>Tres fuentes y tres partes integrantes del marxismo
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En las obras de Engels Ludwig Feuerbach y Anti-Dühring, que -al igual que el Manifiesto Comunista- son los libros de cabecera de todo obrero con conciencia de clase, es donde aparecen expuestas con mayor claridad y detalle sus opiniones. Pero Marx no se detuvo en el materialismo del siglo XVIII, sino que desarrolló la filosofía llevándola a un nivel superior. La enriqueció con los logros de la filosofía clásica alemana, en especial con el sistema de Hegel, el que, a su vez, había conducido al materialismo de Feuerbach. El principal de estos logros es ladialéctica, es decir, la doctrina del desarrollo en su forma más completa, profunda y libre de unilateralidad, la doctrina acerca de lo relativo del conocimiento humano, que nos da un reflejo de la materia en perpetuo desarrollo. Los novísimos descubrimientos de las ciencias naturales -el radio, los electrones, la trasformación de los elementos- son una admirable confirmación del materialismo dialéctico de Marx, quiéranlo o no las doctrinas de los filósofos burgueses, y sus “nuevos” retornos al viejo y decadente idealismo. Marx profundizó y desarrolló totalmente el materialismo filosófico, e hizo extensivo el conocimiento de la naturaleza al conocimiento de la sociedad humana.
El materialismo histórico de Marx es una enorme conquista del pensamiento científico. Al caos y la arbitrariedad que imperan hasta entonces en los puntos de vista sobre historia y política, sucedió una teoría científica asombrosamente completa y armónica, que muestra cómo, en virtud del desarrollo de las fuerzas productivas, de un sistema de vida social surge otro más elevado; cómo del feudalismo, por ejemplo, nace el capitalismo. Así como el conocimiento del hombre refleja la naturaleza (es decir, la materia en desarrollo), que existe independientemente de él, así el conocimiento social del hombre (es decir, las diversas concepciones y doctrinas filosóficas, religiosas, políticas, etc.), refleja el régimen económico de la sociedad. Las instituciones políticas son la superestructura que se alza sobre la base económica. Así vemos, por ejemplo, que las diversas formas políticas de los Estados europeos modernos sirven para reforzar la dominación de la burguesía sobre el proletariado. La filosofía de Marx es un materialismo filosófico acabado, que ha proporcionado a la humanidad, y sobre todo a la clase obrera, la poderosa arma del saber.
II
Allí donde los economistas burgueses veían relaciones entre objetos (cambio de una mercancía por otra), Marx descubrió relaciones entre personas. El cambio de mercancías expresa el vínculo establecido a través del mercado entre los productores aislados. El dinero, al unir indisolublemente en un todo único la vida económica íntegra de los productores aislados, significa que este vínculo se hace cada vez más estrecho. El capital significa un desarrollo ulterior de este vínculo: la fuerza de trabajo del hombre se trasforma en mercancía. El obrero asalariado vende su fuerza de trabajo al propietario de la tierra, de las fábricas, de los instrumentos de trabajo. El obrero emplea una parte de la jornada de trabajo en cubrir el costo de su sustento y el de su familia (salario); durante la otra parte de la jornada trabaja gratis, creando para el capitalista la plusvalía, fuente de las ganancias, fuente de la riqueza de la clase capitalista.
La teoría de la plusvalía es la piedra angular de la teoría económica de Marx. El capital, creado por el trabajo del obrero, oprime al obrero, arruina a los pequeños propietarios y crea un ejército de desocupados. En la industria, el triunfo de la gran producción se advierte en seguida, pero también en la agricultura se observa ese mismo fenómeno, donde la superioridad de la gran agricultura capitalista es acrecentada, aumenta el empleo de maquinaria, y la economía campesina, atrapada por el capital monetario, languidece y se arruina bajo el peso de su técnica atrasada. En la agricultura la decadencia de la pequeña producción asume otras formas, pero es un hecho indiscutible.
Al azotar la pequeña producción, el capital lleva al aumento de la productividad del trabajo y a la creación de una situación de monopolio para los consorcios de los grandes capitalistas. La misma producción va adquiriendo cada vez más un carácter social — cientos de miles y millones de obreros ligados entre sí en un organismo económico sistemático –, mientras que un puñado de capitalistas se apropia del producto de este trabajo colectivo. Se intensifican la anarquía de la producción, las crisis, la carrera desesperada en busca de mercados, y se vuelve más insegura la vida de las masas de la población. Al aumentar la dependencia de los obreros hacia el capital, el sistema capitalista crea la gran fuerza del trabajo conjunto. Marx sigue el desarrollo del capitalismo desde los primeros gérmenes de la economía mercantil, desde el simple trueque, hasta sus formas más elevadas, hasta la gran producción. Y la experiencia de todos los países capitalistas, viejos y nuevos, demuestra claramente, año tras año, a un número cada vez mayor de obreros, la veracidad de esta doctrina de Marx. El capitalismo ha triunfado en el mundo entero, pero este triunfo no es más que el preludio del triunfo del trabajo sobre el capital.
III
Ni una sola victoria de la libertad política sobre la clase feudal se logró sin una desesperada resistencia. Ni un solo país capitalista se formó sobre una base más o menos libre o democrática, sin una lucha a muerte entre las diversas clases de la sociedad capitalista.
El genio de Marx consiste en haber sido el primero en deducir de ello la conclusión que enseña la historia del mundo y en aplicar consecuentemente esas lecciones. La conclusión a que llegó es la doctrina de la lucha de clases.
Los hombres han sido siempre, en política, víctimas necias del engaño ajeno y propio, y lo seguirán siendo mientras no aprendan a descubrir detrás de todas las frases, declaraciones y promesas morales, religiosas, políticas y sociales, los intereses de una u otra clase. Los que abogan por reformas y mejoras se verán siempre burlados por los defensores de lo viejo mientras no comprendan que toda institución vieja, por bárbara y podrida que parezca, se sostiene por la fuerza de determinadas clases dominantes. Y para vencer la resistencia de esas clases, sólo hay un medio: encontrar en la misma sociedad que nos rodea, las fuerzas que pueden -y, por su situación social, deben- constituir la fuerza capaz de barrer lo viejo y crear lo nuevo, y educar y organizar a esas fuerzas para la lucha.
Sólo el materialismo filosófico de Marx señaló al proletariado la salida de la esclavitud espiritual en que se han consumido hasta hoy todas las clases oprimidas. Sólo la teoría económica de Marx explicó la situación real del proíetariado en el régimen general del capitalismo.
En el mundo entero, desde Norteamérica hasta el Japón y desde Suecia hasta el Africa del Sur, se multiplican organizaciones independientes del proletariado. Este se instruye y educa al librar su lucha de clase, se despoja de los prejuicios de la sociedad burguesa, está adquiriendo una cohesión cada vez mayor y aprendiendo a medir el alcance de sus éxitos, templa sus fuerzas y crece irresistiblemente.
>La modernidad de Karl Marx
>
Por Andreu Mayayo, historiador (EL PERIÓDICO, 15/12/08):
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
>Marx, de vuelta
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Por Reyes Mate, profesor de investigación del CSIC (EL PERIÓDICO, 13/12/08): Marx ha vuelto, de momento, a las librerías. Se reeditan los textos más políticos, salen del almacén ejemplares empolvados de El Capital y los escritores que husmean la dirección del viento llenan páginas preguntándose ¿qué Marx vuelve? No el que se fue por la puerta trasera de la historia disfrazado de comunista, revisionista, luxemburguista o gramsciano. Durante un siglo la humanidad ha tenido tiempo de experimentar con alguna de esas fórmulas cómo vencer al capitalismo, y no ha habido manera. La caí- da del muro de Berlín dio caza al fantasma que recorría Europa, ese comunismo tras el que, como dice el Manifiesto comunista, corrían “el papa y el zar, Metternich y Guizot, radicales franceses y policías alemanes”: es decir, todos los poderes fácticos. Se han cobrado la pieza y los manifestantes andan disueltos. NO VUELVE un Marx alternativo, sino otro mucho más cercano a nuestros propios demonios, alguien capaz de decir en este momento una palabra verdadera sobre la crisis que nos invade. Esa palabra no es fácil de pronunciar. Estamos asistiendo al sorprendente espectáculo de que hablan los que tienen que callar y callan los que deberían hablar. Hablan, en efecto, políticos muy viajados, economistas de prestigio o dirigentes mundiales que desde sus puestos de mando no se han enterado de por dónde venía el peligro y que ahora nos abroncan por no poder pagar una hipoteca que ellos nos pusieron en la mano. O son unos incompetentes, por no saber, o si sabían y callaron, unos desalmados. Debe- rían callarse y dejar el espacio libre para que hablen quienes nacieron como alternativa al capitalismo. Son estos los hijos, sobrinos o nietos de Marx, esos mismos que no supieron dar con la fórmula alternativa y por eso no dicen nada. Ese marxismo ambicioso no vuelve. Vuelve, sí, el Marx que fue capaz de ver como nadie las tripas del capitalismo y que como todos nosotros quedó fascinado por la vida burguesa y por el poder creador/destructor del capitalismo. Al autor de El Capital debemos el haber descubierto la relación entre economía y política, por tanto, que la economía debe estar dirigida desde la política, una tarea hercúlea y a contracorriente porque “el modo de producción de la vida material domina en general el desarrollo de la vida social, política e intelectual”, es decir, que el dinero tiende a convertirse en poder. Suya es también la idea de que en la fábrica hay algo más que el dinero y la voluntad del patrón, a saber: el capital del amo, el trabajo de los obreros y la confianza de los compradores. También nos transmitió la idea de crisis periódica. La producción tiene que ser competitiva, de ahí la necesidad de revolucionar los sistemas de producción y de reducir costes salariales. Al debilitarse la capacidad adquisitiva del trabajador, aumentan los estocs de mercancías, con toda la secuencia que tan bien conocemos. En diseccionar al monstruo, Marx es incomparable. A él eso no le bastaba. Quería darle cumplida réplica ofreciendo un plan alternativo. Tuvo entonces que echar mano de previsiones o profecías que no se han cumplido. Eso lo damos por descontado. Lo que ahora nos fascina es leer sus críticas al capitalismo no en el contexto de una estrategia alternativa, sino como la cara de una moneda cuya cruz es la fascinación por ese mismo capitalismo. En el citado Manifiesto, Marx mete el estilete en las entraña del sistema –”la burguesía ha ahogado en la aguas heladas del cálculo egoísta los estertores sagrados de la piedad feudal. Redujo la dignidad personal al valor de cambio, y en lugar de las muchas libertades duramente conquistadas colocó la única e indiferente libertad del comercio”– para decir a continuación que “la burguesía ha jugado en la historia un papel eminentemente revolucionario; esta conmoción constante de la producción, esta permanente sacudida de todo el sistema social, esta agitación y constante provisionalidad es lo que distingue a la época burguesa de todas las anteriores”. No se sabe qué admirar más, si la radicalidad de la crítica o el entusiasmo, rayano en la apología, del crítico por el capitalismo. NO ES MÁS próximo ese Marx. Con él somos conscientes del peligro de un sistema que envenena las aguas, contamina el aire y desertiza la tierra. Y como él vivimos seducidos por un modo de vida gratificante para quien lo disfruta, con el excitante añadido de poner a prueba cada día la capacidad revolucionaria de nuestros conocimientos científicos. Incluso nos resulta cercano el Marx histórico –el Moro, como le motejaban en su tiempo– escindido entre el trabajo teórico realmente visionario y la lucha por la existencia, por cómo llegar a final de mes. Lo que ahora nos dicen sus intérpretes es que nunca se propuso acabar con el sistema, tan solo hacerle coherente y racional. Quien en todo caso se enfrente críticamente al capitalismo no podrá pasar de Marx, pues, como dice otro Marx, el obispo de Múnich, en su libro también titulado El Capital, “Carlos Marx no está muerto y hay que tomarle en serio”. Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
>El retorno de Marx
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Por Ángel Rupérez, escritor y profesor de Teoría de la Literatura de la Universidad Complutense de Madrid (EL PAÍS, 30/11/08): La losa que pesa sobre el pensamiento de Carlos Marx, debido a la usurpación que hicieron de él las revoluciones que se llamaron marxistas, todas fracasadas, ha impedido que reconozcamos, sin esos lúgubres embargos, la grandeza de algunas de sus ideas (no de todas, desde luego). Pero de la misma manera que podemos leer el Evangelio de Jesús liberados de las coacciones que ejercen sobre él los atropellos cometidos en su nombre -múltiples crímenes de toda laya-, así también podemos y debemos recuperar la figura de Marx sin consentir que ninguno de sus usurpadores lastre el alcance del poder crítico y liberador de su pensamiento. Y en estos momentos en los que el capitalismo ha dado muestras evidentes de sus flaquezas más demoledoras, la figura de Marx debe ser recuperada precisamente para recordar la forma como describió el funcionamiento del capitalismo, siempre voraz y dispuesto a cualquier forma de abuso con tal de hacer valer su principio esencial del beneficio por encima de todo. Que la idolatría del dinero supusiera la humillación de miles y miles de seres humanos, era algo que al primer capitalismo no le importaba la más mínima higa. De ahí que Marx, genial intérprete de esos mecanismos de dominación, fuera a la vez alguien que quisiera y se propusiera cambiar el signo de la historia con el fin de superarla en un proyecto ideal que, al hacerse él mismo historia, degeneró en sociedades también esclavizadas, con el crimen político como bandera y la segregación social como método de dominación. Al caer esos regímenes totalitarios y estafadores, pareció que el capitalismo no tenía oponentes y por eso alguien que se hizo famoso pudo decretar el fin de la historia, que sólo era el sueño de la impunidad absoluta. Ninguna tropelía cometida en nombre del capitalismo podría seriamente ser objeto de una desautorización global en el siglo XXI, puesto que no había ideas alternativas, ya que las únicas que se habían alegado y puesto en práctica habían fracasado estrepitosamente. Incluso un país como China, mastodonte que mantiene intactas las hechuras de un Estado totalitario, hizo su particular revisión y se afilió al capitalismo antaño denostado y del que ahora es un principal motor en el mundo, atropellando a su paso los derechos humanos y también los derechos de la Naturaleza (que son también derechos humanos). Pero si leemos sin prejuicios los escritos de Marx, nos daremos cuenta del portentoso aliento que hay en ellos para penetrar en los entresijos de la maquinaria del capital voraz y ciego con el fin de no someterse a la primacía del dinero como valor supremo, convertida en ideología inapelable, es decir, en auténtica ley de la historia inmune a cualquier justificada y desconfiada sospecha y no digamos a cualquier intento de superación. Una reflexión crítica sobre nuestro mundo nos avisa, como avisó Marx en el XIX, de que el dinero es el ídolo absoluto que los capitalistas financieros, enfermos de avaricia, han pretendido multiplicar, en forma de beneficios ilimitados, por medio del engaño y la mentira. Las víctimas de sus operaciones fraudulentas no serán precisamente ellos mismos, los grandes tiburones de las finanzas, inmensamente remunerados, a salvo de cualquier imputación legal, lejos de cualquier cárcel justamente punitiva, sino todos los que, gracias a ese bandidaje de cuello blanco, conocerán la ruina de sus vidas, aquí y allá, cerca y lejos, en los países desarrollados pero también en los países pobres, más pobres aún, más miserables aún si cabe cuando la marea negra se extienda. A ese capitalismo ilimitadamente voraz hay que imputarle, con la ayuda de Marx, el encerramiento de la existencia en la cárcel exclusiva del dinero idolatrado y de su progenie no menos ciega e inhumana: los valores que se arrastran detrás de esa estela que no mira más que a su ombligo, y es ajena al horror de la pobreza de los más pobres que ya lo eran y a la de los que lo serán a partir de ahora. La avaricia insaciable ha dejado al descubierto la esencia de un sistema que solo cree en el fondo en el dinero como único valor y sobre el que pretende que fundamentemos todas las manifestaciones de la existencia. Así, la productividad económica rige los últimos derroteros de la educación superior; las desmesuradas ganancias rigen los principios de la actividad económica; la acumulación de dinero rige los anhelos de tantos y tantos seres humanos, doblados en pequeños terratenientes de sus idolatradas -aunque modestas- riquezas; el valor de cambio de las obras de arte -Hirst y compañía- sustituye con creces su contenido de verdad, como diría Adorno, y, a la postre, su invitación a ser un hecho revelador del hombre esencial antes que un sustituto del dinero. Los escritos de Marx nos ayudan a no creer en esos ídolos y a denunciar las mentiras sobre las que se sustentan. No sé si habrá otras alternativas, pero al menos ese pensamiento, que parecía enterrado, nos devolverá, en el espejo roto de nuestra reciente historia, la mejor imagen de nuestra dignidad. Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
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