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>La lección del "caso Céline"

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Por Aurelio Arteta, catedrático de Filosofía Moral y Política de la Universidad del País Vasco. Es autor de Mal consentido. La complicidad del espectador indiferente, Alianza (EL PAÍS, 19/03/11):
Semanas atrás el ministro francés de Cultura rechazó, a causa de sus “inmundos escritos antisemitas”, el homenaje nacional que se iba a dedicar este año al escritor Louis-Ferdinand Céline en el 50º aniversario de su muerte. Creo que esa exclusión está plenamente justificada y contiene alguna lección implícita que convendría sacar a la luz. Entre otras, nos enseña las diferencias inocultables de valor entre los diversos valores y, a fin de cuentas, la primacía del valor moral sobre todos los demás.
Enseguida se dejarán oír voces de protesta. ¿A quién se le ocurre en estos tiempos comparar valores y luego atreverse incluso a declarar a unos más valiosos que otros? Si para el relativismo ambiental establecer una jerarquía entre las culturas o sus instituciones ya suena a blasfemia y medir los méritos relativos de las personas es cuando menos una operación sospechosa, ¿cómo no va a serlo pretender que hasta los valores mismos se sitúen en una escala de mayor a menor? ¿Acaso no sería más acertado considerar a los valores -los intelectuales, los religiosos, los estéticos, los políticos, los morales, etcétera- independientes entre sí y distribuidos aleatoriamente en los individuos sin marcar diferencia alguna? Pero lo cierto es que las marcamos.
¿Y por qué no podrían los franceses mantener su admiración estética al escritor, y venerarle como merece, mientras reservan para el hombre y el ciudadano más bien su repulsión moral? Sencillamente, por ser imposible conservar intacta la primera si la acompaña la segunda. Al retirarle todo mérito a Céline como sujeto moral, su indiscutible valía literaria queda como en suspenso, e incluso un tanto disminuida.
Se replicará todavía que nadie sería entonces admirable, si para ser tenido por tal fuera preciso serlo del todo y en bloque. A lo más, alguien resultará sumamente valioso en un conjunto muy escaso de valores, al tiempo que solo estimable en muchos otros y hasta despreciable en algunos. La experiencia común nos enseña que el hombre más sabio puede ser un mediocre pintor, pues la carencia de cualidades artísticas no rebaja en nada su celebrada sabiduría. Pero esa experiencia tiene su excepción precisamente en el valor moral.
En este terreno a duras penas se logra sofocar algún escándalo a la hora de enjuiciar a una eminencia falta del suficiente respaldo moral. Ahí está para probarlo el estremecimiento que siguió a la revelación del pasado nazi de Heidegger y que otro ilustre filósofo resumió en esta fórmula que no deja de sonarnos paradójica: “Martin Heidegger fue el más grande de los pensadores y el más pequeño de los hombres”. En lo que ahora nos ocupa, el alcalde de París ha sentenciado que Céline fue un “excelente escritor”, pero también un “perfecto cabrón”. Con el descubrimiento de su flaqueza moral la admiración por tan gran filósofo o por el eximio escritor no se extingue, cierto, pero ¿acaso no quedan ya sus figuras empalidecidas y en entredicho?
Y es que, frente a los demás valores, la peculiaridad de los morales estriba en ser universalmente exigibles. Como explicara Protágoras, el resto de cualidades y destrezas se reparte entre los hombres por naturaleza o por azar según cierta proporción, pues a la sociedad le basta eso para sobrevivir. Con que en nuestra ciudad haya unos pocos panaderos nos aseguramos el suministro diario de pan. Pero el “sentido moral” (el respeto y la justicia) debemos aprenderlo todos, porque su carencia arruina la vida civil o impide la vida humana a secas. Nadie puede pedirnos a todos desarrollar notables facultades musicales o intelectuales, pues no está en la naturaleza o en la vocación de cada uno llegar a ser, digamos, consumado pianista o investigador científico. Por el contrario, el descuido de las capacidades morales desde la familia y la escuela nos es reprochable, porque en ellas se contiene nuestra vocación de personas y de ciudadanos.
Así que, por volver a nuestro punto de partida, los franceses no estaban obligados a cultivar su escritura ni mucho menos a elevarse a la altura literaria de un Céline. Pero este, al igual que todos sus compatriotas en aquellas circunstancias, debía haber alcanzado la altura moral suficiente para ver en los judíos a seres humanos y denunciar su persecución y genocidio. Una sociedad se conforma con unos pocos escritores de indiscutible calidad para disfrutar de la belleza creada por la palabra. Pero un solo ciudadano al que falte la conciencia de la igual dignidad humana, como le faltó a Céline, puede destrozar la vida de muchos o consentir su destrucción.
Bien sabemos que un encumbrado carácter moral no pierde su crédito por notorios que sean sus defectos desde otros ángulos de la excelencia. Pero, al revés, es imposible admirar al genio o al artista con todo entusiasmo si sobre su conducta -privada o pública- se cierne una sombra considerable de sordidez o inhumanidad. Se diría que la excelencia moral es la que más vale porque, sin ella, las demás excelencias valen menos…
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

marzo 21, 2011 Publicado por | antisemitismo, literatura | Dejar un comentario

>Invierno Zhivago

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Por Fernando García de Cortázar, director de la Fundación Dos de Mayo, Nación y Libertad (ABC, 13/02/11):
A comienzos del siglo XX, Constantino Cavafis, un griego de la diáspora, un atildado, pequeño y modesto burgués fascinado secretamente por la vida maldita y marginal, cantaba la ansiedad de la población helena ante la llegada de los bárbaros. Para este poeta que en alas de la fantasía vivió, al mismo tiempo, en una Alejandría sometida al yugo británico y en una provincia romana de batallas e intrigas cortesanas, los bárbaros eran los de la historia antigua, y no llegaban nunca. Menos afortunado, el también apacible y sedentario Boris Pasternak sí que los vio, presenció su avalancha en 1917, su sangre y sus horrores, y quiso formar parte de ella, pero había en él un fondo de lucidez que no podía ser cegado por los profetas del comunismo, un escándalo inconsolable ante la trivialidad de la destrucción que le impidió comulgar con la fe rectilínea y simplista que exigían los padres de la Unión Soviética, un apego por la casa y la tranquila existencia de otro tiempo, en la que todo, hasta el menor detalle, «tenía el hálito de la poesía y estaba impregnado de cordialidad y pureza».
Hace varias semanas que me viene el recuerdo de Boris Pasternak, el gran poeta ruso y del mundo, el autor de El doctor Zhivago, novela a la que he vuelto las pasadas navidades con motivo de su primera traducción directa al español. Hace varias semanas que pienso en su trágico destino, que también es el destino de su personaje, Yuri Andréyevich, quien, pese a todas sus vicisitudes, muere invicto, fiel a sus incertidumbres.
Pasternak dedicó diez años a escribir El doctor Zhivago. No hay testimonios sobre su estado de ánimo el día en que fechó la última página del manuscrito, pero no me cuesta nada imaginar la extenuación y la felicidad, el repentino vacío y el estupor incrédulo de haber terminado lo que más de una vez había llamado su testamento, una novela luminosa, de una transparencia y simplicidad clásicas. Veo ahora su rostro tosco, melancólico, un rostro que tiene algo de sonámbulo, y que me resulta familiar por las muchas fotografías que se han publicado. También veo las páginas manuscritas, surcadas por los gélidos inviernos rusos, el sencillo escritorio, donde aún resuena el eco de los disparos en las calles de Moscú, la habitación en la que se ha quedado trabajando hasta tarde, con una excitación y una urgencia que, probablemente, no sentía hacía mucho tiempo.
Boris Pasternak tenía en esa época sesenta y seis años y estaba aposentado en la cima de su talento. Los guardianes de la ortodoxia apenas le permitían publicar en el sordo y mudo ámbito de la vasta prisión que era la Unión Soviética, y vivía de traducir a poetas extranjeros. Pero el torrente prodigioso de su inspiración no había cesado de fluir nunca. Ni siquiera cuando se quedó a las puertas del Gulag, y sus obras fueron retiradas de la circulación. Ni siquiera en los peores años del helado infierno estalinista, los años de la Gran Purga, del acribillamiento salvaje e indiscriminado de revolucionarios y no revolucionarios, de los arrestos y ejecuciones de escritores y artistas.
Destrucción de la vida, destrucción de la inteligencia, destrucción de los libros considerados «políticamente perjudiciales» o «de ningún valor para el lector soviético» por un espíritu criminal exacerbado. El destino de los escritores rusos del siglo pasado supera en escalofrío al del poeta Ovidio desterrado por el césar Octavio Augusto. Tsvetáieva se suicidó después de que «la barca del amor» se estrellara con la siniestra vida cotidiana. Babel fue fusilado. El Gulag acabó con Mandelshtam y la locura del silencio con Bulgakov. Maiakovski sucumbió a sus sueños sin hogar, cuando el envilecimiento de sus complicidades turbias con los bolcheviques le había quitado una parte de su dignidad, y Anna Ajmátova aguardó la muerte en un duro y acosado exilio interior.
Nadie estaba a salvo en el imperio de los susurros y de la delación. Como el poeta y médico Zhivago, Pasternak también padeció pobreza, frío, privaciones y fue considerado por las autoridades soviéticas una mala hierba que había que arrancar. Zhivago muere en 1929, justo antes de que Stalin, que ya había conquistado el poder absoluto, lanzara las acusaciones de «espionaje» y «terrorismo» contra Bujarin, el niño mimado del partido bolchevique, el protector de las artes y las letras. Pasternak sobrevivió al zar soviético, pero a costa de quedar sepultado bajo las cenizas a media frase, como el pueblo de Pompeya; a costa de convertirse en una sombra de sí mismo, alguien que alguna vez fue algo, un personaje misterioso y algo chiflado que en cierta ocasión había escrito los más hermosos poemas en lengua rusa. Precisamente, durante los diez años que empeñó en la escritura de El doctor Zhivagonada preocupó más a Pasternak que contar fielmente la vida difícil de unos seres que se ven arrastrados y desbaratados por un fanatismo que no comparten, por causas que les superan y de las que solo pueden ser comparsas o víctimas, o las dos cosas a la vez. Nada, en esos años, le volvía más consciente de su propia fragilidad que reflejar con prosa poética las devastaciones que la Historia con mayúsculas produce en ciertos espíritus sensibles. Él mismo, mientras escribe la novela, se ve en el espejo de Zhivago, un hombre débil, amante de la verdad, de la naturaleza, de la poesía, perplejo ante los acontecimientos, receloso ante los dogmas, un hombre que, en medio de la Revolución y la guerra civil, del hambre y los atropellos políticos, defiende con tesón esa patria interior que Goethe llamó ciudadela.
A esa cuestión —¿cómo permanecer libre cuando los valores nobles de la vida, cuando nuestra paz, nuestra independencia, nuestro derecho a ser como somos y todo cuanto hace nuestra existencia más pura, el amor, la búsqueda de la verdad, la creación artística, la espiritualidad, la fe, son aplastados en nombre de una ideología?— y solo a ella dedicó Pasternak diez años de su genio literario. También —pienso ahora— es esa búsqueda de la salvación espiritual, de la salvación de la dignidad personal en una época que la había abolido, en un tiempo de generalizado servilismo a partidos e ideologías, la que convierte al poeta y novelista ruso en un héroe de nuestro tiempo.
Hoy, más de cincuenta años después, resulta difícil entender el escándalo que provocó la publicación de El doctor Zhivago. Hoy cuesta entender el oleaje de ira popular organizado en Moscú cuando se concedió el Premio Nobel a su autor, y más aún los gritos en Francia y en Italia acusando a Pasternak de no entender su época, de quedarse rezagado respecto del tren de la Historia. Hoy sabemos que aquel fabuloso tren que corría hacia el futuro paraba en los campos helados del Gulag, de los que muchos no regresaron, como la Larisa de la novela, que, según nos cuenta el narrador, desapareció quién sabe dónde, «olvidada bajo un número sin nombre de una lista que se perdió más tarde, en uno de aquellos innumerables campos de concentración comunes o femeninos del norte».
Hoy quedan las palabras, que se mezclan con las poderosas imágenes de la película y su conmovedora banda sonora, queda la historia de un amor truncado por las furias de la Revolución, permanece la sombra del poeta despreciado y censurado por el poder, de quien se dijo que parecía un príncipe árabe con su caballo. El hombre que, según Anna Ajmátova, hablaba a los bosques, el que, vencido por la enfermedad y el desengaño, «se convirtió en un grano de trigo portador de vida, o en la primera lluvia, que a él tanto le gustaba cantar».
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

febrero 21, 2011 Publicado por | literatura | Dejar un comentario

>La obra de José Emilio Pacheco, en sus «aproximaciones»

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Por José Miguel Oviedo (ABC, 24/04/10):
Al margen de eso, su admirable versión de «Four Quartets» de T. S. Eliot, a la que ha dedicado largas décadas, sigue inédita hasta hoy. Todo esto hace evidente que traducir es uno de los aspectos más significativos -y, en verdad, muy personales- en su multifacética obra literaria
Los lectores de «Tarde o temprano», la recopilación general de la poesía de José Emilio Pacheco, publicada por primera vez en 1980, encontrarán al final del volumen una sección titulada «Aproximaciones, 1958-1978», que contiene lo que puede considerarse el grueso de sus traducciones poéticas realizadas hasta entonces. La variedad que ofrecen esas traducciones es amplísima: cubre todas las épocas, varias lenguas y muchos tonos y estilos. El simple número de las versiones es impresionante: representan más o menos la cuarta parte del total de los textos en esa edición.
En las dos siguientes reediciones (1986 y 2000) esa sección ha crecido aún más hasta llegar a convertirse en un corpus tan vasto que el autor ha tenido que desgajarlo de la última reedición de 2009, pues casi iguala las 800 páginas de su obra personal para ir a formar un libro autónomo que será publicado este año por la editorial Era en México. Al margen de eso, su admirable versión de «Four Quartets» de T. S. Eliot, a la que ha dedicado largas décadas, sigue inédita hasta hoy. Todo esto hace evidente que traducir es uno de los aspectos más significativos -y, en verdad, muy personales- en su multifacética obra literaria.
La estrecha relación entre su poesía y la que traduce plantea interesantes cuestiones cuyo examen puede revelar mucho sobre qué clase de poeta es Pacheco. En primer término, cabe notar que en este caso las dos fases están íntimamente ligadas porque comparten un conjunto de alusiones, resonancias y correspondencias, como si todo fuese obra de un solo autor. Por un lado sus «aproximaciones» ofrecen una variante o versión posible en nuestra lengua de lo que otro poeta escribió en la suya; por otro lado, son intentos por acercar o reactualizar textos -a veces muy remotos u olvidados-, asimilarlos a su obra y, por esa vía, incorporarlos a nuestra tradición.
Existe una razón adicional para no presentarlas como traducciones: en muchos casos son versiones a partir de otras versiones, no de la lengua original, si ésta le es desconocida. Pero en muy pocos casos son directas o estrictas del texto básico, sino interpretaciones muy personales hechas con la intención de que suenen como poemas escritos en nuestra lengua: algo nuevo y válido en sus propios términos.
Recordemos que para los hombres del Renacimiento, y por cierto para Cervantes, la traducción era, desde Juan Luis Vives, esencial en la cultura humanística, cuya alta dignidad estética residía en transmitir el sentido del pensamiento, no meramente el significado de las palabras.
Lo notable es que Pacheco les presta a sus «aproximaciones» una voz inconfundiblemente suya, pese a que debe adaptarse a una miríada de voces muy diversas.
Es fácil darse cuenta de que su propia obra es, de manera eminente, la de un gran lector: un lector voraz pero reflexivo, apasionado pero riguroso. Podría decirse que su arte creador consiste en la absorción y el reprocesamiento de todo lo que lee, aunque nunca resulte simplemente derivativo o libresco. Escribe con la firme convicción de que todo poema es un «ser vivo», que renace periódicamente y que, a lo largo del tiempo, puede llegar a significar algo muy distinto de lo que significó en su momento. Cada acto de lectura crea infinitas posibilidades porque nos permite ingresar e intervenir en cualquier texto casi como si fuese nuestro.
La poesía existe en el mismo flujo del tiempo propio de toda creación humana. Pacheco es un gran poeta de la temporalidad, como lo subrayan el título «No me preguntes cómo pasa el tiempo» y tantos otros en su obra. Para él, el acto poético se inscribe dentro de un circuito de lecturas y relecturas, de escrituras y reescrituras. Una forma específica de relectura y reescritura es la traduccción, que en el taller literario de Pacheco cobra una alta perfección. Para ilustrarlo baste un ejemplo.
Su serie «Lectura de la Antología Griega» contiene traducciones de 25 poetas recogidos en ese repertorio, que fue recopilado, organizado y traducido primero al inglés y luego a otras lenguas; Pacheco ha usado las numerosas versiones al inglés que existen, aparte de haber consultado las versiones en latín. Pese a ello, la suya no es una traducción que pretenda ser erudita o arqueológicamente literal; al contrario: es sobre todo una modernización de esos antiguos textos que redescubre su espíritu y su sentido profundos interpretados por un poeta de nuestro tiempo. Lo que debe de haber atraído su atención es el tono sentencioso y condensado de esos poemas, que a veces no exceden las dos líneas.
Si el lector repasa la obra del autor comprobará que en ella predomina el mismo tono. Era casi natural que lo tentase la idea de traducir poemas y reescribirlos como si fuesen propios: salvo por los nombres de los respectivos autores, no hay prácticamente modo de distinguirlos de su propia obra, pues se funden en una sola unidad y suenan como textos de la misma época, e incluso como si perteneciesen a nuestra lengua. Un caso paradigmático es el que ofrece un epigrama de Arquíloco, poeta del siglo VII, que reitera obsesivamente el nombre de un tal Leófilo como emblema del poder absoluto:
Ahora en el país manda sólo Leófilo.
No se oye sino a Leófilo.
Todo repta a los pies de Leófilo.
Esas imágenes evocan en él una larga experiencia de la vida política mexicana, y para hacer suya la visión del poeta griego le basta ponerle como título «Candidato del PRI».
Aunque la operación parezca simple, en realidad es muy sutil: se apoya en la homologación de textos y contextos muy distintos, con la convicción de que al leer un poema lo acercamos a nuestra época y podemos apropiarnos de él para darle nueva vida.
Las voces poéticas se intercambian dentro de un ciclo que niega los límites del tiempo y el espacio. Pacheco ha asumido plenamente la bien conocida noción de que la poesía se hace entre todos.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

mayo 2, 2010 Publicado por | literatura | Dejar un comentario

>El Cervantes y las comadres de Windsor

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Por J.J. Armas Marcelo (ABC, 23/04/10):
En los primeros 80, un grupo de escritores iberoamericanos, en su mayoría mexicanos, se reunieron en la Universidad de Windsor. A esa jarca, desde el mismo México, se le comenzó a llamar «el grupo de Windsor». Allí estuvieron Eduardo Lizalde, Sergio Pitol, Fernando del Paso, Arturo Azuela, Bryce Echenique, José Emilio Pacheco, Salvador Elizondo y otros muchos. Un par de años más tarde, Azuela concibió un híbrido intelectual incorporando al primigenio Windsor otros muchos escritores de lengua española. Desde Carlos Barral y Jorge Edwards, a José Esteban, Sánchez Dragó, Caballero Bonald, Ángel González, Luisa Valenzuela, Margo Glatz, Vaz de Soto, yo mismo y algunos otros de los que me olvido ahora. Fuera de ese grupo quedó, por arbitrariedades del momento, un tipo de la envergadura intelectual y literaria de Moreno-Durán, llamado por todos nosotros «RH Positivo», que se vengó de su exclusión perpetrando en la revista Quimera un artículo sensacional, con título de comedia de Shakespeare: Las alegres comadres de Windsor. En él se daba cuenta, sin perder un ápice de la ironía cercana al sarcasmo intelectual del colombiano, de nuestros viajes, idas y venidas por el mundo literario mexicano, visitas a universidades gringas y francachelas que han pasado a la memoria vital y escrita de algunos de nosotros. A mí, me adornaba especialmente bautizándome como el vagabundo de las islas.
Ese equipo, que en el fondo no éramos más un grupo de escritores entonces todos amigos, irritaba a mucha gente y nos ganó muchos enemigos de la literatura y los medios culturales que, durante un tiempo, nos miraron como unos sospechosos privilegiados de la vida. Un día, Octavio Paz almorzaba con Barral en su casa de Reforma, en el Distrito Federal, y aprovechando la ocasión de la cercanía física le espetó de repente a modo de reproche: «¿Qué, Carlos, otra vez en el mismo lugar y con la misma gente?». Desde entonces, desde que Barral nos lo contó, asumimos como «himno» del grupo la canción mexicana cuyo estribillo central reza así: «Por eso aún estoy en el lugar de siempre,/en la misma ciudad/y con la misma gente…». Quien mejor cantaba esa canción era Bryce Echenique, con su voz arrastrada de dipsómano irredento, que raspaba las palabras en la garganta como si les echara encima media botella de tequila.
El centro de reunión internacional de ese grupo fue durante dos o tres años (desde el 81 al 84, aproximadamente) México, Distrito Federal. Nos alojábamos en el entonces fantástico hotel Ciudad de México, y asistíamos todos a la Feria del Libro Internacional que se celebraba en el Palacio de Minería, a tiro de piedra de nuestro hotel. Por regla general, no dormíamos, sino que las juergas se unían en la noche con el día y en el día seguíamos la francachela con cara de escritores serios en las reuniones y conferencias del Palacio de Minería. Les confieso, en nombre de casi todos, que estábamos deseando terminar para pasarnos, de inmediato, a una taberna genial, muy literaria, que estaba a unos metros del Palacio de Minería. Se llamaba La Ópera y durante muchos años no dejaron entrar allí a las mujeres. Pero, un año de aquellos en los que perduraba la prohibición, Ugné Karvelis, la lituana ex mujer de Cortázar, entró como un caballo en una cacharrería dando gritos en francés y protestando por no poder estar en el mismo cafetín en que estábamos los hombres. Nadie le llevó la contraria. A mi lado estaban Eduardo Lizalde y José Emilio Pacheco, que se reían del atrevimiento de la lituana con una carcajada literaria inolvidable. Poco después Lizalde le recitaba a la Karvelis sus mejores poemas de amor con su voz de pozo seco, mientras los demás aplaudíamos a rabiar las intervenciones poéticas del mexicano.
Ahora veo con nostalgia de viejo verde una foto de aquellas queridas comadres del grupo de Windsor en la Universidad de Notre Dame, Illinois. Estamos casi todos, pero lo más espectacular es ver que en esa foto, casi sepia ya por el paso del tiempo, hay un premio Príncipe de Asturias, el poeta Ángel González, y tres premios Cervantes: Jorge Edwards, Sergio Pitol y José Emilio Pacheco. Quiero decir que el grupo se deshizo en la nada, como grupo, pero que cada uno de aquellos mosqueteros de la literatura seguimos nuestro camino de escritura con cuanta vitalidad pudimos reservar para ese mismo vicio y menester de la literatura.
Algunos miembros eclécticos de aquel grupo de comadres escritores y escritoras seguimos viéndonos y celebrando la vida y la literatura en cualquier rincón del mundo. Recuerdo la tarde en la que le concedieron el Cervantes a Jorge Edwards. Yo estaba en Barcelona. Había recibido, junto con Eduardo Sotillos, el premio de La Nit de la Edició en la Ciudad Condal, por el programa de TVE Los libros, pero mi verdadera ilusión es que aquel día Jorge Edwards fuera por fin Cervantes.
En la tarde me fui a la oficina de Carmen Balcells y allí, después de más de dos horas de espera, recibimos la gran noticia. Edwards, sin embargo, tardó en aparecer por lo menos dos horas más. «Estará en labores propias de su sexo», le dije a Vargas Llosa por teléfono. Recuerdo también el día que le dieron el Cervantes a Sergio Pitol. Se hospedaba en el tristemente desaparecido y siempre literario hotel Suecia, en Madrid. En el bar, un remolino de escritores locos, encabezados por Enrique Vila-Matas y César Antonio Molina celebrábamos, en mesas esparcidas por el local, el que a un escritor que admirábamos -yo lo leía desde los primeros 70- y con el que habíamos coincidido en el grupo de las alegres comadres de Windsor, Sergio Pitol, con todos los merecimientos literarios del mundo, fuera premio Cervantes. Y, finalmente, recuerdo cuando el año pasado le dieron el premio Cervantes a José Emilio Pacheco, cuyo libro La edad de las tinieblas es el último de los suyos que he leído con fruición.
Mi médico y amigo Antonio Manrique me llamó un mes más tarde para decirme que estaba haciendo un crucigrama y que le pedían el apellido del último premio Cervantes. «Pacheco», le dije. Y le añadí que era un magnífico poeta del que le leería, cuando volviéramos a vernos, un poema impresionante que lo calificaba como un poeta verdadero, que es lo mejor, a mi modo de ver nada humilde, que se le puede decir a un poeta (a muy pocos poetas): que tiene voz y que esa voz es verdadera. Pocos días después fuimos a comer algunos amigos, entre los que estaba el doctor Manrique, el ingeniero José María Tío y José Esteban. Y allí, a los postres, en el Café Gijón, leí para los comensales el poema de Pacheco titulado Alta traición: «No amo a mi patria./ Su fulgor abstracto/ es inasible. Pero (aunque suene mal) daría la vida/ por diez lugares suyos,/ cierta gente,/ puertos, bosques de pino, fortalezas,/una ciudad deshecha, /gris, monstruosa,/ varias figuras de la historia,/ montañas/ y tres o cuatro ríos». A quienes todavía no saben para qué sirve la poesía, les vendría muy bien leer a José Emilio Pacheco, poeta verdadero, premio Cervantes, un ciudadano integral de la lengua española. Un tipo cuyo talento poético e intelectual, y cuya integridad personal, jamás le han permitido el frívolo lujo (tan de moda y aplaudido) de escribir mal.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

mayo 2, 2010 Publicado por | literatura | Dejar un comentario

>La generación privilegiada

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Por Margarita Rivière, periodista y escritora (EL PAÍS, 11/04/10):
Este artículo no está escrito por una máquina. La advertencia, pese a la fotografía y la firma, pronto será imprescindible. Hace pocos días (9/03/2010) Ives Eudes explicaba en el diario Le Monde que entramos en La era de los robots-periodistas. Una simple crónica del partido entre los Minnesota Twins y los Texas Rangers, por ejemplo, venía ya firmada por The Machine (La Máquina). Ideada por dos profesores de la universidad Northwest (Illinois), el periodista-máquina es fruto de un programa de inteligencia artificial llamado Status Monkey, actualmente en pruebas.
El periodista francés explica cómo esa máquina rastrea todos los datos, todos los estilos de escritura y es capaz de redactar una crónica desde el punto de vista del que juega en casa o del visitante y, de acuerdo con las instrucciones del editor, sólo informar o bien animar a la afición. El invento puede aplicarse a cualquier rama del periodismo y se ha especializado en el seguimiento integral de la actualidad. Un programa similar ya ha creado en Estados Unidos un telediario, News at seven, en Internet presentado por Zoe y George, dos seres virtuales, naturalmente.
¿A alguien le extraña que un robot suplante a un supuesto trabajador intelectual o que unos homínidos sustituyan a los presentadores de carne y hueso? ¿No hay ya periodistas y presentadores que parecen dóciles máquinas de absoluta disponibilidad? ¿Y no es real la perspectiva de un robot-escritor de best sellers o, por qué no, de poesía? Uf. ¿Para qué van a hacer falta escritores, periodistas o gente que, simplemente, piense, si eso ya resulta mucho más fácil gracias a una máquina capaz de procesar en segundos millones de datos? Añadamos que una máquina no reclama ni copyright ni derecho alguno de propiedad intelectual.
Ignoro si existe el pintor-robot, el artista-máquina, pero cosas tan impensables como que los chinos fueran propietarios de buena parte de la riqueza de los Estados Unidos, o los árabes de las tradiciones inglesas y unos rusos se hicieran con la propiedad de periódicos británicos, o que los alemanes pudieran comprar media Grecia y Dios sabe qué más maravillas geopolíticas, todo eso hoy es perfectamente real y no parece extrañar a nadie.
Hace pocos días, en Australia, reconocían oficialmente algo que no existía todavía: un nuevo sexo, el neutro (soy incapaz de definirlo más allá de su propio nombre, pero parece que no tiene que ver con la transexualidad, hoy muy déjà vu). Y se aplaude y jalea el genio de Mark Zukerberg (amo de Facebook) que insiste en optimizar los beneficios (para sí mismo) del “negocio de la intimidad” y al espíritu borreguil del tecnocratismo de pacotilla.
El ex canciller Helmut Schmidt en su espléndida autobiografía (Fuera de servicio, Icaria) recién aparecida, hace un impecable inventario de las maravillas que el “capitalismo de rapiña” (sic) movido por una codicia infecciosa (la infectious greed (sic) de Alan Greenspan) deja como herencia cultural y moral. Pero el ex canciller es ya algo muy antiguo que no hace otra cosa que advertir al personal sobre las ventajas de la democracia y de la necesidad del reparto de la riqueza global, comparándolas con las necedades -y vicios- de la cultura neocon que, por lo que se ve, no va a desaparecer sin antes dejar muchísimos damnificados sobre la tierra.
Con el robot-periodista inventado, queridos amigos, ya puede esperarse cualquier cosa y parece muy claro que las personas, el humanismo y la humanidad entera, sobran. Cuando no queda lugar sobre la tierra a lo más propio de los seres humanos, la capacidad de pensar, de relacionar cosas y atar cabos sobre la realidad -esa anomía sin sentido es lo que vemos todos los días en todos los terrenos- no cabe hablar de crisis sino de revolución, de vuelco. Hace años (en 1992, nada menos), el periodista André Fontaine, director de Le Monde durante muchos años, lo definió, en una entrevista que le hice, como “la revolución de las dimensiones (de tiempo y espacio)”.
Quienes pertenecemos a la denostada generación sesentaiochista y seguimos pensando que el futuro ultraconsumista, regido por el valor del dinero se barruntaba ya en los años setenta -véase ¡horror! Marcuse- contemplamos el actual trajín con tanta preocupación como distancia. También nos permitimos un suspiro de alivio: pertenecemos a una ¡generación privilegiada! que conoció la realidad real pese a no vivir más guerras que las económicas. Situados entre la píldora y el sida, fuimos testigos de cómo el sexo pasaba de ser pecado a convertirse en obligación, y vimos cómo la censura política se transformaba en censura económica, mientras las ideologías dejaban paso a los intereses.
Ni los periodistas ni los escritores de esa generación -que hizo que el mundo descubriera a los jóvenes y a las mujeres- imaginamos que tendríamos que competir con robots, como si el humanismo y la información fueran un campo de patatas. No creo que lo mereciéramos, pero la nuestra -por otras muchas razones que un día explicaré- fue, desde luego, una generación privilegiada.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

abril 27, 2010 Publicado por | literatura, periodismo | Dejar un comentario

>Lisbeth Salander debe vivir

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Por Mario Vargas Llosa. © Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2009.© Mario Vargas Llosa, 2009 (EL PAÍS, 06/09/09):

Comencé a leer novelas a los 10 años y ahora tengo 73. En todo ese tiempo debo haber leído centenares, acaso millares de novelas, releído un buen número de ellas y algunas, además, las he estudiado y enseñado. Sin jactancia puedo decir que toda esta experiencia me ha hecho capaz de saber cuándo una novela es buena, mala o pésima y, también, que ella ha envenenado a menudo mi placer de lector al hacerme descubrir a poco de comenzar una novela sus costuras, incoherencias, fallas en los puntos de vista, la invención del narrador y del tiempo, todo aquello que el lector inocente (el “lector-hembra” lo llamaba Cortázar para escándalo de las feministas) no percibe, lo que le permite disfrutar más y mejor que el lector-crítico de la ilusión narrativa.

¿A qué viene este preámbulo? A que acabo de pasar unas semanas, con todas mis defensas críticas de lector arrasadas por la fuerza ciclónica de una historia, leyendo los tres voluminosos tomos de Millennium, unas 2.100 páginas, la trilogía de Stieg Larsson, con la felicidad y la excitación febril con que de niño y adolescente leí la serie de Dumas sobre los mosqueteros o las novelas de Dickens y de Victor Hugo, preguntándome a cada vuelta de página “¿Y ahora qué, qué va a pasar?” y demorando la lectura por la angustia premonitoria de saber que aquella historia se iba a terminar pronto sumiéndome en la orfandad. ¿Qué mejor prueba que la novela es el género impuro por excelencia, el que nunca alcanzará la perfección que puede llegar a tener la poesía? Por eso es posible que una novela sea formalmente imperfecta, y, al mismo tiempo, excepcional. Comprendo que a millones de lectores en el mundo entero les haya ocurrido, les esté ocurriendo y les vaya a ocurrir lo mismo que a mí y sólo deploro que su autor, ese infortunado escribidor sueco, Stieg Larsson, se muriera antes de saber la fantástica hazaña narrativa que había realizado.

Repito, sin ninguna vergüenza: fantástica. La novela no está bien escrita (o acaso en la traducción el abuso de jerga madrileña en boca de los personajes suecos suena algo falsa) y su estructura es con frecuencia defectuosa, pero no importa nada, porque el vigor persuasivo de su argumento es tan poderoso y sus personajes tan nítidos, inesperados y hechiceros que el lector pasa por alto las deficiencias técnicas, engolosinado, dichoso, asustado y excitado con los percances, las intrigas, las audacias, las maldades y grandezas que a cada paso dan cuenta de una vida intensa, chisporroteante de aventuras y sorpresas, en la que, pese a la presencia sobrecogedora y ubicua del mal, el bien terminará siempre por triunfar.

La novelista de historias policiales Donna Leon calumnió a Millennium afirmando que en ella sólo hay maldad e injusticia. ¡Vaya disparate! Por el contrario, la trilogía se encuadra de manera rectilínea en la más antigua tradición literaria occidental, la del justiciero, la del Amadís, el Tirante y el Quijote, es decir, la de aquellos personajes civiles que, en vista del fracaso de las instituciones para frenar los abusos y crueldades de la sociedad, se echan sobre los hombros la responsabilidad de deshacer los entuertos y castigar a los malvados. Eso son, exactamente, los dos héroes protagonistas, Lisbeth Salander y Mikael Blomkvist: dos justicieros. La novedad, y el gran éxito de Stieg Larsson, es haber invertido los términos acostumbrados y haber hecho del personaje femenino el ser más activo, valeroso, audaz e inteligente de la historia y de Mikael, el periodista fornicario, un magnífico segundón, algo pasivo pero simpático, de buena entraña y un sentido de la decencia infalible y poco menos que biológico.

¡Qué sería de la pobre Suecia sin Lisbeth Salander, esa hacker querida y entrañable! El país al que nos habíamos acostumbrado a situar, entre todos los que pueblan el planeta, como el que ha llegado a estar más cerca del ideal democrático de progreso, justicia e igualdad de oportunidades, aparece en Los hombres que no amaban a las mujeres, La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina y La reina en el palacio de las corrientes de aire, como una sucursal del infierno, donde los jueces prevarican, los psiquiatras torturan, los policías y espías delinquen, los políticos mienten, los empresarios estafan, y tanto las instituciones y el establishment en general parecen presa de una pandemia de corrupción de proporciones priístas o fujimoristas. Menos mal que está allí esa muchacha pequeñita y esquelética, horadada de colguijos, tatuada con dragones, de pelos puercoespín, cuya arma letal no es una espada ni un revólver sino un ordenador con el que puede convertirse en Dios -bueno, en Diosa-, ser omnisciente, ubicua, violentar todas las intimidades para llegar a la verdad, y enfrentarse, con esa desdeñosa indiferencia de su carita indócil con la que oculta al mundo la infinita ternura, limpieza moral y voluntad justiciera que la habita, a los asesinos, pervertidos, traficantes y canallas que pululan a su alrededor.

La novela abunda en personajes femeninos notables, porque en este mundo, en el que todavía se cometen tantos abusos contra la mujer, hay ya muchas hembras que, como Lisbeth, han conquistado la igualdad y aun la superioridad, invirtiendo en ello un coraje desmedido y un instinto reformador que no suele ser tan extendido entre los machos, más bien propensos a la complacencia y el delito. Entre ellas, es difícil no tener sueños eróticos con Monica Figuerola, la policía atleta y giganta para la que hacer el amor es también un deporte, tal vez más divertido que los aerobics pero no tanto como el jogging. Y qué decir de la directora de la revista Millennium, Erika Berger, siempre elegante, diestra, justa y sensata en todo lo que hace, los reportajes que encarga, los periodistas que promueve, los poderosos a los que se enfrenta, y los polvos que se empuja con su esposo y su amante, equitativamente. O de Susanne Linder, policía y pugilista, que dejó la profesión para combatir el crimen de manera más contundente y heterodoxa desde una empresa privada, la que dirige otro de los memorables actores de la historia, Dragan Armanskij, el dueño de Milton Security.

La novela se mueve por muy distintos ambientes, millonarios, rufianes, jueces, policías, industriales, banqueros, abogados, pero el que está retratado mejor y, sin duda, con conocimiento más directo por el propio autor -que fue reportero profesional- es el del periodismo. La revista Millennium es mensual y de tiraje limitado. Su redacción, estrecha y para el número de personas que trabajan en ella sobran los dedos de una mano. Pero al lector le hace bien, le levanta el ánimo entrar a ese espacio cálido y limpio, de gentes que escriben por convicción y por principio, que no temen enfrentar enemigos poderosísimos y jugarse la vida si es preciso, que preparan cada número con talento y con amor y el sentimiento de estar suministrando a sus lectores no sólo una información fidedigna, también y sobre todo la esperanza de que, por más que muchas cosas anden mal, hay alguna que anda bien, pues existe un órgano de expresión que no se deja comprar ni intimidar, y trata, en todo lo que publica e investiga, de deslindar la verdad entre las sombras y veladuras que la ocultan.

Si uno toma distancia de la historia que cuentan estas tres novelas y la examina fríamente, se pregunta: ¿cómo he podido creer de manera tan sumisa y beata en tantos hechos inverosímiles, esas coincidencias cinematográficas, esas proezas físicas tan improbables? La verosimilitud está lograda porque el instinto de Stieg Larsson resultaba infalible en adobar cada episodio de detalles realistas, direcciones, lugares, paisajes, que domicilian al lector en una realidad perfectamente reconocible y cotidiana, de manera que toda esa escenografía lastrara de realidad y de verismo el suceso notable, la hazaña prodigiosa. Y porque, desde el comienzo de la novela, hay unas reglas de juego en lo que concierne a la acción que siempre se respetan: en el mundo de Millennium lo extraordinario es lo ordinario, lo inusual lo usual y lo imposible lo posible.

Como todas las grandes historias de justicieros que pueblan la literatura, esta trilogía nos conforta secretamente haciéndonos pensar que tal vez no todo esté perdido en este mundo imperfecto y mentiroso que nos tocó, porque, acaso, allá, entre la “muchedumbre municipal y espesa”, haya todavía algunos quijotes modernos, que, inconspicuos o disfrazados de fantoches, otean su entorno con ojos inquisitivos y el alma en un puño, en pos de víctimas a las que vengar, daños que reparar y malvados que castigar. ¡Bienvenida a la inmortalidad de la ficción, Lisbeth Salander!

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

septiembre 12, 2009 Publicado por | literatura | Dejar un comentario

>Graham Greene: el lado peligroso de las cosas

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Por Juan Pablo Fusi (ABC, 05/09/09):

«Si tuviese que escoger un epitafio para todas las novelas que he escrito», escribió Graham Greene en uno de sus libros autobiográficos, Una especie de vida (1971), «sería de Apología del obispo Blougram», un poema de Robert Browning, escrito en 1855: «Nuestro interés está en el lado peligroso de las cosas/ el ladrón honesto, el asesino afectuoso/ el ateo supersticioso…». Greene (1904-1991) escribió 24 novelas (y 54 libros: novelas, libros de viaje, relatos autobiográficos, guiones de cine, ensayo, críticas, obras de teatro, relatos cortos). Algunas de sus novelas fueron, efectivamente, lo que él mismo llamaría «entretenimientos». Pero las más fueron, también en sus propias palabras, «novelas serias», novelas perfectamente construidas, escritas con excepcional maestría técnica, un estilo moderno y ágil y un gran sentido de la acción y de las situaciones (aunque Greene se consideraba entre los «buenos» pero no entre los «grandes» novelistas contemporáneos). Casi todas ellas (Brighton parque de atracciones, El tren de Estambul, El poder y la gloria, El revés de la trama, El tercer hombre, El fin de la aventura, El americano tranquilo, El cónsul honorario, Los comediantes, Nuestro hombre en La Habana, El factor humano…) fueron obras de gran éxito: Greene vendió en vida en torno a 24 millones de ejemplares de sus libros. Varias fueron llevadas al cine: El tercer hombre (1950), concretamente, fue primero un guión cinematográfico y luego una novela corta. Fuese como fuese, Greene tenía razón en un punto. El tema recurrente de sus novelas fue, en efecto, el filo peligroso de las cosas: el crimen, la traición, la deslealtad, el espionaje, la violencia; y con ellos, los sentimientos de culpa y arrepentimiento, la ansiedad y el sufrimiento moral, la necesidad de elegir entre el bien y el mal.

El poder y la gloria (1940), por ejemplo -por cierto, su mejor novela-, era la historia de la persecución por las tropas revolucionarias mexicanas de un cura alcoholizado -y con una hija natural- que no obstante su desorden moral y vida religiosa indigna tiene el valor y el sentido vocacional suficientes para llevar la religión, a costa de su vida, a los pueblos perdidos en el interior del estado mexicano de Tabasco, en plena represión religiosa. El revés de la trama (1948) abordaba los graves problemas de conciencia -salvación, condenación- que, para Greene, plantea la moral católica: la historia de un oficial colonial británico, católico y recto, en Sierra Leona que, por compasión hacia su mujer, opta por comulgar sacrílegamente y finalmente, abrumado por la culpa, por suicidarse. El tercer hombre (1950) era un relato sobre traición y lealtad en la amistad, y sobre la ambigüedad del mal, bajo la forma de una apasionante historia de tráfico de medicinas adulteradas en la Viena ocupada de la posguerra. El fin de la aventura (1951) era una historia de amor, en el Londres de la II Guerra Mundial, saturada de obsesiones religiosas. El americano tranquilo (1955) narraba la relación triangular en el Saigón de los años finales de la dominación francesa y de inicio de la intervención norteamericana en la región, entre un cínico y ya veterano periodista británico (Fowler), una joven vietnamita (Phuong) y un joven agente americano (Pyle), que detestaba el colonialismo y el comunismo y trabajaba en la formación de una fuerza militar anticomunista como garantía de la estabilidad del país. El factor humano (1978), por poner un último ejemplo, era una historia de amor y espionaje, la historia de Maurice Castle, un miembro de los servicios secretos británicos que por amor a su mujer Sarah, una joven comunista negra surafricana, optó por pasar información secreta sobre África a la Unión Soviética a cambio de que el espionaje ruso salvase a Sarah de la Policía surafricana.

Greene dio, pues, con un gran tema, un tema intenso, profundo: la ambigüedad moral del hombre. Los personajes de sus novelas -el cura mexicano; Scobie, el oficial colonial inglés; Harry Lime, en El tercer hombre; Fowler, Pyle, en El americano tranquilo; Castle; Smith, Jones y Brown en Los comediantes (1966); Charles Fortnum, en El cónsul honorario (1973)…- eran, en efecto, casi siempre tipos desplazados, anodinos, excéntricos, semimarginales y de moralidad vacilante e incierta, que viven en lugares exóticos, desolados (regiones tropicales de México, África occidental, Vietnam, Haití, la frontera entre Argentina y Paraguay, escenario de El cónsul honorario…), y que están de alguna forma forzados a vivir y decidir en situaciones extremas, en el filo peligroso de la vida. La literatura de Greene combinó, así, la novela de aventuras, que él tomó de Conrad, Buchan y Rider Haggard, con preocupaciones religiosas y dilemas morales. O si se prefiere, y como se ha dicho, Greene fue una mezcla de Mauriac y Malraux, con ingredientes de Somerset Maugham. Le molestaba que se le considerase como escritor «católico», pero lo cierto es que Greene -un agnóstico pese a su conversión al catolicismo- pensaba, como Mauriac, que sólo la novela con sentido religioso captaba la importancia de la vida humana.

Con su universo de personajes sórdidos en lugares igualmente sórdidos -lo que se llamó Greeneland-, Greene fue, en palabras del escritor británico William Golding, el cronista de la ansiedad y la conciencia morales del siglo XX, un siglo en el que los criterios del bien y del mal naufragarían, clamorosamente, en la ambigüedad y el relativismo. Graham Greene -un hombre alto, bien parecido, de ojos transparentemente azules, elegante, reservado, huidizo, solitario (aunque tuviese buenos amigos: Eliot, Waugh, Read, Tom Burns, Ian Fleming, Korda, etcétera)- encarnó en buena medida las contradicciones y ambigüedades morales de sus personajes literarios. Terriblemente inglés, hijo del director de un colegio y educado en Oxford, viajó con frecuencia a países y lugares peligrosos y conflictivos. Mantuvo una relación singular con el catolicismo. Trabajó para los servicios secretos británicos durante la II Guerra Mundial (en Liberia y Sierra Leona). Casado con Vivien Dayrell-Browning -para casarse con ella se convirtió, en 1926, al catolicismo-, fue un marido infiel, un hombre mujeriego y adicto a la prostitución, un padre desastroso.

La literatura era para él un medio de escapar de la monotonía, de la mediocridad. Le fascinó el mundo del espionaje, de la traición (o de «la lealtad diferente», como hace decir a un personaje de El factor humano, donde el protagonista, Castle, termina viviendo en Moscú sin otras amistades que otros espías británicos huidos a la URSS, tratados con comprensión en la novela y trasunto evidente de Philby, Burgess y Maclean, los espías de Cambridge). Antiamericano -un prurito de superioridad británica-, simpatizante de Torrijos y Castro, de Ho Chi Minh y Allende, pero también de Dayán, el formidable general israelí -Greene no tuvo simpatía alguna por el mundo islámico; por su parte, Reagan y Juan Pablo II le parecieron un “horror”-, vivió confortablemente en Londres, Capri y Antibes. Separado de Vivien en 1948, hubo otras cinco mujeres importantes en su vida, pero solía llevar consigo la lista anotada de sus 47 prostitutas favoritas. Al final, Graham Greene vivía en Vevey (Suiza), con Ivonne Cloetta, y murió allí el 3 de abril de 1991.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

septiembre 12, 2009 Publicado por | literatura | Dejar un comentario

>El placer del abismo

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Por J. Ernesto Ayala-Dip, crítico literario (EL PAÍS, 03/09/09):

Todos los caminos de la novela policíaca conducen al mal. Palabra tabú durante siglos, deviene ahora un concepto con el que se coquetea. Una compleja connivencia, y hasta a veces se diría insondable fascinación. La posmodernidad ahora mismo permite al mal circular entre los devotos de las profundidades humanas sin el temor antiguo a invocar una realidad innombrable. Tal vez nunca en la historia de la humanidad ha estado el mal tan instalado en la vida cotidiana como en los siglos XX y XXI. Como concepto y como experiencia infernal. “Aquí nosotros somos Dios”, le dijo un torturador argentino a una detenida para señalarle su absoluta indefensión ante su abyecta arbitrariedad. Eso pasaba en un antiguo garaje en Buenos Aires, a pocos metros de un mercado y de una juguetería. El mal absoluto ante nuestras propias narices.

Las leyes de la novela policíaca comparten espacio con los más profundos enigmas del alma. Esas leyes decodifican su estructura. Su manera de desenvolverse, la hipocresía y malicia clasistas o la corrupción institucional. Poirot o Sam Spade. Nada le interesa más a este género que el hombre debatiéndose entre su afán de pureza y la infamia incontrolable. Ya lo decía Camus: “No tenemos fuerza para ser malvados, pero tampoco para no serlo”.

El gran ensayista italiano Pietro Citati tiene un libro titulado El mal absoluto. Me llamó la atención en el prólogo unas palabras sobre Robinson Crusoe: “Ama (Crusoe) sobre todo el mar, las olas enormes de la tormenta, las olas que se suceden una a la otra, las corrientes, los remansos, la calma, el oleaje en la orilla. Quizá constituya la imagen central de Robinson Crusoe, porque el mar revela el rostro oscuro de Dios, que se confunde con el del Adversario”. Esta cita me vino a la memoria mientras leía una novela de la autora francesa de novelas policíacas Fred Vargas. Se trata de Huye rápido, vete lejos (2001). Al comienzo su voz narradora nos dice: “No, Joss no confiaría en las cosas por nada en el mundo, como tampoco confiaba en los hombres ni en el mar. Las primeras os roban el corazón, los segundos, el alma, y el tercero, la vida”. Podríamos hacer varias consideraciones. Que el título de esta novela que cito no hace referencia a ningún trámite nuclear de su argumento, sino a un momento de desilusión amorosa como hace mucho que no leo en cualquier novela, sea policíaca o no. Que curiosamente uno de sus personajes femeninos se llama Lizbeth (¿les dice algo este nombre?). Que uno no puede dejar de pensar en algunas llamativas casualidades que nos depara la literatura (aunque uno tiene derecho a descreer a veces de tantas casualidades): como, por ejemplo, el sonido de un viejo e inmortal verso detrás de estas palabras que pronuncia un personaje en la novela de la autora gala: “¿Sabes, Camilla, que el día en que Dios creó a Adamsberg, había pasado una noche muy mala?”. Estas palabras recuerdan aquel inmortal verso que César Vallejo escribió casi sobre un París lluvioso de los años treinta: “Yo nací un día en que Dios estaba enfermo. Grave”. Y, finalmente, que hay diálogos en Huye rápido, vete lejos que parecen sacados de las palabras que se cruzan el misterioso narrador de La trilogía Dupin, según bautizó a los tres célebres cuentos de Allan Edgar Poe el escritor norteamericano Matthew Pearl, y el mismo excéntrico investigador C. Auguste Dupin.

Pero dejemos esta cuestión que a la postre no hace sino confirmar el calado literario de muchos autores de novela policíaca. Quedémonos ahora con el hecho de que Fred Vargas creó un comisario (Jean-Baptiste Adamsberg) a la medida de la oscuridad del mundo, un hermeneuta del mal buceando en las calles de París, olisqueando la inminente atrocidad. La simbología enseña que el mar es una figura que metaforiza el nacimiento y la muerte. Pero el mar que ven las criaturas de Defoe, según nos enseña Citati, y Fred Vargas indica sólo el camino sin retorno. El abismo inescrutable o el que mata.

En su prólogo a Los secretos de Oxford, a la escritora P. D. James no le cabe ninguna duda de que las novelas de Dorothy L. Sayers fueron escritas “para el ocio”. Nada que objetar. Lo hicieron Eliot, Sartre, Luis Cernuda, Juan Carlos Onetti, entre otros. Y a sus 90 años, lo hace el profesor Martí de Riquer. Pero dicha distracción o evasión (Auden, a quien molestaba la palabra evasión cuando se refería a la novela policíaca, consideraba a Raymond Chandler un artista absoluto) tiene un componente que trasciende la mera peripecia detectivesca. No hay en la literatura policíaca detective privado, policía o periodista implicado en una causa criminal (además de conmoverse más o menos por sus consecuencias) que no sea consciente de que su operación de develación es ante todo una operación moral. Y no es un valor añadido de la novela policíaca. Es su razón de ser literaria.

Veamos el caso del escritor sueco Stieg Larsson, autor de la trilogía Millennium. Como hicieron antes otros compatriotas suyos -desde el matrimonio sueco formado por P. Walhöo y M. Sjöwall hasta Henning Mankell-, Larsson nos conduce por el corazón de las tinieblas del modelo perfecto de sociedad del bienestar. Larsson, ahondando en la herida del síndrome de Oloff Palme, ideó un protagonista corriente, sin el aura heroica de los detectives clásicos, en la piel de un pertinaz periodista de investigación. Y lo hizo con un lenguaje neutro (solución paradójica tratándose de tres historias sociológicamente tan comprometidas), sin la voluntad premeditadamente retórica que se aprecia en las novelas de Mankell.

Su investigador Mikael Blomkvist y su colega de dantescas peripecias, Lisbeth Salander, están diseñados con la impronta opuesta al romanticismo e incluso cierto erotismo con que la novela policíaca americana arropó a sus detectives. Las infalibles corazonadas de los Sam Spade y Philip Marlowe, incluso las sutiles inducciones del freudiano investigador Lew Archer de Ross MacDonald, las reemplaza Larsson ahora por los intrépidos razonamientos, y casi inverosímiles conocimientos informáticos de sus protagonistas.

Y ya no hablemos de la voz narradora. Voz omnisciente que nada tiene que ver con el habitual relato en primera persona de los clásicos citados. Una voz que baja a los infiernos junto al lector, incluso otorgándole a éste el privilegio de una información que ya quisieran tener los actores de sus novelas (en el segundo volumen de la trilogía, se nos revela la identidad de los culpables 200 páginas antes del final). En la trama del primer volumen, ya que abordamos aunque sea superficialmente el capítulo estilístico de la trilogía, es capital la idea de la ampliación de una foto. Todo el edificio de la novela se sostiene sobre este artilugio. El mismo que utilizó Cortázar en su cuento Las babas del diablo. Y el que repitió Antonioni en su película Blow Up, basada en el relato. En cuanto al perfil psicópata que dibujó de Los hombres que no aman a las mujeres, también lo abordó, con mayor crudeza y temperatura lírica el islandés Arnaldur Indridason en La mujer de verde.

Los autores de novelas policíacas europeos (también desde hace unos años, los latinoamericanos), han creado unos detectives o policías a la medida de los miedos contemporáneos, reales o imaginarios. Griegos, españoles, franceses, noruegos, suecos o islandeses (por cierto: ¿y los finlandeses?) se dan cita casi cada año con sus respectivos investigadores. Suelen ser muy puntuales. Y con la misma frecuencia, los lectores los esperamos. Como si entre nosotros y ellos hubiera un pacto de indestructible fidelidad. Otro imperativo de la posmodernidad. Recogernos o evadirnos en el confort de nuestra interioridad (viajemos en metro o estemos en el sofá) al resguardo de los ángeles exterminadores. Mientras, estos viajeros del abismo nos traen noticias del tipo “las lágrimas y las heridas” unen a los hombres, que decía George Bataille. Al lado de las lacerantes verdades que nos muestra la novela policíaca, con su balsámica catarsis y con ese grado de fruición estética que nos procura, traer a colación la maquinaria mercadotécnica que la acompaña, como se suele hacer muchas veces para desacreditarla, me parece una obviedad de mal gusto.

Y para terminar, el género policiaco tiene sus aguafiestas y se dividen en tres clases. Los que no leen a Larsson porque lo comparan con Montaigne; los que no lo leen porque está de moda; y los que no lo hacen por las dos razones juntas. Ellos se lo pierden.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

septiembre 11, 2009 Publicado por | literatura | Dejar un comentario

>La partida de la escribidora

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Por Mario Vargas Llosa (EL PAÍS, 17/05/09):

Por culpa de los antropólogos, la palabra incultura ha desaparecido del vocabulario. En el pasado la noción de cultura se asociaba a un conocimiento elevado -humanístico y científico-, al dominio de las artes, al buen gusto y a una sensibilidad refinada. La antropología generalizó aquella acepción a todas las manifestaciones de la vida de una comunidad -sus creencias, sus costumbres, sus ritos, sus vicios y valores- de modo que hoy nos encontramos en la prensa con expresiones como “la cultura de la manducación de carne humana”, la “cultura del contrabando”, “del fútbol” y de cosas aún peores. Ya nadie es inculto, todos nos hemos vuelto cultos de alguna manera, lo que constituye, sin duda, la apoteosis de esta civilización nuestra marcada por el sesgo de la frivolidad.

Dentro de este contexto no es impropio decir que Corín Tellado, la escribidora asturiana que murió el mes pasado, a sus 82 años de edad, fue probablemente el fenómeno sociocultural más notable que haya experimentado la lengua española desde el Siglo de Oro. Aunque esto parezca herejía, y lo sea desde un punto de vista cualitativo, no lo es desde el cuantitativo, porque ni Borges ni García Márquez ni Ortega y Gasset ni cualquier otro de los más originales creadores o pensadores de nuestra lengua ha llegado a tanta gente ni influido tanto en su manera de sentir, hablar, amar, odiar y entender la vida y las relaciones humanas como María del Socorro Tellado López, apodada Socorrín por su familia y sus amigos, la muchacha que, en 1946, a sus 19 años, escribió en Cádiz su primera novelita, Atrevida apuesta, una arcangélica historia en la que un joven guardiamarina apostaba que conseguiría besar a una chica y ganaba la apuesta gracias a un apagón de la luz en medio de una fiesta. A su muerte, 63 años más tarde, había escrito unas 4.500 novelas más, sin contar los radioteatros, telenovelas, fotonovelas y películas inspiradas en sus obras y hecho célebre el nombre de pluma de Corín Tellado.

Yo me enteré de su existencia en París, en los años sesenta, cuando descubrí que una sobrina mía, que venía de Lima a estudiar un curso de “Civilización francesa” en La Sorbona, se había traído un maletín lleno de novelas de su autora favorita, por si sus libros escaseaban en la tierra de Balzac. Su precaución, por lo demás, era inútil porque, como advertí poco después, en la rue de la Pompe, en el elegante barrio XVI, había todo un quiosco dedicado exclusivamente a vender, alquilar o hacer intercambio de novelitas de Corín Tellado, cuyas clientas eran sobre todo las empleadas domésticas españolas e hispanoamericanas entonces muy numerosas en París.

Desde esa época tuve la tentación de conocer alguna vez a esa extraordinaria escribidora que había logrado llegar con sus historias a un público al que jamás alcanzarían los libros de los autores “cultos” de España o Hispanoamérica. Sólo lo conseguí en mayo de 1981, después de múltiples gestiones, cuando la entrevisté para La Torre de Babel, un programa semanal que hice por seis meses para la televisión peruana. No fue nada fácil conseguir la entrevista. Su desconfianza hacia los periodistas era justificada pues ella había sido ridiculizada ya por algunos gacetilleros perdonavidas a los que abrió la puerta de su vivienda.

Me llevé una gran sorpresa al conocerla, en su casa de Roces, en las afueras de Gijón. Llevaba con gran dignidad sus cincuenta y pico de años. Era bajita, simpática, modesta, tímida pero desenvuelta y no sospechaba siquiera la fantástica popularidad de que gozaba en los estratos medios y populares de una veintena de países de lengua española y entre las comunidades “hispánicas” de Nueva York, Miami, Texas y California. Era una mujer de provincias, cuya vida había transcurrido entre Asturias, Cádiz y Galicia, dedicada mañana, tarde y noche a escribir historias de amor y desamor. De su fugaz matrimonio habían venido al mundo sus hijos Begoña y Domingo, pero, aparte de esa peripecia y de su separación matrimonial, su entera existencia estaba enteramente dedicada a fantasear y a escribir (mejor dicho, a teclear en su pequeña máquina de escribir portátil) las aventuras sentimentales que chisporroteaban en su cabeza. Uso el diminutivo para hablar de sus libros porque, de acuerdo a las exigencias de sus editores, sus novelas no debían tener nunca más de 100 páginas.

Su rutina era estricta y laboriosa. Su ama de llaves, una mujer que la acompañaba desde siempre y le resolvía todos los problemas prácticos, la despertaba a las cinco de la madrugada. De inmediato se encerraba en su escritorio, un cuarto claustrofóbico, sin ventanas, atestado de anaqueles con sus novelitas, y allí permanecía 10 horas escribiendo, con una breve pausa a las ocho, para desayunar. Escribía casi sin parar y casi sin corregir. Al salir del escritorio, a media tarde, tenía 50 páginas oleadas y sacramentadas, es decir, la mitad de una novela. Escribía dos por semana y, a ese ritmo, su obra se acercaba ya a los 3.000 volúmenes. Me explicó que, su problema como escribidora, era que su cabeza “funcionaba más rápido que su habilidad de mecanógrafa”. Que, si no hubiera sido por la lentitud de sus manos ante el teclado, escribiría más, mucho más. Alentaba en ella, a su manera, claro, esa voracidad deicida de los escribidores balzaquianos. Se ganaba su vida con la pluma, pero, en verdad, como les ocurre a los escribidores de verdad, no vivía de escribir sino para escribir.

Fuera de esas 10 horas diarias de trabajo, su vida no podía ser más monótona y frugal. Cuatro periódicos diarios, una buena siesta, alguna vez un libro, alguna tarde una visita a una amiga, acaso una película. Muy rara vez, un viaje a Gijón, de compras o a un restaurante. Pero para estar de vuelta en casa y acostada antes de las 10. En los meses de verano, baños en la piscina y algún partido de tenis. Y pare usted de contar.

Cuando le pregunté por sus autores favoritos la noté incómoda y cambié de tema. Su oficio no era leer, sino escribir. Tenía una facilidad tan grande que las historias salían de su máquina infatigable como las palabras y el aliento de su boca. No sabía lo que era ese súbito terror pánico paralizante ante la página en blanco que padecen los escritores estreñidos. Para ella, escribir era tan fácil y natural como respirar.

Su absoluta falta de vanidad era portentosa. Decía que la maravillaba siempre pensar que la leía tanta gente y era evidente que lo decía de verdad. Su editor le había hecho creer que tiraba sólo 30.000 ejemplares de cada una de sus novelas y, aunque ella sabía que probablemente aquella cifra estaba por debajo de la realidad, no le importaba. Si los editores le hacían las cuentas del tío, se encogía de hombros. Me contó que, a veces, sus exigencias eran más fastidiosas que las de los censores, en tiempos de Franco, que habían tijereteado sus historias muchas veces. Eso a ella tampoco le importaba mucho porque suavizaba las frases incriminadas ¡y ya está! Y me reveló, como prueba de su paciencia franciscana y su espíritu de templanza ante las incomprensiones del mundo, que, en una de sus novelas, se inventó un protagonista ciego. El editor le devolvió el manuscrito con una orden: “Opérelo”. Y ella, por supuesto, lo operó.

Aunque nunca la leí, siempre la respeté y la traté con cariño y gratitud. Porque gracias a ella, cientos de miles, acaso millones de personas que jamás hubieran abierto un libro de otra manera, leyeron, fantasearon, se emocionaron y lloraron y por un rato o unas horas vivieron la experiencia maravillosa de la ficción. Ella no podía sospecharlo, pero fue probablemente la última escribidora popular, en el sentido más cabal de la palabra, la que llevó una variante (fácil, elemental, sensiblera y truculenta, ya lo sé) de la literatura al vasto pueblo, ese que no entra jamás a las librerías y pasa como sobre ascuas por las secciones culturales de las revistas, y piensa que la literatura seria es larga y soporífera. Es probable que con Corín Tellado desaparezca en nuestra lengua la literatura digna de ese calificativo: popular. Lo que queda ya no lo es y lo será cada día menos, a medida que las pantallas vayan exterminando a los libros, o empujándolos a la catacumba.

Amiga Socorrín, descansa en paz.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

mayo 27, 2009 Publicado por | literatura | Dejar un comentario

>La victoria póstuma de Borges (y 3)

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Por Gregorio Morán (LA VANGUARDIA, 09/05/09):

Es la esclavitud de los titulares. Mi intención era Victorias y derrotas póstumas de Borges, pero hoy día tanta letra es imposible. Digan lo que digan los analistas borgianos de su literatura, lo más increíble, por paradójico, es que su vida, sus palabras, sus gestos, sus compromisos, sus hábitos, es decir, todo lo que no es estrictamente literatura, ha cobrado una importancia póstuma que cubre y hasta ilumina su obra. Basta visitar esas maravillosas librerías de Buenos Aires, auténticas bodegas de lujo repletas de las mejores añadas, para constatar que el atractivo – o la repulsión-hacia Jorge Luis Borges se refiere a su persona, y que sus escritos pueden servir en muchos casos como prueba de tal o cual rasgo biográfico.

Incluso su prolongada y tenebrosa muerte tiene algo de esperpento, imposible de atenuar con referencias a tradiciones japonesas -las de su viuda, María Kodama- o a la gélida Ginebra de calvinistas y banqueros, lugar donde se le dio sepultura.

Es probable que el inquebrantable mundo de los borgianos lo considere una blasfemia, pero a lo mejor es cierto y resulta que la vida de Borges tiene mayor trascendencia que su obra. No quiere decir esto que La intrusa o El sur,que él consideraba sus narraciones más conseguidas, y algunas más, como La forma de la espada, o Tema del traidor y del héroe, que bastarían para consagrarle, queden ocultas entre la farfolla de los chismes biográficos. No es eso. Lo que quiero decir es que en Borges -un chismoso irredento- tienen trascendencia aquellas cosas que para cualquier otro no eran más que incidentes de la vida o gajes del oficio de escribir. Cada gesto borgiano puede ser traducido. Y bastaría esto para considerarlo quizá la más rotunda de sus derrotas, porque se pasó toda la vida insistiendo en que eso mismo, que él consideraba fundamental en los demás, en su caso no tenía la menor trascendencia. Que la obra lo era todo.

Pongamos la política. Cualquier novato borgiano pensaría al primer golpe en lo absurdo de referirnos al maestro Borges en asunto tan zafio y lastimero como la política. Sin embargo, no hay acontecimiento político vivido en el que no haya participado con su opinión, pública y rotunda. Igual que no es fácil rastrear la historia en buena parte de la vida de Paul Valéry o de Hermann Hesse, o en ese grande de nuestra literatura, tan olvidado hoy, Juan Gil-Albert, al que la política castigó ¡y de qué modo!, en Borges no sólo figura en sus relatos sino que aparece como obsesiva en su vida. Desde su fervor juvenil por la revolución rusa y su anarquismo radical posterior, a la militancia expresa – es decir, con carnet y pago de cuotas-primero en el Partido Radical argentino y luego en el Partido Conservador. Su defensa de la guerra de Vietnam como la lucha entre la civilización occidental frente a la barbarie comunista, hasta llegar a su definición de la primera Junta Militar golpista del 76 como un gobierno de caballeros.¿Qué decir de sus elogios a Pinochet tras una entrevista, casi un psicodrama, donde el Dictador le confesó a nuestro hombre enternecido, que se sentía solo?Sobre el antiperonismo volveremos más adelante.

Pongamos también el amor, la pasión erótica, la sensualidad. No alcanza la media docena de versos – no poemas, digo versos-realmente sentidos y logrados sobre el asunto. ¿Pero qué es eso ante el fascinante y retorcido -no tengo muy claro si colocar antes lo de retorcido que lo de fascinante- mundo pasional de Borges? Desde la historia en Ginebra, con su padre y la prostituta de lujo (digamos en voz baja que ése fue el sueño de buena parte de mi generación: que tu padre te invitara en la edad de merecer a visitar una señorita garantizada para ilustrarte en los rudimentos del sexo). Al parecer, en su caso fue traumático. Luego están la retahíla de novias, amantes inconclusas y dos matrimonios más blancos que las sábanas. Y me cabe añadir su admirada madre, doña Leonor de Acevedo, que no sé por qué razón algunos indocumentados la llaman castradora.¿Acaso las madres que cuidan a sus hijos, que además de atenderles y aguantarles, incluso les buscan novias y hasta esposas, son castradoras? ¡El castrador de voluntades, en última instancia, sería él! Hay mucho psicólogo de regadío que desconoce la vida en socarral. No afirmo que la biografía de Borges sea apasionante. Al contrario, aseguro que lo apasionante consiste en estudiarla, no en vivirla. Llevo tantos años tras el personaje que echo de menos una biografía de esas que le gustaban a él, anglosajonas, donde con un punto de ironía se fueran desgranando los libros y los versos y las tramas biográficas, y las damas, sobre todo las damas. Borges es un profesional de la seducción. Yme atrevo a decirlo, de una virilidad obsesiva, apabullante. ¿Qué importa el consummatum si está la llama? Hay un Borges con mujeres y otro Borges con amigos. No hay mezcla, hay suma.

Borges debe figurar entre los escritores más preocupados por su biografía. La insinceridad borgiana es antológica. ¡Qué falso es! Y sin embargo qué autenticidad hay en su falta de sinceridad. No creo que haya otro caso en la literatura en castellano tan obsesionado como Borges en su biografía, salvo quizá Camilo José Cela. No tienen nada que ver, pero comparten ese vínculo singular que los amarra. Un castizo lo llamaría la desfachatez del cínico, pero no es eso. No es cinismo, ni maldad tampoco. Me impresiona cuando Borges le dice a su amiga y biógrafa María Esther Vázquez, “yo no soy un canalla; sólo un pedante”. En El Aleph se le cuela un sinónimo delator: “de literatura, de falsedad”. Confesémoslo, hay en Borges un atractivo al que ningún escritor puede sustraerse, y hay también algo que repele hasta el vómito. Recuerdo un momento, casi un rasgo, de una conversación un tanto ligera – ¡qué frívolo era Borges con todo lo que no se refería a élmismo!-donde a propósito de la literatura española – donde dice cosas agudísimas, por cierto-,añade a modo de resumen: “A mí García Lorca siempre me ha parecido un poeta menor… Creo que tuvo la suerte de ser fusilado y eso contribuye, ¿no?”. Probablemente habrá que ir admitiendo la evidente categoría de García Lorca como poeta dotado y trágicamente interrumpido, lo que le convierte en términos canónicos en menor,¡pero lo de la suerte de ser asesinado!

Para quienes duden de este enfoque infrecuente de un Borges biográfico, les remito a sus últimos años. ¿Diez, veinte? Las décadas de viajes permanentes y abundante producción social. Su conversión en relaciones públicas de la alta cultura y la alta política exigiría una crónica minuciosa. Los premios, los doctorados honoris causa, la canonización en vida, sus opiniones en todas y cada una de las sedes del ancho mundo… No nos engañemos, la fascinación por el poder, es un señuelo de la política para atrapar a los intelectuales.

Cuando los grandes de la tierra confían sus cuitas y otorgan agasajos, glorias, elogios, se entra sin duda en un mundo diferente. El de lo indiscutido. Sotto voce se dirá que Borges está acabado, que es un ciego boludo que no se entera de nada. Se equivocan. Nunca estuvo tan lúcido como cuando le glorificaron. En definitiva era como cerrar un ciclo, y para Borges cerrar un pasado. Como sabe todo aquel que escribe, basta con olvidarlo en los fastos del presente; el resto es cuestión de dejarlo en el sillón del psicoanalista.

Y ese ciclo, tan trascendentalmente biográfico y creativo estaba dominado por aquella frase, que se le escapó en 1976, probablemente insincera: “He cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer. No he sido feliz”. ¿Por qué dice pecado? El pecado exige conciencia de pecar, como no se cansaban de explicarnos los teólogos. Hay mucha gente infeliz, pero sin pecado; porque la vida no les ha consentido otra cosa. Ellos no pudieron escoger, Borges sí.

En fin, hemos de dejarlo aquí. ¿Y la victoria póstuma? La única cosa en lo que fue coherente y radicalmente sincero Borges fue en su odio a Perón. Una diputada de la bancada peronista ha solicitado, hace unas semanas, que se trasladen los restos de Jorge Luis Borges del cementerio de Ginebra al muy porteño de La Recoleta, donde reposa su madre. ¿Hay mayor éxito biográfico que conseguir que el enemigo reconozca el deber de enterrarte con honores?

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

mayo 11, 2009 Publicado por | literatura | Dejar un comentario

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