Ciencias y Arte

Noticias y comentarios sobre Ciencia Política, Administración Pública, Economía y Arte

>La ‘cuarta ola’ democratizadora

>

Por Enrique Gil Calvo, catedrático de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid (EL PAÍS, 11/03/11):
El derrumbe del régimen de Gadafi reafirma la percepción, inaugurada con las caídas previas de las dictaduras tunecina y egipcia, de que estaríamos asistiendo al ascenso de la cuarta ola democratizadora, difundida esta vez por efecto dominó entre los sistemas coloniales surgidos de la disolución del antiguo Imperio Otomano.
El concepto de ola democratizadora fue acuñado por el politólogo Samuel Huntington, cuyas posiciones ultraconservadoras no le impidieron ejercer considerable influencia por el efectista impacto de sus metáforas retóricas, de entre las que el famoso choque de civilizaciones es sin duda la más polémica. En cambio, su libro La tercera ola (Paidós, 1994) fue bien recibido, pues en él periodizaba en tres grandes ciclos el proceso histórico de institucionalización de la democracia representativa. Cada ciclo se compone de una ola prodemocrática seguida de otra contraola antidemocrática, y su cronología es la siguiente.
Primera ola de instauración de las democracias liberales primitivas, entre 1828 y 1926, interrumpida por la primera contraola del fascismo de entreguerras, de 1922 a 1942. Segunda ola de democratizaciones impulsadas por el triunfo de los aliados en la II Guerra Mundial, entre 1943 y 1962, a la que siguió la segunda contraola de revoluciones tercermundistas y contrarrevoluciones golpistas de 1958 a 1975. Y tercera ola democratizadora propagada por las transiciones que se produjeron sucesivamente en el sur de Europa, en América Latina y en el este de Europa entre 1974 y 1989, que se quebró por la tercera contraola iniciada en la plaza de Tiananmen y proseguida por las guerras balcánicas, momento en el que Huntington publica su libro.
Pues bien, un tiempo después, cuando los anglosajones optaron por invadir Afganistán e Irak para recuperar su hegemonía imperial, tras el golpe simbólico sufrido con los graves atentados de septiembre de 2001, decidieron legitimar su aventura mediante la retórica justificadora de la exportación de la democracia. Y para ello contaron con el concurso de ideólogos como Huntington, que no dudaron en defender la democratización manu militari de Irak como el inicio de una posible cuarta ola democratizadora, esta vez a extender por el Medio Próximo musulmán. Al fin y al cabo, la segunda ola democratizadora también fue impuesta manu militari a Italia, Alemania y Japón, y a pesar de eso la operación tuvo bastante éxito institucional. Por tanto, ¿por qué no habría de salir bien una operación análoga en Oriente Próximo? No obstante, la invasión de Afganistán e Irak no fue el paseo militar esperado, y su resultado ha sido que las democracias allí impuestas por la fuerza son de momento meras fachadas fallidas, que no consiguen ocultar una realidad hobbesiana-en absoluto democrática. De modo que la idea de una cuarta ola pronto fue abandonada. Pero todo ha cambiado ahora, cuando primero Túnez, después Egipto y ahora Libia están experimentando sendos procesos revolucionarios claramente prodemocráticos, que están significando la caída de sus respectivos regímenes dictatoriales. Por lo tanto, ahora parece que esta vez va en serio, pues por fin está naciendo y cobrando impulso la cuarta ola democratizadora.
¿Cuál es el principal motor del cambio que impulsa la propagación transnacional de una oleada democratizadora? ¿Por qué se difunde con preferencia a ciertos países vecinos más que a otros? Sin despreciar otros factores evidentes, como las transformaciones económicas y sociales, el efecto demostración transmitido por los medios masivos o la exigencia democratizadora del entorno internacional, que tan eficaces fueron para impulsar la tercera ola, Huntington optó por destacar la influencia prioritaria y para él decisiva del factor religioso. Por eso llamó ola católica a la que democratizó a partir de 1975 primero la península Ibérica, después el continente sudamericano y por fin Polonia. Y de ser acertada esta interpretación idealista, deberíamos pensar que ahora es el islam, tras el catolicismo, el que se estaría democratizando.
Ahora bien, ¿no le estaremos dando una importancia excesiva a la religión? ¿Seguro que acertó Huntington al hacer del factor religioso el más decisivo de todos? ¿Y si la religión no hace más que manifestar ritualmente la influencia de otros factores, como son las divisorias culturales y geográficas heredadas de la historia? ¿Cómo explicar que esta cuarta ola se propague sobre ciertas áreas musulmanas con preferencia sobre otras que se resisten a dejarse contagiar? ¿Cuáles son los factores epidemiológicos que favorecen la difusión del virus democratizador?
Hasta ahora, la rebelión ha prendido con rapidez en una zona muy delimitada (Túnez, Libia, Egipto) cuyas características comunes son las siguientes: religión musulmana suní, cultura árabe dominante, pertenencia al Imperio Otomano durante siglos y experiencia colonial reciente bajo dominio europeo. En cambio, en los países en que la rebelión no ha logrado cobrar el mismo vigor, aunque también sean árabes y musulmanes, faltan sin embargo el tercer y cuarto factor: la dominación otomana y la experiencia colonial europea. ¿No serán, por tanto, estas dos últimas características las que canalicen en mayor medida la propagación de la epidemia democratizadora? Y de entre ambas, ¿no será la influencia otomana la que predomine sobre la europea?
De ser esto así, cabría plantear la hipótesis de que, una vez fracasado el modelo iraní, el éxito actual del modelo turco es el más determinante para explicar el contagio de esta cuarta ola, que por tanto no sería tanto una ola islámica o una ola árabe como una ola otomana. Con ello me refiero al área cultural delimitada por las posesiones históricas del Imperio Otomano, con capital en Estambul desde 1453 hasta 1923. Un espacio geográfico institucional que por el este alcanzó el actual Irak sin penetrar en Irán, mientras por el oeste magrebí solo llegó hasta Túnez, sin dominar Argelia ni menos Marruecos. Y de ser cierta esta interpretación, Siria, Líbano, Jordania, Palestina, Yemen, Omán e incluso Arabia Saudí serían más susceptibles de contagio, pero no tanto el resto del área arábigo-musulmana. De todas formas, lo que sí explica bien esta hipótesis de continuidad histórica del factor otomano es la creciente influencia política que el actual régimen turco (una democracia de tercera ola hoy plenamente homologable y consolidada, con liderazgo del islamismo moderado) ejerce sobre todos los países dominados en el pasado por la hegemonía cultural y política de Estambul.
En cualquier caso, si es que llega a florecer y consolidarse, habrá que felicitarse de que por fin se produzca esta cuarta ola de democratización, ya sea islámica, panárabe u otomana. Con ello ascenderá otro peldaño la democratización de la democratización: un lujo hasta 1945 solo al alcance de la élite WASP del planeta, del que las demás poblaciones occidentales (las clases medias del globo terráqueo) no empezamos a disfrutar más que hace un tercio de siglo con la tercera ola. Ya es hora, pues, de que el resto de poblaciones, las clases bajas de la globalización, comiencen a participar también de la democracia, para culminar por fin el ideal de la igualdad política a escala global: hoy se incorporan las masas egipcias, y esperemos que también puedan hacerlo pronto las chinas. Pero esta democratización global también nos deja un punto de melancolía, pues cuando ahora los recién llegados se entusiasman con la celebración de su libertad, nosotros, los occidentales, cada vez más defraudados, nos lamentamos por la ínfima calidad de nuestras democracias defectivas. Por eso, en contraste, ¡qué envidiable nos parece su efervescencia cívica pendiente de estrenar!
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

marzo 18, 2011 Publicado por | Islam, mundo árabe | Deja un comentario

>El panadero de El Cairo

>

Por Guy Sorman, ensayista (ABC, 08/03/11):
Nadie en 1989 había previsto la destrucción del muro de Berlín; asimismo, nadie se había planteado una revuelta democrática árabe. Por otra parte, esta revuelta resulta menos sorprendente que los errores de análisis de los observadores occidentales que la precedieron. La idea preconcebida sobre el mundo árabe hasta estas últimas semanas era que «la calle árabe» era por naturaleza turbulenta y una presa fácil para los islamistas radicales, instigada por unos sentimientos hostiles hacia los estadounidenses y, sobre todo, que se oponía visceralmente a Israel. Para contener esta tentación populista, en Europa reinaba el acuerdo para apoyar a los déspotas como murallas contra el levantamiento de las hordas árabes. ¿Por qué fue tan poco previsible en Occidente que los árabes pudieran aspirar a una vida normal? La coalición de intereses materiales entre dirigentes de Occidente y de Oriente es una explicación insuficiente, un determinismo económico demasiado elemental. Es más convincente la costumbre diplomática que lleva a todo gobierno a preferir lo malo conocido (Mubarak) que lo bueno por conocer: la incógnita islamista. Pero la razón esencial en la que se basó la ceguera occidental tiene que ver con el prejuicio: los árabes no son supuestamente como nosotros, ignoran todo sobre la libertad, y el despotismo es su tradición desde tiempos de los faraones (que no eran árabes, pero da igual). Un prejuicio que el sociólogo palestino Edward Said había calificado «de orientalismo». Esta visión de un Oriente eterno estaba y sigue estando reforzada por una ignorancia profunda del islam. En Europa y en Estados Unidos confundimos fácilmente el Corán con el islam, el islam con los musulmanes y los musulmanes con los árabes. Después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, los estadounidenses se lanzaron a la lectura del Corán para encontrar en él una explicación al terrorismo. El Corán no explica ni el 11-S ni el atentado de la estación de Atocha (en Madrid): el Corán dice una cosa y lo contrario, lo que deja a los exégetas una gran libertad de interpretación. En resumen, el islam no es más que lo que los musulmanes hacen de él, tanto para bien como para mal, lo que no es muy diferente del cristianismo.
Y en Occidente no se entiende muy bien hasta qué punto la historia de los árabes está imbricada en la historia de Occidente e iluminada por el Corán. El largo conflicto entre árabes y europeos ha suscitado resentimientos, pero también convergencias. No hablaremos aquí de la leyenda andaluza, sino de los tiempos modernos. Recordaremos que, en el siglo XIX, unos intelectuales de El Cairo comprendieron que para salvar la civilización árabe resultaba crucial adaptar lo que hacía fuerte a Europa: su ciencia y sus instituciones. El instigador de esta occidentalización, Rifaa El Tahtawi, importó a Egipto la educación para todos, una prensa libre, la idea de Constitución y las ciencias europeas que hizo traducir al árabe. Esta occidentalización condujo a los árabes al umbral de la modernidad, hasta la década de 1950. Nadie en 1950, ni en el mundo árabe ni fuera de él, dudaba de que Egipto, faro del mundo árabe, restablecería una brillante cultura y emprendería una vida democrática y normal y un crecimiento económico y liberal. Es conveniente recordar esa época, ya que explica la facilidad con la que los revolucionarios restablecen el vocabulario democrático: no es necesario explicar a los árabes qué es una Constitución y un partido político porque ya experimentaron lo uno y lo otro.
Por tanto, la verdadera ruptura entre el mundo árabe y la democracia liberal no se enmarca dentro de la civilización árabe, ni en el Corán. El despotismo y el socialismo árabes datan de la década de 1950 y proceden de las ideologías occidentales modernas. En realidad, las guerras de descolonización y contra Israel fueron las que permitieron a los militares árabes tomar el poder y conservarlo. Como Europa era una potencia colonial, esos dirigentes árabes obtuvieron el apoyo soviético: en la década de 1950, el modelo soviético les parecía más eficaz que el capitalismo. El mundo árabe despótico se forjó realmente en esos años. Lo mismo sucede con el islam político: la Hermandad Musulmana le debe más al fascismo italiano, del que copiaron los estatutos, que al Corán. Este islam político solo se volvió violento después —no antes— de que lo reprimiera Nasser. Cuando un partido musulmán ganó las elecciones municipales en Argelia en 1991, el ejército argelino anuló las elecciones: solo en ese momento el partido se transformó en una guerrilla y más tarde se unió a Al Qaeda.
Estos hechos recientes, ocultados en Europa, explican las exigencias de los revolucionarios actuales. Estos reclaman la «vuelta» a la democracia, la «vuelta» a una prensa libre y la «vuelta» a unas universidades independientes. También cabe destacar hasta qué punto esas revoluciones obedecen a unas leyes históricas, propias de todas las revoluciones, árabes o no árabes. Desde 1789, las revoluciones son menos obra de levantamientos populares que de minorías ilustradas: la mecha revolucionaria siempre la encienden los grupos sociales que no encuentran en la sociedad el lugar que estiman que les corresponde. Resulta que las universidades de El Cairo o de Túnez han dado varias generaciones de estudiantes que, debido a la militarización de la política y a la estatalización de la economía, están privados de perspectivas. Esta Lumpen Intelligentsiadesencadenó las revoluciones árabes según un esquema que recuerda a todas las revoluciones occidentales, desde 1789 (París) hasta 1989 (Praga). Esta es la razón de que en estas revoluciones árabes no sea cuestión ni del islam, notablemente ausente, ni de Israel, que es la menor de las preocupaciones para la calle árabe; esta se halla inmersa en la búsqueda de dignidad, de una vida mejor, y no de un califato imaginario. Los árabes van en busca de globalización y de integración en un mundo exterior más libre y más próspero; están cansados de que los hayan abandonado en los márgenes de la historia. Nos dicen hasta qué punto están hartos de ser «diferentes», por internet y a menudo en inglés, para que comprendamos el mensaje.
Llegados a este punto, manifestemos nuestra inquietud. ¿Qué se puede esperar de las revoluciones árabes si son unas revoluciones como las demás, una aspiración a los beneficios de la globalización sin un componente islámico significativo? Las revoluciones rara vez conducen a la democracia liberal. Ahora bien, sin una reconversión económica del mundo árabe, toda esperanza de integración de los jóvenes en la economía seguirá frustrada. Egipto, el Magreb, Jordania y Siria necesitan un crecimiento del 7 al 8% anual para que la revolución produzca un mayor bienestar. Es el modelo turco. Esta «turquización» exigiría que los militares renunciasen a su poder político y sobre todo a sus prebendas económicas. Por tanto, nos veríamos tentados a decirles a los árabes sublevados que hicieran «un esfuerzo más»: la república está al alcance de la mano, pero sin una economía liberada seguirá construida sobre la arena.
Los islamistas, antioccidentales y antisionistas, están ahora mismo fuera de juego: pero si la república no conduce al crecimiento, asistiremos a una revancha de los extremistas. Los revolucionarios no han planteado hasta ahora el tema económico: no les parece prioritario, pero lo será. Solo el regreso de los empresarios al mundo árabe, empezando por todos aquellos que viven en el exilio, garantizaría unas repúblicas duraderas. Hoy en día, en Egipto se requieren 500 días de trámites administrativos, con un soborno para cada sello, para abrir una panadería. Egipto será republicano cuando sea posible crear allí una panadería.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

marzo 17, 2011 Publicado por | conflicto social, Islam | Deja un comentario

>Los (falsos) credos occidentales

>

Por Pascal Boniface, director del Instituto de Relaciones Internacionales y Estratégicas de París (LA VANGUARDIA, 06/03/11):
La revolución tunecina y la caída de Mubarak en Egipto deberían inducir a numerosos responsables e intelectuales occidentales a cuestionar buena parte de sus puntos de vista que a decir verdad han guiado con torpeza y escaso acierto el rumbo de su política internacional.
Solía considerarse que el mundo musulmán era impermeable a la democracia; el islamismo radical, la principal amenaza estratégica. De hecho, el sueño de modificar el mapa de Próximo Oriente para implantar allí la democracia – en el caso de Iraq, mediante la guerra-se había convertido en pesadilla. El enfoque realista mandaba contemporizar con regímenes represivos de la región que, al menos, ofrecían la ventaja de representar muros contra el islamismo.
A quienquiera que cuestionaba tales puntos de vista se le trataba de ingenuo o de tonto útil, o bien se le acusaba de hallarse aquejado del “síndrome muniqués” de 1938. Toda reflexión crítica se interpretaba como complicidad, implícita o explícita, con los islamistas. Asomaba, a veces, el terrorismo intelectual. Estos puntos de vista adolecían de una atención excesiva a los efectos ignorando las causas. Indudablemente, el islamismo radical constituía un desafío peligroso para la seguridad de los occidentales y de sus aliados. Sin embargo, ¿cuál era su terreno abonado? ¿Cabía pensar que se trataba de un fenómeno natural o genético susceptible de afectar al mundo árabe-musulmán sin saberse demasiado por qué? Los defensores de estos puntos de vista omitían a sabiendas el hecho de que los occidentales habían apoyado la expansión del islam en su versión radical a fin de contrarrestar el avance del nacionalismo árabe progresista. Ante todo, la cuestión era abstenerse de señalar e identificar las causas geopolíticas del auge del radicalismo islámico (la persistencia del conflicto de Próximo Oriente, la guerra de Iraq y, finalmente, un modo de combatir el terrorismo que sólo acarreaba su crecimiento) y las causas políticas (injusticias sociales, corrupción, ausencia de horizonte político, represión…) aduciendo que comprender quiere decir legitimar y que legitimar significa disculpar.
A base de luchar contra los efectos del islamismo radical sin combatir sus causas, se instaura una política que se nutre de su propio fracaso. Esta actitud conduce inevitablemente al efecto inverso del previsto inicialmente pues se produce una organización del islamismo radical que hace entonces más necesaria la lucha contra él, generándose así un círculo vicioso del que no se sale.
La otra fisura del razonamiento consistía, por analogía, en atribuir al islamismo radical el mismo papel que el representado antaño por el comunismo: el de una importante amenaza susceptible de echar abajo nuestro sistema y acabar con nuestras democracias. Aunque tal presentación de los hechos reportaba la ventaja de mantener importantes presupuestos militares tras la desaparición de la Unión Soviética, surge el interrogante: ¿cómo comparar, en términos de amenaza, Al Qaeda con los millares de armas atómicas de la URSS, los millones de soldados, los millares de carros y aviones de combate del Pacto de Varsovia? Tal perspectiva ha conducido al mismo error estratégico – y error moral-que el cometido durante la guerra fría. En nombre de la defensa de la democracia (amenazada por el comunismo), los occidentales sostuvieron un golpe de Estado en Indonesia – que provocó medio millón de muertos-,además de apoyar a Mobutu y a otros sátrapas africanos, a Pinochet, a Videla y compinches, e incluso al régimen del apartheid. Todos ellos no contribuyeron en nada a la caída del comunismo y, en cambio, cooperaron, como excepción a la regla, a sus fines propagandísticos. La democracia ha triunfado por la transparencia, la comparación de sistemas a que ha dado lugar y el respeto al fomento de unos principios. Pensar que Ben Ali y Mubarak eran el mejor muro de protección contra el islamismo constituía un error. En cierto modo, la impopularidad de estos regímenes debido al tríptico corrupción-injusticias-represión les convertía de hecho en agentes reclutadores indirectos. Los occidentales lo aceptaron porque el simple hecho de pronunciar la palabra “islamismo” conducía a la parálisis intelectual. El militar Lyautey decía:
“Cuando oigo tacones que se cuadran, los cerebros se bloquean”. No es menester que los cerebros se bloqueen a la mera evocación del islamismo; al contrario, hay que abrirlos. La democracia, la justicia social, la transparencia, la coherencia en el respeto a los principios que se dice promover son la mejor manera de luchas eficazmente contra el islamismo radical. Es, igualmente, la mejor, la única vía hacia la reconquista de la confianza occidental en sociedades que, lejos de rechazar nuestros valores como algunos no paran de repetir como en una salmodia, los suscriben pero nos piden que seamos coherentes en su aplicación.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

marzo 11, 2011 Publicado por | Islam, mundo árabe | Deja un comentario

>Choc des civilisations ? La fin d’une fiction…

>

Par Abdennour Bidar, philosophe et écrivain (LE MONDE, 01/03/11):
Adieu M. Moubarak. Mais surtout, surtout, Adieu M. Huntington! Essayons de nous souvenir de l’expression que vous utilisiez en cette fin du XXe siècle qui paraît déjà si loin… C’était bien “le choc des civilisations”, n’est-ce pas? L’oraison funèbre de votre thèse vient d’être prononcée par l’événement en marche des révolutions arabes, Egypte et Tunisie. Les concepts aussi doivent mourir un jour, surtout quand ils sont faux. Comme le dit le Coran, “l‘erreur est destinée à disparaître”. Avec ce tremblement de terre auquel nous assistons stupéfaits et dont il y aura sans doute d’autres répliques, ce qui vient de s’écrouler c’est bien en effet cette fiction forgée par Samuel Huntington d’une altérité radicale entre un Occident qui aurait le monopole de l’amour de la liberté et un Orient musulman qui serait au contraire voué à des servitudes éternelles.
Certes, il est trop tôt sans doute pour préjuger de l’issue de la double révolution égyptienne et tunisienne. Mais désormais il sera beaucoup plus difficile d’essentialiser la civilisation islamique comme ce lieu du monde humain où la terre devra rester toujours plate et où l’autoritarisme politique pourra continuer éternellement de vivre en symbiose maudite avec l’autoritarisme de la religion. Et même si probablement ces révolutions – comme tant d’autres avant elles – n’arriveront pas à produire immédiatement de l’égalité et de la liberté, ces foules arabes en mouvement ont envoyé aux téléspectateurs du monde entier une image d’elles-mêmes absolument inédite. Elles nous ont adressé le signal d’un bouleversement sans précédent et sans retour dont il faut essayer de prendre la véritable mesure. De quoi ces révolutions politiques arabes sont-elles le révélateur ?
Ce qui vient de se produire va bien plus loin que la fin de Moubarak, bien plus loin que la fin d’un autoritarisme politique particulier, et bien plus loin enfin que la fin de l’autoritarisme arabe en général – même si celui-ci a probablement hélas de beaux jours devant lui dans plusieurs autres pays de cette aire géographique. Malgré cela, nous pouvons d’ores et déjà estimer que l’événement égyptien, notamment, est considérable. Historique avant même que l’histoire ne s’écrive, parce qu’il y a en lui quelque chose qui déborde infiniment le champ politique. En effet, dans ce pays qui est le phare culturel du monde arabe la chute du Raïs constitue l’un de ces grands moments où une révolution politique vient avertir le monde du renversement jusque là sous-jacent de toute une vision du monde. Comme la Révolution de 1789 qui était le résultat de mutations profondes de la société française. Comme la chute du Mur qui était elle aussi le dernier acte, brutal et spectaculaire, d’une lente agonie du modèle soviétique. Une fois de plus, la révolution politique n’est donc pas seulement politique et par conséquent il faut remonter bien en amont de ce champ politique pour saisir la véritable dimension de ce qui la détermine.
Son séisme, si spectaculaire soit-il, suppose comme conditions de sa production que dans le fond de la culture de ces pays arabes les plaques tectoniques ont commencé de se déplacer depuis bien plus longtemps. En quel sens ? Quelle évolution lente et souterraine de la culture est à l’origine de la révolution soudaine, visible et apparemment imprévisible du politique ? Sans doute une double mutation de la représentation ou de la conscience que les femmes et les hommes de ces peuples arabes ont d’eux-mêmes et de leur existence. Nous l’avons sous-estimé vu d’Occident, mais de toute évidence maintenant (toujours ce miracle ironique des évidences rétrospectives) nous réalisons que ces peuples arabes ont développé une nouvelle culture de la révolte et de la liberté contre tout ce qui veut s’imposer à eux d’en haut, une nouvelle culture de l’indignation et de l’insurrection contre tout ce qui voudrait nier la dignité humaine et soumettre l’homme à la fatalité d’une vie de misère.
LA FIN DE LA RÉSIGNATION
Sans doute que tout cela – culture de la liberté et de la dignité – existait depuis longtemps dans la conscience de ces peuples, mais elle était comme endormie. Par quoi ? Par les ravages d’une vision du monde où l’homme se résigne à souffrir et à obéir à tel ou tel pouvoir ou domination en disant simplement Hamdoulillah, Ma’challah ou Mektoub – “A la grâce de Dieu, Il l’a voulu, c’est ainsi, c’était écrit…” Voilà la dimension réelle de l’événement arabe : ce qui s’exprime à partir de l’épicentre du Caire, c’est la fin de la résignation à la fatalité en général et la dé-légitimation de tout ce qui veut s’imposer à l’homme d’en haut comme une puissance supérieure face à laquelle il ne peut rien, et face à laquelle il n’est rien. Voilà l’évolution de conscience ou révolution existentielle à laquelle est adossée la révolution politique du jour : c’est le vieux mythe et la vieille réalité du fatalisme existentiel arabe qui sont morts le vendredi 11 février sur la place Tahrir.
Mais alors l’événement recèle et révèle une colossale évidence, tellement colossale qu’on aurait dû la voir arriver de très loin… Si ce printemps arabe signe la fin du fatalisme, et pas seulement la fin de la résignation à l’autoritarisme politique, il nous parle aussi nécessairement en filigrane de l’autre grande figure de l’autoritarisme arabe : celui de la religion islam, c’est-à-dire d’une religion qui traditionnellement s’impose et contraint. Vis-à-vis de cela, les foules du Caire ou de Tunis nous disent qu’elles sont passées à un autre islam, à un autre rapport avec leur culture islamique. Elles nous disent qu’elles ne vivent plus l’islam comme soumission – à la tradition, aux coutumes, aux chefs religieux et aux chefs politiques qui veulent se servir du religieux… Voilà pourquoi, sur ce dernier point, la révolution d’Egypte échappera probablement au risque de sa confiscation par les Frères musulmans et autres forces fondamentalistes comme les salafistes ou les djihadistes. Car ceux-ci sont manifestement dépassés. Leur vision de l’islam est dépassée car elle repose sur un paradigme de contrainte et de domination dont les musulmans ne veulent plus. Nous assistons ainsi à la révolution en marche de la religion islam. Bien entendu, les hommes révoltés d’Egypte crient comme toujours Allahou Akbar, “Dieu est le plus grand”. Mais cela a-t-il la même signification religieuse que naguère ? En réalité pas du tout.
Le paradigme islamique classique est pris lui aussi dans le mouvement de bouleversement de fond que nous évoquons. La révolution existentielle arabe touche autant le religieux que le politique et il faut maintenant s’attendre à ce que ce religieux nous apparaisse sous peu comme tout autant bouleversé que le politique. En quel sens ? Depuis des siècles “islam veut dire soumission”. Et ce paradigme a longtemps conditionné consciemment ou inconsciemment, directement ou indirectement, la totalité du champ de l’existence arabe. C’est à partir de lui que l’attitude de soumission s’est autant répandue et légitimée dans tous les espaces privés et publics de ces sociétés, comme une dimension de la vie qu’il faut accepter.
Dans les pays arabes, les oppresseurs politiques, publics et domestiques parlent le plus souvent au nom de l’islam, au nom de Dieu – comme si Dieu et l’islam voulaient des esclaves ! C’est au nom de l’islam que telle famille empêche une femme de s’émanciper. C’est au nom de l’islam que la pression sociale contraint tout le monde à respecter le Ramadan. C’est même parfois au nom de l’autorité de l’islam qu’une police religieuse surveille et châtie. Voilà ce qui est en jeu sur le fond. Les foules qui se sont soulevées contre les régimes politiques demandaient bien sûr du pain ou des droits, mais leurs voix nues et fortes ont commencé de déchirer aussi cette toile de fond d’un religieux hégémonique et liberticide. Ces foules qui sont avant tout des femmes et des hommes dont chacun veut être reconnu comme sujet de droits ont ainsi protesté, toujours en même temps que sur le plan politique et de façon soit subliminale soit délibérée, au nom d’un autre islam possible, libre et non plus contraint, libéré et non plus imposé.
CATACLYSME
Quel message au monde, par conséquent, en plus du message politique ? En quelques longues journées d’un courage inouï, ces peuples tunisien et égyptien ont offert une régénération exceptionnelle à l’image de la culture islamique qui était si tragiquement défigurée par ses propres et interminables errances… Que l’on ne se méprenne cependant pas sur mon propos. Il ne s’agit pas d’islamiser le sens de cette révolution. Justement non, car je dis ici que nous assistons au contraire de la révolution iranienne : non pas à une révolution islamique, mais à une révolution de l’islam par ceux qui en sont aujourd’hui les héritiers. Des héritiers qui proclament la possibilité d’une nouvelle façon de vivre sa culture islamique, plus libre, plus ouverte, plus personnelle.
Ce que j’ai analysé dans mes livres comme émergence du “self islam”, c’est-à-dire islam du choix personnel dans lequel chaque conscience élevée dans la matrice culturelle de l’islam va revendiquer le droit – et assumer la responsabilité – de choisir ce qu’elle veut en retenir pour la construction de sa propre identité. Islam à la carte ? Rien de plus difficile en réalité que la liberté, rien de plus exigeant. En particulier dans le domaine du sacré qui est depuis des millénaires celui où l’homme a renoncé à toute autonomie. Or aujourd’hui c’est bien ce dernier territoire de l’autonomie humaine qu’il faut conquérir. Là aussi il faut oser penser, choisir et agir par soi-même. Tel serait finalement le message de fond incroyable que portent ces révolutions arabes. Quelle surprise ! C’est en ce lieu même du monde humain où la redéfinition de notre apport au sacré paraissait la plus impossible, que nous venons d’entendre cette revendication inouïe : nous les hommes pouvons être libres aussi face au sacré, libres sur le plan spirituel et pas uniquement sur le plan politique ou moral. De ce point de vue, les soulèvements ont potentiellement une immense valeur pour l’humanité entière, très au-delà du monde arabe. Car ils pourraient nous proposer à tous que demain le champ du sacré soit réinvesti par l’homme tout autrement qu’il l’a été durant des millénaires de soumission religieuse. Cataclysme. Car jusqu’ici l’Occident a voulu croire que la modernité se définirait comme abandon de ce champ du sacré, dénoncé comme terre d’illusion…
Le monde arabe semble ouvrir à cet égard une autre voie de sortie et c’est là quelque chose dont la mesure est effectivement considérable. Il nous dirait en effet qu’on peut sortir de la religion autrement, non pas en renonçant à sacraliser nos vies, mais en apprenant à les spiritualiser de façon libre, sans les soumettre à une autorité sacralisée quelle qu’elle soit. Moubarak est tombé, mais à travers sa chute c’est peut-être notre rapport humain à tous les pharaons et les Dieux qui nous dominaient qui vient de changer.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

marzo 7, 2011 Publicado por | conflicto social, Islam | Deja un comentario

>La libertad y los árabes

>

Por Mario Vargas Llosa © Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2011 (EL PAÍS, 13/02/11):
El movimiento popular que ha sacudido a países como Túnez, Egipto, Yemen y cuyas réplicas han llegado hasta Argelia, Marruecos y Jordania es el más rotundo desmentido a quienes, como Thomas Carlyle, creen que “la historia del mundo es la biografía de los grandes hombres”. Ningún caudillo, grupo o partido político puede atribuirse ese sísmico levantamiento social que ha decapitado ya la satrapía tunecina de Ben Ali y la egipcia de Hosni Mubarak, tiene al borde del desplome a la yemenita de Ali Abdalá Saleh y provoca escalofríos en los gobiernos de los países donde la onda convulsiva ha llegado más débilmente como en Siria, Jordania, Argelia, Marruecos y Arabia Saudí.
Es obvio que nadie podía prever lo que ha ocurrido en las sociedades autoritarias árabes y que el mundo entero y, en especial, los analistas, la prensa, las cancillerías y think tanks políticos occidentales se han visto tan sorprendidos por la explosión socio-política árabe como lo estuvieron con la caída del muro de Berlín y la desintegración de la Unión Soviética y sus satélites. No es arbitrario acercar ambos acontecimientos: los dos tienen una trascendencia semejante para las respectivas regiones y lanzan precipitaciones y secuelas políticas para el resto del mundo. ¿Qué mejor prueba que la historia no está escrita y que ella puede tomar de pronto direcciones imprevistas que escapan a todas las teorías que pretenden sujetarla dentro de cauces lógicos?
Dicho esto, no es imposible discernir alguna racionalidad en ese contagioso movimiento de protesta que se inicia, como en una historia fantástica, con la inmolación por el fuego de un pobre y desesperado tunecino de provincia llamado Mohamed Bouazizi y con la rapidez del fuego se extiende por todo el Oriente Próximo. Los países donde ello ha ocurrido padecían dictaduras de decenas de años, corruptas hasta el tuétano, cuyos gobernantes, parientes cercanos y clientelas oligárquicas habían acumulado inmensas fortunas, bien seguras en el extranjero, mientras la pobreza y el desempleo, así como la falta de educación y salud, mantenían a enormes sectores de la población en niveles de mera subsistencia y a veces en la hambruna. La corrupción generalizada y un sistema de favoritismo y privilegio cerraban a la mayoría de la población todos los canales de ascenso económico y social.
Ahora bien, este estado de cosas, que ha sido el de innumerables países a lo largo de la historia, jamás hubiera provocado el alzamiento sin un hecho determinante de los tiempos modernos: la globalización. La revolución de la información ha ido agujereando por doquier los rígidos sistemas de censura que las satrapías árabes habían instalado a fin de tener a los pueblos que explotaban y saqueaban en la ignorancia y el oscurantismo tradicionales. Pero ahora es muy difícil, casi imposible, para un gobierno someter a la sociedad entera a las tinieblas mediáticas a fin de manipularla y engañarla como antaño. La telefonía móvil, el internet, los blogs, el Facebook, el Twitter, las cadenas internacionales de televisión y demás resortes de la tecnología audiovisual han llevado a todos los rincones del mundo la realidad de nuestro tiempo y forzado unas comparaciones que, por supuesto, han mostrado a las masas árabes el anacronismo y barbarie de los regímenes que padecían y la distancia que los separa de los países modernos. Y esos mismos instrumentos de la nueva tecnología han permitido que los manifestantes coordinaran acciones y pudieran introducir cierto orden en lo que en un primer momento pudo parecer una caótica explosión de descontento anárquico. No ha sido así. Uno de los rasgos más sorprendentes de la rebeldía árabe han sido los esfuerzos de los manifestantes por atajar el vandalismo y salir al frente, como en Egipto, de los matones enviados por el régimen a cometer tropelías para desprestigiar el alzamiento e intimidar a la prensa.
La lentitud (para no decir la cobardía) con que los países occidentales -sobre todo los de Europa- han reaccionado, vacilando primero ante lo que ocurría y luego con vacuas declaraciones de buenas intenciones a favor de una solución negociada del conflicto, en vez de apoyar a los rebeldes, tiene que haber causado terrible decepción a los millones de manifestantes que se lanzaron a las calles en los países árabes pidiendo “libertad” y “democracia” y descubrieron que los países libres los miraban con recelo y a veces pánico. Y comprobar, entre otras cosas, que los partidos políticos de Mubarak y Ben Ali ¡eran miembros activos de la Internacional Socialista! Vaya manera de promocionar la social democracia y los derechos humanos en el Oriente Próximo.
La equivocación garrafal de Occidente ha sido ver en el movimiento emancipador de los árabes un caballo de Troya gracias al cual el integrismo islámico podía apoderarse de toda la región y el modelo iraní -una satrapía de fanáticos religiosos- se extendería por todo el Oriente Próximo. La verdad es que el estallido popular no estuvo dirigido por los integristas y que, hasta ahora al menos, éstos no lideran el movimiento emancipador ni pretenden hacerlo. Ellos parecen mucho más conscientes que las cancillerías occidentales de que lo que moviliza a los jóvenes de ambos sexos tunecinos, egipcios, yemenitas y los demás no son la sharia y el deseo de que unos clérigos fanáticos vengan a reemplazar a los dictadorzuelos cleptómanos de los que quieren sacudirse. Habría que ser ciegos o muy prejuiciados para no advertir que el motor secreto de este movimiento es un instinto de libertad y de modernización.
Desde luego que no sabemos aún la deriva que tomará esta rebelión y, por supuesto, no se puede descartar que, en la confusión que todavía prevalece, el integrismo o el Ejército traten de sacar partido. Pero, lo que sí sabemos es que, en su origen y primer desarrollo, este movimiento ha sido civil, no religioso, y claramente inspirado en ideales democráticos de libertad política, libertad de prensa, elecciones libres, lucha contra la corrupción, justicia social, oportunidades para trabajar y mejorar. El Occidente liberal y democrático debería celebrar este hecho como una extraordinaria confirmación de la vigencia universal de los valores que representa la cultura de la libertad y volcar todo su apoyo hacia los pueblos árabes en este momento de su lucha contra los tiranos. No sólo sería un acto de justicia sino también una manera de asegurar la amistad y la colaboración con un futuro Oriente Próximo libre y democrático.
Porque ésta es ahora una posibilidad real. Hasta antes de esta rebelión popular a muchos nos parecía difícil. Lo ocurrido en Irán, y, en cierta forma, en Irak, justificaba cierto pesimismo respecto a la opción democrática en el mundo árabe. Pero lo ocurrido estas últimas semanas debería haber barrido esas reticencias y temores, inspirados en prejuicios culturales y racistas. La libertad no es un valor que sólo los países cultos y evolucionados aprecian en todo lo que significa. Masas desinformadas, discriminadas y explotadas pueden también, por caminos tortuosos a menudo, descubrir que la libertad no es un ente retórico desprovisto de sustancia, sino una llave maestra muy concreta para salir del horror, un instrumento para construir una sociedad donde hombres y mujeres puedan vivir sin miedo, dentro de la legalidad y con oportunidades de progreso. Ha ocurrido en el Asia, en América Latina, en los países que vivieron sometidos a la férula de la Unión Soviética. Y ahora -por fin- está empezando a ocurrir también en los países árabes con una fuerza y heroísmo extraordinarios. Nuestra obligación es mostrarles nuestra solidaridad activa, porque la transformación de Oriente Próximo en una tierra de libertad no sólo beneficiará a millones de árabes sino al mundo entero en general (incluido, por supuesto, Israel, aunque el Gobierno extremista de Netanyahu sea incapaz de entenderlo).
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

febrero 21, 2011 Publicado por | conflicto social, Islam, mundo árabe | Deja un comentario

>Quand la “rue arabe” sert de modèle au Nord

>

Par Georges Corm, ancien ministre des finances de la République libanaise (LE MONDE, 11/02/11):
A partir de la Tunisie, la divine surprise qui a touché la rive sud de la Méditerranée n’est pas aussi simple qu’elle peut apparaître de prime abord. Elle n’est évidemment pas issue de l’Irak. Envahi par l’armée américaine en 2003, sous prétexte de supprimer un tyran et d’y établir une démocratie, l’Irak a, au contraire, connu une involution outrageante dans le communautarisme et l’ethnisme, assortie d’une paupérisation encore plus grave que celle amenée par treize années d’embargo économique onusien, implacable sur ce malheureux peuple.
La surprise n’est pas plus venue du Liban, où, en 2005, la “révolution du Cèdre”, appuyée par l’Occident, n’a servi qu’à aggraver le communautarisme et les dissensions internes. Une commission d’enquête internationale sur l’assassinat de Rafic Hariri, puis la constitution du Tribunal international spécial pour le Liban n’ont fait que jeter encore plus le trouble entre les deux grandes communautés musulmanes du pays (sunnite et chiite) et aggraver les dissensions internes.
L’attaque israélienne d’envergure de 2006 sur le sud du pays pour éradiquer le Hezbollah n’aura pas non plus été les “douleurs d’enfantement” du nouveau Moyen-Orient de George Bush, suivant les termes scandaleux employés à l’époque par Condoleezza Rice, sa ministre des affaires étrangères. En bref, tous les essais d’imposer la démocratie de l’extérieur n’auront eu pour effet que d’aggraver les tensions et instabilités de la région.
En revanche, c’est un pauvre Tunisien désespéré socialement et économiquement qui, en s’immolant par le feu dans une zone rurale, déclenche la vague de protestations populaires qui secouent le sud de la Méditerranée. Les immolations par le feu se multiplient.
Dans cette vague, il faut bien identifier l’alchimie qui en a fait jusqu’ici le succès: de fortes revendications d’équité sociale et économique, couplées à l’aspiration à la liberté politique et à l’alternance dans l’exercice du pouvoir. Soutenir uniquement la revendication politique que portent les classes moyennes et oublier celle de justice et d’équité socio-économique que portent les classes les plus défavorisées conduira à de graves désillusions. Or, le système qui a mené au désespoir social est bien celui de “kleptocraties” liant les pouvoirs locaux aux oligarchies d’affaires qu’ils engendrent et à des grandes firmes européennes ou à de puissants groupes financiers arabes, originaires des pays exportateurs de pétrole. C’est ce système qui a aussi nourri la montée des courants islamistes protestataires.
La vague de néolibéralisme imposée aux Etats du sud de la Méditerranée depuis trente ans a facilité la constitution des oligarchies locales. La façon dont ont été menées les privatisations a joué un rôle important dans cette évolution, ainsi que les redoutables spéculations foncières et le développement des systèmes bancaires, financiers et boursiers ne profitant qu’à cette nouvelle oligarchie d’affaires. Or, de nombreux observateurs ont naïvement misé sur le fait que ces nouveaux entrepreneurs seraient le moteur d’un dynamisme économique innovant et créateur d’emplois qui entraînerait l’émergence d’une démocratie libérale.
La réalité a été tout autre. Le retrait de l’Etat de l’économie et la forte réduction de ses dépenses d’investissement pour assurer l’équilibre budgétaire n’ont pas été compensés par une hausse de l’investissement privé. Ce dernier était supposé créer de nouveaux emplois productifs pour faire face aux pertes d’emplois provoquées par les plans d’ajustement structurels néolibéraux et à l’augmentation du nombre de jeunes entrant sur le marché du travail. Le monde rural a été totalement délaissé et la libéralisation commerciale a rendu plus difficile le développement de l’agroalimentaire et d’une industrie innovante créatrice d’emplois qualifiés.
Face aux fortunes considérables qui se sont constituées ces dernières décennies, le slogan “L’islam est la solution” a visé, entre autres, à rappeler les valeurs d’éthique économique et sociale que comporte cette religion. Ces valeurs ressemblent étrangement à celles de la doctrine sociale de l’Eglise catholique. C’est pourquoi, si la question de l’équité et de la justice économique n’est pas traitée avec courage, on peut penser que les avancées démocratiques resteront plus que fragiles, à supposer qu’elles ne soient pas habilement ou violemment récupérées.
Au demeurant, les organismes internationaux de financement, tout comme l’Union européenne, portent eux aussi une certaine responsabilité. Les programmes d’aides ont essentiellement visé à opérer une mise à niveau institutionnelle libre-échangiste, mais non à changer la structure et le mode de fonctionnement de l’économie réelle. Celle-ci, prisonnière de son caractère rentier et “ploutocratique”, est restée affligée par son manque de dynamisme et d’innovation.
Partout, le modèle économique est devenu celui de la prédominance d’une oligarchie d’argent, liée au pouvoir politique en place et aux pouvoirs européens et américains et à certaines grandes firmes multinationales. Le Liban en est devenu un modèle caricatural où des intérêts financiers et économiques servent à perpétuer des formes aliénantes de pouvoir en s’abritant derrière des slogans communautaires scandaleux tels que celui de “bons” sunnites opposés aux “dangereux” chiites.
Pour que les choses changent durablement en Méditerranée pour qu’un ensemble euro-méditerranéen dynamique, compétitif et pratiquant l’équité sociale puisse émerger, ne faut-il pas que la société civile européenne suive, à son tour, l’exemple de ce qui a été jusqu’ici dédaigneusement appelé dans les médias la “rue arabe” ? Qu’elle élève à son tour le niveau de contestation de la redoutable oligarchie néolibérale qui appauvrit les économies européennes, n’y crée pas suffisamment d’opportunités d’emplois et précarise chaque année un plus grand nombre d’Européens de toutes les nationalités. Cette évolution négative s’est, elle aussi, faite au bénéfice de la petite couche de “manageurs” dont les rémunérations annuelles accaparent toujours plus la richesse nationale.
Au nord comme au sud de la Méditerranée, ces “manageurs” soutiennent les pouvoirs en place et dominent la scène médiatique et culturelle. Il nous faut donc repenser en même temps le devenir non plus d’une seule rive de la Méditerranée, mais bien de ses deux rives et de leurs liens multiformes.
L’exemple de la rive sud devrait stimuler aujourd’hui sur la rive nord la capacité de penser sur un mode différent un autre avenir commun.
Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

febrero 21, 2011 Publicado por | Islam, mundo árabe | Deja un comentario

>¿Qué es eso que llaman ’sharia’?

>

Por Dolors Bramon, profesora de estudios islámicos (EL PERIÓDICO, 19/05/09):

Las noticias sobre el avance talibán en el valle de Swat, en Pakistán, y las recientes implantaciones de la sharia como ley del islam en varios países islámicos están generando mucha confusión. Vale la pena aclarar de qué va esto de la sharia, sobre todo por lo que supone de discriminación para las musulmanas. El libro sagrado del islam, además de contener el dogma, comprende una serie de normas para regular la conducta de los fieles. En consecuencia, los primeros musulmanes consideraron que constituía su primera y principal fuente de derecho. En él se mejoró sensiblemente la condición de las mujeres, condenando algunos usos anteriores, como la costumbre de enterrar vivas a las recién nacidas, y estableciendo que las musulmanas pasaran a ser sujeto de herencia y no objeto, como ocurría antes, o el derecho inalienable a recibir y poseer la dote y a la separación de bienes en el matrimonio. Otros usos preislámicos se adaptaron a las nuevas directrices, al tiempo que dictaminaban mejoras, como en el caso de la poligamia, que en el Corán se regula reduciendo a cuatro el máximo de esposas permitidas a los hombres y exigiendo una equidad de trato o el derecho al repudio, cuya validez y pronunciamiento tuvieron que ceñirse en adelante a condicionamientos muy restrictivos.

Las normas establecidas en el Corán se refieren a varias situaciones que afectan a la vida privada de cada creyente y a la del conjunto de la comunidad, como la alimentación, el matrimonio, la muerte, los impuestos, el comercio, el lujo, etcétera. Pero hay que indicar que algunas prácticas que han perdurado hasta hoy ni siquiera son mencionadas en él. Por ejemplo, la circuncisión masculina o su modalidad aplicada a las niñas bajo varios –y condenables–grados de mutilación.

Aunque se diga que un 35% del contenido del libro hace referencia a normativas, pronto fue insuficiente para poder regular todas las cuestiones planteadas en una comunidad cada día mayor. Por este motivo, las pautas proporcionadas en el mensaje coránico tuvieron que complementarse con otros modelos de comportamiento. El principal fue, naturalmente, el modelo de la vida del profeta y de sus seguidores más inmediatos, o sea, el de la práctica seguida por la primera comunidad de fieles.

Este conjunto de normas que complementan el Corán constituye la sunna o tradición, compuesta por varias narraciones que recogen presuntos hechos o dichos del profeta según pretendidos testimonios coetáneos. Cada una recibe el nombre de hadiz e iba presidida por la lista nominal de los transmisores, que da garantía –como mínimo teórica– de autenticidad. Recogido por escrito en el siglo IX, este conjunto de narraciones, de historicidad bastante dudosa dados los años transcurridos, constituyó su segunda fuente de derecho.

También muy pronto, la tradición no bastó para los nuevos casos que se presentaban y los expertos tuvieron que establecer una tercera fuente de jurisprudencia. Ahora bien, cuando les faltaban directrices en el Corán y la sunna, tuvieron que elaborar una nueva normativa sin poder seguir ningún modelo. Las vías adoptadas entonces consistieron en deducir una nueva legislación mediante el sistema llamado de analogía, aplicable en los casos que presentaran similitud con normas anteriores, o el recurso a su opinión personal. Es evidente que el talante de cada jurista influiría en sus dictámenes. En todos los casos, era y es necesario el consentimiento de los fieles, y de este modo la voz de la comunidad se convierte también en fuente del derecho.

Este esfuerzo jurídico terminó en los siglos IX-X, y los expertos posteriores han tenido que limitarse a seguir el camino trazado por sus antecesores.

Si bien esta nueva normativa fue sistematizada, no puede considerarse un código unificado y coherente, sobre todo porque el islam no tiene una institución única de referencia y la costumbre de cada territorio es muy distinta. Pese a esto, algunos optan por sumar las citadas fuentes del derecho y considerar su resultado como ley canónica bajo el nombre de sharia, sin percatarse del disparate que supone. Me explico: a todos nos enseñaron de pequeños que no se pueden sumar peras y manzanas, y es evidente que esta suma es incorrecta. Lo es porque hay que distinguir muy explícitamente la naturaleza y procedencia de los sumandos porque para todos los musulmanes, y según la teología islámica, el Corán es obra de Dios, pero, por el contrario, es obvio que la tradición, el esfuerzo jurídico y el consenso son producto de la actividad humana, y más concretamente de los hombres del islam.

ADEMÁS, HAY que decir que no siempre los textos árabes del Corán, de la sunna y de los escritos jurídicos pueden ser entendidos de un modo claro y automático, y que ninguna de estas obras constituye un código coherente y completo. Por lo tanto, su interpretación varía sensiblemente. Y, a menudo, las normativas son contradictorias.

Esta consideración errónea de la sharia como ley del islam es defendida por los grupos islamistas y las cuestiones más discriminatorias son las referidas al estatus de las mujeres, porque a menudo han prevalecido normas de los hombres en detrimento de las pautas del Corán. Guste o no guste, hay que subrayar el paso de gigante que supuso su contenido en favor de las mujeres, pero, por desgracia, el patriarcalismo sigue triunfando.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

mayo 27, 2009 Publicado por | Islam, mundo árabe | Deja un comentario

>Una víctima iraní de maltrato aplicará el ‘ojo por ojo’ al hombre que la cegó con ácido

>

EFE. 04.03.2009 – 13:01h

Una mujer iraní de 30 años Ameneh Bahrami, que en 2004 quedó ciega cuando un pretendiente despechado le arrojó ácido a la cara después de que no le aceptara como esposo, ha decidido aplicar la ley Talión, que permite la legislación de Irán y que exige un castigo igual al crimen cometido.

La joven, que vive en Barcelona, donde ha sido sometida a diferentes intervenciones quirúrgicas en ojos y rostro ha explicado que ha rechazado la petición de piedad de su verdugo, un compañero de facultad, quien le ha llegado a implorar que, si no le perdona, le mate, pero que no le deje ciego.

Ameneh recuerda que él no tuvo ninguna compasión cuando le esperó durante horas en la puerta de su trabajo para quemarle la cara y dejarla ciega, y ha añadido, además, que su verdugo será “afortunado”, al menos más que ella: “será anestesiado antes de que se le arrojen cinco o diez gotas de ácido en los ojos, será fácil para él”, ha dicho inflexible.

La mujer está a la espera de una carta del juzgado de su país para viajar a Irán, aunque se da la circunstancia de que, al estar totalmente ciega, no podrá ejecutar ella la sentencia, pero, recalca: “habrá mucha gente que quiera hacerlo por mí”.

Según la legislación iraní, Ameneh “sólo” podrá cegarle de un ojo si no paga antes 20.000 euros por ejecutar la sentencia de forma total, ya que las leyes de su país establecen que la mujer vale la mitad que un hombre, es decir, dos ojos de una mujer por uno de un hombre.

Yo quiero pagarle con el ojo por ojo“, ha asegurado Ameneh, quien cree que el hombre que le agredió “no debe ir por la calle libremente, la gente tiene derecho a estar segura y saber lo que hizo”.

Vive en España con 400 euros de pensión

La joven iraní, huida de su país por miedo, vive sola desde hace cuatro años en una habitación de alquiler en un piso compartido, gracias a una pequeña pensión de 400 euros del Gobierno español, aunque asegura que sufre mareos, está enferma y necesita a alguien para su día a día, pero que su madre no puede venir porque no le conceden el visado.

No obstante, asegura que prefiere esta situación a regresar a Irán, y teme también por lo que le pueda pasar a su familia y amigos.

El doctor Ramón Médel, del Instituto de Microcirugía Ocular de Barcelona, ha explicado que Ameneh, a la que ha atendido, llegó a mantener durante dos años la visión del 40% de un ojo, pero que una infección por hongos acabó dejándola ciega totalmente.

marzo 8, 2009 Publicado por | Islam, violencia de género | Deja un comentario

>Conocer el islam hoy

>

Por Dolors Bramon, profesora de estudios islámicos (EL PERIÓDICO, 02/03/09):

Quienes nos interesamos por el islam, que es la religión que más crece en la actualidad, estamos de enhorabuena porque se han publicado diversos libros sobre cuestiones que tratan de esta manera de entender a Dios. Sobre uno de sus puntos más controvertidos, el del estatus de las mujeres, merece la pena que se conozcan las obras de tres musulmanes.

El primero es Abdennur Prado, que edita La emergencia del feminismo islámico (Oozebap, Barcelona 2008), una selección de ponencias presentadas en el Primer y Segundo Congreso de Feminismo Islámico celebrados en Barcelona en el 2005 y el 2006, y La veu de la dona a l’Alcorà. Una perspectiva feminista (Llibres de l’Índex, Barcelona 2008) que recoge las del último congreso (2008). Yaratullah Monturiol ha publicado el delicioso Dones a l’islam: autodeterminació (Trabucaire, Perpinyà 2008) y, finalmente, Abadia Editors (Navarcles 2009) publicará muy pronto L’Alcorà i les dones. Una lectura d’alliberament, de la médica marroquí Asma Lmrabet, con una llamativa portada en la que una mujer con hiyab lee un periódico y un hombre sentado a su lado sostiene en brazos un bebé.

ESTOS AUTORES son musulmanes y manifiestan su satisfacción por pertenecer a la comunidad del islam. Escriben como creyentes, y lo cierto es que muchos aspectos de sus obras, serias y documentadas, coinciden a menudo con el contenido de mi último trabajo, Ser mujer y musulmana (Bellaterra, Barcelona, 2009; con dos ediciones catalanas en Cruïlla, 2007-2008). Se observan también diferencias de criterio y de enfoque, y esto es lógico porque, en su caso, se trata de musulmanes convencidos que quieren dar a conocer sus vivencias como tales y yo soy una estudiosa del islam que se dedica a transmitir conocimientos, pero siempre dejando las cuestiones de fe fuera del aula, del plató o del papel.

Al margen de estas obras que tratan de mujeres musulmanas (es obvio que no hay una única circunstancia para todas las mujeres que viven en países islámicos o que practican su religión), han visto la luz, también recientemente, otras publicaciones de gran interés. Este es el caso de la obra escrita por otro converso, Abdelmumin Aya, y el arabista José F. Durán Velasco, con el título Dites del profeta Muhammad. Cent quinze hadisos qudsi (Llibres de l’Índex, Barcelona 2008). Seleccionan una serie de narraciones atribuidas al profeta del islam, cuyo contenido es aceptado como verídico por una gran mayoría de musulmanes y que, a menudo, se consideran complemento de la Revelación. Su publicación es necesaria, puesto que entre los miles de episodios que constituyen la Sunna o Tradición los hay que se contradicen entre sí, que hablan de acontecimientos no acaecidos, de poblaciones aun inexistentes, etcétera, cosa que hace dudar de su veracidad. Editar y traducir los fragmentos que parecen más vero- símiles es necesario y será saludable para el islam. Un proceso paralelo de está produciendo en Turquía, cuyo Gobierno ha encargado a una comisión de expertos que anule todos los que atribuyan al Profeta algo que resulte humillante para las mujeres, que justifique la violencia contra ellas o que las suponga deficientes desde su nacimiento y religiosa e intelectualmente incompletas. Vale la pena subrayar y celebrar esta vía de progreso del islam actual.

En otro orden de cosas, cito también el muy sugerente y documentado libro El retorn de l’islam a Catalunya (Llibres de l’Índex, Barcelona 2009) también de Abdennur Prado. Dicho autor es presidente de la Junta Islámica Catalana y se define como “un catalán musulmán que está enamorado de Catalunya y que se enamoró del islam”, añadiendo que el islam que puede ser predominante en Catalunya no es el islam del que se enamoró y que la Catalunya de la que está enamorado no es la islamófoba que a veces se puede ver. Es una obra valiente que se propone recuperar la memoria del pasado islámico de Catalunya, algo muy cierto pero que no todos los catalanes están dispuestos a aceptar. Interesante resulta también su publicación El islam anterior al islam (Oozebap, Barcelona 2007).

FINALMENTE, quiero referirme a otros escritos de investigadores cuyo principal campo de trabajo ha sido y es el cristianismo, pero que se han ido interesando por el islam. Su condición de teólogos hace especialmente útiles e interesantes sus puntos de vista. Si ya había ilustres antecedentes, como los estudios de Karen Amstrong y de Hans Küng, disponemos ahora de la magnífica aportación del director de la cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones Ignacio Ellacuría de la Carlos III de Madrid, Juan José Tamayo, autor de Islam. Cultura, religión y política (Trotta, Madrid 2009). En ella se cuestionan muchos estereotipos existentes sobre el islam y sobre la figura de su profeta, se describen las diversas interpretaciones de su doctrina, su historia y las principales ramas de dicha religión. Se analiza con rigor y con método histórico-crítico el contenido del Corán, los cinco pilares del islam, la situación de las mujeres, los derechos humanos y un largo etcétera. Pero destacan, sobre todo, los capítulos dedicados al islam frente a los otros monoteísmos y a los hitos históricos del diálogo entre cristianismo e islam y se hace una muy sugerente propuesta de la posibilidad de una teología islamocristiana de la liberación.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

marzo 2, 2009 Publicado por | Igualdad de género, Islam, mundo árabe | Deja un comentario

>La lección de Rushdie

>

Por Jean Daniel, director de Le Nouvel Observateur. Traducción: José Luis Sánchez-Silva (EL PAÍS, 22/02/09):

El viernes 13 de febrero, víspera de San Valentín, algunos colegas británicos decidieron conmemorar el vigésimo aniversario de la fetua con la que el imán Jomeini condenó a muerte a Salman Rushdie -y cuya vigencia acaban de reiterar las autoridades iraníes-. Este aniversario les proporcionó la ocasión de entregarse a una estimulante reflexión sobre el sentido de la blasfemia y el de la cohabitación entre el islam y Occidente.

Nuestros colegas afirman que, veinte años después, aún vivimos bajo la influencia y a la sombra de aquel asunto. En otras palabras, mucho antes de Samuel Huntington y sus tesis sobre el “choque de civilizaciones”, llegaba desde la patria de los mulás el llamamiento al asesinato de Rushdie. Fue, según ellos, el primer anuncio de un conflicto radicalmente nuevo que desde entonces no ha dejado de agudizarse. No sólo hay varias guerras en Oriente Próximo, sino que, día a día, una tensión creciente amenaza las relaciones entre los musulmanes y los países europeos en los que viven.

Nacido en la India y poseedor de la nacionalidad paquistaní, a la edad de 13 años, Salman Rushdie fue enviado al King’s College de Cambridge para estudiar Historia y el Corán. Allí no tardó en perder su esnobismo de indio anglófilo y su acento de aristócrata británico al chocar con el racismo solapado y distante de la mejor sociedad inglesa. Poco después, daba un giro hacia el radicalismo político, la denuncia sistemática del Gobierno de la señora Thatcher y de la “falsa democracia” a la inglesa, y se convertía en un paladín del Sur contra el Norte y en un apologista de culturas minoritarias como el feminismo, la homosexualidad y el pacifismo.

Luego llegó 1989 y la publicación de sus famosos Versos satánicos. Las reacciones que su libro provocó y la fetua de la que fue víctima lo desestabilizaron completamente. Entonces, pidió la protección del Gobierno británico, al que no había dejado de injuriar. En el Herald Tribune del pasado 15 de febrero, el ensayista Geoffrey Wheatcroft recuerda el desprecio feroz con el que tanto la derecha nacionalista como la izquierda multicultural (los multiculti) trataron a Salman Rushdie. Tras acusarlo de batir todos los récords de traición a su cultura, su religión, su país de origen y su nacionalidad, algunos personajes de la Cámara de los Lores cercanos a Margaret Thatcher llegaron a expresar su deseo de que los musulmanes “apaleasen al traidor en una calle oscura para enseñarle buenas maneras”. Mientras, los mismos que no sentían sino desprecio por Rushdie y su blasfemia toleraban tranquilamente que se blasfemara contra el cristianismo. Nuestros colegas nos recuerdan también que, algunos años antes, la mejor sociedad británica consideraba de buen tono aplaudir la publicación de un poema sobre la homosexualidad de Jesús en el diario Gay News.

¿Qué pasaba mientras en Francia? Para empezar, la novela de Salman Rushdie fue totalmente desacreditada. Le Figaro escribía: “Se trata de una novela aburrida, espesa, complicada, con oscuras intenciones y provocaciones fáciles, escrita en un lenguaje cargante”. A despecho de la simpatía general que los franceses sentían por Rushdie, Jacques Chirac, tan indignado por los Versos como Margaret Thatcher, metió en el mismo saco al blasfemo y a los autores del llamamiento a su asesinato. La izquierda y la extrema izquierda estaban divididas. Mientras los intelectuales de SOS Racismo y Le Nouvel Observateur manifestaban su solidaridad con Rushdie, algunos grandes arabistas, como Jacques Berque, aun reprobando el llamamiento al asesinato, manifestaban su comprensión y empatía hacia los religiosos ofendidos en lo más sagrado de sus creencias.

Tanto en Londres como en París, ¿se trataba de la fascinación por el islam? ¿De una inclinación tercermundista? ¿De culpabilidad colonial? Según algunos, Francia y Reino Unido, herederos de los dos mayores imperios coloniales, nunca aprendieron a dirigirse a los países musulmanes. Al integrarse en su civilización, Salman Rushdie se comportó, sin pretenderlo, como un musulmán liberado o como un occidental agnóstico. El cronista norteamericano William Pfaff añade que, desde el Siglo de las Luces, la sensibilidad dominante en Occidente está marcada por el escepticismo y el cuestionamiento y escarnio de todas las creencias establecidas y de todas las instituciones. Gracias a ese talante, y a su cultura hedonista, Europa occidental es hoy el lugar del globo más irreligioso con las debilitadas minorías de sus iglesias cristianas. Según Pfaff, “el error posiblemente fatal de Rushdie fue aplicar un discurso europeo escéptico a una religión que aún cree en sí misma”.

Pero, para empezar, como ha demostrado Milan Kundera (Los testamentos traicionados, Tusquets Editores), no fue un error y Rushdie no atacó en absoluto al islam. Fue una licencia literaria que un gran novelista se concedió para aportar una dimensión mística a su obra. Esta misma audacia novelesca fue la que permitió a Kundera descubrir toda la poesía del islam. Por otra parte, es posible que la fuerza del credo musulmán requiera estrategias particulares y, en este punto, el intervencionismo ideológico-militar de los neoconservadores de George Bush ha sido desastroso. Respecto a los musulmanes que viven en países de mayoría cristiana, la cuestión esencial es saber qué posibilidades tienen de escapar a las presiones de las autoridades islamistas exteriores a su país de adopción. Pues el escándalo no está, evidentemente, en el comportamiento de Rushdie, que, en cierta forma, fue útil, ya que el 15 de marzo de 1989 la mayoría de los países participantes en la Conferencia islámica de Riad decidieron desaprobar la iniciativa iraní y no dar una dimensión política al asunto de la fetua.

Por eso, desde mi punto de vista, mis interlocutores británicos se equivocan. La lección del caso Rushdie es que hay que hacer todo lo necesario para garantizar la libertad del no creyente -¡y la del novelista!- en la misma medida que la del creyente, sea cual sea su religión. Pero, además, no veo por qué habría que renunciar a hacer todo lo posible para favorecer la evolución de los musulmanes hacia un espíritu crítico que en la Edad Media formó parte de sus tradiciones. La condena de las intervenciones que invocan hipócritamente la coartada humanitaria no debe llevarnos a dejar de creer en los derechos humanos ni en su universalidad.

Fuente: Bitácora Almendrón. Tribuna Libre © Miguel Moliné Escalona

febrero 23, 2009 Publicado por | Islam, libertad de expresión, mundo árabe | Deja un comentario

Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.