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La agricultura argentina: cambios recientes, desafíos futuros y conflictos latentes

Por Roberto Bisang, Oficina de la CEPAL en Buenos Aires (REAL INSTITUTO ELCANO, 19/09/08):

Tema: El agro argentino, en base a su potencialidad natural y a los cambios técnico–organizacionales recientes, se ha convertido en un sector con fuerte capacidad de captar rentas internacionales de magnitud; ello replantea las formas y el sentido de las intervenciones públicas (entre ellas los impuestos al comercio exterior) en el proceso de apropiación de tales excedentes.

Resumen: Recientemente, el agro argentino reconfiguró la forma tradicional de producción para convertirla en una red de dueños de tierras, empresas operadoras que desarrollan la actividad, proveedores de insumos y servicios e incluso manufacturación industrial, relacionados entre sí por una amplia gama de contratos. A partir de esta organización (similar a la que sustenta parte del actual modelo industrial) y con una demanda (interna y externa) dinámica se produjo un salto tecnológico radical (semillas transgénicas, siembra directa, etc.) que duplicó la producción en unos pocos años. Ello generó –condiciones macroeconómicas mediante– un vigoroso flujo de rentas con las consecuentes tensiones en su apropiación; en este proceso aparece no sólo el Estado –a través de los impuestos al comercio exterior– sino también las múltiples empresas que conforman la red (provenientes del propio agro, los servicios, la industria y la tecnología). En un final abierto, ello pone en la agenda social el modelo de acumulación, crecimiento y desarrollo para las próximas décadas.

Análisis

La re invención del agro en Argentina

El desarrollo económico argentino guarda una estrecha relación con la explotación de los recursos naturales. Recientemente, varios de estos recursos se han revalorizado económicamente replanteando antiguos interrogantes asociados con la dinámica de estas actividades y su relación con los procesos de acumulación, inserción internacional y crecimiento. El agro es un caso paradigmático. Una mirada de largo plazo permite dimensionar el “salto” productivo reciente.

Gráfico 1. Evolución de la producción argentina de cereales y oleaginosas (en toneladas)

Fuente: elaboración propia en base a Junta Nacional de Granos (1975) y SAGPyA (2008).

Tras cierta pasividad, desde inicios de los años 90 hasta el presente, la producción de cereales y oleaginosas –en términos físicos– creció a razón del 5,7% anual acumulado. Parte sustantiva de este comportamiento se asocia con la creciente importancia que adquiere el complejo oleaginoso y, en particular, la soja (grosso modo explica la mitad de la producción total). La importancia de este cultivo es más acentuada aún si consideramos la dupla soja–trigo (casi dos tercios del total).

La expansión no se dio a expensas de otras producciones –como lechería y/o ganadería– que compiten por el uso de la tierra. Independientemente de una relocalización de las actividades, las producciones físicas de carnes y leche también evidenciaron cierto dinamismo. En el último rubro, los últimos 15 años analizados señalan la presencia de una producción creciente hasta 1999, luego un trienio de declinación y crisis, y un posterior desarrollo a partir de 2002 que llevaría a la actividad a niveles similares a los mayores registros históricos. La producción de carnes también evidencia cierto dinamismo productivo, especialmente a partir de 2002. Pese a que el avance agrícola le restó tierras (se estima que la ganadería pasó de ocupar 8 millones de hectáreas a poco menos de 5,1 millones en poco más de una década), el stock ganadero creció levemente y la producción de carnes de los últimos años se ubica entre los mejores registros históricos.

A partir de este comportamiento, la producción agrícola (y agroalimentaria) se convierte en una actividad muy dinámica, con creciente peso sobre el conjunto de la economía. En poco más de una década, agricultura y ganadería casi duplicaron su participación en el valor bruto de producción (VPB) hasta llegar a casi un 7%; si se le adiciona el rubro Alimentos Bebidas y Tabaco, el complejo primario explica casi el 17% del VBP global.

En términos de exportaciones, los principales complejos productivos agrarios representan algo más del 55% de las colocaciones externas. Solamente el complejo oleaginoso –soja/ girasol– supone casi el 25% del total exportado. Aumentos en los precios internacionales y una favorable paridad cambiaria indujeron al gobierno a fijar impuestos a las exportaciones del complejo agroalimentario, con su consecuente reflejo en las cuentas fiscales: son casi el 8% de la recaudación fiscal. También tiene impacto positivo sobre la ocupación. Las estimaciones indican que el sector agroalimentario explicaría alrededor del 18%–22% de la ocupación total en un cálculo restrictivo y poco menos del 35% en otro más abarcativo. Una perspectiva de largo plazo indica que la actividad se ha tornado sumamente dinámica con contribuciones sustantivas al PIB, los saldos netos en el comercio exterior, la recaudación e incluso la ocupación.

Las claves del nuevo agro

¿Cuáles son las razones que conducen a este salto productivo? Aunque la producción se duplicó en menos de dos décadas, la frontera productiva se expandió en muy menor medida (pasó –aproximadamente– de 20 millones de hectáreas a otra de 24 millones, que se “expanden” a casi 32 millones cultivadas dada la práctica de doble cultivo anual). Descartado el argumento “expansión de la frontera agrícola”, las causalidades remiten a dos aspectos:

- La forma de organización.

- El modelo (asociado) de generación, adaptación y difusión de innovaciones (la producción por hectárea también creció: un 55% en maíz, un 23% en soja y un 16% en trigo –comparando el primer lustro de la década de los 90 con el último quinquenio–).

La organización de la producción: las redes de producción

El modelo productivo previo se articuló en base a la posesión de la tierra (o su alquiler) destinada al desarrollo de un conjunto acotado de actividades con una alta integración de las mismas en base a una fuerte dotación de capital. La actividad en su conjunto se conformaba a partir de miles de productores que operaban en un negocio cíclico, con elevados riesgos climáticos y/o comerciales; a menudo, las crisis inducían a mecanismos de intervención pública destinados a sostener las rentabilidades mínimas y/o, en otros casos (opuestos), al establecimiento de impuestos al comercio exterior que captaban excedentes aleatorios originados en factores externos a la actividad (devaluaciones; incrementos de los precios internacionales).

¿Cómo se organiza actualmente la producción agraria? Crecientemente, y para los cultivos más relevantes, se incorporan nuevos agentes económicos (con sus respectivos papeles) a la producción que van conformando redes productivas a partir de:

(1) Una creciente separación entre los propietarios de las tierras y las empresas que desarrollan las actividades. Ello estatuye y/o recrea el papel de los contratistas como actores dinámicos del modelo; se suman, además, una larga lista de proveedores de servicios y/o insumos industriales asociada con la complejidad de las nuevas tecnologías agrarias; como resultado, el agro desverticaliza y terceriza su producción, conformando redes de subcontratistas (símil de los proveedores de los encadenamientos industriales).

(2) Una mayor sofisticación en el proceso de producción destinado a mejorar rendimientos, bajar costes y asegurar calidad; tal sofisticación proviene –vía insumos– del sistema industrial que, crecientemente, operan como proveedores de tecnología; en otras palabras, el agro incorpora a la industria como parte relevante de su proceso.

(3) Muchos subcontratistas tienen asentamientos territoriales distintos del lugar en donde operan; se separa el lugar donde se desarrolla la producción del origen territorial de quien la lleva a cabo (consecuentemente, el espacio donde se verifica territorialmente el efecto multiplicador de la actividad); el “nuevo” agro se relocaliza territorialmente.

Un elemento homologa y alinea la conducta de todos los operadores: la parte sustantiva del éxito comercial de cada uno de ellos depende del éxito del conjunto de la actividad. Así, el agro fue afinando una forma de organización que incorpora/genera nuevas empresas, mejora la eficiencia colectiva en el uso de los recursos y modifica el esquema previo de reparto de la renta.

Las innovaciones en el agro argentino

La contracara del modelo productivo es la organización en red del subsistema de generación, adaptación y difusión de innovaciones. Entre los años 60 y 70 y en el marco de la denominada revolución verde, la producción agropecuaria local incorporó, aunque tardía e imperfectamente, la mecanización, el uso de fertilizantes/biocidas y las semillas híbridas. Más tarde, la introducción masiva del cultivo de la soja y el comienzo de la siembra directa[1] en reemplazo de la convencional sentaron las bases para la adopción de futuras tecnologías. En los años 90 se introdujeron las primeras semillas transgénicas. La posibilidad de disponer de genes y adelantos biotecnológicos (provenientes del exterior), por un lado, y de variedades de semillas (locales) altamente compatibles con las condiciones de climas y suelos locales, por el otro, facilitaron el “armado” de un nuevo paquete técnico. Concomitantemente se sumaron dos elementos: (1) la disponibilidad local de maquinaria y tecnologías de proceso para la siembra directa; y (2) la abundante oferta de biocidas y fertilizantes (en condiciones similares a las vigentes en los mercados internacionales).

La incorporación de estas tecnologías, transformó el modelo consolidado en las décadas anteriores, ingresando la actividad primaria en una nueva fase de aceleración de cambio técnico, vinculado con la tempana adopción internacional de ciertos insumos clave (semillas transgénicas y siembra directa). El nuevo paquete técnico fue adoptado y adaptado por la sociedad local con un escaso retraso respecto de su lanzamiento internacional.

A lo largo de este proceso se fue reconfigurando el esquema de innovación. A diferencia del esquema previo –donde el epicentro de las innovaciones, el conocimiento y las decisiones tecnológicas era el productor–, en el modelo en consolidación existe una multiplicidad de actores que intervienen en el proceso. En lo referente a la generación de tecnologías, destaca el peso relevante de los proveedores de semillas (empresas multinacionales que provienen de la industria química y/o farmacéutica en alianzas con fitomejoradores y/o criaderos locales previamente establecidos) en ofertas asociadas con insumos complementarios (desde inoculantes hasta herbicidas incluyendo la financiación); otro segmento remozado es el referido al de maquinaria agrícola que introduce tanto nuevos equipos como mejora (vía incorporación de electrónica a la metalmecánica) en las prestaciones previas. A su vez, los sistemas educativos formales (universidades, etc.) con diversos matices y velocidades, van readaptando sus formaciones curriculares, en línea con los nuevos avances, para la formación del recurso humano. Complementariamente, las instituciones públicas de ciencia y tecnología (el Instituto Nacional de Tecnología Agraria –INTA– y otros institutos de investigación y universidades) operan como “generadores” de tecnologías pre–competitivas que (por diversas vías) fluyen al sistema. La difusión de innovaciones –guiada preponderantemente por la rentabilidad–, además de red pública, se ve complementada por otros agentes económicos: (1) los centros de servicios de los proveedores de insumos, que a través de coberturas nacionales no sólo venden productos sino que, a menudo, se convierten en espacios de asesoramiento; (2) el accionar de instituciones privadas (pero sin fines de lucro individual) dedicadas a fomentar y/o desarrollar la innovación (como la Asociación Argentina de Consorcios de Experimentación Agrícola –AACREA– o la Asociación Argentina de Productores de Siembra Directa –AAPRESID–); (3) nuevas (y/o remozadas) entidades gremiales organizadas por cadenas de producción que cuentan a la problemática tecnológica entre sus objetivos centrales (Asociación Argentina del Girasol –ASAGIR–, ACSOJA y MAIZAR); (4) los contratistas; (5) las normas de calidad que imponen los demandantes industriales y los exportadores; y (6) la presencia de (renovadas) intervenciones públicas (locales e internacionales) referidas a normatización de productos, procesos, normas ambientales y otras complementarias que también modelan indirectamente el desarrollo innovativo de la actividad.

Paulatinamente se configura una red de innovaciones –formada por instituciones, empresas, operadores individuales e incluso organizaciones gremiales– que en conjunto se convierte en una serie de relaciones donde fluyen conocimientos, codificados (vía insumos) o decodificados (a través de asesoramiento y/o contacto directo). La creciente sofisticación del paquete agronómico traslada parte del poder de decisión desde el productor al oferente de insumos, maquinarias, subcontratistas, organizaciones de ciencia y tecnología y gremiales, e, incluso, a compradores ubicados “aguas abajo” en la actividad. Nuevamente existe un hilo conductor que (con diversos matices y densidades) articula el accionar de los componentes de la red: el éxito individual depende del éxito del conjunto.

Generación de rentas, impuestos al comercio exterior y conflictos

A partir de estos cambios estructurales, en el último bienio la producción local se reimpulsó ante las vigorosas demandas externas: mayor demanda de alimentos, biocombustibles, biomasa, e, incluso por el uso de los granos como activo de especulación, aumentaron los precios internacionales y generaron sustantivas rentas en esta actividad.

Socialmente, el tema tiene varias aristas: (1) afecta el precio interno de los alimentos y con ello detiene el proceso de mejora en la distribución del ingreso; (2) implica una posible fuente de financiamiento para el desarrollo (y/o el fortalecimiento fiscal en vista al repago de la deuda externa); y (3) obliga a una revisión de la distribución de la riqueza (a partir de una fuerte revalorización de los activos relacionado con “lo primario” –es decir, el precio de la tierra–). A nivel privado, todos y cada uno de los agentes económicos que integran la red de producción tratan de captar parte de la renta, en un proceso donde existen diversas y múltiples asimetrías financieras, económicas, tecnológicas e incluso de información.

Frente al ascenso en los precios externos, el gobierno modificó los impuestos al comercio exterior. Inicialmente, y apuntando a controlar precios domésticos, en el caso del trigo y del maíz se establecieron mecanismos que intentan desdoblar los precios de la materia prima –el grano– según destino (consumo local o exportaciones), con un intricado mecanismos de compensaciones para otras actividades agroalimentarias que los tienen como insumos (la molinería, la producción de pollos, de carne vía feed lot, etc.). En lácteos y carnes a los (iniciales) impuestos al comercio exterior (del orden del 15%) le siguieron lisa y llanamente las restricciones cuantitativas para exportar. Adicionalmente, las escalas –para oleaginosas, con mínimo consumo interno– se establecieron inicialmente en un 13%. Luego pasaron al 23,5%, a inicios de 2007 se le adicionaron otros cuatro puntos y a mediados de dicho año treparon al 37,5%.

En el interior de la red de producción también se produjeron reacomodamientos. Los precios de los insumos claves (herbicidas, insecticidas, semillas, silos bolsa/plásticos etc.) se deslizaron siguiendo las cotizaciones internacionales (a partir de la alta concentración de sus ofertas en unas pocas grandes empresas multinacionales); lentamente se fueron reacomodando los precios de los combustibles y de algunos impuestos (especialmente los provinciales u otros que se calculan sobre los flujos) y el valor de los alquileres; los eslabones más débiles –operadores pequeños, pools de siembra de poca envergadura, proveedores de servicios de siembra, etc.– tuvieron menos posibilidades de captar rentas emergentes de las nuevas condiciones. Como es previsible, los contratistas que se expandieron en base a mejoras tecnológicas en zonas menos favorecidas fueron los más afectados por los efectos de las medidas.

La escalada de precios –ocurrida entre fines de 2007 y principios de 2008– indujo al gobierno a colocar retenciones móviles crecientes (que elevaron los gravámenes a niveles superiores al 45% y más aún dependiendo de los precios externos); la medida fue resistida y desató un conflicto social que llevó a la posterior derogación parlamentaria de la medida.

La reacción de la oferta reflejó la estructura productiva de la red; en aquellos –pocos– casos donde existe una oferta concentrada (fertilizantes, herbicidas, semillas híbridas, silos bolsas) los precios crecieron acompañando las expectativas de los precios internacionales de la soja; en otros –mayoritarios– donde existe una oferta interna muy competitiva (algunos proveedores de insumos desconcentrados, proveedores de servicios, contratistas, pequeños productores integrados), ello no ocurrió con lo cual el sistema de retenciones desmejoró sustantivamente su ecuación económica (e incentivó el conflicto); en definitiva, el Estado, en su intento por captar parte de la renta, utilizó un instrumento genérico sobre el conjunto de la actividad sin considerar las heterogeneidades internas de la red productiva (una alternativa es utilizar instrumentos impositivos que recaigan sobre el flujo de recursos y/o el nivel de riqueza, específico para cada segmento que conforma la red).

La norma tuvo, adicionalmente, un efecto negativo no contemplado: destruyó el mercado de futuro de granos; y con ello: (1) acotó al mínimo la posibilidad de financiarse a partir de ventas a futuro; (2) eliminó del horizonte temporal la perspectiva de ganancias extraordinarias (imán que mueve al capitalismo); (3) introdujo una extrema volatibilidad institucional en un negocio que tiene ciclos de maduración largos y una forma de organización basada en contratos. Es decir afectó una porción sustantiva de la estructura básica de funcionamiento de la red. En menos de un año hubo cuatro modificaciones de alícuotas de los impuestos al comercio exterior en distintos períodos que van desde la decisión de siembra a su cosecha y venta. Las tensiones condujeron a un paro agrario que se prolongó durante varios meses y concluyó con la derogación parlamentaria de la medida, hecho que no significó una solución de mediano y largo plazo al conflicto por el reparto de la renta generada ni de su utilización social.

Conclusiones: Crecientemente y por diversas razones, el agro argentino ha ido modificando su forma de organización interna en pro de conformar redes de producción e innovación basadas en relaciones que van más allá de los intercambios comerciales puntuales regidos por los precios y que involucran el desarrollo de capacidades técnicas y productivas derivadas, no sólo de la productividad individual, sino también de la calidad de los vínculos de intercambio entre los diversos actores que conforman la actividad.

Actualmente, el agro evidencia hoy un dinamismo similar al registrado a principios del siglo XX. En el marco de un proceso co–evolutivo ha ido generando nuevos perfiles empresarios, formas de financiamiento, articulaciones con la industria y los servicios (aguas arriba y aguas abajo), e incluso, instituciones. Pero en un contexto local e internacional muy dinámico, esta realidad aún con algunos rasgos de excelencia, es sólo un punto de partida acotado en su proyección futura si no se refuerzan los aspectos menos favorables del sistema y se sientan las bases de recreación permanente de competitividad a futuro.

Los recientes incrementos en los precios internacionales inyectaron rentas adicionales que fueron rápidamente descontadas por los nodos mas concentrados de la red y por el propio Estado a través de la elevación de los impuestos al comercio exterior bajo al forma de retenciones móviles; menos favorecidas resultaron empresas medianas y pequeñas que se dedican a la producción y/o la provisión de insumos; se trata de un segmento de claro dinamismo innovador que vio lesionada sus expectativas y con ello sus conductas futuras.

Las retenciones móviles, más allá de captar muy imperfectamente las rentas adicionales, pusieron en riesgo el propio modelo de organización. Ante una reducción en los niveles absolutos de ingresos (y con ello de rentas esperadas y de convalidación de incrementos en los precios de los activos) y un cambio en las reglas de juego que afectan elementos esenciales del modelo –las condiciones de entorno sobre la cuales se pactan los contratos; los mercados de futuro– el conjunto de agentes económicos que la componen se abroqueló en la protesta.

En vistas a los resultados, esta herramienta –las retenciones móviles– ha demostrado ser poco eficiente en diversos aspectos: (1) para captar parte de la cuasi renta sectorial y asignarla al desacople de los precios locales de los internacionales (para mejorar la distribución del ingreso); (2) para generar las condiciones que permitan afianzar y profundizar (hacia la agroindustria) el desarrollo actual de la actividad; (3) para afectar el gravamen al verdadero sujeto rentista (el dueño) del factor fijo (la tierra) y en simultáneo mantener las señales de precio para los agentes económicos que dinamizan la red.

Las políticas públicas carecieron de una visión sistémica de la actividad y utilizaron instrumentos más acordes con el viejo modelo agrario que con el actual sistema de producción en red. Ausentes quedaron, en la solución de corto plazo, para las partes del conflicto, la visión estratégica en el marco de las enormes posibilidades que abren las favorables condiciones internacionales para afianzar un proceso de desarrollo que se había iniciado en la post crisis de 2000.

Notas:

[1] Proceso productivo que permite implantar las semillas sin remover la tierra (arado, rastrado, sembrado, rastrado) con una apreciable reducción de costes, mejora en el mantenimiento de los suelos y uso de la humedad.

Septiembre 20, 2008 Publicado por cienciayartes | Argentina, agricultura | | Aún no hay comentarios

¿Et tu, Brute?

Por Nicolás Patrici, profesor de la Universidad de Buenos Aires y de la Universitat Pompeu Fabra (LA VANGUARDIA, 25/08/08):

Shakespeare, en su obra Julio César, añade al afamado dicho de Julio “¿Et tu, Brute?” la frase “entonces cae, César”. Todo hace suponer que el mismo César era consciente de su destino. Bruto, antiguo aliado de Julio, era el último eslabón en la cadena que llevó a César a su estrepitosa caída.

Una vez caído Julio, los “conspiradores” deben justificar sus actos. Sólo mediante una justificación adecuada escaparán a los motes de traición que los partidarios de César les adjudican. Sus argumentos son claros: no se han movido por ningún interés particular, César debía caer para evitar la caída de Roma. Los argumentos de los partidarios de Julio son encendidos: ha sido la más tremenda de las traiciones.

“¿No sangró, acaso, Julio por una justa causa?”, exclama Bruto, exponiendo que la justicia y la grandeza de Roma están por encima de los intereses y las ansias de poder de los hombres. Marco Antonio, por su parte, intenta convencer al pueblo de que Bruto ha traicionado a su amigo Julio cometiendo el peor de los males.

Sólo queda la batalla entre unos y otros.

La tragedia política shakespeariana se desarrolla en un contexto de situaciones pasionales, duales y limítrofes, donde el heroísmo de quienes salvan a Roma de la misma tiranía se encuentra siempre impregnado de la sospecha de ansias de poder individual. En la tragedia política de Shakespeare lo noble se cruza siempre con lo pasional y mundano.

Ese cruce quizás pueda dar algunas pistas sobre la situación política que vive Argentina a partir del rechazo del Senado al proyecto de ley sobre retenciones fiscales a la exportación de granos. Repasemos brevemente los hechos.

El pasado 11 de marzo, el poder ejecutivo de Argentina resolvió modificar el esquema de retenciones fiscales a la exportación de granos imponiendo tasas móviles. Por un lado, la movilidad de las tasas respondía a la protección del mercado interno. Por otro lado, suponía un incentivo para evitar la sojización del país. Más, la riqueza generada garantizaría una adecuada redistribución de la riqueza. La respuesta del sector agropecuario no se hizo esperar: cortes de carretera y paros. La crisis se había iniciado.

Como casi siempre en política, el conflicto que se inició como una demanda particular de un sector desató una crisis general. Las pasiones políticas se desataron incontroladas en Argentina. El matrimonio presidencial puso a todo o nada el conflicto.

Finalmente, el poder ejecutivo decidió enviar al Parlamento la afamada resolución para su ratificación. Esto no alivió la tensión. El mismo Néstor Kirchner salió una y otra vez a la calle con el objetivo de ganar una batalla cuya victoria era, necesariamente, su propia derrota. El oficialismo esperaba que su maquinaria – construida sobre la devolución de favores políticos- funcionara a la perfección: disponía de la mayoría absoluta en las dos cámaras.

Sin embargo, no tardaron en aparecer voces disidentes dentro y fuera del espectro del bloque oficialista. Esa temeraria manera de concentrar y ejercer el poder que mostraron ambos Kirchner despertó los temores de quienes hasta entonces habían sido aliados incondicionales.

En la Cámara de Diputados el oficialismo obtuvo la aprobación. Pero a un costo demasiado alto. Sólo un puñado de votos de diferencia. El precio de la victoria era ya demasiado elevado.

El proyecto pasó al Senado. Pese a que en Argentina históricamente el federalismo se ha maltratado, el argumento federal frente al avance del poder central estaba del lado de los senadores opositores y díscolos. Los senadores, escudándose en los intereses de sus provincias y en la independencia de los poderes, lograron desmarcarse del reclamo de lealtad que exigía la delegación de facultades del poder legislativo al poder ejecutivo. El resultado de la votación en el Senado fue un empate. La decisión recaía sobre el vicepresidente de la República y presidente del Senado, Julio Cobos.

Aliado circunstancial de los Kirchner, Cobos ya se había manifestado en contra de la decisión de su compañera de fórmula. Finalmente, Cobos se inclinó por bajarle el pulgar al proyecto oficial poniéndole fin a la embestida del poder ejecutivo. “¿Et tu, Brute?”, parecía oírse en las bambalinas del Senado de la nación.

Lo que sigue es, lógicamente, la acusación de traición a todos aquellos que frenaron las ambiciones del Ejecutivo. Sobre todo a aquellos aliados que perpetraron la caída de las aspiraciones de los Kirchner. Estos tendrán que defenderse racionalmente. Aquellos los atacarán, como Marco Antonio, pasionalmente. La nobleza o el egoísmo político de los que votaron en contra y, en particular, de aquel que asestó la puñalada final quizás nunca se sepan.

Lo cierto es que quizás no importe. Los hombres están constituidos por una mezcla de pasiones. Lo cierto es que en política, el heroísmo y la villanía suelen convivir. No hay espacio para morales absolutas y angelicales. Quizás, esta vez no haya que contestar a la frase “¿Et tu, Brute?” con apelaciones a la justicia y a la nobleza. Tal vez haya que, simplemente, asumir aquella menos pretenciosa frase de John Adams: “Pesos y contrapesos, Jefferson, son nuestra única salvación”.

Septiembre 2, 2008 Publicado por cienciayartes | Argentina | | Aún no hay comentarios

Argentina, más aislada que nunca

Por Fernando Gualdoni (EL PAÍS, 13/05/08):

Argentina está sola. Su relación con Venezuela la ha alejado de Estados Unidos, un conveniente socio y aliado. A Bolivia le ha dado la espalda cuando más la necesitaba y su amistad íntima con Uruguay pasa por su peor momento. Poco a poco, Brasil le ha arrebatado todo su poder de influencia regional y con España, la madre patria, apenas si se escribe. El peor efecto a largo plazo de la crisis de 2001 para Argentina ha sido su desaparición del mundo. El país suramericano ha descuidado dos ejes clave de su política exterior: el fortalecimiento del Mercosur y las relaciones con la Unión Europea, ha perdido peso en los foros internacionales y ningún líder mundial se muere por visitarlo. En marzo, la secretaria de Estado de EE UU, Condoleezza Rice, ignoró sin rodeos a Argentina en una visita que hizo a Brasil y Chile.

A la falta de una estrategia en política exterior se ha unido el carácter huraño del matrimonio que lleva en el poder desde 2003. Al ex presidente Néstor Kirchner no le importaban las relaciones internacionales, llegaba el último a casi todas las cumbres donde Argentina tenía algo que decir y se iba el primero. Kirchner es un economicista obseso que no se da cuenta de que la tercera potencia latinoamericana no puede sobrevivir sola y que debe tener una posición sobre los temas que se debaten en su región y el mundo. Lo triste es que con el modelo continuista de su esposa Cristina Fernández, presidenta desde diciembre, tampoco recuperará el lugar que por historia y cultura se merece.

Argentina tuvo una clara oportunidad para hacerse un hueco entre las voces que pesan en la cumbre de la Organización Mundial de Comercio (OMC) de 2003 en Cancún. El país, representado entonces por Martín Redrado, fue parte del grupo que plantó cara a los Estados desarrollados en la lucha por un comercio más equitativo. Allí estaba Argentina, junto a Brasil, India, China y Suráfrica; y la prensa mundial quería saber lo que estos países pensaban. Allí estaba Redrado, junto al ministro de Exteriores brasileño Celso Amorín, la tarde en que el quinteto apoyó a los Gobiernos africanos para echar por tierra una cumbre a la que la UE y EE UU acudieron no sin cierta prepotencia. Argentina y Suráfrica no supieron aprovechar el tirón de popularidad que les dio la cita de México y se cayeron del cartel, mientras que Brasil echó mano de su maquinaria diplomática para lograr que le invitaran a los grandes foros internacionales y China e India se afianzaron como las potencias emergentes que eran. Para la cumbre de la OMC de Hong Kong de finales de 2005 ya sólo importaron las opiniones de Amorín y del ministro indio de Comercio, Humayun Khan. El titular de Exteriores argentino, Jorge Taiana, apareció en alguna de las últimas ruedas de prensa sentado en un extremo de la fila de conferenciantes muy molesto.

Durante el mandato de Néstor Kirchner, Argentina forjó una gran alianza con Venezuela que le valió para firmar contratos de suministro energético, colocar bonos de deuda pública al Estado venezolano y hasta para salvar de la quiebra a una empresa láctea. Pero como otro gran aliado de Venezuela es Irán, Kirchner no dudó en enfrascarse en una feroz batalla dialéctica y judicial con Teherán para evitar una confrontación con Washington y para aplacar la ira de la comunidad judía argentina, segura de que los iraníes han estado detrás de los atentados contra la embajada israelí en 1992 y una mutua médica judía en 1994 que costaron más de 100 vidas. Mientras Kirchner juega a quedar bien con todos, la diplomacia argentina le da la espalda a la crisis que vive Bolivia.

A pesar de que el país andino se sitúa al borde de la guerra civil, Buenos Aires desaprovecha la histórica influencia que tiene sobre La Paz y no hace nada para aliviar una situación que amenaza con desestabilizar toda la región. La política exterior argentina hacia Bolivia siempre se ha esforzado por sacar a La Paz de la órbita de Brasilia y atraerla hacia Buenos Aires. Basta recordar que el presidente Juan Perón accedió a comprar gas boliviano a principios de los setenta no por razones económicas sino estratégicas, para ayudar a Bolivia. Estos acuerdos se mantuvieron tanto durante las dictaduras de Jorge Videla y Hugo Bánzer como ya en las democracias de Raúl Alfonsín y Hernán Siles Suazo. Recientemente, la diplomacia argentina ha decidido ocuparse de la crisis boliviana. Pero ya no sola: Brasil y Colombia también participan en la mediación entre el Gobierno de Evo Morales y las provincias del Oriente, ricas en gas y petróleo.

Incapaz de hacer algo por Bolivia, el Gobierno argentino se enfrasca a tiempo completo en un sorprendente conflicto: la pugna con Uruguay por la construcción de papeleras en la margen uruguaya del río fronterizo. La evolución de este conflicto es probablemente el mejor ejemplo de la inexistencia de una estrategia de política exterior y de la propia crisis de representación interna que vive Argentina, en la que no hay ningún partido que cuestione la marcha de la diplomacia. Entre finales de los ochenta, cuando Uruguay hace pública su intención de crear una zona de reforestación para producir pasta de celulosa, y febrero de 2005, cuando el ex presidente Jorge Battle autoriza a la empresa finlandesa Botnia a construir la segunda planta de pasta de celulosa (con una inversión de 1.200 millones de dólares, la mayor recibida jamás por el país, y la perspectiva de crear cientos de miles de empleos), apenas se mentó el asunto de las papeleras. Durante todo ese tiempo, más de 15 años, ésta fue una cuestión que ambos países supieron gestionar sin mayores inconvenientes.

A partir de abril de 2005, cuando el Gobierno del socialista Tabaré Vázquez ratifica el compromiso uruguayo con las papeleras, la situación desbarra hasta convertirse en el agrio conflicto que ha llegado hasta la Corte de La Haya. Las organizaciones de ambientalistas y los gobiernos municipales y provinciales llenaron el vacío dejado por el Gobierno central en política exterior. Kirchner, por puro populismo, respaldó a estos grupos y Argentina acabó por convertir en papel mojado el tratado del río Uruguay de 1975 y el tratado de Asunción de 1991 que garantiza la libre circulación de bienes y personas en el área del Mercosur, permitiendo el bloqueo sistemático de la frontera fluvial. Era desconcertante ver al ex presidente Kirchner hacer una férrea defensa del medio ambiente cuando de las más de 200 leyes presentadas por su Ejecutivo al Congreso durante su mandato sólo un par fueron de protección ambiental. Mientras Buenos Aires buscaba la condena internacional de los planes uruguayos, Montevideo no paraba de cosechar respaldos a su proyecto.

Cristina Fernández hereda de su marido el conflicto con Uruguay y lo aviva. En su discurso de toma de posesión de diciembre de 2007 la presidenta trata a los uruguayos como hermanos y al mismo tiempo les acusa de violar los tratados internacionales. El presidente Vázquez estaba en la ceremonia, así que las declaraciones como poco pueden calificarse de inoportunas. No es de extrañar que tras este conflicto Uruguay se plantee dejar de ser miembro del Mercosur para convertirse en “asociado” y tener vía libre para negociar un acuerdo de libre comercio con Washington. Poco después de este desplante, otra crisis demostró el poco talante diplomático argentino. La presidenta ordena al Parlamento “repudiar la ofensa” de EE UU porque durante una investigación de las autoridades estadounidenses salta la sospecha de que Fernández ha recibido financiación para su campaña de parte del presidente venezolano Hugo Chávez.

En Europa poco se recuerda la existencia argentina excepto por sus excelentes futbolistas y porque visitar hoy Buenos Aires es barato gracias a la fortaleza del euro. Cristina Fernández pasó recientemente por París sin pena ni gloria. Al volver prefirió reunirse con la modelo Naomi Campbell que contarle a la prensa qué acuerdos clave para Argentina había cerrado con Francia. A España como presidenta aún no ha viajado y, aunque mantiene una relación cordial con el Gobierno de Zapatero, ni el mundo político ni el empresarial español le echan de menos. Tras su paso como candidata en julio del año pasado, a nadie le quedó claro cuál era el proyecto político, económico y social de Fernández. Casi un año después lo que entonces fueron dudas ha dado paso a la indiferencia.

Mayo 15, 2008 Publicado por cienciayartes | Argentina | | Aún no hay comentarios

En el país de Cristina

Por Tomás Eloy Martínez, escritor y periodista argentino, y autor, entre otros libros, de El vuelo de la reina. © Tomás Eloy Martínez, 2007. Distribuido por The New York Times Syndicate (EL PAÍS, 28/11/07):

Nadie espera que Cristina Fernandez de Kirchner depare demasiadas sorpresas en sus primeros seis meses de Gobierno, que comenzarán el 10 de diciembre. La mayoría de sus políticas continuará la huella trazada por su marido y predecesor, Néstor Kirchner. Tampoco se prevén cambios sustanciales en el Gabinete ni en las segundas líneas de mando de la Administración. Uno de sus asesores ha contado que, a poco de ser elegida, Cristina oyó con atención las prudentes críticas del ex presidente chileno Ricardo Lagos a Michelle Bachelet, quien lo sucedió en el Gobierno. Lagos, que dejó el mando con un índice de popularidad sin precedentes, observó cómo Bachelet confiaba a figuras nuevas y sin experiencia la administración de los negocios públicos en campos tan sensibles como la salud y la educación. Así, los vientos que llevaban a Chile hacia un horizonte de crecimiento pausado y firme se arremolinaron de pronto y desataron el descontento social.

Cristina, que ganó la presidencia por un margen amplio de votos, sabe cuán peligrosa puede ser la tentación de mostrar autonomía y exhibir poder mediante cambios drásticos. Es casi seguro que retendrá a muchos ministros de su marido y que será cauta en desplazar a los otros. Los observadores coinciden en que seguirán en sus cargos el jefe de Gabinete Alberto Fernández, el canciller Jorge Taiana y el ministro de Economía Miguel Peirano.

Una mujer al frente de la Administración nacional no es algo nuevo en Argentina. Hace medio siglo, Eva Perón tenía tanto poder como su marido, pero no podía tomar decisiones sin permiso. En 1974, Isabel, la viuda de Juan Perón, gobernó con torpeza un país en estado de caos. Así le fue. Sucumbió a la influencia enfermiza de su gurú José López Rega y fue derrocada por una dictadura cruel, que acentuó los desastres heredados.

Cristina es más independiente que esas dos precursoras y está mejor dotada. No es fácil predecir cómo gobernará, porque la realidad se mueve en América Latina a ritmo de vértigo, y tanto una guerra eventual entre Estados Unidos e Irán, los caprichos de Hugo Chávez y el precio por las nubes de la energía pueden agitar las aguas y desatar la tormenta.

Cristina empezará el Gobierno con algunas ventajas. La oposición está desconcertada y dividida. Su rival más fuerte en las elecciones, la senadora Elisa Carrió -de quien la senadora Kirchner era aliada y amiga hace una década-, actúa con destemplanza. Días antes de las elecciones del 28 de octubre, el ex presidente Raúl Alfonsín la descalificó en un programa de televisión porque “cada vez que hace algo, le pide consejos a los santos y se deja guiar por voces imaginarias”. Carrió tardó 10 horas en reconocer su derrota electoral y, no bien tuvo la evidencia de que ni siquiera podía disputar una segunda vuelta, se eligió a sí misma como líder de una oposición heterogénea, que no está de acuerdo con ella.

El mayor desafío de Cristina es dar la batalla en las tres grandes ciudades de Argentina, donde fue derrotada: por Carrió en Buenos Aires y Rosario y por el ex ministro de Economía Roberto Lavagna en Córdoba.

Para seducir a esos electores remisos intentará probar que, a diferencia de su marido provinciano y desconfiado, no teme abrirse al mundo. Pondrá sin duda énfasis en las relaciones con el Brasil del presidente Lula -uno de sus modelos-, con la España de los reyes borbónicos, principal inversora extranjera en Argentina, y con el Chile de Bachelet. Si Hillary Clinton consigue la presidencia de los EE UU, Cristina -que la admira- buscará establecer con ella una alianza de hierro, sin comprometerse en aventuras bélicas.

La amistad con Hugo Chávez es uno de los problemas ásperos que deberá resolver. La nueva gobernante argentina es consciente de los delirios hegemónicos del César venezolano, pero a la vez siente gratitud por la mano que le tendió a su país en épocas de asfixia económica. Cada vez que lo elogia en público, desata escalofríos en los inversores que quieren afincarse en una Argentina estable y sin sorpresas. Si se mantiene la bonanza de los precios agrícolas y el ritmo de crecimiento superior al 8% que benefició al Gobierno de Néstor Kirchner, el rumbo de Cristina no afrontaría sobresaltos.

Es inexperta en el manejo de la economía, pero siempre contará con el asesoramiento alerta de su marido, que la verá gobernar entre bambalinas, esforzándose por no debilitar su imagen de verdadera jefa del Estado, lo que podría ser fatal en un país de tradición tan autoritaria y machista como Argentina. A fin de cuentas, su marido aspira a sucederla y quizás a ser elegido por otro periodo, lo que le permitiría gobernar desde 2011 a 2015 y, si lo reeligen, desde 2015 a 2019. Está más interesado que nadie, por lo tanto, a que su mujer tenga éxito y le deje un país ordenado y próspero. Quizás ése fue el país apacible por el que votaron los argentinos el 28 de octubre, menos atentos a la continuidad de una presidencia familiar que a un crecimiento sostenido.

Todo permite prever que Cristina mantendrá depreciado el tipo de cambio para estimular las exportaciones y que se esforzará en crear condiciones favorables para las inversiones externas, que hasta ahora apuntan a mercados más hospitalarios, como Chile y Brasil.

Por primera vez en las décadas de democracia, el lenguaje de los empresarios argentinos -que han sido hostiles desde el principio al matrimonio Kirchner- se ha vuelto esperanzado y optimista. En una asamblea celebrada en Mar del Plata a mediados de noviembre han oído a Fernando Henrique Cardoso y a Carlos Fuentes pedirles que tengan confianza. ¿Qué otro sentimiento podrían abrigar?

Después de la fuga en estampida que desató la crisis de 2001, cuando parecía que la Argentina caía en un abismo sin fondo, toda estabilidad es un bálsamo que permite pensar por fin en los proyectos de mañana.

Febrero 9, 2008 Publicado por cienciayartes | Argentina | | Aún no hay comentarios

En el país de Cristina

Por Tomás Eloy Martínez, escritor y periodista argentino, y autor, entre otros libros, de El vuelo de la reina. © Tomás Eloy Martínez, 2007. Distribuido por The New York Times Syndicate (EL PAÍS, 28/11/07):

Nadie espera que Cristina Fernandez de Kirchner depare demasiadas sorpresas en sus primeros seis meses de Gobierno, que comenzarán el 10 de diciembre. La mayoría de sus políticas continuará la huella trazada por su marido y predecesor, Néstor Kirchner. Tampoco se prevén cambios sustanciales en el Gabinete ni en las segundas líneas de mando de la Administración. Uno de sus asesores ha contado que, a poco de ser elegida, Cristina oyó con atención las prudentes críticas del ex presidente chileno Ricardo Lagos a Michelle Bachelet, quien lo sucedió en el Gobierno. Lagos, que dejó el mando con un índice de popularidad sin precedentes, observó cómo Bachelet confiaba a figuras nuevas y sin experiencia la administración de los negocios públicos en campos tan sensibles como la salud y la educación. Así, los vientos que llevaban a Chile hacia un horizonte de crecimiento pausado y firme se arremolinaron de pronto y desataron el descontento social.

Cristina, que ganó la presidencia por un margen amplio de votos, sabe cuán peligrosa puede ser la tentación de mostrar autonomía y exhibir poder mediante cambios drásticos. Es casi seguro que retendrá a muchos ministros de su marido y que será cauta en desplazar a los otros. Los observadores coinciden en que seguirán en sus cargos el jefe de Gabinete Alberto Fernández, el canciller Jorge Taiana y el ministro de Economía Miguel Peirano.

Una mujer al frente de la Administración nacional no es algo nuevo en Argentina. Hace medio siglo, Eva Perón tenía tanto poder como su marido, pero no podía tomar decisiones sin permiso. En 1974, Isabel, la viuda de Juan Perón, gobernó con torpeza un país en estado de caos. Así le fue. Sucumbió a la influencia enfermiza de su gurú José López Rega y fue derrocada por una dictadura cruel, que acentuó los desastres heredados.

Cristina es más independiente que esas dos precursoras y está mejor dotada. No es fácil predecir cómo gobernará, porque la realidad se mueve en América Latina a ritmo de vértigo, y tanto una guerra eventual entre Estados Unidos e Irán, los caprichos de Hugo Chávez y el precio por las nubes de la energía pueden agitar las aguas y desatar la tormenta.

Cristina empezará el Gobierno con algunas ventajas. La oposición está desconcertada y dividida. Su rival más fuerte en las elecciones, la senadora Elisa Carrió -de quien la senadora Kirchner era aliada y amiga hace una década-, actúa con destemplanza. Días antes de las elecciones del 28 de octubre, el ex presidente Raúl Alfonsín la descalificó en un programa de televisión porque “cada vez que hace algo, le pide consejos a los santos y se deja guiar por voces imaginarias”. Carrió tardó 10 horas en reconocer su derrota electoral y, no bien tuvo la evidencia de que ni siquiera podía disputar una segunda vuelta, se eligió a sí misma como líder de una oposición heterogénea, que no está de acuerdo con ella.

El mayor desafío de Cristina es dar la batalla en las tres grandes ciudades de Argentina, donde fue derrotada: por Carrió en Buenos Aires y Rosario y por el ex ministro de Economía Roberto Lavagna en Córdoba.

Para seducir a esos electores remisos intentará probar que, a diferencia de su marido provinciano y desconfiado, no teme abrirse al mundo. Pondrá sin duda énfasis en las relaciones con el Brasil del presidente Lula -uno de sus modelos-, con la España de los reyes borbónicos, principal inversora extranjera en Argentina, y con el Chile de Bachelet. Si Hillary Clinton consigue la presidencia de los EE UU, Cristina -que la admira- buscará establecer con ella una alianza de hierro, sin comprometerse en aventuras bélicas.

La amistad con Hugo Chávez es uno de los problemas ásperos que deberá resolver. La nueva gobernante argentina es consciente de los delirios hegemónicos del César venezolano, pero a la vez siente gratitud por la mano que le tendió a su país en épocas de asfixia económica. Cada vez que lo elogia en público, desata escalofríos en los inversores que quieren afincarse en una Argentina estable y sin sorpresas. Si se mantiene la bonanza de los precios agrícolas y el ritmo de crecimiento superior al 8% que benefició al Gobierno de Néstor Kirchner, el rumbo de Cristina no afrontaría sobresaltos.

Es inexperta en el manejo de la economía, pero siempre contará con el asesoramiento alerta de su marido, que la verá gobernar entre bambalinas, esforzándose por no debilitar su imagen de verdadera jefa del Estado, lo que podría ser fatal en un país de tradición tan autoritaria y machista como Argentina. A fin de cuentas, su marido aspira a sucederla y quizás a ser elegido por otro periodo, lo que le permitiría gobernar desde 2011 a 2015 y, si lo reeligen, desde 2015 a 2019. Está más interesado que nadie, por lo tanto, a que su mujer tenga éxito y le deje un país ordenado y próspero. Quizás ése fue el país apacible por el que votaron los argentinos el 28 de octubre, menos atentos a la continuidad de una presidencia familiar que a un crecimiento sostenido.

Todo permite prever que Cristina mantendrá depreciado el tipo de cambio para estimular las exportaciones y que se esforzará en crear condiciones favorables para las inversiones externas, que hasta ahora apuntan a mercados más hospitalarios, como Chile y Brasil.

Por primera vez en las décadas de democracia, el lenguaje de los empresarios argentinos -que han sido hostiles desde el principio al matrimonio Kirchner- se ha vuelto esperanzado y optimista. En una asamblea celebrada en Mar del Plata a mediados de noviembre han oído a Fernando Henrique Cardoso y a Carlos Fuentes pedirles que tengan confianza. ¿Qué otro sentimiento podrían abrigar?

Después de la fuga en estampida que desató la crisis de 2001, cuando parecía que la Argentina caía en un abismo sin fondo, toda estabilidad es un bálsamo que permite pensar por fin en los proyectos de mañana.

Febrero 9, 2008 Publicado por cienciayartes | Argentina | | Aún no hay comentarios

La presidenta de Argentina y otros asuntos

Por Amparo Rubiales, doctora en Derecho y abogada (EL PAÍS, 19/11/07):

Siempre que una mujer sale elegida, o es designada, para un puesto de alta responsabilidad, sentimos una enorme satisfacción; hemos estado tantos siglos excluidas del poder que empezar a recuperarlo es la reparación de una injusticia histórica que está costando mucho esfuerzo restituir. No me planteo nunca eso de si tiene capacidad o no para el puesto que ocupa: el valor se lo doy por supuesto, como se hace con los hombres. Pero resulta aterrador que siempre que una mujer se singulariza en algo es su condición de mujer lo primero que se comenta, y así ha ocurrido con la presidenta electa de Argentina, que de lo que más se ha hablado es de si usa o no bótox, si lleva ropa cara o barata, si se pinta o no mucho o si va mucho o poco a la peluquería; todo “muy importante” para saber si podrá resolver los problemas de la ciudadanía argentina.

No obstante, lo que me produce una auténtica sublevación es lo del apellido. ¿Cómo se llama la presidenta argentina? Pues según la prensa de todo el mundo, Cristina Kirchner o, en el mejor de los casos, Cristina Fernández de Kirchner. Eso de que las mujeres al casarse pierdan el apellido propio para pasar a tener el del marido es una aberración cultural, similar, por ejemplo, a la del velo, que tiene su origen en esa subordinación al hombre con la que, dicen, hemos nacido… Aquello de la costilla de Adán, y cosas por el estilo, provocan estas cosas. ¡Y luego dicen que el uso del lenguaje no tiene un valor simbólico!

¿Seguirá siendo “de Kirchner” cuando ejerza de presidenta del pueblo argentino o pasará el marido a llamarse “de Fernández”? Seguramente dominará para siempre el apellido del hombre. Ésa es la costumbre y no hay que darle mayor importancia, dirán muchos, incluso puede que la propia afectada. Ahí tenemos otro caso: Hillary Clinton, que empezó manteniendo su propio apellido, Rodham, pero que ya ha sucumbido al muy importante de su marido, el todopoderoso Bill Clinton. Antes no teníamos poder, ahora que empezamos a alcanzarlo, parece que lo conseguimos por ser “señoras de…”. No deja de tener gracia.

Todo nos cuesta tanto que recientemente ha publicado EL PAÍS los resultados de un estudio sobre las mujeres ejecutivas en el que se concluye que “el 30% de las directivas renuncia a su cargo al no poder conciliar trabajo y familia”. En ese estudio se dicen cosas tan preocupantes como que el 22% de las directivas dicen tener en sus maridos “el mayor lastre” de sus carreras. O también que no se discrimina a la mujer sino a la madre, o que una de cada seis europeas desearía trabajar, pero no lo hace por la familia. O la fortaleza que están adquiriendo en Estados Unidos los grupos de mujeres que reivindican la vuelta al hogar.

¿Fracaso del feminismo? No, fracaso del conjunto de la sociedad, porque no se entiende bien la conciliación, ni se cree que éste no es sólo un problema de mujeres, sino también de hombres, y así se produce este desaguisado: las mujeres pierden independencia y la sociedad talento femenino y posibilidades de desarrollo económico. Porque la igualdad entre hombres y mujeres no es sólo un problema de equidad, sino de desarrollo económico de primera magnitud. ¿O es normal que la tasa de inactividad femenina sea 15 puntos superior a la de los hombres en la Unión Europea?

Nos quieren volver al hogar y continuamente salen argumentos que, sutilmente, fomentan el “complejo de culpa” de las madres: ahora está de moda la lactancia materna y hay “talibanes y talibanas de la teta” que les dicen de todo a las mujeres que no dan, porque no quieren o porque no pueden, el pecho a sus hijos. Cuando estamos en condiciones de clonar seres humanos, no hemos sido capaces, por lo visto, de encontrar un sustituto adecuado de la leche materna.

No creo que todo esto sea un fracaso del feminismo, ni de las mujeres que se siguen llamando “señoras de”, incluida la presidenta de Argentina, sino que se trata de un problema cultural insufrible, que nos seguirá produciendo problemas. Cuando los hijos crecen, la vuelta al trabajo resulta casi imposible, y ello sólo conduce a la frustración y al desánimo. Esto del feminismo es como lo del tejido de Penélope: tejer y destejer. Seguiremos tejiendo… y a la presidenta de Argentina la llamaremos Cristina Fernández, y a su marido, Néstor Kirchner de Fernández, y pelearemos porque las mujeres puedan ser madres y autónomas, y por conseguir que los hombres también concilien. Sólo así seremos libres e iguales.

Febrero 7, 2008 Publicado por cienciayartes | Argentina | | Aún no hay comentarios

La presidenta de Argentina y otros asuntos

Por Amparo Rubiales, doctora en Derecho y abogada (EL PAÍS, 19/11/07):

Siempre que una mujer sale elegida, o es designada, para un puesto de alta responsabilidad, sentimos una enorme satisfacción; hemos estado tantos siglos excluidas del poder que empezar a recuperarlo es la reparación de una injusticia histórica que está costando mucho esfuerzo restituir. No me planteo nunca eso de si tiene capacidad o no para el puesto que ocupa: el valor se lo doy por supuesto, como se hace con los hombres. Pero resulta aterrador que siempre que una mujer se singulariza en algo es su condición de mujer lo primero que se comenta, y así ha ocurrido con la presidenta electa de Argentina, que de lo que más se ha hablado es de si usa o no bótox, si lleva ropa cara o barata, si se pinta o no mucho o si va mucho o poco a la peluquería; todo “muy importante” para saber si podrá resolver los problemas de la ciudadanía argentina.

No obstante, lo que me produce una auténtica sublevación es lo del apellido. ¿Cómo se llama la presidenta argentina? Pues según la prensa de todo el mundo, Cristina Kirchner o, en el mejor de los casos, Cristina Fernández de Kirchner. Eso de que las mujeres al casarse pierdan el apellido propio para pasar a tener el del marido es una aberración cultural, similar, por ejemplo, a la del velo, que tiene su origen en esa subordinación al hombre con la que, dicen, hemos nacido… Aquello de la costilla de Adán, y cosas por el estilo, provocan estas cosas. ¡Y luego dicen que el uso del lenguaje no tiene un valor simbólico!

¿Seguirá siendo “de Kirchner” cuando ejerza de presidenta del pueblo argentino o pasará el marido a llamarse “de Fernández”? Seguramente dominará para siempre el apellido del hombre. Ésa es la costumbre y no hay que darle mayor importancia, dirán muchos, incluso puede que la propia afectada. Ahí tenemos otro caso: Hillary Clinton, que empezó manteniendo su propio apellido, Rodham, pero que ya ha sucumbido al muy importante de su marido, el todopoderoso Bill Clinton. Antes no teníamos poder, ahora que empezamos a alcanzarlo, parece que lo conseguimos por ser “señoras de…”. No deja de tener gracia.

Todo nos cuesta tanto que recientemente ha publicado EL PAÍS los resultados de un estudio sobre las mujeres ejecutivas en el que se concluye que “el 30% de las directivas renuncia a su cargo al no poder conciliar trabajo y familia”. En ese estudio se dicen cosas tan preocupantes como que el 22% de las directivas dicen tener en sus maridos “el mayor lastre” de sus carreras. O también que no se discrimina a la mujer sino a la madre, o que una de cada seis europeas desearía trabajar, pero no lo hace por la familia. O la fortaleza que están adquiriendo en Estados Unidos los grupos de mujeres que reivindican la vuelta al hogar.

¿Fracaso del feminismo? No, fracaso del conjunto de la sociedad, porque no se entiende bien la conciliación, ni se cree que éste no es sólo un problema de mujeres, sino también de hombres, y así se produce este desaguisado: las mujeres pierden independencia y la sociedad talento femenino y posibilidades de desarrollo económico. Porque la igualdad entre hombres y mujeres no es sólo un problema de equidad, sino de desarrollo económico de primera magnitud. ¿O es normal que la tasa de inactividad femenina sea 15 puntos superior a la de los hombres en la Unión Europea?

Nos quieren volver al hogar y continuamente salen argumentos que, sutilmente, fomentan el “complejo de culpa” de las madres: ahora está de moda la lactancia materna y hay “talibanes y talibanas de la teta” que les dicen de todo a las mujeres que no dan, porque no quieren o porque no pueden, el pecho a sus hijos. Cuando estamos en condiciones de clonar seres humanos, no hemos sido capaces, por lo visto, de encontrar un sustituto adecuado de la leche materna.

No creo que todo esto sea un fracaso del feminismo, ni de las mujeres que se siguen llamando “señoras de”, incluida la presidenta de Argentina, sino que se trata de un problema cultural insufrible, que nos seguirá produciendo problemas. Cuando los hijos crecen, la vuelta al trabajo resulta casi imposible, y ello sólo conduce a la frustración y al desánimo. Esto del feminismo es como lo del tejido de Penélope: tejer y destejer. Seguiremos tejiendo… y a la presidenta de Argentina la llamaremos Cristina Fernández, y a su marido, Néstor Kirchner de Fernández, y pelearemos porque las mujeres puedan ser madres y autónomas, y por conseguir que los hombres también concilien. Sólo así seremos libres e iguales.

Febrero 7, 2008 Publicado por cienciayartes | Argentina | | Aún no hay comentarios

De primera dama a presidenta

Por Antoni Traveria, Director general de la Fundació Casa América Catalunya (EL PERIÓDICO, 01/11/07):

Fue una elección demasiado previsible, con la vaca atada, como decían los argentinos desde semanas antes de la votación. No hubo lugar para sorpresas, más allá de una muy aparente apatía del electorado en un país tan y tan apasionado por todo. Frente a la candidata que ofrecía una cierta estabilidad con la carta de presentación de los cuatro años de gobierno de su cónyuge, aparecía una oposición fragmentada, debilitada y confusa, carente de propuestas que modificaran la unanimidad en la tendencia apuntada en las encuestas de opinión. El guión anunciado se cumplió con precisión.

No hubo necesidad de segunda vuelta. Más de 20 puntos porcentuales han acabado por certificar la distancia entre la primera y la segunda fórmula electoral a la presidencia, ambas, por cierto, lideradas por mujeres: Cristina Fernández y Elisa Carrió. Al kirchnerismo solo se le resistieron las provincias de Córdoba y San Luis, y la ciudad autónoma de Buenos Aires, donde jamás logró vencer el peronismo en toda su historia con sus muy distintos candidatos. Amplía, en cambio, el decisivo control en la Cámara de Diputados, en el Senado, y consigue cientos de alcaldes en todo el país. Respecto a la elección del 2003, Cristina Fernández logra el doble de votos del obtenido por su marido también en primera vuelta, recogiendo el aval ciudadano a la gestión de gobierno de Néstor Kirchner.

CON EL AMPLIO triunfo electoral de Cristina Fernández de Kirchner (CFK), nace un muy peculiar modelo de gestión pública en la política de una nación. Cuando tome posesión el 10 de diciembre en la Casa Rosada, CFK recibirá la banda presidencial de manos de su compañero profesional y sentimental, lo que invertirá las responsabilidades políticas de ambos y supondrá acumular un poder familiar enorme e inédito en cualquier sistema democrático republicano del mundo. La fotografía de ese instante será una de las más publicitadas sin duda, y tendrá, por supuesto, grandes dosis de lo que denominan glamur.

La elección, sin embargo, ha tenido su lado oscuro para la institucionalidad democrática en el elevado absentismo de ciudadanos en las urnas, a pesar de la obligación por ley a ejercer el voto. Es llamativo que teniendo hasta 16 candidatos para elegir, no encontraran a ninguno que mereciera su confianza. Aquellos que decidieron no acudir a la convocatoria electoral se convirtieron en la segunda fuerza numérica, solo por detrás del voto alcanzado por Fernández, y lograron superar los registros de todas las consultas presidenciales celebradas desde la recuperación de la democracia, en 1983. Además, el dato de las renuncias masivas de ciudadanos a colaborar como autoridades en las mesas de votación pone en evidencia que una parte significativa de población ha dejado de creer en sus políticos. El escéptico, el descreído ciudadano medio argentino ha aprendido a convivir en la desconfianza hacia su clase política dirigente por la pesada carga de todos los despropósitos cometidos en el pasado reciente.

La herencia que recibió el Gobierno de Néstor Kirchner tiene poco que ver con la situación que heredará Cristina Fernández. En lo económico, desde el 2003 el empleo ha aumentado un 49%, el desempleo afecta a menos del 10% de la población y los salarios han subido un 36%. El país ha crecido un 9% anual y solo el indicador de inflación se ha disparado en los últimos meses por el alza en los precios de productos básicos. Kirchner tomó posesión como presidente tras la peor de las crisis sociales, económicas e institucionales. El corralito financiero devaluó e inmovilizó los ahorros en las entidades bancarias. Las protestas de los estafados ahorradores tuvieron como consecuencia una desmesurada represión policial que causó la muerte de 40 personas, decisión por la que el fugaz presidente Fernando de la Rúa afronta ahora su procesamiento ante la justicia. Y, como culminación de aquel hundimiento, en solo una semana Argentina tuvo ¡hasta cinco presidentes!

EL 10 DE diciembre se empezará a despejar la incógnita sobre qué papel desempeñará quien a partir de entonces será el expresidente Néstor Kirchner de Fernández (NKF). ¿No tendrá la tentación de influir en las decisiones de un Gobierno en el que habrá ministros que lo han sido con él y gracias a él? ¿Se abstendrá de opinar sobre cuestiones que afectan al país? ¿Se limitará al papel de primer caballero? Dice el todavía presidente que se dedicará a reconstruir un peronismo dividido, como lo estuvo siempre a partir de 1955. Deberá enfrentarse a la vieja guardia justicialista, experimentada en mil batallas cainitas internas, aunque Kirchner haya demostrado en estos años que el terreno en el que mejor se mueve con sus adversarios es el de la confrontación.

Cristina Fernández nunca se resignó al papel de mujer subordinada. Se equivocarán quienes la subestimen. Tiene una marcada personalidad propia, con una larga trayectoria y contrastada experiencia en los círculos de poder político. Abogada, reelegida senadora en tres ocasiones, primera dama y ahora presidenta electa de la República Argentina. La primera mujer que es elegida presidenta en una elección soberana para suceder a su marido.

Noviembre 26, 2007 Publicado por cienciayartes | Argentina | | Aún no hay comentarios

De primera dama a presidenta

Por Antoni Traveria, Director general de la Fundació Casa América Catalunya (EL PERIÓDICO, 01/11/07):

Fue una elección demasiado previsible, con la vaca atada, como decían los argentinos desde semanas antes de la votación. No hubo lugar para sorpresas, más allá de una muy aparente apatía del electorado en un país tan y tan apasionado por todo. Frente a la candidata que ofrecía una cierta estabilidad con la carta de presentación de los cuatro años de gobierno de su cónyuge, aparecía una oposición fragmentada, debilitada y confusa, carente de propuestas que modificaran la unanimidad en la tendencia apuntada en las encuestas de opinión. El guión anunciado se cumplió con precisión.

No hubo necesidad de segunda vuelta. Más de 20 puntos porcentuales han acabado por certificar la distancia entre la primera y la segunda fórmula electoral a la presidencia, ambas, por cierto, lideradas por mujeres: Cristina Fernández y Elisa Carrió. Al kirchnerismo solo se le resistieron las provincias de Córdoba y San Luis, y la ciudad autónoma de Buenos Aires, donde jamás logró vencer el peronismo en toda su historia con sus muy distintos candidatos. Amplía, en cambio, el decisivo control en la Cámara de Diputados, en el Senado, y consigue cientos de alcaldes en todo el país. Respecto a la elección del 2003, Cristina Fernández logra el doble de votos del obtenido por su marido también en primera vuelta, recogiendo el aval ciudadano a la gestión de gobierno de Néstor Kirchner.

CON EL AMPLIO triunfo electoral de Cristina Fernández de Kirchner (CFK), nace un muy peculiar modelo de gestión pública en la política de una nación. Cuando tome posesión el 10 de diciembre en la Casa Rosada, CFK recibirá la banda presidencial de manos de su compañero profesional y sentimental, lo que invertirá las responsabilidades políticas de ambos y supondrá acumular un poder familiar enorme e inédito en cualquier sistema democrático republicano del mundo. La fotografía de ese instante será una de las más publicitadas sin duda, y tendrá, por supuesto, grandes dosis de lo que denominan glamur.

La elección, sin embargo, ha tenido su lado oscuro para la institucionalidad democrática en el elevado absentismo de ciudadanos en las urnas, a pesar de la obligación por ley a ejercer el voto. Es llamativo que teniendo hasta 16 candidatos para elegir, no encontraran a ninguno que mereciera su confianza. Aquellos que decidieron no acudir a la convocatoria electoral se convirtieron en la segunda fuerza numérica, solo por detrás del voto alcanzado por Fernández, y lograron superar los registros de todas las consultas presidenciales celebradas desde la recuperación de la democracia, en 1983. Además, el dato de las renuncias masivas de ciudadanos a colaborar como autoridades en las mesas de votación pone en evidencia que una parte significativa de población ha dejado de creer en sus políticos. El escéptico, el descreído ciudadano medio argentino ha aprendido a convivir en la desconfianza hacia su clase política dirigente por la pesada carga de todos los despropósitos cometidos en el pasado reciente.

La herencia que recibió el Gobierno de Néstor Kirchner tiene poco que ver con la situación que heredará Cristina Fernández. En lo económico, desde el 2003 el empleo ha aumentado un 49%, el desempleo afecta a menos del 10% de la población y los salarios han subido un 36%. El país ha crecido un 9% anual y solo el indicador de inflación se ha disparado en los últimos meses por el alza en los precios de productos básicos. Kirchner tomó posesión como presidente tras la peor de las crisis sociales, económicas e institucionales. El corralito financiero devaluó e inmovilizó los ahorros en las entidades bancarias. Las protestas de los estafados ahorradores tuvieron como consecuencia una desmesurada represión policial que causó la muerte de 40 personas, decisión por la que el fugaz presidente Fernando de la Rúa afronta ahora su procesamiento ante la justicia. Y, como culminación de aquel hundimiento, en solo una semana Argentina tuvo ¡hasta cinco presidentes!

EL 10 DE diciembre se empezará a despejar la incógnita sobre qué papel desempeñará quien a partir de entonces será el expresidente Néstor Kirchner de Fernández (NKF). ¿No tendrá la tentación de influir en las decisiones de un Gobierno en el que habrá ministros que lo han sido con él y gracias a él? ¿Se abstendrá de opinar sobre cuestiones que afectan al país? ¿Se limitará al papel de primer caballero? Dice el todavía presidente que se dedicará a reconstruir un peronismo dividido, como lo estuvo siempre a partir de 1955. Deberá enfrentarse a la vieja guardia justicialista, experimentada en mil batallas cainitas internas, aunque Kirchner haya demostrado en estos años que el terreno en el que mejor se mueve con sus adversarios es el de la confrontación.

Cristina Fernández nunca se resignó al papel de mujer subordinada. Se equivocarán quienes la subestimen. Tiene una marcada personalidad propia, con una larga trayectoria y contrastada experiencia en los círculos de poder político. Abogada, reelegida senadora en tres ocasiones, primera dama y ahora presidenta electa de la República Argentina. La primera mujer que es elegida presidenta en una elección soberana para suceder a su marido.

Noviembre 25, 2007 Publicado por cienciayartes | Argentina | | Aún no hay comentarios

Argentina derriba la última barrera

Por Prudencio García, investigador y consultor internacional del Instituto Ciencia y Sociedad, y profesor del Instituto Universitario Gutiérrez Mellado de la UNED (EL PAÍS, 18/07/07):

Los periodistas se agolpaban, aquel 30 de diciembre de 1990, ante la puerta de la prisión. No era para menos: el general golpista Jorge Videla, ex jefe de la primera Junta Militar (condenado ya por sentencia firme a prisión perpetua), iba a salir en libertad, como consecuencia del segundo indulto otorgado por el entonces presidente argentino Carlos Menem a los principales responsables de los horrores de la dictadura militar de 1976-1983, con sus miles de secuestros, torturas y asesinatos.

El recién liberado, eufórico, declaró a la prensa nada menos que lo siguiente:

“No basta con indultarnos y ponernos en libertad. La sociedad argentina está en deuda con nosotros. Para empezar, debe pedirnos perdón y proceder a la restitución de todos nuestros grados y honores”. Y añadió: “En cuanto a las acusaciones que tuvimos que soportar de torturas y similares, fueron acusaciones injustas. Todos sabemos que incluso en estos mismos momentos se está torturando en las comisarías argentinas. Porque, como todo el mundo sabe, sin ese requisito no hay investigación seria que pueda progresar”.

Esta defensa de la tortura como práctica cotidiana, permanentemente aplicable incluso en tiempo de paz (ni siquiera como recurso excepcional, tal como la contempla la perversa “Teoría de las manos sucias”, tan exhaustivamente utilizada por tantos torturadores y genocidas), vino a demostrar una vez más la calaña del tipo de sujetos a los que esta clase de indultos devuelve la libertad.

Pero la sociedad argentina, lejos de pedir perdón a sus máximos criminales y devolverles sus honores, como exigía tan destacado y patriótico líder, tomó otra muy diferente actitud, mantenida tenazmente hasta hoy por las organizaciones defensoras de los Derechos Humanos y por el sector más sano e intachable del aparato judicial argentino. Como consecuencia de ello, el ascético Videla (que pasaba las sesiones del juicio leyendo la Biblia con gran recogimiento, sin dedicar la menor atención a los atroces testimonios que prestaban sus víctimas, todavía angustiadas y muchas veces llorando ante los jueces de la Cámara Federal) se encuentra hoy en situación de arresto domiciliario por diversos delitos no cubiertos por aquellos indultos, situación que se verá agravada en un próximo futuro, al poder ser acusado de muchos más delitos, y de muy superior gravedad.

En efecto, en una decisión largamente esperada y de considerable alcance, la Corte Suprema de Argentina ha derribado la última barrera que todavía protegía la impunidad de los peores criminales de la dictadura, al declarar inconstitucional el indulto concedido en 1989 al general Santiago Riberos, uno de los destacados jefes militares que se vieron favorecidos por el primer indulto, otorgado por Carlos Menem poco después de su acceso al poder. Noticia trascendental, ya que este nuevo pronunciamiento judicial sienta una jurisprudencia que afectará a todos los altos jefes cuya impunidad se vio protegida por aquel mismo indulto, y también por el posterior, el que benefició al ya citado general Videla un año después.

¿Cómo pudo producirse aquella calamitosa serie de claudicaciones legales (qué penoso resulta aplicarles este calificativo) que aseguraron a cientos de torturadores y asesinos, durante décadas, la más perniciosa impunidad? La respuesta está clara: aquello fue el fruto de la debilidad del poder civil, sometido a la presión, entonces irresistible, del estamento militar.

Tras el juicio de las Juntas y su sentencia condenatoria de 1985, la fuerte presión estamental consiguió forzar la Ley de Punto Final de 1986, que limitaba a sólo 60 días el plazo de presentación de denuncias. Pero, tras la aplicación de esa ley, todavía quedaban imputados casi 400 represores. Posteriormente, la insurrección militar de Semana Santa de 1987 forzó la promulgación de la Ley de Obediencia Debida. Aquel vergonzoso concepto de que los secuestros, torturas y asesinatos de miles de ciudadanos debían quedar impunes, con el pretexto de que fueron cometidos obedeciendo órdenes superiores, determinó que el número de procesados quedara reducido a la raquítica cifra de 38, todos ellos de alta graduación (generales del Ejército, almirantes de la Armada o brigadieres de Aviación). Aquellos 38 constituían el núcleo responsable y ejecutor, el listón mínimo que el presidente Alfonsín no estaba dispuesto a rebajar ni un milímetro más.

Pero Alfonsín perdió las elecciones de 1989 y Menem llegó al poder. Pronto, una frase del nuevo presidente nos dio la clave de lo que se avecinaba: “Como todo el mundo sabe, en Argentina es difícil gobernar sin los militares, pero resulta imposible gobernar contra los militares”. (Absolutamente nadie le pedía que gobernara “contra los militares”, sino sólo que se cumpliera el mínimo grado de justicia imprescindible, requerido por la sociedad). Así llegó el primer indulto (octubre de 1989). Aquellos 38 jefes, que ostentaron los más altos cargos responsables de la criminal estructura represiva, quedaban desprocesados, libres de toda amenaza de juicio y prisión.

¿Qué faltaba todavía para completar el círculo de la impunidad? Liberar a los seis máximos responsables, condenados ya por sentencia firme: cuatro miembros de las Juntas Militares (Videla, Massera, Viola y Lambruschini) y dos generales (Camps y Richieri), ex jefes de la Policía de Buenos Aires, todos ellos sentenciados a largas penas de prisión. El segundo y último indulto de Menem (1990) se encargó de ponerlos también en libertad.

Hoy, tras una lucha infatigable de décadas de duración, la sociedad argentina culmina otro de sus grandes hitos, en su admirable esfuerzo por derrotar a la impunidad y recuperar la dignidad, un día pisoteada, de una sociedad civil acogotada por la presión militar. Pero el camino ha sido largo, arduo y difícil.

Ya en 2003, tras considerables esfuerzos y venciendo innumerables obstáculos, se logró consumar el derribo de las dos máximas barreras que protegían la impunidad: las leyes de Punto Final y Obediencia Debida fueron anuladas con la práctica unanimidad del Congreso y el Senado. En 2005 llegó otro importante paso: la Corte Suprema ratificaba dicha anulación. Ello supuso la reapertura de importantes causas penales, entre otras, la de la Esma (Escuela de Mecánica de la Armada, escenario de las mayores atrocidades cometidas por la Marina) y la del Primer Cuerpo (que concentra algunos de los episodios más terribles protagonizados por el Ejército).

Pero todavía quedaba la última barrera: los indultos menemistas. Ahora, la nueva y decisiva resolución de la Corte Suprema vuelve a colocar frente a la responsabilidad de sus crímenes a uno de aquellos 38 presuntos criminales -¡qué poco presuntos!- que fueron indebidamente desprocesados casi dos décadas atrás. Los restantes -salvo los ya fallecidos- vendrán tras él.

La última barrera, tras la serie de interminables obstáculos tan trabajosamente desmantelados durante tantos años de lucha por la justicia, cae al fin. Admirable ejemplo de fuerza moral y dignidad civil para tantas otras sociedades latinoamericanas, todavía castigadas por la más infranqueable impunidad.

Julio 26, 2007 Publicado por cienciayartes | Argentina, derechos humanos | | Aún no hay comentarios