Ciencias y Arte

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Asia triunfante

Por Walter Laqueur, director del Instituto de Estudios Estratégicos de Washington (LA VANGUARDIA, 22/06/08):

Desde hace algún tiempo se advierten voces in crescendo – expresadas en libros, discursos y debates- según las cuales asistimos al auge del Este y el declive (si no caída) de Occidente. Cuando Oswald Spengler escribió su famoso libro La decadencia de Occidente tras la Primera Guerra Mundial, el “Este” – entendiendo por ello las “jóvenes naciones”- eran sobre todo Rusia (aunque no la Rusia comunista), Alemania e Italia y, tal vez, Oriente Medio. Ahora el futuro pertenece a China, India, Japón, Corea del Sur y el Sudeste Asiático. Las aludidas voces llegan según la apariencia de variadas formas y aspectos: bajo capa de triunfalismo extremo o de sensatos pronósticos económicos.

China e India han experimentado una evolución económica turbulenta, mucho más que Europa y EE. UU. Según los pronósticos de profesores de Harvard y el MIT, el PIB de China e India será mayor hacia el 2050 que el de Estados Unidos. El ingreso per cápita de China e India, sin embargo, seguirá siendo sólo la mitad del de Estados Unidos.

Curiosamente, la mayoría de comparaciones y pronósticos ni siquiera mencionan a Europa, que, si hay que creer a los triunfalistas asiáticos, ha dejado de contar y puede pasarse por alto sin problema alguno.

Tal evolución de los acontecimientos es perfectamente posible, pero ¿es “inevitable” como reza el subtítulo de un nuevo libro ampliamente debatido del profesor Mahbubani, ex representante de Singapur en la ONU? Nada es “inevitable”, porque no es seguro que el crecimiento asiático continúe a un ritmo tan elevado como en periodos anteriores (y, en caso de continuar, acarreará importantes problemas de lo que los economistas llaman “sobrecalentamiento”). El gran avance económico de China e India fue posible porque eran países de mano de obra barata, pero esta situación no durará mucho tiempo.

Las materias primas, y no sólo el petróleo, se están encareciendo y sin energía barata ni materias primas el progreso chino e indio se hallará en gran desventaja.

Sin embargo, si bien existen dudas sobre la inevitabilidad del auge del “Este” como la nueva fuerza predominante en el panorama de la política internacional, hay que añadir que guardan menos relación con la economía y más con la política. Durante los últimos dos siglos Occidente ha dominado el mundo, pero esta era llega a su fin. Este cambio del equilibrio de poder debería en principio provocar a su vez variaciones de las principales instituciones internacionales. ¿Por qué han de ser miembros del Consejo de Seguridad Rusia, Gran Bretaña y Francia pero no India, Japón, Brasil o Indonesia? La composición del Banco Mundial y del FMI debería cambiar. ¿Por qué ha de ser Canadá miembro del G-8 y no las nuevas y pujantes potencias emergentes?

El notable progreso económico de los países de Asia ha sido posible gracias a la estabilidad política, tanto interna como externa. ¿Tal tendencia proseguirá indefinidamente? El progreso económico en el seno de India y China ha sido muy desigual y poco equitativo; unos pocos se han beneficiado inmensamente pero la gran mayoría sobre todo en medio rural sigue siendo muy pobre. Los dalit como en la Rusia de Putin- es aún bastante reducida.

Se ha argumentado que todo esto no tendrá grandes consecuencias porque los gobiernos asiáticos no gobiernan al estilo occidental sino que eliminan a la oposición si es menester con mano de hierro. En efecto, Occidente no tiene grandes perspectivas en la mayoría de los países asiáticos (un hecho abiertamente admitido).

Existen, por añadidura, tensiones externas destinadas casi forzosamente a ocupar una posición más destacada. Está el problema de Pakistán, un país con armas nucleares donde las últimas elecciones no han contribuido en absoluto a solucionar sus problemas más hondos. La faceta política del islam presiona de forma creciente no sólo en Pakistán, Afganistán, Indonesia, Filipinas y Asia Central sino también en áreas de China y algunos países del Sudeste Asiático. Los vecinos de China sienten aprensión ante su creciente poder e India la considera una amenaza mucho más importante que Pakistán. Siguen existiendo graves conflictos internos en Malasia, Sri Lanka, Birmania e incluso Tailandia. En suma, los conflictos en el seno del “Este” son tan intensos y pronunciados como los generales y comunes.

Aunque el progreso económico de Asia es indudable, las profecías sobre su cultura e ímpetu descollantes como área líder del mundo y su papel como protagonista destacada de la democracia y la libertad individual no son más que atractivas fantasías por el momento. Con visión retrospectiva, las predicciones de Spengler hace casi un siglo sobre la decadencia de Occidente eran más acertadas que su creencia en el auge de las “jóvenes naciones”. Las profecías de los triunfalistas asiáticos podrían igualmente estar equivocadas.

Junio 30, 2008 Publicado por cienciayartes | Asia | | Aún no hay comentarios

La positiva ascensión de Asia

Por Kishore Mahbubani, decano y catedrático de Práctica Política en la Escuela Lee Kuan Yew de Política (Universidad Nacional de Singapur). Este artículo es un comentario del autor sobre su libro The New Asian Hemisphere: the irresistible shift of global power to the East (El nuevo hemisferio asiático: el irresistible traspaso del poder mundial a Oriente), recién publicado en inglés. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia (EL PAÍS, 13/02/08):

La ascensión de Occidente transformó el mundo. La ascensión de Asia producirá una transformación equivalente. Mi nuevo libro, The New Asian Hemisphere, explica por qué está Asia en ascenso, cómo va a alterar el mundo y por qué a Occidente, que debería celebrar la ascensión asiática, le va a ser muy difícil adaptarse a estos cambios. También sugiere algunas recetas para hacer frente a los nuevos retos que se nos avecinan.

La ascensión de Asia será positiva para el mundo. Rescatará a cientos de millones de personas de las garras de la pobreza. De hecho, la modernización de China ya ha servido para que disminuya en dicho país el número de personas que viven en la pobreza absoluta, de 600 millones a 200 millones. El crecimiento de India también está teniendo un impacto comparable.

Con arreglo a los criterios de la filosofía moral occidental, desde los filósofos utilitarios británicos del siglo XIX hasta los imperativos morales de Emmanuel Kant, es evidente que la ascensión de Asia ha aportado más “bondad” al mundo. En términos puramente éticos, Occidente debería acoger con agrado la transformación de la situación en Asia. Pero las ventajas de la ascensión asiática no son sólo éticas. El mundo, en general, será más pacífico y estable.

Lo verdaderamente positivo para el mundo es que la modernización de Asia está empezando a extenderse a todos los rincones del continente. Hace medio siglo, parecía no haber más que dos sociedades modernas en Asia, en sus extremos oriental y occidental: Japón e Israel. Entre estos dos países se extendía un mar de humanidad que parecía indiferente a la modernización y el crecimiento. Sin embargo, el ejemplo de Japón fue emulado por los cuatro tigres económicos: Corea del Sur, Taiwan, Hong Kong y Singapur. Cuando China empezó a darse cuenta de que los países de su periferia vivían mejor, decidió unirse a ellos con el lanzamiento de su propio programa de “Cuatro modernizaciones”. Desde hace treinta años, China tiene la economía de más rápido crecimiento del mundo. A su vez, el éxito chino ha inspirado el progreso de India. Hoy son miles de millones de asiáticos los que avanzan hacia la modernidad.

Otra noticia todavía mejor para el mundo es que esta marcha hacia la modernidad está a punto de entrar asimismo en el mundo islámico de la parte occidental de Asia. Quizá parezca un sueño descabellado, pero es fundamental comprender que el crecimiento y el éxito de Asia en los últimos decenios ha sobrepasado los sueños más descabellados de casi todos los asiáticos. Mi nuevo libro, escrito desde un punto de vista realista, se funda en el optimismo sobre el papel de Asia en el futuro del mundo. Surge así una nueva paradoja mundial: hasta ahora, las sociedades más optimistas han sido siempre las sociedades occidentales, pero ahora parecen estar perdiendo ese optimismo, en un momento en el que deberían estar celebrando la modernización galopante del mundo.

Muchos ojos occidentales, cuando contemplan el siglo XXI, no ven más que imágenes oscuras, no un nuevo amanecer en la historia de la civilización humana. Es un fenómeno extraño. A lo largo de los últimos siglos, Occidente ha sido siempre la civilización más abierta y resistente y, en gran parte, ha llevado el peso del mundo sobre sus hombros. Fue Occidente el que desencadenó la marcha asiática hacia la modernidad, por lo que debería alegrarse de esta nueva dirección positiva en la historia. Sin embargo, las grandes mentes occidentales están llenas de miedo y malos presagios.

Está claro que Asia y Occidente no tienen todavía una interpretación común de cómo es el mundo. Y la necesidad de que la tengan es mayor que nunca. Estamos entrando en uno de los periodos más moldeables de la historia mundial. Las decisiones que tomemos hoy pueden decidir el rumbo del siglo XXI. Nunca habíamos tenido tantas posibilidades de crear un mundo mejor para los 6.500 millones de personas que habitan nuestro planeta. La explosión del conocimiento, sobre todo en ciencia y tecnología, nos ofrece esta oportunidad. También está claro que las mentes más destacadas del mundo, sobre todo en Occidente, tienen unos croquis mentales atrapados en el pasado, y se resisten o son incapaces de concebir la posibilidad de que tengan que cambiar su visión del mundo. Ahora bien, si no lo hacen, cometerán errores estratégicos, tal vez de dimensiones catastróficas.

Durante la mayor parte de los tres últimos siglos, los pueblos de Asia, África y Latinoamérica fueron objetos de la historia. Las decisiones se tomaban en unas cuantas capitales occidentales, casi siempre Londres, París, Berlín, Madrid y Washington, D.C. Hoy, los 6.500 millones de personas que viven fuera del universo de Occidente ya no van a aceptar que se tomen decisiones en capitales occidentales en su nombre.

Hoy hay más personas que nunca en el mundo en busca del sueño occidental de una cómoda vida burguesa. Su ideal es conseguir lo que han conseguido Norteamérica y Europa. No quieren dominar a Occidente, sino reproducirlo. Para Occidente, esa universalización de su sueño debería ser un instante triunfal. Y, sin embargo, muchos de sus dirigentes comienzan sus discursos haciendo advertencias sobre lo “peligroso” que está volviéndose el mundo.

La manera más fácil de explicar en qué se diferencia mi nuevo libro del discurso occidental es que señala que, en nuestros esfuerzos para reestructurar el orden mundial, Occidente forma parte, al mismo tiempo, de la solución y del problema, pero este último elemento no suele mencionarse en los discursos occidentales.

En Occidente, pocos han comprendido a fondo las repercusiones de las dos principales características de nuestra época. La primera es que hemos llegado al final de la era en la que Occidente dominaba la historia mundial (no al final de Occidente, que seguirá siendo la civilización más fuerte durante muchos más años). La segunda, que vamos a presenciar un tremendo renacimiento de las sociedades asiáticas. El discurso estratégico occidental debería estar centrado en cómo adaptarse y, sin embargo, no ha sido así. Para empeorar aún más las cosas, Occidente ha pasado de ser competente a ser incompetente a la hora de enfrentarse a numerosos problemas mundiales, desde la amenaza del terrorismo hasta la importancia de mantener vivo el régimen de no proliferación nuclear. Esta incompetencia, que, como es natural, tiene consecuencias desastrosas, agrava la sensación de inseguridad de Occidente. Y el resultado es que, como Occidente no cambie de rumbo, nos dirigimos hacia una verdadera crisis en la gestión de nuestro mundo.

Febrero 27, 2008 Publicado por cienciayartes | Asia, Orden Mundial | | Aún no hay comentarios

La positiva ascensión de Asia

Por Kishore Mahbubani, decano y catedrático de Práctica Política en la Escuela Lee Kuan Yew de Política (Universidad Nacional de Singapur). Este artículo es un comentario del autor sobre su libro The New Asian Hemisphere: the irresistible shift of global power to the East (El nuevo hemisferio asiático: el irresistible traspaso del poder mundial a Oriente), recién publicado en inglés. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia (EL PAÍS, 13/02/08):

La ascensión de Occidente transformó el mundo. La ascensión de Asia producirá una transformación equivalente. Mi nuevo libro, The New Asian Hemisphere, explica por qué está Asia en ascenso, cómo va a alterar el mundo y por qué a Occidente, que debería celebrar la ascensión asiática, le va a ser muy difícil adaptarse a estos cambios. También sugiere algunas recetas para hacer frente a los nuevos retos que se nos avecinan.

La ascensión de Asia será positiva para el mundo. Rescatará a cientos de millones de personas de las garras de la pobreza. De hecho, la modernización de China ya ha servido para que disminuya en dicho país el número de personas que viven en la pobreza absoluta, de 600 millones a 200 millones. El crecimiento de India también está teniendo un impacto comparable.

Con arreglo a los criterios de la filosofía moral occidental, desde los filósofos utilitarios británicos del siglo XIX hasta los imperativos morales de Emmanuel Kant, es evidente que la ascensión de Asia ha aportado más “bondad” al mundo. En términos puramente éticos, Occidente debería acoger con agrado la transformación de la situación en Asia. Pero las ventajas de la ascensión asiática no son sólo éticas. El mundo, en general, será más pacífico y estable.

Lo verdaderamente positivo para el mundo es que la modernización de Asia está empezando a extenderse a todos los rincones del continente. Hace medio siglo, parecía no haber más que dos sociedades modernas en Asia, en sus extremos oriental y occidental: Japón e Israel. Entre estos dos países se extendía un mar de humanidad que parecía indiferente a la modernización y el crecimiento. Sin embargo, el ejemplo de Japón fue emulado por los cuatro tigres económicos: Corea del Sur, Taiwan, Hong Kong y Singapur. Cuando China empezó a darse cuenta de que los países de su periferia vivían mejor, decidió unirse a ellos con el lanzamiento de su propio programa de “Cuatro modernizaciones”. Desde hace treinta años, China tiene la economía de más rápido crecimiento del mundo. A su vez, el éxito chino ha inspirado el progreso de India. Hoy son miles de millones de asiáticos los que avanzan hacia la modernidad.

Otra noticia todavía mejor para el mundo es que esta marcha hacia la modernidad está a punto de entrar asimismo en el mundo islámico de la parte occidental de Asia. Quizá parezca un sueño descabellado, pero es fundamental comprender que el crecimiento y el éxito de Asia en los últimos decenios ha sobrepasado los sueños más descabellados de casi todos los asiáticos. Mi nuevo libro, escrito desde un punto de vista realista, se funda en el optimismo sobre el papel de Asia en el futuro del mundo. Surge así una nueva paradoja mundial: hasta ahora, las sociedades más optimistas han sido siempre las sociedades occidentales, pero ahora parecen estar perdiendo ese optimismo, en un momento en el que deberían estar celebrando la modernización galopante del mundo.

Muchos ojos occidentales, cuando contemplan el siglo XXI, no ven más que imágenes oscuras, no un nuevo amanecer en la historia de la civilización humana. Es un fenómeno extraño. A lo largo de los últimos siglos, Occidente ha sido siempre la civilización más abierta y resistente y, en gran parte, ha llevado el peso del mundo sobre sus hombros. Fue Occidente el que desencadenó la marcha asiática hacia la modernidad, por lo que debería alegrarse de esta nueva dirección positiva en la historia. Sin embargo, las grandes mentes occidentales están llenas de miedo y malos presagios.

Está claro que Asia y Occidente no tienen todavía una interpretación común de cómo es el mundo. Y la necesidad de que la tengan es mayor que nunca. Estamos entrando en uno de los periodos más moldeables de la historia mundial. Las decisiones que tomemos hoy pueden decidir el rumbo del siglo XXI. Nunca habíamos tenido tantas posibilidades de crear un mundo mejor para los 6.500 millones de personas que habitan nuestro planeta. La explosión del conocimiento, sobre todo en ciencia y tecnología, nos ofrece esta oportunidad. También está claro que las mentes más destacadas del mundo, sobre todo en Occidente, tienen unos croquis mentales atrapados en el pasado, y se resisten o son incapaces de concebir la posibilidad de que tengan que cambiar su visión del mundo. Ahora bien, si no lo hacen, cometerán errores estratégicos, tal vez de dimensiones catastróficas.

Durante la mayor parte de los tres últimos siglos, los pueblos de Asia, África y Latinoamérica fueron objetos de la historia. Las decisiones se tomaban en unas cuantas capitales occidentales, casi siempre Londres, París, Berlín, Madrid y Washington, D.C. Hoy, los 6.500 millones de personas que viven fuera del universo de Occidente ya no van a aceptar que se tomen decisiones en capitales occidentales en su nombre.

Hoy hay más personas que nunca en el mundo en busca del sueño occidental de una cómoda vida burguesa. Su ideal es conseguir lo que han conseguido Norteamérica y Europa. No quieren dominar a Occidente, sino reproducirlo. Para Occidente, esa universalización de su sueño debería ser un instante triunfal. Y, sin embargo, muchos de sus dirigentes comienzan sus discursos haciendo advertencias sobre lo “peligroso” que está volviéndose el mundo.

La manera más fácil de explicar en qué se diferencia mi nuevo libro del discurso occidental es que señala que, en nuestros esfuerzos para reestructurar el orden mundial, Occidente forma parte, al mismo tiempo, de la solución y del problema, pero este último elemento no suele mencionarse en los discursos occidentales.

En Occidente, pocos han comprendido a fondo las repercusiones de las dos principales características de nuestra época. La primera es que hemos llegado al final de la era en la que Occidente dominaba la historia mundial (no al final de Occidente, que seguirá siendo la civilización más fuerte durante muchos más años). La segunda, que vamos a presenciar un tremendo renacimiento de las sociedades asiáticas. El discurso estratégico occidental debería estar centrado en cómo adaptarse y, sin embargo, no ha sido así. Para empeorar aún más las cosas, Occidente ha pasado de ser competente a ser incompetente a la hora de enfrentarse a numerosos problemas mundiales, desde la amenaza del terrorismo hasta la importancia de mantener vivo el régimen de no proliferación nuclear. Esta incompetencia, que, como es natural, tiene consecuencias desastrosas, agrava la sensación de inseguridad de Occidente. Y el resultado es que, como Occidente no cambie de rumbo, nos dirigimos hacia una verdadera crisis en la gestión de nuestro mundo.

Febrero 27, 2008 Publicado por cienciayartes | Asia, Orden Mundial | | Aún no hay comentarios

Asia en el mundo

Por Ban Ki Mun, secretario general de la Organización de las Naciones Unidas (LA VANGUARDIA, 23/12/07):

Antes de asumir como secretario general de la ONU, era un diplomático asiático. Mientras fui ministro de Asuntos Exteriores de la República de Corea, mi gobierno y yo defendimos con decisión la tregua con el Norte. Cuando algunos en el mundo reclamaban sanciones y una acción punitiva, Corea del Sur defendió el diálogo.

Eso exige hablar pero también escuchar. Significa aferrarse a principios, pero también intentar entender a la otra parte, por más irracional o intransigente que pudiera parecer por momentos.

Ese sigue siendo mi estilo en las Naciones Unidas. Creo en el poder de la diplomacia y el compromiso. Priorizo el diálogo por encima del debate o la declaración. Pero, sobre todo, busco resultados.

Estamos haciendo justamente eso ahora en Birmania. Mi asesor especial, Ibrahim Gambari, ha estado en Rangún. Sus instrucciones eran las de ser el intermediario honesto, el facilitador de un diálogo entre el Gobierno y los líderes de la oposición, particularmente Aung San Suu Kyi. El objetivo es que el gobierno de Birmania libere a todos los estudiantes y manifestantes detenidos, dialogue con la oposición, avance hacia una sociedad más democrática y vuelva a formar parte de la comunidad internacional.

Este tipo de diplomacia no es ni rápida ni fácil. Rara vez hay aplausos y, muchas veces, ninguna evidencia externa de movimiento. Es un proceso tranquilo y doloroso detrás de la escena. Hay que recurrir a los teléfonos y persuadir a los líderes mundiales de que hagan esto o aquello. Es una sinfonía – a veces no muy armoniosa- de pequeños pasos que, uno espera, conducirán a algo más grande.

Uno no espera nada. Sólo tiene que seguir intentándolo, seguir presionando. Tal vez funcione, tal vez no. Entonces uno intenta un poco más, de una manera diferente, apuntando al mismo tiempo a cierto progreso, aunque pequeño, que haga el próximo paso posible.

Estamos en esta instancia en Darfur. Pasé cientos de horas trabajando a puerta cerrada con varias partes del conflicto – el Gobierno de Sudán, los líderes rebeldes, los países vecinos y los socios de la Unión Africana-. Mientras tanto, seguimos adelante con una de las operaciones de paz más complejas de nuestra historia, alimentando y protegiendo a cientos de miles de desplazados y patrocinando dificultosas negociaciones de paz en Libia.

Pero aunque defienda mi tipo de diplomacia asiática, por momentos me siento un tanto solo como asiático en la mesa redonda diplomática de la comunidad internacional.

Nosotros los asiáticos vivimos en el continente más grande del mundo, con la población más grande del mundo y las economías de más rápido crecimiento. Tenemos una historia rica y culturas antiguas. Sin embargo, nuestro papel en los asuntos internacionales es mucho menor de lo que podría, y debería, ser.

El aporte de Asia a las Naciones Unidas, aunque importante, podría ser mayor. Su asistencia humanitaria, para decirlo de manera decorosa, es menos que generosa. Somos el único continente donde la integración regional y los mercados comunes no echaron raíces.

Los latinoamericanos y los norteamericanos sueñan con crear una zona de libre comercio. Los europeos hablan de construir un Estados Unidos de Europa. La Unión Africana aspira a convertirse en un Estados Unidos de Africa. ¿Por qué no un Estados Unidos de Asia?

Existen muchas razones por las que Asia es diferente: la historia, la diversidad cultural, las disputas territoriales y políticas no resueltas, una falta de experiencia multilateral y el predominio de uno o dos centros de poder. Pero la razón principal es que no lo hemos intentado.

Asia no hace justicia consigo misma. Como secretario general asiático, espero ver este cambio. Espero ver a Asia mejor integrada y más comprometida a escala internacional.

Y particularmente espero grandes cosas de mis compatriotas coreanos, un pueblo admirable que salió adelante solo. Espero ver que Corea asume una mayor responsabilidad en el mundo, acorde con su creciente influencia económica – especialmente en el área de desarrollo, uno de los tres pilares de la Carta de la ONU-. Los coreanos necesitan dar un paso al frente, expresar sus opiniones abiertamente y hacer más, y eso debería empezar por una asistencia oficial más generosa en materia de desarrollo.

Los coreanos ya han manifestado su inclinación por la diplomacia multilateral y la resolución de los conflictos a través de conversaciones entre seis partes. Ahora ellos y los asiáticos en general necesitan poner en práctica sus habilidades y sus triunfos en las cuestiones globales más apremiantes en la actualidad.

Esa no es sólo mi esperanza, también es la obligación de Asia.

Febrero 17, 2008 Publicado por cienciayartes | Asia | | Aún no hay comentarios

Asia en el mundo

Por Ban Ki Mun, secretario general de la Organización de las Naciones Unidas (LA VANGUARDIA, 23/12/07):

Antes de asumir como secretario general de la ONU, era un diplomático asiático. Mientras fui ministro de Asuntos Exteriores de la República de Corea, mi gobierno y yo defendimos con decisión la tregua con el Norte. Cuando algunos en el mundo reclamaban sanciones y una acción punitiva, Corea del Sur defendió el diálogo.

Eso exige hablar pero también escuchar. Significa aferrarse a principios, pero también intentar entender a la otra parte, por más irracional o intransigente que pudiera parecer por momentos.

Ese sigue siendo mi estilo en las Naciones Unidas. Creo en el poder de la diplomacia y el compromiso. Priorizo el diálogo por encima del debate o la declaración. Pero, sobre todo, busco resultados.

Estamos haciendo justamente eso ahora en Birmania. Mi asesor especial, Ibrahim Gambari, ha estado en Rangún. Sus instrucciones eran las de ser el intermediario honesto, el facilitador de un diálogo entre el Gobierno y los líderes de la oposición, particularmente Aung San Suu Kyi. El objetivo es que el gobierno de Birmania libere a todos los estudiantes y manifestantes detenidos, dialogue con la oposición, avance hacia una sociedad más democrática y vuelva a formar parte de la comunidad internacional.

Este tipo de diplomacia no es ni rápida ni fácil. Rara vez hay aplausos y, muchas veces, ninguna evidencia externa de movimiento. Es un proceso tranquilo y doloroso detrás de la escena. Hay que recurrir a los teléfonos y persuadir a los líderes mundiales de que hagan esto o aquello. Es una sinfonía – a veces no muy armoniosa- de pequeños pasos que, uno espera, conducirán a algo más grande.

Uno no espera nada. Sólo tiene que seguir intentándolo, seguir presionando. Tal vez funcione, tal vez no. Entonces uno intenta un poco más, de una manera diferente, apuntando al mismo tiempo a cierto progreso, aunque pequeño, que haga el próximo paso posible.

Estamos en esta instancia en Darfur. Pasé cientos de horas trabajando a puerta cerrada con varias partes del conflicto – el Gobierno de Sudán, los líderes rebeldes, los países vecinos y los socios de la Unión Africana-. Mientras tanto, seguimos adelante con una de las operaciones de paz más complejas de nuestra historia, alimentando y protegiendo a cientos de miles de desplazados y patrocinando dificultosas negociaciones de paz en Libia.

Pero aunque defienda mi tipo de diplomacia asiática, por momentos me siento un tanto solo como asiático en la mesa redonda diplomática de la comunidad internacional.

Nosotros los asiáticos vivimos en el continente más grande del mundo, con la población más grande del mundo y las economías de más rápido crecimiento. Tenemos una historia rica y culturas antiguas. Sin embargo, nuestro papel en los asuntos internacionales es mucho menor de lo que podría, y debería, ser.

El aporte de Asia a las Naciones Unidas, aunque importante, podría ser mayor. Su asistencia humanitaria, para decirlo de manera decorosa, es menos que generosa. Somos el único continente donde la integración regional y los mercados comunes no echaron raíces.

Los latinoamericanos y los norteamericanos sueñan con crear una zona de libre comercio. Los europeos hablan de construir un Estados Unidos de Europa. La Unión Africana aspira a convertirse en un Estados Unidos de Africa. ¿Por qué no un Estados Unidos de Asia?

Existen muchas razones por las que Asia es diferente: la historia, la diversidad cultural, las disputas territoriales y políticas no resueltas, una falta de experiencia multilateral y el predominio de uno o dos centros de poder. Pero la razón principal es que no lo hemos intentado.

Asia no hace justicia consigo misma. Como secretario general asiático, espero ver este cambio. Espero ver a Asia mejor integrada y más comprometida a escala internacional.

Y particularmente espero grandes cosas de mis compatriotas coreanos, un pueblo admirable que salió adelante solo. Espero ver que Corea asume una mayor responsabilidad en el mundo, acorde con su creciente influencia económica – especialmente en el área de desarrollo, uno de los tres pilares de la Carta de la ONU-. Los coreanos necesitan dar un paso al frente, expresar sus opiniones abiertamente y hacer más, y eso debería empezar por una asistencia oficial más generosa en materia de desarrollo.

Los coreanos ya han manifestado su inclinación por la diplomacia multilateral y la resolución de los conflictos a través de conversaciones entre seis partes. Ahora ellos y los asiáticos en general necesitan poner en práctica sus habilidades y sus triunfos en las cuestiones globales más apremiantes en la actualidad.

Esa no es sólo mi esperanza, también es la obligación de Asia.

Febrero 16, 2008 Publicado por cienciayartes | Asia | | Aún no hay comentarios

Quién gobierna en el océano

Por Robert D. Kaplan, corresponsal de The Atlantic y profesor en la Academia Naval de Estados Unidos, además de autor de Hog Pilots, Blue Water Grunts: The American Military in the Air, at Sea and on the Ground (EL MUNDO, 25/09/07):

El verdadero efecto estratégico de la Guerra de Irak ha sido acelerar la llegada del Siglo de Asia. Mientras el Gobierno estadounidense se ha mantenido ocupado en Mesopotamia, y sus aliados europeos continúan recortando sus programas de Defensa, los ejércitos de Asia, en particular los de China, la India, Japón y Corea del Sur, se han dedicado a modernizarse discretamente y, en algunos casos, a aumentar de tamaño.

El dinamismo de los países asiáticos es en la actualidad de carácter militar, además de económico. La tendencia militar que permanece oculta, pero a la vista de todo el mundo, es la paulatina pérdida del océano Pacífico como ámbito de influencia estadounidense tras 60 años de dominio casi absoluto sobre la región. Dentro de poco tiempo, según los analistas de seguridad del grupo de expertos de Strategic Forecasting, los estadounidenses no serán la principal fuente de ayuda humanitaria en casos de desastres naturales en zonas como el archipiélago de Indonesia, como lo fue en 2005. Los barcos de EEUU compartirán las aguas (y el prestigio) con los nuevos superportaaviones de Australia, Japón y Corea del Sur.

Y luego está China, cuya producción y adquisición de submarinos es ahora cinco veces mayor que la de Estados Unidos. Muchos analistas militares piensan que este país está obteniendo una ventaja cuantitativa en términos de tecnología naval, lo que podría erosionar la superioridad cualitativa norteamericana. De hecho, los chinos han hecho adquisiciones inteligentes en lugar de comprar material corriente. Además de en submarinos, Pekín se ha centrado en minas marinas, misiles balísticos capaces de destruir objetivos móviles en el mar, así como en tecnologías que bloquean los satélites GPS.

El objetivo es denegar los mares: disuadir a los portaaviones y a los buques de escolta estadounidenses de acercarse al continente asiático dondequiera y cuando quieran. Este tipo de disuasión es el extremo sutil de la alta tecnología, de la asimetría militar, a diferencia del extremo rudimentario, de baja tecnología, que hemos visto en las bombas de fabricación casera de Irak. Independientemente de que China tenga o no alguna vez motivo para desafiar a EEUU, cada vez dispondrá de una mayor capacidad para hacerlo. Sin duda, no todos los miles de millones de dólares que se han gastado en Irak (una guerra que contó con mi apoyo) se habrían empleado en los nuevos y costosos sistemas aéreos y navales necesarios para mantener nuestra relativa ventaja ante algún futuro socio competidor como China. Pero una parte sí.

La expansión militar de China, cuyo presupuesto de defensa ha registrado un crecimiento anual de dos dígitos en los últimos 19 años, es parte de una tendencia regional más amplia. Rusia -una nación tanto del Pacífico como de Europa, no debemos olvidarlo-, va por detrás de Estados Unidos y China en lo que concierne a gasto militar. Japón, que cuenta con 119 buques de combate, incluidos 20 submarinos de tipo diésel-eléctrico, puede presumir de tener una fuerza naval tres veces más grande que la del Reino Unido (y pronto será cuatro veces mayor: entre 13 y 19 de los últimos 44 grandes buques de Reino Unido pasarán a la reserva por orden del Gobierno laboralista).

La Armada de la India podría llegar a ser la tercera del mundo en sólo unos años, a medida que incrementa su actividad en el océano Indico, desde el canal de Mozambique hasta el estrecho de Malaca, entre Indonesia y Malasia. Por su parte, Corea del sur, Singapur y Pakistán invierten un mayor porcentaje de su producto interior bruto en defensa que el Reino Unido o Francia, que son, de lejos, los países europeos con más mentalidad militar.

Las tendencias simultáneas de una Asia en auge y un Oriente Próximo que se desmorona políticamente probablemente destaquen la importancia naval del océano Indico y los mares circundantes, que son los cuellos de botella de aguas marrones del comercio mundial: el estrecho de Ormuz en el Golfo Pérsico, el estrecho de Bab el Mandeb, a la entrada del Mar Rojo, y Malaca. Estas angostas vías marítimas serán cada vez más susceptibles a ataques terroristas, incluso a medida que se vean más atascadas por los petroleros que transportan el crudo de Oriente Próximo a las crecientes clases medias de la India y China. Los mares circundantes se convertirán en aguas territoriales para los buques de combate chinos e indios, que navegarán para proteger las rutas de sus respectivos petroleros.

De hecho, China va a conceder 200 millones de dólares a Pakistán para construir un puerto de aguas profundas en Gwadar, a apenas 390 millas náuticas del estrecho de Ormuz. Pekín también intenta colaborar con la Junta Militar de Myanmar para crear otro puerto de aguas profundas en la Bahía de Bengala. Incluso ha dado a entender que está dispuesta a financiar la construcción de un canal de 30 kilómetros a lo largo del istmo de Kra, en Tailandia, que abriría una nueva vía de comunicación entre los océanos Indico y Pacífico. Por extraño que parezca, el Pacífico, como principio organizador de los asuntos militares del planeta, también se cernirá sobre Africa. No es un secreto que uno de los principales motivos detrás de la decisión del Pentágono de establecer su nuevo Centro de Mando Africano es contener y vigilar la creciente red de proyectos de desarrollo que China ha emprendido a lo largo de las regiones subsaharianas.

No obstante, el cálculo de presupuestos, despliegues y plataformas aéreas y marinas no indica del todo hasta qué punto se está moviendo el suelo que pisamos. El poder militar yace fundamentalmente en la voluntad de utilizarlo, quizá menos en tiempos de guerra que en tiempos de paz, como medio de influencia y coacción.

Esto, a su vez, requiere un nacionalismo enérgico, algo que resulta más evidente ahora en Asia que en otras regiones de un Occidente que deja cada vez más en el pasado su época nacionalista. Como señala Paul Bracken, analista político de la Universidad de Yale, en su libro Fire in the East: The Rise of Asian Military Power and the Second Nuclear Age, «los indios, paquistaníes y chinos están muy orgullosos de poseer armas nucleares, a diferencia de las potencias occidentales, que parecen sentirse casi avergonzadas de necesitarlas. De la misma manera, el derecho a producir armas nucleares es algo que une a los iraníes, independientemente de la opinión que tengan del actual régimen clerical».

Reparar las relaciones con Europa es sólo una respuesta parcial a los problemas de Estados Unidos en los océanos Pacífico e Indico, pues Europa continúa distanciándose del poder militar. Esta tendencia se ha visto acelerada por la Guerra de Irak, que ha contribuido a la legitimación del naciente pacifismo europeo. Los ciudadanos de países como Alemania, Italia y España no ven como soldados a los integrantes de sus Fuerzas Armadas, sino como funcionarios con uniforme: sus cometidos son las misiones de pacificación y las misiones humanitarias.

Mientras, Asia está marcada por rivalidades que fomentan la carrera armamentística tradicional. A pesar de cordiales lazos económicos entre Japón y China, y entre Japón y Corea del Sur, los japoneses y los chinos se han enfrentado verbalmente por la reivindicación de las islas de Senkaku (o de Diaoyutai, como las llaman los chinos) en el mar de China Oriental; así como lo han hecho japoneses y surcoreanos a causa de las islas de Takeshima (o islas Tokdo para los coreanos) en el mar de Japón. Se trata de disputas territoriales clásicas, que despiertan el tipo de emociones que a menudo han provocado guerras en Europa en tiempos modernos.

A pesar de estas tensiones, Estados Unidos también debería preocuparse de un posible acuerdo de cooperación entre China y Japón. Algunos de los recientes acercamientos diplomáticos de China se han expresado con un nuevo tono de respeto y camaradería, mientras intenta moderar la campaña de rearme de Japón y de este modo reducir la influencia regional de Estados Unidos.

El empuje militar y económico en la región es producto de la unión de las élites militares, políticas y económicas. En Asia, la política suele detenerse al borde del agua. En un Estados Unidos posterior a George W. Bush, si no encontramos la manera de ponernos de acuerdo en preceptos básicos, la guerra de Irak puede, de hecho, resultar el acontecimiento que marque nuestro declive militar.

Impedir eso requerirá un gasto militar elevado y continuo, en combinación con un multilateralismo implacable, una política que no seguimos desde los años 90. En los vastos espacios oceánicos que bordean los océanos Pacífico e Indico, el poder aéreo, naval y espacial será primordial tanto como medio de disuasión como para la vigilancia de vías de comercio marítimo. Una potencia mundial en paz necesita de todos modos una Armada y unas Fuerzas Aéreas desplegadas lo más lejos posible. Eso cuesta dinero. Incluso a pesar del coste pantagruélico de Irak, nuestro presupuesto de defensa sigue estando por debajo del 5% del PIB, una cifra baja en términos históricos.

Además, la vitalidad misma de las naciones-Estado en los océanos Pacífico e Indico nos llevan de vuelta a un mundo anterior, basado en el arte del gobierno tradicional, en el que tendremos que apoyar incansablemente a nuestros aliados y buscar la cooperación con los competidores. Por tanto, debemos aprovechar la ventaja que supone el creciente peligro del terrorismo y de la piratería para conseguir que las fuerzas navales chinas e indias participen en patrullas conjuntas en los cuellos de botella del comercio marítimo y las rutas de los petroleros.

De todos modos, debemos de tener cuidado de no apoyar muy abiertamente a Japón y a India en detrimento de China. Los japoneses siguen inspirando desconfianza en toda Asia, particularmente en la Península de Corea, por motivo de los horrores de la II Guerra Mundial. En cuanto a India, como me indicaron varios destacados expertos políticos del país durante una visita que hice recientemente, seguirá no alineada, pero ligeramente inclinada hacia Estados Unidos. Sin embargo, cualquier alianza oficial con India comprometería la frágil relación que mantiene con China. La sutileza debe ser la piedra angular de nuestra política. Tenemos que atraer a China, no confabularnos en su contra. Ya que seguimos siendo el único actor de importancia en los océanos Pacífico e Indico que no tiene ambiciones ni disputas territoriales con los vecinos, nuestro objetivo debería hacernos indispensables, en lugar de ejercer el dominio. Mantener esta posición hasta bien entrado el siglo XXI sería un logro clamoroso.

Septiembre 26, 2007 Publicado por cienciayartes | Asia, Orden Mundial | | Aún no hay comentarios

Quién gobierna en el océano

Por Robert D. Kaplan, corresponsal de The Atlantic y profesor en la Academia Naval de Estados Unidos, además de autor de Hog Pilots, Blue Water Grunts: The American Military in the Air, at Sea and on the Ground (EL MUNDO, 25/09/07):

El verdadero efecto estratégico de la Guerra de Irak ha sido acelerar la llegada del Siglo de Asia. Mientras el Gobierno estadounidense se ha mantenido ocupado en Mesopotamia, y sus aliados europeos continúan recortando sus programas de Defensa, los ejércitos de Asia, en particular los de China, la India, Japón y Corea del Sur, se han dedicado a modernizarse discretamente y, en algunos casos, a aumentar de tamaño.

El dinamismo de los países asiáticos es en la actualidad de carácter militar, además de económico. La tendencia militar que permanece oculta, pero a la vista de todo el mundo, es la paulatina pérdida del océano Pacífico como ámbito de influencia estadounidense tras 60 años de dominio casi absoluto sobre la región. Dentro de poco tiempo, según los analistas de seguridad del grupo de expertos de Strategic Forecasting, los estadounidenses no serán la principal fuente de ayuda humanitaria en casos de desastres naturales en zonas como el archipiélago de Indonesia, como lo fue en 2005. Los barcos de EEUU compartirán las aguas (y el prestigio) con los nuevos superportaaviones de Australia, Japón y Corea del Sur.

Y luego está China, cuya producción y adquisición de submarinos es ahora cinco veces mayor que la de Estados Unidos. Muchos analistas militares piensan que este país está obteniendo una ventaja cuantitativa en términos de tecnología naval, lo que podría erosionar la superioridad cualitativa norteamericana. De hecho, los chinos han hecho adquisiciones inteligentes en lugar de comprar material corriente. Además de en submarinos, Pekín se ha centrado en minas marinas, misiles balísticos capaces de destruir objetivos móviles en el mar, así como en tecnologías que bloquean los satélites GPS.

El objetivo es denegar los mares: disuadir a los portaaviones y a los buques de escolta estadounidenses de acercarse al continente asiático dondequiera y cuando quieran. Este tipo de disuasión es el extremo sutil de la alta tecnología, de la asimetría militar, a diferencia del extremo rudimentario, de baja tecnología, que hemos visto en las bombas de fabricación casera de Irak. Independientemente de que China tenga o no alguna vez motivo para desafiar a EEUU, cada vez dispondrá de una mayor capacidad para hacerlo. Sin duda, no todos los miles de millones de dólares que se han gastado en Irak (una guerra que contó con mi apoyo) se habrían empleado en los nuevos y costosos sistemas aéreos y navales necesarios para mantener nuestra relativa ventaja ante algún futuro socio competidor como China. Pero una parte sí.

La expansión militar de China, cuyo presupuesto de defensa ha registrado un crecimiento anual de dos dígitos en los últimos 19 años, es parte de una tendencia regional más amplia. Rusia -una nación tanto del Pacífico como de Europa, no debemos olvidarlo-, va por detrás de Estados Unidos y China en lo que concierne a gasto militar. Japón, que cuenta con 119 buques de combate, incluidos 20 submarinos de tipo diésel-eléctrico, puede presumir de tener una fuerza naval tres veces más grande que la del Reino Unido (y pronto será cuatro veces mayor: entre 13 y 19 de los últimos 44 grandes buques de Reino Unido pasarán a la reserva por orden del Gobierno laboralista).

La Armada de la India podría llegar a ser la tercera del mundo en sólo unos años, a medida que incrementa su actividad en el océano Indico, desde el canal de Mozambique hasta el estrecho de Malaca, entre Indonesia y Malasia. Por su parte, Corea del sur, Singapur y Pakistán invierten un mayor porcentaje de su producto interior bruto en defensa que el Reino Unido o Francia, que son, de lejos, los países europeos con más mentalidad militar.

Las tendencias simultáneas de una Asia en auge y un Oriente Próximo que se desmorona políticamente probablemente destaquen la importancia naval del océano Indico y los mares circundantes, que son los cuellos de botella de aguas marrones del comercio mundial: el estrecho de Ormuz en el Golfo Pérsico, el estrecho de Bab el Mandeb, a la entrada del Mar Rojo, y Malaca. Estas angostas vías marítimas serán cada vez más susceptibles a ataques terroristas, incluso a medida que se vean más atascadas por los petroleros que transportan el crudo de Oriente Próximo a las crecientes clases medias de la India y China. Los mares circundantes se convertirán en aguas territoriales para los buques de combate chinos e indios, que navegarán para proteger las rutas de sus respectivos petroleros.

De hecho, China va a conceder 200 millones de dólares a Pakistán para construir un puerto de aguas profundas en Gwadar, a apenas 390 millas náuticas del estrecho de Ormuz. Pekín también intenta colaborar con la Junta Militar de Myanmar para crear otro puerto de aguas profundas en la Bahía de Bengala. Incluso ha dado a entender que está dispuesta a financiar la construcción de un canal de 30 kilómetros a lo largo del istmo de Kra, en Tailandia, que abriría una nueva vía de comunicación entre los océanos Indico y Pacífico. Por extraño que parezca, el Pacífico, como principio organizador de los asuntos militares del planeta, también se cernirá sobre Africa. No es un secreto que uno de los principales motivos detrás de la decisión del Pentágono de establecer su nuevo Centro de Mando Africano es contener y vigilar la creciente red de proyectos de desarrollo que China ha emprendido a lo largo de las regiones subsaharianas.

No obstante, el cálculo de presupuestos, despliegues y plataformas aéreas y marinas no indica del todo hasta qué punto se está moviendo el suelo que pisamos. El poder militar yace fundamentalmente en la voluntad de utilizarlo, quizá menos en tiempos de guerra que en tiempos de paz, como medio de influencia y coacción.

Esto, a su vez, requiere un nacionalismo enérgico, algo que resulta más evidente ahora en Asia que en otras regiones de un Occidente que deja cada vez más en el pasado su época nacionalista. Como señala Paul Bracken, analista político de la Universidad de Yale, en su libro Fire in the East: The Rise of Asian Military Power and the Second Nuclear Age, «los indios, paquistaníes y chinos están muy orgullosos de poseer armas nucleares, a diferencia de las potencias occidentales, que parecen sentirse casi avergonzadas de necesitarlas. De la misma manera, el derecho a producir armas nucleares es algo que une a los iraníes, independientemente de la opinión que tengan del actual régimen clerical».

Reparar las relaciones con Europa es sólo una respuesta parcial a los problemas de Estados Unidos en los océanos Pacífico e Indico, pues Europa continúa distanciándose del poder militar. Esta tendencia se ha visto acelerada por la Guerra de Irak, que ha contribuido a la legitimación del naciente pacifismo europeo. Los ciudadanos de países como Alemania, Italia y España no ven como soldados a los integrantes de sus Fuerzas Armadas, sino como funcionarios con uniforme: sus cometidos son las misiones de pacificación y las misiones humanitarias.

Mientras, Asia está marcada por rivalidades que fomentan la carrera armamentística tradicional. A pesar de cordiales lazos económicos entre Japón y China, y entre Japón y Corea del Sur, los japoneses y los chinos se han enfrentado verbalmente por la reivindicación de las islas de Senkaku (o de Diaoyutai, como las llaman los chinos) en el mar de China Oriental; así como lo han hecho japoneses y surcoreanos a causa de las islas de Takeshima (o islas Tokdo para los coreanos) en el mar de Japón. Se trata de disputas territoriales clásicas, que despiertan el tipo de emociones que a menudo han provocado guerras en Europa en tiempos modernos.

A pesar de estas tensiones, Estados Unidos también debería preocuparse de un posible acuerdo de cooperación entre China y Japón. Algunos de los recientes acercamientos diplomáticos de China se han expresado con un nuevo tono de respeto y camaradería, mientras intenta moderar la campaña de rearme de Japón y de este modo reducir la influencia regional de Estados Unidos.

El empuje militar y económico en la región es producto de la unión de las élites militares, políticas y económicas. En Asia, la política suele detenerse al borde del agua. En un Estados Unidos posterior a George W. Bush, si no encontramos la manera de ponernos de acuerdo en preceptos básicos, la guerra de Irak puede, de hecho, resultar el acontecimiento que marque nuestro declive militar.

Impedir eso requerirá un gasto militar elevado y continuo, en combinación con un multilateralismo implacable, una política que no seguimos desde los años 90. En los vastos espacios oceánicos que bordean los océanos Pacífico e Indico, el poder aéreo, naval y espacial será primordial tanto como medio de disuasión como para la vigilancia de vías de comercio marítimo. Una potencia mundial en paz necesita de todos modos una Armada y unas Fuerzas Aéreas desplegadas lo más lejos posible. Eso cuesta dinero. Incluso a pesar del coste pantagruélico de Irak, nuestro presupuesto de defensa sigue estando por debajo del 5% del PIB, una cifra baja en términos históricos.

Además, la vitalidad misma de las naciones-Estado en los océanos Pacífico e Indico nos llevan de vuelta a un mundo anterior, basado en el arte del gobierno tradicional, en el que tendremos que apoyar incansablemente a nuestros aliados y buscar la cooperación con los competidores. Por tanto, debemos aprovechar la ventaja que supone el creciente peligro del terrorismo y de la piratería para conseguir que las fuerzas navales chinas e indias participen en patrullas conjuntas en los cuellos de botella del comercio marítimo y las rutas de los petroleros.

De todos modos, debemos de tener cuidado de no apoyar muy abiertamente a Japón y a India en detrimento de China. Los japoneses siguen inspirando desconfianza en toda Asia, particularmente en la Península de Corea, por motivo de los horrores de la II Guerra Mundial. En cuanto a India, como me indicaron varios destacados expertos políticos del país durante una visita que hice recientemente, seguirá no alineada, pero ligeramente inclinada hacia Estados Unidos. Sin embargo, cualquier alianza oficial con India comprometería la frágil relación que mantiene con China. La sutileza debe ser la piedra angular de nuestra política. Tenemos que atraer a China, no confabularnos en su contra. Ya que seguimos siendo el único actor de importancia en los océanos Pacífico e Indico que no tiene ambiciones ni disputas territoriales con los vecinos, nuestro objetivo debería hacernos indispensables, en lugar de ejercer el dominio. Mantener esta posición hasta bien entrado el siglo XXI sería un logro clamoroso.

Septiembre 26, 2007 Publicado por cienciayartes | Asia, Orden Mundial | | Aún no hay comentarios

La unión de Asia

Por Fidel Ramos, ex presidente de Filipinas. © Project Syndicate, 2007. Traducción: Carlos Manzano

Parecen haber remitido las ambiciones nucleares de Corea del Norte, al menos de momento. Las conversaciones a seis bandas han dado por fin resultados, gracias, al parecer, a la sólida oposición de China a la nuclearización de Asia nordoriental. Bajo la égida del sexteto, EE.UU. y Corea del Norte han celebrado incluso las conversaciones bilaterales que el presidente de este último país, Kim Jong Il, anhelaba desde hacía mucho. De modo que Asia está temporalmente más tranquila y menos inestable que en los dos últimos decenios. Aun así, sigue siendo un foco para un posible estallido repentino.

Durante ese periodo de tensión, una Corea del Sur cada vez más segura de sí misma empezó a seguir un rumbo independiente de su protector americano. En noviembre del 2005, el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) acusó al Gobierno de Corea del Sur de haber enriquecido una pequeña cantidad de uranio… hasta casi el nivel en que se podría utilizar en una bomba atómica. El Gobierno lo negó y afirmó que unos investigadores académicos habían hecho los experimentos, sin su conocimiento, “por su interés científico”.

La evolución de la política exterior de Corea del Sur puede entrañar un acercamiento a China, al unirse los nacionalistas coreanos a los chinos en su propósito de resistirse a las aspiraciones rivales de Japón a posibles depósitos de hidrocarburos en el mar de la China Oriental y el mar de Japón. Las nuevas generaciones de surcoreanos, que no tienen recuerdos personales de la guerra de Corea, que tal vez sólo les inspire un interés superficial, parecen molestos por lo que consideran el socavamiento por parte de Estados Unidos de la política de claridad de Corea del Sur para con Corea del Norte.

Para Japón, la capacidad de Corea del Norte en materia de cohetes es la preocupación mayor. En el examen panorámico de su situación en materia de defensa que ha hecho Japón recientemente, ha confirmado que seguirá oponiéndose a la posesión de armas nucleares por sus vecinos inmediatos. Naturalmente, el propio Japón cuenta ya con tecnología nuclear, pero el núcleo de la estrategia de defensa de Japón sigue siendo los intensos vínculos con Estados Unidos, no la independencia militar.

En resumen, la situación más tranquila en Asia nordoriental podría parecer una base frágil para crear una paz y una prosperidad a largo plazo en la región, pero la gran enseñanza que se desprende de Europa occidental es que la única solución duradera para un conflicto es la de insertar a los países vecinos en una densa red de relaciones económicas, políticas y de seguridad y en instituciones regionales que estén al servicio de sus intereses mutuos. Lo que llegó a ser la Unión Europea comenzó de forma discreta. Hasta que progresó la integración económica no se adoptaron medidas serias encaminadas a la integración política.

También en Asia oriental el mercado está fomentando la integración. Ahora que los diez estados de Asia sudoriental se han agrupado en la Asean y van a promulgar una Carta de la Asean, está avanzando firmemente la idea de una agrupación económica de Asia oriental de la que formarían parte la Asean, China, Japón y una Corea – es de suponer- unificada y desnuclearizada.

La fase inicial de esa gran ambición, una zona de libre comercio entre la Asean y China, se inició en el 2004 y debe concluir en el 2010. Simultáneamente, se está negociando una zona de libre comercio que comprenderá la Asean, Japón y también Corea del Sur. Desde el 2005, también India ha expresado interés en ese acuerdo con la Asean 10.

Pero Asia nordoriental es la única región asiática que no tiene organizaciones regionales. Ésa es la razón por la que necesita un acuerdo entre las potencias para sostener su frágil estabilidad. Corea del Norte y Corea del Sur deben comenzar la labor de reconciliación y creación de un espíritu comunitario por iniciativa propia. La economía debe superar una vez más a la política, con una intensificación del comercio, la inversión, el turismo y la transferencia de tecnología a lo largo del paralelo 38.

Entre tanto, ya existen los instrumentos para la creación de una mayor comunidad económica Asia-Pacífico, comenzando con el foro de cooperación económica Asia-Pacífico, y su objetivo es el de cumplir el imperativo de una paz y una seguridad duraderas. A lo largo del próximo decenio, nuestros estadistas deben sustituir la pax americana,que ha impuesto la estabilidad en la región de Asia-Pacífico, por una pax asiático-pacífica,en la que los más importantes países y bloques subregionales contribuyan al mantenimiento de la seguridad de Asia-Pacífico y la compartan frente a nuestras amenazas geopolíticas comunes, algunas de las cuales son el terrorismo internacional, la proliferación nuclear, la inestabilidad debida al conflicto árabe-israelí y la guerra de Iraq y la debilidad de la ONU.

Como vecinos y socios regionales, debemos aprovechar la convergencia de intereses que comparten EE. UU., Japón, China, India, Rusia, Asean, Canadá, una Corea unificada y desnuclearizada, Pakistán, Australia-Nueva Zelanda y otros, del mismo modo que la Europa occidental aprovechó el punto muerto de la guerra fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética para consolidar y ampliar la UE.

La prueba irrefutable de la necesidad de una profunda reestructuración de la seguridad de Asia-Pacífico es que el ejército de Estados Unidos no da más de sí, pero la paz en la región transpacífica no debe basarse en un equilibrio de poder, sino de beneficio mutuo. Evidentemente, entrañará un reparto de las responsabilidades entre todas las naciones de la región de Asia-Pacífico y un entendimiento cooperativo entre los países más ricos y poderosos de nuestra parte del mundo: Estados Unidos, Japón, China y Corea del Sur.

Julio 29, 2007 Publicado por cienciayartes | Asia, armas nucleares | | Aún no hay comentarios

La unión de Asia

Por Fidel Ramos, ex presidente de Filipinas. © Project Syndicate, 2007. Traducción: Carlos Manzano

Parecen haber remitido las ambiciones nucleares de Corea del Norte, al menos de momento. Las conversaciones a seis bandas han dado por fin resultados, gracias, al parecer, a la sólida oposición de China a la nuclearización de Asia nordoriental. Bajo la égida del sexteto, EE.UU. y Corea del Norte han celebrado incluso las conversaciones bilaterales que el presidente de este último país, Kim Jong Il, anhelaba desde hacía mucho. De modo que Asia está temporalmente más tranquila y menos inestable que en los dos últimos decenios. Aun así, sigue siendo un foco para un posible estallido repentino.

Durante ese periodo de tensión, una Corea del Sur cada vez más segura de sí misma empezó a seguir un rumbo independiente de su protector americano. En noviembre del 2005, el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) acusó al Gobierno de Corea del Sur de haber enriquecido una pequeña cantidad de uranio… hasta casi el nivel en que se podría utilizar en una bomba atómica. El Gobierno lo negó y afirmó que unos investigadores académicos habían hecho los experimentos, sin su conocimiento, “por su interés científico”.

La evolución de la política exterior de Corea del Sur puede entrañar un acercamiento a China, al unirse los nacionalistas coreanos a los chinos en su propósito de resistirse a las aspiraciones rivales de Japón a posibles depósitos de hidrocarburos en el mar de la China Oriental y el mar de Japón. Las nuevas generaciones de surcoreanos, que no tienen recuerdos personales de la guerra de Corea, que tal vez sólo les inspire un interés superficial, parecen molestos por lo que consideran el socavamiento por parte de Estados Unidos de la política de claridad de Corea del Sur para con Corea del Norte.

Para Japón, la capacidad de Corea del Norte en materia de cohetes es la preocupación mayor. En el examen panorámico de su situación en materia de defensa que ha hecho Japón recientemente, ha confirmado que seguirá oponiéndose a la posesión de armas nucleares por sus vecinos inmediatos. Naturalmente, el propio Japón cuenta ya con tecnología nuclear, pero el núcleo de la estrategia de defensa de Japón sigue siendo los intensos vínculos con Estados Unidos, no la independencia militar.

En resumen, la situación más tranquila en Asia nordoriental podría parecer una base frágil para crear una paz y una prosperidad a largo plazo en la región, pero la gran enseñanza que se desprende de Europa occidental es que la única solución duradera para un conflicto es la de insertar a los países vecinos en una densa red de relaciones económicas, políticas y de seguridad y en instituciones regionales que estén al servicio de sus intereses mutuos. Lo que llegó a ser la Unión Europea comenzó de forma discreta. Hasta que progresó la integración económica no se adoptaron medidas serias encaminadas a la integración política.

También en Asia oriental el mercado está fomentando la integración. Ahora que los diez estados de Asia sudoriental se han agrupado en la Asean y van a promulgar una Carta de la Asean, está avanzando firmemente la idea de una agrupación económica de Asia oriental de la que formarían parte la Asean, China, Japón y una Corea – es de suponer- unificada y desnuclearizada.

La fase inicial de esa gran ambición, una zona de libre comercio entre la Asean y China, se inició en el 2004 y debe concluir en el 2010. Simultáneamente, se está negociando una zona de libre comercio que comprenderá la Asean, Japón y también Corea del Sur. Desde el 2005, también India ha expresado interés en ese acuerdo con la Asean 10.

Pero Asia nordoriental es la única región asiática que no tiene organizaciones regionales. Ésa es la razón por la que necesita un acuerdo entre las potencias para sostener su frágil estabilidad. Corea del Norte y Corea del Sur deben comenzar la labor de reconciliación y creación de un espíritu comunitario por iniciativa propia. La economía debe superar una vez más a la política, con una intensificación del comercio, la inversión, el turismo y la transferencia de tecnología a lo largo del paralelo 38.

Entre tanto, ya existen los instrumentos para la creación de una mayor comunidad económica Asia-Pacífico, comenzando con el foro de cooperación económica Asia-Pacífico, y su objetivo es el de cumplir el imperativo de una paz y una seguridad duraderas. A lo largo del próximo decenio, nuestros estadistas deben sustituir la pax americana,que ha impuesto la estabilidad en la región de Asia-Pacífico, por una pax asiático-pacífica,en la que los más importantes países y bloques subregionales contribuyan al mantenimiento de la seguridad de Asia-Pacífico y la compartan frente a nuestras amenazas geopolíticas comunes, algunas de las cuales son el terrorismo internacional, la proliferación nuclear, la inestabilidad debida al conflicto árabe-israelí y la guerra de Iraq y la debilidad de la ONU.

Como vecinos y socios regionales, debemos aprovechar la convergencia de intereses que comparten EE. UU., Japón, China, India, Rusia, Asean, Canadá, una Corea unificada y desnuclearizada, Pakistán, Australia-Nueva Zelanda y otros, del mismo modo que la Europa occidental aprovechó el punto muerto de la guerra fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética para consolidar y ampliar la UE.

La prueba irrefutable de la necesidad de una profunda reestructuración de la seguridad de Asia-Pacífico es que el ejército de Estados Unidos no da más de sí, pero la paz en la región transpacífica no debe basarse en un equilibrio de poder, sino de beneficio mutuo. Evidentemente, entrañará un reparto de las responsabilidades entre todas las naciones de la región de Asia-Pacífico y un entendimiento cooperativo entre los países más ricos y poderosos de nuestra parte del mundo: Estados Unidos, Japón, China y Corea del Sur.

Julio 29, 2007 Publicado por cienciayartes | Asia, armas nucleares | | Aún no hay comentarios

Conjurar las guerras del agua en Asia

Por Brahma Chellaney, profesor de Estudios Estratégicos del Centro de Investigación Política de Nueva Delhi. Autor de El monstruo asiático: el auge de China, India y Japón. Traducción: José María Puig de la Bellacasa (LA VANGUARDIA, 09/07/07):

El agravamiento de las rivalidades en Asia por los recursos energéticos, propiciadas en parte por los elevados índices de crecimiento del producto interior bruto y en parte por los intentos de controlar los suministros, han disfrazado otro peligro: la escasez de agua en gran parte de Asia se está convirtiendo en una amenaza para la rápida modernización económica y viene a añadirse a la promoción de proyectos en las cabeceras de cursos fluviales que, de hecho, afectan a jurisdicciones y competencias de orden internacional. En este sentido, si las cuestiones relacionadas con la geopolítica del agua llegan a enconar en el futuro las tensiones entre los países debido a inferiores flujos y recursos hídricos en las diversas áreas en liza, el auge económico asiático podría, indudablemente, perder fuerza y ritmo.

La cuestión del agua se ha situado en primer plano y constituye un factor de primer orden capaz de determinar si Asia se encamina hacia una cooperación recíproca y beneficiosa o si, por contra, se sumerge en una dañina rivalidad. Y en este marco ningún otro país puede influir en tanta medida como China, que controla la altiplanicie tibetana, rica en recursos hídricos y fuente de los ríos más importantes del continente asiático.

Los enormes glaciares y altas cotas de Tíbet lo han dotado de los mayores sistemas fluviales del planeta. Los cursos fluviales que allí tienen su origen abastecen y dan sustento a los dos países más poblados del mundo: China e India, así como Bangladesh, Birmania, Bután, Nepal, Camboya, Pakistán, Laos, Tailandia y Vietnam, que representan un 47% de la población mundial.

Sin embargo, Asia es un continente deficiente en agua.

Asia, aun siendo el hogar de más de la mitad de de la población mundial, posee menos agua dulce – 3.920 cúbicos por habitante- que cualquier otro continente salvo la Antártida.

La amenazadora rivalidad por los recursos hídricos en Asia se ha visto si cabe subrayada por la expansión de la agricultura de regadío, los sectores industriales de elevado consumo (siderurgia y papel, entre otros) y una creciente clase media que cada día emplea más lavadoras y lavavajillas. Según un informe de las Naciones Unidas del 2006, el consumo doméstico de agua en Asia aumenta rápidamente, pero la escasez del líquido elemento es tal, que los asiáticos en situación de aspirar al estilo de vida de los estadounidenses suman una pequeña parte; estos últimos consumen cuatrocientos litros de agua por persona, más de dos veces y media que el promedio en el caso de Asia.

El espectro de las guerras por el agua en Asia se ve reforzado igualmente por el cambio climático y la degradación medioambiental, visibles en la deforestación y la construcción de embalses que propician ciclos de inundaciones crónicas y sequías que causan la pérdida y destrucción de las reservas de agua. La cantidad de nieve fundida del Himalaya que alimenta los ríos de Asia podría aumentar por efecto del cambio climático y comportar consecuencias perjudiciales.

Aunque las disputas entre países por los recursos hídricos en general se han convertido en algo habitual en varios países asiáticos – de India y Pakistán al Sudeste Asiático y China-, el factor más preocupante sigue cifrándose en la posibilidad de un conflicto formal entre distintos estados por el acceso a las cuencas fluviales. Tal inquietud resulta patente en los esfuerzos de China por embalsar o desviar los cursos fluviales que desde la mencionada altiplanicie tibetana se dirigen hacia el sur: en particular, el Indo, el Mekong, el Yangtsé, el Salween, el Brahmaputra, el Karnali y el Sutlej. Entre los enormes ríos de Asia, sólo el Ganges nace en la vertiente india del Himalaya.

La desigual y desequilibrada disponibilidad de recursos hídricos en el interior de algunos países (abundantes en ciertas áreas y escasos en otras) han dado pie a ideas y proyectos grandiosos: desde unir los caudales de ríos en India hasta desviar el curso del Brahmaputra hacia el norte para saciar la sed de las áridas tierras del suelo patrio chino. También es cierto, por otra parte, que un conflicto serio sólo aflorará si toma cuerpo efectivamente – con todas sus consecuencias- la idea de beneficiarse a costa de un país vecino.

En tanto que las penalidades y apuros de China en pos del agua han aumentado en el norte del país debido a su agricultura intensiva no sostenible desde el punto de vista medioambiental, el país ha vuelto los ojos a las inmensas reservas de agua de la altiplanicie tibetana. Ha embalsado ríos no sólo para obtener energía eléctrica, sino también para fomentar la agricultura de regadío y para otros fines. En la actualidad también promueve proyectos de transferencia de caudales entre diversas cuencas.

Merced al control sobre las ricas reservas hídricas de la altiplanicie tibetana, China detenta la llave de los mecanismos susceptibles de conjurar y, llegado el caso, impedir guerras por el agua en Asia. Pese a tal poder y a la construcción de presas en ríos de primera importancia, China procede a construir tres embalses más en el Mekong, levantando con su proceder reacciones y sentimientos encontrados en Vietnam, Laos, Camboya y Tailandia. Varios proyectos chinos en la zona central y occidental de Tíbet repercuten inevitablemente en los cursos fluviales en dirección a India, pero Pekín se resiste a informar sobre tales proyectos y sus consecuencias.

Las diez grandes cuencas hidrográficas que tienen su origen en la zona del Himalaya y el Tíbet proporcionan agua a extensas zonas del continente asiático. El control sobre la meseta tibetana, de 2,5 millones de kilómetros cuadrados, proporciona a China una herramienta de enorme poder aparte del acceso a grandes recursos naturales. Pero China, que ha contaminado notablemente sus propios ríos a causa de una industrialización sin freno, amenaza ahora – a impulsos de su sed de agua y energía- la viabilidad ecológica de los sistemas fluviales asociados al sur y sudeste de Asia.

Tíbet, en la configuración y tamaño que tuvo hasta los años cincuenta del siglo pasado, representa aproximadamente una cuarta parte del territorio de la China continental, de modo que la población han, por primera vez en la historia, mantiene fronteras contiguas con India, Birmania, Bután y Nepal.

Tíbet, tradicionalmente, abrazó las regiones de Utsang (la meseta central), Kham y Amdo. Tras anexionarse Tíbet, China desgajó Amdo (lugar de nacimiento del actual Dalai Lama) como nueva provincia de Qinghai y convirtió a Utsang y el este de Kham en la región autónoma del Tíbet, además de fusionar las áreas restantes del Tíbet con sus provincias de Sichuan, Yunnan y Gansú.

El Tíbet tradicional no es sólo una realidad cultural propia y singular, sino también la altiplanicie natural donde el futuro de sus reservas de agua se halla vinculado innegablemente a una política ecológica y sostenible. Al compás del hambre china de productos y artículos básicos, ha ido aumentando su explotación de los recursos del Tíbet. Y a medida que se han recrudecido los problemas y dificultades de varias urbes chinas importantes para abastecerse de agua, un grupo de ex políticos y funcionarios ha defendido el desvío hacia el norte de las aguas del río Brahmaputra en un libro de título revelador: Las aguas del Tíbet salvarán China.

El impulso de magnos proyectos hídricos, combinado con la despiadada explotación de recursos minerales, amenazan los frágiles ecosistemas del Tíbet. El vertido de residuos, además, empieza a contaminar los cursos de agua. Al parecer, China se halla empeñada en promover proyectos y más proyectos utilizando el agua como arma…

La idea de un Gran Proyecto de Transferencia de recursos hídricos sur-norte – que entraña el desvío de cursos fluviales procedentes de la altiplanicie tibetana- cuenta con el respaldo del presidente Hu Jintao, un hidrólogo bien conocido por aplastar las aspiraciones de Tíbet mediante la bárbara aplicación de la ley marcial en 1989.

Julio 11, 2007 Publicado por cienciayartes | Asia, agua, guerra | | Aún no hay comentarios