África, la responsabilidad de proteger
En 1991, a punto de dejar su mandato como secretario general de Naciones Unidas, el peruano Pérez de Cuéllar realizó una declaración contundente: “El derecho de injerencia, en contraposición a la interpretación rígida del principio de no intervención, se está abriendo camino”. Apenas un mes después, en la primera entrevista concedida, el nuevo secretario general, el egipcio Butros Gali, fue preguntado sobre si la ONU debe favorecer la extensión de la democracia en el mundo. Gali respondió: “Igual que se ofrece asistencia técnica para construir hospitales, debe existir una en favor de la democracia. Sin embargo, esta ayuda debe evitar toda injerencia en los asuntos internos”.
Uno y otro tenían en cuenta el mismo artículo 2 (7) de la Carta: “Ninguna disposición autorizará a las Naciones Unidas a intervenir en los asuntos que son esencialmente de la jurisdicción interna de los Estados (…), pero este principio no se opone a la aplicación de las medidas coercitivas prescritas en el capítulo VII”. En dicho capítulo se persigue un equilibrio entre el respeto a la soberanía estatal y la intervención colectiva internacional que busca promover “el respeto universal a los derechos humanos y a las libertades fundamentales de todos”.
Después se fue abriendo paso el debate sobre el derecho (¿deber?) de injerencia o el derecho (¿deber?) de intervención humanitaria. Hoy en día se discute sobre la “responsabilidad de proteger” y el principio de la jurisdicción universal, invocada ésta por el fiscal jefe del Tribunal Penal Internacional (TPI), Moreno Ocampo, al encausar por genocidio y crímenes de guerra al presidente de Sudán, Al Bashir.
El principio básico consiste en que los Estados soberanos tienen la responsabilidad de proteger a sus propios ciudadanos (algo que no ocurre en Sudán y, en menor medida, en Zimbabue). Como consecuencia de ello, cuando un Estado no quiere o no puede protegerlos de flagrantes violaciones de derechos humanos, la responsabilidad es asumida por la comunidad internacional.
Los Estados africanos (y casi todos los demás) son opuestos a la cesión o matización de la soberanía. Nada extraño. Los Estados de la Unión Europea han tardado décadas en acordar una renuncia parcial a la misma. No obstante, destacados ciudadanos (¿o súbditos?) africanos han comenzado a clamar contra la soberanía estrictamente considerada. Morgan Tsvangirai, líder de la oposición democrática en Zimbabue, harto del déspota Mugabe, persigue “derribar las barreras de la soberanía estatal”.
Si bien la inmensa mayoría de los Estados africanos y su organización colectiva, la Unión Africana (UA), siguen aferrados a la no intervención estricta, últimamente se ha producido una interesante evolución. Podríamos decir que África (o parte de ella) ha pasado de la “no injerencia” a la “no indiferencia”, porque determinadas barbaridades han removido conciencias. Un ejemplo señero es Somalia. La UA acaba de solicitar (9-7-2008) que “el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas adopte medidas contra todos aquellos que persiguen poner en peligro el proceso político en curso en Somalia y la estabilidad de la región”. Otro ejemplo es Zimbabue. En junio -ahítos de la ineficaz, tendenciosa y condescendiente “diplomacia silenciosa” del presidente surafricano hacia Mugabe-, Zambia, Botsuana, Nigeria y Ghana, entre otros, se mostraron especialmente críticos.
Hay, pues, en África (o había hasta el procesamiento del presidente sudanés) un relativo avance positivo, aún insuficiente, en relación con la concepción estricta de la soberanía. El procesamiento que promueve el TPI ¿va a suponer que África se quede, por ahora, en la “no indiferencia” e incluso retorne abruptamente a la “no injerencia”?
Hay que impulsar las capacidades de los africanos de actuar y asumir sus propias responsabilidades, partiendo de la base de que quienes mejor entienden los conflictos son quienes habitan ese continente, que, por cierto, siempre ha gozado de mecanismos tradicionales para mitigarlos. No cabe duda de que en intervenciones mantenedoras o defensoras de la paz, tropas africanas bien entrenadas y responsabilizadas tendrían la ventaja de conocer el entorno y participar de similar cultura. Cuando pase la tempestad del caso Bashir, un entendimiento, con mecanismos y supervisión adecuados, se hará imprescindible entre Occidente y la hoy agitada África. La fuerza conjunta (UA/ONU) apenas desplegada en Darfur es un posible modelo para la futura cooperación entre la ONU, las instituciones regionales y las internacionales.
Por otra parte, hay que entender que -aun después de la tormenta- África siga siendo hostil a la responsabilidad de proteger mientras no sea corresponsabilizada en la elaboración de la teoría y en la ejecución de la práctica. Es defendible que toda normativa -incluso la de la soberanía estatal- tiene sus excepciones, pero para los integrantes más débiles del sistema (los africanos) puede resultar más desfavorable no tener voz en la calificación de lo que es excepcional que no haber participado en la redacción de las normas. Hay que incorporar África al sistema.
Technicians in the workshop of double standards
Sudan’s ambassador to the UN, Abdalmahmoud Abdalhaleem, offered an arresting description of the international criminal court’s chief prosecutor during testy exchanges at the security council this week. Luis Moreno-Ocampo had unfairly singled out the Sudanese president Omar al-Bashir by accusing him of genocide, Abdalhaleem said, adding: “He is a screwdriver in the workshop of double standards.”
Sudan’s politicians and diplomats have had a lot of other things to say, more or less angry, since Moreno-Ocampo, using highly emotive language, asked the ICC earlier this month to formally indict Bashir for war crimes allegedly committed in Darfur. Foremost among them is the assertion that the court, all of whose current cases concern African countries, is visiting two-faced “white man’s justice” on Khartoum.
Yet to the surprise of many observers, neither a feared violent backlash against UN troops and western aid workers in Sudan nor intensified fighting between government forces and Darfurian rebel factions has materialised. Instead Bashir has launched an intense campaign of regional and international diplomacy to stop Moreno-Ocampo in his tracks.
Abdalhaleem’s screwdriver remark came as South Africa and Libya, with the tacit backing of Russia and China, threatened to delay renewal of the mandate for UN and African Union peacekeepers in Darfur unless the security council suspended the case against Bashir. Under article 16 of the ICC’s founding statute, the council can halt prosecutions for a year at a time if it wishes.
With the peacekeeping mandate due to expire on Thursday and the US and Britain trying to keep the two issues separate, the argument in New York looks likely to continue down to the wire. Meanwhile, Sudanese attempts to forge united resistance to the ICC’s action continue apace.
Both the African Union and the Arab League, accepting the “insult to Africa” argument, have called for an ICC delay after heavy lobbying by Khartoum. Both organisations expressed concern that Bashir’s indictment, if confirmed in The Hague, might seriously destabilise Sudan. Bashir was a principal architect of the 2005 comprehensive peace agreement. If he is removed, it is suggested, the north-south conflict could reignite, as it nearly did in Abyei in May.
Some African leaders – Zimbabwe’s Robert Mugabe is one – harbour an additional worry: that the Bashir case could prove a precedent with implications for themselves. Others, more respectable, such as Ethiopian prime minister Meles Zenawi, pragmatically point out that a peace accord in northern Uganda has been delayed by an ICC arrest warrant for a key participant, Lord’s Resistance Army leader Joseph Kony. The same could happen in Darfur.
Kenya’s president Mwai Kibaki argues, meanwhile, that western countries and activist groups simply do not understand the Darfur’s complex clan conflicts and exaggerate the extent of Khartoum’s control over them. Five years after the violence in Darfur peaked, there is a growing body of evidence to support that view.
Bashir has also been busily securing his home base since the ICC targeted him, building defensive alliances with former political foes and promising a new peace plan for Darfur, which he briefly visited at the weekend. Khartoum has suddenly resumed diplomatic relations with neighbouring Chad, with which it threatened to go to war earlier this year. And Abdel Basit Sabderat, the justice minister, is talking about holding Darfur war crimes trials in Sudan’s own courts.
Sabderat said that he has invited legal experts from the UN and other bodies to evaluate the country’s legal system. He even seemed to suggest that the humanitarian affairs minister, Ahmed Haroun, and Ali Kushayb, a militia leader, indicted by the ICC for war crimes last year, could face investigation and trial at home. Sudan has refused to surrender the pair to the international court.
Observers say these shifts are attributable to the pressure placed on Bashir by the ICC’s action and that he knows his diplomatic charm offensive cannot shield him indefinitely. The beckoning solution, therefore, is improved cooperation by Khartoum on ending the emergency in Darfur and on other issues in return for the security council freezing the case against Bashir.
Although the US reportedly opposes such a crude quid pro quo, it could provide a way out for all sides. If the west pushes too hard, the fragile prospect of free, fully democratic presidential elections scheduled for next year could be dashed. So could north-south cooperation. More than that, Bashir could in desperation resort to the violent tactics he has so far eschewed.
Letting Bashir off the hook would undoubtedly be seen as a blow to the cause of internationally administered justice. But among the technicians in the workshop of double standards, it might just be thought preferable to yet another war in Africa.
El Magreb paga el precio de su desunión
Desde el 11 de septiembre de 2001, algunas voces influyentes en Occidente tratan de convencernos de que sobre el islam podría pesar una maldición económica. Pero los éxitos de Turquía y de Malasia, y los ambiciosos proyectos de algunos países del Golfo, demuestran ampliamente que modernidad y crecimiento, creatividad y distribución equitativa de la riqueza pueden conjugarse perfectamente en el presente en tierras del islam. No estamos, pues, ante cuestiones de dogma, sino de geopolítica.
Dicho esto, es obvio que muchos países musulmanes tienen serios problemas económicos. Y ello desde hace años, décadas y hasta siglos. Si el Renacimiento fue la primera revolución cultural y política del mundo moderno, olvidamos con demasiada frecuencia que Toledo fue el lugar donde los textos árabes portadores del saber griego y asiático terminaron siendo traducidos al latín. En cuanto a la segunda revolución, fue industrial y comercial: desplazó el centro de gravedad del mundo, dejando al margen a los países del sur del Mediterráneo y del Imperio Otomano.
Durante siglos, la mayoría, si no la totalidad, de los dirigentes musulmanes prohibieron la imprenta y no educaron a sus poblaciones, y todavía hoy un nivel educativo mediocre y la censura explican que los índices de desarrollo humano poco esperanzadores sigan siendo una de las plagas del Magreb. Mientras tanto, China, India y el sureste asiático están recuperando el lugar que hasta mediados del siglo XIX habían ocupado en la industria, el comercio y la cultura, y con ello nos están situando frente a una nueva revolución: la de la mundialización. ¿Estará el Magreb a la altura del desafío que exige esta reorganización del planeta?
Los países del norte de África son más parecidos entre sí de lo que parece: sus sistemas bancarios sirven esencialmente a las nomenclaturas políticas y muy raramente a los jóvenes emprendedores. Y se expatrían los capitales, en mayor o menor medida, a todas partes. ¿Por qué las élites políticas escurren el bulto ante estos y otros hechos? Lo cierto es que es así y que la ausencia de dirigentes con una visión estratégica explica que el futuro de esta región sea incierto, incluso ignoto. Las élites políticas de los países magrebíes han hecho de la excesiva cautela y de la falta de imaginación su regla de conducta, y de la fuga de capitales su médium.
Hace medio siglo, el 28 de abril de 1958, en un llamamiento efectuado desde Tánger, varios dirigentes políticos norteafricanos, entre los que se hallaban Medhi Ben Barka (Marruecos), Omar Boussouf (Argelia) y Taieb M’hiri (Túnez), expresaron la “voluntad mayoritaria de los pueblos del Magreb Árabe de unir sus destinos”, y proclamaron el derecho del pueblo argelino a la independencia. En cambio, hoy sólo encontraríamos copias muy pálidas de aquellos gigantes de Tánger, hasta tal punto han quedado mutilados los partidos políticos que en 1958 representaban a las fuerzas vivas de la región. Pocos reclaman hoy con fuerza un Magreb unido.
El desasosiego, el desencanto y la fragilidad de los jóvenes del Magreb, su crónica situación de desempleo y sobre todo el sentimiento de haber sido excluidos de una mundialización que se hace sin ellos y, en su opinión, incluso contra ellos, los hace sensibles a los cantos de sirenas de los extremistas. ¿No ha llegado el momento de que una nueva generación magrebí, la de aquellos jóvenes que han tenido el privilegio de una educación superior y la oportunidad de conocer el mundo, tome el relevo en esta región del mundo?
Si sus fronteras internas estuvieran abiertas, las poblaciones magrebíes podrían tal vez hacerse cargo de su propio destino. Ahora bien, esas fronteras permanecen cerradas, muchos magrebíes huyen en dirección a terceros países (o algunos de los que se educan en el extranjero no regresan)… y, entretanto, los capitales se exportan por decenas de miles de millones de dólares. Las burguesías y los jóvenes más ambiciosos construyen su futuro en otra parte.
Abrir las fronteras que aíslan entre sí a los países del norte de África, fomentar la libre circulación de las personas, las ideas, las inversiones y la energía, animaría a los hombres y a las mujeres magrebíes -y concretamente a los empresarios- a hacer frente al desafío de la mundialización en sus propios territorios. Si estudiamos las economías de los países magrebíes y analizamos en concreto los sectores energéticos, el transporte aéreo, el sistema bancario y la industria agroalimentaria, llegamos rápidamente a la conclusión de que sus intereses son complementarios y mucho más importantes de lo que parece a primera vista. El coste económico, y en consecuencia social y político, de lo que ha dado en llamarse el “No Magreb”, o sea, la desunión actual de esta zona del mundo, es enorme.
El agua es, asimismo, un desafío de dimensión regional, como lo es el desarrollo de las energías renovables. Y así, tantos otros asuntos.
Los desafíos a los que el norte de África tiene que hacer frente ofrecen una excelente ocasión para modernizar unos sistemas de producción y de gobierno con frecuencia obsoletos, y construir un nuevo mundo. Es decir: productos y maneras de trabajar acordes con el siglo XXI que darían a las mujeres y hombres hoy parados o subempleados la oportunidad de descubrir ideas y mundos que desconocen. La empresa privada, la educación y una justicia equitativa podrían ser el corazón de esta revolución, pero nada se hará sin una fuerte ambición política.
Se dice que el lanzamiento de la Unión del Mediterráneo puede ayudar a revigorizar el Proceso de Barcelona, a conducirlo más allá de la política de proximidad de la Unión Europea, que conserva plenamente su vigencia. Ojalá, pero cabe hacerse un par de preguntas. ¿No debería Europa atreverse a llevar a cabo una política común mucho más ambiciosa respecto al Magreb sobre dos o tres cuestiones clave, siendo la de la energía una de ellas? ¿Es mucho pedir a las élites políticas del Magreb que reconozcan que sus políticas nacionales destruyen valor en todas las etapas de la cadena económica y carecen de rentabilidad?
El Proceso de Barcelona sigue siendo una herramienta útil, pero insuficiente. Tal vez una mayor concertación de las políticas exteriores de Francia, Italia y España (y también de Alemania y Reino Unido) en la región magrebí, sacando las lecciones positivas de la experiencia conjunta en el sur del Líbano, conseguiría dar un nuevo impulso. Habría que animar más a los países del norte de África, que se muestran incapaces de convertirse en socios fiables, a que aceleren el paso.
Este diagnóstico es severo pero necesario, ya que quiere estar al servicio de una gran ambición: la de construir el Gran Magreb de arriba abajo, la de dar a las empresas, grandes y pequeñas, privadas y públicas, el papel central que les corresponde.
Mientras Marruecos no esté en condiciones de comprar gas y amoniaco argelinos, ¿cómo pueden sus grandes empresas competir en los mercados de exportación con posibilidades de tener éxito? Mientras Argelia importe bienes y servicios de China antes que de Marruecos, ¿cómo pueden crearse empleos? Y si no se reducen los costes de producción aquí y allá, ¿cómo se pretende que afluyan las inversiones extranjeras?
¿Podemos imaginar el día en que Argelia, cuyas reservas de divisas se cifran hoy en 160.000 millones de dólares, invierta sus capitales en el Magreb antes que acumular fortunas, que se devalúan rápidamente, en bancos occidentales? ¿Podemos soñar un día que Marruecos deje de temer que Argelia le corte un gas que todavía no le ha comprado?
El Magreb tiene una bandera que no ondea en ninguna parte. Son las jóvenes generaciones las que tienen que hacer frente al reto que sus mayores parecen rechazar.
Missing in Africa
The crisis in Somalia, the result of a dangerously escalating conflict pitting Ethiopian forces and their Somali allies against insurgent groups, is the world’s worst, according to the UN. Serious human rights violations and war crimes have been committed by all sides.
Yet the British government consistently downplays both the gravity of the crisis in Somalia and the role of Ethiopian forces there. Among other things, Ethiopia has been accused of indiscriminate bombardment of residential areas of Mogadishu. But in the assessment of Somalia in the Foreign Office’s latest annual human rights report there was not a single mention of Ethiopia, let alone the conduct of its troops.
The reasons for Britain’s failure to speak out against Ethiopia’s abuses are no secret. Ethiopia is one of the largest recipients of UK aid in Africa and is judged to be doing well in reducing poverty. Furthermore, Ethiopia is seen by the UK and the United States as a crucial regional ally in counter-terrorism.
Every day when I worked in the Africa directorate of the Foreign Office as a conflict adviser from 2001 to 2003, we faced dilemmas and choices of the kind presented by Ethiopia’s role in Somalia today. What do you do when a government that is a major recipient of UK development assistance steals an election, invades a neighbouring country, locks up a prominent opposition leader, or carries out a massacre?
We kicked the more difficult or controversial policy choices up to ministers in carefully crafted submissions. Then we waited for decisions to emerge based on their political calculations, ideological convictions and compromises.
The Labour government quickly understood that what Africa needed was conflict prevention and state-building. Since 1997 Britain’s development budget for Africa has more than quadrupled. Clare Short, Labour’s first development secretary, pioneered new forms of aid partnership with a group of African leaders she judged were going in the right direction. Tony Blair spent much political capital cajoling world leaders to collaborate in lifting Africa out of conflict and poverty. In 2000 he deployed troops to rescue Sierra Leone from disaster.
The results have been mixed. There have been major achievements in crisis management and conflict prevention in Africa since 1997, and Britain has played an important role. However, the UK has been less successful in efforts to build African states that are capable of providing their people with security, prosperity and political freedom. Three crucial obstacles and failures stand out.
The first is the problem of limited leverage, illustrated by the UK’s helplessness in the face of the Zimbabwe crisis. No amount of diplomatic manoeuvring and development assistance, even when backed up by military intervention, can conjure up responsible government and the rule of law where they do not exist.
The second is the problem of limited knowledge. When foreign powers act without understanding the local politics, unintended consequences multiply and progress is difficult or impossible. As the Department for International Development’s Africa budget increased so did its influence on British policy in Africa. Meanwhile the government ran down the Foreign Office’s capacity to report on and analyse African politics. As a result, policy was often being implemented without sufficient knowledge of national and regional contexts.
The third problem is that ministers often fail to reconcile Britain’s competing commercial, strategic, developmental and political interests. In different ways the dogged pursuit of energy contracts in Nigeria or Angola, arms sales in Tanzania or South Africa, poverty reduction in Rwanda or Uganda, and counter-terrorism in Somalia or Kenya has led British ministers to downplay, excuse or ignore the abuses and corruption of their African allies. In turn, abuse and corruption fuel exactly the radicalism, state failure, poverty, conflict and mass migration that the UK seeks to reduce.
My sojourn in Whitehall left me with a keen appreciation of the pressures under which decision-makers operate. But it also convinced me that if the UK is to do better in Africa, it needs urgently to revisit two approaches that are simply wrong: a counter-terrorism policy that pays insufficient attention to human rights and political reform; and a heavy reliance on development assistance as a means of nurturing law-abiding, responsible states. Both are ineffective, counterproductive and dangerous.
Soplan vientos de esperanza
Sabían ustedes que África ha mantenido tasas de crecimiento positivas durante doce años consecutivos? ¿Sabían que eso no pasaba desde… ¡nunca!? El crecimiento ha sido tan importante y tan beneficioso, que los niveles de pobreza extrema (el porcentaje de la gente que vive con menos de un dólar al día) han caído desde el 46% de 1995 al 37% del 2007.
¿A qué se debe este repentino éxito económico? Hay quien busca la causa en las subidas de precios de las materias primas que muchos países africanos producen. Claramente, los países exportadores de petróleo (Nigeria, Camerún, Gabón, Angola o Guinea, entre otros) se han beneficiado del desmesurado aumento del precio del crudo. Pero no hay que olvidar que el resto de África es importadora de petróleo, por lo que la subida de los precios de las materias que exportan se ha visto perjudicado por el encarecimiento del crudo que deben comprar. Puestos en la balanza todos los precios, el efecto neto para ellos ha sido negativo o nulo.
Si no son los precios, ¿qué explica el crecimiento sostenido de África durante doce años? Yo diría que hay al menos cinco factores importantes. Primero, por primera vez en la historia, la mayoría de los países africanos son democráticos. Cuando cayó el muro de Berlín, en África había solamente tres democracias. Hoy hay 23. Aunque las democracias no son inmunes a problemas de corrupción, inestabilidad, imperio de la ley, exceso de regulación o inefectividad del sector público (y, de hecho, la mayoría de países africanos todavía tienen que mejorar mucho en este sentido), sí que es verdad que las dictaduras tienden a ser peores en cada una de estas áreas. Las democracias africanas son jóvenes y delicadas…, pero poco a poco se van consolidando.
Segundo, después de las tan criticadas reformas del consenso de Washington de los noventa, la situación macroeconómica africana tiene una salud razonablemente buena: la inflación está por debajo del 10%, los déficits fiscales extravagantes han sido eliminados y las balanzas comerciales están más equilibradas.
Tercero, la deuda que se contrajo en los años setenta finalmente ha sido eliminada. Como era de esperar, las condonaciones masivas de los últimos años no han liberado los recursos económicos que habían prometido los profetas de la condonación, pero sí han conseguido que los políticos africanos ya no se quejen todo el día de la deuda y ya no tengan excusas para no hacer los deberes.
Cuarto, las nuevas tecnologías están penetrando rápidamente por todo el territorio. La telefonía móvil, por ejemplo, está permitiendo que la gente más emprendedora aumente los rendimientos de sus negocios de forma creativa: los agricultores pueden enviar SMS a diversos mercados para averiguar los precios antes de emprender un largo viaje con sus carros, lo que les permite dirigirse al sitio que les es más favorable y ganar más dinero; los trabajadores autónomos – fontaneros, pintores, carpinteros, etcétera- no tienen que estar todo el día delante de las tiendas esperando que alguien los contrate sino que cuelgan anuncios por las calles con el número de su teléfono móvil; los pescadores que no tienen refrigeración mantienen los peces vivos en jaulas dentro del mar hasta que reciben el SMS de los clientes demandando producto. Los móviles se están utilizando como bancos para realizar transferencias monetarias (tú vas al vendedor de tarjetas de móvil, le das 100 shillings y él te da un código secreto que tu envías a través del móvil a algún amigo tuyo en otra ciudad; este se dirige a otro vendedor de tarjetas de la misma cadena, le entrega el código y, a cambio, recibe los 100 shillings. Es un método de transferir dinero utilizado por la compañía Safari-Com en Kenia, muy efectivo en países con pocos cajeros automáticos y menos sucursales bancarias.
Las nuevas tecnologías están permitiendo a los africanos saltarse algunos estadios de desarrollo ya que están pasando de la nada a la telefonía móvil sin pasar por la telefonía fija, lo que les ahorra costosas inversiones en infraestructura que no se pueden permitir. Este salto los acerca a los países ricos.
Finalmente, un factor que ha contribuido al crecimiento africano ha sido la aparición de China. El impresionante crecimiento del gigante asiático ha afectado a África de muchas maneras, unas positivas y otras negativas: China es un enorme cliente con 1.300 millones de compradores, China es un competidor con empresas que producen mucho y barato, China es un inversor (el ahorro generado por sus ciudadanos está sirviendo para financiar proyectos empresariales en África), China concede créditos con menos condiciones que el Banco Mundial o el FMI, y, quizá lo más importante, China es un modelo que seguir: en 1975, a la muerte de Mao, China era más pobre que África y su gran éxito económico no sólo demuestra que se puede conseguir, sino que da pistas sobre cómo se puede hacer.
África reúne las condiciones para salir del pozo de la miseria. No será fácil ni automático, porque estas condiciones pueden quebrarse en cualquier momento: las democracias africanas son frágiles (y lo ocurrido en Kenia después de las elecciones es un trágico recordatorio), la inflación de los países ricos se puede contagiar, los políticos se pueden volver a endeudar y la crisis financiera de EE. UU. puede acabar afectando a China y, por ende, a los países africanos. No será fácil, pero lo que sí que es verdad es que, por primera vez en décadas, en África soplan vientos de esperanza.
Una mirada a África
Acabo de finalizar una nueva gira por el continente africano. Me ha llevado desde el rio Niger (Malí), a través de la costa de Guinea Bissau, hasta el corazón africano del rio Congo, para concluir en Addis Abeba, capital de ese legendario país que es Etiopía. Cuatro realidades africanas singulares unidas por su dramatismo existencial.
Estoy convencido de que la delegación que me ha acompañado regresa, como yo, cambiada en su mirada hacia Africa. Si los anteriores contactos con el continente vecino ya me habían impactado emocionalmente, abriéndome los ojos a la desnuda realidad de la pobreza estructural, en esta ocasión, el impacto ha sido aún mayor. No quiero, sin embargo, transmitir unas impresiones lineales, sino expresar un sentimiento sobre el actual latir del corazón africano.
Desde nuestros vehículos contemplamos las desesperanzadas imágenes de jóvenes deambulando por las calles embarradas del caótico torbellino urbanístico de Bissau, Kinshasa o Bamako. La gran mayoría vestía atuendos limpios y elegantes, con esos amarillos, verdes y rojos que tan bien representan los colores de las banderas africanas. Mostraban una gran dignidad personal, en absoluto afectada por la falta de horizonte existencial.
Las nuevas generaciones africanas, sin duda mejor educadas que las del pasado, están comunicadas con el mundo exterior. Son conscientes de la desgarradora desigualdad entre países ricos y pobres, pero viven ilusionadas con un futuro mejor. Con valentía, muchos arriesgan sus vidas mediante la emigración. Esos jóvenes han cambiado nuestra manera de acercarnos a África.
No cabe imaginar solución alguna, dicen muchos eruditos africanistas. Pero frente a ese sentimiento de desazón fatalista e impotente se abre ante nuestros ojos otra realidad. Una realidad de personalidades comprometidas, repletas de autenticidad, transparencia y deseo de aportar nuevas ideas, de imaginar nuevos sueños. Y así, de inmediato, casi sin darnos cuenta, empezamos a creer en que esos jóvenes, esas mujeres, esos niños sonrientes no se dejarán abatir por la losa de su traumática historia.
Sin duda, África es un continente problemático, pero, sobre todo, es un continente vivo. Todos los dias sus habitantes han de superar mil y una pruebas para sobrevivir. La gran mayoría lo hace con una sonrisa amplia y sincera, que se refleja en los peinados ensortijados, en los ojos imantados y en unos cuerpos elegantes que desatan su ritmo cuando la música irrumpe. Ese movimiento se traslada a todo el continente. Un continente deseoso de toparse con la felicidad. Todo está condicionado a su búsqueda. Esa fuerza interior explica el alto nivel de sacrificio y de sufrimiento de la gran mayoría de sus ciudadanos.
Malí, Guinea-Bissau, la Republica Democrática del Congo y Etiopía. Cada uno de estos países tiene una historia, un presente y un futuro propio. Percibimos un nuevo despertar de los africanos. Junto al rechazo de lo colonial, afirman con orgullo sus peculiaridades, sus raíces culturales, sus códigos de vida y organización. Aceptan al extranjero, a condición de respeto y confianza. Saben que no podrán superar solos sus problemas actuales. Necesitan y esperan ayuda en pie de igualdad. Se impone un reencuentro, una reconciliación.
Por nuestra parte, la conclusión es evidente: debemos ocuparnos más y mejor de nuestros vecinos. No podemos vivir despreocupadamente cuando sabemos que a unos cientos de kilometros se encuentran en la marginación más profunda. Esta ignorancia o ceguera no es tolerable. Debemos acostumbrarnos a vivir con ellos, a sufrir con ellos, a compartir con ellos y a construir con ellos un futuro común. Para alcanzar ese objetivo -utópico para tantos- debemos replantearnos el actual sistema de relación.
Hemos de otorgarles máxima prioridad, aceptando que sean ellos quienes marquen los objetivos y el ritmo de los cambios, y acompañarles en sus procesos de apertura democrática y de reforzamiento del Estado de Derecho. Se impone además un esfuerzo extraordinario para solucionar los conflictos armados que todavía asolan parte del continente.
La reconversión de sus economías debería garantizar unos niveles mínimos de atención social, educativa y sanitaria. Este esfuerzo deberá contar con la ayuda extranjera, tanto con apoyos presupuestarios directos como a través de condonación de deuda, instrumentos modernos que emplea ya profusamente el Gobierno de España. Además, es preciso crear condiciones y espacios para la inversión extranjera, respetando siempre los recursos y las potencialidades africanas. Al mismo tiempo, se deberán diseñar estrategias de seguridad energética. La lucha contra el cambio climático, la desertización y la deforestación son necesidades ineludibles en África.
Solamente con un compromiso pro-activo podremos responder al grito que nos llega de las profundidades africanas. Hace unos años, tras la primera Guerra del Golfo, Jorge Dezcallar advertía en un acertado artículo sobre la existencia de una “bomba de relojería” cuya cuenta atrás se había iniciado en el Magreb. Ahora su sonido es aún más profundo y acuciante pues proviene de todo el continente vecino. A los africanos y a los europeos nos corresponde detener ese fatal tic-tac y convertirlo en un ritmo vivo de paz y prosperidad.
Una mirada a África
Acabo de finalizar una nueva gira por el continente africano. Me ha llevado desde el rio Niger (Malí), a través de la costa de Guinea Bissau, hasta el corazón africano del rio Congo, para concluir en Addis Abeba, capital de ese legendario país que es Etiopía. Cuatro realidades africanas singulares unidas por su dramatismo existencial.
Estoy convencido de que la delegación que me ha acompañado regresa, como yo, cambiada en su mirada hacia Africa. Si los anteriores contactos con el continente vecino ya me habían impactado emocionalmente, abriéndome los ojos a la desnuda realidad de la pobreza estructural, en esta ocasión, el impacto ha sido aún mayor. No quiero, sin embargo, transmitir unas impresiones lineales, sino expresar un sentimiento sobre el actual latir del corazón africano.
Desde nuestros vehículos contemplamos las desesperanzadas imágenes de jóvenes deambulando por las calles embarradas del caótico torbellino urbanístico de Bissau, Kinshasa o Bamako. La gran mayoría vestía atuendos limpios y elegantes, con esos amarillos, verdes y rojos que tan bien representan los colores de las banderas africanas. Mostraban una gran dignidad personal, en absoluto afectada por la falta de horizonte existencial.
Las nuevas generaciones africanas, sin duda mejor educadas que las del pasado, están comunicadas con el mundo exterior. Son conscientes de la desgarradora desigualdad entre países ricos y pobres, pero viven ilusionadas con un futuro mejor. Con valentía, muchos arriesgan sus vidas mediante la emigración. Esos jóvenes han cambiado nuestra manera de acercarnos a África.
No cabe imaginar solución alguna, dicen muchos eruditos africanistas. Pero frente a ese sentimiento de desazón fatalista e impotente se abre ante nuestros ojos otra realidad. Una realidad de personalidades comprometidas, repletas de autenticidad, transparencia y deseo de aportar nuevas ideas, de imaginar nuevos sueños. Y así, de inmediato, casi sin darnos cuenta, empezamos a creer en que esos jóvenes, esas mujeres, esos niños sonrientes no se dejarán abatir por la losa de su traumática historia.
Sin duda, África es un continente problemático, pero, sobre todo, es un continente vivo. Todos los dias sus habitantes han de superar mil y una pruebas para sobrevivir. La gran mayoría lo hace con una sonrisa amplia y sincera, que se refleja en los peinados ensortijados, en los ojos imantados y en unos cuerpos elegantes que desatan su ritmo cuando la música irrumpe. Ese movimiento se traslada a todo el continente. Un continente deseoso de toparse con la felicidad. Todo está condicionado a su búsqueda. Esa fuerza interior explica el alto nivel de sacrificio y de sufrimiento de la gran mayoría de sus ciudadanos.
Malí, Guinea-Bissau, la Republica Democrática del Congo y Etiopía. Cada uno de estos países tiene una historia, un presente y un futuro propio. Percibimos un nuevo despertar de los africanos. Junto al rechazo de lo colonial, afirman con orgullo sus peculiaridades, sus raíces culturales, sus códigos de vida y organización. Aceptan al extranjero, a condición de respeto y confianza. Saben que no podrán superar solos sus problemas actuales. Necesitan y esperan ayuda en pie de igualdad. Se impone un reencuentro, una reconciliación.
Por nuestra parte, la conclusión es evidente: debemos ocuparnos más y mejor de nuestros vecinos. No podemos vivir despreocupadamente cuando sabemos que a unos cientos de kilometros se encuentran en la marginación más profunda. Esta ignorancia o ceguera no es tolerable. Debemos acostumbrarnos a vivir con ellos, a sufrir con ellos, a compartir con ellos y a construir con ellos un futuro común. Para alcanzar ese objetivo -utópico para tantos- debemos replantearnos el actual sistema de relación.
Hemos de otorgarles máxima prioridad, aceptando que sean ellos quienes marquen los objetivos y el ritmo de los cambios, y acompañarles en sus procesos de apertura democrática y de reforzamiento del Estado de Derecho. Se impone además un esfuerzo extraordinario para solucionar los conflictos armados que todavía asolan parte del continente.
La reconversión de sus economías debería garantizar unos niveles mínimos de atención social, educativa y sanitaria. Este esfuerzo deberá contar con la ayuda extranjera, tanto con apoyos presupuestarios directos como a través de condonación de deuda, instrumentos modernos que emplea ya profusamente el Gobierno de España. Además, es preciso crear condiciones y espacios para la inversión extranjera, respetando siempre los recursos y las potencialidades africanas. Al mismo tiempo, se deberán diseñar estrategias de seguridad energética. La lucha contra el cambio climático, la desertización y la deforestación son necesidades ineludibles en África.
Solamente con un compromiso pro-activo podremos responder al grito que nos llega de las profundidades africanas. Hace unos años, tras la primera Guerra del Golfo, Jorge Dezcallar advertía en un acertado artículo sobre la existencia de una “bomba de relojería” cuya cuenta atrás se había iniciado en el Magreb. Ahora su sonido es aún más profundo y acuciante pues proviene de todo el continente vecino. A los africanos y a los europeos nos corresponde detener ese fatal tic-tac y convertirlo en un ritmo vivo de paz y prosperidad.
Pretendientes de un continente
Mama África – parafraseando una canción del controvertido músico jamaicano Peter Tosh- se encuentra hoy bajo las atentas miradas de unos ávidos e interesados pretendientes que ven sus mil millones de habitantes y sus inmensos recursos naturales como una más que atractiva prebenda nupcial. Recientemente, Estados Unidos ha incrementado su presencia en el continente, ya que en la actualidad el 15% de sus importaciones de petróleo procede de países africanos. Al mismo tiempo, China está ofreciendo ingentes cantidades de dinero fresco que seducen a las nuevas generaciones de líderes africanos bastante más que la moralizante ayuda financiera europea. Europa. Esta última, por su implicación colonial, comparte todo un pasado con los países africanos y sigue siendo el principal socio comercial y donante de África con un gasto equivalente a 35.000 millones de euros en el 2006. De todas formas, su influencia en lo que consideraba hasta hace poco su coto reservado se encuentra en declive y expuesta a las políticas más arriesgadas de sus competidores. Quizás por eso, la segunda cumbre UE-África celebrada en Lisboa el 8 y 9 de diciembre del 2007 deba leerse como un intento de reforzar las relaciones entre los dos continentes en el futuro próximo. De hecho la cumbre reanuda las relaciones iniciadas en El Cairo en el año 2000, relaciones que durante estos siete años han estado marcadas, entre otros aspectos, por la tensión entre Inglaterra y su ex colonia Zimbabue en materia de derechos humanos.
¿Por qué entonces Mama África despierta hoy las ávidas miradas del primer mundo? ¿Y de qué tipo de atenciones se trata? ¿De un retorno de tipo neocolonialista? ¿De simple hambre de mayor integración económica? ¿O de una cruzada desarrollista para alcanzar los declamados objetivos del milenio?
No es ninguna novedad que Estados Unidos, Europa, China e India, todos necesitan los recursos africanos para alimentar sus sistemas económicos. África sigue siendo un mercado donde abastecerse de materias primas y alimentos, básicamente. En el año 2005, por ejemplo, sólo las ventas de crudo cubrieron la mitad de los 230 billones de dólares de las exportaciones africanas.
África es un continente lleno de contrastes y profundas desigualdades. En un escenario de pobreza extrema, el 10% de los países africanos más ricos presentan niveles de renta per cápita 18 veces superiores al 10% de los países más pobres. De todas maneras, al margen de las muchas áreas que aún representan el cliché de la tragedia africana, Mama África ofrece hoy nuevas armas de seducción que le podrían resultar útiles en el momento de negociar una estrategia de desarrollo con sus numerosos pretendientes. En primer lugar, hemos visto por primera vez a 16 países (35% de la población africana) crecer con tasas superiores al 4% anual durante casi una década, quedando así demostrado que el crecimiento sostenido en África no es ninguna quimera. En segundo lugar, y más allá de que los recientes episodios en Kenia demuestren lo contrario, el germen de la democracia se ha expandido lentamente en toda la región. El número de países que han mantenido elecciones multipartidistas ha pasado de 3 en el 1975 a 40 en el 2005. Actualmente, la búsqueda de un modelo más efectivo de gobernación forma parte de la agenda política regional. En este sentido, por ejemplo, será estimulante seguir la evolución de la cooperación China-África en torno al modelo de desarrollo. Africanos y chinos pueden compartir la percepción común de que las experiencias históricas de Occidente en materia de estrategias de desarrollo han fracasado en muchas regiones del continente e intentar un camino alternativo.
Por su parte, la UE – con la declaración de Lisboa surgida de la cumbre UE-África- ha ofrecido establecer una nueva relación de igualdad con el continente africano, en reemplazo de la tradicional relación paternalista “beneficiario-donante”. El objetivo es una asociación estratégica entre iguales en cuatro pilares clave: paz y seguridad, derechos humanos y gobernanza, comercio e integración regional, y cuestiones de desarrollo. Los países africanos saben que tarde o temprano tendrán que aceptar las reglas del libre comercio e ir sustituyendo el antiguo régimen comercial no recíproco, por acuerdos de libre comercio – bajo la bandera del multilateralismo propugnado por la Organización Mundial del Comercio. De todas formas, en Lisboa el desencuentro en materia comercial y la no firma de los nuevos acuerdos de liberalización económica (EPA, por sus siglas inglesas) entre la UE y algunos países africanos (Senegal, Nigeria y Sudáfrica, entre otros) representa una primera señal de la renovada contundencia de Mama África. Como explicó Amy Barry, portavoz de Oxfam, durante los días de la cumbre: “Es su forma de demostrar con hechos la declaración de que ahora somos socios de igual a igual”.
Pretendientes de un continente
Mama África – parafraseando una canción del controvertido músico jamaicano Peter Tosh- se encuentra hoy bajo las atentas miradas de unos ávidos e interesados pretendientes que ven sus mil millones de habitantes y sus inmensos recursos naturales como una más que atractiva prebenda nupcial. Recientemente, Estados Unidos ha incrementado su presencia en el continente, ya que en la actualidad el 15% de sus importaciones de petróleo procede de países africanos. Al mismo tiempo, China está ofreciendo ingentes cantidades de dinero fresco que seducen a las nuevas generaciones de líderes africanos bastante más que la moralizante ayuda financiera europea. Europa. Esta última, por su implicación colonial, comparte todo un pasado con los países africanos y sigue siendo el principal socio comercial y donante de África con un gasto equivalente a 35.000 millones de euros en el 2006. De todas formas, su influencia en lo que consideraba hasta hace poco su coto reservado se encuentra en declive y expuesta a las políticas más arriesgadas de sus competidores. Quizás por eso, la segunda cumbre UE-África celebrada en Lisboa el 8 y 9 de diciembre del 2007 deba leerse como un intento de reforzar las relaciones entre los dos continentes en el futuro próximo. De hecho la cumbre reanuda las relaciones iniciadas en El Cairo en el año 2000, relaciones que durante estos siete años han estado marcadas, entre otros aspectos, por la tensión entre Inglaterra y su ex colonia Zimbabue en materia de derechos humanos.
¿Por qué entonces Mama África despierta hoy las ávidas miradas del primer mundo? ¿Y de qué tipo de atenciones se trata? ¿De un retorno de tipo neocolonialista? ¿De simple hambre de mayor integración económica? ¿O de una cruzada desarrollista para alcanzar los declamados objetivos del milenio?
No es ninguna novedad que Estados Unidos, Europa, China e India, todos necesitan los recursos africanos para alimentar sus sistemas económicos. África sigue siendo un mercado donde abastecerse de materias primas y alimentos, básicamente. En el año 2005, por ejemplo, sólo las ventas de crudo cubrieron la mitad de los 230 billones de dólares de las exportaciones africanas.
África es un continente lleno de contrastes y profundas desigualdades. En un escenario de pobreza extrema, el 10% de los países africanos más ricos presentan niveles de renta per cápita 18 veces superiores al 10% de los países más pobres. De todas maneras, al margen de las muchas áreas que aún representan el cliché de la tragedia africana, Mama África ofrece hoy nuevas armas de seducción que le podrían resultar útiles en el momento de negociar una estrategia de desarrollo con sus numerosos pretendientes. En primer lugar, hemos visto por primera vez a 16 países (35% de la población africana) crecer con tasas superiores al 4% anual durante casi una década, quedando así demostrado que el crecimiento sostenido en África no es ninguna quimera. En segundo lugar, y más allá de que los recientes episodios en Kenia demuestren lo contrario, el germen de la democracia se ha expandido lentamente en toda la región. El número de países que han mantenido elecciones multipartidistas ha pasado de 3 en el 1975 a 40 en el 2005. Actualmente, la búsqueda de un modelo más efectivo de gobernación forma parte de la agenda política regional. En este sentido, por ejemplo, será estimulante seguir la evolución de la cooperación China-África en torno al modelo de desarrollo. Africanos y chinos pueden compartir la percepción común de que las experiencias históricas de Occidente en materia de estrategias de desarrollo han fracasado en muchas regiones del continente e intentar un camino alternativo.
Por su parte, la UE – con la declaración de Lisboa surgida de la cumbre UE-África- ha ofrecido establecer una nueva relación de igualdad con el continente africano, en reemplazo de la tradicional relación paternalista “beneficiario-donante”. El objetivo es una asociación estratégica entre iguales en cuatro pilares clave: paz y seguridad, derechos humanos y gobernanza, comercio e integración regional, y cuestiones de desarrollo. Los países africanos saben que tarde o temprano tendrán que aceptar las reglas del libre comercio e ir sustituyendo el antiguo régimen comercial no recíproco, por acuerdos de libre comercio – bajo la bandera del multilateralismo propugnado por la Organización Mundial del Comercio. De todas formas, en Lisboa el desencuentro en materia comercial y la no firma de los nuevos acuerdos de liberalización económica (EPA, por sus siglas inglesas) entre la UE y algunos países africanos (Senegal, Nigeria y Sudáfrica, entre otros) representa una primera señal de la renovada contundencia de Mama África. Como explicó Amy Barry, portavoz de Oxfam, durante los días de la cumbre: “Es su forma de demostrar con hechos la declaración de que ahora somos socios de igual a igual”.
Relaciones UE-África: entre la retórica y la realidad
Debido a su implicación colonial en África, Europa comparte un pasado común con los países africanos con los que ha mantenido una relación estrecha desde su independencia. Ésta se ha materializado a través de los acuerdos de Yaundé (1964-1969) y Lomé (1975- 2000) que establecieron un comercio preferencial y una asociación de cooperación para el desarrollo entre los Estados de la Comunidad Europea y el denominado grupo de países de África, Caribe y Pacífico (ACP) y su sucesor el Acuerdo de Cotonú firmado en 2000. Partiendo de un concepto de desarrollo centrado en el crecimiento económico, estos acuerdos fueron incorporando progresivamente como objetivo de la cooperación la reducción de la pobreza y el desarrollo humano sostenible junto con la integración progresiva de los ACP en la economía mundial. Asimismo, el diálogo político y el respeto de los derechos humanos y los principios democráticos están considerados como aspectos esenciales de la relación. Cotonú representa un cambio radical en las relaciones comerciales UE-África. Plantea la sustitución del antiguo régimen comercial no recíproco por acuerdos de libre comercio, Acuerdos de Asociación Económica (AAE), entre la UE y las diversas agrupaciones regionales.
No es, sin embargo, hasta el año 2000 cuando se celebra la primera cumbre UE-África. La siguiente cumbre programada inicialmente en 2003 no llegó a celebrarse. La oposición de algunos países europeos a la asistencia del presidente Mugabe ante las sanciones que la UE aplicó al régimen de Zimbabwe, como consecuencia del agravamiento de la represión ejercida contra la población de dicho país, provocó finalmente su aplazamiento. En este contexto se adopta en 2005 la Estrategia de la UE para África, documento marco que regirá las relaciones entre ambos continentes hasta 2015. La estrategia responde a una triple necesidad: establecer un marco estable a largo plazo que permita coordinar las políticas de la UE y de sus Estados miembros; reconocer en la transformación de la Organización para la Unidad Africana (OUA) en la Unión Africana (UA), en 2002, un modelo similar al de la UE con su propio marco de desarrollo, la Nueva Alianza para el Desarrollo de África (NEPAD, en sus siglas en inglés); y finalmente adaptar el diálogo político a los últimos cambios ocurridos en el sistema internacional (terrorismo, migración internacional, cambio climático) y que afectan a ambos continentes de forma interdependiente.
Así llegamos a la segunda cumbre UE-África celebrada en Lisboa los días 8 y 9 de diciembre, cuyo objetivo ha sido establecer una nueva relación de igualdad entre ambos continentes basada en una estrategia definida, por primera vez, de forma conjunta. Según ha manifestado el presidente de la Comisión Europea José Manuel Durao Barroso, «ha llegado la hora de abandonar el paternalismo, de superar la relación beneficiario-donante y de acabar con las imágenes estereotipadas que cada continente tiene del otro». El establecimiento de una asociación estratégica conjunta aspira a plantear un cambio cualitativo en la relación. Sin embargo, el contenido de la misma no presenta un cambio cualitativo respecto a lo acordado anteriormente. El marco estratégico se basa en los cuatro pilares ya establecidos en 2000: paz y seguridad, derechos humanos y gobernanza, comercio e integración regional y cuestiones de desarrollo. Lo único realmente novedoso es la inclusión de la energía entre los ocho ámbitos para avanzar en la asociación además de paz y seguridad, gobernanza democrática y derechos humanos, comercio e integración regional (incluida la aplicación de la asociación UE-África, para la infraestructura, puesta en marcha en 2006), objetivos de desarrollo del milenio, cambio climático, migración, movilidad y empleo, ciencia, sociedad de la información y política espacial. Esta inclusión responde claramente a intereses geopolíticos europeos.
De parte europea no se oculta el deseo de que la cumbre le permita recuperar parte de la influencia perdida en los últimos años en un continente considerado hasta hace poco como su ‘coto reservado’. Europa es el principal socio comercial de África, con intercambios que superaron los 200.000 millones de euros en 2006, así como el principal donante, con una ayuda de 35.000 millones de euros en el mismo año. Pero esta influencia decrece a medida que aumenta la de China, hoy en día tercer socio económico de los africanos y cuyo ‘dinero fácil’ seduce a un continente cansado de las exigencias europeas vinculadas con los derechos humanos y la democracia, y que muchos consideran como un doble discurso.
Como ha reconocido el comisario europeo de Desarrollo, Louis Michel, África, con sus mil millones de habitantes y sus inmensos recursos naturales, «es cortejada por todas las potencias del planeta, Estados Unidos y China a la cabeza». EE UU ha incrementado su presencia e interés, ya que en la actualidad el 15% de sus importaciones de petróleo proceden de países africanos. El aumento de la demanda de petróleo por parte de China e India para satisfacer sus economías y la reducción de los recursos petrolíferos en otras regiones del mundo han favorecido la llegada de la inversión china al continente africano.
La cuestión es cómo conseguir que la retórica se plasme en la realidad de las relaciones entre África y la UE. En principio es imposible plantear en la práctica una relación entre iguales en derechos y en deberes entre el continente más rico y el más pobre del mundo. Un continente donde, como señala el informe de Amnistía Internacional de 2007, «los conflictos armados, el subdesarrollo, la pobreza extrema, la corrupción generalizada, la desigual distribución de los recursos, la represión política, la marginación, la violencia étnica y civil y la pandemia del VIH/sida continuaron socavando el disfrute de los derechos humanos en toda la región». Resulta difícil creer que los planes de acción produzcan como se pretende efectos concretos y cuantificables en todos los ámbitos de la asociación sin cuantificar o prever el costo de las diferentes acciones y obviando las cuestiones actuales más problemáticas.
¿Cómo se puede promover una asociación centrada en la gente si no se establecen mecanismos de participación para la sociedad civil y los respectivos parlamentos? ¿Cómo se puede hablar de paz y seguridad sin adoptar un compromiso con relación al envío de una misión de mantenimiento de la paz a Darfur? Los acuerdos de asociación económica deberán entrar en vigor antes de fin de año. ¿Se puede hablar del apoyo de la UE a la integración socioeconómica y política regional en África sin adoptar alguna acción para paliar sus efectos? No es ningún secreto que, a pesar de haber firmado los acuerdos, la mayoría de África los rechaza. Incluso los países europeos y la Comisión reconocen, además de otros riesgos, los efectos negativos que puede traer el diseño de un proceso de liberalización que no proteja determinados sectores de actividad clave en términos de ingreso para la población. Mientras estas cuestiones no se aborden y no se busquen soluciones concretas, las relaciones entre la UE y África se seguirán distinguiendo por la retórica.
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