>De Dr. House a Dr. Home
>
Después de ver algunos capítulos de la serie ‘House’ no puedo negar que siento cariño por el protagonista, el Dr. House, un médico experimentado, con mucho conocimiento, arriesgado en sus métodos de diagnóstico y tratamiento, difícil compañero, déspota con sus pacientes y con los acompañantes, mordaz, agudo, inteligente… Me ha abierto su corazón, que trataba de proteger en una caja fuerte. Sin duda, la realización de la serie, las miradas robadas por la cámara y la banda sonora que acompaña a las imágenes son elementos que ayudan a aflorar estos sentimientos.
Sin embargo, mi cualidad de profesora universitaria vinculada al ámbito de la orientación no me permite simplemente gozar de la serie; la razón y la duda me amenazan en forma de posible transferencia a la vida real, o de aplicación a la docencia o de aprendizajes diferidos. A través de esta reflexión, quiero compartir mi inquietud, aunque con ello, o por ello, impida que los lectores simplemente disfruten de una hora televisiva excepcionalmente de calidad.
La reforma de la enseñanza universitaria pretende, entre otros aspectos, acercar la universidad a la sociedad ‘trayendo’ la sociedad a la universidad. Los graduados universitarios no deben ser eruditos en las materias que estudian, sino profesionales competentes y comprometidos. El primer paso hacia esta meta formativa es definir adecuadamente la profesión para comprender qué funciones tiene que desempeñar y qué competencias son necesarias para realizarlas de forma adecuada.
Hay profesiones, como la medicina, cuyo perfil profesional ha estado siempre bastante definido y asumido. Siempre hemos considerado, y seguimos haciéndolo, que los médicos tienen que diagnosticar y curar, para lo que es necesario que vayan actualizándose a medida que la ciencia avanza gracias a algunos profesionales dedicados a la investigación. Sin embargo, los tiempos cambian incluso para las profesiones más tradicionales y, por tanto, es necesaria la reflexión y la revisión de las competencias que se necesitan para ser un buen médico o una buena médica.
Llegados a este punto es donde el análisis del desempeño profesional de House me parece un ejercicio enriquecedor para los responsables de diseñar la formación de los futuros médicos. El hecho de que tanto el facultativo como los pacientes sean personajes de ficción no debe hacernos desestimar el ejercicio, aunque obviamente nos obliga a no hacer una transferencia directa, sino más bien diferida.
Desde mi posición de paciente (pasada y potencial) puedo ofrecer un somero análisis de mi visión sobre el tema, más como ejemplo a desarrollar que como ejercicio resuelto.
¿Se puede considerar House un médico competente? Aunque me gustaría, no me siento competente para responder con un ’sí’ o con un ‘no’. La respuesta para mí es tan decepcionante como ‘depende’. Depende del aspecto del desempeño profesional del que hablemos. Depende de qué entendamos por competencia.
Yo no tengo dudas de que, caso de padecer una enfermedad de las consideradas muy raras, querría que mi médico fuera House, porque es excepcionalmente eficaz para el diagnóstico y el tratamiento. Domina los síntomas que acompañan a cada enfermedad y conoce y aplica diferentes procedimientos para el diagnóstico diferencial. Los remedios que prescribe, una vez conocida la dolencia, también parecen ser eficaces. Pero, como deben conocer los profesionales de la medicina, las funciones del médico van más allá del diagnóstico y el tratamiento. Hemos compartido con el Dr. House sus dificultades para relacionarse con sus pacientes y con su equipo, sus dificultades para ponerse en el lugar del otro, para resolver conflictos, para reconocer sus propias limitaciones.
El médico tiene que relacionarse con el paciente y sus familiares. Esta relación incluye, entre otros aspectos: recabar información del entorno para realizar un buen diagnóstico y ajustar el tratamiento; transmitir información, positiva o negativa, con respecto al diagnóstico y al pronóstico; orientar sobre las diferentes opciones que se le presentan al paciente entre las que puede elegir; apoyar durante el proceso de la enfermedad; explicar a pacientes y familiares para que entiendan lo que ocurre y lo que se espera que ocurra.
Sin duda muchos médicos son competentes en su relación con el paciente porque cuentan con esta habilidad innata o porque lo han aprendido durante el desempeño profesional, pero pocos porque haya habido una formación intencional para el desarrollo de esta competencia en los estudios de esta licenciatura.
El problema está en aquellos profesionales ‘incompetentes’ en esta función. La sanidad, tanto pública como privada, está salpicada de pacientes que han preguntado y no han recibido respuesta o la han recibido pero no la han entendido, enfermos sin esperanza que no han esperado ni una sonrisa de apoyo por parte de la persona que en ese momento es su principal referente, ya que han puesto el destino en sus manos; decisiones que no se toman por desconocer las opciones, visitas médicas donde no se dirige ni la vista ni la palabra al paciente. Está salpicada de médicos que diagnostican, tratan y curan enfermedades, no enfermos.
Sin embargo, el paciente cada vez tiene más acceso a la información y hace cada vez preguntas más precisas a las que los médicos no están acostumbrados porque la medicina siempre ha sido inaccesible a los profanos. El enfermo es, cada vez, más consciente de sus derechos y es más capaz de reclamarlos. El enfermo, cada vez ‘endiosa’ menos al médico y lo valora de forma más ajustada, como un profesional con una función determinada en la sociedad. En definitiva, el paciente es cada vez más impaciente y más cliente.
Hay que aprovechar este momento en que la universidad está revisando los planes de estudio tomando como referente las funciones profesionales para diseñar acciones formativas que permitan desarrollar estas competencias interpersonales en los futuros médicos. Nosotros y nuestros descendientes lo agradeceremos.
No se trata de sustituir la formación actual sino de completarla para mejorarla. Se trata de formar doctores Home a partir de doctores House.
Y ahora, transmitidas mis reflexiones, déjenme disfrutar de la serie y de su protagonista.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
>El mito de James Barry
>Por Christopher Boone (Genciencia 25/07/2008)
La historia de James Barry comienza en un lugar indeterminado en un año cercano a 1795. A los 13 años finalizó la escuela de medicina, y tras unos años de espera, en 1813 se alistó en la Armada Británica. Allí sirvió con distinción en muchas de las colonias que la corona británica tenía, incluyendo India, Sudáfrica y Canadá.
Estando en Sudáfrica, Barry se convirtió en el primer cirujano del Imperio Británico que realizó con éxito una cesárea donde tanto la madre como el hijo sobrevivieron. Antes de eso, este tipo de operación sólo se realizaba cuando la madre estaba muerta (o casi).
Pasaron los años, y Barry continuó haciendo méritos. Poco a poco, fue ascendiendo hasta lograr el rango de Inspector General de Hospitales de la Armada, aunque también tuvo tiempo para trabajar con la Marina Real mejorando las condiciones sanitarias de los marineros.
Hasta aquí puede parecer una trayectoria admirable, aunque no todo lo extraordinaria que podríamos esperar. Entonces, ¿de dónde viene eso del mito?
Pues de que según se dice, James Barry era una mujer.
En aquellos tiempos, una mujer no podía acceder a estudios médicos, ni mucho menos llegar a ejercer como doctor o cirujano. Por ese motivo, desde su infancia (cuando comenzó en la escuela de medicina), disimuló su sexo para poder aprender y trabajar de aquello que realmente le interesaba.
Al parecer, su habilidad para ocultar su verdadero sexo fue tal que hasta que no murió en 1865 y se le realizó la autopsia, no se descubrió el engaño. Incluso se dice que llegó a disimular un embarazo, y que se encargó ella sola de dar a luz y realizar todos los cuidados.
Dificultades de otras épocas… ¿no?
El mito de James Barry
Por Christopher Boone (Genciencia 25/07/2008)
La historia de James Barry comienza en un lugar indeterminado en un año cercano a 1795. A los 13 años finalizó la escuela de medicina, y tras unos años de espera, en 1813 se alistó en la Armada Británica. Allí sirvió con distinción en muchas de las colonias que la corona británica tenía, incluyendo India, Sudáfrica y Canadá.
Estando en Sudáfrica, Barry se convirtió en el primer cirujano del Imperio Británico que realizó con éxito una cesárea donde tanto la madre como el hijo sobrevivieron. Antes de eso, este tipo de operación sólo se realizaba cuando la madre estaba muerta (o casi).
Pasaron los años, y Barry continuó haciendo méritos. Poco a poco, fue ascendiendo hasta lograr el rango de Inspector General de Hospitales de la Armada, aunque también tuvo tiempo para trabajar con la Marina Real mejorando las condiciones sanitarias de los marineros.
Hasta aquí puede parecer una trayectoria admirable, aunque no todo lo extraordinaria que podríamos esperar. Entonces, ¿de dónde viene eso del mito?
Pues de que según se dice, James Barry era una mujer.
En aquellos tiempos, una mujer no podía acceder a estudios médicos, ni mucho menos llegar a ejercer como doctor o cirujano. Por ese motivo, desde su infancia (cuando comenzó en la escuela de medicina), disimuló su sexo para poder aprender y trabajar de aquello que realmente le interesaba.
Al parecer, su habilidad para ocultar su verdadero sexo fue tal que hasta que no murió en 1865 y se le realizó la autopsia, no se descubrió el engaño. Incluso se dice que llegó a disimular un embarazo, y que se encargó ella sola de dar a luz y realizar todos los cuidados.
Dificultades de otras épocas… ¿no?
>Un diario muy apetitoso
>Por Christopher Boone (Genciencia 04/08/2008)
Un diario muy apetitoso
Por Christopher Boone (Genciencia 04/08/2008)
>Phineas Gage y el cambio de personalidad
>
El caso de Phineas Gage es conocido entre la comunidad médica como uno de los estudios más sorprendentes sobre la influencia del cerebro en las emociones.
Este hombre de 25 años trabajaba en la industria como capataz de obra cuando un 13 de septiembre de 1848 sufrió un accidente que cambió su vida. Estaba rellenando con dinamita un agujero de una roca cuando por error suyo, la barrena que aguantaba para introducir el explosivo tocó la roca e hizo explotar la dinamita.
La barrena, de 6 Kg. de peso y un metro de largo, salió volando hacia la cabeza de Gage, entrando por debajo de su ojo izquierdo. Atravesó su lóbulo frontal izquierdo, y salió por el vértice de su cabeza.
Aunque sea difícil de creer, Gage fue a un hotel cercano sentado en un carromato tirado por bueyes, y subió por su propio pie las escaleras del edificio. Aunque más curiosa fue la reacción del doctor Harlow, que al ver la situación, la calificó como “fabulosa”.
Porque Gage había perdido parte del lóbulo frontal izquierdo y bastante sangre. Para tener una idea de la herida, el agujero era de 9 cm. de diámetro, y permitió al doctor introducir todo el dedo índice por el orificio (muestra de que el ser humano es curioso por naturaleza).
No teniendo una mejor idea, el médico le aplicó apósitos y vendas para proteger la herida, que en las siguientes semanas sufrió una gran infección. Sorprendente fue comprobar que al mes de su accidente, Gage ya paseaba tranquilamente por la ciudad.
Y aquí es donde aparecieron las secuelas. Porque tras la recuperación, la personalidad de Gage había cambiado radical y permanentemente. Tanto, que en su trabajo no vieron adecuado readmitirlo.
Antes de la explosión, Gage era considerado como alguien eficiente y capaz. Se le veía equilibrado, y la gente lo apreciaba por ser trabajador, puntual y muy sensato.
Pero tras el accidente, Harlow lo describió de la siguiente forma: “impulsivo, irreverente y en ocasiones se permite las blasfemias más groseras (lo que antes no era habitual en él), manifestando muy poco respeto por sus compañeros; no tolera las restricciones (…), caprichoso e indeciso…”.
Hay que decir que Gage siguió viviendo 12 años más, al parecer sin un rumbo fijo.
Durante ese tiempo, el doctor Harlow siguió escribiendo sobre su evolución, demostrando que había sufrido una mayor alteración en su personalidad que no en su inteligencia.
Actualizado: No puedo perder la oportunidad de enseñaros una fotografía que he encontrado en demedicina.com. Se trata de una recreación del momento en el que Gage fue atravesado por la barra.
Si fue capaz de mantener esa sonrisa, Phineas pasará a ser el número uno en mi ranking de gente optimista.
Phineas Gage y el cambio de personalidad
El caso de Phineas Gage es conocido entre la comunidad médica como uno de los estudios más sorprendentes sobre la influencia del cerebro en las emociones.
Este hombre de 25 años trabajaba en la industria como capataz de obra cuando un 13 de septiembre de 1848 sufrió un accidente que cambió su vida. Estaba rellenando con dinamita un agujero de una roca cuando por error suyo, la barrena que aguantaba para introducir el explosivo tocó la roca e hizo explotar la dinamita.
La barrena, de 6 Kg. de peso y un metro de largo, salió volando hacia la cabeza de Gage, entrando por debajo de su ojo izquierdo. Atravesó su lóbulo frontal izquierdo, y salió por el vértice de su cabeza.
Aunque sea difícil de creer, Gage fue a un hotel cercano sentado en un carromato tirado por bueyes, y subió por su propio pie las escaleras del edificio. Aunque más curiosa fue la reacción del doctor Harlow, que al ver la situación, la calificó como “fabulosa”.
Porque Gage había perdido parte del lóbulo frontal izquierdo y bastante sangre. Para tener una idea de la herida, el agujero era de 9 cm. de diámetro, y permitió al doctor introducir todo el dedo índice por el orificio (muestra de que el ser humano es curioso por naturaleza).
No teniendo una mejor idea, el médico le aplicó apósitos y vendas para proteger la herida, que en las siguientes semanas sufrió una gran infección. Sorprendente fue comprobar que al mes de su accidente, Gage ya paseaba tranquilamente por la ciudad.
Y aquí es donde aparecieron las secuelas. Porque tras la recuperación, la personalidad de Gage había cambiado radical y permanentemente. Tanto, que en su trabajo no vieron adecuado readmitirlo.
Antes de la explosión, Gage era considerado como alguien eficiente y capaz. Se le veía equilibrado, y la gente lo apreciaba por ser trabajador, puntual y muy sensato.
Pero tras el accidente, Harlow lo describió de la siguiente forma: “impulsivo, irreverente y en ocasiones se permite las blasfemias más groseras (lo que antes no era habitual en él), manifestando muy poco respeto por sus compañeros; no tolera las restricciones (…), caprichoso e indeciso…”.
Hay que decir que Gage siguió viviendo 12 años más, al parecer sin un rumbo fijo.
Durante ese tiempo, el doctor Harlow siguió escribiendo sobre su evolución, demostrando que había sufrido una mayor alteración en su personalidad que no en su inteligencia.
Actualizado: No puedo perder la oportunidad de enseñaros una fotografía que he encontrado en demedicina.com. Se trata de una recreación del momento en el que Gage fue atravesado por la barra.
Si fue capaz de mantener esa sonrisa, Phineas pasará a ser el número uno en mi ranking de gente optimista.
>Un extraño en tu hogar
>
Vivir con alguien que sufre algún tipo de trastorno mental es difícil. Ver como nuestro familiar, antes sano, tiene ahora dificultades para recordar cosas sencillas, no gusta a nadie.
El alzheimer es posiblemente una de las enfermedades más conocidas, pero hay otros trastornos menos frecuentes, que pueden llegar a sorprender al familiar que se encuentre con los síntomas sin conocer su origen.
Y dentro de estos, hay un grupo que tiene como punto común unos síntomas curiosos: el paciente cree que en su casa están viviendo extraños, ya sea de una forma oculta, o suplantando a alguno de sus antiguos familiares. Veamos tres de ellos.
El primero es el Síndrome o Mal de Capgras, donde el paciente cree que una persona allegada ha sido suplantada por un doble idéntico. Pensará que es el único que se ha percatado del problema (ya que nadie le dará la razón), y tratará de impostor al “extraño”.
Este mal es debido a un problema de conexión entre el reconocimiento visual y la memoria afectiva. Por ejemplo, si el enfermo cree que su tía es una doble, será porque la verá, la identificará como su tía, pero en cambio no tendrá los recuerdos que conllevan la parte emocional de una relación.
En el siguiente vídeo se puede ver de una forma clara de qué trata el problema. La primera parte es una situación ficticia, seguida de la explicación teórica.
Otro trastorno de síntomas parecidos es el Síndrome de Frégoli. En este caso, el paciente pensará que de alguna forma, un familiar o persona cercana es alguien distinto, aunque también allegado.
Es decir, que un enfermo con este síndrome podría suponer que su primo es en realidad un hermano que murió y ha ocupado su cuerpo.
Y por último tenemos el Síndrome del Huésped Fantasma. La persona que sufra este trastorno, pensará que su casa está ocupada por alguien que de alguna forma, consigue ocultarse para no dejarse ver.
Aún así, el enfermo tendrá la idea delirante de que detecta a su curioso ocupante, ya sea viendo su reflejo en un espejo, escuchando el televisor encendido…
Curiosas enfermedades que poco a poco, y gracias a los avances en neurociencia, van teniendo respuestas.
Un extraño en tu hogar
Vivir con alguien que sufre algún tipo de trastorno mental es difícil. Ver como nuestro familiar, antes sano, tiene ahora dificultades para recordar cosas sencillas, no gusta a nadie.
El alzheimer es posiblemente una de las enfermedades más conocidas, pero hay otros trastornos menos frecuentes, que pueden llegar a sorprender al familiar que se encuentre con los síntomas sin conocer su origen.
Y dentro de estos, hay un grupo que tiene como punto común unos síntomas curiosos: el paciente cree que en su casa están viviendo extraños, ya sea de una forma oculta, o suplantando a alguno de sus antiguos familiares. Veamos tres de ellos.
El primero es el Síndrome o Mal de Capgras, donde el paciente cree que una persona allegada ha sido suplantada por un doble idéntico. Pensará que es el único que se ha percatado del problema (ya que nadie le dará la razón), y tratará de impostor al “extraño”.
Este mal es debido a un problema de conexión entre el reconocimiento visual y la memoria afectiva. Por ejemplo, si el enfermo cree que su tía es una doble, será porque la verá, la identificará como su tía, pero en cambio no tendrá los recuerdos que conllevan la parte emocional de una relación.
En el siguiente vídeo se puede ver de una forma clara de qué trata el problema. La primera parte es una situación ficticia, seguida de la explicación teórica.
Otro trastorno de síntomas parecidos es el Síndrome de Frégoli. En este caso, el paciente pensará que de alguna forma, un familiar o persona cercana es alguien distinto, aunque también allegado.
Es decir, que un enfermo con este síndrome podría suponer que su primo es en realidad un hermano que murió y ha ocupado su cuerpo.
Y por último tenemos el Síndrome del Huésped Fantasma. La persona que sufra este trastorno, pensará que su casa está ocupada por alguien que de alguna forma, consigue ocultarse para no dejarse ver.
Aún así, el enfermo tendrá la idea delirante de que detecta a su curioso ocupante, ya sea viendo su reflejo en un espejo, escuchando el televisor encendido…
Curiosas enfermedades que poco a poco, y gracias a los avances en neurociencia, van teniendo respuestas.
>Desinformados frente al cáncer
>
Un estudio realizado a nivel mundial por la Unión Internacional contra el Cáncer (UICC) ha demostrado que no estamos tan informados como deberíamos sobre las causas del cáncer. Han sido unas 30.000 encuestas repartidas por 29 países de ingresos altos, medios, y bajos, y se han observado similitudes y diferencias que dan mucho que pensar.
Una primera conclusión a la que se ha llegado es que nos preocupan más los factores medioambientales que los de nuestras propias conductas, lo que es un grave error. Por ejemplo, la contaminación está vista como un factor de riesgo importante, lo cual en realidad tiene un bajo impacto en la enfermedad.
En cambio, beber alcohol no preocupa tanto a los encuestados, y resulta que el consumo de estas bebidas es más influyente en el cáncer que respirar un aire contaminado.
De hecho, es en los países con mayores ingresos donde esta creencia está más extendida. Un 42% de los encuestados no cree que consumir alcohol pueda ser causa de cáncer, respecto al 26% que hay en los países con ingresos medios, y al 15% de los países con ingresos bajos.
Otra diferencia entre países está en las esperanzas frente a una posible cura, o la efectividad de los tratamientos contra el cáncer.
En los países más pobres, un 48% de la gente pensaba que no hay mucho que se pueda hacer para curar esta enfermedad. Ese porcentaje se reducía a un 39% en los países de ingresos medios, y hasta un 17% en los de ingresos altos. Este es un indicador preocupante, ya que si la gente no cree en una posible cura, no participarán en programas de análisis de cáncer, necesarios para salvarlos.
Como conclusión de todos estos datos, queda el diseñar programas de educación específicos para cada país, ya que las necesidades son distintas según el contexto en el que se encuentran.
Pero lo que queda claro es que se tendrá que poner especial atención en borrar la idea de que los factores de riesgo del cáncer son sólo ambientales (y por tanto, fuera de nuestro control), y no factores controlables (sobrepeso, alcohol).
¿Os consideráis bien informados sobre esta enfermedad?
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