¿Al Qaeda en auge?
Siete años después de que la Administración Bush declarara la guerra total contra Al Qaeda (con un coste de cientos de miles de vidas y billones de dólares), se aprecia escaso acuerdo entre funcionarios estadounidenses y especialistas independientes sobre la situación de la organización terrorista y grupos afines que han irrumpido en escena desde el 2003.
Consúltense, por ejemplo, las declaraciones al respecto de dos funcionarios de alto rango de los servicios de inteligencia estadounidenses. En el mes de mayo, en una entrevista concedida a The Washington Post,el director de la CIA Michael V.
Hayden manifestó que Al Qaeda se halla ahora a la defensiva en todo el mundo, incluida la frontera entre Afganistán y Pakistán.
“Nada de eso”, replicó otro destacado funcionario la misma semana. “Una Al Qaeda reconstituida seguirá siendo la principal amenaza terrorista”, declaró Donald M. Kerr, director adjunto del organismo de la Inteligencia Nacional al pasar revista a los desafíos que se le plantearán al futuro presidente de Estados Unidos en un discurso en el Instituto Washington para la Política en Oriente Medio, institución proisraelí.
Según Kerr, Al Qaeda y sus partidarios, atrincherados en las zonas fronterizas tribales afganopakistaníes, constituyen “nuestro principal motivo de preocupación”. Es menester referirse, en consecuencia, a dos discursos oficiales que indudablemente difieren.
De modo similar, especialistas independientes difícilmente se ponen de acuerdo sobre si Al Qaeda sigue siendo aún una amenaza letal. En su último libro La yihad sin liderazgo: redes terroristas en el siglo XXI reseñado en estas páginas el día 21/ VII/ 2008-, Marc Sageman asevera que Al Qaeda es una sombra de lo que fue y languidece con rapidez.
Bien, no todos coinciden con las apreciaciones de Sageman. Ciertamente no es el caso de Walid Phares, figura académica metamorfoseada en ideólogo conservador. Phares, miembro de la junta de la Fundación para la Defensa de las Democracias (Washington DC) apremia a Occidente, en su nuevo libro La confrontación: ganando la guerra contra la yihad futura, a librar una guerra total no sólo contra Al Qaeda, sino también contra los regímenes iraní y sirio, Sudán, Libia, Arabia Saudí, Hizbulah en Líbano, el grupo palestino Hamas y los Hermanos Musulmanes de Egipto, para no hablar de Cuba y Corea del Norte.
En La confrontación,Phares afirma que la supervivencia del mundo libre está en juego porque progresan las fuerzas de la yihad global. “Las redes terroristas – afirma- disponen de petróleo, emporios financieros, ejércitos regulares, milicias, conexiones ocultas, líderes religiosos radicales, medios influyentes, madrazas, regímenes, círculos en el interior de los gobiernos, armas bioquímicas, ideología totalitaria, sitios de internet de colaboradores y simpatizantes en el seno del mundo libre y, potencialmente, armas nucleares”.
Aunque algunos políticos y expertos consideran que la amenaza de Al Qaeda puede evolucionar según un patrón – en términos médicos- de carácter autolimitado (que remite en el tiempo y no debido a intervención externa), Phares califica el yihadismo de “movimiento mundial (…) que persigue el propósito de la dominación mundial”. Apremia a Occidente, sobre todo a EE. UU., a avanzar para “liberar Oriente”, derrocando gobiernos opresores en Oriente Medio y allende aquellas tierras. Y, a fin de soportar las adversidades y ganar esta larga guerra – afirma Phares- Occidente debe modificar radicalmente su forma de pensar. Phares lanza improperios contra las “elites dominantes” que han lavado el cerebro de la ciudadanía sin explicar que estamos en una guerra total contra un enemigo implacable.
De hecho, La confrontación rebosa de conspiraciones y conspiradores que se proponen minar el mundo libre desde dentro. La yihad, con ayuda de recursos y apoyo de ciertos estados, “ha conseguido deslizarse en el seno de elites occidentales y comunidades étnicas desde las que ya ha lanzado triunfantes y sangrientos ataques”. Phares quiere dar a entender que los terroristas han minado auténticamente las principales universidades europeas y estadounidenses y numerosos laboratorios de ideas, pero resulta imposible saber a ciencia cierta lo que Phares quiere decir pues no aporta pruebas o ejemplos convincentes al respecto.
Como en el caso de la extrema izquierda, desconfía de los medios de comunicación clásicos e incita a la sociedad occidental a seguir la información de los blogueros, noticias y crónicas sobre el terreno, YouTube, charlas por internet y otros medios libres para obtener información, al menos hasta que los medios de comunicación tradicionales KRAHN “reajusten su enfoque de acuerdo con la realidad de la amenaza yihadista”. Ala hora de identificar al enemigo, Phares mete en el mismo saco a la laica Siria, el Irán chií y Al Qaeda (organización fundamentalista suní), la Cuba comunista y Corea del Norte.
En suma, La confrontación resulta reveladora porque es una exposición a pleno pulmón de la mentalidad ideológica que se impuso en su día en el equipo responsable de la política exterior de la Administración Bush tras el 11-S y que aún pugna por abrirse paso. El enfoque de Phares casa de hecho con la óptica propia del yihadismo y su libro constituye la receta para una política occidental que sería tan autolesiva como el yihadismo resulta ser, como se ha mencionado, un mal autolimitado.
El renacimiento de Al Qaeda
Mucho se está especulando sobre la naturaleza del actual terrorismo global, es decir, del terrorismo relacionado de uno u otro modo con Al Qaeda. Se trata de una polémica muy extendida en los círculos académicos y en las comunidades de inteligencia, con implicaciones para el enfoque que ha de darse a las políticas nacionales de seguridad y a la cooperación internacional en dicha materia. Una polémica en torno a cómo ha evolucionado ese fenómeno tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 y al tipo de amenaza que supone en nuestros días tanto para los países cuyas poblaciones son mayoritariamente musulmanas como para otras sociedades, incluidas por supuesto las del mundo occidental.
Como consecuencia de la reacción estadounidense a lo ocurrido aquel día en Nueva York y Washington, la estructura terrorista liderada por Osama Bin Laden perdió el santuario del cual venía disfrutando en Afganistán desde mediados los noventa y quedó seriamente menoscabada. No pocos de sus grupos afines, que de igual manera contaban con campos de entrenamiento y otras infraestructuras al amparo del régimen de los talibanes, se vieron asimismo afectados. Y las organizaciones directa o indirectamente vinculadas con Al Qaeda que tenían sus bases fuera de ese país surasiático fueron desde entonces objeto de una decidida represión por parte de los Gobiernos con autoridad sobre las diferentes jurisdicciones estatales donde se encontraban.
Estos acontecimientos son suficientemente conocidos y no parece que respecto a ellos exista demasiada controversia entre los observadores atentos del fenómeno. Sin embargo, no pocos de éstos concluyeron, a partir de aquellos hechos, que Al Qaeda había dejado de existir, transformada en una ideología o en un movimiento. Concluyeron también que el terrorismo global se había convertido en un fenómeno amorfo, carente de estructuración formal y de liderazgo. Concluyeron, finalmente, que la verdadera amenaza terrorista procede ahora de células locales constituidas de manera espontánea y compuestas por individuos radicalizados a sí mismos bajo el influjo de una serie de ideas diseminadas sobre todo a través de Internet.
A esta visión ha contribuido la obra de un influyente doctrinario del terrorismo yihadista. Un individuo de origen sirio pero nacionalizado español que responde al sobrenombre de Abu Musab al Suri, miembro fundador de la célula establecida por Al Qaeda en nuestro país una década antes del 11-M y luego incorporado al círculo inmediato de Osama Bin Laden. Fue detenido en Pakistán en 2005, no sin que antes publicase su Llamada a la resistencia islámica mundial.
Ahora bien, afirmar que aquella estructura terrorista ha desaparecido, que el terrorismo global es ahora un fenómeno amorfo y que la amenaza emana hoy de células locales surgidas espontáneamente no parece que se corresponda con la realidad. Para empezar, Al Qaeda sigue existiendo. Se ha transformado en los últimos años, mostrando gran resistencia y una sobresaliente capacidad de adaptación, pero está regenerada y los servicios de inteligencia occidentales lo saben. Su núcleo de liderazgo, reconstituido en distintas ocasiones, permanece en la zona fronteriza de Pakistán con Afganistán, donde dispondría de algunos centenares, si no unos miles, de miembros propios. Dispone además de tramas y células, así como de agentes y colaboradores, fuera de aquella zona. Eso sí, ha venido subsanando su estado previo, como remanente de la estructura terrorista que existía antes del 11-S, con una extraordinaria producción de propaganda audiovisual. Sus capacidades operativas no son las mismas que en el pasado, pero han vuelto a ser considerables.
Más aún, Al Qaeda ha conseguido establecer, aunque no siempre de la misma manera, algunas extensiones territoriales. Es el caso de la denominada Al Qaeda en la península Arábiga, que dio comienzo a su campaña terrorista en 2003. O el de la altamente burocratizada Al Qaeda para la Yihad en la Tierra de los Dos Ríos, constituida en 2004 en Irak, a partir de un grupo denominado Unicidad de Dios y Yihad, muy activo en ese país desde que fuera militarmente invadido el año anterior. A inicios de 2007, apareció la no menos estructurada Al Qaeda en el Magreb Islámico, resultante de una fusión, anunciada unos meses antes, entre la propia Al Qaeda y el Grupo Salafista para la Predicación y el Combate, de origen argelino.
Por otra parte, alrededor de 30 grupos y organizaciones activos en distintos lugares del mundo mantienen algún tipo de asociación con Al Qaeda. Difieren mucho en sus dimensiones, grado de articulación, composición y alcance operativo. Entre ellos se encuentran los talibanes afganos, los neotalibanes paquistaníes de Tehrik e Taliban (Fuerza de Talibán), Lashkar e Tayiba (Ejército de los Puros), el Movimiento Islámico del Turkestán Oriental, Harakat ul Jihad ul Islami (Movimiento de la Yihad Islámica), Abu Sayaf (Portadores de la Espada), la Yemaa Islamiya (Asamblea Islámica), Jund as Sham (Ejército del Levante), Asbat al Ansar (Liga de los Seguidores) o Harakat Shabab al Muyahidín (Movimiento de la Juventud Combatiente) o la Unión de la Yihad Islámica escindida del Movimiento Islámico de Uzbekistán.
Cierto que Al Qaeda ha inspirado la formación y el desarrollo, en numerosos países del mundo pero quizá especialmente en los occidentales, de grupúsculos o células carentes, al menos en un principio, de ligámenes con alguno de esos otros componentes del actual terrorismo global. Sin embargo, estos grupúsculos o células que se autoconstituyen influenciados por los fines y los medios propugnados desde el núcleo de Al Qaeda pueden llegar a establecer esos vínculos. En cualquier caso, estas redes y células autoconstituidas no deben confundirse, como a menudo ocurre, con las que están bajo el mando directo de Al Qaeda, situadas en la periferia de sus extensiones territoriales o integradas en grupos y organizaciones afiliados con esa estructura terrorista.
Como tampoco debe exagerarse su importancia a expensas de los otros componentes del terrorismo global. La inmensa mayoría de los atentados relacionados con Al Qaeda que se han perpetrado en los últimos seis años y medio son obra de esta misma y, sobre todo, de sus extensiones territoriales y de grupos u organizaciones afines. Y esos tres componentes del terrorismo global destacan en general por un significativo grado de articulación, con disciplina interna, especialización funcional, jerarquía y dirección reconocida. Algo que no casa con la noción de un fenómeno desorganizado que sería la suma de grupúsculos independientes y células espontáneas. Estos actores locales son parte del terrorismo global, pero no debe tomarse esa parte por el todo.
En conjunto, tanto Al Qaeda y sus extensiones territoriales, como los grupos y organizaciones relacionados con aquella estructura terrorista o los grupúsculos y células que se autoconstituyen influenciados por la misma forman un heterogéneo pero definido entramado internacional. Es una urdimbre que evoluciona, cuyos componentes están interconectados entre sí de muy diferentes maneras y pueden variar con el tiempo en número, condición e importancia relativa. Los riesgos y amenazas que el terrorismo global plantea para distintos países o regiones del planeta dependen precisamente del modo en que se combinan esos distintos componentes.
En todo caso no es el modelo de Abu Musab Al Suri el que impera, sino el diseñado por otro ideólogo del yihadismo violento, Abu Bakar Naji, en su La gestión de la ferocidad. En suma, el actual terrorismo global no es un fenómeno amorfo sino polimorfo. Que es distinto.
EE UU exagera la amenaza de Al Qaeda
En una entrevista reciente, el jefe de Seguridad Interior de Estados Unidos, Michael Chertoff, proclamó que la “lucha” contra el terrorismo es una lucha “existencial importante”, con cuidado de diferenciarla, por lo visto, de todas esas otras luchas existenciales insignificantes que hemos librado en el pasado.
Mientras tanto, The New York Times asegura que “la lucha contra Al Qaeda es la batalla fundamental de esta generación”, y John McCain amplía el concepto y la llama “el reto trascendental del siglo XXI”, mientras que los demócratas insisten sin cesar en que la guerra de Irak ha reforzado y vuelto más compleja la amenaza terrorista.
Quizá ha llegado la hora de evaluar esas proclamaciones tan estridentes y alarmantes sobre la amenaza que representa el terrorismo islamista para Estados Unidos. Son declaraciones que no parecen muy justificadas y que recuerdan a lo que se decía en la guerra fría sobre la “amenaza” que supuestamente encarnaban los comunistas locales, unas preocupaciones que demostraron ser enormemente exageradas.
Un punto de partida excelente son los análisis que ofrece Marc Sageman en sus conferencias y en un libro de reciente publicación, Leaderless Jihad. Sageman, hoy profesor en la Universidad de Pennsylvania, es un antiguo miembro de los servicios de inteligencia norteamericanos, con experiencia en Afganistán. Tras examinar de forma minuciosa y sistemática datos públicos y secretos sobre yihadistas y aspirantes a yihadistas en todo el mundo, Sageman divide Al Qaeda -prácticamente los únicos terroristas cuyo objetivo parece ser Estados Unidos- en tres grupos.
En primer lugar, existe un grupo que subsiste de las luchas contra los soviéticos en Afganistán durante los años ochenta. En la actualidad están congregados y escondidos alrededor de Osama Bin Laden, en algún lugar de Afganistán o Pakistán. Esta banda, opina Sageman, está formada probablemente por unas cuantas docenas de individuos. Y en la misma zona se encuentra el segundo grupo: alrededor de 100 combatientes que quedan de la época dorada de Al Qaeda en Afganistán, en los años noventa.
Estas dos partes fundamentales de las fuerzas enemigas suman seguramente menos de 150 personas. Quizá mantienen algo parecido a “campos de entrenamiento”, pero no parece que sean muy importantes. También contribuyen a la insurgencia de los talibanes en Afganistán, mucho mayor y difícil de controlar.
Aparte de este pequeño colectivo, concluye Sageman, el tercer grupo está formado por miles de simpatizantes y aspirantes a yihadistas repartidos por todo el mundo, que se relacionan sobre todo a través de chats en Internet, entablan conversaciones de tono radical y se retan unos a otros a hacer algo.
Por supuesto, todos esos desafortunados -e incluso patéticos- individuos deben considerarse potencialmente peligrosos. De vez en cuando, pueden agruparse lo suficiente para llevar a cabo actos de violencia terrorista, y cualquier esfuerzo policial para detenerlos antes de que los cometan está justificado.
Ahora bien, la noción de que constituyen una amenaza existencial para todo el mundo parece tan fantástica como algunos de los planes que ellos elaboran, y cualquier idea de que puedan obtener armas nucleares es verdaderamente disparatada.
Lo normal es que la amenaza que constituyen todos estos personajes se desvanezca con el tiempo. A no ser, claro está, que Estados Unidos tenga una reacción desmesurada y haga algo que les permita incrementar su número, su prestigio y su empeño; cosa que es, no hace falta decirlo, completamente posible.
He pedido la opinión sobre esta extraordinaria y poco convencional evaluación de la amenaza terrorista a otros destacados expertos que llevan años estudiando el tema. En general, están de acuerdo con Sageman.
Uno de ellos es Fawaz Gerges, del Sarah Lawrence College, cuyo magnífico libro The Far Enemy, escrito a partir de cientos de entrevistas en Oriente Próximo, analiza la aventura yihadista. Como preocupación añadida sugiere que el tercer grupo de Sageman incluye tal vez una subcategoría pequeña, pero quizá en aumento, de jóvenes desafectos y desesperados en Oriente Próximo, muchos de ellos casi analfabetos, cuya indignación ante Israel y la presencia de Estados Unidos en Irak puede convertirles en carne de cañón para la yihad. Ahora bien, esa gente representaría un problema sobre todo en esa región (incluido Irak), no en otros lugares.
Otro modo de evaluar la amenaza es prestar atención al volumen real de violencia perpetrada por los islamistas violentos en todo el mundo, fuera de las zonas de guerra, desde el 11-S. El recuento incluiría acciones terroristas tan terribles y publicitadas como las que se cometieron en Bali en 2002; Arabia Saudí, Marruecos y Turquía en 2003; Filipinas, Madrid y Egipto en 2004, y Londres y Jordania en 2005.
Aunque es un recuento siniestro, la cifra total de personas muertas en esos atentados yihadistas asciende a unas 200 o 300 al año. Que no se me malinterprete: ninguna de esas personas debería haber muerto, evidentemente, pero los datos globales no indican que los autores constituyen una de las principales causas de mortalidad en el planeta y ni mucho menos una amenaza existencial. En comparación, durante el mismo periodo, sólo en Estados Unidos, murieron muchas más personas ahogadas en su bañera.
Una razón importante de que esas cifras sean bajas, destacan Sageman y Gerges, es que los servicios policiales de todo el mundo, muchas veces en colaboración, han capturado o desbaratado a miles de terroristas yihadistas posibles desde el 11-S. No sólo las policías europeas, sino también las de Egipto, Jordania, Siria, Irán, Indonesia, Marruecos, Arabia Saudí y Pakistán. Y se han puesto en movimiento no por amor a Estados Unidos, ni mucho menos a su política exterior, sino porque los terroristas también son un peligro para ellos.
Por lo demás, los actos terroristas suelen ser contraproducentes para sus autores. Antes de que estallaran varias bombas en diversos hoteles de Jordania, el 25% de los jordanos tenía una opinión favorable de Bin Laden. Después de los atentados, esa proporción cayó a menos del 1%.
Mientras tanto, tras años de mucho dinero invertido y una sólida labor detectivesca, ni el FBI ni otros organismos de investigación han sido capaces de descubrir una sola célula auténtica de Al Qaeda en el interior de Estados Unidos. Es decir, da la impresión de que las “amenazas” proceden sobre todo de los yihadistas sin jefe de los que habla Sageman: personas que se nombran a sí mismas, a menudo aisladas unas de otras, que tienen la fantasía de que van a llevar a cabo hazañas extraordinarias.
De vez en cuando, algunos de esos personajes pueden hacer daño, pero, en la mayoría de los casos, su capacidad y sus planes -o supuestos planes- parecen mucho menos apocalípticos de lo que con tanta viveza, incluso histeria, indican las informaciones de prensa.
Está, por ejemplo, el diabólico aspirante a terrorista que quería poner bombas en centros comerciales de Rockford, Illinois, y que intercambió dos altavoces de música usados por una pistola falsa y cuatro granadas de mano también falsas que le dio un informador del FBI. Si las armas hubieran sido de verdad, habría podido causar algún daño, pero desde luego no era ninguna amenaza que fuera existencial contra Estados Unidos, Illinois, Rockford ni tan siquiera el centro comercial.
Si la “lucha” contra enemigos como ésos es la “batalla central” o el “reto trascendental” de nuestra generación (y nuestro siglo), creo que saldremos bastante bien librados.
¿Dónde está la yihad?
Con demasiada frecuencia nos contentamos con imágenes sumarias a la hora de abordar la cuestión de los agentes terroristas. No escasean, sin embargo, las investigaciones periodísticas y las obras de expertos a la hora de proporcionarnos innumerables detalles sobre redes y organizaciones, la trayectoria de las figuras más notorias, su modo habitual de actuar y sus preparativos antes de perpetrar un atentado y en el momento de ejecutarlo.
Sea como fuere, el poder de evocación del solo término de terrorismo es tal que lo ceñimos – espontáneamente- a la capacidad de dañar de los terroristas y a la idea de un mundo homogéneo dominado por ideologías asimismo sumarias, vigorosas y dotadas de gran homogeneidad. Igualmente, creemos poder compendiar en un puñado de frases su visión del mundo o sus planes, sus convicciones y el empeño que ponen en su compromiso que los conduce hasta el martirio: darse la muerte para mejor infligirla al enemigo.
Sin embargo, la realidad es compleja y las vicisitudes de Al Qaeda siguen ahí para demostrárnoslo. En efecto, la acción terrorista procedente de una nebulosa más que de un movimiento organizado no reviste el mismo sentido en todo el planeta; y, en el seno de la misma nebulosa, no todos coinciden en los mismos objetivos. Cabe referirse a ello de dos modos principales. Por una parte, el papel de los especialistas – sobre todo profesores universitarios, periodistas y servicios de información- se cifra en mostrar toda la complejidad de este fenómeno. Mediante el examen del discurso de los terroristas (que actualmente se propaga ampliamente por internet, fuente de información inexistente cuando se trataba de estudiar el terrorismo de extrema izquierda del tipo de las Brigadas Rojas italianas) y de sus atentados, muestran sus divergencias – en ocasiones notables- que separan por ejemplo a los yihadistas de Afganistán de los mártires de Iraq, los autores de los atentados de Madrid o los de Londres, Estambul o Bali sin hablar de los responsables del 11-S del 2001 en Estados Unidos.
Por otra parte, las tensiones y divisiones internas en el seno de un movimiento terrorista pueden aumentar hasta el extremo de provocar escisiones y bajas. Sucede entonces que los propios protagonistas o sus ideólogos, sus intelectuales orgánicos, hacen escarnio de ellos en la plaza pública como si los círculos dirigentes ya no pudieran lavar la ropa sucia en casa ni controlar el discurso procedente de la propia organización. En los años setenta y ochenta, por ejemplo, no era difícil seguir la pista de las peripecias internas de los conflictos que enfrentaban – en el seno de ETA en el País Vasco español o del IRA en Irlanda del Norte- a milis y poli-milis: los primeros querían mantener el primado absoluto de la lucha armada, en tanto que los segundos sopesaban la posibilidad de combinar lucha armada y acción política, e incluso un abandono de la lucha armada y un retorno a la vida política normal.
De mismo modo y en la actualidad, el mundo de la yihad se presenta singularmente dividido, hasta el punto de que es menester preguntarse sobre la naturaleza de estas divisiones y sobre lo que nos anuncian para el porvenir.
Los atentados del 11-S daban cuenta de un consenso en el seno de la yihad: expresaban – al más alto nivel- la visión general de una lucha sin cuartel contra Estados Unidos y Occidente, un choque de civilizaciones, para emplear los términos de Samuel Huntington. Pero luego los atentados más importantes han combinado habitualmente – con diversas modalidades- reacciones frente a desafíos globales y planetarios con otros enfoques de rango local asociados a los rasgos específicos del escenario de cada país en cuestión y, por tanto, acompañados de planes más limitados.
En estas circunstancias, han empezado a aflorar las tensiones internas, sobre todo en lo concerniente a Afganistán y más aún a Iraq: Al Qaeda, en efecto, al decidir bajo la batuta de Abu Musad al Zarqaui (muerto en el 2006) atacar a los chiíes iraquíes, provocó (incluso al parecer en el seno de Al Qaeda) verdaderas críticas.
Del mismo modo y en la actualidad, hace furor la polémica (desatada en la prensa árabe) desde que el imán Sayed al Cherif, el gran inspirador egipcio de la yihad y considerado uno de los fundadores ideológicos de Al Qaeda (ahora en la cárcel) ha apelado a la revisión (título de su texto de finales del 2007) reclamando poner fin a la lucha armada. Ha acusado a Osama bin Laden de “traición y alevosía” (contra el jefe de los talibanes, el mulá Omar) calificando a su segundo, Ayman al Zauahiri, de “pérfido y bribón”. Y este último ha replicado en internet acusando a Cherif de hablar bajo la tortura y el miedo y de doblar la cerviz ante los occidentales y los judíos; le ha reprochado que se haya inclinado a la sumisión y la capitulación.
Cabe observar, en este debate, la marca de una sensible evolución de la nebulosa de la yihad desde la aparición de Al Qaeda hasta finales de los años ochenta. Los atentados del 11-S señalaron su apogeo y posteriormente a los terroristas les ha resultado más difícil mantener la imagen de una acción unificada al más alto nivel – mundial- impulsada por un plan general. Por otra parte, los éxitos de la represión y el contraterrorismo han debilitado a Al Qaeda, cuyos dirigentes actuales parecen más zafios y menos formados políticamente: más dispuestos, en suma, a hacer hablar a las bombas que a considerar la reflexión política más compleja y sofisticada (una evolución clásica, por lo demás).
Dada la situación, las nuevas generaciones no se sienten tan capaces de sostener una acción sólida y coherente: se escinden bajo formas que recuerdan las tensiones entre milis y poli-milis,al tiempo que la acción remite a desafíos cada vez más nacionales y locales desgajados en mayor o menor medida de un proyecto mundial.
Digámoslo sin ambages: la yihad, Al Qaeda, han entrado en una nueva era que podría caracterizarse por la fragmentación de la acción – mucho más que por su integración en el seno de una visión general- en función de los rasgos específicos locales y nacionales.
¿Existe o no existe Al Qaeda?
Desde hace algunos años se escucha o se lee con frecuencia, como si de un hecho irrefutable se tratara, que Al Qaeda ya no existe. Se aduce que ha dejado de ser una organización para convertirse en una ideología o que ha dejado de ser una organización para convertirse en un movimiento. Igualmente se afirma que el conjunto del terrorismo yihadista ha evolucionado hacia entidades amorfas e independientes. Que, como consecuencia, la amenaza ya no emana de Al Qaeda, sino de grupos locales independientes o de células autoconstituidas, de precaria articulación interna, que intentan emularla y que formarían un disperso entramado de yihad global sin liderazgo. Pero las cosas no son exactamente así.
Esos argumentos invitan desde luego a que nos interesemos en una serie de cambios recientes por los cuales parece haber atravesado Al Qaeda, ahora parte de un conjunto más amplio y diversificado de actores que, aunque heterogéneos, en lo fundamental comparten sus mismos planteamientos. Pero al mismo tiempo tales argumentos adolecen de imprecisión y suscitan no pocos equívocos, que a su vez pueden afectar, distorsionándola, nuestra percepción sobre la actual urdimbre del terrorismo global. Como también pueden distorsionar la valoración que se haga sobre los retos para la seguridad nacional o la paz mundial inherentes a este fenómeno tan inusitadamente extendido dentro y fuera del mundo islámico.
El caso es que Al Qaeda continúa existiendo, si bien se ha transformado a lo largo de los últimos años. Más concretamente, tras haber perdido el santuario del que disfrutó en Afganistán, al amparo de los talibanes, entre mediados de los años noventa y el otoño de 2001. Entonces fue cuando tropas estadounidenses, con la aquiescencia de la comunidad internacional, invadieron dicho país, reaccionando con medios militares a los atentados ocurridos semanas antes en Nueva York y Washington. Hasta ese momento, aquella estructura terrorista dispuso en suelo afgano de una amplia infraestructura, incluyendo campos destinados al adoctrinamiento ideológico o la capacitación en el uso de armas y explosivos.
Una vez que estas instalaciones fueron destruidas y buena parte de sus miembros cayeron muertos, fueron capturados o emprendieron la huida, Al Qaeda quedó seriamente debilitada. Pero consiguió reubicarse al otro lado de la frontera, más concretamente en las áreas tribales de Pakistán y, por extensión, los territorios colindantes de Afganistán. Allí es desde donde sus máximos dirigentes esperaban que, tras haber provocado a los Estados Unidos y una vez que tropas de este país hubiesen entrado en Afganistán, masas de musulmanes se movilizarían a su favor en todo el mundo islámico. Las cosas no ocurrieron de ese modo, pero tampoco Al Qaeda desapareció. Más bien se transformó, obligada por las nuevas circunstancias.
Pero no sólo eso. Al Qaeda ha dado muestras de una gran resistencia, se ha regenerado y su situación organizativa es en la actualidad de una relativa robustez. Aun cuando no pocos de sus dirigentes han sido detenidos o abatidos desde 2002, sobre todo pero no exclusivamente en Asia del Sur y Oriente Medio, el núcleo de liderazgo se ha reconstituido en distintas ocasiones y permanece básicamente asentado en la zona fronteriza de Pakistán con Afganistán. Incluidos Osama Bin Laden y el segundo en la jerarquía de autoridad, Ayman al Zawahiri. Ambos estarían acompañados en esa misma demarcación por otros destacados subalternos y, por debajo de ellos, entre algunos centenares o quizá incluso unos pocos miles de miembros propios.
Al Qaeda dispone además de tramas y células con capacidad operativa, así como de un reseñable elenco de intermediarios y colaboradores, fuera de aquella zona donde se localiza su nueva base de operaciones. Más concretamente, en Asia Central y el sudeste asiático, Oriente Medio y la región del Golfo, el este de África o el norte del Cáucaso, por ejemplo. La presencia de miembros destacados de aquella estructura terrorista en esas regiones obedece en parte al hecho de que muchos de ellos se dispersaron tras la pérdida del santuario afgano a finales de 2001. Durante los años 2006 y 2007, individuos con esas características fueron detenidos o abatidos en países como Rusia, Turquía, Líbano, Jordania, Yemen o Kenia.
Eso sí, a lo largo de los últimos años, Al Qaeda ha venido subsanando su nuevo estado, como remanente de la estructura terrorista que existía antes del 11-S, con una extraordinaria campaña de propaganda a través de canales de televisión vía satélite y sobre todo de internet. Lo cual no significa que haya dejado de ser una organización para convertirse en una ideología, como tan a menudo se sostiene. Se trata de una estructura terrorista hoy sustancialmente recuperada y que mientras tanto ha dedicado una atención especial a tareas de producción y reproducción ideológica, como referencia para sí misma, otros componentes insertos en las redes del terrorismo global y, por supuesto, la población a la que se dirige.
Aunque las capacidades operativas de Al Qaeda no sean ahora las mismas que en el pasado, han vuelto a ser considerables. Sus dirigentes continúan empeñados en tareas de financiación y reclutamiento, en la formación de adeptos con muy diversos orígenes gracias a nuevos campos de entrenamiento, o en la consolidación de alianzas y la difusión transnacional de tramas afines. Han logrado establecer extensiones territoriales en la Península Arábiga -a partir de sus propios elementos-, en Irak y más recientemente en el Magreb -por medio de acuerdos con organizaciones preexistentes en esos dos ámbitos-. Asimismo, han logrado que Al Qaeda absorba algunos grupos yihadistas y estreche vínculos con cerca de una veintena de otros.
Pero esos mismos dirigentes continúan también empeñados en la planificación de atentados dentro y fuera de las zonas tribales de Pakistán o las áreas colindantes de Afganistán. En estas, para las que disponen de un mando específico de operaciones, a menudo actúan en colaboración con los talibanes, colectivos foráneos de yihadistas e incluso algún señor de la guerra local que ha ofrecido sus servicios. Fuera de ese conflictivo escenario, el control que Al Qaeda ejerce sobre la planificación y ejecución de atentados parece ser mucho más limitado, aunque mantenga otro mando para operaciones externas y continúe aspirando a perpetrar algunos espectaculares, sobre todo, pero no exclusivamente, contra blancos occidentales.
Sin embargo, desde el 11-S se han registrado distintos episodios en los que esa estructura terrorista ha tenido una participación que fue más allá de la mera instigación. Entre ellos, los de abril de 2002 en la isla tunecina de Yerba, noviembre de 2003 en Estambul o julio de 2005 en Londres, además de otras tentativas fallidas. Quizá también el 11-M, cuestión ésta que aún no está cerrada. Según los casos, Al Qaeda puede implicarse bien para que en la realización de un atentado intervengan individuos bajo su inmediato control, bien para que lo hagan otros integrados en sus propias extensiones territoriales o en los grupos y las organizaciones afines, que a su vez pueden movilizar retículas locales ad hoc para culminar sus intenciones.
En suma, Al Qaeda ha compensado su minoración con la diseminación de propaganda, pero no es una mera ideología. Ha compensado su fragmentación mediante el establecimiento de extensiones territoriales y la intensificación de ligámenes con organizaciones afines, pero no se ha diluido en el movimiento yihadista global. Ha compensado sus restricciones operativas contribuyendo a las actividades de esos otros actores colectivos, que hoy perpetran la inmensa mayoría de los atentados atribuibles al terrorismo global, pero tiene renovadas capacidades. Conviene, claro está, no desdeñar el desafío de grupúsculos y células locales aparentemente independientes, especialmente en las sociedades occidentales. Ahora bien, sin tomar esta parte por el todo, olvidando que Al Qaeda no ha dejado de existir.
La amenaza de al-Qaeda contra Dinamarca
Tema: Este análisis trata de Dinamarca como objetivo potencial de al-Qaeda. Intenta definir y comprender la naturaleza de la amenaza siguiendo la pista de las conexiones entre Dinamarca y al-Qaeda en el pasado y en la actualidad.
Resumen: Sucesos recientes como la crisis de las viñetas danesas y el despliegue de tropas en Irak y Afganistán en la lucha contra el terrorismo suelen citarse como causas específicas que han colocado a Dinamarca en el punto de mira de al-Qaeda. Aunque estos ejemplos son ciertamente relevantes en lo que se refiere a un análisis de la amenaza, necesitan ser completados por otros acontecimientos para comprender su alcance. Si bien es cierto que la política exterior danesa ha captado la atención de los islamistas extremistas, es importante estudiar los acontecimientos internos en Dinamarca en la última década para poder entender la situación actual, especialmente entre los círculos militantes islamistas. Es la interacción entre acontecimientos internos y externos la que marca futuras tendencias y esto probablemente continúe siendo así en los próximos años. La amenaza contra Dinamarca es real pero no ha alcanzado el mismo nivel crítico que en el caso de otros países europeos.
Análisis
La amenaza de al-Qaeda contra Dinamarca y el desarrollo de vínculos con la yihad mundial
Los detenidos fueron declarados sospechosos de estar preparando un ataque con bomba, aunque se desconoce el lugar y el objetivo del ataque. Gracias a una estrecha colaboración entre los servicios de inteligencia norteamericanos y daneses se logró averiguar que uno de los sospechosos había recibido formación en el uso de explosivos y técnicas de vigilancia en un campamento de entrenamiento terrorista en Pakistán durante los anteriores 12 meses. En este caso la ayuda provino de escuchas electrónicas, supuestamente realizadas por la Agencia de Seguridad Nacional norteamericana (NSA).[1] Estas circunstancias dieron lugar a una rueda de prensa ofrecida por el Servicio de Inteligencia Danés (PET) el mismo día que se llevó a cabo la redada antiterrorista. Según el análisis de los servicios de inteligencia daneses los sospechosos principales eran militantes islamistas con conexiones internacionales, más concretamente con contactos directos con miembros de al-Qaeda.[2] El PET quiso distinguir claramente a los que operan de forma independiente, las denominadas células autóctonas, y las células en contacto directo con al-Qaeda, especificando que en el caso danés había un vínculo directo con altos mandos de al-Qaeda, no identificados por el momento.
Como era de esperar, las detenciones de terroristas en Copenhague acapararon los titulares informativos. Queda por resolver una pregunta esencial, la mención específica de una conexión directa entre los sospechosos terroristas daneses y agentes veteranos militantes de al-Qaeda. En el momento de escribir este estudio no se había publicado ninguna información sobre estas relaciones concretas. Sin embargo, resulta inconcebible que el jefe del servicio de inteligencia danés hubiera señalado este tipo de relación a no ser que el PET estuviera totalmente seguro sobre la información. Mientras que este caso particular es interesante, no se trata de un incidente aislado. Como tal, debe ser contextualizado porque el incidente ha sido precedido de hechos similares, pero además tiene relación con acontecimientos futuros.
Este análisis se ocupa de la amenaza que pesa sobre Dinamarca por parte de al-Qaeda y sus grupos satélites. Se trata de una tarea complicada por varias razones, y exige un análisis más a fondo de lo que significa la valoración de una amenaza y al-Qaeda. Incluso con acceso total a material clasificado, la valoración de una amenaza es más un arte que una ciencia, en el sentido de que el analista se enfrenta siempre a una fotografía incompleta basada en fuentes incompletas y un entorno operativo en continuo cambio. Para un investigador independiente, como el que suscribe, faltarán incluso más detalles, lo cual dificultará más si cabe el alcanzar el grado de certeza requerido por este tipo de valoración.
¿Qué significa la mención de al-Qaeda en este contexto concreto? Es importante ser específico porque la etiqueta de al-Qaeda se ha utilizado de forma correcta e incorrecta en un sinfín de publicaciones, artículos periodísticos e incluso en comunicados gubernamentales en los últimos años, lo cual añade confusión en lugar de clarificar el asunto. Es muy llamativo que seis años después de los atentados del 11 de septiembre de 2001 siga debatiéndose qué es realmente al-Qaeda, por lo que se necesita algún tipo de aclaración. Hoy en día, al-Qaeda significa dos cosas: (1) un grupo terrorista específico fundado en los años 90 y liderado por Osama bin Laden y Ayman al-Zawahiri; y (2), al mismo tiempo, un movimiento mundial de grupos e individuos dispares cuyo único denominador común es una ideología compartida. Ambas variantes coexisten en la actualidad y se refuerzan mutuamente, como demuestran los siguientes ejemplos de conexiones entre al-Qaeda y Dinamarca.
Conexiones de al-Qaeda durante los años 90
Todo tiene un principio y la conexión de Dinamarca con el islamismo extremista internacional viene de atrás, además de ser intrincada, como ha señalado este autor con anterioridad.[3] En aras de la claridad deben mencionarse los siguientes incidentes por ser indicios de lo que podríamos llamar la relación de primera generación entre los militantes islamistas daneses e individuos asociados con al-Qaeda.
Los comienzos puedes situarse en Peshawar a finales de los años 80 y principios de los 90, antes de que al-Qaeda existiese realmente. Un cierto número de personas procedentes de todo el mundo islámico se conocieron en Pakistán, y algunos de ellos tenían relación con Dinamarca. Por aquella época, ejemplares del libro Join the Caravan de Abduallah Azzam podían encontrarse entre los círculos islamistas en Dinamarca, aunque debe indicarse que pocos de estos individuos viajaron realmente a Pakistán o Afganistán para formarse, adoctrinarse o para luchar en primera línea. Los que se aventuraron a salir al extranjero tomaron la conocida ruta a través de Pakistán, alojándose en las pensiones de Peshawar y, algunos de ellos, llegaron a adentrarse en Afganistán. Sus actividades tuvieron un impacto muy limitado, si es que tuvieron alguno, y su implicación fue irrelevante en un contexto amplio.
El siguiente incidente resulta interesante porque revela una relación directa entre un residente en Dinamarca y una de las figuras más importantes de al-Qaeda a finales de los años 90. Omar Maarouf tenía en su posesión el teléfono de Abu Zubaydah en el momento de su detención en Bruselas en marzo de 1998. Maarouf era un socio de los militantes islamistas argelinos, supuestamente del GIA. Por entonces, Abu Zubaydah tenía la llave de los campos de entrenamiento de al-Qaeda en Afganistán, y era la persona encargada del reclutamiento. Se desconoce la naturaleza exacta de la relación entre Maarouf y Abu Zubaydah. El primero cumple en la actualidad una larga condena de prisión en Marruecos por un delito relacionado con el terrorismo.
Abu Rached, un ciudadano sirio residente en Dinamarca, fue identificado por investigadores españoles como vinculado con al-Qaeda en Europa. Como mínimo había contactos telefónicos entre Abu Rached e Imad Eddin Barakat Yarkas.[4] Transcripciones de llamadas telefónicas interceptadas entre Dinamarca y España han revelado que una llamada de Abu Rached a Yarkas tenía por objeto conseguir el número de teléfono de un tal Abu al-Hareth, quien residía por aquel entonces en Londres. Este último era una persona muy cercana a Osama bin Laden, como lo demuestran los registros telefónicos en los que aparecen al menos 200 llamadas entre ambos. De hecho, Yarkas visitó Copenhague en diciembre de 1997. Allí se hospedó en casa de un tal Said Mansour durante su estancia de una semana. Mansour fue condenado a tres años de cárcel en 2007 por incitación a la violencia mediante la distribución de material de propaganda yihadista.
En un incidente más reciente, tres hombres permanecen bajo custodia en Líbano por sospechas de su colaboración con el grupo militante islamista Fatah al-Islam. Estas tres personas no identificadas son todas ellas bien ciudadanos daneses, bien residentes en Dinamarca, y su supuesta relación con este grupo en particular es motivo de preocupación. Fatah al-Islam ha negado ser parte de al-Qaeda, pero ha reconocido sentir una gran simpatía por la organización terrorista. Recientes combates en los alrededores del campo de refugiados el Nahr al-Bared en el norte de Líbano probaron que Fatah al-Islam está muy próximo a al-Qaeda en ideología y estilo de lucha, aunque utilicen distintos nombres.
El asunto de las viñetas
Una parte significativa de este tráfico en Internet ocurrió en la página web al-Hesbah, un punto de propaganda y foro de simpatizantes de al-Qaeda. Además, el Global Islamic Media Front (GIMF), uno de los principales instrumentos de propaganda de al-Qaeda, se sumó a la corriente alentando a los musulmanes a apoyar activamente la yihad de todas las formas posibles. La línea adoptada por el GIMF parecía menos preocupada con castigar a Dinamarca que con incluir el asunto de las viñetas en el contexto global y más amplio de una supuesta cruzada contra el islam. De acuerdo con este enfoque, las viñetas eran solo un ejemplo más entre muchos en esta guerra.[5] El 1 de febrero de 2006 la página web de al-Hesbah colgó un comunicado del encarcelado Abu Qatada, el líder ideológico de al-Qaeda en Europa. Abu Qatada lanzó un ataque verbal contra Dinamarca acusando específicamente al gobierno danés de anti islamista.
El asunto de las viñetas se vinculó rápidamente con la presencia de tropas danesas en Afganistán y, en particular, en Irak. Imágenes de soldados daneses fueron mostradas en la página web de al-Hesbah para ayudar a los insurgentes iraquíes a identificar a sus objetivos. Los participantes en el foro sugerían que los soldados daneses deberían ser secuestrados y decapitados como castigo por lo que veían como un ataque contra el islam.[6] A finales de enero el ejército muyahidín en Irak publicó en Internet una amenaza contra objetivos daneses, exhortando a sus simpatizantes a llevar a cabo acciones de represalia.[7] Al-Qaeda en Irak no difundió directamente amenazas específicas contra Dinamarca o contra las tropas danesas. Se desconoce el motivo de este silencio, pero podría estar relacionado con un comunicado posterior de la cúpula de al-Qaeda. Sí hubo, en cambio, una amenaza directa por parte del Ejército Islámico en febrero. Esta amenaza en Internet suponía un paso más allá, pues declaraba que no sólo había que secuestrar y matar a soldados daneses, sino que los civiles también eran un objetivo legítimo.[8]
El comunicado más significativo aparecido en Internet en relación con el incidente de las viñetas danesas fue difundido por al-Yasira el 4 de marzo de 2006. Ayman al-Zawahiri, el número dos de al-Qaeda, mencionó específicamente las viñetas en las que se representaba al profeta Mahoma como prueba de la guerra que Occidente libraba contra el islam. En el momento de la aparición de este mensaje, las embajadas danesas habían sido atacadas por muchedumbres enfurecidas en Líbano, Indonesia, Irán y otros lugares. Sin embargo, al-Zawahiri consideraba insuficiente este tipo de respuesta. En su opinión, hacer frente al insulto requería una auténtica defensa contra la campaña de la cruzada antiislamista: incendiar embajadas para después volver a la normalidad se demostraría como inadecuado a largo plazo. A juicio de al-Zawahiri se necesitaban varias vías de acción en este legítimo acto de autodefensa, incluyendo “causar pérdidas a Occidente, sobre todo pérdidas económicas en ataques que le desangraran durante años”. Los atentados terroristas en Nueva York, Madrid, Washington y Londres eran, en su opinión, un buen ejemplo de ello. Recomendaba prohibir el robo de petróleo, y “apoyar a los muyahidín en Afganistán, Irak y Palestina, que son la primera línea de defensa del islam y de los musulmanes”. También instó a llevar a cabo “un embargo económico a nivel popular” en Dinamarca, Noruega, Francia y Alemania y otros países participantes en este ataque, así como todos los países aliados en la cruzada contra el islam y los musulmanes.[9]
Las reacciones iniciales a las viñetas por parte de al-Qaeda y sus afiliados fueron muy limitadas. Sólo cuando la crisis estalló y tomó una dimensión internacional, las organizaciones yihadistas decidieron tomar partido y, al final, incluso altos mandos de al-Qaeda se hicieron eco del asunto.
La dimensión internacional
Contemplando los acontecimientos de los últimos seis años resulta evidente que se ha producido un cambio. Tres células islamistas sospechosas, todas ellas implicadas en algún tipo de conspiración con explosivos, han sido desarticuladas en sus etapas de planificación. Estas conspiraciones contemplaban atentados con bombas contra objetivos civiles con la idea de causar bajas masivas, aunque se desconocen por el momento los detalles exactos de las mismas. Si llegaran a demostrarse, estos hechos supondrían una continuación de los acontecimientos ocurridos en Europa en los últimos años, donde atentados indiscriminados con bombas en Londres y Madrid han provocado cuantiosas muertes, al tiempo que otros planes similares han sido frustrados por las autoridades. A ese número debe añadirse los ciudadanos o residentes daneses que han sido acusados en el extranjero bajo sospecha de afiliación a grupos islamistas radicales en Líbano, Yemen e Irak.
Las células descubiertas hasta el momento han sido, en términos relativos, independientes. El proceso de radicalización, primer paso indispensable en el camino hacia el terrorismo, se ha tomado fundamentalmente dentro de Dinamarca. Esta circunstancia necesita alguna matización, porque en los tres ejemplos hay indicios de comunicación esencial a través de Internet. En algunos casos se han producido contactos directos entre algunos de los miembros de las células con islamistas radicales en el extranjero. Esto a su vez indica una dependencia creciente de Internet por parte de los islamistas. La accesibilidad de la propaganda a través de Internet se ha facilitado enormemente en comparación con lo que ocurría hace una década, lo cual incluye los manuales de fabricación de bombas, como se ha puesto de manifiesto en el juicio de Vollsmose que se está celebrando en la actualidad.[10]
La cultura del martirio, que fue como mucho un fenómeno marginal en los círculos yihadistas de Dinamarca durante los años 90, ha acaparado una mayor atención como lo demuestran los llamados vídeos suicidas confiscados por la policía bosnia en una redada en la que estaban involucrados jóvenes musulmanes daneses.[11] Si bien en casos anteriores no había vínculos conocidos con grupos egipcios o redes del Norte de África, la situación actual es de una naturaleza más difusa. Las viejas estructuras han sido sustituidas por redes, menos organizadas y más informales, que parecen ser igualmente letales –si no lo son más–. Y que son muy difíciles de detectar.
En el patrón de los años 90 estaban involucrados unos pocos individuos que, en su mayoría, tenían ya contactos con un grupo islamista militante cuando entraron en Dinamarca. Utilizando a este país como santuario pudieron continuar sus actividades aunque con un éxito muy limitado. Por lo que se conoce de este período, sus esfuerzos para atraer a musulmanes daneses a su causa militante deben considerarse un fracaso. Los casos recientes, en los que están implicadas tres presuntas células, siguen un esquema bastante diferente, con jóvenes musulmanes daneses que no han estado involucrados previamente en ningún tipo de actividad islamista o yihadista, siendo reclutados u ofreciéndose voluntarios para participar en acciones violentas. Esto no significa que sean parte de al-Qaeda, en realidad lo contrario está más cerca de la verdad, pero parece evidente que hasta cierto punto su inspiración proviene de la visión global difundida por al-Qaeda.
La amenaza
Conclusión: A la luz de las recientes detenciones en Copenhague y las continuas amenazas publicadas en Internet por al-Qaeda y sus grupos afiliados y simpatizantes, es posible concluir que Dinamarca tiene todavía un perfil de alto riesgo. De los ejemplos del asunto de las viñetas, el despliegue de tropas danesas en Irak y Afganistán y el apoyo general de Dinamarca a la Guerra contra el terrorismo liderada por EEUU resulta tentador concluir que estos hechos han acentuado la confrontación entre Dinamarca y al-Qaeda. Sin duda estos casos de política exterior han suscitado la ira de los militantes islamistas; no obstante, es importante comprender también la dimensión interna. Hay una dimensión más sutil y quizá más significativa en la conexión entre Dinamarca y al-Qaeda que es mucho más difícil de analizar. Esto requiere una continua reevaluación de la amenaza. Las advertencias de analistas o investigadores daneses sobre el peligro de las células yihadistas que se desarrollaban dentro del país hace 10 años habrían sido probablemente ignoradas, y ello asumiendo que se hubiera siquiera pensado en la posibilidad de que algo semejante pudiera ocurrir.
Parece que Dinamarca se enfrenta a dos tipos de amenazas: una externa y otra interna, dirigidas tanto a intereses daneses en el extranjero como a objetivos localizados dentro de Dinamarca. ¿Han confluido ambas dimensiones en la última detención en Copenhague? Es imposible responder a esta cuestión central dada la escasa información disponible, aunque el restablecimiento de vínculos operativos con Pakistán debería dar lugar a una reconsideración del alcance mundial del yihadismo contemporáneo. Pakistán podría no ser la única zona de interés, como muestran los recientes acontecimientos en Líbano, como la batalla entre el ejército libanés y Fatah al-Islam.
Los casos actuales, que solo se remontan a 2005, muestran que Dinamarca se enfrenta a una nueva generación de militantes islamistas autóctonos. Estos grupos podrían no estar conectados directamente con al-Qaeda, pero su mentalidad e inspiración están vinculados sin ninguna duda a la infame organización terrorista. Estos jóvenes islamistas van en serio y están dispuestos, aunque no siempre sean capaces, a llegar hasta el final. El PET ha logrado desbaratar tres complots diferentes, pero una preocupación no menor es que sólo se necesita un incidente para aumentar la tensión entre la comunidad islámica danesa. No debe bajarse la guardia en el futuro puesto que no hay signos de que el atractivo de las ideologías yihadistas esté decayendo. Por desgracia, algunos jóvenes musulmanes percibirán a al-Qaeda como la vanguardia en contra de una cruzada de Occidente que debe ser detenida a cualquier precio, incluso si para ello hay que hacer detonar un artefacto explosivo en un espacio público en algún lugar de Dinamarca.
[1] Nicholas Kulish, “New Terrorism Case Confirms that Denmark is a Target”, New York Times, 17/IX/2007.
[2] Servicio de Inteligencia danés, “Statement Concerning Terror-related Arrests on 4 September 2007”.
[3] Michael Taarnby, “Jihad in Denmark. An Overview and Analysis of Jihadi Activity in Denmark 1990-2006”, DIIS Working Paper 2006/35.
[4] Juzgado Central de Instrucción Número Cinco de la Audiencia National, Sumario 35/01, Madrid, 18/XI/2001.
[5] Truls H. Toennesen, “Jihadist Reactions to the Muhammad Cartoons”, Norwegian Defence Research Establishment (FFI), 15/III/2006.
[6] Tønnesen, op. cit.
[7] “The Misdeed Against the Prophet”.
[8] “The Islamic Army in Iraq Issues a Statement Threatening Countries that had Published within them Caricatures of the Prophet Muhammad”, SITE Institute, 7/II/2006.
[9] “A Tape from Dr Ayman al-Zawahiri Condemning West States for Policies Against Islam and Cartoons of the Prophet Muhammad, and Advises Hamas Regarding Treaties and the Importance of Continued Jihad in Palestine”, SITE Institute, 5/III/2006.
[10] Pernille Ammitzbøll, “Videofilm og bombemanualer fremvist i retten”, Jyllandsposten, 5/IX/2007.
[11] “Indictement against Mirsad Bektasevic, Abdelkadir Cesur, Bajro Ikanovic, Amir Bajric and Senad Hasanovic”, Prosecutors Office of Bosnia and Herzegovina, Sarajevo, File nr KT-392/05, Sarajevo, 6/IV/2006.
La amenaza de al-Qaeda contra Dinamarca
Tema: Este análisis trata de Dinamarca como objetivo potencial de al-Qaeda. Intenta definir y comprender la naturaleza de la amenaza siguiendo la pista de las conexiones entre Dinamarca y al-Qaeda en el pasado y en la actualidad.
Resumen: Sucesos recientes como la crisis de las viñetas danesas y el despliegue de tropas en Irak y Afganistán en la lucha contra el terrorismo suelen citarse como causas específicas que han colocado a Dinamarca en el punto de mira de al-Qaeda. Aunque estos ejemplos son ciertamente relevantes en lo que se refiere a un análisis de la amenaza, necesitan ser completados por otros acontecimientos para comprender su alcance. Si bien es cierto que la política exterior danesa ha captado la atención de los islamistas extremistas, es importante estudiar los acontecimientos internos en Dinamarca en la última década para poder entender la situación actual, especialmente entre los círculos militantes islamistas. Es la interacción entre acontecimientos internos y externos la que marca futuras tendencias y esto probablemente continúe siendo así en los próximos años. La amenaza contra Dinamarca es real pero no ha alcanzado el mismo nivel crítico que en el caso de otros países europeos.
Análisis
La amenaza de al-Qaeda contra Dinamarca y el desarrollo de vínculos con la yihad mundial
Los detenidos fueron declarados sospechosos de estar preparando un ataque con bomba, aunque se desconoce el lugar y el objetivo del ataque. Gracias a una estrecha colaboración entre los servicios de inteligencia norteamericanos y daneses se logró averiguar que uno de los sospechosos había recibido formación en el uso de explosivos y técnicas de vigilancia en un campamento de entrenamiento terrorista en Pakistán durante los anteriores 12 meses. En este caso la ayuda provino de escuchas electrónicas, supuestamente realizadas por la Agencia de Seguridad Nacional norteamericana (NSA).[1] Estas circunstancias dieron lugar a una rueda de prensa ofrecida por el Servicio de Inteligencia Danés (PET) el mismo día que se llevó a cabo la redada antiterrorista. Según el análisis de los servicios de inteligencia daneses los sospechosos principales eran militantes islamistas con conexiones internacionales, más concretamente con contactos directos con miembros de al-Qaeda.[2] El PET quiso distinguir claramente a los que operan de forma independiente, las denominadas células autóctonas, y las células en contacto directo con al-Qaeda, especificando que en el caso danés había un vínculo directo con altos mandos de al-Qaeda, no identificados por el momento.
Como era de esperar, las detenciones de terroristas en Copenhague acapararon los titulares informativos. Queda por resolver una pregunta esencial, la mención específica de una conexión directa entre los sospechosos terroristas daneses y agentes veteranos militantes de al-Qaeda. En el momento de escribir este estudio no se había publicado ninguna información sobre estas relaciones concretas. Sin embargo, resulta inconcebible que el jefe del servicio de inteligencia danés hubiera señalado este tipo de relación a no ser que el PET estuviera totalmente seguro sobre la información. Mientras que este caso particular es interesante, no se trata de un incidente aislado. Como tal, debe ser contextualizado porque el incidente ha sido precedido de hechos similares, pero además tiene relación con acontecimientos futuros.
Este análisis se ocupa de la amenaza que pesa sobre Dinamarca por parte de al-Qaeda y sus grupos satélites. Se trata de una tarea complicada por varias razones, y exige un análisis más a fondo de lo que significa la valoración de una amenaza y al-Qaeda. Incluso con acceso total a material clasificado, la valoración de una amenaza es más un arte que una ciencia, en el sentido de que el analista se enfrenta siempre a una fotografía incompleta basada en fuentes incompletas y un entorno operativo en continuo cambio. Para un investigador independiente, como el que suscribe, faltarán incluso más detalles, lo cual dificultará más si cabe el alcanzar el grado de certeza requerido por este tipo de valoración.
¿Qué significa la mención de al-Qaeda en este contexto concreto? Es importante ser específico porque la etiqueta de al-Qaeda se ha utilizado de forma correcta e incorrecta en un sinfín de publicaciones, artículos periodísticos e incluso en comunicados gubernamentales en los últimos años, lo cual añade confusión en lugar de clarificar el asunto. Es muy llamativo que seis años después de los atentados del 11 de septiembre de 2001 siga debatiéndose qué es realmente al-Qaeda, por lo que se necesita algún tipo de aclaración. Hoy en día, al-Qaeda significa dos cosas: (1) un grupo terrorista específico fundado en los años 90 y liderado por Osama bin Laden y Ayman al-Zawahiri; y (2), al mismo tiempo, un movimiento mundial de grupos e individuos dispares cuyo único denominador común es una ideología compartida. Ambas variantes coexisten en la actualidad y se refuerzan mutuamente, como demuestran los siguientes ejemplos de conexiones entre al-Qaeda y Dinamarca.
Conexiones de al-Qaeda durante los años 90
Todo tiene un principio y la conexión de Dinamarca con el islamismo extremista internacional viene de atrás, además de ser intrincada, como ha señalado este autor con anterioridad.[3] En aras de la claridad deben mencionarse los siguientes incidentes por ser indicios de lo que podríamos llamar la relación de primera generación entre los militantes islamistas daneses e individuos asociados con al-Qaeda.
Los comienzos puedes situarse en Peshawar a finales de los años 80 y principios de los 90, antes de que al-Qaeda existiese realmente. Un cierto número de personas procedentes de todo el mundo islámico se conocieron en Pakistán, y algunos de ellos tenían relación con Dinamarca. Por aquella época, ejemplares del libro Join the Caravan de Abduallah Azzam podían encontrarse entre los círculos islamistas en Dinamarca, aunque debe indicarse que pocos de estos individuos viajaron realmente a Pakistán o Afganistán para formarse, adoctrinarse o para luchar en primera línea. Los que se aventuraron a salir al extranjero tomaron la conocida ruta a través de Pakistán, alojándose en las pensiones de Peshawar y, algunos de ellos, llegaron a adentrarse en Afganistán. Sus actividades tuvieron un impacto muy limitado, si es que tuvieron alguno, y su implicación fue irrelevante en un contexto amplio.
El siguiente incidente resulta interesante porque revela una relación directa entre un residente en Dinamarca y una de las figuras más importantes de al-Qaeda a finales de los años 90. Omar Maarouf tenía en su posesión el teléfono de Abu Zubaydah en el momento de su detención en Bruselas en marzo de 1998. Maarouf era un socio de los militantes islamistas argelinos, supuestamente del GIA. Por entonces, Abu Zubaydah tenía la llave de los campos de entrenamiento de al-Qaeda en Afganistán, y era la persona encargada del reclutamiento. Se desconoce la naturaleza exacta de la relación entre Maarouf y Abu Zubaydah. El primero cumple en la actualidad una larga condena de prisión en Marruecos por un delito relacionado con el terrorismo.
Abu Rached, un ciudadano sirio residente en Dinamarca, fue identificado por investigadores españoles como vinculado con al-Qaeda en Europa. Como mínimo había contactos telefónicos entre Abu Rached e Imad Eddin Barakat Yarkas.[4] Transcripciones de llamadas telefónicas interceptadas entre Dinamarca y España han revelado que una llamada de Abu Rached a Yarkas tenía por objeto conseguir el número de teléfono de un tal Abu al-Hareth, quien residía por aquel entonces en Londres. Este último era una persona muy cercana a Osama bin Laden, como lo demuestran los registros telefónicos en los que aparecen al menos 200 llamadas entre ambos. De hecho, Yarkas visitó Copenhague en diciembre de 1997. Allí se hospedó en casa de un tal Said Mansour durante su estancia de una semana. Mansour fue condenado a tres años de cárcel en 2007 por incitación a la violencia mediante la distribución de material de propaganda yihadista.
En un incidente más reciente, tres hombres permanecen bajo custodia en Líbano por sospechas de su colaboración con el grupo militante islamista Fatah al-Islam. Estas tres personas no identificadas son todas ellas bien ciudadanos daneses, bien residentes en Dinamarca, y su supuesta relación con este grupo en particular es motivo de preocupación. Fatah al-Islam ha negado ser parte de al-Qaeda, pero ha reconocido sentir una gran simpatía por la organización terrorista. Recientes combates en los alrededores del campo de refugiados el Nahr al-Bared en el norte de Líbano probaron que Fatah al-Islam está muy próximo a al-Qaeda en ideología y estilo de lucha, aunque utilicen distintos nombres.
El asunto de las viñetas
Una parte significativa de este tráfico en Internet ocurrió en la página web al-Hesbah, un punto de propaganda y foro de simpatizantes de al-Qaeda. Además, el Global Islamic Media Front (GIMF), uno de los principales instrumentos de propaganda de al-Qaeda, se sumó a la corriente alentando a los musulmanes a apoyar activamente la yihad de todas las formas posibles. La línea adoptada por el GIMF parecía menos preocupada con castigar a Dinamarca que con incluir el asunto de las viñetas en el contexto global y más amplio de una supuesta cruzada contra el islam. De acuerdo con este enfoque, las viñetas eran solo un ejemplo más entre muchos en esta guerra.[5] El 1 de febrero de 2006 la página web de al-Hesbah colgó un comunicado del encarcelado Abu Qatada, el líder ideológico de al-Qaeda en Europa. Abu Qatada lanzó un ataque verbal contra Dinamarca acusando específicamente al gobierno danés de anti islamista.
El asunto de las viñetas se vinculó rápidamente con la presencia de tropas danesas en Afganistán y, en particular, en Irak. Imágenes de soldados daneses fueron mostradas en la página web de al-Hesbah para ayudar a los insurgentes iraquíes a identificar a sus objetivos. Los participantes en el foro sugerían que los soldados daneses deberían ser secuestrados y decapitados como castigo por lo que veían como un ataque contra el islam.[6] A finales de enero el ejército muyahidín en Irak publicó en Internet una amenaza contra objetivos daneses, exhortando a sus simpatizantes a llevar a cabo acciones de represalia.[7] Al-Qaeda en Irak no difundió directamente amenazas específicas contra Dinamarca o contra las tropas danesas. Se desconoce el motivo de este silencio, pero podría estar relacionado con un comunicado posterior de la cúpula de al-Qaeda. Sí hubo, en cambio, una amenaza directa por parte del Ejército Islámico en febrero. Esta amenaza en Internet suponía un paso más allá, pues declaraba que no sólo había que secuestrar y matar a soldados daneses, sino que los civiles también eran un objetivo legítimo.[8]
El comunicado más significativo aparecido en Internet en relación con el incidente de las viñetas danesas fue difundido por al-Yasira el 4 de marzo de 2006. Ayman al-Zawahiri, el número dos de al-Qaeda, mencionó específicamente las viñetas en las que se representaba al profeta Mahoma como prueba de la guerra que Occidente libraba contra el islam. En el momento de la aparición de este mensaje, las embajadas danesas habían sido atacadas por muchedumbres enfurecidas en Líbano, Indonesia, Irán y otros lugares. Sin embargo, al-Zawahiri consideraba insuficiente este tipo de respuesta. En su opinión, hacer frente al insulto requería una auténtica defensa contra la campaña de la cruzada antiislamista: incendiar embajadas para después volver a la normalidad se demostraría como inadecuado a largo plazo. A juicio de al-Zawahiri se necesitaban varias vías de acción en este legítimo acto de autodefensa, incluyendo “causar pérdidas a Occidente, sobre todo pérdidas económicas en ataques que le desangraran durante años”. Los atentados terroristas en Nueva York, Madrid, Washington y Londres eran, en su opinión, un buen ejemplo de ello. Recomendaba prohibir el robo de petróleo, y “apoyar a los muyahidín en Afganistán, Irak y Palestina, que son la primera línea de defensa del islam y de los musulmanes”. También instó a llevar a cabo “un embargo económico a nivel popular” en Dinamarca, Noruega, Francia y Alemania y otros países participantes en este ataque, así como todos los países aliados en la cruzada contra el islam y los musulmanes.[9]
Las reacciones iniciales a las viñetas por parte de al-Qaeda y sus afiliados fueron muy limitadas. Sólo cuando la crisis estalló y tomó una dimensión internacional, las organizaciones yihadistas decidieron tomar partido y, al final, incluso altos mandos de al-Qaeda se hicieron eco del asunto.
La dimensión internacional
Contemplando los acontecimientos de los últimos seis años resulta evidente que se ha producido un cambio. Tres células islamistas sospechosas, todas ellas implicadas en algún tipo de conspiración con explosivos, han sido desarticuladas en sus etapas de planificación. Estas conspiraciones contemplaban atentados con bombas contra objetivos civiles con la idea de causar bajas masivas, aunque se desconocen por el momento los detalles exactos de las mismas. Si llegaran a demostrarse, estos hechos supondrían una continuación de los acontecimientos ocurridos en Europa en los últimos años, donde atentados indiscriminados con bombas en Londres y Madrid han provocado cuantiosas muertes, al tiempo que otros planes similares han sido frustrados por las autoridades. A ese número debe añadirse los ciudadanos o residentes daneses que han sido acusados en el extranjero bajo sospecha de afiliación a grupos islamistas radicales en Líbano, Yemen e Irak.
Las células descubiertas hasta el momento han sido, en términos relativos, independientes. El proceso de radicalización, primer paso indispensable en el camino hacia el terrorismo, se ha tomado fundamentalmente dentro de Dinamarca. Esta circunstancia necesita alguna matización, porque en los tres ejemplos hay indicios de comunicación esencial a través de Internet. En algunos casos se han producido contactos directos entre algunos de los miembros de las células con islamistas radicales en el extranjero. Esto a su vez indica una dependencia creciente de Internet por parte de los islamistas. La accesibilidad de la propaganda a través de Internet se ha facilitado enormemente en comparación con lo que ocurría hace una década, lo cual incluye los manuales de fabricación de bombas, como se ha puesto de manifiesto en el juicio de Vollsmose que se está celebrando en la actualidad.[10]
La cultura del martirio, que fue como mucho un fenómeno marginal en los círculos yihadistas de Dinamarca durante los años 90, ha acaparado una mayor atención como lo demuestran los llamados vídeos suicidas confiscados por la policía bosnia en una redada en la que estaban involucrados jóvenes musulmanes daneses.[11] Si bien en casos anteriores no había vínculos conocidos con grupos egipcios o redes del Norte de África, la situación actual es de una naturaleza más difusa. Las viejas estructuras han sido sustituidas por redes, menos organizadas y más informales, que parecen ser igualmente letales –si no lo son más–. Y que son muy difíciles de detectar.
En el patrón de los años 90 estaban involucrados unos pocos individuos que, en su mayoría, tenían ya contactos con un grupo islamista militante cuando entraron en Dinamarca. Utilizando a este país como santuario pudieron continuar sus actividades aunque con un éxito muy limitado. Por lo que se conoce de este período, sus esfuerzos para atraer a musulmanes daneses a su causa militante deben considerarse un fracaso. Los casos recientes, en los que están implicadas tres presuntas células, siguen un esquema bastante diferente, con jóvenes musulmanes daneses que no han estado involucrados previamente en ningún tipo de actividad islamista o yihadista, siendo reclutados u ofreciéndose voluntarios para participar en acciones violentas. Esto no significa que sean parte de al-Qaeda, en realidad lo contrario está más cerca de la verdad, pero parece evidente que hasta cierto punto su inspiración proviene de la visión global difundida por al-Qaeda.
La amenaza
Conclusión: A la luz de las recientes detenciones en Copenhague y las continuas amenazas publicadas en Internet por al-Qaeda y sus grupos afiliados y simpatizantes, es posible concluir que Dinamarca tiene todavía un perfil de alto riesgo. De los ejemplos del asunto de las viñetas, el despliegue de tropas danesas en Irak y Afganistán y el apoyo general de Dinamarca a la Guerra contra el terrorismo liderada por EEUU resulta tentador concluir que estos hechos han acentuado la confrontación entre Dinamarca y al-Qaeda. Sin duda estos casos de política exterior han suscitado la ira de los militantes islamistas; no obstante, es importante comprender también la dimensión interna. Hay una dimensión más sutil y quizá más significativa en la conexión entre Dinamarca y al-Qaeda que es mucho más difícil de analizar. Esto requiere una continua reevaluación de la amenaza. Las advertencias de analistas o investigadores daneses sobre el peligro de las células yihadistas que se desarrollaban dentro del país hace 10 años habrían sido probablemente ignoradas, y ello asumiendo que se hubiera siquiera pensado en la posibilidad de que algo semejante pudiera ocurrir.
Parece que Dinamarca se enfrenta a dos tipos de amenazas: una externa y otra interna, dirigidas tanto a intereses daneses en el extranjero como a objetivos localizados dentro de Dinamarca. ¿Han confluido ambas dimensiones en la última detención en Copenhague? Es imposible responder a esta cuestión central dada la escasa información disponible, aunque el restablecimiento de vínculos operativos con Pakistán debería dar lugar a una reconsideración del alcance mundial del yihadismo contemporáneo. Pakistán podría no ser la única zona de interés, como muestran los recientes acontecimientos en Líbano, como la batalla entre el ejército libanés y Fatah al-Islam.
Los casos actuales, que solo se remontan a 2005, muestran que Dinamarca se enfrenta a una nueva generación de militantes islamistas autóctonos. Estos grupos podrían no estar conectados directamente con al-Qaeda, pero su mentalidad e inspiración están vinculados sin ninguna duda a la infame organización terrorista. Estos jóvenes islamistas van en serio y están dispuestos, aunque no siempre sean capaces, a llegar hasta el final. El PET ha logrado desbaratar tres complots diferentes, pero una preocupación no menor es que sólo se necesita un incidente para aumentar la tensión entre la comunidad islámica danesa. No debe bajarse la guardia en el futuro puesto que no hay signos de que el atractivo de las ideologías yihadistas esté decayendo. Por desgracia, algunos jóvenes musulmanes percibirán a al-Qaeda como la vanguardia en contra de una cruzada de Occidente que debe ser detenida a cualquier precio, incluso si para ello hay que hacer detonar un artefacto explosivo en un espacio público en algún lugar de Dinamarca.
[1] Nicholas Kulish, “New Terrorism Case Confirms that Denmark is a Target”, New York Times, 17/IX/2007.
[2] Servicio de Inteligencia danés, “Statement Concerning Terror-related Arrests on 4 September 2007”.
[3] Michael Taarnby, “Jihad in Denmark. An Overview and Analysis of Jihadi Activity in Denmark 1990-2006”, DIIS Working Paper 2006/35.
[4] Juzgado Central de Instrucción Número Cinco de la Audiencia National, Sumario 35/01, Madrid, 18/XI/2001.
[5] Truls H. Toennesen, “Jihadist Reactions to the Muhammad Cartoons”, Norwegian Defence Research Establishment (FFI), 15/III/2006.
[6] Tønnesen, op. cit.
[7] “The Misdeed Against the Prophet”.
[8] “The Islamic Army in Iraq Issues a Statement Threatening Countries that had Published within them Caricatures of the Prophet Muhammad”, SITE Institute, 7/II/2006.
[9] “A Tape from Dr Ayman al-Zawahiri Condemning West States for Policies Against Islam and Cartoons of the Prophet Muhammad, and Advises Hamas Regarding Treaties and the Importance of Continued Jihad in Palestine”, SITE Institute, 5/III/2006.
[10] Pernille Ammitzbøll, “Videofilm og bombemanualer fremvist i retten”, Jyllandsposten, 5/IX/2007.
[11] “Indictement against Mirsad Bektasevic, Abdelkadir Cesur, Bajro Ikanovic, Amir Bajric and Senad Hasanovic”, Prosecutors Office of Bosnia and Herzegovina, Sarajevo, File nr KT-392/05, Sarajevo, 6/IV/2006.
Pulso en el interior de Al Qaeda
En el otoño de 2004, Al-Sharq al-Awsat, el periódico saudí con sede en Londres, publicó un relato que, según se rumoreaba, había escrito un miembro del círculo íntimo de Al Qaeda. En claro contraste con la imagen habitual de la organización como multinacional del terror, describía un grupo pequeño, plagado de luchas internas y dirigido por un megalómano saudí impopular, Osama bin Laden.
El problema fundamental era la obsesión de Bin Laden con Estados Unidos. El ala moderada de Al Qaeda le reprochaba que confiase en un grupo de patrocinadores saudíes que viajaban libremente a EE UU y que le habían convencido de que era un país débil e incapaz de soportar más de tres golpes: los atentados de 1998 contra las embajadas estadounidenses en África, el atentado de 2000 contra el portaaviones USS Cole y el atentado contra las Torres Gemelas. Los moderados atribuían esta idea a la arrogancia saudí y temían las represalias militares norteamericanas. Como también la temían los talibanes, que en su mayoría despreciaban a Bin Laden y sus amigos saudíes por su ostentación y su sentimiento de superioridad.
Los propios dirigentes talibanes consideraban a Bin Laden como un estorbo. Su obsesión de que los medios occidentales dieran publicidad a su odio hacia EE UU había enfurecido en más de una ocasión al mulá Omar, el líder espiritual talibán, cuyos valedores paquistaníes habían llegado a presionarle para que obligara a Osama a callarse o le expulsara del país. Pero el régimen necesitaba los 30 millones de dólares de renta pagados por los patrocinadores de Bin Laden y la pequeña industria de los campos de entrenamiento; el régimen talibán, que funcionaba como una réplica del califato islámico medieval, sufría una falta crónica de dinero. Y la animadversión del mulá Omar hacia las drogas había limitado la única fuente de ingresos exteriores: el opio.
Los partidarios de la línea dura dentro de Al Qaeda también temían las represalias estadounidenses, aunque por distintos motivos. Ya en 1998, bajo la dirección de Abu Hafas al Masri -uno de los fundadores de Al Qaeda, que murió en Kandahar-, habían presionado a Bin Laden para que adquiriese armas de destrucción masiva o construyera bombas sucias. Su idea era introducirlas de contrabando en Estados Unidos y almacenarlas allí para utilizarlas en el caso de que los estadounidenses invadieran Afganistán. Bin Laden nunca rechazó formalmente la propuesta, pero impidió a Al Masri que la llevara a cabo.
Construir una bomba sucia en Afganistán habría sido sencillo. Los talibanes habían recuperado suficiente cantidad de armas químicas y material radiactivo de la invasión soviética como para poder fabricar más de una, y en Al Qaeda había gente con los conocimientos necesarios para hacerlo. Sin embargo, cuando Al Masri se decidió a preguntar a los talibanes sobre los materiales químicos y radiactivos, descubrió que los habían vendido en secreto a los paquistaníes porque no se fiaban de los árabes. Los miembros de la línea dura pensaron que Bin Laden era el responsable de esa antipatía.
Bin Laden era aún más impopular fuera de Al Qaeda. La arrogancia y el sentimiento de superioridad propios de los saudíes habían deteriorado su imagen entre los yihadistas, jóvenes que veían en él una prolongación de las clases dirigentes saudíes. Entre ellos estaban Jattab, un joven guerrero saudí que, a finales de los noventa, dirigió a los muyahidin en Chechenia, y el jordano Abu Mussad al Zarqaui, que, entre 1999 y 2001, dirigió en Herat un campo de entrenamiento propio, bajo los auspicios de los talibanes.
La popularidad de Bin Laden entre los antiguos muyahidin era menor si cabe. Muchos le consideraban responsable de haber convertido Al Qaeda en una milicia de sus patrocinadores saudíes. Al Qaeda, formada en torno a las enseñanzas del jeque Azzam, nació como brazo militar de una insurgencia musulmana mundial, dentro del ejército de los árabes afganos. Hacia el final de la yihad antisoviética, Azzam empezó a imaginar un Afganistán libre de soviéticos y que fuera un refugio para el futuro ejército internacional de muyahidin, y les instó a independizarse de sus patrocinadores.
Ése fue el momento en el que Osama bin Laden, el representante de hecho de los intereses saudíes en Afganistán, chocó con los intereses del jeque Abdallah Azzam. Bin Laden y sus patrocinadores saudíes querían moldear Al Qaeda para convertirla en una organización independiente del futuro régimen afgano; no les interesaba la consolidación del poder en Afganistán. Desde luego, querían seguir dominando y manipulando el futuro de las brigadas árabes. Según el investigador egipcio Abderrahim Ali, Bin Laden estaba además muy influido por la facción egipcia de la Oficina Árabe-Afgana, que dirigía Ayman al Zauahiri. Este grupo quería incorporar Al Qaeda a las tácticas terroristas y transformarla en una organización armada; al acabar la yihad contra los soviéticos, pensaban servirse de Al Qaeda para impulsar la actividad terrorista en Egipto.
La disputa terminó con el asesinato del jeque Azzam el 24 de noviembre de 1989. A partir de ese momento, Bin Laden y Al Zauahiri se hicieron poco a poco con el control de la Oficina Árabe-Afgana y convirtieron Al Qaeda en una organización terrorista financiada con dinero saudí. El asesinato fue el primero de una serie que acabó con la vida de varios miembros de la Oficina, con reminiscencias de las purgas realizadas por Stalin entre los dirigentes bolcheviques. Estas purgas prepararon el terreno para el primer atentado contra las Torres Gemelas, en 1993. Según Muhamad Sadeq Awda, miembro de Al Qaeda en prisión, Bin Laden ordenó el asesinato de Azzam porque sospechaba que tenía lazos con la CIA. Sin embargo, muchos creen que fue Al Zauahiri, y no Bin Laden, quien ordenó las purgas. Hoy sigue siendo uno de los grandes misterios sin resolver.
En vísperas del 11-S, por tanto, Bin Laden era muy impopular, tanto entre sus seguidores y sus anfitriones como entre los miembros del movimiento yihadista. Como destaca Jason Burke, un premiado periodista de The Observer, Al Qaeda no era una multinacional del terror, sino una pequeña organización bastante desconocida fuera de Afganistán. Y al terminar la batalla de Tora Bora, Al Qaeda era una sombra de sí misma. Varios combatientes fundamentales, como Al Masri, habían muerto durante los ataques de la coalición en Afganistán, y varios millares más habían sido capturados y enviados a Guantánamo; en el transcurso del año siguiente, todos los dirigentes de la organización -excepto Bin Laden y Al Zauahiri- fueron capturados por el Ejército estadounidense y llevados a un lugar no revelado.
También desapareció la obsesión de Bin Laden de llevar el terrorismo al corazón de EE UU. Tras el 11-S, todos los grandes atentados los realizaron grupos locales en sus respectivos países: Pakistán y Bali en 2002; Uzbekistán, Turquía y Casablanca en 2003. La verdad es que el 11-S fue un episodio aislado en la historia de la violencia política islámica, del mismo modo que Al Qaeda era una organización armada islámica que era atípica. Ni el GIA argelino, ni la Yemaa Islamiya indonesia, ni los Hermanos Musulmanes de Egipto, ni el Movimiento Islámico de Uzbekistán habían atacado jamás a un enemigo tan lejano, sino que todos se habían dedicado siempre a los enemigos más próximos, los regímenes oligárquicos que imperan en el mundo musulmán.
La peculiaridad de Al Qaeda se debía a la naturaleza de sus promotores. A finales de los años setenta, varios patrocinadores de Arabia Saudí y el Golfo crearon Daw’ah, una red de organizaciones benéficas, empresas e inversiones directas para difundir la doctrina wahabí -la interpretación más conservadora del islam- en el mundo musulmán. Daw’ah financió a los muyahidin y, tras la victoria en Afganistán, fomentó la violencia islámica en todos los países musulmanes. Desde Uzbekistán hasta Somalia, desde Chechenia hasta Argelia, Daw’ah costeó una serie de organizaciones armadas que luchaban para establecer regímenes acordes con la sharía. Al Qaeda también se benefició del dinero de Daw’ah y Bin Laden fue uno de sus grandes agentes durante los años ochenta en Afganistán. Sin embargo, cuando le expulsaron de Arabia Saudí en los años noventa, se encontró con que no podía usar esos fondos para sufragar una rebelión en el país del que procedían sus donantes. Para esquivar el problema creó una organización armada transnacional cuyos objetivos serían los valedores de los saudíes, es decir, Estados Unidos. Si podía destruir Estados Unidos, podría derrocar el régimen saudí: éste era el mensaje oculto del manifiesto de 1998 contra los cruzados sionistas, suscrito por Al Zauahiri y motor de los atentados contra las embajadas estadounidenses en Kenia y Tanzania y el atentado contra el USS Cole en Yemen.
La ilusión de Bin Laden de que Estados Unidos se desintegraría después del tercer y definitivo ataque es equiparable a la absurda idea del Gobierno de Bush de que Al Qaeda estaba en el centro de una conspiración mundial de organizaciones armadas islámicas. Este engaño constituyó la base de la guerra contra el terror, que pronto se convirtió en una lucha contra las sombras de Al Qaeda. Por ejemplo, después de la batalla de Tora Bora, Bin Laden y Al Zauahiri desaparecieron por las buenas en la zona fronteriza entre Afganistán y Pakistán gobernada por los dirigentes tribales islámicos. Seis años después del 11-S, continúan en libertad.
En contra de los consejos de los servicios de espionaje de todo el mundo, EE UU desvió su atención hacia Irak con el argumento de que Sadam Husein formaba parte de la conspiración. “En Oriente Próximo, hasta los niños se reían de esa asociación”, dijo Fouad Hussein, un periodista jordano que se entrevistó con Al Zarqaui en la cárcel. Todavía más increíble era el arsenal de armas de destrucción masiva de Sadam; si lo hubiera tenido, lo habría empleado antes de la invasión.
Para justificar un ataque preventivo contra Sadam, se inventó un vínculo ficticio entre Bin Laden y el dictador iraquí, y así nació el mito de Al Zarqaui, el hombre de Al Qaeda en Irak. La fabricación de pruebas falsas por Estados Unidos y la obsesión de los medios de comunicación con Al Qaeda fue su mitología. Una historia interminable de sangre, violencia o heroísmo, dependiendo de quién la contara, sustituyó a la verdad: que, con la caída del régimen talibán, Al Qaeda había dejado de existir. Las masas musulmanas, oprimidas por dirigentes corruptos y antidemocráticos e indignadas por la humillación diaria de los iraquíes, y los occidentales, aterrorizados por sus propios gobiernos, se creyeron el cuento.
La vieja dirección de Al Qaeda, ahora firmemente controlada por Al Zauahiri, reforzó esa idea a base de explotar su notoriedad y utilizar los medios de comunicación e Internet para difundir su propaganda. Al Qaeda se convirtió en distintivo de calidad en el repugnante campo del terror islamista. Bin Laden llegó a pretender negociar una tregua en Irak tras el atentado de Madrid en 2004, cuando la verdad era que prácticamente no podía mantenerse a sí mismo en su escondite. A finales de 2003, Al Zauahiri escribió una carta a Al Zarqaui para pedirle dinero.
La guerra de Irak devolvió la vida a Al Qaeda. De sus cenizas surgió un nuevo fénix, el alqaedismo, una nueva ideología antiimperialista. La entrada de Al Zarqaui -su icono fundamental- en Al Qaeda, como emir de la organización en Irak, selló la transición. Las organizaciones armadas islámicas, costeadas durante decenios por Daw’ah, entraron pronto bajo este paraguas ideológico; desde los pequeños grupos escindidos del GIA en Argelia hasta los grupos locales del Reino Unido, todos adoptaron la etiqueta de Al Qaeda. Irónicamente, como hace seis años, Osama bin Laden y Al Zauahiri no controlan lo que ocurre en el mundo yihadista, pese a ser los símbolos más importantes de un movimiento mundial creado por la paranoia occidental.
El Gobierno de Bush y sus más estrechos aliados conocían la verdadera historia de Al Qaeda. Si no inmediatamente después del 11-S, no cabe duda de que la captura de figuras clave como Binalshibh y Abu Zubayda les permitió tener una idea muy clara de las luchas internas de la organización. También conocían su verdadero poder y su fuerza. Michael Shuwer, responsable de la Unidad Osama de la CIA hasta 1999, asegura que informó a sus superiores sobre los auténticos peligros de Al Qaeda antes del 11-S. Después del atentado, aconsejó que capturasen vivo o muerto a Osama bin Laden inmediatamente, antes de que se convirtiera en un símbolo, pero sus palabras fueron ignoradas.
Si hoy vivimos en un mundo mucho más peligroso es porque los políticos manipularon la verdadera naturaleza de Al Qaeda y convirtieron la visión que tenía Osama bin Laden de EE UU en una profecía autocumplida. Si se hubieran empleado los recursos para llevar ante la justicia a Osama bin Laden y Al Zauahiri, Al Qaeda habría quedado relegada a los libros de historia en lugar de ocupar las primeras páginas de los periódicos. El sexto aniversario de la tragedia de las Torres Gemelas parece una buena ocasión para empezar a revelar la verdad y utilizarla con el fin de llevar la paz a nuestro mundo. Callar a Bin Laden y Al Zauahiri no acabará con la violencia islámica, pero sería un paso en la buena dirección. Otro paso más sería el de dar con una solución a la pesadilla iraquí y poner fin al paralelismo entre Al Qaeda y la guerra fría. Pequeños pasos hasta que todos los mitos de los seis últimos años queden al descubierto y sean destruidos.
Loretta Napoleoni es experta en financiación del terrorismo, asesora a varios Gobiernos en temas de lucha antiterrorista. Traducción de M. L. Rodríguez Tapia
Pulso en el interior de Al Qaeda
En el otoño de 2004, Al-Sharq al-Awsat, el periódico saudí con sede en Londres, publicó un relato que, según se rumoreaba, había escrito un miembro del círculo íntimo de Al Qaeda. En claro contraste con la imagen habitual de la organización como multinacional del terror, describía un grupo pequeño, plagado de luchas internas y dirigido por un megalómano saudí impopular, Osama bin Laden.
El problema fundamental era la obsesión de Bin Laden con Estados Unidos. El ala moderada de Al Qaeda le reprochaba que confiase en un grupo de patrocinadores saudíes que viajaban libremente a EE UU y que le habían convencido de que era un país débil e incapaz de soportar más de tres golpes: los atentados de 1998 contra las embajadas estadounidenses en África, el atentado de 2000 contra el portaaviones USS Cole y el atentado contra las Torres Gemelas. Los moderados atribuían esta idea a la arrogancia saudí y temían las represalias militares norteamericanas. Como también la temían los talibanes, que en su mayoría despreciaban a Bin Laden y sus amigos saudíes por su ostentación y su sentimiento de superioridad.
Los propios dirigentes talibanes consideraban a Bin Laden como un estorbo. Su obsesión de que los medios occidentales dieran publicidad a su odio hacia EE UU había enfurecido en más de una ocasión al mulá Omar, el líder espiritual talibán, cuyos valedores paquistaníes habían llegado a presionarle para que obligara a Osama a callarse o le expulsara del país. Pero el régimen necesitaba los 30 millones de dólares de renta pagados por los patrocinadores de Bin Laden y la pequeña industria de los campos de entrenamiento; el régimen talibán, que funcionaba como una réplica del califato islámico medieval, sufría una falta crónica de dinero. Y la animadversión del mulá Omar hacia las drogas había limitado la única fuente de ingresos exteriores: el opio.
Los partidarios de la línea dura dentro de Al Qaeda también temían las represalias estadounidenses, aunque por distintos motivos. Ya en 1998, bajo la dirección de Abu Hafas al Masri -uno de los fundadores de Al Qaeda, que murió en Kandahar-, habían presionado a Bin Laden para que adquiriese armas de destrucción masiva o construyera bombas sucias. Su idea era introducirlas de contrabando en Estados Unidos y almacenarlas allí para utilizarlas en el caso de que los estadounidenses invadieran Afganistán. Bin Laden nunca rechazó formalmente la propuesta, pero impidió a Al Masri que la llevara a cabo.
Construir una bomba sucia en Afganistán habría sido sencillo. Los talibanes habían recuperado suficiente cantidad de armas químicas y material radiactivo de la invasión soviética como para poder fabricar más de una, y en Al Qaeda había gente con los conocimientos necesarios para hacerlo. Sin embargo, cuando Al Masri se decidió a preguntar a los talibanes sobre los materiales químicos y radiactivos, descubrió que los habían vendido en secreto a los paquistaníes porque no se fiaban de los árabes. Los miembros de la línea dura pensaron que Bin Laden era el responsable de esa antipatía.
Bin Laden era aún más impopular fuera de Al Qaeda. La arrogancia y el sentimiento de superioridad propios de los saudíes habían deteriorado su imagen entre los yihadistas, jóvenes que veían en él una prolongación de las clases dirigentes saudíes. Entre ellos estaban Jattab, un joven guerrero saudí que, a finales de los noventa, dirigió a los muyahidin en Chechenia, y el jordano Abu Mussad al Zarqaui, que, entre 1999 y 2001, dirigió en Herat un campo de entrenamiento propio, bajo los auspicios de los talibanes.
La popularidad de Bin Laden entre los antiguos muyahidin era menor si cabe. Muchos le consideraban responsable de haber convertido Al Qaeda en una milicia de sus patrocinadores saudíes. Al Qaeda, formada en torno a las enseñanzas del jeque Azzam, nació como brazo militar de una insurgencia musulmana mundial, dentro del ejército de los árabes afganos. Hacia el final de la yihad antisoviética, Azzam empezó a imaginar un Afganistán libre de soviéticos y que fuera un refugio para el futuro ejército internacional de muyahidin, y les instó a independizarse de sus patrocinadores.
Ése fue el momento en el que Osama bin Laden, el representante de hecho de los intereses saudíes en Afganistán, chocó con los intereses del jeque Abdallah Azzam. Bin Laden y sus patrocinadores saudíes querían moldear Al Qaeda para convertirla en una organización independiente del futuro régimen afgano; no les interesaba la consolidación del poder en Afganistán. Desde luego, querían seguir dominando y manipulando el futuro de las brigadas árabes. Según el investigador egipcio Abderrahim Ali, Bin Laden estaba además muy influido por la facción egipcia de la Oficina Árabe-Afgana, que dirigía Ayman al Zauahiri. Este grupo quería incorporar Al Qaeda a las tácticas terroristas y transformarla en una organización armada; al acabar la yihad contra los soviéticos, pensaban servirse de Al Qaeda para impulsar la actividad terrorista en Egipto.
La disputa terminó con el asesinato del jeque Azzam el 24 de noviembre de 1989. A partir de ese momento, Bin Laden y Al Zauahiri se hicieron poco a poco con el control de la Oficina Árabe-Afgana y convirtieron Al Qaeda en una organización terrorista financiada con dinero saudí. El asesinato fue el primero de una serie que acabó con la vida de varios miembros de la Oficina, con reminiscencias de las purgas realizadas por Stalin entre los dirigentes bolcheviques. Estas purgas prepararon el terreno para el primer atentado contra las Torres Gemelas, en 1993. Según Muhamad Sadeq Awda, miembro de Al Qaeda en prisión, Bin Laden ordenó el asesinato de Azzam porque sospechaba que tenía lazos con la CIA. Sin embargo, muchos creen que fue Al Zauahiri, y no Bin Laden, quien ordenó las purgas. Hoy sigue siendo uno de los grandes misterios sin resolver.
En vísperas del 11-S, por tanto, Bin Laden era muy impopular, tanto entre sus seguidores y sus anfitriones como entre los miembros del movimiento yihadista. Como destaca Jason Burke, un premiado periodista de The Observer, Al Qaeda no era una multinacional del terror, sino una pequeña organización bastante desconocida fuera de Afganistán. Y al terminar la batalla de Tora Bora, Al Qaeda era una sombra de sí misma. Varios combatientes fundamentales, como Al Masri, habían muerto durante los ataques de la coalición en Afganistán, y varios millares más habían sido capturados y enviados a Guantánamo; en el transcurso del año siguiente, todos los dirigentes de la organización -excepto Bin Laden y Al Zauahiri- fueron capturados por el Ejército estadounidense y llevados a un lugar no revelado.
También desapareció la obsesión de Bin Laden de llevar el terrorismo al corazón de EE UU. Tras el 11-S, todos los grandes atentados los realizaron grupos locales en sus respectivos países: Pakistán y Bali en 2002; Uzbekistán, Turquía y Casablanca en 2003. La verdad es que el 11-S fue un episodio aislado en la historia de la violencia política islámica, del mismo modo que Al Qaeda era una organización armada islámica que era atípica. Ni el GIA argelino, ni la Yemaa Islamiya indonesia, ni los Hermanos Musulmanes de Egipto, ni el Movimiento Islámico de Uzbekistán habían atacado jamás a un enemigo tan lejano, sino que todos se habían dedicado siempre a los enemigos más próximos, los regímenes oligárquicos que imperan en el mundo musulmán.
La peculiaridad de Al Qaeda se debía a la naturaleza de sus promotores. A finales de los años setenta, varios patrocinadores de Arabia Saudí y el Golfo crearon Daw’ah, una red de organizaciones benéficas, empresas e inversiones directas para difundir la doctrina wahabí -la interpretación más conservadora del islam- en el mundo musulmán. Daw’ah financió a los muyahidin y, tras la victoria en Afganistán, fomentó la violencia islámica en todos los países musulmanes. Desde Uzbekistán hasta Somalia, desde Chechenia hasta Argelia, Daw’ah costeó una serie de organizaciones armadas que luchaban para establecer regímenes acordes con la sharía. Al Qaeda también se benefició del dinero de Daw’ah y Bin Laden fue uno de sus grandes agentes durante los años ochenta en Afganistán. Sin embargo, cuando le expulsaron de Arabia Saudí en los años noventa, se encontró con que no podía usar esos fondos para sufragar una rebelión en el país del que procedían sus donantes. Para esquivar el problema creó una organización armada transnacional cuyos objetivos serían los valedores de los saudíes, es decir, Estados Unidos. Si podía destruir Estados Unidos, podría derrocar el régimen saudí: éste era el mensaje oculto del manifiesto de 1998 contra los cruzados sionistas, suscrito por Al Zauahiri y motor de los atentados contra las embajadas estadounidenses en Kenia y Tanzania y el atentado contra el USS Cole en Yemen.
La ilusión de Bin Laden de que Estados Unidos se desintegraría después del tercer y definitivo ataque es equiparable a la absurda idea del Gobierno de Bush de que Al Qaeda estaba en el centro de una conspiración mundial de organizaciones armadas islámicas. Este engaño constituyó la base de la guerra contra el terror, que pronto se convirtió en una lucha contra las sombras de Al Qaeda. Por ejemplo, después de la batalla de Tora Bora, Bin Laden y Al Zauahiri desaparecieron por las buenas en la zona fronteriza entre Afganistán y Pakistán gobernada por los dirigentes tribales islámicos. Seis años después del 11-S, continúan en libertad.
En contra de los consejos de los servicios de espionaje de todo el mundo, EE UU desvió su atención hacia Irak con el argumento de que Sadam Husein formaba parte de la conspiración. “En Oriente Próximo, hasta los niños se reían de esa asociación”, dijo Fouad Hussein, un periodista jordano que se entrevistó con Al Zarqaui en la cárcel. Todavía más increíble era el arsenal de armas de destrucción masiva de Sadam; si lo hubiera tenido, lo habría empleado antes de la invasión.
Para justificar un ataque preventivo contra Sadam, se inventó un vínculo ficticio entre Bin Laden y el dictador iraquí, y así nació el mito de Al Zarqaui, el hombre de Al Qaeda en Irak. La fabricación de pruebas falsas por Estados Unidos y la obsesión de los medios de comunicación con Al Qaeda fue su mitología. Una historia interminable de sangre, violencia o heroísmo, dependiendo de quién la contara, sustituyó a la verdad: que, con la caída del régimen talibán, Al Qaeda había dejado de existir. Las masas musulmanas, oprimidas por dirigentes corruptos y antidemocráticos e indignadas por la humillación diaria de los iraquíes, y los occidentales, aterrorizados por sus propios gobiernos, se creyeron el cuento.
La vieja dirección de Al Qaeda, ahora firmemente controlada por Al Zauahiri, reforzó esa idea a base de explotar su notoriedad y utilizar los medios de comunicación e Internet para difundir su propaganda. Al Qaeda se convirtió en distintivo de calidad en el repugnante campo del terror islamista. Bin Laden llegó a pretender negociar una tregua en Irak tras el atentado de Madrid en 2004, cuando la verdad era que prácticamente no podía mantenerse a sí mismo en su escondite. A finales de 2003, Al Zauahiri escribió una carta a Al Zarqaui para pedirle dinero.
La guerra de Irak devolvió la vida a Al Qaeda. De sus cenizas surgió un nuevo fénix, el alqaedismo, una nueva ideología antiimperialista. La entrada de Al Zarqaui -su icono fundamental- en Al Qaeda, como emir de la organización en Irak, selló la transición. Las organizaciones armadas islámicas, costeadas durante decenios por Daw’ah, entraron pronto bajo este paraguas ideológico; desde los pequeños grupos escindidos del GIA en Argelia hasta los grupos locales del Reino Unido, todos adoptaron la etiqueta de Al Qaeda. Irónicamente, como hace seis años, Osama bin Laden y Al Zauahiri no controlan lo que ocurre en el mundo yihadista, pese a ser los símbolos más importantes de un movimiento mundial creado por la paranoia occidental.
El Gobierno de Bush y sus más estrechos aliados conocían la verdadera historia de Al Qaeda. Si no inmediatamente después del 11-S, no cabe duda de que la captura de figuras clave como Binalshibh y Abu Zubayda les permitió tener una idea muy clara de las luchas internas de la organización. También conocían su verdadero poder y su fuerza. Michael Shuwer, responsable de la Unidad Osama de la CIA hasta 1999, asegura que informó a sus superiores sobre los auténticos peligros de Al Qaeda antes del 11-S. Después del atentado, aconsejó que capturasen vivo o muerto a Osama bin Laden inmediatamente, antes de que se convirtiera en un símbolo, pero sus palabras fueron ignoradas.
Si hoy vivimos en un mundo mucho más peligroso es porque los políticos manipularon la verdadera naturaleza de Al Qaeda y convirtieron la visión que tenía Osama bin Laden de EE UU en una profecía autocumplida. Si se hubieran empleado los recursos para llevar ante la justicia a Osama bin Laden y Al Zauahiri, Al Qaeda habría quedado relegada a los libros de historia en lugar de ocupar las primeras páginas de los periódicos. El sexto aniversario de la tragedia de las Torres Gemelas parece una buena ocasión para empezar a revelar la verdad y utilizarla con el fin de llevar la paz a nuestro mundo. Callar a Bin Laden y Al Zauahiri no acabará con la violencia islámica, pero sería un paso en la buena dirección. Otro paso más sería el de dar con una solución a la pesadilla iraquí y poner fin al paralelismo entre Al Qaeda y la guerra fría. Pequeños pasos hasta que todos los mitos de los seis últimos años queden al descubierto y sean destruidos.
Loretta Napoleoni es experta en financiación del terrorismo, asesora a varios Gobiernos en temas de lucha antiterrorista. Traducción de M. L. Rodríguez Tapia
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