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Guerra en Georgia

Por Pascal Boniface, director del Instituto de Relaciones Internacionales y Estratégicas de París. Traducción: José María Puig de la Bellacasa (LA VANGUARDIA, 19/08/08):

La mayoría de comentarios de los medios de comunicación occidentales sobre el conflicto que opone Georgia a Rusia a propósito de Osetia del Sur dibujan un enfrentamiento desigual entre una gran potencia y un pequeño país democrático que merece una respuesta solidaria.

Las cosas son seguramente un poco más complicadas, más allá de la valoración del carácter del régimen georgiano.

Si bien es verdad que desde hace tres o cuatro años se asiste a un regreso con brío de Rusia a la escena internacional y Moscú emplea crecientemente un lenguaje de fuerza, es realmente Georgia la que tomó la iniciativa de desencadenar las hostilidades lanzando un ataque contra los separatistas osetios el mismo día de la apertura de los Juegos Olímpicos.

El presidente Saakashvili ha cometido un grave error de análisis. Ciertamente se las ha arreglado para consolidar su poder interno galvanizando la unión nacional. Sin embargo, ¿esperaba que Moscú no reaccionara? ¿Confiaba en que en caso contrario contaría con un respaldo firme de sus aliados occidentales, con Estados Unidos a la cabeza? ¿Quería obligar a Washington a actuar a su pesar aprovechando los últimos meses de la presencia de George W. Bush en la Casa Blanca?

No era menester ser un gran experto para saber que el Kremlin no se sentiría suficientemente impresionado por la tregua olímpica como para permitir que las fuerzas georgianas reconquistaran Osetia: habría sido una enorme confesión de debilidad que el nuevo presidente Medvedev no podía ni quería permitirse. Rusia había lanzado advertencias suficientemente numerosas como para disipar cualquier ilusión o espejismo. La correlación de fuerzas militares se inclina indiscutiblemente en favor de Moscú, sabiamente consciente de que en el peor de los casos los países occidentales respaldarán moralmente a Tiflis pero evitarán cuidadosamente involucrarse directamente en el plano militar, postura que les enfrentaría a Rusia.

Lo más previsible, en consecuencia, es que el control directo de Rusia o bien por aliados interpuestos sobre Osetia o sobre la otra región separatista georgiana Abjasia se reforzará especialmente. Cabe preguntarse si el gesto irreflexivo del presidente Saakashvili anuncia el final de las esperanzas de ver restablecida la soberanía georgiana en estos territorios. Los países occidentales alegarán indudablemente la necesidad de respetar la integridad territorial de Georgia. Pero, aparte de que no disponen de instrumento específico alguno para imponerla a Rusia, esta última cuidará de recordar en todo momento que tal principio no se juzgó sacrosanto en el caso de Serbia cuando la mayoría de ellos reconocieron la independencia de Kosovo.

Georgia puede asimismo ir arrinconando su sueño de ser admitida en el seno de la OTAN. Desde luego, podrá afirmar que la amenaza rusa que invoca desde hace mucho tiempo para justificar el ingreso en la Alianza Atlántica ha resultado ser muy tangible. Sin embargo, mediante su iniciativa el presidente georgiano no ha incrementado indudablemente los deseos de algunos países miembros de la Alianza de admitir en su seno a un país capaz de desencadenar un conflicto armado con Rusia.

La guerra ha regresado aparatosamente a Europa. No obstante, y aunque lo peor no debe descartarse nunca, este conflicto debería poder solucionarse a través de una mediación internacional plausiblemente en términos mucho más próximos a los deseados por Moscú que por Tiflis. Los rusos no han desdeñado la oportunidad de mostrar a las claras que su declive estratégico de los años noventa (mientras asistían impotentes a las sucesivas ampliaciones de la OTAN y a la guerra de Kosovo) ha terminado. Ya no están a la defensiva en ese plano estratégico y rechazan los razonamientos morales que califican de geometría variable de los occidentales.

Agosto 20, 2008 Publicado por cienciayartes | Georgia, Osetia del Sur, Rusia, conflicto territorial | | Aún no hay comentarios

De Praga a Gori

Por Antonio Elorza, catedrático de Pensamiento Político de la Universidad Complutense (EL CORREO DIGITAL, 19/08/08):

El viejo topo tiene a veces ocurrencias macabras. ¿Quién le iba a decir a Stalin que el más fiel de sus sucesores políticos bombardearía Gori, la que fue su ciudad natal? Y sobre todo, ¿quién podía suponer que una insensata y también brutal acción del presidente de Georgia, Saakashvili, haría posible que casi cuarenta años día por día después de la ocupación militar de Praga, el 20 de agosto de 1968, Rusia tuviera ocasión de invadir otro país soberano?

Más allá de las coincidencias, no faltan elementos de continuidad y de ruptura. ¿Rupturas? La más notable es la diferencia entre lo sucedido en Praga, una crisis interior del mundo comunista, donde las potencias occidentales tuvieron buen cuidado de no ofrecer pretextos a Moscú para sacar sus tanques, y la gestación del desastre de Osetia. Parece absurdo pensar que Estados Unidos animase a Saakashvili a dar su salto en el vacío, en la creencia de que Putin iba a aceptar el hecho consumado. Pero sí hay que cargar en la cuenta de Bush la responsabilidad última de lo ocurrido en su enésimo error estratégico, que además en este caso ha consistido en una cadena de disparates.

El primero, el espectáculo de su visita a Tiflis en 2005, ensalzando al dudoso demócrata que es Saakashvili para empujarle a formar parte de lo que Putin estima que es un cerco militar a Rusia. Nada mejor para que el líder ruso decidiera hacer todo lo posible en lo sucesivo para evitarlo y, si había ocasión, darle el castigo debido a Georgia, como lo habría hecho el «maravilloso georgiano».

El segundo, compartido por otros países europeos, el apoyo a la independencia de Kosovo, con total ignorancia de lo que representa históricamente Serbia para Rusia y de la humillación que supuso para Putin ver ignoradas todas sus advertencias sobre el tema. Consecuencia en que coincide la práctica totalidad de los observadores: si la OTAN se salta todos los acuerdos internacionales y los derechos de los serbios de Mitrovica en Kosovo, ¿por qué no hacer lo mismo en Georgia? Dicho con una expresión castiza, Bush y quienes le siguieron, la UE, han puesto de relieve en el asunto de Kosovo que no ven un palmo más allá de sus narices.

El tercero y más inexplicable, cuando Bush se encuentra al lado de Putin en Pekín, y tiene conocimiento tanto de la invasión georgiana como de la pronta respuesta rusa, no se le ocurre otra cosa que charlar con Putin -¿de qué, de las hazañas previsibles de Phelps?- y hacer una declaración a favor de la integridad territorial de Georgia, provocación inocua, en vez de comprometerse con Putin a que sería él quien intervendría de inmediato para lograr que Saakashvili cortase de cuajo su agresión, pues no otra cosa es afirmar un derecho a cañonazos. A estas alturas, ¿no se ha enterado Bush de la desproporción de recursos militares entre Rusia y Georgia, y de cómo Putin aplastó a los rebeldes chechenos, sin detenerse ante la comisión sistemática de crímenes contra la Humanidad? Después del éxito que tuvo al recuperar un pedacito de Abjazia en 2006, sin darse cuenta de que ahora Osetia del Sur estaba prácticamente ocupada y tenía frontera inmediata con Rusia, ¿no pensó Saakashvili que iba directo al suicidio? Un suicidio a costa de sus ciudadanos y de los osetios: los miles de refugiados hacia el norte del primer día no engañan. Son cuestiones que, como el grado de violencia utilizada por los georgianos en la toma de la capital osetia, esperan todavía un análisis para fijar las innegables responsabilidades.

En suma, una vez más, las decisiones de Bush en política exterior han tenido un grave efecto bumerán para los intereses de su país y de todo Occidente. Fue la ocasión óptima que Putin esperaba para ajustarles las cuentas a los georgianos por su deriva hacia la OTAN y lo ha hecho aplicando la ley del Talión: Gori ha pagado por Tsijnvali. El vocabulario utilizado por Putin y ’su’ presidente muestra hasta qué punto su posición respecto de Estados Unidos es antagónica: las referencias al «genocidio» cometido y a la criminalidad de Saakashvili, nuevo Sadam Hussein, eran miméticas respecto de los argumentos utilizados por Bush para la invasión de Irak. En buen heredero de Stalin, para Putin las normas internacionales -respeto de la soberanía de los Estados y a la vida de los civiles- no cuentan cuando como en este caso surge la ocasión de aplicar la fuerza. Menos mal que la agilidad diplomática de Sarkozy, apoyándose en los argumentos esgrimidos por Putin sobre su voluntad de protección, no de conquista, ha permitido aminorar el desastre, impidiendo una ocupación total de Georgia.

Así que vuelve esa lógica de imperio por parte de Rusia, que sorprendentemente el propio Stalin asumía en los años 30 para justificar el aniquilamiento de reales y supuestos enemigos interiores: con todos sus defectos, los zares habían logrado para Rusia un inmenso territorio que a toda costa había que preservar. Tras la invasión de Checoslovaquia (agosto del 68), en las conversaciones de Moscú, Brezhnev utilizará ante Dubcek un argumento similar para legitimar aquélla: con millones de muertos, la URSS había llevado sus fronteras al centro de Europa y por nada estaba dispuesta a retroceder. En sus propias palabras, Putin se ha mostrado siempre heredero de esa visión imperial. En su calidad de miembro del KGB, asistió a la caída del muro de Berlín, que le produjo un hondo dolor, y es sabido que el desmembramiento de la URSS lo considera «una catástrofe geoestratégica» para su país. Chechenia fue el primer banco de prueba para exhibir una firmeza inexorable en esa dirección, y la victoria en la crisis de Georgia lo confirma, así como la inevitable lógica de confrontación con Occidente que bajo un liderazgo insensato le ha proporcionado, de Kosovo a Osetia, las razones para poner en marcha la resurrección de la política de Moscú interrumpida en 1989.

En vez de ensayar la integración de Rusia en un entramado común de intereses y de poder, Bush trató a Moscú como una amenaza potencial para el futuro, y por ahora, como un adversario impotente. Llegada la crisis, en términos literales, Putin estuvo así en condiciones de hacer lo que desde el principio le pedía el cuerpo (y que por otra parte tenía precedentes en los primeros 90 respecto de Georgia: sin la intervención encubierta rusa no habrían triunfado entonces las dos secesiones, la de Osetia del Sur y la de Abjazia, donde casi la mitad de la población era georgiana, más del doble de la abjazia, cosa que se olvida al hablar del tema).

Y con la lógica del imperio, vuelve también, ahora abiertamente, una política exterior de áreas de influencia y atención exclusiva al propio poder. Nada hay que esperar de Rusia en el tema del camino hacia la bomba de Irán ni, al lado aquí de China, en ninguna de las causas del tipo Birmania o Darfur, donde la afirmación de los derechos humanos pueda desembocar en cambios favorables para los intereses exteriores norteamericanos.

Sólo hay una razón para felicitarse: el próximo relevo en la presidencia de EE UU.

¡Adiós, Bush, adiós!

Agosto 20, 2008 Publicado por cienciayartes | Georgia, Osetia del Sur, Rusia, conflicto territorial | | Aún no hay comentarios

El modelo vietnamita

Por Jorge Castañeda, ex secretario de Relaciones Exteriores de México, y profesor de Estudios Latinoamericanos en la Universidad de Nueva York (EL PAÍS, 18/08/08):

Hace unas semanas, el flamante Emerging Markets Forum, dirigido por Harinder Kohli y The Centennial Group, una especie de Davos de los mercados emergentes, organizó una reunión de alto nivel en Hanoi, después de haber hecho lo mismo en España, en Uruguay y en Marruecos. Dicha reunión permitió a varios participantes, incluyendo al que escribe, formarse una idea, sin duda inicial y superficial, pero no por ello menos fascinante, del “modelo vietnamita”. Se trata, como es bien sabido, de la combinación de un férreo régimen de partido único, en el clásico estilo socialista (que va desde el mausoleo de Ho Chi Minh, idéntico a los de Lenin y Mao, hasta una prensa acrítica, oficial, y propagandista) con una economía de mercado casi salvaje, apenas regulada, pero tan boyante que le ha brindado al país casi 15 años de un crecimiento anual del 8%, y más de 18.000 millones dólares de inversión extranjera el año pasado, uno de los montos más altos del mundo con relación al PIB.

Es cierto que actualmente la economía de Vietnam atraviesa por zonas de turbulencia -un repunte inflacionario, quizá un cierto aletargamiento- pero, de todas maneras, su desempeño a lo largo de los últimos 15 años es impresionante. A ello se debe que, junto con la perpetuación en el poder del Partido Comunista, el país sea percibido por varias otras naciones que hoy se encuentran en una situación semejante a la de Vietnam hace 20 años, como un modelo digno de emular. Huelga decir que la nación más tentada por este esquema es Cuba.

Se ha mencionado repetidamente a lo largo de los últimos años que quien condujo siempre la antigua y estrecha relación de la isla con Hanoi fue Raúl Castro. Se sabe también que volvió muy entusiasmado con lo que vio, en Vietnam, durante su viaje a aquel país para asistir en abril de 2005 a los festejos conmemorativos del 30º aniversario de la toma de Saigón por los tanques del general Giap y los guerrilleros del Vietcong. Entusiasmo, por cierto, que contrasta con la reacción del hermano mayor de Raúl, quien supuestamente lamentó que los vietnamitas se hubieran vuelto revisionistas y partidarios del capitalismo. Y sobre todo es casi una perogrullada afirmar que Vietnam constituye un ejemplo mucho más adecuado y viable para Cuba que China -una analogía imposible- para salir del atolladero en el que se encuentra.

Pero el esquema vietnamita representa igualmente una opción atractiva para aquellos Gobiernos que buscan hacer negocios con La Habana y normalizar sus relaciones con ella, sin correr los riesgos que podrían implicar una exigencia de democratización: un éxodo migratorio masivo o un enfrentamiento directo. Así, reformas económicas con altos niveles de crecimiento en el horizonte, aunado a un control político total del poder y de la estabilidad por parte de las Fuerzas Armadas y del Partido Comunista, parecería ser la mezcla ideal anhelada por Raúl Castro y muchos de sus amigos y aliados, hipotéticos o reales, para la isla: he allí la tentación vietnamita.

Por desgracia, incluso un sobrevuelo breve y distante de la experiencia de Vietnam sugiere que la emulación cubana consiste probablemente en un sueño guajiro. Habría muchos factores que explicaran por qué, pero como prenda basten tres botones. En primer lugar, la sociedad vietnamita constituye un conglomerado mucho más jerarquizado, homogéneo y aislado del resto del mundo que la cubana; el país ha derrotado lo que denomina cinco ataques imperiales a lo largo de los siglos (los mongoles, los Han, de China, Francia, Estados Unidos, y de nuevo, los chinos de la República Popular), gracias a su disciplina y su sentido de sacrificio absolutamente inverosímiles.

Contrario senso, y quizá para bien, la sociedad cubana reviste exactamente los rasgos opuestos: la diversidad, el caos, el calor humano y la hospitalidad, la práctica perenne de “resolver”, y su coexistencia más o menos pacífica, durante mucho más tiempo que sus vecinos, con tres manifestaciones de dominio externo, a saber: España durante el siglo XIX, EE UU hasta 1959, y la URSS durante los siguientes 30 años. Todo ello nos conduce al segundo factor.

En Vietnam se ha consolidado la propiedad privada a lo largo y ancho de la economía. Abarca la tierra, la vivienda, los negocios pequeños y grandes, los millones de motonetas, y las decenas de millones de teléfonos celulares; en Cuba prácticamente no existe. Debido a los rasgos culturales anteriormente descritos, el pueblo vietnamita parece haber aceptado un intercambio que otros pueblos no tolerarían: el libre acceso a la propiedad privada, a múltiples bienes de consumo, y a una prosperidad relativa, sin ningún acceso a ninguna libertad de ningún tipo. A algunos cubanos quizá también les agradaría este quid pro quo, pero a muchos más tal vez no, razón por la cual, por lo menos a lo largo de los últimos dos años, Raúl Castro no se ha atrevido a permitir la propiedad privada de casi nada, por temor a perder el control del proceso sucesorio. Acaba de ofrecerle a los cubanos la oportunidad de volver al campo y recibir pequeñas extensiones de tierra en usufructo por 10 años; tierras que no pueden poseer, vender, alquilar o hipotecar. Veremos si esto seduce a alguien. Sí seduciría a muchos la plena propiedad de su casa, pequeños negocios, tierras, o un acceso generalizado a las comunicaciones, ya que tal vez decidirían conversar interminablemente con otros cubanos y venderles sus bienes a otros cubanos, también: los que residen del otro lado del estrecho de Florida.

Se trata, por supuesto, del tercer factor, y no es despreciable. La población de Vietnam alcanza 85 millones de habitantes; dos millones y medio de vietnamitas se hallan fuera de su país, muchos en EE UU, pero muchos otros repartidos por todo el mundo. Algunos quieren volver, otros no; a algunos se les permite la adquisición de propiedades en su patria anterior, a otros no; pero no representan un elemento significativo de la ecuación económica, política o internacional de su país.

En cambio, existe aproximadamente un millón y medio de cubanos en el exilio, casi todos ellos concentrados en Miami, a 150 kilómetros de La Habana; representan casi el 15% de la población cubana total, y mantienen vínculos notablemente cercanos con sus familiares en la isla, a pesar de medio siglo de dificultades y obstáculos en materia de viajes, remesas y comunicaciones.

Este exilio cubano jamás obtendrá la satisfacción de haber derrocado a Fidel Castro, pero muy posiblemente pueda disfrutar de la oportunidad de comprar un tajo considerable de su legado. Impedírselo por la fuerza probablemente resulte imposible; convencerlo por las buenas de que desista de hacerlo, o persuadir a los cubanos de la isla de no vender sus propiedades hipotéticamente recién adquiridas, también se antoja improbable. Por tanto, si Cuba persiste en seguir el camino de Vietnam, cambiando para seguir igual, quizá acabe en el peor de todos los mundos posibles: sin una verdadera economía de mercado nacional, y sin un sistema político democrático.

Agosto 18, 2008 Publicado por cienciayartes | Cuba, Vietnam | | Aún no hay comentarios

El «Coltán» del Congo: Laboratorio infernal ante la pasividad del mundo

Por Ángel Expósito Mora, director de ABC (ABC, 18/08/08):

Lo que está ocurriendo desde hace años en la República Democrática del Congo es un perfecto ejemplo del puzle imposible que lo peor de la globalización ha traído consigo. Luchas étnicas, fuerzas armadas incomprensibles, fronteras inexistentes, antiguas potencias coloniales desaparecidas, nuevas potencias sin escrúpulos, riqueza inimaginable en el subsuelo, violencia sexual y una caprichosa geografía que rodea los Grandes Lagos; es decir, todos los ingredientes para el horror ante la pasividad de esta parte del mundo a la que pertenecemos, desde donde asistimos entre ignorantes y disimulados al infierno de la región de los Kivus.

Se trata de la comarca central del Oriente congoleño, a su vez fronteriza por el Este nada menos que con Uganda, Ruanda y Burundi. Un auténtico laboratorio de todos los desastres del mundo en tan solo un par de provincias. Si alguien se puede imaginar lo peor de lo peor del ser humano, que eche un vistazo a lo que acontece en el antiguo Congo belga.

Si analizamos por partes el conflicto debemos comenzar por el principio, o lo que es lo mismo, las minas de coltán. El mineral compuesto de columbita y tantalita es el elemento clave para la construcción de videoconsolas, teléfonos móviles y misiles de última generación. Curiosa coincidencia: el componente fundamental de la PSP de nuestros hijos y de las armas más sofisticadas de nuestros ejércitos proviene del mismo lugar del mundo. Se trata de un material superconductor que se encuentra por toneladas en el subsuelo de esa parte más oriental de la R. D. del Congo. Y aquí surge la primera sorpresa para los estudiosos del fenómeno, cuando se percibe que la explotación de los yacimientos de coltán está dirigida por industriales chinos e indios. De hecho, decenas de pequeñas avionetas parten a diario de las zonas mineras hacia países limítrofes desde donde posteriormente se envía a las plantas productoras. La organización, distribución y posterior comercialización del material se realiza por empresarios provenientes de China y de la India, donde se fabrican la mayoría de los mencionados productos industriales derivados del coltán. La extracción, obviamente, corre a cargo de los varones locales en jornadas laborales de auténtica explotación, insalubridad y carentes de derecho alguno.

El colmo del descontrol económico del tesoro lo escenifica el hecho de que la fronteriza Ruanda sea uno de los mayores exportadores mundiales del preciado material, cuando de su suelo no se extrae ni un solo kilo de este mineral.

En segundo término, y junto a las comarcas mineras, proliferan decenas de grupúsculos armados y ejércitos más o menos organizados que no sólo no contribuyen a aliviar el caos, sino que, al contrario, lo alimentan hasta límites de desastre histórico. Un breve repaso por las fuerzas más representativas pone los pelos de punta: Fuerzas Armadas de la República Democrática del Congo (FARDC), o lo que es lo mismo, el ejército regular del presidente Joseph Kabila, si no fuera porque apenas cobran regularmente sus salarios y porque saquean para subsistir en las zonas de despliegue como cualquier otra banda armada. Este ejército ha sido el gran proyecto pacificador de la comunidad internacional y a la vez uno de los más sonados fracasos.

A partir de ahí, el «collage» es imposible y a cada elemento más sangriento: las Fuerzas Democráticas de Liberación de Ruanda (FDLR), soldados hutus responsables del genocidio de mediados de los noventa que están bien vistos por el régimen congoleño porque, al fin y al cabo, debilitan a la Ruanda de donde provienen; las Fuerzas Nacionales para la Liberación de Burundi (FNL), también hutus extendidos por el Kivu Sur cuya obsesión es atacar a los tutsis congoleños (banyamulengues); el Consejo Nacional para la Defensa de los Pueblos (CNDP), ejército tutsi y disidente de las Fuerzas Armadas congoleñas, al mando del mítico y descontrolado general Nkunda cuyo soporte fundamental es el régimen ruandés y las Fuerzas Democráticas Aliadas de Uganda que luchan contra su propio gobierno pero en suelo congoleño.

A los anteriores hay que unir pequeñas organizaciones que operan a modo de bandas organizadas como el Frente de Resistencia Patriótica de Ituri, el Movimiento Revolucionario del Congo, los Interhamwe y los temibles Mai-Mai que comenzaron como grupos de autoprotección y se han diseminado en infinitos grupúsculos tribales al mando de sus respectivos señores de la guerra, que han terminado horrorizando a las ONG’s que aún aguantan en la zona.

Y falta el tercer elemento, una enorme y desconocida crisis humanitaria, que surge como consecuencia de los dos elementos anteriores: el coltán y las milicias. Y es que más de 700.000 personas suponen la impresionante masa de desplazados hacia ninguna parte en poco más de un año, lo que es, a su vez, un nefasto récord en la larga lista de desastres humanitarios.

Pero lo que más llama la atención, o debería hacerlo porque en verdad no provoca la más mínima reacción, es el empleo de la violencia sexual no como arma de guerra, sino ya como costumbre local sin más.
Según Médicos Sin Fronteras, la patología más habitual es la fístula grado 3 provocada en las mujeres y niñas violadas sistemáticamente durante días. Cuentan los voluntarios que en determinadas aldeas, donde ya no quedan hombres, los grupúsculos armados o las bandas organizadas vuelven una y otra vez, acampan durante días y se entretienen violando por orden a la misma mujer durante jornadas enteras. Así, en miles de casos contabilizados e irrecuperables por los daños causados en sus cuerpos. Como conclusión, se deduce que cerca del 80 por ciento de los casos de violencia sexual que se llevan a cabo en las distintas guerras del mundo se producen en el Congo.

El colmo de los colmos es el papel que determinados contingentes de cascos azules están desarrollando en territorio congoleño, cual es el caso de indios y pakistaníes. De hecho, esta misma semana conocimos la denuncia que desde Naciones Unidas se destapó contra un destacamento de soldados indios que bajo el mando de MONUC desató una oleada de crímenes sexuales en el Kivu Norte.

Esa es otra, porque con la que está cayendo en la región, ¿cómo se explica que más de la mitad de los cascos azules allí destacados sean asiáticos o uruguayos? Por cierto, nada en contra de estos suramericanos que rescataron en sus blindados al mismísimo embajador español, Miguel Fernández Palacios, cuando hace meses fue objetivo de un ataque con granadas contra las oficinas de la Embajada española en Kinshasha.
¿A partir de ahora, qué? ¿Continuaremos desde el mundo «rico» impasibles ante lo que allí está ocurriendo? ¿Cuál es el límite de aguante de la población centroafricana? ¿No estaremos disimulando a la vez que observamos con detenimiento cómo se desarrollan los acontecimientos en el mejor laboratorio del horror imaginable en el siglo XXI? ¿Podrá hacer frente el presidente Kabila a sus disidentes?

No se trata de ser pesimista, sino realista, aunque en este caso, y una vez más, sea lo mismo. El futuro de la región de los Grandes Lagos y del Oriente de la R. D. del Congo es terrorífico porque lo peor, más allá del propio horror, es que desde aquí lo ignoramos mientras lo usamos como laboratorio de pruebas.

Si alguien tiene alguna duda, que contacte con cualquiera de los legionarios españoles que durante el período electoral sirvieron en la capital del país, en una misión arriesgadísima y difícil que, muy a su pesar, pasó sin pena ni gloria; o con nuestras monjas, misioneros y voluntarios que, sin que nadie lo sepa, se dejan lo mejor de su vida allí mismo.

Agosto 18, 2008 Publicado por cienciayartes | República Democrática del Congo, crímenes contra la humanidad | | Aún no hay comentarios

La frontera de la nueva guerra fría

Por Josep Borrell, presidente de la Comisión de Desarrollo del Parlamento Europeo (EL PERIÓDICO, 18/08/08):

¿Cómo pudo pensar Mijail Saakashvili que la Rusia de Vladimir Putin no reaccionaría al ataque de las tropas georgianas a la separatista Osetia y a la destrucción de Tsjinvali? Era minusvalorar la voluntad de Moscú de jugar fuerte como potencia militar y su rechazo a la extensión de la OTAN por su flanco sur. Y más aún tras la solución dada a Kosovo por EEUU y la UE, que Rusia ha considerado un precedente para otras situaciones más o menos parecidas.

En su respuesta al ataque georgiano contra sus protegidos osetios, el gigante militar ruso ha querido castigar a la pequeña Georgia para que sirva de aviso a todos los navegantes por las turbulentas tierras del Cáucaso sur. Y sus tropas no han aceptado un alto el fuego hasta que han conseguido crear un cinturón de seguridad al sur de Osetia y Abjasia para impedir que Georgia vuelva a las andadas.

RUSIA NO esperaba más que una ocasión, como la que le ha brindado Saakashvili para demostrar que ese gran cartel con la imagen de Putin, “nuestro protector”, que recibe al viajero al entrar en Osetia, responde a una realidad dispuesta a convertirse en acción. Y Georgia no podía esperar una respuesta parecida del otro gran cartel con la imagen de Bush, “nuestro presidente”, a la salida del aeropuerto de Tiflis.

EEUU ha hecho todo para penetrar en el continente euroasiático a través de las exrepúblicas soviéticas, y Georgia y Ucrania eran considerados en Washington como los alumnos aventajados de esa estrategia. La revolución de la rosas en el 2003, prólogo de otras revoluciones coloreadas en la región, desplazó a Georgia del área de influencia soviética encarnada por el viejo Shevardnadze, último ministro de Exteriores de la URSS, a la americana de Saakashvili, entonces joven abogado neoyorquino. Y nada desea más Georgia que ingresar en la OTAN y reforzar su alianza con EEUU, al que ha ofrecido sus soldados en Irak y su territorio para instalar el escudo antimisiles rechazado por Moscú.

Por ello, Georgia, de alguna manera, juega en la nueva geopolítica el papel de Cuba durante los enfrentamientos de la vieja guerra fría. Hoy el Cáucaso es la frontera de una nueva guerra fría que amenaza con volverse caliente.

Saakashvili puede clamar que lo ocurrido no afecta solo a Georgia, sino también a EEUU y a los valores del “mundo libre”.El discurso de Bush en Tiflis en el 2005, llamando a Georgia “faro de la libertad”, y su proximidad a la OTAN pudo hacerle creer que tenía margen de maniobra para atacar el primero. Pero por el momento solo puede esperar reacciones verbales de unos EEUU en plena campaña electoral y poco deseosos de sumar un nuevo conflicto a los dramas de Irak y Afganistán.

Esta corta pero brutal guerra en el Cáucaso muestra un nuevo fracaso de la política exterior del segundo mandato de Bush. EEUU tendrá ahora la tentación de culpar a los europeos por haber rechazado en abril un plan de acción para la entrada de Georgia en la OTAN, enviando así un mensaje de debilidad que Putin ha entendido bien. Pero, y sobre todo después de lo ocurrido, solo Europa puede tener un papel de estabilización en la región, tanto por su política de vecindad con los estados del Cáucaso como por sus relaciones económicas y energéticas con Rusia.

Así lo ha demostrado la rápida mediación de la presidencia francesa de la UE. Hará falta que la creciente dependencia europea del gas ruso –40 % de las importaciones–, pero muy diferente según los países, no debilite esta capacidad de influir. En realidad, las nuevas rutas del gas y el petróleo tienen mucho que ver con la exacerbación de conflictos que suman a sus viejas raíces históricas nuevas realidades geoestratégicas.

El oleoducto Bakú-Tiflis-Ceyhan (Turquía), que lleva el petróleo de Azerbaiyán a Europa, evitando su paso por Armenia, la gran aliada de Rusia en la región, ha constituido para esta un agravio mayor que para Polonia el gasoducto ruso-germano que pasa por el fondo del Báltico para evitar su territorio.

Así, a los problemas interétnicos se suman los de seguridad frente a la amenaza terrorista y al conflicto con Irán. Hoy, 16 años después de una independencia conquistada por la fuerza, todos los países del Cáucaso sur se enfrentan a una tensión geopolítica que suma los llamados “conflictos congelados”, entre Rusia y Georgia por Osetia y Abjasia, y del Alto Karabaj entre Armenia y Azerbaiyán, con las guerras del gas, la nueva rivalidad entre EEUU y Rusia, el proceso de adhesión de Turquía a la UE y la crisis nuclear con Irán. Todos esos países participan del mosaico de etnias y religiones de ese laberinto de la historia que es el Cáucaso sur, al que se puede llamar con razón los Balcanes euroasiáticos.

LO ÚNICO que ha impedido que ese avispero explotara en conflictos mayores ha sido su fuerte crecimiento económico, a pesar de la falta de cooperación entre los tres países, que ha impedido un mínimo de integración regional. Pero si la guerra abierta detiene la expansión económica, lo peor estará por venir.

Hoy por hoy, lo mejor que se podía esperar de los “conflictos congelados” del Cáucaso es que siguieran congelados y que la guerra fría no se volviera caliente. Para evitar más sufrimientos humanos como los causados por una guerra desatada, quizá no por casualidad, cuando el mundo occidental se va de vacaciones, se inician los Juegos de Pekín y EEUU se sumerge en su campaña electoral, hará falta un gran sentido de responsabilidad por parte de todos los que se sientan encima de ese barril de pólvora. Y la capacidad de los europeos de desempeñar el papel que la historia espera de nuestra Unión.

Agosto 18, 2008 Publicado por cienciayartes | Georgia, Osetia del Sur, Rusia, conflicto territorial | | Aún no hay comentarios

The Russians yearn for respect in the same way as a street kid with a knife

By Max Hastings (THE GUARDIAN, 18/08/08):

Seldom since the 1968 Russian invasion of Czechoslovakia has the west found itself in such a muddle as it is today about events in Georgia and South Ossetia. Among rightwingers, hawks are suddenly back in fashion, and not only in Washington. David Cameron wants Georgia admitted to Nato in quick time. Russian threats to Poland are compared to the Cuban missile confrontation.

In truth, of course, this remains a small crisis by comparison with those of the cold war, even if some of the principals, in Moscow as well as Washington, talk as if Stanley Kubrick was writing their lines. It is nonetheless a real one, because Moscow has shown its readiness to use force in its proclaimed sphere of influence.

Since the collapse of the Soviet Union, US policy in eastern Europe and beyond has sought to exploit Russian weakness to install pro-western regimes wherever fertile soil could be found. In Washington’s perception, this does not represent aggression or even unreasonable assertiveness, because its honourable objective is to replace tyranny and repression with democracy and freedom.

The Russians do not care sixpence about these fine things. They perceive only that American missiles are on their way into Poland and the Czech Republic, while Georgia is becoming a US puppet. A Russian academic living in the west inquired in my hearing a few weeks ago: “What would George Bush say if our government announced that it was installing an anti-missile system in Cuba?”

Even those of us who deplore US attempts to include Georgia and Ukraine in Nato should not lose sight of the fact that, if Moscow’s will prevails in the states around Russia’s borders, precious few human rights are likely to be available to their citizens. Thirty years ago many western Europeans were too ready to acquiesce in eastern Europe’s indefinite enslavement by the Soviet Union. In the name of “peaceful coexistence”, it was deemed prudent to allow the Poles, Czechs, East Germans, Hungarians and so on to remain, often literally, behind barbed wire.

It was one of the happiest events of the past century when the Warsaw Pact collapsed, and the nations of eastern Europe became free. Granted the problems of Romania and Bulgaria, it is astonishing how successfully the other former Soviet satellites have embraced democracy and the European Union.

Many British people are so preoccupied with the relatively minor inconveniences imposed by the EU upon this country that they ignore its triumph in bringing peace and stability to many societies that had not known these things in living memory.

Yet Russian exceptionalism persists. It remains unlikely that, in the foreseeable future, it will want to join the EU or share its values. For almost half a century, Russia saw everything through the prism of its second world war experience and that of the cold war. Today its people are obsessed with the collapse of the Soviet Union and their perceived loss of status in the world. Far from recognising this as the consequence of political and economic failure, most Russians from Putin downwards blame western malice and domestic traitors succumbing to western intrigues.

Moscow’s behaviour today should be seen not as a reflection of “oil arrogance”, though this plays a part, but of neurosis about its own weakness and failure. The Russians yearn for respect, in the same fashion as any inner-city street kid with a knife. They will become willing to play with the west by western rules only if or when they no longer perceive those rules as disadvantaging themselves. Today they cannot compete on the EU’s terms, still less those of the US, so they make up their own.

It is unnecessary for the west silently to acquiesce in the Russians’ excesses, but it must tread cautiously in the face of their sensitivities. America must stop pretending that democracy is, of itself, the answer to all the world’s ills. Washington is already learning painful lessons about this in the Muslim world. Few people doubt that, even if Russian elections are flawed, Putin’s policies command overwhelming support among his own people.

While the west can offer political and economic encouragement to nations on Russia’s borders, it is folly to go further, seeking to include them in western security organisations, or bribe them to accept US military installations. Such policies merely provoke violent Russian virility displays, to which the west can make no effective response.

Edward Lucas, an impassioned hawk, wrote before the latest Georgian imbroglio: “The west is losing the new cold war, while hardly having noticed that it has started.” The Bush administration today talks of gallant little Georgia in 2008 as if it was gallant little Poland in 1939. As so often, it draws the wrong lesson from history. Britain and France had to fight Hitler. But in September 1939 both countries found themselves in the grotesque position of having offered security guarantees to Poland, while being incapable of doing anything practical to frustrate the German invasion.

It is several bridges too far today to pretend that the west can defend Georgia, or indeed Ukraine. The only sensible advice Washington and its allies can offer their governments is to rub along as best they can with the Russians, and avoid offering them military provocations.

Appeasement gained such a bad name in the 1930s that it is sometimes forgotten, especially by Washington’s neoconservatives, that it is often indispensable. It can be defined by more honourable names. Most of the world’s problems cannot be “solved”, least of all by force of arms. They must be managed or endured, in the hope that better times will come, as they often do.

In a world which has seen within the past 20 years the peaceful transfer of power to the black majority in South Africa, as well as the peaceful collapse of the Soviet European empire, it seems absurdly pessimistic to suggest that current difficulties with Russia can be resolved only through confrontation.

American foreign policy is still cursed by post-cold war triumphalism, and aspirations to the “victory” of democracy and capitalist values, while that of Russia languishes under the stigma of defeat. These sensations inspire excessive hubris in both. If Barack Obama wins the US election, the highest hope of the rest of the world must be for a revival of traditional diplomacy, an understanding of the virtues of talking to everybody: the Iranians, the Syrians, Hamas – and the Russians. Successful diplomacy also requires recognition of banal principles of give-and-take, you-win-some-you-lose-some.

US policy towards Moscow for almost two decades has been based upon the assumption that since the Russians were losers, their wishes could be ignored or defied on every front. No useful business could result from such a posture. Putin conducts an ugly polity, and his Russia is not a place where even most successful Russians want to live. But the west will find it easier to coexist with this tormented, intransigent, melancholy and oil-rich neighbour when Russia feels comfortable with itself, not when its nose is rubbed in its long history of failure.

Agosto 18, 2008 Publicado por cienciayartes | Orden Mundial | | Aún no hay comentarios

Europe Gets Started On Quelling a Crisis

By Nicolas Sarkozy, president of France. This column is published today in the French newspaper Le Figaro (THE WASHINGTON POST, 18/08/08):

The time will come when the sequence of events and responsibilities can be established in an indisputable and impartial manner: several weeks of provocations and skirmishes along the lines separating South Ossetia from the rest of Georgia; the thoughtless Georgian military intervention in South Ossetia the night of Aug. 7-8; the brutal and disproportionate response of Russian troops, driving the small Georgian army from South Ossetia and dislodging it from Abkhazia — the other separatist province, where it had regained a foothold in 2006 — before occupying part of the rest of Georgian territory.

As the world was confronted with this outburst of violence, there were more urgent matters. As soon as hostilities broke out, France and Europe engaged in a full-fledged diplomatic effort. The first priority was to obtain a cease-fire, end the suffering of populations and stop the destruction. For that, conditions had to be created ensuring that both the Russians and Georgians would accept the cease-fire. Against the advice of many, who assured us we would fail, I and my foreign minister, Bernard Kouchner, traveled to Moscow and Tbilisi on Aug. 12, armed with proposals to convince the Russians that it was past time for them to lay down their weapons and to convince the Georgians that they had still more to lose by continuing to fight. My long conversations with Dmitry Medvedev and Vladimir Putin at the Kremlin during the day and with Mikheil Saakashvili in Tbilisi during the night finally made it possible to gain the two parties’ agreement to a six-point plan to end the crisis.

This plan did not solve everything. It did not aim to. But it did get the parties to agree to the cease-fire. The signatures of Presidents Medvedev and Saakashvili, and myself, on behalf of the European Union, allow the withdrawal of Russian forces to the positions they had held before hostilities broke out, in line with the assurances I was given by President Medvedev.

This withdrawal has to be carried out without delay. For me, this point is not negotiable. It must extend to all Russian forces that have entered into Georgia since Aug. 7. If this clause of the cease-fire agreement is not abided by rapidly and completely, I will be prompted to convene an extraordinary meeting of the European Council to decide about the consequences that should follow.

Beyond the withdrawal, much remains to be done to stabilize the situation in a lasting manner. A U.N. Security Council resolution will have to consolidate these first achievements by giving them universal legal force. International arrangements must be established to separate the parties and to verify that they are fulfilling their commitments. The international community must rally to the aid of displaced persons and refugees and help Georgia recover from the destruction. We must also determine whether Russia’s intervention was a one-time, brutal — and excessive — response, or whether it is ushering in a new hardening of Moscow’s line toward its neighbors and toward the international community, which would inevitably have consequences for its relationship with the European Union. Russia must realize that it will be all the more heeded and respected as it makes a responsible, constructive contribution to resolving the problems of our time.

But there are lessons we can draw from this crisis. First, the European Union rose to the occasion. At the behest of the French presidency, Europe put itself on the front lines from the outset of hostilities to resolve this conflict — the third on European soil since the fall of the Berlin Wall. Throughout the first phase of this latest crisis, Europe’s commitment was decisive: It was the European Union, through France, that created a space for diplomacy by quickly proposing reasonable terms for a cease-fire and rendering the political cost of pursuing war exorbitant for both parties. If our efforts finally paid off, it is because Europe — despite a few differences in tone — did not limit itself to condemnation. By choosing action and negotiation over rhetoric and mere denunciation, Europe was able to reestablish a positive balance of strength with Russia and to be heard by that country. When the house is burning, the priority is to put out the fire. Europe can be proud of this success, which proves that it can do a lot when it is motivated by a strong political will.

Second, it is notable that had the Lisbon Treaty, which is in the process of being ratified, already been in force, the European Union would have had the institutions it needs to cope with international crises: a stable president of the European Council acting in close cooperation with the heads of state and government of the most concerned states, as well as a high representative endowed with a real European diplomatic service and considerable financial means in order to put decisions into force in coordination with member states.

I remain convinced that the first mission of the European Union is to protect Europeans. This is exactly what we have been doing in sparing no efforts to calm this new conflict, the consequences of which could be catastrophic were it to prove a sign of a new Cold War.

Agosto 18, 2008 Publicado por cienciayartes | Georgia, Osetia del Sur, Rusia, conflicto territorial | | Aún no hay comentarios

Sobre el racismo en las aulas

Por Juan Goytisolo, escritor (EL PAÍS, 17/08/08):

Imaginemos un plató de televisión -no hace falta mucha imaginación para ello, lo podemos ver a diario-, en el que, con el tirón del título ¿Qué piensas de tus vecinos?, la persona invitada, consciente de su visibilidad mediática, responde a las preguntas del presentador:

“¿Te llevas bien con ellos?”.

“En general, sí”.

“¡Ah! y ¿sólo en general? ¿Alguno te fastidia en particular?”.

“Tanto como fastidiar… a veces, sí”.

“Cuenta, cuenta”.

“Bueno, con esa gente ya se sabe”.

“¿Vienen de afuera?”.

“Sí”.

“¿Qué les reprochas? ¿El ruido, la promiscuidad?”.

“El griterío que arman, no te dejan ni dormir”.

“Claro, sus fiestas”.

“Se lían a gritos hasta en la escalera”.

“Tienen muchos críos, ¿verdad?”.

“Más de la cuenta”.

Etcétera.

Trasladémonos ahora a un centro escolar en el que los alumnos de secundaria son invitados a marcar una crucecita indicativa de su apreciación positiva o negativa en una decena de casillas en las que se lee: Gitanos, Marroquíes, Judíos, Europeos del Este, Africanos, Asiáticos, Latinoamericanos, Estadounidenses…, y pongámonos en la piel de una muchacha o de un joven que, en el brete de valorar a una comunidad que tal vez desconocen, darán una respuesta basada, no ya en la experiencia propia de las aulas, sino en los prejuicios de la opinión ajena: “Esa gente no es como nosotros”, “Tiene costumbres extrañas”, “Viene de forma ilegal”… Cuanto han oído en casa, en la calle o en el metro se concreta de golpe ante la casilla en blanco.

Escribo esto a propósito del reciente estudio llevado a cabo, con las mejores intenciones del mundo, por el Observatorio de Convivencia Escolar, organismo dependiente del Ministerio de Educación, sobre el racismo y los prejuicios étnicos existentes en las aulas de toda España, y cuyas conclusiones han sido para muchos, mas no para mí, “un jarro de agua fría”.

Dejando de lado la conveniencia de tales encuestas -asunto sobre el que vuelvo luego-, sus resultados no constituyen ninguna novedad, ya que repiten los que figuraban en la realizada en la pasada década en el ámbito de la Comunidad de Madrid.

Muy poco glorioso palmarés de los prejuicios del estudiantado coincidía casi con el actual. En el primer puesto de la clasificación discriminatoria se hallaban los gitanos. En el segundo, los magrebíes; en el cuarto (¡frótense los ojos de asombro!), los judíos. Venían a continuación los iberoamericanos y africanos… El tercer lugar -cuya casilla fue borrada en la actual encuesta- correspondía (¡frotémonos de nuevo los ojos!) a los catalanes: ¡una singular manifestación de convivencia interpeninsular que nada tenía que ver por aquellas fechas con el Estatut ni con las competencias económicas reclamadas por la Generalitat!

Entendemos muy bien, por razones de elemental corrección política, que los encuestadores del Foro de Convivencia Escolar se abstuvieran de incluir la casilla correspondiente a los catalanes.

Pero entendemos menos bien algunos puntos de la encuesta y, sobre todo, su divulgación. Pues, ¿es útil escarbar en los sentimientos y pulsiones más bajos del ser humano respecto a las diferencias raciales, éticas, religiosas o sociales? La denuncia de los acosadores, tanto en las aulas como fuera de ellas, y la defensa de los acosados son un deber primordial: nos concierne a todos.

Pero preguntas de la índole “¿Te gustaría trabajar o compartir estudios con un gitano, un magrebí o un judío?” ¿ayudan a combatir la discriminación? No estoy convencido de ello. Ya que si la convivencia en las aulas con algunas de las comunidades gitanas en la encuesta puede plantear problemas que la política educativa del Estado debe resolver con la energía y serenidad que se imponen, ¿cuántos alumnos frecuentan a compañeros judíos y se inquietan ante la idea de trabajar codo a codo con ellos? Su número es insignificante: se trata de judíos mentales.

Y, sin embargo, el 56,5% del alumnado se muestra reacio a convivir con quienes sólo conoce de oídas. ¿No será entonces, me pregunto, la propia encuesta y la casilla vacía, las que activan dicho rechazo? Las estadísticas pueden ser útiles a condición de que se manejen con prudencia.

Si la bestia del racismo anida potencialmente en el ser humano, no contribuyamos a despertarla con el noble propósito de combatirla con los instrumentos que nos procuran las ciencias de la información.

El contenido de muchos espectáculos televisivos volcados en la exposición nauseabunda de lo privado en la esfera pública es un elocuente indicativo del peligro que acecha al planteamiento y la difusión de algunas encuestas que, al interpretar la realidad, consciente o inconscientemente, la deforman o alteran.

Agosto 18, 2008 Publicado por cienciayartes | Educación, racismo | | Aún no hay comentarios

¡Dejad en paz a Walesa!

Por Adam Michnik, escritor polaco. Este artículo es un resumen de otro más amplio. Traducción de Jorge Ruiz Lardizábal (EL PAÍS, 17/08/08):

Le escribo porque la mayoría silenciosa no reacciona ante la campaña de difamación contra Walesa. Me desespera que se crucifique a una persona que supo plantarse cuando la valentía costaba muy cara. Le pido que haga oír su voz”. Decidí hablar, aunque sabía que no convencería a los sabuesos que trataban de despedazar a su presa. Conozco su mentalidad, recuerdo lo que escribieron de Walesa bajo la dictadura comunista. El libro que describe los contactos de Walesa con la policía comunista no es histórico ni científico, es un acta de acusación. Pero las acusaciones no son sentencias y, menos, cuando sus autores no son honestos, no entienden la época que describen, la compleja personalidad de Walesa ni el carácter de los agentes comunistas. Walesa, obrero joven e inexperimentado, pudo cometer un error, pero como activista de los sindicatos libres, líder de la huelga de Gdansk de 1980, presidente de Solidaridad, preso de la junta de Jaruzelski, líder de la resistencia clandestina, premio Nobel de la Paz y presidente de Polonia, no fue confidente de los comunistas.

La policía quería que se creyese que era un traidor y elaboró muchos documentos falsos que afirmaban que Walesa era el confidente Bolek, que vendía a sus colegas, líder de las huelgas por orden de la policía; que echó de Solidaridad a los mejores dirigentes y reunió a su cúpula en vísperas del golpe de Jaruzelski para que los comunistas la atrapasen y encarcelasen. Me pregunto, ¿qué policía del mundo desprestigia así a su agente?

El actual presidente de Polonia, Lech Kaczynski, tampoco se creía entonces que Walesa fuese un confidente. En cierta entrevista dijo que presentía que en el pasado de Walesa había algo oscuro, pero consideraba el problema zanjado. “Yo sabía que todos teníamos debilidades y que la policía pegaba a los obreros. Pensé que algo malo pudo ocurrir, pero consideré que Walesa supo levantar la cabeza y hacerse fuerte. Desempeñó un papel singular en la historia polaca y nunca creí que fuese un confidente”. El propio Walesa escribió: “Tuve contactos con la policía y no salí limpio de aquellos contactos. Me hicieron firmar algo”. Yo me lo creo. No sé si los documentos presentados en el libro son auténticos, pero sé que los policías no escribían en sus informes lo que oían, sino lo que querían oír. Pero supongamos que los documentos dicen la verdad y Walesa, a comienzos de los años setenta, tuvo contactos con la policía. Probablemente entonces lo hubiese condenado, pero hoy no puedo tirarle la primera piedra, porque recuerdo al líder de las huelgas, fiel a la causa aunque estuvo aislado un año de sus colegas. De su actitud inquebrantable dependían la suerte de Solidaridad y la lucha clandestina.

Con su firmeza, Walesa levantó su monumento que no destruirán esos seres ruines que no saben que uno no se conoce hasta que el destino no lo pone a prueba. Por eso siempre consideraré seres mezquinos a aquellos que, creyéndose puros, gozan descubriendo los pecados ajenos. Cuando dicen que buscan la verdad, ocultan que su verdad proviene de la mentira, porque la ruindad es hermana de la mentira. Si Walesa pisó en falso en los setenta hay que compadecerle, pero si supo romper con la policía y luchar contra la dictadura, hay que rendirle homenaje. Pocos se comportaron así.

Nunca fui cortesano de Walesa, muchas veces me atacó brutalmente y yo muchas veces lo critiqué, pero siempre fue para mí especial. En él convivían el egoísmo y la sabiduría campesina con el carisma del gran tribuno. Sabía hechizar a las masas y manipular a la gente, tenía la habilidad del intrigante y la grandeza del líder de una revolución pacífica. Carecía de cultura y de conocimientos, pero sabía aprovechar los consejos de los expertos, aunque siempre desconfiaba de ellos. Yo pensaba de él: “Es un tramposo honesto, un mentiroso sincero”, pero nunca un confidente.

Cuando perdió las presidenciales de 1995 oí hablar a dos de sus amigos ya enemistados con él: “Te comportas como si fueses la viuda de Walesa”, dijo uno y el otro le respondió: “Y tú como si te hubiese dejado huérfano”. Y los dos dijeron la verdad, porque Polonia sin Walesa en la vida política era otra.

Walesa se perdió muchas veces, pero ahora se ha perdido la democracia polaca, porque permite a unos miserables que traten de destruir a una gran figura con un suceso de hace más de 30 años. Leo los textos de esos seres mezquinos y veo puños dispuestos a golpear sin compasión, y es que la dictadura es el paraíso para los criminales y la democracia, el de los seres ruines.

Esos ruines se creen que todo es válido en la lucha por el poder, que la gente carece de principios y valores, que su único móvil es el egoísmo. Creen que todos son como ellos, pero Walesa nunca fue un ser ruin.

Jaroslaw Kaczynski, hermano del presidente, dijo que el libro que denigra a Walesa golpea al establishment, pero diga lo que diga, Walesa pasará a la historia y sus difamadores serán olvidados. Así piensa el establishment polaco que cree en la libertad, la igualdad y la fraternidad, pero nunca dirá como los jacobinos: “Si no te hermanas conmigo, te mataré”. Cree en la tolerancia, el respeto por la dignidad humana, la bondad y la reconciliación y no en el odio y la revancha. Cree que los méritos se deben respetar, aunque sean de los adversarios, que la pluralidad de las razones y valores es un pilar de la democracia, que nadie dispone de la verdad absoluta y que no se delata a los compañeros, ni se patea al que yace en el suelo. Cree que los archivos de la policía comunista no pueden ser fuente de ningún saber positivo, porque están llenos de fango y mentiras. Los que se valen de esos archivos dan una victoria a la policía comunista.

Muchos de esos miserables dicen: la lucha contra el comunismo comenzó en Polonia en 2005, con el triunfo electoral de los hermanos Kaczynski. Prometieron una revolución moral y la pusieron en marcha según sus propias costumbres, declarando la guerra a todos los que tenían otras ideas o hicieron algo por la democracia, la libertad y la independencia sin deberles nada a los gemelos. Los canallas ponen la etiqueta de enemigos de la libertad de la ciencia y de la verdad a quienes les critican. Una vez me contaron que la policía comunista fabricó pruebas falsas sobre una aventura amorosa del entonces obispo de Cracovia, Karol Wojtyla, que posteriormente sería el papa Juan Pablo II. ¿Sacarán esos miserables esa “verdad” de los archivos comunistas?

Nunca pensé que, en el 25º aniversario del premio Nobel de la Paz, alguien pagaría así a Walesa lo que hizo por Polonia. Por eso, al creador de Solidarnosc, le deseo: “Que nunca te falte como bendición la maldición de tus enemigos”.

Agosto 18, 2008 Publicado por cienciayartes | Polonia | | Aún no hay comentarios

Paradojas olímpicas

Por J. M. Ruiz Soroa (EL CORREO DIGITAL, 17/08/08):

La celebración de los Juegos Olímpicos en China está provocando una curiosa serie de descubrimientos intelectuales. El primero, desde luego, el de la escasa correspondencia con la realidad del pensamiento cultural relativista tan difundido entre nosotros, ese pensamiento que proclama una radical diferencia e incomunicación de valores entre las diversas culturas del mundo. Si tal cosa fuera cierta resultaría difícil de entender el entusiasmo con que los chinos ponen en práctica un evento que fue ‘inventado’ en el corazón mismo de la cultura occidental, asumiendo sin dificultad alguna todo su significado, incluido el nacionalista y propagandístico, que conlleva. Parece que competir para exaltar el triunfo propio frente al otro es un universal antropológico (aquéllos a quienes repugna este término pueden poner aquí el de ‘común’), una pauta en la que todos los grupos étnicos se expresan con idéntico sentido y similar eficacia.

Por el contrario, los derechos de las personas a una igual dignidad se siguen considerando entre nosotros como un ‘invento occidental’ cargado de etnocentrismo, que no podría ni debería traducirse a culturas diversas. De manera que habría que respetar la privación que sufren ciertas poblaciones como una expresión de su particularismo cultural. Los orientales prefieren la fraternidad a la libertad, se llega a afirmar entre nosotros con toda tranquilidad (aunque sin explicar nunca qué es en concreto eso de la fraternidad). Curiosa actitud ésta que acepta con toda docilidad la universalización del deporte competitivo o de la economía mercantilista, y sin embargo aduce tantas (malas) razones para evitar la universalización de la dignidad del ser humano. Es el tributo que pagamos al culto idolátrico a la diferencia que se practica entre los pensadores políticamente correctos.

No menos curiosa y paradójica resulta la posición oficial del Comité Olímpico y de las autoridades de algunos países invitados a China (entre ellas las españolas) de censurar a sus atletas y prohibirles hacer cualquier manifestación o comentario político críticos (se entiende) sobre el país de acogida, bajo amenaza de mandarlos a casa de inmediato. La verdad es que en el País Vasco tenemos una larga tradición en esto de mirar para otro lado cuando vamos de fiesta o cuando acudimos al fútbol. Nunca se ha visto, en efecto, que unas ‘jaiak’ se suspendieran por el asesinato de un ciudadano, o que el Athletic guardara un minuto entero de silencio por las víctimas. Pero resulta sorprendente contemplar cómo nuestro modelo de separación entre fiesta deportiva y derechos humanos se adopta a nivel mundial. Difundimos uno de los peores aspectos de nuestra idiosincrasia.

La prédica de que política y deporte deben separarse se funda en un gigantesco equívoco, el de pensar que la política es una cuestión que se sitúa en un lugar particular y aislado dentro de la sociedad civil, que posee un ‘locus’ separado nítidamente de otros como el deporte, la familia o la economía. Y no es así, sino que la política permea y tiñe cualquier ámbito de actividad interpersonal y cualquier institución social. Tal como el movimiento feminista ha puesto de manifiesto modernamente (y antes que él hicieron ese descubrimiento los trabajadores o los esclavos), ‘lo privado es político’. Mantener esferas de actividad sociales a resguardo de la política, por mucho que se haga invocando altos ideales, no es en último término sino una forma de perpetuar un poder y unos intereses muy concretos. En este caso, el poder de un régimen autoritario chino que recuerda extraordinariamente a nuestro tardofranquismo, todo él imbuido de desarrollismo económico y autoritarismo social. Pero también el poder omnímodo y preocupante que en nuestras sociedades están usurpando los organismos rectores del deporte.

En efecto, el deporte está conformándose progresivamente en la actual sociedad como un ámbito sometido a unas reglas particulares, que instauran y administran unas instituciones de borrosa composición y más que dudoso control público, dotadas de unos particulares sistemas de justicia y sanción. Comportamientos que no se tolerarían en otros sectores de actividad, como el de prohibir a sus miembros ejercitar su derecho a la libre expresión de sus ideas, se aceptan dócilmente en el ámbito deportivo so capa de respeto a un espíritu olímpico vago y etéreo. Al igual que, so capa de acabar con la lacra del dopaje, se acepta que a los deportistas se les trate en una forma que sería inadmisible incluso en caso de delincuentes confesos.

Pero lo que resulta más sorprendente y paradójico es que nuestro propio Gobierno avale esa suspensión temporal del derecho constitucional de libre expresión de sus ideas para unos ciudadanos españoles. Que ponga entre paréntesis su propio Estado de Derecho y obligue a sus deportistas desplazados a comportarse como si fueran chinos. Es decir, como personas a las que no se reconoce ni ampara su autonomía crítica. Quienes con toda seguridad se emocionaron en su juventud viendo a los atletas negros levantar sus puños enguantados en el México de 1968 amenazan con la expulsión a quienes ahora alcen nada más que su voz para criticar una realidad china muy concreta. Incongruente. Como lo es que unos países occidentales democráticos pretendan convencer de lo valioso de su régimen político a los demás, pero al mismo tiempo estén dispuestos a conculcarlo para poder mantener fructíferas relaciones mutuas. ¿De verdad creen que así se prestigia la causa de la dignidad humana?

Agosto 18, 2008 Publicado por cienciayartes | China, derechos humanos, juegos olímpicos | | Aún no hay comentarios