Cooperación en materia de enseñanza/formación militar entre España y los Estados de Iberoamérica
Este trabajo tiene por objeto analizar un ámbito tan clave como de creciente importancia, tanto nacional como internacional, como es la cooperación en materia de enseñanza/formación militar entre España y los Estados de Iberoamérica. Para ello, tras plantear una serie de presupuestos básicos sobre los que se sustentará todo el estudio, se comenzará por presentar un diagnóstico del estado de cosas actual, tanto en lo relativo a las Fuerzas Armadas españolas como a las de los países iberoamericanos, prestando atención singular a las iniciativas, posiciones y políticas en curso en lo referente a la cooperación en enseñanza/formación militar a día de hoy. A continuación se examinarán, comparativamente, los programas que desarrollan algunos países de nuestro entorno en lo que generalmente se ha denominado como “sus zonas de influencia históricas”. Finalmente, se presentarán una serie de recomendaciones, cuantitativas y cualitativas, en aquellos puntos o aspectos en los que se identifiquen, bien deficiencias, bien posibilidades de potenciar los programas implementados, bien oportunidades de explorar (o explotar) nuevas iniciativas; guiando siempre tal empeño, además, en el expreso deseo y necesidad compartidos por el Ejecutivo y el Legislativo españoles de reforzar la cooperación entre las Fuerzas Armadas españolas y las de los países iberoamericanos.
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El nomadismo de las palabras
En un sagaz comentario, el escritor Juan Goytisolo criticó hace años la idea de que los seres humanos tienen “raíces”. “El hombre no es un árbol: carece de raíces, tiene pies, camina” (El País,24/ IX/ 2004). Por sorprendente que sea esta afirmación, tal vez quepa efectuar una observación similar sobre otra clase de realidad acerca de la que se suele convenir con práctica unanimidad que posee raíces; esto es, las palabras.
Para conocer el origen de una palabra resulta en realidad pertinente entender el vocabulario e historia de una lengua. De hecho, uno de los placeres de estudiar una lengua estriba en observar cómo las palabras han evolucionado a lo largo del tiempo. Sin embargo, en este tránsito suele producirse un desplazamiento espurio que cabe calificar de “determinismo etimológico”, según el cual se afirma que las palabras poseen un significado “verdadero”, “original”, “auténtico” o cualquier otro de modo y manera que los usos subsiguientes serán objeto de crítica si se apartan demasiado de este origen o raíz. Los escritores de convicciones nacionalistas y las autoridades religiosas que emplean textos sagrados profesan especial aprecio a tal pretensión. La palabra griega etimos – de la que deriva etimología- significa ella misma “real” o “verdadero”.
Sin embargo, si se presta un mínimo de atención a cualquier lengua podrá comprobarse que el determinismo etimológico, en el sentido de una declaración de las raíces y la fijeza semántica, resulta insostenible. Nadie que hable de las islas Canarias piensa en su significado original, las islas del Perro (del latín canis).No se da por sentado de ningún manifestante político a favor de un boicot que esté pensando en Charles Cunningham Boycott, el nombre del capitán inglés Charles Cunningham Boycott, administrador de las fincas de un terrateniente absentista en Irlanda en 1880, la fuente de tal calificación. Los que apoyan a ETA que lanzan cócteles Molotov no conocen – ni les importa- la biografía del ministro de Asuntos Exteriores de Stalin, de dilatada carrera.
Esta costumbre del viaje, deambulación y migración de las palabras es evidente a ojos de cualquier persona que, conocedora del inglés, lea actualmente un periódico español o de quien, conocedora del español, lea un periódico en inglés. A primera vista, la prensa española está llena de palabras inglesas, términos que equivalen en mayor o menor medida a su significado inglés original y en consecuencia se clasifican adecuadamente como “préstamos” (palabras prestadas de otro idioma). Algunos se introdujeron en el español a finales del siglo XIX y principios del XX. Se incluirían, entre otros: mitin, líder, fútbol, póquer, rosbif. Muchos más, en los campos de la tecnología, el deporte, la adicción a las drogas, la música, la cultura juvenil y así sucesivamente, han entrado en el lenguaje en tiempos más recientes.
No obstante, el factor que de entrada llama la atención al lector de lengua inglesa de La Vanguardia o El País es la cantidad de estas palabras supuestamente “prestadas” que han adquirido nuevos y distintos significados al emplearse en español. No se trata aquí de los denominados “falsos cognados” ( “falsos amigos”), palabras con un origen común, con frecuencia el latín, que significan cosas distintas tales como por ejemplo “profesor” o “presidente” que en inglés son “teacher” y “primer ministro”. Ejemplos de palabras nómadas incluirían standing, feeling/ filin, footing, pudin cuya traducción en inglés sería “status”, “afection”, “jogging”, “backed dessert”. Algunas palabras supuestamente inglesas no existen en absoluto en inglés: “bicing”, “birding”, “bulling”, cuya forma correcta es, respectivamente, bicycling, bird-watching, bullying.Hallucinated en inglés significa experimentar fantasías o sueños, algo distinto del español “alucinado” ( “fascinado”). I flipped significa en inglés “perdí los estribos”, algo distinto del español “flipar”, estar encantado o entusiasmado por algo. Crack es en inglés una palabra para designar una droga o bien una grieta en una pared u otra superficie; el equivalente del “crack” español, como en el caso de Ronaldinho, se refiere a una “estrella”.
En los últimos decenios, a resultas del turismo británico en España y al propio tiempo de la influencia mexicana e hispana en general en Estados Unidos, muchas palabras españolas han entrado en el inglés: “paella”, “tapas”, “amigo”, “enchilada”, “machismo” o “sangría” por citar sólo algunas. Sin embargo, la influencia del español o el inglés se remonta mucho más atrás, hasta el siglo XVI y los choques de las flotas inglesas y españolas en aguas europeas y caribeñas: así por ejemplo, en 1700 el inglés contaba con las voces “armada”, “junta”, “mosquito”, “armadillo”, “sherry” (de Jerez). Debido a una curiosa transferencia del sentido de respeto, el “don” español dio en emplearse hacia 1660 para designar a los profesores de las universidades de Oxford y Cambridge, de lo que derivó el adjetivo donnish.Poco después vinieron “sombrero”, “patio”, “extravaganza”, “bonanza”, “siesta”, “cork” (de corcho). Muchas palabras inglesas para designar comida o alimentos tuvieron su origen en el español o eran árabes, y posteriormente americanas. Palabras que llegaron al inglés a través de la península Ibérica: tea, coffee, orange, candy del árabe o, por ejemplo, chocolate, chili, tomato, potato, guacamole de las Américas.
Muchas de estas palabras son, en el sentido estricto de la palabra, “préstamos”, equivalentes en mayor o menor medida en inglés al uso español. Sin embargo, también en este caso es de observar un grado notable tanto de nomadismo como de reutilización de palabras o términos.
En algunas ocasiones el inglés intenta imprimir un tono o matiz español espurio a palabras prestadas, generando así palabras inexistentes en español; así por ejemplo, “aguacate” se convierte en avocado,”torero” y “matador” se funden en el híbrido toreador y una tormenta en espiral es un tornado.Aun se halla más extendida, no obstante, la tendencia a dar a estas palabras españolas sentidos considerablemente distintos de los que poseen en la lengua de origen: así por ejemplo en inglés patio es cualquier superficie pavimentada o enlosada cercana a un edificio y no como en español, un patio entendido como espacio cerrado; guerrilla es una persona que libra una “guerra menor o pequeña” equivalente al español guerrillero y no la guerra propiamente dicha; aficionado es una persona con intereses y formación en un asunto o parcela del saber; junta es un régimen militar ilegítimo; macho es una palabra generalmente despectiva, totalmente distinta de la más neutra masculino;cafetería es un local de restauración en régimen de autoservicio adscrito a un lugar de trabajo.
Las implicaciones de este nomadismo son análogas a las que Juan Goytisolo trataba de apuntar con su observación sobre los seres humanos y las raíces: a pesar de que hay gente que intenta fijar, definir y aislar para siempre las lenguas y el vocabulario, lo cierto es que el propio proceso de cambio lingüístico e interacción de las culturas y pueblos así como la pura y esencial creatividad del lenguaje humano a lo largo de los siglos, muy anterior a la globalización actual, son factores que impiden que se produzca esta parálisis.
En lo concerniente a las palabras – como a las personas- es hora de reconocer que poseen ciertamente puntos de origen – y puntos de partida- en común, pero también de constatar que gran parte de su vida posterior las conduce a encontrar moradas, y nuevos significados, en otras tierras y latitudes.
Se acabó hacer las cosas solos
Una lección fundamental que el próximo presidente de Estados Unidos seguramente habrá aprendido de las experiencias del Gobierno de Bush es que el multilateralismo es importante. Las ideas de hegemonía estadounidense y respuestas unilaterales no tienen mucho sentido cuando la mayoría de los grandes retos que afrontamos hoy -problemas como el cambio climático, las pandemias, la estabilidad financiera y el terrorismo- están fuera del control de cualquier país, por grande que sea. Todos ellos requieren la cooperación multilateral.
Naciones Unidas puede contribuir de forma importante a legitimar y hacer realidad los acuerdos entre países, pero hasta sus más ardientes defensores reconocen que su enorme tamaño, los rígidos bloques regionales, la formalidad de los procedimientos diplomáticos y la pesada máquina burocrática impiden, muchas veces, obtener un consenso. Como dice un sabio, el problema de las organizaciones multilaterales es “cómo conseguir que todo el mundo actúe y, al mismo tiempo, que se haga algo”.
Una solución es complementar la ONU con una serie de organizaciones consultivas informales de ámbito regional y mundial. Por ejemplo, durante las crisis financieras que siguieron a las sacudidas del petróleo de los años setenta, el Gobierno francés acogió a los líderes de las cinco principales economías del mundo para debatir y coordinar sus respectivas políticas. La idea era celebrar una reunión pequeña e informal, y para ello limitaron el número de participantes a los que cupieran en la biblioteca del palacio de Rambouillet.
Pero mantener un tamaño reducido resultó imposible. El grupo pasó pronto a ser el G-7 de economías industriales avanzadas. Después se incluyó a Rusia, con lo que se convirtió en el G-8. En los últimos tiempos, la cumbre anual del G-8 ha adoptado la costumbre de invitar a otros cinco países como observadores, con lo que, de hecho, se ha transformado en el G-13.
Con esa expansión han surgido varios problemas. A los nuevos asistentes no les gusta que no se les considere miembros de pleno derecho, con derecho a intervenir en la preparación y organización de las reuniones, y las delegaciones de los países originales están formadas por centenares de miembros cada una. Aquellas cumbres informales se han vuelto poco manejables.
Se han hecho varias propuestas sobre posibles organizaciones multilaterales complementarias. Todd Stern y William Antholis han sugerido la creación de un “E-8″: un foro compacto de dirigentes de países desarrollados y en vías de desarrollo -Estados Unidos, la Unión Europea, Japón, Rusia, China, India, Brasil y Suráfrica- que dedique toda su atención, una vez al año, a los desafíos ambientales y el cambio climático global. Esos Estados constituyen las economías fundamentales de sus respectivas regiones, representan tres cuartas partes del PIB mundial e incluyen a los seis emisores principales de gases de efecto invernadero.
Sin embargo, a algunos críticos les preocupa la idea de que exista un grupo dedicado exclusivamente a un tema. El tiempo de los gobernantes es un bien escaso. No pueden permitirse el lujo de asistir a varias cumbres para cada problema. Además, una geometría variable de asistencia a las reuniones podría dificultar el desarrollo de las relaciones personales y la amplitud de las negociaciones que se dan cuando un mismo grupo de dirigentes se reúne periódicamente para hablar de una mayor variedad de cuestiones. El ex primer ministro canadiense Paul Martin, a partir de su experiencia personal en el Grupo de los 20 ministros de Economía y el G-8, ha propuesto un nuevo grupo informal que denomina el “L-20″, en el que la “L” significa que estaría reservado a los líderes. El L-20 aprovecharía las virtudes originales del G-8, la informalidad y la flexibilidad, para proporcionar un foro consultivo sobre temas como el cambio climático, la salud mundial y la gestión de conflictos.
Martin opina que una reunión de 20 personas tiene seguramente un tamaño razonable para intentar abordar problemas difíciles que afectan a varios sectores. Con un grupo más amplio, se pierde la oportunidad de tener discusiones significativas, y con uno más pequeño, es difícil contar con una auténtica representación regional. El grupo comprendería el G-8 actual, otras economías importantes y las grandes potencias regionales, independientemente de su situación económica.
Marcos de Azambuja, ex secretario general del Ministerio de Exteriores de Brasil, está de acuerdo en que no es posible administrar la vida internacional sólo o principalmente mediante grandes asambleas de casi 200 Estados, con inmensas disparidades de peso político económico. Cree que, para reflejar el mundo en evolución, sería útil un grupo que fuera una especie de “L-14″, y que sería posible formarlo rápidamente mediante la ampliación del G-8 actual a China, India, Brasil, Suráfrica, México y un país musulmán.
Fuera cual fuera la geometría de ese grupo consultivo, su objetivo sería ayudar a la ONU a tomar decisiones y contribuir a la movilización de las burocracias en los países miembros para que aborden las grandes cuestiones transnacionales. Como el G-8, serviría de catalizador para establecer prioridades y centrar la atención de las burocracias nacionales en una serie de asuntos importantes durante la preparación de sus jefes de Estado y de Gobierno para las discusiones. Al G-8 se le atribuye, por ejemplo, el mérito de haber contribuido al progreso de las negociaciones internacionales sobre comercio, haber planteado cuestiones relacionadas con la salud pública y haber impulsado el aumento de la ayuda a África.
Además de saber quiénes serían sus miembros, quedan pendientes otras preguntas. ¿Debería tener ese grupo una secretaría que presentase propuestas comunes, o sería conveniente que funcionara sólo a base de reuniones de funcionarios de los respectivos Estados? La primera modalidad tiene el peligro de crear una nueva burocracia, pero la segunda puede suponer renunciar a la continuidad. ¿Deberían intercambiarse documentos por adelantado, con comentarios de esa secretaría o de otros países? ¿Cómo es posible conservar la informalidad y limitar el tamaño de las reuniones? Tal vez los líderes deberían conformarse con un solo ayudante en la sala, y habría que prohibirles que leyeran declaraciones elaboradas de antemano.
Ninguna de las propuestas que se han sugerido hasta ahora es perfecta, y todavía hay que resolver muchos detalles. Pero ha habido un movimiento de péndulo, del unilateralismo al multilateralismo, y los grandes países del mundo están buscando maneras de que sea más eficaz. Las eternas negociaciones y las situaciones estancadas son algo inaceptable, porque los problemas más graves de nuestros días no pueden esperar a que tengamos soluciones institucionales perfectas.
La troika propone en Kosovo
El pasado 22 de octubre, las delegaciones serbia y albanokosovar conocieron los 14 posibles puntos de acuerdo definidos por la troika que supervisa las negociaciones sobre el futuro estatus político de Kosovo. En las propuestas formuladas por los representantes de Estados Unidos, Rusia y la Unión Europea para avanzar hacia una solución compartida destacan tres aciertos, una limitación y una incógnita.
Las propuestas de los mediadores llaman inicialmente la atención por la claridad con que se reafirma la actual independencia de facto de Kosovo. «Belgrado no gobernará Kosovo», se asegura rotundamente en el documento de la troika. Tampoco retornará físicamente al territorio. La orientación hacia la máxima autonomía kosovar es particularmente evidente en la dimensión económica y financiera. Así, se asegura la plena independencia fiscal de Kosovo, su integración en las estructuras regionales de cooperación económica y una relación directa con las instituciones financieras internacionales.
La satisfacción de las demandas de la mayoría albanokosovar, y éste es el primer acierto de la troika, no implica sin embargo el reconocimiento de un nuevo Estado soberano. El texto de los mediadores internacionales no incluye en este sentido, entre sus 14 principios para el acuerdo, la promesa de independencia formal para el territorio kosovar.
La troika delimita, en segundo lugar, una serie de cuestiones de interés mutuo en los que Serbia y Kosovo tendrán necesariamente que trabajar de forma conjunta. Estos asuntos se concretan por ahora en 13 grandes materias. En estas materias, los negociadores sugieren establecer instituciones comunes para el desarrollo de la cooperación, en una línea que apuntaría hacia alguna solución de tipo confederal.
El tercer acierto no se relaciona directamente con los criterios que se mencionan en el documento de la troika, sino más bien con aquellos que no se incorporan a sus 14 puntos pero que les confieren auténtico sentido. Así, si no se alude al principio de integridad territorial y soberanía serbia en que se fundamenta la Resolución 1244 del Consejo de Seguridad de la ONU, la propuesta de los mediadores tampoco sanciona la unidad territorial de Kosovo. El principio de no partición para este territorio no se antepone por tanto al que proclama el derecho de Serbia a su integridad territorial. Si ésta llegara a ponerse en duda, nada en el texto impediría que se discutiera también la posible partición de Kosovo.
Respecto a los límites de la propuesta, debe señalarse la insuficiente consideración de las necesidades de las comunidades nacionales no albanesas. Estas necesidades no pueden analizarse sólo en términos de los derechos individuales que corresponden a los miembros de las minorías culturales. También es preciso contemplar los derechos políticos que corresponden a las comunidades nacionales que conforman el bloque constituyente en el territorio. Por lo que respecta a la comunidad serbia, esto implica considerar el principio de autonomía política para el conjunto de los territorios de Kosovo en los que la población serbia resulte mayoritaria. Por su parte, dada su condición de comunidad perseguida y marginada en el pasado por la mayoría albanesa, es preciso ofrecer a la comunidad romaní un plan específico orientado a su plena integración en la sociedad kosovar.
Finalmente una incógnita: ¿qué implicaciones tendrá la vía propia hacia la asociación con la Unión Europea que propone para Kosovo la troika negociadora? Si al final se impone un modelo de base confederal en las relaciones entre Serbia y Kosovo, el tratamiento del vínculo entre las dos partes de la Confederación y la UE podría dar lugar a innovaciones políticas con repercusión para el futuro de países como España.
A pesar de su trascendencia, resulta prematuro profundizar en las cuestiones planteadas. Nada indica de hecho que los albanokosovares -y quienes los apoyan- vayan a renunciar a su proyecto de acceso unilateral a la independencia. Aún así, las propuestas de la troika permiten vislumbrar por primera vez una salida racional a un conflicto que amenaza con romper los equilibrios en los que se asienta el sistema de relaciones internacionales.
La bomba o los bombardeos
Ante el programa nuclear de Irán, galopan por Occidente los jinetes del Apocalipsis mientras el presidente iraní, el enfebrecido Mahmud Ahmadineyad, extiende su control sobre el régimen teocrático y endurece la represión. Porque la tensión favorece a los radicales. En EEUU, luego de que el Congreso colocara a los Guardianes de la Revolución iraní en la lista de organizaciones terroristas, verdadero ejército ideológico, Bush impuso más sanciones y advirtió de los riesgos de una tercera guerra mundial por culpa del programa de enriquecimiento del uranio, paso inexcusable para fabricar la bomba atómica.
En agosto, ante los malos datos de la coyuntura, Ahmadineyad se apoderó de los mandos del poder económico, mediante la destitución del presidente del banco central y los ministros del Petróleo y de la Industria. Poco después, atacó en el campo de la cultura con el cierre de librerías y la acusación contra los editores que “sirven un plato envenenado a la generación joven” y convierten a los estudiantes en “lacayos de Occidente”, paladina confesión de que el islamismo exaltado fracasó en su intento de erradicar el laicismo y el liberalismo, refugiados en la universidad desde 1979.
LA CAÍDA del régimen iraní en manos de los extremistas repercutió en la diplomacia. El 20 de octubre se supo que el principal negociador iraní en la cuestión nuclear, Alí Lariyani, considerado un pragmático, interlocutor amable y comprensivo de la Unión Europea a través del español Javier Solana, tras caer en desgracia, había sido reemplazado por Said Jalili, estrecho colaborador de Ahmadineyad.
La alarma cunde en EEUU y especialmente en Israel, donde la opinión pública, militarizada tras medio siglo de guerras, escaldada tras el fiasco del Líbano, apoya cualquier medida susceptible de impedir el terrorífico empate nuclear en la región, ya se trate del reciente bombardeo de una central sospechosa de Siria o de apuntar los misiles contra las instalaciones iranís, sin importarle la reacción internacional o las recriminaciones de la ONU. Para la mayoría de los israelís, la bomba en manos de los ayatolás es simplemente un casus belli.
La situación tiene algunas semejanzas con el episodio de las armas de destrucción masiva supuestamente almacenadas por el régimen de Sadam Husein que sirvieron de pretexto para desencadenar la guerra de Irak en 2003. Cuando el director de la Agencia Internacional de la Energía Atómica (AIEA), Mohamed el Baradei, calculó que Irán necesitará “entre tres y ocho años para dotarse de la bomba”, el primer ministro israelí replicó exasperado: “Si El Baradei piensa que una bomba iraní en tres años no es preocupante, a mí me inquieta extremadamente”.
La bomba sigue en el epicentro de la actividad diplomática tras la reciente visita del presidente Putin a Teherán. Retorna al escenario la declaración-amenaza con la que el ministro francés de Exteriores, Bernard Kouchner, sembró la zozobra: “Hemos de estar preparados para lo peor, y lo peor es la guerra”. Washington deja todas las opciones abiertas ante la inminente visita del presidente francés, Nicolas Sarkozy, para el que resulta inaceptable el arma nuclear en manos de un presidente que pronostica de forma truculenta y reiterada la aniquilación de Israel.
La cancillera alemana, Angela Merkel, acudirá después al rancho de Bush y llevará consigo la dispersión y las contradicciones que agarrotan a la diplomacia europea, que abomina del régimen fanático de los ayatolás, pero que no acaba de formular una estrategia autónoma y prefiere demorar las decisiones desagradables con el recurso dilatorio del Consejo de Seguridad de la ONU en el que Rusia y China disponen del derecho de veto.
La escalada verbal y los frenéticos cabildeos diplomáticos no auguran nada bueno cuando la cuestión kurda puede ser la mecha que provoque las explosiones en cadena. Si hemos de creer a The New York Times, los aliados de EEUU y el público se preguntan con aprensión si Bush abandonará la Casa Blanca en enero del 2009 sin haber iniciado la guerra contra Irán. El periódico condena el belicismo de Bush, pero concluye que “el mundo no debe permitir que Irán se dote del arma nuclear”. Su receta parece harto simplista: Bush debe avisar a Moscú, Pekín y los europeos de que las relaciones con EEUU quedarán supeditadas a las presiones que sean capaces de ejercer sobre Teherán.
NINGÚN responsable occidental se resigna a que Irán tenga la bomba, nuevo paso hacia una proliferación aterradora. ¿Qué hacer tras el ejercicio voluntarista y hasta ahora inoperante del diálogo? ¿Cuál es el camino de la “firmeza razonable” que propugnan los moderados frente al “humanismo militar” de Kouchner o el internacionalismo con botas de los neoconservadores? ¿Cómo dar una nueva oportunidad a la diplomacia, según defendió Condoleezza Rice, si la historia enseña que las sanciones son ineficaces?
La cuestión iraní domina incluso la campaña electoral en EEUU y divide a los aspirantes demócratas, con Hillary Clinton alineada con los republicanos, aunque todos los candidatos expresan espanto ante la idea de un Irán nuclear. Porque el dilema entre la bomba de los ayatolás o los bombardeos afecta al tabú de las relaciones con Israel, cuya superioridad militar y seguridad en la región es una prioridad absoluta para EEUU y para Occidente en general.
El éxodo de la derecha religiosa en EE UU
Es bien sabido que Estados Unidos es uno de los países más religiosos del mundo actual. No debe sorprender a nadie que haya un componente considerable de religión y religiosidad en las políticas y los programas del país. Recientemente se celebró la “Cumbre de votantes por los valores” del Consejo de Estudios sobre la Familia en Washington, una especie de convención de varias organizaciones conservadoras para obligar a los principales candidatos republicanos a atenerse a su sistema religioso y de valores. El resultado de la cumbre fue seguramente más importante de lo que parecería indicar la falsa votación que llevaron a cabo, en la que ganó por estrecho margen el mormón y ex gobernador de Massachusetts Mitt Romney, seguido del gobernador de Arkansas, Mike Huckabee. Ni Romney ni Huckabee son los grandes candidatos republicanos en las encuestas nacionales; ese lugar lo ocupan el ex alcalde de Nueva York Rudolph Giuliani y el antiguo senador por Tennessee Fred Thompson.
Algunos destacados republicanos han señalado que la Cumbre de Valores Republicanos fue una inquisición ideológica y que ninguno de los grandes candidatos republicanos cumplió los criterios mínimos. Como consecuencia, la derecha religiosa no tendrá ningún gran abanderado en las elecciones de 2008. Esta derecha religiosa está dividida y desempeñará un papel mucho menor que en 2000 y en 2004, elecciones en las que fue instrumental con su demonización de John McCain durante las primarias y de John Kerry en las elecciones.
Esta derecha religiosa dividida endurecerá sus posturas concretas sobre temas tradicionalmente tan importantes como la vida (es decir, el aborto), el matrimonio, la libertad religiosa, la evolución y el islamismo radical. Y la derecha no religiosa no puede permitirse el lujo de ver cómo los religiosos se apoderan de la identidad del partido y el proceso de designación de los candidatos. La imagen de los republicanos ya ha sufrido demasiado entre los inscritos como independientes, el “voto marginal” que es decisivo en la política presidencial estadounidense.
Sin los independientes, ni los republicanos ni los demócratas podrán ganar en 2008. En las elecciones de 2006, dos de cada tres independientes inscritos votaron a los candidatos demócratas para la Cámara de Representantes, y cuatro de cada cinco en el caso del Senado. El reto estratégico al que se enfrenta ahora la derecha religiosa es cómo dar con el candidato apropiado, que sea capaz de asumir su programa y de atraer a más gente. Según los últimos sondeos, los demócratas tienen una ventaja estructural. Por primera vez en décadas, son más los estadounidenses que preferirían por un margen de 48% frente a 33% un demócrata, cualquier demócrata, a cualquier republicano.
Los republicanos son muy conscientes de que, después del daño sufrido por la etiqueta de republicano, un candidato de la “derecha radical” no tiene muchas posibilidades en 2008. En esta ocasión, sólo el 60% de los evangélicos blancos preferirían a un republicano que a un demócrata, frente al 80% en 2004. Y el 21% de los evangélicos blancos preferirían a un demócrata que a un republicano, frente al 10% en 2004.
En todos los comicios hay siempre una lógica electoral oculta. Los votantes siempre saben cuál quieren que sea el tema principal. Los candidatos tienen que averiguarlo y comprender que las elecciones no consisten en lo que ellos quieren, sino en lo que quieren los votantes.
En general, los republicanos no saben todavía de qué van las elecciones de 2008. Es muy posible que, todavía hoy, Al Gore no sepa cuál fue el gran tema de las elecciones de 2000. Desde luego, el senador John Kerry no sabe cuál fue el de las de 2004 (ni por qué las perdió). En España, Mariano Rajoy no sabe todavía en qué consistieron las elecciones de 2004. Y, lo que es seguramente más extraordinario, ni Rajoy ni Zapatero parecen saber cuál quieren los votantes que sea el tema fundamental de las elecciones de 2008. Sólo Fred Thompson y Mitt Romney, en el lado republicano, parecen conocer las preocupaciones actuales de los estadounidenses. En el bando demócrata, los senadores Hillary Clinton y Barack Obama son los únicos que parecen tener cierta idea de lo que quieren esta vez los votantes.
Obama alcanzó su máximo apogeo muy pronto, cuando radicalizó sus posiciones sobre Irak y la política exterior para atraer a los votantes radicales en las primarias. Pero varios sondeos privados muestran que hasta los demócratas que votan en las primarias están preocupados por la madurez política de Obama. En seis meses ha conseguido despilfarrar la confianza condicional de los votantes, pese a que sabe hablar como un predicador e identificarse por completo con el programa basado en los valores.
Hillary Clinton, por el contrario, ha resistido la tentación de asumir posturas populistas en asuntos de seguridad nacional como Irak e Irán, con el fin de preservar su imagen de fortaleza y experiencia. Los responsables de la campaña reconocen abiertamente que está dirigida a esas mujeres republicanas, una de cada cuatro (24 %), a las que creen poder “convencer” para que se aproximen al centro y voten por la senadora.
Los votantes nunca se equivocan, nunca. Los políticos, sí. Bush ganó en 2000 y 2004 porque su campaña entendió mejor que la de los demócratas cuál era el tema de las elecciones. Parece muy poco probable que las elecciones de 2008 vuelvan a centrarse en la religión, los valores y la religiosidad. McCain y Obama, en un principio favoritos de los medios, no han sabido darse cuenta de ello.
Según varios sondeos privados, los estadounidenses quieren que las elecciones de 2008 se centren principalmente en la fortaleza y la experiencia, y por eso Hillary Clinton y Mitt Romney van por delante en los Estados de las primeras votaciones, Iowa y New Hampshire. Quizá también sea ésa la razón por la que Romney ganó por estrecho margen la mayoría de los votos en la falsa elección de la Cumbre de Votantes por los Valores.
Irak es claramente el tema más importante para el 35% de los votantes, la sanidad está en un lejano segundo puesto (13%) y la economía en el tercero (11%). Los estadounidenses prefieren a los demócratas que a los republicanos sobre Irak, por un margen de 51% a 31%, pese a que la mayoría no apoya la retirada repentina de las tropas y todavía quiere buscar alguna manera de ganar. Las cuestiones tradicionales de la derecha religiosa (moral, aborto, valores familiares) sólo son la máxima prioridad para el 5%.
Según los biógrafos de Hillary Clinton, la senadora es “la demócrata más religiosa desde Jimmy Carter”, y, sin embargo, no va con la religión por delante. No tiene por qué. Sería peligroso hacerlo ahora. El electorado ha decidido que el programa basado en los valores puede ser una cuestión importante e incluso decisiva en las primarias republicanas, pero no parece probable que lo sea durante las elecciones generales.
A medida que adquieren confianza en sí mismos, los demócratas empiezan a coquetear con el riesgo y empiezan a abandonar el centro, no en materia de valores o religiosidad, sino en política económica, sobre todo en cuestión de gastos y fiscalidad. Al final, ese alejamiento demócrata del centro económico podría ser la única manera posible de que los republicanos vuelvan a ganar la Casa Blanca.
Los demócratas, encabezados por la senadora, se han acercado al centro en materia de seguridad nacional. Pero todavía no han vuelto a hacerse con el centro político. Pero los republicanos también deben tratar de deshacer su éxodo del centro y recuperarlo. Aunque, por el momento, su estrategia para recobrar ese centro, en el que se ganan y se pierden casi todas las elecciones, por no decir todas, parece consistir en irse aún más hacia la derecha, sobre todo en cuestión de valores y religiosidad.
Estampas británicas
La sucesión de Tony Blair y la temporada de convenciones que celebran anualmente los partidos británicos han hecho emerger algunos debates que, sin necesidad de forzadas extrapolaciones, presentan cierto interés, contemplados desde la perspectiva española.
La primera de estas controversias es la que ha mellado el estreno del sucesor de Blair, Gordon Brown, hasta el punto de aupar al Partido Conservador de David Cameron -que, dicho sea de paso, tampoco es Churchill- hasta una ventaja de ocho puntos sobre los laboristas. La causa, en buena medida, obedece a la decisión de Brown de no convocar elecciones anticipadas cuando los sondeos reflejaban todavía la buena disposición del electorado inmediatamente después de que el nuevo primer ministro se mudara del número 11 al 10 de Downing Street.
Parece pues que los británicos estaban preparados para ir pronto a las urnas. Unos lo comprendían y justificaban como la decisión lógica de un primer ministro que quiere ganarse su propia legitimación tras heredar el cargo de una figura tan carismática como Tony Blair. Otros, es decir, la mayoría de su propio partido, parecían desear que se pusiera fin a la legislatura para culminar un proceso de sucesión no exento de tensiones y, al mismo tiempo, acudir al electorado para que el éxito esperado hiciera cicatrizar las heridas, sobre todo internas, dejadas por la gestión de Blair, quien ha llevado al laborismo a un periodo de gobierno sin precedente pero a cambio de exigir el apoyo de su partido a políticas públicas y decisiones estratégicas nada fáciles de asimilar para muchos laboristas. Además, después de años instalado en el fracaso, el Partido Conservador ha ido adquiriendo hechuras de alternativa bajo el liderazgo de David Cameron, que en este momento se beneficia también de la crisis del Partido Liberal.
Pero Gordon Brown tenía otros cálculos. Ha apelado al interés general para justificar su decisión de agotar la legislatura. Muchos veían en unas elecciones anticipadas la auténtica respuesta a las exigencias del interés público, mucho más que mantener un gobierno a modo de apéndice político de Blair, que sólo puede aspirar a escribir el epílogo a la larga estancia en el poder de aquél. Brown -y aquí a alguno le habrán pitado los oídos- ha querido abrir una legislatura dentro de la legislatura, construir su propia figura como primer ministro y demostrar lo que curiosamente parecía eximido de probar. A Brown se le atribuye una inteligencia portentosa. Es dudoso, sin embargo, que eso sea suficiente para salir airoso de su gran apuesta personal y política. Corre el riesgo de ser finalmente derrotado por la engañosa normalidad que ha querido imprimir a su gestión. El tiempo en política es una magnitud que reporta magníficos resultados a los que saben medirlo y se alían con él, pero que resulta implacable con los que lo ignoran. La primavera de 2008 podría ser testigo del fracaso de dos pujas contra el tiempo político. Una, la de Gordon Brown. La otra, la de José Luis Rodríguez Zapatero. Al presidente del Gobierno le quedan cinco meses para comprobar si su lucha contra el tiempo perdido, contra los cálculos equivocados, contra el fracaso de su arrogante adanismo prevalece apoyada en la frenética propaganda de los mensajes más dispares firmados por el «Gobierno de España» y en la perduración del eco del 11-M. Frente al acreditado tacticismo de Rodríguez Zapatero, su clamorosa falta de proyecto y el rápido deterioro de las expectativas económicas pueden frustrar su soberbia pretensión de que los ciudadanos le voten por agradecimiento hacia lo que ha hecho en vez de por apoyo a lo que vaya a hacer.
La carrera electoral que se ha iniciado en el Reino Unido ha traído de la mano del Partido Conservador otro debate, en este caso constitucional, que merece la pena mirar. Se trata de la llamada ‘West Lothian question’, que, formulada en los años setenta, ha reaparecido tras la culminación del proceso autonómico de Escocia. Fue entonces, al principio de la década de los setenta, mientras se debatía la concesión de un régimen autonómico a Escocia en un primer proyecto que finalmente no salió adelante, cuando el diputado laborista por la circunspcripción escocesa de West Lothian, Tam Dalyell, formuló el problema con la aplastante sencillez y el rigor con los que el sistema político británico suele aplicar la lógica democrática. En efecto, si Escocia recibía el poder de legislar en materias sobre las que el Parlamento británico ya no podría decidir, los diputados escoceses en el Parlamento de Londres se encontrarían en la paradójica situación de que, tratándose de una materia transferida, votarían leyes para ser aplicadas en Inglaterra pero no podrían votar leyes sobre ese mismo asunto para Escocia. Para Inglaterra, este efecto resultaba más injustificable: los diputados escoceses pueden votar -y, en función del reparto de escaños, llegar a decidir- sobre asuntos ingleses como sanidad o educación mientras los diputados ingleses no pueden hacer lo propio en relación con Escocia por tratarse de materias transferidas a la competencia del Parlamento autonómico. Hoy, el problema se encuentra agravado por la neta superioridad laborista en Escocia frente a un Partido Conservador que todavía circunscribe su radicación política a Inglaterra.
Para resolver este nudo constitucional el Partido Conservador propone constituir dentro de la Cámara de los Comunes una comisión integrada por y sólo los diputados ingleses, con competencia legislativa para tramitar sobre los proyectos y proposiciones de ley que únicamente afecten a Inglaterra. La iniciativa, una vez aprobada por el Comité, sería elevada al pleno de la Cámara que, por convención, no podría rechazarlo.
La solución, sin embargo, no es tan fácil. Piénsese en la posición casi insostenible de un primer ministro escocés -Brown lo es- que quedase excluido del debate de leyes que afectan al 80% de la población del Reino Unido y en el que participa un porcentaje similar de los diputados al Parlamento de Westminster, o imagínense los problemas de gobernabilidad con mayorías variables dentro de la misma cámara. Antes estas y otras objeciones hay quien propone como solución una cámara de representación territorial ahora que el Reino Unido es un Estado descentralizado. Otros consideran practicable la respuesta que los conservadores quieren dar a la ‘West Lothian question’ con cautelas añadidas para evitar consecuencias autodestructivas del propio régimen parlamentario. Y los hay también que creen que la mejor respuesta consiste en no hacer la pregunta y que sea la práctica política y parlamentaria la que vaya ahormando la paradoja.
En cualquier caso, nuestra conocida fascinación por lo que hacen los británicos, ya sea el proceso de paz en Irlanda del Norte o, ahora, la autonomía de Escocia, a la que los nacionalistas quieren llevar también camino de la autodeterminación, aconseja tener en cuenta, para lo que pueda servir, un debate como éste. En él se plantea un problema central para la democracia que en absoluto nos es ajeno: la cuestión de la integridad del Reino Unido y de su Parlamento como el sujeto político determinante y, en consecuencia, la relación subordinada de la autonomía respecto a la soberanía. Por eso, el apartado 7 del artículo 28 de la ‘Scottish Act’, la ley que confiere y define el régimen autonómico de Escocia, precisa que dicho artículo -que atribuye al Parlamento escocés la competencia para aprobar leyes- no afecta al poder del Parlamento del Reino Unido para dictar leyes para Escocia, incluso en materias de la competencia de esta región. Algo puede aprenderse de la cuna de la democracia contemporánea en Europa, del Reino Unido de las ‘cuatro naciones’ que a pesar de serlo se plantea serenamente problemas que aquí la izquierda preilustrada -en expresión del historiador José Varela Ortega- intenta ridiculizar por una mezcla de desprecio y mala conciencia.
Cooperación en materia de enseñanza/formación militar entre España y los Estados de Iberoamérica
Este trabajo tiene por objeto analizar un ámbito tan clave como de creciente importancia, tanto nacional como internacional, como es la cooperación en materia de enseñanza/formación militar entre España y los Estados de Iberoamérica. Para ello, tras plantear una serie de presupuestos básicos sobre los que se sustentará todo el estudio, se comenzará por presentar un diagnóstico del estado de cosas actual, tanto en lo relativo a las Fuerzas Armadas españolas como a las de los países iberoamericanos, prestando atención singular a las iniciativas, posiciones y políticas en curso en lo referente a la cooperación en enseñanza/formación militar a día de hoy. A continuación se examinarán, comparativamente, los programas que desarrollan algunos países de nuestro entorno en lo que generalmente se ha denominado como “sus zonas de influencia históricas”. Finalmente, se presentarán una serie de recomendaciones, cuantitativas y cualitativas, en aquellos puntos o aspectos en los que se identifiquen, bien deficiencias, bien posibilidades de potenciar los programas implementados, bien oportunidades de explorar (o explotar) nuevas iniciativas; guiando siempre tal empeño, además, en el expreso deseo y necesidad compartidos por el Ejecutivo y el Legislativo españoles de reforzar la cooperación entre las Fuerzas Armadas españolas y las de los países iberoamericanos.
Leer artículo completo (PDF). Disponible también en la Fundación Alternativas.
El nomadismo de las palabras
En un sagaz comentario, el escritor Juan Goytisolo criticó hace años la idea de que los seres humanos tienen “raíces”. “El hombre no es un árbol: carece de raíces, tiene pies, camina” (El País,24/ IX/ 2004). Por sorprendente que sea esta afirmación, tal vez quepa efectuar una observación similar sobre otra clase de realidad acerca de la que se suele convenir con práctica unanimidad que posee raíces; esto es, las palabras.
Para conocer el origen de una palabra resulta en realidad pertinente entender el vocabulario e historia de una lengua. De hecho, uno de los placeres de estudiar una lengua estriba en observar cómo las palabras han evolucionado a lo largo del tiempo. Sin embargo, en este tránsito suele producirse un desplazamiento espurio que cabe calificar de “determinismo etimológico”, según el cual se afirma que las palabras poseen un significado “verdadero”, “original”, “auténtico” o cualquier otro de modo y manera que los usos subsiguientes serán objeto de crítica si se apartan demasiado de este origen o raíz. Los escritores de convicciones nacionalistas y las autoridades religiosas que emplean textos sagrados profesan especial aprecio a tal pretensión. La palabra griega etimos – de la que deriva etimología- significa ella misma “real” o “verdadero”.
Sin embargo, si se presta un mínimo de atención a cualquier lengua podrá comprobarse que el determinismo etimológico, en el sentido de una declaración de las raíces y la fijeza semántica, resulta insostenible. Nadie que hable de las islas Canarias piensa en su significado original, las islas del Perro (del latín canis).No se da por sentado de ningún manifestante político a favor de un boicot que esté pensando en Charles Cunningham Boycott, el nombre del capitán inglés Charles Cunningham Boycott, administrador de las fincas de un terrateniente absentista en Irlanda en 1880, la fuente de tal calificación. Los que apoyan a ETA que lanzan cócteles Molotov no conocen – ni les importa- la biografía del ministro de Asuntos Exteriores de Stalin, de dilatada carrera.
Esta costumbre del viaje, deambulación y migración de las palabras es evidente a ojos de cualquier persona que, conocedora del inglés, lea actualmente un periódico español o de quien, conocedora del español, lea un periódico en inglés. A primera vista, la prensa española está llena de palabras inglesas, términos que equivalen en mayor o menor medida a su significado inglés original y en consecuencia se clasifican adecuadamente como “préstamos” (palabras prestadas de otro idioma). Algunos se introdujeron en el español a finales del siglo XIX y principios del XX. Se incluirían, entre otros: mitin, líder, fútbol, póquer, rosbif. Muchos más, en los campos de la tecnología, el deporte, la adicción a las drogas, la música, la cultura juvenil y así sucesivamente, han entrado en el lenguaje en tiempos más recientes.
No obstante, el factor que de entrada llama la atención al lector de lengua inglesa de La Vanguardia o El País es la cantidad de estas palabras supuestamente “prestadas” que han adquirido nuevos y distintos significados al emplearse en español. No se trata aquí de los denominados “falsos cognados” ( “falsos amigos”), palabras con un origen común, con frecuencia el latín, que significan cosas distintas tales como por ejemplo “profesor” o “presidente” que en inglés son “teacher” y “primer ministro”. Ejemplos de palabras nómadas incluirían standing, feeling/ filin, footing, pudin cuya traducción en inglés sería “status”, “afection”, “jogging”, “backed dessert”. Algunas palabras supuestamente inglesas no existen en absoluto en inglés: “bicing”, “birding”, “bulling”, cuya forma correcta es, respectivamente, bicycling, bird-watching, bullying.Hallucinated en inglés significa experimentar fantasías o sueños, algo distinto del español “alucinado” ( “fascinado”). I flipped significa en inglés “perdí los estribos”, algo distinto del español “flipar”, estar encantado o entusiasmado por algo. Crack es en inglés una palabra para designar una droga o bien una grieta en una pared u otra superficie; el equivalente del “crack” español, como en el caso de Ronaldinho, se refiere a una “estrella”.
En los últimos decenios, a resultas del turismo británico en España y al propio tiempo de la influencia mexicana e hispana en general en Estados Unidos, muchas palabras españolas han entrado en el inglés: “paella”, “tapas”, “amigo”, “enchilada”, “machismo” o “sangría” por citar sólo algunas. Sin embargo, la influencia del español o el inglés se remonta mucho más atrás, hasta el siglo XVI y los choques de las flotas inglesas y españolas en aguas europeas y caribeñas: así por ejemplo, en 1700 el inglés contaba con las voces “armada”, “junta”, “mosquito”, “armadillo”, “sherry” (de Jerez). Debido a una curiosa transferencia del sentido de respeto, el “don” español dio en emplearse hacia 1660 para designar a los profesores de las universidades de Oxford y Cambridge, de lo que derivó el adjetivo donnish.Poco después vinieron “sombrero”, “patio”, “extravaganza”, “bonanza”, “siesta”, “cork” (de corcho). Muchas palabras inglesas para designar comida o alimentos tuvieron su origen en el español o eran árabes, y posteriormente americanas. Palabras que llegaron al inglés a través de la península Ibérica: tea, coffee, orange, candy del árabe o, por ejemplo, chocolate, chili, tomato, potato, guacamole de las Américas.
Muchas de estas palabras son, en el sentido estricto de la palabra, “préstamos”, equivalentes en mayor o menor medida en inglés al uso español. Sin embargo, también en este caso es de observar un grado notable tanto de nomadismo como de reutilización de palabras o términos.
En algunas ocasiones el inglés intenta imprimir un tono o matiz español espurio a palabras prestadas, generando así palabras inexistentes en español; así por ejemplo, “aguacate” se convierte en avocado,”torero” y “matador” se funden en el híbrido toreador y una tormenta en espiral es un tornado.Aun se halla más extendida, no obstante, la tendencia a dar a estas palabras españolas sentidos considerablemente distintos de los que poseen en la lengua de origen: así por ejemplo en inglés patio es cualquier superficie pavimentada o enlosada cercana a un edificio y no como en español, un patio entendido como espacio cerrado; guerrilla es una persona que libra una “guerra menor o pequeña” equivalente al español guerrillero y no la guerra propiamente dicha; aficionado es una persona con intereses y formación en un asunto o parcela del saber; junta es un régimen militar ilegítimo; macho es una palabra generalmente despectiva, totalmente distinta de la más neutra masculino;cafetería es un local de restauración en régimen de autoservicio adscrito a un lugar de trabajo.
Las implicaciones de este nomadismo son análogas a las que Juan Goytisolo trataba de apuntar con su observación sobre los seres humanos y las raíces: a pesar de que hay gente que intenta fijar, definir y aislar para siempre las lenguas y el vocabulario, lo cierto es que el propio proceso de cambio lingüístico e interacción de las culturas y pueblos así como la pura y esencial creatividad del lenguaje humano a lo largo de los siglos, muy anterior a la globalización actual, son factores que impiden que se produzca esta parálisis.
En lo concerniente a las palabras – como a las personas- es hora de reconocer que poseen ciertamente puntos de origen – y puntos de partida- en común, pero también de constatar que gran parte de su vida posterior las conduce a encontrar moradas, y nuevos significados, en otras tierras y latitudes.
Se acabó hacer las cosas solos
Una lección fundamental que el próximo presidente de Estados Unidos seguramente habrá aprendido de las experiencias del Gobierno de Bush es que el multilateralismo es importante. Las ideas de hegemonía estadounidense y respuestas unilaterales no tienen mucho sentido cuando la mayoría de los grandes retos que afrontamos hoy -problemas como el cambio climático, las pandemias, la estabilidad financiera y el terrorismo- están fuera del control de cualquier país, por grande que sea. Todos ellos requieren la cooperación multilateral.
Naciones Unidas puede contribuir de forma importante a legitimar y hacer realidad los acuerdos entre países, pero hasta sus más ardientes defensores reconocen que su enorme tamaño, los rígidos bloques regionales, la formalidad de los procedimientos diplomáticos y la pesada máquina burocrática impiden, muchas veces, obtener un consenso. Como dice un sabio, el problema de las organizaciones multilaterales es “cómo conseguir que todo el mundo actúe y, al mismo tiempo, que se haga algo”.
Una solución es complementar la ONU con una serie de organizaciones consultivas informales de ámbito regional y mundial. Por ejemplo, durante las crisis financieras que siguieron a las sacudidas del petróleo de los años setenta, el Gobierno francés acogió a los líderes de las cinco principales economías del mundo para debatir y coordinar sus respectivas políticas. La idea era celebrar una reunión pequeña e informal, y para ello limitaron el número de participantes a los que cupieran en la biblioteca del palacio de Rambouillet.
Pero mantener un tamaño reducido resultó imposible. El grupo pasó pronto a ser el G-7 de economías industriales avanzadas. Después se incluyó a Rusia, con lo que se convirtió en el G-8. En los últimos tiempos, la cumbre anual del G-8 ha adoptado la costumbre de invitar a otros cinco países como observadores, con lo que, de hecho, se ha transformado en el G-13.
Con esa expansión han surgido varios problemas. A los nuevos asistentes no les gusta que no se les considere miembros de pleno derecho, con derecho a intervenir en la preparación y organización de las reuniones, y las delegaciones de los países originales están formadas por centenares de miembros cada una. Aquellas cumbres informales se han vuelto poco manejables.
Se han hecho varias propuestas sobre posibles organizaciones multilaterales complementarias. Todd Stern y William Antholis han sugerido la creación de un “E-8″: un foro compacto de dirigentes de países desarrollados y en vías de desarrollo -Estados Unidos, la Unión Europea, Japón, Rusia, China, India, Brasil y Suráfrica- que dedique toda su atención, una vez al año, a los desafíos ambientales y el cambio climático global. Esos Estados constituyen las economías fundamentales de sus respectivas regiones, representan tres cuartas partes del PIB mundial e incluyen a los seis emisores principales de gases de efecto invernadero.
Sin embargo, a algunos críticos les preocupa la idea de que exista un grupo dedicado exclusivamente a un tema. El tiempo de los gobernantes es un bien escaso. No pueden permitirse el lujo de asistir a varias cumbres para cada problema. Además, una geometría variable de asistencia a las reuniones podría dificultar el desarrollo de las relaciones personales y la amplitud de las negociaciones que se dan cuando un mismo grupo de dirigentes se reúne periódicamente para hablar de una mayor variedad de cuestiones. El ex primer ministro canadiense Paul Martin, a partir de su experiencia personal en el Grupo de los 20 ministros de Economía y el G-8, ha propuesto un nuevo grupo informal que denomina el “L-20″, en el que la “L” significa que estaría reservado a los líderes. El L-20 aprovecharía las virtudes originales del G-8, la informalidad y la flexibilidad, para proporcionar un foro consultivo sobre temas como el cambio climático, la salud mundial y la gestión de conflictos.
Martin opina que una reunión de 20 personas tiene seguramente un tamaño razonable para intentar abordar problemas difíciles que afectan a varios sectores. Con un grupo más amplio, se pierde la oportunidad de tener discusiones significativas, y con uno más pequeño, es difícil contar con una auténtica representación regional. El grupo comprendería el G-8 actual, otras economías importantes y las grandes potencias regionales, independientemente de su situación económica.
Marcos de Azambuja, ex secretario general del Ministerio de Exteriores de Brasil, está de acuerdo en que no es posible administrar la vida internacional sólo o principalmente mediante grandes asambleas de casi 200 Estados, con inmensas disparidades de peso político económico. Cree que, para reflejar el mundo en evolución, sería útil un grupo que fuera una especie de “L-14″, y que sería posible formarlo rápidamente mediante la ampliación del G-8 actual a China, India, Brasil, Suráfrica, México y un país musulmán.
Fuera cual fuera la geometría de ese grupo consultivo, su objetivo sería ayudar a la ONU a tomar decisiones y contribuir a la movilización de las burocracias en los países miembros para que aborden las grandes cuestiones transnacionales. Como el G-8, serviría de catalizador para establecer prioridades y centrar la atención de las burocracias nacionales en una serie de asuntos importantes durante la preparación de sus jefes de Estado y de Gobierno para las discusiones. Al G-8 se le atribuye, por ejemplo, el mérito de haber contribuido al progreso de las negociaciones internacionales sobre comercio, haber planteado cuestiones relacionadas con la salud pública y haber impulsado el aumento de la ayuda a África.
Además de saber quiénes serían sus miembros, quedan pendientes otras preguntas. ¿Debería tener ese grupo una secretaría que presentase propuestas comunes, o sería conveniente que funcionara sólo a base de reuniones de funcionarios de los respectivos Estados? La primera modalidad tiene el peligro de crear una nueva burocracia, pero la segunda puede suponer renunciar a la continuidad. ¿Deberían intercambiarse documentos por adelantado, con comentarios de esa secretaría o de otros países? ¿Cómo es posible conservar la informalidad y limitar el tamaño de las reuniones? Tal vez los líderes deberían conformarse con un solo ayudante en la sala, y habría que prohibirles que leyeran declaraciones elaboradas de antemano.
Ninguna de las propuestas que se han sugerido hasta ahora es perfecta, y todavía hay que resolver muchos detalles. Pero ha habido un movimiento de péndulo, del unilateralismo al multilateralismo, y los grandes países del mundo están buscando maneras de que sea más eficaz. Las eternas negociaciones y las situaciones estancadas son algo inaceptable, porque los problemas más graves de nuestros días no pueden esperar a que tengamos soluciones institucionales perfectas.
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