Ciencias y Arte

Noticias y comentarios sobre Ciencia Política, Administración Pública, Economía y Arte

¿Nueva cultura del agua? Sí, pero…

Por Manel Poch, Catedrático de Ingeniería Química (EL PERIÓDICO, 27/06/08):

La aparición del concepto de nueva cultura del agua representó un soplo de aire fresco y renovador. En un momento en el que se programaban grandes trasvases con inversiones millonarias, la aparición de una nueva mentalidad sobre el agua en la que el acento no se ponía en el incremento desaforado del consumo, sino en cómo gestionar mejor el recurso del que disponíamos, fue recibida de forma casi unánime como una gran noticia.

Que además se empezara a considerar el medio como un nuevo actor a tener en cuenta en la gestión del recurso agua, en consonancia con un incremento de la conciencia ambiental, consolidó aún más esta nueva cultura, que se convirtió en mayoritaria en nuestro país.

COMO cualquier nuevo paradigma, existen diferentes aspectos que lo definen. Pero si una idea cobró fuerza fue la de sustituir la cultura de la oferta por la cultura de la demanda. Ya no se trataba de ver cuánta agua se necesitaba en una zona, sino de adecuar el consumo al agua disponible. Una nueva cultura, pues, que entroncaba con unas costumbres tradicionales de ahorro y adaptación a las disponibilidades reales. Pero una cosa es la reflexión genérica, en la que todos podemos estar de acuerdo, y otra, bien diferente, es la responsabilidad de dar agua a una sociedad desarrollada en el siglo XXI. Una sociedad, no lo olvidemos, que está ubicada en un entorno mediterráneo, con regímenes hidrológicos muy variables y donde, por ejemplo, poder disponer de piscina es una aspiración muy (¿quizá demasiado?) generalizada.

Ello provocó que, en cuanto aparecieron los primeros indicios de la posibilidad de sequía, se plantearan diferentes puntos de vista entre las posturas más conceptuales, partidarias del principio de que cada cuenca solo puede hacer uso del recurso que recibe de forma natural, y los más pragmáticos, que reconocen una situación de hecho, en la que las ciudades y las demandas están donde están. Y el agua está donde está.

En este contexto, parece que el paradigma de sustituir la cultura de la demanda por la de la oferta debería ser matizado. En primer lugar, porque se ha constatado que actuar solo en la reducción del consumo no ha sido suficiente. A pesar del esfuerzo realizado por la ciudadanía, el cambio social que requeriría llegar a los consumos que permitiesen la autosuficiencia en cada cuenca parece estar bastante lejos. En segundo lugar, porque uno de los elementos que ha ayudado en la gestión de la sequía y que se ha vuelto imprescindible son los embalses, unos representantes arquetípicos de la vieja cultura del agua: después de lo que se ha visto, al parecer habrá que seguir teniéndolos en cuenta. En tercer lugar, porque hay que recordar que actualmente ya existen trasvases: más del 50% del consumo del área metropolitana procede del Ter, que, como se dice en Girona, ahora desemboca en Barcelona.

¿Qué hacer, entonces? Pues constatar la necesidad de llegar a equilibrios. A soluciones consensuadas. Quizá el futuro paradigma no será sustituir la cultura de la demanda por la de la oferta, sino complementarlas. Y esto es lo que ya han hecho, a pesar de que a veces de forma poco explícita, nuestras autoridades. Hay que seguir promocionando el consumo responsable, pero debemos reconocer que con esto no será suficiente y tenemos que ser imaginativos a la hora de conseguir nuevos recursos de agua.

Pero, antes de hablar de nuevos recursos no convencionales, hay que recordar que la única agua que obtenemos gratis es la que cae del cielo. La otra requiere no solo el transporte, sino también la transformación necesaria a partir de una materia prima, con los costes que una operación así implica. Costes que me temo que nos tocará asumir, sea en forma de incrementos de canon o a partir de los presupuestos del Gobierno en detrimento de otras partidas. En todo caso, no será gratis. Será importante seguir el debate de quién y cómo paga estos gastos. Y es que transformar agua de mar o agua de salida de depuradora en agua potable es técnicamente posible. Este no es un debate tecnológico: la solución existe y es lo bastante fiable, pero requiere unas instalaciones adecuadas y, principalmente, es preciso que funcionen. Es decir: implica, entre otras cosas, energía. Más en el caso de las desalinizadoras, con una estimación que puede variar entre 3 y 4 kW/h por cada m. Y estamos hablando de centenares de millones de metros cúbicos por año, en un momento en el que el precio de la energía es un factor muy problemático cara al futuro.

NO HAY soluciones únicas ni mágicas. Yo comento a mis estudiantes que, en temas ambientales, si alguien les vende una solución que lo arregla todo y a buen precio, o les está engañando o se está autoengañando. Siempre se producen efectos colaterales que hay que analizar para evitar problemas posteriores. Seguramente, esta es la mejor lección que hemos podido aprender en los últimos tiempos. Habrá que evaluar todas las alternativas, no solo económicamente (que los economistas ya harán sus evaluaciones y nos dirán lo que es más barato o más caro), sino también ambiental y socialmente.

Afortunadamente, ha llovido. Las lluvias han propiciado que los diversos y necesarios debates (el económico, el tecnológico, el sociológico, el científico) se puedan llevar a cabo en un marco de tranquilidad y con la participación de los agentes implicados. Y no solo estamos hablando de la gestión del agua, sino también del tipo de desarrollo que queremos como país.

Junio 30, 2008 Publicado por cienciayartes | agua, medio ambiente | | Aún no hay comentarios

El riesgo del microtrasvase del Ebro

Por Narcís Prat, catedrático de Ecología de la UB (EL PERIÓDICO, 27/04/08):

En la región metropolitana de Barcelona, donde viven 5,5 millones de personas, la garantía de abastecimiento de agua es muy corta. Dos años de sequía han puesto a la región en peligro de cortes de suministro que, si no llueve hasta la fecha límite, podrían producirse entre el otoño del 2008 y la primavera de 2009 (cuando se supone que va a funcionar a pleno rendimiento la desalinizadora de El Prat del Llobregat). Para no llegar a este extremo, además de una explotación extrema de todos los recursos actuales (acuíferos y embalses) se están buscando diferentes soluciones, como el transporte de agua en barcos (a 10 euros el metro cúbico) en trenes, o la reutilización de las aguas de la depuradora de El Prat que se van a bombear río arriba.

Pero si no llueve, en otoño del 2009 habrá restricciones. Una pieza más de este rompecabezas es el trasvase de aguas de la cuenca del Ebro al área de Barcelona. Primero se pensó desde el alto Segre y después del bajo Ebro. El total es de 40 hectómetros cúbicos, (un 8% del consumo anual). Un microtrasvase del minitrasvase actual.

PERO ESTE microtrasvase puede ser un fiasco total. Desde el punto de vista ambiental, probablemente su efecto sobre la parte baja del Ebro será mínimo. Y si se combinara con una cesión de derechos en la cuenca y el volumen trasvasado desde el próximo otoño hasta la primavera del 2009, y se compensara con una avenida generada en el Segre, primero (20 metros cúbicos por segundo, durante 23 días) y en el bajo Ebro, después (600 metros cúbicos por segundo, durante un día), su efecto ambiental sobre los dos ríos sería positivo.

Este posible beneficio ambiental no debe hacer olvidar que cualquier acción en la gestión del agua (independientemente de la urgencia) debe ser sostenible con criterios económicos, sociales y medioambientales.

Es evidente que el microtrasvase del Ebro no cumple en ninguno de los tres casos. Económicamente, no parece muy razonable gastar 182 millones de euros en una tubería que puede servir solo para una vez. Socialmente, ya se ha visto que ha encendido los ánimos de las gentes del Ebro. Y el fiasco puede ser total, porque podría ser que la tubería no llegara a transportar agua o fracasar en el objetivo de impedir las restricciones, bien porque llueva en otoño y la alerta se desactive, bien porque la obra no se termine en el plazo que se ha comprometido, como opinan algunos ingenieros.

A esta situación hemos llegado por varios motivos. Uno es el miedo que parecen tener los políticos a la palabra trasvase, que ni siquiera osan pronunciar. Ello les impide hacer lo que es propio de una emergencia: reunir a todos los implicados (¡pero con tiempo!) y buscar el consenso una vez que se puede demostrar que los que piden agua han hecho los esfuerzos oportunos para ser eficientes. Sin participación pública en las decisiones no hay nueva cultura del agua. El tercero es que esta solución ha sido impuesta desde Madrid a la Generalitat, y además, ¡pagando ella y responsabilizándose de la obra! Esto suena a tras de cornudo, apaleado. Vaya, un desastre.

¿Es posible buscar otra solución? Las últimas lluvias y nieves dan un respiro de un mes. Todavía es posible una concertación social para que los habitantes de la región metropolitana (por ejemplo, su confederación de vecinos) se reúnan con las gentes de la plataforma del Ebro, con los regantes del Urgell, con la sociedad de las tierras de Lleida y con todos los posibles implicados para llegar a un gran acuerdo que permita que los posibles cedentes del agua entiendan que la necesidad de la región de Barcelona es real, que el plan de la Agència Catalana de l’Aigua para el futuro ( gestión de la demanda, con recursos no convencionales y sin trasvases) es posible. Por su parte, los que van a recibir agua deben comprometerse a ser eficientes y a reflexionar sobre el modelo de desarrollo de Catalunya y su distribución territorial. Sería conveniente que los políticos catalanes se olvidaran de sus diferencias y lideraran este proceso.

UNA SOLUCIÓN alternativa es posible: un trasvase de aguas desde el canal de Urgell (distante solo 32 kilómetros de los confines de la cuenca del Llobregat), que puede construirse más rápidamente que el microtrasvase del Ebro y asociarse a un Centro de Transferencias de Agua de Catalunya (que con el tiempo debería incluir el trasvase del Ter). Si somos capaces de llegar a un acuerdo, la mejor noticia que podríamos tener en estos meses es que la manifestación de la Plataforma de l’Ebre del próximo día 18 se desconvoca. Hay que apelar también a la gente del Ebro para que haga un ejercicio de responsabilidad y ayude a construir una solución donde ni el río ni la sociedad catalana (ni su economía) pierdan otra vez. Los millones de catalanes de la región metropolitana, que han demostrado en los últimos años que una nueva cultura del agua es posible, ahorrando y siendo eficientes (la región metropolitana ha disminuido su consumo en los últimos cuatro años), no se merecen las restricciones. Colaboremos todos para encontrar una solución que sea sostenible de verdad y con visión de futuro para la gestión de agua en Catalunya.

Cuando pase la sequía hablaremos con más detalle del modelo de desarrollo o del Ródano. La sostenibilidad del ciclo del agua depende en gran medida de cómo nos imaginemos el futuro y sin una nueva cultura del territorio y de desarrollo económico, al final no será posible la nueva cultura del agua.

Abril 29, 2008 Publicado por cienciayartes | agua, trasvases | | Aún no hay comentarios

¡Agua va!

Por Felipe González, ex presidente del Gobierno español (EL PAÍS, 22/04/08):

En España al oír este grito de “¡Agua va!”, había que apartarse con premura, porque se te venía encima cualquier tipo de porquería que los vecinos evacuaban por la puerta de su vivienda. Todavía lo viví en mi adolescencia, en el peculiar barrio sevillano de Bellavista, carente entonces de alcantarillas y pavimento y típica concentración humana de aluvión de la buena gente que venía a la capital a buscar las oportunidades que no tenía en sus pueblos, o de los que se quedaban allí después de cumplir condena de trabajos forzados en el vecino canal de los presos, o del Bajo Guadalquivir para la España oficial.

Las aguas residuales están todas, o casi, canalizadas en esta España nuestra, pero las últimas voces nos indican que tenemos que seguir atentos al famoso grito si no queremos ensuciarnos.

El agua despierta pasiones, provoca conflictos, es el bien más preciado, por encima del petróleo. También el más abundante y escaso a la vez en este planeta Tierra compuesto de agua en sus cuatro quintas partes. Pero sólo el 1% es potable. Y cambio climático, crecimiento y desplazamientos de población agudizan el problema. Así es en todas partes del mundo, con escasas excepciones.

España tampoco es una excepción, sino uno de los territorios afectados más seriamente por estos factores. Así lo fue históricamente y lo es hoy en que la enfermedad de la escasez de recursos disponibles se ha agravado. Mucho antes de que Francia u otros países europeos pensaran en el agua como problema, en España se hacían obras hidráulicas.

En los territorios más afectados, las controversias sin solución dieron lugar a fórmulas de arbitraje, a tribunales del agua, que tienen una larga tradición y aún subsisten. Por eso no es extraño lo que nos ocurre hoy. Por eso todos tienen razón, aunque las razones sean contradictorias entre sí. Por eso hay que evitar que se ensucie el debate del agua y nos lo arrojemos como antaño al grito de “agua va”.

En nuestro caso hemos visto el agravamiento del problema en las últimas décadas. Se han hecho algunas cosas, más de las que parece cuando se discute lo inmediato en las llamadas guerras del agua, pero éstas se muestran insuficientes ante la magnitud del reto. Cuando llueve nos calmamos, casi olvidamos la amenaza que subyace. Vienen las tormentas y se acaba la tormenta política y mediática. Luego es al revés.

Los ciudadanos españoles se han ido desplazando de las zonas donde hay agua pero las condiciones climáticas y socioeconómicas son más difíciles y menos gratas para vivir, hacia las zonas más cálidas, con menos agua y, paradójicamente, con más oportunidades. Desde allí reclaman agua, y desde los territorios de origen los que quedaron reclaman expectativas con el agua que tienen, con el uso de la misma, con el potencial para su desarrollo. Tan delicado es el tema, tan politizado en el sentido negativo de la palabra, no en el positivo, que no quiero señalar los múltiples ejemplos que se dan en nuestra geografía.

Además, en los años que van de este nuevo siglo, los flujos migratorios y el aumento de población consiguiente, se han concentrado, por las mismas razones, en estas zonas demandantes de agua de nuestro litoral.

Como siempre ha habido tensiones, no podemos dejar de preguntarnos sobre las sobrevenidas con magnitud especial por la decisión del Gobierno de llevar agua a Barcelona, como conducción, trasvase, traslado o como quieran llamarle, a partir de un excedente ya trasvasado y no utilizado, que va desde los receptores en las comarcas de Tarragona y procedente del Ebro, y tiene una base legal de comienzos de los años 80, en tiempos de UCD.

Si no hubiera sido Cataluña la reacción sería tensa, como siempre, pero dentro de un orden, sin la aspereza y la demagogia que acompaña a la que estamos viviendo. Es el fruto de una mala cosecha de enfrentamiento territorial que entre todos tenemos que cortar. Digo entre todos, para no excluir voluntades necesarias, porque las responsabilidades son compartidas, aunque no sean de la misma naturaleza y dimensión.

Sólo quiero atenerme al agua, ahora que se pone de moda hablar de balances de otra naturaleza entre los territorios, para decir algunas cosas que han pasado y otras que pienso pueden y deben pasar, con el propósito de recuperar el sentido común y encauzar (nunca mejor expresión) las posibles y múltiples respuestas que hay que ir articulando.

La precondición, tal vez lo más difícil, es que la política del agua se haga con mayúsculas, atendiendo a los ciudadanos en el conjunto del territorio, alejándola de la cosecha inmediata de votos, manteniendo las mismas actitudes en el Gobierno y en la oposición, en el centro o en las comunidades. Es una forma como otras de definir lo que debería ser una política de Estado, con la mínima incidencia oportunista electoralista.

Hace dos décadas tenía la responsabilidad de gobernar y con ella la conciencia de que el problema del agua era, sustancialmente, una responsabilidad del Gobierno que presidía, porque afectaba a todo el espacio público que compartimos como españoles. Los ríos, los acuíferos, las aguas del mar, en la península y en las islas, configuraban el problema como de todos, sin capacidades locales para darle respuesta de fondo.

Ya sonaban voces ecologistas razonables, junto a gritos irracionales. Ya se criticaban decisiones con argumentos oportunistas por el mero hecho de estar en la oposición, para cambiar después, radicalmente, desde el Gobierno. Ya soportábamos descalificaciones e incluso burlas por las presas, como la de La Serena. Ya vimos el rechazo total al único plan hidrológico nacional que mereciera ese nombre, de los que después bautizaron otros con la misma denominación pero sin contenido nacional porque solo afectaba al Ebro.

Sobre todo esto ha caído lluvia y sequía, además de olvido de los antecedentes. Lo que el Gobierno hace estos días lo hemos hecho varias veces, todos los gobiernos de la democracia, urgidos por la necesidad y por las imprevisiones o las previsiones que las circunstancias no permitieron cumplir. Por eso hay que hacer una reflexión seria y sosegada. Mejor sin prisas porque el asunto es urgente y pasará facturas a todo el mundo. La gobernanza de España está afectada por este desafío, aunque haya otros.

Para empezar, hay que decir que tenemos poca agua disponible y despilfarramos mucha. Por mala infraestructura en las conducciones, por sistemas obsoletos de riego, por aventuras excesivas en urbanismo y campos de golf, por malos hábitos de consumo. Por responsabilidades, en fin, públicas y también cívicas de las que tenemos que hacernos cargo. Se haga lo que se haga con la política del agua, este tipo de comportamientos han de ser corregidos y las medidas de racionalización y ahorro van a seguir siendo imprescindibles en la mezcla final.

Los curiosos, o los deseosos de no perder la memoria, pueden ver en las hemerotecas y en el ministerio de Fomento el porcentaje de capacidad de embalse sobre el total nacional que se construyó durante el periodo en que fui presidente del Gobierno. Encontrarán la respuesta a la pregunta de por qué Extremadura no tiene problemas en esta sequía.

Más les gustará conocer o reconocer los feroces ataques al Plan Hidrológico Nacional que presentó Borrell siendo ministro del ramo. El que después fuera presidente del Gobierno llegó a decir que había agua o no la había donde Dios -con mayúsculas- quería y que no se debía actuar contra la voluntad divina. Menos mal que no aplicó el mismo argumento al gaseoducto que viene de Argelia.

Con esto quiero decir que los PNH, o los trasvases, no son de izquierdas o de derechas, como ahora se pretende, sino oportunos o no, necesarios o no. Depende de razones técnicas, de coste, oportunidad, medioambientales, etc. Por eso, años después de haber fracasado con aquel ambicioso Plan Hidrológico, que era Nacional porque pretendía la articulación de todas las cuencas, no volvería -si pudiera- a proponerlo. Las condiciones tecnológicas muestran respuestas más adecuadas económicamente y con menos impacto medioambiental.

No hay que demonizar ni sacralizar ninguna fórmula para arreglar el desafío, para evitar la irracionalidad en un debate cargado siempre de sentimientos. Si algún trasvase fuera necesario y mejor que otras medidas en términos económicos, medioambientales y sociales, ¿por qué excluirlo? Tampoco podremos excluir la regulación y aprovechamiento de nuestros cauces con los mismos requerimientos.

Esto no avala el que ahora se reclama como Plan Hidrológico de los primeros años de esta década. Muchos técnicos, no todos, han mostrado alternativas más operativas y razonables que ese trasvase del Ebro, incluyendo los costes energéticos y los ecológicos. Pero no se engañen. Estos días se dice que para huir del espectáculo de los políticos hay que acudir a los técnicos. El esfuerzo conducirá a la melancolía, porque opiniones técnicas las hay de todo tipo, incluso las tiene el primo de Rajoy, y después de contrastar la mejor información técnica disponible, volveremos inexorablemente a la política, que para eso está.

Hay que tener presente la solución tecnológica que nos viene del agua del mar. Recuerdo que un amigo, de excepcional cabeza, me decía cuando lo trataba de convencer del drama del agua en el mundo, que el problema era de desarrollo tecnológico, no de recursos. Creo que tenía y tiene una parte sustancial de razón dada la composición del planeta que habitamos. El progreso en la utilización del agua del mar ha sido enorme y seguirá avanzando en costes y en reducción del impacto. ¿Por qué negarse a su uso preferente en la mezcla de soluciones que necesitamos?

Tenemos que ser muy rigurosos con los acuíferos y el rigor está en aplicar las leyes. Porque hay leyes, y se pueden mejorar, pero su aplicación exigirá una toma de conciencia de todos y no una burla permanente o un mirar para otro sitio como ocurre con frecuencia. Y también debemos seguir actuando sobre la capacidad de embalse, de nuevo teniendo en cuenta los requerimientos medioambientales y económicos que han cambiado radicalmente.

Todas las medidas, con dosificación adecuada, van a ser necesarias, en todo el territorio y en cada rincón. Por eso, siento recordar que el Parlamento de la nación, sobre el que pasarán las iniciativas del Gobierno, será el gran árbitro del desafío del agua. Si no, no tendrá solución de verdad.

¡Manos a las obras!

Abril 23, 2008 Publicado por cienciayartes | agua, trasvases | | Aún no hay comentarios

Agua, escala y proporción

Por Ramon Folch, socioecólogo, director general de ERF y presidente del Consejo Social de la UPC (EL PERIÓDICO, 05/04/08):

La escala de un fenómeno no es su medida, sino su carácter. Un mapa ampliado no es un plano, solo es un mapa grande. En los planos figuran los detalles; en los mapas, no. Lanzarse a la carretera con los planos del piso no sirve de nada. De ahí que haya que tener en la cabeza la gran escala del mapa al hablar de territorio y la pequeña escala del plano al abordar el marco personal. Transitar de una dimensión a la otra con agilidad y proporción escalar es capital para moverse sabiendo por qué. La escala temporal también cuenta. Todo no pasa a la vez. Reímos deprisa, crecemos despacio. Las risas suceden a los lloros sin que el niño cambie de tamaño. Cada fenómeno tiene su tempo. Una paella son 20 minutos. Hay que saber recorrer las escalas espaciales respetando las temporales. En todo. Y, en concreto, cuando se trata de gestionar el agua de un territorio.

EL TER NACE y trabaja en Catalunya. Y en ella muere. Es un río catalán. El Segre también, pero se administra desde Zaragoza porque desemboca en el Ebro, que no es un río aragonés… Ya puestos, que intervenga también París, porque nace en la Alta Cerdanya, actualmente francesa. Falla la escala histórica, porque la España de las confederaciones hidrográficas es de los años 20 y la de las autonomías, de ahora. También falla la escala espacial, porque territorio no equivale a geografía. La cuenca es un concepto geográfico; el territorio es un concepto socioambiental. Administrar a golpe de geografía un espacio político superado es una mala opción territorial.

Eso, por arriba. Por abajo, es un error interpretar los ríos mirando los planos del patio. No es nuestro el río que pasa por nuestra casa. No es tampoco nuestra la carretera que atraviesa nuestro municipio. Sin aportación de espacio local, no existirían ni uno ni otra, pero carreteras y ríos solo se entienden contemplando su recorrido en el espacio global y en el tiempo total. Un Segre mirado desde Oliana y gobernado desde Zaragoza bajo directrices de Madrid sería difícilmente inteligible.

Tenemos poca agua y hemos de poder gestionar tanto la del Segre como la del Ter. Soberanamente, pero sobre todo acertadamente. Repetir en el Segre la experiencia del Ter sería una triste gracia. “Que no nos toquen el Ter, nada de trasvases”, decía un buen hombre con vehemencia. Demasiado tarde. El Ter se trasvasa desde 1959. Muchas personas sentencian sobre cosas que desconocen: es el mal de unos tiempos en que se opina sin criterio. De un caudal medio de 15-17 metros cúbicos por segundo, se programaron inicialmente en el Ter extracciones de 2-3 metros cúbicos, siempre que aguas abajo de Sau-Susqueda continuaran fluyendo por lo menos tres. Pero la cuota de extracción no ha cesado de aumentar desde 1959. Ahora se sitúa en siete metros cúbicos por segundo.

Es mucho. En épocas de estiaje ligadas a sequía es demasiado. Maldita la gracia de decisión soberana. Estos siete metros representan tres cuartas partes del río agostado, tal vez más. Estamos fuera de escala. Hace meses que el Ter no desemboca en el mar. Seguramente nada puede hacerse en las presentes circunstancias, salvo agradecer el sacrificio y programar resueltamente una mengua gradual de cuota. Cuando menos, eso. Pero en cinco o seis años deben haberse dispuesto fuentes alternativas para disminuir la presión sobre el Ter. Es de estricta justicia distributiva y de buena lógica territorial. ¿Cómo lograrlo?

Hay que comenzar gestionado adecuadamente la demanda. La oferta ha de ser proporcionada a las posibilidades razonables, y por eso es preferible gestionar la demanda (de cuánta agua puede disponerse) que la oferta (cómo poner en el mercado cuanta agua se quiera). Hay municipios del Vallès que consumen 300 litros de agua por persona y día. Los barceloneses pasan con 120. A los usuarios del Centre Esplai (edificio sostenibilista de El Prat del Llobregat) les basta con 65. Todos tienen el agua que necesitan, pero los váteres y la jardinería del Centre Esplai funcionan con el agua gris de las duchas. ¿Qué sentido tiene potabilizar en Cardedeu el agua de Sau-Susqueda captada en el Pasteral para mandarla al váter en Sabadell? Solo bebemos el 2% del agua que consumimos (y casi toda es envasada, o sea, un pequeño trasvase). En el Centre Esplai se gestiona la demanda y se optimiza la eficiencia. Habría que hacerlo en toda Catalunya. El Ter reviviría y superaríamos las sequías.

LA AGÈNCIA Catalana de l’Aigua ha anunciado que adoptará esta línea: gestión de la demanda, eficiencia de uso (urbano y también agrícola) y suministro diversificado (captación de ríos y acuíferos locales, reutilización de agua depurada, eventual desalación, interconexión de redes); entonces, los trasvases, simplemente, corregirían los déficits irreductibles. Los trasvases, grandes o pequeños, tienen siglos de tradición (de ahí los acueductos romanos, por ejemplo). El problema actual no nace del concepto, sino de la desproporción (porcentaje de caudal sustraído, distancia a recorrer, uso final del agua). Que el agua del Ter o del Ebro permita equilibrar balances es razonable; que los desequilibre aún más, insensato. Superada la sequía, habría que actuar proporcionadamente y a la escala adecuada. Sería la auténtica nueva cultura del agua contra la vieja incultura de siempre.

Abril 5, 2008 Publicado por cienciayartes | agua, medio ambiente, trasvases | | Aún no hay comentarios

Sin regadío no hay agricultura

Por Jaume Lloveras, Director de la E.T.S. de Ingeniería Agraria, Universitat de Lleida (EL PERIÓDICO, 04/04/08):

En relación con el polémico trasvase del Segre a Barcelona, quiero hacer los siguientes comentarios, desde una perspectiva científica y técnica: si investigamos los antepasados árabes de Lleida, Murcia y Valencia, entre otros, y el tipo de agricultura que practicaban en sus huertas, veremos que la agricultura mediterránea es fundamentalmente de regadío.

Los técnicos que nos dedicamos a la agricultura tenemos muy claro que sin agua no hay agricultura, ni ganadería, ni por extensión alimentos para los humanos. El cultivo que no consume agua no existe y, por lo tanto, la agricultura que permite vivir a la gente y asentarla en el territorio ha sido principalmente la de regadío. Solo hay que ver lo que pasa en las zonas de secano tradicional de Catalunya: no pueden mantener la población, son las menos pobladas y las más empobrecidas.

LA SOCIEDAD urbana desconoce el papel del agua en la agricultura. Sin un análisis profundo, reprochan al sector primario que utiliza demasiada agua (más del 70% del total), que es ineficiente en su uso y que las prácticas agrícolas asociadas al riego generan una alta contaminación ambiental. Esta misma sociedad debería saber que para producir fruta o maíz se necesitan un mínimo de 4.000 a 6.000 metros cúbicos de agua por hectárea. Para producir un kilo de trigo, un mínimo de 1.000 litros, y para un kilo de carne de cerdo, más de 3.000. Además, algunos suelos necesitan periódicamente un exceso de agua (de lluvia o riego) para evitar la salinización que, con el tiempo, los convertiría en tierra yerma. Sin agua no hay agricultura. Pensemos en ello ahora que todos nos quejamos del incremento de precios de los productos alimenticios.

La investigación agraria ha demostrado que es posible ahorrar entre el 20% y el 30% de los caudales de riego, sin disminuir los rendimientos, modernizando y cambiando los sistemas de riego y de producción. Ahora bien, hace falta una inversión mínima de entre 9.000 y 12.000 euros por hectárea, y aún falta por ver quién debería asumirla.

Creemos que la discusión y las acciones de la Administración tendrían que girar alrededor de favorecer, y si es necesario obligar, a modernizar los sistemas de riego para ahorrar agua, en lugar de quitarla sin avisar, planificar y consensuar con el territorio. De todas maneras, la agricultura ya hace años que trabaja en el ahorro del agua. Los agricultores de Ponent, con su esfuerzo e iniciativa, fueron pioneros en el uso racional del agua, hace unos 150 años, cuando pusieron en marcha el canal d’Urgell. Los nuevos regadíos utilizan los sistemas más eficientes, como la aspersión y el goteo, y pueden llegar a ahorrar entre un 20% y un 30% del agua. O sea, que mientras que la agricultura hace tiempo que trabaja en sistemas de riego más eficientes para ahorrar agua, las grandes ciudades han empezado a ahorrar recursos muy tarde y muy tímidamente.

Esta discusión nos lleva a reflexionar sobre el modelo de país que queremos. Si es un modelo centralizado y macrocefálico que consume todos los recursos del territorio y que impide el desarrollo del resto, es insostenible, insolidario e inmoral. Es imprescindible, pues, que la redistribución respete a las zonas rurales que tienen su desarrollo ligado a los recursos naturales y a la agricultura.

CREEMOS EN LA solidaridad interterritorial, pero estas palabras implican bidireccionalidad. Me cuesta ver la sensibilidad y la solidaridad del Govern de Catalunya con los territorios que tienen en la agricultura y la ganadería su principal fuente de riqueza. Se ha publicado repetidamente que la provincia de Lleida debe convertirse en un referente europeo para los temas agroalimentarios; sin embargo, la mayoría de los nuevos centros de investigación agraria del Departament d’Agricultura, Alimentació i Acció Rural se han instalado alrededor de Barcelona (el Centro Agroforestal, en Caldes de Montbui; el Centro de Economía Agraria, en Castelldefels; Centros de Residuos, también agrarios, en Mollet del Vallès; el de Genómica Agraria, en Barcelona; el de Agroalimentación, en Mercabarna).

Otro punto muy cuestionable es el calendario propuesto del trasvase, a partir del mes de octubre, sin tener en cuenta que las aguas del otoño y el invierno son esenciales para llenar los embalses y garantizar el riego del siguiente verano. Este desconocimiento también se aplica a los canales que abastecen de agua de boca a muchas poblaciones de la Catalunya interior.

ESPERO QUE este artículo nos ayude a todos (incluidos los gobernantes) a valorar el papel de los regadíos como elementos imprescindibles para el desarrollo y el equilibrio territorial y para recordar que la agricultura no despilfarra el agua, sino que el agua que se utiliza es imprescindible para obtener alimentos de consumo humano y producción animal, aunque se puede ser más eficiente.

Abril 5, 2008 Publicado por cienciayartes | agua, medio ambiente, trasvases | | Aún no hay comentarios

Los problemas hídricos de India

Por William R. Polk, miembro del Consejo de Planificación Política del Departamento de Estado en la presidencia de John F. Kennedy © William R. Polk. Traducción: Juan Gabriel López Guix (LA VANGUARDIA, 09/12/07):

India es hoy una ilustración perfecta del famoso verso de El viejo marinero de Samuel Coleridge: “Agua, agua, en todas partes, ni una gota que beber”. En la zona oriental, unos 20 millones de personas han perdido sus hogares en inundaciones causadas por las torrenciales lluvias monzónicas, mientras que en la región occidental no ha llovido en los últimos tres años. En medio, en la capital, Nueva Delhi, la sobreexplotación ha hecho descender tres metros el nivel freático en los últimos dos años.

Y, lo que es aún peor, en todo el país el agua potable está cada vez más contaminada por las aguas residuales. Los casi 13 millones de habitantes de Nueva Delhi no se atreven a beber su agua. Las cañerías que distribuyen agua se mezclan a menudo con cañerías rotas de aguas negras y las depuradoras no dan abasto o no funcionan; en consecuencia, lo que sale del grifo es un cóctel letal. Dado el hacinamiento de las grandes ciudades – sólo en Bombay (que ahora se llama Mumbai) viven casi tantos habitantes como en media España-, cabe esperar que en India se produzcan brotes epidémicos de ingentes proporciones.

La diarrea es ya común y el cólera, antaño un flagelo mortal, está volviendo a aparecer.

Los 1.100 millones de habitantes de India no poseen unos buenos recursos hídricos, puesto que sólo disponen del 4% de las reservas del planeta. De modo que ya, de entrada, el agua es escasa e incluso en el mejor de los casos se produce un deterioro de la relación entre la oferta y la demanda. La población es joven y aumenta con rapidez. Con un tercio de sus habitantes menores de 15 años, India crece cada cuatro meses el equivalente de las poblaciones de Madrid y Barcelona. Haga lo que haga el Gobierno, la población crecerá, pero los recursos hídricos no.

Las cifras son dramáticas y, además – lo que es al menos igual de importante-, el programa indio de desarrollo está ejerciendo una intensa presión sobre los recursos hídricos, puesto que se construyen nuevas fábricas y otras instalaciones y no hace nada para controlar el deterioro producido por los residuos industriales, los pesticidas y los fertilizantes químicos. El Gobierno indio está decidido a mantener su carrera hacia el desarrollo económico y lo está consiguiendo: la renta nacional (PIB) crece a un ritmo anual del 9%, aunque la mayoría de autoridades considera que en poco más de una década la demanda de agua superará todas las fuentes de suministro conocidas.

Dado que dos de cada tres indios se dedican a la agricultura, la llegada de las lluvias monzónicas es a la vez una bendición y una maldición. Cuando no llueve, los campesinos pasan hambre y cae la renta nacional; cuando las lluvias son demasiado intensas o caen sólo en la ya de por sí pantanosa región oriental, muchos de los 550.000 pueblos del país se ven inundados o incluso borrados del mapa. Ambas cosas han sucedido este mismo año: el poniente indio se moría de sed, mientras el levante casi se ahogaba.

No sólo sufren las personas – aunque los 600-800 millones más pobres padecen a una escala casi inimaginable incluso entre los europeos más pobres-, sino también las poblaciones animales y vegetales. En Rajastán, por ejemplo, el lago situado en medio de la gran atracción turística de Udaipur (la Ciudad del Lago), con su célebre palacio, presenta un nivel peligrosamente bajo; y, en Bharatpur, la reserva ornitológica del parque nacional de Keoladeo Ghana, que tiene fama mundial, casi se ha convertido en un desierto. Incluso el sagrado Ganges, como señala el destacado autor indio Patwant Singh en su último libro (The second partition),”está marrón y sucio, lleno literalmente de espuma en algunos lugares a causa de las aguas sin tratar y los vertidos de las curtidurías cercanas”.

Ese río, tan importante en el hinduismo, la principal religión india, constituye la base de la vida y la agricultura de casi la mitad de la población del país. Pero el Ganges se muere. No sólo se ve alterado por los vertidos industriales y las aguas residuales humanas mal tratadas, sino que también está en peligro a causa del cambio climático en su mismo nacimiento, las nieves de la gran cordillera del Himalaya. Los glaciares, fuente tradicional del agua que acaba circulando por su caudal, están desapareciendo con rapidez y se estima que no durarán más de otra generación. Los actuales 500 millones que hoy viven en las márgenes del río y los muchos millones más que nacerán en los próximos años se enfrentarán entonces a una auténtica pesadilla.

Febrero 13, 2008 Publicado por cienciayartes | India, agua | | 1 comentario

Los problemas hídricos de India

Por William R. Polk, miembro del Consejo de Planificación Política del Departamento de Estado en la presidencia de John F. Kennedy © William R. Polk. Traducción: Juan Gabriel López Guix (LA VANGUARDIA, 09/12/07):

India es hoy una ilustración perfecta del famoso verso de El viejo marinero de Samuel Coleridge: “Agua, agua, en todas partes, ni una gota que beber”. En la zona oriental, unos 20 millones de personas han perdido sus hogares en inundaciones causadas por las torrenciales lluvias monzónicas, mientras que en la región occidental no ha llovido en los últimos tres años. En medio, en la capital, Nueva Delhi, la sobreexplotación ha hecho descender tres metros el nivel freático en los últimos dos años.

Y, lo que es aún peor, en todo el país el agua potable está cada vez más contaminada por las aguas residuales. Los casi 13 millones de habitantes de Nueva Delhi no se atreven a beber su agua. Las cañerías que distribuyen agua se mezclan a menudo con cañerías rotas de aguas negras y las depuradoras no dan abasto o no funcionan; en consecuencia, lo que sale del grifo es un cóctel letal. Dado el hacinamiento de las grandes ciudades – sólo en Bombay (que ahora se llama Mumbai) viven casi tantos habitantes como en media España-, cabe esperar que en India se produzcan brotes epidémicos de ingentes proporciones.

La diarrea es ya común y el cólera, antaño un flagelo mortal, está volviendo a aparecer.

Los 1.100 millones de habitantes de India no poseen unos buenos recursos hídricos, puesto que sólo disponen del 4% de las reservas del planeta. De modo que ya, de entrada, el agua es escasa e incluso en el mejor de los casos se produce un deterioro de la relación entre la oferta y la demanda. La población es joven y aumenta con rapidez. Con un tercio de sus habitantes menores de 15 años, India crece cada cuatro meses el equivalente de las poblaciones de Madrid y Barcelona. Haga lo que haga el Gobierno, la población crecerá, pero los recursos hídricos no.

Las cifras son dramáticas y, además – lo que es al menos igual de importante-, el programa indio de desarrollo está ejerciendo una intensa presión sobre los recursos hídricos, puesto que se construyen nuevas fábricas y otras instalaciones y no hace nada para controlar el deterioro producido por los residuos industriales, los pesticidas y los fertilizantes químicos. El Gobierno indio está decidido a mantener su carrera hacia el desarrollo económico y lo está consiguiendo: la renta nacional (PIB) crece a un ritmo anual del 9%, aunque la mayoría de autoridades considera que en poco más de una década la demanda de agua superará todas las fuentes de suministro conocidas.

Dado que dos de cada tres indios se dedican a la agricultura, la llegada de las lluvias monzónicas es a la vez una bendición y una maldición. Cuando no llueve, los campesinos pasan hambre y cae la renta nacional; cuando las lluvias son demasiado intensas o caen sólo en la ya de por sí pantanosa región oriental, muchos de los 550.000 pueblos del país se ven inundados o incluso borrados del mapa. Ambas cosas han sucedido este mismo año: el poniente indio se moría de sed, mientras el levante casi se ahogaba.

No sólo sufren las personas – aunque los 600-800 millones más pobres padecen a una escala casi inimaginable incluso entre los europeos más pobres-, sino también las poblaciones animales y vegetales. En Rajastán, por ejemplo, el lago situado en medio de la gran atracción turística de Udaipur (la Ciudad del Lago), con su célebre palacio, presenta un nivel peligrosamente bajo; y, en Bharatpur, la reserva ornitológica del parque nacional de Keoladeo Ghana, que tiene fama mundial, casi se ha convertido en un desierto. Incluso el sagrado Ganges, como señala el destacado autor indio Patwant Singh en su último libro (The second partition),”está marrón y sucio, lleno literalmente de espuma en algunos lugares a causa de las aguas sin tratar y los vertidos de las curtidurías cercanas”.

Ese río, tan importante en el hinduismo, la principal religión india, constituye la base de la vida y la agricultura de casi la mitad de la población del país. Pero el Ganges se muere. No sólo se ve alterado por los vertidos industriales y las aguas residuales humanas mal tratadas, sino que también está en peligro a causa del cambio climático en su mismo nacimiento, las nieves de la gran cordillera del Himalaya. Los glaciares, fuente tradicional del agua que acaba circulando por su caudal, están desapareciendo con rapidez y se estima que no durarán más de otra generación. Los actuales 500 millones que hoy viven en las márgenes del río y los muchos millones más que nacerán en los próximos años se enfrentarán entonces a una auténtica pesadilla.

Febrero 12, 2008 Publicado por cienciayartes | India, agua | | Aún no hay comentarios

Conjurar las guerras del agua en Asia

Por Brahma Chellaney, profesor de Estudios Estratégicos del Centro de Investigación Política de Nueva Delhi. Autor de El monstruo asiático: el auge de China, India y Japón. Traducción: José María Puig de la Bellacasa (LA VANGUARDIA, 09/07/07):

El agravamiento de las rivalidades en Asia por los recursos energéticos, propiciadas en parte por los elevados índices de crecimiento del producto interior bruto y en parte por los intentos de controlar los suministros, han disfrazado otro peligro: la escasez de agua en gran parte de Asia se está convirtiendo en una amenaza para la rápida modernización económica y viene a añadirse a la promoción de proyectos en las cabeceras de cursos fluviales que, de hecho, afectan a jurisdicciones y competencias de orden internacional. En este sentido, si las cuestiones relacionadas con la geopolítica del agua llegan a enconar en el futuro las tensiones entre los países debido a inferiores flujos y recursos hídricos en las diversas áreas en liza, el auge económico asiático podría, indudablemente, perder fuerza y ritmo.

La cuestión del agua se ha situado en primer plano y constituye un factor de primer orden capaz de determinar si Asia se encamina hacia una cooperación recíproca y beneficiosa o si, por contra, se sumerge en una dañina rivalidad. Y en este marco ningún otro país puede influir en tanta medida como China, que controla la altiplanicie tibetana, rica en recursos hídricos y fuente de los ríos más importantes del continente asiático.

Los enormes glaciares y altas cotas de Tíbet lo han dotado de los mayores sistemas fluviales del planeta. Los cursos fluviales que allí tienen su origen abastecen y dan sustento a los dos países más poblados del mundo: China e India, así como Bangladesh, Birmania, Bután, Nepal, Camboya, Pakistán, Laos, Tailandia y Vietnam, que representan un 47% de la población mundial.

Sin embargo, Asia es un continente deficiente en agua.

Asia, aun siendo el hogar de más de la mitad de de la población mundial, posee menos agua dulce – 3.920 cúbicos por habitante- que cualquier otro continente salvo la Antártida.

La amenazadora rivalidad por los recursos hídricos en Asia se ha visto si cabe subrayada por la expansión de la agricultura de regadío, los sectores industriales de elevado consumo (siderurgia y papel, entre otros) y una creciente clase media que cada día emplea más lavadoras y lavavajillas. Según un informe de las Naciones Unidas del 2006, el consumo doméstico de agua en Asia aumenta rápidamente, pero la escasez del líquido elemento es tal, que los asiáticos en situación de aspirar al estilo de vida de los estadounidenses suman una pequeña parte; estos últimos consumen cuatrocientos litros de agua por persona, más de dos veces y media que el promedio en el caso de Asia.

El espectro de las guerras por el agua en Asia se ve reforzado igualmente por el cambio climático y la degradación medioambiental, visibles en la deforestación y la construcción de embalses que propician ciclos de inundaciones crónicas y sequías que causan la pérdida y destrucción de las reservas de agua. La cantidad de nieve fundida del Himalaya que alimenta los ríos de Asia podría aumentar por efecto del cambio climático y comportar consecuencias perjudiciales.

Aunque las disputas entre países por los recursos hídricos en general se han convertido en algo habitual en varios países asiáticos – de India y Pakistán al Sudeste Asiático y China-, el factor más preocupante sigue cifrándose en la posibilidad de un conflicto formal entre distintos estados por el acceso a las cuencas fluviales. Tal inquietud resulta patente en los esfuerzos de China por embalsar o desviar los cursos fluviales que desde la mencionada altiplanicie tibetana se dirigen hacia el sur: en particular, el Indo, el Mekong, el Yangtsé, el Salween, el Brahmaputra, el Karnali y el Sutlej. Entre los enormes ríos de Asia, sólo el Ganges nace en la vertiente india del Himalaya.

La desigual y desequilibrada disponibilidad de recursos hídricos en el interior de algunos países (abundantes en ciertas áreas y escasos en otras) han dado pie a ideas y proyectos grandiosos: desde unir los caudales de ríos en India hasta desviar el curso del Brahmaputra hacia el norte para saciar la sed de las áridas tierras del suelo patrio chino. También es cierto, por otra parte, que un conflicto serio sólo aflorará si toma cuerpo efectivamente – con todas sus consecuencias- la idea de beneficiarse a costa de un país vecino.

En tanto que las penalidades y apuros de China en pos del agua han aumentado en el norte del país debido a su agricultura intensiva no sostenible desde el punto de vista medioambiental, el país ha vuelto los ojos a las inmensas reservas de agua de la altiplanicie tibetana. Ha embalsado ríos no sólo para obtener energía eléctrica, sino también para fomentar la agricultura de regadío y para otros fines. En la actualidad también promueve proyectos de transferencia de caudales entre diversas cuencas.

Merced al control sobre las ricas reservas hídricas de la altiplanicie tibetana, China detenta la llave de los mecanismos susceptibles de conjurar y, llegado el caso, impedir guerras por el agua en Asia. Pese a tal poder y a la construcción de presas en ríos de primera importancia, China procede a construir tres embalses más en el Mekong, levantando con su proceder reacciones y sentimientos encontrados en Vietnam, Laos, Camboya y Tailandia. Varios proyectos chinos en la zona central y occidental de Tíbet repercuten inevitablemente en los cursos fluviales en dirección a India, pero Pekín se resiste a informar sobre tales proyectos y sus consecuencias.

Las diez grandes cuencas hidrográficas que tienen su origen en la zona del Himalaya y el Tíbet proporcionan agua a extensas zonas del continente asiático. El control sobre la meseta tibetana, de 2,5 millones de kilómetros cuadrados, proporciona a China una herramienta de enorme poder aparte del acceso a grandes recursos naturales. Pero China, que ha contaminado notablemente sus propios ríos a causa de una industrialización sin freno, amenaza ahora – a impulsos de su sed de agua y energía- la viabilidad ecológica de los sistemas fluviales asociados al sur y sudeste de Asia.

Tíbet, en la configuración y tamaño que tuvo hasta los años cincuenta del siglo pasado, representa aproximadamente una cuarta parte del territorio de la China continental, de modo que la población han, por primera vez en la historia, mantiene fronteras contiguas con India, Birmania, Bután y Nepal.

Tíbet, tradicionalmente, abrazó las regiones de Utsang (la meseta central), Kham y Amdo. Tras anexionarse Tíbet, China desgajó Amdo (lugar de nacimiento del actual Dalai Lama) como nueva provincia de Qinghai y convirtió a Utsang y el este de Kham en la región autónoma del Tíbet, además de fusionar las áreas restantes del Tíbet con sus provincias de Sichuan, Yunnan y Gansú.

El Tíbet tradicional no es sólo una realidad cultural propia y singular, sino también la altiplanicie natural donde el futuro de sus reservas de agua se halla vinculado innegablemente a una política ecológica y sostenible. Al compás del hambre china de productos y artículos básicos, ha ido aumentando su explotación de los recursos del Tíbet. Y a medida que se han recrudecido los problemas y dificultades de varias urbes chinas importantes para abastecerse de agua, un grupo de ex políticos y funcionarios ha defendido el desvío hacia el norte de las aguas del río Brahmaputra en un libro de título revelador: Las aguas del Tíbet salvarán China.

El impulso de magnos proyectos hídricos, combinado con la despiadada explotación de recursos minerales, amenazan los frágiles ecosistemas del Tíbet. El vertido de residuos, además, empieza a contaminar los cursos de agua. Al parecer, China se halla empeñada en promover proyectos y más proyectos utilizando el agua como arma…

La idea de un Gran Proyecto de Transferencia de recursos hídricos sur-norte – que entraña el desvío de cursos fluviales procedentes de la altiplanicie tibetana- cuenta con el respaldo del presidente Hu Jintao, un hidrólogo bien conocido por aplastar las aspiraciones de Tíbet mediante la bárbara aplicación de la ley marcial en 1989.

Julio 11, 2007 Publicado por cienciayartes | Asia, agua, guerra | | Aún no hay comentarios

Conjurar las guerras del agua en Asia

Por Brahma Chellaney, profesor de Estudios Estratégicos del Centro de Investigación Política de Nueva Delhi. Autor de El monstruo asiático: el auge de China, India y Japón. Traducción: José María Puig de la Bellacasa (LA VANGUARDIA, 09/07/07):

El agravamiento de las rivalidades en Asia por los recursos energéticos, propiciadas en parte por los elevados índices de crecimiento del producto interior bruto y en parte por los intentos de controlar los suministros, han disfrazado otro peligro: la escasez de agua en gran parte de Asia se está convirtiendo en una amenaza para la rápida modernización económica y viene a añadirse a la promoción de proyectos en las cabeceras de cursos fluviales que, de hecho, afectan a jurisdicciones y competencias de orden internacional. En este sentido, si las cuestiones relacionadas con la geopolítica del agua llegan a enconar en el futuro las tensiones entre los países debido a inferiores flujos y recursos hídricos en las diversas áreas en liza, el auge económico asiático podría, indudablemente, perder fuerza y ritmo.

La cuestión del agua se ha situado en primer plano y constituye un factor de primer orden capaz de determinar si Asia se encamina hacia una cooperación recíproca y beneficiosa o si, por contra, se sumerge en una dañina rivalidad. Y en este marco ningún otro país puede influir en tanta medida como China, que controla la altiplanicie tibetana, rica en recursos hídricos y fuente de los ríos más importantes del continente asiático.

Los enormes glaciares y altas cotas de Tíbet lo han dotado de los mayores sistemas fluviales del planeta. Los cursos fluviales que allí tienen su origen abastecen y dan sustento a los dos países más poblados del mundo: China e India, así como Bangladesh, Birmania, Bután, Nepal, Camboya, Pakistán, Laos, Tailandia y Vietnam, que representan un 47% de la población mundial.

Sin embargo, Asia es un continente deficiente en agua.

Asia, aun siendo el hogar de más de la mitad de de la población mundial, posee menos agua dulce – 3.920 cúbicos por habitante- que cualquier otro continente salvo la Antártida.

La amenazadora rivalidad por los recursos hídricos en Asia se ha visto si cabe subrayada por la expansión de la agricultura de regadío, los sectores industriales de elevado consumo (siderurgia y papel, entre otros) y una creciente clase media que cada día emplea más lavadoras y lavavajillas. Según un informe de las Naciones Unidas del 2006, el consumo doméstico de agua en Asia aumenta rápidamente, pero la escasez del líquido elemento es tal, que los asiáticos en situación de aspirar al estilo de vida de los estadounidenses suman una pequeña parte; estos últimos consumen cuatrocientos litros de agua por persona, más de dos veces y media que el promedio en el caso de Asia.

El espectro de las guerras por el agua en Asia se ve reforzado igualmente por el cambio climático y la degradación medioambiental, visibles en la deforestación y la construcción de embalses que propician ciclos de inundaciones crónicas y sequías que causan la pérdida y destrucción de las reservas de agua. La cantidad de nieve fundida del Himalaya que alimenta los ríos de Asia podría aumentar por efecto del cambio climático y comportar consecuencias perjudiciales.

Aunque las disputas entre países por los recursos hídricos en general se han convertido en algo habitual en varios países asiáticos – de India y Pakistán al Sudeste Asiático y China-, el factor más preocupante sigue cifrándose en la posibilidad de un conflicto formal entre distintos estados por el acceso a las cuencas fluviales. Tal inquietud resulta patente en los esfuerzos de China por embalsar o desviar los cursos fluviales que desde la mencionada altiplanicie tibetana se dirigen hacia el sur: en particular, el Indo, el Mekong, el Yangtsé, el Salween, el Brahmaputra, el Karnali y el Sutlej. Entre los enormes ríos de Asia, sólo el Ganges nace en la vertiente india del Himalaya.

La desigual y desequilibrada disponibilidad de recursos hídricos en el interior de algunos países (abundantes en ciertas áreas y escasos en otras) han dado pie a ideas y proyectos grandiosos: desde unir los caudales de ríos en India hasta desviar el curso del Brahmaputra hacia el norte para saciar la sed de las áridas tierras del suelo patrio chino. También es cierto, por otra parte, que un conflicto serio sólo aflorará si toma cuerpo efectivamente – con todas sus consecuencias- la idea de beneficiarse a costa de un país vecino.

En tanto que las penalidades y apuros de China en pos del agua han aumentado en el norte del país debido a su agricultura intensiva no sostenible desde el punto de vista medioambiental, el país ha vuelto los ojos a las inmensas reservas de agua de la altiplanicie tibetana. Ha embalsado ríos no sólo para obtener energía eléctrica, sino también para fomentar la agricultura de regadío y para otros fines. En la actualidad también promueve proyectos de transferencia de caudales entre diversas cuencas.

Merced al control sobre las ricas reservas hídricas de la altiplanicie tibetana, China detenta la llave de los mecanismos susceptibles de conjurar y, llegado el caso, impedir guerras por el agua en Asia. Pese a tal poder y a la construcción de presas en ríos de primera importancia, China procede a construir tres embalses más en el Mekong, levantando con su proceder reacciones y sentimientos encontrados en Vietnam, Laos, Camboya y Tailandia. Varios proyectos chinos en la zona central y occidental de Tíbet repercuten inevitablemente en los cursos fluviales en dirección a India, pero Pekín se resiste a informar sobre tales proyectos y sus consecuencias.

Las diez grandes cuencas hidrográficas que tienen su origen en la zona del Himalaya y el Tíbet proporcionan agua a extensas zonas del continente asiático. El control sobre la meseta tibetana, de 2,5 millones de kilómetros cuadrados, proporciona a China una herramienta de enorme poder aparte del acceso a grandes recursos naturales. Pero China, que ha contaminado notablemente sus propios ríos a causa de una industrialización sin freno, amenaza ahora – a impulsos de su sed de agua y energía- la viabilidad ecológica de los sistemas fluviales asociados al sur y sudeste de Asia.

Tíbet, en la configuración y tamaño que tuvo hasta los años cincuenta del siglo pasado, representa aproximadamente una cuarta parte del territorio de la China continental, de modo que la población han, por primera vez en la historia, mantiene fronteras contiguas con India, Birmania, Bután y Nepal.

Tíbet, tradicionalmente, abrazó las regiones de Utsang (la meseta central), Kham y Amdo. Tras anexionarse Tíbet, China desgajó Amdo (lugar de nacimiento del actual Dalai Lama) como nueva provincia de Qinghai y convirtió a Utsang y el este de Kham en la región autónoma del Tíbet, además de fusionar las áreas restantes del Tíbet con sus provincias de Sichuan, Yunnan y Gansú.

El Tíbet tradicional no es sólo una realidad cultural propia y singular, sino también la altiplanicie natural donde el futuro de sus reservas de agua se halla vinculado innegablemente a una política ecológica y sostenible. Al compás del hambre china de productos y artículos básicos, ha ido aumentando su explotación de los recursos del Tíbet. Y a medida que se han recrudecido los problemas y dificultades de varias urbes chinas importantes para abastecerse de agua, un grupo de ex políticos y funcionarios ha defendido el desvío hacia el norte de las aguas del río Brahmaputra en un libro de título revelador: Las aguas del Tíbet salvarán China.

El impulso de magnos proyectos hídricos, combinado con la despiadada explotación de recursos minerales, amenazan los frágiles ecosistemas del Tíbet. El vertido de residuos, además, empieza a contaminar los cursos de agua. Al parecer, China se halla empeñada en promover proyectos y más proyectos utilizando el agua como arma…

La idea de un Gran Proyecto de Transferencia de recursos hídricos sur-norte – que entraña el desvío de cursos fluviales procedentes de la altiplanicie tibetana- cuenta con el respaldo del presidente Hu Jintao, un hidrólogo bien conocido por aplastar las aspiraciones de Tíbet mediante la bárbara aplicación de la ley marcial en 1989.

Julio 11, 2007 Publicado por cienciayartes | Asia, agua, guerra | | Aún no hay comentarios

Una nueva gestión del agua

Por Víctor Peñas, geógrafo, miembro de BAKEAZ y de la Fundación Nueva Cultura del Agua (EL CORREO DIGITAL, 22/03/07):

El 22 de diciembre de 1993 la Asamblea General de la ONU acordó que el 22 de marzo de cada año fuera considerado Día Mundial del Agua. En esta ocasión las celebraciones serán coordinadas por la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), con un tema tan sugerente como matizable: ‘Afrontando la escasez del agua’. Pudiera parecer que el problema fundamental del agua es la escasez, algo que también daban a entender los lemas elegidos en 1996 y 1997: ‘Agua para ciudades sedientas’ y ‘El agua en el mundo, ¿resulta suficiente?’, respectivamente. Es cierto que un tercio de la población mundial -cantidad que puede verse duplicada en 2025- vive en países donde la falta de agua potable es el principal problema, reforzándose con ello el binomio agua-pobreza. Pero en muchos casos no es precisamente porque el recurso sea escaso en el territorio, sino porque no existen los medios técnicos, económicos y sociales adecuados y suficientes. De hecho, algunos de estos países, como los de la franja caribeña, disponen de abundantes recursos hídricos y sin embargo en muchos lugares desconocen lo que es un grifo. Y lo peor es que no se vislumbran expectativas para el cambio.

Ahora bien, ¿qué indicador de referencia utilizamos para ‘afrontar’ la escasez a la que hace referencia el lema de este año? Es decir, ¿a partir de qué umbral decimos que el agua es escasa? La Organización Mundial de la Salud considera que la dotación mínima, por persona y día, ronda los 20 litros, mientras que en las sociedades modernas la apetencia insaciable, y en muchos casos incontrolada, de agua llega a multiplicarse por diez y más. Con la cantidad de agua que existe en el planeta azul hay más que suficiente para cubrir las necesidades humanas para subsistir, que en ningún caso sobrepasan los seis o siete litros por persona y día. La supuesta ‘escasez’ de agua es un tópico que habitualmente se utiliza para justificar políticas y estrategias de oferta. Suele estar apoyada por otros tópicos de poco fundamento, como aquél que afirma que ‘el agua está mal repartida’.

Continuar leyendo.

Marzo 23, 2007 Publicado por cienciayartes | ONU, agua, energía | | Aún no hay comentarios