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Europa, en deuda con George Bush

Por Timothy Garton Ash (El País.com 06/04/2008. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

Los futuros historiadores escribirán que Europa tiene una gran deuda con el presidente George Bush. Contarán cómo, con una labor paciente y digna de estadista, ayudó a alumbrar la histórica unificación del este y el oeste de Europa. Su forma de tratar con Rusia fue prácticamente una obra maestra. Y al mismo tiempo construyó una impresionante coalición internacional para derrotar a Sadam Husein.

Estoy hablando, por supuesto, de Bush, padre, George H. W. Bush. Qué lástima lo del hijo. Ahora que el presidente George W. Bush acaba de hacer la que seguramente será su última visita oficial a Europa, con la asistencia a una hostil cumbre de la OTAN en el megalomaniaco “palacio del pueblo” de Nicolae Ceausescu en Bucarest, resulta doloroso pensar en cuánto hizo el padre por Europa en cuatro años y qué poco (por decirlo suavemente) ha hecho el hijo en ocho.

En Bucarest han salido a relucir, de manera formal o informal, muchos de los puntos cardinales de su política europea. La defensa antimisiles, por ejemplo. Bush hizo su primera visita oficial al Viejo Continente en el verano de 2001, decidido a convencer a los europeos de la importancia de la defensa antimisiles; él, por lo que parece, sigue convencido todavía. Por eso sigue empujando este proyecto futurista -hijo, o ya, a estas alturas, nieto de la “guerra de las galaxias” de Ronald Reagan- con la ayuda de unos polacos y unos checos cada vez más reacios. Lo malo es que, para hacer frente a los principales problemas de seguridad en el mundo posterior al 11-S, es un instrumento irrelevante. Bush hace la profunda observación de que “un misil puede volar hacia el norte igual que puede volar hacia el oeste”, con lo que está señalando a Irán al mismo tiempo que a Rusia. Pero la idea de que la mejor forma de defenderse a sí mismo y a sus aliados contra un posible Irán nuclearizado y otros Estados sin escrúpulos, o contra terroristas internacionales dotados de bombas sucias, es crear una versión actualizada de lo que imaginó hace 20 años Ronald Reagan como defensa contra la vieja Unión Soviética y sus armas nucleares, da tanta prueba de inteligencia como sujetar un paraguas sobre la cabeza en una inundación, mientras las aguas te llegan a la altura del muslo y las pirañas te mordisquean los talones. Son otros tiempos y se necesitan otras respuestas.

Está también Afganistán, donde las democracias occidentales corren peligro de perder una guerra que, en un momento dado, creíamos haber ganado. A diferencia de algunos representantes de la izquierda europea, yo creo que la guerra contra Al Qaeda y los talibanes en Afganistán está completamente justificada. Pero se trata de uno de los lugares más inhóspitos de la Tierra, y la batalla tenía forzosamente que ser implacable, por lo que necesitaba gran atención, capacidad de resistencia y una coalición multilateral dirigida con talento y habilidad. Eso es lo que Bush, hijo, no ha sabido hacer.

Recordemos que, después de los atentados del 11-S, la OTAN invocó por primera vez en la historia su famoso artículo 5 -uno para todos y todos para uno- y ofreció sus servicios en Afganistán. El entonces secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, despreció aquella oferta de solidaridad de los aliados europeos y canadienses. El cronista de corte de Washington, Bob Woodward, resume la reacción de Rumsfeld durante una reunión de altos responsables en la Casa Blanca: “La coalición tenía que adaptarse al conflicto, y no a la inversa… A lo mejor no necesitaban ninguna fragata francesa”. Siete años después, Washington se deshace en ruegos para lograr un millar de soldados franceses que apoyen la valiente lucha de los canadienses contra los talibanes en pleno resurgimiento.

La razón más importante por la que estamos en esta situación desesperada es que, antes de que se secara la sangre en las montañas de Afganistán, el Gobierno de Bush emprendió una aventura injustificada, mal calculada y, al final, desastrosa, en los desiertos de Irak. Cinco años más tarde, incluso quienes sostienen que la guerra de Irak estaba justificada, se muestran de acuerdo en que su ejecución fue de una incompetencia monstruosa. Un jefe militar retirado estadounidense y un antiguo alto funcionario del Consejo Nacional de Seguridad me han explicado con detalle cómo este rey George (II) no fue capaz de escoger entre las estrategias alternativas que le proponían sus poderosísimos barones del Pentágono, el Departamento de Estado y la oficina del vicepresidente (el barón Dick). EE UU siempre contó con dos o tres estrategias distintas para Irak y, por tanto, con ninguna.

En pocas palabras, la W de George W. Bush quiere decir weak (débil). A pesar de toda la chulería tejana demostrada -”vuestro hombre [Blair] tiene cojones”, y ese tipo de cosas-, este Bush ha sido, en todas las cuestiones que importan al mundo, un presidente débil. Mientras que George Bush, padre, con su aspecto educado y modoso, fue, en las cuestiones que importan al mundo, un presidente fuerte; es decir, ejerció en la práctica el papel de hombre de Estado internacional. Según dicen, Bush, hijo, tiene una relación complicada con su padre, algunos incluso dirían que tiene algún complejo paterno. Se puede hablar de Edipo o de lo que se quiera; el caso es que el padre fue mejor.

No es que lo hiciera todo bien. Las virtudes de la realpolitik de Bush, padre, llena de paciencia y voluntad de consenso, fueron también sus defectos. Al no llegar hasta Bagdad, para mantener intacta la coalición, dejó que se creara un hervidero de problemas para sus sucesores, igual que con su alianza, demasiado “realista”, con la Casa de Saúd, mientras sus clérigos wahabíes predicaban el odio en las mezquitas ante nuestras narices y financiados con petrodólares. Y su visita a Ucrania en 1991, con su tristemente famoso discurso del “pollo de Kiev”, en el que pidió a los ucranianos que no buscaran la independencia -algo que tenían perfecto derecho a hacer y seguramente iban a hacer de todos modos-, fue un momento poco afortunado.

A pesar de lo que dicen muchos en Europa e incluso, últimamente, en Washington, estoy de acuerdo con Bush, hijo, en su crítica implícita (¿podríamos decir que edípico-kantiana?) de la poca visión que mostró su padre con su supuesto realismo en lugares como Arabia Saudí y Ucrania; en su afirmación -como seguidor improbable de los pasos del filósofo Emmanuel Kant- de que, al final, la expansión de la democracia liberal es la mejor garantía de paz, y en su insistencia en que ni Vladímir Putin ni su sucesor tienen derecho alguno a dictar a los vecinos de Rusia a qué alianzas deben incorporarse. Lo que es desastroso es la ejecución, lo que falta por completo es la capacidad de actuar como un estadista.

Comparemos la Alemania de 1990 y la Ucrania de 2008. Se puede leer, en un excelente relato histórico de dos jóvenes miembros del Gobierno de George Bush, padre, Philip Zelikow y Condoleezza Rice (la misma), con qué habilidad logró aquél que varios aliados reacios, como Gran Bretaña y Francia, aceptaran la unificación alemana y con qué brillantez convenció a Mijaíl Gorbachov de que aceptara la presencia de la Alemania unida en la OTAN.

Hoy, Bush, hijo, se enfrenta a una rebelión pública de la Alemania unida y Francia por su propuesta de abrir el camino a Ucrania para que acabe entrando en la OTAN, con el llamado Plan de Acción hacia el Ingreso. No hay duda de que Vladímir Putin es más difícil de persuadir que Gorbachov, de cuyas generosas concesiones está aún resintiéndose Rusia; pero no hay que perder de vista tampoco que el momento escogido por Bush para esta campaña es especialmente torpe: justo antes de que Putin entregue el poder a su sucesor. Y la mayoría de los ucranianos ni siquiera quiere que su país entre en la OTAN. Si Bush hubiera aprendido algo de su padre, o al menos de lo que escribió Condi; si hubiera llevado a cabo una labor diplomática intensa y privada con sus aliados y con Moscú, además de la labor diplomática pública en Ucrania; si se hubiera cobrado favores que le debían; si hubiera escogido mejor el momento; si se hubiera preocupado menos por la forma que por el contenido, entonces es posible que Estados Unidos, de aquí a unos años, hubiera logrado el resultado deseado, en colaboración con los aliados europeos. Lo que ha conseguido, por el contrario, ha sido volver a crear un lío unilateral.

Pero no seamos demasiado negativos. Al fin y al cabo, esta cumbre ha servido para traer al redil a Croacia y Albania. Puede que no sea equiparable a lo que consiguió el padre con Alemania, pero es algo que figurará en los libros de historia, ¿verdad? Que digan lo que quieran sobre George W.; a él siempre le quedará Albania. -

Abril 5, 2008 Publicado por cienciayartes | Bush | | Aún no hay comentarios

"No conocía la brutalidad con la que Bush advirtió a Chile"

Por ERNESTO EKAIZER – Madrid – 26/09/2007

Juan Gabriel Valdés, embajador de Chile ante la ONU en los días previos a la invasión de Irak, reaccionó hoy con estupor al conocer el acta de la conversación Bush-Aznar del 22 de febrero de 2003, durante la cual el presidente de EE UU amenazó con perjudicar a Chile si no apoyaba la invasión. “Nunca se dijo aquí en Chile nada de semejante brutalidad. Sabía que había habido algún tipo de presiones, pero nunca tan directas”, dijo Valdés.

El ex embajador se refería a un párrafo de la conversación de Crawford (Tejas) en la que el presidente George W. Bush señalaba a José María Aznar el comportamiento que debían observar los países considerados amigos de EE UU. “Países como México, Chile, Angola y Camerún deben saber que lo que está en juego es la seguridad de los Estados Unidos y actuar con un sentido de amistad hacia nosotros. [El presidente chileno Ricardo] Lagos debe saber que el Acuerdo de Libre Comercio con Chile está pendiente de confirmación en el Senado y que una actitud negativa en este tema podría poner en peligro esa ratificación”, decía Bush.

En la primera quincena de marzo de 2003 habían trascendido algunas informaciones sobre la presión que ejercía Washington sobre aquellos países que manifestaban sus reticencias a apoyar una intervención militar en Irak. En particular, en relación a Chile, se pudo saber que el entonces principal negociador comercial de EE UU, Robert Zoellick, se había puesto en contacto con la ministra de Relaciones Exteriores de Chile, Soledad Alvear, para manifestarle que “tenía miedo de que en el Senado norteamericano se recibiera muy mal un voto contrario de Chile a la resolución”. En aquella época estaba pendiente, como recordó Bush a Aznar en su reunión, la firma del Tratado de Libre Comercio entre EE UU y Chile.

“La conversación entre Aznar y Bush revela exactamente la visión que tenía y tiene la Administración de Bush de las Naciones Unidas como institución. Lo que está por encima de todo, en este caso de la guerra de Irak, es la relación bilateral que cada país tiene con EE UU. Todo se mide en función de esa relación bilateral. No existe la comunidad internacional como tal”, protesta Valdés.

Las gestiones de Palacio

El ex embajador participó activamente en la oposición a la segunda resolución propuesta por EE UU, Reino Unido y España. “¿Cómo íbamos a apoyar una guerra cuando los informes públicos y privados del jefe de los inspectores de la ONU, Hans Blix, hablaban de un incremento de la cooperación de Irak, cuando no habían encontrado armas prohibidas y cuando se llegaron a destruir 70 misiles Al Samud 2?”, plantea. Por eso, Valdés lideró junto con el entonces embajador de México ante la ONU, Adolfo Aguilar Zinser, un grupo de seis países (Angola, Camerún, Guinea, Pakistán, México y Chile) para dar más tiempo a los inspectores, aunque no indefinidamente. En marzo de 2003, la ministra española de Exteriores, Ana Palacio, propuso a Chile que copatrocinara la segunda resolución. “Sole, hay que salvar a Colin, hay que salvar a Colin”, espetó Palacio a la ministra chilena Soledad Alvear, en referencia al secretario de Estado norteamericano Colin Powell.

Palacio excluyó de una reunión con Colin Powell a Adolfo Aguilar Zinser —sólo permitió la asistencia del ministro de Relaciones Exteriores de México, Ernesto Derbez, el 7 de marzo de 2003— por considerarlo demasiado antiamericano. Aguilar Zinser murió años más tarde en un accidente automovilístico.

Philippe Sands es el abogado británico experto en Derecho Internacional que destapó el memorándum secreto de la reunión del 31 de enero de 2003 entre Bush y Blair. Preguntado ayer sobre la conversación de Crawford entre Aznar y Bush, dijo: “La segunda resolución fue una concesión de Bush a Blair de mala gana. No se trató ni siquiera de dar legalidad a la guerra. Las conversaciones de Aznar y Bush son coherentes con las anteriores de Bush y Blair. Una auténtica mascarada”.

Septiembre 27, 2007 Publicado por cienciayartes | Bush | | Aún no hay comentarios

"sar-KO-zee" no es el alcalde de "kah-RAH-kus"

Por ELPAIS.com / AGENCIAS – Madrid / Washington – 26/09/2007

La cita era muy importante, la comparecencia ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, y los asistentes del presidente de Estados Unidos habían preparado el discurso de George W. Bush con mucha atención. Incluso habían añadido sugerencias para que el presidente pudiera pronunciar ‘bien’ nombres extranjeros con los que, por lo visto, no se sentía a gusto. Durante la intervención Bush leería las sugerencias fonéticas en los “teleprompter”, las dos pantallas colocadas a ambos lados del orador.

El problema surgió cuando los técnicos de la Naciones Unidas colgaron, por error, el texto en la web oficial de la ONU. Entonces todo el mundo se enteró de que el presidente francés se había convertido, en el borrador de Bush, en ’sar-KO-zee’; el país Mauritania en ‘moor-EH-tain-ee-a’; la ex república soviética Kirguizistán, en ‘KEYR-geez-stan’; el presidente de Zimbabwe Mugabe en ‘moo-GAH-bee’ y la capital de Venezuela en ‘kah-RAH-kus’.

Para más inri, algunos fotógrafos también captaron imágenes del los borradores entre las manos del presidente, y en la web de la ONU también aparecieron los nombres y los números de teléfono de asistentes de Bush, que escribieron el discuro. Unas horas después las Naciones Unidas retiraron el discurso.

Septiembre 27, 2007 Publicado por cienciayartes | Bush | | Aún no hay comentarios

"No conocía la brutalidad con la que Bush advirtió a Chile"

Por ERNESTO EKAIZER – Madrid – 26/09/2007

Juan Gabriel Valdés, embajador de Chile ante la ONU en los días previos a la invasión de Irak, reaccionó hoy con estupor al conocer el acta de la conversación Bush-Aznar del 22 de febrero de 2003, durante la cual el presidente de EE UU amenazó con perjudicar a Chile si no apoyaba la invasión. “Nunca se dijo aquí en Chile nada de semejante brutalidad. Sabía que había habido algún tipo de presiones, pero nunca tan directas”, dijo Valdés.

El ex embajador se refería a un párrafo de la conversación de Crawford (Tejas) en la que el presidente George W. Bush señalaba a José María Aznar el comportamiento que debían observar los países considerados amigos de EE UU. “Países como México, Chile, Angola y Camerún deben saber que lo que está en juego es la seguridad de los Estados Unidos y actuar con un sentido de amistad hacia nosotros. [El presidente chileno Ricardo] Lagos debe saber que el Acuerdo de Libre Comercio con Chile está pendiente de confirmación en el Senado y que una actitud negativa en este tema podría poner en peligro esa ratificación”, decía Bush.

En la primera quincena de marzo de 2003 habían trascendido algunas informaciones sobre la presión que ejercía Washington sobre aquellos países que manifestaban sus reticencias a apoyar una intervención militar en Irak. En particular, en relación a Chile, se pudo saber que el entonces principal negociador comercial de EE UU, Robert Zoellick, se había puesto en contacto con la ministra de Relaciones Exteriores de Chile, Soledad Alvear, para manifestarle que “tenía miedo de que en el Senado norteamericano se recibiera muy mal un voto contrario de Chile a la resolución”. En aquella época estaba pendiente, como recordó Bush a Aznar en su reunión, la firma del Tratado de Libre Comercio entre EE UU y Chile.

“La conversación entre Aznar y Bush revela exactamente la visión que tenía y tiene la Administración de Bush de las Naciones Unidas como institución. Lo que está por encima de todo, en este caso de la guerra de Irak, es la relación bilateral que cada país tiene con EE UU. Todo se mide en función de esa relación bilateral. No existe la comunidad internacional como tal”, protesta Valdés.

Las gestiones de Palacio

El ex embajador participó activamente en la oposición a la segunda resolución propuesta por EE UU, Reino Unido y España. “¿Cómo íbamos a apoyar una guerra cuando los informes públicos y privados del jefe de los inspectores de la ONU, Hans Blix, hablaban de un incremento de la cooperación de Irak, cuando no habían encontrado armas prohibidas y cuando se llegaron a destruir 70 misiles Al Samud 2?”, plantea. Por eso, Valdés lideró junto con el entonces embajador de México ante la ONU, Adolfo Aguilar Zinser, un grupo de seis países (Angola, Camerún, Guinea, Pakistán, México y Chile) para dar más tiempo a los inspectores, aunque no indefinidamente. En marzo de 2003, la ministra española de Exteriores, Ana Palacio, propuso a Chile que copatrocinara la segunda resolución. “Sole, hay que salvar a Colin, hay que salvar a Colin”, espetó Palacio a la ministra chilena Soledad Alvear, en referencia al secretario de Estado norteamericano Colin Powell.

Palacio excluyó de una reunión con Colin Powell a Adolfo Aguilar Zinser —sólo permitió la asistencia del ministro de Relaciones Exteriores de México, Ernesto Derbez, el 7 de marzo de 2003— por considerarlo demasiado antiamericano. Aguilar Zinser murió años más tarde en un accidente automovilístico.

Philippe Sands es el abogado británico experto en Derecho Internacional que destapó el memorándum secreto de la reunión del 31 de enero de 2003 entre Bush y Blair. Preguntado ayer sobre la conversación de Crawford entre Aznar y Bush, dijo: “La segunda resolución fue una concesión de Bush a Blair de mala gana. No se trató ni siquiera de dar legalidad a la guerra. Las conversaciones de Aznar y Bush son coherentes con las anteriores de Bush y Blair. Una auténtica mascarada”.

Septiembre 26, 2007 Publicado por cienciayartes | Bush | | Aún no hay comentarios

"sar-KO-zee" no es el alcalde de "kah-RAH-kus"

Por ELPAIS.com / AGENCIAS – Madrid / Washington – 26/09/2007

La cita era muy importante, la comparecencia ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, y los asistentes del presidente de Estados Unidos habían preparado el discurso de George W. Bush con mucha atención. Incluso habían añadido sugerencias para que el presidente pudiera pronunciar ‘bien’ nombres extranjeros con los que, por lo visto, no se sentía a gusto. Durante la intervención Bush leería las sugerencias fonéticas en los “teleprompter”, las dos pantallas colocadas a ambos lados del orador.

El problema surgió cuando los técnicos de la Naciones Unidas colgaron, por error, el texto en la web oficial de la ONU. Entonces todo el mundo se enteró de que el presidente francés se había convertido, en el borrador de Bush, en ’sar-KO-zee’; el país Mauritania en ‘moor-EH-tain-ee-a’; la ex república soviética Kirguizistán, en ‘KEYR-geez-stan’; el presidente de Zimbabwe Mugabe en ‘moo-GAH-bee’ y la capital de Venezuela en ‘kah-RAH-kus’.

Para más inri, algunos fotógrafos también captaron imágenes del los borradores entre las manos del presidente, y en la web de la ONU también aparecieron los nombres y los números de teléfono de asistentes de Bush, que escribieron el discuro. Unas horas después las Naciones Unidas retiraron el discurso.

Septiembre 26, 2007 Publicado por cienciayartes | Bush | | Aún no hay comentarios

El hombre de la historia

Por Ian Buruma, catedrático de Democracia, Derechos Humanos y Periodismo en Bard College. Su último libro es Murder in Amsterdam: The Death of Theo van Gogh and the Limits of Tolerance. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia. © Project Syndicate, 2007 (EL PAÍS, 20/09/07):

El presidente George W. Bush no es famoso precisamente por sus sólidos conocimientos de historia. Pero eso no le impide utilizarla para justificar sus decisiones políticas. En un discurso ante veteranos de guerra en Kansas City, al querer defender su propósito de “mantener el rumbo” en Irak, señaló las consecuencias de la retirada estadounidense de Vietnam. También mencionó la ocupación de Japón tras 1945 y la guerra de Corea como casos en los que triunfaron los esfuerzos de Estados Unidos para llevar la libertad a Asia y, por extensión, al mundo. Historiadores, demócratas y otros detractores de Bush se apresuraron a calificar su discurso, sobre todo su referencia a Vietnam, de interesado, deshonesto y equivocado.

Sin embargo, por una vez, Bush utilizó una analogía histórica que era cierta. Por supuesto, la guerra de Vietnam fue distinta en casi todo de la de Irak. Ho Chi Minh no era Sadam Husein. En Vietnam, Estados Unidos no invadió un país, sino que defendió a un aliado autoritario y corrupto contra un agresivo régimen comunista. Pero lo que dijo Bush fue que lo que sucedió a la retirada estadounidense de Indochina fue un enorme baño de sangre en Camboya y una opresión brutal en Vietnam, e insinuó que la retirada de Irak produciría un derramamiento de sangre semejante o peor. Es muy probable que sea verdad. Ahora bien, lo que no dijo Bush fue que ni los asesinatos de masas en el sureste asiático se habrían producido, ni los posibles asesinatos de masas en Irak pueden producirse, si no hubiera sido por el caos creado por Estados Unidos con sus intervenciones.

¿Y qué ocurre con los éxitos en Asia, en Japón, Corea y otros lugares acogidos a la protección de Estados Unidos? ¿Hizo bien Bush en presumir de que Estados Unidos contribuyó a llevar la libertad a esos países? Como dijo a los veteranos de Kansas City: “¿Resistirá la generación actual de americanos la tentación de retirarse y haremos en Oriente Próximo lo que los veteranos presentes en esta sala hicieron en Asia?”.

¿Qué hizo exactamente Estados Unidos en Asia? Los primeros años de ocupación de Japón, desde luego, fueron un triunfo extraordinario para la democracia. En vez de ayudar a los japoneses de la vieja escuela a restaurar un sistema autoritario, la Administración del general Douglas MacArthur ayudó al sector progresista japonés a restaurar y mejorar sus instituciones democráticas de antes de la guerra. Los sindicatos consiguieron más poder. Las mujeres obtuvieron el voto. Se promovieron las libertades civiles. Y el emperador japonés, semidivino, no tuvo más remedio que bajar a la tierra. Gran parte del mérito hay que atribuírselo a los propios japoneses y a los miembros del equipo de MacArthur, idealistas de izquierdas procedentes del New Deal, que les apoyaron.

Ahora bien, cuando China se rindió ante los comunistas de Mao y Corea del Norte obtuvo el respaldo de chinos y soviéticos para invadir el sur, el idealismo democrático se paró en seco. En Japón se puso en libertad a antiguos criminales de guerra, se llevó a cabo una purga de rojos y se apoyó de forma entusiasta a los movimientos de derechas dirigidos por algunos de esos ex criminales de guerra. En vez de cultivar la democracia, se distorsionó, y Estados Unidos fomentó activamente esa situación con el fin de asegurar la permanencia de la derecha en el poder y mantener a raya a la izquierda.

No hay duda de que los surcoreanos tienen mucho que agradecer a los estadounidenses. Sin la intervención de la ONU -dirigida por Estados Unidos- en la guerra de Corea, el sur habría caído en manos de Kim Il Sung, el Gran Líder, y su libertad y prosperidad actuales nunca habrían sido posibles. Pero la democracia no fue algo que Estados Unidos regaló a los coreanos, ni que siempre fomentó. Desde finales de los años cuarenta hasta finales de los ochenta, Estados Unidos colaboró con gobernantes autoritarios anticomunistas -a veces, los apoyó descaradamente- que se habían hecho con el poder y lo habían consolidado mediante golpes de Estado violentos y la represión de los opositores al régimen.

Lo mismo sucedió en Filipinas, Taiwan, Indonesia y Tailandia, para no hablar de Oriente Próximo, donde la democracia no está todavía arraigada. Mientras duró la guerra fría, los Gobiernos de Estados Unidos apoyaron sistemáticamente a caudillos militares y dictadores civiles en nombre de la lucha contra el comunismo; cualquier cosa con tal de mantener controlada a la izquierda, incluso una izquierda que en los países democráticos de Occidente habría sido simplemente moderada.

Es verdad que en Asia, para la mayoría de la gente la vida con los autócratas de derechas era preferible, en general, a la vida bajo el poder de Mao, Pol Pot, Kim Il Sung e incluso Ho Chi Minh. Pero decir que los ciudadanos que vivían gobernados por Park Chung Hee, Ferdinand Marcos y el general Suharto eran libres es una aberración. El hecho afortunado de que coreanos, filipinos, tailandeses y taiwaneses acabaran siendo verdaderamente libres, o más libres, no es tanto mérito de Estados Unidos como de ellos mismos, que lucharon para conseguirlo.

Sólo a finales de los ochenta, cuando el imperio comunista se venía abajo, empezaron los Gobiernos estadounidenses a apoyar a políticos y manifestantes demócratas en Seúl, Taipei y Manila. Pero los héroes de la democracia fueron asiáticos, no norteamericanos.

Bush tiene razón al decir que a los pueblos de Oriente Próximo les gustaría ser tan prósperos y libres como los surcoreanos, pero su idea de que la guerra de Irak no es más que una continuación de las políticas de Estados Unidos en Asia es un craso error. Antes, en Asia y en Oriente Próximo, la estrategia estadounidense consistía en apoyar a los dictadores frente al comunismo hasta que sus propios pueblos los derrocaban. En Oriente Próximo, hoy, se ha vuelto más audaz y radical: invadir un país, destruir sus instituciones y confiar en que de la situación de anarquía posterior surja la libertad.

Confundir estos dos tipos distintos de iniciativa y pretender que son una misma no sólo es un error, sino que es peligroso y una gran decepción para quienes seguimos pensando que Estados Unidos es una fuerza que está del lado del bien.

Septiembre 21, 2007 Publicado por cienciayartes | Bush, Orden Mundial | | Aún no hay comentarios

El hombre de la historia

Por Ian Buruma, catedrático de Democracia, Derechos Humanos y Periodismo en Bard College. Su último libro es Murder in Amsterdam: The Death of Theo van Gogh and the Limits of Tolerance. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia. © Project Syndicate, 2007 (EL PAÍS, 20/09/07):

El presidente George W. Bush no es famoso precisamente por sus sólidos conocimientos de historia. Pero eso no le impide utilizarla para justificar sus decisiones políticas. En un discurso ante veteranos de guerra en Kansas City, al querer defender su propósito de “mantener el rumbo” en Irak, señaló las consecuencias de la retirada estadounidense de Vietnam. También mencionó la ocupación de Japón tras 1945 y la guerra de Corea como casos en los que triunfaron los esfuerzos de Estados Unidos para llevar la libertad a Asia y, por extensión, al mundo. Historiadores, demócratas y otros detractores de Bush se apresuraron a calificar su discurso, sobre todo su referencia a Vietnam, de interesado, deshonesto y equivocado.

Sin embargo, por una vez, Bush utilizó una analogía histórica que era cierta. Por supuesto, la guerra de Vietnam fue distinta en casi todo de la de Irak. Ho Chi Minh no era Sadam Husein. En Vietnam, Estados Unidos no invadió un país, sino que defendió a un aliado autoritario y corrupto contra un agresivo régimen comunista. Pero lo que dijo Bush fue que lo que sucedió a la retirada estadounidense de Indochina fue un enorme baño de sangre en Camboya y una opresión brutal en Vietnam, e insinuó que la retirada de Irak produciría un derramamiento de sangre semejante o peor. Es muy probable que sea verdad. Ahora bien, lo que no dijo Bush fue que ni los asesinatos de masas en el sureste asiático se habrían producido, ni los posibles asesinatos de masas en Irak pueden producirse, si no hubiera sido por el caos creado por Estados Unidos con sus intervenciones.

¿Y qué ocurre con los éxitos en Asia, en Japón, Corea y otros lugares acogidos a la protección de Estados Unidos? ¿Hizo bien Bush en presumir de que Estados Unidos contribuyó a llevar la libertad a esos países? Como dijo a los veteranos de Kansas City: “¿Resistirá la generación actual de americanos la tentación de retirarse y haremos en Oriente Próximo lo que los veteranos presentes en esta sala hicieron en Asia?”.

¿Qué hizo exactamente Estados Unidos en Asia? Los primeros años de ocupación de Japón, desde luego, fueron un triunfo extraordinario para la democracia. En vez de ayudar a los japoneses de la vieja escuela a restaurar un sistema autoritario, la Administración del general Douglas MacArthur ayudó al sector progresista japonés a restaurar y mejorar sus instituciones democráticas de antes de la guerra. Los sindicatos consiguieron más poder. Las mujeres obtuvieron el voto. Se promovieron las libertades civiles. Y el emperador japonés, semidivino, no tuvo más remedio que bajar a la tierra. Gran parte del mérito hay que atribuírselo a los propios japoneses y a los miembros del equipo de MacArthur, idealistas de izquierdas procedentes del New Deal, que les apoyaron.

Ahora bien, cuando China se rindió ante los comunistas de Mao y Corea del Norte obtuvo el respaldo de chinos y soviéticos para invadir el sur, el idealismo democrático se paró en seco. En Japón se puso en libertad a antiguos criminales de guerra, se llevó a cabo una purga de rojos y se apoyó de forma entusiasta a los movimientos de derechas dirigidos por algunos de esos ex criminales de guerra. En vez de cultivar la democracia, se distorsionó, y Estados Unidos fomentó activamente esa situación con el fin de asegurar la permanencia de la derecha en el poder y mantener a raya a la izquierda.

No hay duda de que los surcoreanos tienen mucho que agradecer a los estadounidenses. Sin la intervención de la ONU -dirigida por Estados Unidos- en la guerra de Corea, el sur habría caído en manos de Kim Il Sung, el Gran Líder, y su libertad y prosperidad actuales nunca habrían sido posibles. Pero la democracia no fue algo que Estados Unidos regaló a los coreanos, ni que siempre fomentó. Desde finales de los años cuarenta hasta finales de los ochenta, Estados Unidos colaboró con gobernantes autoritarios anticomunistas -a veces, los apoyó descaradamente- que se habían hecho con el poder y lo habían consolidado mediante golpes de Estado violentos y la represión de los opositores al régimen.

Lo mismo sucedió en Filipinas, Taiwan, Indonesia y Tailandia, para no hablar de Oriente Próximo, donde la democracia no está todavía arraigada. Mientras duró la guerra fría, los Gobiernos de Estados Unidos apoyaron sistemáticamente a caudillos militares y dictadores civiles en nombre de la lucha contra el comunismo; cualquier cosa con tal de mantener controlada a la izquierda, incluso una izquierda que en los países democráticos de Occidente habría sido simplemente moderada.

Es verdad que en Asia, para la mayoría de la gente la vida con los autócratas de derechas era preferible, en general, a la vida bajo el poder de Mao, Pol Pot, Kim Il Sung e incluso Ho Chi Minh. Pero decir que los ciudadanos que vivían gobernados por Park Chung Hee, Ferdinand Marcos y el general Suharto eran libres es una aberración. El hecho afortunado de que coreanos, filipinos, tailandeses y taiwaneses acabaran siendo verdaderamente libres, o más libres, no es tanto mérito de Estados Unidos como de ellos mismos, que lucharon para conseguirlo.

Sólo a finales de los ochenta, cuando el imperio comunista se venía abajo, empezaron los Gobiernos estadounidenses a apoyar a políticos y manifestantes demócratas en Seúl, Taipei y Manila. Pero los héroes de la democracia fueron asiáticos, no norteamericanos.

Bush tiene razón al decir que a los pueblos de Oriente Próximo les gustaría ser tan prósperos y libres como los surcoreanos, pero su idea de que la guerra de Irak no es más que una continuación de las políticas de Estados Unidos en Asia es un craso error. Antes, en Asia y en Oriente Próximo, la estrategia estadounidense consistía en apoyar a los dictadores frente al comunismo hasta que sus propios pueblos los derrocaban. En Oriente Próximo, hoy, se ha vuelto más audaz y radical: invadir un país, destruir sus instituciones y confiar en que de la situación de anarquía posterior surja la libertad.

Confundir estos dos tipos distintos de iniciativa y pretender que son una misma no sólo es un error, sino que es peligroso y una gran decepción para quienes seguimos pensando que Estados Unidos es una fuerza que está del lado del bien.

Septiembre 21, 2007 Publicado por cienciayartes | Bush, Orden Mundial | | Aún no hay comentarios