¿Quién protegerá a Estados Unidos de un ataque nuclear? / On Nov. 4, Remember 9/11
Por Jeffrey Goldberg, escritor y periodista de la revista The Atlantic. Su último libro se titula Prisoners: A Story of Friendship and Terror (EL MUNDO / THE NEW YORK TIMES, 11/09/08): El próximo presidente de Estados Unidos debe hacer una cosa, sólo una, si aspira a que su mandato sea considerado un éxito: ha de impedir que Al Qaeda o una imitación de Al Qaeda logre hacerse con el control de un arma nuclear y la haga estallar en Estados Unidos. Todo lo demás (Fannie Mae, la reforma de la atención sanitaria, la independencia energética, el déficit presupuestario de Wasilla, Alaska) es accesorio. La destrucción del Bajo Manhattan o del centro de Washington causaría muertos por millares o por centenares de miles, una crisis económica catastrófica, una marcha atrás en la globalización, un ambiente permanente de miedo en Occidente y la negación total de la cultura norteamericana de derechos y libertades. He hablado con muchos expertos en proliferación de armas nucleares para llegar a la conclusión de que las posibilidades de que se produzca un estallido de esas características son nada menos que de un 50% en los próximos 10 años. Soy optimista, así que calculo que las probabilidades oscilan entre un 10 y un 20%. Sólo complicaciones de carácter técnico impiden que Al Qaeda lleve a cabo un atentado nuclear en la actualidad. Lo difícil es adquirir el material de fisión; más fácil es introducirlo clandestinamente (como se suele decir, un medio de traer componentes de armas nucleares a Estados Unidos sería camuflarlos en el interior de alijos de cocaína). Siete años después de los atentados del 11 de septiembre, vivimos en la era del terrorista omnipotente y escatológico. Se siente motivado por razones revolucionarias y teológicas más que por reivindicaciones nacionalistas, y es un experto en la manipulación de la tecnología contra sus innovadores occidentales. Durante la Guerra Fría, la Unión Soviética tenía la capacidad técnica de hacer desaparecer Estados Unidos muchas veces seguidas, pero se refrenaba racionalmente por su propio interés, por un instinto innato de conservación y, quizás, porque comprendía el horror de una guerra nuclear que acabaría con el mundo. Aunque Al Qaeda no tenga capacidad para destruir el mundo, destruirá todo lo que pueda y cuando pueda. Esta es la razón por la que el pasado mes de junio resultó tan desconcertante oír a Barack Obama elogiar, en el programa Nightline de la cadena ABC, las virtudes de la respuesta federal al primer atentado contra el World Trade Center en 1993. «Fuimos capaces de detener a los responsables -declaró- y de llevarlos a los tribunales. Actualmente están en prisiones de Estados Unidos, sin posibilidad de hacer nada». Eso es completamente cierto y, no obstante, haber llevado ante los tribunales a los que pusieron las bombas en 1993 es el mejor ejemplo de las razones por las que la aplicación de la ley resulta insuficiente ante las exigencias de unas medidas antiterroristas eficaces. La detención y la condena de los terroristas se llevaron a cabo con la diligencia debida; el FBI llegó hasta el último eslabón en Pakistán para atrapar al cerebro de la conspiración, Ramzi Yousef, que en la actualidad se encuentra anulado por completo en la prisión de máxima seguridad de Colorado. Aún así, el World Trade Center ya no existe. Ocho años después del primer atentado, un tío de Ramzi Yousef, Jalid Shaij Mohammed, organizó un atentado con más éxito. El enjuiciamiento de los primeros terroristas con final feliz sumió al país en una tranquilidad contraproducente. La aplicación de la ley fue a todas luces incapaz de prevenir el segundo atentado contra el World Trade Center; debemos reconocer, por el bien del país, que también estamos desprevenidos ante las conspiraciones en marcha en la actualidad, conspiraciones que, hemos de darnos cuenta, implican la utilización de armas no convencionales. A tenor de mis conversaciones con Obama, parece que comprende la amenaza. A principios del año pasado, cuando todavía estaba tratando de ganarse el apoyo del ala izquierda de su partido, me comentó que la posibilidad de que un grupo terrorista se hiciese con un arma nuclear era «la amenaza número uno» a la que se enfrentaba Estados Unidos. Ahora bien, ¿entiende que esa amenaza no puede neutralizarse en lo fundamental mediante la aplicación de la ley y que los organismos de espionaje deben ocuparse en atajarla por anticipado y el ejército en erradicarla? El objetivo fundamental no es la acción judicial, sino la prevención. ¿He dicho prevención? ¿Esa doctrina que no debería mencionarse? El Gobierno Bush no prestó ningún servicio a la nación cuando, por prevención, se anticipó a un programa iraquí de armas de destrucción masiva que ya no existía ni mucho menos como tal. El peligro, por supuesto, está en la oscilación incesante del péndulo, cuyo movimiento podría llevar a un presidente del Partido Demócrata a echarse a temblar cuando le presenten un informe confidencial (informe que, con frecuencia, no es sino un eufemismo de «Presidente, a decir verdad no sabemos exactamente lo que pasa pero…») sobre un barco, un puerto o una central nuclear que han de hacer frente a una amenaza inminente o casi inminente. Con todo ello no se pretende afirmar que Obama tenga algo que ver con la caricatura de blandengue y poco firme que pintan sus contrincantes. En realidad es un hombre que tiene sus dudas sobre esta cuestión. Se granjeó algunos problemas con su propuesta de que se tomaran unilateralmente medidas contra determinados objetivos en Pakistán, cosa que ahora parece formar parte de la política del Gobierno Bush. Por otro lado, en su lenguaje hay algunas cosas que resultan hirientes, excesivamente hirientes a veces. En su discurso ante la convención dijo que «a McCain le gusta decir que perseguiría a Bin Laden hasta las puertas del infierno, pero no está dispuesto a meterse en la cueva en la que vive». Todavía no estoy seguro del significado de estas palabras, pero sí de que es muy fuerte. Barack Obama ha formulado asimismo propuestas de utilidad en temas nucleares, como su promesa de controlar el material de fisión que anda descontrolado por el mundo como primera medida. Este es un objetivo demasiado idealista, porque requeriría la cooperación de países como Corea del Norte, Irán, Pakistán y, especialmente, Rusia (aunque Obama está mejor colocado para conseguir el compromiso de Rusia en este ámbito que un John McCain con su tendencia a lanzar amenazas). En Washington no hay nadie más sinceramente obsesionado con este asunto que McCain, pero éste arrastra su propia carga de problemas en cuestiones antiterroristas, de los que los menores no son siquiera sus excesos retóricos ni su extraña decisión -dada su preocupación (justificable) por este tema- de escoger como compañera de candidatura a la comandante en jefe de la Guardia Nacional de Alaska. Aunque el terrorismo islámico pueda ser de hecho la amenaza «más importante» de nuestra época, como afirma McCain, resulta imprudente en el plano táctico magnificar el ego de nuestros enemigos, que ya es descomunal, para alimentar las esperanzas islámicas de que efectivamente están tomando parte activa en un choque de civilizaciones Hace años, en el Afganistán de antes del 11 de septiembre, un dirigente del Comité para la Propagación de la Virtud y la Supresión del Vicio, la policía moral de los talibán, me pidió que describiera hasta qué punto tenían los talibán asustado a Bill Clinton. Le respondí que nada en absoluto. De hecho, Clinton estaba probablemente asustado, aunque no lo suficiente, pero yo no estaba dispuesto a confesárselo. Observar el gesto cariacontecido de este hombre ante mi respuesta representó un placer poco común en Kandahar. McCain tiene otros problemas en los que merece la pena fijarse: un exceso de imprudencia, quizás, en torno a la prevención (en nuestras conversaciones, las diferentes sorpresas asociadas con la invasión de Irak no le habían llevado a reconsiderar en absoluto sus opiniones sobre la defensa de anticipación) y una aparente incapacidad, o falta de interés, a la hora de diferenciar entre grupos terroristas islamistas. Le pregunté no hace mucho tiempo si creía que Estados Unidos vinculaba su problema con Irán y el problema de Israel con Irán. Me dijo que la existencia de Israel es un imperativo moral y de seguridad nacional de Estados Unidos. «En mi opinión, estas organizaciones terroristas que Irán apadrina, como Hamas y las demás, están también interesadas, a largo plazo al menos, en la destrucción de Estados Unidos. Irak es un campo de batalla fundamental, porque esas milicias chiíes están enviando allí esos grupos especiales, como los llaman… para eliminar la influencia estadounidense y expulsarnos de Irak». Hay muchos aspectos muy diversos mezclados en su respuesta, no todos conectados entre sí. Hamas es un grupo ignominioso, ideológicamente contrario a casi todo lo que Estados Unidos representa, pero que no guarda relación alguna con la lucha contra las milicias chiíes. Esta confusión impide, entre otras cosas, una conversación seria sobre ideologías y motivaciones. Así pues, lo que tenemos es un candidato a la presidencia de Estados Unidos que, por lo que parece, todavía tiene que definir una estrategia general y otro que no tiene todavía completamente claro contra quien están combatiendo. Podemos esperar en vano que, durante los próximos dos meses, estos dos hombres intercambien opiniones, con espíritu de reflexión y de manera integral, sobre las mejores fórmulas de defender a su país de lo que algunos expertos en proliferación de armas nucleares están convencidos será un atentado prácticamente inevitable. De hecho, deberíamos exigir que mantuvieran esas conversaciones, porque no hay ninguna otra cosa que sea más importante. ******************** The next president must do one thing, and one thing only, if he is to be judged a success: He must prevent Al Qaeda, or a Qaeda imitator, from gaining control of a nuclear device and detonating it in America. Everything else — Fannie Mae, health care reform, energy independence, the budget shortfall in Wasilla, Alaska — is commentary. The nuclear destruction of Lower Manhattan, or downtown Washington, would cause the deaths of thousands, or hundreds of thousands; a catastrophic depression; the reversal of globalization; a permanent climate of fear in the West; and the comprehensive repudiation of America’s culture of civil liberties. Many proliferation experts I have spoken to judge the chance of such a detonation to be as high as 50 percent in the next 10 years. I am an optimist, so I put the chance at 10 percent to 20 percent. Only technical complications prevent Al Qaeda from executing a nuclear attack today. The hard part is acquiring fissile material; an easier part is the smuggling itself (as the saying goes, one way to bring nuclear weapon components into America would be to hide them inside shipments of cocaine). We live, seven years after 9/11, in the age of the super-empowered, eschatologically minded terrorist. He is motivated by revolutionary and theological concerns rather than by nationalist grievances, and he is adept at manipulating technology against its Western innovators. In the cold war, the Soviet Union had the technical ability to eliminate America many times over, but was restrained by rational self-interest, by innate conservatism, and, perhaps, by an understanding of the horror of world-ending nuclear war. Though Al Qaeda cannot destroy the world, it will destroy what it can, when it can. That is why it was so disconcerting to hear Barack Obama, on the ABC program “Nightline” in June, commend the virtues of the federal response to the first World Trade Center attack, in 1993. “We were able to arrest those responsible, put them on trial,” he said. “They are currently in U.S. prisons, incapacitated.” This is entirely true, and yet there is no better example of why law enforcement is inadequate to the demands of effective counterterrorism today than the prosecution of the 1993 bombers. The capture and conviction of the terrorists were perfectly executed; the F.B.I. reached all the way to Pakistan to catch the plot’s mastermind, Ramzi Yousef, who is today thoroughly incapacitated at the federal “supermax” prison in Colorado. And yet, the World Trade Center is gone. Eight years after the first attempt, Ramzi Yousef’s uncle, Khalid Shaikh Mohammed, organized a more successful attack. The successful prosecution of the original bombers lulled the country into a counterfeit calm. Law enforcement was obviously unable to prevent the second World Trade Center attack; we must assume, for the country’s sake, that it is also unready for the gathering conspiracies of today, ones we must believe involve non-conventional weapons. In my conversations with Senator Obama, he seems to understand the menace — early last year, even while trying to secure the support of his party’s left wing, he told me the possibility of a terrorist group obtaining a nuclear weapon was “the No. 1 threat” facing America. But does he understand that this threat cannot be neutralized mainly by law enforcement; that it must be anticipated by intelligence agencies, and eradicated by the military? The paramount goal is not prosecution, but pre-emption. Did I say “pre-emption”? The doctrine that shall not be named? The Bush administration did the nation no service by pre-empting an Iraqi weapons-of-mass-destruction program that no longer existed in any meaningful way. The danger, of course, is in the ever-swinging pendulum, whose movement could lead a Democratic president to flinch when presented with intelligence (“intelligence” often being a euphemism for “Mr. President, we really don’t know exactly what’s going on, but …”) that a ship, or a port, or a nuclear plant faces an imminent, or semi-imminent threat. All this is not to say that Mr. Obama resembles the squashy caricature drawn by his opponents. He is actually constructively two-minded on the issue. He caught grief for proposing unilateral action against targets in Pakistan, which now appears to be Bush administration policy. And there is spine in his language, sometimes too much. In his convention speech, he said, “McCain likes to say that he’ll follow bin Laden to the gates of Hell — but he won’t even go to the cave where he lives.” I’m still not sure what this means, but it’s very muscular. Barack Obama has also made useful proposals on nuclear matters, promising to secure the world’s loose fissile material in his first term. This is an over-idealistic goal, as it would require the cooperation of such countries as North Korea, Iran, Pakistan and, especially, Russia (though he’s better positioned to engage Russia on this subject than is the hectoring John McCain). There is no one in Washington more sincerely gripped by the issue than John McCain, but he comes with his own set of problems on matters of counterterrorism, not least of which is his rhetorical excess, and his strange decision, given his (justifiable) preoccupation with the issue, to choose as his running mate the figurehead commander of the Alaska National Guard. Though Islamist terrorism might in fact be the “transcendent” threat of our time, as Senator McCain says, it is tactically imprudent to build up the already huge egos of our enemies, to feed the Islamist hope that they are, indeed, engaged in a clash of civilizations. Years ago, in pre-9/11 Afghanistan, a leader of the Taliban’s morals police, the Committee for the Propagation of Virtue and the Suppression of Vice, asked me to describe just how much the Taliban frightened Bill Clinton. I told him not at all. In fact, Mr. Clinton was probably not frightened enough, but I wasn’t going to let on to that. Watching this man’s crest fall was a rare pleasure in Kandahar. Senator McCain has other problems worth noting: an excess of incaution, perhaps, about pre-emption (in our conversations, the various surprises associated with the Iraq invasion had not caused him to calibrate at all his views on anticipatory defense); and a seeming inability, or unwillingness, to differentiate among Islamist terrorist groups. I asked him not long ago whether he believes that America conflates its problem with Iran with Israel’s Iran problem. He said Israel’s existence is an American moral and national-security imperative. “I think these terrorist organizations that [Iran] sponsors, Hamas and the others, are also bent, at least long-term, on the destruction of the United States of America,” he added. “Iraq is a central battleground. Because these Shiite militias are sending in these special groups, as they call them … to remove U.S. influence and to drive us out of Iraq.” There are many different things taking place inside his answer, not all of which are connected. Hamas is a disgraceful group, ideologically opposed to most of what America represents, but it is unconnected to the fight against Shiite militias. These conflations, among other things, preclude serious conversation about ideology and motivation. So what we have is one presidential candidate who still seems to be casting about for an overarching strategy; and another one who is not entirely sure whom we’re fighting. We can hope against hope that in the next two months, these two men will discuss, in a deliberative and encompassing way, the best ways to protect America from what some nonproliferation experts believe is a nearly inevitable attack. We should, in fact, demand that this conversation take place, because nothing else matters.
Negotiating with Iran is maddening, but bombing would be a catastrophe
The favoured season for launching wars used to come when the harvest had been gathered. This year, there is talk of an Israeli strike against Iran in November or December, when it would no longer embarrass the US election process but George Bush will still be in the White House during the presidential transition.
Last year, following a US intelligence submission which stated that Iran was not actively pursuing the creation of atomic weapons, a direct American attack on the country’s nuclear facilities became implausible – and remains so. But Jerusalem and Washington are talking seriously about a possible Israeli strike, for which American collusion would be indispensable.
In Washington at the weekend, Shaul Mofaz, Israel’s deputy defence minister and a candidate for the premiership, said of negotiations to halt Iran’s nuclear programme: “It’s a race against time, and time is winning.” He repeated the familiar Israeli warning that Iran’s possession of nuclear weapons would be “unacceptable”.
Optimists welcomed last month’s meeting in Geneva, at which the US under-secretary of state, William Burns, met Iranian delegates. This was the highest level contact for decades between the two nations. Yet there remains no sign of Iranian retreat from its longstanding position, that it is entitled to maintain a uranium enrichment programme. Pessimists fear that the Burns trip was designed to highlight Tehran’s intractability, in advance of military action.
Last month, Tehran announced that it now possesses 6,000 centrifuges, a dramatic increase in its last declared figure. This was probably an exaggeration for negotiating purposes, but gives no comfort at all to the UN, the EU or anybody else seeking signs of a breakthrough towards a deal.
Most Europeans would like to hear their new American idol, Barack Obama, warn the Israelis against undertaking military action against Iran. Even if Obama does not yet sit in the White House, no Jerusalem government could lightly defy America’s likely next president on an issue of such gravity.
But no man who wants to win a US election dares to qualify his support for Israel. Obama’s statements during his brief visit to the country last month were indistinguishable from those of Bush. There seem grounds for anticipating that Obama may be less radical, more indulgent towards Israel, than visionaries suppose. A McCain administration, meanwhile, would merely pick up where Bush leaves off.
There is no doubt about the desire of both the Israeli and US governments to destroy Iran’s nuclear plants by force. Two years ago, a Washington political guru suggested to me that Bush’s last months would be the time to watch, when he became obsessed with his legacy. “Solving” the Iran nuclear issue, said my friend, would be foremost in Bush’s mind. So, indeed, it seems today.
The best prospect of averting this disaster – and, of course, many of us would perceive it as such – lies in the intractable practical difficulties. The US military has briefed the president that, with most of Iran’s facilities underground, only nuclear bunker-busting bombs offer a real prospect of achieving their destruction.
It remains hard to believe that the US could countenance the use of such weapons, by their own aircraft or those of the Israelis. Conventional bombs could inflict some damage. A limited attack would demonstrate Israel’s ability to strike at will if the Iranians persist with their programme.
But the economic and political costs of such an exhibition of force would be appalling. Oil prices would soar to dizzier heights. Any possibility of dialogue between Iran and the west would vanish for years to come. The Iranians would probably fulfil their threat, to retaliate with terrorist action against US interests worldwide. Former US air force colonel Sam Gardiner, a respected military analyst, suggests that bombing Iran “would be unlikely to yield the results American policymakers do want, and … likely to yield results that they do not”.
The Iranian government may be reckless – even fanatical – but it is not mad. President Mahmoud Ahmadinejad and the supreme leader, Ayatollah Ali Khamenei, have assuredly made these calculations for themselves. The US is seeking to behave with the outward assurance of a superpower, while crippled by its difficulties in Iraq and Afghanistan. The US wishes to bestride the Middle East as an armoured knight, but its foes know that beneath the plates it is bleeding badly.
The Iranians appear to be gambling that, at the last ditch, the US will flinch from taking military action, or from allowing Israel to do so, because the costs would be unacceptably high. The implacable unhelpfulness of Russia and China about western purposes towards Tehran strengthens Iranian resolve. Moscow and Beijing have no more desire than the Americans to see Iran possess nuclear weapons. But they both gain satisfaction from Washington’s embarrassments, and from strengthening their own influence in the Middle East at American expense.
However deep is European distaste for the Bush administration, for the Iraq war and for the excesses of Israeli policy, it seems important not to lose sight of some basics. The Tehran government aspires to regional hegemony, which it would be unlikely to exercise in an enlightened fashion. Iran is an exceptionally nasty elective dictatorship that denies freedoms and represses human rights, not least those of women. It is deplorable that Israel and Pakistan possess nuclear weapons, but the world will become an even less safe place if Iran also acquires them. Its desire to do so seems hard to dispute, even if doubts persist about its proximity to fulfilment.
Thus, America’s fundamental objective deserves endorsement, which it receives from the UN and the EU through their backing for sanctions. The difficulty, as usual, is that so many issues are entwined – Iraq and Israel foremost among them. Lawrence Freedman has just published a new book, A Choice of Enemies, in which he examines America’s relationship with the Middle East over the past 30 years. His conclusion is that today’s problems stretch beyond anything that can be dignified as solutions. They can only be “managed or endured”.
This is unspectacular, but seems right. The folly of American military posturing towards Iran is its absence of credibility. That is to say, no one doubts Bush’s executive power to launch an air attack, or sanction the Israelis to do so. However, it is evident to all but the neocons and some dangerous people in Jerusalem that such action must fail in its purposes, making matters worse rather than better.
The dreadful Bibi Netanyahu, who may soon again become Israel’s prime minister, declared that 9/11 was “good for Israel”, and so from his viewpoint it was. It left the Muslim world almost friendless in the US, and increased the readiness of Americans to perceive the Israelis as comrades in arms against a common enemy.
Yet the fallout from a putative Israeli attack on Iran – and I hope I am right to use the word only figuratively – should cause even post-Bush Americans to perceive that this is no way to order the world. Negotiating with the Iranians is a maddening and frustrating business. But bombing them would be a catastrophe for us all. Many fingers will need to be tightly crossed between now and next January.
A Sensible Path on Iran
Current U.S. policy toward the regime in Tehran will almost certainly result in an Iran with nuclear weapons. The seemingly clever combination of the use of “sticks” and “carrots,” including the frequent official hints of an American military option “remaining on the table,” simply intensifies Iran’s desire to have its own nuclear arsenal. Alas, such a heavy-handed “sticks” and “carrots” policy may work with donkeys but not with serious countries. The United States would have a better chance of success if the White House abandoned its threats of military action and its calls for regime change.
Consider countries that could have quickly become nuclear weapon states had they been treated similarly. Brazil, Argentina and South Africa had nuclear weapons programs but gave them up, each for different reasons. Had the United States threatened to change their regimes if they would not, probably none would have complied. But when “sticks” and “carrots” failed to prevent India and Pakistan from acquiring nuclear weapons, the United States rapidly accommodated both, preferring good relations with them to hostile ones. What does this suggest to leaders in Iran?
To look at the issue another way, imagine if China, a signatory to the nuclear Non-Proliferation Treaty and a country that has deliberately not engaged in a nuclear arms race with Russia or the United States, threatened to change the American regime if it did not begin a steady destruction of its nuclear arsenal. The threat would have an arguable legal basis, because all treaty signatories promised long ago to reduce their arsenals, eventually to zero. The American reaction, of course, would be explosive public opposition to such a demand. U.S. leaders might even mimic the fantasy rhetoric of Iranian President Mahmoud Ahmadinejad regarding the use of nuclear weapons.
A successful approach to Iran has to accommodate its security interests and ours. Neither a U.S. air attack on Iranian nuclear facilities nor a less effective Israeli one could do more than merely set back Iran’s nuclear program. In either case, the United States would be held accountable and would have to pay the price resulting from likely Iranian reactions. These would almost certainly involve destabilizing the Middle East, as well as Afghanistan, and serious efforts to disrupt the flow of oil, at the very least generating a massive increase in its already high cost. The turmoil in the Middle East resulting from a preemptive attack on Iran would hurt America and eventually Israel, too.
Given Iran’s stated goals — a nuclear power capability but not nuclear weapons, as well as an alleged desire to discuss broader U.S.-Iranian security issues — a realistic policy would exploit this opening to see what it might yield. The United States could indicate that it is prepared to negotiate, either on the basis of no preconditions by either side (though retaining the right to terminate the negotiations if Iran remains unyielding but begins to enrich its uranium beyond levels allowed by the Non-Proliferation Treaty); or to negotiate on the basis of an Iranian willingness to suspend enrichment in return for simultaneous U.S. suspension of major economic and financial sanctions.
Such a broader and more flexible approach would increase the prospects of an international arrangement being devised to accommodate Iran’s desire for an autonomous nuclear energy program while minimizing the possibility that it could be rapidly transformed into a nuclear weapons program. Moreover, there is no credible reason to assume that the traditional policy of strategic deterrence, which worked so well in U.S. relations with the Soviet Union and with China and which has helped to stabilize India-Pakistan hostility, would not work in the case of Iran. The widely propagated notion of a suicidal Iran detonating its very first nuclear weapon against Israel is more the product of paranoia or demagogy than of serious strategic calculus. It cannot be the basis for U.S. policy, and it should not be for Israel’s, either.
An additional longer-range benefit of such a dramatically different diplomatic approach is that it could help bring Iran back into its traditional role of strategic cooperation with the United States in stabilizing the Gulf region. Eventually, Iran could even return to its long-standing and geopolitically natural pre-1979 policy of cooperative relations with Israel. One should note also in this connection Iranian hostility toward al-Qaeda, lately intensified by al-Qaeda’s Web-based campaign urging a U.S.-Iranian war, which could both weaken what al-Qaeda views as Iran’s apostate Shiite regime and bog America down in a prolonged regional conflict.
Last but not least, consider that American sanctions have been deliberately obstructing Iran’s efforts to increase its oil and natural gas outputs. That has contributed to the rising cost of energy. An eventual American-Iranian accommodation would significantly increase the flow of Iranian energy to the world market. Americans doubtless would prefer to pay less for filling their gas tanks than having to pay much more to finance a wider conflict in the Persian Gulf.
Irán, piedra de toque nuclear
En mis tres anteriores artículos sobre el tema me he referido a los pasos dados en dirección a una guerra contra Irán, las consecuencias probables de una guerra de esta naturaleza y el programa de quienes la promueven. En este último analizaré cómo los riesgos inherentes a esta crisis podrían transmutarse en instrumentos para alcanzar un planeta más seguro.
La guerra, cuando llega, no se presenta únicamente adrede, a propósito. Durante los largos años de la guerra fría, buena parte de nosotros se interrogó con preocupación sobre el peligro de un eventual conflicto, y el peligro en cuestión se vio efectivamente ilustrado por decenas de incidentes; si algunos pudieron sortearse, se debió más a la fortuna que a la inteligencia. Por consiguiente, cuanto más destructivas y numerosas son las armas, mayor es el peligro de su empleo. Las armas nucleares constituyen el peligro fundamental.
Dado el horror que resultaría de su empleo, surge la primera pregunta: ¿por qué los países de nuestro planeta quieren hacerse con ellas?
Cabe dar una rápida respuesta diciendo que un arma nuclear es la forma más infalible y concluyente de defenderse en nuestro peligroso mundo. Existen, naturalmente, otras razones para acceder a la categoría de potencia nuclear – acceso a tecnología avanzada, prestigio nacional, electricidad barata, etcétera.-, pero la razón fundamental, a fin de cuentas, es la defensa nacional.
Los iraníes son conscientes de que Bush los identificó como uno de los tres países miembros del eje del mal. Y observan que Iraq, que no poseía armamento nuclear, ha sido prácticamente destruido en tanto que a Corea del Norte, que las ha fabricado, se le ofreció un programa de ayuda económica y humanitaria. Las amenazas, pues, incitarán inevitablemente a los dirigentes iraníes a hacerse con el arma nuclear. Si EE. UU. ataca a Irán, aun en el caso de que logre destruir todas las instalaciones y matar a sus técnicos, cualquier gobierno futuro del país tratará de procurarse el arma nuclear. Tal fue, al fin y al cabo, el objetivo del gobierno del sha, quien, de haber vivido más años, habría dejado en herencia armamento nuclear al actual Gobierno de Irán. Por tanto, las amenazas y, evidentemente, cualquier operación militar sólo pueden redundar, en esencia, en una autoderrota, por más que pueda mediar un triunfo transitorio.
La segunda pregunta es: ¿qué consecuencias acarrearía que Irán se hiciera con el arma nuclear?
Es indudable que cuantos más países la posean, mayor será el peligro. Durante el primer medio siglo de era nuclear, hemos sido a la vez prudentes y afortunados, pero no podemos contar con la prudencia o la suerte, como Robert McNamara – que, ciertamente, conocía los riesgos- argumentó en su artículo titulado Apocalypse soon (Foreign Policy,mayo/ junio, 2005).
Sin embargo, como así lo entienden todas las actuales potencias nucleares, esta arma definitiva sólo puede emplearse a título disuasorio: su empleo garantiza un contraataque devastador. En consecuencia, la práctica histeria suscitada por la acusación de que Irán está decidido a hacerse con el arma nuclear es una flor marchita. Pero hay un peligro importante que se derivaría del hecho del arma nuclear en manos de Irán: Turquía, Arabia Saudí, los países más ricos del Golfo y, posiblemente, Siria podrían emprender la misma senda, lo que causaría una inestabilidad aún mayor en Oriente Medio.
Cabría afirmar, por tanto, que la ONU debería intentar disuadir a Irán de hacerse con el arma nuclear. La crisis actual brinda una oportunidad singular para ello. ¿Qué resultado podría obtenerse? Las amenazas, o incluso, la acción militar no funcionarán. Podría funcionar, posiblemente, una reanudación del programa acordado hace años por Rusia y EE. UU.: reducir, y posteriormente eliminar armas nucleares. En el curso de este programa, Oriente Medio podría convertirse en zona desnuclearizada. Israel, que posee un importante arsenal nuclear, se beneficiaría de tal programa porque si otros países de Oriente Medio se hacen con armamento nuclear su seguridad menguará y sus riesgos se incrementarán. Por tanto – cabría razonar- dado que Israel ya posee el arma y la fuerza aérea más poderosas de la zona, al propio Israel podría resultarle de interés sumarse a la creación de una zona desnuclearizada, sobre todo si se le pudiera proporcionar una garantía firme contra un eventual ataque.
E Irán podría ser persuadido – desde mi punto de vista- a renunciar a un programa de armamento si sus países vecinos acordaran hacer lo propio y se aportaran las adecuadas garantías contra un ataque.
Estados Unidos debería derogar su doctrina del ataque preventivo, cosa que favorecería sus intereses, pues la verdad es que resulta más hacedero y factible enredar a EE. UU. en una guerra que incrementar su seguridad nacional. Al poner de relieve las cuestiones en las que los países de la región, y otros en general, comparten objetivos comunes, la crisis iraní proporciona una ocasión de reajustar objetivos y medios de acción y, en consecuencia, avanzar hacia una verdadera seguridad lejos del peligro de una catástrofe.
Irán: los riesgos de una opción
Hace apenas unas semanas, una intervención militar estadounidense contra Irán antes del final del 2008 para desmantelar su programa nuclear constituía una notable probabilidad. Teherán no quería ceder a las demandas occidentales que le exigían poner término a su programa de enriquecimiento de uranio. Según numerosos expertos, Irán estaba a punto de franquear el umbral del proceder irreprochable y dotarse del arma nuclear.
George W. Bush no querría probablemente abandonar el poder dejando en herencia de su primer mandato la guerra de Iraq y de su segundo mandato un Irán nuclear. En agosto, acusó a Irán de cerner la amenaza de un holocausto nuclear y, a finales de octubre, hacía sonar la alarma contra el peligro de una tercera guerra mundial. Frente al fiasco de su política exterior, el presidente estadounidense podría haberse visto tentado de emprender una aventura militar contra Irán, una forma de intentar una salida de la crisis mediante una escalada. Sin embargo, el informe dado a conocer a principios de diciembre por los 16 organismos de inteligencia estadounidenses modificó sensiblemente el panorama. El documento (National Intelligence Estimate) da cuenta de un consenso sobre la cuestión según el cual los organismos citados afirman que Irán suspendió su programa de armamento nuclear a finales del 2003. Juzgan igualmente que Irán no se hallará en condiciones de fabricar un arma nuclear – en caso de reanudar su programa- antes del 2015. George W. Bush, sin embargo, ha reiterado tras la publicación del informe que “Irán era, es y será peligroso” si se dota del arma nuclear.
El mensaje de los organismos de inteligencia es, pues, diáfano: no quieren cargar con la responsabilidad de una guerra contra Irán como se les cargó la relativa a Iraq. Acusados de numerosas maniobras sesgadas durante la guerra fría, la CIA y los demás organismos de inteligencia surgen ahora sorprendentemente como factores de moderación en el seno del dispositivo estratégico estadounidense. El debate incluye, de hecho, tanto a los neoconservadores que con demasiada frecuencia tienden a prescindir de los hechos en beneficio de las ideologías, como a las figuras más realistas de la Administración estadounidense a cuyos ojos el examen y análisis de los hechos y las realidades no implica automáticamente una actitud de renuncia o abandono.
El informe ha sorprendido asimismo a franceses y británicos – que suscribían la actitud de mayor firmeza con respecto a Irán- con el paso cambiado. Los servicios secretos israelíes se desmarcan, por otra parte, del informe estadounidense y consideran que Irán no ha suspendido su programa nuclear o que lo ha reanudado. En una palabra, que la opción militar no debe eliminarse en ningún caso sino que, por el contrario, debe considerarse más que nunca. Sin embargo, el asunto resulta extraordinariamente delicado para el Estado hebreo. Tras la publicación de los libros del ex presidente Jimmy Carter Paz, no apartheid y de los profesores Mearsheimer y Walt sobre el grupo de presión proisraelí y la política exterior estadounidense, se ha entreabierto al menos el debate – en otros tiempos proscrito o evitado- sobre una posible discrepancia entre los intereses nacionales estadounidenses e israelíes. Empiezan así a levantarse voces sobre la paz estratégica que Washington debe pagar por su apoyo – incluso su seguidismo- a Israel. Y en el caso del Estado hebreo no deja de ser una cuestión delicada la sensación de que quiera forzar a Washington a lanzarse a una guerra contra Irán. Si esta fuera mal, el resultado sería catastrófico y no sólo para Estados Unidos sino también para la relación entre Israel y Estados Unidos. Desde el momento en que los servicios estadounidenses desmienten la inminencia de un peligro, es mucho más difícil abogar a favor de una solución militar adoptada prácticamente con urgencia. Porque lo que dicen los organismos de inteligencia es que queda tiempo para negociar. Israel, en tal caso, correría un gran riesgo al aparecer como el responsable de una guerra en absoluto indispensable.
Es sabido que una guerra, aun de operaciones o ataques limitados, no acarrearía efectos limitados. Sería una catástrofe que afectaría no sólo a todo el Golfo sino que tendría asimismo repercusiones estratégicas catastróficas a escala mundial. El acceso de Irán al arma nuclear entrañaría, en efecto, una importante modificación del marco geopolítico. Israel dejaría de poseer el monopolio nuclear en Oriente Medio, y además los vecinos árabes de Irán se preocuparían – legítimamente- a la vista del nuevo dato en su perjuicio. Ahora bien, para evitarlo más vale elegir la opción coreana en lugar de la iraquí: no una guerra, sino una negociación con garantías fehacientes de que el objetivo no estriba en imponer desde fuera un cambio de régimen.
What A.Q. Khan Knows
Either Kim Jong Il or Pervez Musharraf is lying about whether Pakistan’s Dr. Strangelove, Abdul Qadeer Khan, gave centrifuges to North Korea for uranium enrichment. Unless the truth can be established, the hitherto-promising denuclearization negotiations with Pyongyang are likely to collapse.
Khan has been shielded from foreign interrogators since his arrest three years ago for running a global nuclear Wal-Mart. Musharraf wrote in his memoir, “In the Line of Fire,” that the former czar of Pakistan’s nuclear program provided “nearly two dozen” prototype centrifuges suitable for uranium enrichment experiments to North Korea — a charge flatly denied by Pyongyang.
“Why don’t you invite A.Q. Khan to join the negotiations?” North Korea’s U.N. representative, Kim Myong Gil, asked with a broad smile over lunch recently. “Where is the invoice? Give us the evidence.”
Former U.N. ambassador John Bolton and other opponents of the denuclearization agreement reached with North Korea last Feb. 13 are seeking to undermine it by reviving the CIA’s 2002 assertion that Kim is operating a secret weapons-grade uranium-enrichment plant. Unless Pyongyang reveals the plant’s location and dismantles it, Bolton argues, the denuclearization accord should be scrapped.
U.S. negotiator Christopher Hill counters that it was never clear whether such a plant existed. All that the United States knows, Hill said in a little-noticed speech last February at the Brookings Institution, is that North Korea imported certain equipment that could be used for uranium enrichment, notably aluminum tubes from Russia. “It would require a lot more equipment than we know that they have actually purchased,” he said, to make the thousands of centrifuges needed for a weapons-grade enrichment facility.
The denuclearization agreement requires North Korea to provide a full declaration of “all its nuclear programs” as part of a series of parallel, reciprocal steps in which the agreement’s five other signatories provide energy assistance to North Korea and the United States removes it from its list of terrorist states.
Although Pyongyang denies that it has a uranium enrichment program, it has promised to “address U.S. concerns” by showing that suspect equipment imports were for other purposes if the United States produces evidence of such imports. Regarding the aluminum tubes, the CIA has satellite photos and a bill of lading, and the North Koreans are seeking to prove that the tubes were not used for uranium enrichment. But for the centrifuges, Pakistan has not provided any documents or details that back up Musharraf’s claim.
Why is Musharraf determined to keep Khan under wraps?
The official answer in Islamabad is that Pakistan’s sovereignty would be affronted by letting U.S. intelligence agents cross-examine him. Khan is regarded as a national hero, and the United States is widely hated in Pakistan for invading Iraq and Afghanistan and for its insensitivity to civilian casualties. If Musharraf wanted to cooperate, however, he could permit the International Atomic Energy Agency to interrogate Khan, as former Pakistani prime minister Benazir Bhutto had suggested, or Musharraf could find out what Khan knows and give the United States the information it needs to confront the North Koreans.
Many Pakistanis say Musharraf is stonewalling because he and some of his army generals collaborated with Khan and fear exposure. Another possible explanation is that the documentary evidence does not exist. Still another is that Musharraf changed his position on the centrifuges and invented the “facts” in his memoir to curry favor with the Bush administration; by strengthening its case against North Korea, in this view, he hoped to offset dissatisfaction in Washington with his ineffectual performance in combating al-Qaeda and the Taliban.
This explanation cannot be dismissed, since in a February 2004 New York Times interview Musharraf “emphatically denied” U.S. reports of Pakistani nuclear technology transfers to Pyongyang.
Whatever the explanation, the United States should put the Khan issue at the top of its agenda in Islamabad. At the very least, the IAEA should be able to question him about what he gave not only to North Korea but also to Iran and Syria.
If Musharraf’s allegation can be substantiated, North Korea would have to cooperate in establishing the facts in order for the denuclearization process to be completed. Pyongyang might well say that the centrifuges were obtained for a research and development program. North Korea, like Iran, is permitted under the nuclear Non-Proliferation Treaty to make low-enriched uranium fuel for civilian reactors if it accepts IAEA inspection safeguards to prevent weapons-grade enrichment. Pyongyang is unlikely to surrender its plutonium stockpile and move to full denuclearization unless this right is accepted and unless it is promised light-water plutonium reactors for electricity when and if its nuclear weapons program is dismantled.
Irán: los riesgos de una opción
Hace apenas unas semanas, una intervención militar estadounidense contra Irán antes del final del 2008 para desmantelar su programa nuclear constituía una notable probabilidad. Teherán no quería ceder a las demandas occidentales que le exigían poner término a su programa de enriquecimiento de uranio. Según numerosos expertos, Irán estaba a punto de franquear el umbral del proceder irreprochable y dotarse del arma nuclear.
George W. Bush no querría probablemente abandonar el poder dejando en herencia de su primer mandato la guerra de Iraq y de su segundo mandato un Irán nuclear. En agosto, acusó a Irán de cerner la amenaza de un holocausto nuclear y, a finales de octubre, hacía sonar la alarma contra el peligro de una tercera guerra mundial. Frente al fiasco de su política exterior, el presidente estadounidense podría haberse visto tentado de emprender una aventura militar contra Irán, una forma de intentar una salida de la crisis mediante una escalada. Sin embargo, el informe dado a conocer a principios de diciembre por los 16 organismos de inteligencia estadounidenses modificó sensiblemente el panorama. El documento (National Intelligence Estimate) da cuenta de un consenso sobre la cuestión según el cual los organismos citados afirman que Irán suspendió su programa de armamento nuclear a finales del 2003. Juzgan igualmente que Irán no se hallará en condiciones de fabricar un arma nuclear – en caso de reanudar su programa- antes del 2015. George W. Bush, sin embargo, ha reiterado tras la publicación del informe que “Irán era, es y será peligroso” si se dota del arma nuclear.
El mensaje de los organismos de inteligencia es, pues, diáfano: no quieren cargar con la responsabilidad de una guerra contra Irán como se les cargó la relativa a Iraq. Acusados de numerosas maniobras sesgadas durante la guerra fría, la CIA y los demás organismos de inteligencia surgen ahora sorprendentemente como factores de moderación en el seno del dispositivo estratégico estadounidense. El debate incluye, de hecho, tanto a los neoconservadores que con demasiada frecuencia tienden a prescindir de los hechos en beneficio de las ideologías, como a las figuras más realistas de la Administración estadounidense a cuyos ojos el examen y análisis de los hechos y las realidades no implica automáticamente una actitud de renuncia o abandono.
El informe ha sorprendido asimismo a franceses y británicos – que suscribían la actitud de mayor firmeza con respecto a Irán- con el paso cambiado. Los servicios secretos israelíes se desmarcan, por otra parte, del informe estadounidense y consideran que Irán no ha suspendido su programa nuclear o que lo ha reanudado. En una palabra, que la opción militar no debe eliminarse en ningún caso sino que, por el contrario, debe considerarse más que nunca. Sin embargo, el asunto resulta extraordinariamente delicado para el Estado hebreo. Tras la publicación de los libros del ex presidente Jimmy Carter Paz, no apartheid y de los profesores Mearsheimer y Walt sobre el grupo de presión proisraelí y la política exterior estadounidense, se ha entreabierto al menos el debate – en otros tiempos proscrito o evitado- sobre una posible discrepancia entre los intereses nacionales estadounidenses e israelíes. Empiezan así a levantarse voces sobre la paz estratégica que Washington debe pagar por su apoyo – incluso su seguidismo- a Israel. Y en el caso del Estado hebreo no deja de ser una cuestión delicada la sensación de que quiera forzar a Washington a lanzarse a una guerra contra Irán. Si esta fuera mal, el resultado sería catastrófico y no sólo para Estados Unidos sino también para la relación entre Israel y Estados Unidos. Desde el momento en que los servicios estadounidenses desmienten la inminencia de un peligro, es mucho más difícil abogar a favor de una solución militar adoptada prácticamente con urgencia. Porque lo que dicen los organismos de inteligencia es que queda tiempo para negociar. Israel, en tal caso, correría un gran riesgo al aparecer como el responsable de una guerra en absoluto indispensable.
Es sabido que una guerra, aun de operaciones o ataques limitados, no acarrearía efectos limitados. Sería una catástrofe que afectaría no sólo a todo el Golfo sino que tendría asimismo repercusiones estratégicas catastróficas a escala mundial. El acceso de Irán al arma nuclear entrañaría, en efecto, una importante modificación del marco geopolítico. Israel dejaría de poseer el monopolio nuclear en Oriente Medio, y además los vecinos árabes de Irán se preocuparían – legítimamente- a la vista del nuevo dato en su perjuicio. Ahora bien, para evitarlo más vale elegir la opción coreana en lugar de la iraquí: no una guerra, sino una negociación con garantías fehacientes de que el objetivo no estriba en imponer desde fuera un cambio de régimen.
What A.Q. Khan Knows
Either Kim Jong Il or Pervez Musharraf is lying about whether Pakistan’s Dr. Strangelove, Abdul Qadeer Khan, gave centrifuges to North Korea for uranium enrichment. Unless the truth can be established, the hitherto-promising denuclearization negotiations with Pyongyang are likely to collapse.
Khan has been shielded from foreign interrogators since his arrest three years ago for running a global nuclear Wal-Mart. Musharraf wrote in his memoir, “In the Line of Fire,” that the former czar of Pakistan’s nuclear program provided “nearly two dozen” prototype centrifuges suitable for uranium enrichment experiments to North Korea — a charge flatly denied by Pyongyang.
“Why don’t you invite A.Q. Khan to join the negotiations?” North Korea’s U.N. representative, Kim Myong Gil, asked with a broad smile over lunch recently. “Where is the invoice? Give us the evidence.”
Former U.N. ambassador John Bolton and other opponents of the denuclearization agreement reached with North Korea last Feb. 13 are seeking to undermine it by reviving the CIA’s 2002 assertion that Kim is operating a secret weapons-grade uranium-enrichment plant. Unless Pyongyang reveals the plant’s location and dismantles it, Bolton argues, the denuclearization accord should be scrapped.
U.S. negotiator Christopher Hill counters that it was never clear whether such a plant existed. All that the United States knows, Hill said in a little-noticed speech last February at the Brookings Institution, is that North Korea imported certain equipment that could be used for uranium enrichment, notably aluminum tubes from Russia. “It would require a lot more equipment than we know that they have actually purchased,” he said, to make the thousands of centrifuges needed for a weapons-grade enrichment facility.
The denuclearization agreement requires North Korea to provide a full declaration of “all its nuclear programs” as part of a series of parallel, reciprocal steps in which the agreement’s five other signatories provide energy assistance to North Korea and the United States removes it from its list of terrorist states.
Although Pyongyang denies that it has a uranium enrichment program, it has promised to “address U.S. concerns” by showing that suspect equipment imports were for other purposes if the United States produces evidence of such imports. Regarding the aluminum tubes, the CIA has satellite photos and a bill of lading, and the North Koreans are seeking to prove that the tubes were not used for uranium enrichment. But for the centrifuges, Pakistan has not provided any documents or details that back up Musharraf’s claim.
Why is Musharraf determined to keep Khan under wraps?
The official answer in Islamabad is that Pakistan’s sovereignty would be affronted by letting U.S. intelligence agents cross-examine him. Khan is regarded as a national hero, and the United States is widely hated in Pakistan for invading Iraq and Afghanistan and for its insensitivity to civilian casualties. If Musharraf wanted to cooperate, however, he could permit the International Atomic Energy Agency to interrogate Khan, as former Pakistani prime minister Benazir Bhutto had suggested, or Musharraf could find out what Khan knows and give the United States the information it needs to confront the North Koreans.
Many Pakistanis say Musharraf is stonewalling because he and some of his army generals collaborated with Khan and fear exposure. Another possible explanation is that the documentary evidence does not exist. Still another is that Musharraf changed his position on the centrifuges and invented the “facts” in his memoir to curry favor with the Bush administration; by strengthening its case against North Korea, in this view, he hoped to offset dissatisfaction in Washington with his ineffectual performance in combating al-Qaeda and the Taliban.
This explanation cannot be dismissed, since in a February 2004 New York Times interview Musharraf “emphatically denied” U.S. reports of Pakistani nuclear technology transfers to Pyongyang.
Whatever the explanation, the United States should put the Khan issue at the top of its agenda in Islamabad. At the very least, the IAEA should be able to question him about what he gave not only to North Korea but also to Iran and Syria.
If Musharraf’s allegation can be substantiated, North Korea would have to cooperate in establishing the facts in order for the denuclearization process to be completed. Pyongyang might well say that the centrifuges were obtained for a research and development program. North Korea, like Iran, is permitted under the nuclear Non-Proliferation Treaty to make low-enriched uranium fuel for civilian reactors if it accepts IAEA inspection safeguards to prevent weapons-grade enrichment. Pyongyang is unlikely to surrender its plutonium stockpile and move to full denuclearization unless this right is accepted and unless it is promised light-water plutonium reactors for electricity when and if its nuclear weapons program is dismantled.
Auschwitz en Hiroshima
Durante su reciente visita al Museo del Holocausto en Jerusalén, George W. Bush dijo: «Deberíamos haber bombardeado Auschwitz», refiriéndose a que la aviación estadounidense en Europa hubiera debido destruir los campos de exterminio de los judíos en vez de dar prioridad a otros objetivos militares. En ese mismo contexto, el presidente podría haber aludido a que el titánico esfuerzo realizado por su país durante la II Guerra Mundial para desarrollar la energía nuclear había sido iniciado y dirigido por científicos judíos refugiados en Estados Unidos, cuya principal motivación era, precisamente, evitar que el régimen nazi pudiese continuar su política de exterminio de las minorías. Pero como Alemania fue derrotada antes de que la bomba estuviese disponible, aunque ya para entonces también Japón estaba a punto de rendirse, el presidente Truman decidió utilizar en Hiroshima y Nagasaki el arma que había sido diseñada precisamente para evitar la consecución del Holocausto.
La investigación sobre la fisión del átomo de los científicos de origen judío fue un elemento esencial en el desarrollo de un proceso que culminaría en la fabricación de la bomba atómica. Hasta principios de los años 30, los científicos norteamericanos iban muy retrasados en la investigación nuclear con respecto a los físicos europeos. Y cuando a finales de esa década los físicos estadounidenses habían conseguido reducir la ventaja inicial de la ciencia europea en ese ámbito, dos científicos alemanes del Instituto Kaiser Wilheim de Berlín consiguieron bombardear mineral de uranio con neutrones, con el resultado inesperado de que al ser absorbido por el átomo de uranio, éste se dividía en dos fragmentos relativamente iguales y con la consecuencia de que este proceso podía originar una reacción en cadena que liberase enormes cantidades de energía.
Cuando estos descubrimientos fueron anunciados a la comunidad científica internacional, durante una conferencia en la Universidad de Georgetown (Washington) en enero de 1939, todos los físicos asistentes a ese encuentro supieron que había sido liberada la enorme fuente de energía que había mantenido al átomo unido desde los albores del universo (de hecho la palabra original griega atomoi significa «indivisible»). Aunque por entonces fuese sólo a nivel teórico, se calculaba que la fuerza que podía liberar medio kilo del isótopo de uranio (U 235) era equivalente a la explosión de 15.000 toneladas de dinamita. Después se supo que ese cálculo era más bien conservador.
Lo que aquí interesa destacar es que el conocimiento del terrible potencial que suponía esa nueva fuente de energía coincidió en el tiempo y en el espacio con el endurecimiento en Alemania del nazismo antisemita, lo que provocó el exilio de importantes científicos judíos hacia Estados Unidos; eventualmente iban a reunirse en ese país físicos de la talla de Enrico Fermi y Emilio Segré (Italia), de Niels Bohr (Dinamarca) o Hans Bethe (Alemania), que habían trabajado desde distintos enfoques en el campo de la fisión nuclear en sus respectivos países y que, antes o después de la guerra, recibirían todos ellos el premio Nobel.
Otro científico europeo perseguido por los nazis que escapó de Hungría, Leo Szilard, al analizar la posibilidad -aún teórica- de usar la fisión del uranio para crear un arma infinitamente más poderosa que los explosivos convencionales y saber que los científicos alemanes estaban trabajando sobre esa misma hipótesis, quiso alertar a la Administración de Washington sobre las terribles perspectivas que abría la utilización militar de una reacción en cadena. En contacto con otros científicos, Szilard consiguió que Albert Einstein escribiese una carta para Franklin D. Roosevelt que fue entregada personalmente al presidente en octubre de 1939. En esa carta se recomendaba establecer un canal de comunicación con los científicos que estaban trabajando en ese campo, propuesta que fue aceptada por el presidente Roosevelt, que creó un comité ad hoc inicialmente llamado Comité del Uranio.
En los años siguientes esa iniciativa experimentó diferentes avatares, pero habría que esperar a la reacción emocional provocada por el ataque japonés a Pearl Harbour y la entrada de EEUU en la guerra para que la Administración Roosevelt diese un paso cualitativo -y cuantitativo, en lo que respecta a la asignación de fondos- al comité conjunto de científicos y militares que en 1942 crearían el Manhattan Engeneering District Project, la agencia responsable de la fabricación de la bomba atómica. Una decisión fundamental para el éxito del proyecto sería la designación de otro científico de origen judío, Julius Robert Oppenheimer -que era profesor de física en el Instituto de Tecnología de Pasadena y en la Universidad de California en Berkeley-, como director del laboratorio de Los Alamos. Este laboratorio se encargaría de coordinar las diversas agencias estatales involucradas en el Manhattan Project.
Parte del éxito en la realización del proyecto se debió a la fructífera colaboración entre dos personajes muy diferentes: el propio Oppenheimer, como director científico del proyecto, y el general Leslie R. Groves, ingeniero militar con una impresionante hoja de servicios, que fue nombrado director militar del mismo. Robert Oppenheimer -Opje para los amigos- aparte de su indiscutible talento como científico era un hombre refinado, polifacético, con un poder de persuasión casi hipnótico sobre sus alumnos y colaboradores. En cambio Groves, mucho menos carismático y atractivo en el trato personal y profesional, tenía un gran sentido práctico, lo que le hizo ignorar las continuas advertencias de varios miembros de los servicios de seguridad y del FBI que consideraban a J. Robert Oppenheimer un elemento de riesgo para la seguridad por su pasado filocomunista. Lo cierto es que sus convicciones políticas durante la Guerra Civil española le habían impulsado a ayudar financieramente a la causa republicana, y que tanto su hermano Frank como su antigua novia Jean Tatlock -con la que mantuvo relaciones hasta después de su boda con Kitty Puening- eran miembros activos del Partido Comunista Americano.
La firmeza del general Groves en la dirección militar del proyecto y el liderazgo científico y moral de Oppenheimer consiguieron que un grupo de científicos ilustres pero bastante variopintos -el general Groves se refería a ellos como «el mayor atajo de empollones sobre la faz de la tierra»- se prestasen a trabajar juntos y recluidos en un laboratorio perdido en la más remota serranía del Estado de Nuevo México. Estos científicos fueron capaces de producir en un tiempo récord los componentes necesarios para que el 16 de agosto de 1945 se pudiera realizar, en un tramo del desierto que los primeros exploradores españoles habían llamado con sentido premonitorio La Jornada del Muerto, la primera prueba de una bomba atómica.
Lo cierto es que, para entonces, la derrota de Alemania y la muerte del Führer habían quitado a los científicos judíos y al propio Oppenheimer su principal incentivo en la creación de ese arma de destrucción masiva: la lucha contra el nazismo. A pesar de ello, continuaron colaborando en un proyecto cuyas consecuencias negativas para la paz mundial serían en poco tiempo muy evidentes. En defensa de la buena fe de los científicos, es preciso decir que el Gobierno de Estados Unidos les ocultó en la etapa final del proyecto cierta información esencial, como el dato de que -a través de la interceptación de telegramas codificados japoneses- en Washington se sabía que las autoridades de Tokio estaban dispuestas a aceptar una rendición siempre que no fuese incondicional.
Este importante dato devalúa la excusa muchas veces alegada de que las bombas de Hiroshima y Nagasaki sirvieron para ahorrar muchas vidas humanas, al evitar una prolongada agonía de Japón y un sangriento colofón de la guerra en el Pacífico. Tras la muerte de Franklin D. Roosevelt, que en vida no había confiado a su vicepresidente el secreto de la bomba, Harry Truman se encontró de la noche a la mañana con aquel horrible juguete -aunque pueda sonar extraño, ése era el apodo que utilizaban para referirse a la bomba atómica (the gadget, en inglés)-; y decidió utilizarlo para asestar el golpe de gracia a un enemigo ya vencido y para amedrentar a Stalin en la Conferencia de Postdam.
La saga del llamado padre de la bomba atómica quedaría coja sin la referencia a la caída en desgracia de J. Robert Oppenheimer, ya en plena Guerra Fría y durante la campaña anticomunista del senador McCarthy. De ser un personaje mundialmente famoso y aplaudido, cuya foto ocupó la portada de la revista Time en noviembre de 1948, nombrado Doctor Honoris Causa por las más prestigiosas universidades y presidente de la Agencia de Energía Atómica, Opje fue acusado de traidor por el mismo grupo de ejecutivos que antes presidía, y tras unas audiencias infamantes se le retiró el permiso de acceso a los secretos oficiales.
La figura de Prometeo, que robó el fuego de los dioses para ser luego castigado por Zeus a ser encadenado a una montaña donde sus entrañas eran devoradas por las aves de rapiña, ha sido utilizada para describir la personalidad de Opje en el libro de Kai Bird y Martin J. Shervin titulado Prometeo Americano: El triunfo y la tragedia de J. Robert Oppenheimer (Knopf 2005). Sin duda una personalidad no exenta de luces y sombras, Oppenheimer fue obnubilado por la embriaguez intelectual que debe de producir el desvelar los más profundos arcanos de la naturaleza. Pero por otro lado, era demasiado lúcido y demasiado honesto para no albergar en su conciencia el sentimiento de culpa que expresaría cuando después de la guerra se encontró con el presidente Truman: «Todavía puedo sentir que tengo sangre caliente en las manos», le dijo en aquella ocasión.
Volviendo a la frase del actual presidente citada al principio de este artículo, George W. Bush no tiene porqué conocer los complejos vericuetos de la historia que han llevado a darle acceso al botón nuclear. Y, aunque los conociese, su reciente gira por Oriente Próximo no sería el momento más oportuno para hablar de la complicidad de los científicos judíos y el Gobierno estadounidense en el ámbito nuclear, so pena de que su secretaria de Estado le hubiese mandado callar. El problema con el que puede encontrarse este nuevo Prometeo en el Olimpo de los Dioses del Petróleo, a quienes intenta convencer del peligro que supone el programa nuclear de Irán, es que para muchos de esos dignatarios árabes el término holocausto puede tener un sentido diferente del utilizado en el Museo de Jerusalén.
Auschwitz en Hiroshima
Durante su reciente visita al Museo del Holocausto en Jerusalén, George W. Bush dijo: «Deberíamos haber bombardeado Auschwitz», refiriéndose a que la aviación estadounidense en Europa hubiera debido destruir los campos de exterminio de los judíos en vez de dar prioridad a otros objetivos militares. En ese mismo contexto, el presidente podría haber aludido a que el titánico esfuerzo realizado por su país durante la II Guerra Mundial para desarrollar la energía nuclear había sido iniciado y dirigido por científicos judíos refugiados en Estados Unidos, cuya principal motivación era, precisamente, evitar que el régimen nazi pudiese continuar su política de exterminio de las minorías. Pero como Alemania fue derrotada antes de que la bomba estuviese disponible, aunque ya para entonces también Japón estaba a punto de rendirse, el presidente Truman decidió utilizar en Hiroshima y Nagasaki el arma que había sido diseñada precisamente para evitar la consecución del Holocausto.
La investigación sobre la fisión del átomo de los científicos de origen judío fue un elemento esencial en el desarrollo de un proceso que culminaría en la fabricación de la bomba atómica. Hasta principios de los años 30, los científicos norteamericanos iban muy retrasados en la investigación nuclear con respecto a los físicos europeos. Y cuando a finales de esa década los físicos estadounidenses habían conseguido reducir la ventaja inicial de la ciencia europea en ese ámbito, dos científicos alemanes del Instituto Kaiser Wilheim de Berlín consiguieron bombardear mineral de uranio con neutrones, con el resultado inesperado de que al ser absorbido por el átomo de uranio, éste se dividía en dos fragmentos relativamente iguales y con la consecuencia de que este proceso podía originar una reacción en cadena que liberase enormes cantidades de energía.
Cuando estos descubrimientos fueron anunciados a la comunidad científica internacional, durante una conferencia en la Universidad de Georgetown (Washington) en enero de 1939, todos los físicos asistentes a ese encuentro supieron que había sido liberada la enorme fuente de energía que había mantenido al átomo unido desde los albores del universo (de hecho la palabra original griega atomoi significa «indivisible»). Aunque por entonces fuese sólo a nivel teórico, se calculaba que la fuerza que podía liberar medio kilo del isótopo de uranio (U 235) era equivalente a la explosión de 15.000 toneladas de dinamita. Después se supo que ese cálculo era más bien conservador.
Lo que aquí interesa destacar es que el conocimiento del terrible potencial que suponía esa nueva fuente de energía coincidió en el tiempo y en el espacio con el endurecimiento en Alemania del nazismo antisemita, lo que provocó el exilio de importantes científicos judíos hacia Estados Unidos; eventualmente iban a reunirse en ese país físicos de la talla de Enrico Fermi y Emilio Segré (Italia), de Niels Bohr (Dinamarca) o Hans Bethe (Alemania), que habían trabajado desde distintos enfoques en el campo de la fisión nuclear en sus respectivos países y que, antes o después de la guerra, recibirían todos ellos el premio Nobel.
Otro científico europeo perseguido por los nazis que escapó de Hungría, Leo Szilard, al analizar la posibilidad -aún teórica- de usar la fisión del uranio para crear un arma infinitamente más poderosa que los explosivos convencionales y saber que los científicos alemanes estaban trabajando sobre esa misma hipótesis, quiso alertar a la Administración de Washington sobre las terribles perspectivas que abría la utilización militar de una reacción en cadena. En contacto con otros científicos, Szilard consiguió que Albert Einstein escribiese una carta para Franklin D. Roosevelt que fue entregada personalmente al presidente en octubre de 1939. En esa carta se recomendaba establecer un canal de comunicación con los científicos que estaban trabajando en ese campo, propuesta que fue aceptada por el presidente Roosevelt, que creó un comité ad hoc inicialmente llamado Comité del Uranio.
En los años siguientes esa iniciativa experimentó diferentes avatares, pero habría que esperar a la reacción emocional provocada por el ataque japonés a Pearl Harbour y la entrada de EEUU en la guerra para que la Administración Roosevelt diese un paso cualitativo -y cuantitativo, en lo que respecta a la asignación de fondos- al comité conjunto de científicos y militares que en 1942 crearían el Manhattan Engeneering District Project, la agencia responsable de la fabricación de la bomba atómica. Una decisión fundamental para el éxito del proyecto sería la designación de otro científico de origen judío, Julius Robert Oppenheimer -que era profesor de física en el Instituto de Tecnología de Pasadena y en la Universidad de California en Berkeley-, como director del laboratorio de Los Alamos. Este laboratorio se encargaría de coordinar las diversas agencias estatales involucradas en el Manhattan Project.
Parte del éxito en la realización del proyecto se debió a la fructífera colaboración entre dos personajes muy diferentes: el propio Oppenheimer, como director científico del proyecto, y el general Leslie R. Groves, ingeniero militar con una impresionante hoja de servicios, que fue nombrado director militar del mismo. Robert Oppenheimer -Opje para los amigos- aparte de su indiscutible talento como científico era un hombre refinado, polifacético, con un poder de persuasión casi hipnótico sobre sus alumnos y colaboradores. En cambio Groves, mucho menos carismático y atractivo en el trato personal y profesional, tenía un gran sentido práctico, lo que le hizo ignorar las continuas advertencias de varios miembros de los servicios de seguridad y del FBI que consideraban a J. Robert Oppenheimer un elemento de riesgo para la seguridad por su pasado filocomunista. Lo cierto es que sus convicciones políticas durante la Guerra Civil española le habían impulsado a ayudar financieramente a la causa republicana, y que tanto su hermano Frank como su antigua novia Jean Tatlock -con la que mantuvo relaciones hasta después de su boda con Kitty Puening- eran miembros activos del Partido Comunista Americano.
La firmeza del general Groves en la dirección militar del proyecto y el liderazgo científico y moral de Oppenheimer consiguieron que un grupo de científicos ilustres pero bastante variopintos -el general Groves se refería a ellos como «el mayor atajo de empollones sobre la faz de la tierra»- se prestasen a trabajar juntos y recluidos en un laboratorio perdido en la más remota serranía del Estado de Nuevo México. Estos científicos fueron capaces de producir en un tiempo récord los componentes necesarios para que el 16 de agosto de 1945 se pudiera realizar, en un tramo del desierto que los primeros exploradores españoles habían llamado con sentido premonitorio La Jornada del Muerto, la primera prueba de una bomba atómica.
Lo cierto es que, para entonces, la derrota de Alemania y la muerte del Führer habían quitado a los científicos judíos y al propio Oppenheimer su principal incentivo en la creación de ese arma de destrucción masiva: la lucha contra el nazismo. A pesar de ello, continuaron colaborando en un proyecto cuyas consecuencias negativas para la paz mundial serían en poco tiempo muy evidentes. En defensa de la buena fe de los científicos, es preciso decir que el Gobierno de Estados Unidos les ocultó en la etapa final del proyecto cierta información esencial, como el dato de que -a través de la interceptación de telegramas codificados japoneses- en Washington se sabía que las autoridades de Tokio estaban dispuestas a aceptar una rendición siempre que no fuese incondicional.
Este importante dato devalúa la excusa muchas veces alegada de que las bombas de Hiroshima y Nagasaki sirvieron para ahorrar muchas vidas humanas, al evitar una prolongada agonía de Japón y un sangriento colofón de la guerra en el Pacífico. Tras la muerte de Franklin D. Roosevelt, que en vida no había confiado a su vicepresidente el secreto de la bomba, Harry Truman se encontró de la noche a la mañana con aquel horrible juguete -aunque pueda sonar extraño, ése era el apodo que utilizaban para referirse a la bomba atómica (the gadget, en inglés)-; y decidió utilizarlo para asestar el golpe de gracia a un enemigo ya vencido y para amedrentar a Stalin en la Conferencia de Postdam.
La saga del llamado padre de la bomba atómica quedaría coja sin la referencia a la caída en desgracia de J. Robert Oppenheimer, ya en plena Guerra Fría y durante la campaña anticomunista del senador McCarthy. De ser un personaje mundialmente famoso y aplaudido, cuya foto ocupó la portada de la revista Time en noviembre de 1948, nombrado Doctor Honoris Causa por las más prestigiosas universidades y presidente de la Agencia de Energía Atómica, Opje fue acusado de traidor por el mismo grupo de ejecutivos que antes presidía, y tras unas audiencias infamantes se le retiró el permiso de acceso a los secretos oficiales.
La figura de Prometeo, que robó el fuego de los dioses para ser luego castigado por Zeus a ser encadenado a una montaña donde sus entrañas eran devoradas por las aves de rapiña, ha sido utilizada para describir la personalidad de Opje en el libro de Kai Bird y Martin J. Shervin titulado Prometeo Americano: El triunfo y la tragedia de J. Robert Oppenheimer (Knopf 2005). Sin duda una personalidad no exenta de luces y sombras, Oppenheimer fue obnubilado por la embriaguez intelectual que debe de producir el desvelar los más profundos arcanos de la naturaleza. Pero por otro lado, era demasiado lúcido y demasiado honesto para no albergar en su conciencia el sentimiento de culpa que expresaría cuando después de la guerra se encontró con el presidente Truman: «Todavía puedo sentir que tengo sangre caliente en las manos», le dijo en aquella ocasión.
Volviendo a la frase del actual presidente citada al principio de este artículo, George W. Bush no tiene porqué conocer los complejos vericuetos de la historia que han llevado a darle acceso al botón nuclear. Y, aunque los conociese, su reciente gira por Oriente Próximo no sería el momento más oportuno para hablar de la complicidad de los científicos judíos y el Gobierno estadounidense en el ámbito nuclear, so pena de que su secretaria de Estado le hubiese mandado callar. El problema con el que puede encontrarse este nuevo Prometeo en el Olimpo de los Dioses del Petróleo, a quienes intenta convencer del peligro que supone el programa nuclear de Irán, es que para muchos de esos dignatarios árabes el término holocausto puede tener un sentido diferente del utilizado en el Museo de Jerusalén.
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