La esquizofrenia de Creonte
Por Pedro J. Ramírez, director de El Mundo (EL MUNDO, 28/09/08): Me envía Maite Pagaza la película que acaba de presentar la Fundación Víctimas del Terrorismo, instándome a que la vea con el señuelo de que «sólo dura 14 minutos». Hacía tiempo que no empleaba tan bien un cuarto de hora y no se arrepentirán si, siguiendo mi consejo, aprovechan el enlace que mantendremos activo durante las jornadas de hoy y mañana en la portada de nuestra edición electrónica (www.elmundo.es). Se titula Las Voces de Antígona y consiste en la reconstrucción del mito de la heroína de Sófocles que al enterrar el cadáver de su hermano Polinices desafía y desobedece el decreto del dictador de Tebas, Creonte, que ordenaba que permaneciera insepulto por no haber sido «un buen patriota». La peculiaridad del cortometraje reside en que cada uno de los episodios de la tragedia clásica aparece ilustrado por el relato de una Antígona contemporánea, hasta sumar una decena de testimonios que cruzan las fronteras de las ideologías, las generaciones e incluso las referencias étnicas y culturales. Así, la memoria de Ana María Vidal Abarca, viuda de un comandante asesinado por ETA en el 80, sirve para recordar el ostracismo emocional, la clandestinidad en el dolor, al que la comunidad nacionalista, con la complicidad de la Iglesia vasca, condenaba en aquellos años a las familias de las víctimas, como si la colaboración de los ejecutados por la banda con el supuesto opresor atávico de la polis euskalduna las hiciera merecedoras, en palabras de Creonte, del castigo adicional de «ver el cadáver devorado y maltratado por aves rapaces y por perros». Así, la anécdota de Cristina Cuesta sobre los dueños de la cafetería guipuzcoana que, tras el asesinato de su padre -delegado de Telefónica en la zona-, le sugirieron a ella y sus amigas que tomaran la cerveza en otro sitio porque habían recibido amenazas por tenerlas como clientes, viene a reconstruir la cobardía moral de Ismene, la hermana de Antígona que se declara paralizada por el miedo, «incapaz de actuar y oponer resistencia» a la autoridad porque «el realizar acciones superiores a las posibilidades de uno no tiene sentido alguno». Así, la denuncia de Natividad Rodríguez, viuda del dirigente socialista Fernando Buesa, describiendo cómo en los días posteriores al crimen brotaban a su paso pintadas de tinta roja con el «ETA, ¡mátalos!», pone en evidencia que la obsesión de todo totalitarismo -como el que practicaban quienes instaban a Creonte a adoptar las medidas más extremas contra los «traidores» a su concepción integrista de Tebas- es perseguir a sus enemigos más allá de la propia muerte. Así, la firme entereza de Aisha Mohamed, viuda de un policía nacional de origen magrebí («Nos tienen que oír»), Pilar Ruiz, madre de Joseba Pagaza («Que el grito de libertad de mi hijo llegue al mundo»), o Pilar Elías, obligada a vivir en el mismo inmueble que el asesino de su marido Ramón Baglieto («No nos van a callar»), al declararse dispuestas a seguir reivindicando la memoria de sus deudos, permite constatar que 26 siglos después, la insumisión, la valerosa rebeldía ante la injusticia siguen respondiendo a la llamada de la sangre desde lo más hondo y noble del corazón humano con la misma indesmayable convicción que llevó a la heroína de Sófocles a cumplir con su destino. Son, en efecto, las «voces de Antígona». Voces de mujer como las de Teresa Jiménez-Becerril o Irene Villa, como las de María San Gil o Rosa Díez, como las de la propia Maite Pagaza o la hermana de Miguel Angel Blanco. Voces que emocionan y enardecen. Voces que turban la mirada, quiebran el aliento y te hielan el alma. Ninguna ley de igualdad logrará que los sentimientos de un varón produzcan similares grados de empatía. Es el grito profundo de la especie, es el ansia de perpetuación y trascendencia, es el instinto de conservación del ser humano clamando desde el útero de las entrañas de la Tierra. Hegel definió esta tragedia como «la más sublime de todos los tiempos». Antígona se resigna a ser castigada con la peor de las penas -el enterramiento en una gruta tapiada con apenas un poco de comida- por haber transgredido un código cruel y absurdo, sectario y maniqueo: «Sin haber conocido el tálamo, sin haber escuchado los cantos de mi boda, sin haber obtenido asignación de matrimonio alguno ni de una criatura infantil… me encamino viva a las profundidades de los muertos». Bertolt Brecht y Jean Anouilh, Salvador Espriu y María Zambrano, Carl Orff y Rolf Hochhuth son algunos de los últimos grandes creadores subyugados por la dimensión de ese sacrificio. Ni siquiera Zapatero, con ayuda de Zerolo, podrá conseguir que la palabra mater signifique nunca algo distinto de aquello a lo que renuncia Antígona. He querido encontrar alguna forma especial de dejar constancia de mi aplauso, reconocimiento y admiración hacia el brillante guión y la sobria locución de Felipe Hernández Cava -colaborador habitual de nuestras páginas culturales-, hacia la inteligente realización de Pedro Arjona, hacia la emocionante música compuesta para la ocasión por Javier López de Guereña y hacia la serena eficacia con que Jorge M. Reverte ha producido esta película; y no se me ha ocurrido otra mejor que retomar la narración allí donde ellos la terminan. La última cita de Sófocles que se escucha en la pantalla es la severa pregunta con la que el adivino Tiresias pone contra las cuerdas a Creonte: «¿Qué heroicidad hay en volver a matar al que ya está muerto?». Pero en ese mismo monólogo hay una apelación, no a la clemencia, sino a la cordura del tirano: «Recapacita, pues común a todos los hombres es equivocarse; pero después de equivocarse ya no es insensato ni desdichado quien, tras caer en esa enfermedad, procura curarse y no hacerse inflexible». ¿Pero a quién iría dirigida hoy, aquí y ahora esta recomendación? Comprendo perfectamente el significado de ese plano en el que la fachada de Ajuria Enea va cayendo como una persiana sobre el espectador que los autores de Las Voces de Antígona han incluido justo antes de la intervención de la madre de Pagaza. Para mí también es obvio que Creonte es Ibarretxe, pues no en vano su propio hijo, Hemon, le fustiga con palabras que muy bien podría haber pronunciado Josu Jon Imaz durante alguna de sus discusiones en familia: «Aquellos que piensan que sólo ellos tienen razón o que sólo ellos tienen una lengua y un alma que no tiene nadie más, aparecen vacíos si se les quita el caparazón». Ese es el problema del nacionalismo: que debajo de su máscara tribal no hay nada consistente que justifique su razón de ser como oferta política diferenciada. Y menos en la era de la globalización, la Europa sin fronteras y la revolución de internet. Pero Ibarretxe ha recogido el martillo pilón de manos de ese viejo terrible en que se ha convertido Arzalluz y como lehendakari trata de mantener a los suyos, dale que te pego, picando piedra en la cantera, acantonados en el dogma del soberanismo. Hasta Otegi le desborda en lucidez cuando plantea que «algo estaremos haciendo mal si resulta que llevamos 100 años liberando Euskal Herria y no lo hemos conseguido». No en vano el animal emblemático de Tebas es el mismo elegido por ETA como símbolo: la serpiente. Cualquiera diría que el Coro de ancianos de la ciudad no sólo está hablando de lo que ocurrió tras el incesto de Edipo con su madre, de la guerra civil entre sus hijos Eteocles y Polinices o de la tragedia que se cierne ahora tanto sobre Antígona como sobre su verdugo, sino también del espanto recurrente que una y otra vez se apodera del espacio político y social en el País Vasco que conocemos: «A aquellos cuya morada sea sacudida por el dios no les falta desastre alguno, sino que éste les persigue durante un sinfín de generaciones. Desde la fundación de la casa están recayendo penalidades sobre penalidades y no consigue librar de ellas una generación a la siguiente». El Coro identifica el origen de sus males con «el funesto carcoma de los dioses infernales» -o sea la hubris, o sea la arrogancia- y explica muy bien la dinámica que desencadena la violencia más extrema: «Es igual que el oleaje del mar que cuando, impulsado por los airados vientos tracios, invade el oscuro fondo submarino, remolinea desde las profundidades la negruzca arena y hace que rujan con estruendo los acantilados azotados por los vientos y los embates de las olas». Se habla mucho del árbol y las nueces, pero desde que llegó a Ajuria Enea ni un solo día ha dejado Ibarretxe de «impulsar los airados vientos tracios», destinados a remover «la negruzca arena» del agravio imaginario y el victimismo irredentista que sirven de caldo de cultivo al «estruendo» de las pistolas. Sólo el coraje de Antígona, invocando principios superiores a sus leyes arbitrarias, y la denuncia de Tiresias, símbolo del compromiso del intelectual en el proceso de formación de la opinión pública, hacen tambalearse el mundo fanático de Creonte. Su primera reacción es considerar que la una es una loca peligrosa que amenaza el principio de autoridad y el otro, un mensajero venal que trafica con sus pronósticos. Pero cuando ellos, como estas mujeres admirables que velan por la memoria, dignidad y justicia debidas a las víctimas del terrorismo, o los escritores y activistas que las respaldan no dan un solo paso atrás ni siquiera ante el riesgo de la muerte, Creonte empieza a sentirse corroído por la duda. Es el momento de su esquizofrenia. Pasa de un confortable sistema monolítico en el que el ejercicio del poder es algo lineal y consecuente a un incómodo dualismo en el que las palabras se neutralizan entre sí y los hechos se contradicen unos a otros. En ésas está ahora Ibarretxe, homenajeando a las víctimas y dando a la vez hilo a la cometa de sus verdugos. «Por eso tengo mi alma con mucha desazón», dice Creonte intuyendo la que se le puede venir encima. «Pues el ceder es cosa espantosa, pero a su vez enfrentarme y lastimar así mi coraje con un desastre entra también en la categoría de lo espantoso». Entonces Sófocles introduce en la tragedia un golpe de efecto que parece anticipar los juegos de enredo de la commedia dell’arte. Viendo la nueva disposición del dictador, el Corifeo le da un doble consejo con tintes perentorios: «Ve allá y saca a la muchacha del cobertizo subterráneo y dispón sepultura para el cadáver que yace a la vista de todos». Creonte se resiste pero termina accediendo porque «no se debe en modo alguno sostener un combate condenado al fracaso». Lo que ocurre es que aplica los remedios en el orden inverso al que le han recomendado: primero entierra a Polinices y cuando se dirige a liberar a Antígona recibe la noticia de que ella ya se ha inmolado en el altar del cautiverio al que le ha llevado su trágico deber. La catarsis se reproduce en cadena cuando el hijo del tirano, Hemon, y su madre Eurídice optan por el mismo camino del suicidio. La hecatombe aplasta a Creonte. Además de malvados, los fanáticos suelen ser bastante tontos. No es otra la sensación que produce la imagen de Ibarretxe acudiendo inesperadamente al primer homenaje que se rendía en el Parlamento vasco a un militar asesinado por ETA y dando el pésame al jefe del acuartelamiento de Araca y a los demás compañeros del brigada Conde, para reincorporarse de inmediato a la ridícula tarea de mantener en pie, con respiración asistida, un plan desquiciado que implica la expulsión de ese Ejército de ocupación del País Vasco; un plan que, como mínimo, sirve de coartada moral y aliento a quienes están preparando ya la bomba que matará a la siguiente persona uniformada. El lehendakari debería hacer exactamente lo contrario porque en este caso el orden de factores sí altera el producto: primero, desactivar esa bomba, quitándole la espoleta soberanista; luego, contribuir al rito mortuorio con su pésame en versión rostro de espátula. Creonte únicamente se viene abajo cuando esa «funesta carcoma de los dioses infernales» no sólo se lleva por delante a su empecinada antagonista, sino también a sus seres más queridos: «¡Ay, yerros de mis mentes demenciales, intransigentes, mortales! ¡Oh vosotros que contempláis a los asesinos y las víctimas entre sí emparentados! ¡Ay de mí, qué cosas más desdichadas las decisiones que tomé!». Si ETA hubiera llegado a consumar la sádica matanza de ertzainas que perpetró en Ondarroa, atrayendo a los agentes autonómicos con cócteles molotov hacia el lugar en el que iba a estallar el coche bomba, ahora veríamos a Ibarretxe dándose de golpes en la pared, tirándose de sus últimos cabellos y entonando esta palinodia. Y si no saliera de él, no faltaría en el Euskadi Buru Batzar quien le escribiría tal guión. No digamos nada si el asesinado fuera un día un jerifalte del propio PNV. Todos saben que así que pasen otros 100 años la farsa de su independentismo de chapela sólo seguirá engendrando dolor y muerte, pero al único que se atrevió a insinuarlo en público lo condenaron primero al exilio y luego a una precoz jubilación dorada. Las voces de Antígona taladran ya sus tímpanos, pero en lugar de actuar en consecuencia estos tozudos jelkides se limitan a tratar de cubrir las apariencias. Lo que Sófocles les advierte es que siempre llega un momento en el que todo se precipita. «La intransigencia es con mucho la más grande calamidad que asedia al hombre», concluye el Mensajero que comunica al tirano los desastres por él desencadenados. «Llevadme fuera de aquí, a mí, que más que un miserable soy uno que ya no existe», suplica Creonte tratando de inspirar en vano esa compasión ante el sufrimiento que él sólo supo expresar tarde, mal y nunca. El Coro sentencia entonces que «los razonamientos inmoderados de los arrogantes tienen como castigo golpes inmoderados» y la oscuridad y el silencio de los siglos vuelven a adueñarse del teatro griego de la vida.
«Yo creo en América…»
Por Benigno Pendás, profesor de Historia de las Ideas Políticas (ABC, 28/09/08): «I believe in America. Hice mi fortuna en este país. Le di a mi hija una educación americana…». ¿Recuerdan? Primera escena de El Padrino. El padre atribulado presenta su causa ante el inefable don Vito Corleone, formidable Marlon Brando. Sociedad global, elecciones de alcance universal. Nos afectan, claro, pero no votamos, supongo que por fortuna… El mundo se divide en adictos (pocos) y alérgicos (muchos) a los Estados Unidos, única superpotencia del siglo XXI. Lo merece, sin duda, después de ganar tres guerras mundiales, la última disfrazada de Guerra Fría. República «solitaria», se quejaba Thomas Jefferson, porque ocupa una posición «honrosa pero terrible». Líder a escala universal, refuerza sus señas de identidad en tiempo de incertidumbre: espíritu de frontera, destino manifiesto, ciudad en la colina, Imperio benefactor… Suscita pasiones, con frecuencia negativas. Es lógico, aunque sea injusto. El ganador se lo lleva todo, excepto el cariño de los perdedores. Es tal vez envidia o resentimiento, acaso un mecanismo psicológico elemental. Eso importa muy poco. A la hora de la verdad, Washington es el punto de referencia para bien o para mal. Todos fuimos testigos ayer del debate en «Ole Miss», un discreto campus sureño en el Oxford del viejo Misisipi. Un lugar fuera de los circuitos al uso, tan lejos y a la vez tan cerca de este planeta confuso que John McCain y Barack Obama aspiran a gobernar. Los europeos entendemos mal la política americana. Tengan en cuenta que no es una democracia de partidos sino de instituciones. La Constitución de 1787, la primera y la única, muestra una vitalidad envidiable, a pesar de ciertos deslices de la máquina electoral, del arcaísmo de los compromisarios o de la rigidez en las relaciones entre Ejecutivo y Legislativo. Se trata, en rigor, de una monarquía constitucional con forma republicana congelada en el espacio y en el tiempo. El presidente es el gobernante más poderoso del mundo, pero también el Senado es la asamblea que mejor resiste la crisis general de los parlamentos y el Tribunal Supremo manda más que cualquier órgano jurisdiccional equiparable. El sistema federal funciona a tope, pero el patriotismo es intocable y excluye cualquier localismo ridículo. Un milagro institucional, que contiene fórmulas eficaces de participación directa hasta llegar a la revocación popular de cargos públicos. Sobre todo, como percibió Tocqueville, allí la democracia es un «espíritu», algo más que una forma de gobierno. Hay que luchar día a día en una competencia implacable. Los debates en televisión son consustanciales a la construcción mediática de la realidad. McCain rectificó a tiempo la sorprendente tentación de eludir la cita de Misisipi. Nunca sabremos si lo pensó de verdad o fue una maniobra para confundir a Obama en las horas previas. Un truco eficaz, a la vista del resultado. Ayer fue un mal día para los amantes de las emociones fuertes. Los «gurús» hablan de debate plano, con candidatos a la defensiva y perfil bajo. Lo principal era no cometer errores y, en efecto, nada irreparable sucedió. Hay mucha gente decepcionada. A mí me gustó, lo confieso. La política seria tiene que ser aburrida. Cuando gana el más ocurrente, todos pagamos la factura. Uno y otro optaron por la sobriedad, lejos del duelo de ingenios. ¿Quién ganó a efectos electorales? Empate, dicen los grandes medios de Nueva Inglaterra, fábrica de ideas para la opinión pública universal. Sin embargo, para intuir la perspectiva del americano medio hay que girar el telescopio hacia la derecha. En tiempos convulsos, la experiencia de McCain resulta un valor seguro y el cambio que predica Obama, una ilusión arriesgada. En caso de igualdad, la sensación depende de las expectativas creadas. Aquí sale ganando el senador por Arizona, el jefe y no el compañero de «ticket» de Sarah Palin, como decían últimamente las malas lenguas. Entiende de política exterior bastante más de lo habitual. Pide rigor en la economía y rechaza el despilfarro del dinero público, muy al gusto de sus votantes. Es un tipo sobrio y habla con aplomo para la gente corriente. No es brillante, suscita un entusiasmo limitado, pero no genera rechazo. Obama echó el freno, abrumado seguramente por el peso de la responsabilidad. Domina el arte de la retórica, pero el contexto no favorece las aventuras dialécticas. Es inteligente, y lo sabe. Por eso bajó a la tierra y peleó por demostrar que puede ser un gestor eficaz. En el camino, perdió buena parte del carisma. Empate, en efecto, y toda una vida por delante hasta que llegue el momento decisivo. Después de disfrutar por poco tiempo del supuesto fin de la historia, tres crisis sacuden la conciencia de los americanos. Ante todo, el 11-S, primer ataque de un enemigo exterior al corazón de la república. Los héroes fueron entonces los bomberos de Nueva York, pero ahora las cosas se arreglan -a medias- gracias a los generales del Pentágono. Segunda, la pérdida de capital social: el individuo «solo en la bolera» necesita recuperar valores comunitarios. Tercera, la peor a día de hoy, una crisis económica explosiva, fuente natural de temor y de ansiedad. Como decía el personaje de John Dos Passos, este país se construyó a partir del orgullo que proporciona el dólar. No es tiempo para teorías hermosas. Cuando hay problemas, renace el espíritu fuerte de los pioneros. Anécdota curiosa. El primer emblema de propaganda electoral fue una cabaña, frágil pero orgullosa, símbolo de los hombres de la frontera. La utilizó el general William Henry Harrison, triunfador en la guerra contra los indios y noveno presidente de la nación, en 1841. Por desgracia, murió de una pulmonía apenas un mes después de tomar posesión. Eso sí, su nieto Benjamin llegó también a ser presidente de los Estados Unidos. Siempre con ventaja en la batalla de las ideas, la izquierda española intenta presentar estas elecciones como una reedición de la «cruzada» de Zapatero contra el imperialismo de Bush-Aznar. Una alusión marginal a nuestro país alimenta sus ilusiones fatuas de protagonismo. Es difícil a veces explicar lo evidente. Si me perdonan el exceso, republicanos y demócratas se parecen más a los partidos de Cánovas y Sagasta (o de Disraeli y Gladstone, por decir algo más preciso) que a la derecha y la izquierda actuales. En Estados Unidos no hay socialismo, ni siquiera en la versión flotante y posmoderna que practica el PSOE. Los partidos son heterogéneos y agrupan corrientes yuxtapuestas, a veces contradictorias. Entre los republicanos, hay conservadores «compasivos» como el propio Bush; «libertarios» que rechazan las medidas intervencionistas; grupos de presión en defensa de valores; la gran novedad, un feminismo conservador que cambia de sitio las piezas ideológicas… Entre los demócratas, hay intelectuales exquisitos de las mejores universidades; clases medias profesionales; buena parte de los católicos; inmigrantes con ganas de prosperar; residuos del proletariado industrial… En Washington, el eje de coordenadas políticas está situado más o menos en el centro, según la medida europea. En la América profunda, muevan ustedes la ficha unas cuantas casillas hacia la derecha. Un buen consejo. No hagan apuestas, salvo si el dinero les sobra o el vicio les domina. A estas alturas, todo está por decidir. El tiempo americano es el «ahora», escribe George Steiner. Con sus grandezas y servidumbres, una lección de democracia que sólo irrita a quienes rechazan la sociedad abierta. En cambio, por amor a la libertad, hay muchos que también creemos en América.
¿Celebración o desencanto?
Por Camil Ungureanu, profesor de Ciencia Política de la Universidad de Dublín (LA VANGUARDIA, 28/09/08): ¿A sus 60 años, ha logrado la Declaración llegar a su madurez? Las innovaciones y los progresos iniciados por la Declaración han resultado vitales y deben ser celebrados. Adoptada tras el desastre de la Segunda Guerra Mundial y el descubrimiento de los campos de concentración, la Declaración intenta establecer y garantizar una gramática política universal fundada en la libertad, la dignidad humana y los derechos fundamentales. La gran innovación de la Declaración, no completamente anticipada, fue el inicio de la evolución del sistema internacional establecido por la paz de Westfalia (1648) hacia una nueva “condición cosmopolita” (Kant). Dicho sistema se basaba en el equilibrio de poderes y en la soberanía absoluta de los estados. Aunque la Declaración y la subsiguiente creación de instancias supranacionales de derechos humanos – pensemos en la institucionalización gradual de la protección de los derechos de la infancia, de los grupos indígenas, étnicos y culturales, de las mujeres, o en los derechos del medio ambiente- no anularon los elementos del sistema westfaliano, han logrado relativizarlos con nuevos mecanismos, más adaptados a la realidad de interdependencia global. La autoridad estatal no debería ya seguir actuando ad líbitum en su propio territorio, sino estar vinculada a la necesidad de respetar los derechos humanos. Y el individuo-ciudadano ha devenido gradualmente un sujeto del derecho internacional junto al Estado nación. Sin embargo, estos progresos son manifiestamente insuficientes, y no deben ser interpretados ideológicamente. El tono autocomplaciente es característico del ideólogo de los derechos humanos. Este tiene dos creencias: 1) los derechos humanos universales son verdades morales fijas y transhistóricas, y 2) tras la caída del muro de Berlín, el progreso de los derechos humanos resulta imparable. Ambas creencias son cuestionables. Los procesos de especificación, interpretación y desarrollo de los 30 artículos originales de la Declaración atestiguan que la realidad de los derechos universales es un proceso en continua transformación y de lucha política. Por otro lado, si bien el fin de la guerra fría ha venido acompañado de una multiplicación de las acciones de la ONU (intervenciones humanitarias; restablecimiento de tribunales criminales internacionales), el proceso selectivo y las diferentes iniciativas resultan notoriamente ineficaces. Echar una mirada a la actualidad hiela la sangre: genocidios y crímenes contra la humanidad (Ruanda, Srebrenica, Darfur, etcétera) ocurridos bajo la mirada de la comunidad internacional; 50.000 personas mueren cada día por hambre o por razones relacionadas con la pobreza… Estos y otros hechos lo dicen todo contra el triunfalismo del humanitarismo ideológico. Las tendencias presentes no nutren el optimismo respecto a la realización de la “condición cosmopolita” de Kant. Tras la guerra fría, el breve mundo unipolar de los neocons estadounidenses, manifestado plenamente en la fallida guerra de Iraq (una guerra no “acreditada” por la ONU), está siendo reemplazado por un mundo multipolar tras la ascensión de nuevos imperialismos pragmáticos de base económica. El cinismo de China y Rusia – véase la invasión rusa de Georgia o el reciente bloqueo de China para una intervención de la ONU en Darfur- ilustran este imperialismo sin anclaje en la idea universalista de la democracia de los derechos humanos ni en ninguna tradición de valores – sea esta el confucianismo o la ilustración de origen europeo-. Siguen faltando mecanismos de representatividad en la ONU, una financiación sólida y dispositivos de decisión y aplicación más flexibles y eficaces. Tanto a corto como a largo plazo, es improbable que China, Rusia o Estados Unidos acepten un sistema supranacional de revisión judicial o que renuncien a su derecho de veto, el cual ha bloqueado tantas iniciativas humanitarias del Consejo de Seguridad. Igualmente improbable es que, en una situación de crisis económica, el presupuesto de la ONU, que hoy por hoy no excede el 4% del de Nueva York, aumente de manera sustancial. Esta situación bastaría para que en el futuro se estableciera una nueva alianza estratégica entre una Europa unida y unos EE. UU. con un gobierno demócrata. El objetivo de esta posible alianza sería el uso del soft power de la diplomacia, el cual, junto al desarrollo de los movimientos sociales y ONG, avance la agenda de los derechos humanos y dome los nuevos imperialismos. Pero esto podría ser una proyección utópica frente a la falta de coordinación de la UE y el poder económico y político de los estados, tanto del mundo occidental como del no occidental. La tensión entre los hechos y los derechos humanos sigue tan presente como siempre, y marca decisivamente la puesta en práctica de una Declaración que, si bien exige una adhesión incondicional, está aún en su adolescencia.
El desplome financiero ruso
Por Anders Aslund, Instituto Peterson de Economía Internacional, autor de La revolución capitalista de Rusia (LA VANGUARDIA, 28/09/08): El mundo entero se ve afectado por una tremenda crisis financiera, pero Rusia afronta una tormenta descomunal. El mercado ruso de valores está en caída libre, pues ha bajado en picado el 60% desde el 19 de mayo, una pérdida de 900.000 millones de dólares, y el desplome se va acelerando. Por ello es probable que el crecimiento económico de Rusia se reduzca repentina y pronunciadamente. Tras un largo periodo de prudencia fiscal, Moscú ha dado muestras de extraordinaria ineptitud. Rusia ha disfrutado de un crecimiento económico anual del 7%, por término medio, desde 1999. Gracias a sus enormes superávits presupuestario y por cuenta corriente, en julio había acumulado reservas internacionales de 600.000 millones de dólares. Su deuda pública quedó casi eliminada, pero la economía abierta que ha engendrado el éxito económico de Rusia requiere el mantenimiento de políticas sensatas para dar resultado. La crisis financiera estadounidense inicial apenas afectó a Rusia, pero la desaceleración económica mundial ha provocado una bajada de los precios del petróleo y otras materias primas en más de una tercera parte desde julio, lo que ha sido un golpe terrible. Pero todos los demás golpes han sido autoinfligidos. La crisis financiera rusa es muy dramática, y su mejor calificativo sería el de tragedia en cinco actos. El 24 de julio, Putin inició el primer acto atacando ferozmente, sin pruebas, al tímido propietario de la gigantesca compañía de carbón y acero Mechel por manipular precios y evasión fiscal. En tres días, las acciones de Mechel perdieron la mitad de su valor, lo que desencadenó la reducción del mercado ruso de valores. El 8 de agosto, Putin lanzó el segundo acto de esa tragedia rusa: su ataque, planeado desde tiempo atrás, a Georgia. Escandalosamente, Rusia sostuvo que tenía derecho a atacar a un país que albergaba a personas a las que acababa de extender pasaportes, con lo que provocó el terror en todos los países que tienen minorías rusas. Los dirigentes de Rusia se han granjeado la fama de ser informales, quijotescos e imprevisibles, pero lo que gusta a los mercados es la fiabilidad, la estabilidad y la previsibilidad. No es de extrañar que los inversores extranjeros hayan dejado de acudir a la Rusia de Putin. Una semana después de su ataque a Georgia, Rusia registró una salida de capital de 16.000 millones de dólares, que desde entonces ha aumentado a 30.000 millones. Putin sigue negando que los problemas financieros de Rusia fueran causados por su guerra en Georgia, y el Banco Central tardó más de un mes en proporcionar importantes inyecciones de liquidez, pero ya era demasiado tarde, pues el problema de liquidez era ya una cuestión de solidez. Es evidente que las valoraciones de las acciones rusas resultan atractivas, pero, al despotricar contra los extranjeros, Putin los ha ahuyentado. Como es habitual, muchos empresarios rusos pignoraron sus acciones para tomar dinero prestado con vistas a comprar valores del mercado. Cuando el mercado de valores baja en picado, deben atender a las exigencias de reposición del margen de garantía y se ven obligados a vender sus acciones a precios cada vez más bajos, con lo que contribuyen a que se acelere la espiral bajista del mercado. Al modo soviético, las bolsas de valores de Moscú cerraron durante cuatro días seguidos en la semana del 15 de septiembre, porque los valores se desplomaron demasiado rápidamente. Al negar el problema, las autoridades han agravado la falta de confianza. Rusia está a punto de entrar en el tercer acto de esa tragedia, una crisis bancaria. Numerosos bancos de tamaño mediano y algunos grandes están destinados a venirse abajo en la agitación de los mercados de valores. Muchos grandes inversores no pueden atender las exigencias de reposición de sus márgenes de garantía, mientras los costos de los préstamos han subido abruptamente. En el cuarto acto, la burbuja inmobiliaria estallará. Una conjetura razonable es la de que los astronómicos precios inmobiliarios de Moscú se reducirán en al menos dos terceras partes, lo que exacerbará la crisis bancaria. En el quinto acto, la inversión se paralizará. ¿Por qué construir edificios si no se puede financiar la inversión propia ni vender propiedad inmobiliaria? Los consumidores rusos están ya asustados y reducirán su consumo. Al final, el crecimiento económico real se detendrá, tal vez tan pronto como el año próximo. Otros factores probablemente agravarán la situación. La corrupción en las alturas es tan galopante que Rusia no parece capaz de construir importantes infraestructuras públicas. Es probable que los precios del petróleo y las materias primas bajen aún más, y la producción de gas y petróleo ya se ha estancado. Putin ha dado la espalda a la OMC y está fomentando el proteccionismo, que también perjudicará al crecimiento. Resulta extraño que las partes más sólidas del sistema financiero ruso sean el presupuesto estatal y las reservas de divisas, pero es demasiado tarde para que impidan esa tragedia. Ni una intervención estatal arbitraria ni la brutalidad restablecerán la confianza de los inversores. El malo de ese drama es Putin, que se ha beneficiado con ocho años de crecimiento rápido producido por las reformas de los mercados de su predecesor, Boris Yeltsin. Rusia tuvo una buena oportunidad de escapar de esta crisis financiera internacional, pero, con su crueldad e ineptitud, Putin ha convertido a su pobre país en una víctima principal. ¿Cuánto tiempo puede Rusia permitirse el lujo de tener un primer ministro tan caro?
Más Estado, menos mercado
Por Josep Borrell, presidente de la Comisión de Desarrollo del Parlamento Europeo (EL PERIÓDICO, 28/09/08): La pasada Asamblea General de la ONU debía concentrarse en la lucha contra la pobreza y los Objetivos del Milenio en el ecuador del plazo (2015) fijado para conseguirlos. Pero el estrepitoso hundimiento del sistema financiero americano y la carrera a contra reloj para aprobar el plan con el que Bush trata de evitar una catástrofe económica en las últimas semanas de su mandato se impusieron como tema principal de los debates. Han sido días decisivos, llenos de angustia, tensión y cólera, para hacer frente a una crisis financiera que, según el propio Bush, puede provocar una larga y dolorosa recesión. Las autoridades de regulación prohibían la venta al descubierto de acciones bancarias para evitar la especulación a la baja. El Congreso apuraba las últimas horas de su mandato y en el mundo entero crecían las críticas contra un sistema financiero desregulado que ha acumulado riesgos especulativos hasta su explosión.
Más allá de la preocupación por las consecuencias de la crisis, el sentimiento dominante en Nueva York, dentro y fuera de la Asamblea General de la ONU, era el de cólera contra los responsables del desaguisado. Cólera de los contribuyentes americanos que ven cómo se salva a las grandes instituciones financieras mientras millones de familias pierden sus casas o sus empleos o ambas cosas a la vez.
CÓLERA de los países en desarrollo, que ven cómo las recetas económicas que en el pasado se les impusieron han conducido a una crisis que también les va a afectar negativamente, empezando por la reducción de las ayudas. En Nueva York han constatado que ningún país africano alcanzará los Objetivos del Milenio de reducción de la pobreza y que en el 2007 la ayuda oficial al desarrollo en vez de aumentar ha disminuido.
Cierto es que hay algunas mejoras, como en la lucha contra la malaria y el paludismo, las mayores causas de muerte en África. Pero para ganar la batalla contra la pobreza haría falta que los países ricos aportaran 70.000 millones de dólares al año y no es seguro que así sea. El fin de la euforia de los especuladores ha traído la angustia de los pueblos, pero también el nacimiento de un nuevo mundo más multipolar en el que junto a grandes riesgos se abren también nuevas oportunidades para poner la economía al servicio de los seres humanos.
What They Really Said
THE WASHINGTON POST, 27/09/08: Foreign policy analysts and others share their assessments of the first presidential debate. Here are contributions from: Henry A. Kissinger, Michael O’Hanlon, Michael Rubin, Nancy Soderberg, Stephen P. Cohen and Michael J. Green. Henry A. Kissinger, former secretary of state and national security adviser. Iranian nuclear military capability is unacceptable for the following reasons: It would stimulate a nuclear arms race in the Middle East, the most dangerous region in the world. It would strengthen Iran’s capability to encourage and support jihadism. It would undermine the credibility of the international community, which has demanded that Iran not develop nuclear weapons. To avoid this, we must determine how much time is available for diplomacy — in other words, how close Iran is to developing nuclear weapons, and what sanctions are appropriate if diplomacy fails. I favor strong sanctions, but before strong sanctions are invoked a diplomatic phase is important. It should be conducted on the working level including, if necessary, the secretary of state. It should not start at the presidential level. Sen. McCain accurately reflected my views on the subject of negotiations. Michael O’Hanlon, senior fellow at the Brookings Institution and director of Opportunity ‘08, a bipartisan effort to raise awareness about policy issues. The discussion of North Korea was factually accurate but unsatisfying. Obama was right that a lack of attention by the Bush administration contributed to the crisis of 2002-03 and the ensuing quadrupling of North Korea’s estimated nuclear arsenal. McCain was correct that high-level engagement was tried by the United States to little avail with Secretary Albright in the 1990s, not to mention former secretary Bill Perry about the same time. He was also right that we should “trust but verify” any deal with North Korea. However, the conundrum remains: How do we get North Korea to give up its bombs and, ideally, begin to reform its political and economic system (as fellow Asian communist states Vietnam and China have done)? Either we need more leverage or a greater willingness to offer incentives (assuming that military options are off the table, as both candidates seem to understand that they should be. Either we need more sticks or more carrots — or both. I heard little along these lines from either. I believe the right approach is to offer North Korea a much better relationship, and lots of international help to get there, if it makes necessary reforms and denuclearizes. But if Pyongyang refuses such a deal, we should try to argue to Seoul, Beijing and Moscow that tougher measures, including more restrictions on aid and investment, are required in response. Those tougher multilateral measures could in turn lead North Korea to reassess its recalcitrant, hard-line stance (as it did after the North Korean nuclear test of 2006). Other basic concepts and strategies are plausible as well, but — to paraphrase a different part of the debate — a strategy built on just tactics and process is not promising, and that is all we really heard from either candidate on this subject. Michael Rubin, resident scholar at the American Enterprise Institute. Obama’s view of diplomacy appears both utopian and dangerous. Neither the Iranian nor North Korean nuclear programs are the result of too little talk; they are the result of too much. Iran built its covert enrichment program during its so-called dialogue of civilizations, a deception about which former Iranian president ’s spokesman now brags. Partisanship is counterproductive. Democrats and Republicans blame each other for North Korean nuclear development, but the fault lies with the North Korean regime. Like Khatami, and President Mahmoud Ahmadinejad, Kim Jong-Il set out to cheat. Desperation for diplomacy let him succeed. Here, Washington navel-gazing hurts national security, for it transposes responsibility from Tehran and Pyongyang and assumes that blame lies in U.S. intransigence. Take Obama’s identification of preconditions as a hindrance to diplomacy: Three U.N. Security Council resolutions demanded that the Islamic Republic suspend its enrichment. To waive this requirement would, in effect, cast aside these resolutions unilaterally, predetermine the outcome of negotiations and ruin the prospect that Tehran (or Pyongyang) would ever again take U.N. resolutions seriously. Unfortunately, the American people’s desire for peace is not shared by many dictators. In such a world, coercion matters as much as engagement. President Theodore Roosevelt sought to “speak softly and carry a big stick.” When candidates seek, a century later, to speak softly and carry a big carrot, it is not diplomacy; it is naivete. Nancy Sodeberg, White House deputy assistant to the president for national security affairs in the Clinton administration, co-author of The Prosperity Agenda: What the World Wants From America and What We Need in Return. John McCain’s repeated invocations of Ronald Reagan and Henry Kissinger reflect an odd insecurity on national security issues and demonstrate how off-base he is. Whether or not Reagan and Kissinger had the right answers to the issues of the 1970s and ’80s, they certainly do not offer the right solutions to today’s global challenges. In attacking Obama’s policies, McCain’s lines fell seriously short. The Republican nominee faulted Obama’s position that we should negotiate with our adversaries — in fact, the Bush administration has done just that with Iran and North Korea. McCain said Obama was naive to call for a timetable for our troops to withdraw from Iraq — President Bush has now set such a timetable. McCain tried to challenge Obama’s position that he would attack Osama bin Laden if we had the chance — just last week we learned the administration has decided to do exactly that. McCain proved that he can pronounce difficult names of foreign leaders, but are we really going to vote for him because he can name both Ukrainian leaders Tymoshenko and Yushchenko? (It took him three tries to get the president of Iran right.) Even though foreign policy is a supposed McCain strength, Obama won this debate hands down. Stephen P. Cohen, senior fellow in foreign policy at the Brookings Institution, author of The Idea of Pakistan. When they finally got around to Pakistan — it took over an hour — it was by way of Afghanistan. McCain has been badly advised on Pakistan: He got some facts wrong. He also missed the irony that Obama’s earlier suggestion that we attack camps in Pakistan has actually been adopted by the Bush administration. This has led to the situation where we are attacking a nuclear-armed state (and it is now shooting back), a far graver proposition than anyone would have imagined a year ago. Was Obama’s argument that we needed more resources in Afghanistan trumped by McCain’s declaration that we need “victory” in Iraq first? That didn’t work for me. On substance, Obama won the debate as far as Afghanistan and Pakistan were concerned, but McCain’s discussion of his visits to the federally administered tribal areas and Pakistan probably carried more weight with the average viewer. This was not quite Stevenson vs. Eisenhower, but close. Michael J. Green, senior director for Asian affairs at the National Security Council from January 2004 to December 2005 and an adviser to the McCain campaign. In a 90-minute debate it is perhaps not surprising that Asia and the rise of China — a tectonic shift in the international system — received only elliptical attention. Still, North Korea was discussed and John McCain reminded the American people that Pyongyang has cheated on every agreement it has signed on its nuclear weapons. He made clear that while he supports diplomacy with North Korea, it would be naive for the president of the United States to sit down with Kim Jong Il without preconditions — particularly after the North Koreans have tested nuclear weapons, transferred nuclear technology and once again begun cheating on their agreement to denuclearize. Obama mentioned at the end of the debate that he would seek to restore our standing in the world, but his opposition to the U.S.-Korea free-trade agreement and the U.S.-India nuclear deal have threatened to undercut our standing with two of the most important democracies in Asia. America’s standing in the world rests on our credibility as an ally. If we do not make the hard calls to keep our alliances strong, we will not restore our standing in the world, nor will we be positioned to deal with challenges such as North Korea.
El mito de James Barry
Por Christopher Boone (Genciencia 25/07/2008)
La historia de James Barry comienza en un lugar indeterminado en un año cercano a 1795. A los 13 años finalizó la escuela de medicina, y tras unos años de espera, en 1813 se alistó en la Armada Británica. Allí sirvió con distinción en muchas de las colonias que la corona británica tenía, incluyendo India, Sudáfrica y Canadá.
Estando en Sudáfrica, Barry se convirtió en el primer cirujano del Imperio Británico que realizó con éxito una cesárea donde tanto la madre como el hijo sobrevivieron. Antes de eso, este tipo de operación sólo se realizaba cuando la madre estaba muerta (o casi).
Pasaron los años, y Barry continuó haciendo méritos. Poco a poco, fue ascendiendo hasta lograr el rango de Inspector General de Hospitales de la Armada, aunque también tuvo tiempo para trabajar con la Marina Real mejorando las condiciones sanitarias de los marineros.
Hasta aquí puede parecer una trayectoria admirable, aunque no todo lo extraordinaria que podríamos esperar. Entonces, ¿de dónde viene eso del mito?
Pues de que según se dice, James Barry era una mujer.
En aquellos tiempos, una mujer no podía acceder a estudios médicos, ni mucho menos llegar a ejercer como doctor o cirujano. Por ese motivo, desde su infancia (cuando comenzó en la escuela de medicina), disimuló su sexo para poder aprender y trabajar de aquello que realmente le interesaba.
Al parecer, su habilidad para ocultar su verdadero sexo fue tal que hasta que no murió en 1865 y se le realizó la autopsia, no se descubrió el engaño. Incluso se dice que llegó a disimular un embarazo, y que se encargó ella sola de dar a luz y realizar todos los cuidados.
Dificultades de otras épocas… ¿no?
Un diario muy apetitoso
Por Christopher Boone (Genciencia 04/08/2008)
Pareidolia: Poniendo orden en el Caos
Por Christopher Boone (Genciencia 15/09/2008)
La respuesta está en el fenómeno psicológico conocido como pareidolia. Con este nombre se conoce el hecho de percibir como algo reconocible una forma inicialmente sin ningún tipo de patrón. En este caso hemos utilizado una nube, pero bien valdría una mancha en una pared, una sombra…
Y es que cuando percibimos algo, no sólo lo hacemos objetivamente a través de los ojos/oídos, sino que nuestro cerebro lo intenta clasificar. De esta forma, inconscientemente estamos creando patrones que nos permitan identificar aquello que observamos, y darles un sentido.
De hecho, se piensa que esta característica del ser humano no es más que una ventaja evolutiva, adquirida para una correcta supervivencia.
Imaginemos una hipotética situación donde una persona (o al menos un proyecto de ésta) camina por un bosque, cuando de repente oye un ruido. Gira la cabeza, y entre toda la maleza verde, ve una mancha amarilla. Saldrá corriendo al pensar que es un tigre, pero en realidad no deja de ser una pera.
Como vemos, nuestro cerebro ha evolucionado de forma que a veces prefiere engañarse para así mantenernos a salvo de los peligros.
Pero está claro que hay un componente cultural que se ha visto fuertemente influenciado por este “defecto” psicológico, y es la visión de todo tipo de personajes y entes extraños. Son el caso de los OVNI, bigfoots, Jesucristos varios, o caras famosas en explosiones, paredes, fotografías… ¡incluso en tostadas!
Y es que el ser humano, si por algo se caracteriza, es por ser creativo.
El metro de ahora… No es como los de antes
Por Christopher Boone (Genciencia 22/09/2008)
Medir un metro parece una cosa fácil.
Cogemos una cinta métrica, la estiramos, marcamos entre el cero y el número cien (centímetros), y listos.
Pero claro, hace falta una referencia, algo que sea único y nos diga respecto a qué se mide ese metro. O lo que es lo mismo, nos hace falta un patrón, a partir del cual definir nuestro famoso metro.
El primer patrón de longitud apareció durante el siglo XVIII, y surgió de la disputa entre unos científicos. En 1790, el matemático, físico y astrónomo Huygens tenía la siguiente propuesta de patrón: con un péndulo de características determinadas, se medía la oscilación realizada durante un periodo de un segundo. Y a eso, se le llamaría metro.
Al parecer, la propuesta de Huygens no tuvo mucho éxito, ya que el año siguiente fue desbancada por otra con un despliegue de medios más llamativo. Se trataba de medir un cuadrante del meridiano de la Tierra, coger la diez millonésima parte de éste, y llamarla metro.
Aunque esta nueva propuesta fue criticada por no tener en cuenta la forma de la Tierra (y por cierto, el crítico no fue otro que el creador del primer patrón, Huygens), mantuvo su posición hasta 1875, cuando se creó un patrón de latón. Sin duda, algo más práctico, aunque con los problemas que tiene cualquier material ante variaciones de temperatura, entre otros.
Así, tras varios patrones que fueron conjugando materiales como la plata, el iridio o el platino, se llega a 1927, cuando se define el metro como ladistancia entre las dos marcas del patrón de platino con 10% de iridio a 0 °C y 1 atmósfera.
Pero cuando todo parecía indicar que el patrón iba a ser algo físico, algo que se podía tener en la mano, llega el cambio en 1960, cuando se define el metro como 1.650.763,73 oscilaciones en el vacío de onda de la radiación emitida por el salto cuántico entre ciertos niveles de un átomo de criptón.
Se puede decir que los científicos no buscaban lo que se dice un patrón comprensible a primera vista.
Y esto fue así hasta 1983, cuando se hizo el último cambio de patrón. En la actualidad, se conoce el metro como la distancia recorrida por la luz en el vacío durante 1/299 792 458 segundos.
Pero no os preocupéis.
Vosotros seguid midiendo con vuestra cinta métrica, que tampoco os estaréis equivocando de mucho.
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