Ciencias y Arte

Noticias y comentarios sobre Ciencia Política, Administración Pública, Economía y Arte

>La verdadera identidad de Stauffenberg

>

Por Joaquín Tamames, economista (EL MUNDO, 11/02/09):

Cuando en la noche del 20 de julio de 1944 Claus von Stauffenberg fue fusilado en el patio del cuartel berlinés de Bendleerstrasse, Alemania perdió su última oportunidad de eliminar a Hitler y de propiciar una rendición pactada con el mando aliado. En los casi cinco años desde el inicio de la II Guerra Mundial, Alemania había sufrido 2,8 millones de muertos, y en los restantes 10 meses de contienda, hasta mayo de 1945, los muertos alemanes fueron 4,8 millones.

Stauffenberg estuvo muy cerca de lograr evitar el sufrimiento de millones de personas. Su fallida gesta podría haber cambiado el destino de Europa en los 45 años siguientes, hasta la caída del Muro. El propósito de estas líneas es rendir tributo a este hombre honesto y valiente que, junto con otros destacados miembros de la Resistencia, entregó su vida con inteligencia y con generosidad excepcional.

Claus von Stauffenberg nació en 1907 en el seno de una familia aristócrata cuya historia se remonta al siglo XIII. Claus fue el tercero de cuatro hermanos, de los que sobrevivieron tres.Su formación fue la clásica de la época en una familia noble, con un importante énfasis en la cultura y tradición alemanas desde Goethe a Rilke y al contemporáneo poeta Stefan George, que ejerció gran influencia sobre los hermanos. Durante su niñez, Stauffenberg fue testigo del colapso del viejo orden y del nacimiento de la República de Weimar. Tuvo una educación liberal que acentuó su interés por el humanismo y la cultura. A pesar de los problemas de salud que le aquejaron durante su infancia y adolescencia, y a pesar también de sus inclinaciones por estudiar arquitectura, optó por una formación militar, iniciada en 1926. A la llegada del régimen nazi en 1933, Stauffenberg era ya oficial, aunque no era miembro del partido.

En 1941, prestó sus servicios en Rusia, donde las atrocidades de las que fue testigo le generaron fuertes dudas respecto de la sanidad del régimen nazi, así como un enorme conflicto interno entre deber y conciencia. La sustitución del general Halder como jefe del Estado Mayor en septiembre de 1942 en beneficio del general Zeitzler, y la total subordinación de éste a las órdenes de Hitler, actuaron también como catalizadores en la concienciación de Stauffenberg de que la tradición militar alemana estaba siendo prostituida por el poder omnímodo de Hitler. Por ello, en la Conferencia de Vinnitsa de octubre de 1942, Stauffenberg afirmó que el odio que Alemania estaba sembrando en el Este haría que «nuestros hijos recogieran los frutos algún día». Sorprendentemente, la audacia de sus comentarios no llegó más allá.

En la primavera de 1943, con el rango de teniente-coronel, Stauffenberg fue transferido al Afrika Korps en Túnez, en plena desbandada del Eje bajo el peso de la Operación aliada Torch. Al poco, en abril de 1943, resultó gravemente herido cuando su jeep fue ametrallado por cazas ingleses. Perdió dos dedos de la mano izquierda, la mano derecha completa y el ojo izquierdo. Su recuperación tuvo lugar en Cartago y en Múnich, donde fue operado repetidamente del oído y de la rodilla. Con su habitual y férrea disciplina, Stauffenberg aprendió a manejarse sólo con su mutilada mano izquierda, reincorporándose a la vida activa.

Se unió a la Resistencia en el otoño de 1943, convencido ya de la maldad intrínseca del régimen y apremiado por su tío, el conde Nikolaus von Üxküll. Contaba con la capacidad de liderazgo de la que la Resistencia había carecido hasta entonces, y con un gran carisma entre aquellos que le conocían. La combinación de un fuerte intelecto con una visión política realista y las cualidades del hombre de acción, hacían de Stauffenberg el hombre ideal.Reunía, en palabras de un contemporáneo, «las cualidades del mayor idealismo con el más absoluto realismo». En octubre de 1943, ya dado de alta, fue asignado a un puesto en Berlín bajo las órdenes de Olbricht (otro mártir de la Resistencia), desde donde se convirtió en uno de los principales ideólogos del plan de eliminar físicamente a Hitler, del mecanismo que habría de ponerse en marcha una vez asesinado el dictador (Plan Valkyrie), y de la formación de un Gobierno que pudiera negociar la paz.Entre finales de 1943 y principios de 1944 fueron previstos cuatro planes para asesinar a Hitler, todos los cuales fueron cancelados por cambios de última hora en su horario. En este periodo, la tensión de los conspiradores era ya extrema, tras las ejecuciones el año anterior de Sophie Scholl y de otros miembros del descubierto movimiento clandestino de la Rosa Blanca. De hecho, en junio de 1944 Julius Leber, que habría encabezado el Gobierno post-atentado, fue detenido por la Gestapo: el cerco se estrechaba y los conspiradores lo sabían. Era preciso actuar sin dilación.

El 1 de julio de 1944, Stauffenberg fue nombrado jefe de Gabinete del General Fromm, máximo mando de la Reserva en Berlín. Ello le permitió asistir a algunas reuniones con Hitler en Rastenburg (la célebre Guarida del Lobo), y estar en contacto con los efectivos de la Reserva, que tenían asignados un papel importante en Valkyrie.Stauffenberg había llegado a la conclusión de que la única persona que podría llevar a cabo el atentado contra Hitler era él, y ello a pesar de sus minusvalías físicas. El 15 de julio de 1944 fue convocado a Rastenburg junto con Fromm a una conferencia con Hitler, y el Plan Valkyrie fue preactivado. Sin embargo, un cambio en el horario de Hitler le disuadió de conectar la bomba que llevaba en su maletín (cuyo mecanismo había sido preparado para ser puesto en marcha con sólo tres dedos de la mano izquierda).De vuelta a Berlín, los próximos a Stauffenberg le recordaron exhausto y tenso, pero también decidido a intentarlo de nuevo en una nueva conferencia con Hitler, prevista para el 20 de julio.El 16 de julio se reunió con su esposa Nina, embarazada entonces de tres meses, y sus cuatro niños. Fue la última vez que se vieron.

El 20 de julio de 1944, Stauffenberg abandonó su apartamento berlinés a las 6.00 a.m. A las 8.00 despegó en compañía de su ayudante, Haeften en un Junkers JU 52 con destino a Rastenburg, a cuyo aeródromo llegó a las 10.15 a.m. Haeften portaba el maletín con los dos paquetes de explosivos de dos kilos cada uno, disimulados bajo una camisa de refresco. A las 11.30 se reunió con el general Keitel, que le informó del adelanto de la reunión prevista con Hitler a las 12.30 p.m. (el motivo: la recepción a Mussolini tras su audaz rescate días atrás por el coronel Skorzeny).

En lugar de en el búnker habitual, la conferencia tendría lugar en unas barracas de madera, con lo que Stauffenberg fue consciente de que el efecto de la onda explosiva sería menor. Además, debido al súbito adelanto de la conferencia, apenas tuvo tiempo para activar una de las dos bombas: aún así decidió seguir con el plan. La conferencia convocó un total de 24 hombres. Al poco de iniciarse, Stauffenberg se ausentó, bajo el pretexto de una llamada telefónica, dejando el maletín muy próximo a Hitler.Alguien cambió el maletín de lugar, alejándolo del dictador.El estallido se produjo a las 12.42 p.m., momento en que Stauffenberg y Haeften partían en coche hacia el aeródromo. Les dio tiempo a observar la gran humareda y la retirada de uno de los muertos.Al llegar al límite de Rastenburg, con enorme sangre fría, Stauffenberg persuadió a los centinelas para que le permitieran abandonar el recinto. Cuando subió al avión de regreso a Berlín, creía que Hitler había muerto.

Alas las 3.30, Stauffenberg llegó a Berlín, donde, para su sorpresa, el Plan Valkyrie no había sido activado. En la capital prevalecía la duda respecto de la suerte de Hitler y los potenciales sublevados esperaban instrucciones: se habían perdido así tres horas preciosas en las que la rebelión podría haber prendido, con Hitler vivo o muerto. A las 4.00 p.m., Fromm habló con Keitel, quien le confirmó que Hitler estaba salvo. En respuesta, Fromm dictó el arresto de Stauffenberg y su entorno, pero éstos, rebelándose, hicieron prisionero a Fromm. Aquella tarde del 20 de julio fue testigo de la progresiva renuncia uno tras otro de los responsables de ejecutar Valkyrie. A las 7.00 p.m. no cabía ninguna esperanza.La rebelión había fracasado. En juicio sumarísimo ordenado por un liberado Fromm, Stauffenberg, Olbritch, Quirnhem, Beck y Haeften fueron condenados a muerte. El general Beck, jefe del Estado Mayor alemán entre 1935 y 1938, y una de las figuras clave de la Resistencia, prefirió el suicidio (hubo de ser rematado al fallar sus dos intentos). Los demás fueron fusilados esa noche.El propio Fromm fue fusilado al poco tiempo, bajo acusación de cobardía. Una brutal represión había comenzado en el último año del régimen nazi.

Stauffenberg y muchos de los conspiradores nos dejan un extraordinario legado moral, un gran ejemplo de dignidad, sobriedad y sacrificio que puede inspirarnos en nuestro pensar y hacer diarios. El alma nobilísima de Stauffenberg le llevó a asumir la responsabilidad última, aquella que está reservada a los grandes hombres que intuyen la idea del servicio. Cuando comprendió que el cerco de la Gestapo se estrechaba y que la urgencia era grande, concluyó que el magnicida no podría ser otro sino él, a pesar de la enorme dificultad que su condición física le imponía. Como ha señalado Peter Hoffman en su excelente Stauffenberg, «el autosacrificio de los conspiradores presenta un continuado reto existencial tanto para los contemporáneos como para sus sucesores. He aquí el significado histórico de la rebelión».

Al pensar en este hombre siempre me han venido a la cabeza las palabras que Borges reservó para su personaje Funes el memorioso: «Monumental como el bronce», y es que la valentía e inteligencia de Stauffenberg le hacen monumental. Quisiera que estas líneas sirvieran para recordarnos su austeridad y nobleza, y la de otros hombres y mujeres que visualizaron un mundo mejor pero que no pudieron alcanzarlo. Hoy, pasados 64 años de su gesta, me parece justo que le recordemos, y que al referirnos a él, nos vengan también las palabras del Maestro: «El corcel se estremece bajo el flagelo del látigo / Purusha tiembla ante la injusticia /Benditos sean los valientes y los justos /El único juez es tu espíritu, allí reside Dios».

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

febrero 11, 2009 Publicado por | Alemania, magnicidio, nazismo | Dejar un comentario

Dinámicas latentes de Pakistán

Por Eva Borreguero, directora de Programas Educativos de Casa Asia (EL PAÍS, 19/01/08):

Cada vez que los medios de comunicación nos sobresaltan con noticias como el asesinato de Benazir Bhutto, o con otras menos trágicas pero no de inferior repercusión -léase la proliferación nuclear llevada a cabo por el padre de la bomba nuclear pakistaní, A. Q. Khan, y las posibles implicaciones de elementos estatales-, uno no puede dejar de tener la impresión de que en Pakistán existen dinámicas ocultas terribles dispuestas a actuar entre bastidores e influir sobre el curso político del país.

El magnicidio recurrente no es patrimonio exclusivo de Pakistán. En la vecina India el Partido del Congreso perdió por los mismos métodos a su líder más carismático, Mahatma Gandhi, y a dos primeros ministros, Indira y Rajiv Gandhi. No obstante, mientras que en el caso de los Gandhi desde un principio se esclareció la autoría, en los de Pakistán la incógnita ha sido la norma. Cincuenta y siete años después del asesinato del primer ministro Liaqat Ali Khan, todavía sigue siendo un misterio las razones que lo motivaron. Como lo es la causa que produjo el accidente de avión en el que murió el presidente Zia ul-Haq, o el origen del incidente con la policía que en 1996 le costó la vida al hermano de Benazir, Murtaza Bhutto. Detrás de estos episodios, como de otros tantos que son producto de una cultura política de violencia e intolerancia, es fácil adivinar el maridaje entre el establishment secular y el islamismo ortodoxo, alianza fatal que traza sus orígenes modernos en el movimiento por la creación de Pakistán, durante el cual la Liga Musulmana apeló a los sectores fundamentalistas para aumentar su capacidad representativa. Un primer precio a pagar residió en el fracaso del presidente Ayub Khan al intentar eliminar el adjetivo “Islámico” de la denominación oficial del país. Desde entonces no ha habido dirigente, electo o no electo, que no haya perdido la oportunidad de realizar concesiones a las filas islamistas en aras de salvaguardar la continuidad.

Sin entrar a analizar quién mató a Benazir, la falta de transparencia en la investigación nos conduce a otro de los grandes problemas que tiene Pakistán, el de la mentalidad caciquil que impera sobre las relaciones de poder. Mentalidad por la cual los intereses personales de unos pocos, y su voluntad determinante, se anteponen a los procedimientos institucionales. Pakistán es un país con estructuras sociales atrapadas en un feudalismo endémico. La falta de funcionalidad democrática y la incapacidad de acomodar la diversidad cultural lo han mantenido anclado en formas de poder autoritarias que derivan de los intereses concurrentes de la aristocracia terrateniente, el ejército y los clérigos. Formas que reposan sobre una ideología despótica que ejerce el control sobre millones de hombres y mujeres que viven en la ignorancia, y que no se han beneficiado del crecimiento económico de los últimos años. Todavía hoy los jefes tribales de Baluchistán y la NWFP -los sardars y los khan-, y los grandes terratenientes del Punjab y el Sind, dominan los recursos económicos y políticos de Pakistán. Las reformas agrarias llevadas a cabo en los años sesenta apenas incidieron sobre las inmensas desigualdades, de modo que en la actualidad un 2% de grandes propietarios controla el 45% de la tierra cultivable. Junto a ello, la presencia prolongada de un Estado pretoriano, en connivencia con el islamismo, tampoco ha ayudado mucho al desarrollo de movimientos sociales reformadores capaces de erradicar este mal.

Benazir Bhutto, a pesar de su coraje manifiesto al desafiar al régimen militar de Zia y Musharraf, y de enarbolar las banderas del secularismo, feminismo y socialismo, no tuvo la disposición de romper con este patrón. Incapaz en su momento de renovar y democratizar la organización del Partido Popular de Pakistán, tampoco en su última voluntad pudo trascender el viejo orden tradicional del que ella provenía al nombrar a su esposo, Asif Zardari, heredero político del partido, y de este modo garantizar la continuidad del linaje dinástico sobre el patrimonio político familiar.

La erradicación del feudalismo caciquil, bajo su forma económica, política y cultural, requiere un esfuerzo decidido, constante y valeroso, en el que estén implicados todos los sectores de la sociedad, los privilegiados y los desfavorecidos. La sociedad pakistaní valora positivamente la democracia, pero también ha sido condescendiente con los abusos de sus gobernantes. Con la excepción de la secesión de Bangladesh, en pocas ocasiones ha articulado una respuesta colectiva capaz de alterar el statu quo. De algún modo hasta ahora se había limitado a resignarse cuando el ejército irrumpía para “acabar con la corrupción y el nepotismo de los políticos” -su justificación teórica-, y a conformarse cuando posteriormente no se retiraba en los plazos prometidos. Pero algo ha cambiado durante el último año, las continuas manifestaciones de los letrados, en protesta por la suspensión del juez Iftikar Chaudhry, han puesto en pie a la sociedad civil y han desterrado la apatía que parecía impregnar la vida social y política de un país donde los islamistas detentaban el monopolio de la movilización callejera. Cabe esperar que las tensiones actuales generen dinámicas constructivas capaces de llevar a cabo las transformaciones necesarias.

febrero 22, 2008 Publicado por | magnicidio, Pakistán | Dejar un comentario

>Dinámicas latentes de Pakistán

>

Por Eva Borreguero, directora de Programas Educativos de Casa Asia (EL PAÍS, 19/01/08):

Cada vez que los medios de comunicación nos sobresaltan con noticias como el asesinato de Benazir Bhutto, o con otras menos trágicas pero no de inferior repercusión -léase la proliferación nuclear llevada a cabo por el padre de la bomba nuclear pakistaní, A. Q. Khan, y las posibles implicaciones de elementos estatales-, uno no puede dejar de tener la impresión de que en Pakistán existen dinámicas ocultas terribles dispuestas a actuar entre bastidores e influir sobre el curso político del país.

El magnicidio recurrente no es patrimonio exclusivo de Pakistán. En la vecina India el Partido del Congreso perdió por los mismos métodos a su líder más carismático, Mahatma Gandhi, y a dos primeros ministros, Indira y Rajiv Gandhi. No obstante, mientras que en el caso de los Gandhi desde un principio se esclareció la autoría, en los de Pakistán la incógnita ha sido la norma. Cincuenta y siete años después del asesinato del primer ministro Liaqat Ali Khan, todavía sigue siendo un misterio las razones que lo motivaron. Como lo es la causa que produjo el accidente de avión en el que murió el presidente Zia ul-Haq, o el origen del incidente con la policía que en 1996 le costó la vida al hermano de Benazir, Murtaza Bhutto. Detrás de estos episodios, como de otros tantos que son producto de una cultura política de violencia e intolerancia, es fácil adivinar el maridaje entre el establishment secular y el islamismo ortodoxo, alianza fatal que traza sus orígenes modernos en el movimiento por la creación de Pakistán, durante el cual la Liga Musulmana apeló a los sectores fundamentalistas para aumentar su capacidad representativa. Un primer precio a pagar residió en el fracaso del presidente Ayub Khan al intentar eliminar el adjetivo “Islámico” de la denominación oficial del país. Desde entonces no ha habido dirigente, electo o no electo, que no haya perdido la oportunidad de realizar concesiones a las filas islamistas en aras de salvaguardar la continuidad.

Sin entrar a analizar quién mató a Benazir, la falta de transparencia en la investigación nos conduce a otro de los grandes problemas que tiene Pakistán, el de la mentalidad caciquil que impera sobre las relaciones de poder. Mentalidad por la cual los intereses personales de unos pocos, y su voluntad determinante, se anteponen a los procedimientos institucionales. Pakistán es un país con estructuras sociales atrapadas en un feudalismo endémico. La falta de funcionalidad democrática y la incapacidad de acomodar la diversidad cultural lo han mantenido anclado en formas de poder autoritarias que derivan de los intereses concurrentes de la aristocracia terrateniente, el ejército y los clérigos. Formas que reposan sobre una ideología despótica que ejerce el control sobre millones de hombres y mujeres que viven en la ignorancia, y que no se han beneficiado del crecimiento económico de los últimos años. Todavía hoy los jefes tribales de Baluchistán y la NWFP -los sardars y los khan-, y los grandes terratenientes del Punjab y el Sind, dominan los recursos económicos y políticos de Pakistán. Las reformas agrarias llevadas a cabo en los años sesenta apenas incidieron sobre las inmensas desigualdades, de modo que en la actualidad un 2% de grandes propietarios controla el 45% de la tierra cultivable. Junto a ello, la presencia prolongada de un Estado pretoriano, en connivencia con el islamismo, tampoco ha ayudado mucho al desarrollo de movimientos sociales reformadores capaces de erradicar este mal.

Benazir Bhutto, a pesar de su coraje manifiesto al desafiar al régimen militar de Zia y Musharraf, y de enarbolar las banderas del secularismo, feminismo y socialismo, no tuvo la disposición de romper con este patrón. Incapaz en su momento de renovar y democratizar la organización del Partido Popular de Pakistán, tampoco en su última voluntad pudo trascender el viejo orden tradicional del que ella provenía al nombrar a su esposo, Asif Zardari, heredero político del partido, y de este modo garantizar la continuidad del linaje dinástico sobre el patrimonio político familiar.

La erradicación del feudalismo caciquil, bajo su forma económica, política y cultural, requiere un esfuerzo decidido, constante y valeroso, en el que estén implicados todos los sectores de la sociedad, los privilegiados y los desfavorecidos. La sociedad pakistaní valora positivamente la democracia, pero también ha sido condescendiente con los abusos de sus gobernantes. Con la excepción de la secesión de Bangladesh, en pocas ocasiones ha articulado una respuesta colectiva capaz de alterar el statu quo. De algún modo hasta ahora se había limitado a resignarse cuando el ejército irrumpía para “acabar con la corrupción y el nepotismo de los políticos” -su justificación teórica-, y a conformarse cuando posteriormente no se retiraba en los plazos prometidos. Pero algo ha cambiado durante el último año, las continuas manifestaciones de los letrados, en protesta por la suspensión del juez Iftikar Chaudhry, han puesto en pie a la sociedad civil y han desterrado la apatía que parecía impregnar la vida social y política de un país donde los islamistas detentaban el monopolio de la movilización callejera. Cabe esperar que las tensiones actuales generen dinámicas constructivas capaces de llevar a cabo las transformaciones necesarias.

febrero 22, 2008 Publicado por | magnicidio, Pakistán | Dejar un comentario

Dinámicas latentes de Pakistán

Por Eva Borreguero, directora de Programas Educativos de Casa Asia (EL PAÍS, 19/01/08):

Cada vez que los medios de comunicación nos sobresaltan con noticias como el asesinato de Benazir Bhutto, o con otras menos trágicas pero no de inferior repercusión -léase la proliferación nuclear llevada a cabo por el padre de la bomba nuclear pakistaní, A. Q. Khan, y las posibles implicaciones de elementos estatales-, uno no puede dejar de tener la impresión de que en Pakistán existen dinámicas ocultas terribles dispuestas a actuar entre bastidores e influir sobre el curso político del país.

El magnicidio recurrente no es patrimonio exclusivo de Pakistán. En la vecina India el Partido del Congreso perdió por los mismos métodos a su líder más carismático, Mahatma Gandhi, y a dos primeros ministros, Indira y Rajiv Gandhi. No obstante, mientras que en el caso de los Gandhi desde un principio se esclareció la autoría, en los de Pakistán la incógnita ha sido la norma. Cincuenta y siete años después del asesinato del primer ministro Liaqat Ali Khan, todavía sigue siendo un misterio las razones que lo motivaron. Como lo es la causa que produjo el accidente de avión en el que murió el presidente Zia ul-Haq, o el origen del incidente con la policía que en 1996 le costó la vida al hermano de Benazir, Murtaza Bhutto. Detrás de estos episodios, como de otros tantos que son producto de una cultura política de violencia e intolerancia, es fácil adivinar el maridaje entre el establishment secular y el islamismo ortodoxo, alianza fatal que traza sus orígenes modernos en el movimiento por la creación de Pakistán, durante el cual la Liga Musulmana apeló a los sectores fundamentalistas para aumentar su capacidad representativa. Un primer precio a pagar residió en el fracaso del presidente Ayub Khan al intentar eliminar el adjetivo “Islámico” de la denominación oficial del país. Desde entonces no ha habido dirigente, electo o no electo, que no haya perdido la oportunidad de realizar concesiones a las filas islamistas en aras de salvaguardar la continuidad.

Sin entrar a analizar quién mató a Benazir, la falta de transparencia en la investigación nos conduce a otro de los grandes problemas que tiene Pakistán, el de la mentalidad caciquil que impera sobre las relaciones de poder. Mentalidad por la cual los intereses personales de unos pocos, y su voluntad determinante, se anteponen a los procedimientos institucionales. Pakistán es un país con estructuras sociales atrapadas en un feudalismo endémico. La falta de funcionalidad democrática y la incapacidad de acomodar la diversidad cultural lo han mantenido anclado en formas de poder autoritarias que derivan de los intereses concurrentes de la aristocracia terrateniente, el ejército y los clérigos. Formas que reposan sobre una ideología despótica que ejerce el control sobre millones de hombres y mujeres que viven en la ignorancia, y que no se han beneficiado del crecimiento económico de los últimos años. Todavía hoy los jefes tribales de Baluchistán y la NWFP -los sardars y los khan-, y los grandes terratenientes del Punjab y el Sind, dominan los recursos económicos y políticos de Pakistán. Las reformas agrarias llevadas a cabo en los años sesenta apenas incidieron sobre las inmensas desigualdades, de modo que en la actualidad un 2% de grandes propietarios controla el 45% de la tierra cultivable. Junto a ello, la presencia prolongada de un Estado pretoriano, en connivencia con el islamismo, tampoco ha ayudado mucho al desarrollo de movimientos sociales reformadores capaces de erradicar este mal.

Benazir Bhutto, a pesar de su coraje manifiesto al desafiar al régimen militar de Zia y Musharraf, y de enarbolar las banderas del secularismo, feminismo y socialismo, no tuvo la disposición de romper con este patrón. Incapaz en su momento de renovar y democratizar la organización del Partido Popular de Pakistán, tampoco en su última voluntad pudo trascender el viejo orden tradicional del que ella provenía al nombrar a su esposo, Asif Zardari, heredero político del partido, y de este modo garantizar la continuidad del linaje dinástico sobre el patrimonio político familiar.

La erradicación del feudalismo caciquil, bajo su forma económica, política y cultural, requiere un esfuerzo decidido, constante y valeroso, en el que estén implicados todos los sectores de la sociedad, los privilegiados y los desfavorecidos. La sociedad pakistaní valora positivamente la democracia, pero también ha sido condescendiente con los abusos de sus gobernantes. Con la excepción de la secesión de Bangladesh, en pocas ocasiones ha articulado una respuesta colectiva capaz de alterar el statu quo. De algún modo hasta ahora se había limitado a resignarse cuando el ejército irrumpía para “acabar con la corrupción y el nepotismo de los políticos” -su justificación teórica-, y a conformarse cuando posteriormente no se retiraba en los plazos prometidos. Pero algo ha cambiado durante el último año, las continuas manifestaciones de los letrados, en protesta por la suspensión del juez Iftikar Chaudhry, han puesto en pie a la sociedad civil y han desterrado la apatía que parecía impregnar la vida social y política de un país donde los islamistas detentaban el monopolio de la movilización callejera. Cabe esperar que las tensiones actuales generen dinámicas constructivas capaces de llevar a cabo las transformaciones necesarias.

febrero 22, 2008 Publicado por | magnicidio, Pakistán | Dejar un comentario

El mundo según Osama Bin Laden

Por Valentí Puig (ABC, 29/12/07):

El asesinato de Benazir Bhutto ha desestabilizado Pakistán hasta el confín del caos, hasta el punto de que la tensión desborda el escenario de la nación surgida de la partición india, trasmite precariedad a todo su marco geopolítico y arriesga el improbable orden mundial que venía realquilando el vacío posterior a la guerra fría. Un sistema mundial más o menos estable habitualmente no deja de convivir con la existencia de focos de caos y anarquía pero la magnitud de la circunstancia pakistaní tras el atentado contra Benazir Bhutto es algo más, de un potencial capaz de alterar factores y resultados de orden global. El golpe de Osama Bin Laden atenta directamente contra la malla de protección de lo que llamamos mundo libre y que en política internacional tanto como en la estrategia anti-terrorista se vale de peones como el Pakistán de Musharraf.

Haya contado o no con la complicidad fáctica de elementos de los servicios de inteligencia pakistaní, Al-Qaida condiciona las prioridades de Occidente si es que existía la tentación de mirar para otro lado. Ahora mismo la estabilidad es lo fundamental para el mundo, haya o no haya elecciones de Pakistán según el calendario previsto. Estamos hablando de un país con 165 millones de habitantes, con un ejército potente y armas atómicas. Por un tiempo va a carecer de eco el tañido de las campañas en las misiones neoconservadoras que ambicionaban vastos programas de democratización. La situación de Pakistán requiere algo más inmediato y realista, mientras los talibanes operan en Afganistán, Osama Bin Laden aspira a poseer el código atómico, sus redes mejoran en capacidad global y sus futuros guerreros están siendo adoctrinados en las madrasas pakistaníes que financia la Arabia Saudita.

Hasta ahora los Estados Unidos llevaba intentando un zurcido diplomático muy difícil: pagarle a Musharraf para que avanzase por la vía democrática y fuese más contundente con el fundamentalismo islamista, primero pactando el regreso de Benazir Bhutto como candidata y luego confiando en que la falta de complicidad entre Musharraf y Bhutto no tuviera el peor de los desenlaces. Era como cambiar una pieza central de una locomotora puesta en marcha con el ochenta por cien de su disponibilidad. Ya estamos en otra fase, de opciones muy condicionadas por el magnicidio, una de esas fases en que la diplomacia llega al vértigo y puede entrar en pánico. Para el mundo, el riesgo de que el poder nuclear pakistaní vaya a manos de cualquiera -Bin Laden, sin ir más lejos- permite distinguir entre conflicto local y peligro global incluso a quienes no sólo confunden la política internacional con un jardín de la infancia sino que desechan con superioridad moral inmadura el valor de lo estable en un mundo cuya propensión natural es la inestabilidad, un mundo en que el terrorismo no es una reacción de desposeídos frente a oligarcas.

De aquí a la fecha electoral de noviembre, es posible que el primer impacto del asesinato de Benazir Bhutto pase a otro término en la consideración de los candidatos presidenciales por parte del electorado norteamericano pero contará algo más que antes su competencia a la hora de reaccionar ante amenazas exteriores. De algún modo también va a contar transitoriamente en una Europa pusilánime, retardada en la acción, ni tan siquiera preparada para saber lo que será Kosovo cuando llegue el día después. Ayer, la sociedad norteamericana quiso conocer en seguida lo que pensaban los candidatos sobre el atentado en Pakistán; mañana la evaluación de la atrocidad conllevará algunas decisiones. Lo lógico es que sean en el sentido de afianzar la estabilidad pakistaní. Es lo más perentorio: reforzar el Estado en Pakistán para que garantice el esclarecimiento de lo ocurrido y ataje la metástasis del fundamentalismo islámico que tanta cancha ha logrado para Osama Bin Laden.

Ayer Ahmed Rashid, autor de «Talibanes» y «Jihad», describía en «The Washington Post» el gran vacío político que deja el asesinato de Benazir Bhutto en el corazón de un Estado que dispone de armamento nuclear y que parece deslizarse hacia un abismo de violencia y de extremismo islámico. La propuesta sería un gobierno de concentración nacional que tutele el proceso electoral pero a estas alturas la violencia en las calles en la reacción más cierta. En realidad, la violencia -en la calle, el asesinato político como método- es la única verdadera tradición política de Pakistán desde que se desgajó en el proceso de independencia de la India. La expansión del caos dañaría de forma irremediable los cimientos de un Estado semifallido que ya ha tenido la tentación de firmar treguas con Al-Qaida y los talibanes.

En su proyección mundial, el desenvolvimiento del proceso pakistaní es prácticamente impredecible. Enfrascada en precoz campaña electoral, Norteamérica de nuevo habría de ejercer su unipolaridad en un mundo que pide multilateralismo aunque casi siempre con la boca chica. La Unión Europea será otra vez la gran espectadora, nutrida institucionalmente de una retórica minimalista que esconde debilidades crónicas. Es engañarse mucho pensar que un Pakistán en caos no pueda asemejarse pronto a Afganistán -donde España tiene tropas- o a Sudán. Empeorar siempre es el rumbo más asequible. Ahí fuera el mundo abunda en significados ambiguos y amorales. De repente, los personajes resultan ser trágicos. En aquellos páramos, los temores y cuidados del estadista al final casi siempre requieren como respaldo el uso convincente de la fuerza aunque sólo sea para que otra cosa peor no ocupe el vacío de poder, como pudiera ser el caso de Pakistán.

Habrá quien ya se pregunte si no se confió demasiado en Musharraf como aliado de Occidente contra el terrorismo y como hombre dispuesto a convertir una dictadura en democracia. Por otra parte, quién sabe si se podía confiar tanto en el regreso de alguien como Benazir Bhutto. Lo cierto es que en situaciones-límite o tan lejos de control lo más que generalmente se puede es escoger entre dos males y acertar en el mal menor. Ese es el panorama divisable en otros tantos puntos del mundo. Hay un sendero que lleva desde la cueva de Bin Laden al arsenal nuclear que Pakistán quiso tener para plantarse frente a la India en el conflicto de Cachemira. Pequeños roces sin cuidar o hurgados deliberadamente llevan a grandes heridas. Un gesto intempestivo incita a la mayor violencia. Un asesinato político en Pakistán zarandea la estabilidad mundial.

febrero 18, 2008 Publicado por | magnicidio, Pakistán | Dejar un comentario

¿Quién mató a Benazir Bhutto?

Por Rami G. Khouri, columnista del diario de Beirut Daily Star y director del Instituto Issam Fares en la Universidad Americana de la capital libanesa.Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia (EL PAÍS, 29/12/07):

El trágico asesinato de la ex primera ministra Benazir Bhutto va a sumir Pakistán en el luto y el caos. Su muerte simboliza el desastre general que nos envuelve a todos, sobre todo en Oriente Próximo y Asia, pero también en Estados Unidos y parte de Europa. Lo significativo de este último asesinato -y de los que seguramente vendrán a continuación- es lo común, casi inevitable, que se ha hecho este tipo de suceso en nuestra zona del mundo.

Si queremos poner fin a este horror que está devorando cada vez más regiones árabes y asiáticas y absorbiendo ejércitos de Estados Unidos y otros países occidentales, debemos empezar por hablar seriamente sobre qué significa y por qué ocurre.

Debemos ignorar, en general, las numerosas exhortaciones que oímos estos días sobre democracia, estabilidad, contención, terrorismo y paciencia ante el extremismo. Son llamamientos cada vez más vacuos por parte de dirigentes que prefieren no tener en cuenta la miserable y fundamental realidad: gran parte de la inmensa región que va desde el Norte de África y Oriente Próximo hasta el Sur de Asia vive definida por la violencia política como hecho cotidiano.

Un signo revelador hoy en Pakistán, como desde hace muchos años en Líbano y otros países con heridas similares, es que podemos identificar a varios posibles culpables, porque son muchos los políticos -tanto “buenos” como “malos”- que matan -u ordenan matar- como parte integrante de su trabajo.

Benazir Bhutto ha muerto asesinada como su padre y su hermano, como generaciones sucesivas de otras familias políticas en los países árabes y asiáticos. La falta de novedad es otro indicio revelador que debería aclararnos el sentido general de este crimen, que va más allá de las fronteras de Pakistán. Después de que hayamos guardado luto por una familia y todo un país, debemos abordar el carácter crónico de la violencia política tratando de entender el fenómeno en su conjunto, y no sus manifestaciones aisladas y episódicas.

Un primer paso sincero en esta dirección sería reconocer que la violencia política no se produce en un vacío histórico. Los pistoleros aislados, las milicias locales, los terroristas suicidas, los ejércitos oficiales e incluso los dirigentes elegidos democráticamente se han convertido en actores de un gran drama mundial. En este escenario, el uso de la fuerza es un hecho cotidiano, y la amenaza del uso de la fuerza está siempre presente. No importa que sea obra de líderes democráticos o dictatoriales: a los niños muertos y las sociedades destruidas por la guerra no les importan esas distinciones.

Cuando la violencia política y militar de dictadores y también de demócratas se prolonga durante varias generaciones, los valores sociales se distorsionan y los valores humanos se desintegran. Da igual que ocurra en Pakistán, Irak, Líbano, Palestina, Egipto, Argelia, Kazajstán, Irlanda del Norte o algunas zonas de la Europa predemocrática.La ausencia de sistemas de gobierno creíbles, basados en el imperio de la ley y la igualdad de derechos de todos los ciudadanos impulsa a la población y a los gobernantes a recurrir cada vez más a la ley de la selva. Utilizan la muerte y la intimidación, en vez de la legitimidad electoral y responsable, para defender sus argumentos, perpetuar sus posiciones y eliminar a sus oponentes.

Cuando todo el mundo emplea la violencia y la intimidación como expresión diaria y habitual de sus objetivos políticos, cuando tanto los terroristas como los presidentes utilizan el fuego para imponer su ley, el círculo de culpabilidad se amplía como las ondas de una piedra arrojada contra el estanque.

En Asia, Oriente Próximo y algunas partes de Occidente, es cada vez más difícil saber la diferencia entre pistoleros, bandas y Gobiernos cuando el recurso crónico a la violencia y la anarquía hace que las muertes y los asesinatos sean constantes y, por consiguiente, inevitables.

Estos días oiremos apasionados llamamientos sobre el valor, la democracia y el terror, tanto de reyes como de caudillos. Mientras nos exhortan a respetar unos valores superiores, estos emperadores están cada vez más desnudos. Es difícil tomar en serio a esos asiáticos, árabes, estadounidenses, israelíes, iraníes, turcos, europeos, africanos y cualquier otro que pretenda recibir ese reconocimiento. Esos presidentes, reyes y señores de la guerra que tanto pontifican sobre la vida y la democracia han pasado la última generación enviando sus ejércitos a la guerra, derrocando regímenes, autorizando asesinatos encubiertos, armando a bandas y milicias, intercambiando armas por favores políticos, comprando la protección de matones, coqueteando con terroristas, elogiando a autócratas, haciendo tratos con dictadores, encarcelando a decenas de miles de adversarios, torturando a voluntad, despreciando la Carta de Naciones Unidas, comprando e intimidando a jueces, ignorando a los auténticos demócratas y negándose ciegamente a oír las simples demandas de sus propios ciudadanos, que exigen un mínimo de decencia y dignidad.

He vivido toda mi vida de adulto en Oriente Próximo -desde los años setenta-, viendo a dirigentes morir asesinados, ejércitos extranjeros derrocar gobiernos, coroneles autóctonos hacerse con el poder, ocupaciones extranjeras que han durado decenios, el imperio de la ley en la basura, constituciones ignoradas y, al final, a la gente corriente que ha decidido no permanecer al margen de la historia ni ser invisible en su propia sociedad, sino, al contrario, insertarse en esos guiones violentos y criminales. La gente decide matar tal como la matan a ella. Se deshumaniza y adopta la misma brutalidad.

¿Quién mató a Benazir Bhutto? Todos la hemos matado, en el Este y el Oeste, Oriente y Occidente, el Norte y el Sur. Todos los que pertenecemos a esta generación brutal y globalizada, que ha hecho que la violencia política dejara de ser un crimen ocasional para convertirla en una ideología y una adicción.

febrero 18, 2008 Publicado por | magnicidio, Pakistán | Dejar un comentario

La princesa asesinada de Pakistán

Por Juanjo Sánchez Arreseigor (EL CORREO DIGITAL, 28/12/07):

La han matado, ¿pero quién? Los islamistas son los sospechosos obvios, pero tras el atentado anterior ella dejó muy claro que acusaba al actual dictador militar, el general Pervez Musharraf. Benazir Bhutto era lo que en Europa llamaríamos una princesa. Los Bhutto son una rica y poderosa familia de la oligarquía paquistaní. Crearon un partido cuya retórica estaba calculada para atraerse a la vez a las clases medias ansiosas de un régimen liberal pero estable y también a las masas depauperadas de Pakistán. Ese camino les llevó muy lejos porque en un país donde la población se ha triplicado en poco más de 40 años, y sigue creciendo al mismo ritmo, lo que sobran son masas depauperadas.

En circunstancias normales los Bhutto, los Sharif y otros caciques habrían cumplido su ciclo vital siguiendo un esquema previsible de planteamiento-nudo-desenlace:

Planteamiento: encandilar a las masas con un discurso demagógico y populista.

Nudo: Una vez en el poder, llenar los cargos con parientes y amigos, robar a rienda suelta y en general descuidar las tareas de gobierno.

Desenlace: Las masas desengañadas les echan del poder. Entonces puede surgir en su lugar otra horda de ladrones que repiten el ciclo o una clase política más profesional.

Por desgracia, en Pakistán las circunstancias no son normales. Los militares gobiernan en la sombra y de vez en cuando dan golpes de Estado, lo que impide el normal desarrollo nacional y la maduración de la clase política. Cuando las cosas van mal son los militares los que cargan con la culpa. Un excelente ejemplo fue Zulfikar Ali Bhutto. Cuando la provincia ultramarina de Bangladesh amenazó con declararse independiente, los militares respondieron con una política de aniquilación y exterminio de toda la elite educada, que prefiguraba las masacres de los Jemheres Rojos en Camboya. La crisis llevó a Pakistán a la guerra con India en 1971, a la derrota y a la pérdida definitiva de Bangladesh. Ali Bhutto había respaldado las masacres. Sus manos estaban tan manchadas de sangre como las de los uniformados. Sin embargo, Bhutto subió al poder como gobernante democrático, presentándose como la cara nueva y limpia de un Pakistán humillado y deshonrado. Sus antiguos cómplices le dejaron gobernar cinco años antes de dar otro golpe de Estado y ejecutarle con excusas.

A la muerte sin hijos varones de Ali Bhutto, el liderazgo del Pakistan People’s Party -PPP-, recayó forzosamente en la hija mayor del difunto, Benazir. Cuando los militares tuvieron que abandonar el poder en 1988, Benazir pudo ganar limpiamente las elecciones. Durante los siguientes once años, Benazir y su principal rival, Nawaz Sharif, ocuparon dos veces cada uno la presidencia. Ambos líderes robaron a mansalva y la corrupción se expandió por doquier.

Por supuesto hubo algunas diferencias. Benazir Bhutto hizo realmente algunos esfuerzos por los derechos de las mujeres. En cambio, Sharif apoyó con todas sus fuerzas la islamización a ultranza de la sociedad paquistaní y llegó a prohibir que los medios de comunicación mencionasen que las mujeres tenían derecho al divorcio. Sin embargo, ambos se dedicaron a saquear el país. Cuando acababa uno, llegaba el otro y la gente esperaba que las cosas cambiasen para mejor, pero en vano. Al final, la participación electoral cayó por debajo del 25%. Entonces, en 1999, el general Musharraf dio un golpe de Estado, no porque fuera un patriota enérgico que pretendiese meter la escoba a fondo, sino porque Sharif le había destituido. El grueso del ejército le respaldó porque Sharif había cometido la imprudencia de intentar meterles en cintura.

Ocho años después, la historia se ha repetido. Los abusos de los militares han lavado la imagen de la clase política. A estas alturas, Bhutto y Sharif deberían estar totalmente desprestigiados, reemplazados por otros partidos y otros líderes, pero el sistema político caciquil y la represión militar no dejan espacio para que surjan hombres nuevos.

En cuanto al integrismo, es algo ajeno al Islam paquistaní, tradicionalmente culto y moderado. Los integristas jamás votarían por una mujer, pero Benazir lograba mayorías aplastantes. La escuela teológica deobandi, inspiradora de los talibanes, vivía encapsulada en sí misma, sin influencia sobre el conjunto de una sociedad a la que consideraba poco menos que infiel. El integrismo ha crecido por la crisis galopante y el apoyo de los militares, que pretendían usar a sus miembros como carne de cañón y han criado a los cuervos que ahora pretenden sacarles los ojos. Sin embargo, los integristas sólo son realmente fuertes en las regiones fronterizas habitadas por la etnia pastún. Los talibanes afganos eran todos pastunes. Más que un movimiento integrista, el talibanismo podría considerarse un intento de los pastunes de conquistar por la fuerza tanto Afganistán como Pakistán.

Volvamos al principio: ¿Quién ha sido? Ahora que Benazir Bhutto ha muerto y Sharif no puede presentarse porque no fue incluido en la amnistía otorgada a favor de Bhutto, ¿quién sale ganando? Los integristas se llevan la culpa, ¿pero quién se lleva el premio, es decir, el poder? Hay algo muy raro en este atentado. El suicida cargado con explosivos es típicamente integrista, pero lo que mató a Benazir fueron unos disparos.

En 1965, Pakistán tenía 50 millones de habitantes. Ahora son 165 millones. A este ritmo Pakistán tendrá más de 400 millones en menos de 30 años. Piénsenlo y tiemblen.

febrero 18, 2008 Publicado por | magnicidio, Pakistán | Dejar un comentario

Atentado contra la libertad

Por Florentino Portero, analista del Grupo de Estudios Estratégicos GEES (ABC, 28/12/07):

La lucha por la libertad tiene un alto coste en vidas humanas y en sufrimiento. Aquellos que en Pakistán no están dispuestos a aceptar que la mayoría vote en favor de un régimen político democrático se han adelantado asesinando a la candidata que más posibilidades tenía de ganar las próximas elecciones. Lo sucedido es un desastre para su familia, sus correligionarios y para todo aquel que se sienta comprometido con la defensa de los valores universales que dan sentido a la democracia.

Benazir Bhutto era una mujer sobresaliente. Nació en el seno de una rica familia de terratenientes y su padre fue Presidente y Primer Ministro. Zulfikar Alí Bhutto fundó el Partido Popular, cuya jefatura asumió su hija tras su ahorcamiento, acusado de homicidio, en tiempos de otra dictadura militar. No fue el único miembro de la familia muerto en circunstancias especiales. Su hermano también murió asesinado. Educada en Harvard y Oxford, representaba el Pakistán abierto a la modernización y contrario a las tendencias islamistas que no han dejado de crecer en las últimas décadas. Fue Primera Ministra en dos ocasiones, siendo la primera mujer en llegar a tal responsabilidad en el conjunto del Islam.
La familia Bhutto está unida a escándalos de corrupción política. No hay ninguna razón para pensar que fueran inventados. Como políticos profesionales en una sociedad donde las exigencias éticas nunca han sido muy grandes, no dudaron en fortalecer su partido a través de acuerdos o recibiendo «ayudas» inaceptables. Sin embargo estas acusaciones encubrían algo más. Los Bhutto representaban unos valores o gobernaban de una manera que muchos rechazaban, en una sociedad muy polarizada entre los defensores de la tradición y los que promovían una modernización.

Benazir ha conocido la cárcel y el exilio en más de una ocasión. La democracia es planta que no acaba de enraizar en Pakistán, el territorio que fuera corazón del Raj, del Imperio Británico, de quién recibió un valioso legado jurídico y político. El porqué India es una vigorosa democracia y Pakistán padece una sucesión de elecciones y golpes militares es un enigma, en el que la hegemonía musulmana en este segundo país puede tener algo que ver. Su último retorno vino precedido de intensas y prolongadas maniobras diplomáticas.

El general Musharraf había situado a Pakistán en la posición de aliado de Estados Unidos en la guerra contra el islamismo. El hecho era relevante, puesto que Pakistán había sido un pilar del régimen talibán en Afganistán y, sobre todo, el centro neurálgico de la proliferación nuclear para animar la fabricación de «bombas islámicas» en distintos países. Musharraf logró una importantísima ayuda económica, además de apoyo diplomático, pero no por ello dejaba de ser un aliado incómodo. No es fácil defender una política de democratización aliándose con un dictador. Más aún cuando ni siquiera cumple los acuerdos suscritos. El ejército pakistaní ha permitido a talibanes y a miembros de al-Qaeda actuar con libertad en la zona fronteriza con Afganistán. La ayuda económica para modernizar las unidades militares implicadas en la persecución de estos grupos se ha difuminado. El reciente golpe contra la autonomía del Poder Judicial, expulsando del Tribunal Supremo a los magistrados más críticos contra la actuación gubernamental, ha sido la gota que ha colmado el vaso.

Estados Unidos ha venido presionando a Musharraf para que dirija la transición de la dictadura a la democracia, siendo el puente entre ambas situaciones políticas, reteniendo la Presidencia de la República. La clave del proceso residía en un pacto entre el general y Benazir Bhutto, que garantizara la estabilidad y reforzara el sesgo pro-occidental y anti-islamista del gobierno. Musharraf ya se ha asegurado su continuidad como Presidente, dejando atrás su cargo como jefe del Ejército. El 9 de enero Bhutto debía hacerse con la mayoría parlamentaria. El plan tenía sentido. Se reconducía la situación política y se garantizaba un gobierno que mantendría una firme posición en el combate contra el radicalismo. Sin embargo no ha sido posible.

El asesinato de Bhutto era un objetivo tan evidente como reconocido por los sectores islamistas. Era el flanco más débil del frente democrático. En Pakistán, un estado con más de ciento sesenta millones de habitantes y una geografía compleja, el liderazgo político no es algo que pueda improvisarse. El Partido Popular es un complejo entramado de alianzas y lealtades, gestado durante años por la familia Bhutto y sus principales aliados. Al asesinar a Benazir pocos días antes de celebrarse las elecciones parlamentarias se hace difícil resolver su sustitución y sólo el tiempo nos dirá si queda garantizada la pervivencia de ese partido como fuerza política de referencia. No sabemos qué medidas adoptará el Presidente, si se mantiene la fecha de los comicios o si opta por su suspensión.

De lo que no cabe duda es de la lógica estratégica de este magnicidio. Tenían que hacerlo. Lo intentaron cuando aterrizó y fallaron por poco. Ahora lo han conseguido. Para los sectores islamistas tanto la democratización como, sobre todo, la vuelta de Bhutto era algo inasumible. En su radicalismo fundamentalista asocian la práctica democrática con valores occidentales contrarios a la esencia del islam, del auténtico islam que sólo ellos comprenden y que sólo ellos pueden interpretar. El previsible reforzamiento de las relaciones con Estados Unidos y Europa era una amenaza a evitar antes de que fuera demasiado tarde. Sin Bhutto los partidos islamistas tienen más posibilidades de hacerse con el control del Parlamento y afrontar así su objetivo final: convertir Pakistán en un estado «realmente» islámico.

Las Fuerzas Armadas vuelven a ser la clave. Han dirigido campañas contra los radicales, pero de forma muy desigual. Su currículo pro-talibán y en favor de la proliferación nuclear no es garantía. Como tampoco lo son los estrechos vínculos de la inteligencia militar con los sectores más extremistas. No puede extrañar que dirigentes del Partido Popular hayan acusado al Ejército de lo ocurrido. No están negando la responsabilidad islamista, sólo subrayan la posible «autoría intelectual». De lo que no cabe duda es de que los enemigos de la libertad y de la democracia han ganado una importante batalla en uno de los escenarios más importantes.

Pakistán es el teatro de operaciones más peligroso en la Guerra contra el Islamismo. Reúne la letal combinación de una posición geográfica clave, inestabilidad política y armamento nuclear. Mantiene un viejo y delicado conflicto con India por sus fronteras definitivas. No olvidemos que Pakistán, el «país de los puros», se desgajó de India para ofrecer a los musulmanes un estado propio. Pero los musulmanes no son un territorio. La disputa por Cachemira es el núcleo de un problema que ha causado varias guerras y que puede originar en el futuro otra de carácter nuclear. La estabilidad de Afganistán depende de lo que haga el gobierno de Islamabad. Las declaraciones del presidente Karzai no dejan lugar a dudas sobre el mal estado de las relaciones bilaterales. Los dirigentes de Kabul están convencidos de la colaboración de la inteligencia militar pakistaní con las fuerzas talibanes. Pero elescenario que más preocupa es la llegada al poder de un gobierno islamista que, desde ese momento, tendría el control de la fuerza nuclear y del amplio catálogo de misiles recogidos en sus arsenales ¿Qué uso les darían? De entrada serviría de paraguas para promover el radicalismo por todas sus fronteras sin alto riesgo de ser atacados.

Lo único seguro es que hoy los demócratas de todo el mundo hemos sufrido un serio contratiempo y que sólo unidos podremos sortear los retos que nos plantea el radicalismo.

febrero 18, 2008 Publicado por | magnicidio, Pakistán | Dejar un comentario

El epicentro paquistaní

Por Gustavo de Arístegui, portavoz de Asuntos Exteriores del Grupo Parlamentario Popular (EL MUNDO, 28/12/07):

El brutal atentado (como si hubiese de otro tipo) contra la dos veces ex primera ministra de Pakistán, nos ha encendido, como siempre a destiempo, todas las alarmas. Son muy pocos los países que desde Occidente en general y Europa en particular, se percatan de la enorme importancia que para la paz y la estabilidad mundiales tiene el País de los Hombres Puros, que es la traducción de su nombre en urdu al español. Lo que está en juego en ese país no es sólo su tipo de régimen, la permanencia o no del general Musharraf, la victoria electoral, con más o menos transparencia, de tal o cual candidato, lo que está en juego es el futuro de la región y, muy posiblemente, la mismísima paz mundial.

Hace poco la revista Newsweek se preguntaba si Pakistán era el país más peligroso del mundo. La pregunta era retórica y al mismo tiempo tan escandalosa como oportuna en la actual situación internacional. Pakistán se encuentra en uno de los epicentros más activos de generación de graves conflictos del mundo, es uno de los principales objetivos del terrorismo más brutal y despiadado que se ha conocido en las últimas décadas -el yihadista-, ha tenido que enfrentarse al fanatismo talibán -y la amenaza que supone para Afganistán y para su propia seguridad- y se encuentra inmerso en una gravísima crisis política e institucional a lo que hay que añadir unas cruciales elecciones presidenciales en enero de 2008, que lamentablemente tendrán una candidata menos.

Por su propio peso e importancia y por su influencia regional y mundial, Pakistán ocupa un lugar central en la seguridad de Occidente, Europa, y obviamente de España, si bien el Gobierno de Rodríguez Zapatero prefiera distraerse en su retórica electoral y su voluntad de ignorar las graves realidades que contradicen su discurso buenista, hasta que noticias tan dramáticas como ésta los despiertan brutalmente a la realidad. Los cambios de estrategia de Al Qaeda en el Magreb, la creación de Al Qaeda en el Magreb islámico y las constantes alusiones y amenazas a Al Andalus por parte de Bin Laden y de su número dos Ayman al Zawahiri, deberían haber sido advertencia suficiente para haber colocado a un país tan trascendental como Pakistán en el centro de nuestra agenda de Política Exterior y de seguridad. La fuerza que tienen ciertos individuos y organizaciones paquistaníes en la compleja y muy peligrosa amalgama del yihadismo internacional, así como su influencia determinante en la situación de Afganistán hubiesen debido hacer de ese país un punto focal de nuestra atención, lamentablemente no ha sido así. En Pakistán el islam moderado y el mundo en general encabezado por las democracias más avanzadas del mundo, están librando una batalla central contra el terrorismo yihadista y en defensa de las libertades y derechos fundamentales. En Pakistán y en Afganistán estamos riñendo una guerra contra Al Qaeda y contra el fanatismo yihadista sanguinario, que ni podemos ni debemos perder: están en juego nuestras esencias democráticas y nuestra libertad. Si Pakistán se sumiese en el caos de una guerra civil o si llegase a ser controlado por el yihadismo, podría volverse una pesadilla de alcance hoy inimaginable.

Las cifras y datos del país no engañan. Pakistán es el segundo, o quizás tercer país islámico en población, tras Indonesia y la India (se calcula que de sus 1.150 millones de habitantes 180 millones son musulmanes), tiene fronteras con dos potencias mundiales (China e India) y está en posesión de un importante arsenal nuclear, y es, de momento, la única nación islámica que la tiene. Su ejército es el séptimo del mundo, y es, además, la institución más poderosa e influyente del país, lo que lo convierte a la vez en parte del problema, e irremediablemente, si se gestionase bien, en parte de la solución. Las cifras de desarrollo humano de Pakistán son pavorosas, ocupa el puesto 142 de los 177 países medidos por la ONU, y sus niveles de pobreza son igualmente graves. A todo esto hay que añadir que en su territorio existen más de 13.000 madrasas, no pocas de ellas de carácter radical, y un denso entramado de organizaciones yihadistas extremadamente activas que tienen unas 24 publicaciones radicales con más de un millón de ejemplares de circulación para propagar sus mensajes violentos en una sociedad en la que la ignorancia y el analfabetismo convierten a centenares de miles de individuos en carne de cañón fácilmente reclutable. El mensaje del odio, de la violencia y de la manipulación del mensaje del islam, especialmente el del asesinato por medio del suicidio que los yihadistas tienen la desfachatez de denominar «martirio», cala en una sociedad depauperada y muchas veces sin esperanzas. Los fanáticos saben muy bien cómo aprovecharse de esas tristes circunstancias.

Con todo, la mayoría de los paquistaníes ha rechazado, elección tras elección, a los candidatos de las opciones violentas y radicales. Los islamistas extremistas nunca han llegado a superar el 11% en las elecciones generales, y sólo cuando se unieron todos pudieron llegar a gobernar alguna provincia en 2002. No podemos ignorar en absoluto que esos éxitos parciales de los islamistas se deben a la responsabilidad directa del propio general Musharraf, que les facilitó el camino a la victoria con su política de acoso a los partidos históricos y tradicionales del país, que han tenido una base más política que propiamente religiosa, si bien respetuosa con los principios y valores del islam moderado, y algunos de ellos con una agenda inequívocamente aconfesional.

España y la UE deben prestar más atención a este país crucial para la estabilidad regional y mundial. Baste como ejemplo el hecho de que Javier Solana nunca haya visitado Islamabad. Las declaraciones de España y de la UE son escasas y normalmente tardías, y esto, más si cabe tras la tragedia de ayer, debe cambiar radicalmente. La situación es verdaderamente seria. Pakistán está sufriendo una ofensiva a gran escala de los talibán en y desde Afganistán, y del terrorismo yihadista, que se ha dedicado a eliminar físicamente a los políticos que se oponían frontal pero democráticamente, a la instalación de un régimen yihadista en el país. Sus Fuerzas Armadas han debido combatir al terrorismo fuera de las zonas tribales tradicionales y los atentados son cada vez más bestiales y tienen como objetivo aterrorizar a la población civil, amedrentar a los políticos moderados, generar una profunda inestabilidad que les permita hacerse con el poder absoluto, provocar el retraimiento de la inversión extranjera y, en la medida de los posible, destruir el boom económico que Pakistán venía experimentando desde hacía varios años. Ya se sabe, el yihadismo ataca siempre las bases de la economía para debilitar a los regímenes que acosa. Eso lo ha hecho en todo el mundo islámico. El petróleo, el turismo y otros sectores esenciales para ciertos países han sido sus objetivos prioritarios, sin importarle las consecuencias ni el sufrimiento del pueblo al que dicen querer liberar.

Pakistán vive una muy complicada situación política y de seguridad. Además de los atentados cada vez más frecuentes y sanguinarios, el Ejército ha tenido que combatir en zonas completamente desconocidas incluso para los analistas occidentales más reputados, especialmente en el Waziristán y en la North Western Frontier Province -ambas fronterizas con Afganistán-, donde Fuerzas Armadas y la Guardia de Fronteras tienen verdaderas batallas diarias con importantes bajas que demasiadas veces son calificadas de «escaramuzas». La preocupante novedad es que han tenido que intervenir por primera vez en un territorio alejado de Afganistán y de su influencia yihadista para sofocar una muy grave revuelta en el valle de Swat.

Las más que desafortunadas actuaciones recientes del general Musharraf, su autogolpe, la disolución del Tribunal Supremo y su represión despiadada de la protesta de los abogados, sólo han contribuido a debilitar al estado y a sus instituciones. El terrorismo, los atentados y el avance del fanatismo, ponen ahora en serio peligro la estabilidad de un país que deberíamos habernos tomado mucho más en serio. El atentado de ayer y su imprevisibles consecuencias son un paso más hacia el abismo del caos. La pesadilla que hace poco parecía imposible es hoy sólo improbable: una potencia nuclear en manos islamistas radicales.

El general que se presentó ante el mundo como el freno del fanatismo y del terrorismo yihadista, el fiel aliado de Occidente, puede haberse convertido en un triste y eficaz catalizador de la catástrofe. Se aferró obsesivamente al poder, le cerró el paso a los partidos democráticos y a sus líderes, como la asesinada Benazir Bhutto y al también ex primer ministro Nawaz Shariff, lo que sólo facilitó la tarea del islamismo radical. Ahora lo que hay que hacer es fortalecer la democracia, sus instituciones y poner a su servicio los instrumentos del Estado de Derecho para derrotar al terrorismo. Todo ello servirá de homenaje póstumo a una heroína de la democracia y de la libertad, pero sobre todo de tributo a la inmensa mayoría de paquistaníes que no sólo rechazan el fanatismo y se enfrentan a la violencia, si no que son además, sin duda, su principal víctima, como lo son todos los musulmanes moderados del mundo. El ismaismo radical y el terrorismo yihadista al que sirve de alimento y combustible, son nuestro enemigo común, que quede claro.

febrero 18, 2008 Publicado por | magnicidio, Pakistán | Dejar un comentario

>El mundo según Osama Bin Laden

>

Por Valentí Puig (ABC, 29/12/07):

El asesinato de Benazir Bhutto ha desestabilizado Pakistán hasta el confín del caos, hasta el punto de que la tensión desborda el escenario de la nación surgida de la partición india, trasmite precariedad a todo su marco geopolítico y arriesga el improbable orden mundial que venía realquilando el vacío posterior a la guerra fría. Un sistema mundial más o menos estable habitualmente no deja de convivir con la existencia de focos de caos y anarquía pero la magnitud de la circunstancia pakistaní tras el atentado contra Benazir Bhutto es algo más, de un potencial capaz de alterar factores y resultados de orden global. El golpe de Osama Bin Laden atenta directamente contra la malla de protección de lo que llamamos mundo libre y que en política internacional tanto como en la estrategia anti-terrorista se vale de peones como el Pakistán de Musharraf.

Haya contado o no con la complicidad fáctica de elementos de los servicios de inteligencia pakistaní, Al-Qaida condiciona las prioridades de Occidente si es que existía la tentación de mirar para otro lado. Ahora mismo la estabilidad es lo fundamental para el mundo, haya o no haya elecciones de Pakistán según el calendario previsto. Estamos hablando de un país con 165 millones de habitantes, con un ejército potente y armas atómicas. Por un tiempo va a carecer de eco el tañido de las campañas en las misiones neoconservadoras que ambicionaban vastos programas de democratización. La situación de Pakistán requiere algo más inmediato y realista, mientras los talibanes operan en Afganistán, Osama Bin Laden aspira a poseer el código atómico, sus redes mejoran en capacidad global y sus futuros guerreros están siendo adoctrinados en las madrasas pakistaníes que financia la Arabia Saudita.

Hasta ahora los Estados Unidos llevaba intentando un zurcido diplomático muy difícil: pagarle a Musharraf para que avanzase por la vía democrática y fuese más contundente con el fundamentalismo islamista, primero pactando el regreso de Benazir Bhutto como candidata y luego confiando en que la falta de complicidad entre Musharraf y Bhutto no tuviera el peor de los desenlaces. Era como cambiar una pieza central de una locomotora puesta en marcha con el ochenta por cien de su disponibilidad. Ya estamos en otra fase, de opciones muy condicionadas por el magnicidio, una de esas fases en que la diplomacia llega al vértigo y puede entrar en pánico. Para el mundo, el riesgo de que el poder nuclear pakistaní vaya a manos de cualquiera -Bin Laden, sin ir más lejos- permite distinguir entre conflicto local y peligro global incluso a quienes no sólo confunden la política internacional con un jardín de la infancia sino que desechan con superioridad moral inmadura el valor de lo estable en un mundo cuya propensión natural es la inestabilidad, un mundo en que el terrorismo no es una reacción de desposeídos frente a oligarcas.

De aquí a la fecha electoral de noviembre, es posible que el primer impacto del asesinato de Benazir Bhutto pase a otro término en la consideración de los candidatos presidenciales por parte del electorado norteamericano pero contará algo más que antes su competencia a la hora de reaccionar ante amenazas exteriores. De algún modo también va a contar transitoriamente en una Europa pusilánime, retardada en la acción, ni tan siquiera preparada para saber lo que será Kosovo cuando llegue el día después. Ayer, la sociedad norteamericana quiso conocer en seguida lo que pensaban los candidatos sobre el atentado en Pakistán; mañana la evaluación de la atrocidad conllevará algunas decisiones. Lo lógico es que sean en el sentido de afianzar la estabilidad pakistaní. Es lo más perentorio: reforzar el Estado en Pakistán para que garantice el esclarecimiento de lo ocurrido y ataje la metástasis del fundamentalismo islámico que tanta cancha ha logrado para Osama Bin Laden.

Ayer Ahmed Rashid, autor de «Talibanes» y «Jihad», describía en «The Washington Post» el gran vacío político que deja el asesinato de Benazir Bhutto en el corazón de un Estado que dispone de armamento nuclear y que parece deslizarse hacia un abismo de violencia y de extremismo islámico. La propuesta sería un gobierno de concentración nacional que tutele el proceso electoral pero a estas alturas la violencia en las calles en la reacción más cierta. En realidad, la violencia -en la calle, el asesinato político como método- es la única verdadera tradición política de Pakistán desde que se desgajó en el proceso de independencia de la India. La expansión del caos dañaría de forma irremediable los cimientos de un Estado semifallido que ya ha tenido la tentación de firmar treguas con Al-Qaida y los talibanes.

En su proyección mundial, el desenvolvimiento del proceso pakistaní es prácticamente impredecible. Enfrascada en precoz campaña electoral, Norteamérica de nuevo habría de ejercer su unipolaridad en un mundo que pide multilateralismo aunque casi siempre con la boca chica. La Unión Europea será otra vez la gran espectadora, nutrida institucionalmente de una retórica minimalista que esconde debilidades crónicas. Es engañarse mucho pensar que un Pakistán en caos no pueda asemejarse pronto a Afganistán -donde España tiene tropas- o a Sudán. Empeorar siempre es el rumbo más asequible. Ahí fuera el mundo abunda en significados ambiguos y amorales. De repente, los personajes resultan ser trágicos. En aquellos páramos, los temores y cuidados del estadista al final casi siempre requieren como respaldo el uso convincente de la fuerza aunque sólo sea para que otra cosa peor no ocupe el vacío de poder, como pudiera ser el caso de Pakistán.

Habrá quien ya se pregunte si no se confió demasiado en Musharraf como aliado de Occidente contra el terrorismo y como hombre dispuesto a convertir una dictadura en democracia. Por otra parte, quién sabe si se podía confiar tanto en el regreso de alguien como Benazir Bhutto. Lo cierto es que en situaciones-límite o tan lejos de control lo más que generalmente se puede es escoger entre dos males y acertar en el mal menor. Ese es el panorama divisable en otros tantos puntos del mundo. Hay un sendero que lleva desde la cueva de Bin Laden al arsenal nuclear que Pakistán quiso tener para plantarse frente a la India en el conflicto de Cachemira. Pequeños roces sin cuidar o hurgados deliberadamente llevan a grandes heridas. Un gesto intempestivo incita a la mayor violencia. Un asesinato político en Pakistán zarandea la estabilidad mundial.

febrero 17, 2008 Publicado por | magnicidio, Pakistán | Dejar un comentario

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.