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Rusia ha vuelto

Por Florentino Portero, analista del Grupo de Estudios Estratégicos GEES (ABC, 02/09/08):

TRAS años de crisis e impotencia Rusia ha renacido de la mano de Vladimir Putin, un antiguo agente del KGB que ha devuelto a su país un gobierno fuerte, si bien a costa de la incipiente democracia. El alza de los precios energéticos le ha permitido saldar una ingente deuda exterior, equilibrar las cuentas y renovar las capacidades de sus Fuerzas Armadas. Hoy Rusia exige a la sociedad internacional el reconocimiento de que es, de que vuelve a ser, una gran potencia.

La invasión de Georgia ha sido una crisis premeditada, bien pensada, ejemplarmente ejecutada y dirigida a enviar mensajes claros y contundentes en distintas direcciones. Por una parte Rusia no se resigna a aceptar la disolución de la Unión Soviética. Muchos rusos o filorusos quedaron fuera de sus fronteras, piden ser rescatados de su situación y Moscú les escucha y atiende. Abjacia y Osetia del Sur son un adelanto de lo que va a ocurrir en otros estados. No es ningún secreto, porque los dirigentes rusos llevan años anunciándolo. Por otra parte, Rusia quiere que acabemos de entender, de una vez por todas, que tiene derecho a disponer de «un área de influencia natural». Eso es lo que significa para los oligarcas rusos ser una «gran potencia»: una versión moderna de lo que fue el Imperio Ruso. Desde esta lógica los europeos no tenemos derecho a promover la democracia y el respeto a los derechos humanos en el Cáucaso y Asia Central, ni a admitir en nuestras organizaciones a estados como Georgia o Ucrania. Ya es tarde para evitar lo ocurrido con los estados bálticos, pero no están dispuestos a pasar ni un caso más.

Ni Georgia, recién invadida, ni Ucrania, amenazada con perder Crimea y cuyo presidente ha sufrido un intento de asesinato, son miembros de la Alianza Atlántica o de la Unión Europea. No tenemos ningún acuerdo de seguridad que nos obligue a ir en su defensa. Sin embargo, lo ocurrido tiene que ver con cómo hemos llevado las conversaciones con estos países sobre su ingreso en la OTAN. Los estados europeos están profundamente divididos en su visión de la política exterior. Las diferencias y el intento de ocultarlas llevan a menudo a decisiones absurdas, contradictorias y contraproducentes. No fue correcto decir a Turquía que no había obstáculo para su ingreso en la Unión para, a continuación, bloquearlo. O sí o no. De la misma forma que no se puede estar un «poquito embarazada» no se puede estar un «poquito ingresado». La respuesta a Ucrania y Georgia sobre su entrada en la OTAN fue un error. O sí o no, pero nunca sí pero ya veremos cuando, que es lo que aprobamos en Bucarest. Moscú constató nuestra división y debilidad y actuó en consecuencia.

Los análisis rusos se confirmaron al comprobar la tenue reacción ante la invasión injustificada de un estado, una democracia ansiosa de ingresar en las instituciones europeas. Francia, Alemania e Italia primaron el interés inmediato: sus negocios con Rusia son muy importantes, tanto como su dependencia energética. Una reacción firme habría llevado a una escalada que no deseaban. Estaban dispuestos a sacrificar Georgia y lo que hiciera falta con tal de garantizar el status quo. Por el contrario, el Reino Unido y los estados centro-orientales recordaron las lecciones de la historia reciente y exigieron firmeza para evitar futuros pasos en la misma dirección contra Moldavia, Ucrania, Bielorrusia… o un creciente chantaje diplomático para doblegar la voluntad europea y adaptar su acción exterior a la conveniencia rusa. Como Churchill explicó en su día no responder a tiempo supone animar a nuevas aventuras.

Aunque tarde, el Consejo Atlántico se reunió con carácter extraordinario en Bruselas para constatar que también sobre este tema los supuestos aliados disentían abiertamente. Incapaces de adoptar una posición común concluyeron en un ejercicio diplomático: reivindicaban la integridad territorial de Georgia y advertían a Rusia de que el futuro de las relaciones dependía del cumplimiento de las condiciones del alto el fuego. Rusia no invadió Georgia para volver a la situación inmediatamente anterior, más aún después de comprobar la débil presión internacional. Ya es evidente que Rusia ha violado el acuerdo y que la hábil maniobra de las diplomacias europeas sólo ha servido para ganar un par de semanas. La pelota ha vuelto a nuestro campo forzando la convocatoria de un Consejo Europeo Extraordinario.

El Consejo ha concluido reivindicando la integración territorial de Georgia y advirtiendo a Rusia de que en el futuro las relaciones no podrán desarrollarse con normalidad si continúa en la misma línea. Una repetición del fallido Consejo Atlántico extraordinario celebrado hace unas semanas. Europa no da más de sí. Esto es todo lo que es capaz de hacer ante la invasión de un estado soberano, la segregación de parte de su territorio, el intento de desestabilizar su régimen democrático y de poner fin a su acercamiento a Europa. El Consejo ha sido un nuevo ejemplo de impotencia, división y falta de perspectiva. Pero esto no es lo peor. El mensaje que se ha recibido en Moscú es que Europa está dispuesta a aceptar un área de influencia, que no estamos dispuestos a defender a Ucrania, que renunciamos a integrar estados que planteen dificultades.
La vuelta a las «estrategias de pacificación» sólo animará a Rusia a ir a más mientras la sociedad europea se divide. Las chulescas declaraciones de las autoridades rusas han dificultado a franceses, alemanes e italianos su posición en contra de una política de firmeza. El gobierno alemán ya se ha dividido en dos mientras Sarkozy se acerca a la postura británica.

El núcleo del problema es la exigencia rusa del reconocimiento de su área de influencia. Estamos ante un problema diplomático y militar, y en estas áreas debemos concentrarnos. No es cuestión de sanciones económicas, que nos dañarían a nosotros también. No tiene que preocuparnos que el Consejo no las haya aprobado. Rusia busca respetabilidad y poder y eso es lo que tenemos que negarle. Europa debe dejar de tratar a Rusia como un igual, un estado solvente con el que negociar los grandes asuntos de interés mundial o regional. Debe quedar fuera del G-8, de la Organización Mundial del Comercio y olvidarse de un Acuerdo de Asociación con la Unión. Si quiere ser tratado como un actor relevante, debe cambiar su comportamiento. El vacío es el mejor tratamiento para quien ansía deferencia.

Para evitar nuevos pasos del oso ruso conviene reforzar las relaciones con los estados amenazados y acelerar sus procesos de integración. Ése es el lenguaje que entiende Moscú, sólo así comprenderá que la campaña georgiana le ha salido mal y que ése no es el camino para defender sus intereses.

El fracaso de los tratados de la Constitución y Lisboa, el penoso papel de los destacamentos militares enviados a Afganistán y ahora la incapacidad europea para reaccionar ante la invasión de Georgia hace que la credibilidad de la dimensión internacional de la Unión se resquebraje. Sólo cabe esperar que los tres grandes -Reino Unido, Francia y Alemania- logren un entendimiento con Estados Unidos para mantener una política común y creíble que contenga el renacido expansionismo ruso. Mientras tanto Putin puede celebrar su victoria. El coste de la invasión de Georgia ha sido mínimo. Rusia vuelve a la primera línea y se dispone a mover pieza.

Septiembre 5, 2008 Publicado por cienciayartes | Abjasia, Georgia, Osetia del Sur, Rusia, conflicto territorial | | Aún no hay comentarios

Reconocimientos rusos

Por Carlos Taibo, profesor de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid. Autor de Rusia en la era de Putin, Catarata, 2006 (LA VANGUARDIA, 02/09/08):

Durante los dos últimos años no ha faltado quien ha subrayado que, pese a las apariencias, a Rusia le interesaba sobremanera el reconocimiento occidental de un Kosovo independiente. La razón era y es relativamente fácil de explicar: semejante reconocimiento debía permitir que el Kremlin moviese pieza en provecho propio en escenarios mucho más golosos para sus intereses – Kosovo queda demasiado lejos, tanto en la geografía como en la historia-, y en particular en Osetia del Sur y en Abjasia, hasta hoy en Georgia, y acaso también en la autodenominada república del Transdniestr, en Moldavia.

Claro está que el recién perfilado reconocimiento ruso de Osetia del Sur y de Abjasia puede contemplarse desde dos perspectivas muy diferentes. La primera entiende, con lógica inapelable, que es la respuesta del Kremlin al apoyo dispensado por la mayoría de las potencias occidentales, el pasado febrero, a un Kosovo independiente. En tal sentido, no pueden dejar de sorprender, por absurdas e hipócritas, las reacciones airadas que se han registrado en Washington y en varias de las cancillerías de los estados miembros de la Unión Europea. Tiene su gracia, en particular, la reacción norteamericana, empeñada en defender ahora una integridad territorial, la de Georgia, que en cambio no se postuló medio año atrás en Serbia, y firmemente indignada por la intervención rusa en el primero de esos países, como si la Casa Blanca no nos tuviese acostumbrados desde mucho tiempo atrás a agresiones militares por completo al margen de la legalidad internacional.

La otra perspectiva es, sin embargo, menos halagüeña para Moscú y recuerda que los reconocimientos de Osetia del Sur y Abjasia por el Kremlin dan al traste con una política, la rusa, que hasta ahora decía defender a carta cabal la legalidad internacional y declaraba oponerse drásticamente a cualquier suerte de secesión que no recibiese el beneplácito previo del Estado afectado. Aunque no se hayan percatado, quienes hace unos meses, y al calor del contencioso kosovar, recibieron con alegría la reacción hostil de Rusia – en buena medida los mismos que aún hoy siguen pensando que el Gobierno español postula algún saludable principio, y no confesables intereses, en relación con estos menesteres- no están precisamente de enhorabuena. Magro consuelo parece, para su posición, el recordatorio de que es harto improbable que Osetia del Sur y Abjasia disfruten de la relativa normalización que, en materia de reconocimientos, ha alcanzado Kosovo los últimos meses. No parece que esto último preocupe en demasía, con todo, en Moscú.

Así las cosas, en este caso es difícil sustraerse a una sencilla conclusión: tirios y troyanos, Rusia y las potencias occidentales, defienden sin rebozo sus intereses más obscenos y asumen, de resultas, políticas de estricta doble moral. Una de las secuelas de lo anterior es, por cierto, el hecho de que no hay ningún motivo para afirmar que muestran alguna preocupación por las causas de la democracia y de la autodeterminación. Moderadamente llamativo es, de cualquier forma, que este último principio no haya sido defendido ni por los unos ni por los otros. No se olvide al respecto que si en Kosovo se eludió la convocatoria de un referéndum de autodeterminación – y al efecto de poco vale la certificación de que estaba cantado que la mayoría de la población local se inclinaría por la secesión-, en Osetia del Sur y Abjasia antes se han esgrimido las consecuencias de la agresión militar georgiana de hace unas semanas que las presuntas querencias de los habitantes de esos dos territorios. Nadie quiere hablar, entre tanto, de la castigada Chechenia, escenario de una crudelísima represión que no parece preocupar ni a quienes defienden la secesión de Osetia del Sur y Abjasia ni a quienes se oponen a ella.

Comoquiera que unos y otros consideran – formulemos las cosas en estos términos- que al cabo lo que importa es la fuerza respectiva, ningún relieve se le asigna al eventual peso de una alegación que subraye la opción mayoritaria entre las poblaciones implicadas, tanto más cuanto que la invocación de esta última acarrearía discusiones desagradables sobre el destino que han corrido los serbios en Kosovo y los georgianos otrora residentes en Osetia del Sur y, más aún, en Abjasia (bueno es recordar que la textura de todos estos conflictos es muy diferente). A la postre lo que impera, y con descaro, son los intereses geoestratégicos y geoeconómicos de Rusia y de las potencias occidentales, en el marco de lo que se antoja un prosaico juego de poder.

Si, en suma, hay que perfilar un pronóstico de corto plazo en lo que respecta a posibles cambios – secesiones, independencias- en la Europa central y oriental, lo suyo es señalar que el único candidato sólido al efecto es la llamada república del Transdniestr, en Moldavia. Bien es verdad que en este caso las tensiones han amainado un tanto en los últimos años y la interpretación más extendida sugiere que Rusia se lo pensará dos veces antes de alentar un proceso de secesión que – no lo olvidemos- afectaría a un territorio no colindante con el suyo propio. Queda por dirimir también, es cierto, si Osetia del Sur y Abjasia porfiarán en la vía de la independencia o acabarán por integrarse, antes o después, en la Federación Rusa. Eso en lo que atañe al corto plazo, porque, los acontecimientos como vienen, nadie está en condiciones de augurar qué es lo que, en este terreno como en tantos otros, nos tiene reservado el futuro.

Septiembre 5, 2008 Publicado por cienciayartes | Abjasia, Georgia, Osetia del Sur, Rusia, conflicto territorial | | Aún no hay comentarios

¿Qué hacer con Rusia?

Por José Ignacio Torreblanca, director de la Oficina en Madrid del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores (EL PAÍS, 01/09/08):

El Consejo Europeo se reúne hoy en sesión extraordinaria para evaluar la crisis georgiana y estudiar las medidas a tomar. Se trata de una reunión forzada por el incumplimiento de los acuerdos de alto el fuego por parte de Moscú y, ante todo, por el giro cualitativo introducido por Rusia al reconocer la independencia de Abjazia y Osetia del Sur.

Lamentablemente, una vez más, la Unión Europea parece desbordada por los hechos y dividida respecto a las medidas a tomar. Los intentos de mediación anteriores a la crisis fracasaron por falta de respaldo colectivo, pero también en razón de su tibieza. Como resultado, las partes en conflicto, en lugar de recurrir a cualquiera de los múltiples mecanismos existentes para la gestión de conflictos (algunos de ellos específicos al ámbito europeo, como la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa -OSCE- o el Consejo de Europa), consideraron inevitable o incluso provechoso recurrir a medidas de fuerza unilaterales. Posteriormente, durante la crisis, la presidencia francesa, presionada por la necesidad de detener las hostilidades, pecó de ingenuidad y falta de firmeza al promover unos acuerdos ya de por sí excesivamente generosos con Moscú que, además, han sido claramente incumplidos.

Es cierto que algunos encuentran consuelo en el ridículo hecho por Washington, incapaz pese a sus inmensos recursos diplomáticos, militares y de inteligencia de prever, primero, o gestionar, después, la crisis; ello pese al intensísimo vínculo personal entre el presidente georgiano, Mijaíl Saakashvili, y la Casa Blanca. Viendo cómo la Administración de Bush protege a sus amigos, es incluso posible que algunos vecinos extraigan como lección la necesidad de diversificar algo más sus estrategias y acercarse algo más a Bruselas. ¿Pero está la UE preparada, además de para dar una respuesta coherente a corto plazo, para generar una reflexión estratégica más a largo plazo respecto a Rusia y el conjunto de países de la extinta URSS?

El acuerdo sobre las medidas más inmediatas no parece problemático. Se trataría de exigir a Rusia la retirada de sus tropas, el envío de observadores para preparar el despliegue de una misión internacional y la puesta en marcha de iniciativas de mediación entre georgianos, surosetios y abjazos. También habría que aprobar un paquete de emergencia para los más de 100.000 desplazados georgianos e iniciar de forma inmediata la reconstrucción de las infraestructuras locales. Más adelante, habría que revisar los acuerdos entre la UE y Georgia para sacar el máximo partido a sus posibilidades comerciales, financieras y de asistencia técnica. De la misma manera, la UE se verá obligada a reexaminar en profundidad sus relaciones con Ucrania, de tal manera que las autoridades de Kiev encuentren en Bruselas un apoyo sostenido para su proceso de modernización, así como un baluarte frente a las presiones y chantajes de Moscú.

Estas medidas ayudarán a la UE a elevar su perfil en la zona. Pero la verdadera discusión no es sobre Georgia, sino sobre Rusia. Putin podía haberse conformado con tomar el control de Abjazia y Osetia del Sur sin grandes alharacas, crear un hecho consumado y dejar que el tiempo jugara a su favor. Sin embargo, ha decidido deliberadamente mantener abierta la crisis tanto desde el punto de vista retórico (con referencias a la guerra fría y amenazas sobre el suministro energético) como práctico (con el reconocimiento de dos repúblicas por el precio de una y, sobre todo y de forma más grave, por la injustificada presencia de sus tropas en el puerto georgiano de Poti). Todo ello no sólo es inaceptable sino que, como se ha dicho estos días, refleja que en su afán de situar a Rusia en el siglo XXI, Vladímir Putin se está llevando a su país al siglo XIX.

El dilema es ejemplar. Por un lado, la firmeza ante Moscú, como preconizan Gordon Brown y David Miliband (secundados por escandinavos, bálticos y los nuevos miembros de Europa Central y Oriental), acentuará los sentimientos de aislamiento y humillación y alejará a Rusia de las instituciones democráticas y del orden multilateral. Pero por otro lado, contemporizar con Moscú (como parece preferirse desde París, Berlín, Madrid y Roma) e intentar aislar la crisis muy probablemente enviará el mensaje equivocado y reforzará a los que, como Putin, desprecian a la Unión Europea por considerarla una mera forma de pensamiento blando. ¿Reforma o ruptura? La vieja pregunta leninista no termina de pasar de moda. En cualquier caso, Rusia parece haber optado por la segunda opción.

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La guerra acaba en limpieza étnica

Por RODRIGO FERNÁNDEZ – Moscú – (El Pais.com, 16/08/2008)

Georgia y Rusia se han acusado mutuamente de perpetrar actos de limpieza étnica y graves abusos durante la guerra que les ha enfrentado por las regiones separatistas de Osetia del Sur y Abjazia. Human Rights Watch denunció ayer que Rusia ha empleado bombas de racimo sobre Gori y otras localidades georgianas -algo que Moscú niega- y asegura que el Kremlin y sus aliados surosetios han exagerado el número de víctimas (supuestamente, 1.600 muertos) causadas por el ataque georgiano contra Tsjivali, la capital surosetia.

Lo cierto es que una semana después del inicio del conflicto, Osetia del Sur y Abjazia han quedado completamente en manos de los separatistas y en ambas se ha producido una limpieza étnica de hecho. Miles de residentes georgianos se han visto obligados a huir, abandonándolo todo. El líder surosetio, Eduard Kokoity, ha dejado claro que impedirá que la población civil georgiana regrese a sus hogares. Los surosetios acusan a los georgianos de abusos en los primeros días del conflicto, después de que las tropas de Tbilisi se apoderaran de varias aldeas en la región separatista y atacaran la capital. La situación dio un cambio radical con la llegada del Ejército ruso. Los georgianos que no pudieron huir a tiempo de sus aldeas fueron asesinados o expulsados por los ocupantes, según acusaciones de Tbilisi, que citan el caso de la localidad de Churta.

Georgia presentó una demanda ante la Corte Internacional de Justicia en la que acusa al Kremlin de realizar una limpieza étnica contra los georgianos desde principios de los 90 en Abjazia y Osetia del Sur. Este tribunal dirime asuntos entre Estados.

Preguntado sobre qué queda en lo que antes eran enclaves georgianos dentro de Osetia del Sur, Kokoity no dudó en responder al diario Kommersant: “Nada. Hemos arrasado con todo”. Kokoity reconoce que ha habido pillaje, pero asegura que “son las consecuencias de toda guerra, de toda agresión” y agrega que trata de poner coto a estos desmanes. Esos poblados georgianos han sido liquidados y a la población civil no le permitirán regresar. “No estamos dispuestos a dejarlos volver”, dijo. Las autoridades surosetias quieren instalar en las aldeas y en las viviendas que aún quedan en pie a los osetios que emigraron en su día desde Georgia, cuando Osetia del Sur declaró su independencia. Con ello, esa región separatista, que era como un mosaico de localidades osetias y georgianas, pasa a convertirse en un territorio monoétnico.

Lo mismo sucede en Abjazia, donde la mayoría de los georgianos que todavía había en el Kodori y en la provincia de Gali huyeron ante el avance de rusos y abjazos. La ONU evacuó ayer a 700 “civiles aterrorizados”.

El Kremlin, mientras tanto, ha enviado a Osetia del Sur a un equipo de fiscales y criminólogos con la tarea de documentar “los bombardeos indiscriminados” y “las atrocidades” cometidas por los georgianos la semana pasada, que, según los rusos, han dejado 1.600 muertos. Sin embargo, Human Rights Watch y otras organizaciones han puesto en duda esa cifra dada por rusos, que estaría muy abultada.

Las muertes de civiles verificadas en Tsjivali por Human Rights Watch no superan el centenar. La experiencia de los conflictos armados indica, además, que normalmente el número de heridos supera en tres veces al de muertos. En este caso, no llegan ni a 500. A pesar de ello, el presidente ruso, Dmitri Medvédev, y los dirigentes surosetios continúan hablando del “genocidio” cometido por Georgia.

Agosto 15, 2008 Publicado por cienciayartes | Abjasia, Georgia, Osetia del Sur, Rusia, conflicto territorial, limpieza étnica | | Aún no hay comentarios

Georgia’s Recklessness

By Paul J. Saunders, executive director of the Nixon Center. He served as senior adviser to the undersecretary of state for democracy and global affairs from 2003 to 2005 (THE WASHINGTON POST, 15/08/08):

The fates of South Ossetia and Abkhazia are chief among the many issues that are still unresolved in the war between Georgia and Russia. What’s clear, however, is that Georgian President Mikheil Saakashvili ordered his country’s military to assert his authority over South Ossetia by force. American officials should reflect on the implications of Saakashvili’s behavior for U.S. policy toward Georgia, Russia and the region.

Saakashvili ordered the assault last week knowing that South Ossetia would resist, knowing that his forces would have to take on Russian peacekeepers and knowing that Moscow has been spoiling for a fight. In fact, his own government had claimed for some time that Russia was preparing to attack.

Georgia’s president clearly thought that his troops could quickly occupy South Ossetia and that Russian President Dmitry Medvedev and Prime Minister Vladimir Putin would not dare to intervene because doing so might provoke the West, especially the United States. A similar logic underlies Tbilisi’s long-term foreign policy calculations. Throughout history, weak nations with powerful neighbors have energetically sought strong allies. Serbia enlisted Russian support against the Austro-Hungarian Empire, for example, and Poland turned to Britain to deter Nazi Germany.

Saakashvili has embraced this tried-and-true strategy with gusto, sending a substantial share of the country’s small army to Iraq (from which its troops were understandably recalled in recent days) and parroting Bush administration talking points on international issues — especially on promoting democracy — more than almost any other leader worldwide.

Ultimately, however, it wouldn’t matter to Georgia’s president whether the United States was a democracy, a theocracy or ruled by Martians so long as he could use Washington to change the dynamics of Georgian-Russian relations.

Saakashvili’s recent statements demonstrate how well he has learned to push America’s buttons, probably with the help of his government’s lobbyists in Washington. In several interviews and articles, including an op-ed in yesterday’s Post, he has compared the recent Russian attack on Georgia to the Soviet invasions of Hungary, Czechoslovakia and Afghanistan. He has also invoked former president Ronald Reagan and tried to frame the war as a Russian assault on Western values. “We are attacked because we wanted to be free,” he said on CNN.

But the situation inside Georgia belies Saakashvili’s rhetorical commitment to freedom. Most glaring was his handling of opposition protests last fall. The State Department’s 2007 Human Rights Report, released just a few months ago, found “serious problems” with Georgia’s human rights record and notes “excessive use of force to disperse demonstrations”; “impunity of police officers”; and declining respect for freedom of speech, freedom of the press, freedom of assembly and political participation. Ana Dolidze, a democracy advocate and former chair of Georgia’s Young Lawyers Association, has described in detail how Saakashvili acted quickly after entering office to empower the executive branch at the expense of parliament and to strengthen the government by “stifling political expression, pressuring influential media and targeting vocal critics and opposition leaders” — including by using law enforcement agencies. Saakashvili is far from the morally pure democrat he would have the West believe he is.

Georgia’s internal realities help make clear that the fighting erupted not primarily because of what the country represents but because of its government’s actions. Tbilisi could have avoided the confrontation by deferring its ambitions to subjugate South Ossetia and pursuing them through strictly peaceful means.

Few seem to remember that the United States and Russia worked together with the Georgian opposition to ease out then-Georgian President Eduard Shevardnadze and facilitate the election that ultimately brought Saakashvili into office. Russian views of Saakashvili changed over the past five years as Moscow perceived Tbilisi to become increasingly hostile and watched Saakashvili use threats of force to topple the government of another autonomous region, Ajaria, in 2004.

None of this justifies Russia’s actions. But even if Moscow had been lying in wait for Saakashvili to provide an excuse to act, it was all the more foolish for him to do so. Regrettably, the Georgian leader has allowed Moscow to demonstrate quite clearly the limits of American interests in Russia’s immediate neighborhood. The Kremlin has much more at stake there than Washington and is willing to act decisively and with overwhelming force. Recognizing the potential global consequences of a serious break with Russia, America has not been willing to do more than provide humanitarian relief, pointedly state that U.S. forces would not protect the Georgian ports and airfields where the aid is to arrive, and dispatch Secretary of State Condoleezza Rice to the scene.

Allowing the graphic exposure of these realities is a major failure of U.S. policy that will undermine American objectives throughout the region. One hopes that in private, the Bush administration is clearly communicating to Moscow that whatever Saakashvili’s failings, the United States will not tolerate his removal by force — and telling the Georgian government that America doesn’t need reckless friends.

Agosto 15, 2008 Publicado por cienciayartes | Abjasia, Georgia, Osetia del Sur, Rusia, conflicto territorial | | Aún no hay comentarios

L’avertissement géorgien

Por Safet Kryemadhi, historien à la Haute école libre de Bruxelles (LE MONDE, 12/08/08):

Le sommet de l’OTAN à Bucarest, en avril, avait différé les candidatures de l’Ukraine et de la Géorgie à rejoindre le plan d’action préalable à l’adhésion. Plusieurs pays, menés par la France et l’Allemagne, inquiets de la réaction russe, s’étaient opposés à la volonté américaine favorable à Kiev et Tbilissi en invoquant la fragilité de ces nouvelles démocraties. Moscou avait en effet prévenu que l’entrée de ces deux pays dans l’Alliance euro-atlantique “serait une grande erreur stratégique qui aurait les conséquences les plus sérieuses pour la sécurité en Europe”.

L’avertissement a pris la forme d’une guerre ouverte dont l’Ossétie du Sud est le prétexte et le déclencheur. Cette épine dans le territoire géorgien (3 900 km2 pour 75 000 habitants) est, avec l’Abkhazie sécessionniste, un instrument de déstabilisation permanent de la petite république caucasienne de 70 000 km2. Pour rappel, les Ossètes ont toujours été loyaux et fidèles à Moscou depuis la conquête tsariste au XIXe siècle.

Staline, dont la mère était ossète, voyait dans la création de cette région, autonome en 1922, un moyen d’arrimer la Géorgie récalcitrante au pouvoir bolchevik. C’est aussi à Mozdok, dans le territoire russe d’Ossétie du Nord qu’est installé l’état-major des forces russes chargées de mettre au pas la Tchétchénie rebelle, pour laquelle Vladimir Poutine n’a pas eu la même sollicitude.

Les régions séparatistes d’Abkhazie où stationnent 2 500 soldats russes et d’Adjarie amputent encore Tbilissi des deux tiers de sa façade maritime sur la mer Noire et de ses deux principaux ports (Soukhoumi et Batoum). Durant ces dernières années, les sujets de tensions et les escarmouches avec la Géorgie se sont succédé. Tbilissi était accusée de ne pas surveiller suffisamment les gorges sauvages du Pankissi par où passaient matériel militaire et partisans tchétchènes. Contrainte d’abandonner ses bases militaires en Géorgie, dont les deux dernières devaient être évacuées à la fin de cette année, Moscou a enfin perdu son interlocuteur privilégié après la “révolution des roses” de décembre 2003. Le président démissionnaire Edouard Chevardnadze avait été le dernier ministre des affaires étrangères de l’URSS et en comprenait donc parfaitement la grammaire. Surtout, la construction de l’oléoduc Bakou-Tbilissi-Ceyhan (en Turquie), entré en activité en mai 2005 et chargé d’acheminer le pétrole du Caucase vers la Méditerranée en évitant l’Arménie, a représenté un véritable affront à la stratégie énergétique russe dans l’“étranger proche” de Moscou. Cela, malgré la multiplication des foyers de tensions et de guerre dans ce que l’expert américain Zbigniew Brzezinski nomme les “Balkans eurasiens”.

Car le tracé des nouvelles routes du gaz et du pétrole est au coeur de ce conflit rien moins qu’imprévisible. Possédant les plus grandes réserves mondiales de gaz (27 % du total), la Russie assure 40 % des importations européennes. La dépendance européenne croissante au gaz russe varie toutefois largement d’un pays à l’autre (Allemagne 43 %, France 26 %, Italie 30 %, et de presque 85 à 100 % pour certains des nouveaux Etats membres). Moscou joue habilement de ce facteur qui entrave une politique énergétique commune des pays de l’Union européenne.

La Russie a en effet programmé le redéploiement de son réseau de distribution gazier à destination de l’Europe. Le gazoduc Northstream (partenariat Gazprom-BASF-Ruhrgaz) reliera la Russie à l’Allemagne par la mer Baltique en évitant ainsi les Etats baltes et la Pologne. Le gazoduc Southstream, auquel participe le géant italien ENI, traversera la mer Noire pour atteindre la Bulgarie et se scinder en deux tronçons. C’est une riposte directe au projet euro-américain Nabucco, qui partirait d’Erzurum (Turquie), en communication avec les gazoducs de Géorgie et d’Iran, vers la Bulgarie et l’Europe centrale. Ces deux itinéraires maritimes enclaveraient en même temps l’Ukraine, noeud de l’ancien réseau de distribution soviétique, afin de peser sur les tentations atlantistes de Kiev.

Vladimir Poutine avait piloté pendant ses années au Kremlin une rude mise au pas des oligarques et une concentration des grands groupes gazier et pétrolier russes. Ils sont désormais en ordre de bataille et servent une politique extérieure de retour à la puissance. Privilégiant les accords bilatéraux, Vladimir Poutine sape insensiblement le partenariat énergétique européen. Les premières réactions diplomatiques à la guerre avec la Géorgie illustrent l’éparpillement européen. Il ne faut pas désespérer Moscou, semble-t-on signifier.

Le premier ministre russe poursuit résolument avec les moyens militaires les objectifs géopolitiques et énergétiques fixés par l’ancien président russe. Pour le malheur des peuples du Caucase.

Agosto 13, 2008 Publicado por cienciayartes | Abjasia, Georgia, Osetia del Sur, conflicto territorial, energía | | Aún no hay comentarios

Black Sea Watershed

By Ronald D. Asmus, a deputy assistant secretary of state in the Clinton administration and executive director of the Brussels-based Transatlantic Center of the German Marshall Fund of the United States and Richard Holbrooke, U.S. ambassador to the United Nations in the Clinton administration who writes a monthly column for The Post (THE WASHINGTON POST, 11/08/08):

In weeks and years past, each of us has argued on this page that Moscow was pursuing a policy of regime change toward Georgia and its pro-Western, democratically elected president, Mikheil Saakashvili. We predicted that, absent strong and unified Western diplomatic involvement, we were headed toward a war. Now, tragically, an escalation of violence in South Ossetia has culminated in a full-scale Russian invasion of Georgia. The West, and especially the United States, could have prevented this war. We have arrived at a watershed moment in the West’s post-Cold War relations with Russia.

Exactly what happened in South Ossetia last week is unclear. Each side will argue its own version. But we know, without doubt, that Georgia was responding to repeated provocative attacks by South Ossetian separatists controlled and funded by Moscow. This is a not a war Georgia wanted; it believed that it was slowly gaining ground in South Ossetia through a strategy of soft power.

Whatever mistakes Tbilisi has made, they cannot justify Russia’s actions. Moscow has invaded a neighbor, an illegal act of aggression that violates the U.N. Charter and fundamental principles of cooperation and security in Europe. Beginning a well-planned war (including cyber-warfare) as the Olympics were opening violates the ancient tradition of a truce to conflict during the Games. And Russia’s willingness to create a war zone 25 miles from the Black Sea city of Sochi, where it is to host the Winter Games in 2014, hardly demonstrates its commitment to Olympic ideals. In contrast, Moscow’s timing suggests that Putin seeks to overthrow Saakashvili well ahead of our elections, and thus avoid beginning relations with the next president on an overtly confrontational note.

Russia’s goal is not simply, as it claims, restoring the status quo in South Ossetia. It wants regime change in Georgia. It has opened a second front in the other disputed Georgian territory, Abkhazia, just south of Sochi. But its greatest goal is to replace Saakashvili — a man Vladimir Putin despises — with a president who would be more subject to Moscow’s influence. As Swedish Foreign Minister Carl Bildt pointed out Saturday, Moscow’s rationale for invading has parallels to the darkest chapters of Europe’s history. Having issued passports to tens of thousands of Abkhazians and South Ossetians, Moscow now claims it must intervene to protect them — a tactic reminiscent of one used by Nazi Germany at the start of World War II.

Moscow seeks to roll back democratic breakthroughs on its borders, to destroy any chance of further NATO or E.U. enlargement and to reestablish a sphere of hegemony over its neighbors. By trying to destroy a democratic, pro-Western Georgia, Moscow is sending a message that, in its part of the world, being close to Washington and the West does not pay.

This moment could well mark the end of an era in Europe during which realpolitik and spheres of influence were supposed to be replaced by new cooperative norms and a country’s right to choose its own path. Hopes for a more liberal Russia under President Dmitry Medvedev will need to be reexamined. His justification for this invasion reads more like Brezhnev than Gorbachev. While no one wants a return to Cold War-style confrontation, Moscow’s behavior poses a direct challenge to European and international order.

What can we do? First, Georgia deserves our solidarity and support. (Georgia has supported us; its more than 2,000 troops are the third-largest contingent in Iraq — understandably those troops are being recalled.) We must get the fighting stopped and preserve Georgia’s territorial integrity within its current international border. As soon as hostilities cease, there should be a major, coordinated transatlantic effort to help Tbilisi rebuild and recover.

Second, we should not pretend that Russia is a neutral peacekeeper in conflicts on its borders. Russia is part of the problem, not the solution. For too long, Moscow has used existing international mandates to pursue neo-imperial policies. We must disavow these mandates and insist on truly neutral international forces, under the United Nations, to monitor a future cease-fire and to mediate.

Third, we need to counter Russian pressure on its neighbors, especially Ukraine — most likely the next target in Moscow’s efforts to create a new sphere of hegemony. The United States and the European Union must be clear that Ukraine and Georgia will not be condemned to some kind of gray zone.

Finally, the United States and the European Union must make clear that this kind of aggression will affect our relations and Russia’s standing in the West. While Western military intervention in Georgia is out of the question — and no one wants a 21st-century version of the Cold War — Moscow’s actions cannot be ignored. There is a vast array of political, economic and other areas in which Russia’s role and standing will have to be reexamined. Moscow must also be put on notice that its own prestige project — the Sochi Olympics — will be affected by its behavior.

Weak Western diplomacy and lack of transatlantic unity failed to prevent an avoidable war. Only strong transatlantic unity can stop this war and begin to repair the immense damage done. Otherwise, we can add one more issue to the growing list of this administration’s foreign policy failures.

Agosto 13, 2008 Publicado por cienciayartes | Abjasia, Georgia, Osetia del Sur, Rusia | | Aún no hay comentarios

Putin Makes His Move

By Robert Kagan, a senior associate at the Carnegie Endowment for International Peace who writes a monthly column for The Post. His most recent book is The Return of History and the End of Dreams. He served in the State Department in the Reagan administration (THE WASHINGTON POST, 11/08/08):

The details of who did what to precipitate Russia’s war against Georgia are not very important. Do you recall the precise details of the Sudeten Crisis that led to Nazi Germany’s invasion of Czechoslovakia? Of course not, because that morally ambiguous dispute is rightly remembered as a minor part of a much bigger drama.

The events of the past week will be remembered that way, too. This war did not begin because of a miscalculation by Georgian President Mikheil Saakashvili. It is a war that Moscow has been attempting to provoke for some time. The man who once called the collapse of the Soviet Union “the greatest geopolitical catastrophe of the [20th] century” has reestablished a virtual czarist rule in Russia and is trying to restore the country to its once-dominant role in Eurasia and the world. Armed with wealth from oil and gas; holding a near-monopoly over the energy supply to Europe; with a million soldiers, thousands of nuclear warheads and the world’s third-largest military budget, Vladimir Putin believes that now is the time to make his move.

Georgia’s unhappy fate is that it borders a new geopolitical fault line that runs along the western and southwestern frontiers of Russia. From the Baltics in the north through Central Europe and the Balkans to the Caucasus and Central Asia, a geopolitical power struggle has emerged between a resurgent and revanchist Russia on one side and the European Union and the United States on the other.

Putin’s aggression against Georgia should not be traced only to its NATO aspirations or his pique at Kosovo’s independence. It is primarily a response to the “color revolutions” in Ukraine and Georgia in 2003 and 2004, when pro-Western governments replaced pro-Russian ones. What the West celebrated as a flowering of democracy the autocratic Putin saw as geopolitical and ideological encirclement.

Ever since, Putin has been determined to stop and, if possible, reverse the pro-Western trend on his borders. He seeks not only to prevent Georgia and Ukraine from joining NATO but also to bring them under Russian control. Beyond that, he seeks to carve out a zone of influence within NATO, with a lesser security status for countries along Russia’s strategic flanks. That is the primary motive behind Moscow’s opposition to U.S. missile defense programs in Poland and the Czech Republic.

His war against Georgia is part of this grand strategy. Putin cares no more about a few thousand South Ossetians than he does about Kosovo’s Serbs. Claims of pan-Slavic sympathy are pretexts designed to fan Russian great-power nationalism at home and to expand Russia’s power abroad.

Unfortunately, such tactics always seem to work. While Russian bombers attack Georgian ports and bases, Europeans and Americans, including very senior officials in the Bush administration, blame the West for pushing Russia too hard on too many issues.

It is true that many Russians were humiliated by the way the Cold War ended, and Putin has persuaded many to blame Boris Yeltsin and Russian democrats for this surrender to the West. The mood is reminiscent of Germany after World War I, when Germans complained about the “shameful Versailles diktat” imposed on a prostrate Germany by the victorious powers and about the corrupt politicians who stabbed the nation in the back.

Now, as then, these feelings are understandable. Now, as then, however, they are being manipulated to justify autocracy at home and to convince Western powers that accommodation — or to use the once-respectable term, appeasement — is the best policy.

But the reality is that on most of these issues it is Russia, not the West or little Georgia, that is doing the pushing. It was Russia that raised a challenge in Kosovo, a place where Moscow had no discernible interests beyond the expressed pan-Slavic solidarity. It was Russia that decided to turn a minor deployment of a few defensive interceptors in Poland, which could not possibly be used against Russia’s vast missile arsenal, into a major geopolitical confrontation. And it is Russia that has precipitated a war against Georgia by encouraging South Ossetian rebels to raise the pressure on Tbilisi and make demands that no Georgian leader could accept. If Saakashvili had not fallen into Putin’s trap this time, something else would have eventually sparked the conflict.

Diplomats in Europe and Washington believe Saakashvili made a mistake by sending troops to South Ossetia last week. Perhaps. But his truly monumental mistake was to be president of a small, mostly democratic and adamantly pro-Western nation on the border of Putin’s Russia.

Historians will come to view Aug. 8, 2008, as a turning point no less significant than Nov. 9, 1989, when the Berlin Wall fell. Russia’s attack on sovereign Georgian territory marked the official return of history, indeed to an almost 19th-century style of great-power competition, complete with virulent nationalisms, battles for resources, struggles over spheres of influence and territory, and even — though it shocks our 21st-century sensibilities — the use of military power to obtain geopolitical objectives. Yes, we will continue to have globalization, economic interdependence, the European Union and other efforts to build a more perfect international order. But these will compete with and at times be overwhelmed by the harsh realities of international life that have endured since time immemorial. The next president had better be ready.

Agosto 13, 2008 Publicado por cienciayartes | Abjasia, Osetia del Sur, Rusia, conflicto territorial | | Aún no hay comentarios

Primer aviso caucásico

Por Daniel Reboredo, historiador (EL CORREO DIGITAL, 11/08/08):

Era un acontecimiento anunciado. Georgia y más concretamente sus dos repúblicas separatistas de Osetia del Sur y Abjasia son una caldera hirviendo en la que EE UU y Rusia están echando un pulso de incierto resultado. Incertidumbre que desaparece al considerar los sufrimientos que el enfrentamiento bélico traerá y que son una obviedad como en cualquier conflicto cuando las armas son las que mandan. Las escaramuzas constantes de los aviones espías, las declaraciones más o menos incendiarias y el espíritu de enfrentamiento han dado lugar al bombardeo días atrás de la capital de Osetia del Sur, Tsjinvali, por aviones georgianos, a modo de preludio de la inmediata invasión terrestre de la república separatista que incluye las zonas montañosas de las regiones históricas georgianas de Imereti, Racha y Shida Kartli en las que se instalaron osetas procedentes del Cáucaso norte.

La historia reciente de Osetia del Sur (República Autónoma de Osetia en 1918 y región autónoma de Osetia del Sur en 1922) nace el 10 de noviembre de 1989 cuando el Congreso de Diputados Populares de la región la proclamó República Autónoma dentro de Georgia, lo que el Parlamento de Georgia declaró anticonstitucional. Diez meses más tarde, el 20 de septiembre de 1990, los osetas anunciaron la creación de la República soberana de Osetia del Sur, algo que el Parlamento de Georgia rechazó el 10 de diciembre para iniciar, un día más tarde, los enfrentamientos y el estado de excepción en la república. Estos enfrentamientos dieron paso a una verdadera guerra, desde enero de 1991, en la que murieron casi dos mil personas y en la que los separatistas manifestaron su deseo de unirse a Osetia del Norte y a Rusia, lo que el referéndum de 13 de noviembre de 2006, declarado ilegal por Georgia, ratificó con unos porcentajes del 99%.

El Acuerdo de Dagomis (14 de julio de 1992), entre Georgia y Rusia, autorizó el despliegue en la zona de fuerzas de paz, iniciándose un período en el que los osetas crearon un ejército similar y equiparable al georgiano. La calma, a pesar de las habituales escaramuzas entre las partes, se ha roto después de lo acaecido en los pasados días. El imparable avance georgiano y su rápida llegada a Tsjinvali ha obligado a los osetas (dirigidos por Eduard Kokoiti), todos con ciudadanía rusa, a pedir ayuda a Rusia que, a través del presidente del Parlamento, Borís Gryzlov, ha manifestado que protegerá a sus compatriotas. Mientras tanto, voluntarios rusos de Osetia del Norte y de Abjasia se han sumado a las fuerzas armadas osetas para contrarrestar la operación militar georgiana, cuya finalidad es «restaurar el orden constitucional», tal y como manifestó el presidente de Georgia, Mijail Saakashvili.

Aunque la República de Georgia no parece tener una gran importancia global (percepción errónea), EE UU ha invertido miles y miles de dólares en adiestrar y armar a su ejército, a la par que apoya sin duda alguna a un autoritario presidente que es una pieza clave para que el anillo de hierro de la OTAN cierre aún más a Rusia. Desde la disolución del Pacto de Varsovia en 1991, todos sus antiguos miembros y ex Estados de la URSS han sido tentados para formar parte de la organización militar occidental. Pero el interés no es sólo militar, ya que la región es de gran interés para los norteamericanos, al igual que para Rusia, al ser un enclave estratégico de primer orden y al pasar por allí importantes rutas de transporte energético (oleoducto caspio anglo-estadounidense desde Bakú en Azerbaiyán, pasando por Georgia al puerto turco de Ceyhan; gasoducto Bakú-Tbilisi-Erzurum que tantos beneficios da a Azerbaiyán).

Todo el Cáucaso está en los planes de control de Eurasia que estadounidenses y rusos quieren desarrollar y, por supuesto, protagonizar. Pero el problema secesionista de Osetia del Sur y de Abjasia no se resuelve a cañonazos, ni echando gasolina al fuego. Claro que cuando observamos comportamientos como los que han llevado a la independencia a Kosovo, entendemos lo que es la política internacional y su doble rasero. EE UU, gran paladín kosovar, podría hacer lo propio con Osetia del Sur y Abjasia. Sería igual de justo o de demencial. ¿Por qué un caso sí y los otros no? Rusia no siempre tiene la culpa de todo, aunque vele también por sus intereses que, en la mayoría de los casos, están más alejados de nosotros que los norteamericanos. En cualquier caso, las reflexiones anteriores nos sirven para recordar que estamos en el primer capítulo de lo que podríamos denominar de forma grandilocuente ‘las nuevas guerras caucásicas’, en las que repúblicas como la hoy olvidada Chechenia, Daguestán e Ingushetia pueden ser protagonistas de la tensión en el Cáucaso.

Agosto 13, 2008 Publicado por cienciayartes | Abjasia, Georgia, Osetia del Sur, Rusia, conflicto territorial | | Aún no hay comentarios

"Si Kosovo puede ser independiente, Abjazia también"

Por PILAR BONET – Sujumi – (El País.com, 07/05/2008)

La región separatista de Abjazia, una paradisíaca zona fronteriza con Rusia a las orillas del mar Negro, es el escenario de un conflicto que puede tener graves secuelas internacionales. Su presidente, Serguéi Bagapsh, rechaza la convivencia con Georgia en un mismo Estado y asegura en una entrevista con EL PAÍS que, a no ser que el mundo reconozca a Abjazia como país independiente, las tropas pacificadoras rusas permanecerán aquí para protegerla. En este último caso, Bagapsh ofrece bases y un tratado militar a Rusia.

La alternativa para Abjazia, según su líder, está entre un Estado neutral y desmilitarizado con garantías internacionales, incluidas las de los países de la OTAN, o su transformación en un bastión militar de Rusia, sin garantías de reconocimiento. Aunque cueste creerlo, al formular la primera opción, Bagapsh pareciera estar pidiendo ayuda a Occidente para llevarla a cabo, y, al esbozar la segunda, temer adentrarse en una senda plagada de peligros.

El pueblo abjazo está entre dos memorias históricas traumáticas. Por una parte, la guerra del Cáucaso, que obligó a las tribus locales a exiliarse en Turquía en 1864 cuando el imperio ruso concluyó la anexión de su territorio. Por la otra, la difícil relación con Georgia, sobre todo durante el estalinismo, que degradó a Abjazia de república en 1921 (la misma categoría de Rusia o Georgia al desaparecer la URSS) a autonomía subordinada a Tbilisi en 1931, además de represaliar a su élite y emprender una política de asimilación cultural con el asentamiento de georgianos.

“Queremos un Estado de derecho, independiente y democrático”, afirma Bagapsh, que fue elegido presidente de Abjazia en 2004 en liza con otro candidato apoyado por Rusia. Kosovo fue un “impulso” que demostró que la desintegración de Yugoslavia no había concluido. Tampoco la URSS se ha desintegrado del todo. “Si Kosovo puede ser independiente, Abjazia también”, afirma.

Hoy ni siquiera Rusia reconoce a Abjazia. “No queremos que Moscú nos reconozca a pesar de EE UU para vengarse por el reconocimiento de Kosovo. Queremos la independencia porque es nuestro derecho. La hemos merecido. Fuimos un Estado independiente. Si logramos el reconocimiento, seremos un país desmilitarizado y, con las garantías de las grandes potencias, aquí no habrá armas ni unidades militares”, afirma. Si no, Abjazia tendrá que confiar en la protección de Rusia y Bagapsh prefiere esto último a someterse a Georgia. El precio es servir a los intereses geoestratégicos de Moscú. “A Rusia le interesa la salida al mar que suponen nuestros 240 kilómetros de costa. Por eso, Georgia debe reflexionar y debe reconocer a Abjazia como país neutral y desmilitarizado”, afirma.

Bagapsh considera que Georgia “es un Estado agresivo al que Europa ha armado hasta los dientes. Y eso es muy malo. Grecia, Ucrania, Turquía, los instructores turcos y norteamericanos han armado a Georgia. Grecia le da barcos; Bulgaria, armas y, cuando se arma a los georgianos, hay que pensar hacia dónde van a disparar, y van a dispararnos a nosotros”, señala.

“Los pacificadores rusos no se irán de Abjazia. La fórmula cambiará y será objeto de conversaciones con Moscú. Por ejemplo, un tratado militar para que haya aquí soldados y bases rusas mientras la situación no se tranquilice en Georgia”. Bagapsh se refiere a “bases en el mar Negro y en tierra”. “La URSS tuvo una base marítima en Ochamchira y otra en Gudaúta, con un aeródromo muy bueno. Hoy ahí están nuestras fuerzas armadas. Le hicimos una propuesta a Rusia y le dijimos que en caso de necesidad estamos dispuestos a facilitar esas bases”, explica. No cree Bagapsh que la situación cambie con la presidencia de Dmitri Medvédev en Rusia. “Si EE UU tiene intereses nacionales y geopolíticos en Kirguizistán, ¿por qué no va a tener Rusia sus intereses en Abjazia que es fronteriza con Sochi, su capital meridional? Rusia no quiere tener soldados de la OTAN a 15 kilómetros de Sochi”.

En el ámbito económico, Rusia está dispuesta a transformar a Abjazia en una zona de servicios para los Juegos de invierno de Sochi en 2014, instalar allí fábricas de cemento y residencias para miles de obreros. Abjazia le ofrece un aeropuerto de emergencia, el de Sujumi, donde hoy no se vuela debido a las regulaciones internacionales sobre la zona de conflicto.

Mayo 6, 2008 Publicado por cienciayartes | Abjasia | | Aún no hay comentarios