>Tres libertades
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Cada siglo y cultura tienen sus palabras y cada palabra encuentra su despliegue dentro de una cultura o de un siglo. El siglo XVI y XVII tendrán la palabra experiencia, el siglo XVIII razón y naturaleza, hasta aplicar el adjetivo natural a toda una constelación de realidades: orden natural, ley natural, derecho natural… El siglo XIX gira en torno a las palabras historia y libertad en la perspectiva social y política frente a las monarquías soberanas, las actitudes dogmáticas o las oligarquías nacientes. El siglo XX ha radicalizado las búsquedas anteriores en torno a las mismas palabras pero lanzadas hacia la utopía de un futuro nuevo y de una sociedad construida sin referencia a la historia y a la naturaleza previa.
Logradas estas conquistas, tras las cuales ya no hay posible retorno, ¿cuál es la situación real de la libertad personal del hombre hoy? No hablamos de la libertad natural, que es la prerrogativa de los hombres a diferencia de los animales; y sin la cual la existencia no tendría ni dignidad real ni responsabilidad moral. Tampoco hablamos de las libertades civiles tal como están reconocidas en el ordenamiento jurídico de muchos países, aunque no en todos; pero cuando se ha conquistado una idea o un derecho para unos hombres esa idea y derecho quedan conquistados para todos y sólo es cuestión de tiempo el implantarlos jurídicamente con todas sus exigencias. Nos referimos a ese otro orden humano que se juega precisamente entre la libertad natural como presupuesto de toda acción del hombre y las libertades civiles como marco de realización y defensa.
Ser libre es el anhelo de todo hombre, pero ¿cómo llegar a serlo? Tres son los caminos y las formas de libertad. Una primera es la libertad de. Hay que pisar en la tierra para poder avanzar, pero a la vez para despegarnos de ella, tendiendo hacia lo que no es tierra, límite, fuerza ciega, violencia natural. Nadie ha mostrado este esencial despegue como Miguel Ángel en sus esbozos de esclavos, niños y héroes emergiendo de la materia marmórea en la cual están insertos pero de la cual tienen que ser arrancados y liberados. Lo humano no es lo inmediato y directo sino lo esforzado y distanciado; no la naturaleza sino la cultura. El hombre tiene que ser liberado de esos pesos reales, previo reconocimiento de ellos como fundamento de nuestra posibilidad. El reconocimiento y consentimiento son lo contrario del resentimiento; por ello, estoy afirmando que la conciencia y aceptación de nuestro origen son la condición de posibilidad para crecer sanos y llegar a la libertad verdadera.
La liberación o emancipación tiene lugar respecto de tres órdenes: la naturaleza; los poderes políticos y constricciones sociales; el propio mundo psicológico de complejos y temores, de légamos y viscosidades. Desde esas circunscripciones, que son previas a la específica humanidad, tiene el individuo que saltar para hacer de su propia existencia un proyecto. Aquí hay que situar todos los movimientos de emancipación de los pueblos, grupos e individuos para adquirir el estatuto y estatura que les son connaturales por su historia, cultura y decisión. Hay límites de naturaleza que tienen que ser reconocidos y admitidos: luchar contra ellos equivale al suicidio. Pero todos los que siendo de origen natural o social son superables, esos tienen que ser deconstruídos por la educación, el derecho y la política.
Una segunda forma constituyente del hombre es la libertad con. Los hombres no somos islas sino trozos de tierra pertenecientes al continente de lo humano. No somos árboles erguidos en la soledad de un monte sino parte de un bosque que trenza sus raíces y ramas, ofreciendo ventalle y sombra. La existencia humana es naturaleza pero sobre todo es comunidad e historia, somos herencia y destino: llegamos a ser palabra, signo, lenguaje e idea en la medida en que el rostro, la sonrisa, la palabra y la esperanza del prójimo nos despiertan a la conciencia y a la libertad. Los otros constituyen al nos-otros, porque no somos la mera agregación exterior con los demás sino que nos constituimos los unos a los otros.
La libertad sólo es humana en la medida en que se vive en referencia a los demás. La autonomía es para el servicio, no para la independencia insolidaria. Kant y Rahner son necesarios e irrenunciables, pero son insuficientes si no dejan patente la abertura para integrar en la comprensión del hombre lo que Buber, Mounier, Levinas y Balthasar nos han descubierto e inscrito definitivamente en nuestra conciencia. Con esto no olvidamos todo lo afirmado en el párrafo anterior sobre las necesarias liberaciones y lo que sobre ellas dijeron en el siglo XIX Marx, Nietzsche y Freud. Pero no nos paramos ahí. San Pablo -¡que evidentemente no había leído los «Cuatro ensayos sobre la libertad» de I. Berlín!- formuló con incisiva claridad la necesaria liberación propia a la vez que la esencial solidaridad y responsabilidad para con el prójimo. En su carta a los Gálatas expresa con igual radicalidad el haber sido liberados de la ley judía y el deber de servir a los demás: «Para ser libres os libertó Cristo. Manteneos pues firmes y no os dejéis oprimir nuevamente bajo el yugo de la esclavitud… Hermanos, habéis sido llamados a la libertad; pero no toméis pretexto de esa libertad para servir a la carne, sino servíos por amor los unos a los otros» (5,1.13).
La tercera condición para una existencia en dignidad es la libertad para. Hasta ahora hemos enfocado al hombre en lo que le precede (naturaleza, sociedad, inconsciente propio o colectivo), a la vez que en el medio humano al que está destinado y respecto del cual debe sentirse siempre heredero, solidario y responsable, ya que se es hombre con los demás y para los demás. Pero una vez hecho esto cada uno nos encontramos en soledad ante nosotros mismos, ante el prójimo y ante Dios. En este despegue de la naturaleza y sociedad previas los hombres quedamos enfrentados con el irrenunciable desafío de vivir como personas únicas, en un lugar único, con la exigencia de hacer un quehacer y de la obra bien hecha. Ninguna sociedad, política, iglesia, cierran del todo el camino para el despliegue de la libertad de un hombre. Cuanto más le acosan desde fuera más le provocan a su afirmación desde dentro. El hombre es extraterritorial respecto de todos los poderes y límites de este mundo; puede ser negado, pero nunca anegado del todo. Ante sí mismo se sabe un absoluto y ante Dios se sabe llamado con su propio nombre y enviado a una misión personalísima. Aquí es donde cristaliza definitivamente la libertad. El ciudadano, el político, el creyente y el poeta se saben puestos ante una misión de la que nadie los puede liberar y de cuyo cumplimiento dependen su grandeza o miseria moral.
Estas tres libertades son inconmensurables entre sí: cada una de ellas tiene sus contenidos y requieren un método propio para ser alcanzadas pero no pueden vivir separadas. Cada hombre y cada generación se sentirán llamados a conquistar en primer lugar una u otra: la libertad de, como independencia, liberación, emancipación; la libertad con, como herencia, comunidad solidaridad; la libertad para, como personalización, destino único, misión histórica.
Los distintos tipos de liberaciones deben ser comprendidas y juzgadas a esta luz. Los adalides de cada una de ellas nos desbrozan e iluminan un territorio de lo humano; pero las tres son igualmente necesarias, viven referidas entre sí y deben interaccionarse.
La verdadera cultura y la virtud cívica abarcan al hombre como individuo en su contexto particular, como ciudadano responsable en la sociedad y como persona con un destino único. Sólo en esta suma de ideales colectivos y de virtudes personales, de acciones sociales y de instituciones escolares, se logra una educación a la altura del tiempo, solidaria con la comunidad y al servicio del valor sagrado de cada persona.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona
Isegoría
El debate protagonizado por John F. Kennedy y Richard Nixon en las elecciones presidenciales norteamericanas de 1959 suele ser citado como ejemplo de la primera vez en que la televisión interviene de modo decisivo a la hora de determinar un resultado político. Lo cierto es que sólo unos meses antes, el 16 de julio, ese genio de la comunicación que es Fidel Castro había dado ya el aldabonazo de convertir la televisión en palanca de poder, nada menos que ejecutando un golpe de Estado desde la pantalla, con el efecto inmediato de provocar la deposición del presidente Urrutia. La alocución televisada de Fidel constituyó el núcleo de una maniobra iniciada en la mañana del mismo día jugando con otro medio, la prensa, al anunciar desde la primera plana de Revolución su dimisión como primer ministro -no como jefe de las Fuerzas Armadas, por si acaso-, para desencadenar la movilización de masas en torno al palacio presidencial, cuyos fundamentos serán proporcionados por el líder guerrillero en su intervención televisada, sin que por supuesto Urrutia tenga oportunidad de acceder al medio. Sólo le quedará huir y buscar refugio en la Embajada de Venezuela, mientras Fidel ponía en marcha su interminable monopolio de poder. Fue la muestra de que una eficaz manipulación de los nuevos medios, al conjugar el manejo de las masas por el líder con una implacable censura ejercida sobre el discurso del oponente, podía crear la ficción de una nueva forma democrática, la democracia de la plaza pública y de su difusión por la imagen, una falsa democracia que en la práctica arrancará de cuajo las raíces de la libertad política.
La entrada en escena de la televisión, a mediados del pasado siglo, es también un ejemplo del peso ejercido por los cambios tecnológicos sobre el ejercicio y los límites de esa libertad. Los conceptos de fondo permanecen inmutables desde la polis griega. Las dos condiciones para la existencia de la democracia son, en primer término, la isonomía, la capacidad de los ciudadanos para intervenir activamente en el proceso de toma de decisiones, y en segundo, la isegoría, el acceso a la palabra, que en las sociedades modernas incorpora el derecho a una información veraz. A lo largo de la historia, la isegoría irá experimentando mutaciones en el citado plano técnico, desde la intervención oral en la asamblea al blog, así como en cuanto al marco económico y organizativo en el cual se inscribe la comunicación, y, en fin, su contenido se verá afectado por la incidencia de las censuras. Y es preciso hablar de censuras en plural, ya que tan censoria es la interferencia del gabinete de censura clásico o de la Inquisición que veta la emisión de un mensaje o procede contra el mismo una vez emitido, como la llamada telefónica del asesor del ministro al editor de un telediario, o la oscura e implacable acción permanente dentro de un periódico del personaje encargado de garantizar la publicación de artículos y mensajes ajustados a los intereses económicos y políticos de la empresa. La primera censura es en gran medida visible; la segunda, críptica por naturaleza, rara vez descubre sus cartas al exterior. Ambas responden en sus actuaciones a la leyenda relativa a las horas de la vida, observable en el viejo reloj de la iglesia vasca de Urruña, que evocara Pío Baroja: todas hieren, la última mata.
Modernidad y manipulación enlazaron muy pronto, yendo más allá de las formas de periodismo de masas, cuya ilustración más conocida fuera recreada por Orson Welles en su Ciudadano Kane. Correspondió a los fascismos ensayar con éxito la configuración de un espectáculo permanente, de falsa interactividad, a efectos de ejercer un control absoluto sobre la mentalidad de los ciudadanos. Primero, con la radio. Pronto, gracias a la novedad del cinematógrafo, eficacia y esplendor se conjugan en las realizaciones de Leni Riefenstahl, pero faltan la inmediatez y la recurrencia que proporcionará el medio televisivo. Por añadidura, en la visión de los colaboradores de Goebbels, el discurso del otro sólo tiene cabida una vez sometido ala deformación que lo ridiculiza, de acuerdo con el principio de que más vale destruir al adversario que dar forma a una oferta propia: practicado también, con notable torpeza, por la iconografía soviética, dicho principio llegará a la propaganda electoral española, vía Norteamérica, con la imagen de Aznar transformado en dobermann dentro del corto electoral socialista de 1993.
En el mundo occidental, hasta la década de 1990, el imperio de la imagen, con la exigencia de unos altos costes para la emisión de todo mensaje eficaz, tuvo lugar una inevitable postergación de la galaxia Gutenberg. Quedaron lejos los tiempos en que el escaso capital exigido para publicar un diario convirtió al periódico en “el libro del obrero”. Las leyes del márketing no sólo se aplicaron a la propaganda económica, sino al discurso político. La aspiración a la isegoría, contenida en los grandes textos del pensamiento y de la Constitución, se vio reemplazada por la generalización del ciudadano como consumidor pasivo. En el límite del poder que controla el medio, se pasó al medio que determina el poder, merced a un ejercicio permanente de manipulación de los mensajes: Berlusconi.
Hasta cierto punto, Internet ha hecho estallar este entramado. Vuelve la isegoría. Los emisores se multiplican con la facilidad para crear páginas web y poner en práctica la interactividad. De ahí la vocación censoria al respecto de regímenes como el chino o el cubano y, en sentido contrario, el importante papel que desempeñan los blogs a la hora de crear un discurso relativamente libre, a pesar del estado de vigilancia permanente, en países como Irán. Hasta el punto de que en la propia esfera del poder de los ayatolás se crean los blogs propios para llegar a sectores sociales renuentes frente a la lengua de palo empleada por los medios de comunicación oficiales. Mediante el blog, el censor toma entonces el disfraz de paladín de la libertad de expresión. Análogo riesgo afecta a la interactividad, convertida en emblema de una participación libre de los ciudadanos en los medios. Es algo que recuerda al elogio irreflexivo de la movilidad social ascendente como indicador de la democracia, sin tener en cuenta que todo depende de cuál es el sujeto que determina su funcionamiento. Ningún régimen favoreció más un ascenso social ilimitado que el despotismo otomano: un esclavo podía llegar a ser visir, eso sí, con el pequeño riesgo de que su amo y señor, el sultán, truncase la brillante carrera enviando un día al triunfador una cuerda de seda para que se ahorcara. Son demasiado amplias las posibilidades de manipulación en las secciones de cartas de lectores desde la dirección de los diarios o en las llamadas de personas anónimas, sobre todo en los programas de televisión. Cabe pensar que el ideal de un Gran Manipulador en los medios consiste hoy en un monopolio de emisión ejercido bajo la cobertura de un bosque de blogs, foros, etc., de significación final nula. Como siempre, y aquí con especial cuidado, el poder ha de estar sometido a control para no caer en una falsa isegoría.
Porque, en otro sentido, la trama constituida por la articulación de poder político, poder económico y medios de comunicación es hoy más tupida que nunca. A su modo, el Gobierno de Aznar emprendió con resolución un acercamiento al modelo de Berlusconi, poniendo a su servicio una red de intereses económicos y mediáticos, oculta a la mirada de la opinión, pero de gran cohesión. De ahí el cerco puesto en su día a PRISA y la persistencia con la cual, aun perdida La Moncloa, se han mantenido intoxicaciones tales como la teoría de la conspiración. Por su parte, el modelo socialista que le ha sucedido encaja más con la revolución tecnológica en curso, consumando la disolución del discurso político oficial en una sucesión de slogans -en relación con ETA, “el proceso de paz”, “el diálogo”, ahora “la unidad”-, dejando en manos de sus medios la responsabilidad de elaborar bajo su mando las explicaciones, dentro de un molde de extrema rigidez, y de proceder a la destrucción sistemática de la imagen del adversario (en justa correspondencia aquí con la labor permanente de satanización ejercida desde el PP).
¿Qué queda entonces de la isegoría, e incluso si la misma resulta inalcanzable, de la posibilidad de ejercer la disidencia ante los dos bloques? Pensando en el año electoral que nos aguarda, cabe vaticinar que por muchos blogs que sirvan de salsa al autoritarismo, bien poca cosa.
>Isegoría
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El debate protagonizado por John F. Kennedy y Richard Nixon en las elecciones presidenciales norteamericanas de 1959 suele ser citado como ejemplo de la primera vez en que la televisión interviene de modo decisivo a la hora de determinar un resultado político. Lo cierto es que sólo unos meses antes, el 16 de julio, ese genio de la comunicación que es Fidel Castro había dado ya el aldabonazo de convertir la televisión en palanca de poder, nada menos que ejecutando un golpe de Estado desde la pantalla, con el efecto inmediato de provocar la deposición del presidente Urrutia. La alocución televisada de Fidel constituyó el núcleo de una maniobra iniciada en la mañana del mismo día jugando con otro medio, la prensa, al anunciar desde la primera plana de Revolución su dimisión como primer ministro -no como jefe de las Fuerzas Armadas, por si acaso-, para desencadenar la movilización de masas en torno al palacio presidencial, cuyos fundamentos serán proporcionados por el líder guerrillero en su intervención televisada, sin que por supuesto Urrutia tenga oportunidad de acceder al medio. Sólo le quedará huir y buscar refugio en la Embajada de Venezuela, mientras Fidel ponía en marcha su interminable monopolio de poder. Fue la muestra de que una eficaz manipulación de los nuevos medios, al conjugar el manejo de las masas por el líder con una implacable censura ejercida sobre el discurso del oponente, podía crear la ficción de una nueva forma democrática, la democracia de la plaza pública y de su difusión por la imagen, una falsa democracia que en la práctica arrancará de cuajo las raíces de la libertad política.
La entrada en escena de la televisión, a mediados del pasado siglo, es también un ejemplo del peso ejercido por los cambios tecnológicos sobre el ejercicio y los límites de esa libertad. Los conceptos de fondo permanecen inmutables desde la polis griega. Las dos condiciones para la existencia de la democracia son, en primer término, la isonomía, la capacidad de los ciudadanos para intervenir activamente en el proceso de toma de decisiones, y en segundo, la isegoría, el acceso a la palabra, que en las sociedades modernas incorpora el derecho a una información veraz. A lo largo de la historia, la isegoría irá experimentando mutaciones en el citado plano técnico, desde la intervención oral en la asamblea al blog, así como en cuanto al marco económico y organizativo en el cual se inscribe la comunicación, y, en fin, su contenido se verá afectado por la incidencia de las censuras. Y es preciso hablar de censuras en plural, ya que tan censoria es la interferencia del gabinete de censura clásico o de la Inquisición que veta la emisión de un mensaje o procede contra el mismo una vez emitido, como la llamada telefónica del asesor del ministro al editor de un telediario, o la oscura e implacable acción permanente dentro de un periódico del personaje encargado de garantizar la publicación de artículos y mensajes ajustados a los intereses económicos y políticos de la empresa. La primera censura es en gran medida visible; la segunda, críptica por naturaleza, rara vez descubre sus cartas al exterior. Ambas responden en sus actuaciones a la leyenda relativa a las horas de la vida, observable en el viejo reloj de la iglesia vasca de Urruña, que evocara Pío Baroja: todas hieren, la última mata.
Modernidad y manipulación enlazaron muy pronto, yendo más allá de las formas de periodismo de masas, cuya ilustración más conocida fuera recreada por Orson Welles en su Ciudadano Kane. Correspondió a los fascismos ensayar con éxito la configuración de un espectáculo permanente, de falsa interactividad, a efectos de ejercer un control absoluto sobre la mentalidad de los ciudadanos. Primero, con la radio. Pronto, gracias a la novedad del cinematógrafo, eficacia y esplendor se conjugan en las realizaciones de Leni Riefenstahl, pero faltan la inmediatez y la recurrencia que proporcionará el medio televisivo. Por añadidura, en la visión de los colaboradores de Goebbels, el discurso del otro sólo tiene cabida una vez sometido ala deformación que lo ridiculiza, de acuerdo con el principio de que más vale destruir al adversario que dar forma a una oferta propia: practicado también, con notable torpeza, por la iconografía soviética, dicho principio llegará a la propaganda electoral española, vía Norteamérica, con la imagen de Aznar transformado en dobermann dentro del corto electoral socialista de 1993.
En el mundo occidental, hasta la década de 1990, el imperio de la imagen, con la exigencia de unos altos costes para la emisión de todo mensaje eficaz, tuvo lugar una inevitable postergación de la galaxia Gutenberg. Quedaron lejos los tiempos en que el escaso capital exigido para publicar un diario convirtió al periódico en “el libro del obrero”. Las leyes del márketing no sólo se aplicaron a la propaganda económica, sino al discurso político. La aspiración a la isegoría, contenida en los grandes textos del pensamiento y de la Constitución, se vio reemplazada por la generalización del ciudadano como consumidor pasivo. En el límite del poder que controla el medio, se pasó al medio que determina el poder, merced a un ejercicio permanente de manipulación de los mensajes: Berlusconi.
Hasta cierto punto, Internet ha hecho estallar este entramado. Vuelve la isegoría. Los emisores se multiplican con la facilidad para crear páginas web y poner en práctica la interactividad. De ahí la vocación censoria al respecto de regímenes como el chino o el cubano y, en sentido contrario, el importante papel que desempeñan los blogs a la hora de crear un discurso relativamente libre, a pesar del estado de vigilancia permanente, en países como Irán. Hasta el punto de que en la propia esfera del poder de los ayatolás se crean los blogs propios para llegar a sectores sociales renuentes frente a la lengua de palo empleada por los medios de comunicación oficiales. Mediante el blog, el censor toma entonces el disfraz de paladín de la libertad de expresión. Análogo riesgo afecta a la interactividad, convertida en emblema de una participación libre de los ciudadanos en los medios. Es algo que recuerda al elogio irreflexivo de la movilidad social ascendente como indicador de la democracia, sin tener en cuenta que todo depende de cuál es el sujeto que determina su funcionamiento. Ningún régimen favoreció más un ascenso social ilimitado que el despotismo otomano: un esclavo podía llegar a ser visir, eso sí, con el pequeño riesgo de que su amo y señor, el sultán, truncase la brillante carrera enviando un día al triunfador una cuerda de seda para que se ahorcara. Son demasiado amplias las posibilidades de manipulación en las secciones de cartas de lectores desde la dirección de los diarios o en las llamadas de personas anónimas, sobre todo en los programas de televisión. Cabe pensar que el ideal de un Gran Manipulador en los medios consiste hoy en un monopolio de emisión ejercido bajo la cobertura de un bosque de blogs, foros, etc., de significación final nula. Como siempre, y aquí con especial cuidado, el poder ha de estar sometido a control para no caer en una falsa isegoría.
Porque, en otro sentido, la trama constituida por la articulación de poder político, poder económico y medios de comunicación es hoy más tupida que nunca. A su modo, el Gobierno de Aznar emprendió con resolución un acercamiento al modelo de Berlusconi, poniendo a su servicio una red de intereses económicos y mediáticos, oculta a la mirada de la opinión, pero de gran cohesión. De ahí el cerco puesto en su día a PRISA y la persistencia con la cual, aun perdida La Moncloa, se han mantenido intoxicaciones tales como la teoría de la conspiración. Por su parte, el modelo socialista que le ha sucedido encaja más con la revolución tecnológica en curso, consumando la disolución del discurso político oficial en una sucesión de slogans -en relación con ETA, “el proceso de paz”, “el diálogo”, ahora “la unidad”-, dejando en manos de sus medios la responsabilidad de elaborar bajo su mando las explicaciones, dentro de un molde de extrema rigidez, y de proceder a la destrucción sistemática de la imagen del adversario (en justa correspondencia aquí con la labor permanente de satanización ejercida desde el PP).
¿Qué queda entonces de la isegoría, e incluso si la misma resulta inalcanzable, de la posibilidad de ejercer la disidencia ante los dos bloques? Pensando en el año electoral que nos aguarda, cabe vaticinar que por muchos blogs que sirvan de salsa al autoritarismo, bien poca cosa.
Isegoría
El debate protagonizado por John F. Kennedy y Richard Nixon en las elecciones presidenciales norteamericanas de 1959 suele ser citado como ejemplo de la primera vez en que la televisión interviene de modo decisivo a la hora de determinar un resultado político. Lo cierto es que sólo unos meses antes, el 16 de julio, ese genio de la comunicación que es Fidel Castro había dado ya el aldabonazo de convertir la televisión en palanca de poder, nada menos que ejecutando un golpe de Estado desde la pantalla, con el efecto inmediato de provocar la deposición del presidente Urrutia. La alocución televisada de Fidel constituyó el núcleo de una maniobra iniciada en la mañana del mismo día jugando con otro medio, la prensa, al anunciar desde la primera plana de Revolución su dimisión como primer ministro -no como jefe de las Fuerzas Armadas, por si acaso-, para desencadenar la movilización de masas en torno al palacio presidencial, cuyos fundamentos serán proporcionados por el líder guerrillero en su intervención televisada, sin que por supuesto Urrutia tenga oportunidad de acceder al medio. Sólo le quedará huir y buscar refugio en la Embajada de Venezuela, mientras Fidel ponía en marcha su interminable monopolio de poder. Fue la muestra de que una eficaz manipulación de los nuevos medios, al conjugar el manejo de las masas por el líder con una implacable censura ejercida sobre el discurso del oponente, podía crear la ficción de una nueva forma democrática, la democracia de la plaza pública y de su difusión por la imagen, una falsa democracia que en la práctica arrancará de cuajo las raíces de la libertad política.
La entrada en escena de la televisión, a mediados del pasado siglo, es también un ejemplo del peso ejercido por los cambios tecnológicos sobre el ejercicio y los límites de esa libertad. Los conceptos de fondo permanecen inmutables desde la polis griega. Las dos condiciones para la existencia de la democracia son, en primer término, la isonomía, la capacidad de los ciudadanos para intervenir activamente en el proceso de toma de decisiones, y en segundo, la isegoría, el acceso a la palabra, que en las sociedades modernas incorpora el derecho a una información veraz. A lo largo de la historia, la isegoría irá experimentando mutaciones en el citado plano técnico, desde la intervención oral en la asamblea al blog, así como en cuanto al marco económico y organizativo en el cual se inscribe la comunicación, y, en fin, su contenido se verá afectado por la incidencia de las censuras. Y es preciso hablar de censuras en plural, ya que tan censoria es la interferencia del gabinete de censura clásico o de la Inquisición que veta la emisión de un mensaje o procede contra el mismo una vez emitido, como la llamada telefónica del asesor del ministro al editor de un telediario, o la oscura e implacable acción permanente dentro de un periódico del personaje encargado de garantizar la publicación de artículos y mensajes ajustados a los intereses económicos y políticos de la empresa. La primera censura es en gran medida visible; la segunda, críptica por naturaleza, rara vez descubre sus cartas al exterior. Ambas responden en sus actuaciones a la leyenda relativa a las horas de la vida, observable en el viejo reloj de la iglesia vasca de Urruña, que evocara Pío Baroja: todas hieren, la última mata.
Modernidad y manipulación enlazaron muy pronto, yendo más allá de las formas de periodismo de masas, cuya ilustración más conocida fuera recreada por Orson Welles en su Ciudadano Kane. Correspondió a los fascismos ensayar con éxito la configuración de un espectáculo permanente, de falsa interactividad, a efectos de ejercer un control absoluto sobre la mentalidad de los ciudadanos. Primero, con la radio. Pronto, gracias a la novedad del cinematógrafo, eficacia y esplendor se conjugan en las realizaciones de Leni Riefenstahl, pero faltan la inmediatez y la recurrencia que proporcionará el medio televisivo. Por añadidura, en la visión de los colaboradores de Goebbels, el discurso del otro sólo tiene cabida una vez sometido ala deformación que lo ridiculiza, de acuerdo con el principio de que más vale destruir al adversario que dar forma a una oferta propia: practicado también, con notable torpeza, por la iconografía soviética, dicho principio llegará a la propaganda electoral española, vía Norteamérica, con la imagen de Aznar transformado en dobermann dentro del corto electoral socialista de 1993.
En el mundo occidental, hasta la década de 1990, el imperio de la imagen, con la exigencia de unos altos costes para la emisión de todo mensaje eficaz, tuvo lugar una inevitable postergación de la galaxia Gutenberg. Quedaron lejos los tiempos en que el escaso capital exigido para publicar un diario convirtió al periódico en “el libro del obrero”. Las leyes del márketing no sólo se aplicaron a la propaganda económica, sino al discurso político. La aspiración a la isegoría, contenida en los grandes textos del pensamiento y de la Constitución, se vio reemplazada por la generalización del ciudadano como consumidor pasivo. En el límite del poder que controla el medio, se pasó al medio que determina el poder, merced a un ejercicio permanente de manipulación de los mensajes: Berlusconi.
Hasta cierto punto, Internet ha hecho estallar este entramado. Vuelve la isegoría. Los emisores se multiplican con la facilidad para crear páginas web y poner en práctica la interactividad. De ahí la vocación censoria al respecto de regímenes como el chino o el cubano y, en sentido contrario, el importante papel que desempeñan los blogs a la hora de crear un discurso relativamente libre, a pesar del estado de vigilancia permanente, en países como Irán. Hasta el punto de que en la propia esfera del poder de los ayatolás se crean los blogs propios para llegar a sectores sociales renuentes frente a la lengua de palo empleada por los medios de comunicación oficiales. Mediante el blog, el censor toma entonces el disfraz de paladín de la libertad de expresión. Análogo riesgo afecta a la interactividad, convertida en emblema de una participación libre de los ciudadanos en los medios. Es algo que recuerda al elogio irreflexivo de la movilidad social ascendente como indicador de la democracia, sin tener en cuenta que todo depende de cuál es el sujeto que determina su funcionamiento. Ningún régimen favoreció más un ascenso social ilimitado que el despotismo otomano: un esclavo podía llegar a ser visir, eso sí, con el pequeño riesgo de que su amo y señor, el sultán, truncase la brillante carrera enviando un día al triunfador una cuerda de seda para que se ahorcara. Son demasiado amplias las posibilidades de manipulación en las secciones de cartas de lectores desde la dirección de los diarios o en las llamadas de personas anónimas, sobre todo en los programas de televisión. Cabe pensar que el ideal de un Gran Manipulador en los medios consiste hoy en un monopolio de emisión ejercido bajo la cobertura de un bosque de blogs, foros, etc., de significación final nula. Como siempre, y aquí con especial cuidado, el poder ha de estar sometido a control para no caer en una falsa isegoría.
Porque, en otro sentido, la trama constituida por la articulación de poder político, poder económico y medios de comunicación es hoy más tupida que nunca. A su modo, el Gobierno de Aznar emprendió con resolución un acercamiento al modelo de Berlusconi, poniendo a su servicio una red de intereses económicos y mediáticos, oculta a la mirada de la opinión, pero de gran cohesión. De ahí el cerco puesto en su día a PRISA y la persistencia con la cual, aun perdida La Moncloa, se han mantenido intoxicaciones tales como la teoría de la conspiración. Por su parte, el modelo socialista que le ha sucedido encaja más con la revolución tecnológica en curso, consumando la disolución del discurso político oficial en una sucesión de slogans -en relación con ETA, “el proceso de paz”, “el diálogo”, ahora “la unidad”-, dejando en manos de sus medios la responsabilidad de elaborar bajo su mando las explicaciones, dentro de un molde de extrema rigidez, y de proceder a la destrucción sistemática de la imagen del adversario (en justa correspondencia aquí con la labor permanente de satanización ejercida desde el PP).
¿Qué queda entonces de la isegoría, e incluso si la misma resulta inalcanzable, de la posibilidad de ejercer la disidencia ante los dos bloques? Pensando en el año electoral que nos aguarda, cabe vaticinar que por muchos blogs que sirvan de salsa al autoritarismo, bien poca cosa.
La historia al final de la historia
Hace quince años argumentaba en mi libro El fin de la historia y el último hombre que si una sociedad quería ser moderna no había más alternativa que la economía de mercado y un sistema político democrático. Por supuesto, no todos querían ser modernos y no todos podían establecer las instituciones y las políticas necesarias para que la democracia y el capitalismo funcionaran, pero ningún otro sistema podía arrojar mejores resultados.
Así, mientras El fin de la historia fue esencialmente una discusión sobre la modernización, algunos han vinculado mi tesis sobre el fin de la historia con la política exterior del presidente George W. Bush y la hegemonía estratégica estadounidense. Pero cualquiera que piense que mis ideas constituyen los cimientos intelectuales de las políticas de la Administración Bush no ha prestado atención a lo que he estado diciendo desde 1992 acerca de la democracia y el desarrollo.
En un principio, el presidente Bush justificó la intervención en Iraq por el programa de desarrollo de armas de destrucción masiva de Sadam, por los presuntos vínculos del régimen con Al-Qaeda, y por las violaciones a los derechos humanos y la ausencia de democracia en Iraq. A medida que las dos primeras justificaciones se desmoronaron después de la invasión del 2003, la Administración enfatizó cada vez más la importancia de la democracia, tanto en Iraq como en todo Medio Oriente.
Bush argumentaba que el deseo de libertad y democracia es universal y no una cuestión cultural, y que EE. UU. estaría dedicado a apoyar los movimientos democráticos “con el objetivo último de acabar con la tiranía en nuestro mundo”. Los dedos manchados de tinta de los electores iraquíes que hicieron fila para votar en las diversas elecciones celebradas entre enero y diciembre del 2005, la revolución del cedro en Líbano y las elecciones presidenciales y parlamentarias afganas confirmaron las creencias de quienes apoyaban la guerra. Si bien estos acontecimientos fueron estimulantes y prometedores, es probable que el camino hacia la democracia liberal en Medio Oriente sea extremadamente decepcionante en el corto y mediano plazo, y los esfuerzos de la Administración Bush para construir una política regional en torno a ella se dirigen al fracaso absoluto.
>La historia al final de la historia
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Hace quince años argumentaba en mi libro El fin de la historia y el último hombre que si una sociedad quería ser moderna no había más alternativa que la economía de mercado y un sistema político democrático. Por supuesto, no todos querían ser modernos y no todos podían establecer las instituciones y las políticas necesarias para que la democracia y el capitalismo funcionaran, pero ningún otro sistema podía arrojar mejores resultados.
Así, mientras El fin de la historia fue esencialmente una discusión sobre la modernización, algunos han vinculado mi tesis sobre el fin de la historia con la política exterior del presidente George W. Bush y la hegemonía estratégica estadounidense. Pero cualquiera que piense que mis ideas constituyen los cimientos intelectuales de las políticas de la Administración Bush no ha prestado atención a lo que he estado diciendo desde 1992 acerca de la democracia y el desarrollo.
En un principio, el presidente Bush justificó la intervención en Iraq por el programa de desarrollo de armas de destrucción masiva de Sadam, por los presuntos vínculos del régimen con Al-Qaeda, y por las violaciones a los derechos humanos y la ausencia de democracia en Iraq. A medida que las dos primeras justificaciones se desmoronaron después de la invasión del 2003, la Administración enfatizó cada vez más la importancia de la democracia, tanto en Iraq como en todo Medio Oriente.
Bush argumentaba que el deseo de libertad y democracia es universal y no una cuestión cultural, y que EE. UU. estaría dedicado a apoyar los movimientos democráticos “con el objetivo último de acabar con la tiranía en nuestro mundo”. Los dedos manchados de tinta de los electores iraquíes que hicieron fila para votar en las diversas elecciones celebradas entre enero y diciembre del 2005, la revolución del cedro en Líbano y las elecciones presidenciales y parlamentarias afganas confirmaron las creencias de quienes apoyaban la guerra. Si bien estos acontecimientos fueron estimulantes y prometedores, es probable que el camino hacia la democracia liberal en Medio Oriente sea extremadamente decepcionante en el corto y mediano plazo, y los esfuerzos de la Administración Bush para construir una política regional en torno a ella se dirigen al fracaso absoluto.
La historia al final de la historia
Hace quince años argumentaba en mi libro El fin de la historia y el último hombre que si una sociedad quería ser moderna no había más alternativa que la economía de mercado y un sistema político democrático. Por supuesto, no todos querían ser modernos y no todos podían establecer las instituciones y las políticas necesarias para que la democracia y el capitalismo funcionaran, pero ningún otro sistema podía arrojar mejores resultados.
Así, mientras El fin de la historia fue esencialmente una discusión sobre la modernización, algunos han vinculado mi tesis sobre el fin de la historia con la política exterior del presidente George W. Bush y la hegemonía estratégica estadounidense. Pero cualquiera que piense que mis ideas constituyen los cimientos intelectuales de las políticas de la Administración Bush no ha prestado atención a lo que he estado diciendo desde 1992 acerca de la democracia y el desarrollo.
En un principio, el presidente Bush justificó la intervención en Iraq por el programa de desarrollo de armas de destrucción masiva de Sadam, por los presuntos vínculos del régimen con Al-Qaeda, y por las violaciones a los derechos humanos y la ausencia de democracia en Iraq. A medida que las dos primeras justificaciones se desmoronaron después de la invasión del 2003, la Administración enfatizó cada vez más la importancia de la democracia, tanto en Iraq como en todo Medio Oriente.
Bush argumentaba que el deseo de libertad y democracia es universal y no una cuestión cultural, y que EE. UU. estaría dedicado a apoyar los movimientos democráticos “con el objetivo último de acabar con la tiranía en nuestro mundo”. Los dedos manchados de tinta de los electores iraquíes que hicieron fila para votar en las diversas elecciones celebradas entre enero y diciembre del 2005, la revolución del cedro en Líbano y las elecciones presidenciales y parlamentarias afganas confirmaron las creencias de quienes apoyaban la guerra. Si bien estos acontecimientos fueron estimulantes y prometedores, es probable que el camino hacia la democracia liberal en Medio Oriente sea extremadamente decepcionante en el corto y mediano plazo, y los esfuerzos de la Administración Bush para construir una política regional en torno a ella se dirigen al fracaso absoluto.
La Constitución y los obispos mexicanos
Ante el gobierno de Felipe Calderón, el episcopado mexicano se prepara, bajo la presidencia de monseñor Carlos Aguiar Retes, para consolidar el posicionamiento político de la Iglesia católica con base en una nueva estrategia e intervención social.
En reveladora entrevista (Proceso, 1574), Aguiar Retes, quien preside la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) desde noviembre pasado, pone de manifiesto el diseño de una nueva estrategia tendiente a generar una segunda generación de reformas constitucionales que satisfagan las demandas eclesiásticas y una posición eclesial de privilegio que favorezca el despliegue de sus intereses.
En términos de contenido la jerarquía demanda la posesión de medios electrónicos, impartir instrucción religiosa en las escuelas públicas y un conjunto diverso de intervenciones eclesiásticas en la sociedad englobadas bajo un concepto referencial denominado: “libertad religiosa”. Para ello, la pretensión es reformar el artículo 24 introduciendo el concepto catolizado de libertad religiosa, esto es, ir aparentemente más allá de libertad en creer o no creer de un individuo a la libertad religiosa que abarcaría la capacidad de maniobra societal y de acción política de la propia institución religiosa, que en el dicho de Aguiar resalta lo siguiente: “Hace falta que las leyes mexicanas garanticen la libertad religiosa. Actualmente, la Constitución sólo garantiza la libertad de creencia y de culto; esto es, que cada quien pueda creer en lo que mejor le plazca. Pero esto es apenas una pequeña parte de la verdadera libertad religiosa… que se modifique el artículo 24 constitucional, que garantiza la libertad de culto y de creencia. Queremos que ese concepto se amplíe por el de libertad religiosa, como estipula la ONU, y donde ya se abarca todo el derecho humano a la expresión, asociación, gestión y servicio de una fe”. Seguramente el episcopado se sumará al clima de cambios y reformas a nuestra Constitución, insertando añejas aspiraciones que convienen ser revisadas y analizadas a fondo.
La aspiración de la jerarquía de instaurar una concepción clericalizada de libertad religiosa no es nueva; ésta busca garantizar y favorecer nuevas formas de intervención social tendientes a la formación de valores socialcristianos como enclaves dominantes.
>La Constitución y los obispos mexicanos
>
Ante el gobierno de Felipe Calderón, el episcopado mexicano se prepara, bajo la presidencia de monseñor Carlos Aguiar Retes, para consolidar el posicionamiento político de la Iglesia católica con base en una nueva estrategia e intervención social.
En reveladora entrevista (Proceso, 1574), Aguiar Retes, quien preside la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) desde noviembre pasado, pone de manifiesto el diseño de una nueva estrategia tendiente a generar una segunda generación de reformas constitucionales que satisfagan las demandas eclesiásticas y una posición eclesial de privilegio que favorezca el despliegue de sus intereses.
En términos de contenido la jerarquía demanda la posesión de medios electrónicos, impartir instrucción religiosa en las escuelas públicas y un conjunto diverso de intervenciones eclesiásticas en la sociedad englobadas bajo un concepto referencial denominado: “libertad religiosa”. Para ello, la pretensión es reformar el artículo 24 introduciendo el concepto catolizado de libertad religiosa, esto es, ir aparentemente más allá de libertad en creer o no creer de un individuo a la libertad religiosa que abarcaría la capacidad de maniobra societal y de acción política de la propia institución religiosa, que en el dicho de Aguiar resalta lo siguiente: “Hace falta que las leyes mexicanas garanticen la libertad religiosa. Actualmente, la Constitución sólo garantiza la libertad de creencia y de culto; esto es, que cada quien pueda creer en lo que mejor le plazca. Pero esto es apenas una pequeña parte de la verdadera libertad religiosa… que se modifique el artículo 24 constitucional, que garantiza la libertad de culto y de creencia. Queremos que ese concepto se amplíe por el de libertad religiosa, como estipula la ONU, y donde ya se abarca todo el derecho humano a la expresión, asociación, gestión y servicio de una fe”. Seguramente el episcopado se sumará al clima de cambios y reformas a nuestra Constitución, insertando añejas aspiraciones que convienen ser revisadas y analizadas a fondo.
La aspiración de la jerarquía de instaurar una concepción clericalizada de libertad religiosa no es nueva; ésta busca garantizar y favorecer nuevas formas de intervención social tendientes a la formación de valores socialcristianos como enclaves dominantes.
La Constitución y los obispos mexicanos
Ante el gobierno de Felipe Calderón, el episcopado mexicano se prepara, bajo la presidencia de monseñor Carlos Aguiar Retes, para consolidar el posicionamiento político de la Iglesia católica con base en una nueva estrategia e intervención social.
En reveladora entrevista (Proceso, 1574), Aguiar Retes, quien preside la Conferencia del Episcopado Mexicano (CEM) desde noviembre pasado, pone de manifiesto el diseño de una nueva estrategia tendiente a generar una segunda generación de reformas constitucionales que satisfagan las demandas eclesiásticas y una posición eclesial de privilegio que favorezca el despliegue de sus intereses.
En términos de contenido la jerarquía demanda la posesión de medios electrónicos, impartir instrucción religiosa en las escuelas públicas y un conjunto diverso de intervenciones eclesiásticas en la sociedad englobadas bajo un concepto referencial denominado: “libertad religiosa”. Para ello, la pretensión es reformar el artículo 24 introduciendo el concepto catolizado de libertad religiosa, esto es, ir aparentemente más allá de libertad en creer o no creer de un individuo a la libertad religiosa que abarcaría la capacidad de maniobra societal y de acción política de la propia institución religiosa, que en el dicho de Aguiar resalta lo siguiente: “Hace falta que las leyes mexicanas garanticen la libertad religiosa. Actualmente, la Constitución sólo garantiza la libertad de creencia y de culto; esto es, que cada quien pueda creer en lo que mejor le plazca. Pero esto es apenas una pequeña parte de la verdadera libertad religiosa… que se modifique el artículo 24 constitucional, que garantiza la libertad de culto y de creencia. Queremos que ese concepto se amplíe por el de libertad religiosa, como estipula la ONU, y donde ya se abarca todo el derecho humano a la expresión, asociación, gestión y servicio de una fe”. Seguramente el episcopado se sumará al clima de cambios y reformas a nuestra Constitución, insertando añejas aspiraciones que convienen ser revisadas y analizadas a fondo.
La aspiración de la jerarquía de instaurar una concepción clericalizada de libertad religiosa no es nueva; ésta busca garantizar y favorecer nuevas formas de intervención social tendientes a la formación de valores socialcristianos como enclaves dominantes.
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