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>A Digital Library Better Than Google’s

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By Robert Darnton, a professor and the director of the Harvard University Library (THE NEW YORK TIMES, 24/03/11):
On Tuesday, Denny Chin, a federal judge in Manhattan, rejected the settlement between Google, which aims to digitize every book ever published, and a group of authors and publishers who had sued the company for copyright infringement. This decision is a victory for the public good, preventing one company from monopolizing access to our common cultural heritage.
Nonetheless, we should not abandon Google’s dream of making all the books in the world available to everyone. Instead, we should build a digital public library, which would provide these digital copies free of charge to readers. Yes, many problems — legal, financial, technological, political — stand in the way. All can be solved.
Let’s consider the legal questions raised by the rejected settlement. Beginning in 2005, Google’s book project made the contents of millions of titles searchable online, leading the Authors Guild and the Association of American Publishers to claim that the snippets made available to readers violated their copyrights. Google could have defended its actions as fair use, but the company chose instead to negotiate a deal.
The result was an extremely long and complicated document known as the Amended Settlement Agreement that simply divided up the pie. Google would sell access to its digitized database, and it would share the profits with the plaintiffs, who would now become its partners. The company would take 37 percent; the authors would get 63 percent. That solution amounted to changing copyright by means of a private lawsuit, and it gave Google legal protection that would be denied to its competitors. This was what Judge Chin found most objectionable.
In court hearings in February 2010, several people argued that the Authors Guild, which has 8,000 members, did not represent them or the many writers who had published books during the last decades. Some said they preferred to make their works available under different conditions; some even wanted to make their work available free of charge. Yet the settlement set terms for all authors, unless they specifically notified Google that they were opting out.
In other words, the settlement didn’t do what settlements are supposed to do, like correct an alleged infringement of copyright, or provide damages for past incidents; instead it seemed to determine the way the digital world of books would evolve in the future.
Judge Chin addressed that issue by concentrating on the question of orphan books — that is, copyrighted books whose rightsholders have not been identified. The settlement gives Google the exclusive right to digitize and sell access to those books without being subject to suits for infringement of copyright. According to Judge Chin, that provision would give Google “a de facto monopoly over unclaimed works,” raising serious antitrust concerns.
Judge Chin invited Google and the litigants to rewrite the settlement yet again, perhaps by changing its opt-out to opt-in provisions. But Google might well refuse to change its basic commercial strategy. That’s why what we really need is a noncommercial option: a digital public library.
A coalition of foundations could come up with the money (estimates of digitizing one page vary enormously, from 10 cents to $10 or more), and a coalition of research libraries could supply the books. The library would respect copyright, of course, and it probably would exclude works that are now in print unless their authors wanted to make them available. It would include orphan books, assuming that Congress passed legislation to free them for non-commercial use in a genuinely public library.
To dismiss this as quixotic would be to ignore digital projects that have proven their value and practicability throughout the last 20 years. All major research libraries have digitized parts of their collections. Large-scale enterprises like the Knowledge Commons and the Internet Archive have themselves digitized several million books.
A number of countries are also determined to out-Google Google by scanning the entire contents of their national libraries. France is spending 750 million euros to digitize its cultural treasures; the National Library of the Netherlands is trying to digitize every Dutch book and periodical published since 1470; Australia, Finland and Norway are undertaking their own efforts.
Perhaps Google itself could be enlisted to the cause of the digital public library. It has scanned about 15 million books; two million of that total are in the public domain and could be turned over to the library as the foundation of its collection. The company would lose nothing by this generosity, and might win admiration for its good deed.
Through technological wizardry and sheer audacity, Google has shown how we can transform the intellectual riches of our libraries, books lying inert and underused on shelves. But only a digital public library will provide readers with what they require to face the challenges of the 21st century — a vast collection of resources that can be tapped, free of charge, by anyone, anywhere, at any time.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

marzo 26, 2011 Publicado por | libros, propiedad intelectual | Dejar un comentario

>Los niños que vienen

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Por Jordi Soler es escritor. Su último libro es La fiesta del oso, Mondadori (EL PAÍS, 06/03/11):
El cuento original de La Cenicienta, el que escribieron los Hermanos Grimm, es una historia dura y violenta que Walt Disney metamorfoseó en ese cuento suave, sin sangre ni realismo sucio, que ha llegado hasta nuestros días. La versión de la Cenicienta que finalmente se ha impuesto es la hermoseada, la pasteurizada, la falsa, vamos; y se ha impuesto por los enormes recursos de la compañía Disney, pero también porque se trata de una versión menos violenta, más adecuada para estos tiempos en los que se piensa que los niños deben vivir en un mundo idílico, poblado de seres risueños como Pocoyó y al margen de la violencia, que es parte consustancial del mundo. Quizá la violencia controlada, aislada dentro de un mecanismo de ficción, sea la forma más sensata de informar al niño sobre la realidad que se le viene encima; y en todo caso será mejor que la forma en que los niños suelen enterarse del lado salvaje de la vida, sin ningún preámbulo ni paliativo pasan de Pocoyó a los cadáveres sanguinolentos que presentan, a medio día, los noticiarios de la televisión.
A la Cenicienta original se le muere su madre en el segundo párrafo y para el tercero ya su padre se casó con otra mujer, que tiene dos hijas, las hermanastras que le hacen la vida imposible a la pobre huérfana. Más adelante, cuando el príncipe llega a casa de Cenicienta, con la intención de probar a quién le queda el zapato que perdió su amada, salen las hermanastras y, con tal de casarse con él, meten a fuerza su pie en el zapato y, para conseguirlo, la mayor se corta el dedo gordo, siguiendo este consejo materno: “córtate el dedo, cuando seas reina no necesitarás ir más a pie”. El príncipe muerde el anzuelo, se la lleva en su caballo, pero a mitad de camino se da cuenta de que el zapato de la muchacha está lleno de sangre y pronto averigua que esta se ha automutilado. Al final, Cenicienta se prueba el zapato y, igual que en el cuento de Disney, se casa con el príncipe y vive muy feliz. El cuento que escribieron originalmente los Hermanos Grimm, da más juego a la imaginación de un niño, le amuebla mejor el pensamiento, lo enfrenta con valores universales como la dignidad y la justicia, le enseña vívidamente las cloacas de la avaricia y la ambición, y lo va preparando para hacerse cargo de eso que inevitablemente le espera: la vida real.
Los libros, y la infinidad de mundos que estos contienen, han jugado un papel crucial en la historia de eso que llamamos infancia, y su recorrido a lo largo del tiempo, puede darnos una idea aproximada de lo que nos espera frente a esta nueva criatura que son los niños de hoy. Después de la caída de Roma, el uso del alfabeto se contrajo hasta el punto en que la gran mayoría de la población dejó de leer y escribir, y los libros, y su escritura, pasaron a ser materia exclusiva de los especialistas. Los libros eran muy caros, un volumen costaba el equivalente a mes y medio del salario de un artesano, y con frecuencia les faltaban páginas o eran copias falsas.
Neil Postman, en su ensayo The disappearance of childhood, sitúa este periodo de oscuridad, que fue propiamente la Edad Media, en el milenio que pasó desde la caída del imperio hasta la invención de la imprenta, momento en el cual la gente comenzó a tener nuevamente acceso al conocimiento escrito, a las ideas y a los conceptos que, desde entonces, han ido forjando nuestra civilización. Entre los conceptos que se tragó aquella época de oscuro analfabetismo, estaba el de niñez, el de infancia, porque durante toda esa época oscura el niño, como lo conocemos hoy, no existía.
Los niños vivían con los adultos y compartían con ellos todos los momentos de la cotidianidad, oían y veían de todo, escenas violentas o ridículas, agrias discusiones familiares, vívidas escenas de amor carnal; el niño, según dictaba entonces la Iglesia, podía razonar y comportarse como adulto a partir de los siete años, la edad en que, según esto, una persona puede distinguir el bien del mal (a la luz de las noticias sobre curas pedófilos que últimamente van apareciendo no sería de extrañar que, la figura de adulto de siete años que proponía la Iglesia, llevara un doble propósito).
En este periodo oscuro de la humanidad los adultos perdieron, frente a los niños, todo ese universo de conocimiento que encerraban los textos escritos, y que se recuperaría con la aparición de la imprenta; la diferencia entre un niño y un adulto, basada en lo que este sabe y el otro ignora, quedó abolida en ese periodo; como niños y adultos sabían lo mismo, el concepto de infancia era, sencillamente, inaplicable. Hay otros motivos, por supuesto, como el altísimo índice de mortalidad infantil, o la enorme dificultad para sobrevivir en aquel mundo oscuro, que no admitía la exquisitez de tratar como niño a un niño.
La desaparición de la niñez en aquella época, y su posterior reinvención, gracias a los libros, es una hermosa evidencia de la utilidad que tiene la palabra escrita. En cuanto los adultos recuperaron las ideas, los conceptos, las aventuras y los paisajes de que están hechos los libros, en cuanto se realfabetizaron, adquirieron ese conocimiento que volvió a situar a los niños en su lugar, en ese territorio protegido donde paulatinamente se les va suministrando la información que necesitarán para, en el futuro, convertirse en adultos.
Neil Postman, que fue alumno de Marshall McLuhan, observaba hace 30 años que los niños empezaban a estar demasiado informados, que la televisión les presentaba, por ejemplo, un noticiario donde se enteraban de las atrocidades que sacuden al planeta; enterarse de un robo, de una violación o de una guerra los hace ver de golpe que los adultos no tienen ningún control sobre la vida, o cuando menos que la vida que les espera no tiene nada que ver con su mundo infantil. Ahora pensemos en el torrente de información, a la carta, que hoy ofrece Internet; cualquier niño, frente al teclado de un ordenador, tiene acceso a todo el conocimiento que durante siglos lo había separado de los adultos; desde cierto ángulo, el que proponía Postman, la infancia está volviendo a desaparecer; si en la Edad Media desapareció por la ignorancia y el analfabetismo de los adultos; ahora desaparece por la vertiginosa facilidad con que los niños obtienen el conocimiento; adultos y niños, nuevamente, volvemos a saber lo mismo; los adultos se infantilizan, y si no mire usted a su alrededor, y los niños se vuelven mayores cada vez más rápido.
Lo que puede hacerse al respecto es muy poco, se trata de la vida que se nos echa encima. Queda observar con atención, cada quien a los suyos, e ir improvisando una estrategia, como quién toca un solo de saxo.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

marzo 11, 2011 Publicado por | infancia, libros | Dejar un comentario

>¡Guillotina para Gutenberg!

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Por Jesús Ferrero, escritor (EL PAÍS, 05/03/11):
En lo que se refiere al mundo del libro y a lo que ha sido hasta ahora la cultura escrita, y desde Gutenberg también impresa, el desconcierto y el caos empiezan a ser un asunto general, y se está produciendo ya un gran desgarrón, de naturaleza impredecible, entre los que se educaron bajo el signo de la galaxia Gutenberg y los que no, y que resulta evidente a poco que uno observe lo que está pasando.
Pongamos un ejemplo: siguiendo la tradición secular de la prensa, los críticos seguimos examinando novelas excelentes que van apareciendo todos los años, pretendiendo ignorar que el mercado del libro se está muriendo e ignorando, o pretendiendo ignorar, que las obras que juzgamos apenas permanecen un mes en las librerías, suplantadas por la nada o por la infraliteratura que se ha ido apoderando de los escaparates de las librerías. Tampoco parecemos darnos cuenta de que esas novelas que comentamos, y que ocupan cada vez menos espacio en muchas bibliotecas, ya no conquistan tanto la mente de los lectores, que ya solo compran novelas en los supermercados, generalmente históricas, de terror o policiacas.
Y da toda la impresión de que hay un contingente de intelectuales que se ha quedado ya a este lado del abismo, y otro contingente, mucho más numeroso y global, que ya está al otro lado, y que solo se despliega en Internet. Pero, ¿Internet no es ya el mundo? ¡Y qué poco van a servir los cánones que hemos establecido hasta ahora!
De momento, lo mejor es colocarse entre las dos corrientes, que sería casi lo mismo que en el ojo del huracán, en el que además puedes estar relativamente tranquilo, en medio de tanta desesperación y tanto canto fúnebre a las bellas artes.
Adiós al mundo de los libros, al menos tal como los hemos conocido en el siglo XX. En muchos casos, el libro del futuro derivará hacia la autoedición. El lector editará solamente esos libros que le gusten, con el modelo de letras que le plazca y hasta con ilustraciones que no figuraban en el original. En cierto modo será el retorno a la Edad Media y a los libros personales y manuscritos. En otros casos podría derivar hacia los libros-objeto, bien editados y bellos, y que sería volver a los primeros siglos de la imprenta, cuando en el libro se fundían y confundían el arte, la artesanía y la industria.
En un mundo reducido a fantasma global por la Red, donde no tocas materia, se van a valorar mucho más las obras únicas y el objeto material. Sentémonos a esperar, pero no demasiado, que ahora las cosas ocurren antes de que las puedas ver llegar.
En el magma universal de la Red la cultura universal forma ya una especie de papilla niveladora donde todos los discursos son posibles y todos tienen cabida y todos se deslizan sobre la misma superficie imaginaria. ¿Cómo discriminar entre lo bueno, lo malo y lo regular y bajo qué criterios? El trabajo va a resultar más difícil que en la era Gutenberg, al menos de momento.
Lo que ocurrirá después podría ser una especie de identificación integral del ciudadano con la Red, como en cierto modo ya ocurre en Japón. En esa fase de inmanencia individuo-Red, conformando ya un único ser y un único cuerpo místico, el libro se haría menos necesario como superficie de transmisión de un cierto saber o sencillamente de información, pues todo eso se daría ya de un modo inmanente en un tipo de ciudadano que estaría conectado al sistema siempre, y que en esencia no sería tan diferente al que ya estamos viendo.
¿Y qué va a ser de la novela? Es evidente que la novela moderna surgió con la imprenta, y que con la imprenta maduró y se desarrolló. Al fijar “para siempre” el texto, la imprenta liberó el lenguaje escrito y fue fundamental para el desarrollo de la prosa y de las posibilidades de comunicación de la escritura, pero da la impresión que desde hace ya un tiempo está emergiendo un lector al que ya no le convence ni siquiera un poco el discurso de la novela, de cualquier novela. Como si, más allá de su modalidad y su materia verbal, todas esas historias concebidas para ser transmitidas en forma de libro, con un sentido de la duración y la expresión acordes con el artefacto libro, les pareciesen un asunto antiguo y ya no les llegase ni a la mente ni al corazón. Hace unos 20 años me parecía una tragedia, ahora no.
Por otra parte, la historia ejerce periódicamente toda clase de crueldades, y ahora estamos en un cambio histórico fundamentalmente cruel con todo el universo que habíamos ido creando bajo el modelo Gutenberg.
No hace mucho Olvido Alaska se refería al mundo de la música pop como un universo relativamente perdido, que ha cambiado de dimensión, también en su función de educación sentimental. Antes los movimientos del pop-rock eran también ideológicos y envolvían completamente, convirtiéndose en un asunto fundamental en los jóvenes, en cambio ahora la música popular no deja de ser cierto sonido ambiental, envolviendo sin envolver, como algo más de lo que puedes disponer en cualquier momento y ya está, en opinión de Alaska.
Me pregunto si en el mundo de los libros no está pasando algo parecido. En el de los intelectuales sí, desde luego, que de conciencias de la sociedad, en la época del existencialismo, han pasado a ser monigotes de feria. Y es normal, ha desaparecido la figura del maestro, del maître à penser. Quizá no hacía ninguna falta, dirá alguien, quizá, pero sin maîtres la feria es más aburrida porque además de maestros del pensamiento eran también maestros de ceremonias. Ya vivían en la sociedad del espectáculo y lo sabían. Así que hacían un buen espectáculo. ¿Es tan deplorable?
Yo no me pongo trágico. En parte todo esto tiene algo de liberador y de gran desarticulación de una mascarada, y muchas veces así lo siento. La desarticulación de las jerarquías que fue creando la galaxia Gutenberg, ahora mismo totalmente erosionadas. Cada vez que recuerdo los escritores que figuraban como esenciales en los libros escolares de mi adolescencia me entran ganas de vomitar. Esa fijación de ideas heredadas y mineralizadas tenía mucho que ver con el universo Gutenberg, que al fijar los textos como si estuviesen tallados en piedra lo ralentizaba todo. Con toda evidencia, la imprenta pertenece como artefacto a un mundo que está quedando atrás, y que ha coincidido con la era de la burguesía, desde sus airosos comienzos renacentistas hasta su crepúsculo definitivo.
Volvamos al comienzo. En los periódicos los críticos valoramos novelas, en bastantes casos excelentes (en bastantes más casos del los que cabría sospechar), observamos que hay erratas, decidimos que algún personaje no está redondeado o que ciertos adjetivos sobran, y mientras tanto el mercado literario desciende el 30% (el mercado del disco no se desplomó tan rápido) y las novelas que valoramos son retiradas a menudo antes de que salga la reseña, pues hay que dejar paso a la literatura de consumo. Y casi todos los libros devueltos acabarán guillotinados, que es más ecológico que quemarlos, y también más moderno: no olvidemos que la guillotina sucedió a la hoguera en las penas capitales. Es para morirse de risa, pero cuidado, no conviene demorarse mucho en el pasado, que ya decía Borges que es la región más propicia a la muerte.
Como conclusión a todo lo dicho solo se me ocurre pensar en la ironía de la historia. Cuando era chaval y toda la cultura que circulaba estaba relacionada con la galaxia Gutenberg, era difícil imaginar esta crisis del libro y el mundo editorial, si bien McLuhan ya lo había anunciado en varios de sus libros. Estamos cruzando un puente y uno no sabe qué hacer, si volver al cálido mundo Gutenberg, donde todo parecía tan duradero y tan seguro, o saltar al otro lado. De todas formas, no tiene por qué ser un salto mortal: han colocado una red.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

marzo 11, 2011 Publicado por | Internet, libros | Dejar un comentario

>Dios es una biblioteca

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Por César Antonio Molina, escritor y ex ministro de Cultura (EL PAÍS, 23/04/10):
En El cuarteto de Alejandría, Lawrence Durrell cuenta una anécdota, real o apócrifa, que le sucedió al escritor francés Paul Claudel cuando representaba diplomáticamente a su país en Japón. Un día salió de su residencia en Tokio para acudir a una fiesta y cuando regresaba contempló con estupor que su casa estaba siendo devorada por un gran incendio. El poeta pensó inmediatamente en sus manuscritos y en su biblioteca repleta de joyas bibliográficas. Cuando alcanzó el jardín vio que un hombre salía de entre las llamas llevando algo en sus brazos. Era el mayordomo que, dirigiéndose a él, le informó muy orgulloso: “¡No se alarme señor. He salvado el único objeto de valor!”. Ese objeto no era otro que su uniforme de gala.
Desde hace algún tiempo yo tengo una pesadilla semejante. Regreso a mi casa como el personaje de John Cheever, El nadador, después de haber recorrido, no las piscinas por las que él iba nadando, sino las bibliotecas del mundo, y me encuentro en la misma situación que el autor galo de El zapato de raso. A mi encuentro no acude ningún sirviente, sino un ser indefinido que repite las mismas palabras que el mayordomo japonés y me entrega un pendrive. Él añade que ahí no sólo están todos mis libros desaparecidos, sino que ha incluido los fondos de las principales instituciones del mundo. Me quedo sorprendido, pero le digo que yo sólo necesito mis libros físicamente, aquellos que yo compré y me han acompañado toda la vida. Son mis mejores amigos y no puedo prescindir de ellos. El me responde muy seriamente que eso no sólo es ya imposible sino, además, una estupidez. “¿Para qué quiere usted tantos volúmenes que le ocupan gran parte de su casa si los tiene todos aquí, en este objeto más pequeño que el dedo de su mano?”. Compruebo que la discusión no lleva a ningún sitio y, entonces, despierto. Cuando lo hago, veo que todo aún está en su caótico lugar. Por las mesillas, por las mesas y las estanterías dobladas por el peso, aún reposan las miles de hojas impresas protegidas por las portadas multicolores. Toco unos libros, abro otros y recuerdo la historia de cada uno de ellos: su nacionalidad, su lengua, el peso que arrastran desde el origen. Mi biblioteca está compuesta por cientos de ciudades, miles de calles y otros tantos paisajes.
Por estos espacios he caminado con los autores y sus personajes. He vivido sus vidas a lo largo de muchos siglos y cuando toco las páginas que estoy leyendo percibo sus lágrimas o sus risas, sus olores, veo los colores del amanecer o del ocaso. Un libro también es un objeto, una materia, una representación, un símbolo, una dimensión. El libro electrónico, el e-book, efímeros en sí mismos como soportes (qué pasó sino con el vídeo, el dvd y lo que venga), le robarán terreno al libro impreso, pero difícilmente podrán arrojarlo de nuestras vidas y nuestra manera de vivirlas. De haber habitado en la época en que se pasó de la oralidad a la escritura en papiro o pergamino, yo no hubiera estado en contra de este proceso evolutivo; de la misma manera que hubiera apoyado a Gutenberg cuando relegó a la escritura al ámbito privado.
¿Por qué ahora tendría que oponerme a algo inevitable y, seguramente, muy útil? Si estoy en contra de quienes piensan que hemos llegado al fin. En contra de aquellos que creen que ya no es necesario leer, ni saber, ni adquirir conocimientos, ya que todo está a nuestro alcance, tocando la tecla de un ordenador. Estoy en contra de aquellos que rechazan la memoria como si ésta fuera un simple apéndice mental que hubiera que extraer. El libro electrónico no es un peligro para la lectura. Sí lo son los videojuegos, los programas deleznables de la televisión, la mala enseñanza que desconoce o impone con una obligatoriedad torpe y pesada, el mal ejemplo familiar donde la cultura, en general, es algo desconocido y extravagante. La lectura en pantalla no acabará con el libro impreso, aunque éste se convierta en un objeto arqueológico; por el contrario, estoy seguro que contribuirá a ampliarla. Las nuevas generaciones adquirirán nuevos hábitos, nuevas formas de relación con el texto escrito. Probablemente lo lleven a cabo desde la laicidad y no desde la sacralidad con que nosotros adoramos al libro.
Probablemente la democratización de la lectura y la escritura modificará hábitos, costumbres, tradiciones y valores. ¿No sucedió así en el pasado? Umberto Eco afirma que, con Internet, se retornó a la era alfabética y, por lo tanto, no hemos fenecido aún en la dictadura de las imágenes. De nuevo, escritores y lectores, hemos sobrevivido a ese monstruo multiforme. Millones de personas, a lo largo de todo el mundo, a través de Internet, leen y escriben sin cesar para intercambiar ideas, sentimientos o simplemente informaciones. ¡Gutenberg todavía no está muerto! Se ha metamorfoseado. Nunca hubo tanta necesidad de leer y escribir como hoy. ¿Acaso los ordenadores actúan libremente sin este conocimiento previo? El papel, como antes el papiro o el pergamino, agotó su función. La memoria del mundo, desde el siglo XVI, ha crecido de una manera tan imparable que era necesario encontrar otros soportes para guardar el pasado y enfrentarse a un futuro repleto de contenidos. ¿Cómo se llevará a cabo la elección de los mismos?¿Cómo se mantendrá su excelencia?¿Cuáles serán los nuevos gustos, las nuevas modas? Las modificaciones en torno al libro como soporte no han variado sus mismos fines, ni su expresión. Desde hace más de cinco siglos los cambios políticos, sociales, económicos, tecnológicos y culturales se sustentaron en este objeto. Internet ha producido también una modificación notable en las costumbres de los bibliófilos, coleccionistas de libros antiguos, de primeras ediciones o raras.
Aquella búsqueda aventurera y romántica por las librerías y trasteros de medio mundo que primaban al erudito frente al poderoso económicamente, se ha derrumbado ante la publicación en Internet de sus adquisibles índices. El precio se ha unificado y elevado, además de reducir la labor investigadora y azarosa. Además, el libro antiguo o de viejo es una especie en vías de extinción. Escaso, caro, raro y coleccionado por las grandes instituciones educativas y culturales. Coleccionar libros viene de antiguo. Luciano en El bibliómano ignorante (publicado en nuestro país por Errata Naturae) criticaba a quienes los compraban para decorar su casa, pero no los leían. Séneca nos describe, como Cicerón y otros autores romanos, las calles de la capital del imperio donde se vendían los rollos que contenían las novedades literarias o se copiaban por encargo las obras de cualquier época. Durante ese tiempo nació la idea del autor y editor. ¿Cuántos de aquellos volúmenes quedan? En el museo arqueológico de Nápoles vi unos cuantos carbonizados procedentes de una casa de Pompeya. El fuego ha sido consustancial con la lectura y la escritura. Blanchot decía que con los libros se habían hecho tres cosas: escribirlos, leerlos o quemarlos. ¿Cuántas obras maestras de la literatura, del arte o de la ciencia se han perdido? Seguramente cantidades ingentes. Hoy por fortuna nada se perderá, ni siquiera lo vano y superfluo. Hoy cualquier persona tiene derecho a la eternidad al poder reproducir su vida en una página web. Qué más da si lo que hizo fue bueno o malo, el caso es que su nicho es semejante al panteón de un gran hombre. Eternidad, inmortalidad, fama, prestigio…
Todo será revisado y, seguramente, sufrirá en un futuro inmediato profundas modificaciones. Varias veces le he oído comentar al autor de Apocalípticos e integrados su deseo de dar con los autores y las tragedias de las que Aristóteles habla en su Poética. Se perdieron y sólo llegaron hasta nosotros los nombres y las obras de otros dramaturgos que él no tuvo a bien ni citar: Esquilo, Sófocles y Eurípides. ¿Eran los otros mejores que estos? ¿Aristóteles los postergó por envidia? El caso es que -como tantas otras veces- el azar le quitó la razón al maestro de la filosofía.
“¿Por qué soy prisionero de los libros? ¿A qué sensación de inseguridad le estoy declarando la guerra con esos muros de volúmenes que cubren mis paredes?”, escribe el turco Enis Batur. Una biblioteca, pública o privada, se asemeja a un templo, a un lugar sagrado. Allí nos sentimos protegidos por el silencio. El nazismo, el stalinismo y el maoísmo fueron de entre las últimas ideologías quienes más han combatido la libertad de expresión y, por tanto, al libro. Los tres levantaron contra él un muro de mentiras (a través de la radio) e imágenes (a través de la televisión y el cine documental o de ficción). La palabra escrita fue relegada a la censura y al control estatal (no nos olvidemos de nuestro propio país). Aunque se ha dicho hasta la saciedad que fue Goebbels quien afirmó que una mentira reiterada se transforma en una verdad, no sé si consciente o inconscientemente reprodujo lo que ya había escrito, en el siglo XIX, el gran Chateaubriand: “Toda mentira repetida se convierte en verdad”. Palabras convertidas en mentira. ¡Qué mayor delito!
Bachelard y Borges escribieron que el Paraíso debe ser una inmensa biblioteca. ¿Con libros, e-book, pendrives o pantallas? De todo eso también habrá en el más allá e incluso nos llevarán décadas de adelantos tecnológicos. Eco afirma que si Dios existe es una biblioteca. Si es así, yo lo he percibido en las ruinas de la de Pérgamo y Alejandría (también en la nueva) o en la de Celso en Efeso. También en la martirizada de Sarajevo o en el Escorial. De la de Pérgamo sólo se conservan basamentos y lienzos de muros. Donde antes crecían los rollos ahora lo hacen las hierbas y las margaritas. Fue la segunda biblioteca más importante de la antigüedad después de la de Alejandría. Tiberio Julio Aquila, para homenajear a su padre, Celso, mandó levantar una biblioteca cuya majestuosa fachada aún se alza en Efeso. Y allí mismo lo mandó enterrar. “Nunca un padre tuvo tan buen hijo”, hubiera vuelto a decir Príamo.
Bibliotecas, bibliotecas. He visto cientos de ellas. Antiguas y modernas, públicas y privadas. Libros, libros. He visto miles de ellos, he acunado en mis manos incunables extraordinarios como la Crónica de Nuremberg, primeras ediciones, manuscritos, piezas heremográficas únicas. Una de las cosas más terribles de la vida es no tener tiempo para leerlo todo. A medida que transcurre la existencia uno se da cuenta que lo que le queda por leer, digamos que sólo lo valioso según los gustos de cada uno, equivale a un noventa y muchos por ciento. Un pueblo sin obra escrita apenas podrá sostener su lengua y su cultura. Los egipcios se dieron cuenta muy pronto. En el papiro egipcio, Chester Beatty, se dice que el libro es el medio más seguro para alcanzar la inmortalidad. La literatura pervive más que la piedra, “más valioso es un libro que una estela con su inscripción, / que la cámara funeraria bien puesta. / Esos libros son como tumba y pirámide / en la conservación de sus nombres…”.
¡Mostradme vuestras bibliotecas y os diré cómo sois! La de Montaigne (no le perdono a Bretón que lo eliminara de la lista de autores repartida por los surrealistas), la de Leopardi, Goethe, Flaubert, Juan Ramón Jiménez o la de Octavio Paz tristemente chamuscada. Pero no todos los grandes escritores han sido grandes lectores. Visitando algunas de sus casas uno puede llevarse una desagradable sorpresa. No voy a dar aquí mi lista -de vivos y muertos- para no llevar a la decepción. Contaré sólo el caso de uno de ellos. Conocí y traté bastante a Jorge Amado y a Zelia, su esposa. Dos personas encantadoras, fascinadas por el mundo soviético y maoísta. Hace pocos años, estando en Bahía, visité su fundación y su casa. Ambos estaban ya muertos. En los dos lugares me sorprendió la escasez de libros, excepto los propios del novelista en las múltiples ediciones y lenguas, los dedicados por otros autores y algunos pocos más. Ingenuamente le pregunté a la encargada dónde se encontraba la biblioteca. Ella me dijo que no había más libros que los que yo había visto. “Don Jorge apenas leía, su biblioteca estaba allí”, concluyó señalándome la calle. Yo no hubiera podido vivir de este modo, ni escribir una sola línea. Como Cavafis, no tengo otro sitio adonde ir. Yo vivo en el laberinto de calles de mi biblioteca. Rollos, papiros, pergaminos, impresos, e-books, ordenadores, pendrives y cuanto la imaginación humana se invente, la lectura no dejará de crecer pues es la más pura esencia de la libertad.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

mayo 2, 2010 Publicado por | Internet, lectura, libros | Dejar un comentario

>Los libros, ¿como las canciones?

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Por José Antonio Millán, editor digital (EL PAÍS, 09/04/10):
Todo parece indicar que en los próximos años aumentará la lectura de libros digitales, ya sea en la pantalla del ordenador, en dispositivos dedicados (e-books), en móviles avanzados, en el iPad o en cualquier nuevo cacharro que se invente. Lo que se preguntan muchos es si pasará con los libros lo mismo que parece haber ocurrido con la música: las ventas de CD han bajado notablemente, y esto se atribuye a las descargas no autorizadas.
Los libros se imprimen ilegalmente desde hace años en países de Latinoamérica, y también hace mucho que se fotocopian sin permiso. Ahora, además circulan copias digitales no autorizadas, incluso de libros que no tienen versión en e-book: hace meses que circula por la Red la traducción española de una famosa ficción policial sueca. (Como se verá, estoy evitando utilizar la palabra piratería. A mí me parece que no hay nada en común entre los indonesios que asaltan yates y quienes se descargan una copia no autorizada).
¿Pasará, pues, con los libros como con la música, que uno puede encontrar en la Red copias gratuitas de casi cualquier canción u obra grabada? ¿O como con los videojuegos, también disponibles de esa forma? Pero, por suerte o por desgracia, la lectura carece del glamour para el público amplio. Prácticamente todos escuchan música, aunque sólo el 41% de los españoles son más que lectores ocasionales. Además, la oferta de libros es mucho más dispersa. Según datos franceses, mientras que en los juegos la mayoría de la ventas se concentran en cinco decenas de títulos, y en los CD en cinco centenares, en el libro hacen falta 3.000 títulos para llegar al 50% de las ventas.
Los best sellers probablemente serán pasto de la copia no autorizada, aunque no ocurrirá lo mismo con la mayoría de los libros: el año pasado en Francia menos del 1% de las obras disponibles en papel eran objeto de descargas ilegales. Pero en todos los lugares en los que se ha estudiado seriamente el fenómeno se ha encontrado que afecta a los libros técnicos y los utilizados en la enseñanza.
¿Se puede hacer algo para evitar esta situación? No es nada fácil, pero si miramos de nuevo a lo ocurrido con la música, parece que, cuando existe la posibilidad de descargas legales baratas, la gente la usa: Apple vende en Estados Unidos una de cada cuatro canciones que se venden por cualquier medio (digital o no). O caben nuevas propuestas: Spotify ofrece música digital gratis con anuncios, como la radio; o podría existir la suscripción a sitios que permitan leer una diversidad de títulos, o… Pero, claro, los libros tienen una diversidad muy grande, y la solución que se podría aplicar a Millenium no servirá probablemente para un Manual de nefrología.
Habrá cambios, con toda seguridad, y existe incluso la posibilidad de que se tambaleen sectores enteros de una industria, tal y como la conocemos. Sin embargo, no se puede pretender que haya técnicas de desmaterialización de contenidos al alcance de todos, conectividad general y sistemas que permite el transporte de obras hasta nuestros mismos bolsillos, y esperar que todo siga como antes.
¡¡Pero nosotros no somos responsables de lo que está pasando!!, dirán con toda razón quienes hasta ahora vivían de la venta de soportes materiales: ¡¡son los vendedores de aparatos electrónicos y las compañías telefónicas quienes están haciendo negocio a nuestra costa!!
Todo eso es cierto, pero súbitamente así están las cosas. Y los ciudadanos parecen encantados con este mundo de consumo en el que los productos deseados aparecen inmediatamente en sus móviles y ordenadores. Incluso pagando.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

abril 27, 2010 Publicado por | libros, propiedad intelectual | Dejar un comentario

>La reinvención del libro

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Por Juan Villoro, escritor (EL PERIÓDICO, 10/09/09):

¿Qué tan novedoso debe ser un invento? La importancia de un producto suele depender de su capacidad de sustituir a otro. La tecnología necesita contrastes; sus aportaciones se miden en relación con lo que había antes. El inventor es el hombre que llega después.

Lo nuevo existe en serie: es la última parte de una secuencia, requiere de algo que lo anteceda. Esto lleva a una pregunta: ¿podemos inventar hacia atrás?, ¿qué pasa si le asignamos otro orden a la historia de la técnica?

Imaginemos una sociedad con escritura y alta tecnología, pero sin imprenta. Un mundo donde se lee en pantallas y se dispone de muy diversos soportes electrónicos. Abundan los receptores de textos e incluso se han diseñado pastillas con resúmenes de libros y métodos hipnóticos para absorber documentos. Esa civilización ha transitado de la escritura en arcilla a los procesadores de palabras sin pasar por el papel impreso. ¿Qué sucedería si justo ahí se inventara el libro? Sería visto como una superación de la computadora, no solo por el prestigio de lo nuevo, sino por los asombros que provocaría su llegada.

Los irrenunciables beneficios de la computación no se verían amenazados por el nuevo producto, pero la gente, tan veleidosa y afecta a comparar peras con manzanas, celebraría la ultramodernidad del libro. Después de años ante las pantallas, se dispondría de un objeto que se abre al modo de una ventana o una puerta. Un aparato para entrar en él. Por primera vez el conocimiento se asociaría con el tacto y con la ley de la gravedad. El invento aportaría las inauditas sensaciones de lo que solo funciona mientras se sopesa y acaricia. La lectura se transformaría en una experiencia física. Con el papel en las manos, el lector advertiría que las palabras pesan y que pueden hacerlo de distintos modos.

La condición portátil del libro cambiaría las costumbres. Habría lectores en los autobuses y en el metro, a los que se les pasaría la parada por ir absortos en las páginas (así descubrirían que no hay medio de transporte más poderoso que un libro).

La variedad de ediciones fomentaría el coleccionismo; los pretenciosos podrían encuadernar volúmenes que no han leído y los cazadores de rarezas podrían buscar títulos esquivos y acaso inexistentes. Solo los tradicionalistas extrañarían la primitiva edad en que se leía en pantalla.

En su variante de bolsillo, el libro entraría en la ropa y sería llevado a todas partes. Esta ubicuidad fomentaría prácticas escatológicas en las que no nos detendremos. Baste decir que acompañaría a quienes necesitaran de distracción para ir al baño.

Las más curiosas consecuencias del invento tardarían algún tiempo en advertirse. Una de ellas está al margen de la ciencia y la comprobación empírica, pero sin duda existe. El libro se mueve solo. Lo dejas en el escritorio y aparece en el buró; lo colocas en la repisa de los poetas románticos y emerge en un coloquio de helenistas. Las bibliotecas no conocen el sosiego.

El hecho de que incluso los tomos pesados se desplacen sin ser vistos representaría un misterio menor, como el de los calcetines a los que se les pierde un par en el camino a la azotea, si no fuera porque los libros se mueven por una causa: buscan a sus lectores o se apartan de ellos. Hay que merecerlos. El password de un libro es el deseo de adentrarse en él.

Las pantallas son magníficas, pero les somos indiferentes. En cambio, los libros nos eligen o repudian. Otras virtudes serían menos esotéricas. ¡Qué descanso disponer de una tecnología definitiva! El sistema operativo de un libro no debe ser actualizado. Su tipografía es constante. Eso sí: su mensaje cambia con el tiempo y se presta a nuevas interpretaciones.

Para quienes vivimos en tristes ciudades en las que se va la luz, como México DF, el libro representa un motor de búsqueda que no requiere de pilas ni electricidad.

Qué alegrías aportaría el inesperado invento del libro en una comunidad electrónica. Después de décadas de entender el conocimiento como un acervo interconectado, un sistema de redes, se descubriría la individualidad. Cada libro contiene a una persona. No se trata de un soporte indiferenciado, un depósito donde se pueden borrar o agregar textos, sino de un espacio irrepetible. Llevarse un libro de vacaciones significaría empacar a un sueco intenso o a una ceremoniosa japonesa.

Con el advenimiento del libro, la gente se singularizaría de diversos modos. Esto tendría que ver con los plurales contenidos y la manera de leerlos, pero también con el diseño. Los fetichistas podrían satisfacer anhelos que desconocían.

¿Hasta dónde podemos apropiarnos de un artefacto? El libro es el único aparato que se inventó para ser dedicado, ya sea por los autores o por quienes lo regalan. Qué extraño sería instalar un programa de Word dedicado con cariño a la esposa de Bill Gates. En cambio, el libro llegó para ser firmado y para escribir un deseo en la primera página.

En el siglo XVIII, el alemán Georg Christoph Lichtenberg escribió: «Un libro es como un espejo: si un mono se asoma a él, no puede ver reflejado a un apóstol». Las páginas reflejan lo que el lector lleva dentro.

Las novedades deslumbran a la gente. El libro ya cambió al mundo. Si se inventara hoy, sería mejor.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

septiembre 15, 2009 Publicado por | libros | Dejar un comentario

>Soportes perecederos

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Por Umberto Eco, escritor. Distribuido por The New York Times Syndicate. Traducción: Héctor Shelley (EL PERIÓDICO, 04/05/09):

En la jornada de clausura de la Escuela para Libreros dedicada a Umberto y Elisabetta Mauri, en Venecia, hablamos, entre otras cosas, de la caducidad de los soportes de la información. Han sido soportes de información escrita la estela egipcia, la tablilla de arcilla, el papiro, el pergamino y, obviamente, el libro impreso. Este último ha sobrevivido bien durante 500 años, pero solo cuando está hecho con papel de trapo. A partir de mediados del siglo XIX se pasó al papel de madera, y parece ser que este tiene una vida máxima de 70 años (y en efecto, basta consultar periódicos o libros de los años 40 para ver cómo muchos de ellos se deshacen en cuanto se los hojea). Por lo tanto, desde hace tiempo se celebran congresos y se estudian medios distintos para salvar todos los libros que abarrotan nuestras bibliotecas: uno de los que gozan de mayor éxito (pero casi imposible de realizar para todo libro existente) es escanear todas las páginas y copiarlas en un soporte electrónico.

PERO AQUÍ se nos presenta otro problema: todos los soportes para la transmisión y conservación de la información, desde la foto a la película cinematográfica, desde el disco a la memoria USB que usamos en nuestro ordenador, son más caducos que el libro. Lo tenemos muy claro con algunos de ellos: en los viejos casetes, al cabo de poco tiempo la cinta se hacía un lío, intentábamos desenmarañarla introduciendo el lápiz en el agujero, a menudo con resultados nulos; las cintas de vídeo pierden los colores y la definición con facilidad, y si las usamos para estudiarlas, rebobinándolas y adelantándolas a menudo, se estropean incluso antes. Ahora bien, hemos tenido tiempo para darnos cuenta de cuánto podía durar un disco de vinilo sin rayarse demasiado, pero no hemos tenido tiempo de verificar cuánto dura un cederrón puesto que, de ser la invención que había de sustituir al libro, ha salido rápidamente del mercado porque se podía acceder on-line a los mismos contenidos y a un precio más conveniente. No sabemos cuánto durará una película en DVD, sabemos solo que a veces empieza a darnos problemas cuando la vemos mucho. E igualmente, no hemos tenido tiempo material de experimentar lo que podían durar los discos flexibles (los floppy disk) para el ordenador: antes de poderlo descubrir fueron sustituidos por los disquetes; estos, por los discos reescribibles, y estos, por los pen drives. Con la desaparición de los diferentes soportes han desaparecido también los ordenadores capaces de leerlos (creo que ya nadie tiene en casa un ordenador con la ranura para el floppy) y si uno no se ha copiado en el soporte sucesivo todo lo que tenía en el precedente (y así en adelante, presumiblemente durante toda la vida, cada dos o tres años), lo ha perdido irremediablemente (a menos de que conserve en el trastero una docena de ordenadores obsoletos, uno por cada soporte desaparecido).

Así pues, sabemos que todos los soportes mecánicos, eléctricos y electrónicos son rápidamente perecederos, o no sabemos cuánto duran y probablemente no llegaremos a saberlo nunca. En fin, que basta una subida de tensión, un rayo en el jardín o cualquier otro acontecimiento mucho más banal para desmagnetizar una memoria. Si hubiera un apagón bastante largo no podríamos usar ya ninguna memoria electrónica.

Aun habiendo grabado en mi memoria electrónica todo el Quijote, no podría leerlo a la luz de una vela, en una hamaca, en un barco, en la bañera, en el columpio, mientras que un libro me permite hacerlo en las condiciones más arduas. Y si se me caen el ordenador o el e-book desde el quinto piso, estaré matemáticamente seguro de que lo he perdido todo, mientras que, si se me cae un libro, como mucho se desencuaderna completamente.

Los soportes modernos parecen apuntar más a la difusión de la información que a su conservación. El libro, en cambio, ha sido el instrumento principal de difusión –pensemos en el papel que tuvo la Biblia impresa en la reforma protestante–, pero al mismo tiempo también de la conservación.

ES POSIBLE que dentro de algunos siglos, la única forma de tener noticias sobre el pasado, al haberse desmagnetizado todos los soportes electrónicos, siga siendo un hermoso incunable. Y, entre los libros modernos, sobrevivirán los muchos hechos con papel de gran calidad, o los que ahora proponen muchos editores hechos con papel libre de ácidos.

No soy un reaccionario nostálgico del pasado. En un disco duro portátil de 250 gigas he grabado las mayores obras maestras de la literatura universal y de la historia de la filosofía: es mucho más cómodo recuperar del disco duro en pocos segundos una cita de Dante o de la Summa Theologica que levantarse e ir a buscar un volumen pesado en librerías demasiado altas. Pero estoy contento de que esos libros sigan en mis librerías, garantía de la memoria para cuando se les crucen los cables a los instrumentos electrónicos.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

mayo 5, 2009 Publicado por | libros | Dejar un comentario

   

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