>La lección del "caso Céline"
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>Invierno Zhivago
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>La obra de José Emilio Pacheco, en sus «aproximaciones»
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>El Cervantes y las comadres de Windsor
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>La generación privilegiada
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>Lisbeth Salander debe vivir
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Comencé a leer novelas a los 10 años y ahora tengo 73. En todo ese tiempo debo haber leído centenares, acaso millares de novelas, releído un buen número de ellas y algunas, además, las he estudiado y enseñado. Sin jactancia puedo decir que toda esta experiencia me ha hecho capaz de saber cuándo una novela es buena, mala o pésima y, también, que ella ha envenenado a menudo mi placer de lector al hacerme descubrir a poco de comenzar una novela sus costuras, incoherencias, fallas en los puntos de vista, la invención del narrador y del tiempo, todo aquello que el lector inocente (el “lector-hembra” lo llamaba Cortázar para escándalo de las feministas) no percibe, lo que le permite disfrutar más y mejor que el lector-crítico de la ilusión narrativa.
¿A qué viene este preámbulo? A que acabo de pasar unas semanas, con todas mis defensas críticas de lector arrasadas por la fuerza ciclónica de una historia, leyendo los tres voluminosos tomos de Millennium, unas 2.100 páginas, la trilogía de Stieg Larsson, con la felicidad y la excitación febril con que de niño y adolescente leí la serie de Dumas sobre los mosqueteros o las novelas de Dickens y de Victor Hugo, preguntándome a cada vuelta de página “¿Y ahora qué, qué va a pasar?” y demorando la lectura por la angustia premonitoria de saber que aquella historia se iba a terminar pronto sumiéndome en la orfandad. ¿Qué mejor prueba que la novela es el género impuro por excelencia, el que nunca alcanzará la perfección que puede llegar a tener la poesía? Por eso es posible que una novela sea formalmente imperfecta, y, al mismo tiempo, excepcional. Comprendo que a millones de lectores en el mundo entero les haya ocurrido, les esté ocurriendo y les vaya a ocurrir lo mismo que a mí y sólo deploro que su autor, ese infortunado escribidor sueco, Stieg Larsson, se muriera antes de saber la fantástica hazaña narrativa que había realizado.
Repito, sin ninguna vergüenza: fantástica. La novela no está bien escrita (o acaso en la traducción el abuso de jerga madrileña en boca de los personajes suecos suena algo falsa) y su estructura es con frecuencia defectuosa, pero no importa nada, porque el vigor persuasivo de su argumento es tan poderoso y sus personajes tan nítidos, inesperados y hechiceros que el lector pasa por alto las deficiencias técnicas, engolosinado, dichoso, asustado y excitado con los percances, las intrigas, las audacias, las maldades y grandezas que a cada paso dan cuenta de una vida intensa, chisporroteante de aventuras y sorpresas, en la que, pese a la presencia sobrecogedora y ubicua del mal, el bien terminará siempre por triunfar.
La novelista de historias policiales Donna Leon calumnió a Millennium afirmando que en ella sólo hay maldad e injusticia. ¡Vaya disparate! Por el contrario, la trilogía se encuadra de manera rectilínea en la más antigua tradición literaria occidental, la del justiciero, la del Amadís, el Tirante y el Quijote, es decir, la de aquellos personajes civiles que, en vista del fracaso de las instituciones para frenar los abusos y crueldades de la sociedad, se echan sobre los hombros la responsabilidad de deshacer los entuertos y castigar a los malvados. Eso son, exactamente, los dos héroes protagonistas, Lisbeth Salander y Mikael Blomkvist: dos justicieros. La novedad, y el gran éxito de Stieg Larsson, es haber invertido los términos acostumbrados y haber hecho del personaje femenino el ser más activo, valeroso, audaz e inteligente de la historia y de Mikael, el periodista fornicario, un magnífico segundón, algo pasivo pero simpático, de buena entraña y un sentido de la decencia infalible y poco menos que biológico.
¡Qué sería de la pobre Suecia sin Lisbeth Salander, esa hacker querida y entrañable! El país al que nos habíamos acostumbrado a situar, entre todos los que pueblan el planeta, como el que ha llegado a estar más cerca del ideal democrático de progreso, justicia e igualdad de oportunidades, aparece en Los hombres que no amaban a las mujeres, La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina y La reina en el palacio de las corrientes de aire, como una sucursal del infierno, donde los jueces prevarican, los psiquiatras torturan, los policías y espías delinquen, los políticos mienten, los empresarios estafan, y tanto las instituciones y el establishment en general parecen presa de una pandemia de corrupción de proporciones priístas o fujimoristas. Menos mal que está allí esa muchacha pequeñita y esquelética, horadada de colguijos, tatuada con dragones, de pelos puercoespín, cuya arma letal no es una espada ni un revólver sino un ordenador con el que puede convertirse en Dios -bueno, en Diosa-, ser omnisciente, ubicua, violentar todas las intimidades para llegar a la verdad, y enfrentarse, con esa desdeñosa indiferencia de su carita indócil con la que oculta al mundo la infinita ternura, limpieza moral y voluntad justiciera que la habita, a los asesinos, pervertidos, traficantes y canallas que pululan a su alrededor.
La novela abunda en personajes femeninos notables, porque en este mundo, en el que todavía se cometen tantos abusos contra la mujer, hay ya muchas hembras que, como Lisbeth, han conquistado la igualdad y aun la superioridad, invirtiendo en ello un coraje desmedido y un instinto reformador que no suele ser tan extendido entre los machos, más bien propensos a la complacencia y el delito. Entre ellas, es difícil no tener sueños eróticos con Monica Figuerola, la policía atleta y giganta para la que hacer el amor es también un deporte, tal vez más divertido que los aerobics pero no tanto como el jogging. Y qué decir de la directora de la revista Millennium, Erika Berger, siempre elegante, diestra, justa y sensata en todo lo que hace, los reportajes que encarga, los periodistas que promueve, los poderosos a los que se enfrenta, y los polvos que se empuja con su esposo y su amante, equitativamente. O de Susanne Linder, policía y pugilista, que dejó la profesión para combatir el crimen de manera más contundente y heterodoxa desde una empresa privada, la que dirige otro de los memorables actores de la historia, Dragan Armanskij, el dueño de Milton Security.
La novela se mueve por muy distintos ambientes, millonarios, rufianes, jueces, policías, industriales, banqueros, abogados, pero el que está retratado mejor y, sin duda, con conocimiento más directo por el propio autor -que fue reportero profesional- es el del periodismo. La revista Millennium es mensual y de tiraje limitado. Su redacción, estrecha y para el número de personas que trabajan en ella sobran los dedos de una mano. Pero al lector le hace bien, le levanta el ánimo entrar a ese espacio cálido y limpio, de gentes que escriben por convicción y por principio, que no temen enfrentar enemigos poderosísimos y jugarse la vida si es preciso, que preparan cada número con talento y con amor y el sentimiento de estar suministrando a sus lectores no sólo una información fidedigna, también y sobre todo la esperanza de que, por más que muchas cosas anden mal, hay alguna que anda bien, pues existe un órgano de expresión que no se deja comprar ni intimidar, y trata, en todo lo que publica e investiga, de deslindar la verdad entre las sombras y veladuras que la ocultan.
Si uno toma distancia de la historia que cuentan estas tres novelas y la examina fríamente, se pregunta: ¿cómo he podido creer de manera tan sumisa y beata en tantos hechos inverosímiles, esas coincidencias cinematográficas, esas proezas físicas tan improbables? La verosimilitud está lograda porque el instinto de Stieg Larsson resultaba infalible en adobar cada episodio de detalles realistas, direcciones, lugares, paisajes, que domicilian al lector en una realidad perfectamente reconocible y cotidiana, de manera que toda esa escenografía lastrara de realidad y de verismo el suceso notable, la hazaña prodigiosa. Y porque, desde el comienzo de la novela, hay unas reglas de juego en lo que concierne a la acción que siempre se respetan: en el mundo de Millennium lo extraordinario es lo ordinario, lo inusual lo usual y lo imposible lo posible.
Como todas las grandes historias de justicieros que pueblan la literatura, esta trilogía nos conforta secretamente haciéndonos pensar que tal vez no todo esté perdido en este mundo imperfecto y mentiroso que nos tocó, porque, acaso, allá, entre la “muchedumbre municipal y espesa”, haya todavía algunos quijotes modernos, que, inconspicuos o disfrazados de fantoches, otean su entorno con ojos inquisitivos y el alma en un puño, en pos de víctimas a las que vengar, daños que reparar y malvados que castigar. ¡Bienvenida a la inmortalidad de la ficción, Lisbeth Salander!
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
>Graham Greene: el lado peligroso de las cosas
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«Si tuviese que escoger un epitafio para todas las novelas que he escrito», escribió Graham Greene en uno de sus libros autobiográficos, Una especie de vida (1971), «sería de Apología del obispo Blougram», un poema de Robert Browning, escrito en 1855: «Nuestro interés está en el lado peligroso de las cosas/ el ladrón honesto, el asesino afectuoso/ el ateo supersticioso…». Greene (1904-1991) escribió 24 novelas (y 54 libros: novelas, libros de viaje, relatos autobiográficos, guiones de cine, ensayo, críticas, obras de teatro, relatos cortos). Algunas de sus novelas fueron, efectivamente, lo que él mismo llamaría «entretenimientos». Pero las más fueron, también en sus propias palabras, «novelas serias», novelas perfectamente construidas, escritas con excepcional maestría técnica, un estilo moderno y ágil y un gran sentido de la acción y de las situaciones (aunque Greene se consideraba entre los «buenos» pero no entre los «grandes» novelistas contemporáneos). Casi todas ellas (Brighton parque de atracciones, El tren de Estambul, El poder y la gloria, El revés de la trama, El tercer hombre, El fin de la aventura, El americano tranquilo, El cónsul honorario, Los comediantes, Nuestro hombre en La Habana, El factor humano…) fueron obras de gran éxito: Greene vendió en vida en torno a 24 millones de ejemplares de sus libros. Varias fueron llevadas al cine: El tercer hombre (1950), concretamente, fue primero un guión cinematográfico y luego una novela corta. Fuese como fuese, Greene tenía razón en un punto. El tema recurrente de sus novelas fue, en efecto, el filo peligroso de las cosas: el crimen, la traición, la deslealtad, el espionaje, la violencia; y con ellos, los sentimientos de culpa y arrepentimiento, la ansiedad y el sufrimiento moral, la necesidad de elegir entre el bien y el mal.
El poder y la gloria (1940), por ejemplo -por cierto, su mejor novela-, era la historia de la persecución por las tropas revolucionarias mexicanas de un cura alcoholizado -y con una hija natural- que no obstante su desorden moral y vida religiosa indigna tiene el valor y el sentido vocacional suficientes para llevar la religión, a costa de su vida, a los pueblos perdidos en el interior del estado mexicano de Tabasco, en plena represión religiosa. El revés de la trama (1948) abordaba los graves problemas de conciencia -salvación, condenación- que, para Greene, plantea la moral católica: la historia de un oficial colonial británico, católico y recto, en Sierra Leona que, por compasión hacia su mujer, opta por comulgar sacrílegamente y finalmente, abrumado por la culpa, por suicidarse. El tercer hombre (1950) era un relato sobre traición y lealtad en la amistad, y sobre la ambigüedad del mal, bajo la forma de una apasionante historia de tráfico de medicinas adulteradas en la Viena ocupada de la posguerra. El fin de la aventura (1951) era una historia de amor, en el Londres de la II Guerra Mundial, saturada de obsesiones religiosas. El americano tranquilo (1955) narraba la relación triangular en el Saigón de los años finales de la dominación francesa y de inicio de la intervención norteamericana en la región, entre un cínico y ya veterano periodista británico (Fowler), una joven vietnamita (Phuong) y un joven agente americano (Pyle), que detestaba el colonialismo y el comunismo y trabajaba en la formación de una fuerza militar anticomunista como garantía de la estabilidad del país. El factor humano (1978), por poner un último ejemplo, era una historia de amor y espionaje, la historia de Maurice Castle, un miembro de los servicios secretos británicos que por amor a su mujer Sarah, una joven comunista negra surafricana, optó por pasar información secreta sobre África a la Unión Soviética a cambio de que el espionaje ruso salvase a Sarah de la Policía surafricana.
Greene dio, pues, con un gran tema, un tema intenso, profundo: la ambigüedad moral del hombre. Los personajes de sus novelas -el cura mexicano; Scobie, el oficial colonial inglés; Harry Lime, en El tercer hombre; Fowler, Pyle, en El americano tranquilo; Castle; Smith, Jones y Brown en Los comediantes (1966); Charles Fortnum, en El cónsul honorario (1973)…- eran, en efecto, casi siempre tipos desplazados, anodinos, excéntricos, semimarginales y de moralidad vacilante e incierta, que viven en lugares exóticos, desolados (regiones tropicales de México, África occidental, Vietnam, Haití, la frontera entre Argentina y Paraguay, escenario de El cónsul honorario…), y que están de alguna forma forzados a vivir y decidir en situaciones extremas, en el filo peligroso de la vida. La literatura de Greene combinó, así, la novela de aventuras, que él tomó de Conrad, Buchan y Rider Haggard, con preocupaciones religiosas y dilemas morales. O si se prefiere, y como se ha dicho, Greene fue una mezcla de Mauriac y Malraux, con ingredientes de Somerset Maugham. Le molestaba que se le considerase como escritor «católico», pero lo cierto es que Greene -un agnóstico pese a su conversión al catolicismo- pensaba, como Mauriac, que sólo la novela con sentido religioso captaba la importancia de la vida humana.
Con su universo de personajes sórdidos en lugares igualmente sórdidos -lo que se llamó Greeneland-, Greene fue, en palabras del escritor británico William Golding, el cronista de la ansiedad y la conciencia morales del siglo XX, un siglo en el que los criterios del bien y del mal naufragarían, clamorosamente, en la ambigüedad y el relativismo. Graham Greene -un hombre alto, bien parecido, de ojos transparentemente azules, elegante, reservado, huidizo, solitario (aunque tuviese buenos amigos: Eliot, Waugh, Read, Tom Burns, Ian Fleming, Korda, etcétera)- encarnó en buena medida las contradicciones y ambigüedades morales de sus personajes literarios. Terriblemente inglés, hijo del director de un colegio y educado en Oxford, viajó con frecuencia a países y lugares peligrosos y conflictivos. Mantuvo una relación singular con el catolicismo. Trabajó para los servicios secretos británicos durante la II Guerra Mundial (en Liberia y Sierra Leona). Casado con Vivien Dayrell-Browning -para casarse con ella se convirtió, en 1926, al catolicismo-, fue un marido infiel, un hombre mujeriego y adicto a la prostitución, un padre desastroso.
La literatura era para él un medio de escapar de la monotonía, de la mediocridad. Le fascinó el mundo del espionaje, de la traición (o de «la lealtad diferente», como hace decir a un personaje de El factor humano, donde el protagonista, Castle, termina viviendo en Moscú sin otras amistades que otros espías británicos huidos a la URSS, tratados con comprensión en la novela y trasunto evidente de Philby, Burgess y Maclean, los espías de Cambridge). Antiamericano -un prurito de superioridad británica-, simpatizante de Torrijos y Castro, de Ho Chi Minh y Allende, pero también de Dayán, el formidable general israelí -Greene no tuvo simpatía alguna por el mundo islámico; por su parte, Reagan y Juan Pablo II le parecieron un “horror”-, vivió confortablemente en Londres, Capri y Antibes. Separado de Vivien en 1948, hubo otras cinco mujeres importantes en su vida, pero solía llevar consigo la lista anotada de sus 47 prostitutas favoritas. Al final, Graham Greene vivía en Vevey (Suiza), con Ivonne Cloetta, y murió allí el 3 de abril de 1991.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
>El placer del abismo
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Todos los caminos de la novela policíaca conducen al mal. Palabra tabú durante siglos, deviene ahora un concepto con el que se coquetea. Una compleja connivencia, y hasta a veces se diría insondable fascinación. La posmodernidad ahora mismo permite al mal circular entre los devotos de las profundidades humanas sin el temor antiguo a invocar una realidad innombrable. Tal vez nunca en la historia de la humanidad ha estado el mal tan instalado en la vida cotidiana como en los siglos XX y XXI. Como concepto y como experiencia infernal. “Aquí nosotros somos Dios”, le dijo un torturador argentino a una detenida para señalarle su absoluta indefensión ante su abyecta arbitrariedad. Eso pasaba en un antiguo garaje en Buenos Aires, a pocos metros de un mercado y de una juguetería. El mal absoluto ante nuestras propias narices.
Las leyes de la novela policíaca comparten espacio con los más profundos enigmas del alma. Esas leyes decodifican su estructura. Su manera de desenvolverse, la hipocresía y malicia clasistas o la corrupción institucional. Poirot o Sam Spade. Nada le interesa más a este género que el hombre debatiéndose entre su afán de pureza y la infamia incontrolable. Ya lo decía Camus: “No tenemos fuerza para ser malvados, pero tampoco para no serlo”.
El gran ensayista italiano Pietro Citati tiene un libro titulado El mal absoluto. Me llamó la atención en el prólogo unas palabras sobre Robinson Crusoe: “Ama (Crusoe) sobre todo el mar, las olas enormes de la tormenta, las olas que se suceden una a la otra, las corrientes, los remansos, la calma, el oleaje en la orilla. Quizá constituya la imagen central de Robinson Crusoe, porque el mar revela el rostro oscuro de Dios, que se confunde con el del Adversario”. Esta cita me vino a la memoria mientras leía una novela de la autora francesa de novelas policíacas Fred Vargas. Se trata de Huye rápido, vete lejos (2001). Al comienzo su voz narradora nos dice: “No, Joss no confiaría en las cosas por nada en el mundo, como tampoco confiaba en los hombres ni en el mar. Las primeras os roban el corazón, los segundos, el alma, y el tercero, la vida”. Podríamos hacer varias consideraciones. Que el título de esta novela que cito no hace referencia a ningún trámite nuclear de su argumento, sino a un momento de desilusión amorosa como hace mucho que no leo en cualquier novela, sea policíaca o no. Que curiosamente uno de sus personajes femeninos se llama Lizbeth (¿les dice algo este nombre?). Que uno no puede dejar de pensar en algunas llamativas casualidades que nos depara la literatura (aunque uno tiene derecho a descreer a veces de tantas casualidades): como, por ejemplo, el sonido de un viejo e inmortal verso detrás de estas palabras que pronuncia un personaje en la novela de la autora gala: “¿Sabes, Camilla, que el día en que Dios creó a Adamsberg, había pasado una noche muy mala?”. Estas palabras recuerdan aquel inmortal verso que César Vallejo escribió casi sobre un París lluvioso de los años treinta: “Yo nací un día en que Dios estaba enfermo. Grave”. Y, finalmente, que hay diálogos en Huye rápido, vete lejos que parecen sacados de las palabras que se cruzan el misterioso narrador de La trilogía Dupin, según bautizó a los tres célebres cuentos de Allan Edgar Poe el escritor norteamericano Matthew Pearl, y el mismo excéntrico investigador C. Auguste Dupin.
Pero dejemos esta cuestión que a la postre no hace sino confirmar el calado literario de muchos autores de novela policíaca. Quedémonos ahora con el hecho de que Fred Vargas creó un comisario (Jean-Baptiste Adamsberg) a la medida de la oscuridad del mundo, un hermeneuta del mal buceando en las calles de París, olisqueando la inminente atrocidad. La simbología enseña que el mar es una figura que metaforiza el nacimiento y la muerte. Pero el mar que ven las criaturas de Defoe, según nos enseña Citati, y Fred Vargas indica sólo el camino sin retorno. El abismo inescrutable o el que mata.
En su prólogo a Los secretos de Oxford, a la escritora P. D. James no le cabe ninguna duda de que las novelas de Dorothy L. Sayers fueron escritas “para el ocio”. Nada que objetar. Lo hicieron Eliot, Sartre, Luis Cernuda, Juan Carlos Onetti, entre otros. Y a sus 90 años, lo hace el profesor Martí de Riquer. Pero dicha distracción o evasión (Auden, a quien molestaba la palabra evasión cuando se refería a la novela policíaca, consideraba a Raymond Chandler un artista absoluto) tiene un componente que trasciende la mera peripecia detectivesca. No hay en la literatura policíaca detective privado, policía o periodista implicado en una causa criminal (además de conmoverse más o menos por sus consecuencias) que no sea consciente de que su operación de develación es ante todo una operación moral. Y no es un valor añadido de la novela policíaca. Es su razón de ser literaria.
Veamos el caso del escritor sueco Stieg Larsson, autor de la trilogía Millennium. Como hicieron antes otros compatriotas suyos -desde el matrimonio sueco formado por P. Walhöo y M. Sjöwall hasta Henning Mankell-, Larsson nos conduce por el corazón de las tinieblas del modelo perfecto de sociedad del bienestar. Larsson, ahondando en la herida del síndrome de Oloff Palme, ideó un protagonista corriente, sin el aura heroica de los detectives clásicos, en la piel de un pertinaz periodista de investigación. Y lo hizo con un lenguaje neutro (solución paradójica tratándose de tres historias sociológicamente tan comprometidas), sin la voluntad premeditadamente retórica que se aprecia en las novelas de Mankell.
Su investigador Mikael Blomkvist y su colega de dantescas peripecias, Lisbeth Salander, están diseñados con la impronta opuesta al romanticismo e incluso cierto erotismo con que la novela policíaca americana arropó a sus detectives. Las infalibles corazonadas de los Sam Spade y Philip Marlowe, incluso las sutiles inducciones del freudiano investigador Lew Archer de Ross MacDonald, las reemplaza Larsson ahora por los intrépidos razonamientos, y casi inverosímiles conocimientos informáticos de sus protagonistas.
Y ya no hablemos de la voz narradora. Voz omnisciente que nada tiene que ver con el habitual relato en primera persona de los clásicos citados. Una voz que baja a los infiernos junto al lector, incluso otorgándole a éste el privilegio de una información que ya quisieran tener los actores de sus novelas (en el segundo volumen de la trilogía, se nos revela la identidad de los culpables 200 páginas antes del final). En la trama del primer volumen, ya que abordamos aunque sea superficialmente el capítulo estilístico de la trilogía, es capital la idea de la ampliación de una foto. Todo el edificio de la novela se sostiene sobre este artilugio. El mismo que utilizó Cortázar en su cuento Las babas del diablo. Y el que repitió Antonioni en su película Blow Up, basada en el relato. En cuanto al perfil psicópata que dibujó de Los hombres que no aman a las mujeres, también lo abordó, con mayor crudeza y temperatura lírica el islandés Arnaldur Indridason en La mujer de verde.
Los autores de novelas policíacas europeos (también desde hace unos años, los latinoamericanos), han creado unos detectives o policías a la medida de los miedos contemporáneos, reales o imaginarios. Griegos, españoles, franceses, noruegos, suecos o islandeses (por cierto: ¿y los finlandeses?) se dan cita casi cada año con sus respectivos investigadores. Suelen ser muy puntuales. Y con la misma frecuencia, los lectores los esperamos. Como si entre nosotros y ellos hubiera un pacto de indestructible fidelidad. Otro imperativo de la posmodernidad. Recogernos o evadirnos en el confort de nuestra interioridad (viajemos en metro o estemos en el sofá) al resguardo de los ángeles exterminadores. Mientras, estos viajeros del abismo nos traen noticias del tipo “las lágrimas y las heridas” unen a los hombres, que decía George Bataille. Al lado de las lacerantes verdades que nos muestra la novela policíaca, con su balsámica catarsis y con ese grado de fruición estética que nos procura, traer a colación la maquinaria mercadotécnica que la acompaña, como se suele hacer muchas veces para desacreditarla, me parece una obviedad de mal gusto.
Y para terminar, el género policiaco tiene sus aguafiestas y se dividen en tres clases. Los que no leen a Larsson porque lo comparan con Montaigne; los que no lo leen porque está de moda; y los que no lo hacen por las dos razones juntas. Ellos se lo pierden.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
>La partida de la escribidora
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Por culpa de los antropólogos, la palabra incultura ha desaparecido del vocabulario. En el pasado la noción de cultura se asociaba a un conocimiento elevado -humanístico y científico-, al dominio de las artes, al buen gusto y a una sensibilidad refinada. La antropología generalizó aquella acepción a todas las manifestaciones de la vida de una comunidad -sus creencias, sus costumbres, sus ritos, sus vicios y valores- de modo que hoy nos encontramos en la prensa con expresiones como “la cultura de la manducación de carne humana”, la “cultura del contrabando”, “del fútbol” y de cosas aún peores. Ya nadie es inculto, todos nos hemos vuelto cultos de alguna manera, lo que constituye, sin duda, la apoteosis de esta civilización nuestra marcada por el sesgo de la frivolidad.
Dentro de este contexto no es impropio decir que Corín Tellado, la escribidora asturiana que murió el mes pasado, a sus 82 años de edad, fue probablemente el fenómeno sociocultural más notable que haya experimentado la lengua española desde el Siglo de Oro. Aunque esto parezca herejía, y lo sea desde un punto de vista cualitativo, no lo es desde el cuantitativo, porque ni Borges ni García Márquez ni Ortega y Gasset ni cualquier otro de los más originales creadores o pensadores de nuestra lengua ha llegado a tanta gente ni influido tanto en su manera de sentir, hablar, amar, odiar y entender la vida y las relaciones humanas como María del Socorro Tellado López, apodada Socorrín por su familia y sus amigos, la muchacha que, en 1946, a sus 19 años, escribió en Cádiz su primera novelita, Atrevida apuesta, una arcangélica historia en la que un joven guardiamarina apostaba que conseguiría besar a una chica y ganaba la apuesta gracias a un apagón de la luz en medio de una fiesta. A su muerte, 63 años más tarde, había escrito unas 4.500 novelas más, sin contar los radioteatros, telenovelas, fotonovelas y películas inspiradas en sus obras y hecho célebre el nombre de pluma de Corín Tellado.
Yo me enteré de su existencia en París, en los años sesenta, cuando descubrí que una sobrina mía, que venía de Lima a estudiar un curso de “Civilización francesa” en La Sorbona, se había traído un maletín lleno de novelas de su autora favorita, por si sus libros escaseaban en la tierra de Balzac. Su precaución, por lo demás, era inútil porque, como advertí poco después, en la rue de la Pompe, en el elegante barrio XVI, había todo un quiosco dedicado exclusivamente a vender, alquilar o hacer intercambio de novelitas de Corín Tellado, cuyas clientas eran sobre todo las empleadas domésticas españolas e hispanoamericanas entonces muy numerosas en París.
Desde esa época tuve la tentación de conocer alguna vez a esa extraordinaria escribidora que había logrado llegar con sus historias a un público al que jamás alcanzarían los libros de los autores “cultos” de España o Hispanoamérica. Sólo lo conseguí en mayo de 1981, después de múltiples gestiones, cuando la entrevisté para La Torre de Babel, un programa semanal que hice por seis meses para la televisión peruana. No fue nada fácil conseguir la entrevista. Su desconfianza hacia los periodistas era justificada pues ella había sido ridiculizada ya por algunos gacetilleros perdonavidas a los que abrió la puerta de su vivienda.
Me llevé una gran sorpresa al conocerla, en su casa de Roces, en las afueras de Gijón. Llevaba con gran dignidad sus cincuenta y pico de años. Era bajita, simpática, modesta, tímida pero desenvuelta y no sospechaba siquiera la fantástica popularidad de que gozaba en los estratos medios y populares de una veintena de países de lengua española y entre las comunidades “hispánicas” de Nueva York, Miami, Texas y California. Era una mujer de provincias, cuya vida había transcurrido entre Asturias, Cádiz y Galicia, dedicada mañana, tarde y noche a escribir historias de amor y desamor. De su fugaz matrimonio habían venido al mundo sus hijos Begoña y Domingo, pero, aparte de esa peripecia y de su separación matrimonial, su entera existencia estaba enteramente dedicada a fantasear y a escribir (mejor dicho, a teclear en su pequeña máquina de escribir portátil) las aventuras sentimentales que chisporroteaban en su cabeza. Uso el diminutivo para hablar de sus libros porque, de acuerdo a las exigencias de sus editores, sus novelas no debían tener nunca más de 100 páginas.
Su rutina era estricta y laboriosa. Su ama de llaves, una mujer que la acompañaba desde siempre y le resolvía todos los problemas prácticos, la despertaba a las cinco de la madrugada. De inmediato se encerraba en su escritorio, un cuarto claustrofóbico, sin ventanas, atestado de anaqueles con sus novelitas, y allí permanecía 10 horas escribiendo, con una breve pausa a las ocho, para desayunar. Escribía casi sin parar y casi sin corregir. Al salir del escritorio, a media tarde, tenía 50 páginas oleadas y sacramentadas, es decir, la mitad de una novela. Escribía dos por semana y, a ese ritmo, su obra se acercaba ya a los 3.000 volúmenes. Me explicó que, su problema como escribidora, era que su cabeza “funcionaba más rápido que su habilidad de mecanógrafa”. Que, si no hubiera sido por la lentitud de sus manos ante el teclado, escribiría más, mucho más. Alentaba en ella, a su manera, claro, esa voracidad deicida de los escribidores balzaquianos. Se ganaba su vida con la pluma, pero, en verdad, como les ocurre a los escribidores de verdad, no vivía de escribir sino para escribir.
Fuera de esas 10 horas diarias de trabajo, su vida no podía ser más monótona y frugal. Cuatro periódicos diarios, una buena siesta, alguna vez un libro, alguna tarde una visita a una amiga, acaso una película. Muy rara vez, un viaje a Gijón, de compras o a un restaurante. Pero para estar de vuelta en casa y acostada antes de las 10. En los meses de verano, baños en la piscina y algún partido de tenis. Y pare usted de contar.
Cuando le pregunté por sus autores favoritos la noté incómoda y cambié de tema. Su oficio no era leer, sino escribir. Tenía una facilidad tan grande que las historias salían de su máquina infatigable como las palabras y el aliento de su boca. No sabía lo que era ese súbito terror pánico paralizante ante la página en blanco que padecen los escritores estreñidos. Para ella, escribir era tan fácil y natural como respirar.
Su absoluta falta de vanidad era portentosa. Decía que la maravillaba siempre pensar que la leía tanta gente y era evidente que lo decía de verdad. Su editor le había hecho creer que tiraba sólo 30.000 ejemplares de cada una de sus novelas y, aunque ella sabía que probablemente aquella cifra estaba por debajo de la realidad, no le importaba. Si los editores le hacían las cuentas del tío, se encogía de hombros. Me contó que, a veces, sus exigencias eran más fastidiosas que las de los censores, en tiempos de Franco, que habían tijereteado sus historias muchas veces. Eso a ella tampoco le importaba mucho porque suavizaba las frases incriminadas ¡y ya está! Y me reveló, como prueba de su paciencia franciscana y su espíritu de templanza ante las incomprensiones del mundo, que, en una de sus novelas, se inventó un protagonista ciego. El editor le devolvió el manuscrito con una orden: “Opérelo”. Y ella, por supuesto, lo operó.
Aunque nunca la leí, siempre la respeté y la traté con cariño y gratitud. Porque gracias a ella, cientos de miles, acaso millones de personas que jamás hubieran abierto un libro de otra manera, leyeron, fantasearon, se emocionaron y lloraron y por un rato o unas horas vivieron la experiencia maravillosa de la ficción. Ella no podía sospecharlo, pero fue probablemente la última escribidora popular, en el sentido más cabal de la palabra, la que llevó una variante (fácil, elemental, sensiblera y truculenta, ya lo sé) de la literatura al vasto pueblo, ese que no entra jamás a las librerías y pasa como sobre ascuas por las secciones culturales de las revistas, y piensa que la literatura seria es larga y soporífera. Es probable que con Corín Tellado desaparezca en nuestra lengua la literatura digna de ese calificativo: popular. Lo que queda ya no lo es y lo será cada día menos, a medida que las pantallas vayan exterminando a los libros, o empujándolos a la catacumba.
Amiga Socorrín, descansa en paz.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
>La victoria póstuma de Borges (y 3)
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Es la esclavitud de los titulares. Mi intención era Victorias y derrotas póstumas de Borges, pero hoy día tanta letra es imposible. Digan lo que digan los analistas borgianos de su literatura, lo más increíble, por paradójico, es que su vida, sus palabras, sus gestos, sus compromisos, sus hábitos, es decir, todo lo que no es estrictamente literatura, ha cobrado una importancia póstuma que cubre y hasta ilumina su obra. Basta visitar esas maravillosas librerías de Buenos Aires, auténticas bodegas de lujo repletas de las mejores añadas, para constatar que el atractivo – o la repulsión-hacia Jorge Luis Borges se refiere a su persona, y que sus escritos pueden servir en muchos casos como prueba de tal o cual rasgo biográfico.
Incluso su prolongada y tenebrosa muerte tiene algo de esperpento, imposible de atenuar con referencias a tradiciones japonesas -las de su viuda, María Kodama- o a la gélida Ginebra de calvinistas y banqueros, lugar donde se le dio sepultura.
Es probable que el inquebrantable mundo de los borgianos lo considere una blasfemia, pero a lo mejor es cierto y resulta que la vida de Borges tiene mayor trascendencia que su obra. No quiere decir esto que La intrusa o El sur,que él consideraba sus narraciones más conseguidas, y algunas más, como La forma de la espada, o Tema del traidor y del héroe, que bastarían para consagrarle, queden ocultas entre la farfolla de los chismes biográficos. No es eso. Lo que quiero decir es que en Borges -un chismoso irredento- tienen trascendencia aquellas cosas que para cualquier otro no eran más que incidentes de la vida o gajes del oficio de escribir. Cada gesto borgiano puede ser traducido. Y bastaría esto para considerarlo quizá la más rotunda de sus derrotas, porque se pasó toda la vida insistiendo en que eso mismo, que él consideraba fundamental en los demás, en su caso no tenía la menor trascendencia. Que la obra lo era todo.
Pongamos la política. Cualquier novato borgiano pensaría al primer golpe en lo absurdo de referirnos al maestro Borges en asunto tan zafio y lastimero como la política. Sin embargo, no hay acontecimiento político vivido en el que no haya participado con su opinión, pública y rotunda. Igual que no es fácil rastrear la historia en buena parte de la vida de Paul Valéry o de Hermann Hesse, o en ese grande de nuestra literatura, tan olvidado hoy, Juan Gil-Albert, al que la política castigó ¡y de qué modo!, en Borges no sólo figura en sus relatos sino que aparece como obsesiva en su vida. Desde su fervor juvenil por la revolución rusa y su anarquismo radical posterior, a la militancia expresa – es decir, con carnet y pago de cuotas-primero en el Partido Radical argentino y luego en el Partido Conservador. Su defensa de la guerra de Vietnam como la lucha entre la civilización occidental frente a la barbarie comunista, hasta llegar a su definición de la primera Junta Militar golpista del 76 como un gobierno de caballeros.¿Qué decir de sus elogios a Pinochet tras una entrevista, casi un psicodrama, donde el Dictador le confesó a nuestro hombre enternecido, que se sentía solo?Sobre el antiperonismo volveremos más adelante.
Pongamos también el amor, la pasión erótica, la sensualidad. No alcanza la media docena de versos – no poemas, digo versos-realmente sentidos y logrados sobre el asunto. ¿Pero qué es eso ante el fascinante y retorcido -no tengo muy claro si colocar antes lo de retorcido que lo de fascinante- mundo pasional de Borges? Desde la historia en Ginebra, con su padre y la prostituta de lujo (digamos en voz baja que ése fue el sueño de buena parte de mi generación: que tu padre te invitara en la edad de merecer a visitar una señorita garantizada para ilustrarte en los rudimentos del sexo). Al parecer, en su caso fue traumático. Luego están la retahíla de novias, amantes inconclusas y dos matrimonios más blancos que las sábanas. Y me cabe añadir su admirada madre, doña Leonor de Acevedo, que no sé por qué razón algunos indocumentados la llaman castradora.¿Acaso las madres que cuidan a sus hijos, que además de atenderles y aguantarles, incluso les buscan novias y hasta esposas, son castradoras? ¡El castrador de voluntades, en última instancia, sería él! Hay mucho psicólogo de regadío que desconoce la vida en socarral. No afirmo que la biografía de Borges sea apasionante. Al contrario, aseguro que lo apasionante consiste en estudiarla, no en vivirla. Llevo tantos años tras el personaje que echo de menos una biografía de esas que le gustaban a él, anglosajonas, donde con un punto de ironía se fueran desgranando los libros y los versos y las tramas biográficas, y las damas, sobre todo las damas. Borges es un profesional de la seducción. Yme atrevo a decirlo, de una virilidad obsesiva, apabullante. ¿Qué importa el consummatum si está la llama? Hay un Borges con mujeres y otro Borges con amigos. No hay mezcla, hay suma.
Borges debe figurar entre los escritores más preocupados por su biografía. La insinceridad borgiana es antológica. ¡Qué falso es! Y sin embargo qué autenticidad hay en su falta de sinceridad. No creo que haya otro caso en la literatura en castellano tan obsesionado como Borges en su biografía, salvo quizá Camilo José Cela. No tienen nada que ver, pero comparten ese vínculo singular que los amarra. Un castizo lo llamaría la desfachatez del cínico, pero no es eso. No es cinismo, ni maldad tampoco. Me impresiona cuando Borges le dice a su amiga y biógrafa María Esther Vázquez, “yo no soy un canalla; sólo un pedante”. En El Aleph se le cuela un sinónimo delator: “de literatura, de falsedad”. Confesémoslo, hay en Borges un atractivo al que ningún escritor puede sustraerse, y hay también algo que repele hasta el vómito. Recuerdo un momento, casi un rasgo, de una conversación un tanto ligera – ¡qué frívolo era Borges con todo lo que no se refería a élmismo!-donde a propósito de la literatura española – donde dice cosas agudísimas, por cierto-,añade a modo de resumen: “A mí García Lorca siempre me ha parecido un poeta menor… Creo que tuvo la suerte de ser fusilado y eso contribuye, ¿no?”. Probablemente habrá que ir admitiendo la evidente categoría de García Lorca como poeta dotado y trágicamente interrumpido, lo que le convierte en términos canónicos en menor,¡pero lo de la suerte de ser asesinado!
Para quienes duden de este enfoque infrecuente de un Borges biográfico, les remito a sus últimos años. ¿Diez, veinte? Las décadas de viajes permanentes y abundante producción social. Su conversión en relaciones públicas de la alta cultura y la alta política exigiría una crónica minuciosa. Los premios, los doctorados honoris causa, la canonización en vida, sus opiniones en todas y cada una de las sedes del ancho mundo… No nos engañemos, la fascinación por el poder, es un señuelo de la política para atrapar a los intelectuales.
Cuando los grandes de la tierra confían sus cuitas y otorgan agasajos, glorias, elogios, se entra sin duda en un mundo diferente. El de lo indiscutido. Sotto voce se dirá que Borges está acabado, que es un ciego boludo que no se entera de nada. Se equivocan. Nunca estuvo tan lúcido como cuando le glorificaron. En definitiva era como cerrar un ciclo, y para Borges cerrar un pasado. Como sabe todo aquel que escribe, basta con olvidarlo en los fastos del presente; el resto es cuestión de dejarlo en el sillón del psicoanalista.
Y ese ciclo, tan trascendentalmente biográfico y creativo estaba dominado por aquella frase, que se le escapó en 1976, probablemente insincera: “He cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer. No he sido feliz”. ¿Por qué dice pecado? El pecado exige conciencia de pecar, como no se cansaban de explicarnos los teólogos. Hay mucha gente infeliz, pero sin pecado; porque la vida no les ha consentido otra cosa. Ellos no pudieron escoger, Borges sí.
En fin, hemos de dejarlo aquí. ¿Y la victoria póstuma? La única cosa en lo que fue coherente y radicalmente sincero Borges fue en su odio a Perón. Una diputada de la bancada peronista ha solicitado, hace unas semanas, que se trasladen los restos de Jorge Luis Borges del cementerio de Ginebra al muy porteño de La Recoleta, donde reposa su madre. ¿Hay mayor éxito biográfico que conseguir que el enemigo reconozca el deber de enterrarte con honores?
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
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