¿Desdén o ignorancia?
Entrevista de UNION RADIO al candidato republicano John McCain: Habla sobre su postura hacia América Latina y los gobiernos de Venezuela, Bolivia, México y España. Preparémonos para los golpes de Estado contra Chavez y Evo Morales en nombre de la democracia.
Latin America Needs Better Than a Wall
The designation this summer of $465 million in U.S. aid to combat drug trafficking in Mexico and Central America — along with the valuable cross-border dialogue that helped bring about this Merida Initiative — is a step in the right direction. With certain notable exceptions, the United States has largely ignored its southern neighbors, and signs of new cooperation are welcome.
But given the urgency of the problems we face, this step is disappointingly small. A long road lies ahead. We in the Americas have an unprecedented opportunity to create a better, safer hemisphere, but only if each country contributes all that it can. It is high time for the United States to redefine its approach to regional aid, not merely in the name of friendship but also in its own interest.
The Merida Initiative is stingy by any standard but especially by U.S. standards. Central America, Haiti and the Dominican Republic are allocated only $65 million — one-sixth the amount that legislators initially deemed necessary. Mexico receives $400 million a year, a comparatively princely sum but the same amount that the United States spends in Iraq in a single day. With such expensive enemies, there is apparently little room for friends.
A government, of course, is free to allocate its funds as it sees fit, especially where foreign aid is concerned. Yet support for the war on drugs is an investment in a shared problem, one that is largely fed by the enormous demand for drugs in the United States. Fighting drug traffickers is not only a Latin American responsibility, it is also an American responsibility, in the hemispheric sense, and the Merida package only begins to fulfill the United States’ share.
The amount of money is part of the issue. The choice of areas to fund is more important. The foremost responsibility of national leaders is to protect their citizens. To this end, the United States must broaden its definition of national security. Like all developed nations, it must confront the fact that no country can be safe while poverty, illiteracy, violence, preventable diseases and environmental destruction wreak havoc on others. Any foreign policy that views these issues as someone else’s problems is doomed.
The primary U.S. concerns regarding Latin America are drugs and illegal immigration. Yet these are symptoms, not diseases. The disease itself, the cause of these visible effects, is poverty in the Western Hemisphere’s developing nations. It is poverty that creates fertile ground for drug trafficking. It is poverty that sends so many legal and illegal immigrants over U.S. borders. Poverty needs no passport to travel and cannot be detained by walls.
This disease could be countered by investing in education, the only tool that can lift Latin Americans out of poverty for good. The United States could make a tremendous difference by making education a priority. According to recent estimates, the country is spending $3 million per mile to build a fence along its border with Mexico designed to keep out illegal immigrants seeking opportunities they cannot find at home. But for every mile of that fence, 2,500 young Latin Americans could receive monthly $100 grants to cover the costs of staying in school so they can get good jobs. For every mile of that fence, 15,000 children could receive Internet-capable laptop computers from MIT’s Media Lab, enabling them to join the globalized world rather than falling behind. The possibilities go on and on.
These are the investments that could keep Latin Americans from risking their lives to enter the United States anyway they can. These investments would be good for all our countries.
These are exciting times in the Americas. The United States has new leadership on the horizon and a chance to reexamine its foreign policy. Latin America has never been more democratic or better equipped to spend aid money effectively and transparently. If the United States were to extend its generosity to us, I am confident that the results would be extraordinary. After all, a more prosperous Latin America benefits not only its own people but the United States’ as well.
Cara y cruz de Fidel y el Che Guevara
En noviembre de 1953, Ernesto Guevara, nacido en Santa Fe, Argentina, el 14 de junio de 1928, acababa de llegar a Guatemala después de un largo viaje por América Latina. Buscaba trabajo en un periodo presidencial: el de Jacobo Arbenz. Éste, elegido en 1950, había promulgado, en 1952, la Reforma Agraria y hecho su famosa confrontación con la United Fruit. Una exiliada, perseguida por la dictadura peruana porque representaba el aprismo de Víctor Raúl Haya de la Torre, fue encargada de encontrar soluciones para el joven médico argentino. Ella se llamaba Hilda Gadea. Sería, después, la primera esposa de Ernesto Guevara. Él no era, todavía, el Che.
Fue evidente que la revolución -¿no era decir demasiado?- de Jacobo Arbenz impulsaría (en Estados Unidos se decía, sin más, que era un comunista y, con el paralelo torrente simplista de la United Fruit, se cerraba el “análisis”) y transformaría la vida de Guevara. En efecto, las tropas de Castillo Armas, bajo el concreto mando de la CIA, cruzaron la frontera el 17 de junio de 1954.
Con apoyo aéreo y metralleta en mano, durante la noche del sábado 26 al domingo 27, la resistencia se hizo imposible. El derrumbe del Gobierno de Jacobo Arbenz fue la primera experiencia seria, auténtica, del Che Guevara. Hilda dice que Ernesto Guevara escribió, en esa anochecida de bombas y fusiles, su primer artículo político de combate. Después, el texto se perdió. Se tituló así: Yo he visto la caída de Jacobo Arbenz. El artículo, según Hilda Gadea, desapareció en aquellas horas finales de la caída de un presidente a balazos. Derrumbe que Ernesto Guevara no dudó en calificar por su origen político y su dimensión, como “una intervención imperialista”.
El médico, hijo de una familia ilustrada y de la alta clase media, entraba en la historia cotidiana. Su contextualización dialéctica sería parte de su propia evolución personal. Veinte años después hablaría yo de ello con Víctor Raúl Haya de la Torre. Miro la dedicatoria que me hiciera, en Lima, en su libro El Antiimperialismo y el APRA. Acierto. Debajo de su firma está el año: 1974.
Le recordaba sus inicios en México donde, con el apoyo y protección de José Vasconcelos, se fundó el APRA (Alianza Popular Revolucionaria Americana, que después se entendió como Alianza Antiimperialista), y el sólo nombre de Vasconcelos le revivió aquel exilio. Uno de tantos, entre opresiones. Recuerdo su casona de Lima. En su despacho había 15 o 20 personas, todas hablando al tiempo. El presidente de Perú, el general Alvarado, gobernaba un seudosocialismo militar y su esposa (las criollas blancas casadas con los hombres de la casta militar), segura de sí misma, más que él, bailaba en las fiestas populares. Hablé con Haya de la Torre de esa estructura de poder y del fascinante encuentro, en Guatemala, de Ernesto Guevara con una aprista. Todo ello en un proyecto de cambio con la dura respuesta de la CIA. La cabeza móvil y festiva de Haya de la Torre aceptaba la coincidencia del tiempo. Me preguntó: “¿Has visto al general Alvarado?”. “Sí. Le hice una entrevista para el Canal 2 de Televisa en México”.
Tuve claro, oyendo al general, que el proyecto militar, acuciado por necesidades imperiosas, naufragaría. Así fue. De todas formas, la apasionante conversación con Haya de la Torre sobre el aprismo y el nacimiento político de Ernesto Guevara en Guatemala, bajo el Gobierno de Jacobo Arbenz, nos permitió entender al joven médico. Desde Guatemala a México. Aquí, en México, Ernesto Guevara se encontró con Fidel Castro. Ninguno de ellos lo previó. Tampoco, un día, su separación.
Se lo recordaba yo al padre de Ernesto Guevara cuando vivía, me parece recordar que era en el último piso del hotel Habana Libre. Fueron conversaciones apretadas, calientes. Pensaba hacer, y le animé para ello, un libro sobre su hijo, el Che. Después lo hizo. Nuestras palabras se encendían en la terraza que miraba el esplender del cielo del Caribe. Me dijo: “Voy a enseñarte algo prodigioso”. Entró en la habitación y me trajo dos fotografías. Una era la de Ernesto Guevara, hijo que tuvo en su primer matrimonio; la segunda era la de sus tres hijos habidos en el segundo enlace. Vi y entendí lo que me quería mostrar: el parecido portentoso de sus tres últimos hijos pequeños con Ernesto Guevara. Quedé sobrecogido: como si los genes quisieran perpetuar, en las vidas humanas, el juego misterioso de la sangre y la historia.
Lo que fue Guatemala para Ernesto Guevara, lo fue Bogotá para el hijo del soldado español (Ángel Castro) que en 1898 fuera conducido desde Galicia a los campos de guerra de Cuba para combatir a José Martí, el libertador, hijo de un sargento valenciano. Ángel Castro, terminado su periodo militar, regresó a España. Pronto, fascinado, retornó a Cuba. Fue arrastrado por un imán mágico que le transformó en un grande y rico hacendado con dos familias paralelas. De la segunda descienden Fidel, Raúl y Ramón. El padre debía ser hombre consciente. Sus hijos pasaron los años en los mejores colegios de jesuitas. No sé qué les enseñarían. Ignacio de Loyola y el duque de Gandía, que fueron generales de la orden, lo pasaron mal con la Inquisición. Lo digo, obviamente, en su honor.
Lo cierto es que el universitario Fidel Castro tuvo, como Ernesto Guevara de la Serna (el último virrey De la Serna fue derrotado en la batalla de Ayacucho y hecho prisionero por el joven mariscal Sucre, que firmó con los vencidos una paz de hombre con alma grande) un bautismo de fuego especial. Aquél, en Guatemala; Fidel, en Bogotá. En efecto, en 1948, participó, con otros universitarios cubanos, en la Conferencia Estudiantil a celebrar en Bogotá, a la vez que allí se desarrollaba la Conferencia de los Estados Americanos.
Hubo parada, en el camino a Bogotá, en Venezuela, donde, por vez primera desde la Independencia, el país eligió en 1948 a un presidente en las urnas: Rómulo Gallegos, el autor de Doña Bárbara. Estuvieron Fidel y los cubanos en su casa, en La Guaira. Fidel se asombró: “No había un guardia”. Duró don Rómulo 11 meses en el poder. Hasta que mi amigo, Pablo Pérez Alfonzo, el futuro cofundador de la OPEP, obligó el fifty-fifty a las compañías petroleras estadounidenses. Una dictadura militar se impuso hasta el levantamiento popular, en Caracas, de 1958. Duro es vivir. Eso no lo sabían aún los estudiantes de La Habana.
En Bogotá los cubanos visitaron a un famoso dirigente colombiano: el liberal de izquierda Jorge Eliécer Gaitán. Su noble verbo transformaba la política. El 7 de abril estuvieron a verle en su despacho. Le entregó a Fidel Castro un texto suyo conmovedor: El discurso en favor de la paz. Quedaron en verse, de nuevo, el día 9. La cita fue para las once de la mañana. Cuando llegaron, la ciudad lloraba. Se acababa de asesinar a sangre fría a Gaitán. Bogotá la Noble entró en una furia inclemente -el Bogotazo- y, por vez primera, Fidel Castro, entre el oscuro río de la revuelta, tomó un fusil después de querer apropiarse de las botas de un militar que le gritó: “No; son las mías”. El incendio de Bogotá fue terrible. Nadie sabe lo que pasaría en el corazón de un joven universitario ante la infamia. Colombia iba a universalizar e institucionalizar, entre la agonía, la violencia que tendría para los colombianos un sentido terrible.
Crecieron las guerrillas que ahora cuentan sus muertos. Pero el epicentro de Jacobo Arbenz y el Bogotazo cambiaron la vida a dos hombres. El joven Fidel diría: “Durante esos días tuve [en Bogotá] un máuser y 16 balas en mis manos. Empleé, entonces, cuatro”. ¿Cuántas se han disparado en el edificio de la intransigencia? Tirofijo, ahora, estrena su muerte. Volvieron a Cuba aquellos del Bogotazo en un avión de ganado.
La violencia ganaría en Colombia su batalla a la concordia. Ni shalom ni salam.
Europa, América Latina y la globalización
América Latina y el Caribe celebraron hace unas semanas su cumbre bianual con la Unión Europea. El encuentro de Lima no fue una reunión más en la que se aprobaran documentos previamente pactados, sino que supuso el fortalecimiento de una relación estratégica en la que ambas regiones tienen mucho que ganar.
América Latina ha dejado de ser el continente de la inestabilidad política y las crisis económicas -aunque persistan riesgos en ambos campos- y ha pasado a ser una región con un extraordinario potencial de futuro. Aunque es cierto que difícilmente podemos hablar de una sola América Latina. Resulta imposible comparar Chile con Haití, aunque sí podemos comparar México con Brasil y estos dos últimos países pueden ser comparados con España u otro país europeo.
En cuanto a la Unión Europea, ha crecido en estos últimos años al tiempo que ha ido reforzando sus lazos con otros lugares del mundo y aumentado su influencia política. La Unión Europea intenta tener un papel relevante en el escenario global. Su modelo económico y social ya ha demostrado tener un grado notable de éxito para lograr una mayor cohesión social y territorial en el seno de los países que la integran. En este contexto, Europa no puede plantearse afrontar con consistencia sus desafíos si no es con estrategias coordinadas a nivel internacional.
Así pues, cobra una mayor fuerza la necesidad de que América Latina y la Unión Europea refuercen su relación y su cooperación. Pues aún siendo consciente de las diferencias y dificultades, lo cierto es que América Latina goza de una posición claramente ventajosa respecto a otros lugares del mundo: no sólo ha realizado un importante esfuerzo de estabilización económica, sino que ha mejorado sus indicadores sociales. Algunos de sus países han puesto en marcha estrategias de reducción de la pobreza y han conseguido progresos significativos en educación primaria, igualdad de género y tasas de escolarización. ¿Ha sido suficiente? No, aún queda mucho por hacer, pues un tercio del total de su población vive bajo el umbral de la pobreza y América Latina es la región más desigual del mundo. Pero se trabaja en la dirección correcta.
La paradoja es que el subcontinente ofrece excelentes perspectivas de futuro. Por un lado, es joven, ya que el 30% de la población tiene menos de 15 años y sólo el 6% más de 65. La esperanza de vida de sus habitantes ronda los 70 años, superior a la media asiática y africana. Pero, además, el territorio latinoamericano alberga importantes yacimientos de petróleo y gas (la segunda posición a nivel mundial), así como otros recursos y materias primas agrícolas y pesqueras, sin olvidar el dato relevante de que es la primera reserva de agua potable del mundo.
España tiene una relación privilegiada con América Latina, pero la globalización nos exige tener un marco más amplio de intercambio y cooperación con esa zona, nos exige, en definitiva, estrategias regionales conjuntas.
En la Cumbre de Lima hablamos de pobreza y desigualdad, pero también de cambio climático y retos energéticos. Y hablamos de integración regional y de cohesión social y territorial. Se abordaron temas que nos conciernen a todos. Porque quizás no haya dos regiones en el mundo que estén en mejores condiciones de actuar de manera coordinada a nivel internacional. Aunque para conseguirlo hemos de trabajar en dos direcciones. Por un lado, América Latina tendría que abordar algunas reformas pendientes que tienen que ver con el fortalecimiento institucional y económico, con el funcionamiento del Estado y con la inversión en capital físico y humano. Y, por otro lado, la Unión Europea debería asumir la importancia de estrechar la relación con un continente que, cada vez más, asume su papel de actor global. De ahí la importancia de que los procesos de integración regional concluyan con éxito, pues no sólo supondrán un paso importante para las subregiones americanas, sino también para Europa. La firma de los Acuerdos de Asociación Estratégica con la Comunidad Andina, Centroamérica y Mercosur abrirá mercados, pero también la consideración de socios políticos y económicos de la Unión Europea a un gran número de países, como ya lo son Brasil, México o Chile. Ésta debería ser la gran tarea de los próximos años.
La próxima cumbre trascontinental se celebrará en 2010 en nuestro país, durante la presidencia española de la Unión Europea. Es una gran oportunidad, pero tendremos que trabajar intensamente durante estos dos años para conseguir resultados concretos. Se tienen que dar dos condiciones: que América Latina avance y que la Unión Europea asuma su papel de liderazgo político en este precario equilibrio internacional. Liderazgo que no sólo tendrá que medirse en términos de ejercicio del poder, sino en el hecho de convertirse en un referente, en un modelo, capaz de resolver algunos de los problemas a los que debemos enfrentarnos. Migraciones y cambio climático son algunos de ellos, pero no podemos olvidar la pobreza y la exclusión social o la ampliación de los derechos humanos a todos los lugares del planeta.
La errática política exterior de Zapatero
La notable recepción ofrecida recientemente por la sociedad política española al presidente mexicano, Felipe Calderón, encierra varias explicaciones y abre también varias interrogantes sobre la postura del Gobierno socialista hacia América Latina. Desde 1977, todos los presidentes de México han visitado Madrid (y muchas otras ciudades o pueblos del reino), y todos han sido objeto de cortesía, admiración e incluso adulación por parte de sus anfitriones (López Portillo con el Rey, Carlos Salinas con Felipe González, Vicente Fox con Aznar), pero también por los medios, el ¡Hola!, la clase política y el empresariado. No cabe duda, sin embargo, de que Felipe Calderón fue objeto de deferencias, atenciones y ovaciones un grado por arriba de lo acostumbrado, que, insisto, siempre ha sido mucho.
Los motivos de ese plus pueden ser varios. Calderón ha recibido una cobertura en general positiva por parte de la prensa española durante el primer año y medio de su Gobierno, sobre todo en lo tocante a la guerra contra el narcotráfico; ha caído en general muy mal en España la obcecación de Andrés Manuel López Obrador y de la izquierda mexicana en no reconocer su derrota de 2006 (recuérdense al respecto las duras palabras de José Luis Rodríguez Zapatero de visita a México en 2007); algunas de las más grandes empresas españolas obtienen una parte cada día mayor de sus utilidades en México, y Calderón ha sabido conservar la tradicional amistad de su partido con el PP, conciliándolo con una creciente cercanía con el Gobierno del PSOE.
Pero quizás haya una razón adicional. El Gobierno socialista y su partido pueden ser criticados -y lo han sido, dentro y fuera de España- por su política latinoamericana. Primero, ha sido cuestionada por omisa: La Moncloa, desde 2004, se ha interesado menos por la región que bajo Aznar, y, sobre todo, que cuando la ocupaba González. Es cierto que se podría decir lo mismo de la actuación del Gobierno de Zapatero en el ámbito internacional en su conjunto, y que la región iberoamericana ha perdido una parte de su relevancia mundial de antaño. Pero el perfil de España sí parece más bajo, para bien o para mal (en mi opinión, para mal).
En segundo lugar, y de manera más significativa, a dicha política se le ha reprochado el acercarse en exceso e indistintamente a los regímenes de izquierda de América Latina: con La Habana, igual que con Santiago de Chile; con Chávez, igual que con Lula; con Evo Morales, igual que con Tabaré Vázquez, sin tomar distancias frente a desempeños preocupantes de algunos Gobiernos en materia de derechos humanos y democracia. El estallido de Juan Carlos I contra Chávez en Chile, generado por las constantes interrupciones y provocaciones del venezolano y del presidente de Nicaragua ante la posiblemente tardía respuesta de Zapatero en la Cumbre Iberoamericana, fue sintomático: no es psicología de banqueta suponer que provino de una exasperación largamente contenida. Guardar silencio durante ya casi cinco años -que abarcaron, entre otras cosas, el episodio de la venta fallida de aviones a Caracas- frente a excesos verbales, económicos y políticos de Chávez no resultó ser el mejor camino. Seguir poniendo la otra mejilla española sólo va a enrojecer ambas.
El Gobierno del PSOE alzó varias banderas adicionales no desprovistas de controversia en Europa y América Latina. Es cierto que la política de la UE de sanciones contra Cuba a partir del encarcelamiento de un gran número de presos políticos en 2003 no ha funcionado, de la misma manera que el embargo norteamericano ha fracasado una y otra vez. Y nadie puede negar que, a la luz de su historia y sus intereses económicos, España debe desempeñar un papel central en la hipotética transición cubana. Pero volverse el adalid de la normalización con los Castro a cambio de nada entraña un peligro: recrear, por enésima vez, una excepción cubana, y socavar los instrumentos jurídicos e internacionales (incluyendo, por cierto, las cláusulas democráticas de los Acuerdos de Cooperación Económica de la UE con México y Chile) construidos a lo largo de los años por América Latina para protegerse de los demonios autoritarios que la habitan desde tiempos inmemoriales. Cuando acontezca el próximo derrocamiento de un Gobierno latinoamericano (y será de izquierda), los golpistas del siglo XXI podrán invocar la excepción cubana para desdeñar el repudio de la comunidad regional e internacional.
Asimismo, en la crisis diplomática surgida entre Venezuela y Ecuador, por un lado, y Colombia, por el otro, a raíz de la incursión militar colombiana y de la captura de los ordenadores de Raúl Reyes, Madrid ha brillado por su ausencia (aunque no este diario, cuyos reportajes sobre el contenido de los archivos electrónicos han resultado espectaculares). Y ante las repetidas embestidas de Evo Morales y de los Kirchner contra empresas españolas, francesas, brasileñas y de otros países, la respuesta ibérica se antoja prudente al extremo. Prudencia que, inmersa en este conjunto de posturas, reviste muchas ventajas, pero costos también: hay quienes, en España, en Europa, en América Latina, no comparten la estrategia que la inspira.
Si sumamos a esto que la cancillería española sabía bien, antes de la llegada de Felipe Calderón, que se hallaba en puerta la reunión del Consejo de Ministros de Exteriores en Bruselas, donde Madrid insistiría -esta vez con éxito- en suspender las sanciones al régimen cubano, quizás vislumbramos una razón adicional para el cariño tan manifiesto hacia el mexicano. Tal vez Rodríguez Zapatero buscó demostrarle a sus críticos internos y externos, europeos y americanos (del sur y del norte), que no sólo es amigo de Raúl y de Chávez, sino también del Gobierno de centro-derecha más importante de América Latina, del país hispano-americano más grande e influyente, del presidente joven y audaz, junto con Álvaro Uribe, más en boga de la región.
Si se trató sólo de un gesto, la acogida a Calderón no revestirá mayor importancia que la de haberle brindado un muy necesario y merecido apoyo al acosado y acotado mandatario mexicano. Si en cambio nos encontramos frente a una rectificación de fondo, bienvenida sea. Los que atestiguamos la participación de España en la lucha contra las dictaduras latinoamericanas y la intervención de Estados Unidos en las guerras centroamericanas durante los años ochenta, y el apoyo español a las transiciones democráticas de la región durante los noventa, no podemos más que extrañar la presencia española en nuestra tierra. Hoy, a la mitad de la batalla ideológica en curso, entre las dos grandes corrientes que aspiran a llevar a Iberoamérica a la modernidad -una, de izquierda dura, estatista, anti-imperialista, imbuida de tentaciones autoritarias, populista; la otra, de centro-izquierda o centro-derecha, globalizada, democrática, pro-mercado y moderada-, España debe figurar, su sociedad y Gobierno deben contar, su prestigio y su experiencia deben influir.
Valoración de la Declaración de Lima, V Cumbre UE-América Latina y Caribe
CONTEXTO
Como continuidad de la política de estrechamiento de las relaciones entre la Unión Europea y los países latinoamericanos y caribeños, se celebró en Lima durante los días 13 y 17 de mayo de 2008, la V Cumbre Unión Europea-América Latina y Caribe, con participación de los 60 gobiernos europeos (27) y latinoamericanos (20) y caribeños (13).
La celebración de la Cumbre tuvo como anticipo la firma del acuerdo con los quince países de la región que conforman el CARIFORUM para la firma, en julio de este año, del Acuerdo de Asociación Económica UE-CARIFORUM, lo que aparte de su importancia, ha supuesto un primer acuerdo con la región, si bien dentro del marco del Acuerdo de Cotonú suscrito por la UE y los países ACP.
Además, ha estado precedida de la celebración de la Asamblea Parlamentaria Euro-Latinoamericana, acordada en la IV Cumbre celebrada en Viena en 2006, que el 1º de Mayo hizo público su “Mensaje” a la V Cumbre con propuestas y recomendaciones relativas a los temas de la Agenda de Lima.
La Cumbre se ha desarrollado en una coyuntura política especialmente difícil entre los países americanos. A la división ideológica entre los distintos gobiernos americanos, puesta de relieve por el contraste entre la excepcional acogida mostrada por el gobierno de Perú y las críticas desde los gobiernos de Nicaragua y Bolivia contra estas Cumbres, que consideran foros de expansión de las ideas neoliberales. A estas diferencias se sumaron, en los días previos, las desavenencias entre Ecuador y Venezuela con su vecino Colombia a propósito de la lucha de este país contra las FARC y la incursión militar de Colombia en territorio ecuatoriano.
Si por parte americana, han sido aspectos políticos los que ha podido influir en el desarrollo de la Cumbre, la incertidumbre económica instalada en la Unión Europea puede explicar la falta de cuantificación financiera de los acuerdos logrados. Por otro lado, hay que señalar la ausencia del Presidente de la República Francesa, y de los primeros ministros del Reino Unido y de Italia, por distintos motivos.
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El consejo de defensa sudamericano
CONTEXTO
América Latina ha sido hasta ahora una zona que ha gravitado en términos militares –y políticos- alrededor de Estados Unidos y sus influencias directas o indirectas. El siglo pasado ha estado plagado de acciones unilaterales e intervenciones de Washington orientadas a menudo a mediatizar los procesos políticos de la región y establecer mecanismos de control de sus respectivos gobiernos. Al mismo tiempo, ha diseñado estrategias orientadas a impedir que profundizara cualquier proceso de cohesión intraregional que no estuviera en concordancia con sus intereses nacionales. La debilidad estructural de las instituciones y gobiernos de los países de la zona ha contribuido, al mismo tiempo, a debilitar el posible avance de todas las iniciativas destinadas a una mayor cooperación regional o subregional. Es curioso que este escaso avance en la formulación de estructuras multilaterales coincida, precisamente, con una fuerte atracción de América Latina hacia las organizaciones y tratados internacionales. Basta resaltar que hace sesenta años, en 1948, ya entraban en vigor el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (ITAR) –curiosamente en Río de Janeiro (Brasil)- y casi al mismo tiempo en Bogotá, se establecía la Organización de Estados Americanos (OEA), el foro tradicional de prevención y resolución de conflictos aunque con un impacto muy limitado en este terreno por diversas razones. Otras iniciativas, como la Junta Interamericana de Defensa o la dimensión militar de MERCOSUR, han intentado también progresar en una mayor colaboración en esta dimensión aunque con escasos resultados hasta el momento.
Ha hecho falta un conflicto bilateral entre Colombia y Ecuador, relativamente limitado a nivel hemisférico, para despertar –como fulgurante catalítico- la urgencia política de recuperar rápidamente el terreno cedido. Hay que reconocer, sin embargo, que no es consecuencia sólo del ataque colombiano a las bases de las FARC en territorio ecuatoriano. También lo es de los paulatinos –aunque a veces imperceptibles- avances acumulados durante las últimas dos décadas que han consolidando en las élites y pueblos latinoamericanos el convencimiento de la necesidad de estructurar formas de actuación multilaterales que eviten el intervencionismo o que la región se convierta en un mero apéndice de otros grandes bloques económico-políticos, sea Estados Unidos, la Unión Europea o la aún por definir Asia Pacífico.
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Los mejores y peores días de América Latina
La región latinoamericana se encuentra hoy en uno de sus mejores y peores momentos. De esta contradicción se desprende la grave división y la creciente crisis política que la agobian.
El mejor momento: hace por lo menos tres decenios que las economías iberoamericanas no alcanzaban las tasas de crecimiento de los últimos cinco años. Gracias a políticas “macro” sensatas, y también, por supuesto, a los elevadísimos precios de los commodities -cobre, hierro, soja, petróleo…- la expansión económica ha sido larga, sin inflación ni desequilibrios externos, hasta ahora. Todo esto ha generado una reducción innegable de la pobreza, una pequeña pero alentadora merma a la desigualdad, y, sobre todo, una expansión notable de la clase media baja hasta en países como México y Brasil.
En lo político, la evolución ha sido igualmente positiva. Las transiciones a la democracia de los años ochenta han resultado ser duraderas y profundas. Con la excepción del régimen de Cuba y de las FARC en Colombia, todos los actores políticos de la región compiten por el poder vía las urnas: incluso Hugo Chávez acepta sus derrotas en las mismas. El respeto a los derechos humanos, imperfecto por supuesto, es mayor que nunca, y la eficacia y repercusión de las denuncias a sus violaciones también. América Latina importa menos en el mundo, porque genera menos problemas; su vitalidad cultural se encuentra intacta, más extendida y menos espectacular.
¿Por qué entonces el subcontinente se encuentra enfrascado en más conflictos diplomáticos, políticos, sociales y de delincuencia que en cualquier otro momento de la historia reciente? En efecto, de sur a norte, atestiguamos una extrema polarización política en México, que ha paralizado cámaras legislativas y arterias de la capital; el diferendo antiguo pero agudizado, entre Nicaragua y Colombia por la isla de San Andrés y los límites marinos (ya presentado ante la Corte Internacional de Justicia -CIJ-); el que impera con una creciente animosidad entre Venezuela y Colombia, en todos los ámbitos; el pleito fronterizo, personal y militar entre Colombia y Ecuador; el conflicto armado en Colombia sigue cobrando vidas a gran escala; el inminente cierre de las chavistas Casas del Alba en Perú; el litigio de límites marinos entre Perú y Chile (también ya ante la CIJ); la extrema tensión, a causa de varios referendos, entre las provincias orientales de Bolivia y el Altiplano, y las divergencias sobre suministro de energía entre ese país, Argentina y Brasil, sin omitir, desde luego, el diferendo ancestral entre Chile y Bolivia sobre el acceso al mar. Si agregamos el reciente paro del campo en Argentina, la reacción feroz de los cripto-piqueteros kirchneristas (Luis d’Elía: “Lo único que me mueve es el odio contra la puta oligarquía… Tengo un odio visceral contra los blancos del Barrio Norte”) y el aquelarre incomprensible (también llevado a la CIJ) entre Uruguay y Argentina por la papelera en la República Oriental y el cierre fronterizo en Gualeyguachu, comprobamos una retahíla insólita de líos. ¿A qué se debe?
Se antojan múltiples factores explicativos. Podemos, sin embargo, centrarnos en uno, que, sin ser suficiente, es necesario y primordial. América Latina se encuentra hoy escindida en dos bandos: uno, el que bajo la afinidad con o férula de -según la óptica- el llamado Consenso de Washington, sigue el camino de la democracia representativa -con todos sus bemoles- de la economía de mercado y la globalización -con sus insuficiencias irrefutables-, de relaciones cordiales, aunque no desprovistas de desacuerdos, con Estados Unidos, y que incluye a México, República Dominicana, Costa Rica y Panamá, Colombia, Perú, Chile, Uruguay y Brasil; y otro, del proverbial “eje del bien” (o “del mal”, de nuevo según la óptica), estatista, globalifóbico, preso de tentaciones autoritarias y/o de democracia “participativa”, antiamericano y convencido de que “otro mundo es posible”, regenteado por La Habana y Chávez (ya que la supervivencia del segundo representa un asunto de vida o muerte para el Gobierno isleño), y con antenas importantes, dentro y fuera del poder, en México (López Obrador y el PRD), El Salvador (el FMLN), Nicaragua, Colombia (las FARC y parte del Polo Democrático), Ecuador, Bolivia, Argentina, y ahora, muy probablemente Paraguay. Ninguno de los dos bandos es químicamente puro: abundan fuerzas del primero en el seno del segundo, y muchos gobiernos de ese primer grupo se ven asediados por fuerzas financiadas y organizadas, por gobiernos del segundo. Más aún, algunos países, sobre todo la Argentina y en menor medida Guatemala, oscilan entre un bando y otro.
Existe, sin embargo, una asimetría fundamental entre ambos bandos. Los partidarios y adeptos de la ortodoxia macroeconómica, de la democracia antes llamada burguesa y del entendimiento con Washington, incluso gobernado por Bush, son timoratos, introvertidos y cautelosos al extremo; no fue ninguna casualidad que quien le espetara a Chávez “¡Por qué no te callas!”, fue Juan Carlos I, no Calderón, ni Uribe, García, Bachelet, Vázquez, o Lula. Mientras que el otro lado posee, desde años atrás, una estrategia, y de manera mucho más reciente, los medios para ponerla en práctica. He aquí el quid del asunto.
El conglomerado en cuestión hoy cuenta con la capacidad de realizar el añejo sueño del Che Guevara: no “uno, dos, muchos Vietnams”, sino uno, dos muchos Venezuelas, en el sentido de conquistar el poder vía las urnas, de conservarlo, transformarlo y concentrarlo vía la modificación constitucional y la creación de milicias armadas y partidos monolíticos, todo ello financiado por el petrolero de PDVSA, defendido y promovido por cuadros de seguridad cubanos, alentado por políticas sociales a largo plazo equivocadas pero a corto plazo seductoras, llevadas al terreno por médicos, maestros e instructores cubanos, respaldados, en la teoría y cada vez más en la práctica, por las armas rusas suministradas a Caracas.
Más que nada, este bando cuenta con una narrativa convincente. Ante la persistencia de la pobreza y la desigualdad, la recurrente agresión y/o descuido norteamericanos, la mezquindad del empresariado y la corrupción e incompetencia de los gobiernos anteriores, la alternativa bolivariana aparece como soñada. Se entregan servicios de educación y salud a los más pobres a través de las llamadas misiones y de los cuadros cubanos; se obtienen fondos para pagarlos ya sea nacionalizando empresas de recursos naturales (Venezuela, Bolivia), ya sea cobrando rentas o impuestos más elevados por servicios o exportaciones (Ecuador, con la telefonía y el petróleo; Paraguay, con la electricidad). Se imponen -amenaza de expropiación me-diante- reducciones de precios de productos de consumo popular (cemento, varilla, harina, pan, bebidas, etcétera). Es decir, la narrativa ofrece un diagnóstico intolerable y propone una solución alcanzable. Dentro de su simplismo, pero en democracia (a diferencia de la época del Che y de las guerrillas urbi et orbi en América Latina) y con acceso a medios, partidos, y sindicatos, el mensaje funciona. Es falso, pero verosímil y asimilable. Al otro bando, aun si poseyera un discurso equivalente, le aterra pronunciarlo.
En este esquema, la joya de la corona es Colombia. Los cubanos son demasiado inteligentes para creer que países como México o Brasil puedan caber dentro del Plan Estratégico de las FARC en las famosas computadoras; se dan por bien servidos con que Calderón y Lula sean sus amigos o cómplices, no en sustituirlos con aliados incondicionales (izquierda del PT, López Obrador). Argentina y Perú son objetos codiciados, pero en ninguno de los dos casos disponen de quintas columnas fieles y poderosas. Pero en Colombia, a pesar de la supuesta distancia de las FARC con La Habana y de la reticencia de parte del Polo Democrático de ser correa de transmisión de Chávez, cuentan con la ausencia de un sucesor viable de Uribe, para transformar la elección de 2010 en un hito. Por eso, todo va encaminado a Colombia: las negociaciones para liberar a los rehenes, el apoyo y búsqueda de reconocimiento para las FARC, la promoción internacional de figuras como Piedad Córdoba, las negociaciones entre Uribe y el ELN en Cuba.
En los meses que vienen, veremos cómo esta estrategia se despliega, con reveses y aciertos, llenando el vacío dejado por el otro bando. Y comprobaremos, por desgracia, cómo los conflictos de la región, proliferarán y se acentuarán. Y cómo, por último, estos mejores días de América pueden rápidamente virar en una nueva debacle, si no se hace nada para evitarlo.
Bolívar y el nuevo populismo bolivariano
América Latina está viviendo una etapa peligrosa de confusión. Confusión caracterizada -después de las dictaduras históricas y a la hora de la elevación inusitada de los precios de las materias primas- por la aparición de una serie de lenguajes superpuestos, con un falso análisis, que están generando nuevas oligarquías económicas y políticas desde un populismo soez: el populismo de la chequera.
El más caracterizado de esos lenguajes es del bolivarismo. Se utiliza y usa sin el menor rigor -también como la chequera de la instantaneidad-, es decir, con una grave impunidad. Simón Bolívar es, biográficamente, la historia de una clase dominante. Nace en el seno de una de las más grandes y ricas familias de Venezuela y la Región. Su “quinto abuelo”, como le gustaba decir, llegó a América en 1589. Su punto de partida: Marquina, “del Señorío de Vizcaya”. El quinto abuelo fue secretario del gobernador Diego de Osorio. Desde entonces, hasta el último abuelo, el poder.
El padre y la madre de la más alta clase mantuana de Caracas. En esa ciudad, climáticamente privilegiada, nació Bolívar en 1783. Gobernaba el Imperio Carlos III que elevó Venezuela a Capitanía General en 1777. La casa de los Bolívar -además de las grandes estancias y las minas- grande y bella. Sus tres patios llenos de sol y luz. Su padre, don Juan Vicente Bolívar y Ponte, casó con doña María Concepción Palacios y Blanco. Rica también por su casa. Era ilustrada, amante de la música, caballista. Muere joven; también el padre. Fue amamantado por una esclava negra, Hipólita. La recordará, sin más, así: “Fue para mí un padre y una madre”. Pasión descriptiva.
Quedó en manos de parientes. Turbulencias. Tuvo que intervenir la justicia, por la importancia de la familia, para obligarle a vivir con el pariente que menos quería. A los 15 años, subteniente del Batallón de las Milicias de Blancos Voluntarios. En él su padre fue coronel. En un paréntesis, recibió enseñanza de un hombre, Simón Rodríguez, el soñador de las escuelas. Todavía espera una gran biografía. Uslar Pietri me dijo en Caracas: “No quiero morirme sin hacerla”. Murió antes. Cuando las cinco Repúblicas Bolivarianas se convertían en naciones, Bolívar le preguntó al educador. Éste le contestó: “Repúblicas sin republicanos y sin ciudadanos”.
El subteniente, para ampliar su carrera, fue enviado a España. En el camino, Veracruz. Subió, desde la mar a la Ciudad de México. Le hospedaron en casa del presidente de la Audiencia. Le recibió el virrey. Cuando llegó a Madrid, con venezolanos de postín y riqueza, su tío Esteban era ministro del Tribunal de la Contaduría y amigo personal de Manuel Mallo, quien, a su vez, era “íntimo”, así se decía, de la reina María Luisa. Estando en Madrid llegó otro de sus tíos, Pedro. Era el año de 1799. El joven visitó, inmediatamente, la tierra vasca de sus antepasados.
Ilustres y ricos venezolanos, repito, en Madrid. El joven oficial se enamora. Le dijeron los familiares que no. ¿Quién dice no a Bolívar? Se casó con María Teresa. El Rey autorizó a su oficial el matrimonio el 15 de mayo de 1802. Ella rica por su casa y con parientes en la aristocracia criolla. María Teresa, la bella, tenía 20 años; el oficial, 19. Eligieron Caracas, ¿quién no?, para la luna de miel. Él estaba decidido, dado el matrimonio, a organizar sus extensos negocios. Ella murió repentinamente; él, amargo, dijo que no se casaría nunca más. Tuvo enganches, sí, como el de Manuela, pasión en la pasión. “¿Qué hacer?”. Lenin.
Regresó a Europa. Era rico. Podía. En su viaje a Francia encuentra a un sabio profético: el barón de Humboldt, que había viajado por América. Su mirada en México sería la primera mirada moderna sobre el país. Su Ensayo, un gran sobresalto. Bolívar le interrogó sobre la posibilidad de la Independencia de las Américas españolas: “Están maduras, pero no veo a los hombres todavía”. Él, viudo a los ocho meses de casado (1803), pudo ver la coronación de Napoleón en 1804. La corona se la puso él mismo en la cabeza. Las manos del Papa temblaban. Nada nuevo. ¿Temblaban las del Papa Alejandro VI, valenciano, padre de Lucrecia de Borgia (Borja el apellido originario) cuando dividió el mundo por conocer y lo entregó a España y Portugal para que institucionalizaran el poder? ¿Y el Evangelio?
Bolívar, con dos amigos, partió, desde la Francia donde viera a Humboldt hacia Roma. El 15 de agosto de 1805, en Monte Sacro (una de las siete colinas) hizo su juramento histórico: “Romper las cadenas coloniales de España”. En 1808 Napoleón invadía la Península y, con ello, generaba la revolución en América. Simón Bolívar se une al movimiento y los Batallones de las Milicias Blancas inventan otra historia. Humboldt, ¿qué pensaba?
Bolívar, representante de una clase social, inaugurará una insurgencia liberadora que generará cinco Repúblicas que, aún, esperan su conciliación. En el curso de la epopeya Venezuela vivirá con él no sólo una revolución, sino dos. Con el movimiento de independencia de 1810 se inicia en Venezuela una de las más extraordinarias contradicciones no desveladas. En efecto, los batallones de los blancos lucharán contra los capitanes generales de España, pero en Venezuela -la Venezuela de Bolívar, es decir, la de la “guerra a muerte”- se verá otro alzamiento que es indispensable asumir. Un asturiano desconocido vivía en los Llanos (después Llanos de Doña Bárbara y Rómulo Gallegos) venezolanos, José Tomás Boves, levanta a los negros y los mulatos y, como un huracán de furia social, se yergue contra los criollos y los españoles a los que unas veces defiende y otras ofende. La realidad social como epicentro de una inmensa lucha de clases que aterró a la Iglesia porque Boves hizo generales a los negros y estremeció el viejo orden y el nuevo. La guerra de Boves fue el paroxismo de una lucha de clases que nunca ha tenido las plumas adecuadas para esclarecer esa guerra popular contra todos.
Bolívar, en Junin, el 6 de agosto de 1824 derrota a un ejército español, y su lugarteniente, otro joven criollo, el mariscal Sucre, el 9 de diciembre del mismo año, derrota al último ejército español de América: el del virrey La Serna. La paz la firmó Sucre en la cordillera. Fue asombroso: dejó a los españoles elegir quedarse en los nuevos países con sus galones o volver a España en paz. Muchos se quedaron; los otros fueron los “ayacuchos” del ejército español del siglo XIX: los liberales. Bolívar, cuando supo la paz firmada por Sucre (era bailarín), bailó sobre una mesa para celebrar la victoria de Ayacucho y la paz generosa de Sucre. No se verían más.
Sucre fue asesinado por la nueva oligarquía -impune hasta hoy el crimen- que, a su vez, desposeyó a Bolívar de todos sus cargos. No quiso una nueva guerra civil. Se dirigió a Caracas con menos de diez hombres. Nadie le abrió sus puertas en el camino. Al llegar a Santa Marta, muy enfermo, sólo un español, Joaquín de Mier, le abrió las de su casa y, finalmente, las de su Quinta, en el campo, donde Bolívar murió en 1830.
En 1815, en su Carta de Jamaica había escrito (a 15 años de su muerte) estas palabras: “En tanto que nuestros compatriotas no tengan los talentos y las virtudes políticas que distinguen a nuestros hermanos del Norte, los regímenes que se apoyan enteramente sobre el pueblo, lejos de sernos favorables, provocarán, yo creo, nuestra ruina”.
En 1826, a la hora del Congreso de Panamá, al cual no asistió y al que después negó su aprobación a lo pactado, invitó también a Estados Unidos. El Senado norteamericano, después de un debate, envió dos delegados a Panamá: Anderson y Sergeant. El primero murió en el camino; el segundo continuó hasta México donde se celebró la siguiente fase del Congreso. El último mensaje de Bolívar, el día en que había recibido los Sacramentos de manos del obispo de Santa Marta, tuvo este final: “¡Colombianos! Mis últimos votos son para la felicidad de la Patria. Si mi muerte contribuye a que cesen los partidos y se consolide la Unión, yo bajaré tranquilo al sepulcro”. Nada más morir, la Unión se vino abajo y hoy requiere el mismo o parecido discurso. Joaquín de Mier le vio morir.
De Robin Hood a Pablo Escobar
Durante la guerra no me preocupaba tanto morir en combate como envejecer de guerrillero. Viendo la juventud de mis compañeros y la mía propia en fotografías de los primeros años del conflicto salvadoreño, concluí que las insurgencias no eran una solución, sino el síntoma de un problema. Más que un proyecto político, fuimos una generación que se alzó ante la prepotencia del poder antes de cumplir 20 años, pero que al llegar a los 40 entendimos que habíamos transformado al país y firmamos la paz.
En Nicaragua y en El Salvador la gente llamaba a los guerrilleros los muchachos y en Cuba los barbudos entraron a La Habana cuando estaban en la treintena. Los rebeldes uruguayos y argentinos mostraron con habilidad extraordinaria que era posible una guerra urbana a gran escala y el M19 de Colombia convirtió una derrota militar en una victoria política siendo la primera guerrilla que se atrevió a negociar.
Éstas son las seis insurgencias más importantes, desarrolladas, imaginativas y audaces del continente; rebeliones de jóvenes que lo dieron todo y en ese camino murieron y perdieron, o vencieron y transformaron, pero todas evitaron envejecer como guerrilleros.
Las insurgencias no surgieron por romanticismo ideológico, sino por la existencia de dictaduras militares y prácticas autoritarias en todo el continente, con excepción de Costa Rica. Podemos separarlas en dos grupos: las que consideraban la lucha armada como un instrumento para lograr fines y las que hicieron de la lucha armada un fin en sí mismo.
Las guerrillas del primer grupo fueron agentes de cambio y las del segundo no se dieron cuenta cuando el mundo cambió. En este segundo grupo estuvieron las insurgencias que envejecieron luchando en Perú, Guatemala y Colombia, tanto que la colombiana sobrevivió al fin de siglo.
En los años sesenta, setenta y ochenta, las drogas gozaban de tolerancia en la oferta y la demanda. Ahora ya no se tolera la oferta, pero por aquellos años éstas no eran consideradas un problema estratégico de seguridad. En los ochenta, la Agencia Central de Inteligencia de los Estados Unidos traficó con cocaína para financiar a la contra nicaragüense y militares cubanos permitieron a los narcotraficantes pasar por la isla a cambio de divisas. Se consideraba que “ese veneno era un problema de los gringos”. Es en esa misma época los carteles mexicanos se fortalecieron y Pablo Escobar exhibía en su hacienda la avioneta con la cual llevó el primer embarque de cocaína a Estados Unidos.
Las FARC colombianas nacieron en 1964 movidas por un programa agrario para enfrentar a un Estado débil en el control de extensas zonas rurales. Al nacer con territorio se desarrollaron más como una autodefensa campesina, que como una insurgencia con visión de poder. Por décadas fueron una guerrilla militar y políticamente perezosa, sin duda la insurgencia más conservadora del continente que envejeció en la Colombia rural profunda.
Para enfrentarse a las FARC, la extrema derecha colombiana inventó el paramilitarismo, obviamente con complicidades estatales. Esta lucha se volvió larga y despiadada de lado y lado, una verdadera competencia de masacres que en el ámbito urbano dejó miles de sindicalistas, periodistas y activistas muertos por ambos bandos. Pero en 40 años, Colombia y Latinoamérica cambiaron, las dictaduras y el autoritarismo desaparecieron y las izquierdas, incluso en Colombia, pasaron de la clandestinidad, el exilio, las cárceles y las montañas, a gobiernos y parlamentos.
Sin ser perfecta, esta transición permite ahora que las izquierdas tengan más poder político que las derechas. La violencia criminal desplazó a la violencia política, el consumo de drogas dejó de ser un problema de los “gringos” y se expandió en Latinoamérica multiplicando pandillas, crimen organizado, corrupción y todo tipo de delitos. La seguridad se convirtió así en una demanda urgente de los más pobres. La envejecida insurgencia colombiana se encontró entonces habitando en los mismos territorios donde estaba la mayor producción de coca del mundo y con la justificación de que en ese negocio hasta la CIA se había metido, pasaron a financiarse con la droga y a montarse en la nueva ola de violencia como un ejército al servicio del narcotráfico. Llamar a las FARC narcoguerrilla no es un ataque político, sino una derivación estructural del propio conflicto colombiano que contaminó también a los paramilitares y a una parte de la clase política colombiana.
El extremismo ideológico hace perder escrúpulos porque la intolerancia al enemigo siempre termina justificando los excesos y, por otro lado, la crueldad de ese enemigo se utiliza para disculpar la crueldad propia. De esa forma, “ser los buenos” como principio esencial de cualquier insurgencia que necesita “pueblo”, termina desapareciendo.
Contrario a la guerrilla de Fidel Castro que no realizó jamás un secuestro, las FARC son los mayores extorsionadores y secuestradores del mundo y sus operaciones militares han sido tan indiscriminadas que han destruido pueblos y masacrado a sus habitantes. En uno solo de esos hechos, en Bojayá, las FARC mataron a 119 personas, incluidos 40 niños, cuando lanzaron explosivos contra una iglesia.
El calificativo de terroristas no es un invento americano, es algo que las guerrillas colombianas se han ganado por matar a miles de civiles inocentes. Las FARC son tan odiadas como los paramilitares y prueba de esto fueron los millones que protestaron contra éstas en febrero de este año. Jamás en Latinoamérica pudo gobierno alguno movilizar a tanta gente contra una insurgencia, lo normal era que los insurgentes llenaran las calles contra los gobiernos.
Las FARC son una amenaza transnacional, tienen el poder financiero del narcotráfico para corromper, intimidar y destruir instituciones en cualquier parte como cualquier cartel, pero su pasado político insurgente confunde. Perú, Brasil y Panamá los persiguen de forma coordinada con Colombia, sin embargo, Venezuela y Ecuador la consideran una insurgencia legítima y esta diferencia provocó la reciente crisis regional.
No son los gobiernos el problema, sino las FARC. La confusión sobre la naturaleza de éstas alcanza a sectores de la izquierda europea y latinoamericana, particularmente en México. Estas izquierdas siguen idealizando al guerrillero y justificando una violencia que ya no es política sino criminal. Sustentan su posición en el imaginario de un pasado autoritario inexistente, necesitan mentir, justificar excesos y reinventar a su enemigo para tener sentido. Su apoyo a las FARC fortalece en definitiva a la derecha colombiana y constituye un peligro para sus propios países.
La violencia delictiva en las calles de Madrid o México está conectada con todo esto. La violencia criminal es ahora hegemónica y, en esas condiciones, la violencia política organizada, cualquiera que sean sus intenciones, termina cooptada por la primera. El resultado final es el mismo, plata o plomo para políticos de izquierdas y de derechas. Sin autoritarismo las izquierdas latinoamericanas tienen ahora un reto más intelectual que emocional, deben resolver problemas en vez de multiplicarlos.
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