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Adiós a una visión de los Balcanes

Por Ismail Kadare, novelista y poeta albanés. Traducción: Toni Tobella (EL PERIÓDICO, 17/08/08):

Según algunos estudiosos, el origen de la novela El Quijote hay que encontrarlo en los años en que su autor, Miguel de Cervantes, pasó en Argel, preso de unos piratas, posiblemente balcánicos, según algunas fuentes. Esposado y aislado en una celda, el escritor soñó sin duda en las infinitas maneras de poder burlar a sus captores. El Quijote, la obra que escribió tras una experiencia tan desgraciada, narra precisamente los sucesivos triunfos imaginarios de un soñador.

Los pueblos de los Balcanes, durante sus cinco siglos de servilismo bajo el imperio otomano, pasaron por una experiencia extrañamente parecida a la de Cervantes o su famosa creación. Encadenados y sin ninguna opción de liberarse de un imperio detestado, vivían de sueños imposibles, a veces irracionales. Tal y como muestran sus baladas medievales, sus imaginaciones se desbordaban: en su impotencia por desbancar al imperio y fundar estados propios, hilaron mitos y fantasías. Sus estados visionarios a menudo fueron proyecciones e imitaciones del todopoderoso imperio, con toda su inmensidad, su ceremonial e ineludible sombra.

CUANDO, después de cinco siglos, los pueblos balcánicos uno a uno fueron obteniendo su libertad, su esclavitud había durado tanto tiempo que la imaginación no podía desprenderse de aquellas fantasías, y siguió generándolas como antaño en formas totalmente desconectadas de la realidad. Los territorios de sus países eran pequeños y, como trajes muy ajustados, no podían contener sus henchidos sueños.

Todos estos pueblos sin excepción quedaron infectados de megalomanía, y mostraron, uno tras otro, padecerla. Pero su conducta quijotesca era más trágica que cómica, e incluso ya en el siglo XXI, sus interpretaciones fantasiosas de la realidad influyeron en la historia manchada de sangre de los Balcanes.

En una de sus manifestaciones más violentas, la enfermedad tomó la forma de celo misionero. Cada uno de los pueblos balcánicos se persuadió a sí mismo de que la historia o el destino le había elegido para una gran misión. No tengo ninguna duda en poner a mi propio pueblo, el albano, el primero de la lista de la enfermería. El fervor misionero albano vivió su punto álgido de fanatismo en los años 60, medio siglo después de que el país se liberara del imperio otomano. Albania en aquellos tiempos era un país comunista, y de pronto proclamó su misión (o quizá mejor, su enfermedad) a escala global. Fue el absurdo máximo. ¡Este minúsculo y pobre país comunista declaró su disponibilidad a sacrificarse en defensa del marxismo-leninismo, que había sido traicionado virtualmente en todo el resto del planeta!

EL PRECIO QUE Albania tuvo que pagar por ese insensato sueño fue muy alto, un sueño que persistió hasta el derrocamiento del comunismo. Mientras, la vecina Grecia, aunque era un país capitalista, no quedó inmune a la plaga, lo que demuestra que la identidad balcánica es más fuerte que cualquier ideología. En el caso de los griegos, su fervor misionero ha estado vinculado a la idea de la panortodoxia. El resurgido sueño de Bizancio, la expansión de Grecia más allá de sus estrechas fronteras actuales, la reconquista de Constantinopla, la moderna Estambul de los turcos, y una alianza con la ortodoxia rusa, he aquí algunos de los síntomas de su enfermedad.

La misión serbia, aunque distinta en forma y consecuencias, guarda algún parecido con la griega. Durante el conflicto de Kosovo, en las paredes aparecieron pintadas con el eslogan Serbia, de Belgrado a Tokio. Esta especie de histeria expansionista nunca aparece aislada. En el caso serbio, venía asociada no solo con la panortodoxia, sino también con el síndrome de la cuna. Una batalla que se perdió hace 600 años, revestía de pronto una significación bíblica, y Kosovo, el lugar donde tuvo lugar, fue declarado “la cuna de Serbia”. Algo que corría en paralelo con la obsesión griega con Constantinopla, pero aún más absurda. Identificar el campo donde uno pierde una batalla como su cuna es más o menos como si Francia fuera a anunciar que su cuna es Waterloo, que está en Bélgica, o si Alemania fuera a hacer lo mismo con Stalingrado, aún más distante. España podría declarar que su cuna es el canal de la Mancha, donde la Armada Invencible fue hundida, y así Europa entera quedaría reducida al caos, con cunas generalmente situadas más allá de las fronteras de los estados demandantes.

NO SE PIENSE que estas fantasías pertenecen ya al pasado. En absoluto. Ante los ojos del mundo, existe hoy día una discusión entre Grecia y Macedonia acerca del nombre de esta. Detrás de tan absurda lucha merodean los fantasmas del mito y de la historia, que se remontan a Alejandro Magno, cuyo imperio se esfumó antes de Cristo.

Los caprichosos pueblos de los Balcanes, con su excesiva carga de historia, sueñan ahora con entrar en Europa. Saben muy bien que muchos de sus recuerdos espectrales no tienen cabida en la Unión Europea, pero les está costando prescindir de ellos. Normalmente, cuanto más absurda es una obsesión, tanto más fácil es desprenderse de ella, y los albaneses fueron los primeros en los Balcanes en abandonar su enloquecido celo misionero. Su actual pasión por la integración europea, que es inseparable de su amistad con Estados Unidos, implica un vigoroso repudio de su pasado. El resto de países balcánicos, a mayor o menor velocidad, también se dirigen hacia Europa. La victoria del presidente Boris Tadic en Serbia y la reciente detención de Radovan Karadic son expresiones de un firme propósito de entrar en Europa. Por lo que a Karadic se refiere, esta determinación se agradece más por el tiempo que se ha tardado en detenerle.

Agosto 18, 2008 Publicado por cienciayartes | Balcanes | | Aún no hay comentarios

Los criminales de guerra y su legado

Por Mirjana Tomic, periodista serbia (EL PAÍS, 10/08/08):

La noticia de la detención de Radovan Karadzic recorrió al mundo despertando alegría por el triunfo de la justicia. Las informaciones sobre su cambio de identidad llenaron páginas de prensa dejando a un lado el verdadero motivo de su detención: el oportunismo político. “En los Balcanes, desde hace tiempo, el caso de Karadzic no es una cuestión de crímenes y justicia, sino de juegos políticos”, escribe el veterano periodista de Sarajevo Zlatko Dizdarevic.

El prestigioso semanario Vreme asegura que hubo más agentes de servicios de seguridad que público en una de las conferencias pronunciadas por el doctor de medicina alternativa Dragan Babic, nombre asumido por Karadzic, y que “no sabían qué hacer con él, a quién entregárselo”. Cuando tuvieron la luz verde, le detuvieron. El ministro del Interior, Ivica Dacic, antiguo portavoz de Slobodan Milosevic y actualmente miembro del Gobierno de coalición por el Partido Socialista Serbio, se desmarcó inmediatamente de la detención: “La policía no lo hizo”.

Por otro lado, el presidente de Serbia, Boris Tadic, y el ministro de Exteriores, Vuk Jeremic, han asegurado que con la detención de los criminales de guerra el país está cumpliendo con sus obligaciones internacionales. Por primera vez, Jeremic mencionó la “obligación moral”. Pero si la obligación moral fuera la guía de los políticos serbios, las detenciones no hubiesen estado justificadas por presiones internacionales, necesidades económicas y la entrada en la UE, sino por la necesidad de hacer justicia, las obligaciones con las víctimas y la asunción de responsabilidades políticas.

“Una ley no puede cambiar la actitud hacia los crímenes, se necesita educación”, sostiene Vojin Dimitrijevic, director del Centro de Belgrado para los Derechos Humanos. Actualmente, los niños en Bosnia, Serbia y Croacia aprenden lecciones diferentes sobre la historia reciente, donde la línea entre los criminales de guerra y los héroes nacionales resulta borrosa. El nuevo ministro de Educación serbio también pertenece al Partido Socialista, creado por Slobodan Milosevic. Por otro lado, el Parlamento tampoco es un foro ideal para aprender los valores cívicos. Cuando los diputados recurren a insultos étnicos o racistas, no hay sanciones.

Desde la caída de Milosevic, hace ocho años, los diferentes gobiernos de coalición en Belgrado no han querido o podido afrontar el pasado bélico. La cooperación con el Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia (TPIY), el acercamiento a la UE y la política hacia Kosovo han sido los temas que han dominado las campañas electorales y dividido a la opinión pública. Las coaliciones carecían de proyectos comunes respecto a los criminales de guerra y al crimen organizado, íntimamente entrelazados. “Los partidos peleaban entre sí, unos protegían a un grupo, otros a otro. Así entramos en sus redes… Se trata de gente con mucho dinero. La mayoría de los acusados por crímenes de guerra son gente muy rica”, dijo, en 2003, el entonces viceprimer ministro, Nebojsa Covic, tras el asesinato del primer ministro Zoran Djindjic.

Así, una parte del Gobierno detenía a los criminales de guerra, mientras que otra les protegía y/u obstaculizaba su búsqueda y captura. Los partidos se repartían ministerios (y servicios de seguridad) y nadie se metía con nadie. Todos ostentaban el poder. Los ministerios de Defensa e Interior eran siempre los más solicitados. Estos arreglos impedían que las instituciones del Estado funcionasen siguiendo una política común. ¿Funcionan hoy las instituciones? ¿Hay consenso político en el Gobierno? Es difícil hablar de un proyecto político común cuando el ministro del Interior se desmarca de la detención de Karadzic y la presidenta del Parlamento, del mismo partido, dice estar “muy triste”. Parece que no sienten esa obligación moral, esgrimida por el ministro de Exteriores. Además, si no fuese por esta coalición de otrora enemigos, que apoya la UE, los ultranacionalistas estarían en el poder.

Los políticos europeos parecen convencidos de que Belgrado está cumpliendo con los requisitos para acercarse a la UE. Se espera la detención de Ratko Mladic para que Serbia entre en la sala de espera del club europeo.

Sin embargo, sigue pendiente una solución duradera para Kosovo. La UE sostiene que el reconocimiento de su independencia por parte de Serbia no es una condición para comenzar las negociaciones con Bruselas. De hecho, algunos países de la UE tampoco la reconocen. Mientras, Belgrado espera el dictamen del Tribunal Internacional de Justicia acerca de la legalidad de la proclamación de la independencia. Cualquiera que sea el veredicto, es dudoso que EE UU y otros países se retracten del reconocimiento. Las consecuencias de este limbo son tanto prácticas como políticas. Por ejemplo, Kosovo acaba de imprimir su pasaporte. ¿Será aceptado por España, que no ha reconocido al nuevo país? Políticamente, las relaciones con Bruselas podrían tensarse si Belgrado continúa con su ofensiva contra la independencia, pero si no lo hace, la frágil coalición puede sucumbir a las presiones nacionalistas. Los Balcanes seguirán presentando un desafío a la política europea.

En cuanto a todos los criminales de guerra, hay que alegrarse por las detenciones pero los motivos de las detenciones son tan importantes como la detención misma. La herencia política de los criminales de guerra balcánicos perdura.

Agosto 13, 2008 Publicado por cienciayartes | Balcanes, crímenes de guerra | | Aún no hay comentarios

El complejo poético-militar

Por Slavoj Zizek, filósofo esloveno y autor, entre otros libros, de Irak. La tetera prestada. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia (EL PAÍS, 07/08/08):

Radovan Karadzic, el líder serbobosnio responsable de la terrible limpieza étnica en la guerra de la antigua Yugoslavia, está, por fin, detenido. Ahora es el momento de alejarse un poco y examinar la otra faceta de su personalidad: psiquiatra de profesión, no sólo era un jefe político y militar implacable y despiadado, sino también un poeta. Y no debemos despreciar su poesía ni considerarla ridícula; merece una lectura detallada, porque ofrece la clave para entender cómo funciona la limpieza étnica. He aquí los primeros versos de un poema sin título que se identifica por su dedicatoria, “… Para Izlet Sarajlic”: “Convertíos a mi nueva fe, muchedumbre. / Os ofrezco lo que nadie ha ofrecido antes. / Os ofrezco inclemencia y vino. / El que no tenga pan se alimentará con la luz de mi sol. / Pueblo, nada está prohibido en mi fe. / Se ama y se bebe. / Y se mira al Sol todo lo que uno quiera. / Y este dios no os prohíbe nada. / Oh, obedeced mi llamada, hermanos, pueblo, muchedumbre”.

Estos versos describen una constelación precisa: el llamamiento obsceno y brutal a suspender todas las prohibiciones y disfrutar de una orgía permanente destructiva. El nombre que da Freud a ese dios que “no os prohíbe nada” es el superego, y ese concepto es crucial para entender la suspensión de las prohibiciones morales en la violencia étnica actual. Aquí hay que dar la vuelta al cliché de que la identificación étnica apasionada restablece un firme sistema de valores y creencias en la confusa inseguridad de la sociedad mundial laica de hoy: el fundamentalismo étnico se apoya en un secreto, apenas disimulado, “¡Podéis!”. La sociedad posmoderna y reflexiva actual, aparentemente hedonista y permisiva, es paradójicamente la que está cada vez más saturada de normas y reglas que supuestamente están orientadas a nuestro bienestar (restricciones a la hora de fumar y comer, normas contra el acoso sexual…), de modo que la referencia a una identificación étnica apasionada, en vez de contenernos, sirve de llamamiento liberador: “¡Podéis!”. Podéis infringir las estrictas normas de la convivencia pacífica en una sociedad tolerante y liberal, podéis beber y comer lo que queráis, asumir costumbres patriarcales que la corrección política liberal prohíbe, incluso odiar, luchar, matar y violar… Sin reconocer plenamente este efecto pseudoliberador del nacionalismo actual, estamos condenados a no poder comprender su verdadera dinámica. He aquí cómo describe Aleksandar Tijanic, un destacado periodista serbio que, durante un breve periodo, llegó a ser ministro de información y medios públicos de Milosevic, “la extraña simbiosis entre Milosevic y los serbios”:

“Milosevic resulta apropiadopara los serbios. Durante su gobierno, los serbios abolieron las horas de trabajo. Nadie hace nada. Permitió que florecieran el mercado negro y el contrabando. Se puede aparecer en la televisión estatal e insultar a Blair, Clinton, o cualquier otro de los ‘dignatarios mundiales’. Además, Milosevic nos otorgó el derecho a llevar armas. Nos dio derecho a resolver todos nuestros problemas con armas. Nos dio también el derecho a conducir coches robados. Milosevic convirtió la vida diaria de los serbios en una gran fiesta y nos permitió sentirnos como estudiantes de bachillerato en un viaje de fin de curso; es decir, que nada, pero verdaderamente nada de lo que hacíamos se castigaba”.

¿Dónde se concibió inicialmente este sueño de una orgía destructiva? Aquí nos aguarda una sorpresa desagradable: el sueño de la limpieza étnica lo formularon, hace muchos años, los poetas. En su Fenomenología del espíritu, Hegel menciona “el silencioso tejido del espíritu”: la labor subterránea que va cambiando las coordinadas ideológicas, de forma invisible, en su mayoría, hasta que de pronto estalla y sorprende a todo el mundo. Es lo que ocurrió en Yugoslavia durante los años setenta y ochenta, de forma que, cuando las cosas estallaron a finales de los ochenta, ya era demasiado tarde, el viejo consenso ideológico estaba totalmente podrido y se desintegró por sí solo. En los años setenta y ochenta, Yugoslavia era como el personaje de dibujos animados que llega al borde de un precipicio y continúa andando por el aire; sólo se cae cuando mira hacia abajo y se da cuenta de que no tiene tierra firme bajo sus pies. Milosevic fue el primero que nos obligó a mirar hacia abajo, hacia el precipicio… Si la definición corriente de guerra es la de “una continuación de la política por otros medios”, entonces podemos decir que el hecho de que Karadzic sea poeta no es una mera coincidencia gratuita: la limpieza étnica en Bosnia fue la continuación de una (especie de) poesía por otros medios.

Platón ha visto dañada su reputación porque dijo que había que expulsar a los poetas de la ciudad; un consejo bastante sensato, a juzgar por esta experiencia post-yugoslava en la que los peligrosos sueños de los poetas prepararon el camino para la limpieza étnica. Es verdad que Milosevic “manipuló” las pasiones nacionalistas, pero fueron los poetas los que le proporcionaron la materia que se prestaba a la manipulación. Ellos -los poetas sinceros, no los políticos corruptos- estuvieron en el origen de todo cuando, en los años setenta y primeros ochenta, empezaron a sembrar las semillas de un nacionalismo agresivo no sólo en Serbia, sino también en otras repúblicas yugoslavas. En vez del complejo industrial-militar, en la post-Yugoslavia nos encontramos con el complejo poético-militar, personificado en las dos figuras de Radovan Karadzic y Ratko Mladic.

Para evitar creer que el complejo poético-militar es una especialidad de los Balcanes, habría que mencionar por lo menos a Hassan Ngeze, el Karadzic de Ruanda, que, en su periódico Kangura, difundía de forma sistemática el odio contra los tutsis y hacía llamamientos al genocidio. Y es demasiado facilón despreciar a Karadzic y compañía y decir que son malos poetas: otras naciones ex yugoslavas (y la propia Serbia) tuvieron poetas y escritores reconocidos como “grandes” y “auténticos” que también se involucraron de lleno en proyectos nacionalistas. ¿Y qué decir del austriaco Peter Handke, un clásico de la literatura contemporánea europea, que asistió de forma muy sentida al funeral de Slobodan Milosevic?

El predominio de la violencia de justificación religiosa (o étnica) puede explicarse por el hecho de que vivimos en una era que se considera a sí misma post-ideológica. Como ya no es posible movilizar grandes causas públicas en defensa de la violencia de masas, es decir, la guerra, como nuestra ideología hegemónica nos invita a disfrutar de la vida y realizarnos, a la mayoría le resulta difícil superar su repugnancia a torturar y matar a otro ser humano. Las personas, en general, se atienen de forma espontánea a unos principios morales y matar a otra persona les resulta profundamente traumático. Por eso, para lograr que lo hagan, es necesario hacer referencia a una Causa superior que haga que las pequeñas preocupaciones por el hecho de matar parezcan una nimiedad. La religión y la pertenencia étnica desempeñan ese papel a la perfección. Por supuesto, hay casos de ateos patológicos que son capaces de cometer asesinatos de masas por placer, simplemente porque sí, pero son excepciones. La mayoría necesita que anestesien su sensibilidad elemental ante el sufrimiento de otros. Y para eso hace falta una causa sagrada.

Agosto 7, 2008 Publicado por cienciayartes | Balcanes, crímenes contra la humanidad | | Aún no hay comentarios

Lecciones de justicia internacional

Por Rogelio Alonso, profesor de Ciencia Política, Universidad Rey Juan Carlos (ABC, 06/08/08):

LA detención de Radovan Karadzic ha sido ampliamente respaldada desde medios periodísticos y políticos. Pocas han sido las críticas hacia una decisión entendida como necesaria para hacer justicia y poder enfrentarse al pasado. El amplio consenso suscitado surge al aceptarse que la aplicación de la Justicia resulta imprescindible a pesar del tiempo transcurrido desde la comisión de los crímenes imputados. Este proceder confirma que no debe tolerarse la impunidad en escenarios donde se han perpetrado salvajes violaciones de derechos humanos. Además la forma en la que desde distintos ámbitos se ha destacado el procesamiento de Karadzic sugiere que éste también pretende ser ejemplarizante para otros contextos.

Sin embargo, en un entorno más cercano el asesinato de seres humanos ha sido interpretado de manera radicalmente distinta. En un país como España que durante décadas ha sufrido un terrorismo etarra responsable de cientos de víctimas mortales se escuchan con frecuencia apelaciones al pragmatismo para justificar la impunidad hacia los responsables de crímenes terroristas. Así ocurrió durante la negociación entre el gobierno y ETA, periodo en el que la impunidad se presentó como una suerte de mal necesario e inevitable que supuestamente habría de contribuir al final del terrorismo.

Mediante una intensa acción propagandística se intentó construir un proceso eufemísticamente denominado de «paz» sustentado en la impunidad hacia los perpetradores de la violencia terrorista y en el olvido de las graves transgresiones cometidas en el pasado. Reveladoras resultaban en este sentido las palabras de un formador de opinión como Juan Luis Cebrián: «El problema entre memoria, reconciliación y reparación lo viviremos siempre, también si hay un proceso de paz con ETA. Un proceso que la derecha ya está mistificando, que no implicaría concesiones políticas y que conduciría a un acuerdo sobre los presos, que han cometido terribles asesinatos. Esto contradice el espíritu de reparación y justicia, pero la cuestión es si la paz y la convivencia futura merecen la renuncia al pasado» (El País, 21/7/2005).

Al margen de que los acontecimientos posteriores demostraran la existencia de evidentes «concesiones políticas», altamente cuestionable resultaba también la necesidad de anteponer una indefinida «paz» a la ineludible necesidad de «reparación y justicia» propia de una sociedad democrática. Así se desprendía del testimonio de Mikel Buesa al reclamar del Gobierno «un comportamiento democrático que haga de la protección de los más débiles y de la igualdad ante la ley su guía»: «Cualquier gobierno debería atender en este asunto a la razón moral de las víctimas en su reclamación de justicia. Es a esa razón a la que, tres meses antes de su asesinato, cuando también se especulaba con una posible negociación, apeló mi hermano Fernando Buesa al declarar que «quien ha cometido un delito no tiene bula por el hecho de que se diga que ese delito tiene motivaciones políticas; porque pensar que la Justicia debe regirse por criterios políticos es negar la propia Justicia»».

Esa misma necesidad de impedir que flagrantes violaciones de derechos humanos queden indemnes es la que motiva el enjuiciamiento de Karadzic. Idéntica exigencia es la que se aprecia en otros entornos que desde nuestro país fueron manipulados durante el denominado «proceso de paz» con objeto de avalar actitudes contrarias a las aspiraciones de justicia de las víctimas del terrorismo. Frente a quienes propugnaban impunidad para ETA defendiendo la coacción que definía la «paz» como únicamente posible a cambio de dicha injusticia con las víctimas del terrorismo, se escuchaban voces que reclamaban un respeto a la legalidad como la que ahora aplica el Tribunal Penal Internacional. «¿Qué impide que el crimen se repita si al final todo proscribe, todo se sana, todo se olvida?», se preguntaba el filósofo Reyes Mate al intentar centrar el debate sobre las víctimas del terrorismo en el lugar del que otros lo apartaron, pues, «no es de sentimientos de lo que hay hablar, sino de hacer justicia».

Las palabras de Luis Pérez Aguirre, director del Servicio de Paz y Justicia de Uruguay, ofrecen argumentos a favor de tales reivindicaciones. En referencia a las políticas con las que se intentó apaciguar a los perpetradores de la violencia en su país años atrás, señaló: «Se ha dicho que hurgar en estos acontecimientos del pasado es abrir nuevamente las heridas del pasado. Nosotros nos preguntamos, por quién y cuándo se cerraron esas heridas. Ellas están abiertas y la única manera de cerrarlas será logrando una verdadera reconciliación nacional que se asiente sobre la verdad y la justicia respecto de lo sucedido. La justicia tiene esas mínimas y básicas condiciones».

En contra de los coherentes principios que se desprenden de esa insobornable reivindicación de justicia, la negociación con ETA alimentó dinámicas muy diferentes. En lugar de disuadir al terrorista mediante la firme aplicación de la Justicia, se propuso eximirle de la misma y del cumplimiento de la legalidad, afianzando así la lógica creencia en la utilidad de la violencia. No sólo se beneficiaron de dicha tolerancia etarras como Otegi o de Juana. Además otro destacado dirigente terrorista como Gerry Adams fue agasajado en nuestro país por políticos y periodistas, entre ellos el que se brindó a presentar la edición española de sus memorias. A menudo se critica la hipocresía de quienes ignoran el sufrimiento que la violencia causa en entornos lejanos. En cambio, pocas veces se denuncia la doble moral de quienes se identifican como firmes defensores de los derechos humanos al condenar ciertas atrocidades mientras aceptan para determinados violadores de esos mismos derechos humanos una impunidad indeseada para otros.

Es pues contradictorio propugnar una desigual aplicación de la justicia internacional y nacional en función de la nacionalidad del criminal o del contexto en el que se producen dichas violaciones. Si el enjuiciamiento de Karadzic demuestra la necesidad de reparación impidiendo el escarnio del dolor de las víctimas, similar receta debe aplicarse al terrorismo de ETA en una sociedad plenamente democrática como la española. Diversos son los ejemplos en el ámbito internacional que demuestran la eficacia de tales exigencias.

En marzo de 2005 el primer ministro de Kosovo dimitió de su cargo después de que el Tribunal para la ex Yugoslavia le acusara de crímenes de guerra. En esas mismas fechas el presidente de la Unión de Serbia y Montenegro enfatizaba que su «entrada en el futuro a través de la puerta de Europa» exigía el obligado pago de las «deudas con el pasado» contraídas por quienes violaron masivamente los derechos humanos en dicha región, lo cual requería el cumplimiento de sus responsabilidades con el Tribunal Penal Internacional. Esta alta institución consiguió que diversos generales se presentaran ante la misma, rendición motivada en gran medida por los deseos de Serbia de congraciarse con la Unión Europea ante su futura solicitud de ingreso en la comunidad. Asimismo el presidente croata vio cómo la Unión Europea bloqueó el inicio de las negociaciones de adhesión hasta la entrega del general Ante Gotovina, también acusado de crímenes de guerra y contra la humanidad.

Se aprecia por tanto, como condición necesaria para el avance de dichas sociedades, un rotundo afán por evitar la impunidad. Se deduce pues que el revisionismo histórico favorece la legitimación y justificación de la violencia cometida en el pasado haciendo peligrar la normalización de áreas que han sido testigo de conflictos violentos. Esa fórmula no contribuye a «cicatrizar heridas», sino más bien a mantenerlas abiertas. Es ésta una conclusión de mayor aplicación, si cabe, a un País Vasco en el que la organización terrorista ETA viola exclusiva y sistemáticamente los derechos humanos. Por ello la justicia internacional ofrece lecciones a quienes todavía aspiran a una falsa «reconciliación» que injustamente renuncie a diferenciar entre quienes deberían resultar «vencedores» -las víctimas de ETA- y «vencidos» -los terroristas-.

Agosto 7, 2008 Publicado por cienciayartes | Balcanes, ETA | | Aún no hay comentarios

Karadzic en La Haya

Por Boban Minic (EL PERIÓDICO, 06/08/08):

Todo lo contrario de Belgrado, donde la confrontación entre la policía y unos 10.000 manifestantes –partidarios del exlíder serbo-bosnio, Radovan Karadzic, y contrarios a su entrega a la justicia internacional– ha provocado decenas de heridos, Sarajevo vivió la noticia de la extradición de su verdugo al Tribunal Penal Internacional para la antigua Yugoslavia (TPY) con calma y normalidad. Eso sí, todo el mundo leía los periódicos en las cafeterías, puestos de trabajo, tranvías… Las calles se quedaron medio vacías en la hora de la primera comparecencia delante del tribunal, que trasmitían todas las cadenas en directo.

Los ciudadanos de la capital castigada y asediada durante 43 meses y ya acostumbrada a los engaños y los juegos (sucios) de la política, quisieron asegurarse en directo de que ya no habrá desagradables y decepcionantes sorpresas. Por eso había satisfacción, pero sin euforia.

NO SE PUEDE decir lo mismo de la prensa y los medios en general. Los periódicos arden: Karadzic, el degollador de Sarajevo, criminal más buscado, enemigo más sangriento, carnicero de Bosnia –para mencionar solo algunos de los titulares– ya está en La Haya. Un artículo descubre una curiosidad: el embajador de Bosnia-Herzegovina en Holanda, Fuad Sabeta (musulmán), ha recibido al acusado en el aeropuerto de La Haya. Oficialmente, Karadzic es todavía ciudadano de Bosnia, aunque hizo todo lo que pudo para la desaparición del país. Incluso lo continúa haciendo como prisionero. Lo dice el ministro de Exteriores del Gobierno de Brown y exalto representante en Bosnia, lord Paddy Aschdown: con el arresto de Karadzic Bosnia-Herzegovina se encuentra más cerca que nunca de su desaparición.

Lo peor es que este diplomático, con una pésima labor como gobernador de Bosnia en el pasado reciente, puede que tenga razón. Lo mismo anuncia, aunque con otros motivos, las Madres de Srebrenica cuando dicen: “¡La masacre en Srebrenica la cometieron 19.000 personas! ¡Ellos no son individualidades! Es el crimen del sistema, es el crimen de la República de los Serbios de Bosnia!”

Como nadie, las mujeres de Srebrenica han detectado el campo de las futuras y peligrosas batallas. Los políticos bosnios destacan que el juicio contra Karadzic y la supuesta condena al mismo tiempo condenará y deslegitimará su principal obra, la Republica Serbia de Bosnia, porque afirmará que esta criatura está hecha con ayuda de los crímenes imputados a su máximo creador.

Claro, los serbobosnios rechazan con indignación este guión e intentan demostrar que su entidad es el fruto del deseo del todo el pueblo y que existiría con o sin Karadzic. Por el momento, el tratado de Dayton les da la razón o, por lo menos, el derecho. Parece una confrontación dialéctica pero, en el terreno, la situación tiene mala pinta. El fantasma, o mejor, el zombi de la guerra ha sacado la mano de la tumba.

EL EMBAJADOR de los EEUU para los crímenes de guerra, Clint Williamson dice que el arresto y extradición de Karadzic es un importante logro para la justicia internacional y que ahora la comunidad, con toda la firmeza, presionará a Serbia para que entregue a los que quedan, especialmente al general Mladic. El exprimer ministro sueco y también exalto representante en Bosnia, Carl Bildt, dice a la BBC que Mladic “es una nuez más dura que Karadzic”, pero que espera que las autoridades serbias no puedan dar marcha atrás y que el general muerte acabará en La Haya antes del final del año, cuando el Tribunal debería acabar su labor y disolverse. Por su parte, el embajador Williamson anuncia la posibilidad de aplazar la disolución del Tribunal hasta que la lista de los juzgados se complete.

Este sería un golpe inesperado para dos acusados que intentan esconderse hasta fin del año para pasar a la jurisdicción de los tribunales de Serbia. Todos están de acuerdo en que el arresto de Mladic provocaría disturbios más serios en Bosnia y Serbia. Los detalles de la vida privada (en ningún caso épica) de Karadzic, su trabajo como curandero, su amante, su supuesta bisexualidad y su pasado de delincuente han enfriado el amor de algunos hacia su ídolo.

La opinión y las emociones de los nacionalistas se giran hacia el general y su conducta rígida y firme que ya le han dado la aureola del mártir. En todo caso, Bosnia y el mundo entero necesitan un juicio contra ambos para destruir los mitos, llamar los crímenes por su nombre y así pasar la pagina.

¿CON EL JUICIO acabará, de una vez por todas, la trágica etapa de la historia de los Balcanes? ¿O será al revés? Una revista de Sarajevo titula en portada: Juicio a la Gran Serbia. Por eso, en lugar de la conclusión, pondré un simple: Continuará.

P.D. Un amigo mío ha dado respuesta a la sorpresa del mundo por la falta del entusiasmo y alegría en Bosnia por el arresto de Karadzic: “¿Qué quieren de nosotros? ¿Deberíamos de alegrarnos porque Serbia entrará en la UE antes que la jodida, por ellos, Bosnia? Que se pudran en la cárcel, yo no veo lugar para la alegría”.

Agosto 7, 2008 Publicado por cienciayartes | Balcanes, crímenes contra la humanidad | | Aún no hay comentarios

El engorro de Karadzic

Por Carlos Taibo, profesor de Ciencia Política de la Universidad Autónoma de Madrid y colaborador de BAKEAZ (EL CORREO DIGITAL, 01/08/08):

Tiene uno por momentos la impresión de que, por detrás de la general alegría que ha suscitado la detención en Belgrado de Radovan Karadzic -y de la cumplida consideración de la singularísima peripecia del personaje en los últimos meses- ha acabado por gestarse una eficacísima cortina de humo que esconde datos importantes. Y es que, ni es oro todo lo que reluce ni faltan los problemas al margen de los discursos, impregnados de insorteable optimismo, que se han revelado entre nosotros.

La detención y el traslado a Holanda de Karadzic bien puede ser, no sin paradoja, un engorro en las relaciones de la UE con Serbia. Aunque la tesis más repetida en nuestros medios apunta que es precisamente esa detención la que despeja el camino de Belgrado hacia la UE, lo cierto es que en la trastienda despunta un dato objeto de permanente desdén. En las últimas semanas se ha extendido en Serbia la impresión de que el Tribunal de La Haya empezaba a asumir un criterio mucho más generoso en relación con los encausados de origen serbio (en general, con todos los encausados). Al respecto el rumor más extendido no es otro que el que venía a apuntar una rápida liberación del principal dirigente del Partido Radical serbio, Vojislav Seselj. La explicación que comúnmente se ha aducido para ese eventual cambio de criterio en los jueces era doble: si, por un lado, en momentos como el presente -y más aún tras la declaración de independencia de Kosovo, el pasado febrero- es menester buscar alguna vía de reencuentro con Serbia, emitiendo al efecto señales de conciliación, por el otro los hechos objeto de enjuiciamiento empiezan a quedar demasiado atrás en el tiempo, lo cual facilita la asunción, al respecto, de cierta distancia. Lo suyo es certificar, por lo demás, que el tribunal de La Haya, que depende visiblemente de la financiación de las potencias occidentales, habría tomado nota de las prioridades que estas últimas otorgarían ahora a sus políticas.

Completemos el argumento anterior con una conclusión difícil de evitar: si se anunciaba una etapa de entente cordiale entre el tribunal que nos ocupa y los gobernantes serbios, la irrupción de la figura de Karadzic en el escenario no puede por menos que dificultar el despliegue de ese proyecto de repentina liberalidad de los jueces. Y es que, y no nos engañemos, si puede hacerse la vista gorda ante una eventual generosidad con encausados de rango menor, no parece que sea tan sencillo repetir la jugada con una figura de primer plano como es la del dirigente serbobosnio detenido. Hay quien se sentirá tentado de agregar que el ‘affaire Karadzic’ tiene, por añadidura, el indeseable efecto de resituar en el centro del debate político serbio una discusión que, al menos sobre el papel, debía pasar más bien inadvertida.

Tampoco está de más que subrayemos otra circunstancia que ha caído visiblemente en el olvido los últimos días. Podría parecer como si el contencioso que el Tribunal de La Haya mantenía con Belgrado hubiese quedado automáticamente resuelto con la detención de Radovan Karadzic. Hora es ésta de subrayar que, con toda evidencia, no es así. El deseo de pasar página que parece acosar a algunos de los responsables del mentado tribunal, el propósito de abrir una nueva etapa que atenaza al grueso de los dirigentes de la UE y, en fin, el esfuerzo de los actuales gobernantes serbios en lo que hace a propiciar una rápida incorporación a la Unión se han dado cita para borrar de las mentes de todos el nombre del general Ratko Mladic, que sigue campando, sin embargo, por sus respetos. Digámoslo de otra manera: tal y como están las cosas, bien pudiera parecer que la detención de Karadzic colma en plenitud las expectativas de las cancillerías occidentales, con lo cual sería preferible archivar, sin más, el asunto Mladic. Se antoja difícil, sin embargo, acallar las imaginables protestas que semejante conducta generaría. Téngase presente que sobran los datos para aseverar que fue Mladic, por cierto, el responsable de la principal de las matanzas registradas al calor del conflicto bosnio: la verificada en Srebrenica en el verano de 1995.

Agreguemos lo que, en suma, parece evidente: quien piense que la detención de Radovan Karadzic modifica un ápice las reglas del juego en la Bosnia -el país de sus crímenes- de estas horas se equivoca. Por desgracia la abrumadora mayoría de los bosnios tiene problemas más perentorios -el desempleo, los bajos salarios, la lentitud de la reconstrucción, las reyertas políticas al uso, la corrupción- de los que preocuparse. Les sucede algo similar a lo que tuvimos la oportunidad de comprobar ocurría con los ciudadanos serbios cuando, meses atrás, acudieron a votar en unas elecciones generales sobre las que todos los analistas señalaron -con ostentoso error- iba a pender poderosamente cuestión tan espinosa como la independencia de Kosovo.

Agosto 6, 2008 Publicado por cienciayartes | Balcanes, crímenes de guerra | | Aún no hay comentarios

The Balkan evasion

By Peter Preston (THE GUARDIAN, 28/07/08):

Boris Tadic is a handsome, charismatic and rather courageous politician. If he belonged to the Labour party, cabinet “loyalists” would be queueing at his door, asking him to knife Mr B in the back. But Tadic already has a job. He is president of Serbia. It is he, and his young, reforming appointees, who tracked down Radovan Karadzic. It is he – the hymn from London, Paris, Berlin, Washington et al last week – who “chose Europe” (not a nationalistic, neo-fascist, sub-communist swamp, with only Moscow for a chum). Which is great: except, will Europe choose him?

Everyone loves a horror story, so the capture of Karadzic, the pursuit of Mladic and the stomach-turning bestiality of Srebrenica can soon be turned into big headlines again. Thus are our continent’s foulest days since 1945 remembered. Oh good! There’s a happy ending. But Serbia has no end in sight yet, no hope of swift closure. For what are our leaders saying once they’ve rejoiced, hailed western values and – in some tortuous way – claimed victory for their beliefs? They’re mumbling.

Let’s say out loud, then, what every chancellery in Europe whispers behind its hands. The European Union project is not complete until membership in the western Balkans is complete. Croatia, virtually every hurdle vaulted, stands on the brink of membership. It has done 95% of the negotiation. It will be ready next year. And now Serbia, at last, may follow on behind. Montenegro, Macedonia, Kosovo and an increasingly fraught Bosnia are waiting in the same line. So, usually unmentioned, is Albania.

None of this is outlandish stuff, nor as vexed and tangled as the Turkish question. On the contrary, it is commonplace in our own Foreign Office. But why the hold-up, why the mumbles and delays? Because, months ago, Croatia got a red light from Brussels. Nothing further could happen until the reforms of the Lisbon treaty were approved all round. Simply grafting another member on to the existing 27 wasn’t administratively sensible. And, because this was a process of logic and diplomacy, nobody was really talking one extra anyway. They were talking seven more, a union of 34.

That – plus Turkey as an increasingly outside bet – will be it for Europe: the practical definition of boundaries and interests formed as we’ve gone along. After Milosevic and Karadzic, no one who’s remotely serious about war, peace or progress believes the Balkans can just be left dangling in a pit of constant evasion. It was Tadic who, with rare drive, just managed to defeat the old forces of isolation (and Russian influence) at the last election. It was Tadic who kept Europe’s frail Kosovo policy – European troops holding the peace on European soil – from collapsing.

But Tadic knows, all too clearly, that he is a means to an end, not an end in himself. Serbia, the biggest and most historically maverick nation in the Balkans, must have a European future, or it will have nothing but trouble. And that’s where the snares, delusions and dislocations begin.

Was Belgrade even mentioned when Dublin voted? Of course not: nobody likes stretching voters so far. Does David Cameron make any Serbian connections when he talks about Britain’s own referendum, when and if? Of course not, unless there’s a Serbian restaurant in Notting Hill. And Glasgow East, inevitably, is a million miles from Balkans West.

Nevertheless, the connections are there. Among the thousands whom Karadzic helped slaughter. Among the rubble of the offices in Belgrade left untouched since Nato jets destroyed them. Emotionally, even, in the posters that plaster Belgrade hoardings. Paul Anka was here: Rihanna will be here. Summer means pop concerts and young people fresh from the Wogan memorial song contest. This isn’t some forgotten spot on the map. This is part of Europe deciding instinctively that it wants to be part of Europe, that Europe is its salvation after too many nightmares. This, when Tadic speaks, is the “vision” thing we all supposedly crave.

What happens next? Serbia, like Bosnia and the rest, moved into the official “waiting room” last year. It has hope bureaucratically locked in (and endorsed by 27 governments). But will there be momentum to match expectation? In particular, will the reasons for enlargement begin to register in the lands where only straight bananas and bent prejudices grow? When I heard Tadic speak a few weeks ago – openly, directly – I found a man who was staking his life and his country on an honest answer to the question that defines him and, in its repercussions, could define us, too. And he didn’t mumble.

Agosto 4, 2008 Publicado por cienciayartes | Balcanes | | Aún no hay comentarios

Genocide’s Epic Hero

By Aleksandar Hemon, the author, most recently, of The Lazarus Project, a novel (THE NEW YORK TIMES, 27/07/08):

On Oct. 14, 1991, Radovan Karadzic spoke at a session of the Bosnian-Herzegovinian Parliament, which had been debating a referendum on independence from the rump Yugoslavia. Mr. Karadzic was there to warn the Parliament members against following the Slovenes and Croats, who had broken away earlier that year, down “the highway of hell and suffering.”

He thundered, “Do not think you will not lead Bosnia and Herzegovina into hell and the Muslim people into possible annihilation, as the Muslim people cannot defend themselves in case of war here.” Throughout his tirade, he clutched the lectern edges, as though about to hurl it at his audience, but then let go of it to stab the air with his forefinger at the word “annihilation.” The Bosnian president, Alija Izetbegovic, a Muslim, was visibly distressed.

It was a spectacular, if blood-curdling, performance. Mr. Karadzic, who was arrested last week after 13 years in hiding, was then president of the hard-line nationalist Serbian Democratic Party, which already controlled the parts of Bosnia that had a Serbian majority, but he was not a member of the Parliament, nor did he hold any elective office. His very presence rendered the Parliament weak and unimportant; backed by the Serb-dominated Yugoslav People’s Army, he spoke from the position of unimpeachable power over the life and death of the people the Parliament represented.

Watching the news broadcast covering the session, neither my parents nor I could initially comprehend what he meant by “annihilation.” For a moment or two we groped for a milder, less terrifying interpretation — perhaps he meant “historical irrelevance”? For what he was saying was well outside the scope of our middling imagination, well beyond the habits of normalcy we desperately clung to as war loomed over our irrelevant lives.

Then I understood that he was wagging the stick of genocide at the Bosnian Muslims, while the unappetizing carrot was their bare survival. “Don’t make me do it,” he was essentially saying. “I will be at home in the hell I create for you.”

The Parliament eventually decided a referendum was the way to go. It took place in February 1992; the Serbs boycotted it while the majority of Bosnians voted for independence. In March, there were barricades on the streets of Sarajevo and shooting in the mountains surrounding it. In April, Mr. Karadzic’s snipers aimed at a peaceful antiwar demonstration in front of the Parliament building, and two women were killed. On May 2, Sarajevo was cut off from the world and the longest siege in modern history began. By the end of the summer, nearly every front page in the world had published a picture from a Serbian death camp. And so it would go for far too long.

There is little doubt, of course, that Mr. Karadzic would have happily sped down the hell-and-suffering highway regardless of the outcome of the parliamentary session. The annihilation machine was already revving, everything had already been put in place for genocide, whose purpose was not only the destruction and displacement of Bosnian Muslims but also the irreversible unification of the Serbs and their ethnically pure lands into a Greater Serbia. I wondered later why he staged that performance before the Parliament, since peace and coexistence were never a possibility for him. Why did he bother?

The point of that performance, I eventually concluded, was the performance itself. Unbeknownst to most of us interested in peaceful coexistence, the war in Bosnia had already started and Mr. Karadzic was already cast in the role he would perform throughout the war, up until his 1996 ouster from the Serbian political leadership and his subsequent new life on the run. His performance was far less for the beleaguered Bosnian Parliament than for the patriotic Serbs watching the broadcast, ready to embark upon an epic project that would require sacrifice, murder and ethnic cleansing.

Mr. Karadzic was showing to his people that he was a tough and determined leader, yet neither unwise nor unreasonable. He was indicating that war would not be a rash decision on his part, while he was capable of recognizing the inevitable necessity of genocide. If there was a job to be done, he was going to do it unflinchingly and ruthlessly. He was the leader who was going to lead them through the hell of murder to the land where honor and salvation awaited.

The model for Mr. Karadzic’s role as leader was provided by Petar Petrovic Njegos’s epic poem “The Mountain Wreath” (“Gorski vijenac”). Published in 1847, it is deeply embedded in the tradition of Serbian epic poetry and is a foundational text of Serbian cultural nationalism. Set at the end of the 17th century, its central character is Vladika Danilo, the bishop and the sovereign of Montenegro, the only Serbian territory unconquered at the time by the powerful and all-encroaching Ottoman Empire. Vladika Danilo has a problem: some Montenegrin Serbs have converted to Islam. For him, they are the fifth column of the Turks, a people who could never be trusted, a permanent threat to the freedom and sovereignty of the Serbs.

He summons a council to help him determine the solution. He listens to the advice of his bloodthirsty warriors: “Without suffering no song is sung,” one of them says. “Without suffering no saber is forged.” He listens to a delegation of Muslims pleading for peace and coexistence, who are instead offered the chance to save their heads by converting back to “the faith of their forefathers.” He speaks of freedom and the difficult decisions it requires: “The wolf is entitled to a sheep/Much like a tyrant to a feeble man./But to stomp the neck of tyranny/To lead it to the righteous knowledge/ That is man’s most sacred duty.”

In the lines familiar to nearly every Serbian child and adult, Vladika Danilo recognizes that the total, ruthless extermination of the Muslims is the only way: “Let there be endless struggle,” he says. “Let there be what cannot be.” He will lead his people through the hell of murder and onward to honor and salvation: “On the grave flowers will grow/ For a distant future generation.”

Mr. Karadzic was intimately familiar with Serbian epic poetry. A skillful player of the gusle, a single-string fiddle traditionally accompanying the oral performance of epic poems, he clearly understood his role in the light cast by Vladika Danilo. He recognized himself in the martyrdom of leadership; he believed that he was the one to finish the job that Vladika Danilo started; he saw himself as the hero in an epic poem that would be sung by a distant future generation.

Indeed, while in hiding in Belgrade in recent years, Mr. Karadzic frequented a bar where there were weekly gusle-accompanied performances of Serbian epic poetry, where wartime pictures of him and Gen. Ratko Mladic, the Bosnian Serbs’ military leader, proudly hung on the wall. A Belgrade newspaper claimed that on at least one occasion Mr. Karadzic, undercover as a New Age charlatan, recited an epic poem in which he himself featured as the main hero, performing epic feats of extermination.

The tragic, heartbreaking irony of it all is that Mr. Karadzic played out his historical role in less than 10 years. In the flash of his infernal pan hundreds of thousands died, millions were displaced, untold numbers paid in unspeakable pain for his induction into the pantheon of Serbian epic poetry.

Before he became the leader of Bosnian Serbs and after he was forced out by his supporter and fellow nationalist, President Slobodan Milosevic of Serbia, in the wake of the Dayton peace accord, Mr. Karadzic was a prosaic nobody. A mediocre psychiatrist, a minor poet and a petty embezzler before the war, at the time of his arrest he was a grotesque mountebank. It was only during the war, on a blood-soaked stage, that he could fully develop his inhuman potential. His true and only home was the hell he created for others.

Which is why, after the initial exhilaration, many Bosnians find Mr. Karadzic’s arrest less satisfying than one would expect. Though he might spend the rest of his life in the comfortable dungeons of the Western European prison system, he will live eternally in the verses of decasyllabic meter written by those for whom the demolition of Bosnia was but material for the grand epic poetry of Serbhood.

Bosnians know he should have been booed and run off the stage at the peak of his performance. He should have been seen for what he really was: a thuggish puppet whose head was bloated with delusions of grandeur. He should have let us live outside his epic fantasies. Justice is good, but a peaceful life would have been much better.

Agosto 4, 2008 Publicado por cienciayartes | Balcanes, crímenes de guerra | | Aún no hay comentarios

The Face of Evil

By Richard Holbrooke, the chief architect of the Dayton Peace Agreement who writes a monthly column for The Post (THE WASHINGTON POST, 23/07/08):

Standing with Slobodan Milosevic on the veranda of a government hunting lodge outside Belgrade, I saw two men in the distance. They got out of their twin Mercedeses and, in the fading light, started toward us. I felt a jolt go through my body; they were unmistakable. Ratko Mladic in combat fatigues, stocky, walking as though through a muddy field; and Radovan Karadzic, taller, wearing a suit, with his wild, but carefully coiffed, shock of white hair.

The capture of Karadzic on Monday took me back to a long night of confrontation, drama and negotiations almost 13 years ago — the only time I ever met him. It was 5 p.m. on Sept. 13, 1995, the height of the war in Bosnia. Finally, after years of weak Western and U.N. response to Serb aggression and ethnic cleansing of Muslims and Croats in Bosnia, U.S.-led NATO bombing had put the Serbs on the defensive. Our small diplomatic negotiating team — which included then-Lt. Gen. Wesley K. Clark and Christopher Hill (now the senior U.S. envoy to North Korea) — was in Belgrade for the fifth time, trying to end a war that had already taken the lives of nearly 300,000 people.

These three men — Milosevic, Mladic and Karadzic — were the primary reason for that war. Mladic and Karadzic had already been indicted as war criminals by the International Tribunal for the Former Yugoslavia. (Milosevic was not to be indicted until 1999.) As leaders of the breakaway Bosnian Serb movement, they had met with many Western luminaries, including Jimmy Carter.

But, in a change of strategy, the negotiating team had decided to marginalize Karadzic and Mladic and to force Milosevic, as the senior Serb in the region, to take responsibility for the war and the negotiations we hoped would end it. Now Milosevic wanted to bring the two men back into the discussions, probably to take some of the pressure off himself.

We had anticipated this moment and agreed in advance that, while we would never ask to meet with Karadzic and Mladic, if Milosevic offered such a meeting, we would accept — but only once, and only under strict guidelines that would require Milosevic to be responsible for their behavior.

I had told each member of our negotiating team to decide for himself or herself whether to shake hands with the mass murderers. I hated these men for what they had done. Their crimes included, indirectly, the deaths of three of our colleagues — Bob Frasure, Joe Kruzel and Nelson Drew, who had died when the armored personnel carrier they were in plunged down a ravine as we attempted to reach Sarajevo by the only route available, a dangerous dirt road that went through sniper-filled, Serbian-controlled territory.

I did not shake hands, although both Karadzic and Mladic tried to. Some of our team did; others did not. Mladic, not Karadzic, was the dominant figure that evening. He engaged in staring contests with some of our team as we sat across the table. Karadzic was silent at first. He had a large face with heavy jowls, a soft chin and surprisingly gentle eyes. Then, when he heard our demand that the siege of Sarajevo be lifted immediately, he exploded. Rising from the table, the American-educated Karadzic raged in passable English about the “humiliations” his people were suffering. I reminded Milosevic that he had promised that this sort of harangue would not occur. Karadzic responded emotionally that he would call former president Carter, with whom he said he was in touch, and started to leave the table. For the only time that long night, I addressed Karadzic directly, telling him that we worked only for President Bill Clinton and that he could call President Carter if he wished but that we would leave and that the bombing would intensify. Milosevic said something to Karadzic in Serbian; he sat down again, and the meeting got down to business.

After 10 hours, we reached an agreement to lift the siege, after more than three years of war. The next day, we finally were able to fly into the reopened airfield in Sarajevo. The indomitable city was already beginning to come back to life. Two months later the war would end at Dayton, never to resume.

But while the Dayton agreement gave NATO the authority to capture Karadzic and Mladic, an arrest didn’t occur for nearly 13 years. Finally, one of these dreadful murderers has begun the trip to The Hague. It is imperative that Mladic follow Karadzic on this one-way journey.

His capture is all the more important because it was accomplished by Serbian authorities. Serbian President Boris Tadic deserves great credit for this action, especially since his good friend Zoran Djindjic, then prime minister of Serbia, was assassinated in 2003 as a direct result of his courage in arresting Milosevic and sending him to The Hague in 2001. Karadzic’s arrest is no mere historical footnote; it removes from the scene a man who was still undermining peace and progress in the Balkans and whose enthusiastic advocacy of ethnic cleansing merits a special place in history. It also moves Serbia closer to European Union membership.

Karadzic’s capture is another reminder of the value of war crimes tribunals. Even though 12 years-plus is an inexcusably long time, the war crimes indictment kept Karadzic on the run and prevented him from resurfacing. In far-away Khartoum, Sudanese President Omar Hassan al-Bashir, who was indicted last week by the International Criminal Court, should be paying close attention.

Agosto 4, 2008 Publicado por cienciayartes | Balcanes, crímenes de guerra | | Aún no hay comentarios

Is Europe ready for Serbia?

By Simon Tisdall (THE GUARDIAN, 15/07/08):

Serbia seems suddenly to have become what Americans call a “normal country”. After more than 15 years spent fighting itself, its neighbours and much of Europe, a democratically-elected, pro-western government came to power in Belgrade last week, pledged to the non-violent resolution of disputes.

This development deserves more attention than it has so far received. The death throes of Yugoslavia, the rise of Slobodan Milosevic, the Bosnian conflict, horrendous war crimes, and the battle for Kosovo profoundly changed Europe’s view of itself. These dread events accelerated EU enlargement and foreshadowed a bigger, impending collision of Christian and Muslim worlds.

Serbian governments have come and gone with confusing rapidity since Milosevic fell, often against a backdrop of gangsterism and assassination. But the latest 10-party coalition, led by the moderate former finance minister, Mirko Cvetkovic, and overseen by the president, Boris Tadic, seems to have won broad support for a long-awaited programme of reforms.

Cvetkovic’s agenda includes formal EU candidate status within a year and full membership roughly five years from now; rebuilding of ties with the US; closer integration in Nato; reform of the army, police and judiciary; new privatisation and competition policies, and an all-out effort to boost jobs and an economy that has fallen behind those of its Balkan neighbours.

“Joining the EU will enable Serbia to become a fully-fledged member of the European family of nations from which Serbia has been excluded for a long time due to certain unfortunate historical circumstances,” Cvetkovic told parliament.

Yet while Serbia, after a long and painful journey, finally appears ready for Europe, it is uncertain whether Europe is ready for Serbia. Olli Rehn, the EU enlargement commissioner, long dangled the enticing fruits of membership before the Serbian public to encourage support for reformists. The tactic eventually worked. But three key obstacles may now prevent Brussels fulfilling its promises.

The first is confusion within the EU itself following last month’s rejection by Irish voters of the Lisbon constitutional reform treaty. Most European leaders believe an expanded EU cannot function efficiently in future unless the Lisbon reforms are implemented.

Katinka Barysch of thinktank Centre for European Reform said Nicolas Sarkozy, the French president, backed by Angela Merkel of Germany, has now called a halt to future enlargement while the Irish, and more particularly the reluctant Poles and Czechs, think again. That may leave Serbia twiddling its thumbs indefinitely.

Belgrade has also yet to satisfy prosecutors in the Hague that it is trying as hard as it might to capture prominent war crimes suspects such as Ratko Mladic, the Serb general accused of leading the 1995 Srebrenica massacre. Officials say they expect a new push to arrest Mladic, Radovan Karadzic and Goran Hadzic. “The arrests are a necessity, the only way to protect basic human values . . . Only in such a way can our country become an equal member of the international community,” said Snezana Malovic, the new justice minister.

But the Hague’s recent decisions to free Naser Oric, a Bosnian Muslim accused of complicity in the 1990s murders of Serbs, and the former Kosovo Liberation Army chief, Ramush Haradinaj, has infuriated public opinion, a Serbian official said. “It’s hard to get support for hunting down suspects when people think the court is anti-Serb.”

The third obstacle to Serbia’s European reintegration is perhaps the most difficult: Belgrade’s passionate insistence that it will “never” accept Kosovo’s February declaration of independence and the EU’s tacit insistence that it must do so if it wants to join the club.

Even the relatively enlightened Cvetkovic flatly rejects a unilateral secession that most Serbs (and Russia) believe was illegally engineered by the EU and the US. “We will keep the Kosovo issue alive by all political, legal and diplomatic means at our disposal. But we will not resort to force or make an economic blockade,” the Serbian official said.

Belgrade’s next move will be to seek a UN general assembly resolution in September asking the international court of justice to consider whether Kosovo’s declaration of independence was illegal. Serbia had a lot of sympathy for its case, the official claimed, noting that only 43 out of 192 countries have recognised Kosovo. Most African and Latin American states, plus China, Russia, and seven EU members, viewed it as a dangerous precedent.

Belgrade’s leaders take consolation in the fact that their letting go of Kosovo has not been made an explicit condition of progress towards EU membership. But Barysch suggested they were deluding themselves. In 2004 the EU admitted a divided and disputatious Cyprus and was determined not to repeat the mistake, she said. “There is absolutely no way Serbia will be allowed in if border issues are not settled and there isn’t a sustainable solution in place.”

Julio 16, 2008 Publicado por cienciayartes | Balcanes | | Aún no hay comentarios