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>Virtudes liberales

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Por José María Lassalle, secretario de Estudios del PP y diputado por Cantabria (EL PAÍS, 07/04/09):

El escenario de crisis que padecen las sociedades abiertas exige no sólo altas dosis de responsabilidad en las decisiones políticas que se aborden sino, también, mucha prudencia a la hora de criticar el relato teórico que soportan nuestras instituciones democráticas, y que no es otro que el pensamiento liberal surgido de la lucha contra la crueldad que, según Judith N. Shklar, está detrás del nacimiento de la Modernidad política que inspiró las revoluciones transatlánticas. En este sentido, resulta muy grave el empeño de algunos por aprovechar el impacto social de la crisis para demonizar al liberalismo culpándole de la misma. Con esta maniobra se ha desempolvado una retórica antiliberal que parecía felizmente superada.

Resulta sorprendente ver cómo se ha puesto en circulación un argumentario que no oculta su voluntad de minar el crédito político del liberalismo. Así, se ha vuelto a cargar las tintas sobre su presunto carácter antisocial y, de paso, se ha querido establecer una torticera correspondencia entre la “mano invisible” de Adam Smith y la sinvergonzonería delictiva de los Madoff y compañía. Arropados por esta estrategia de descalificación ideológica, ciertos sectores de la izquierda han creído ver en la crisis una oportunidad política para revisitar los consensos teóricos alcanzados en las democracias liberales después de la experiencia de la guerra fría y la caída del muro de Berlín. Incluso han propugnado que era necesaria una reformulación del capitalismo -asumiendo este concepto en una clave estructuralmente posmarxista-, y han reivindicado para ello los valores de cohesión e ingeniería social defendidos desde la socialdemocracia.

Quienes han defendido esta posición no han dudado en establecer una correspondencia inaceptable entre los principios liberales y las tesis esgrimidas por los profetas de la desregulación agresiva y antiestatista del neoliberalismo. Al hacerlo faltan a la verdad. Ni es la hora de la socialdemocracia ni del furor neoliberal que siguen esgrimiendo algunos; por cierto, más obsesionados por hacerse perdonar sus pecados de juventud maoísta o trotskista que por reclamar un mercado de competencia suficiente en el que el Estado, como decía John Stuart Mill, sea social para combinar la mayor libertad posible con la justa distribución de los frutos del trabajo. Esto es, un Estado cuyo fin principal no puede ser “la subversión del sistema de propiedad individual, sino su mejoramiento y la completa participación de todos los miembros de la comunidad en las ganancias que del mismo se deriven”. En este sentido, la gestión correcta de la crisis exige en estos momentos moderación y reformismo o, si se prefiere, una justa combinación de equilibrios económicos y sociales que sólo la centralidad del liberalismo igualitario es capaz de abordar desde la legitimidad que ofrece su exitosa experiencia de la crisis del 29 y de los años setenta.

Ya no se trata de ofrecer más o menos Estado, sino de hacer que éste aborde con instrumentos eficaces la merma de bienestar al que se ven abocados importantes sectores de la sociedad, ofreciendo para ello seguridad al mayor número posible deciudadanos pero sin asfixiar el libre funcionamiento de un orden de mercado espontáneo. Algo que Raymond Aron destacó con acierto en su Ensayo sobre las libertades cuando insistió en que una sociedad libre debe garantizar la libertad mediante un haz de reglas procedimentales que, además, tienen que ser efectivas y estar al alcance de todos sin excepción. Afortunadamente el presidente Obama no ha dudado en asumir un discurso liberal igualitario como sustento de su lucha contra la crisis. Por un lado, se ha rodeado de un equipo económico que no oculta su confianza en el mercado y que forman economistas como Tim Geithner, Lawrence Summers o Paul Volcker; no en balde, los dos primeros estuvieron estrechamente ligados a la Administración Clinton de la mano de Robert Rumin, y el último al propio Reagan ya que fue su director de la Reserva Federal. Y por otro lado, los gestos centristas de Obama han sido constantes. Primero, desmarcándose de izquierdistas como Howard Dean, al que ha forzado a dimitir como presidente del Comité Nacional Demócrata. Segundo, manifestando expresamente el pasado 8 de marzo en The New York Times que ni era socialista ni su política económica y social podía ser etiquetada como de izquierdas, pues, según sus propias palabras: es “plenamente coherente con los principios del libre mercado”.

A pesar de las críticas que algunos francotiradores de la izquierda hacen sobre la idoneidad de defender el mercado y la libertad económica, parece claro que la sensatez liberal seguirá imponiéndose. Y es que como señala Eamonn Butler en The Best Book on the Market: las “desigualdades son siempre mayores cuando lo que cuenta es el poder, no el dinero”, de manera que las “economías de mercado son más democráticas porque son capaces de progresar gracias a los millones de pequeñas decisiones que se toman a diario”. Circunstancia ésta que se relaciona íntimamente con la esencia y el origen histórico del pensamiento liberal, que no fue otro -según la tesis de Shklar- que dar una respuesta ética frente al mal y el terror causado por la sinrazón de los absolutos estatales, económicos, religiosos o morales, conformándose desde el siglo XVII en un diseño político que ha buscado siempre contener la violencia y limitar la arbitrariedad del poder mediante un consenso racional sobre los ideales colectivos que posibilitan la vida buena.

Las manifestaciones del espíritu liberal siempre han sido fieles a estos orígenes y han cultivado una serie de virtudes que han sido el soporte de la fortaleza moral de las democracias. Algo que, por cierto, hizo de los liberales -entrado el siglo XX- los principales destinatarios de la presión de acero de los totalitarismos. Lo explica muy bien Ralf Dahrendorf en un ensayo reciente que ha titulado La libertad a prueba y en el que analiza las virtudes que han presidido la biografía de pensadores liberales como Aron, Berlin, Patocka, Bobbio o Popper.

En todos ellos, el patrón virtuoso ha sido siempre el mismo: la valentía de luchar individualmente en pos de una verdad interpretada como un horizonte de conocimiento crítico; la justicia material que se desprende de la capacidad de dar o quitar razones en el seno de situaciones conflictivas que exigen equilibrios contradictorios; la moderación del observador comprometido que no renuncia a la objetividad; y, por último, la sabiduría de una prudencia apasionada que asume que sus defensores nunca renunciarán a alzar la “voz cuando las pasiones irracionales amenacen con conquistar el campo del debate público”. Quizá por eso no se entiende la torpe estrategia de quienes disparan indiscriminadamente contra el relato teórico que sustenta la decencia de las sociedades abiertas, pues, los liberales llegaron a la defensa de la libertad económica y del mercado después de iniciar una lucha contra el despotismo político y moral, y no al revés. Esto hizo que blandieran, junto a la defensa de la tolerancia, la dignidad de la persona y sus derechos como cortafuegos frente al miedo que había esgrimido la arbitrariedad del absolutismo.

De ahí que el oportunismo demagógico de algunos puede contribuir torpemente a desactivar la fortaleza de un pensamiento que tiene sus raíces más originarias en la lucha de la civilización moderna contra el miedo, que es -no lo olvidemos- la fisonomía que siempre recubre todos los rostros que ofrece la tiranía, pues, como advirtió Montaigne: “Aquello a lo que más temo es al temor porque supera en poder a todo lo demás”.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

abril 8, 2009 Publicado por | ideología, Liberalismo | Dejar un comentario

>Las raíces del liberalismo

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Por Alejandro Diz, profesor de Historia de las Ideas de la Universidad Rey Juan Carlos (EL MUNDO, 13/02/09):

La caída del Muro de Berlín fue el símbolo del derrumbe, en lo fundamental, de los totalitarismos que configuraron una de las épocas más oprobiosas de la Historia, pero en las mentes de algunos quedaron agazapados muros de Berlín a los que se les dio, eso sí, unas capas de estuco de diferentes marcas, antiglobalización, antisistema, contra el cambio climático, con las que camuflar la textura ya no muy vendible de los sillares del comunismo o del socialismo real anticapitalista.

No es de extrañar, pues, que cuando se ha producido la profunda crisis económico-financiera actual, ésta haya actuado como estímulo pavloviano para toda una caterva de perritos babeantes que, ya sin necesidad de tanto travestismo, poco han tardado en reclamar «refundaciones del capitalismo», el fin del «libre mercado» y -¡ahí querían llegar!- y en rechazar y criticar de manera radical el liberalismo, esa especie de bestia negra responsable de todos los males que aquejan a nuestras sociedades para aquellos que siguen entelando sus mentes con las telarañas del intervencionismo más o menos explícito o camuflado.

Cuando se llega a situaciones como ésta, tanto en el ámbito político-económico como, incluso, epistemológico, contaminadas por falacias causales, en que se confunden causas y efectos, y por toda clase de desfiguraciones semánticas (llegando incluso a lo estrambótico de calificar como de extrema derecha a liberales, por el simple hecho de proclamarse como tal), son momentos en los que, quizá, es necesario acudir de nuevo a los clásicos, los que siguen «librando batallas después de muertos», en expresión de Ortega, al plantear cuestiones que trascienden a su propia época, y así ayudarnos a profundizar en nuestros problemas actuales.

Es, pues, necesario, ayudándonos de las muletas de los clásicos del liberalismo, descontaminarse de la charlatanería que ha inundado el discurso sobre el liberalismo y su pretendida responsabilidad en la crisis actual y en la mayoría de los males habidos y por haber, con ausencia de interés por la verdad, con indiferencia por el modo de ser de las cosas acerca de las que se discute.

En primer lugar, hay que tener claro que en su interpretación actual el término liberalismo es un concepto polisémico, como ideología, como movimiento político (en este plano, el liberalismo consiste fundamentalmente en la organización social de la libertad), como corriente económica o como específico tipo de mentalidad, de personalidad y conducta, de modo de sentir y de actuar en la vida. Pero hay una especie de masa crítica en su conceptualización, tanto en la utilización del término en su sentido más general o más restringido, ya claramente expuesta desde los padres fundadores del liberalismo moderno -Locke, Montesquieu, Adam Smith, Tocqueville, Stuart Mill…-, que es el considerar la libertad como el bien máximo tanto del individuo como de la sociedad, así como el que los derechos del individuo tienen primacía sobre los del grupo (sea éste clase, raza, sexo, religión, etcétera).

Y la no vigencia o insuficiencia de estos principios es uno de los males o riesgos que existen en la coyuntura crítica que se vive en nuestras sociedades actuales. Así, por ejemplo, en España en los últimos años existe una tendencia destacada a dar primacía a los derechos del grupo -o colectivos, como ahora se han venido en llamar- sobre los del individuo: derechos específicos por adscripción territorial, política de cuotas por sexo, leyes con penas discriminatorias también por sexo

Es en momentos de crisis como los actuales cuando hay que estar más vigilantes ante el peligro de que se cercene la libertad individual, bajo la coartada de una u otra justificación, necesidad de intervenciones estatales, motivos de seguridad, reforzamientos de igualitarismos injustificados no basados en el mérito y el esfuerzo personales, y tantas otras. Como ojos del Guadiana aparece una y otra vez la perversidad de confundir o identificar igualdad con libertad. Es paradigmática a este respecto la terrible interrogante que se hizo Lenin: «¿Libertad para qué?». Un auténtico liberal respondería: libertad por sí misma, porque -en palabras de Tocqueville- «el que busca en la libertad otra cosa no sea ella misma está hecho para servir». Como ya señalara el pensador francés, la pasión por la igualdad es más poderosa en el corazón de los hombres que la de la libertad, y por eso ante los males y riesgos que pueda traer un igualitarismo estandarizado hay que «hacer salir la libertad del seno de la sociedad democrática».

Las sociedades liberal-democráticas se caracterizan porque el principio de libertad consiste en una combinación de lo que Constant denominó «libertad de los antiguos» y «libertad de los modernos», lo que en terminología de Isaiah Berlin son el concepto de «libertad positiva», es decir el imperativo de participación pública, que vendría a responder a la interrogante de en qué medida participo yo en elegir a mis gobernantes, y el de «libertad negativa», en cuanto barrera protectora del ámbito privado, que vendría a responder a la pregunta de en qué ámbito de mi vida yo soy plenamente soberano y no se inmiscuye nadie si yo no lo permito.Y es este último ámbito de la libertad el que más peligra en momentos críticos cuando el Estado pueda tener más tentaciones de intervenir o ingerirse en toda clase de actividades y de vinculaciones espontáneas, voluntarias y libres entre individuos, que pueden desarrollarse con autonomía a él.

Es necesario, también, desmontar la falacia de que ha sido el liberalismo el responsable de la crisis económica-financiera actual; otra cosa es la responsabilidad de los excesos cometidos en un mal entendido libre mercado y las deficiencias de diferentes organismos reguladores y vigilantes del cumplimiento de las normativas legales. Muy al contrario, la experiencia histórica muestra que ha sido el liberalismo en su acepción más amplia el que ha permitido a Occidente salir de sus situaciones más críticas, cuando peligraba tanto la libertad como el progreso material. Porque, entre otras cosas, no hay nada más alejado del liberalismo que verse a sí mismo como un pensamiento estático, ya que no hay reglas absolutas establecidas de una vez para siempre.

El liberalismo, como ha señalado Dahrendörf, «no es otra cosa que una teoría política de la innovación y el cambio». Raro es el pensador liberal en el que no se encuentre este enfoque en lo relativo a la relación del individuo con su medio social, la política o el mercado. Así, por ejemplo, Montesquieu señala que «donde no hay conflictos no hay libertad»; para Stuart Mill todas las soluciones, tanto a nivel individual como colectivo, deben ser provisionales o aproximativas, porque no hay soluciones simples a la complejidad y diversidad de la vida en general; Hayek reconoce que, probablemente, nada haya hecho tanto daño a la causa liberal como «la rígida insistencia de algunos liberales en ciertas toscas reglas rutinarias, sobre todo en el principio del laissez-faire»; en los escritos de Isaiah Berlin es recurrente el planteamiento de que las ideas siempre deben someterse a la realidad humana cuando entran en contradicción con ella, porque cuando ha ocurrido al revés se ha producido el dominio del totalitarismo y del terror… y la lista al respecto podría alargarse.

No es correcto, por otra parte, contraponer un Estado liberal con lo que se ha venido en denominar un Estado social. Y no lo es ya desde un Adam Smith en el XVIII señalando que no puede haber libre mercado sin valores morales y marco legal, hasta un Stuart Mill, en el XIX, inaugurando el llamado liberalismo modernizado o liberalismo social, con la aceptación de unas condiciones marco de la economía establecidas por el Estado o unas exigencias por parte de éste en algunos temas educativos. Lo que no hace el pensamiento liberal es fomentar el odio -diríamos que hipócrita- al dinero, pues como ha señalado Hayek, «el dinero es uno de los mayores instrumentos de libertad que jamás haya inventado el hombre; es el dinero lo que en la sociedad existente abre un asombroso campo de elección al pobre, un campo mayor que el que no hace muchas generaciones le estaba abierto al rico». Revel ha escrito que «lo social no puede existir sin lo liberal, ya que únicamente la economía liberal engendra la prosperidad que permite redistribuir la riqueza» y, por lo tanto, «no sólo no existe ninguna incompatibilidad entre la Europa liberal y la social, sino que la primera es incluso una condición necesaria para la segunda». Muy al contrario de lo que sucede en los sistemas intervencionistas, y aún más en los totalitarios. En la magnífica novela Todo fluye del ruso Vasili Grossman, un personaje expresa su visión de la libertad, con el terrible bagaje vital del totalitarismo y la colectivización forzosa del stalinismo: «Antes creía que la libertad era libertad de palabra, de prensa, de conciencia.Pero la libertad se extiende a la vida de todos los hombres.La libertad es el derecho a sembrar lo que uno quiera, a confeccionar zapatos y abrigos, a hacer pan con el grano que uno ha sembrado, y a venderlo o no venderlo, lo que uno quiera. Y tanto si uno es cerrajero como fundidor de acero o artista, la libertad es el derecho a vivir y trabajar como uno prefiera y no como le ordenen».

Decíamos que, el liberalismo además, y mucho más, que un movimiento político o económico es una actitud, una conducta. Es conocida la definición de Marañón: «Ser liberal es, primero, estar dispuesto a entenderse con el que piensa de otro modo y, segundo, no admitir jamás que el fin justifica los medios». Y es esa actitud la que, en gran medida, se necesita hoy en día, porque es posible que volvamos a estar en la coyuntura que describía Hayek: «Quizá se encontrarán todavía las mejores guías para ciertos problemas contemporáneos en las obras de algunos de los grandes pensadores políticos de la era liberal; generaciones para quienes la libertad era todavía un problema y un valor que defender, mientras que la nuestra la da por segura y ni advierte de dónde amenaza el peligro ni tiene valor para liberarse de las doctrinas que la comprometen».

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

febrero 13, 2009 Publicado por | ideología, Liberalismo | Dejar un comentario

La perversión de los ideales / 1

Por JOSÉ VIDAL-BENEYTO (El País.com, 12/04/2008)

A los efectos de esta reflexión el ideal es un conjunto de principios, valores y propuestas a cuya realización aspiran los seres humanos en un ámbito determinado o en la totalidad de sus existencias. Las grandes formaciones políticas, los cuerpos doctrinales que las sustentan y los marcos referenciales que las enmarcan sufren transformaciones con el paso del tiempo, y, en ocasiones, desembocan en contrafiguras que pervierten sus valores iniciales y son una dramática caricatura de su versión inicial.

Ese ha sido el destino de los principales movimientos políticos -liberalismo, socialismo, comunismo, anarquismo, conservadurismo y fascismo- a la par que de las fuerzas que los han apoyado, que durante los últimos dos siglos han ocupado, sin solución de continuidad, el espacio político.

De entre ellos, hoy, en la perspectiva democrática del mundo occidental, los más en pie son el liberalismo y las versiones atenuadas del socialismo, a las que conocemos como social-democráticas y, más conservadoramente, social-liberales.

En su surgimiento, el liberalismo aparece como un movimiento de andadura rupturista, en claro antagonismo con el Antiguo Régimen, en su doble dimensión política y religiosa, a las que se opone y que quiere sustituir. Su impugnación del absolutismo religioso y la batalla por la secularización, que entronca con el planteamiento básico de la ideología de la Ilustración, supone un enfrentamiento frontal con las posiciones de la Iglesia católica alineada con las opciones de la Monarquía y estrechamente asociada a las prácticas absolutistas del poder real.

La conjunción de estos dos absolutismos hace de la lucha liberal contra ellos uno de los primeros movimientos de liberación política en Europa occidental. El impulso hacia la democracia que lo subtiende, constituye, como señala Pierre Manent, en Histoire intellectuelle du libéralisme, Calmann-Levy 1987, una determinación democrática permanente que volveremos a encontrar en su acción contra los poderosos por herencia, la descalificación del Estado y su oposición a la dominación de las masas.

Esa pulsión inagotable acabará produciendo la convergencia de liberalismo y democracia en una de las figuras dominantes de la contemporaneidad política: el liberalismo democrático o demoliberalismo. Sus pilares fundamentales son los intereses y los individuos, o más precisamente los intereses individuales únicos capaces de organizar una comunidad libre y autónoma, susceptibles de cubrir sus necesidades naturales, sin que las opiniones ni las pasiones vengan a interferir en esa satisfacción, lo que es su primer derecho natural básico, al que nadie puede oponerse.

Matriz que se declina en tres grandes bloques: derecho a la vida y a la integridad física; derecho a la propiedad y al trabajo, que es el que nos asegura nuestra subsistencia, y derecho a la libertad y a la crítica, que son los que nos garantizan el poder elegir lo que más nos conviene. La organización y el poder político no tienen más razón de ser que la de afianzar y proteger esos derechos.

La conjunción entre fines del individuo y cumplimiento social se realiza en el intercambio de bienes y servicios cuya eficacia igualitaria reposa en la eliminación de grupos y clases dominantes hereditarias que falsean el intercambio y perpetúan la injusticia. El intercambio se opera en un espacio privilegiado de la sociedad, el mercado, que no necesita de ningún poder ni reglas ajenas a él, porque dispone de disposiciones reguladoras propias, las leyes del mercado que además están presididas por “una mano invisible” que opera por sí sola desde dentro, afianzando y preservando su articulación.

Los padres fundadores, John Locke, Adam Smith, Edmund Burke, Thomas Paine, François Guizot y Jean-Baptiste Say, y nuestros más próximos, Tocqueville, Stuart Mill, Von Mises, Von Hayek, Jouvenel y Aron han construido un impresionante corpus doctrinal que representa una muy digna propuesta filosófica y político-económica, que yo inevitablemente he trivializado y que el lamentable quehacer de los políticos y la voracidad del beneficio han transformado en un mundo de horrores.

Dany-Robert Dufour acaba de publicar -en Le divin marché. La révolution culturelle libérale- un inventario de los mismos en forma de mandamientos: “Sólo te dejarás guiar por tu egoísmo”, “Los otros sólo serán instrumentos para lograr tus objetivos”, “Combatirás todos los Estados y todos los gobiernos”, “Violarás las leyes sin que te condenen”, y así hasta diez.

Ilustrando la máxima de Mandeville, “los vicios privados son los que producen la riqueza pública” que reduce el ideal liberal a una abominable caricatura.

abril 12, 2008 Publicado por | Democracia, ideología, Liberalismo | Dejar un comentario

>La perversión de los ideales / 1

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Por JOSÉ VIDAL-BENEYTO (El País.com, 12/04/2008)

A los efectos de esta reflexión el ideal es un conjunto de principios, valores y propuestas a cuya realización aspiran los seres humanos en un ámbito determinado o en la totalidad de sus existencias. Las grandes formaciones políticas, los cuerpos doctrinales que las sustentan y los marcos referenciales que las enmarcan sufren transformaciones con el paso del tiempo, y, en ocasiones, desembocan en contrafiguras que pervierten sus valores iniciales y son una dramática caricatura de su versión inicial.

Ese ha sido el destino de los principales movimientos políticos -liberalismo, socialismo, comunismo, anarquismo, conservadurismo y fascismo- a la par que de las fuerzas que los han apoyado, que durante los últimos dos siglos han ocupado, sin solución de continuidad, el espacio político.

De entre ellos, hoy, en la perspectiva democrática del mundo occidental, los más en pie son el liberalismo y las versiones atenuadas del socialismo, a las que conocemos como social-democráticas y, más conservadoramente, social-liberales.

En su surgimiento, el liberalismo aparece como un movimiento de andadura rupturista, en claro antagonismo con el Antiguo Régimen, en su doble dimensión política y religiosa, a las que se opone y que quiere sustituir. Su impugnación del absolutismo religioso y la batalla por la secularización, que entronca con el planteamiento básico de la ideología de la Ilustración, supone un enfrentamiento frontal con las posiciones de la Iglesia católica alineada con las opciones de la Monarquía y estrechamente asociada a las prácticas absolutistas del poder real.

La conjunción de estos dos absolutismos hace de la lucha liberal contra ellos uno de los primeros movimientos de liberación política en Europa occidental. El impulso hacia la democracia que lo subtiende, constituye, como señala Pierre Manent, en Histoire intellectuelle du libéralisme, Calmann-Levy 1987, una determinación democrática permanente que volveremos a encontrar en su acción contra los poderosos por herencia, la descalificación del Estado y su oposición a la dominación de las masas.

Esa pulsión inagotable acabará produciendo la convergencia de liberalismo y democracia en una de las figuras dominantes de la contemporaneidad política: el liberalismo democrático o demoliberalismo. Sus pilares fundamentales son los intereses y los individuos, o más precisamente los intereses individuales únicos capaces de organizar una comunidad libre y autónoma, susceptibles de cubrir sus necesidades naturales, sin que las opiniones ni las pasiones vengan a interferir en esa satisfacción, lo que es su primer derecho natural básico, al que nadie puede oponerse.

Matriz que se declina en tres grandes bloques: derecho a la vida y a la integridad física; derecho a la propiedad y al trabajo, que es el que nos asegura nuestra subsistencia, y derecho a la libertad y a la crítica, que son los que nos garantizan el poder elegir lo que más nos conviene. La organización y el poder político no tienen más razón de ser que la de afianzar y proteger esos derechos.

La conjunción entre fines del individuo y cumplimiento social se realiza en el intercambio de bienes y servicios cuya eficacia igualitaria reposa en la eliminación de grupos y clases dominantes hereditarias que falsean el intercambio y perpetúan la injusticia. El intercambio se opera en un espacio privilegiado de la sociedad, el mercado, que no necesita de ningún poder ni reglas ajenas a él, porque dispone de disposiciones reguladoras propias, las leyes del mercado que además están presididas por “una mano invisible” que opera por sí sola desde dentro, afianzando y preservando su articulación.

Los padres fundadores, John Locke, Adam Smith, Edmund Burke, Thomas Paine, François Guizot y Jean-Baptiste Say, y nuestros más próximos, Tocqueville, Stuart Mill, Von Mises, Von Hayek, Jouvenel y Aron han construido un impresionante corpus doctrinal que representa una muy digna propuesta filosófica y político-económica, que yo inevitablemente he trivializado y que el lamentable quehacer de los políticos y la voracidad del beneficio han transformado en un mundo de horrores.

Dany-Robert Dufour acaba de publicar -en Le divin marché. La révolution culturelle libérale- un inventario de los mismos en forma de mandamientos: “Sólo te dejarás guiar por tu egoísmo”, “Los otros sólo serán instrumentos para lograr tus objetivos”, “Combatirás todos los Estados y todos los gobiernos”, “Violarás las leyes sin que te condenen”, y así hasta diez.

Ilustrando la máxima de Mandeville, “los vicios privados son los que producen la riqueza pública” que reduce el ideal liberal a una abominable caricatura.

abril 12, 2008 Publicado por | Democracia, ideología, Liberalismo | Dejar un comentario

Las fronteras del liberalismo

Por Alan Wolfe, profesor de Ciencias Políticas en el Boston College. Copyright: Project Syndicate, IWM, 2007. Traducción: David Meléndez Tormen (LA VANGUARDIA, 15/07/07):

Cuando se trata de saber si hay que regular la economía y cómo debe hacerse, las sociedades occidentales encuentran siempre una historia de teoría liberal en la que basarse. Pero cuando se trata de inmigración, no hay mucha teoría a la que recurrir. Como resultado, tanto en Europa como en Estados Unidos gran parte del debate está dominado por voces no liberales, y la más insistente proviene de políticos que prometen proteger la integridad cultural de la patria contra la supuesta degeneración del extranjero.

La xenofobia es una respuesta no liberal por parte de la derecha hacia la inmigración, pero el multiculturalismo representa prácticamente lo mismo por parte de la izquierda. Muchos teóricos multiculturales, aunque comprometidos con la apertura hacia los inmigrantes, no lo están con la apertura de los inmigrantes hacia su nuevo hogar. Para ellos, los recién llegados, que viven en un clima hostil a su estilo de vida, necesitan conservar las prácticas culturales que traen consigo, incluso si algunas de ellas – por ejemplo, matrimonios arreglados, segregación por sexo, adoctrinamiento religioso- entran en conflicto con los principios liberales. La supervivencia del grupo cuenta más que los derechos individuales.

Una manera de salir de este esquema es reconocer que el cosmopolitismo es un camino de dos vías. Immanuel Kant nos enseña que las circunstancias en las que nos encontramos siempre se deben juzgar en relación con las circunstancias en las que, si no hubiera sido por la fuerza del azar, nos podríamos haber encontrado. Desde esta perspectiva, es injusto que alguien a quien le tocó nacer en EE. UU. probablemente viva más que alguien nacido en Kenia. Pero eso significa que un neoyorquino debe reconocer que las ventajas que pueda tener sobre un nacido en Nairobi se deben a la suerte más que a su mérito. Desde la perspectiva del cosmopolitismo kantiano, lo menos que puede hacer un estadounidense es abrirse a un cierto nivel de inmigración desde África.

Sin embargo, abrazar el cosmopolitismo también significa que, una vez que una sociedad admite nuevos miembros, éstos están obligados a abrirse a su nueva sociedad. Los multiculturalistas son reticentes a apoyar esta parte del trato cosmopolita, pero los liberales deben hacerlo. Uno puede entender por qué, viviendo en un país extranjero que perciben como hostil, los inmigrantes optan por cerrarse, y algunos países receptores – Francia, por ejemplo- pueden apresurarse demasiado en exigir a que acepten nuevos estilos de vida. Sin embargo, intentar vivir una vida cerrada en una sociedad abierta es una actitud condenada al fracaso y que no debería estimularse.

Un ejemplo aleccionador del trato del cosmopolitismo ocurrió en el 2006, cuando el ex ministro de Exteriores de Gran Bretaña, Jack Straw, planteó su inquietud acerca del niqab, el velo que oculta completamente la cabeza usado por algunas mujeres musulmanas. Straw defendió el derecho de las mujeres de usar prendas para la cabeza que sean menos invasivas; no obstante, también argumentó que algo anda verdaderamente mal cuando, al conversar con otra persona, uno no puede tener una interacción cara a cara.

Straw estaba diciendo que la persona que usa el niqab decide cerrarse a todos quienes la rodean. No estaba planteando un argumento xenófobo de que los musulmanes no pertenecen a Gran Bretaña, o un argumento multiculturalista de que a los musulmanes se les debería permitir usar las prenda que crean que expresa mejor sus sensibilidades culturales y religiosas. Tampoco estaba pidiendo la completa asimilación de los inmigrantes a las costumbres británicas. En lugar de ello, con un ejemplo escogido cuidadosamente, Straw ilustró lo que significa estar abiertos a los demás esperando que ellos también se abran.

Algunos argumentaron que Straw estaba interfiriendo en la libertad religiosa. De hecho, los valores liberales a veces se contradicen entre sí. Por ejemplo, históricamente el islam ha permitido ciertas formas de poligamia, pero ninguna sociedad liberal está obligada a extender la libertad religiosa de modo que socaven su compromiso con la igualdad de sexos. Afortunadamente, el ejemplo de Straw no plantea un dilema así de difícil.

Como lo hizo notar, el uso del niqab no es un mandato del Corán y representa una opción cultural, no un deber religioso. En tanto haya a disposición de las mujeres musulmanas otras maneras de cubrir sus cabezas, aceptar no usar el niqab es una manera de señalar la propia pertenencia a una sociedad liberal, con un mínimo coste en términos de los compromisos religiosos personales.

Para los liberales, la pregunta nunca es si las fronteras deben estar completamente abiertas o cerradas; una sociedad abierta a todos no tendría valores que valiera la pena proteger, mientras que una sociedad cerrada a todos no tendría valores que mereciera la pena imitar. Si se busca un principio abstracto para seguir con respecto a la inmigración, el liberalismo no puede proporcionarlo. Sin embargo, una sociedad liberal permitirá entrar a las personas y hará excepciones acerca de las condiciones bajo las que se les impedirá la entrada, en lugar de mantener a las personas afuera y hacer excepciones sobre cuándo se les permite entrar. Además, una sociedad liberal verá el mundo como un lugar lleno de potencial que, no importa lo amenazante que pueda ser para los estilos de vida que se dan por sentados, obliga a las personas a adaptarse a nuevos retos en lugar de internar protegerse de lo extranjero y desconocido.

Finalmente, una sociedad liberal no se centra en lo que puede ofrecer a los inmigrantes, sino en lo que ellos pueden ofrecernos. La apertura como objetivo – implícita en la inmigración- es algo que vale la pena preservar, en especial, si se ponen en la práctica tanto sus exigencias como sus aspectos más promisorios.

julio 17, 2007 Publicado por | Liberalismo | Dejar un comentario

Las fronteras del liberalismo

Por Alan Wolfe, profesor de Ciencias Políticas en el Boston College. Copyright: Project Syndicate, IWM, 2007. Traducción: David Meléndez Tormen (LA VANGUARDIA, 15/07/07):

Cuando se trata de saber si hay que regular la economía y cómo debe hacerse, las sociedades occidentales encuentran siempre una historia de teoría liberal en la que basarse. Pero cuando se trata de inmigración, no hay mucha teoría a la que recurrir. Como resultado, tanto en Europa como en Estados Unidos gran parte del debate está dominado por voces no liberales, y la más insistente proviene de políticos que prometen proteger la integridad cultural de la patria contra la supuesta degeneración del extranjero.

La xenofobia es una respuesta no liberal por parte de la derecha hacia la inmigración, pero el multiculturalismo representa prácticamente lo mismo por parte de la izquierda. Muchos teóricos multiculturales, aunque comprometidos con la apertura hacia los inmigrantes, no lo están con la apertura de los inmigrantes hacia su nuevo hogar. Para ellos, los recién llegados, que viven en un clima hostil a su estilo de vida, necesitan conservar las prácticas culturales que traen consigo, incluso si algunas de ellas – por ejemplo, matrimonios arreglados, segregación por sexo, adoctrinamiento religioso- entran en conflicto con los principios liberales. La supervivencia del grupo cuenta más que los derechos individuales.

Una manera de salir de este esquema es reconocer que el cosmopolitismo es un camino de dos vías. Immanuel Kant nos enseña que las circunstancias en las que nos encontramos siempre se deben juzgar en relación con las circunstancias en las que, si no hubiera sido por la fuerza del azar, nos podríamos haber encontrado. Desde esta perspectiva, es injusto que alguien a quien le tocó nacer en EE. UU. probablemente viva más que alguien nacido en Kenia. Pero eso significa que un neoyorquino debe reconocer que las ventajas que pueda tener sobre un nacido en Nairobi se deben a la suerte más que a su mérito. Desde la perspectiva del cosmopolitismo kantiano, lo menos que puede hacer un estadounidense es abrirse a un cierto nivel de inmigración desde África.

Sin embargo, abrazar el cosmopolitismo también significa que, una vez que una sociedad admite nuevos miembros, éstos están obligados a abrirse a su nueva sociedad. Los multiculturalistas son reticentes a apoyar esta parte del trato cosmopolita, pero los liberales deben hacerlo. Uno puede entender por qué, viviendo en un país extranjero que perciben como hostil, los inmigrantes optan por cerrarse, y algunos países receptores – Francia, por ejemplo- pueden apresurarse demasiado en exigir a que acepten nuevos estilos de vida. Sin embargo, intentar vivir una vida cerrada en una sociedad abierta es una actitud condenada al fracaso y que no debería estimularse.

Un ejemplo aleccionador del trato del cosmopolitismo ocurrió en el 2006, cuando el ex ministro de Exteriores de Gran Bretaña, Jack Straw, planteó su inquietud acerca del niqab, el velo que oculta completamente la cabeza usado por algunas mujeres musulmanas. Straw defendió el derecho de las mujeres de usar prendas para la cabeza que sean menos invasivas; no obstante, también argumentó que algo anda verdaderamente mal cuando, al conversar con otra persona, uno no puede tener una interacción cara a cara.

Straw estaba diciendo que la persona que usa el niqab decide cerrarse a todos quienes la rodean. No estaba planteando un argumento xenófobo de que los musulmanes no pertenecen a Gran Bretaña, o un argumento multiculturalista de que a los musulmanes se les debería permitir usar las prenda que crean que expresa mejor sus sensibilidades culturales y religiosas. Tampoco estaba pidiendo la completa asimilación de los inmigrantes a las costumbres británicas. En lugar de ello, con un ejemplo escogido cuidadosamente, Straw ilustró lo que significa estar abiertos a los demás esperando que ellos también se abran.

Algunos argumentaron que Straw estaba interfiriendo en la libertad religiosa. De hecho, los valores liberales a veces se contradicen entre sí. Por ejemplo, históricamente el islam ha permitido ciertas formas de poligamia, pero ninguna sociedad liberal está obligada a extender la libertad religiosa de modo que socaven su compromiso con la igualdad de sexos. Afortunadamente, el ejemplo de Straw no plantea un dilema así de difícil.

Como lo hizo notar, el uso del niqab no es un mandato del Corán y representa una opción cultural, no un deber religioso. En tanto haya a disposición de las mujeres musulmanas otras maneras de cubrir sus cabezas, aceptar no usar el niqab es una manera de señalar la propia pertenencia a una sociedad liberal, con un mínimo coste en términos de los compromisos religiosos personales.

Para los liberales, la pregunta nunca es si las fronteras deben estar completamente abiertas o cerradas; una sociedad abierta a todos no tendría valores que valiera la pena proteger, mientras que una sociedad cerrada a todos no tendría valores que mereciera la pena imitar. Si se busca un principio abstracto para seguir con respecto a la inmigración, el liberalismo no puede proporcionarlo. Sin embargo, una sociedad liberal permitirá entrar a las personas y hará excepciones acerca de las condiciones bajo las que se les impedirá la entrada, en lugar de mantener a las personas afuera y hacer excepciones sobre cuándo se les permite entrar. Además, una sociedad liberal verá el mundo como un lugar lleno de potencial que, no importa lo amenazante que pueda ser para los estilos de vida que se dan por sentados, obliga a las personas a adaptarse a nuevos retos en lugar de internar protegerse de lo extranjero y desconocido.

Finalmente, una sociedad liberal no se centra en lo que puede ofrecer a los inmigrantes, sino en lo que ellos pueden ofrecernos. La apertura como objetivo – implícita en la inmigración- es algo que vale la pena preservar, en especial, si se ponen en la práctica tanto sus exigencias como sus aspectos más promisorios.

julio 16, 2007 Publicado por | Liberalismo | Dejar un comentario

>Las fronteras del liberalismo

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Por Alan Wolfe, profesor de Ciencias Políticas en el Boston College. Copyright: Project Syndicate, IWM, 2007. Traducción: David Meléndez Tormen (LA VANGUARDIA, 15/07/07):

Cuando se trata de saber si hay que regular la economía y cómo debe hacerse, las sociedades occidentales encuentran siempre una historia de teoría liberal en la que basarse. Pero cuando se trata de inmigración, no hay mucha teoría a la que recurrir. Como resultado, tanto en Europa como en Estados Unidos gran parte del debate está dominado por voces no liberales, y la más insistente proviene de políticos que prometen proteger la integridad cultural de la patria contra la supuesta degeneración del extranjero.

La xenofobia es una respuesta no liberal por parte de la derecha hacia la inmigración, pero el multiculturalismo representa prácticamente lo mismo por parte de la izquierda. Muchos teóricos multiculturales, aunque comprometidos con la apertura hacia los inmigrantes, no lo están con la apertura de los inmigrantes hacia su nuevo hogar. Para ellos, los recién llegados, que viven en un clima hostil a su estilo de vida, necesitan conservar las prácticas culturales que traen consigo, incluso si algunas de ellas – por ejemplo, matrimonios arreglados, segregación por sexo, adoctrinamiento religioso- entran en conflicto con los principios liberales. La supervivencia del grupo cuenta más que los derechos individuales.

Una manera de salir de este esquema es reconocer que el cosmopolitismo es un camino de dos vías. Immanuel Kant nos enseña que las circunstancias en las que nos encontramos siempre se deben juzgar en relación con las circunstancias en las que, si no hubiera sido por la fuerza del azar, nos podríamos haber encontrado. Desde esta perspectiva, es injusto que alguien a quien le tocó nacer en EE. UU. probablemente viva más que alguien nacido en Kenia. Pero eso significa que un neoyorquino debe reconocer que las ventajas que pueda tener sobre un nacido en Nairobi se deben a la suerte más que a su mérito. Desde la perspectiva del cosmopolitismo kantiano, lo menos que puede hacer un estadounidense es abrirse a un cierto nivel de inmigración desde África.

Sin embargo, abrazar el cosmopolitismo también significa que, una vez que una sociedad admite nuevos miembros, éstos están obligados a abrirse a su nueva sociedad. Los multiculturalistas son reticentes a apoyar esta parte del trato cosmopolita, pero los liberales deben hacerlo. Uno puede entender por qué, viviendo en un país extranjero que perciben como hostil, los inmigrantes optan por cerrarse, y algunos países receptores – Francia, por ejemplo- pueden apresurarse demasiado en exigir a que acepten nuevos estilos de vida. Sin embargo, intentar vivir una vida cerrada en una sociedad abierta es una actitud condenada al fracaso y que no debería estimularse.

Un ejemplo aleccionador del trato del cosmopolitismo ocurrió en el 2006, cuando el ex ministro de Exteriores de Gran Bretaña, Jack Straw, planteó su inquietud acerca del niqab, el velo que oculta completamente la cabeza usado por algunas mujeres musulmanas. Straw defendió el derecho de las mujeres de usar prendas para la cabeza que sean menos invasivas; no obstante, también argumentó que algo anda verdaderamente mal cuando, al conversar con otra persona, uno no puede tener una interacción cara a cara.

Straw estaba diciendo que la persona que usa el niqab decide cerrarse a todos quienes la rodean. No estaba planteando un argumento xenófobo de que los musulmanes no pertenecen a Gran Bretaña, o un argumento multiculturalista de que a los musulmanes se les debería permitir usar las prenda que crean que expresa mejor sus sensibilidades culturales y religiosas. Tampoco estaba pidiendo la completa asimilación de los inmigrantes a las costumbres británicas. En lugar de ello, con un ejemplo escogido cuidadosamente, Straw ilustró lo que significa estar abiertos a los demás esperando que ellos también se abran.

Algunos argumentaron que Straw estaba interfiriendo en la libertad religiosa. De hecho, los valores liberales a veces se contradicen entre sí. Por ejemplo, históricamente el islam ha permitido ciertas formas de poligamia, pero ninguna sociedad liberal está obligada a extender la libertad religiosa de modo que socaven su compromiso con la igualdad de sexos. Afortunadamente, el ejemplo de Straw no plantea un dilema así de difícil.

Como lo hizo notar, el uso del niqab no es un mandato del Corán y representa una opción cultural, no un deber religioso. En tanto haya a disposición de las mujeres musulmanas otras maneras de cubrir sus cabezas, aceptar no usar el niqab es una manera de señalar la propia pertenencia a una sociedad liberal, con un mínimo coste en términos de los compromisos religiosos personales.

Para los liberales, la pregunta nunca es si las fronteras deben estar completamente abiertas o cerradas; una sociedad abierta a todos no tendría valores que valiera la pena proteger, mientras que una sociedad cerrada a todos no tendría valores que mereciera la pena imitar. Si se busca un principio abstracto para seguir con respecto a la inmigración, el liberalismo no puede proporcionarlo. Sin embargo, una sociedad liberal permitirá entrar a las personas y hará excepciones acerca de las condiciones bajo las que se les impedirá la entrada, en lugar de mantener a las personas afuera y hacer excepciones sobre cuándo se les permite entrar. Además, una sociedad liberal verá el mundo como un lugar lleno de potencial que, no importa lo amenazante que pueda ser para los estilos de vida que se dan por sentados, obliga a las personas a adaptarse a nuevos retos en lugar de internar protegerse de lo extranjero y desconocido.

Finalmente, una sociedad liberal no se centra en lo que puede ofrecer a los inmigrantes, sino en lo que ellos pueden ofrecernos. La apertura como objetivo – implícita en la inmigración- es algo que vale la pena preservar, en especial, si se ponen en la práctica tanto sus exigencias como sus aspectos más promisorios.

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