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Entre Irak y Afganistán

Por Mateo Madridejos, periodista e historiador (EL PERIÓDICO, 14/09/08):

Cuando no se habían apagado aún los ecos de las convenciones de los dos grandes partidos, George Bush irrumpió en la campaña electoral con la primicia de una modesta retirada de tropas de Irak (unos 8.000 hombres) que concluirá en febrero, con un nuevo presidente instalado en la Casa Blanca. También anunció el envío de refuerzos a Afganistán, donde los 50.000 soldados de la OTAN (33.000 norteamericanos) se muestran incapaces de derrotar a la insurgencia de los talibanes y sus aliados de Pakistán. ¿Primer paso para un cambio de escenario bélico?, se pregunta la prensa de EEUU. Aunque el gran público no desea oír hablar de Irak, como admiten los demócratas, el maquillaje electoral y la percepción popular de que aquel país se estabiliza favorecen al senador John McCain, conspicuo abogado de la guerra y del aumento de tropas hasta su nivel actual (146.000 hombres). Por contra, el reconocimiento de que la situación en Afganistán es cada día más peligrosa da la razón al senador Barack Obama, defensor de un traslado del frente bélico más al este e incluso de un bombardeo contra santuarios pakistanís, según propuso como si se tratara de Vietnam.

UN REPUTADO especialista del Centro de Estudios Estratégicos de Washington, Anthony H. Cordesman, resumió y simplificó la situación: “Estados Unidos está ganando una guerra impopular en Irak y perdiendo otra popular en Afganistán”. Si la inmensa mayoría de los norteamericanos no aciertan a situar en el mapa a Afganistán, calificar de popular aquella contienda puede parecer un sarcasmo cuando esa presunción se acompaña de un pronóstico sombrío: serán necesarios cuatro o cinco años para organizar un ejército y una policía capaces de replicar al desafío del fanatismo islámico.
El conflicto en esa región va para largo, aunque los norteamericanos y en mayor medida los europeos muestren escaso interés por lo que ocurre tan lejos, sobre todo si no está el petróleo claramente en juego o no se inflaman las pasiones que se nutren del inacabable conflicto árabe-israelí. El hecho de considerar la misión en Afganistán de “asistencia para la reconstrucción” es un eufemismo enrevesado para no excitar a los pacifistas, edulcorar los documentos de la ONU o tapar las incongruencias de situar en Asia las legiones de la OTAN concebidas para contener al extinto peligro soviético.
“Alemania descubre la guerra en Afganistán”, titula el semanario alemán Der Spiegel. Hay que despertar del sueño pacifista, viene a decir. El mito de la ayuda es insostenible cuando la conflagración se extiende claramente a Pakistán y los talibanes multiplican los atentados y emboscadas hasta alcanzar un ritmo cotidiano. El que fue enviado especial de la Unión Europea en Afganistán, Francesc Vendrell, ha declarado en la BBC que la estrategia de los occidentales es “incoherente” y que el presidente Bush anda extraviado en su enfoque de la situación.
Para salir de Irak y trasladar las tropas a Afganistán, operación tan compleja y discutible como arriesgada, EEUU debe propiciar un debate en profundidad, inviable en medio de las urgencias electorales, y solicitar el concurso problemático de los aliados europeos. La seguridad mejora en Irak, como confirmó la entrega a los iraquíes por los norteamericanos del control de la provincia de Anbar, que hace un año era el corazón de la insurgencia. Pero el nivel residual de violencia es importante y la lucha por el poder regional, alimentada por el reparto del petróleo, ensombrece el panorama político. El primer ministro, el chií Nuri al Maliki, tiene que demostrar aún su determinación para prevalecer sobre la refriega sectaria.
Si los realistas en EEUU imponen su visión del mundo y de la diplomacia, como parece probable sea quien sea el nuevo presidente, el repliegue de Irak no es para mañana si quiere evitarse, como vaticina Henry Kissinger, “una calamidad geopolítica”. Hay que asumir un conflicto prolongado en ambos frentes, porque los cambios políticos o de mentalidad no tienen prisa, y adquieren una lentitud exasperante en una región tan atrasada como Afganistán y las áreas fronterizas de Pakistán.

AL CONTRARIO que en Vietnam, los estrategas de Washington, que avizoran una cura de realismo tras el desastre intervencionista, solo conciben la retirada como corolario de un pacto político duradero. Los problemas tácticos como el nivel de tropas en cada momento o su traslado de frente solo pueden tener éxito dentro de un plan estratégico que pondere las revoluciones en gestación en un mundo que cambia vertiginosamente. Ni McCain ni Obama han expuesto un programa coherente y realista, hasta el punto de que en el análisis de Cordesman aparecen ambos “actuando en el equivalente político del teatro del absurdo”.
Bush carece de un plan viable para afrontar la guerra en dos frentes, añeja pesadilla del Pentágono, como le reprocha The New York Times. Pero la revisión de los planes de la OTAN en Afganistán no debería esperar al nuevo presidente porque cualquier retraso comprometerá el arduo propósito de liberar a aquel país del oscurantismo y la miseria, del ominoso modelo de un islam radical y expansivo que puede convertirse en el primer Estado abiertamente terrorista. Europa debería tomar la iniciativa.

Septiembre 14, 2008 Publicado por cienciayartes | Afganistán, Estados Unidos | | Aún no hay comentarios

La OTAN deja un reguero de desastres

Por Simon Jenkins, periodista de The Guardian (EL MUNDO, 10/09/08):
La OTAN es inútil. No ha logrado llevar la estabilidad a Afganistán, como tampoco consiguió hacerlo con Serbia. La OTAN ha demostrado ser una pésima fuerza de combate y tampoco es mejor en el aspecto diplomático: vean si no su torpe gestión en Europa del Este. Como custodio de la resistencia occidental de posguerra frente a la amenaza nuclear de la Unión Soviética tenía una utilidad. Ahora se ha convertido en una Olimpiada de diplomáticos, irrelevantes pero con brotes de extravagante petulancia.
La última reunión ministerial de la OTAN en Bruselas fue una hoja de parra para tapar el fiasco de la intervención rusa en Georgia. Con el pretexto de salvar a los rusos de Osetia del Sur, tal intervención se produjo, en realidad, para decir a Georgia y Ucrania que no deben meterse en juegos con Occidente en la frontera rusa. La OTAN es ahora una provocación constante en el borde oriental de Europa.
La Alianza no tenía ninguna necesidad estratégica de hacer proselitismo en busca de miembros, ni de establecer las consiguientes garantías de seguridad entre las repúblicas bálticas y los estados fronterizos del sur. Ni EEUU tiene tampoco ninguna necesidad estratégica de instalar misiles en Polonia o Chequia.
Estos movimientos estaban predestinados a enfurecer a los hipersensibles rusos. Y así lo hicieron. De nada sirve que los expertos occidentales digan que el sentido de las acciones de la OTAN junto a la frontera rusa es diferente al del despliegue de los misiles soviéticos en Cuba durante la Guerra Fría. Tampoco tiene sentido que ningún experto señale que la defensa de las minorías rusas en Georgia es muy distinta de la intervención de la OTAN para defender a la minoría kurda en Irak o la minoría albanesa en Serbia. En ambos casos, a los nacionalistas rusos les parece lo mismo.

Rusia ya es suficientemente ruda y beligerante por sí misma. ¿Para qué animarla? Las dos mayores pesadillas de EEUU actualmente, Rusia e Irán, tienen motivos para sentirse cercados por fuerzas hostiles. Ellos también son vulnerables a la política del miedo irracional.
La retórica respuesta de los líderes de la OTAN ha sido propia de halcones, afirmando que «esta gente» sólo entiende palabras claras y mano dura. Pero eso no hace sino imitar la actitud de Rusia hacia Georgia y Ucrania. Y al menos Rusia tiene fuerza para imponerse.
George Bush ha dicho que «la era de las esferas de influencia se terminó». Entonces, ¿por qué extender los dominios de la OTAN hasta la frontera rusa? ¿Qué hay de la teoría de las esferas de influencia que apuntaló el plan neoconservador de Bush, destinado a ganar al mundo musulmán para la democracia?
Si en Rusia la OTAN está jugando con fuego, en Afganistán/Pakistán (que siempre deberían citarse juntos) está jugando con dinamita. Aquí, Osama bin Laden y Donald Rumsfeld deben de estar riendo al unísono: el primero porque la manera en que la OTAN ha conducido la guerra contra los talibán ha servido para crear un campo de reclutamiento de Al Qaeda en Pakistán; y el segundo porque todo lo que dijo sobre la construcción de naciones se ha demostrado cierto. «Entrar rápido y salir rápido» era su estrategia. Y tenía razón.
La actuación de la OTAN ha sido desastrosa. Ha establecido un liderazgo dividido y unas reglas de combate heterogéneas. Ha justificado la opinión del general de EEUU en Kosovo, Wesley Clark, de que las unidades estadounidenses no deberían colocarse bajo mando internacional. El mando internacional significa no tener ningún mando en absoluto. «No hay una coordinación sensata de todos los elementos políticos y militares en el teatro de operaciones afgano», denunciaba en un informe del Pentágono el general Barry McCaffrey.
Se dice que hay un plan para reforzar el destacamento con 12.000 soldados estadounidenses y poner en escena un impulso al estilo de Bagdad, fuera del control de la OTAN. La idea de que los talibán rurales puedan ser susceptibles del mismo tratamiento que las milicias urbanas de Irak puede no tener sentido, pero se veía venir. Tal impulso significa que habría tres ejércitos rivales (el afgano, el de la OTAN y el estadounidense) merodeando por esta tierra atribulada. Un regalo para cualquier enemigo.
El nuevo Gobierno pakistaní debe de añorar los días en los que su patio trasero afgano estaba tranquilo. El régimen talibán, financiado por el opio y los saudíes, no tenía importancia estratégica para Occidente. No había depredadores estadounidenses bombardeando pueblos, ni teléfonos pinchados por la CIA, ni oficiales de inteligencia sobornados ni interferencias extranjeras. La esfera de influencia de Pakistán podía no gustar, pero era a grandes rasgos estable.
Ahora tendremos al sexto país más extenso del mundo, poseedor de un arsenal nuclear activo, asolado por disturbios internos por culpa de una aventura de la OTAN condenada al fracaso en su frontera. Los talibán están operando libremente por el sur y el este de Afganistán y a pocos kilómetros de la capital, Kabul, lo que contradice de plano la falaz versión de los portavoces de la OTAN respecto a los últimos dos años.
Parece que los gobiernos occidentales no aprenden nunca. Las guerras contra una insurgencia de este tipo nunca salen bien si se extienden en el tiempo. En el mejor de los casos dejan estados rotos, corruptos, fallidos, como el Líbano y Kosovo… y, pronto, Irak. En el peor de los casos, son sinónimo de derrota. Si Estados Unidos se ha metido alguna vez en otro Vietnam, es ahora en Afganistán, que está sustituyendo rápidamente a Irak como meca de todos los fanáticos antioccidentales que hay sobre la tierra.
La paz en Afganistán puede no importar demasiado. Pero su ausencia va a desestabilizar terriblemente a Pakistán, y eso sí tiene gran relevancia. ¿Será éste otro trofeo en las vitrinas de la OTAN?

Septiembre 13, 2008 Publicado por cienciayartes | Afganistán, OTAN | | Aún no hay comentarios

The Wrong Force for the ‘Right War’

By Bartle Breese Bull, the foreign editor of Prospect magazine. He is writing a history of Iraq (THE NEW YORK TIMES, 14/08/08):

Barack Obama and John McCain have plenty of disagreements, but one thing they are united on is promising a troop surge in Afghanistan. Senator McCain wants to move troops to Afghanistan from the Middle East, conditional on continued progress in Iraq. Senator Obama goes much further, arguing that we should have sent last year’s surge to Afghanistan, not Iraq, that Afghanistan is the “central front” and that we must rebuild Afghanistan from the bottom up along the lines of the Marshall Plan.

Defense Secretary Robert Gates is on board, too. He has endorsed a $20 billion plan to increase substantially the size of Afghanistan’s army, as well as the role and numbers of Western troops there to aid it. Polls show that nearly 60 percent of Americans agree with the idea of an Afghan surge. A recent Time magazine cover anointed the fighting there as “The Right War.”

But what are the real prospects for turning fractious, impoverished Afghanistan into an orderly and prosperous nation and a potential ally of the United States? What true American interests are being insufficiently advanced or defended in its remote deserts and mountains? And even if these interests are really so broad, are they deliverable at an acceptable price? The answers to these questions put the wisdom of an Afghan surge into great question.

Destroying the Taliban regime after 9/11 was just and rational. And it was done in an effective and proportionate manner: over just six weeks in late 2001, with several hundred American special operatives on the ground, American air support and our allies in the Northern Alliance.

Since then, however, the mission has grown. Today there are 71,000 NATO troops in Afghanistan, yet things are getting ever worse. There were 10 times as many armed attacks on international troops and civilian contractors in 2007 as there were in 2004. Every other measure of violence, from roadside bombs to suicide bombers, is also up dramatically. Our principal ally at the beginning of the war, the Northern Alliance, controlled more of the country at the end of 2001 than President Hamid Karzai, our current principal ally, effectively controls today.

The United States must certainly punish those who attack it and those who give sanctuary to such people. This is why the Afghan war has always had popular support. But our initial goals — dethroning the Taliban and disrupting Al Qaeda — have been as thoroughly accomplished as is possible given the porous frontier that Afghanistan shares with Pakistan.

Thus the creeping mission in Afghanistan has fed on a perception of four further American interests: the denial of sanctuary to global terrorists; the projection of American power in a sensitive part of the world; support for modernity in the global struggle for the Muslim mind; and cutting heroin exports. Each needs careful reconsideration.

Denying sanctuary to terrorists — in Afghanistan and everywhere else — is undoubtedly an American interest of the first order. Accomplishing it, however, requires neither the conquest of large swathes of Afghan territory nor a troop surge there — nor even maintaining the number of troops NATO has in Afghanistan today. Counterterrorism is not about occupation. It centers on combining intelligence with specialized military capabilities.

While the Taliban is certainly regaining strength, it could provide Al Qaeda with a true safe harbor only if its troops retake Kabul. But they have little hope of returning to power as long as we train the Afghan Army, support an Afghan state generously in other ways and maintain our intelligence and surgical strike capacities.

Besides, even if the Taliban were to return to power and give Al Qaeda the sorts of safe havens it enjoyed in Afghanistan in 2001, this would probably make little difference in America’s security. Rory Stewart, a former British foreign ministry official in Afghanistan and Iraq who now manages a nongovernmental group in Kabul, argues that the existence there of “Quantico-style” terrorist facilities teaching primitive insurgency infantry tactics had little to do with 9/11. “You don’t need to go to Afghanistan to learn how to use a box cutter,” Stewart has told me. “And Afghanistan is not a good place for flight school.”

One could argue that the key Al Qaeda training for 9/11 occurred not in the Taliban’s Afghanistan but in Jeb Bush’s Florida. And in terms of terrorist planning, 9/11 would have been better avoided with an occupation of Hamburg, where most of the essential plotting for the attack occurred.

In any case, American counterterrorism interests in Afghanistan appear to argue for something far more restrained than our current commitment there, maybe 20,000 Western troops maximum. In the long run, it needs to be seen as the remote, poor and ungovernable country it is, albeit one with a history of ties to Al Qaeda and located next door to Osama bin Laden’s current base of operations, Pakistan. Still, a very light American presence operating through embassies and aid organizations should be able to collect the intelligence needed to allow special forces to eliminate terrorist threats as they appear.

So much for counterterrorism. What about the second reason given for expanding our presence: projecting American power in an unstable area? Yes, maintaining a substantial armed presence in a corner of the world that borders Pakistan and Iran (and, barely, China) is undoubtedly valuable. But all that is needed to achieve this is an airfield at our disposal, enough special forces troops nearby to achieve limited military goals and a complaisant government in Kabul. Besides, it is unclear why Afghanistan is the necessary partner in this; the United States already has safer, less expensive and strategically more important basing arrangements elsewhere in inner Asia, as in Uzbekistan and Mongolia.

As for the broader struggle toward a modern and healthy Islam, Afghanistan’s global importance is negligible. It is a backwater of the Muslim faith. The Prophet Muhammad and his successors did not conquer or proclaim there. No great Islamic civilization, such as the Baghdad caliphate, was based there. Unlike Iraq, no great saints of Shiism were martyred or buried there. Defeating Wahhabist Sunnism in its Taliban variant is of very little symbolic value.

The last argument for expanding this Afghan war — stopping the poppy growing — is equally weak. Neither presidential candidate has mentioned heroin use as a pressing domestic issue, and there is even less reason it should be a major international one. In any case, our demand for heroin is not the fault of the Afghan peasants who would take the financial hit for our interdiction efforts. Liberal democracies cannot win counterinsurgencies against the wills of local populations, and denying a livelihood to the poor farmers of southern and eastern Afghanistan is no way to persuade Afghans to our side.

For those who remain unconvinced that anything short of ambitiously remaking Afghanistan would imperil America’s basic interests, here’s the big question: What sort of commitment are you willing to make? Dan McNeil, the American general who was NATO’s top commander in Afghanistan until he left in June, said shortly before concluding his tour that according to current American counterinsurgency doctrine, a successful occupation of Afghanistan, which is larger, more complex, more populous and very much less governable than Iraq, would require 400,000 troops.

How many of them would be killed? Except for the initial invasion and the isolated flare-ups in places like Falluja in 2005, Iraq has not been a “hot” war, but a slow-running insurgency. Were we to attempt to pacify all of Afghanistan, on the other hand, however, it would be nothing but heat, as Russia and Britain before us have discovered to their great cost. We’re already seeing higher death rates for our troops in Afghanistan than in Iraq. Episodes like the successful escape by more than 1,000 prisoners from a jail in Kandahar in June, or the overrunning of an American outpost by militants near Wanat in July, in which nine Americans were killed and 15 were wounded, have never occurred in Iraq.

The invasion of Afghanistan was a great tactical success and the correct strategic move. Yet since then it seems as if the United States has been trying to turn the conflict into the Vietnam War of the early 21st century. Escalating in Afghanistan to “must-win” status means, according to General McNeil’s estimate, deploying three times as many troops as were sent to Iraq at the height of the surge. If Americans really believe — as Senator Obama in particular argues — that Afghanistan is the right war and a place appropriate for Iraq-style nation-building, then they must understand both the cost involved and the remote likelihood of success.

Agosto 14, 2008 Publicado por cienciayartes | Afganistán | | Aún no hay comentarios

Afganistán en París

Por Jesús A. Núñez Villaverde, codirector del instituto de Estudios sobre conflictos y acción humanitaria (EL CORREO DIGITAL, 18/06/08):

Como casi siempre, una misma situación puede presentarse como ideal o nefasta dependiendo de la personalidad del espectador o de sus intereses en juego. Así ocurre ahora tras la nueva edición de la Conferencia Internacional de Donantes para Afganistán, celebrada en París el 12 de junio. Entre los algo más de 80 gobiernos y organismos internacionales presentes en la cita parisina hay un generalizado interés por presentar el encuentro como un éxito. Todos necesitan dar a entender que están implicados en la suerte de un país en el que creen jugarse una parte importante de la seguridad mundial. Los que tienen tropas integradas en la ISAF -la mayor operación militar de la historia de la OTAN- no pueden dar marcha atrás, cuando se ha asentado la idea de que un fracaso en esa misión supondría un golpe irreparable para la credibilidad y la existencia misma de la Alianza Atlántica. Todos, por unas razones u otras, están atrapados en un asunto en el que no quieren quemarse (así hay que entender las inusitadas reglas de enfrentamiento que cada gobierno establece para sus tropas, hasta el punto de enloquecer al mando militar que pretenda utilizarlas en una acción combinada), pero del que tampoco pueden salir sin ser acusados de alta traición a la ‘guerra contra el terror’ que Washington lidera.

El argumento principal de su discurso optimista de París es que se habrían logrado reunir hasta 13.000 millones de euros para atender a las necesidades principales de un país que acumula ya treinta años de conflicto violento y un gravísimo deterioro en sus niveles de vida desde que los soviéticos lo invadieran en 1979. En esa misma línea se quiere dar a entender que el panorama es netamente esperanzador en la medida en que el régimen talibán habría sido desmantelado, Al-Qaida habría desaparecido del territorio afgano, Afganistán contaría con un Gobierno asentado y legítimo y su proceso de reconstrucción se habría consolidado.

Hasta ahí el discurso oficial, forzadamente positivo, con el que muchos pretenden engañar y engañarse. Sin necesidad de escarbar mucho en el lodo en el que se ha ido hundiendo este país, sobresale de inmediato un panorama bastante distinto. En primer lugar, cabe recordar que desde el inicio de la campaña militar estadounidense, en octubre de 2001, se han comprometido ya unos 16.000 millones de euros en la reconstrucción y seguridad afgana, sin que por ello hoy Afganistán haya cambiado su imagen como el país más pobre de Asia y uno de los más inseguros. Además, interesa recordar que la cantidad mencionada en París es únicamente el resultado de promesas futuras de transferencia de fondos, que no cabe confundir -como enseña la experiencia de las promesas de tantas conferencias internacionales de donantes- con la entrega efectiva de ayudas financieras. Más importante, quizás, es no olvidar que el presidente Hamid Karzai llegó a París con una Estrategia Nacional de Desarrollo para la que solicitaba 36.000 millones a lo largo de cinco años, con sus prioridades centradas en las infraestructuras, la seguridad, la educación y la agricultura. Visto así es inmediato concluir que no se ha llegado, por tanto, a movilizar más que la tercera parte de la cantidad inicial de referencia.

En paralelo, y una vez más, se han puesto de manifiesto las serias divergencias entre el tan elegante como inoperante presidente afgano y los principales actores de la comunidad internacional. El primero insiste en que su máxima prioridad es la seguridad, como si ésta pudiese lograrse sin impulsar simultáneamente el desarrollo. Los segundos, por boca en este caso del secretario general de la ONU, le demandan con tanta insistencia como falta de convicción que ponga freno a la corrupción y que de una vez por todas se haga cargo de los asuntos de gobierno. En mitad de esta ya clásica disputa dialéctica se encuentra un país en el que los talibanes amplían día a día su radio de acción y su reto al débil Gobierno de Karzai, sin que los 47.000 soldados de las dos operaciones militares en marcha (’Libertad Duradera’, para derrotar a los talibanes y a los terroristas, e ISAF, para apoyar la reconstrucción nacional) puedan hacer lo que no lograron los soviéticos con 300.000. Karzai es poco más que el alcalde de Kabul, sin capacidad para imponerse a unos ’señores de la guerra’ que sólo tácticamente simulan ser sus socios de gobierno, mientras que mantienen sus milicias y sus feudos al margen de cualquier autoridad central. Aunque haya algún signo esperanzador -en términos de escolarización y atención sanitaria- la economía afgana sigue hoy tan dependiente del cultivo de la amapola opiácea como siempre (se estima que el 65% del PIB nacional procede del comercio asociado a esa planta).

Los afganos, en definitiva, no confían en su Gobierno y tratan de acomodarse a una situación en la que los enemigos del régimen -en una mezcla difícil de definir con precisión en la que confluyen los talibanes, los ’señores de la guerra’, los grupos terroristas y los simples, pero poderosos, criminales- apuestan a que la presencia internacional tiene sus días contados y que nadie les impedirá seguir gozando de sus tradicionales privilegios (que incluyen disponer de sus propias fuentes de ingresos a través de los comercios ilícitos).

No hay, pues, razones sólidas para esas muestras de satisfacción. Las hay, sin embargo, para preguntarse por el alcance y la sostenibilidad de un esfuerzo como el realizado hasta aquí. A los ojos de la comunidad internacional Karzai es, en el mejor de los casos, un mal menor del que sólo se espera que pueda frenar la caída en el abismo. Ni Karzai puede hacerlo con sus propias fuerzas, ni sus principales apoyos internacionales parecen dispuestos a implicarse más allá de lo hecho hasta ahora.

Se dice habitualmente que la solución en Afganistán no puede ser militar sino política; pero hoy cabe cuestionar de raíz que haya una idea sincera por solucionar el problema. En realidad todo apunta a que la voluntad política de los principales actores internacionales sólo da para gestionarlo. En esas condiciones se ha olvidado ya hace mucho tiempo la pretensión de democratizarlo o desarrollarlo plenamente. Por el contrario, el objetivo se limita a relativizar el nivel de violencia para que no afecte directamente al ’statu quo’ imperante en la región y a estabilizar la situación para evitar el colapso del Estado y el rotundo fracaso de la OTAN. En realidad, cuando se analiza el comportamiento de la inmensa mayoría de los gobiernos implicados en ese país se percibe claramente que, más que ayudar a los afganos, se aspira sobre todo a ayudarnos a nosotros mismos (salvar la cara de la OTAN) y a protegernos a nosotros mismos (empezando por nuestros soldados en la zona), aunque todo ello sea a costa de una mayor vulnerabilidad de la población local. Malos tiempos para la ética y la solidaridad.

Junio 25, 2008 Publicado por cienciayartes | Afganistán | | Aún no hay comentarios

El nuevo triángulo de tensión: Pakistán, Afganistán y EEUU

Por Ahmed Rashid, periodista y escritor paquistaní, autor del libro Los talibán, Editorial Península (EL MUNDO, 13/06/08):

En las últimas semanas han ido in crescendo las críticas de la comunidad internacional a Pakistán por haber llegado a acuerdos de paz con los talibán paquistaníes en su territorio, lo que les permitirá cruzar la frontera y atacar a las fuerzas de la OTAN en Afganistán. Altos cargos políticos y legisladores de EEUU, comandantes de la OTAN, representantes de Naciones Unidas y del Gobierno afgano han expresado su rabia y frustración, al tiempo que han instado a Pakistán a que continúe apoyando la lucha contra el terrorismo.

Sin embargo, las relaciones entre dos aliados cruciales en la guerra contra el terrorismo -las Fuerzas Armadas de EEUU y el Ejército paquistaní- atraviesan su peor momento desde los ataques del 11 de septiembre de 2001. Las tropas paquistaníes se están replegando de todos los territorios tribales de la frontera con Afganistán donde están asentados los líderes talibán y de Al Qaeda, y miles de sus combatientes, según altos oficiales de la OTAN y diplomáticos en Kabul. Los talibán controlan prácticamente los siete territorios tribales que forman los llamados Territorios Tribales Administrados Federalmente, o FATA (según sus siglas en inglés).

Lo que ha frustrado aún más a los comandantes occidentales es que el general Ashfaq Kayani, jefe del Ejército de Pakistán, ha dicho a los militares de Estados Unidos y a la OTAN que no piensa volver a entrenar o reequipar a las Fuerzas Armadas paquistaníes, y ni siquiera a un contingente de efectivos, para participar en la campaña de contrainsurgencia en las montañas de la frontera occidental con Afganistán, tal como exigen los estadounidenses.

El grueso del Ejército paquistaní seguirá desplegado en las fronteras orientales del país y se entrenará para cualquier eventualidad que surja con la India, su enemigo tradicional, contra el que siempre ha combatido en las llanuras del Punjab. Más del 80% de los 10.000 millones de dólares en ayudas que Pakistán ha recibido de Washington desde el 11-S ha ido directamente a su Ejército, y buena parte de estos fondos se ha empleado en la compra de costosos sistemas de armamento para el frente indio, en lugar de utilizarse en las armas de menor coste que son necesarias para las operaciones de contrainsurgencia.

Hay indicios ahora de que Washington está retrasando discretamente la entrega de armamento destinado al frente oriental, que ya ha pagado Islamabad, y de que ha pedido a otros aliados occidentales que hagan lo mismo.

Además, en las últimas semanas militantes islámicos que combaten en la Cachemira india, contenidos por Islamabad desde 2004, cuando India y Pakistán entablaron negociaciones de paz, han reanudado sus ataques contra las fuerzas indias en esta zona. Otros extremistas han llevado a cabo recientemente atentados terroristas en Jaipur, en el estado indio de Rajastán, en los que han muerto 80 personas. Las relaciones entre estos dos países han mejorado de manera espectacular en los últimos años, pero las tensiones podrían aumentar una vez más.

No obstante, el general Kayani ha dicho a Washington que Pakistán continuará el despliegue de fuerzas paramilitares a lo largo de su extensa y porosa frontera con Afganistán, aunque estos efectivos están mal equipados y entrenados, y hasta la fecha han sido derrotados en todos los enfrentamientos importantes contra los militantes islámicos. El Ejército de Estados Unidos está proporcionando ahora entrenamiento y equipo a estas fuerzas paramilitares, cuyo número asciende a casi 100.000, pero ha rechazado la solicitud de Pakistán de aumentarlas equipando a entre cuatro y cinco nuevas unidades.

Pakistán ha perdido a más de 1.000 soldados y paramilitares desde que su Ejército lanzó su primera ofensiva contra los talibán paquistaníes en 2004, y sus tropas están muy desmoralizadas. En los últimos meses las Fuerzas Armadas paquistaníes han establecido acuerdos de paz secretos y sumamente polémicos con los líderes de los talibán afganos y paquistaníes, según los cuales éstos prometen no atacar al Ejército paquistaní en los territorios de FATA.

Sin embargo, estos acuerdos no impiden a los talibán atacar a las fuerzas afganas y de la OTAN en Afganistán. Las ataques que realizan los talibán desde el lado paquistaní de la frontera se han duplicado entre marzo y abril de este año en comparación con el mismo periodo del año pasado. En este momento cada semana se registran más de 100 ataques terroristas lanzados desde el otro lado de la frontera con Pakistán, en comparación con los 60 del año pasado.

Se prevé que esta cifra aumente aun más cuando se disponga de los datos finales de mayo, según representantes de la OTAN, que también han informado de un espectacular aumento en el número de paquistaníes, árabes y combatientes de otras nacionalidades que ahora luchan junto a los talibán afganos en Afganistán.

Una de las consecuencias de los acuerdos de FATA se hizo patente cuando 30 periodistas fueron invitados a una conferencia de prensa sin precedentes celebrada el 23 de mayo en el territorio de Waziristán del Sur y organizada por Baitula Mehsud, líder de los talibán pakistaníes y principal protector de los talibán afganos y de los líderes de Al Qaeda en FATA. Los periodistas vieron pocas señales del Ejército paquistaní mientras los talibán ocupaban los puestos de control militares que habían sido abandonados.

Mehsud prometió que «la yihad continuará en Afganistán» y declaró que «el Islam no reconoce ninguna barrera o frontera artificial». El 26 de mayo, una página web de los talibán llamó a un levantamiento general en Afganistán, «hasta la retirada del último cruzado invasor».

Las víctimas inmediatas del primer gran cambio estratégico del Ejército paquistaní desde el 11-S son los gobiernos civiles de ambos países. En una larga conversación con el presidente afgano, Hamid Karzai, objeto de una intensa presión internacional para que mejore la administración y luche contra la corrupción si desea que su Gobierno reciba más ayudas de la conferencia de donantes de alto nivel que se celebra ayer en París, declaró que estaba profundamente frustrado por la actitud de Pakistán.

Karzai dijo que el creciente ritmo de actividad de la insurgencia talibán en el sur y el este de su país estaba haciendo más difícil proporcionar a las personas la seguridad necesaria para mejorar la administración y acelerar la reconstrucción.

En la ciudad fronteriza paquistaní de Peshawar, capital de la provincia de la Frontera Noroccidental, altos cargos del nuevo Gobierno de coalición (dirigido por el Partido del Pueblo de Pakistán) aseguran que el Ejército no les ha informado de los detalles de los acuerdos de paz, ni ha compartido información de los servicios secretos, pero que no se encontraban en posición de contradecir a las Fuerzas Armadas u oponerse a sus acuerdos.

Los talibán operan ahora en toda esta provincia y entran en las zonas urbanas. Peshawar, el centro urbano más grande de la región, está prácticamente sitiada por varias milicias talibán situadas al norte, sur y este de la ciudad que, pese a los acuerdos, llevan a cabo bombardeos, secuestros y robos cuando lo desean.

Se esperaba que, después de las elecciones generales de febrero, el primer Gobierno civil elegido democráticamente tras nueve años de Gobierno militar pudiera ir recuperando lentamente el control de la política exterior del país y convenciera al Ejército de compartir más poder en la cuestión que ha sido patrimonio exclusivo suyo durante los últimos 60 años: la política de seguridad nacional hacia India y Afganistán. Sin embargo, el Gobierno de coalición se ha visto plagado por problemas que lo han paralizado en todos los frentes.

La crisis actual es también enormemente perjudicial para el presidente Bush en estos últimos meses de su Administración. Da la impresión de que Estados Unidos carece de una estrategia clara para gestionar la crisis actual con Pakistán, salvo la de dar más palo que zanahoria.

Las principales potencias extranjeras tienen que involucrarse más con el Ejército paquistaní para determinar, en primer lugar, si esta nueva política es un cambio estratégico que lo aleja de su apoyo a la lucha internacional contra el terrorismo. El mundo también debe convencer a India para que haga un mayor esfuerzo y avance en las negociaciones de paz a fin de resolver el problema de Cachemira y reforzar el Gobierno civil, especialmente ante los graves problemas económicos a los que tiene que hacer frente. Volver a incorporar al Ejército en la lucha contra el extremismo es fundamental para evitar que ciertas zonas de Afganistán se vean desbordadas por los talibán y que todo el país se convierta en un refugio de Al Qaeda.

Junio 16, 2008 Publicado por cienciayartes | Afganistán, Pakistán | | Aún no hay comentarios

Oportunidades en el nuevo escenario afgano

Por Juan Garrigues, investigador de Paz y Seguridad de FRIDE (EL PAÍS, 27/05/08):

Aunque parezca difícil de creer por lo que se lee en la prensa, también hay motivos para el optimismo en Afganistán. La creciente asiduidad y violencia de los ataques de la insurgencia armada -compuesta por los talibanes y la red transnacional yihadista que les nutre- responde en gran parte a las importantes bajas que ha sufrido en choques militares con las tropas internacionales en 2006 y 2007. La insurgencia ha reaccionado con un cambio de tácticas que la aleja del campo de batalla convencional y obliga a la comunidad internacional a modificar su estrategia.

Los ataques suicidas y los artefactos explosivos improvisados importados desde Irak por la misma red transnacional yihadista que ahí actúa han tenido un resultado devastador: en 2007 murieron más civiles que en cualquier otro año desde 2001. Tras varios años de rechazo, la comunidad internacional ha aceptado finalmente que está metida de lleno en una contra-insurgencia en la que la prioridad es ganar el apoyo de los afganos, no matar talibanes. Es decir, crear seguridad y apoyar al gobierno de Kabul para que lleguen servicios básicos a sus ciudadanos. Para la insurgencia, el objetivo es imponer la percepción de que Afganistán está sumida en el caos.

A primera vista parece que la insurgencia tiene la batalla ganada, pero la realidad es más compleja. Aparte del comúnmente obviado hecho de que hoy muchos más afganos tienen acceso a la educación y a servicios sanitarios, la comunidad internacional va trazando unos objetivos más realistas para su papel en el país. En el área prioritaria de la seguridad, la grave crisis de opinión pública que existe en países como Canadá o Alemania por las bajas de sus soldados en Afganistán ha resultado en un cambio de estrategia que a la postre resultará beneficioso para todos.

Hoy la comunidad internacional ha empezado a dar prioridad al crecimiento y la consolidación de las fuerzas armadas afganas como “estrategia de salida”. Ya se ha fijado el objetivo de que el ejército afgano alcance los 80.000 efectivos para 2010, y en Bruselas y Kabul se empieza a hablar en voz baja de replegar gran parte de las tropas internacionales antes de 2014. El fruto de tal política debería ser una presencia militar internacional de bajo perfil que maximice los escasos recursos para consolidar las fuerzas armadas afganas y cumplir con los fines bélicos prioritarios.

Asimismo, una presencia militar de estas características estaría más acorde con las sensibilidades de la opinión pública española. El último barómetro del Real Instituto Elcano -en el que el 32% de los españoles cree que los soldados españoles van a Afganistán en “misión de guerra”- demuestra el creciente peligro de la percepción equívoca de que estamos ante otro Irak. La predisposición actual hacia una estrategia militar alejada de las operaciones de combate presenta una oportunidad para que España proponga un compromiso renovado desde un modelo alternativo. El despliegue de un número sustancial de equipos para la formación de militares y policías afganos enviaría un mensaje positivo tanto a nuestros aliados de la OTAN como a la opinión pública española.

Sin embargo, un traspaso de poder apresurado a las fuerzas de seguridad autóctonas conlleva sus propios peligros. Lo más preocupante es la sostenibilidad de tal proyecto (el presupuesto entero afgano depende en un 40% de fondos externos) y la reacción de sus tradicionalmente recelosos vecinos a la amenaza de un Afganistán fuertemente armado. La fragmentación que ha sufrido el país, tras años de guerras entre etnias, ha resultado un Afganistán vulnerable a la influencia de los intereses nacionales de sus vecinos, particularmente Pakistán. En este sentido, la oportunidad que presenta el recientemente elegido gobierno civil paquistaní y su disponibilidad para afrontar constructivamente la “talibanización” de las áreas fronterizas debe ser aprovechada.

Otro pilar para la estabilidad de Afganistán y la “estrategia de salida” internacional debe ser la reconciliación política. Fuentes oficiales internacionales y afganas ven la oportunidad real de cultivar las divisiones entre los talibanes afganos, que no cierran la puerta a un proceso de reconciliación, y sus socios externos cobijados en Pakistán, que no quieren oír tal cosa. La jerarquía talibán afgana ha sufrido bajas significativas en los últimos años y unos 6.000 talibanes de menor rango ya han cambiado de bando a través de un programa oficial del gobierno. Ahora faltan por desarticular redes enteras de talibanes dirigidas por comandantes de peso, esfuerzo que requiere una mayor inversión en garantías e incentivos para los desmovilizados y una cooperación más estrecha con Pakistán.

En Afganistán no se trata de fortalecer un Estado frágil, se trata de construir un Estado prácticamente desde cero. A pesar de algunas noticias contradictorias, la realidad es que la mayoría de los afganos sigue apoyando una presencia militar internacional y que el Gobierno de Kabul controla 146 de las 154 capitales de distrito del país. Desde 2001 la comunidad internacional y los propios afganos han cometido muchos errores, pero parece que se empieza a aprender de ellos. En tan significativa encrucijada, España y la comunidad internacional deben seguir apostando por el camino hacia una estrategia realista con fines políticos claros.

Mayo 29, 2008 Publicado por cienciayartes | Afganistán | | Aún no hay comentarios

Las paradojas de Iraq y Somalia

Por William R. Polk, miembro del Consejo de Planificación Política del Departamento de Estado durante la presidencia de John F. Kennedy (LA VANGUARDIA, 30/03/08):

La guerra de Iraq ha redundado en un cambio apenas considerado pero indudablemente importante en el equilibrio de poder y de las expectativas en juego. Europeos, asiáticos y africanos ya no contemplan a Estados Unidos como indiscutible líder mundial. La reserva estadounidense de buena disposición está completamente agotada. Los sondeos de opinión indican en todo el mundo una creciente desconfianza e irritación contra Estados Unidos. Los más recientes señalan que en Alemania, por ejemplo, sólo tres de cada diez personas tienen un punto de vista positivo de Estados Unidos.

Fuera de Europa, las cifras son aún más espectaculares: en Turquía, país aliado de Estados Unidos desde hace mucho tiempo, la proporción es inferior a 1. En un viaje reciente al Sudeste Asiático, pude comprobar un distanciamiento notable respecto de Estados Unidos y un acercamiento a posturas más favorables e inclinadas a la propia región.

Evidentemente, en lugares como Afganistán y Somalia las actitudes hacia Estados Unidos son más ácidas y mordaces. Todos los sondeos, así como los análisis de los observadores extranjeros, indican que lo único en que los iraquíes de cualquier facción, opinión y nivel económico coinciden es, sencillamente, en que los estadounidenses se vayan. La guerra civil que se libra en Iraq es una de las consecuencias de la destrucción del “tejido social” del país. Hecho el mal, lo cierto es que el mantenimiento de la paz ha resultado ser un objetivo imposible para los 160.000 soldados fuertemente armados a los que hay que añadir los restos de las tropas y fuerzas de seguridad iraquíes, además de unos 20.000 agentes de seguridad mercenarios. Cientos de miles de iraquíes han resultado muertos y los heridos son muchos más; aún más han perdido sus hogares y sustento. Son muy pocos los iraquíes que no han perdido un pariente, un hijo, una esposa, un primo o un vecino. Todos los observadores coinciden en afirmar que los iraquíes responsabilizan a Estados Unidos de estas desgracias.

En Afganistán y Somalia, los choques han sido comparativamente peores. La operación Libertad Duradera lanzada en octubre del 2001 cohesionó en mayor medida a los talibanes y a Al Qaeda. Los talibanes se hallan de nuevo en auge y en cuanto a Al Qaeda, nunca se le han podido parar los pies. El resto es poco y, ciertamente, de tono antioccidental: el Gobierno del presidente Hamid Karzai ha tratado de sobrevivir dando entrada a los señores de la guerra en el gobierno. Son ellos, no Karzai, los que mandan fuera del centro de Kabul. En el 2007, produjeron 8.200 toneladas de opio o, dicho de otra forma, más del 90% de la heroína del mundo. Escaso alivio encontraremos por aquellos pagos.

Si aún cabe imaginar escenario peor, es Somalia. Estados Unidos intervino primero en ese caos para echar a los señores de la guerra, como mostró la espectacular y popular película Black Hawk derribado.Los somalíes pensaban también que los señores de la guerra constituían un peligro mortal de modo que cuando los estadounidenses se fueron les echaron a su vez, con la única sustitución a la vista de los líderes religiosos. Sólo los musulmanes fundamentalistas parecían ser capaces de detener las extorsiones, violaciones y asesinatos de los señores de la guerra y la población somalí, en líneas generales, les dio su apoyo. Sin embargo, Estados Unidos los consideró parte del movimiento terrorista mundial; alentó y pagó a los etíopes para que invadieran Somalia y les expulsara del poder. La invasión en sí triunfó – momentáneamente y al precio de grandes sufrimientos humanos- provocando que los somalíes nos odien. Aún peor, la operación no ha aportado solución política alguna que quepa calificarse de duradera. La guerra no se ha ganado; en todo caso ha empeorado. Los señores de la guerra se han hecho fuertes de nuevo.

Una consecuencia de estas acciones es que Iraq, Afganistán y Somalia se han convertido ahora en escuelas de terrorismo. La guerra parece tener visos de prolongarse en estos países indefinidamente, como reconoce ahora el Departamento de Defensa estadounidense. Para decirlo sin ambages, el efecto directo de lo que antecede es un grado mayor de probabilidad de propagación e intensificación del terrorismo en el mundo. Los analistas más perspicaces comprenden que los ataques terroristas no pueden refrenarse únicamente mediante la acción militar o policial y han llegado a la conclusión de que la orientación actual de la política en esta materia motivará que tales ataques sean inevitables en los próximos años.

Abril 1, 2008 Publicado por cienciayartes | Afganistán, Somalia | | Aún no hay comentarios

Nueva maniobra en Afganistán

Por Astri Suhrke y Arne Strand —investigadores del Instituto Chr. Michelsens (CMI, Bergen)— y Kristian Berg Harpviken —investigador del Instituto para Investigación sobre la Paz (PRIO, Oslo)— (LA VANGUARDIA, 27/02/08):

E.E.UU. enviará 3.000 nuevos marines a Afganistán y presiona a otros países de la OTAN para que participen con más soldados listos para el combate. ¿Tendrá éxito una escalada militar? Las experiencias desde el 2001 son negativas, y se deben valorar ahora seriamente las alternativas a una guerra agresiva.

Las tensiones entre los miembros de la OTAN son ya perceptibles. Los países que han entrado en las zonas de conflicto más calientes en el sur – EE. UU., Reino Unido, Canadá y Países Bajos- desean que otros les acompañen. Pero Noruega, Alemania y España, de una lista más amplia, son escépticos. Es importante hacer una valoración concienzuda de las experiencias hasta la fecha, y de las alternativas.

La experiencia de acumulación de fuerzas y guerra cada vez más agresiva hasta ahora es clara pero no resulta positiva. La escalada del esfuerzo militar internacional se ha efectuado gradualmente, pero con un acusado aumento en el 2004, cuando los estadounidenses doblaron su presencia de alrededor de 8.000 soldados a cerca de 20.000. Hoy entre la OTAN y EE. UU. hay alrededor de 50.000 militares en Afganistán. Esto significa que se han triplicado las fuerzas desde el 2002, y asciende aproximadamente a la mitad de la que el ejército soviético tuvo durante la mayor parte de la guerra en los ochenta.

¿Cuál es el resultado? Los talibanes han pasado de acciones dispersas en el 2003 a convertirse en una eficaz organización guerrillera. La rebelión realmente cobró impulso en el 2005, después del incremento de EE. UU. Desde un punto de vista militar, los talibanes son la parte débil, pero tienen facilidad para aprender y usan cada vez en mayor medida la “guerra asimétrica” con acciones suicidas, bombas en las carreteras y toma de rehenes.

Cada vez que la OTAN ha enviado más fuerzas, los talibanes se han enfrentado con el desafío y lo han rechazado. El número de acciones contra fuerzas extranjeras, trabajadores de ayuda, policía afgana y otros vinculados al Gobierno ha aumentado constantemente – la última vez con un 20%- del 2006 al 2007. Los atentados con bombas suicidas han ido subiendo de 3 en el 2004, 17 (2005), 123 (2006) hasta 137 el 2007. El 2002 el número fue cero.

Geográficamente la rebelión se ha dispersado desde zonas nucleares en el sur y en el este hasta toda la mitad meridional del país. La OTAN está perdiendo terreno entre la opinión pública afgana. Un instituto con profundos vínculos con el centro del poder en Washington ha encontrado que menos de la mitad de la población en seis provincias devastadas por la guerra en el sudoeste considera positiva la presencia de la OTAN. En el país hay mucha gente que dice que la OTAN es tan responsable de bajas y daños entre los civiles como lo son los talibanes. Y las bajas civiles aumentan al ritmo de la guerra. Las Naciones Unidas estiman que se mató a más de mil civiles el año pasado.

La OTAN ha aceptado la crítica, pero, en la práctica, los resultados han sido limitados. La guerra agresiva con extenso uso de bombardeos de aviación contra un movimiento guerrillero acarrea casi inevitablemente cifras de bajas civiles, y esta organización pone énfasis todavía en los ataques de aviación para limitar sus propias bajas de soldados. El número de ataques aéreos aumentó un 20% del 2006 al 2007, en total, 2.740 vuelos. Son el doble que en Iraq el mismo año.

Pese a todo, la conclusión, según un informe del Consejo de Seguridad Nacional del presidente norteamericano en diciembre de este año, es desoladora: Estados Unidos y la OTAN están perdiendo. Ya que la escalada militar hasta ahora ha sido considerable, pero no ha ganado terreno – y en algunos campos parece haber sido contraproducente- parece imprudente continuar con la misma rutina. Más soldados occidentales y seguir una guerra agresiva probablemente sólo significarán una nueva ronda de escalada donde los talibanes siguen bien el ritmo de la OTAN. Una ampliación de la guerra a zonas fronterizas en el lado de Pakistán será sumamente problemática por la misma razón.

En su lugar, la OTAN debe hacer una valoración profunda de una serie de alternativas que han surgido en la discusión de política en Bruselas, Kabul y otras capitales, pero que hasta ahora no han sido más que ruido de fondo. Las alternativas incluyen cambiar a un planteamiento más defensivo de la guerra; afganizar la guerra armando a grupos locales que pueden funcionar como protección civil; invertir más en negociar con comandantes talibanes y vinculados a ellos en el plano local, poner énfasis en la descentralización de funciones estatales.

Ninguna de estas alternativas carece de inconvenientes. Pero una pura escalada militar no sólo es insuficiente – algo que la OTAN reconoce claramente-, sino que muy probablemente tampoco dará el resultado deseado. Los países de la OTAN que se muestran escépticos hacia una escalada militar deben, por tanto, abrir el camino para valorar un rumbo alternativo.

Febrero 29, 2008 Publicado por cienciayartes | Afganistán | | Aún no hay comentarios

Nueva maniobra en Afganistán

Por Astri Suhrke y Arne Strand —investigadores del Instituto Chr. Michelsens (CMI, Bergen)— y Kristian Berg Harpviken —investigador del Instituto para Investigación sobre la Paz (PRIO, Oslo)— (LA VANGUARDIA, 27/02/08):

E.E.UU. enviará 3.000 nuevos marines a Afganistán y presiona a otros países de la OTAN para que participen con más soldados listos para el combate. ¿Tendrá éxito una escalada militar? Las experiencias desde el 2001 son negativas, y se deben valorar ahora seriamente las alternativas a una guerra agresiva.

Las tensiones entre los miembros de la OTAN son ya perceptibles. Los países que han entrado en las zonas de conflicto más calientes en el sur – EE. UU., Reino Unido, Canadá y Países Bajos- desean que otros les acompañen. Pero Noruega, Alemania y España, de una lista más amplia, son escépticos. Es importante hacer una valoración concienzuda de las experiencias hasta la fecha, y de las alternativas.

La experiencia de acumulación de fuerzas y guerra cada vez más agresiva hasta ahora es clara pero no resulta positiva. La escalada del esfuerzo militar internacional se ha efectuado gradualmente, pero con un acusado aumento en el 2004, cuando los estadounidenses doblaron su presencia de alrededor de 8.000 soldados a cerca de 20.000. Hoy entre la OTAN y EE. UU. hay alrededor de 50.000 militares en Afganistán. Esto significa que se han triplicado las fuerzas desde el 2002, y asciende aproximadamente a la mitad de la que el ejército soviético tuvo durante la mayor parte de la guerra en los ochenta.

¿Cuál es el resultado? Los talibanes han pasado de acciones dispersas en el 2003 a convertirse en una eficaz organización guerrillera. La rebelión realmente cobró impulso en el 2005, después del incremento de EE. UU. Desde un punto de vista militar, los talibanes son la parte débil, pero tienen facilidad para aprender y usan cada vez en mayor medida la “guerra asimétrica” con acciones suicidas, bombas en las carreteras y toma de rehenes.

Cada vez que la OTAN ha enviado más fuerzas, los talibanes se han enfrentado con el desafío y lo han rechazado. El número de acciones contra fuerzas extranjeras, trabajadores de ayuda, policía afgana y otros vinculados al Gobierno ha aumentado constantemente – la última vez con un 20%- del 2006 al 2007. Los atentados con bombas suicidas han ido subiendo de 3 en el 2004, 17 (2005), 123 (2006) hasta 137 el 2007. El 2002 el número fue cero.

Geográficamente la rebelión se ha dispersado desde zonas nucleares en el sur y en el este hasta toda la mitad meridional del país. La OTAN está perdiendo terreno entre la opinión pública afgana. Un instituto con profundos vínculos con el centro del poder en Washington ha encontrado que menos de la mitad de la población en seis provincias devastadas por la guerra en el sudoeste considera positiva la presencia de la OTAN. En el país hay mucha gente que dice que la OTAN es tan responsable de bajas y daños entre los civiles como lo son los talibanes. Y las bajas civiles aumentan al ritmo de la guerra. Las Naciones Unidas estiman que se mató a más de mil civiles el año pasado.

La OTAN ha aceptado la crítica, pero, en la práctica, los resultados han sido limitados. La guerra agresiva con extenso uso de bombardeos de aviación contra un movimiento guerrillero acarrea casi inevitablemente cifras de bajas civiles, y esta organización pone énfasis todavía en los ataques de aviación para limitar sus propias bajas de soldados. El número de ataques aéreos aumentó un 20% del 2006 al 2007, en total, 2.740 vuelos. Son el doble que en Iraq el mismo año.

Pese a todo, la conclusión, según un informe del Consejo de Seguridad Nacional del presidente norteamericano en diciembre de este año, es desoladora: Estados Unidos y la OTAN están perdiendo. Ya que la escalada militar hasta ahora ha sido considerable, pero no ha ganado terreno – y en algunos campos parece haber sido contraproducente- parece imprudente continuar con la misma rutina. Más soldados occidentales y seguir una guerra agresiva probablemente sólo significarán una nueva ronda de escalada donde los talibanes siguen bien el ritmo de la OTAN. Una ampliación de la guerra a zonas fronterizas en el lado de Pakistán será sumamente problemática por la misma razón.

En su lugar, la OTAN debe hacer una valoración profunda de una serie de alternativas que han surgido en la discusión de política en Bruselas, Kabul y otras capitales, pero que hasta ahora no han sido más que ruido de fondo. Las alternativas incluyen cambiar a un planteamiento más defensivo de la guerra; afganizar la guerra armando a grupos locales que pueden funcionar como protección civil; invertir más en negociar con comandantes talibanes y vinculados a ellos en el plano local, poner énfasis en la descentralización de funciones estatales.

Ninguna de estas alternativas carece de inconvenientes. Pero una pura escalada militar no sólo es insuficiente – algo que la OTAN reconoce claramente-, sino que muy probablemente tampoco dará el resultado deseado. Los países de la OTAN que se muestran escépticos hacia una escalada militar deben, por tanto, abrir el camino para valorar un rumbo alternativo.

Febrero 28, 2008 Publicado por cienciayartes | Afganistán | | Aún no hay comentarios

The three trillion dollar war

By Joseph Stiglitz, chief economist at the World Bank and Nobel Memorial Prize for Economics in 2001 and Linda Bilmes, a lecturer in public policy at the Kennedy School of Government at Harvard University. (THE TIMES, 23/02/08):

© Joseph Stiglitz and Linda Bilmes, 2008. Extracted from The Three Trillion Dollar War, to be published by Allen Lane on February 28.

The Bush Administration was wrong about the benefits of the war and it was wrong about the costs of the war. The president and his advisers expected a quick, inexpensive conflict. Instead, we have a war that is costing more than anyone could have imagined.

The cost of direct US military operations – not even including long-term costs such as taking care of wounded veterans – already exceeds the cost of the 12-year war in Vietnam and is more than double the cost of the Korean War.

And, even in the best case scenario, these costs are projected to be almost ten times the cost of the first Gulf War, almost a third more than the cost of the Vietnam War, and twice that of the First World War. The only war in our history which cost more was the Second World War, when 16.3 million U.S. troops fought in a campaign lasting four years, at a total cost (in 2007 dollars, after adjusting for inflation) of about $5 trillion (that’s $5 million million, or £2.5 million million). With virtually the entire armed forces committed to fighting the Germans and Japanese, the cost per troop (in today’s dollars) was less than $100,000 in 2007 dollars. By contrast, the Iraq war is costing upward of $400,000 per troop.

Most Americans have yet to feel these costs. The price in blood has been paid by our voluntary military and by hired contractors. The price in treasure has, in a sense, been financed entirely by borrowing. Taxes have not been raised to pay for it – in fact, taxes on the rich have actually fallen. Deficit spending gives the illusion that the laws of economics can be repealed, that we can have both guns and butter. But of course the laws are not repealed. The costs of the war are real even if they have been deferred, possibly to another generation.

On the eve of war, there were discussions of the likely costs. Larry Lindsey, President Bush’s economic adviser and head of the National Economic Council, suggested that they might reach $200 billion. But this estimate was dismissed as “baloney” by the Defence Secretary, Donald Rumsfeld. His deputy, Paul Wolfowitz, suggested that postwar reconstruction could pay for itself through increased oil revenues. Mitch Daniels, the Office of Management and Budget director, and Secretary Rumsfeld estimated the costs in the range of $50 to $60 billion, a portion of which they believed would be financed by other countries. (Adjusting for inflation, in 2007 dollars, they were projecting costs of between $57 and $69 billion.) The tone of the entire administration was cavalier, as if the sums involved were minimal.

Even Lindsey, after noting that the war could cost $200 billion, went on to say: “The successful prosecution of the war would be good for the economy.” In retrospect, Lindsey grossly underestimated both the costs of the war itself and the costs to the economy. Assuming that Congress approves the rest of the $200 billion war supplemental requested for fiscal year 2008, as this book goes to press Congress will have appropriated a total of over $845 billion for military operations, reconstruction, embassy costs, enhanced security at US bases, and foreign aid programmes in Iraq and Afghanistan.

As the fifth year of the war draws to a close, operating costs (spending on the war itself, what you might call “running expenses”) for 2008 are projected to exceed $12.5 billion a month for Iraq alone, up from $4.4 billion in 2003, and with Afghanistan the total is $16 billion a month. Sixteen billion dollars is equal to the annual budget of the United Nations, or of all but 13 of the US states. Even so, it does not include the $500 billion we already spend per year on the regular expenses of the Defence Department. Nor does it include other hidden expenditures, such as intelligence gathering, or funds mixed in with the budgets of other departments.

Because there are so many costs that the Administration does not count, the total cost of the war is higher than the official number. For example, government officials frequently talk about the lives of our soldiers as priceless. But from a cost perspective, these “priceless” lives show up on the Pentagon ledger simply as $500,000 – the amount paid out to survivors in death benefits and life insurance. After the war began, these were increased from $12,240 to $100,000 (death benefit) and from $250,000 to $400,000 (life insurance). Even these increased amounts are a fraction of what the survivors might have received had these individuals lost their lives in a senseless automobile accident. In areas such as health and safety regulation, the US Government values a life of a young man at the peak of his future earnings capacity in excess of $7 million – far greater than the amount that the military pays in death benefits. Using this figure, the cost of the nearly 4,000 American troops killed in Iraq adds up to some $28 billion.

The costs to society are obviously far larger than the numbers that show up on the government’s budget. Another example of hidden costs is the understating of US military casualties. The Defence Department’s casualty statistics focus on casualties that result from hostile (combat) action – as determined by the military. Yet if a soldier is injured or dies in a night-time vehicle accident, this is officially dubbed “non combat related” – even though it may be too unsafe for soldiers to travel during daytime.

In fact, the Pentagon keeps two sets of books. The first is the official casualty list posted on the DOD website. The second, hard-to-find, set of data is available only on a different website and can be obtained under the Freedom of Information Act. This data shows that the total number of soldiers who have been wounded, injured, or suffered from disease is double the number wounded in combat. Some will argue that a percentage of these non-combat injuries might have happened even if the soldiers were not in Iraq. Our new research shows that the majority of these injuries and illnesses can be tied directly to service in the war.

From the unhealthy brew of emergency funding, multiple sets of books, and chronic underestimates of the resources required to prosecute the war, we have attempted to identify how much we have been spending – and how much we will, in the end, likely have to spend. The figure we arrive at is more than $3 trillion. Our calculations are based on conservative assumptions. They are conceptually simple, even if occasionally technically complicated. A $3 trillion figure for the total cost strikes us as judicious, and probably errs on the low side. Needless to say, this number represents the cost only to the United States. It does not reflect the enormous cost to the rest of the world, or to Iraq.

From the beginning, the United Kingdom has played a pivotal role – strategic, military, and political – in the Iraq conflict. Militarily, the UK contributed 46,000 troops, 10 per cent of the total. Unsurprisingly, then, the British experience in Iraq has paralleled that of America: rising casualties, increasing operating costs, poor transparency over where the money is going, overstretched military resources, and scandals over the squalid conditions and inadequate medical care for some severely wounded veterans.

Before the war, Gordon Brown set aside £1 billion for war spending. As of late 2007, the UK had spent an estimated £7 billion in direct operating expenditures in Iraq and Afghanistan (76 per cent of it in Iraq). This includes money from a supplemental “special reserve”, plus additional spending from the Ministry of Defence.

The special reserve comes on top of the UK’s regular defence budget. The British system is particularly opaque: funds from the special reserve are “drawn down” by the Ministry of Defence when required, without specific approval by Parliament. As a result, British citizens have little clarity about how much is actually being spent.

In addition, the social costs in the UK are similar to those in the US – families who leave jobs to care for wounded soldiers, and diminished quality of life for those thousands left with disabilities.

By the same token, there are macroeconomic costs to the UK as there have been to America, though the long-term costs may be less, for two reasons. First, Britain did not have the same policy of fiscal profligacy; and second, until 2005, the United Kingdom was a net oil exporter.

We have assumed that British forces in Iraq are reduced to 2,500 this year and remain at that level until 2010. We expect that British forces in Afghanistan will increase slightly, from 7,000 to 8,000 in 2008, and remain stable for three years. The House of Commons Defence Committee has recently found that despite the cut in troop levels, Iraq war costs will increase by 2 per cent this year and personnel costs will decrease by only 5 per cent. Meanwhile, the cost of military operations in Afghanistan is due to rise by 39 per cent. The estimates in our model may be significantly too low if these patterns continue.

Based on assumptions set out in our book, the budgetary cost to the UK of the wars in Iraq and Afghanistan through 2010 will total more than £18 billion. If we include the social costs, the total impact on the UK will exceed £20 billion.

Febrero 28, 2008 Publicado por cienciayartes | Afganistán, Estados Unidos, Reino Unido | | Aún no hay comentarios