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>"Ecomafia": 20.500 millones de beneficio

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Por MIGUEL MORA – Roma – (ElPais.com, 06/05/2009)

En Nápoles se dice la monnezza è ricchezza (la inmundicia es riqueza). No importa que ahí fuera el mundo se hunda, la frase en el libro Gomorra sigue siendo cierta. En 2008, la ecomafia facturó con el tráfico ilegal de residuos 20.500 millones de euros. Lo afirma el informe anual de Legambiente, asociación ecologista italiana, presentado ayer en Roma con el apoyo del presidente de la República. Se trata de la facturación más alta. Con toda esa escoria se podría levantar una montaña similar al Etna: una base de tres hectáreas y una altura de 3.100 metros.

En 2008, se produjeron en Italia 25.776 delitos ecológicos, es decir, 71 diarios, tres cada hora. La buena noticia es que en 2007 se habían registrado más, 30.124.

Así y todo, Legambiente calcula que se enterraron en suelo italiano 31 millones de toneladas de residuos, el equivalente a medio millón de camiones. “Se sabe dónde se producen, no siempre dónde se entierran”, afirma el estudio. Casi la mitad de los delitos se localiza en las cuatro regiones de tradicional presencia mafiosa (Campania, Calabria, Sicilia y Puglia); el resto se reparte por el territorio. Y asoma con fuerza el rico norte del país, Piamonte sobre todo. “Las mafias han extendido sus tentáculos por vastas áreas del norte”, señala el presidente de Legambiente, Vittorio Cogliati.

Como síntoma, el arresto de Mario Chiesa, otrora protagonista de casos de corrupción, “que ahora se dedicaba al tráfico de residuos con toda una red de cuellos blancos: empresarios, intermediarios y funcionarios corruptos”.

El presidente Giorgio Napolitano se felicitó en una nota porque el informe demuestra que ha mejorado la lucha institucional. Desde 2002, cuando se instituyó el delito de tráfico ilícito de residuos, los jueces han abierto 123 procesos a los capos del veneno. El año pasado hubo 25 pesquisas, 2.328 personas denunciadas, y 564 empresas: movían 7.000 millones. Un récord histórico.

Los ecologistas consideran que hay cientos de clanes mafiosos viviendo de la inmundicia. Según el fiscal nacional antimafia, Pietro Grasso, “faltan recursos y un observatorio nacional. Detrás de la ecomafia hay un sistema criminal complejo, con técnicos de laboratorio, transportistas y otros, y necesitamos más armas jurídicas”. Grasso reclamó al Gobierno que garantice las escuchas telefónicas.

La basura industrial que envenena el suelo mata animales, bosques y ciudadanos. El reciclaje acaba en la construcción de viviendas ilegales, actividad que la crisis tampoco ha logrado frenar. El año pasado brotaron en Italia 28.000 nuevas casas abusivas. Primer puesto, Campania; segundo, Calabria. Dos regiones en recesión. En la primera, los clanes edificaron 300.000 metros cuadrados en un área (feraz y ex agrícola) de 158 kilómetros cuadrados.

La Dirección Antimafia recuerda que, en Calabria, la N’Drangheta “sigue expandiéndose en el hábitat de las obras públicas”, como las autopistas Salerno-Reggio Calabria y Jónica. Su sueño es el puente del estrecho de Messina. Más allá, la fiscalía de Palermo acaba de abrir otra investigación. Cosa Nostra se ha infiltrado en los contratos públicos para construir parques de energía eólica.

mayo 5, 2009 Publicado por | mafia | Dejar un comentario

>Eran policías, eran asesinos, eran mafiosos

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Por BARBARA CELIS – Nueva York – (ElPais.com, 08/03/2009)

Los neoyorquinos Louis Eppolito y Stephen Caracappa perpetraron casi todos los crímenes que se suele atribuir a los mafiosos: blanquearon dinero, traficaron con drogas, extorsionaron y asesinaron. Cometieron todos sus delitos parapetados tras un carné de intocables: ambos fueron detectives del Departamento de Policía de Nueva York entre finales de los años 60 y principios de los 90, lo que les permitió trabajar para una de las familias mafiosas neoyorquinas, el clan de los Lucchese. Ambos navegaron impunemente por el río delictivo que dejaron a su paso en una época en la que la corrupción policial era rampante.

Sin embargo, a medida que la mafia ha ido perdiendo poder, aquel Nueva York oscuro fue dejando paso con la llegada del nuevo siglo a otro en el que las alianzas entre mafiosos y policía empezaron a ser tratadas con mano dura por los jueces de la Gran Manzana.

El pasado viernes, los dos policías más corruptos de la historia de Nueva York, que se hallaban en prisión desde 2006, fueron condenados a cadena perpetua y a pagar multas de más de cuatro millones de dólares (3,15 millones de euros) por ocho asesinatos, dos intentos de asesinato, extorsión y venganza contra testigos, blanqueo de dinero y tráfico de drogas, entre otros delitos.

Inexplicablemente, tanto Caracappa, de 67 años, que irónicamente fue uno de los detectives más condecorados de su época, como Eppolito, de 60 años, aún siguen cobrando su pensión como policías: 5.313 dólares al mes el primero y 3.896 dólares el segundo.

Ambos se jubilaron a principios de los años noventa, aunque continuaron a sueldo de los Lucchese, primero en Nueva York y después en Las Vegas hasta su detención, en 2005. Fue la declaración de otro empleado de la mafia, Burton Kaplan, quién provocó su detención y un juicio fulminante que llevó a un jurado popular a declararles culpables en abril de 2006.

Aunque la sentencia se ha retrasado durante casi tres años por apelaciones y cuestiones técnicas, ambos ex policías no sólo han seguido cobrando su pensión desde la cárcel sino que la cobrarán hasta su muerte, sin que puedan destinarse al pago de las multas impuestas por el juez. Las pensiones están consideradas como salario diferido por lo que, aunque un funcionario público resulte condenado por algún delito, su pensión no se toca. Ni la legislación federal de Estados Unidos ni la del Estado de Nueva York prevén qué hacer en estos casos, y la jurisprudencia tampoco ha cambiado la situación. Actualmente hay más de 450 policías, jueces y burócratas corruptos cobrando su pensión de jubilación. Pero a lo largo de su vida laboral Caracappa y Eppolito también cobraron una media de 3.000 dólares mensuales sólo por estar en nómina de los mafiosos, según la sentencia. El propio Anthony, Gaspipe, Gasso, uno de los lugartenientes de la familia Lucchese, dijo en 1994 que se había gastado 375.000 dólares en sobornar a la pareja de policías para que ejecutaran contratos (asesinatos).

¿Cómo llegaron ambos agentes de la ley a convertirse en mercenarios de los mafiosos? Es fácil imaginárselo. Eppolito creció en Nueva York, seno de la Cosa Nostra, en una familia relacionada con el clan de los Gambino, y aunque llegó a publicar un libro titulado Mafia Cop (Poli de la mafia), en el que explicaba como había escogido el camino “de la ley” para huir del destino delictivo que marcaban sus genes, las primeras sospechas de las autoridades neoyorquinas sobre sus prácticas corruptas se remontan a principios de los ochenta. Caracappa comenzó a trabajar con él a principios de aquella década, y desde entonces hasta su jubilación fueron pareja de hecho laboral en el departamento de homicidios de la policía de Nueva York. Tras retirarse, ambos siguieron trabajando para los Lucchese. Eppolito, llegó incluso a ejercer de mafioso en películas sobre el asunto como Uno de los nuestros, de Martin Scorsese. No le debió costar mucho aprenderse el guión.

marzo 8, 2009 Publicado por | corrupción, crimen organizado, mafia | Dejar un comentario

>La no vida de Roberto Saviano

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Por MIGUEL MORA (El País.com, 08/02/2009)

Ya no es un hombre, es “un equipo”. Desde que la Camorra le amenazó de muerte por su libro ‘Gomorra’, vive escoltado las 24 horas. No puede pasear, comprar o usar la tarjeta de crédito. Pasamos un día con el escritor y le acompañamos de viaje a Nápoles.

No sé si estoy medio muerto o medio vivo. Lo que sé es que la amenaza de los Casaleses me ha convertido en peor persona. Más desconfiado, más egoísta. Siento odio por los amigos que me abandonaron cuando salió el libro, entre una partida de Playstation y una de la Liga Fantástica. Apenas salgo de casa. No puedo usar tarjeta de crédito. Vivo escoltado 24 horas al día. Ya no soy un hombre, soy un equipo. Los muchachos son fantásticos, son napolitanos como yo, hacemos deporte juntos, boxeamos en el gimnasio… Pero echo de menos Nápoles, aquellos retrasos eternos del tren en la estación… El tiempo se ha deformado, los minutos son extraños, cada movimiento banal requiere un día entero. Y no puedo hacer las cosas mínimas: pasear, tomar algo en un bar, comprar una nevera. Ayer fuimos al supermercado y fue patético. Los carabineros alrededor del carrito, todos opinando sobre la pasta que debía coger. La gente se asustó, nos abrieron paso en la caja para que nos fuéramos rápido. Cuando salimos les dije a los chicos: ‘No volvemos”.

Así es la vida de Roberto Saviano. Una vida no vida, una vida-muerte, una especie de muerte en vida. Trágica muchos ratos, a veces también tragicómica, tensa sin interrupción. Triste, solitaria y virtual.

El éxito de Gomorra, uno de los fenómenos más espectaculares de la historia italiana (dos millones de copias en su país, 33 traducciones, más de dos años en lo alto de la lista de best sellers), se ha convertido en una maldición para su autor.

Reconocimiento, premios y elogios, fama, dinero y viajes no compensan la otra cara de la moneda: Saviano ha sido difamado, escupido e insultado por los jóvenes de su propia tierra, abandonado por sus amigos, condenado a muerte. Y hoy vive agazapado, rodeado de armas y carabineros, a toda velocidad y a media voz.

Sus ojos muestran una melancolía infinita, sus gestos son a ratos desesperados; su cara, la imagen de la vulnerabilidad. No deja de hablar por los dos móviles y de mandar y recibir sms. “Casi no veo a nadie, es mi mayor vínculo con la gente”.

Sólo tiene 29 años, pero se nota que ya no es aquel muchacho bromista que se iba a comer el mundo cuando se licenció en filosofía por la Universidad Federico II de Nápoles, siguiendo la ilustre herencia de Giordano Bruno y Benedetto Croce. En aquella época empezó a escribir su primer relato real, titulado La tierra padre. Naturalmente, trataba sobre la Camorra.

Contada por Saviano, la Mafia napolitana, o mejor dicho, campaña, dejó de ser lo que era a ojos de mucha gente -una banda de bandoleros dirigidos por tipos más o menos honorables que trafican y asesinan, pero en el fondo protegen a una población abandonada a su suerte (aunque esto último siga siendo verdad)-. Y pasó a ser El Sistema, un poderoso holding criminal que, según el último censo realizado por el jefe de los carabineros de Nápoles, general Gaetano Maruccia, responsable de la seguridad de Saviano, “cuenta al menos con 80 clanes y más de 3.000 afiliados armados, a lo que se añade una extensa red de colaboradores”.

En otras palabras, un ejército sin uniforme ni moral, que comete, de media, un asesinato cada 2,5 días desde 1979, factura miles de millones de euros anuales, controla una parte del tráfico de cocaína europeo, domina el negocio de la extorsión, la usura, las basuras y el transporte de desechos tóxicos, capta a niños de 11 años pagándoles como centinelas, obtiene grandes contratos públicos que se licitan en Campaña, blanquea ingentes cantidades de dinero negro en la construcción española, compra políticos, designa alcaldes, maneja de forma directa o indirecta el 40% de las tiendas de Nápoles, cose ropa en negro para las grandes firmas, dirige la importación y distribución de mercancías falsas procedentes de China, y campa a sus anchas en el puerto de la ciudad y el sector alimentario.

Cuando Saviano empezó a escribir, estimulado por la fiebre de libertad y aventura que le inculcaron sus lecturas precoces y, más tarde, por el aura de rebelión respirada en los seminarios que dirige Gerardo Marotta, abogado y filósofo octogenario, todavía gran baluarte moral napolitano, en el Instituto de Filosofía fundado por Croce, era un chaval feliz, aunque no paraba de trabajar. “Tenía cuatro o cinco oficios: en una pizzería, dando clases de repaso a niños por las tardes, como albañil ocasional en el campo de Caserta, becado para un doctorado en historia contemporánea y colaborando en periódicos y webs como Nazion e Indiana”.

Así y todo, tardó sólo unos meses en enhebrar los 11 relatos reales que forman Gomorra. “Escribía en un apartamento de los vicoli (callejones) de I Quartieri Spagnoli. Compartía piso con amigos. Tenía mi habitación propia, y allí escribía, parapetado tras los papeles de los jueces. Había siempre un ruido infernal en el barrio. Cuando me fui no podía dormir porque había demasiado silencio. Adoraba aquel sitio, era un lugar familiar. Suena retórico, claro, porque la familia sirve para controlarte. En casa vivía una amiga costurera, y teníamos de vecinos a 30 budistas que meditaban y cantaban. Un día, un napolitano se hartó, salió a la ventana y les gritó: “¡Alí Babá, me estáis tocando las pelotas!”.

Poco después, el manuscrito se convirtió en libro gracias al olfato de los editores de Mondadori. “Me publicaron el primer cuento en la revista Nuovi Argumenti (abril de 2005), y después me hicieron un contrato de joven promesa. Me dieron 5.000 euros como anticipo por 5.000 copias”, recuerda Saviano.

Muy pronto ese contrato dio paso a otro con cifras de estrella. “En mayo de 2006, cuando el libro salió por fin a la calle, era el tipo más feliz del mundo. Viví los cinco mejores meses de mi vida. Era un hombre libre. Dejé de ser albañil, y la pizzería. Los críticos me elogiaban y los lectores me leían, era escritor como había soñado. Luego me dieron el Premio Viareggio, se vendieron 100.000 copias, empecé a escribir en La Repubblica y Espresso, a hablar en televisión… Y, de repente, en octubre, todo se paró. Y me quedé clavado en esos meses. Todo lo que ha pasado después no lo he vivido”.

Llegaron las primeras amenazas de los Casaleses, el clan del pueblo donde se crió, Casal del Príncipe. Y eran nítidas. Debía morir. No sólo sabía demasiado y lo había contado con nombres y apellidos, relacionando cada dato con su fuente, sino que, sobre todo, el libro había llegado a demasiada gente. La Camorra estaba en boca de todos. Ya no era el tradicional mal menor napolitano (fisiológico, alegal…). Era un cáncer internacional.

Los jueces antimafia tomaron la advertencia en serio. Habían ayudado al joven periodista dándole acceso a los procesos (escritos y orales) contra Francesco Schiavone, Sandokán; Antonio Iovine, Michele Zagaría, Francesco Bidognetti (todos Casaleses) y otros bosses napolitanos como los Di Lauro o Lo Russo.

Y aquel muchacho de aspecto desvalido (cara de camorrista, cráneo cubista, barba de tres días, pies planos “y peso welter”) había respondido a la confianza con una prosa de cirujano que mezclaba coraje, calidad, denuncia y ética. Hacía falta protegerle, y rápido. El 13 de octubre de 2006, el ministro del Interior, Giuliano Amato, decidió que Saviano debía vivir escoltado. “Recuerdo que el día en que vinieron los carabineros a buscarme a casa para llevarme al cuartel, los vecinos bromeaban: ‘¡Robbè, por fin te han arrestado!’. Amato fue de una sensibilidad extraordinaria. Dijo que el Estado debía protegerme porque a través de mí defendía la libertad de expresión, un principio constitucional. Eso me convirtió en símbolo de la libertad de palabra. Siempre le agradeceré eso”.

Han pasado dos años y cuatro meses desde aquel 13 de octubre. Sus viejos amigos se largaron. Su antigua novia le dejó. Su familia se dispersó más de lo que estaba (sus padres se separaron muy pronto). Y Saviano se culpa de todo eso. Lamenta, dice, “haber destruido mi mundo por un libro; haber hecho daño a todos los que me querían”.

Su vida está “suspendida, cancelada, detenida”. Como esas vidas rotas de repente por un accidente, un atentado o una condena injusta.

Sólo fuera de Italia se relaja un poco más. Por eso, en noviembre se dio el desahogo de decir que se iba del país, que había decidido exiliarse por un tiempo. Se arrepintió enseguida. Difícilmente otro país aceptaría dedicarle (y pagar) la protección que necesita. “Es así. O no me dan protección, o me dan una escolta como la que tengo aquí”. Un destino casi irreversible.

Hacer la cita para este reportaje ha llevado semanas por cuestiones de seguridad. El primer intento, en diciembre, se aplazó porque los niveles de alerta se dispararon del todo. Un primo de Sandokán, llamado Carmine Schiavone y colaborador de la justicia (un pentito: arrepentido), reveló que la Camorra tenía plan y fecha. Lo matarían antes de que acabara el año, colocando una bomba a su paso por la autopista A-1 que une Roma con Nápoles.

Superada esa angustiosa fecha de caducidad, la alerta bajó. Schiavone, que más que un pentito parece el portavoz de la Camorra, declaró que sus ex compinches habían decidido esperar a que se apaguen un poco los focos para matarle. Con más calma. Por fin pudimos pactar el encuentro. Con la ayuda de su amabilísima asistente, Manuela, programamos ir juntos a Nápoles, comer con él, conocer a su amigo el general Maruccia, comandante del Comando Provinciale dei Carabinieri di Napoli. E intentar explicar lo que siente un escritor condenado a muerte que aún no ha cumplido 30 años.

Es 16 de enero, hace una mañana preciosa y gélida, y los dos coches blindados llegan puntuales y muy juntos, deslizándose con elegancia italiana. Saviano va sentado en el primer coche, asiento de atrás, a la derecha. Las sirenas dejan de ulular y los autos se detienen. Los cinco escoltas bajan y otean la calle con sus gafas oscuras y sus pinganillos. Saviano se queda sentado dentro del Lancia Thesis gris.

Nos saludamos, y Pina empieza a hacer fotos. Los carabineros ni se inmutan. Están habituados. A estas alturas han sido fotografiados 2.000 veces y saben que la Camorra conoce al centímetro sus caras, que sin embargo no denotan miedo alguno.

Los chicos de la escolta llevan chalecos antibalas, cazadoras negras y pistolón al cinto. Tienen la cara curtida y acento napolitano, y se mueven como profesionales. No dan un paso en falso, no hacen un gesto de más. Son silenciosos, y cuando hablan es en voz baja y con pocas palabras. Nando, el jefe, ejerce un mando suave pero inflexible.

Saviano hace el recuento del armamento: los Casaleses tienen 100 kilos de TNT y un variado arsenal de metralletas y pistolas. “Sé que acabarán conmigo. Tarde o temprano lo harán”.

Silencio absoluto durante un rato largo.

Avanzamos a bandazos y tirones. Salir del centro de Roma un lunes a la una de la tarde suele ser una empresa heroica. Pero en diez minutos estamos en la A-1. La del ultimátum. Marco pisa a fondo el acelerador y en unos segundos el Lancia despega hacia Nápoles. Pina sigue haciendo fotos y filmando (vídeo en elpais.com), y el habitáculo se hace diminuto para tomar notas. Pero no parece sitio ni momento para quejarse.

-¿Así que ésta es su vida actual?

-Así es. Ellos van a los sitios antes de que vaya yo. Llegan primero ellos, controlan, luego voy yo. Para cualquier cosa. Si hay que comprar una nevera, por ejemplo, ellos van delante, luego voy yo y la miro, elijo el modelo, y vamos a otra tienda distinta a comprarla. Nunca volvemos al mismo sitio.

-¿Siempre ha tenido cinco escoltas?

-Empecé con dos, luego subieron a cinco.

-¿Cambia mucho de casa?

-Cada vez que vemos un detalle raro. Por ejemplo, si hay una obra en un edificio cerca y sabemos que en ella trabaja gente de Nápoles que, por ejemplo, ha sido juzgada, me cambian de casa. Basta con eso.

-¿Le escoltan también dentro de casa?

-No, normalmente en casa no entran. Esperan detrás de la puerta. Veinticuatro horas.

-Parecen tranquilos.

-Tienen experiencia antimafia de muchos años. Han protegido a personalidades, jueces y supertestigos. Los eligió Maruccia.

-Con tanto roce se habrán hecho amigos.

-Claro, son tipos magníficos. Y eso me obliga a seguir adelante, a no renunciar. Les debo eso a los que me defienden.

-¿Ve a otros amigos en casa alguna vez?

-Poco. Muchos se han alejado desde que salió el libro. Entender eso fue muy doloroso. Es natural porque desapareces, te haces invisible y te vuelves peor persona. Desconfías, estás nervioso, tienes la cabeza en otro sitio, y nada ni nadie parece a la altura trágica de tu situación…

-La normalidad se hace absurda.

-Sí, las propuestas de las personas normales, hablar de idioteces, ir a tomar una cerveza, tener charlas superficiales, al principio no lo aguantaba. Estaba metido en un torbellino donde sólo existía mi trabajo, mi situación, y buscaba respuestas en los libros. He hecho una especie de descenso a los infiernos literarios para entender quién, antes que yo, en situaciones más graves, ha logrado sobrevivir.

-¿Y qué autores le han ayudado?

-Los perseguidos por los soviéticos, Borís Pasternak, Varlam Shalamov… Y más recientemente, Anna Politovskaia, que acabó de forma trágica, pero se enfrentó siempre a las difamaciones. No la olvidaré. Ni olvido las cartas y diarios del juez Falcone, lo que escribió y publicó, porque resistió ataques cotidianos, parecidos a los que sufro yo…

-Y, tantas veces, con la complicidad del Gobierno.

-Sí. Estoy convencido de que en Italia, cuando se lucha contra determinados poderes, el destino de las personas queda marcado. No necesariamente de forma trágica, aunque muchas veces sea así…

-¿Dejándote fuera del circuito?

-Te calumnian, dicen que te exhibes, que te haces publicidad. Eso es lo increíble, porque se crea un círculo vicioso que impide la palabra. Y lo que las mafias temen es justo eso: la atención.

-Cuando escribió el libro, ¿imaginó que pasaría algo así?

-Yo era un tipo joven que leía, discutía y escribía. De repente, me encontré en medio de esta guerra. Pensaba que me iba a crear problemas, pero no tan graves. Ahora no puedo pisar Nápoles. Este viaje es el primero que hago en un mes. Todas las ciudades me invitan menos la mía. A pesar de que Gomorra es el libro más vendido de la historia sobre la ciudad.

-Suena irónico, sí.

-Quedan pocos faros de resistencia, pocas fuerzas sanas allí. Uno es Marotta, el filósofo; otro, el cardenal Sepe. Y el padre Raffaele Nogaro, en Caserta, que sigue la tarea de don Peppino Diana, el cura de Casal di Principe que fue asesinado. Es curioso que las instituciones religiosas hagan la labor del Estado. Ése es el drama del sur de Italia.

-¿La crisis económica lo empeorará?

-Seguro. Y eso permitirá al capital criminal entrar en todas partes.

Debemos de ir por el kilómetro 80. Faltan 150 para Nápoles. No hay mucho tráfico, y el coche vuela como en los videojuegos. Los que van por la izquierda se meten bajo nuestro morro a toda mecha. “Tardamos poco más de una hora”, informa Saviano, “si los carabineros nos paran, sonreímos”. Es la primera broma del viaje. Saviano parece de mejor humor que hace unos meses, cuando dijo que se iba. Pero según nos acercamos a Nápoles se pone más tenso.

-En realidad, vive una especie de vida virtual. Como de superhéroe al revés.

-Una vida virtual y blindada. La gente me visita como a un enfermo, me traen agua y azúcar, como decimos en Italia. La satisfacción me la dan cosas virtuales, como Facebook, recibo miles de mensajes de jóvenes. Eso es precioso. Todavía en este país hay gente que tiene ganas de la palabra.

-¿Siente más ese apoyo que el de la clase intelectual?

-De repente ha cambiado el papel del escritor y algunos se han sentido bajo asedio. Mucha gente les exige que se pronuncien. Antes creían que los libros no podían cambiar las cosas, hoy ya no se puede decir eso. Quizá se puede decir que algunos escriben palabras que no cambian las cosas, y otros escriben palabras que permiten a la gente tener instrumentos para cambiar las cosas. El poder enorme que tiene el lector que elige leer un libro… Quizá él no se da cuenta. Yo sí. Los lectores, y no el libro, son la clave de mi historia. Si nadie lo hubiera leído, a la Camorra le habría importado mucho menos.

-La periodista de Il Mattino Rosaria Capacchione, autora del libro El oro de la Camorra, también vive bajo escolta.

-Sí, es un caso parecido. La diferencia es que todavía vive en Nápoles y trabaja allí. A mí me consideran un payaso porque escribo fuera, a ella la respetan.

-Ya dijo Cannavaro que estas cosas de la Mafia es mejor no esparcirlas…

-La Mafia hace sentir culpable a todo el mundo. A unos porque saben poco, a otros porque piensan mucho. Cannavaro se equivoca en una cosa. No es un problema local, es global: invierten en todas partes.

-Muchos napolitanos piensan como él.

-Sí, un día un abogado me gritó: “¡A ti la escolta te la pago yo!”. Y los vecinos de un apartamento que tuve se organizaron y pagaron varios meses por adelantado mi alquiler para no tenerme allí.

Nápoles aparece, ancha y bellísima, en el horizonte. “Ves Nápoles y después mueres”, reza el dicho. Una frase que no parece oportuno citar cuando el coche aparca en el cuartel de carabineros. Por suerte, la pizzería está cerca, en la calle de Toledo. He ahí la explicación de por qué la Mafia napolitana se llama Camorra.

Los libros son la gran pasión de Saviano. Desde pequeño. Sólo se le ilumina la cara cuando habla de literatura y cuando llega la pizza humeando, vera napolitana: mozzarella de búfala, tomates cherry, crujiente y blanda a la vez. Un manjar.

Saviano la corta en triángulos y sopla por encima haciendo círculos, como un niño. Luego dice que tomó de Soldados de Salamina, de Javier Cercas, la inspiración para escribir su “relato real”. Y que está deseando encontrarse con Mario Vargas Llosa y venir con él a Nápoles. “Es un escritor fabuloso y, como Cervantes, conoce el alma napolitana. Lo elegiría como padrino para mi regreso público, me daría mucho placer. Sería estupendo si Marotta lo organizara en el Instituto, porque esa gran tradición laica y cívica napolitana es la que me ayudó a escribir el libro. Los maestros de los revolucionarios franceses eran napolitanos. Aquí nacieron las ideas de libertad en Europa. Y no por azar Giordano Bruno murió en la hoguera, sino porque intentó volver a Nápoles. Tenía la hospitalidad del mundo entero, pero prefirió volver. Lo detuvieron en Venecia y lo quemaron. Algunos me dicen: ‘Habla de la gran cultura, y no de la mala vida’. Caravaggio es la belleza, y esa belleza me da fuerzas para contar el mal. Si no existiese esa belleza, no habría esperanza de salir. Pero si la belleza la usamos para cubrir el mal, se convierte en tapadera”.

Otra fuente de resistencia es el humor napolitano. Eduardo de Filippo, Totò, “y su sentido trágico y cómico de la vida”. “De Filippo era como Totò dirigido por Pasolini. La tragedia de la miseria y el hambre, y el reírse de ambas cosas y hacerlas parecer fáciles. Tomaba a broma su destino, pero no es verdad que lo único lícito sea resignarse”.

Aunque Salman Rushdie le animó a hacerlo. “Estuve con él en Nueva York. Llegué con la escolta, se acercó con Ian McEwan, cada uno me cogió de un brazo y me llevaron al coche. No me lo podía creer. Salman me dijo lo que siento. Que mucha gente piensa que para un escritor estar amenazado es glamouroso. Que nadie me entenderá, salvo algún político (él dice que sólo le entendía Margaret Thatcher). Que nadie creerá que lo que más deseas es tomar un café en un bar. Que la única forma de reconquistar tu libertad es decidirlo. Que lo importante es mantener libre la cabeza y saber cuándo quieres volver a ser libre. Que me busque un buen exilio… Pero eso tengo que pensarlo bien, porque comenzar de cero es difícil”.

Se acabó la pizza: un café napolitano, exquisito, y nos vamos a paso ligero a conocer a uno de los mejores amigos de Saviano: el general Gaetano Maruccia, hombre afable, culto y cortés.

-¿Por qué ha sido tan importante el libro de Saviano, general?

-Porque ha amplificado la atención del gran público sobre la Camorra y ha hecho más comprensible su potencial criminal. Antes se creía que eran meros gánsteres urbanos, no criminales organizados como la Cosa Nostra o la ‘Ndrangheta. Parecían el pariente pobre de las mafias, y no es así. Son un poder armado y horizontal, con diversas estructuras y una jerarquía poco clara, compuesto de grupos autónomos y a veces enfrentados entre sí. Y varios niveles. Las pequeñas bandas locales, que viven sobre todo del pizzo y el tráfico local de droga, son responsables del gansterismo urbano y a veces trabajan para bandas que no tienen nada que envidiar a las endrine calabresas o las familias sicilianas.

-¿Teme por la vida de Saviano?

-El dispositivo es adecuado al nivel de riesgo. Obviamente, es necesario mantener siempre la guardia alta y actuar con extrema prudencia.

-Usted le conoce hace años. ¿Podría definirlo en diez líneas?

-Eso no se le pregunta a un amigo, y menos si está él delante. Es un joven brillante, inteligentísimo, sabe manejar los datos con enorme visión analizando el presente y anticipando el porvenir. Su gran talento para escribir le ha permitido hacer ese libro, basado en el estudio analítico del fenómeno y en su gran conocimiento del terreno. Sabe ver cosas que a otros se les escapan. No siempre ver es saber ver. Su riqueza cultural y su innata capacidad de análisis y síntesis le deben llevar a escribir con profundidad de lo que sea. Gomorra es la demostración tangible de su calidad de escritor-periodista. Pero no debe afirmarse en el imaginario colectivo sólo como experto en Camorra. Debe escribir de otros temas.

-¿Se acabará exiliando?

-Creo que sus declaraciones sobre un posible traslado al extranjero fueron sólo el momento de desmoralización de un joven que se ha visto de repente en el centro de una fama y una red muy compleja de responsabilidades y tareas. Si sucediese eso, no sería coherente con su forma de ser ni con su mensaje de compromiso social. Pero conociéndole, estoy seguro de que eso no pasará.

-¿Ganarán esta guerra?

-Estoy convencido, no luchamos solos. No hay tiempos, es una batalla diaria. Hace falta esencialmente reforzar las intervenciones sociales, dar oportunidades para que se pueda salir del perverso circuito criminal. Sólo con represión no vamos a ninguna parte. Necesitamos todos los recursos, cultura, trabajo, educación, paciencia y tiempo, escritores, periodistas. Se trata de erradicar la violencia como concepto de vida.

Estamos de vuelta en Roma. Saviano se escabulló el viernes a media tarde para pasar el fin de semana con la mamma (versión oficial), y hoy hemos quedado en la sede de su editorial, Mondadori. En el sótano del edificio, un lugar oscuro, pero no demasiado carcelario, comparte una pequeña oficina con Carlo Carabba, de 28 años, editor de Nuovi Argumenti y uno de los que ayudaron a descubrir al “genio” cuando en 2005 leyó y recomendó a la revista el primer relato.

“No es verdad que Roberto haya cambiado a peor”, explica Carabba. “Sigue siendo muy simpático y bromista, y es menos tímido, está más seguro de sí mismo. Las amenazas le han hecho daño, sobre todo los ataques de sus paisanos jóvenes. Pero el calor de sus lectores es enorme. Eso le ha dado mucha fuerza”.

Por fin, la buena noticia: Saviano está escribiendo otra vez. Tiene dos proyectos sobre la mesa. Uno es una novela real sobre el crimen organizado internacional. El otro hablará de él mismo, del hombre solitario. Será casi una vendetta.

-Tengo que canalizar de alguna forma el rencor que siento hacia los amigos que me dejaron cuando escribí Gomorra. Siento odio hacia ellos. Entiendo que la vendetta no es un arte noble, pero me dejaron tirado cuando más les necesitaba. Y la amistad es lo contrario, ¿no?

-¿Con la familia las cosas van mejor?

-Cuando mis padres se separaron, mi hermano y yo nos quedamos con mi madre, que es química y siempre estaba de viaje yendo a congresos. Estudiamos en un colegio de Caserta. A mi padre, que es médico de pueblo, le veíamos el fin de semana… He arruinado la vida de todos los que tenía cerca. Mi hermano se fue a trabajar al norte. Y con mi padre no tengo relación.

-Dicen que todo está en la infancia. ¿Qué recuerda de la Camorra de entonces?

-Mi padre me llevaba a visitar enfermos a los pueblos del campo casertano. Muchas veces veía escenas apocalípticas. Recuerdo las búfalas muertas flotando en el río Volturno. Cuando se hacían viejas, las tiraban al agua para ahorrarse la bala. Recuerdo que pescábamos lubinas en el río, porque a fuerza de que la Camorra robara la arena del río para hacer cemento, en vez de que el río desembocara en el mar, el agua salada entraba en el cauce. Mi padre siempre tuvo miedo de la Camorra, pero nunca se rebeló. Veía sus coches lujosos y sentía rabia. Pero no decía nada, nunca. Siempre sentí esa asfixia. Todo iba mal, pero nadie podía pararlo. Siempre fue así. “Si eres furbo (pícaro), puedes aprovecharte”, decían. Si piensas que lo puedes cambiar, eres un listillo, un loco. Como si alguien fuera a Roma y dijera que el Papa se tiene que ir de San Pedro. La Camorra sabe que sólo tiene problemas cuando mata demasiado. Ayudan a las familias con hijos minusválidos, a los chicos que suspenden en el colegio los mandan a Roma para que aprueben…

-Así que no son sólo el Estado, sino el Estado del bienestar.

-Pero el welfare camorrista es un privilegio, no un derecho. Te lo pueden quitar.

-¿Cuándo decidió ser escritor?

-A los 14 o 15 años. Siempre leía, me enloquecían los clásicos. Nacer en tierra de Camorra no sólo supone muerte y sangre, también vives rodeado de las mejores ruinas de la antigüedad. Aníbal y Espartaco eran los personajes de mi infancia. Mi abuelo y mi tío siempre me contaban historias de Espartaco. La cultura es lo que nos salva la vida de verdad, mi tierra me ha regalado eso. La Anábasis de Jenofonte se parece a mí. Para escribirla, Jenofonte se hizo mercenario. Jenofonte estaba tatuado, y yo también. Se tatuó un jabalí. Lo consideraban un reaccionario. Pero en el libro dijo: “No te fíes de quienes escriban cosas no vividas”.

-Pero a usted ese libro vivido le ha jodido la vida.

-Ahora estoy encerrado en habitaciones, voy de habitación a habitación, a veces doy puñetazos en las paredes. Es una media muerte, o una media vida.

-Acabará algún día…

-Quizá mi liberación llegará y podré pasear otra vez por la plaza del Plebiscito cuando sea viejo, o con una peluca rubia. Pero no lo creo. Nápoles no sólo no olvida, también siente rencor. Gomorra ha saltado la tapa de tantos silencios… No me lo perdonarán nunca. Me dicen: “Estás ganando pasta con la monnezza (basura), ¿eh?”, o “deja de escribir gilipolleces, buffone“. Los escoltas se indignan más que yo, y tengo que decirles que me deben defender de los ataques físicos, no de los espirituales.

-Orhan Pamuk se ha ido de Turquía.

-Europa, con México, es hoy el lugar de más riesgo para los escritores. Al autor de El Padrino búlgaro le mataron de un tiro en la cabeza. A Politovskaia y a la periodista que retomó su trabajo, también… Les da miedo el autor que consigue hacer llegar el mensaje fuera del territorio.

-¿Piensa mucho en su propia muerte?

-Bastante. Me dicen que el TNT es lo peor, a mí me dan más miedo las balas. Sé que me lo harán pagar, está escrito. Convivo tanto con eso, que ya ni me asusta. Cuando lleguen, que llegarán, será dentro de un tiempo. La tensión me defenderá unos años. Mientras tanto, ellos y sus 200.000 seguidores, y tantos políticos que intentan minimizarlo, que dicen que son exageraciones, seguirán con la difamación. Dirán que he copiado, que soy un payaso. Se lo decían a Falcone. Y él le dijo a su hermana una cosa tremenda. Que no se defendía de la calumnia porque se defiende sola, y que la Mafia le haría un favor matándole porque así quedaría claro que no era un arribista y decía la verdad.

-No podemos terminar así. Su arma es la palabra y la verdad, y son más poderosas que las balas.

-Contar la verdad me ha ayudado a alejar las sombras que tenía encima y dentro. En parte han ganado ellos, por hacerme vivir así. Pero por otro lado han perdido. En Facebook hay miles de jóvenes discutiendo sobre la Camorra. Me han destruido la vida, pero lo que yo he hecho ya no es mío. Es de los niños.

febrero 8, 2009 Publicado por | crimen organizado, Italia, mafia, reportaje | Dejar un comentario

>Gomorra y Nápoles

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Por Mario Vargas LLosa (EL PAÍS, 21/09/08):

Los grandes capitostes de la Camorra napolitana, y sus pistoleros y amanuenses, abandonan sus viejas costumbres y jergas para adoptar las que las películas de Hollywood les atribuyen. Por ejemplo, en Casal di Principe, el jefe de familia Walter Schiavone hizo que los arquitectos le construyeran una suntuosa vivienda imitada milimétricamente de la que habita, enScarface, Tony Montana (Al Pacino). Hasta la aparición de la película de Coppola, El Padrino, los camorristas jamás habían llamado de este modo a los capofamiglia, pero desde entonces aquel apelativo se ha generalizado, y no sólo en Campania, también en Calabria, Sicilia y otras regiones de Italia. Las esposas de los camorristas, desde hace algunos años, se visten como Uma Thurman en Kill Bill, con rubias pelucas y de amarillo fosforescente. Y un veterano policía explicó, ante un tribunal, que, desde que vieron las películas de Tarantino, los killers de las distintas familias napolitanas asesinan como esos personajes de celuloide: disparando al bajo vientre, a la ingle, a las piernas, hiriendo gravemente para que la muerte tarde, y rematando a las víctimas por fin con un tiro en la nuca.

Son las páginas más divertidas, las únicas que pueden calificarse de este modo, del libro de Roberto Saviano, Gomorra,publicado en Italia hace un par de años, un extraordinario reportaje sobre las mafias que operan en Nápoles y en toda la Campania, que se lee con tanta fascinación como espanto e incredulidad. Saviano es un periodista muy joven (nació el año 79), pero, sobre todo, es napolitano, de origen humilde, que ha vivido en los pueblos y barrios donde la Camorra representa el verdadero poder y es la fuente, por un lado, de trabajo y oportunidades de supervivencia para los pobres, y, de otro, de violencias terribles, que, en las páginas de su libro, están documentadas con nombres, fechas y precisiones. No es de extrañar que desde entonces ande oculto y protegido por guardaespaldas. Mientras yo leía su libro, entre la mugre pestilente y los palacios soberbios de Nápoles, los diarios italianos anunciaban una aparición fugaz de Saviano en el Festival Literario de Mantua, rodeada de infinitas precauciones. Si las cosas que cuenta en Gomorra son todas ciertas, es seguro que nunca más estará a salvo y que tendrá que pasar el resto de su vida a salto de mata y cambiando de disfraces.

La Camorra no es una organización única, sino un nombre genérico para sinnúmero de familias que, a veces, trabajan unidas en alianzas para negocios específicos, o que dominan territorios o actividades concretas y diferenciadas -inmigración clandestina, prostitución, falsificación de productos de lujo, drogas, casinos, escorias tóxicas, etcétera- y que, de tanto en tanto, entran en conflicto y se aniquilan en guerras de una ferocidad indescriptible. Se trata de un Sistema, en cuya base hay pistoleros, vendedores callejeros de cocaína, heroína y toda clase de narcóticos, y en cuyo vértice operan financieros, inversores e industriales de enorme poderío y talento empresarial. Nadie ha utilizado mejor que la Camorra los horizontes que abre a la economía la globalización ni ha aprovechado mejor las nuevas tecnologías.

Un solo ejemplo, para ilustrar la eficacia con que la Camorra ha tendido redes que abrazan el mundo entero. El libro de Saviano se abre con una descripción de los galpones del puerto de Nápoles donde la mafia instala a los chinos que clandestinamente trae a Italia para que trabajen en distintas actividades que realiza en sociedad con el gigante asiático. Un buen número de aquellos inmigrantes vienen a Nápoles a aprender, de maestros nativos, las técnicas de la perfecta falsificación de calzados, vestidos, sombreros y demás indumentos de la moda italiana, técnicas que luego irán a poner en práctica en los talleres de corte y confección en China, donde se fabrican los productos de Gucci, Armani y otras grandes casas de modistos de Italia, que, luego, la organización venderá por todo el mundo. Las clases se dan en locales de la mafia, con traductores simultáneos. En un episodio inolvidable de Gomorra vemos a un jefe mafioso emocionarse hasta las lágrimas viendo en la televisión, la noche de los Óscares, a Angelina Jolie embutida en el precioso vestido blanco de marca que él hizo falsificar.

Las empresas de la Camorra no operan todas en la ilegalidad; buen número de ellas ocupan un plano intermedio, con ramas y operaciones legales y otras informales. Lo mismo puede decirse de buen número de compañías legales, a las que, la presión ambiente, la codicia o el chantaje, han ido contaminando de ilegalidad y que, manteniendo una fachada irreprochable, tienen una trastienda que se sirve de, o sirve, al Sistema. El libro de Saviano da la impresión de que aquél, en vez de encogerse debido a la persecución policial y legal, avanza de manera sistemática, contagiando a todo su entorno. Solamente leyendo las empresas de turismo y entretenimiento que la Camorra desarrolló en la Costa del Sol -España fue durante muchos años una tierra de promisión para los jefes camorristas, donde tenían sus villas de recreo, donde escondían a sus hombres más buscados y donde celebraban sus reuniones de directorio- se tiene la abrumadora premonición de que, si esto sigue así, en no mucho tiempo será la economía que opera dentro de la ley la minoritaria, y la de la Camorra, la Cosa Nostra, la N’drangheta calabresa y congéneres quienes dominarán el mundo.

¿A qué se debe la capacidad de proliferación de la mafia napolitana? No a que no sea perseguida, desde luego. Ese es un mito que Roberto Saviano pulveriza en su libro. Aunque la Camorra tenga complicidades entre políticos, policías y jueces, el Estado la golpea sin cesar, encarcelando a sus dirigentes, secuestrando sus bienes, enviando por largos años de prisión a sus contables y pistoleros. La función de los arrepentidos es capital, pues gracias a sus confesiones se ha podido detectar la profundidad de sus operaciones, decomisar astronómicas cantidades de drogas e intervenir sus fábricas de mercancías falsificadas y los circuitos que utiliza para el lavado de dinero. Pero, aun así, el Sistema ha alcanzado ya unos niveles de poderío económico, de adaptación a nuevas circunstancias y una aptitud para renovar sus cuadros, que los golpes que recibe no llegan a poner en peligro su existencia. Por paradójico que parezca, muchas veces cuenta en barrios y aldeas con un vasto sector social, el más pobre y marginado, que, como la Camorra es su único medio de vida, la defiende, ocultando a sus perseguidos, desviando a la justicia, e, incluso, linchando y marginando a quienes se atreven a denunciarla. Una de las historias conmovedoras que cuenta Saviano es el vía crucis de una modesta maestra de escuela de Mondragone, que, por haberse atrevido a denunciar a un sicario de un asesinato del que ella fue testigo, se convirtió en una apestada, a la que todo el mundo quitó la palabra, fue degradada en su trabajo y mutada a una aldea miserable donde debió preguntarse muchas veces si actuar de una manera decente no era, en el mundo en que vivimos, sólo cosa de mártires y cacasenos.

Otro mito que se eclipsa leyendo Gomorra es el de que, por delictuosa que sea, la Camorra, nacida del pueblo, guarda unos lazos de solidaridad visceral con su terruño. El atroz capítulo final de este libro pone los pelos de punta, pues relata con minucia una de las operaciones más rentables de la mafia y de más nocivas consecuencias para los humildes napolitanos: la industria clandestina de traer del Norte de Italia a la Campania las escorias y residuos tóxicos de la industria para enterrarlos en el campo. Es una actividad que reditúa enormes ingresos a la Camorra y que causa perjuicios inconmensurables a los campesinos y aldeanos de esas tierras envenenadas por los ácidos que transmiten enfermedades a los seres humanos y a las bestias y a los productos agrícolas que allí se cultivan. Y, por supuesto, a los inmigrantes clandestinos africanos, asiáticos y albaneses que manipulan esas materias por unos salarios miserables.

Tengo una discrepancia con el excelente libro de Roberto Saviano: no creo, como él, que el fenómeno de la Camorra sea manifestación congénita del sistema capitalista, sino su excrecencia o deformación. Algo que todos los grandes pensadores de la economía libre, de Adam Smith a Friedrich Hayek, señalaron que ocurría cuando la empresa privada funcionaba en un mundo sin leyes o con leyes que no se cumplían y carente de una cultura y una moral que discriminara claramente entre lo justo y lo injusto, o, en vocabulario religioso, el bien y el mal. No es el capitalismo sino Italia la que anda podrida.

septiembre 23, 2008 Publicado por | crimen organizado, Italia, mafia | Dejar un comentario

Gomorra y Nápoles

Por Mario Vargas LLosa (EL PAÍS, 21/09/08):

Los grandes capitostes de la Camorra napolitana, y sus pistoleros y amanuenses, abandonan sus viejas costumbres y jergas para adoptar las que las películas de Hollywood les atribuyen. Por ejemplo, en Casal di Principe, el jefe de familia Walter Schiavone hizo que los arquitectos le construyeran una suntuosa vivienda imitada milimétricamente de la que habita, enScarface, Tony Montana (Al Pacino). Hasta la aparición de la película de Coppola, El Padrino, los camorristas jamás habían llamado de este modo a los capofamiglia, pero desde entonces aquel apelativo se ha generalizado, y no sólo en Campania, también en Calabria, Sicilia y otras regiones de Italia. Las esposas de los camorristas, desde hace algunos años, se visten como Uma Thurman en Kill Bill, con rubias pelucas y de amarillo fosforescente. Y un veterano policía explicó, ante un tribunal, que, desde que vieron las películas de Tarantino, los killers de las distintas familias napolitanas asesinan como esos personajes de celuloide: disparando al bajo vientre, a la ingle, a las piernas, hiriendo gravemente para que la muerte tarde, y rematando a las víctimas por fin con un tiro en la nuca.

Son las páginas más divertidas, las únicas que pueden calificarse de este modo, del libro de Roberto Saviano, Gomorra,publicado en Italia hace un par de años, un extraordinario reportaje sobre las mafias que operan en Nápoles y en toda la Campania, que se lee con tanta fascinación como espanto e incredulidad. Saviano es un periodista muy joven (nació el año 79), pero, sobre todo, es napolitano, de origen humilde, que ha vivido en los pueblos y barrios donde la Camorra representa el verdadero poder y es la fuente, por un lado, de trabajo y oportunidades de supervivencia para los pobres, y, de otro, de violencias terribles, que, en las páginas de su libro, están documentadas con nombres, fechas y precisiones. No es de extrañar que desde entonces ande oculto y protegido por guardaespaldas. Mientras yo leía su libro, entre la mugre pestilente y los palacios soberbios de Nápoles, los diarios italianos anunciaban una aparición fugaz de Saviano en el Festival Literario de Mantua, rodeada de infinitas precauciones. Si las cosas que cuenta en Gomorra son todas ciertas, es seguro que nunca más estará a salvo y que tendrá que pasar el resto de su vida a salto de mata y cambiando de disfraces.

La Camorra no es una organización única, sino un nombre genérico para sinnúmero de familias que, a veces, trabajan unidas en alianzas para negocios específicos, o que dominan territorios o actividades concretas y diferenciadas -inmigración clandestina, prostitución, falsificación de productos de lujo, drogas, casinos, escorias tóxicas, etcétera- y que, de tanto en tanto, entran en conflicto y se aniquilan en guerras de una ferocidad indescriptible. Se trata de un Sistema, en cuya base hay pistoleros, vendedores callejeros de cocaína, heroína y toda clase de narcóticos, y en cuyo vértice operan financieros, inversores e industriales de enorme poderío y talento empresarial. Nadie ha utilizado mejor que la Camorra los horizontes que abre a la economía la globalización ni ha aprovechado mejor las nuevas tecnologías.

Un solo ejemplo, para ilustrar la eficacia con que la Camorra ha tendido redes que abrazan el mundo entero. El libro de Saviano se abre con una descripción de los galpones del puerto de Nápoles donde la mafia instala a los chinos que clandestinamente trae a Italia para que trabajen en distintas actividades que realiza en sociedad con el gigante asiático. Un buen número de aquellos inmigrantes vienen a Nápoles a aprender, de maestros nativos, las técnicas de la perfecta falsificación de calzados, vestidos, sombreros y demás indumentos de la moda italiana, técnicas que luego irán a poner en práctica en los talleres de corte y confección en China, donde se fabrican los productos de Gucci, Armani y otras grandes casas de modistos de Italia, que, luego, la organización venderá por todo el mundo. Las clases se dan en locales de la mafia, con traductores simultáneos. En un episodio inolvidable de Gomorra vemos a un jefe mafioso emocionarse hasta las lágrimas viendo en la televisión, la noche de los Óscares, a Angelina Jolie embutida en el precioso vestido blanco de marca que él hizo falsificar.

Las empresas de la Camorra no operan todas en la ilegalidad; buen número de ellas ocupan un plano intermedio, con ramas y operaciones legales y otras informales. Lo mismo puede decirse de buen número de compañías legales, a las que, la presión ambiente, la codicia o el chantaje, han ido contaminando de ilegalidad y que, manteniendo una fachada irreprochable, tienen una trastienda que se sirve de, o sirve, al Sistema. El libro de Saviano da la impresión de que aquél, en vez de encogerse debido a la persecución policial y legal, avanza de manera sistemática, contagiando a todo su entorno. Solamente leyendo las empresas de turismo y entretenimiento que la Camorra desarrolló en la Costa del Sol -España fue durante muchos años una tierra de promisión para los jefes camorristas, donde tenían sus villas de recreo, donde escondían a sus hombres más buscados y donde celebraban sus reuniones de directorio- se tiene la abrumadora premonición de que, si esto sigue así, en no mucho tiempo será la economía que opera dentro de la ley la minoritaria, y la de la Camorra, la Cosa Nostra, la N’drangheta calabresa y congéneres quienes dominarán el mundo.

¿A qué se debe la capacidad de proliferación de la mafia napolitana? No a que no sea perseguida, desde luego. Ese es un mito que Roberto Saviano pulveriza en su libro. Aunque la Camorra tenga complicidades entre políticos, policías y jueces, el Estado la golpea sin cesar, encarcelando a sus dirigentes, secuestrando sus bienes, enviando por largos años de prisión a sus contables y pistoleros. La función de los arrepentidos es capital, pues gracias a sus confesiones se ha podido detectar la profundidad de sus operaciones, decomisar astronómicas cantidades de drogas e intervenir sus fábricas de mercancías falsificadas y los circuitos que utiliza para el lavado de dinero. Pero, aun así, el Sistema ha alcanzado ya unos niveles de poderío económico, de adaptación a nuevas circunstancias y una aptitud para renovar sus cuadros, que los golpes que recibe no llegan a poner en peligro su existencia. Por paradójico que parezca, muchas veces cuenta en barrios y aldeas con un vasto sector social, el más pobre y marginado, que, como la Camorra es su único medio de vida, la defiende, ocultando a sus perseguidos, desviando a la justicia, e, incluso, linchando y marginando a quienes se atreven a denunciarla. Una de las historias conmovedoras que cuenta Saviano es el vía crucis de una modesta maestra de escuela de Mondragone, que, por haberse atrevido a denunciar a un sicario de un asesinato del que ella fue testigo, se convirtió en una apestada, a la que todo el mundo quitó la palabra, fue degradada en su trabajo y mutada a una aldea miserable donde debió preguntarse muchas veces si actuar de una manera decente no era, en el mundo en que vivimos, sólo cosa de mártires y cacasenos.

Otro mito que se eclipsa leyendo Gomorra es el de que, por delictuosa que sea, la Camorra, nacida del pueblo, guarda unos lazos de solidaridad visceral con su terruño. El atroz capítulo final de este libro pone los pelos de punta, pues relata con minucia una de las operaciones más rentables de la mafia y de más nocivas consecuencias para los humildes napolitanos: la industria clandestina de traer del Norte de Italia a la Campania las escorias y residuos tóxicos de la industria para enterrarlos en el campo. Es una actividad que reditúa enormes ingresos a la Camorra y que causa perjuicios inconmensurables a los campesinos y aldeanos de esas tierras envenenadas por los ácidos que transmiten enfermedades a los seres humanos y a las bestias y a los productos agrícolas que allí se cultivan. Y, por supuesto, a los inmigrantes clandestinos africanos, asiáticos y albaneses que manipulan esas materias por unos salarios miserables.

Tengo una discrepancia con el excelente libro de Roberto Saviano: no creo, como él, que el fenómeno de la Camorra sea manifestación congénita del sistema capitalista, sino su excrecencia o deformación. Algo que todos los grandes pensadores de la economía libre, de Adam Smith a Friedrich Hayek, señalaron que ocurría cuando la empresa privada funcionaba en un mundo sin leyes o con leyes que no se cumplían y carente de una cultura y una moral que discriminara claramente entre lo justo y lo injusto, o, en vocabulario religioso, el bien y el mal. No es el capitalismo sino Italia la que anda podrida.

septiembre 23, 2008 Publicado por | crimen organizado, Italia, mafia | Dejar un comentario

>Mafia y política en la Italia de Berlusconi

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Por Alexander Stille, profesor de la Universidad de Columbia, Nueva York, experto en la Mafia. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia (EL PAÍS, 31/05/08):

En 2001, un jefe de la Mafia de Sicilia llamado Giuseppe Guttadauro notó de pronto una cosa de aspecto extraño en su salón, que resultó ser un dispositivo electrónico de escucha. “¡O sea, que Totò Cuffarò tenía razón!”, exclamó. Fueron las últimas palabras que la policía oyó pronunciar a Guttadauro antes de que desconectara el micrófono y, con ello, interrumpiera la investigación. El nombre que había pronunciado era nada más y nada menos que el del presidente de la región de Sicilia, Salvatore Cuffarò, Totò para sus amigos. La conversación fue una de las pruebas fundamentales que han permitido condenar este año a Cuffarò por complicidad con varios mafiosos que estaban bajo investigación penal.

Sin embargo, pese a esta condena, que en la actualidad está recurrida, Cuffarò logró ser elegido el mes pasado para el Senado italiano por el pequeño Partido Católico, de corte centrista.

La escucha del salón de Guttadauro, antes de que éste la desconectara, ofrece una imagen muy útil de cómo la Mafia piensa y habla de política. “Totò Cuffarò es lo mejor que podíamos pedir”, asegura el interlocutor de Guttadauro, un médico llamado Salvatore Aragona. “Confiemos en que gane la derecha”, dice Guttadauro, “Berlusconi, para resolver sus problemas, tiene que resolver también los nuestros”.

Existen buenos motivos para creer que eso es cierto. Desde que llegó al poder por primera vez en 1994, Berlusconi ha librado una campaña implacable para debilitar los poderes del aparato judicial italiano, que le ha sometido a él y a varios colaboradores suyos a diversos procesos por cargos que van desde corrupción y soborno hasta connivencia con la Mafia. Uno de los mejores amigos y antiguo jefe de campaña de Berlusconi, Marcello Dell’Utri, de Palermo, fue declarado culpable de esto último. Y después de que acusaran a Cuffarò de haber avisado a Guttadauro, el propio Berlusconi le llamó para mostrarle su solidaridad y decirle: “He hablado con el ministro del Interior y me ha dicho que está todo controlado”. En esa misma conversación, Cuffarò le dijo a Berlusconi: “Ya sabes que te queremos y que estás en mis oraciones cada mañana”.

Este puñado de conversaciones muestra cómo la Mafia se ha insertado en la vida política de Italia. Sus jefes locales tienen lazos con los políticos sicilianos, a los que dan dinero y de quienes reciben favores, bien en forma de contratos públicos desviados hacia sus empresas o avisándoles cuando están bajo investigación. Por su parte, los políticos locales acumulan bases de poder importantes y gran número de votantes leales, y los políticos nacionales buscan esos contactos y, a su vez, les ayudan. Es un sistema basado en el clientelismo y el poder, que cuenta con el apoyo del crimen organizado.

Aunque hay testigos que sostienen que la Mafia ha hecho un pacto con Berlusconi, y que Marcello Dell’Utri es su intermediario, no hace falta creerles para comprender que se trata, en cualquier caso, de una relación muy poco saludable. La Mafia, como dejan claras las afirmaciones del jefe Guttadauro, actúa a partir del principio de que el enemigo de mi enemigo es mi amigo. Y tanto la Mafia como Berlusconi están librando desde hace tiempo una guerra incesante contra el aparato judicial italiano.

Con cierta ayuda del centro-izquierda, hay que reconocerlo, la coalición de Berlusconi ha reescrito la legislación penal de tal manera que ahora es infinitamente más difícil condenar a acusados de todo tipo, incluidos los mafiosos. La longitud de los juicios se ha duplicado y los cambios legales ofrecen mil oportunidades de retrasar o revocar procesos basándose en pequeños detalles técnicos, con el resultado de que, para entonces, ya ha transcurrido demasiado tiempo desde que se cometió el delito. En casi todos los países, el calendario de prescripción se detiene en cuanto se inician las acciones judiciales, pero en Italia no es así y, por consiguiente, muchas condenas se eluden simplemente gracias a los retrasos. Asimismo, el Parlamento italiano ha eliminado las cárceles especiales para los jefes mafiosos más peligrosos, que les impedían casi por completo comunicarse con sus organizaciones, y ha reducido las ventajas para los testigos que cooperen. Además, el Gobierno de centro-izquierda de Romano Prodi, con el respaldo entusiasta del centro-derecha, aprobó una amnistía que permitió la salida de 26.000 presos; impidió que el principal abogado de Berlusconi, Cesare Previti, condenado por sobornar a jueces, fuera a prisión, y puso en la calle a varios acusados de pertenencia al crimen organizado.

Todo esto no sólo es moralmente repugnante, sino que es crucial para el mandato del nuevo Gobierno de centro-derecha. Entre los temas más importantes de la reciente campaña electoral estuvieron la criminalidad y la seguridad. Para ocuparse de ellos, el Gobierno tendrá que cambiar de política respecto a la justicia penal. Como dijo hace poco Antonio Manganelli, jefe de la policía italiana, “gran parte de lo que hacemos resulta inútil por el funcionamiento judicial. Tenemos un sistema de justicia lento y complicado que hace que la policía se esfuerce en vano”. Además, la coalición de Berlusconi está basada en una profunda contradicción. Por un lado, tiene mucha fuerza en el norte, donde está aliada al grupo autonomista Liga del Norte. Por otro, tiene mucha fuerza en el sur, donde el centro-derecha se apoya en un sistema de clientelismo que ha beneficiado enormemente a los grupos del crimen organizado. La Liga del Norte, principal ganadora en las elecciones del mes pasado, está en contra de que el dinero de los impuestos del norte se utilice para sostener un Estado de bienestar en el sur.

Otro gran tema de campaña fue el desastre de las basuras que se acumulan en las calles de Nápoles y otras ciudades cercanas. En el sur de Italia, la recogida y eliminación de basuras está en gran parte en manos del crimen organizado. Por tanto, para limpiar Nápoles, el Gobierno debe hacer frente a la Camorra, la versión napolitana de la Mafia. Y la presencia de numerosos políticos (muchos más de los que he mencionado aquí) que tienen lazos amistosos con personajes del crimen organizado sitúa al Gobierno actual en un rumbo de colisión entre el mandato de cambio que le otorgaron los electores y el arraigado sistema de clientelismo en el sur del país, del que la Mafia es un pilar fundamental.

A pesar de ello, la presencia de numerosas figuras con vínculos conocidos con el crimen organizado en la lista electoral del centro-derecha no fue un tema del que se hablara en campaña. La coalición de Berlusconi incluyó a su buen amigo Marcello Dell’Utri, pese a su condena por relaciones con la Mafia, y, en plena campaña, Dell’Utri hizo unas extrañas declaraciones en las que se refirió a un mafioso llamado Vittorio Mangano -condenado entre otras cosas por asesinato y tráfico de heroína- y le calificó de “héroe”. Dell’Utri había contratado en los años setenta a Mangano para trabajar para Berlusconi, entre otras cosas para que llevara y trajera a sus hijos del colegio. Mangano siguió en nómina incluso después de que le detuvieran y su largo historial criminal saliera a la luz. En la campaña, Dell’Utri elogió a Mangano por haberse negado a testificar contra él y contra Berlusconi y haber preferido la omertà tradicional del mafioso. Berlusconi, en vez de distanciarse de los elogios que había hecho Dell’Utri de un asesino y narcotraficante, sumó su voz a las loas del “héroe” Mangano.

El nuevo presidente de la Cámara Baja del Parlamento, Renato Schifani, tuvo relaciones de negocios con dos hombres que posteriormente fueron declarados culpables de pertenencia a la Mafia, y recibió un lucrativo contrato para modificar la calificación de unos terrenos en una ciudad siciliana cuyo ayuntamiento fue disuelto en dos ocasiones por estar bajo el control de la Mafia. Sin embargo, cuando el periodista italiano Marco Travaglio mencionó estos datos -que fueron desmentidos- hace unos días en televisión, se desató el caos. Pero la ira y la indignación no se desencadenaron contra el político por sus liaisons dangereuses, sino contra el periodista y quienes le habían permitido hablar en televisión.

junio 2, 2008 Publicado por | crimen organizado, Italia, mafia | Dejar un comentario

Mafia y política en la Italia de Berlusconi

Por Alexander Stille, profesor de la Universidad de Columbia, Nueva York, experto en la Mafia. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia (EL PAÍS, 31/05/08):

En 2001, un jefe de la Mafia de Sicilia llamado Giuseppe Guttadauro notó de pronto una cosa de aspecto extraño en su salón, que resultó ser un dispositivo electrónico de escucha. “¡O sea, que Totò Cuffarò tenía razón!”, exclamó. Fueron las últimas palabras que la policía oyó pronunciar a Guttadauro antes de que desconectara el micrófono y, con ello, interrumpiera la investigación. El nombre que había pronunciado era nada más y nada menos que el del presidente de la región de Sicilia, Salvatore Cuffarò, Totò para sus amigos. La conversación fue una de las pruebas fundamentales que han permitido condenar este año a Cuffarò por complicidad con varios mafiosos que estaban bajo investigación penal.

Sin embargo, pese a esta condena, que en la actualidad está recurrida, Cuffarò logró ser elegido el mes pasado para el Senado italiano por el pequeño Partido Católico, de corte centrista.

La escucha del salón de Guttadauro, antes de que éste la desconectara, ofrece una imagen muy útil de cómo la Mafia piensa y habla de política. “Totò Cuffarò es lo mejor que podíamos pedir”, asegura el interlocutor de Guttadauro, un médico llamado Salvatore Aragona. “Confiemos en que gane la derecha”, dice Guttadauro, “Berlusconi, para resolver sus problemas, tiene que resolver también los nuestros”.

Existen buenos motivos para creer que eso es cierto. Desde que llegó al poder por primera vez en 1994, Berlusconi ha librado una campaña implacable para debilitar los poderes del aparato judicial italiano, que le ha sometido a él y a varios colaboradores suyos a diversos procesos por cargos que van desde corrupción y soborno hasta connivencia con la Mafia. Uno de los mejores amigos y antiguo jefe de campaña de Berlusconi, Marcello Dell’Utri, de Palermo, fue declarado culpable de esto último. Y después de que acusaran a Cuffarò de haber avisado a Guttadauro, el propio Berlusconi le llamó para mostrarle su solidaridad y decirle: “He hablado con el ministro del Interior y me ha dicho que está todo controlado”. En esa misma conversación, Cuffarò le dijo a Berlusconi: “Ya sabes que te queremos y que estás en mis oraciones cada mañana”.

Este puñado de conversaciones muestra cómo la Mafia se ha insertado en la vida política de Italia. Sus jefes locales tienen lazos con los políticos sicilianos, a los que dan dinero y de quienes reciben favores, bien en forma de contratos públicos desviados hacia sus empresas o avisándoles cuando están bajo investigación. Por su parte, los políticos locales acumulan bases de poder importantes y gran número de votantes leales, y los políticos nacionales buscan esos contactos y, a su vez, les ayudan. Es un sistema basado en el clientelismo y el poder, que cuenta con el apoyo del crimen organizado.

Aunque hay testigos que sostienen que la Mafia ha hecho un pacto con Berlusconi, y que Marcello Dell’Utri es su intermediario, no hace falta creerles para comprender que se trata, en cualquier caso, de una relación muy poco saludable. La Mafia, como dejan claras las afirmaciones del jefe Guttadauro, actúa a partir del principio de que el enemigo de mi enemigo es mi amigo. Y tanto la Mafia como Berlusconi están librando desde hace tiempo una guerra incesante contra el aparato judicial italiano.

Con cierta ayuda del centro-izquierda, hay que reconocerlo, la coalición de Berlusconi ha reescrito la legislación penal de tal manera que ahora es infinitamente más difícil condenar a acusados de todo tipo, incluidos los mafiosos. La longitud de los juicios se ha duplicado y los cambios legales ofrecen mil oportunidades de retrasar o revocar procesos basándose en pequeños detalles técnicos, con el resultado de que, para entonces, ya ha transcurrido demasiado tiempo desde que se cometió el delito. En casi todos los países, el calendario de prescripción se detiene en cuanto se inician las acciones judiciales, pero en Italia no es así y, por consiguiente, muchas condenas se eluden simplemente gracias a los retrasos. Asimismo, el Parlamento italiano ha eliminado las cárceles especiales para los jefes mafiosos más peligrosos, que les impedían casi por completo comunicarse con sus organizaciones, y ha reducido las ventajas para los testigos que cooperen. Además, el Gobierno de centro-izquierda de Romano Prodi, con el respaldo entusiasta del centro-derecha, aprobó una amnistía que permitió la salida de 26.000 presos; impidió que el principal abogado de Berlusconi, Cesare Previti, condenado por sobornar a jueces, fuera a prisión, y puso en la calle a varios acusados de pertenencia al crimen organizado.

Todo esto no sólo es moralmente repugnante, sino que es crucial para el mandato del nuevo Gobierno de centro-derecha. Entre los temas más importantes de la reciente campaña electoral estuvieron la criminalidad y la seguridad. Para ocuparse de ellos, el Gobierno tendrá que cambiar de política respecto a la justicia penal. Como dijo hace poco Antonio Manganelli, jefe de la policía italiana, “gran parte de lo que hacemos resulta inútil por el funcionamiento judicial. Tenemos un sistema de justicia lento y complicado que hace que la policía se esfuerce en vano”. Además, la coalición de Berlusconi está basada en una profunda contradicción. Por un lado, tiene mucha fuerza en el norte, donde está aliada al grupo autonomista Liga del Norte. Por otro, tiene mucha fuerza en el sur, donde el centro-derecha se apoya en un sistema de clientelismo que ha beneficiado enormemente a los grupos del crimen organizado. La Liga del Norte, principal ganadora en las elecciones del mes pasado, está en contra de que el dinero de los impuestos del norte se utilice para sostener un Estado de bienestar en el sur.

Otro gran tema de campaña fue el desastre de las basuras que se acumulan en las calles de Nápoles y otras ciudades cercanas. En el sur de Italia, la recogida y eliminación de basuras está en gran parte en manos del crimen organizado. Por tanto, para limpiar Nápoles, el Gobierno debe hacer frente a la Camorra, la versión napolitana de la Mafia. Y la presencia de numerosos políticos (muchos más de los que he mencionado aquí) que tienen lazos amistosos con personajes del crimen organizado sitúa al Gobierno actual en un rumbo de colisión entre el mandato de cambio que le otorgaron los electores y el arraigado sistema de clientelismo en el sur del país, del que la Mafia es un pilar fundamental.

A pesar de ello, la presencia de numerosas figuras con vínculos conocidos con el crimen organizado en la lista electoral del centro-derecha no fue un tema del que se hablara en campaña. La coalición de Berlusconi incluyó a su buen amigo Marcello Dell’Utri, pese a su condena por relaciones con la Mafia, y, en plena campaña, Dell’Utri hizo unas extrañas declaraciones en las que se refirió a un mafioso llamado Vittorio Mangano -condenado entre otras cosas por asesinato y tráfico de heroína- y le calificó de “héroe”. Dell’Utri había contratado en los años setenta a Mangano para trabajar para Berlusconi, entre otras cosas para que llevara y trajera a sus hijos del colegio. Mangano siguió en nómina incluso después de que le detuvieran y su largo historial criminal saliera a la luz. En la campaña, Dell’Utri elogió a Mangano por haberse negado a testificar contra él y contra Berlusconi y haber preferido la omertà tradicional del mafioso. Berlusconi, en vez de distanciarse de los elogios que había hecho Dell’Utri de un asesino y narcotraficante, sumó su voz a las loas del “héroe” Mangano.

El nuevo presidente de la Cámara Baja del Parlamento, Renato Schifani, tuvo relaciones de negocios con dos hombres que posteriormente fueron declarados culpables de pertenencia a la Mafia, y recibió un lucrativo contrato para modificar la calificación de unos terrenos en una ciudad siciliana cuyo ayuntamiento fue disuelto en dos ocasiones por estar bajo el control de la Mafia. Sin embargo, cuando el periodista italiano Marco Travaglio mencionó estos datos -que fueron desmentidos- hace unos días en televisión, se desató el caos. Pero la ira y la indignación no se desencadenaron contra el político por sus liaisons dangereuses, sino contra el periodista y quienes le habían permitido hablar en televisión.

junio 2, 2008 Publicado por | crimen organizado, Italia, mafia | Dejar un comentario

>La globalización llega a las mafias

>

Por Andy Robinson (La Vanguardia.es 31/03/2008)

Prohibición draconiana de la droga y permisividad absoluta de toda actividad empresarial y financiera. Este podría ser un buen resumen de la agenda global de Estados Unidos y el G-7 en los años ochenta y noventa, acelerada tras la caída de la Unión Soviética.

La prohibición supuso una llamada guerra contra la droga en las selvas de América Latina y la encarcelación masiva de jóvenes – principalmente afroamericanos- en EE. UU. Se exportó el modelo de criminalización estadounidense con la estandarización global de leyes contra el tráfico de drogas y el blanqueo de dinero, y con la creación de una Financial Action Task Force (FATF) para luchar con gran éxito contra el blanqueo de dinero.

Simultáneamente, se exportaba el modelo anglo-norteamericano de liberalización financiera, desregulando enormes flujos de capital, mientras equipos de economistas de Chicago aterrizaban en la antigua URSS y sus satélites para ayudar a reformistas como Yegor Gaidar en la privatización relámpago de sus economías.

Veinte años después, queda claro que esta combinación particular de prohibición y liberalización ha coincidido con un auge sin precedentes del crimen organizado y una economía en la sombra tan globalizada como la de McDonald´s y Toyota, una economía responsable de uno de cada tres o cuatro euros gastados a escala mundial (entre el 17% y el 25% del PIB mundial), según estimaciones del FMI. “Es difícil de cuantificar, pero el dinero ilícito alcanza cifras de miles de millones o hasta billones de dólares”, dijo John Carlson, de la FATF.

Gran parte de esta economía delictiva – explica Misha Glenny en su nuevo libro McMafia es gestionada por mafias, muchas de ellas en países ex comunistas, que financian una amplia gama de actividades criminales: tráfico de heroína, cocaína, automóviles robados, armas, prostitución, órganos humanos, animales exóticos en peligro de extinción…

Glenny nos presenta una galería terrorífica de personajes que habitan esta economía sin ley y que hacen su propia historia universal de la infamia. Como Tsvetomir Belchev, capo de una mafia de tráfico de mujeres que contrata chicas como camareras en Bulgaria y las obliga a trabajar en la llamada ruta de la vergüenza de prostitución entre Alemania y la República Checa. O Dawood Ibrahim, el gángster hindú de Bombay que aprovecha el colapso del socialismo de mercado de Nehru para traficar primero con oro y luego drogas, y ha convertido Dubai en el centro mundial del blanqueo de dinero. O Leonid Kuchma, el mafioso ex primer ministro de Ucrania, quien mandó liquidar a un periodista: “Deporta al cabronazo y que se le quite de en medio”. Su cadáver apareció meses después.

Pero los auténticos capos son los oligarcas rusos más o menos compinchados con mafiosos, que aprovechan tanto las privatizaciones – denunciadas como “saqueo de bienes públicos” por el premio Nobel de Economía Joe Stiglitz-, como el tráfico de drogas y armas. A mediados de los noventa, calcula Glenny, hasta el 50% de la economía rusa era negra, Moscú era la ciudad con más Mercedes matriculados del mundo. Costaba 5.000 euros eliminar a un rival. Ahora estamos en la fase de “internacionalización de este capitalismo gangsteril ruso”, según Glenny. La caída de la URSS y unos mercados mundiales poco controlados causan el increíble crecimiento de la delincuencia organizada en las últimas dos décadas.

El prohibicionismo ha ayudado a los gángsters casi tanto como el laissez faire.Al erradicar la coca en un país, se desplazó a otro. Mientras EE. UU. armaba a Colombia, en Canadá se cultivaba marihuana hasta una cifra equivalente al 5% del PIB de la provincia de British Columbia. Israel ahora es el centro de producción mundial de éxtasis. Pablo Escobar se murió, pero tras casi 40 años de guerra contra la droga, “el consumo y la dependencia son más altos que nunca”, señala Glenny. La guerra contra el terror tuvo un efecto similar en Afganistán, donde el cultivo de heroína ha crecido de forma espectacular.

Por todo ello, “no es descabellado pensar que en vez de prohibir las drogas y permitir la libre circulación de capitales, se debería hacer justo al revés”, explica el criminólogo Michael Woodiwiss, de la Universidad de Bristol. “Habría que aplicar duras regulaciones sobre los mercados financieros”. Los estadounidenses deberían saberlo: “Durante la prohibición (de alcohol) y permisividad financiera, el crimen era endémico”. Quien le puso fin no fue Elliot Ness, sino la regulación del mercado, la creación del FBI y, en general, las políticas sociales del new deal de Roosevelt.

LAS CIFRAS

1.750.000 millones de euros mueve el narcotráfico en el mundo

RUSIA
A mediados de los años noventa había 11.500 empresas privadas de seguridad, con 200.000 empleados armados. Eliminar a un rival en esos años costaba 5.000 euros, 8.000 euros si tenía guardaespaldas.

COLOMBIA
La cocaína sólo representa el 3% del PIB, pero 60.000 personas están armadas (sin contar el ejército) debido al narcotráfico

AFGANISTÁN
La heroína aporta el 57% del PIB afgano

DUBAI
Centro mundial de blanqueo de dinero: unos 1.700 millones de euros salen de EE.UU. hacia Dubai tras el 11-S

CHINA
Los traficantes ganan 40.000 euros por cada inmigrante que va de China a Europa a Estados Unidos

BRASIL
São Paulo es uno de los principales centros de la ciberdelincuencia, que cuesta a la banca 60.000 millones de euros al año

abril 1, 2008 Publicado por | economía, Globalización, mafia | Dejar un comentario

La globalización llega a las mafias

Por Andy Robinson (La Vanguardia.es 31/03/2008)

Prohibición draconiana de la droga y permisividad absoluta de toda actividad empresarial y financiera. Este podría ser un buen resumen de la agenda global de Estados Unidos y el G-7 en los años ochenta y noventa, acelerada tras la caída de la Unión Soviética.

La prohibición supuso una llamada guerra contra la droga en las selvas de América Latina y la encarcelación masiva de jóvenes – principalmente afroamericanos- en EE. UU. Se exportó el modelo de criminalización estadounidense con la estandarización global de leyes contra el tráfico de drogas y el blanqueo de dinero, y con la creación de una Financial Action Task Force (FATF) para luchar con gran éxito contra el blanqueo de dinero.

Simultáneamente, se exportaba el modelo anglo-norteamericano de liberalización financiera, desregulando enormes flujos de capital, mientras equipos de economistas de Chicago aterrizaban en la antigua URSS y sus satélites para ayudar a reformistas como Yegor Gaidar en la privatización relámpago de sus economías.

Veinte años después, queda claro que esta combinación particular de prohibición y liberalización ha coincidido con un auge sin precedentes del crimen organizado y una economía en la sombra tan globalizada como la de McDonald´s y Toyota, una economía responsable de uno de cada tres o cuatro euros gastados a escala mundial (entre el 17% y el 25% del PIB mundial), según estimaciones del FMI. “Es difícil de cuantificar, pero el dinero ilícito alcanza cifras de miles de millones o hasta billones de dólares”, dijo John Carlson, de la FATF.

Gran parte de esta economía delictiva – explica Misha Glenny en su nuevo libro McMafia es gestionada por mafias, muchas de ellas en países ex comunistas, que financian una amplia gama de actividades criminales: tráfico de heroína, cocaína, automóviles robados, armas, prostitución, órganos humanos, animales exóticos en peligro de extinción…

Glenny nos presenta una galería terrorífica de personajes que habitan esta economía sin ley y que hacen su propia historia universal de la infamia. Como Tsvetomir Belchev, capo de una mafia de tráfico de mujeres que contrata chicas como camareras en Bulgaria y las obliga a trabajar en la llamada ruta de la vergüenza de prostitución entre Alemania y la República Checa. O Dawood Ibrahim, el gángster hindú de Bombay que aprovecha el colapso del socialismo de mercado de Nehru para traficar primero con oro y luego drogas, y ha convertido Dubai en el centro mundial del blanqueo de dinero. O Leonid Kuchma, el mafioso ex primer ministro de Ucrania, quien mandó liquidar a un periodista: “Deporta al cabronazo y que se le quite de en medio”. Su cadáver apareció meses después.

Pero los auténticos capos son los oligarcas rusos más o menos compinchados con mafiosos, que aprovechan tanto las privatizaciones – denunciadas como “saqueo de bienes públicos” por el premio Nobel de Economía Joe Stiglitz-, como el tráfico de drogas y armas. A mediados de los noventa, calcula Glenny, hasta el 50% de la economía rusa era negra, Moscú era la ciudad con más Mercedes matriculados del mundo. Costaba 5.000 euros eliminar a un rival. Ahora estamos en la fase de “internacionalización de este capitalismo gangsteril ruso”, según Glenny. La caída de la URSS y unos mercados mundiales poco controlados causan el increíble crecimiento de la delincuencia organizada en las últimas dos décadas.

El prohibicionismo ha ayudado a los gángsters casi tanto como el laissez faire.Al erradicar la coca en un país, se desplazó a otro. Mientras EE. UU. armaba a Colombia, en Canadá se cultivaba marihuana hasta una cifra equivalente al 5% del PIB de la provincia de British Columbia. Israel ahora es el centro de producción mundial de éxtasis. Pablo Escobar se murió, pero tras casi 40 años de guerra contra la droga, “el consumo y la dependencia son más altos que nunca”, señala Glenny. La guerra contra el terror tuvo un efecto similar en Afganistán, donde el cultivo de heroína ha crecido de forma espectacular.

Por todo ello, “no es descabellado pensar que en vez de prohibir las drogas y permitir la libre circulación de capitales, se debería hacer justo al revés”, explica el criminólogo Michael Woodiwiss, de la Universidad de Bristol. “Habría que aplicar duras regulaciones sobre los mercados financieros”. Los estadounidenses deberían saberlo: “Durante la prohibición (de alcohol) y permisividad financiera, el crimen era endémico”. Quien le puso fin no fue Elliot Ness, sino la regulación del mercado, la creación del FBI y, en general, las políticas sociales del new deal de Roosevelt.

LAS CIFRAS

1.750.000 millones de euros mueve el narcotráfico en el mundo

RUSIA
A mediados de los años noventa había 11.500 empresas privadas de seguridad, con 200.000 empleados armados. Eliminar a un rival en esos años costaba 5.000 euros, 8.000 euros si tenía guardaespaldas.

COLOMBIA
La cocaína sólo representa el 3% del PIB, pero 60.000 personas están armadas (sin contar el ejército) debido al narcotráfico

AFGANISTÁN
La heroína aporta el 57% del PIB afgano

DUBAI
Centro mundial de blanqueo de dinero: unos 1.700 millones de euros salen de EE.UU. hacia Dubai tras el 11-S

CHINA
Los traficantes ganan 40.000 euros por cada inmigrante que va de China a Europa a Estados Unidos

BRASIL
São Paulo es uno de los principales centros de la ciberdelincuencia, que cuesta a la banca 60.000 millones de euros al año

abril 1, 2008 Publicado por | economía, Globalización, mafia | Dejar un comentario

>Sicilia como parábola

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Por Gregorio Morán (LA VANGUARDIA, 29/03/08):

Con la edad se me ha exacerbado el desprecio hacia los signos identitarios. Lo que no es folklore – y lo digo en el mejor sentido de la palabra, el de cultura popular-, o es barbarie o no vale un carajo. En los interminables trayectos en autobús entre Siracusa, Catania y Palermo, me daba por pensar en el valor de los gestos sicilianos, que usurpó la mafia convirtiéndolos en signos identitarios difícilmente comprensibles para los foráneos. La realidad ha ido confirmando la leyenda según la cual la palabra sirve para ocultar las intenciones pero un movimiento de manos, un modo de mirar, una leve inclinación de la cabeza…, llevan certificado de veracidad. Si la singularidad de la diferencia estuviera ahí, su valor sería similar al de los viejos pastores, que les bastaba con un silbido para que el rebaño entendiera.

La raíz identitaria conserva un sustento tribal. En términos de Atapuerca, hemos bajado muy recientemente de los árboles y nos quedan muchas reminiscencias del pasado. Esa adoración mafiosa a los santos locales apenas si enmascara un pasado pagano. Religión y muerte, inseparables. Cuando me enteré de que el legendario capo Calogero Vizzini tenía dos hermanos sacerdotes, un tío obispo y otro arcipreste, y que todos constituían una familia unida y modélica en su reparto de papeles, entendí por qué fueron tan fundamentales en la historia de Sicilia tras el desembarco aliado de 1943.

Me lo contó el principal mafiólogo de Sicilia, Umberto Santino. Posiblemente nadie sepa tanto de la mafia y le haya dedicado tantas horas a su estudio y escritura como Santino. Un tipo insufrible, con un toque de soberbia que se manifiesta en su desdén hacia el oyente. Como un cura de aldea que puede estar hablando el tiempo que juzgue necesario para tu conversión, sin que tenga el detalle de ofrecerte ni un vaso de agua. Y al final, como si fueran estampitas, te vende los libros que él mismo ha escrito. Escuchándole entendí por primera vez el artículo brutal que Leonardo Sciacia publicó en el Corriere della Sera criticando a los jueces antimafia y que logró conmocionar a Italia entera. Pero Sciascia no tenía razón, como tampoco la tengo yo haciendo ironías sobre el impasible Umberto Santino, porque unos años más tarde del artículo de marras los jueces antimafia, Falcone y Borsellino, fueron asesinados. Y cualquier sicario palermitano podría considerar que ese mafiólogo apellidado Santino, que dirige el Centro de Documentación Giuseppe Impastato de Palermo, está de más en este mundo. Cuando alguien se juega la vida en defensa de la justicia o de la verdad, tan parecidas, debemos cubrir lo secundario bajo una capa de benevolencia. Leonardo Sciascia, el crítico, murió en la cama, y los criticados por soberbios, avasalladores y egocéntricos, Falcone y Borsellino, en atentados mafiosos. La muerte, a menudo, coloca a cada uno en su sitio, por más que sea demasiado tarde.

Lo más cruel del arte es que acaba arrogándose la razón. La matanza de Gernika es un cuadro de Picasso. Las figuras de Modigliani son mujeres que uno encuentra por la calle. Los paisajes reales imitan a Van Gogh. El arte se adelanta al tiempo y acaba convertido en realidad. Lampedusa y su Gatopardo tenían razón, y era necesario – para algunos- que todo cambiara para que todo siguiera igual. La aparición estelar, nunca mejor dicho, de Silvio Berlusconi en la política italiana ha significado en términos mafiosos un cambio radical, y en términos sociales la continuidad de lo existente. A menudo olvidamos que Berlusconi nace a la vida política como socio de Bettino Craxi y del Partido Socialista italiano. Craxi dio paso a Berlusconi y Berlusconi protegió a la nueva apertura siciliana del ajedrez político, los hermanos gemelos Alberto y Marcelo dell´Utri, de Palermo, cultos, uno de ellos coleccionista experto en libros antiguos, vinculados a la masonería – la masonería, de antiguo, siempre tuvo una tentación mafiosa; mafiosa y católica al tiempo, cosa que no debería sorprendernos a los españoles tras la peripecia de Mario Conde, masón público galardonado por el Papa de Roma-. Su último hombre en la isla, Totó Cuffaro, presidente de la autonomía siciliana, hubo de dimitir tras la condena a cinco años de cárcel por colaboración mafiosa.

Para los mafiólogos Sicilia se ha italianizado, Dell´Utri vive en Florencia, lo cual es válido también al revés: la Italia berlusconiana, que probablemente ganará las próximas elecciones del 13 de abril, se ha sicilianizado. Sicilia es el rojo de la pintura de Renato Gutusso y las fotos en blanco y negro de Letizia Battaglia. La militancia comunista de Renato Guttuso no facilitó su conocimiento entre nosotros. Que yo recuerde influyó en las escasas huestes de la pintura militante y antifranquista, más entre catalanes y valencianos, si hacemos excepción de José Ortega, tan olvidado hoy pero cuya obra, especialmente en su interesantísima última etapa, debe mucho a Guttuso. Pues bien, el tema es el siguiente. Ese rojo de Guttuso, que por cierto cantó Pasolini en un brillante poema – también lo hicieron, Neruda y Alberti, en espantosos versos- y esas fotos de Letizia Battaglia, ¿son universales o se limitan al mundo local? O lo que es lo mismo, ¿el fenómeno mafioso es estrictamente siciliano?

Un político corrupto, susceptible por tanto de colaborar con el entramado mafioso, tendría por principio las elecciones perdidas. Pues no, la ciudadanía en pleno derecho de sus voluntades le puede votar e incluso promoverle a las más altas magistraturas del Estado. Fue el caso reciente del siciliano Totó Cuffaro, pero tenemos un puñado de historias locales, en Catalunya y fuera de ella. Podría poner ejemplos de corruptos, alcaldes o diputados, que quizá por eso mismo han sido votados por sus conciudadanos. Eso no es otra cosa que el lado universalizador del comportamiento mafioso.

No sé si se trata de una herencia siciliana, pero al menos sí una referencia al lugar donde este tipo de comportamientos eran norma y ley de la costumbre. Nosotros no tenemos, al menos de momento, un brazo armado mafioso que se dedique a allanar los objetivos. Pero seamos sinceros; no lo necesitan. ¿Para qué? ¿En qué sentido se puede decir que nosotros constituimos un frente de rechazo a la corrupción política y económica? Hemos sonreído de medio lado ante el trágala de los Albertos. Por menos que eso cayó el gobierno de Lerroux y su cándido estraperlo durante la República. Podríamos incluso llamar a Letizia Battaglia para que fotografiara a la viuda de Benjamín Olalla, asesinado (¿o se dice homicidiado?) en un paso de cebra por un tipo al que se conoce por Farruquito, a quien se concedieron antes, durante y después del juicio todo tipo de privilegios, y que ahora visita la cárcel sólo por las noches. Por no citar al innombrable letrado Piqué Vidal, maestro del foro, y sus andanzas carcelarias, que harían las delicias de Quevedo, por lo ridículas. No me canso de repetirlo, y lo haré mientras pueda: imagínense si seremos condescendientes con el delito que cualquier asesino pasa en nuestros medios de comunicación como anónimo, apenas el nombre de pila y unas siglas. Algo que no ocurre en Sicilia, ni en ningún otro lugar de Europa.

Creo que la imagen más fidedigna de ese mundo en el que todo ha cambiado para seguir siendo igual la tuve en la ciudad siciliana de Catania. Un negro africano sostenía un hilo de pescar sobre una alcantarilla, vecina a la plaza del Duomo. Sospeché que debía buscar algún anillo perdido, o un billete, o algo así. Cuando al día siguiente vi a otro africano con idéntico hilo echado sobre otra alcantarilla, no pude resistir la tentación y pregunté a qué se debía aquella singular pesca. “Muy sencillo, me dijeron. Están tratando de pescar anguilas para luego venderlas en algún restaurante de postín”. Entendí que todo debe cambiar para que todo siga igual.

abril 1, 2008 Publicado por | Italia, mafia | Dejar un comentario

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