>Cumbre del espionaje magrebí para hacer frente a Al Qaeda
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La rama de Al Qaeda en el Magreb ha conseguido que se den cita en Nuakchot, durante dos días, los jefes de los servicios secretos de los cinco países de la región, según fuentes conocedoras de este encuentro inusitado. Por culpa de la pésima relación que mantienen Marruecos y Argelia, la colaboración entre servicios de inteligencia deja mucho que desear y sus reuniones son excepcionales.
El general Mohamed Lamin Medien, de 70 años, más conocido por su apodo de Toufik, jefe de la poderosa Dirección de la Información y de la Seguridad argelina (DRS, según sus iniciales en francés), y Yassin Mansouri, de 46 años, patrón de la Dirección General de Estudios y Documentación marroquí, se encontraron, por fin, a principios de semana.
El maestro de ceremonia fue su homólogo mauritano, Hanana Ould Sidi, y entre los invitados figuraban también sus colegas tunecino y libio. Todos los huéspedes fueron recibidos por el general Mohamed Ould Abdelaziz, jefe de la Junta Militar mauritana que se hizo con el poder en agosto. La información sobre la audiencia fue dada por la agencia de prensa privada mauritana Al Akhbar que no proporcionó más detalles.
Para que se convoque esta reunión ha sido necesario que Al Qaeda en el Magreb Islámico, el nombre con el que se bautizaron en 2007 los salafistas argelinos, secuestre, en diciembre en Níger, a dos diplomáticos canadienses -uno de ellos Robert Fowler, enviado del secretario general de la ONU para ese país del Sahel- y, en enero, a cuatro turistas europeos.
Liberación a cambio de los rehenes
La semana pasada, el portavoz de los terroristas reivindicó el séxtuple secuestro y, según la agencia France-Presse, la organización exige, entre otras cosas, la liberación de dos de sus presos encarcelados en Mauritania a cambio de la puesta en libertad de los rehenes. Todos ellos han sido, probablemente, transferidos a algún lugar del norte de Mali.
La discusión, en Nuakchot, no estuvo solo dedicada a Al Qaeda sino a los tráficos de toda índole, desde la droga hasta las armas, que se desarrollan en esa amplia franja desértica del Sahel muy difícil de controlar. Los cincos jefes del espionaje coincidieron en la necesidad de reforzar su cooperación.
“Hasta ahora la colaboración no era su punto fuerte”, señala el profesor Mathieu Guidère, autor de dos libros sobre Al Qaeda en el Magreb. Más bien se peleaban entre ellos. En 2003, por ejemplo, el vicecónsul de Argelia en Casablanca fue juzgado en Argel por espiar para Marruecos y condenado a cinco años. La semana pasada el ministro de Estado argelino, Abdelaziz Belkhadem, que quejó en televisión de la inexistencia de una “acción común [con Marruecos] en materia de lucha antiterrorista, inmigración clandestina y tráfico de droga”.
Por el lado marroquí los reproches son similares sobre todo en lo concerniente a la inmigración clandestina. Argelia es además considerada como el país que pone trabas a la adhesión de Marruecos en el Comité de Servicios Secretos e Inteligencia Africano, fundado en 2004 y del que forman parte 46 Estados del continente. La desconfianza mutua es total.
Los europeos y, más aún, los estadounidenses llevan años presionando a los servicios magrebíes para que mejoren su colaboración. La secretaria de Estado, Condoleezza Rice, lo dijo públicamente en septiembre, durante una visita a Marruecos, y su adjunto, David Welch, le reiteró en octubre en Madrid: “Es necesario que se produzca una mejora significativa de su cooperación”.
>El Magreb paga el precio de su desunión
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Desde el 11 de septiembre de 2001, algunas voces influyentes en Occidente tratan de convencernos de que sobre el islam podría pesar una maldición económica. Pero los éxitos de Turquía y de Malasia, y los ambiciosos proyectos de algunos países del Golfo, demuestran ampliamente que modernidad y crecimiento, creatividad y distribución equitativa de la riqueza pueden conjugarse perfectamente en el presente en tierras del islam. No estamos, pues, ante cuestiones de dogma, sino de geopolítica.
Dicho esto, es obvio que muchos países musulmanes tienen serios problemas económicos. Y ello desde hace años, décadas y hasta siglos. Si el Renacimiento fue la primera revolución cultural y política del mundo moderno, olvidamos con demasiada frecuencia que Toledo fue el lugar donde los textos árabes portadores del saber griego y asiático terminaron siendo traducidos al latín. En cuanto a la segunda revolución, fue industrial y comercial: desplazó el centro de gravedad del mundo, dejando al margen a los países del sur del Mediterráneo y del Imperio Otomano.
Durante siglos, la mayoría, si no la totalidad, de los dirigentes musulmanes prohibieron la imprenta y no educaron a sus poblaciones, y todavía hoy un nivel educativo mediocre y la censura explican que los índices de desarrollo humano poco esperanzadores sigan siendo una de las plagas del Magreb. Mientras tanto, China, India y el sureste asiático están recuperando el lugar que hasta mediados del siglo XIX habían ocupado en la industria, el comercio y la cultura, y con ello nos están situando frente a una nueva revolución: la de la mundialización. ¿Estará el Magreb a la altura del desafío que exige esta reorganización del planeta?
Los países del norte de África son más parecidos entre sí de lo que parece: sus sistemas bancarios sirven esencialmente a las nomenclaturas políticas y muy raramente a los jóvenes emprendedores. Y se expatrían los capitales, en mayor o menor medida, a todas partes. ¿Por qué las élites políticas escurren el bulto ante estos y otros hechos? Lo cierto es que es así y que la ausencia de dirigentes con una visión estratégica explica que el futuro de esta región sea incierto, incluso ignoto. Las élites políticas de los países magrebíes han hecho de la excesiva cautela y de la falta de imaginación su regla de conducta, y de la fuga de capitales su médium.
Hace medio siglo, el 28 de abril de 1958, en un llamamiento efectuado desde Tánger, varios dirigentes políticos norteafricanos, entre los que se hallaban Medhi Ben Barka (Marruecos), Omar Boussouf (Argelia) y Taieb M’hiri (Túnez), expresaron la “voluntad mayoritaria de los pueblos del Magreb Árabe de unir sus destinos”, y proclamaron el derecho del pueblo argelino a la independencia. En cambio, hoy sólo encontraríamos copias muy pálidas de aquellos gigantes de Tánger, hasta tal punto han quedado mutilados los partidos políticos que en 1958 representaban a las fuerzas vivas de la región. Pocos reclaman hoy con fuerza un Magreb unido.
El desasosiego, el desencanto y la fragilidad de los jóvenes del Magreb, su crónica situación de desempleo y sobre todo el sentimiento de haber sido excluidos de una mundialización que se hace sin ellos y, en su opinión, incluso contra ellos, los hace sensibles a los cantos de sirenas de los extremistas. ¿No ha llegado el momento de que una nueva generación magrebí, la de aquellos jóvenes que han tenido el privilegio de una educación superior y la oportunidad de conocer el mundo, tome el relevo en esta región del mundo?
Si sus fronteras internas estuvieran abiertas, las poblaciones magrebíes podrían tal vez hacerse cargo de su propio destino. Ahora bien, esas fronteras permanecen cerradas, muchos magrebíes huyen en dirección a terceros países (o algunos de los que se educan en el extranjero no regresan)… y, entretanto, los capitales se exportan por decenas de miles de millones de dólares. Las burguesías y los jóvenes más ambiciosos construyen su futuro en otra parte.
Abrir las fronteras que aíslan entre sí a los países del norte de África, fomentar la libre circulación de las personas, las ideas, las inversiones y la energía, animaría a los hombres y a las mujeres magrebíes -y concretamente a los empresarios- a hacer frente al desafío de la mundialización en sus propios territorios. Si estudiamos las economías de los países magrebíes y analizamos en concreto los sectores energéticos, el transporte aéreo, el sistema bancario y la industria agroalimentaria, llegamos rápidamente a la conclusión de que sus intereses son complementarios y mucho más importantes de lo que parece a primera vista. El coste económico, y en consecuencia social y político, de lo que ha dado en llamarse el “No Magreb”, o sea, la desunión actual de esta zona del mundo, es enorme.
El agua es, asimismo, un desafío de dimensión regional, como lo es el desarrollo de las energías renovables. Y así, tantos otros asuntos.
Los desafíos a los que el norte de África tiene que hacer frente ofrecen una excelente ocasión para modernizar unos sistemas de producción y de gobierno con frecuencia obsoletos, y construir un nuevo mundo. Es decir: productos y maneras de trabajar acordes con el siglo XXI que darían a las mujeres y hombres hoy parados o subempleados la oportunidad de descubrir ideas y mundos que desconocen. La empresa privada, la educación y una justicia equitativa podrían ser el corazón de esta revolución, pero nada se hará sin una fuerte ambición política.
Se dice que el lanzamiento de la Unión del Mediterráneo puede ayudar a revigorizar el Proceso de Barcelona, a conducirlo más allá de la política de proximidad de la Unión Europea, que conserva plenamente su vigencia. Ojalá, pero cabe hacerse un par de preguntas. ¿No debería Europa atreverse a llevar a cabo una política común mucho más ambiciosa respecto al Magreb sobre dos o tres cuestiones clave, siendo la de la energía una de ellas? ¿Es mucho pedir a las élites políticas del Magreb que reconozcan que sus políticas nacionales destruyen valor en todas las etapas de la cadena económica y carecen de rentabilidad?
El Proceso de Barcelona sigue siendo una herramienta útil, pero insuficiente. Tal vez una mayor concertación de las políticas exteriores de Francia, Italia y España (y también de Alemania y Reino Unido) en la región magrebí, sacando las lecciones positivas de la experiencia conjunta en el sur del Líbano, conseguiría dar un nuevo impulso. Habría que animar más a los países del norte de África, que se muestran incapaces de convertirse en socios fiables, a que aceleren el paso.
Este diagnóstico es severo pero necesario, ya que quiere estar al servicio de una gran ambición: la de construir el Gran Magreb de arriba abajo, la de dar a las empresas, grandes y pequeñas, privadas y públicas, el papel central que les corresponde.
Mientras Marruecos no esté en condiciones de comprar gas y amoniaco argelinos, ¿cómo pueden sus grandes empresas competir en los mercados de exportación con posibilidades de tener éxito? Mientras Argelia importe bienes y servicios de China antes que de Marruecos, ¿cómo pueden crearse empleos? Y si no se reducen los costes de producción aquí y allá, ¿cómo se pretende que afluyan las inversiones extranjeras?
¿Podemos imaginar el día en que Argelia, cuyas reservas de divisas se cifran hoy en 160.000 millones de dólares, invierta sus capitales en el Magreb antes que acumular fortunas, que se devalúan rápidamente, en bancos occidentales? ¿Podemos soñar un día que Marruecos deje de temer que Argelia le corte un gas que todavía no le ha comprado?
El Magreb tiene una bandera que no ondea en ninguna parte. Son las jóvenes generaciones las que tienen que hacer frente al reto que sus mayores parecen rechazar.
El Magreb paga el precio de su desunión
Desde el 11 de septiembre de 2001, algunas voces influyentes en Occidente tratan de convencernos de que sobre el islam podría pesar una maldición económica. Pero los éxitos de Turquía y de Malasia, y los ambiciosos proyectos de algunos países del Golfo, demuestran ampliamente que modernidad y crecimiento, creatividad y distribución equitativa de la riqueza pueden conjugarse perfectamente en el presente en tierras del islam. No estamos, pues, ante cuestiones de dogma, sino de geopolítica.
Dicho esto, es obvio que muchos países musulmanes tienen serios problemas económicos. Y ello desde hace años, décadas y hasta siglos. Si el Renacimiento fue la primera revolución cultural y política del mundo moderno, olvidamos con demasiada frecuencia que Toledo fue el lugar donde los textos árabes portadores del saber griego y asiático terminaron siendo traducidos al latín. En cuanto a la segunda revolución, fue industrial y comercial: desplazó el centro de gravedad del mundo, dejando al margen a los países del sur del Mediterráneo y del Imperio Otomano.
Durante siglos, la mayoría, si no la totalidad, de los dirigentes musulmanes prohibieron la imprenta y no educaron a sus poblaciones, y todavía hoy un nivel educativo mediocre y la censura explican que los índices de desarrollo humano poco esperanzadores sigan siendo una de las plagas del Magreb. Mientras tanto, China, India y el sureste asiático están recuperando el lugar que hasta mediados del siglo XIX habían ocupado en la industria, el comercio y la cultura, y con ello nos están situando frente a una nueva revolución: la de la mundialización. ¿Estará el Magreb a la altura del desafío que exige esta reorganización del planeta?
Los países del norte de África son más parecidos entre sí de lo que parece: sus sistemas bancarios sirven esencialmente a las nomenclaturas políticas y muy raramente a los jóvenes emprendedores. Y se expatrían los capitales, en mayor o menor medida, a todas partes. ¿Por qué las élites políticas escurren el bulto ante estos y otros hechos? Lo cierto es que es así y que la ausencia de dirigentes con una visión estratégica explica que el futuro de esta región sea incierto, incluso ignoto. Las élites políticas de los países magrebíes han hecho de la excesiva cautela y de la falta de imaginación su regla de conducta, y de la fuga de capitales su médium.
Hace medio siglo, el 28 de abril de 1958, en un llamamiento efectuado desde Tánger, varios dirigentes políticos norteafricanos, entre los que se hallaban Medhi Ben Barka (Marruecos), Omar Boussouf (Argelia) y Taieb M’hiri (Túnez), expresaron la “voluntad mayoritaria de los pueblos del Magreb Árabe de unir sus destinos”, y proclamaron el derecho del pueblo argelino a la independencia. En cambio, hoy sólo encontraríamos copias muy pálidas de aquellos gigantes de Tánger, hasta tal punto han quedado mutilados los partidos políticos que en 1958 representaban a las fuerzas vivas de la región. Pocos reclaman hoy con fuerza un Magreb unido.
El desasosiego, el desencanto y la fragilidad de los jóvenes del Magreb, su crónica situación de desempleo y sobre todo el sentimiento de haber sido excluidos de una mundialización que se hace sin ellos y, en su opinión, incluso contra ellos, los hace sensibles a los cantos de sirenas de los extremistas. ¿No ha llegado el momento de que una nueva generación magrebí, la de aquellos jóvenes que han tenido el privilegio de una educación superior y la oportunidad de conocer el mundo, tome el relevo en esta región del mundo?
Si sus fronteras internas estuvieran abiertas, las poblaciones magrebíes podrían tal vez hacerse cargo de su propio destino. Ahora bien, esas fronteras permanecen cerradas, muchos magrebíes huyen en dirección a terceros países (o algunos de los que se educan en el extranjero no regresan)… y, entretanto, los capitales se exportan por decenas de miles de millones de dólares. Las burguesías y los jóvenes más ambiciosos construyen su futuro en otra parte.
Abrir las fronteras que aíslan entre sí a los países del norte de África, fomentar la libre circulación de las personas, las ideas, las inversiones y la energía, animaría a los hombres y a las mujeres magrebíes -y concretamente a los empresarios- a hacer frente al desafío de la mundialización en sus propios territorios. Si estudiamos las economías de los países magrebíes y analizamos en concreto los sectores energéticos, el transporte aéreo, el sistema bancario y la industria agroalimentaria, llegamos rápidamente a la conclusión de que sus intereses son complementarios y mucho más importantes de lo que parece a primera vista. El coste económico, y en consecuencia social y político, de lo que ha dado en llamarse el “No Magreb”, o sea, la desunión actual de esta zona del mundo, es enorme.
El agua es, asimismo, un desafío de dimensión regional, como lo es el desarrollo de las energías renovables. Y así, tantos otros asuntos.
Los desafíos a los que el norte de África tiene que hacer frente ofrecen una excelente ocasión para modernizar unos sistemas de producción y de gobierno con frecuencia obsoletos, y construir un nuevo mundo. Es decir: productos y maneras de trabajar acordes con el siglo XXI que darían a las mujeres y hombres hoy parados o subempleados la oportunidad de descubrir ideas y mundos que desconocen. La empresa privada, la educación y una justicia equitativa podrían ser el corazón de esta revolución, pero nada se hará sin una fuerte ambición política.
Se dice que el lanzamiento de la Unión del Mediterráneo puede ayudar a revigorizar el Proceso de Barcelona, a conducirlo más allá de la política de proximidad de la Unión Europea, que conserva plenamente su vigencia. Ojalá, pero cabe hacerse un par de preguntas. ¿No debería Europa atreverse a llevar a cabo una política común mucho más ambiciosa respecto al Magreb sobre dos o tres cuestiones clave, siendo la de la energía una de ellas? ¿Es mucho pedir a las élites políticas del Magreb que reconozcan que sus políticas nacionales destruyen valor en todas las etapas de la cadena económica y carecen de rentabilidad?
El Proceso de Barcelona sigue siendo una herramienta útil, pero insuficiente. Tal vez una mayor concertación de las políticas exteriores de Francia, Italia y España (y también de Alemania y Reino Unido) en la región magrebí, sacando las lecciones positivas de la experiencia conjunta en el sur del Líbano, conseguiría dar un nuevo impulso. Habría que animar más a los países del norte de África, que se muestran incapaces de convertirse en socios fiables, a que aceleren el paso.
Este diagnóstico es severo pero necesario, ya que quiere estar al servicio de una gran ambición: la de construir el Gran Magreb de arriba abajo, la de dar a las empresas, grandes y pequeñas, privadas y públicas, el papel central que les corresponde.
Mientras Marruecos no esté en condiciones de comprar gas y amoniaco argelinos, ¿cómo pueden sus grandes empresas competir en los mercados de exportación con posibilidades de tener éxito? Mientras Argelia importe bienes y servicios de China antes que de Marruecos, ¿cómo pueden crearse empleos? Y si no se reducen los costes de producción aquí y allá, ¿cómo se pretende que afluyan las inversiones extranjeras?
¿Podemos imaginar el día en que Argelia, cuyas reservas de divisas se cifran hoy en 160.000 millones de dólares, invierta sus capitales en el Magreb antes que acumular fortunas, que se devalúan rápidamente, en bancos occidentales? ¿Podemos soñar un día que Marruecos deje de temer que Argelia le corte un gas que todavía no le ha comprado?
El Magreb tiene una bandera que no ondea en ninguna parte. Son las jóvenes generaciones las que tienen que hacer frente al reto que sus mayores parecen rechazar.
La doble moral de Occidente
El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas prorrogará hoy una vez más por seis meses su misión en el Sáhara (conocida como Minurso), establecida en abril de 1991.
Han transcurrido 31 años desde que España arrió su bandera en El Aaiún, y 16 desde que se estableció la misión, hoy bajo el liderazgo del británico Julien Harston y el mando militar del general chino Zhao Jinguin. Unos acuerdos coloniales entre Francia, Inglaterra y España de comienzos del siglo XX, una mala delimitación de fronteras que dividía en dos a un pueblo sin ellas –pero con misma etnia y cultura–, un proceso no madurado de descolonización de Naciones Unidas en los años 60, marcaron la base de partida inicial del problema. Una vergonzante salida de España, en 1975, presionada por los 350.000 marroquís que participaron en la Marcha Verde; una incierta transición política interna, y una clara posición de Estados Unidos en favor de sus intereses han llevado hasta la situación de hoy.
TRAS 15 AÑOS de guerra entre Marruecos y el Frente Polisario, Minurso sirve por lo menos para enfriar la tensa situación, que mantiene arrinconados en los campos de Tinduf a miles de saharauis, mientras Rabat espera pacientemente su momento, no demasiado atento a las recomendaciones de Nueva York ni a la Sentencia del Tribunal Internacional de la Haya que declaró en 1975 que “no existía vínculo de soberanía territorial entre Marruecos y el Sáhara”.
Siempre apoyado por Estados Unidos, Marruecos gana tiempo. La misma representación del secretario general –James Baker, antiguo secretario de Estado, considerado por muchos como un petrolero nato– fue significativa en los primeros años de la Minurso.
Pero hay otra cara de la moneda sobre la que debemos reflexionar. Cuando España salió del territorio dejó una importantísima plataforma oceánica, frente a las islas Canarias, con riqueza no solo pesquera, sino también en el subsuelo marino, más 27 zonas perfectamente marcadas y selladas en todo el territorio, que los que andábamos por allá llamábamos petrolitos, con indicios de existencia de crudo y gas.
Además, entregá- bamos una planta de explotación de fosfatos a cielo abierto, con una cinta transportadora hacia el mar que permitía un más que rentable ritmo de explotación, y que nos convirtió en el sexto productor mundial de fosfatos y en competidores directos de las explotaciones marroquís. En mi opinión, el apoyo de los norteamericanos a la Marcha Verde, la propia ayuda en material militar a Marruecos e incluso la designación de un norteamericano –Baker– como representante especial del secretario general de Naciones Unidas marcaban claramente una interesada dirección estratégica.
A PARTIR DE aquí, ya podemos imaginar los escenarios: las operadoras multinacionales se llama- rán Kerr-McGee, Cosmos Energy, Total, Island Oil, RMB Resources, GB Oil and Gas, Ventures, Yara… Capitales norteamericanos, noruegos, suecos, irlandeses, surafricanos, sau- dís… muchos, coincidentes con los mismos países que apoyan al sufrido pueblo saharaui arrinconado en Tinduf mediante donaciones, préstamos, alimentos e infraestructuras básicas.
Ante la presión ejercida por Naciones Unidas y por sectores importantes de sus propias sociedades, las grandes compañías subcontratan a otras más pequeñas y desconocidas para que lleven a cabo los trabajos de exploración y explotación.
La advertencia que hizo la ONU en el 2002 y las constantes protestas del representante de la República Árabe Saharaui Democrática (RASD) en Nueva York, Ahmed Boukhari, no sirven para nada. Esas empresas trabajan en Bucraa, trabajan offshore (de una forma inaccesible fiscalmente) en el mar de Bojador, se trabaja en la amplia cuenca de Zag, se trabaja en Smara.
La renovación del mandato de Minurso por seis meses más tendrá un coste aproximado de 46 millones de dólares. No conocemos todavía el preceptivo informe de Julien Harston, pero me temo que todo debe de seguir igual.
Marruecos, que en marzo del año 2006 anunció la elaboración de un proyecto de autonomía, va realizando aproximaciones a la zona sin prisa, consciente de que el Frente Polisario ha perdido su capacidad militar para oponerse y de que el tiempo juega a su favor.
OCCIDENTE organizará peregrinaciones a los campamentos de refugiados de Tinduf y traerá niños saharauis a sus colonias de verano. Pero ese mismo Occidente, altamente preocupado por el alza del precio del barril de petróleo, demandará nuevas fuentes de energía que equilibren la oferta y la demanda, que, en resumen, rebajen lo que nos cuesta llenar el depósito del coche.
¿No estaremos utilizando una doble moral?
>La doble moral de Occidente
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El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas prorrogará hoy una vez más por seis meses su misión en el Sáhara (conocida como Minurso), establecida en abril de 1991.
Han transcurrido 31 años desde que España arrió su bandera en El Aaiún, y 16 desde que se estableció la misión, hoy bajo el liderazgo del británico Julien Harston y el mando militar del general chino Zhao Jinguin. Unos acuerdos coloniales entre Francia, Inglaterra y España de comienzos del siglo XX, una mala delimitación de fronteras que dividía en dos a un pueblo sin ellas –pero con misma etnia y cultura–, un proceso no madurado de descolonización de Naciones Unidas en los años 60, marcaron la base de partida inicial del problema. Una vergonzante salida de España, en 1975, presionada por los 350.000 marroquís que participaron en la Marcha Verde; una incierta transición política interna, y una clara posición de Estados Unidos en favor de sus intereses han llevado hasta la situación de hoy.
TRAS 15 AÑOS de guerra entre Marruecos y el Frente Polisario, Minurso sirve por lo menos para enfriar la tensa situación, que mantiene arrinconados en los campos de Tinduf a miles de saharauis, mientras Rabat espera pacientemente su momento, no demasiado atento a las recomendaciones de Nueva York ni a la Sentencia del Tribunal Internacional de la Haya que declaró en 1975 que “no existía vínculo de soberanía territorial entre Marruecos y el Sáhara”.
Siempre apoyado por Estados Unidos, Marruecos gana tiempo. La misma representación del secretario general –James Baker, antiguo secretario de Estado, considerado por muchos como un petrolero nato– fue significativa en los primeros años de la Minurso.
Pero hay otra cara de la moneda sobre la que debemos reflexionar. Cuando España salió del territorio dejó una importantísima plataforma oceánica, frente a las islas Canarias, con riqueza no solo pesquera, sino también en el subsuelo marino, más 27 zonas perfectamente marcadas y selladas en todo el territorio, que los que andábamos por allá llamábamos petrolitos, con indicios de existencia de crudo y gas.
Además, entregá- bamos una planta de explotación de fosfatos a cielo abierto, con una cinta transportadora hacia el mar que permitía un más que rentable ritmo de explotación, y que nos convirtió en el sexto productor mundial de fosfatos y en competidores directos de las explotaciones marroquís. En mi opinión, el apoyo de los norteamericanos a la Marcha Verde, la propia ayuda en material militar a Marruecos e incluso la designación de un norteamericano –Baker– como representante especial del secretario general de Naciones Unidas marcaban claramente una interesada dirección estratégica.
A PARTIR DE aquí, ya podemos imaginar los escenarios: las operadoras multinacionales se llama- rán Kerr-McGee, Cosmos Energy, Total, Island Oil, RMB Resources, GB Oil and Gas, Ventures, Yara… Capitales norteamericanos, noruegos, suecos, irlandeses, surafricanos, sau- dís… muchos, coincidentes con los mismos países que apoyan al sufrido pueblo saharaui arrinconado en Tinduf mediante donaciones, préstamos, alimentos e infraestructuras básicas.
Ante la presión ejercida por Naciones Unidas y por sectores importantes de sus propias sociedades, las grandes compañías subcontratan a otras más pequeñas y desconocidas para que lleven a cabo los trabajos de exploración y explotación.
La advertencia que hizo la ONU en el 2002 y las constantes protestas del representante de la República Árabe Saharaui Democrática (RASD) en Nueva York, Ahmed Boukhari, no sirven para nada. Esas empresas trabajan en Bucraa, trabajan offshore (de una forma inaccesible fiscalmente) en el mar de Bojador, se trabaja en la amplia cuenca de Zag, se trabaja en Smara.
La renovación del mandato de Minurso por seis meses más tendrá un coste aproximado de 46 millones de dólares. No conocemos todavía el preceptivo informe de Julien Harston, pero me temo que todo debe de seguir igual.
Marruecos, que en marzo del año 2006 anunció la elaboración de un proyecto de autonomía, va realizando aproximaciones a la zona sin prisa, consciente de que el Frente Polisario ha perdido su capacidad militar para oponerse y de que el tiempo juega a su favor.
OCCIDENTE organizará peregrinaciones a los campamentos de refugiados de Tinduf y traerá niños saharauis a sus colonias de verano. Pero ese mismo Occidente, altamente preocupado por el alza del precio del barril de petróleo, demandará nuevas fuentes de energía que equilibren la oferta y la demanda, que, en resumen, rebajen lo que nos cuesta llenar el depósito del coche.
¿No estaremos utilizando una doble moral?
La doble moral de Occidente
El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas prorrogará hoy una vez más por seis meses su misión en el Sáhara (conocida como Minurso), establecida en abril de 1991.
Han transcurrido 31 años desde que España arrió su bandera en El Aaiún, y 16 desde que se estableció la misión, hoy bajo el liderazgo del británico Julien Harston y el mando militar del general chino Zhao Jinguin. Unos acuerdos coloniales entre Francia, Inglaterra y España de comienzos del siglo XX, una mala delimitación de fronteras que dividía en dos a un pueblo sin ellas –pero con misma etnia y cultura–, un proceso no madurado de descolonización de Naciones Unidas en los años 60, marcaron la base de partida inicial del problema. Una vergonzante salida de España, en 1975, presionada por los 350.000 marroquís que participaron en la Marcha Verde; una incierta transición política interna, y una clara posición de Estados Unidos en favor de sus intereses han llevado hasta la situación de hoy.
TRAS 15 AÑOS de guerra entre Marruecos y el Frente Polisario, Minurso sirve por lo menos para enfriar la tensa situación, que mantiene arrinconados en los campos de Tinduf a miles de saharauis, mientras Rabat espera pacientemente su momento, no demasiado atento a las recomendaciones de Nueva York ni a la Sentencia del Tribunal Internacional de la Haya que declaró en 1975 que “no existía vínculo de soberanía territorial entre Marruecos y el Sáhara”.
Siempre apoyado por Estados Unidos, Marruecos gana tiempo. La misma representación del secretario general –James Baker, antiguo secretario de Estado, considerado por muchos como un petrolero nato– fue significativa en los primeros años de la Minurso.
Pero hay otra cara de la moneda sobre la que debemos reflexionar. Cuando España salió del territorio dejó una importantísima plataforma oceánica, frente a las islas Canarias, con riqueza no solo pesquera, sino también en el subsuelo marino, más 27 zonas perfectamente marcadas y selladas en todo el territorio, que los que andábamos por allá llamábamos petrolitos, con indicios de existencia de crudo y gas.
Además, entregá- bamos una planta de explotación de fosfatos a cielo abierto, con una cinta transportadora hacia el mar que permitía un más que rentable ritmo de explotación, y que nos convirtió en el sexto productor mundial de fosfatos y en competidores directos de las explotaciones marroquís. En mi opinión, el apoyo de los norteamericanos a la Marcha Verde, la propia ayuda en material militar a Marruecos e incluso la designación de un norteamericano –Baker– como representante especial del secretario general de Naciones Unidas marcaban claramente una interesada dirección estratégica.
A PARTIR DE aquí, ya podemos imaginar los escenarios: las operadoras multinacionales se llama- rán Kerr-McGee, Cosmos Energy, Total, Island Oil, RMB Resources, GB Oil and Gas, Ventures, Yara… Capitales norteamericanos, noruegos, suecos, irlandeses, surafricanos, sau- dís… muchos, coincidentes con los mismos países que apoyan al sufrido pueblo saharaui arrinconado en Tinduf mediante donaciones, préstamos, alimentos e infraestructuras básicas.
Ante la presión ejercida por Naciones Unidas y por sectores importantes de sus propias sociedades, las grandes compañías subcontratan a otras más pequeñas y desconocidas para que lleven a cabo los trabajos de exploración y explotación.
La advertencia que hizo la ONU en el 2002 y las constantes protestas del representante de la República Árabe Saharaui Democrática (RASD) en Nueva York, Ahmed Boukhari, no sirven para nada. Esas empresas trabajan en Bucraa, trabajan offshore (de una forma inaccesible fiscalmente) en el mar de Bojador, se trabaja en la amplia cuenca de Zag, se trabaja en Smara.
La renovación del mandato de Minurso por seis meses más tendrá un coste aproximado de 46 millones de dólares. No conocemos todavía el preceptivo informe de Julien Harston, pero me temo que todo debe de seguir igual.
Marruecos, que en marzo del año 2006 anunció la elaboración de un proyecto de autonomía, va realizando aproximaciones a la zona sin prisa, consciente de que el Frente Polisario ha perdido su capacidad militar para oponerse y de que el tiempo juega a su favor.
OCCIDENTE organizará peregrinaciones a los campamentos de refugiados de Tinduf y traerá niños saharauis a sus colonias de verano. Pero ese mismo Occidente, altamente preocupado por el alza del precio del barril de petróleo, demandará nuevas fuentes de energía que equilibren la oferta y la demanda, que, en resumen, rebajen lo que nos cuesta llenar el depósito del coche.
¿No estaremos utilizando una doble moral?
La fractura lingüística del Magreb
El reciente proceso de Ahmed Benschemi, director de los semanarios marroquíes Nichán y Tel Quel, por la publicación en el primero de una carta abierta al rey Mohamed VI ha hecho correr mucha tinta y provocado polémica, tanto en su país como fuera de él. Sin entrar en su valoración del sistema constitucional marroquí, me limitaré a exponer algunas consideraciones en torno a la lengua en la que fue escrita: la darixa, llamada condescendientemente por los doctos y las “fuerzas vivas”, árabe dialectal o coloquial, por no decir “vulgar”.
Una pregunta me viene inmediatamente a los labios: ¿puede ser “plebeya”, sólo “zafia”, una lengua hablada por el 99% de la población magrebí, tanto en Marruecos como en Argelia? Yo creo que no, y mi conocimiento desde hace décadas de los dos grandes países norteafricanos me ha permitido apreciar su constante creatividad lo mismo en el campo de la oralidad popular que en el de sus manifestaciones musicales, teatrales y artísticas. Como las lenguas neolatinas de la Baja Edad Media -castellano, catalán, portugués, italiano, francés, etcétera-, se ha ido separando de su matriz, el árabe clásico, sin renunciar por ello a sus raíces, y añadiéndole elementos de otros idiomas -tamazigh, andalusí, francés, español- en un continuo ejercicio de mestizaje y mutación que, para alguien apasionado como yo con el viaje de las palabras, es motivo diario de estímulo y admiración. Con una aptitud de asimilación que debería causar envidia, juega con los diferentes registros del habla, crea giros y palabras, inventa refranes, chistes y cuentos accesibles a la casi totalidad de la población. Yo tengo una sabrosa antología de ellos, claro exponente de un humor y de una emotividad incapaces de expresarse en el árabe que sólo una minoría escribe y lee, pero no habla.
Esta lengua popular -peyorativamente tildada de vulgar- integra felizmente los distintos componentes de unas identidades complejas, como lo son la marroquí y la argelina. Identidad a la vez árabe y bereber, y enriquecida por las aportaciones idiomáticas de los antiguos colonizadores. El desfase entre la lengua culta y la hablada afecta a todos los órdenes de la vida social, política y cultural. ¿Cómo escribir en efecto una novela u obra teatral presuntamente descriptiva del ámbito urbano o rural del Marruecos o de la Argelia de hoy en una lengua que nadie habla? Tal dificultad explica por qué medio siglo después de la independencia, gran número de escritores de los dos países se expresan todavía en francés y no en un idioma que no es el materno sino el que se aprende en las escuelas. El afán de lucro y visibilidad en el mercado editorial europeo no aclara dicho fenómeno. El marroquí y argelino hablados no son el árabe oficial consagrado en las Constituciones de ambos países. Consciente de ello, un gran escritor como Kateb Yasín pasó en los últimos años de su vida del francés en el que compuso su bellísima novela Nedjma a la darixa de su país, indiferente a la esquinada desaprobación de los doctos y de la cúpula militar, política y financiera instalada en el poder desde 1965.
Lo ocurrido en Argelia en la década de los setenta y ochenta del pasado siglo con la política de arabización impuesta por Bumedián -política fundada en ese mito de la Unión Árabe desmentido a diario y objeto de chistes crueles tanto en el Magreb como en Egipto-, muestra el estrepitoso fracaso de dicha tentativa, que no consiguió “educar” ni arabizar a la población que se sigue expresando en darixa y cabila, pero bajó en cambio el nivel de conocimiento de francés y sembró las semillas, a través de los profesores reclutados en Oriente Próximo, del salafismo que desembocaría, tras el golpe militar contra la victoria electoral del FIS, en las atrocidades de la guerra civil de los años noventa.
Los pueblos del Magreb, insisto, no se reconocen en una lengua oficial de solemnidad huera. La sienten, al revés, como un freno o bozal a sus aspiraciones a una libre expresión democrática. Excluida del saber literario y científico, la darixa tampoco tiene acceso al mundo político, salvo en los mítines electorales a la caza de votos. Tal divorcio desemboca, como he oído denunciar en algunos coloquios sobre el tema, en el autodesprecio y esquizofrenia. En un ensayo publicado hace unos años en la revista Transeuropéennes de Culture y de cuyo título me he apropiado para encabezar éste, el universitario tunecino Yadh Ben Achour, resumía la situación en unos términos que merecen su reproducción in extenso:
“En las asambleas parlamentarias, tribunas políticas, e incluso, salvo excepciones, en las ceremonias oficiales, el lenguaje se transforma en lectura, pues nadie, en parte alguna, es capaz de hablar el árabe clásico. Eso da al lenguaje político el aspecto paródico y acartonado de la lengue de bois. En dicho contexto, la libertad de expresión se ve profundamente afectada. La substitución del habla por la lectura se transforma en traba. Nuestros diputados, presentadores de televisión, jefes, políticos, adoptan un tono engolado y retórico. Informaciones radiofónicas o televisivas, discursos de jefes de Estado pasan de lado de una gran parte de la población, sin rozarla apenas. Nuestros políticos, en general, no hablan: leen. El temor a hablar suscita y revela en ellos el miedo de pensar”.
¿Puede durar indefinidamente tal estado de cosas? Yo creo que no. Los jóvenes con quienes hablo no comparten el menosprecio oficial o erudito por su lengua materna. Esta se abre ya lentamente paso, como el tamazigh, en los medios informativos y, previsiblemente, se extenderá cada vez más. Dado que la identidad magrebí es múltiple y mutante -como lo son todas las identidades, digan lo que digan las constituciones y textos oficiales-, la darixa y el bereber común al Atlas y la Cabilia arraigarán más temprano que tarde en el campo del saber y de la cultura, por dura que sea la resistencia de los letrados y de los poderes fácticos. El árabe clásico permanecerá, claro está, en el ámbito religioso y en el interestatal. Pero la comunicación en marroquí y argelino abarcará el contenido de los periódicos, del espacio escénico, del cine y de la creación literaria. Poner en boca de un personaje marrakchi o tangerino el habla estereotipada del Oriente Próximo provoca y provocará inevitablemente el efecto saludable de la risa. Y ésta ha marcado siempre la dirección hacia la que se encaminan los pueblos ansiosos de libertad y de progreso cualesquiera que sean los obstáculos que se interpongan en su camino.
La fractura lingüística del Magreb
El reciente proceso de Ahmed Benschemi, director de los semanarios marroquíes Nichán y Tel Quel, por la publicación en el primero de una carta abierta al rey Mohamed VI ha hecho correr mucha tinta y provocado polémica, tanto en su país como fuera de él. Sin entrar en su valoración del sistema constitucional marroquí, me limitaré a exponer algunas consideraciones en torno a la lengua en la que fue escrita: la darixa, llamada condescendientemente por los doctos y las “fuerzas vivas”, árabe dialectal o coloquial, por no decir “vulgar”.
Una pregunta me viene inmediatamente a los labios: ¿puede ser “plebeya”, sólo “zafia”, una lengua hablada por el 99% de la población magrebí, tanto en Marruecos como en Argelia? Yo creo que no, y mi conocimiento desde hace décadas de los dos grandes países norteafricanos me ha permitido apreciar su constante creatividad lo mismo en el campo de la oralidad popular que en el de sus manifestaciones musicales, teatrales y artísticas. Como las lenguas neolatinas de la Baja Edad Media -castellano, catalán, portugués, italiano, francés, etcétera-, se ha ido separando de su matriz, el árabe clásico, sin renunciar por ello a sus raíces, y añadiéndole elementos de otros idiomas -tamazigh, andalusí, francés, español- en un continuo ejercicio de mestizaje y mutación que, para alguien apasionado como yo con el viaje de las palabras, es motivo diario de estímulo y admiración. Con una aptitud de asimilación que debería causar envidia, juega con los diferentes registros del habla, crea giros y palabras, inventa refranes, chistes y cuentos accesibles a la casi totalidad de la población. Yo tengo una sabrosa antología de ellos, claro exponente de un humor y de una emotividad incapaces de expresarse en el árabe que sólo una minoría escribe y lee, pero no habla.
Esta lengua popular -peyorativamente tildada de vulgar- integra felizmente los distintos componentes de unas identidades complejas, como lo son la marroquí y la argelina. Identidad a la vez árabe y bereber, y enriquecida por las aportaciones idiomáticas de los antiguos colonizadores. El desfase entre la lengua culta y la hablada afecta a todos los órdenes de la vida social, política y cultural. ¿Cómo escribir en efecto una novela u obra teatral presuntamente descriptiva del ámbito urbano o rural del Marruecos o de la Argelia de hoy en una lengua que nadie habla? Tal dificultad explica por qué medio siglo después de la independencia, gran número de escritores de los dos países se expresan todavía en francés y no en un idioma que no es el materno sino el que se aprende en las escuelas. El afán de lucro y visibilidad en el mercado editorial europeo no aclara dicho fenómeno. El marroquí y argelino hablados no son el árabe oficial consagrado en las Constituciones de ambos países. Consciente de ello, un gran escritor como Kateb Yasín pasó en los últimos años de su vida del francés en el que compuso su bellísima novela Nedjma a la darixa de su país, indiferente a la esquinada desaprobación de los doctos y de la cúpula militar, política y financiera instalada en el poder desde 1965.
Lo ocurrido en Argelia en la década de los setenta y ochenta del pasado siglo con la política de arabización impuesta por Bumedián -política fundada en ese mito de la Unión Árabe desmentido a diario y objeto de chistes crueles tanto en el Magreb como en Egipto-, muestra el estrepitoso fracaso de dicha tentativa, que no consiguió “educar” ni arabizar a la población que se sigue expresando en darixa y cabila, pero bajó en cambio el nivel de conocimiento de francés y sembró las semillas, a través de los profesores reclutados en Oriente Próximo, del salafismo que desembocaría, tras el golpe militar contra la victoria electoral del FIS, en las atrocidades de la guerra civil de los años noventa.
Los pueblos del Magreb, insisto, no se reconocen en una lengua oficial de solemnidad huera. La sienten, al revés, como un freno o bozal a sus aspiraciones a una libre expresión democrática. Excluida del saber literario y científico, la darixa tampoco tiene acceso al mundo político, salvo en los mítines electorales a la caza de votos. Tal divorcio desemboca, como he oído denunciar en algunos coloquios sobre el tema, en el autodesprecio y esquizofrenia. En un ensayo publicado hace unos años en la revista Transeuropéennes de Culture y de cuyo título me he apropiado para encabezar éste, el universitario tunecino Yadh Ben Achour, resumía la situación en unos términos que merecen su reproducción in extenso:
“En las asambleas parlamentarias, tribunas políticas, e incluso, salvo excepciones, en las ceremonias oficiales, el lenguaje se transforma en lectura, pues nadie, en parte alguna, es capaz de hablar el árabe clásico. Eso da al lenguaje político el aspecto paródico y acartonado de la lengue de bois. En dicho contexto, la libertad de expresión se ve profundamente afectada. La substitución del habla por la lectura se transforma en traba. Nuestros diputados, presentadores de televisión, jefes, políticos, adoptan un tono engolado y retórico. Informaciones radiofónicas o televisivas, discursos de jefes de Estado pasan de lado de una gran parte de la población, sin rozarla apenas. Nuestros políticos, en general, no hablan: leen. El temor a hablar suscita y revela en ellos el miedo de pensar”.
¿Puede durar indefinidamente tal estado de cosas? Yo creo que no. Los jóvenes con quienes hablo no comparten el menosprecio oficial o erudito por su lengua materna. Esta se abre ya lentamente paso, como el tamazigh, en los medios informativos y, previsiblemente, se extenderá cada vez más. Dado que la identidad magrebí es múltiple y mutante -como lo son todas las identidades, digan lo que digan las constituciones y textos oficiales-, la darixa y el bereber común al Atlas y la Cabilia arraigarán más temprano que tarde en el campo del saber y de la cultura, por dura que sea la resistencia de los letrados y de los poderes fácticos. El árabe clásico permanecerá, claro está, en el ámbito religioso y en el interestatal. Pero la comunicación en marroquí y argelino abarcará el contenido de los periódicos, del espacio escénico, del cine y de la creación literaria. Poner en boca de un personaje marrakchi o tangerino el habla estereotipada del Oriente Próximo provoca y provocará inevitablemente el efecto saludable de la risa. Y ésta ha marcado siempre la dirección hacia la que se encaminan los pueblos ansiosos de libertad y de progreso cualesquiera que sean los obstáculos que se interpongan en su camino.
>La fractura lingüística del Magreb
>
El reciente proceso de Ahmed Benschemi, director de los semanarios marroquíes Nichán y Tel Quel, por la publicación en el primero de una carta abierta al rey Mohamed VI ha hecho correr mucha tinta y provocado polémica, tanto en su país como fuera de él. Sin entrar en su valoración del sistema constitucional marroquí, me limitaré a exponer algunas consideraciones en torno a la lengua en la que fue escrita: la darixa, llamada condescendientemente por los doctos y las “fuerzas vivas”, árabe dialectal o coloquial, por no decir “vulgar”.
Una pregunta me viene inmediatamente a los labios: ¿puede ser “plebeya”, sólo “zafia”, una lengua hablada por el 99% de la población magrebí, tanto en Marruecos como en Argelia? Yo creo que no, y mi conocimiento desde hace décadas de los dos grandes países norteafricanos me ha permitido apreciar su constante creatividad lo mismo en el campo de la oralidad popular que en el de sus manifestaciones musicales, teatrales y artísticas. Como las lenguas neolatinas de la Baja Edad Media -castellano, catalán, portugués, italiano, francés, etcétera-, se ha ido separando de su matriz, el árabe clásico, sin renunciar por ello a sus raíces, y añadiéndole elementos de otros idiomas -tamazigh, andalusí, francés, español- en un continuo ejercicio de mestizaje y mutación que, para alguien apasionado como yo con el viaje de las palabras, es motivo diario de estímulo y admiración. Con una aptitud de asimilación que debería causar envidia, juega con los diferentes registros del habla, crea giros y palabras, inventa refranes, chistes y cuentos accesibles a la casi totalidad de la población. Yo tengo una sabrosa antología de ellos, claro exponente de un humor y de una emotividad incapaces de expresarse en el árabe que sólo una minoría escribe y lee, pero no habla.
Esta lengua popular -peyorativamente tildada de vulgar- integra felizmente los distintos componentes de unas identidades complejas, como lo son la marroquí y la argelina. Identidad a la vez árabe y bereber, y enriquecida por las aportaciones idiomáticas de los antiguos colonizadores. El desfase entre la lengua culta y la hablada afecta a todos los órdenes de la vida social, política y cultural. ¿Cómo escribir en efecto una novela u obra teatral presuntamente descriptiva del ámbito urbano o rural del Marruecos o de la Argelia de hoy en una lengua que nadie habla? Tal dificultad explica por qué medio siglo después de la independencia, gran número de escritores de los dos países se expresan todavía en francés y no en un idioma que no es el materno sino el que se aprende en las escuelas. El afán de lucro y visibilidad en el mercado editorial europeo no aclara dicho fenómeno. El marroquí y argelino hablados no son el árabe oficial consagrado en las Constituciones de ambos países. Consciente de ello, un gran escritor como Kateb Yasín pasó en los últimos años de su vida del francés en el que compuso su bellísima novela Nedjma a la darixa de su país, indiferente a la esquinada desaprobación de los doctos y de la cúpula militar, política y financiera instalada en el poder desde 1965.
Lo ocurrido en Argelia en la década de los setenta y ochenta del pasado siglo con la política de arabización impuesta por Bumedián -política fundada en ese mito de la Unión Árabe desmentido a diario y objeto de chistes crueles tanto en el Magreb como en Egipto-, muestra el estrepitoso fracaso de dicha tentativa, que no consiguió “educar” ni arabizar a la población que se sigue expresando en darixa y cabila, pero bajó en cambio el nivel de conocimiento de francés y sembró las semillas, a través de los profesores reclutados en Oriente Próximo, del salafismo que desembocaría, tras el golpe militar contra la victoria electoral del FIS, en las atrocidades de la guerra civil de los años noventa.
Los pueblos del Magreb, insisto, no se reconocen en una lengua oficial de solemnidad huera. La sienten, al revés, como un freno o bozal a sus aspiraciones a una libre expresión democrática. Excluida del saber literario y científico, la darixa tampoco tiene acceso al mundo político, salvo en los mítines electorales a la caza de votos. Tal divorcio desemboca, como he oído denunciar en algunos coloquios sobre el tema, en el autodesprecio y esquizofrenia. En un ensayo publicado hace unos años en la revista Transeuropéennes de Culture y de cuyo título me he apropiado para encabezar éste, el universitario tunecino Yadh Ben Achour, resumía la situación en unos términos que merecen su reproducción in extenso:
“En las asambleas parlamentarias, tribunas políticas, e incluso, salvo excepciones, en las ceremonias oficiales, el lenguaje se transforma en lectura, pues nadie, en parte alguna, es capaz de hablar el árabe clásico. Eso da al lenguaje político el aspecto paródico y acartonado de la lengue de bois. En dicho contexto, la libertad de expresión se ve profundamente afectada. La substitución del habla por la lectura se transforma en traba. Nuestros diputados, presentadores de televisión, jefes, políticos, adoptan un tono engolado y retórico. Informaciones radiofónicas o televisivas, discursos de jefes de Estado pasan de lado de una gran parte de la población, sin rozarla apenas. Nuestros políticos, en general, no hablan: leen. El temor a hablar suscita y revela en ellos el miedo de pensar”.
¿Puede durar indefinidamente tal estado de cosas? Yo creo que no. Los jóvenes con quienes hablo no comparten el menosprecio oficial o erudito por su lengua materna. Esta se abre ya lentamente paso, como el tamazigh, en los medios informativos y, previsiblemente, se extenderá cada vez más. Dado que la identidad magrebí es múltiple y mutante -como lo son todas las identidades, digan lo que digan las constituciones y textos oficiales-, la darixa y el bereber común al Atlas y la Cabilia arraigarán más temprano que tarde en el campo del saber y de la cultura, por dura que sea la resistencia de los letrados y de los poderes fácticos. El árabe clásico permanecerá, claro está, en el ámbito religioso y en el interestatal. Pero la comunicación en marroquí y argelino abarcará el contenido de los periódicos, del espacio escénico, del cine y de la creación literaria. Poner en boca de un personaje marrakchi o tangerino el habla estereotipada del Oriente Próximo provoca y provocará inevitablemente el efecto saludable de la risa. Y ésta ha marcado siempre la dirección hacia la que se encaminan los pueblos ansiosos de libertad y de progreso cualesquiera que sean los obstáculos que se interpongan en su camino.
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