a ayudar a Barack Obama.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
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